Con caña y café - Marco Aurelio Almazán Reyes - E-Book

Con caña y café E-Book

Marco Aurelio Almazán Reyes

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Con caña y café. Las reformas liberales sobre tierras y aguas y el cambio del paisaje en el distrito de Teotitlán del Camino, Oaxaca, 1856-1915 El presente estudio se centra en el distrito oaxaqueño de Teotitlán del Camino desde mediados del siglo XIX hasta la segunda década del siglo XX. En él se observa el desarrollo y los resultados de las diversas dialécticas entre los intentos gubernamentales por aplicar en su jurisdicción la legislación liberal sobre la propiedad de la tierra, y la regulación del aprovechamiento de aguas, con las múltiples acciones –y relaciones- de los actores interesados en el aprovechamiento de tales recursos naturales.

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Seitenzahl: 640

Veröffentlichungsjahr: 2022

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El Colegio Mexiquense, A.C.

Dr. César Camacho Quiroz

Presidente

Dr. José Antonio Álvarez Lobato

Secretario General

Dr. Raymundo César Martínez García

Coordinador de Investigación

972.727.4 A46c

Almazán Reyes, Marco Aurelio

Con caña y café. Las reformas liberales sobre tierras y aguas y el cambio del paisaje en el distrito de Teotitlán del Camino, Oaxaca, 1856-1915 / Marco Aurelio Almazán Reyes. – – Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C. 2020.

369 p.

Contiene: relación de bibliografía y otros recursos documentales consultados; índice de mapas, planos, cuadros, gráficas e imágenes.

ISBN 978-607-8509-60-7 (edición impresa) ISBN: 978-607-8836-03-1 (edición electrónica)

1. Agua y tierras agrícolas – Oaxaca – Historia – 1856-1915. 2. Agua y tierras agrícolas – Teotitlán del Camino, Oaxaca – Historia –1856-1915. 3. Café – Producción – Teotitlán del Camino, Oaxaca – Historia (local) –1856-1915. 4. Derecho de agua –Teotitlán del Camino, Oaxaca – Historia –1856-1915. Medio ambiente – Influencia humana – Teotitlán del Camino, Oaxaca – Historia –1856-1915. I. t.

Edición y corrección: Trilce Piña MendozaFormación y tipografía: María Eugenia Valdes Hernández y Luis Alberto Martínez LópezDiseño y cuidado de la edición: Luis Alberto Martínez LópezIlustración de portada: Vista de una porción de la Cañada teotiteca y de la Sierra Mazateca, desde las inmediaciones del río Salado, 1905 , aha, Aprovechamientos superficiales, c. 2821, exp. 39408, fotografía 09-9479.

Primera edición 2020 D.R. © El Colegio Mexiquense, A. C. Ex hacienda Santa Cruz de los Patos, s/n Col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec 51350, México MÉXICO E-mail: [email protected]ágina-e: <http://www.cmq.edu.mx>

Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, taly como se señala en los puntos 31 y 32 del apartado V, de los Lineamientos Normativos del ComitéEditorial de El Colegio Mexiquenses, A. C.

Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra, sin contar previamente con la autorización expresa y por escrito del titular del derecho patrimonial, en términos de laLey Federal de Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La personaque infrinja esta disposición se hará acreedora a las sanciones legales correspondientes.

Hecho en México /Made in Mexico

ISBN 978-607-8509-60-7 (edición impresa) ISBN: 978-607-8836-03-1 (edición electrónica)

Índice

Agradecimientos

Introducción

I. El paisaje del distrito de Teotitlán del Camino

Antecedentes del distrito de Teotitlán del Camino

La Cañada

La Sierra Mazateca

Producción agrícola del distrito

Ganadería

Industria

Los recursos naturales objeto de las reformas liberales

Algunas consideraciones

II. Las reformas liberales dirigidas a tierras y aguas

Las leyes liberales sobre tierras y aguas

Los antecedentes del programa de desamortización, de fines del siglo XVIII a 1856

La Ley Lerdo, disposiciones estatales posteriores, y su exigua aplicación en el distrito teotiteco durante 1856-1885

Los incipientes ordenamientos sobre aguas emitidos en la década de 1860

Las leyes emitidas durante el Porfiriato y su aplicación en el distrito teotiteco, 1888-1910

El contexto teotiteco y la aplicación de las reformas liberales, 1886-1910

El periodo 1911-1915 y el declive de los proyectos agroempresariales en el distrito teotiteco

La organización de autoridades locales en Oaxaca: jefaturas políticas, ayuntamientos y agencias municipales

Algunas consideraciones

III. La desamortización de tierras comunales en la Cañada

La aplicación de la desamortización en la Cañada teotiteca, 1856-18851

Los trámites de ayuntamientos para privatizar las tierras corporativas, 1890-1895

El procedimiento de desamortización de San Gabriel Casa Blanca

La solicitud de vecinos de Nodón para ser adjudicatarios en Santa María Ixcatlán

Solicitudes de adjudicaciones de arrendatarios, 1886-1912

La adjudicación del paraje Cuapa en 1886

Los denuncios en San Juan de los Cues en 1906 y 1908

La solicitud del paraje Los Frailes, 1906

El denuncio realizado por el dueño de la hacienda de Ayotla

El ayuntamiento de Teotitlán retiene el rancho de Vigastepec

Algunas consideraciones

IV. El acceso al agua en la configuración del paisaje en la Cañada teotiteca

El agua en el paisaje de la Cañada teotiteca y la dependencia de los hacendados y rancheros, 1860-1886

Modernización en la Cañada teotiteca, federalización de corrientes hídricas y pugnas por el control del agua, 1887-1910

Litigios por agua establecidos por Ignacio Mejía

Solicitudes de concesiones y de ratificación de derechos de agua para Ayotla

Transformación y crecimiento de Ayotla, 1888-1910

El agua en el declive de la hacienda de Ayotla, 1911-1915

Algunas consideraciones

V. Desamortización y cambio del paisaje en la Sierra Mazateca

1856-1888, un periodo ajeno a la desamortización en la Sierra Mazateca

La desamortización en la Sierra Mazateca, 1888-1896

Las divisiones y adjudicaciones

Los denuncios en pueblos del este de la sierra. El caso de Santa María Chilchotla

Los denuncios en Ayautla y en San José Tenango

La introducción de tierras adjudicadas al mercado en Santa María Chilchotla

La adjudicación y especulación con el paraje río Santiago

Los resultados para los ayuntamientos. El caso chilchoteco

Conflictos de finqueros con pueblos limítrofes durante la primera década de su instauración

Un conflicto entre finqueros húngaros e indígenas chilchotecos

El finquero español Juan Lozano versus indígenas de Santa Ana Ateixtlahuaca

Algunas consideraciones

VI. Las fincas cafetaleras en la Sierra Mazateca

Las fincas cafetaleras y el cambio del paisaje serrano

Caminos para los cafetales

La mano de obre

El café hacia el exterior

La debacle de las fincas cafetaleras

Las “buenas tierras” no lo eran todo. La influencia de la naturaleza en las fincas cafetaleras

La transición de la producción en las fincas al sistema de intermediarios y la producción a baja escala, 1906-1915

El surgimiento de los intermediarios locales y la producción a baja escala

Algunas consideraciones

Conclusiones: aportaciones para la historia reciente

Fuentes consultadas

Índice de cuadros

Índice de gráficas

Índice de imágenes

Índice de mapas y planos

Agradecimientos

El presente texto dista de ser una construcción individual. Siendo uno de los productos de mi estancia posdoctoral en El Colegio Mexiquense, A.C., gracias al apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), durante 2016-2018, tuve la orientación de la Dra. María del Carmen Salinas Sandoval para continuar la investigación realizada para mi tesis doctoral en Antropología, en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas), dirigida por el Dr. Antonio Escobar Ohmstede. A ambos agradezco las reiteradas lecturas de avances de ese trabajo, ahora publicado.

Agradezco los comentarios que recibí en seminarios y estancias de investigación. En una etapa incipiente fueron vitales los de la Dra. Francie Chassen, mientras que sucesivos avances fueron cuestionados y enriquecidos por la Dra. Romana Falcón y por los Doctores Edgar Mendoza y Michael Ducey. La construcción del trabajo fue objeto de diálogo con los Doctores Christopher Boyer y Guillermo Banzato en respectivas estancias de investigación en la Universidad de Illinois en Chicago y en la Universidad Nacional de la Plata. En la primera de ellas recibí valiosas críticas de Javier Villa-Flores, Joaquín Chávez y John Monaghan; y en la segunda por parte de Fernanda Barcos y Jorge Troisi-Melean.

Fueron sugerentes los cuestionamientos de los integrantes del seminario de Historia contemporánea de El Colegio Mexiquense, A.C., Mílada Bazant, Regina Tapia, Carlos Escalante, Paolo Riguzzi, y Sebastián Rivera, además de Carmen Salinas; así como los de Pilar Iracheta, que propiciaron repensar el aparato crítico y la coherencia de los apartados del texto. Agradezco las sugerencias de Emily Wakild así como, en la etapa ya madura del trabajo, la orientación de Luis Alberto Arrioja para la localización de fuentes. A ello se conjuntó las sugerencias de dos dictaminadores anónimos.

Ciertamente, las limitaciones de este trabajo son mi responsabilidad.

Reitero mi agradecimiento a El Colegio Mexiquense, A. C., por la oportunidad para continuar esta investigación así como por su publicación, para lo cual confluyeron la Coordinación de Investigación, el Comité Editorial, la Unidad de Informática, la Librería, la Biblioteca Fernando Rosenzweig, así como a la Unidad de Publicaciones, por la ardua labor editorial de Trilce Piña, María Eugenia Valdes, Fernando Cantinca y Luis Alberto Martínez. Para la consulta bibliográfica fue imprescindible la ayuda de Margarita Vázquez, Evaristo Hernández y Sonia González.

Gracias a José Manuel Romero por su ayuda para la versión final de los mapas; a Amy Night y Jaime González por la traducción de algunos materiales; a mis compañeros del seminario de Etnohistoria del ciesas, Marta Martín, Olivia Topete, Víctor Ávila y Jorge Luis Méndez por la retroalimentación cotidiana; así como a Andrea Herrera, Nicolas E. Gordon, Noah Glaser y James Mestaz, ex-alumnos de Historia en la Universidad de Ilinois en Chicago.

A quienes me auxiliaron para poder visitar archivos o hacer recorridos de campo: Christopher Boyer en Chicago, Alejandrina Pedro en Huautla y Tomás Rodríguez, en Casa Blanca, Oaxaca; Tatiana Pérez y Crescencio Reyes Hernández en respectivas visitas a Oaxaca. Gracias al personal de numerosos repositorios, siendo algunos de ellos la Biblioteca Burgoa, el Archivo General de Oaxaca, y el Archivo General del Poder Ejecutivo del Estado de Oaxaca. En este, la ayuda de “Don Goyo” y Antonia Guillermina Arel anes fue imprescindible. A Christian de Tinguy, por proporcionarme una copia del diario de su ancestro, Roger de la Debutrié.

A Mayra y a Elian, por su solidaridad permanente. A ellos y a mi familia “extensa”, particularmente a mis padres, dedico este trabajo.

Introducción

El presente estudio se centra en el distrito oaxaqueño de Teotitlán del Camino desde mediados del siglo xix hasta la segunda década del siglo xx. En él se observa el desarrollo y los resultados de las diversas dialécticas entre los intentos gubernamentales por aplicar en su jurisdicción la legislación liberal sobre la propiedad de la tierra, y la regulación del aprovechamiento de aguas, con las múltiples acciones –y relaciones– de los actores interesados en el aprovechamiento de tales recursos naturales. Dichos actores eran los habitantes de pueblos, rancherías y barrios; representantes de ayuntamientos y agencias municipales; rancheros, hacendados y finqueros, todos ellos establecidos en alguno o en varios de los 26 pueblos que conformaban esa jurisdicción –los cuales contaban con ayuntamiento o con agencia municipal–, además de trabajadores externos que llegaron a emplearse con los mencionados hacendados y finqueros.

Las reformas liberales sobre tierras y aguas fueron parte de un esquema más amplio de instrumentos que la élite política del país de mediados del siglo decimonónico heredó de las reformas tardías del periodo colonial, con los cuales pretendía desarticular estructuras corporativas consideradas del antiguo régimen en aras de conformar una sociedad moderna, fundada en el individuo-ciudadano y que tendiera a un mayor progreso económico.Con su aplicación pretendían que los individuos adquirieran (en el caso de las tierras) o utilizaran (en el del agua) con base en esquemas de propiedad privada esos recursos naturales que, hasta entonces, habían pertenecido de forma comunal a los pueblos, comúnmente bajo el control de los ayuntamientos, y que les eran de vital importancia en el ámbito productivo. Su puesta en marcha dio pie a una diversidad de resultados en el país dada la confluencia de actores sociales según los contextos regionales, por lo tanto, la legislación no se aplicó al unísono ni tuvo resultados homogéneos. Ello varió en tiempo y forma; por ejemplo, los gobiernos de algunas entidades gestaron leyes más prematuramente que otros, mientras que al interior de sus jurisdicciones también hubo variación en su implementación de acuerdo con la importancia económica de los recursos naturales en ellos existentes y el interés de actores diversos por obtenerlos.

La ya abundante historiografía sobre desamortización de tierras comunales ha mostrado dicha diversidad de la puesta en marcha de la legislación, así como de sus resultados, ya que, en algunas ocasiones, los pueblos fueron impactados por esa política, o por sus implicaciones, en el hecho de que sus tierras pasaron a manos de propietarios particulares, tanto de su demarcación (Camacho, 2015) como externos a ella (Kourí, 2013; Mendoza, 1998), mientras que en otros casos lograron conservarlas (Schenk, 1995; Menegus, 2001; Ducey, 2002; Escobar Ohmstede, 1993, 2017; Mendoza, 2011b). Tal ha sido también el caso del estado de Oaxaca, en el que ese programa se realizó de manera temprana en regiones como la del Istmo, previo a la ley sobre desamortización de bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas emitida en 1856 –también conocida como Ley Lerdo– (Machuca, 2007), y en las décadas posteriores a esa legislación (1860 y 1870), se aplicó, en mayor medida, en el distrito del centro. Una siguiente oleada, de mayor intensidad, ocurrió en la última década del siglo decimonónico en pueblos de las otras regiones de la entidad (Esparza, 1988: 285-288; Chassen, 2010: 121-161), cuyas características, también variantes, generaron resultados disímiles donde los pueblos no necesariamente perdieron sus tierras.1 Tales coyunturas de puesta en marcha de la legislación sobre reparto de tierras comunales se correlacionan con periodos de estabilidad política y de crecimiento económico en el país y en la entidad.

En el caso del agua, el gobierno central instauró la regulación de corrientes que, a partir de entonces, denominó como federales mediante la Ley sobre Vías Generales de Comunicación en pleno Porfiriato, en junio de 1888. Su gestación, también con el fin de transformar el control local corporativo sobre ese recurso, sucedió en un momento de franco crecimiento económico respecto a periodos previos. Y, al igual que en el caso de la tierra, lo acaecido con la aplicación de esa legislación ha sido objeto de investigaciones que han referido la diversidad de resultados que surgieron debido a la confluencia de intereses variados por el control del preciado recurso hídrico para la subsistencia y la vida productiva. En tal panorama resaltan los intentos, en ocasiones más efectivos que en otras, del gobierno federal por instaurar su control sobre corrientes hídricas en las que, previamente, no había tenido presencia, o solo de forma excepcional (Neri, 2017), por lo que incidió, en mayor medida, en dinámicas regionales de organización social y política sobre su manejo (Aboites, 1998; Kroeber, 1994). De manera paralela, otra faceta de la historiografía también ha mostrado cómo los actores locales, comúnmente, resistieron o negociaron las directrices emitidas por esa instancia de gobierno y, en muchas ocasiones, lograron conservar sus formas de utilización del agua, incluso, en décadas muy posteriores (Aboites, 2009; Castañeda, 2005; Escobar Ohmstede, 2005; Sánchez, 2005; Ávila, 2009; Mendoza, 2005b; Kauffer, 2009).2

Este estudio observa lo relacionado con los intentos de aplicación de esas reformas liberales en el mencionado distrito, entonces denominado Teotitlán del Camino, localizado al norte del estado de Oaxaca en su confluencia con los estados de Puebla y Veracruz.3 Su objetivo es identificar el modo en que su puesta en marcha en pueblos del distrito, como parte del proceso de modernización que estaba teniendo lugar en el país, impactó en la propiedad y regulación corporativa del aprovechamiento de tierras y aguas y, con ello, en su control y distribución durante el periodo 1856-1915. De manera implícita, se muestran las principales transformaciones sociales y naturales que se suscitaron con la aplicación de tales reformas liberales, y con las expectativas que generaron durante ese periodo.

Como veremos, un aspecto central en ese proceso fue que hacendados y rancheros establecidos en la porción baja del distrito buscaron acceder a mayores cantidades de agua con el fin de incrementar su producción cañero-azucarera a partir de la década de 1890, propósito para el que les eran de gran ventaja las leyes federales sobre regulación de corrientes hídricas que fueron emitidas en 1888 y en 1894, principalmente. A su vez, en la porción alta serrana, la desamortización de tierras comunales en algunos pueblos, particularmente durante 1893-1896, fue la puerta de entrada para que adjudicatarios foráneos establecieran fincas cafetaleras, para lo cual las leyes sobre la materia emitidas entre 1856 y 1890 constituyeron un instrumento indispensable. La importancia de esas coyunturas es la que ha dado título a este libro.

Su perspectiva se sitúa dentro de la ya mencionada corriente historiográfica contemporánea que considera que la aplicación de las leyes liberales en el sector rural, y sus repercusiones, ocurrieron mediante procesos dialécticos, de constante negociación y disputa, entre los actores sociales que confluyeron en ese proceso (Schenk, 1995; Buve, 1996; Cruz, 2012; Buve y Falcón, 1988; Roseberry, 2002; Mallon, 1995; Ducey, 2002; Escobar Ohmstede, 2017; Escobar Ohmstede y Sánchez, 2008; Falcón, 2006; Neri, 2017). Perspectiva que también ha sido consistentemente ilustrativa para el caso de Oaxaca debido a que ha mostrado cómo la aplicación de la legislación originó resultados variados que trascendieron el proyecto gubernamental, ya que en ellos también incidió la diversidad de intereses y acciones de los actores locales (Monaghan, 1990; Ruiz, 1988; Sánchez, 2007; Menegus, 2007; Mendoza, 1998, 2004, 2005a, 2007a, 2007b, 2011b; Arrioja, 2007, 2014; Machuca, 2007; Sánchez, 1990, 2007; Reina, 2004; Chassen, 2010; Escobar Ohmstede, 2017; Smith, 2009, 2012; Menegus y Hérnandez, 2012). Por tanto, en este trabajo se parte del enfoque que considera que los habitantes y representantes de los pueblos no fueron pasivos ante las pretensiones del Estado y de hacendados e inversionistas privados por aplicar la legislación con el fin de obtener recursos naturales contenidos en sus demarcaciones, como en gran medida lo denotaba la historiografía “clásica” de la primera mitad del siglo pasado (por ejemplo, Tannenbaum, 2003; Molina, 2016). Asimismo, se considera que la participación de actores locales en la aplicación de las reformas consistió en buscar el mayor beneficio para ellos mismos y sus vecinos o, en todo caso, el menor de los perjuicios posible, acorde a sus particulares contextos.

En tal sentido, la pregunta general a la que responde este trabajo es: ¿cómo y en qué grado las reformas liberales afectaron el control y aprovechamiento de tierras y aguas en los distintos espacios y, con ello, el paisaje del distrito de Teotitlán del Camino? Para tal fin, el análisis del paisaje constituye un instrumento analítico de gran importancia debido a que al ubicar sus principales características naturales y sociales, así como sus transformaciones a partir de la emisión y aplicación de las reformas liberales, es posible identificar nítidamente el grado en que estas incidieron y también el modo en que fueron negociadas y asimiladas por los actores que confluyeron en ese espacio.

El concepto de paisaje remite a las características naturales y socioculturales –lo “artificial”– de un “lugar”, esto es, al entorno intervenido por el hombre y que está dotado de historicidad (Escobar Ohmstede, Trejo y Rangel, 2017: 33-34). Cinthya Radding (2005: 454) refiere que, aunado al contexto particular de cada caso, el paisaje se interpreta de varias formas: a) como un proceso histórico; b) como un espacio cultural creado y observado por el hombre, c) o bien, como los aspectos visuales de un terreno dado en el territorio, las connotaciones del espacio ambiental que caracteriza a un lugar o región. Por otra parte, desde la perspectiva de la antropología y la geografía, Narciso Barrera Bassols y Pedro S. Urquido (2009), con base en una revisión del concepto de paisaje en distintas tradiciones teóricas, consideran que este tiene implicaciones cognitivas, estéticas, utilitarias e identitarias de los actores sociales en una unidad espacial, de ahí que contenga un amplio alcance. Por ejemplo, esas características remiten al conocimiento que estos tienen de su entorno, a la manera en que se relacionan con él, a la explotación de sus recursos, y al modo en que lo van delineando y formando, pero en una relación dialéctica en la que también se forman, se desarrollan y se posicionan socialmente a partir del medio.

Así, el paisaje alude tanto a la percepción y representación del territorio como al conjunto de relaciones entre personas, así como entre estas y los lugares “que proporcionan el contexto para la vida diaria” (Ellison y Martínez, 2008: 9). Al respecto, será evidente que las relaciones y percepciones sobre el paisaje teotiteco por parte de los actores interesados en sus recursos variaron a raíz de la implementación de las reformas sobre tierras y aguas, pues estas implicaron modificaciones de las relaciones políticas, productivas, comerciales y, por tanto, de las características de sus espacios. Es decir, sucedió un cambio en la percepción del espacio y de este mismo al modificarse las relaciones que lo conformaban. Ciertamente, la conformación del paisaje no es exclusivo de un periodo específico, sino que, al ser de talante eminentemente histórico, se encuentra en constante construcción. Con la observación de las implicaciones de un instrumento de relevancia para la propiedad durante un periodo específico, las reformas liberales decimonónicas sobre tierras y aguas, se pretende ilustrar nítidamente cómo es que estas tuvieron repercusiones específicas en el control y aprovechamiento de esos recursos y, con ello, en actividades productivas y comerciales, así como en un cúmulo de relaciones sociales y políticas en algunos pueblos del distrito, conformando un episodio particular y de sustancial importancia en la transformación del paisaje teotiteco.

Por otro lado, la observación del paisaje durante el periodo de análisis se complementa con la ubicación de dos espacios principales del distrito teotiteco. Por espacio nos referimos al entorno geográfico que contiene características naturales relativamente homogéneas y distintivas de las de otros, que posibilitan la adaptación de grupos sociales a partir del aprovechamiento de recursos naturales específicos ahí disponibles y que, a su vez, contienen complejas y particulares interacciones humanas en su interior. Estas no están exentas de tensión toda vez que los espacios constituyen “un recurso material definido, codiciado y objeto de negociaciones de proximidad” (Velázquez etal., 2009: 43).

Para tal efecto, ubicaremos el espacio bajo y cálido del distrito, al que denominaremos como la Cañada y, por otro lado, el alto serrano, esto es, la Sierra Mazateca, con lo que ilustraremos que la aplicación y resultados de las reformas liberales fueron, en gran medida, delineados por las características socionaturales de tales espacios. Valga la aclaración de que el espacio interior del distrito al que nos referimos como Cañada es diferente al de la denominada “región (estatal) de la Cañada”. Esta es una de las siete regiones en que, típicamente, se dividía a la entidad oaxaqueña durante el Porfiriato y que integraba a los distritos políticos de Teotitlán –que aquí analizamos– y al de Cuicatlán, que es un distrito contiguo. La “región estatal de la Cañada” se refiere a un ordenamiento y división general de la entidad, mientras que los espacios de la Cañada y la Sierra Mazateca conformaban el distrito de Teotitlán, y son estos a los que nos referiremos en este trabajo, y cuando aludamos a la región estatal mencionada lo aclararemos explícitamente.

En tal sentido, el enfoque analítico se centrará en un área político-administrativa, el distrito de Teotitlán del Camino, mientras que metodológicamente observaremos la puesta en marcha de las reformas liberales sobre tierras y aguas en sus dos espacios geográficos y sociales señalados, la Cañada y la Sierra Mazateca, ubicando periodos específicos de la puesta en marcha de las reformas.

Mapa 1 Pueblos y haciendas del distrito de Teotitlán del Camino en torno a 1900

Fuente: Elaboración del autor con datos del Inegi (2018).

A su vez, dentro de tales espacios aludiremos a la existencia de nichosecológicos, un concepto acuñado en el ámbito de la biología y la ecología, y que nos es de utilidad para identificar, al interior del distrito, la heterogeneidad de recursos naturales que influyó en el interés tanto del gobierno estatal como de denunciantes externos para buscar que ciertas superficies se desamortizaran, o que sus aguas fueran objeto de concesiones gubernamentales, mientras que otras no. Natalia Martínez Ainsworth (2013: 2), con base en las aportaciones de Joseph Grinell, considera que los nichos ecológicos se constituyen por ejemplares de una especie –animal o vegetal- que coexisten en tiempo y espacio, acorde a condiciones ambientales específicas, como altitud, clima u otras. Estos conforman poblaciones que, en conjunto con las de otras especies, forman comunidades de características específicas o unidades ecológicas. Sucintamente, es también el ecosistema determinado apto para la pervivencia y reproducción de especies que en él subsisten y al que, a su vez, colaboran a reproducir. Para el análisis que aquí realizaremos, su identificación como unidades ecológicas, visible, por ejemplo, en los tipos de bosque y vegetación, así como de tierras y aguas, con un específico perfil productivo, será de gran valía para comprender por qué ciertas superficies fueron más atractivas que otras durante las coyunturas de aplicación de las leyes liberales que hemos señalado. También tomaremos en cuenta características sociales que se sumaron a tal variable, tales como la densidad poblacional de las comunidades respectivas, las resistencias y negociaciones de sus representantes y habitantes, así como los antecedentes de la propiedad y aprovechamiento de los recursos.

Lo anterior debido a que consideramos como hipótesis que la aplicación de las reformas liberales sobre tierras y aguas incidieron diferencialmente en el aprovechamiento de los recursos naturales en los dos espacios teotitecos, lo cual fue acorde a sus características geográficas y naturales, a la valoración económica de estos, a los antecedentes del control y aprovechamiento de esos recursos, así como a las reacciones de los actores locales.

Mapa 2 Principales corrientes hídricas del distrito de Teotitlán del Camino

Fuente: Elaboración del autor con datos del Inegi (2018).

Un aspecto que será evidente en la observación de tales espacios y sus nichos es que el cultivo de caña fue realizado, en la Cañada, por un número menor de actores en comparación con los que obtuvieron superficies comunales para el cultivo de café en la Sierra Mazateca. La razón es que el prototipo de la hacienda-ingenio durante el Porfiriato, periodo en el que se encontraban en proceso de expansión y modernización (Warman, 1976; Crespo, 2009), estaba fincado en el acaparamiento de recursos, tierras y aguas, con el fin de producir grandes cantidades de azúcar y de generar mayores ganancias económicas, situación que implicaba la constante confrontación de sus dueños con pueblos circundantes. En el caso que analizamos, tal aspecto intentó ser reproducido por un connotado político estatal y entonces convertido en un notable local, Ignacio Mejía, que obtuvo y conjuntó, en 1887, las dos haciendas más grandes del distrito, Ayotla y Cuautempan, a las que, además, anexó algunos ranchos menores, conformando con ello una propiedad de alrededor de 12 000 hectáreas de tierras. Si bien la mayor parte de ellas no eran utilizadas para cultivar –pues en respectivos reportes se señalaba que las plantaciones rondaban las 4 000 hectáreas–, es altamente probable que el acaparamiento de tal extensa superficie, descomunal en el contexto de la Cañada, le sirviera como un frente para evitar que se establecieran en superficies cercanas posibles competidores por el aprovechamiento del agua de los ríos, la cual él utilizaba para la producción cañera.4 Para fines de esta investigación, ese hecho se tradujo en que la mayor parte de las fuentes que se localizaron respecto a la competencia por el agua para la producción cañero-azucarera en la Cañada sean referentes a “Ayotla y anexas”, mientras que son excepcionales las relacionadas con ranchos de mucho menor extensión, el de Coamilco y La Cruz. Tal situación significó también una limitante en cuanto a la información sobre cantidades de producción de caña y azúcar, así como de los circuitos comerciales en los que participaban o sobre la organización interna de la hacienda. Como el lector notará, sí son ilustrativas las que refieren la constante competencia por el agua, dentro de la cual las reformas liberales significaron una posibilidad para que tanto Ignacio Mejía como su sucesor, Francisco Martínez Arauna, incrementaran el volumen que aprovechaban de ellas en los ríos que, recientemente, se habían incorporado a la jurisdicción federal. Con ello buscaban estar en posibilidad de producir más cantidad de caña, así como procesarla en el moderno ingenio que construyó Mejía cerca de las vías del Ferrocarril Mexicano del Sur en torno a 1900.

En contraste, en las superficies altas del distrito se instalaron poco más de medio centenar de finqueros en las tierras otrora comunales de pueblos de la Sierra Mazateca como Ayautla, Huautla, Tenango, Ateixtlahuaca y, principalmente, en Santa María Chilchotla. Una de sus principales diferencias con la hacienda cañera ya referida era su menor superficie, ya que en promedio se conformaron por 1 000 hectáreas, aunque variaron, por ejemplo, desde 300 a poco más de 3 000. Tal aspecto significó un mayor número de actores que participaron en la competencia por tierras con el fin de producir café, característica que, a su vez, generó un rico cúmulo de fuentes que posibilitó la identificación de características tanto generales como de algunas fincas o de sus dueños y supervisores. Tales datos que se obtuvieron tanto en repositorios del país como del extranjero permitieron reconstruir, en distintos grados, relaciones sociales y productivas en algunas de ellas, así como ubicar el mercado hacia el que se dirigían sus cosechas, como concretamente fue el caso del Cafetal Carlota, situado en el municipio de Ayautla.

No obstante, más allá del interés por mostrar lo relacionado a la producción de caña y café, se les considera como los cultivos que motivaron la búsqueda para obtener y controlar recursos naturales vitales, el agua y la tierra, respectivamente, con el fin de instaurar o incrementar su producción a gran escala y obtener sendas ganancias, para lo cual las reformas liberales sirvieron como la vía para lograrlo. Las extensas plantaciones de ambos cultivos representaban una faceta de la modernización toda vez que se distinguían de los de las familias mestizas e indígenas del distrito que eran predominantemente de maíz y frijol. Por tanto, el interés por su producción fue lo que propició una intensa competencia por recursos en distintos nichos ecológicos del distrito teotiteco, y para lo cual se pretendió utilizar predominantemente la legislación liberal decimonónica.

Finalmente, respecto al aparato conceptual, consideraremos como pueblo a localidades, cuyos habitantes contaban “con recursos naturales, un conglomerado de derechos individuales y colectivos, un tipo de organización que les permitía enfrentar las demandas internas y externas, también contaban con una jurisdicción territorial y político-administrativa concreta” (Escobar Ohmstede, Falcón y Sánchez, 2017: 19).

La razón de que observemos la temporalidad 1856-1915 responde a que, durante ese lapso, los estatutos de la Ley Lerdo tuvieron vigencia legal en el ámbito federal, a la cual se le puso punto final con la emisión de la Ley Agraria del 6 de enero de ese último año, que declaró nulas todas las afectaciones de tierras y aguas que se hubieren llevado a cabo con aquella ley. En el análisis del ámbito local, el cual posibilita observar con mayor detalle ese proceso de índole nacional, tal temporalidad nos permite estudiar varias coyunturas: desde los antecedentes y las exiguas comunicaciones sobre los intentos de aplicación de la legislación en los años inmediatos posteriores a la emisión de la Ley Lerdo; el proceso de mayor impacto de las reformas en la última década decimonónica y la primera del siglo xx; así como los años, entre 1910 y 1915, en que los proyectos empresariales que se beneficiaron, o se intentaron beneficiar de las reformas, decayeron en distinto grado, según los procesos respectivos en la Cañada y en la Sierra Mazateca. Cabe mencionar que acaecieron algunas continuidades, como la defensa que pueblos de la Cañada hacían, comúnmente, de corrientes de agua que habían disputado desde años previos, así como la producción cafetalera que creció, de forma consistente, por la irrupción de los finqueros cafetaleros, mientras que posterior a su declive fue continuada por familias indígenas.

Debido a lo apuntado hasta aquí, este trabajo se circunscribe en la Historia Agraria dado su interés por lo acaecido en el aprovechamiento de tierras y aguas por parte de diversos actores, y a su vez, posee un marcado eje analítico dentro de la Historia Ambiental debido a la importancia que otorga a la ubicación del tipo de recursos naturales que fueron, o no, objeto de interés y de disputa durante el proceso analizado.

Algunos de los trabajos sobre historia agraria y desamortización que han tomado en cuenta la ubicación de espacios disímiles son, por ejemplo, el de Alejandro Tortolero (1996) en el valle de México, el de Gloria Camacho (2015) en los municipios mexiquenses de Ocoyoacac y Lerma, así como el de Porfirio Neri (2017) en la subcuenca del río Cuautilán, también en el Estado de México. A su vez, Luis Arrioja (2011) enfatiza en su estudio sobre Villa Alta, Oaxaca, para un periodo previo (1742-1856), la ubicación de nichos ecológicos para entender dinámicas productivas y de subsistencia de los numerosos pueblos de esa jurisdicción.

La aportación de este estudio a esos trabajos es que ubicará que el entorno natural, en ocasiones no solo fungió como contexto sino también como actor en el sentido de que coadyuvó al modo en que en él se establecieron y desarrollaron proyectos agroempresariales específicos, tal como se ha propuesto en la Historia Ambiental estadounidense (Stewart, 1991; Fiege, 1999; Foltz, 2003; Nash, 2005) y, más recientemente, latinoamericana (Gallini, 2004).

Aunado a ello, pretende hacer aportaciones al trabajo de investigación que se ha realizado sobre los pueblos que estaban incluidos en el distrito de Teotitlán del Camino, o en espacios contiguos. Sobre estos resaltan los estudios históricos de Edgar Mendoza (1998; 2004; 2007a; 2007b; 2011b).En respectivos análisis de larga duración sobre la dinámica agraria en el pueblo de Tepenene, así como en el distrito de Cuicatlán, ofrece un panorama para comprender los cambios sobre el régimen de propiedad de la tierra en distintos periodos desde el siglo xvi hasta comienzos del siglo xx, así como variados resultados del proceso de desamortización. Muestra que con este, por ejemplo, se pudo preservar el territorio comunal en Tepenene (Mendoza, 2004) o en otros pertenecientes a distritos de Teposcolula y Coixtlahuaca (Mendoza, 2011b: 332-363), mientras que, por otro lado, coadyuvó a la privatización de tierras y al aumento de producción agroempresarial cañera y cafetalera en los años inmediatos a su puesta en marcha como sucedió en el distrito de Cuicatlán (Mendoza, 1998).

La mayoría de los trabajos que han abordado pueblos o espacios de lo que fue el distrito de Teotitlán del Camino han sido desarrollados desde la antropología, analizando, por lo general, procesos posteriores a 1950 que acaecieron en la Sierra Mazateca como la producción y comercialización de café, la integración de su población indígena a la sociedad mayor, el caciquismo y el impacto social de la construcción de la presa Miguel Alemán (Villa, 1955; Incháustegui, 1967; Boege, 1988, 1990; Pedro, 2001; García Dávila, 2012; Meneses, 2004; Neiburg, 1988; Pérez, 1998; Ramírez, 2006).Sobre los pueblos de la Cañada teotiteca se han analizado algunos tópicos históricos como la introducción de la producción azucarera desde el siglo xvii y la participación en ella de la población afrodescendiente desde la perspectiva de la antropología y la narrativa con base en documentos históricos (Motta, 2001, 2003; Motta y Velásquez, 2000); algunos conflictos por tierras a inicios del siglo xix entre el pueblo de Teotitlán y la hacienda de Tilapa (García Ruiz, 2012), así como el cambio ambiental en el pueblo de Ixcatlán mediante una perspectiva de larga duración en periodos previos a la mitad del siglo pasado (Cook, 1958). Ya mediante una perspectiva más contemporánea se ha analizado la producción cañera en pueblos de la Cañada y otros del valle de Tehuacán-Cuicatlán durante el periodo 1920-1969 (Wesley, 1967).

La principal diferencia con estos trabajos, es que el que aquí presento analiza la aplicación de las reformas liberales sobre tierras y aguas en una demarcación político-administrativa, el distrito teotiteco, observando su desarrollo y resultados en sus espacios diferenciados, la Cañada y la Sierra Mazateca, tomando como referencia de importancia los nichos ecológicos.

Para observar lo señalado, el texto se compone de seis capítulos. En el primero de ellos se muestra el paisaje del distrito de Teotitlán del Camino, esto es, los pueblos, haciendas y ranchos en él presentes, así como las principales características productivas, demográficas y los rasgos naturales fundamentales.El segundo aborda las reformas liberales sobre tierras y aguas a que aludimos en este estudio en referencia al contexto nacional y estatal en que se gestaron, así como a las coyunturas locales en las que se aplicaron.

En el tercer y cuarto capítulos se aborda la aplicación de la desamortización en la Cañada y los efectos de la legislación de agua en ese espacio, respectivamente. En el primero de ellos se observan los pocos casos en que aquella legislación se aplicó y su efecto en el paisaje, a la vez que se analizan los argumentos de los arrendatarios y particulares que solicitaron adjudicaciones, así como el rol del gobierno estatal mediante la jefatura política y de los ayuntamientos. En el siguiente se analiza la importancia que la legislación sobre aguas retomó en ese espacio dadas sus características geográficas y naturales, así como las expectativas que suscitó, principalmente, en hacendados y rancheros, y las reacciones que al efecto tuvieron los representantes y habitantes de los pueblos ahí establecidos.

En el quinto capítulo se analiza el contrastante modo en que la desamortización de tierras comunales se aplicó en la Sierra Mazateca, respecto de lo acaecido en la Cañada, con lo cual se abrió la puerta a especuladores de tierras y a finqueros cafetaleros foráneos, lo que generó repercusiones específicas para algunos pueblos y ayuntamientos locales. Finalmente, el capítulo sexto ilustra la dinámica de la implantación de fincas cafetaleras en ese espacio, la cual modificó drásticamente el paisaje social y natural a partir del aprovechamiento distinto de las tierras y bosques, lo que tuvo implicaciones en los ámbitos productivo, laboral y comercial.

Notas

1 Al respecto, véanse los trabajos compilados en Sánchez (2007).

2 Para el caso de Oaxaca, con esa perspectiva se han analizado, en mayor medida, las directrices sobre ese ámbito emitidas por el gobierno de la entidad mediante la Ley de Aguas del Estado de 1905(Sánchez, 2012; Topete, 2015, 2017).

3 El pueblo cabecera que entonces tenía esa denominación, actualmente se llama Teotitlán de Flores Magón.

4 Por ejemplo, en 1906, se reportaron como tierras de riego solamente 3300 de las poco más de 8000 que constituían la hacienda de Cuautempan, Archivo Histórico del Agua (en adelante aha), Aprovechamientos superficiales, caja 2821, exp. 39408, ff. 42-47. Sobre el tamaño de la hacienda, Archivo General del Poder Ejecutivo del Estado de Oaxaca (en adelante agpeeo), Repartos y adjudicaciones, leg. 26, exp. 13.

I

El paisaje del distrito de Teotitlán del Camino

En este primer capítulo se presentan las características geográficas, demográficas, étnicas, de producción y de los recursos naturales del distrito político de Teotitlán del Camino, todas ellas consideradas como componentes del paisaje en varios momentos del siglo decimonónico. Si bien el ámbito geográfico, comúnmente, es considerado en las investigaciones sociales con el fin de mostrar el escenario sobre el que tienen lugar fenómenos específicos, en este estudio retoma particular importancia. La razón es que ubicaremos espacios en los que las reformas liberales tomaron cursos distintivos debido al tipo de nichos ecológicos que contenían, lo cual nos permitirá comprender, en los siguientes capítulos, los procesos particulares que en ellos se suscitaron por el control y aprovechamiento de tierras, aguas, bosques y otros recursos ahí existentes.

La identificación analítica de espacios socionaturales específicos y sus nichos ecológicos es retomada de propuestas metodológicas como la de Stefania Gallini (2004). Esta historiadora plantea la necesidad de diferenciar los microambientes existentes en los escenarios que analizamos, así como de situarlos en coyunturas históricas específicas con el fin de señalar cuáles de ellos, y por qué, fueron objeto de atracción de determinados grupos sociales y fueron llevados al centro de sus complejas relaciones de poder. De manera implícita, tal aspecto ilustra por qué otros recursos fueron relegados o permanecieron al margen de tales propósitos. Gal ini plantea esta propuesta al considerar que en la historia agraria han sido comunes las generalizaciones sobre el control de recursos naturales, en especial, las tierras, las cuales se conciben de composición y percepción homogéneas, por ejemplo, al relacionar el poder de sus propietarios con la extensión que controlaban, lo cual en todo caso propicia explicaciones parciales o distorsionadas respecto a las dinámicas sociales que sucedieron.

Tal reflexión puede expandirse a otros recursos como al agua o aguas, ya que en el caso de la Cañada teotiteca existían tanto dulces como saladas, cuyas repercusiones en las tierras irrigadas eran distintas. De igual forma, tal recurso era objeto de percepciones disímiles, según se tratara de su disponibilidad o escasez en ese espacio o en la Sierra Mazateca, a lo cual contribuían otras características naturales como la orografía, el clima o la precipitación pluvial.

Así, en este capítulo se presenta el paisaje del distrito teotiteco con el fin de comprender los cambios y continuidades que se suscitaron en sus espacios y en sus nichos ecológicos, debido a la instrumentación de las reformas liberales decimonónicas.

Antecedentes del distrito de Teotitlán del Camino

El distrito de Teotitlán del Camino que, en conjunto con el de Cuicatlán, conforma la región oaxaqueña de la Cañada, fue uno de los 25 en los que el congreso de la entidad dividió al estado en 1858.1 En él se agrupaban 26 pueblos, dos haciendas (una con su trapiche) y cuatro ranchos, cuya cabecera político-administrativa fue el pueblo del mismo nombre y, que durante la colonia, había sido conocido como Teotitlán del Camino Real, denominación que se debía a su posición en la vía que se dirigía de Puebla, y más concretamente de Tehuacán, a algunos sitios del ahora estado de Oaxaca, así como a lugares más distantes y de cierta importancia comercial, como Chiapas y Guatemala. De hecho, a estos dos últimos puntos, mercaderes prehispánicos transportaban huipiles y otros productos para comercializar, mientras que de ellos importaban cacao, principalmente, a través de esa vía (Acuña, 1984: 196). Debido a esa posición, en Teotitlán confluían habitantes de asentamientos aledaños y transeúntes hacia las urbes mencionadas.2 También ese pueblo fungió como paso obligado para los habitantes de otros pueblos serranos del este del distrito cuando se dirigían a Tehuacán, que era el centro urbano y comercial de relevancia más cercano, pues estaba, aproximadamente, a 60 kilómetros al noroeste; asimismo, fue una de las vías hacia poblaciones del actual estado de Veracruz. Tal fue, quizá, la principal característica para que se decretara como centro político y religioso de numerosos pueblos circundantes en el periodo prehispánico y, de forma similar, durante el colonial.

Anterior a la llegada de los españoles, había sido habitado por una población cuya élite fue capaz de aprovechar los distintos perfiles productivos de asentamientos circundantes y su geografía contrastante mediante su sometimiento militar y la posterior imposición de tributos. De acuerdo con Durand (2009: 45-55), en el siglo xii, uno de los grupos nonualcas procedentes de Tollan fundó y se estableció en Teotitlán, mientras que otros de ellos lo hicieron en pueblos vecinos, ahora conocidos como Tehuacán y Coxcatlán en el estado de Puebla, y Zongolica en Veracruz, y en lo que después sería el distrito teotiteco, se establecieron las poblaciones de San Antonio Nanahuatipam, San Gabriel Casa Blanca –entonces llamado Nextepec–, Mazatlán –nombrado Mazatepec– y Santa María Teopoxco, entre otros.3

Teotitlán, además, fungió como un señorío en el que se realizaba observación astronómica, con la cual se llegó a perfeccionar su cuenta calendárica, al igual que un complejo sistema religioso.4 Es probable que, en el siglo xv, su población haya sido dominada por los nahuas del altiplano y que, implícitamente, estos hubieran logrado controlar los asentamientos mazatecos y mixtecos establecidos en la sierra oriental y hacia el sur, con el fin de dominar rutas militares y comerciales hacia el Golfo de México y el sureste (Durand, 2009: 72). En las descripciones tempranas del siglo xvi, se registró que “Teutitlán” contaba con dos grandes Cues, en las que su población dedicaba numerosas fiestas y cuya construcción daba la impresión de ser murallas militares de frontera (Acuña, 1984: 197). Según la información recabada en las relaciones geográficas de esa centuria, las cabeceras sujetas a Teotitlán eran los pueblos de “Mazatlán, Tecolutla, Nextepec, Guautla y Nanahuatipac, con sus respectivos sujetos”.5 Todos ellos “en tiempos de su gentilidad” le tributaban a los señores principales una diversidad de productos que reflejan la existencia de contrastantes y complementarios nichos ecológicos circundantes, y de otros no tan cercanos, los cuales consistían en frutos, fauna y enseres provenientes de tierras frías, tropicales y templadas, y que también debieron satisfacer la demanda de poblaciones aledañas mediante el trueque y el comercio. Tales eran, por ejemplo, mantas, naguas, maxtles, algodón, cacao, huipiles, sal, ají, frijoles, calabazas, plumas preciosas, arcos, flechas, indios esclavos, chiquihuites de tortillas, tamales, molcajetes, sal, pescado, entre muchos otros (Acuña, 1984: 205-213).6 Tal aspecto refleja parte de la disponibilidad de recursos existentes en sus tierras limítrofes y contiguas, si bien algunas de ellas no se habrían incorporado al distrito de Teotitlán en el siglo xix, como las situadas en lo que, actualmente, se conoce como la Sierra Mazateca baja, en la que se encuentran pueblos como Soyaltepec, San José Independencia y San Pedro Ixcatlán, que quedaron integrados al vecino distrito político de Tuxtepec, al este del de Teotitlán.

Debido a sus ventajas geográficas y a los vínculos de dominación establecidos por la élite indígena, al arribo de los conquistadores, el pueblo de Teotitlán fue designado por las autoridades coloniales como cabecera de corregimiento y de doctrina, y fundaron en él un monasterio franciscano (Acuña, 1984: 195-196). Desde ahí, la élite novohispana coordinó la colecta de impuestos, la impartición de justicia y la evangelización en los pueblos circundantes. Por su parte, los registros de dos siglos posteriores refieren que en él asistía “el Alcalde mayor de la jurisdicción, (además) tiene Gobernador, dos Alcaldes ordinarios indios, y Administración de rentas Reales. Su iglesia parroquial y patrón el Arcángel San Miguel, y mantiene siempre al Señor Sacramento” (Esparza, 1994: 371).

La funcionalidad de Teotitlán como pueblo principal de una determinada jurisdicción persistió durante toda la época colonia, ya que para fines de ese periodo “[en] 1786, el rey Carlos II instauró el sistema de intendencias y dividió el virreinato de la Nueva España en 12, entre ellas la de Oaxaca ya sin la costa del golfo que se agregó a la de Veracruz, quedando sujeta a ella 16 alcaldías mayores: la número 5 correspondía a Teotitlán y abarcaba hasta Cuicatlán y Papalotipac” (Durand, 2009: 118). Rubén Morante, retomando a Motolinía para sus aseveraciones sobre el periodo colonial temprano, refiere que además de Tehuacán y Tuxtepec, Teotitlán siguió conformando uno de los pasos obligados en ese espacio fronterizo de los estados de Oaxaca y Puebla hacia algunos puntos del estado de Veracruz, como Córdoba. En tal sentido, el cruce por ese pueblo y por otros de la Sierra Mazateca constituyó una de las tres vías para arribar desde el valle de Tehuacán a las tierras bajas circundantes a Tuxtepec. Las otras dos se dirigían por la Sierra de Zongolica, en el actual estado de Veracruz y la Sierra Negra, en la actual entidad poblana. Aunque, viniendo de los Valles Centrales o de la Mixteca, otra vía podía ser la ruta que seguían los ríos Caxonos y Santo Domingo, en lo que conformaba el límite entre los distritos de Teotitlán y Cuicatlán (Morante, 2009: 115). Este historiador considera que tal aspecto era impuesto por la geografía, la cual, además, se correspondía con aspectos sociales conservados durante distintos periodos hasta nuestros días:

En el punto donde termina el Valle de Tehuacán, comienza la región de las Cañadas, aquí tenemos una división natural que se convierte en política al separar los estados de Puebla y Oaxaca, algo que se manifestó en el pasado con la separación de etnias y lenguas (popolacas y mazatecos) y de obispados e intendencias (Antequera y Puebla). Esta frontera es una división marcada durante la época prehispánica que a través del virreinato persiste hasta la actualidad. En el aspecto religioso, la región de Tehuacán fue evangelizada por los franciscanos y la de Oaxaca por los dominicos (Morante, 2009: 115).

Por su parte, en los primeros años del México independiente, Teotitlán del Camino fue designado como cabecera de Departamento, mientras que en el periodo centralista (1835-1846) lo fue de una Prefectura. Su posición, de hecho, le otorgaba también relevancia en las coyunturas bélicas debido a que se le consideraba un punto clave por estar situado en la frontera entre la serranía y el paso hacia la capital estatal.

Tales antecedentes debieron haber influido para que, en marzo de 1858, el congreso del estado le nombrara cabecera de uno de los 25 distritos que instauró en la entidad, en el que quedaron agrupados 27 pueblos con los cuales tenía relaciones políticas, sociales y comerciales antiquísimas, además de una hacienda y cinco ranchos.7 En tal sentido, su establecimiento como distrito en un territorio de, aproximadamente, 2 316 kilómetros cuadrados (Chassen, 2010: 56) no fue azaroso, sino que correspondió a las mencionadas relaciones políticas, administrativas, comerciales y religiosas. Ahora bien, al interior de la jurisdicción distrital podemos localizar dos espacios geográficos diferenciados definidos, en primera instancia, por su drástica diferencia de altitud, lo que implica la presencia en ellos de climas y composición natural distintos.

La superficie en la que se asentaba el distrito teotiteco se localiza en el entrecruce del Eje Volcánico Transversal y la Sierra Madre Oriental (Durand, 2009: 26), sistemas montañosos que ocupan gran parte del territorio nacional y, que en dicha confluencia, constituyen una cordillera excesivamente rocosa e irregular. El primero de ellos se encuentra en una parte más extensa del territorio nacional “alineado en una banda de 900 km de largo por una anchura que oscila entre 20 y 100 km […] mostrando un recorrido zigzagueante de costa a costa a la manera de una geosutura” (Montero, 2004: 2).Dado que en el estado de Jalisco se une a la Sierra Madre Occidental, la cual se extiende por los estados norteños hasta el suroccidente de Estados Unidos, puede aseverarse que la cadena de volcanes, en la parte centro sur del país, y montañas, en el resto de su extensión, cruza dicho territorio en la dirección sur y norte, a la vez que los océanos Atlántico y Pacífico también son alcanzados por el Eje Transversal. Por su parte, la Sierra Madre Oriental también constituye “una unidad fisiográfica, con más de 800 km de longitud y de 80 a 100 km de amplitud” que se extiende desde Tuxtepec, Oaxaca, limítrofe con el sureste veracruzano al estado norteño de Coahuila e, incluso, hasta la proximidad de Parral, Chihuahua (Eguiluz et al., 2000: 2). Así, en solo una corta superficie del entrecruce de esos grandes sistemas montañosos, de poco más de 2 000 kilómetros cuadrados, se encontraban los asentamientos del distrito teotiteco, razón por la cual existe en él considerable irregularidad en su orografía conformada por serranías, cañones, quebradas e, incluso, grutas subterráneas y esteros, mientras que las planicies son menores.8 Eso también explica que la mayoría de sus asentamientos se encontraran al “pie de montañas”, en laderas o partes altas. En ese contexto, al valle y elevaciones menores a los 1 000 metros sobre el nivel del mar (m s.n.m) situadas al oeste de la Sierra Madre Oriental, los identificaremos como la Cañada; mientras que las serranías altas del este, que llegan a rebasar los 2 000 m s.n.m, y en algunos puntos, los 3 000 m s.n.m, y que forman parte de dicha cordillera montañosa, son las que ubicaremos como Sierra Mazateca (véase mapa 3).

Nótese en el mapa 3 las superficies bajas de la Cañada, principalmente, en torno al río Salado, las cuales fungen como una especie de vega debido a la utilidad que sus aguas dan a los suelos semidesérticos de sus riberas. A su vez, la Sierra Mazateca está conformada por abruptas y altas superficies que descienden, de forma paulatina, hacia su extremo este.

Las diferencias naturales entre tales espacios se correspondían con características sociales y étnicas disímiles, pues en el siglo xix, la sierra era ocupada, en su mayoría, como hasta la actualidad, por población indígena mazateca, mientras que en la Cañada lo era pluriétnica, aunque predominantemente mestiza. No obstante, aquel espacio contenía un mayor número de habitantes en un territorio más extenso conformado por alrededor de 1 680 kilómetros cuadrados, en los que se asentaban 19 pueblos, en comparación con los alrededor de 636 kilómetros cuadrados que componían la Cañada teotiteca, en los que se asentaban seis municipios, así como la agencia municipal de San Gabriel Casa Blanca, la hacienda de Ayotla y media decena de ranchos.9 La diferencia en el número de su respectiva población se advierte en censos disponibles desde la década de 1820 y, al menos, hasta 1921, en los cuales se puede ver que el número de habitantes de la Cañada fluctuó entre 11% y 19% del total distrital, mientras que el de la Sierra Mazateca osciló entre proporciones de 81% a 89% (véase cuadro 1).

Mapa 3 El distrito político de Teotitlán del Camino y sus dos espacios en torno a 1900

Fuente: Elaboración del autor con base en datos del Inegi, 2018.

Cuadro 1 Población en los dos principales espacios del distrito teotiteco, 1826-1921

Año/Espacio

Cañada(habitantes)

%

Sierra Mazateca (habitantes)

%

Total

1826-1827

2038

11

16868

89

18906

1832

2 309

18

10 632

82

12 941

1844

2 522

12

22 309

88

25 269

1857

2 754

12

23 650

88

26 869

1872

3 808

15.5

20 669

84.5

23 650

1877

3 798

15

21 197

85

24 995

1884

4 379

16

23v331

84

27 710

1910

7 818

19

32 494

81

48 130

1921

6 441

15

37 062

85

43 503

Fuente: Elaboración del autor con datos de 1826-1827, “Estadística libre del estado de Oaxaca” en Sánchez y Arrioja (2012), obra 3, carpeta 3, Teotitlán, ff. 1-14; 1832, “Estadistica del Estado de Oajaca.Departamento de Teotitlan”, Biblioteca del Museo Nacional de Antropología e Historia (bmnah), Archivo Histórico en Micropelícula “Antonio Pompa y Pompa”, Serie Manuel Martínez Gracida, rollo 11; 1844, “División permanente del Departamento (de Oaxaca)”, en cld, t. 1, pp. 19-20; 1872, “Informe de la Jefatura Política del Distrito de Teotitlán del Camino”, amtfm, s.c.; 1877, agpeeo, Gob. de los datos., estadística, leg. 20, exp. 36; 1884, agpeeo, Gob. de los dtos., estadística, leg. 20, exp. 36, leg. 20, exp. 40; 1910, Periódico oficial del estado de Oaxaca, 5 de abril de 1913, pp. 1-2; 1921, Departamento de la Estadística Nacional (1927).

En la gráfica 1, se observa cómo es que el número de habitantes de ambos espacios tuvo un incremento, prácticamente constante, durante la mayor parte del siglo decimonónico, aunque fue mucho más visible entre 1884 y 1910, periodo particularmente interesante para este estudio, ya que fue en esos años cuando las reformas liberales tuvieron mayor efecto en el distrito. Es necesario puntualizar que se considerará a la información estadística decimonónica del distrito solo como aproximada debido a las deficiencias que existían entonces para su compilación, pues es sabido que, comúnmente, era solicitada a los representantes de los pueblos por parte de autoridades superiores. No obstante, al ser la que se encuentra disponible no deja de ser una valiosa fuente de información para identificar tanto características generales de los pueblos ahí asentados como diferencias –no carentes de percepciones subjetivas– en la proporción de los datos que observemos.

Gráfica I Evolución de la población en la Cañada y la Sierra Mazateca, 1826-1921

Fuente: Elaboración del autor con datos del cuadro 1.

Como se ha anotado, es visible que en ese espacio existía una mayor población serrana durante el periodo analizado a la vez que continuó la tendencia de crecimiento hacia 1921, mientras que en la Cañada hubo un decrecimiento a partir de 1910. Tal aspecto puede relacionarse con el hecho de que esa fue la década de la Revolución mexicana y a que, como veremos más adelante, la Sierra Mazateca tenía una especie de “resguardo” natural debido a su orografía y a sus recursos naturales, lo cual fue un factor primordial en esa coyuntura. Asimismo, en general, en el territorio del distrito tenía lugar una exigua ocupación, toda vez que la densidad de población fue de, aproximadamente, seis habitantes por kilómetro cuadrado en 1832; de 11 en 1877, y de 19 en 1921. Por su parte, la proporción de habitantes del distrito respecto del total estatal durante esos años no sobrepasó 4.8% (véanse cuadro 2 y gráfica 2).

Con el fin de identificar otras características del paisaje de los dos espacios señalados, observemos con mayor detalle cada uno de ellos.

Cuadro 2 Población total y densidad de población aproximadas del distrito de teotitlán 1832-1921

1832

1844

1877

1891

1900

1910

1921

Total estatal

485014

521187

733556

801127

947910

1048398

976005

Distrito de Teotitlan

12 911 25 269

25 989

28 505

36 556

40 282

43 503

Porcentaje respecto al total estatal

2.7

4.8

3.4

3.5

3.9

3.9

4.5

Densidad de población

6

11

11

12

16

17

19

Fuente: Elaboración del autor con datos de 1832, “Estadistica del Estado de Oajaca. Departamento de Teotitlan”; 1844, “División permanente del Departamento (de Oaxaca)”, en cld, t. 1, pp. 19-20; 1921, Departamento de la Estadística Nacional (1927); de 1877 a 1910, Chassen (2010: 298).

Gráfica 2 Densidadd de población del distrito teotiteco, 1832-1921

Fuente: Elaboración del autor con datos del cuadro 2.

La Cañada

La porción oeste del distrito que hemos identificado como la Cañada, de acuerdo con el término empleado en los informes distritales durante el periodo que analizamos, forma parte del valle Tehuacán-Cuicatlán que se extiende por alrededor de 120 kilómetros entre las poblaciones con respectivos nombres en los estados de Puebla y Oaxaca. Su porción teotiteca consiste en una superficie predominantemente plana flanqueada por la Sierra Mazateca al este y las serranías de la Mixteca al suroeste, cuya altitud desciende, de forma paulatina, de los 1 050 m s.n.m. en torno al pueblo de Teotitlán hasta los 600 m s.n.m. en pueblos como Tecomavaca. Su suelo es, sobre todo, semidesértico y su clima cálido, cuyo promedio anual es de 29º C, y su precipitación pluvial limitada, apenas entre 500 y 600 mm como promedio anual en superficies circundantes al pueblo de Teotitlán, aumentando tenuemente hacia el sur, pero sin sobrepasar los 700-800 mm.10 Tal aspecto, en gran medida, es propiciado porque la Sierra Mazateca, al este, funge como cortina pluvial al retener corrientes húmedas provenientes del océano Atlántico.

En ese espacio se encontraban siete pueblos del distrito, un par de haciendas –Ayotla y Cuautempan– y algunos ranchos de menor extensión como el Xihuilapa, Calapa, Calapilla y Coamilco, asentamientos en los que había presencia de mestizos, que conformaban la élite local, así como de indígenas nahuas, ixcatecos y afrodescendientes (véase mapa 4). Los ancestros de estos últimos fueron esclavos de origen africano empleados en el trapiche y posterior ingenio de Ayotla, establecido en las riberas del río Salado desde el siglo xvii.11

Mapa 4 Acercamiento a los asentamientos de la Cañada, segunda mitad del siglo xix

Fuente: Elaboración del autor con base en datos de Inegi, 2018.

En 1887, el exgobernador de la entidad Ignacio Mejía conjuntó la hacienda más grande del distrito, la de Cuautempan, de alrededor de 8 000 hectáreas, con la de Ayotla, de poco más de 3 000, además de ranchos como el de Xihuilapa, Calapa y Calapilla, conformandose como la propiedad particular de mayor extensión de la Cañada y de todo el distrito.12 Con ello ocupó la porción más plana de ese espacio, acorde para cultivos comerciales como el de caña de azúcar, ya que contaba con la posibilidad de irrigarse mediante distintas corrientes, tanto de aguas dulces como saladas, a pesar de que incluía una proporción importante de montes y tierras semidesérticas. En esa superficie era central la presencia del río Salado, así como de sus afluentes Teotitlán y San Martín, que arribaban de las elevaciones del este, y también los denominados Calapa y Xiquila, procedentes del oeste. La ocupación de esas tierras por actores distintos a los pueblos había comenzado, al menos, desde el mencionado siglo xvii, cuando se instaló el trapiche de San Nicolás de Ayotla por Gaspar Juárez y que, poco después, fue adquirido por los jesuitas del Colegio de San Andrés (Motta y Velasco, 2003: 22). Ese hecho no había sido azaroso, la vega conformada en la parte más baja de la depresión de la Cañada, con presencia de algunas corrientes y el clima cálido, conformaban un nicho ecológico propicio para el cultivo de caña –además de maíz, frijol y forraje–, lo cual habría posibilitado que desde esa centuria se instalaran, por lo menos, 10 trapiches desde Tilapa, Puebla, al norte, hasta el de Juan Güendulain, circundante a Cuicatlán, al sur, un aspecto vertebral en la conformación del paisaje de la Cañada. El tipo de suelo predominante en ese espacio, “de origen sedimentario, primordialmente andosol ócrico” que se conjunta a un variado “ecosistema aun cuando predomine el matorral xerófilo como vegetación” (Motta y Velasco, 2003: 19), era propicio para la mencionada producción cañera. Una comunicación al respecto de 1905, del ingeniero Leopolodo Villareal, adscrito a la que para entonces se denominaba como Dirección de Aguas, perteneciente a la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria del gobierno federal, refería que las características de las tierras ribereñas del Salado eran inmejorables para ese fin. Después de recorrer parte de esa corriente reportó que nacía en:

las vertientes occidentales de la Sierra Madre en el estado de Puebla y está formada por los arroyos ‘Chiquito’, ‘Palmar’ y ‘Salado’ recorriendo terrenos de la Hacienda de Calipan. Río abajo, […] es enriquecido por el de Comulco, arroyos de San Sebastián, Zinacatepec y Zapotitlán. Ya en el estado de Oaxaca es enriquecido nuevamente por los ríos de ‘Calapilla’ que pertenece á Cuahutempam y Juquila.13