Comprender la naturaleza del trauma - Judith Roig - E-Book

Comprender la naturaleza del trauma E-Book

Judith Roig

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Esta obra pretende acercar al lector al concepto de trauma, mostrando que este es mucho más que uno o varios episodios de acontecimientos extremos, y que está presente en lo común de nuestra experiencia de una forma más frecuente de lo que quizás alcanzamos a ver; afectándonos individual, social y globalmente y abarcando un amplio espectro de nuestra existencia. Profundizando en su naturaleza, se realiza un recorrido por los diversos aspectos implicados que nos permiten reconocerlo y validarlo, como son las definiciones de sus síntomas y secuelas, o las situaciones potencialmente traumáticas que pueden acontecer en las diferentes etapas de la vida. A su vez, se exploran algunos de los elementos comprometidos en los procesos de sanación, presentando herramientas y recursos de utilidad para su transformación.

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Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Comprender la naturalezaDEL TRAUMA

Comprender la naturalezaDEL TRAUMA

Judith Roig

TÍTULO: Comprender la naturaleza del trauma

AUTORA:Judith Roig Gómez©, 2022

COMPOSICIÓN: HakaBooks - Book Antiqua cuerpo 12

DISEÑO DE LA PORTADA: Hakabooks©

ILUSTRACIÓN PORTADA: Lola Roig©

1ª EDICIÓN: marzo 2022

ISBN: 978-84-947943-6-0

HAKABOOKS

08204 Sabadell - Barcelona

+34 680 457 788

www.hakabooks.com

[email protected]

Hakabooks

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier forma de cesión de la obra sin autorización escrita de los titulares del copyright.

Todos los derechos reservados.

A quienes sufren,porque hay esperanza

PRÓLOGO

La presentación de este libro es todo un reto para mí, ya que hoy en día hay disponible una considerable bibliografía acerca de trauma y fácilmente podemos encontrar obras más o menos extensas que explican, definen y ofrecen diferentes miradas y soluciones fruto de la investigación, la experiencia y la dedicación de grandes profesionales, especialmente en los últimos años. En las páginas finales cito algunas referencias a autores, estudios y manuales que han facilitado mi camino y que pueden ayudar a profundizar y a seguir sanando.

Estas páginas pretenden llegar de forma sencilla y concreta tanto a personas que se sientan perdidas, confundidas —e incluso sin esperanza en su sufrimiento— como a terapeutas y a profesionales de la ayuda, para llamar su atención hacia los pacientes que llegan a nuestras consultas con la profunda necesidad de que sus experiencias traumáticas no resueltas (y en muchas ocasiones no identificadas, negadas, minimizadas, ignoradas o normalizadas por otros o por ellos mismos) sean reconocidas y validadas y que recuperen la posibilidad de sanación.

Mi intención es proporcionar al lector una información básica sobre el trauma en la que pueda sentirse reconocido e identificar síntomas, manifestaciones, indicadores y secuelas y mediante la cual logre encontrar respuestas y comprensiones acerca de lo que le sucede. A la vez, pretendo hacer una exposición de todo aquello que me ha resultado esencial en el trayecto hacia la sanación, tanto a nivel personal como profesional, así como plantear la diferencia fundamental entre mejorar y sanarse.

Aunque llevo más de 20 años dedicada a la práctica de la psicoterapia, mi relación con el trauma es más personal que profesional. Y ha sido mi propia biografía la que me llevó, tras una búsqueda incansable, finalmente a estar del otro lado, acompañando a personas en su tránsito desde el trauma hacia la sanación.

Al comenzar a escribir, me he dado cuenta de que solo podré hablar de trauma a los lectores de este trabajo si me hago presente. Mi intención es estar cerca del lector personal y profesionalmente, porque es en la resonancia donde nos es posible reconocernos y en la mirada compasiva del otro desde donde nos es posible sanar.

Si bien lo que me mueve, esencialmente, es llegar a todas aquellas personas que están viviendo en el sufrimiento del trauma no resuelto y trasmitirles que existe la posibilidad real de recuperar la libertad, sé que muchas precisarán que otro ser humano sea testigo, las acompañe y valide lo que les ocurre. Es por ello por lo que también me dirijo a mis compañeros de profesión y a mis colegas, para que nuestra comunidad otorgue al trauma —y a los pacientes que viven en él— el reconocimiento y la importancia que les corresponde en el ejercicio de la psicoterapia.

Cuando pensamos en trauma de una forma espontánea generalmente lo asociamos a experiencias extremas vinculadas a circunstancias extraordinarias: guerras, exilio, accidentes, catástrofes, violaciones, muerte… Pero lo cierto es que estamos expuestos a la energía de trauma de una forma mucho más amplia de la que a menudo pensamos, debido a nuestra propia biología como especie, a la naturaleza de la vida en la tierra y a nuestra evolución como seres humanos. De este modo, podríamos decir queel trauma forma parte de nuestra existencia.

Encontramos trauma en la construcción social, en la propia cultura y en nuestras maneras de abordar la supervivencia. Hay trauma que vive en lo cotidiano, dentro de nuestras casas, en nuestras familias y en nuestro día a día. Y es justamente este amplio espectro de la energía de trauma el que a menudo es ignorado, el que pasa tantas veces inadvertido y el que necesita de nuestro urgente reconocimiento. Porque trauma es herida y es rotura y cada daño no reparado tiene una historia que necesita que le demos la posibilidad de ser escuchada, para poder finalmente encontrar descanso, sanarse e incorporarse al extenso archivo de nuestras experiencias vividas.

He llamado a esta amplia gama de matices intermedios de trauma «Trauma de lo Común», para diferenciarlo del trauma extraordinario con el que desde hace unas décadas estamos acostumbrados a tratar y sacarlo del silencio de la normalización, negación, minimización e inconsciencia que lo invisibiliza.

El Trauma de lo Común es difuso y resiliente, se nos aparece normalizado y pasa en muchas ocasiones desapercibido. Esta implícito en la negación del dolor y en nuestra dificultad para sostenerlo y acompañarlo. Nos traspasa y nos trasciende transgeneracionalmente, llevándonos a situaciones insostenibles como las que actualmente vivimos a nivel global, manteniéndonos en una realidad, en la que —a pesar de la experiencia, la información y los recursos que hemos conquistado como especie— continúa marcada por la supervivencia individual, generando destrucción y sufrimiento, sin que podamos acabar de parar a ocuparnos; sintiendo que tal vez todavía, no seamos capaces de convivir con el dolor y acompañarlo desde nuestra Presencia.

Hacer visible el trauma, y atenderlo nos obliga irremediablemente a una profunda revisión de nuestra naturaleza humana, a buscar las causas del dolor enquistado que aún tan fácilmente se nos pasa inadvertido y a encontrar soluciones no solo para validarlo, sanarlo y liberarlo sino también para prevenirlo, reorientando así nuestra forma de estar ante la vida y transformándonos en una humanidad más consciente y cooperativa. Mirar hacia el trauma individual y colectivo ampliando nuestro foco para detectarlo y poder reconocerlo en todas sus manifestaciones es contribuir a sanarnos desde una consciencia ampliada.

Probablemente el trauma sea el gran reto al que nos enfrentamos como humanidad para poder sanar y evolucionar como especie; cada aportación que hacemos a su reconocimiento es para beneficio de todos.

PRIMERA PARTE

Existencia y trauma

«Antes de que el universo naciera

ya existía algo sin forma y perfecto,

Sereno, profundo,

Solitario, inmutable,

Infinito y eternamente presente».

Lao Tzu, Tao te King

CAPÍTULO I

EL ORIGEN. EL VIAJE DEL SER

«¡He perdido mi gotita de rocío!,dice la flor al cielo del amanecer, que ha perdido todas sus estrellas».

Rabindranath Tagore

Recuerdo cuando de muy niña asistí por primera vez a la escena televisada (en blanco y negro) de un joven impala que acabó siendo alcanzado y devorado vivo por un grupo de leones, en algún lugar remoto de la tierra. Mis ojos atónitos —clavados en la pupila agonizante del impala que se debatía con la muerte mientras las hembras se repartían su cuerpo para alimentar a sus crías— estaban siendo testigos silenciosos de algo inconcebible; percibí cómo mi corazón se encogía y latía rápido dentro de mi pecho y mis pulmones se olvidaron de respirar durante un instante interminable. Probablemente, esa haya sido la primera vez que fui plenamente consciente —a pesar de mi escasa edad— de que el lugar donde vivía, nuestro planeta, era dolorosamente incomprensible para mí.

Aunque en aquel momento hubiese deseado salvar al impala —que se me aparecía como un ser inocente cogido por sorpresa y sin posibilidad de defenderse de las garras de los leones, a quienes percibía como bestias feroces en un acto de crueldad sin límites— no conseguía ver maldad en los cachorros felinos para quienes, el ejemplar de herbívoro, probablemente tras muchos días sin comer, era la única garantía de seguir con vida.

Recuerdo la confusión que sentí en ese momento ante tal paradoja. Me resultaba imposible posicionarme en algún lugar, y a la vez me era fácil estar en todos.

Han pasado varias décadas desde entonces y, por supuesto, después de ese impacto vinieron muchos otros que golpearon de forma directa una y otra vez mi corazón, mi cuerpo y mi entendimiento, pero esa fue tal vez una de las experiencias decisivas que me orientaron hacia una búsqueda imparable de respuestas que dieran sentido a lo que experimenté en relación con la existencia, en aquel momento de encuentro sin filtros con la naturaleza de la vida en la tierra.

Todos somos vulnerables, y es por ello por lo que estamos expuestos. En la propia vida está implícito el dolor. En algunas ocasiones somos las víctimas inocentes; en otras, los perpetradores involuntarios y, a momentos, tan solo atónitos testigos de la crudeza de la existencia. La vida se manifiesta de tal forma que podemos enmarcar y normalizar en lo cotidiano del día a día innumerables experiencias que muestran una y otra vez este triangulo dramático en diferentes condiciones e intensidades: el llanto desesperado de un bebé al que nunca le llega atención de su madre deprimida, el abuso continuado de un profesor a su alumno de primaria, el desgarro de un hijo en medio de la relación violenta de sus padres... Otras veces, es la propia vida la que parece perpetrar directamente, a través de una enfermedad incurable, un grave accidente o un desastre natural...

Son tantas las experiencias de dolor que sostenemos durante nuestra vida (y, algunas, tan habituales) que es imposible separarlas del propio existir y así, forman parte del tejido esencial que construye nuestra historia cotidiana. Hay relatos en los que después de un suceso no tarda en despuntar el sol, en otros pasan días e incluso años de oscuridad y de tormentas. Y los hay que tienen capítulos tras los cuales no amanece.

«Y una vez que la tormenta termine, no recordarás como lo lograste,como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa si es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata esta tormenta».

Haruki Murakami

Si estas leyendo este libro, quizás tu historia también te haya llevado a necesitar respuestas. Desde mi experiencia, hay preguntas que no podemos responder sin entregarnos a algo más grande que nosotros mismos.

Hoy, puedo reconocer la ingenuidad del impala entregándose a la muerte, la nobleza de la hembra felina alimentando a sus crías para garantizarles la vida y la inocencia en la mirada de la niña que fui, testigo silencioso e inesperado de la vida y de la muerte. Y es este reconocimiento compasivo de la naturaleza de cada Ser el que abre las posibilidades en mi corazón a una comprensión que no precisa respuestas y que me lleva a asentir a lo que la vida dispone sin discusión.

Pero ¿qué hacer con todo ese dolor que la vida despliega mientras acontece?, ¿cómo vivimos esas experiencias que la existencia nos propone? La revisión del conocimiento del que disponemos acerca de los procesos que experimentamos en nuestro paso por el planeta como seres humanos, nos puede ayudar a comprender y también a encontrar nuevas formas de intervenir ante los acontecimientos que se van sucediendo a lo largo de nuestras historias de vida.

El SER

¿Hasta cuándo negaremos el Ser que somos?

«Lo que buscas, te está buscando a ti».

Rumi

En algún momento todos nos hemos encontrado mirando hacia fuera, buscando algo más grande que nosotros mismos, algo que nos ofrezca explicaciones, comprensiones o incluso consuelo, especialmente cuando nos sentimos sobrepasados en nuestras experiencias. Esta orientación hacia necesitar buscar atención y esperar ser atendidos desde lo externo a nosotros mismos, forma parte de nuestro diseño específico como seres humanos y viene determinada por las primeras etapas de nuestro desarrollo.

La extrema vulnerabilidad que vivimos en las primeras fases de la vida y la dependencia absoluta de un cuidador (normalmente la madre o el padre, la familia extensa, familia adoptiva o instituciones) nos configuran. Sin alguien que cuidara de nosotros durante ese tiempo primordial de desarrollo, nuestra vida no podría prosperar. Esta información está implícita en nuestra matriz como seres humanos.

Más allá de la necesidad de sobrevivir en la mirada y atención del otro —y mientras esto sucede— comenzamos a reconocer poco a poco una presencia en nuestro interior; alguien o algo que nos acompaña. Y conforme nuestra consciencia se va desplegando, se va haciendo manifiesta la posibilidad de mirarnos desde dentro de nosotros mismos de una forma autoconsciente, para conocernos y descubrir quienes somos.

Aunque parecería sencillo seguir este trayecto natural—nacemos vulnerables, en un contexto del que recibimos atención y cuidados y desde el que se nos facilita y acompaña a despertar paulatinamente la conciencia de nuestro propio Ser— no siempre es así.

Muy a menudo el camino es difícil, las roturas son numerosas e intensas y quedamos tan fraccionados que cuando llega el momento de comenzar a hacernos cargo de nosotros mismos, se nos hace difícil —e incluso imposible— comunicarnos con esa presencia que percibimos e intuimos en nuestro interior, sintiéndonos completamente aislados de ella y supeditados a continuar buscando en el exterior quien nos ayude, quien nos facilite un puente para llegar hasta nosotros mismos. En nuestra cultura, el propio contexto fomenta la búsqueda hacia fuera, promoviendo a través de estereotipos sociales y culturales una mirada dependiente y sometida a lo externo, dificultándonos el contacto con la consciencia de lo que somos.

Y lo cierto es que «Somos». Pero ¿qué Somos?

«Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombrey eso es lo que realmente somos».

José Saramago

La búsqueda de una definición para el Ser nos ha acompañado como humanidad desde siempre. En nuestra cultura occidental, la filosofía, la religión desde la Mística y la espiritualidad, han sido quienes han llevado el estandarte de la misión de averiguar, conocer, describir e informarnos a cerca del Ser. Y desde hace un tiempo, también la ciencia se orienta en esa dirección.

Más allá de lo experimentado por cada ser humano de forma individual y única, nuestra humanidad ha pasado por diferentes estadios en la búsqueda del Ser. En occidente, en el trascurso de nuestra historia, nuestras sociedades han vivido relaciones particularmente polarizadas y de intermitencia en relación a esa búsqueda.

A lo largo de las diferentes épocas que han forjado nuestras culturas nos hemos acercado y alejado de él, experimentándolo desde diferentes ángulos y distancias, aunque siempre ha permanecido como referente, ocupando el lugar central de nuestra experiencia y atendiendo inalterable e inmutable a nuestra necesidad intrínseca de ser uno con él.

Para algunos pueblos del mesolítico y paleolítico el Alma residía en todas las cosas materiales e inmateriales (en el árbol, en el agua, en los animales y en los seres humanos) y a esta Alma se la identificaba con las cosas mismas. A la relación entre el Alma y las cosas se le dio el nombre de “Animismo”, término acuñado por el antropólogo Sir Edward Tylor a finales del siglo XIX.

De esta forma, nuestra evolución ha transitado por diferentes etapas, recorriendo a lo largo de nuestra historia, momentos fusionales de conexión total con la existencia (como muestran los vestigios de las culturas ancestrales) y etapas de inmersión en la búsqueda de nuestra naturaleza divina mediante la elaboración de un concepto de Alma y la indagación acerca de su existencia de la mano de los primeros filósofos. Hemos entregado nuestro Ser y el dominio de nuestros destinos a las extensas familias de dioses que configuraban el universo politeísta del mundo antiguo y hemos atravesado tramos terribles de confusión, miedo y crueldad con la aparición del cristianismo y de las diferentes iglesias creyentes en un Dios único, dueño de nuestras Almas, que desbancaron a las tradiciones paganas atávicas y colonizaron otras creencias. En un pasado no tan lejano, nuestros ancestros exterminaron en nombre de Dios a los hombres y mujeres medicina, guardianes de la antigua sabiduría. Finalmente, la filosofía y la ciencia nos han acompañado a transitar etapas de escisión cuerpo-alma influenciados por grandes pensadores que sostuvieron el escepticismo y la negación.

Más cerca del momento actual, nuestra cultura ha recuperado los conocimientos de lasabiduría perenne, acercándonos a las filosofías y corrientes espirituales que se han mantenido en los conocimientos orientales, hemos asistido al despertar interno e individual de la conciencia espiritual desde la mirada de las corrientes transpersonales de la llamada «Nueva Era», y llegado al acercamiento de la ciencia a la Mística a través de la neurociencia y la física cuántica en nuestro momento presente.

Desde muchos lugares y bajo diversidad de miradas, los seres humanos hemos investigado, estudiado y experimentado buscando a nuestro Ser, examinando nuestra realidad externa, explorando en la naturaleza y en el cosmos, a través de la filosofía y las ciencias e indagando en lo más íntimo de nosotros, mediante la Mística y la religión. Hemos transitado por una variedad casi infinita de matices, que abarcan desde lo más sutil en la mente de grandes pensadores y teóricos a lo más corpóreo de la mano de los extraordinarios investigadores de la materia.

Finalmente, en el momento actual parece que nos dirigimos hacia un afortunado reencuentro en el que numerosas disciplinas que han estudiado y profundizado por separado diferentes aspectos del Ser, a lo largo de la historia, comparecen juntas queriendo converger en una mirada abarcadora, inclusiva y unificadora. Ciencia y espiritualidad encuentran lugares comunes de diálogo y experimentación, uniendo sus conocimientos en un maravilloso idilio. Esta mirada inclusiva trae buenas noticias y anuncia el posible final de una larga historia de sufrimiento.

«La ciencia no es solamente compatible con la espiritualidad,sino que es una fuente de espiritualidad profunda».

Carl Sagan

¿Entonces qué es el Ser?

«Lo que existe no ha sido creado y es imperecederoporque es un todo completo, y no cambia. No fue o no debería ser diferente de lo que es ahora, todo a la vez, uno y continuo».

Parménides de Elea

Cuando intentamos entender el Ser desde nuestra mente humana —que es limitada y finita— no podemos abarcar las cualidades de su constitución permanente e imperecedera; es la consciencia quien media y nos ayuda a identificarnos con él y a comprender nuestra verdadera naturaleza. La consciencia es pues, el observador de la existencia que somos, el testigo del Ser, aquello que lo conoce y lo reconoce. A lo largo de nuestra vida, la consciencia —desde su cualidad expansiva—realiza la función de unir todo lo que nos configura, identificándolo e integrándolo como parte de un Todo.

Cuando comienza el gran viaje —es decir cuando se inicia nuestra experiencia como seres humanos en el vientre materno— el Ser que somos, aún tiene que esperar largo tiempo para que la consciencia como testigo pueda manifestarse plenamente en el cuerpo en construcción. De alguna forma pasamos de ser sin materia a estar en un cuerpo, y es la consciencia la que nos ayuda gradualmente a darnos cuenta de que existimos. De este modo, en el inicio «soy», al nacer «estoy» y a través de la consciencia «existo». Al morir y dejar el cuerpo físico, que es el que nos da la opción de «estar» en la experiencia espaciotemporal, probablemente volvamos a «ser con la consciencia de haber existido y el testimonio de las memorias de todo aquello que hemos vivido durante nuestra experiencia en la tierra.

Podríamos decir que el Ser es una realidad radical que trasciende nuestro eje espaciotemporal y que está más allá de las formas y de la vida y la muerte. El Ser es la misma existencia. El Ser, es.

El Ser en la experiencia humana

«En la expresión ‘ser humano’ misma se manifiestandos aspectos fundamentales, ya que efectivamente vivimos una doble existencia: como individuo y como parte de una unidad mayor. Esta unidad mayor podríamos llamar ‘el Ser’».

Peter Bourquin

Nuestra travesía en la Tierra se desarrolla en un camino marcado por la exploración de polaridades. Imaginemos la polaridad como una línea con dos extremos en la que en cada uno de ellos habita el aspecto opuesto. Mientras vamos recorriendo el espacio entre un extremo y el otro a través del tiempo, esta se va curvando hasta converger en un círculo que se cierra en sí mismo en un único punto que llamamos final y en el que acontece la integración de lo vivido. Cada final da lugar a un inicio de etapa o ciclo y abre la posibilidad a una nueva experiencia. El último ciclo que se completa —el último círculo en cerrarse— es el de la polaridad vida-muerte, el punto en el que finaliza nuestra vida como seres humanos en la tierra.

De este modo, en nuestro recorrido, pasamos de un organismo unicelular a un cuerpo con más de cincuenta billones de células organizadas en sistemas, de la simbiosis intrauterina a la total individuación del adulto, del Ser esencial potencial al ser humano encarnado, de la vida a la muerte. Nuestra vida es una suerte de experiencias extraordinarias que acontecen, entre los límites de líneas que se abren y se cierran en sí mismas.

El Ser que somos inicia su existencia en la tierra completamente polarizado en materia, entendida la materia como nuestro cuerpo y precisa de la consciencia, entendida como el conocimiento del Si mismo, para reencontrarse con el Ser y darse cuenta de su verdadera naturaleza.

El Ser en estado esencial a su vez necesita estructuras que medien con el mundo de la materia-forma. Los vehículos de la consciencia conforman el “equipo” a través del cual el Ser puede manifestarse, expresarse y existir en la experiencia humana.

«Para el realizado, todo es Uno. No hay dualidad».

Sri Siddharameshwar Maharaj

CAPÍTULO II

LA CONSCIENCIA Y SUS VEHÍCULOS

«¿Eres un ángel? No - respondió- ¿Acaso un santo? No - respondió - ¿Entonces qué eres? Respondió el Buda - Estoy despierto -».

Buda Gautama

El estudio de la consciencia ha sido abordado desde diferentes campos de conocimiento para llegar a comprensiones sobre ella y existen sobre este, distintas miradas en relación con los ámbitos que la definen. La filosofía y la espiritualidad le han otorgado desde siempre un lugar preeminente a su investigación; y en el marco científico, la psiquiatría, la psicología y las psicoterapias, abrieron el camino que hoy continúan las neurociencias, las cuales han añadido entendimientos y acercamientos entre Mística, metafísica y ciencia, impulsando nuevos descubrimientos y compresiones acerca de su naturaleza esencial.

Consciencia, del latín «cum scientĭa», significa literalmente «con conocimiento». Por lo tanto, la consciencia, en su sentido más profundo define el conocimiento que tenemos del Ser que somos.

La consciencia es una condición del Ser que comparte con este la naturaleza expansiva e ilimitada, entre otros aspectos. Posee la cualidad de ampliarse, permitiéndonos ahondar en el conocimiento ilimitado de nosotros mismos y de lo que nos rodea sin encontrar confines.

La experiencia de la consciencia es subjetiva y nos posibilita un compartir sin fronteras llevándonos, en su espaciosidad, a experiencias individuales de unidad y pertenencia a un todo.

A lo largo de la vida, la facultad de ser conscientes de nuestra propia consciencia se despierta y activa a medida que se desarrollan los cuerpos o instrumentos de consciencia que permiten vehicularla y que se manifieste. En la mayoría de nosotros, los vehículos a través de los cuales se expresará la conciencia estarán plenamente desarrollados al alcanzar la edad adulta.

Así como la música necesita de la voz y de los instrumentos para manifestarse, el Ser necesita de nuestros vehículos para poder develarse en el hombre.

Estar conscientes se asemeja a estar despiertos en relación con estar dormidos. Una vez lúcidos, nos es posible entrar en un «darnos cuenta», que permite ir incorporando e incluyendo fragmentos del «todo» en nuestra consciencia, expandiéndola y haciendo posible apreciar aquello que somos y de lo que formamos parte.

Este darse cuenta es similar a ir encendiendo luces en espacios oscuros e ir descubriendo lo que nos rodea. En este “ver”, se van produciendo interconexiones dentro-fuera y entre los diferentes niveles de la existencia, hasta percibirnos como un todo único.

La consciencia descansa en la ecuanimidad y, por tanto, ni acepta ni rechaza. Tampoco es analítica, simplemente es. También, es diferente al saber, ya que implica estar integrado.

A medida que vamos alcanzando más y más integración, nuestra consciencia se amplia y se abre en capacidad, para acoger nuevos aspectos de nosotros mismos y de lo que nos circunda.

La consciencia activada permite que el Ser se manifieste en nuestros vehículos humanos, propiciando estar en la experiencia de una forma proactiva y creadora en nuestro paso por la tierra.

LA VEHICULACIÓN DE LA CONSCIENCIA

Los vehículos de la Consciencia. Nuestro equipo de trabajo

«El cuerpo humano es el carruaje;el yo, el hombre que lo conduce;el pensamiento son las riendas,y los sentimientos, los caballos».

Atribuida a Platón de su alegoría del carro alado en su diálogo Fedro (sección 246a-254e), para explicar su visión del alma humana.

En la tierra, los seres humanos nos movemos en las coordenadas de espacio y tiempo. Para nosotros, el espacio es ilimitado y el tiempo es finito. Es decir, disponemos de un espacio vasto e indeterminado que contiene el universo conocido y todo aquello que aún desconocemos y de un tiempo limitado para explorarlo y conocerlo, que abarca lo que dura nuestra vida en la Tierra. Para experimentar en este eje espaciotemporal, estamos dotados de estructuras altamente especializadas y adaptadas a la vida en el planeta a las que podemos referirnos como vehículos o cuerpos de manifestación de la consciencia. Cada uno de estos vehículos, de compleja configuración, tiene unas características específicas y cumple funciones concretas. Juntos, constituyen nuestra individualidad como seres humanos únicos.

Para el común de nosotros, los vehículos de consciencia más perceptibles y reconocidos son el cuerpo físico, el cuerpo de vitalidad, el vehículo de emociones y el vehículo mental.

Estos instrumentos, que la existencia pone a nuestra disposición en el mismo momento de iniciarse nuestra vida, se desarrollan y despliegan a lo largo del tiempo, configurándonos y permitiendo que el Ser que somos se manifieste y que nos sea posible reconocernos en él.

Cada uno de estos instrumentos, o cuerpos, está sintonizado con las leyes que rigen su propia naturaleza. Así, el cuerpo físico nace como semilla, necesita de un tiempo y cuidados para desarrollarse en su totalidad, crece plenamente y después muere, entregándose de nuevo a la tierra. El cuerpo emocional evoluciona desde las emociones básicas asociadas a la supervivencia hacia sentimientos que se despliegan en los vínculos afectivos, pudiendo desarrollar metasentimientos vinculados al despertar de la conciencia. Asimismo, la mente va desplegando competencias en el ámbito de lo concreto, abriendo capacidades de reflexión consciente, imaginación, aptitudes para crear y para integrar los conocimientos y vivencias, pudiendo sintonizarse en estadios más desarrollados, con aspectos evolucionados de la consciencia, la creación y manifestación consciente de la realidad, la intuición despierta etc. El cuerpo de vitalidad, sujeto al cuerpo físico, experimenta un desarrollo inverso ofreciendo su máximo potencial en los primeros momentos de vida para replegarse en la vejez y retirarse en la muerte.

«Así sacudas con todas tus fuerzas el reloj de arena, cada grano caerá a su tiempo».

Angélica Olvera