Con cualquier otro nombre - Jodi Picoult - E-Book

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Jodi Picoult

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La joven dramaturga Melina Green acaba de escribir una obra de teatro inspirada en la vida de su antepasada isabelina Emilia Bassano. Sin embargo, su estreno resulta poco probable en un mundo teatral en el que las mujeres enfrentan condiciones desiguales. En 1581, la joven Emilia Bassano está bajo la tutela de aristócratas ingleses. Sus lecciones de idiomas, historia y escritura la han dotado de un agudo ingenio y de un don para contar historias, pero, al igual que la mayoría de las mujeres de su época, no se le permite tener voz propia. Entonces, comienza a urdir un plan para estrenar en secreto su obra y para ello le paga a un actor llamado William Shakespeare para que la represente. Contada en líneas temporales entrelazadas, Con cualquier otro nombre es una historia de ambición, coraje y deseo que nos invita a pensar hasta dónde debería llegar una escritora para que su historia sobreviva al paso del tiempo.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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De la autora más vendida de The New York Times, llega una nueva novela que narra la historia de dos mujeres, separadas por siglos, pero unidas por un destino común: verse obligadas a publicar su obra con cualquier otro nombre.

 

La joven dramaturga Melina Green acaba de escribir una obra de teatro inspirada en la vida de su antepasada isabelina Emilia Bassano. Sin embargo, su estreno resulta poco probable en un mundo teatral en el que las mujeres enfrentan condiciones desiguales. Mientras Melina se pregunta si se atreve a arriesgarse a fracasar de nuevo, su mejor amigo le quita la decisión de las manos y presenta la obra a un festival bajo un seudónimo masculino.

 

En 1581, la joven Emilia Bassano está bajo la tutela de aristócratas ingleses. Sus lecciones de idiomas, historia y escritura la han dotado de un agudo ingenio y de un don para contar historias, pero, al igual que la mayoría de las mujeres de su época, no se le permite tener voz propia. Entonces, comienza a urdir un plan para estrenar en secreto su obra y para ello le paga a un actor llamado William Shakespeare para que la represente.

 

Contada en líneas temporales entrelazadas, Con cualquier otro nombre es una historia de ambición, coraje y deseo que nos invita a pensar hasta dónde debería llegar una escritora para que su historia sobreviva al paso del tiempo. Al igual que sus protagonistas, esta novela desafía el olvido y, basada en fuentes históricas primarias, contribuye a asegurar que el nombre de Emilia Bassano perdure en la memoria.

Jodi Picoult

Es una escritora estadounidense que vive en New Hampshire. A lo largo de su carrera, ha publicado más de 30 novelas, varias de las cuales han alcanzado el primer puesto en la lista de bestsellers de The New York Times. Con cualquier otro nombre es una de ellas. Traducida a más de diez idiomas y seleccionada entre las favoritas de los lectores en los Goodreads Choice Awards de 2024 en la categoría de ficción histórica, ha recibido reseñas en medios destacados, como Kirkus Reviews, Publishers Weekly, USA Today y The Guardian.

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Para Elyssa Samsel y Kate Anderson: hijas adoptivas, queridas colaboradoras, talentosas compositoras y, lo más importante, mujeres valientes.

NOTA: Los capítulos de Emilia están salpicados de referencias a obras y poesía reales de Shakespeare.

Se enumeran al final de esta novela, por si quieres verificar cuántas lograste captar.

Vengan, espíritus

que sirven a pensamientos mortales, despójenme de mi sexo aquí.

–Lady Macbeth, Macbeth

 

¡Oh Dios, si yo fuera hombre! Comería su corazón en la plaza.

–Beatrice, Mucho ruido y pocas nueces

 

¿Con quién debería quejarme? Si contara esto,

¿quién me creería?

–Isabela, Medida por medida

 

Mi lengua expresará la ira de mi corazón o,

de lo contrario, mi corazón, al ocultarla, se romperá.

–Catalina, La fierecilla domada

 

Que los maridos sepan

que sus esposas tienen sentido como ellos.

–Emilia, Otelo

MELINAMayo de 2013

Muchos años después de graduarse del Bard College, el curso que Melina más recordaba no era un seminario de composición ni un intensivo de teatro, sino una clase de antropología. Un día, la profesora mostró una diapositiva de un hueso con veintinueve pequeñas marcas en un costado.

–El hueso de Lebombo fue hallado en una cueva en Suazilandia en los años setenta y tiene alrededor de cuarenta y cuatro mil años –explicó–. Se trata de una fíbula de babuino. Durante años, fue considerado el primer calendario atribuido al hombre. Pero les pregunto: ¿qué hombre usa un calendario de veintinueve días? –la profesora pareció mirar directamente a Melina–. La historia –agregó– la escriben los que están en el poder.

En la primavera de su último año, Melina se dirigió a la consulta con su mentor, como hacía todas las semanas. El profesor Bufort escribió en los ochenta una obra llamada Wanderlust, que ganó un premio Drama Desk, se trasladó a Broadway y fue nominado a un Tony. Decía que siempre había querido enseñar y que, cuando el Bard College lo nombró director del programa de teatro, fue un sueño hecho realidad; pero Melina pensaba que el hecho de que ninguna de sus otras obras hubiera tenido el mismo éxito de crítica no era un dato menor.

Bufort estaba de espaldas cuando ella llamó y entró. Su cabello plateado le caía sobre los ojos y le daba un aire juvenil.

–Mi estudiante favorita de tesis –la saludó.

–Soy tu única estudiante de tesis.

Melina se recogió el cabello negro en un moño antes de buscar en su mochila dos botellas pequeñas de leche chocolatada de una lechería local. Costaban una fortuna, pero todas las semanas le llevaba una al profesor Bufort. La medicación para la presión alta le había robado sus vicios anteriores –alcohol y cigarrillos– y bromeaba diciendo que esta era la única diversión que le quedaba. Melina le entregó una botella y chocó la suya contra la de él en un brindis.

–Mi salvadora –dijo el profesor y dio un trago largo.

Como la mayoría de los adolescentes que habían acumulado producciones de Las brujas de Salem y Sueño de una noche de verano en su haber, Melina llegó a Bard con la idea de estudiar actuación. No fue hasta que tomó un curso de composición teatral que se dio cuenta de que la única cosa más poderosa que ofrecer una actuación prodigiosa era ser la persona que daba forma a las palabras que el actor pronunciaba. Comenzó a escribir obras cortas que eran representadas por grupos estudiantiles. Estudió a Molière y a Mamet, a Marlowe y a Miller. Analizó el lenguaje y la estructura de sus obras con la intensidad de un jugador de ajedrez que logra el éxito por su conocimiento del juego.

Escribió una versión moderna de Pigmalión, en la que el escultor era una madre de concursos de belleza y la estatua era JonBenét Ramsey, pero fue su versión de Esperando a Godot –ambientada en una convención política donde todos los personajes esperaban a un candidato presidencial salvador que nunca llegaba– lo que llamó la atención del profesor Bufort. Él la animó a enviar su obra a varios festivales de convocatoria abierta, y, aunque nunca fue seleccionada, tanto Melina como todos en el departamento sabían que ella iba a ser una de las pocas que conseguiría estrenar sus obras.

–Melina –le preguntó Bufort–, ¿qué vas a hacer después de graduarte?

–Estoy abierta a sugerencias –respondió, esperando que este fuera el momento en que su mentor le ofreciera algún trabajo fabuloso.

No era tan ingenua como para creer que podría sobrevivir en Nueva York sin algún tipo de empleo y Bufort ya le había conseguido algunos antes. Había sido pasante un verano para un famoso director de la ciudad, un hombre que una vez le había lanzado un café helado a un diseñador de vestuario que no había ajustado un dobladillo y que la llevaba a bares, aunque fuera menor de edad, porque prefería beber a la hora de la comida. Otro verano había estado detrás de la caja registradora de una cafetería del teatro Signature y detrás de un puesto de merchandising en el Second Stage. El profesor Bufort tenía contactos. Todo ese negocio funcionaba a base de contactos.

–Esto no es una sugerencia –dijo Bufort, entregándole un volante–. Es más bien una orden.

El Bard College organizaría un concurso de dramaturgia universitaria. El premio era un lugar asegurado en el Festival de Obras Cortas Samuel French Off Off Broadway.

El profesor se apoyó en el escritorio, con las piernas a pocos centímetros de Melina. Dejó su leche chocolatada, cruzó los brazos y le sonrió.

–Creo que podrías ganar –dijo.

–¿Pero…? –inquirió ella sosteniéndole la mirada.

–Pero… –Bufort alzó una ceja–. ¿Tengo que decirlo? ¿Otra vez?

Melina negó con la cabeza. El único comentario negativo que había recibido alguna vez de su parte era que, aunque su escritura era limpia y convincente, era emocionalmente estéril. Como si hubiera levantado un muro entre la escritora y la obra.

–Eres buena –empezó Bufort–, pero podrías ser excelente. No basta con manipular las emociones de tu audiencia. Debes convencerlos de que hay una razón por la cual tú eres la que cuenta esta historia. Tienes que dejar un poco de tu sangre en la obra.

Y allí estaba el problema: no podías sangrar sin sentir el dolor del corte.

Melina empezó a jugar con el dobladillo de su camiseta, solo para evitar la mirada de Bufort. Él se apartó del escritorio y se ubicó detrás de ella.

–Hace tres años que conozco a Melina Green –dijo, acercándose–. Pero, en realidad, no sé nada de ella.

Lo que a Melina Green le gustaba de escribir obras de teatro era que podía ser cualquiera excepto ella misma, técnicamente una chica judía de Connecticut que había crecido siendo la persona menos importante de su hogar. Cuando era adolescente, su madre tuvo una enfermedad terminal y su padre se dejó llevar por el dolor de manera anticipada. Ella aprendió a ser callada y autosuficiente.

Nadie quería conocer a Melina Green y menos aún la propia Melina.

–La buena escritura cala hondo, tanto para el dramaturgo como para la audiencia. Tienes talento, Melina. Quiero que escribas algo para este certamen que te haga sentir... vulnerable –la instó el profesor Bufort.

–Lo intentaré –respondió Melina.

Las manos de Bufort se posaron sobre sus hombros, apretándolos. Se dijo a sí misma, como cada vez que él lo hacía, que eso no significaba nada; era solo su forma de mostrar apoyo, como cuando había movido contactos para conseguirle trabajos en la ciudad. Él tenía la edad de su padre; no entendía los límites de la misma manera que las personas más jóvenes. No debía darle demasiada importancia.

Como para subrayar la idea, de pronto él dejó de tocarla. El profesor Bufort levantó de nuevo la leche chocolatada.

–Muéstrame lo que te asusta –dijo.

Ese año Melina vivía en un apartamento sobre un restaurante tailandés con su mejor amigo, Andre. Se habían conocido en una clase de composición teatral en segundo año y habían conectado al coincidir en que Nuestro pueblo estaba sobrevalorada, que el musical Carrie estaba subestimado y que podías amar El fantasma de la ópera y encontrarla perturbadora a la vez.

Tan pronto como ella entró, Andre quitó su mirada de The Real Housewives para observarla

–¡Mel! Vota para la cena –dijo.

Andre era el único que la llamaba por un apodo. Melina, en griego, significaba dulce, y él decía que la conocía demasiado bien como para mentirle a la cara cada vez que la llamaba por su nombre.

–¿Cuáles son mis opciones? –preguntó Melina.

–Mayonesa, galletitas dulces o comida tailandesa para llevar.

–¿Otra vez?

–Tú eres la que quiso vivir sobre La Orquídea Dorada porque olía muy bien. –Cruzaron las miradas.

–Comida tailandesa –dijeron al unísono.

Andre apagó la televisión y siguió a Melina a su habitación. Aunque hacía ya dos años que vivían en el apartamento, ella todavía tenía cajas en el suelo y nunca había colgado ninguna obra de arte ni había puesto luces de colores en el respaldo de su cama, como Andre.

–No me extraña que logres cumplir con todo. Vives en una celda –murmuró.

Al igual que ella, Andre estudiaba composición teatral. A diferencia de ella, Andre nunca había terminado una obra. Llegaba al final del segundo acto y decidía que necesitaba revisar el primero antes de terminar, y después se quedaba atrapado en un ciclo interminable de reescritura. Durante el último semestre había estado trabajando en una nueva versión de El rey Lear, con una matriarca negra que trataba de decidir cuál de sus tres hijas merecía su receta secreta de gumbo. Había basado el personaje principal en su abuela.

Andre le entregó a Melina el correo, que ese día consistía en un sobre de papel de estraza dirigido a ella con la desordenada letra de su padre. La relación entre Melina y su padre se había deteriorado durante la enfermedad de su madre, hasta el punto de que resultaba demasiado doloroso ejercer cualquier tipo de presión sobre ella. Sin embargo, a su manera dulce y distante, él trataba de esforzarse. En los últimos tiempos, se había interesado en la genealogía y le había contado a Melina que, según sus descubrimientos, ella estaba relacionada con un general de la Unión, con la reina Isabel de España y con Adam Sandler. Rasgó el sobre.

 

Acabo de encontrar este antepasado del lado de mamá. Primera poetisa publicada en Inglaterra (1611). ¡Tal vez esto de la escritura está en tu sangre!

La nota estaba sujeta a una pequeña pila de papeles. Echó un vistazo a una imagen fotocopiada de una mujer de la época isabelina, que tenía una expresión severa y llevaba un rígido cuello blanco. Luego dejó el paquete en el desorden de su escritorio.

–Mi antepasada era una poetisa –comentó sin interés.

–Bueno, mi antepasado era Thomas Jefferson, y mira adónde me ha llevado eso –dijo Andre apoyándose en un codo–. ¿Cómo te fue con Bufort?

Melina se encogió de hombros como respuesta.

–¿Qué vas a presentar para el festival?

–¿Qué te hace pensar que voy a presentar algo? –repreguntó ella frotándose la frente, donde comenzaba a sentir un dolor sordo.

–Un festival de teatro en el Bard en el que tú no participes sería como Escocia yendo a la batalla sin Mel Gibson –señaló Andre después de poner los ojos en blanco.

–Ni siquiera sé qué quieres decir con eso.

–A decir verdad, él domina el maquillaje mejor que tú, lo que es casi un delito, porque nunca he conocido a nadie que tuviera unos ojos plateados tan raros como los tuyos, y, si supieras lo que es el rímel, podrías resaltarlos aún más –dijo Andre, mirándola desde la trenza desordenada hasta los pantalones cargo rotos y las zapatillas viejas–. ¿Alguien ha intentado darte limosna alguna vez?

Andre siempre insistía en que ella no le daba ninguna importancia a su apariencia. Era cierto que a veces estaba tan concentrada escribiendo que se olvidaba de ducharse o cepillarse los dientes, y que le gustaba usar mallas y jerséis peludos cuando sabía que tendría una larga noche frente al portátil.

–¿Qué vas a presentar tú en el concurso? –preguntó, cambiando de tema.

–No creo que tenga nada listo –titubeó Andre.

–Podrías –respondió Melina mirándolo directamente a los ojos.

–Pero vas a ganar –indicó él sin un atisbo de rencor. Esa era una de las razones por las cuales lo amaba. Estaban en el mismo programa y su relación no era de competencia, sino de apoyo mutuo. Sabía que Andre no dudaba en salir en su defensa (y lo había hecho) frente a otros estudiantes que estaban convencidos de que su éxito en el Bard no era merecido, sino que era el resultado de un romance con Bufort. Sería gracioso si no doliera tanto. Ni siquiera había besado a ningún chico en los cuatro años de universidad, mucho menos se había embarcado en un ardiente romance de mayo a diciembre.

–No sé sobre qué escribir –confesó Melina después de un suspiro.

–Mmm. Podrías intentar esa idea sobre lo que pasó en Las Vegas que no se quedó en Las Vegas.

–Siento que una comedia no sería tomada en serio –sostuvo ella.

–¿No es esa la cuestión?

–Bufort quiere que haga algo personal –añadió, pronunciando la palabra como si fuera una maldición–. Algo doloroso.

–Está bien –dijo Andre–, entonces escribe sobre algo que te duela.

Melina escribió una obra llamada Reputación, donde ninguno de los personajes tenía nombre. Eran la Chica. El Chico. El Mejor Amigo. La Némesis. El Padre.

La Chica tenía catorce años y era invisible. Durante años había estado desvaneciéndose, en relación directa con la enfermedad de la Madre. Después del funeral, desapareció por completo, marginada de la vista por el dolor del Padre. Hasta que un día, el Chico –de dieciocho años– la saludó. Estaba segura de que debía ser un error, pero no. Él la vio. Le habló. Y, cuando la tocó, pudo verse a sí misma de nuevo; borrosa, pero recuperando el foco.

El Chico era todo lo que ella no era: se hacía notar, conocía a todo el mundo, era imposible pasarlo por alto. Junto a él, se sentía más grande, sólida y vista.

Todo comenzó con besos. Cada vez que la boca de él tocaba la suya, se sentía un poco más llena de sustancia. Donde él la tocaba con sus manos, podía volver a ver el contorno de su cuerpo. Pero, cuando le levantó la falda y comenzó a desabrocharse los pantalones, ella lo empujó y dijo que no.

Al día siguiente en la escuela, el Mejor Amigo del chico estaba hablando de ella con algunos desconocidos.

–El Chico me contó que ella lo trepó como un árbol –dijo–. Estaba apretada como un puño.

–Sabía que tenía que ser una puta si él estaba interesado en ella –agregó su Némesis, que justo pasó por ahí junto a un amigo.

A la Chica le ardía tanto la cara que estaba segura de que la gente podía sentir su vergüenza, incluso aunque no pudieran verla. Encontró al Chico y le exigió saber por qué había mentido.

–¿No quieres estar conmigo? –preguntó él.

–Sí, pero…

–Tengo una reputación que cuidar –dijo él–. ¿Realmente importa lo que piensen los demás, mientras tú y yo sepamos la verdad?

Quería alejarse, pero él le tomó la mano, y como por arte de magia, volvió a aparecer.

La Chica también tenía una reputación ahora. Cuando estaba en la fila de la cafetería, sin ser vista, escuchó que la describían como fácil. Mientras se cambiaba en el vestuario para la clase de gimnasia, oyó que la llamaban desesperada.

La Chica pasaba cada vez más y más tiempo con el Chico, porque era la única persona que parecía saber quién era ella realmente. Y en privado, él era casi siempre amable y dulce. Pensó que tal vez ella veía una versión del Chico que también era invisible para todos los demás.

Una noche, él le levantó de nuevo la falda y comenzó a desabrocharse los pantalones.

–Todo el mundo piensa que lo estás haciendo –señaló él–. Así que da lo mismo si lo haces.

Esta vez, la Chica no dijo que no.

¿Acaso tuvo elección? ¿O cedió bajo presión?

¿Acaso importaba?

Porque en el momento en que el Chico penetró en ella, se manifestó por completo y de manera permanente, aunque solo fuera que como una nota al pie, desordenada y dolorosa, en la historia de alguien más.

El profesor Bufort amó la obra. La llamó cruda, reflexiva y provocativa. La pieza de Melina fue seleccionada como una de las tres finalistas del concurso, junto con la de un estudiante de Middlebury y otra de Wesleyan. El día de la evaluación, en la lectura de cada obra interpretada por estudiantes de teatro del Bard, Melina se pasó la mañana presa de los nervios y vomitando. Era la primera obra que había creado en la que ella misma era el personaje principal, aunque oculta bajo capas de lenguaje.

Si la obra no era suficiente para ellos, ¿eso quería decir que ella tampoco? No podía separarse del guion; no podía ver a los actores interpretando al Chico y a la Chica sin verse a sí misma a los catorce años, perdida y sin rumbo tras la muerte de su madre, aferrándose a la única persona que parecía querer su compañía. No podía escuchar las palabras que había escrito sin recordar aquel otoño perdido, cuando no tenía voz, y otros llenaron el silencio con mentiras sobre ella que se convirtieron en verdades. Como si eso no bastara, había alterado la obra solo un poco, añadiendo una escena que se incluiría en la lectura final, y de la que el profesor Bufort no tenía idea. Hasta donde sabía, podrían descalificarla por eso. Pero la obra no estaba terminada; no sin el epílogo, que la hacía relevante en la actualidad.

El auditorio estaba lleno. Andre le había guardado un asiento en un lugar demasiado expuesto para su gusto, a solo unas pocas filas del escenario. Se disculpó en voz baja mientras pasaba por encima de las personas que ya estaban sentadas.

–Tuve que decirle a la gente que tenía mononucleosis para que no se sentaran aquí –dijo Andre.

–Llego tarde con estilo –retrucó ella con los ojos en blanco.

–No. Solo llegas tarde –sentenció él mirando desde su moño despeinado hasta sus Crocs.

El profesor Bufort subió al escenario.

–Gracias a todos por asistir a las lecturas que constituyen la ronda final del primer Concurso de Dramaturgia del Bard College. Ha sido difícil mantener en secreto a nuestro juez de este año –dijo Bufort–. Lo conocen por sus críticas incisivas y su cobertura de la industria teatral en general. Por favor, denle la bienvenida al crítico de teatro del The New York Times, Jasper Tolle.

Andre y Melina se miraron.

–¿En qué dimensión estamos? –susurró Melina–. ¿Jasper Tolle va a juzgar mi obra?

Todos lo conocían, incluso personas que no eran del medio. Lo consideraban un prodigio, que el Times contrató con tan solo veintiséis años, y que luego, con su crítica afilada y mordaz, había logrado atraer a un público que lo odiaba o lo amaba. En tres años, pasó de cubrir producciones de teatro en Nueva Jersey a Off-Off-Broadway y a obras seleccionadas para millenials, como Agonía y éxtasis de Steve Jobs y Murder Ballad.

Jasper Tolle tenía la mitad de la edad del crítico senior del periódico. Tenía cuentas de fans en Instagram y Facebook. Había logrado que el teatro –una forma de arte que generalmente era abrazada por un público canoso– fuera algo cool otra vez.

–Dios santo –exhaló Andre–. Es muy hot.

Lo era, supuso Melina, para alguien de treinta y pico. Tenía un pelo rubio casi blanco, con un remolino en la nuca, y, detrás de sus gafas de carey, sus ojos, de un azul intenso, brillaban como un cristal tallado. Era alto, delgado y parecía molesto, como si esto fuera algo que había puesto en su calendario meses atrás y ahora lo lamentara.

–Parece un Voldemort sexi –murmuró Andre.

–No vuelvas a decir eso jamás.

Bufort le pasó el micrófono al crítico, que se aclaró la garganta con las mejillas enrojecidas.

«Interesante», pensó Melina. Era un crítico que prefería esconderse detrás de sus palabras. No muy diferente de un escritor de teatro.

La lectura de Melina sería la tercera de las tres. Después de cada una, Tolle subiría al escenario y daría su reacción, para elegir un ganador después de la última presentación. La primera obra, escrita e interpretada por un estudiante de Wesleyan, era un monólogo sobre el multiverso. La segunda, escrita por un estudiante de Middlebury, ponía a los Avengers de Marvel en terapia de grupo.

Cuando los estudiantes actores entraron para interpretar Reputación, cada uno con una silla y un atril en el que colocaron sus guiones, el corazón de Melina se aceleró. Si se desmayaba, Andre tendría que despertarla para que pudiera escuchar los comentarios de Jasper Tolle sobre su obra. Estaba a punto de decírselo cuando vio al profesor Bufort inclinarse hacia el crítico y murmurar algo.

Se imaginó que le decía a Tolle que Melina era su estudiante, quizás incluso su protegida. Tragó saliva y entrelazó los dedos con los de Andre.

En los ensayos, su obra duraba veintiocho minutos, lo que estaba dos minutos por debajo del tiempo asignado para cada lectura. Pero eso había sido antes de que entregara un epílogo de dos páginas a los actores en el último ensayo de la noche anterior.

Mientras Melina observaba la lectura, sentía que el diálogo le salía como si fuera arrancado de su propia garganta: doloroso, familiar, áspero. La audiencia se rio en los momentos planeados. Guardaron silencio cuando el narrador describió cómo el Chico tironeó de la ropa de la Chica. Al escuchar la última línea de la versión que había enviado al festival, oyó un solo y estruendoso aplauso desde la primera fila y se dio cuenta de que era el profesor Bufort tratando de provocar una ovación.

No sabía que la obra no había terminado.

–Ocho años después –dijo el narrador. Todos los actores se sentaron, excepto la Chica y el narrador, que se colocó detrás de la silla de ella.

–Es diferente a tus otros trabajos –señaló con un tono juguetón, convirtiéndose en un personaje que ya no era un observador, sino un participante.

–Sí –respondió la Chica.

–Hace tres años que te conozco, pero no te conozco en absoluto.

El narrador puso las manos en los hombros de la Chica y los masajeó. La actriz se congeló.

–¿Profesor? –susurró.

–Muéstrame qué te asusta –dijo el narrador inclinándose cerca de su oído.

Ahí terminó la obra.

–Maldita sea –murmuró Andre.

Hubo unos aplausos dispersos e incómodos. ¿Cómo aplaudir el acoso? Pero Melina apenas se dio cuenta. Estaba concentrada en el perfil del profesor Bufort, en la rigidez de su mandíbula.

Quería decir: «Lo siento».

Había sido Bufort quien había querido que ella sangrara en la página. Y, cuando desenterró el recuerdo de secundaria de ser manipulada por un villano que la había convencido de que era un héroe, Melina comprendió que la historia se repetía.

Jasper Tolle subió al escenario, balanceándose sobre la punta de los pies, completamente ajeno a que la última autora había hecho pedazos su carrera académica.

–Bien –empezó, mirando su pequeña libreta negra–. ¿Melina Green? ¿Dónde estás?

Cuando ella no se movió, Andre le agarró la muñeca y le levantó la mano.

–Ah –dijo Tolle–. Bueno. Eso fue... mucho. Supongo que deberíamos discutir el mayor obstáculo aquí...

Melina vio manchas negras frente a sus ojos.

–... es decir, que esta es una historia iniciática, lo que la sitúa en la categoría de Teatro para Jóvenes Artistas.

Teatro para Jóvenes Artistas, o sea, teatro infantil. La cara de Melina ardió. ¿En qué mundo perder la virginidad en circunstancias moralmente ambiguas se consideraba material para niños?

–Eso no es cierto –soltó.

–¿Perdón? –Jasper Tolle literalmente dio un paso atrás.

–R-Recuerdos de Brighton –balbuceó–. Billy Elliot. Equus. Despertar de primavera. Todas son historias iniciáticas.

–Sí, pero esas obras tienen mérito crítico –respondió él. La mandíbula de Melina se cayó ante el ataque–. No parecen... pequeñas.

–¿Porque tratan sobre personajes masculinos? –preguntó Melina. Por primera vez, se dio cuenta de que era la única finalista femenina. No se le había ocurrido que sería como correr una carrera con obstáculos extra.

–Porque sus personajes principales no son desagradables. No me malinterpretes, hay una escritura realmente impresionante aquí, pero ¿es realmente una historia con la que una audiencia puede relacionarse de una manera más general?

Ella apretó los dientes. Por Dios, una de las otras obras era sobre superhéroes en un hospital psiquiátrico.

–Se supone que la obra debe incomodar –dijo Melina.

–Bueno, lo hizo, pero no por las razones que tú crees. Fue demasiado sentimental. Armarlo todo como un preludio para la última escena, que, por cierto, parecía añadida al final, te hace cuestionarte si la Chica realmente aprendió algo.

–Ese –masculló entre dientes– es el asunto. –Melina estaba tan enfadada que temblaba. Sintió la mano de Andre deslizarse protectora sobre su rodilla.

–¿Puedo preguntar si esta obra se inspiró en algo que te ocurrió a ti? –dijo Tolle después de hacer una pausa para evaluarla.

Melina no quería responder, pero asintió.

–En el futuro –sugirió Jasper Tolle–, aléjate de esos temas. Si te afecta tanto la crítica porque una obra es muy personal, no vas a llegar lejos como dramaturga.

Ella abrió la boca, pero él levantó una mano. Literalmente, levantó una mano, como si pudiera bloquear lo que estuviera a punto de salir de su boca.

–¿Tienes cuánto? ¿Veintiún años? Te falta mucho por aprender. Discutir no te hace parecer provocativa. Solo… difícil.

Melina agarró su bolsa y pasó por encima de las filas llenas de rodillas, piernas y mochilas hasta llegar al pasillo. Salió por la puerta del auditorio justo cuando Jasper Tolle anunciaba que el ganador del Concurso de Dramaturgia del Bard era el estudiante de Middlebury, por su innovadora exploración de Iron Man con trastorno de apego.

A Melina no le importaba quedar como una mala perdedora. No le importaba si Jasper Tolle pensaba que era una insufrible. Había intentado plasmarse a sí misma en una de sus obras, pero claramente no había ficcionalizado lo suficiente su experiencia. Lección aprendida.

Unos momentos después, la gente comenzó a salir del auditorio, sumergida en un mar de conversaciones. Se dio la vuelta cuando Jasper Tolle y el profesor Bufort pasaron junto a ella, sin prestarle atención a la chica que acababa de encender la mecha para hacer estallar su futuro.

Un brazo se deslizó por sus hombros. Melina se dejó caer contra Andre y, finalmente, se permitió llorar.

–Solo Voldemort –recapacitó él, dándole unas palmaditas en la espalda–. Nada sexi.

Melina sintió que una risa le subió por la garganta como una burbuja.

–Me pareció increíble, Mel –dijo Andre, alejándola un poco para poder mirarla a los ojos–. Y lamento mucho si una pizca de eso realmente te sucedió en la vida real.

Justo por eso lo había escrito. Tal vez había otra chica en ese auditorio que se sentiría fortalecida para decir no cuando la presionaran a decir que sí. Tal vez había alguien en una posición de poder que se detendría antes de cruzar una línea.

Tal vez hacían falta más historias como esta, no menos.

–Al carajo con Jasper Tolle –soltó Melina.

–Me sacaste las palabras de la boca –respondió Andre mientras la conducía fuera del auditorio.

La semana siguiente, le escribió al profesor Bufort para pedirle una reunión. Como él no respondió, fue a la oficina en su horario de visitas. En la puerta cerrada, había un sobre pegado con cinta que tenía el nombre de Melina escrito.

Dentro estaba la calificación de su tesis. Había entregado cinco obras, incluida Reputación. En su carrera, nunca había recibido menos de una A en ninguna asignación.

«C+. Requiere demasiada suspensión de incredulidad».

Cuando llegó a casa, el piso estaba vacío. Andre debía estar en clase, probablemente, y Melina agradeció eso. Caminó hasta su austero dormitorio y se dejó caer de bruces en la cama.

Se graduaría sin una recomendación de su director de tesis. Otros profesores en el departamento de teatro la tildarían de problemática. Los estudiantes que consideraba amigos la evitarían, por si el rechazo era contagioso. Se había convertido en una persona non grata.

Andre era el único en el campus que la defendía. Insistía en que nada había cambiado; se mudarían a Nueva York después de graduarse como estaba planeado, para intentar convertirse en escritores de teatro. Pero Melina no sabía si tendría el valor para enfrentarse a otra humillación pública. Si no querías quemarte, era mejor apartar el dedo de la llama.

Y sin embargo, Bufort le había dicho una vez que los verdaderos escritores no pueden dejar de escribir.

Miró las pilas de papeles sobre su escritorio. Tomó la portada de su obra condenada y la arrugó en su puño. Su rabia se convirtió en un motor. Agarró más páginas, y las rasgó y las lanzó como confeti, hasta que el suelo se convirtió en un mar de papeles impresos.

Entonces su mirada se posó en una imagen impresa en blanco y negro de una mujer. Los ojos de la dama parecían seguirla. La nota de su padre aún estaba sujeta a una esquina.

Emilia Bassano. Su antepasada. La poetisa.

El historiador A. L. Rowse, en 1973, llamó a Emilia Bassano la «dama oscura» de los sonetos de Shakespeare, una mujer de cabello negro, judía y de virtud dudosa. Aunque esto fue desmentido, merece reconocimiento por sus propios méritos como la primera poeta femenina publicada en Inglaterra, en una época en la que a las mujeres se les prohibía escribir para una audiencia pública.

El pecho de Melina se aflojó al darse cuenta de que no era la primera en su familia en luchar para encontrar su lugar como escritora.

Pasó las páginas del paquete genealógico de su padre, rastreando las generaciones desde Emilia Bassano hasta ella misma.

 

 

CON CUALQUIER OTRO NOMBRE – GUION DE ENSAYO

 

EMILIA está sentada en un banco tallado, bajo el abrazo de un frondoso sauce esmeralda. A sus pies, una casa de hadas.ENTRA LA MUJER.

 

LA MUJER

Un teatro.

EMILIA

Una audiencia.

LA MUJER

Una comedia.

EMILIA

Una tragedia.

LA MUJER

Érase una vez una niña que se volvió invisible para que sus palabras no lo fueran.

EMILIA

Érase una vez una niña. Un principio y un fin.

EMILIA se convierte en su yo más joven.

LA MUJER

Había una historia, sin importar si otros decidían escucharla o no.

EMILIA

(coloca un rey de ajedrez en la casa de hadas)

Saludos, Oberón, rey de los elfos.

LA MUJER

Emilia lo nombró así por el rey elfo de un poema francés que había traducido.

EMILIA

(coloca una reina de ajedrez en la casa de hadas)

Y tú serás su reina.

LA MUJER

El poema no mencionaba a una reina. No era tan importante como para ser registrada.

EMILIA

¿Cómo llamar a la más grande reina de las hadas?

EMILIA, LA MUJER

Titania.

EMILIA1581

Emilia tiene doce años.

A los doce años, Emilia Bassano sabía que la mayoría de las personas solo veían lo que esperaban ver. Pensaba en esto mientras estaba tendida boca abajo, con las faldas amontonadas bajo ella y el mentón apoyado en un puño. Con la mano libre, construía una casa de hadas. Las piedras más blancas del camino de entrada de Willoughby House rodeaban una alfombra de musgo. Sobre ella, había creado un pequeño hogar de ramitas entrelazadas con largas briznas de hierba y rematado con un techo de corteza de abedul. Capullos de rosa hacían de ventanas; campanitas y caléndulas adornaban la entrada. Añadió un hongo rojo salpicado de blanco que había encontrado en el bosque, un trono perfecto.

Había tomado un rey de obsidiana pulida del juego de ajedrez de Peregrine Bertie. También conocido como el barón Willoughby, era el hermano de la tutora de Emilia: Susan Bertie, la condesa de Kent. Fue una discusión entre ellos lo que le había hecho huir al exterior. Colocó la pieza de ajedrez cerca del hongo. «Lo llamaré Oberón», pensó Emilia, nombrándolo así en honor al rey de los elfos del poema francés «Huon de Bordeaux», que había estudiado la semana anterior con la condesa.

–Su Majestad –dijo Emilia–, aquí está su esposa. Extendió la mano para tomar una segunda pieza que había sacado del juego de ajedrez, una reina de marfil suave.

Si Oberón tenía una esposa en el poema, no era tan importante como para que la mencionaran.

Emilia necesitaba un nombre que la hiciera inolvidable. «La más grande reina de las hadas», reflexionó.

–Titania –pronunció.

Finalmente, colocó la tercera pieza de ajedrez entre el rey y la reina. Un pequeño peón oscuro.

Aún podía oír la discusión entre el barón y la condesa, tan clara como el día.

–No puedo llevar a Emilia conmigo –había dicho la condesa, cuando, para empezar, Emilia ni siquiera sabía que iba a irse.

–Yo tampoco, Susan –había argumentado su hermano–, debo partir a Dinamarca pronto.

–Llévala contigo. Es una niña, no pólvora.

Ahora, Emilia acariciaba el peón con la yema del dedo y reimaginaba la historia. El peón era un niño. Un huérfano. «Tanto el rey como la reina te quieren», reflexionó. «No pueden dejar de pelear por quién se queda contigo. Te quieren tanto que su amor hará que el mundo entero se venga abajo».

–¡Aquí estás! –con un susurro de faldas, la condesa se sentó a su lado. No reprendió a Emilia por desaparecer ni le dijo que se mancharía la seda de su vestido con la hierba. Solo por eso, Emilia la adoraba. La condesa tenía apenas veinte años pero ya había enviudado. Para la mayoría de las mujeres, eso significaría libertad –no ser propiedad de sus padres ni de sus esposos–, pero la reina Isabel la había convocado de nuevo a la corte. A veces, cuando Emilia pensaba en la condesa, le venía a la mente la imagen de una loba dispuesta a morderse una pata para escapar de su trampa dorada.

No era extraordinario que una niña de medios limitados fuera entrenada para servir en un hogar aristocrático. La familia de Emilia, compuesta por músicos de la corte, había emigrado de Italia a petición del rey Enrique VIII, que los había escuchado tocar la flauta. El propio padre de Emilia había enseñado a la reina Isabel, entonces princesa, a tocar el laúd y a hablar italiano. Sin embargo, aunque la familia de Emilia ahora tocaba para el entretenimiento de la reina, nunca serían nobles.

A Emilia la enviaron con la condesa a los siete años, cuando su padre murió y su madre dejó Londres para ir a servir a otra familia aristocrática. Sus padres no estaban casados, pero vivieron juntos mientras su padre estaba vivo. Emilia no recordaba mucho acerca de su madre, excepto que era joven, mucho más joven que su padre, y se hallaba tan perdida en sus propias ensoñaciones que, incluso de niña, Emilia sabía que no podía contar con ella. Baptista Bassano, su padre, tenía la misma piel aceitunada que Emilia, y la llamaba passerotta, «gorrioncita». Emilia recordaba las melodías que él tocaba en su flauta, algunas inquietantes, otras alegres; recordaba cómo las notas se enroscaban alrededor de ella. Recordaba a su madre diciendo, casi con pesar, que la música de su padre podía hacer descender las estrellas del cielo. Esos eran los únicos recuerdos que le quedaban de sus padres. Emilia los sacaba con regularidad, como si fueran piezas de plata que debía pulir para no perder los delicados detalles de sus patrones.

–¿Qué tenemos aquí? –preguntó la condesa, como si fuera perfectamente normal jugar en la tierra bajo los arbustos–. ¿Una casa de hadas?

–Otro mundo –confirmó Emilia. Consideró preguntarle a la condesa a dónde iba y suplicar que la llevara.

La boca de la condesa se inclinó hacia un lado.

–Qué pena que vivimos en este mundo, donde es hora de las lecciones –se desprendió del seto con más gracia que Emilia, no sin antes recoger las piezas de ajedrez–. Si el barón descubre que faltan, se convertirá en un oso.

Emilia imaginó una bestia salvaje vestida con el jubón y las calzas del barón, con un rígido cuello de encaje bajo su hocico erizado.

–Anímate, niña –dijo la condesa dándole un suave golpecito bajo el mentón–. Una vez que hayamos partido, tal vez las hadas vengan de verdad a vivir en la casa que les construiste.

Emilia siguió a la condesa. Se preguntaba si era tan simple; si algo se volvía posible cuando nadie miraba.

Emilia se sentó en el gran salón, la habitación donde la familia se reunía en la casa del barón. En su casa de campo en Lincolnshire, Grimsthorpe, había una habitación separada para las clases, pero en Londres el barón utilizaba la biblioteca. Emilia estudiaba idiomas, lectura, escritura y danza (la música fue eliminada después de que quedara claro que Emilia le podría haber enseñado más a su tutor de lo que él podía enseñarle a ella). Dado que la condesa había recibido educación –algo que no era nada común para una mujer–, ella supervisaba las lecturas de Emilia. La Biblia, por supuesto, pero también tratados sobre etiqueta y La ciudad de las damas de Christine de Pizan. Ese día la condesa había hecho que Emilia tradujera el lai Bisclavret, de Marie de France. Era sobre un barón cuya esposa se preocupaba por sus repetidas desapariciones. Para el deleite de Emilia, el esposo confesaba que a veces se transformaba en hombre lobo, y solo ponerse su ropa humana le permitía volver a ser un hombre. La esposa, asqueada, prometía dar su amor y su cuerpo a un caballero que había estado coqueteando con ella si robaba la ropa de Bisclavret, para asegurarse de que el barón no regresaría. Pero, cuando el hombre lobo juraba lealtad al rey, el plan de la esposa se desbarataba.

–Esto no puede ser correcto –dijo Emilia, dudando de su propia traducción–: «Más de una mujer en esa familia / Nació sin nariz para soplar, y vivió desnarizada».

–Oui, parfait –dijo la condesa riendo–. ¿Y cuál es el mensaje de este poema?

–Los hombres son bestias –respondió Emilia con frialdad. Imaginó de nuevo al barón con la cara de un oso.

–No, mi querida. Este es un poema sobre la lealtad –corrigió la condesa–. La esposa se vuelve en contra de Bisclavret y es castigada por eso. Bisclavret es leal a su rey y es recompensado por eso.

–Así que ambos son bestias –respondió Emilia.

–¿Deberían forzar a la esposa a permanecer casada con un hombre lobo? Y si no, ¿de qué manera podía librarse de ese vínculo? Los dientes y las garras son armas..., pero también lo son el cuerpo de una mujer y su amor –se encogió de hombros–. No puedes culpar a Bisclavret por tener la maldición de ser hombre lobo. Pero tampoco puedes culpar a una mujer por estar maldita por su género.

–Pero ella pierde su nariz –señaló Emilia.

–La vida como mujer no está exenta de riesgos –dijo la condesa. Cubrió la mano de Emilia con la suya–. Por eso –añadió suavemente–, me voy a casar con sir John.

Emilia había conocido al hombre cuando estuvo de visita.

–Después, él me llevará a Holanda. Te escribiré –prometió la condesa mientras le acariciaba la mejilla.

Emilia sintió que sus ojos ardían. Pensó en el pequeño peón negro del tablero de ajedrez, movido según la voluntad de quien jugara. Sin embargo, había aprendido a mostrar a las personas lo que querían ver, así que sonrió hasta que se le formó un hoyuelo en la mejilla.

–Les deseo que sean muy felices –dijo.

Lo primero que se notaba de Londres era el hedor: olor a sudor, heces y vómito, mezclado con los olores de humo de leña y carne asada. Las calles estaban enredadas como si hubieran sido trazadas por un niño. Los vendedores ofrecían sus mercancías –desde plumas hasta jarras de leche y velas de junco–, mientras sus voces competían con el ruido de los cascos de los caballos y el traqueteo de las ruedas de las carretas. Emilia se apartó rápidamente del camino de los vehículos y de los ocasionales pájaros en picada; las aves buscaban alguna corteza mohosa o un pedazo de hilo para sus nidos. Sus botas de cuero resbalaban en los adoquines cubiertos de barro y desperdicios. Mendigos con trapos enroscados alrededor de sus miembros supurantes se sentaban en los umbrales de las puertas, y alargaban sus manos para tirar de las faldas de Emilia. Pasó junto a una pelea de gallos donde los hombres gritaban sus apuestas; y, cuando una pelea entre dos chicos flacos se trasladó hasta la calle, se metió en un callejón. Allí, una mujer ligera se estaba ganando una moneda rápida, con sus faldas levantadas hasta la cintura. Miraba a lo lejos con la vista perdida por encima del hombro del hombre que la estaba penetrando, mientras Emilia pasaba deprisa.

Cuando estaba en Londres, Emilia visitaba a la familia de su primo Jerónimo para la cena de los viernes. Aunque había crecido fuera de las puertas de la ciudad, en Spitalfields, con su madre y su padre, el resto de sus primos ahora vivía en Mark Lane, en la comunidad italiana.

Mark Lane estaba repleto de casas de madera de dos pisos que se inclinaban de manera retorcida, lo que le daba la apariencia de una sonrisa de dientes desparejos. Antes de que Emilia girara la esquina, ya podía oír música saliendo de varias casas. Ella podía tocar casi cualquier instrumento, pero nunca sería tan talentosa como sus familiares. Sus primos enlazaban sin esfuerzo notas musicales –de la misma manera en que ella entrelazaba palabras– para tejer una melodía tan perfecta que era difícil imaginar que un momento atrás no hubiera existido.

El vientre rojo del sol rascaba el tejado de la casa de su primo cuando Emilia finalmente entró en ella. Los hijos de Jerónimo, Edward y Scipio, se lanzaron contra sus piernas para darle la bienvenida. La madre de los niños, Alma, rio.

–Piccolini, dejadla respirar.

Desde la esquina de la habitación más cercana a la chimenea, su primo levantó la mirada del laúd que estaba encordando y sonrió.

–¿Cómo va el mundo de la nobleza? –bromeó.

–Igual que ayer cuando estabas en la corte –respondió Emilia.

Jerónimo emitió un sonido dudoso. Ella sabía tan bien como él que el reinado de los Bassano como músicos de la reina Isabel duraría solo mientras ella los favoreciera, y que ese favor podía esfumarse en cualquier momento. Entonces, ¿qué sería de ellos?

Emilia alzó a uno de sus pequeños primos y miró alrededor de la pequeña casa. Sus parientes no eran tan ricos como la condesa y el barón, por supuesto, pero, gracias a sus roles en la corte, seguían siendo de la nobleza. Tenían cofres de madera tallada traídos de Italia y cortinas en lugar de simples postigos de madera. Pero, al mismo tiempo, poseían solo una cama grande, en la que dormían con los niños. Incluso si le pidiera a su primo que la acogiera una vez casada la condesa, no habría espacio para ella. Era una sombra atrapada entre dos mundos, como las hadas.

–Cuéntanos una historia, Emilia –dijo el niño más pequeño, estirándose para alcanzar la trenza de su cabello. Cuando iba a Mark Lane, se vestía como una plebeya, con el cabello suelto y un vestido simple sobre su camisola.

Emilia se sentó en la chimenea con el pequeño en su regazo, mientras el hermano se sentaba junto a ella.

–¿Sabéis a quién he conocido hoy? –dijo–. A una reina hada.

–¿Era hermosa? –preguntó uno de los niños–. ¿Como tú?

Emilia sabía que la belleza era algo relativo. Su piel color oliva estaba muy lejos del tono pálido que estaba de moda en la corte; su cabello era más oscuro que la noche; sus ojos, de un plateado fantasmal. Tomadas por separado, sus facciones eran llamativas, extrañas. Pero, combinadas, llamaban la atención: se notaba en las miradas de los hombres y en los ojos entrecerrados de sus esposas.

–Más bonita incluso que la reina Isabel –dijo Emilia, y oyó a su primo ahogar una risa.

Alma le guiñó un ojo mientras abría un armario para sacar un cuadrado de lino doblado y bordado en los bordes. Era quizás el artículo más fino de la casa.

–La reina hada había prometido cuidar al bebé huérfano de un amigo, pero su esposo, el rey de las hadas, quería alejarlo de ella.

–¿Por qué? –preguntó uno de los niños.

Emilia consideró la pregunta. No podía recordar haber sido tan pequeña como sus primos segundos, cuando se tiene la seguridad de que nada en la tierra de Dios podría separar a un niño de sus padres.

–Porque el rey de las hadas temía que la reina amara tanto al niño que se olvidaría de él.

–¿Y qué pasó? –Los niños se inclinaron hacia ella, fascinados.

–El rey... quiso darle una lección a la reina. Así que le pidió a su sirviente que encontrara una flor púrpura capaz de hacer que alguien se enamorara de lo primero que viera. Y la pasó sobre la frente de la reina mientras ella dormía.

Alma estiró el lino bordado sobre la mesa de madera labrada que estaba en el centro de la habitación.

–Emilia, cara –dijo–, ¿los postigos?

Emilia se deslizó entre los niños y se puso de pie. Sacudió sus faldas mientras cruzaba hacia la ventana abierta que carecía de los vitrales que tenía el barón.

–Pero ¿de quién se enamoró? –preguntó uno de los niños sobre el sonido de una carreta tirada por un burro que retumbó afuera.

–Pues... ¡de un asno! –dijo Emilia, y los niños estallaron de la risa.

–Eso es suficiente –los reprendió Alma–. ¿Jerónimo?

El sol se había escondido tras el horizonte. Su primo se aseguró de que los postigos estuvieran cerrados y luego sacó una piedra de la chimenea. Detrás había un pequeño escondite, del que tomó un paquete envuelto en muselina y otra pieza de lino doblada. Desenrolló la muselina como si estuviera pelando una manzana, y reveló dos candelabros de bronce que colocó sobre la mesa. Alma puso velas en ellos y luego se cubrió la cabeza con el lino. Emilia tomó las manos de sus pequeños primos y los llevó a la mesa, inclinando la cabeza.

–Baruch atah Adonai –cantó Alma, encendiendo las velas con yesca de la chimenea–. Eloheinu melech ha-olam asher kid’shanu b’mitzvotav v’tzivanu l’hadlik neir shel Shabbat.

–Amén –respondieron los demás, en perfecta armonía.

Una oración secreta para una religión prohibida. Como los otros judíos conversos que habían venido de España e Italia, ahora los Bassano eran, a los ojos del mundo, cristianos que iban a la iglesia y rezaban a la Virgen y su Hijo Bendito.

La gente veía lo que quería ver.

Ir a la corte siempre le había parecido a Emilia una actuación. Aunque no tocaba la flauta ni el laúd junto a sus parientes masculinos en el gran salón, la habían llevado como una especie de aprendiz incluso cuando era muy joven. Conocía el agitado esfuerzo por aparentar una calma adecuada en el momento en que entraba la reina en la habitación; entendía cómo la música debía entretener algunas veces y desvanecerse en el fondo otras. Ser un cortesano no era tan diferente.

La reina y su séquito habían regresado recientemente al palacio de Whitehall desde St. James. Solía moverse entre esas propiedades y Hampton Court, Greenwich, Richmond y el castillo de Windsor. Había tantos confidentes y consejeros para Su Majestad, además de damas de compañía y visitantes de otras casas reales, que el palacio muchas veces se desbordaba y quedaba cubierto de desperdicios y basura. En esos momentos, todo el grupo se reubicaba mientras limpiaban y aireaban el lugar.

Vestirse para la corte era lo opuesto a vestirse para sus salidas a la comunidad italiana en Londres. Una sirvienta frotaba a Emilia con paños limpios y luego con perfume. Sobre una larga enagua de lino, llevaba un corsé doble: una capa exterior de brocado reforzada con ballenas verticales y una tablilla rígida que se encajaba entre sus pequeños pechos y terminaba en su vientre. El corsé se ataba firmemente en la espalda a través de ojales y llevaba mangas de adorno cubiertas de encaje y perlas. Capas superpuestas de faldas en blanco y negro –los colores de la reina– completaban el atuendo, hasta el punto de que Emilia no podía siquiera respirar sin hacer ruido. Su cabello iba recogido y un tocado le ajustaba la cabeza, lo que era garantía de una jaqueca antes de que terminara la noche. Parecía una versión en miniatura de la condesa, sin los voluptuosos escotes.

El barón también estaba presente, aunque eso no lo hacía feliz.

–Si Oxford está aquí –murmuró mientras esperaban para entrar en la multitud del gran salón–, no me haré responsable de mis actos.

–Si Oxford está aquí –respondió la condesa, riendo–, me comeré mi abanico.

El alma de la corte era el chisme y el conde de Oxford, Edward de Vere, había dado bastante de qué hablar esa primavera. En abril, una de las damas de honor de la reina, Anna Vavasour, había dado a luz al hijo de Oxford. El escándalo no era que Oxford ya estuviera casado, sino que el affaire había ocurrido sin el consentimiento de la reina. Ella los había encerrado a ambos en la Torre y se rumoreaba que Oxford había recuperado su libertad esa semana.

No había simpatía entre el barón y Oxford, quien era el hermano de la esposa del barón, Mary. El matrimonio del barón estuvo al borde de frustrarse porque a la reina no le gustaba cómo Oxford trataba a su propia esposa: la acusaba de adulterio y había declarado bastardo a su hijo. Él era simplemente impredecible.

Fueron arrastrados hacia delante en un resplandeciente mar de personas. La diversión iba desde mascaradas hasta peleas de osos y justas en el patio de armas, e incluía la favorita de Emilia: obras de teatro interpretadas por compañías patrocinadas por un noble. Había crecido con música llenando todos los espacios de su infancia y sabía que las notas correctas, en el orden correcto, podían llevarte a las lágrimas o hacerte sentir más ligera que el aire. Lo mismo podía ocurrir con las palabras adecuadas, dichas en el orden correcto, por el actor indicado.

Sin embargo, esa noche la diversión consistía en danzas. Emilia podía oír los animados acordes de los instrumentos de sus primos, pero el sitio de los músicos estaba en el otro extremo del salón, y, en medio de esa multitud, tenía tantas posibilidades de llegar hasta allí como de llegar al Lejano Oriente. La luz de la luna se filtraba por ventanas largas y angostas, y caía sobre aquellos que participaban de la vigorosa danza. Una enorme chimenea contenía brasas, aunque afuera hacía calor, por lo que la habitación apestaba a sudor y hollín. La música de esa noche era una gallarda, un baile de cortejo en el que los hombres perseguían a las mujeres. A veces, el hombre deslizaba su mano bajo el corsé de una dama para alzarla en el aire o levantaba un muslo para balancearla sobre él. Era impactante de ver, y aún más impactante de realizar, y por eso mismo la reina solía bailarla con su favorito, Robert Dudley, el conde de Leicester, antes de que él perdiera su favor. Ahora Su Majestad se encontraba en el centro del salón, bailando con sir Christopher Hatton.

Fue fácil para Emilia escabullirse, aunque sabía que sería mal visto (o algo peor). Se escurrió más allá de los guardias al borde del salón, en busca de un espacio menos concurrido y más fresco, solo para ser acorralada por lord Archley. Aunque no conocía a todos los nobles de la corte, había tenido ya la mala suerte de conocer a este. Era casi tan ancho como alto, con una nariz roja como una granada y un cuello de encaje tan rígido que le inclinaba la cabeza hacia atrás. Al ver a Emilia, sus ojos brillaron.

–Ah –dijo, con un aliento rancio y fuerte–. La leona dejó escapar a su cachorra de su vista.

Era cierto que la condesa desalentaba a los cortesanos de acercarse demasiado a Emilia. Archley dejó caer un pañuelo, se inclinó y deslizó la mano bajo sus faldas para rozarle el tobillo. Emilia apretó la mandíbula y dio un paso atrás.

–Lord Archley –musitó, haciendo una reverencia. «Qué asno», pensó.

–Qué modales tan bonitos –dijo él–. En alguien tan radiante como el sol.

Emilia hizo un esfuerzo para no levantar la vista al cielo. Como todas las demás mujeres de la corte, se había empolvado el rostro de blanco en homenaje a la reina. Sin embargo, sobre su piel aceitunada el polvo parecía una máscara y solo hacía resaltar cuán diferente era de las demás.

–No soy en absoluto tan brillante –respondió con recato.

Archley se acercó tanto a ella que llegó a ver la comida atascada entre sus dientes.

–Y, sin embargo, haces que me levante.

Bien, él no era el único que estaba experimentando síntomas físicos con la situación, pensó Emilia, sintiéndose mareada de repente.

–Mi señora me llama –mintió e intentó pasar junto a él, pero Archley la tomó por la cintura. Pensó en los lugares que la condesa le había indicado, esos tejidos blandos que era posible golpear con la rodilla para reducir a un hombre por completo. Sin embargo, Archley llevaba una gruesa bragueta, así que, en lugar de eso, Emilia levantó el pie y clavó su taco en el empeine de él. Un momento después, estaba corriendo a ciegas. Giró en una esquina y chocó contra otro caballero.

–Por favor, discúlpeme, milord –jadeó Emilia.

El hombre la sujetó por los hombros para ayudarla a recuperar el equilibrio.

–No puedo –dijo–, ya que soy yo quien se ha cruzado en tu camino.

Era delgado y mayor, con el cabello plateado y ojos amables. Había hilo de oro en el brocado de su jubón, lo que indicaba que era un noble de alto rango, un consejero privado.

–Eres la protegida de la condesa Bertie –dijo él.

Emilia sospechó que quizá el extraño sabía más sobre ella que ella misma. Enderezándose por completo, miró al hombre directo a los ojos.

–Si le dice a Su Majestad que salí del salón –comenzó Emilia–, le diré que usted ya estaba fuera.

–¿Sabes…? Creo que lo harías –el hombre sonrió encantado.

Confundida, Emilia hizo otra reverencia y se dio la vuelta para regresar al gran salón, donde la danza estaba en su punto álgido. La multitud se movía como una gran bestia. Emilia distinguió a la condesa entre un grupo de mujeres y luchó para llegar a su lado.

–¿Y dónde estabas? –preguntó la condesa sonriéndole levemente.

–Visitando a mis primos –mintió y, aunque dirigió su mirada hacia el rincón de los músicos, sus ojos se encontraron en cambio con la mirada del caballero de la chaqueta de brocado dorado, que ahora charlaba con el barón mientras la observaba por encima del borde de su copa.

Después de que la condesa se volviera a casar y se mudara a los Países Bajos, Emilia fue enviada de un lado a otro entre Londres y Grimsthorpe con el barón y su esposa. Emilia sabía que a la baronesa no le caía particularmente bien y, cuando esta última quedó embarazada, se mostró aún menos dispuesta a hacerse cargo de la joven.

Así fue como Emilia se encontró en un galeón mercante de tres cubiertas, azotada por la lluvia, rumbo a Dinamarca, convencida de que iba a morir.

El barón había sido enviado en una misión diplomática y no tuvo más alternativa que arrastrar a Emilia con él. A diferencia de él, ella nunca había estado en un barco y mucho menos en medio de una tormenta. Emilia pasó la primera mitad del viaje luchando contra el mareo. Después de una semana, se había acostumbrado al balanceo del mundo bajo sus pies, pero aun así pasaba la mayor parte del tiempo en su diminuta cabina. A veces le escribía a la condesa, usando una caja de escritura que esta le había dado como regalo de despedida («Escribe tus historias, Emilia, y envíamelas»). Otras veces leía libros de normas de etiqueta, con la esperanza de poder hacerse lo más invisible posible en la corte danesa. Los sábados encendía una vela sobre su pequeña mesa de luz y recitaba en silencio una oración en hebreo y rezaba en el templo secreto de su propia mente.

Eso era, de hecho, lo que estaba haciendo cuando el barco se inclinó tan bruscamente que la vela cayó y rodó por el suelo de madera de la cabina. Emilia se lanzó a atraparla, pensando que no habría nada peor que un incendio en un galeón. Mientras la llama se apagaba en un charco cada vez más grande, comprendió lo equivocada que estaba.

Emilia supuso que una fuga era algo de lo que el capitán debía estar al tanto. Se colocó una bata sobre su ropa de dormir y abrió la puerta de la cabina.

Fue como atravesar el umbral del infierno.

Una ráfaga de agua salada la azotó en el rostro, haciéndole arder los ojos. En esa parte del barco, el agua le llegaba a los tobillos, y seguía entrando por la escotilla, que conectaba con la tercera cubierta del galeón. La madera crujía, estirada al máximo. Un estrépito como el de un árbol astillado rugió en los oídos de Emilia y luego un golpe sacudió todo el barco.

Ella se quedó en el mismo lugar, con el calzado empapado, hasta que el galeón se inclinó de nuevo y la lanzó con fuerza contra la pared. Se frotó la cabeza en el lugar donde se había golpeado con la madera, justo cuando uno de los jóvenes marineros pasó corriendo a su lado, cargando rollos de cuerda.

–¡Regrese abajo, milady! –le gritó.

Se imaginó atrapada en la pequeña habitación mientras el barco descendía en una lenta danza hacia el fondo del océano. Entonces giró hacia la escalera por la que el muchacho se había deslizado, se recogió las faldas entre las piernas y comenzó a subir.