Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El capitalismo ha transformado el mundo y aumentado nuestra productividad, pero a costa de un enorme sufrimiento humano. Nuestros valores compartidos –igualdad y equidad, democracia y libertad, comunidad y solidaridad– pueden proporcionar la base para una crítica al capitalismo y ayudar a guiarnos hacia una sociedad socialista y democrática.Erik Olin Wright ha compendiado décadas de trabajo en este manifiesto conciso y estrictamente argumentado: analizando las variedades de anticapitalismo, evaluando los diferentes enfoques estratégicos, y sentando las bases para una sociedad dedicada a la prosperidad humana. Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI es un argumento urgente y poderoso a favor del socialismo, y una guía incomparable para ayudarnos a alcanzarlo. Otro mundo es posible.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Akal / Pensamiento crítico / 91
Erik Olin Wright
Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI
Traducción: Cristina Piña Aldao
¿Qué tiene de malo el capitalismo, y cómo podemos cambiarlo? El capitalismo ha transformado el mundo y aumentado nuestra productividad, pero a costa de un enorme sufrimiento humano y de dinamitar el futuro ecológico del planeta. Si queremos que haya un mañana para todos, debemos pensar un horizonte anticapitalista consagrado a la prosperidad humana.
Este breve y poderoso manifiesto póstumo compendia décadas de trabajo académico y militante de Erik Olin Wright, una de las figuras intelectuales fundamentales de los últimos 50 años. Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI es un alegato urgente en favor del socialismo, y una guía incomparable para ayudarnos a alcanzarlo. Sí, porque otro mundo es posible.
«Sus ideas han cautivado la imaginación de público, intelectuales y activistas de todo el mundo.» Michael Burawoy
«Erik será recordado como el más importante teórico de las clases en la segunda mitad del siglo XX y como el máximo sociólogo marxista de su tiempo.» Vivek Chibber
«De Erik Olin Wright aprendí todo lo que sé sobre teoría de las clases sociales y, sobre todo, que el compromiso político nunca debe estar reñido con el rigor intelectual, la generosidad hermenéutica y la imaginación sociológica.» César Rendueles
«Erik Olin Wright encarnaba toda una forma de pensar sobre el capitalismo y el mundo. Este libro, el último que escribió, debería convertirse en punto de referencia imprescindible para quienes deseen cambiar el mundo a mejor.» Bhaskar Sunkara
Erik Olin Wright (1947-2019) enseñó Sociología en la Universidad de Wisconsin durante más de cuatro décadas. Autor de referencia en el estudio y análisis de las clases sociales, miembro destacado del denominado Grupo de Septiembre de «marxistas analíticos», prominente sociólogo y maestro estimado de sociólogos, Erik Olin Wright fue un faro moral e intelectual de la izquierda.
Fruto de un vasto empeño intelectual que se articula en torno a dos ejes, la comprensión de las clases sociales y la búsqueda de alternativas al capitalismo, nos lega una quincena de libros –dos de ellos publicados en Ediciones Akal, Construyendo utopías reales (2014) y Comprender las clases sociales (2018)–, infinidad de artículos y Real Utopias, un proyecto iniciado en 1991 que explora una amplia gama de propuestas y modelos para un cambio social radical.
Diseño de portada
RAG
Motivo de cubierta
Antonio Huelva Guerrero
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota editorial:
Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.
Título original: How to Be an Anticapitalist in the Twenty-First Century
© Erik Olin Wright, 2019
© del Epílogo, Michael Burawoy, 2019
© del Obituario, Vivek Chibber, 2019
© Ediciones Akal, S. A., 2020
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-5016-2
A mis tres nietos, Safira, Vernon e Ida
PREFACIO
Este libro fue concebido a modo de resumen divulgativo de los principales argumentos que se presentan en Envisioning Real Utopias, editado en 2010 [Construyendo utopías reales, Madrid, Akal, 2014]. En los años posteriores a la publicación de dicho título, di con regularidad charlas a grupos comunitarios, activistas y sindicales de todo el mundo acerca de los temas que trato en él. En general, a los oyentes les entusiasmaban las ideas, pero a muchos les resultaban poco atractivos el tamaño y los atavíos académicos de la obra. En consecuencia, me pareció que sería bueno escribir una versión más breve y fácil de leer.
Cuando me puse a ello, sin embargo, mis ideas habían evolucionado lo suficiente como para que no tuviera ya sentido escribir un libro que principalmente recapitulase lo escrito en Construyendo utopías reales. De establecer la plausibilidad de una alternativa democrático-igualitaria al capitalismo, había pasado a centrarme en el problema de la estrategia, en cómo llegar a dicha alternativa. Lo que inicialmente planeé como una destilación breve de mi libro de 2010 se había convertido en una especie de continuación.
Seguía queriendo escribir algo atractivo para cualquiera a quien le interesaran estas cuestiones. Pero también me resultaba difícil escribir sobre nuevos argumentos y temas sin emplear las prácticas académicas usuales de entrar en debates con puntos de vista alternativos, de documentar las fuentes de las diversas ideas de las que mi análisis se nutre, de recurrir a notas a pie de página para rebatir diversas objeciones que yo sabía que algunos lectores podrían plantear, etcétera. Mi problema era básicamente que estaba escribiendo para dos tipos distintos de lectores: personas interesadas por los temas pero no por las elaboraciones académicas al uso, y otras a quienes el libro no les parecería intelectualmente riguroso sin esas elaboraciones.
La solución que encontré fue la de planear un libro con dos partes. Cada parte tendría capítulos con títulos idénticos. En la Parte I, prácticamente no habría referencias ni notas a pie de página; incluiría una mínima introducción sobre la historia de ideas puntuales, y sólo breves revisiones de debates u objeciones allí donde fuera esencial para aclarar el argumento. En la Parte II, cada capítulo empezaría resumiendo en una o dos páginas el argumento básico del correspondiente capítulo de la Parte I, seguido de una exploración de las cuestiones académicas no abordadas en la Parte I. Mi objetivo era que la Parte I reflejase plenamente la complejidad de las ideas teóricas empleadas en el análisis, pero evitando las digresiones y las cargas académicas. No sería una excesiva simplificación de la complejidad necesaria. A los editores de Verso les entusiasmó la idea y aceptaron que, cuando se editase el libro, la Parte I se publicara aparte en forma de volumen breve y barato, y las partes I y II se publicaran asimismo juntas como libro separado.
Mi estrategia para la redacción efectiva del libro era escribir primero un buen borrador de todos los capítulos en la Parte I, tomando notas acerca de qué temas necesitarían discusión en el capítulo correspondiente de la Parte II. Sabía que inevitablemente haría revisiones a los capítulos de la Parte I una vez entrase en los detalles de la Parte II, pero aun así me parecía mejor exponer primero la totalidad del análisis.
En marzo de 2018, tenía lo que me parecían borradores sólidos de los primeros cinco capítulos. El capítulo que constituye la pieza central del libro, el III («Variedades del anticapitalismo»), había sido objeto de muchas reformulaciones y de docenas de presentaciones públicas diferentes. Los capítulos I, II y IV guardan una relación muy estrecha con lo que yo había escrito en Construyendo utopías reales, y me parecía que estaban también bien resueltos. El capítulo IV, en particular, es en gran medida un resumen de las ideas incluidas en los capítulos V, VI y VII del libro anterior. El capítulo V, sobre el problema del Estado, explora temas que yo no había discutido sistemáticamente en Construyendo utopías reales pero sobre los que había escrito en otros lugares, de modo que me pareció que estaba asimismo bien perfilado. Quedaba por escribir el capítulo VI. Abordaba un tema del que yo no había tratado antes de manera sistemática: el problema de formar los actores colectivos capaces de actuar políticamente de un modo efectivo para transformar el capitalismo. Pero consideré que, aun cuando no tenía nada muy original que decir respecto a este tema decisivo, podía al menos aclarar las cuestiones en juego.
A comienzos de abril me diagnosticaron leucemia mieloide aguda. La leucemia mieloide aguda no se puede frenar con tratamientos episódicos en un periodo extenso de tiempo. La única estrategia es someterse a un trasplante de células madre de médula ósea. Si funciona, me curaré; si no, moriré. Las perspectivas de supervivencia no son remotas, pero distan mucho de ser absolutas.
Cuando me dieron el diagnóstico, contacté con Verso y les expliqué la situación. El trasplante de células madre se produciría unos meses después –es necesario someterse a varias sesiones de quimioterapia previas– y esperaba que esto me diera tiempo para escribir un borrador del capítulo VI. Les propuse que, cuando yo completara el manuscrito, publicaran la Parte I a modo de volumen breve sin esperar por la Parte II. Si todo va bien y el trasplante funciona, en algún momento futuro podré escribir la Parte II, si aún parece interesante.
Está acabando julio. Para mí ha sido un reto trabajar en el capítulo a pesar de lo mucho que deseaba terminar el libro. Ha habido periodos en los que podía concentrarme y trabajar con energía durante unas horas, pero también muchos días en los que me era imposible. El capítulo no ha sido sometido al diálogo público y privado que siempre ha formado parte de mis escritos, pero pienso que cumple con el objetivo buscado.
Una nota respecto al título de este libro, Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI. En el libro defiendo el socialismo democrático de mercado, entendido como una forma radical de democracia económica. El libro podría, por lo tanto, titularse Cómo ser socialista democrático en el siglo XXI. Decidí usar el término más amplio de «anticapitalista» porque buena parte de los argumentos aquí recogidos son pertinentes para quienes se oponen al capitalismo pero mantienen una actitud escéptica respecto al socialismo. Espero que mis razones convenzan, al menos a algunos, de que una radical democracia económica socialista es la mejor forma de pensar en un destino realizable y factible más allá del capitalismo, pero queda muy lejos de mi ánimo dirigir el presente libro únicamente a quienes ya comparten dicha visión.
Erik Olin Wright
Madison, Wisconsin
Agosto de 2018
Capítulo I
¿Por qué ser anticapitalista?
A muchos, la idea del anticapitalismo les parece ridícula. No hay más que ver las fantásticas innovaciones tecnológicas en bienes y servicios producidas por empresas capitalistas en años recientes: teléfonos inteligentes y películas en streaming; coches sin conductor y redes sociales; curas para incontables enfermedades; pantallas gigantes en los partidos de fútbol y videojuegos que conectan a miles de jugadores en todo el mundo; cualquier producto de consumo concebible está en internet para su rápido envío a domicilio; asombrosos aumentos de productividad laboral mediante las nuevas tecnologías de automatización, y un largo etcétera. Y aunque es cierto que en las economías capitalistas la renta está desigualmente distribuida, también lo es que la gama de bienes de consumo disponibles y asequibles para el individuo medio, e incluso para los pobres, ha aumentado drásticamente en casi todas partes. Basta comparar Estados Unidos en el medio siglo transcurrido entre 1968 y 2018: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, automóvil, lavadora, lavaplatos, televisión y agua corriente ha aumentado drásticamente en esos años. La esperanza de vida es más alta en la mayoría de las categorías de población; la mortalidad infantil, más baja. La lista es interminable. Y ahora, en el siglo XXI, esta mejora en los niveles de vida básicos se está produciendo también en algunas de las regiones más pobres del mundo: véase la mejora del nivel de vida de la ciudadanía china desde que el país adoptó el libre mercado. ¡Es más, véase qué ocurrió cuando Rusia y China ensayaron una alternativa al capitalismo! Incluso dejando a un lado la opresión política y la brutalidad, dichos regímenes constituyeron sonados fracasos económicos. De modo que, si nos importa mejorar la vida de las personas, ¿cómo podemos ser anticapitalistas?
Ese es un relato, el habitual.
He aquí otro: el sello del capitalismo es la pobreza en medio de la abundancia. No es lo único que va mal en ellas, pero sí es la característica que constituye el defecto más grave de las economías capitalistas. En concreto, la pobreza de los niños, que claramente no son responsables de sus cuitas, es moralmente reprensible en las sociedades ricas, en las que la pobreza podría eliminarse con facilidad. Sí, hay crecimiento económico, innovación tecnológica, productividad creciente y mayor difusión de los bienes de consumo, pero el crecimiento económico capitalista va unido a la miseria de muchos cuyos medios de vida han sido destruidos por el avance del capitalismo, a la precariedad para los situados en la parte inferior del mercado laboral capitalista, y al trabajo alienante y tedioso para la mayoría. El capitalismo ha generado masivos aumentos de productividad y una riqueza extravagante para algunos, pero son muchos los que siguen teniendo dificultades para ganarse la vida. En igual medida que máquina de crecimiento, el capitalismo es una máquina de generar desigualdad. Es más, cada vez está más claro que, guiado por la implacable búsqueda de beneficios, está destruyendo el medio ambiente. Y en cualquier caso, la cuestión esencial no es si, a largo plazo, en las economías capitalistas han mejorado de media las condiciones materiales, sino por el contrario si, mirando hacia delante desde este punto de la historia, las cosas serían mejor para la mayoría en un tipo de economía distinto. Es cierto que las economías autoritarias y dirigidas por el Estado en la Rusia y la China del siglo XX supusieron en muchos aspectos fracasos económicos, pero no son las únicas posibilidades.
Estos dos relatos están anclados en las realidades del capitalismo. No es un error pensar que el capitalismo ha transformado las condiciones de vida en el mundo y ha aumentado enormemente la productividad humana; muchas personas se han beneficiado de esto. Pero es igualmente cierto que el capitalismo genera grandes perjuicios y perpetúa formas de sufrimiento humano eliminables. Donde radica el verdadero desacuerdo –un desacuerdo fundamental– es respecto a si es posible tener la productividad, la innovación y el dinamismo que observamos en el capitalismo, pero sin los daños que este provoca. Es de sobra conocido que Margaret Thatcher anunció, a comienzos de la década de 1980, que «no hay alternativa»; dos décadas después, el Foro Social Mundial declaraba que «otro mundo es posible». Ese es el debate fundamental.
El argumento central de este libro es el siguiente: primero, que otro mundo es, de hecho, posible. Segundo, que podría mejorar las condiciones de prosperidad humana para la mayoría. Tercero, los elementos de este mundo están siendo ya creados en el mundo actual. Y por último, que hay formas de transitar a ese otro mundo. El anticapitalismo no sólo es posible como simple actitud moral ante los perjuicios y las injusticias del mundo en el que vivimos, sino también como actitud práctica enfocada a la construcción de una alternativa que ofrezca una mayor prosperidad humana.
El presente capítulo preparará el escenario de este argumento, explicando lo que yo entiendo por «capitalismo» y, después, explorando las bases para evaluar el capitalismo en cuanto sistema económico.
¿QUÉ ES EL CAPITALISMO?
Como ocurre con muchos conceptos utilizados en la vida cotidiana y en el ámbito académico, hay múltiples formas distintas de definir el «capitalismo». Para muchos, el capitalismo es el equivalente a una economía de mercado, una economía en la que las personas producen cosas que venden a otras personas a través de acuerdos voluntarios. Otros añaden la palabra «libre» antes del término «mercado», resaltando que el capitalismo es una economía en la que las transacciones mercantiles están mínimamente reglamentadas por el Estado. Y hay además quienes destacan que el capitalismo no se caracteriza sólo por los mercados, sino también por la propiedad privada del capital. Los sociólogos, en especial los influidos por la tradición marxista, añaden también por lo general a esto la idea de que el capitalismo se caracteriza por un tipo determinado de estructura de clases, en el que quienes hacen realmente el trabajo en una economía –la clase trabajadora– no ostentan la propiedad de los medios de producción. Esto supone al menos dos clases básicas en la economía: los capitalistas, que poseen los medios de producción, y los trabajadores, que proporcionan el trabajo como empleados.
En este libro, usaré el término para designar tanto la idea de capitalismo entendido como economía de mercado, como la idea de que se organiza mediante un tipo de estructura de clases determinado. Una forma de plantear esta combinación es que la dimensión de mercado identifica el mecanismo básico de coordinación de las actividades económicas en un sistema económico –coordinación mediante intercambios voluntarios y descentralizados, oferta y demanda, y precios–, mientras que la estructura de clases identifica las relaciones de poder fundamentales dentro del sistema económico, entre los propietarios privados del capital y los trabajadores. Esta forma de elaborar el concepto significa que es posible tener mercados sin capitalismo. Por ejemplo, mercados en los que los medios de producción sean propiedad del Estado: las empresas son estatales y el Estado asigna recursos a estas empresas, ya sea en forma de inversión directa o a modo de préstamos concedidos por una banca pública. Esto podría denominarse economía estatista de mercado (aunque algunos lo han llamado «capitalismo de Estado»). O también las empresas de una economía de mercado podrían ser diversos tipos de cooperativas, cuya propiedad y gestión estén en manos de empleados y clientes. Una economía de mercado gestionada mediante dichas organizaciones podría denominarse economía de mercado cooperativa. En contraste con estos dos tipos de economías de mercado, el rasgo distintivo de una economía de mercado capitalista lo constituyen las formas en las que los propietarios privados del capital blanden su poder tanto dentro de las empresas como dentro del sistema económico en su totalidad.
RAZONES PARA OPONERSE AL CAPITALISMO
El capitalismo siembra anticapitalistas. En algunos momentos y lugares, la resistencia al capitalismo cristaliza en ideologías coherentes, con diagnósticos sistemáticos de la fuente de perjuicios y recetas claras acerca de qué hacer para eliminarlos. En otras circunstancias, el anticapitalismo se sumerge en motivaciones que en la superficie no tienen mucho que ver con el capitalismo, como creencias religiosas que llevaron a sus fieles a rechazar la modernidad y buscar refugio en comunidades aisladas. En ocasiones, adopta la forma de obreros que se resisten individualmente en la fábrica a las exigencias de los jefes. Otras veces, el anticapitalismo se encarna en organizaciones obreras que se afanan en luchas colectivas para mejorar las condiciones de trabajo. Siempre, allí donde existe el capitalismo, hay de una u otra forma descontento y resistencias.
En estas formas diversas de lucha dentro y acerca del capitalismo hay dos tipos distintos de motivaciones: los intereses de clase y los valores morales. Podemos oponernos al capitalismo porque perjudica nuestros propios intereses materiales, pero también porque ofende ciertos valores morales que son importantes para nosotros.
Hay un cartel de finales de la década de 1970 que muestra una obrera apoyada en una valla. El pie de foto dice: «conciencia de clase es saber en qué lado de la valla estás; análisis de clase es descubrir quién está ahí contigo». La metáfora de la valla plantea que el conflicto del capitalismo está afianzado en conflictos de intereses de clase. Estar en lados opuestos de la valla define a amigos y enemigos en términos de intereses opuestos. Puede que algunos se sienten sobre la valla, pero en último término quizá tengan que tomar una decisión: «con nosotros, o contra nosotros». En algunas situaciones históricas, los intereses que definen la valla son muy fáciles de descifrar. Resulta obvio para casi todo el mundo que, en el Estados Unidos anterior a la Guerra de Secesión, la esclavitud era lesiva para los esclavos y por lo tanto estos tenían un interés de clase en su abolición, mientras que los propietarios tenían un interés en su perpetuación. Tal vez algunos propietarios de esclavos experimentasen cierta ambivalencia acerca de la propiedad de esclavos –ciertamente ese era el caso de Thomas Jefferson, por ejemplo–, pero esta ambivalencia no se debía a sus intereses de clase; se debía a la tensión entre esos intereses y ciertos valores morales suyos.
En el capitalismo contemporáneo, las cosas son más complicadas y no parece tan obvio cómo deberían interpretarse exactamente los diferentes intereses de clase. Por supuesto, hay algunas categorías de personas cuyos intereses materiales con respecto al capitalismo están claros: los grandes poseedores de riquezas y los consejeros delegados de multinacionales tienen claramente el interés de defenderlo; los trabajadores de sweatshops, los trabajadores manuales no cualificados, los trabajadores precarios y los desempleados de larga duración tienen interés en oponerse al capitalismo. Pero para otras muchas personas inmersas en economías capitalistas, las cosas no están tan claras. Profesionales muy instruidos, gerentes y muchos trabajadores por cuenta propia, por ejemplo, ocupan lo que yo he denominado posiciones contradictorias dentro de las relaciones de clase y albergan intereses muy complejos y a menudo incongruentes respecto al capitalismo.
Si el mundo constara sólo de dos clases situadas en lados opuestos de la valla, tal vez bastaría con coordinar el anticapitalismo exclusivamente en términos de intereses de clase. Así era básicamente como veía el problema el marxismo clásico: aun habiendo complejidades en las estructuras de clase, la dinámica del capitalismo a largo plazo tendería a crear una aguda alineación de intereses a favor y en contra del mismo. En dicho mundo, la conciencia de clase consistía principalmente en entender cómo funcionaba el mundo y, en consecuencia, cómo servía a los intereses materiales de unas clases a expensas de otras. En cuanto los obreros lo entendiesen, planteaba el argumento, se opondrían al capitalismo. Esta es una de las razones por las que muchos marxistas han sostenido que es innecesario desarrollar una crítica sistemática contra el capitalismo en términos de justicia social y carencias morales. Basta con demostrar que el capitalismo perjudica a los intereses de las masas; no es necesario demostrar también que es injusto. No hay que convencer a los obreros de que el capitalismo es injusto ni de que incumple principios morales; todo lo que hace falta es un convincente diagnóstico de que el capitalismo es fuente de graves perjuicios para ellos –que va contra sus intereses materiales– y que puede hacerse algo al respecto.
Ese argumento contra el capitalismo, puramente basado en el interés de clase, no servirá para el siglo XXI y es probable que no haya sido nunca realmente adecuado. Hay aquí tres cuestiones en juego.
En primer lugar, debido a la complejidad de los intereses de clase, siempre habrá muchas personas cuyos intereses no caigan claramente a un lado u otro de la valla. Su voluntad de apoyar las iniciativas anticapitalistas dependerá en parte de qué otro tipo de valores haya en juego. Dado que su apoyo es importante para cualquier estrategia verosímil que pretenda superar el capitalismo, es crucial construir la coalición, en parte, en torno a los valores, y no sólo en torno a los intereses de clase.
En segundo lugar, la realidad es que las personas están motivadas en su mayoría, al menos parcialmente, por preocupaciones morales, no sólo por intereses económicos prácticos. Incluso a quienes tienen muy claros los intereses de clase pueden importarles mucho las motivaciones basadas en preocupaciones morales. A menudo las personas no actúan contra sus intereses de clase porque no entiendan esos intereses, sino porque otros valores les importan más. Uno de los casos más famosos en la historia es el del estrecho colaborador de Marx, Friedrich Engels, quien era hijo de un acaudalado fabricante capitalista y sin embargo apoyó con entusiasmo los movimientos políticos contrarios al capitalismo. Los abolicionistas del norte de Estados Unidos que, en el siglo XIX, se oponían a la esclavitud no lo hacían por sus intereses de clase, sino porque creían que aquella estaba mal. Incluso en el caso de aquellos que tienen el anticapitalismo entre sus intereses de clase, las motivaciones basadas en valores son importantes para sostener su compromiso con las luchas a favor del cambio social.
Por último, la claridad respecto de los valores es esencial para pensar cuán deseables son las posibles alternativas al capitalismo. Necesitamos una forma de evaluar no sólo qué está mal en el capitalismo, sino qué hay de deseable en las alternativas. Y, si llegara a pasar que construyamos de hecho una alternativa, necesitamos criterios sólidos para evaluar en qué medida la alternativa está haciendo realidad esos valores.
Así, aunque por supuesto es vital identificar los modos específicos en que el capitalismo perjudica los intereses materiales de ciertas categorías de individuos, también hace falta aclarar qué valores nos gustaría que albergase una economía. El resto del capítulo explorará los valores que constituyen los cimientos morales del anticapitalismo y la búsqueda de una alternativa mejor.
FUNDAMENTOS NORMATIVOS
En la crítica moral contra el capitalismo hay tres grupos de valores fundamentales: igualdad/equidad, democracia/libertad y comunidad/solidaridad. Son valores con un largo historial de luchas sociales, y se retrotraen al menos a los ideales de liberté, égalité, fraternité proclamados en la Revolución francesa. Todos estos valores tienen también significados acaloradamente debatidos. Pocos son quienes se pronuncian contra la democracia, la libertad o alguna interpretación de la igualdad, pero sigue habiendo profundos desacuerdos respecto al contenido real de estas palabras. Tales debates mantienen muy ocupados a los filósofos políticos. No intentaré aquí poner en orden estos debates. Lo que sí haré es dar una explicación de estos valores que dé claridad a la crítica al capitalismo.
Igualdad/equidad
La idea de igualdad se sitúa en el centro de casi todas las nociones de justicia social. Incluso las nociones libertarias de justicia, que hacen hincapié en los derechos de propiedad, se pronuncian a favor de la igualdad de derechos ante la ley. La Declaración de Independencia de Estados Unidos proclama: «Sostenemos estas verdades evidentes, que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables, que entre estos se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad». La idea de igualdad de oportunidades es ampliamente aceptada por la mayoría de los estadounidenses; la mayoría reconoce, en consecuencia, que hay algo injusto en que un niño nacido en la pobreza tenga menos oportunidades en la vida que uno nacido en la riqueza, a pesar de sentir también que no se puede hacer mucho al respecto.
Los ciudadanos de las sociedades capitalistas contemporáneas sostienen mayoritariamente, por lo tanto, cierto ideal de igualdad. Donde con vigor difieren es en el fondo del ideal igualitario. Esta disensión animó un encendido debate entre filósofos políticos en las últimas décadas del siglo XX, conocido como el debate de la «¿igualdad de qué?». ¿Es el ideal igualitario la igualdad de oportunidades? Si es así, ¿oportunidades de qué? ¿O es el ideal igualitario la igualdad de recursos? ¿La igualdad de capacidades? ¿La igualdad de asistencia social y bienestar? He aquí cómo propongo yo que consideremos la igualdad en cuanto valor:
En una sociedad justa, todas las personas tendrían en general igualdad de acceso a los medios materiales y sociales necesarios para llevar una vida próspera (a flourishing life).
Esta frase incluye mucha información. Desglosémosla.
En primer lugar, el principio igualitario está captado por la idea de «acceso ampliamente igual» a algo. Es un poco diferente a la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades se cumpliría en el caso de la lotería, por ejemplo, pero difícilmente sería una forma equitativa de dar a las personas acceso a una vida próspera. La igualdad de oportunidades sugiere también que la principal cuestión es que todos tengamos lo que a veces se denomina «igualdad de partida»: lo importante es empezar con las mismas oportunidades; si las desperdicias, peor para ti. Es culpa tuya, de modo que no tienes nada de lo que quejarte. La «igualdad de acceso» adopta una perspectiva más generosa y compasiva sobre la condición humana. También es sociológica y psicológicamente más realista. Todos cometemos errores: los adolescentes pueden ser miopes y tomar decisiones estúpidas; los acontecimientos fortuitos y la suerte influyen mucho en la vida de cada uno, para bien y para mal. Una persona que trabaja mucho, superando grandes obstáculos, y alcanza grandes cosas en la vida, sigue debiendo gran parte del éxito al azar y la buena suerte. Es prácticamente imposible establecer una distinción clara entre las cosas de las que uno es verdaderamente responsable y aquellas de las que no. La idea de que en una sociedad justa las personas deberían, a lo largo de su vida –en la mayor medida posible–, tener igual acceso a las condiciones necesarias para llevar una existencia próspera reconoce estos hechos sociológicos y psicológicos de la vida. La igualdad de oportunidades, por supuesto, sigue siendo una idea valiosa, pero el acceso igualitario es sociológicamente una forma más apropiada de entender el ideal igualitario.
Observemos ahora el término «próspera». Tanto los filósofos como las personas comunes entienden de múltiples maneras qué quiere decir que a alguien le vaya bien en la vida. La felicidad es una medida. En general, la mayoría dice que la vida de una persona va mejor cuando esa persona es feliz que cuando es infeliz, y también que las instituciones que facilitan la felicidad son mejores que aquellas que la impiden. La búsqueda de la felicidad consagrada en la Declaración de Independencia de Estados Unidos atestigua su importancia. Una vida significativa o satisfactoria es otra formulación. Algunos filósofos hablan del bienestar social y personal. Todas estas ideas están conectadas. Resulta difícil, después de todo, imaginar que una persona sea verdaderamente feliz si experimenta también la sensación de que su vida carece de sentido.
Uso la idea de prosperidad humana para captar un sentido general de que la vida de una persona va bien. Una vida próspera es aquella en la que las capacidades y los talentos de una persona se han desarrollado de forma tal que le permiten alcanzar sus objetivos vitales, de modo que en un sentido general han podido realizar sus potenciales y propósitos. Es fácil entender qué significa esto si pensamos en la salud y la condición física de cualquiera; una vida próspera es algo más que la mera ausencia de enfermedad; encarna también una idea positiva de vitalidad física que permita a la persona vivir activamente en el mundo. De la misma manera, para otros aspectos de la vida, prosperar significa una realización positiva y robusta de las capacidades de cada individuo, no sólo una ausencia de carencias graves.
Sospecho que en la práctica no importa mucho que nos centremos en la felicidad, el bienestar, el sentido, la plenitud o la prosperidad cuando pensamos en una sociedad justa. Todos ellos son términos profundamente interconectados, y mejorar el acceso a las condiciones para la realización de cada persona tiene casi con seguridad efectos positivos sobre las demás.
