Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El viaje a casa fue bastante largo. Abandonar la isla para empezar una nueva vida iba a ser de lo menos emocionante. Papá y mamá querían tener algo más de intimidad, por eso eligieron Puente del Rey para vivir. Un pueblo en el norte de la península con grandes playas y un puerto y una universidad con algo de prestigio. Una ciudad tranquila y bien comunicada. Miré por la ventanilla durante todo el viaje. En mis auriculares se reproducía la canción de «Better than ever» de Billie Eilish. A mi lado, el imbécil de Nerón mirando su móvil. Finalmente papá detuvo el coche. —Contemplad este rinconcito. Mi hermano y yo miramos por nuestras respectivas ventanillas. El paisaje era verde y las casas bajas con paredes de colores. Era alucinante ese pequeño trozo del norte. Puso el freno de mano y nos miró por el retrovisor. Pausé la canción y guardé los cascos. Era hora de conocer ese rincón nuevo llamado hogar.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 352
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Sonia Chipont
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-126-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A mi compañero de viaje y a mi oruga que
Poco a poco está convirtiéndose en mariposa.
Gracias por creer en mí.
Prólogo
Papá y mamá han decidido mudarse a un pueblo tranquilo debido a la popularidad de su cadena hotelera.
Llegamos a una mansión situada a las afueras, una universidad céntrica repleta de gente nueva y un equipo de fútbol local.
Todo empieza bien hasta que comienzo una relación a escondidas con un amigo de mi hermano y este último me hace la vida imposible.
¿Confiar en el karma? Por supuesto.
1. FLAVIA
—Bueno, ya hemos llegado —dijo mamá mientras abría la puerta del coche.
Mi hermano y yo nos apresuramos a bajar del todoterreno de papá. Como estábamos sentados en la parte trasera, cada uno salió por su puerta. La de mi hermano estaba justo delante de la casa y la mía al otro lado.
—Buena choza —dijo mi hermano.
Me dirigí al lado de mi hermano, me puse justo a su lado derecho.
—Me gusta más que la de Tenerife —dije finalmente contemplando aquella mansión.
Papá tardó un poco más en bajar del lado del conductor. Se apresuró al lado de mamá, que se encontraba apoyada en el coche mirando a la casa.
—Ahora tenéis que elegir habitación —dijo mientras sonreía. Se giró hacia nosotros bruscamente—. A ver si por una vez en la vida os poneis de acuerdo en algo y escogéis habitación sin pelearos. —Puso el brazo por el hombro de mamá. Volvió a mirar a la casa—. Tenéis seis habitaciones. —Mamá le pegó un codazo en las costillas—. Bueno, cinco —dijo soltando aire debido al codazo de mamá—. Una es para nosotros. —La miró embobado mientras mamá le devolvía la mirada.
Papá y mamá eran la pareja ideal. Ambos trabajaban juntos en la cadena hotelera del abuelo Antonio, el padre de mamá. El primer hotel del abuelo nació en Tenerife, pero después de varios años se expandió por todas las islas Canarias y la península.
Nosotros vivíamos en Tenerife, teníamos nuestra vida allí. La empresa se había expandido, por lo que nos tocó mudarnos a Puente del Rey, una ciudad del Norte peninsular. Esta ciudad tiene un puerto enorme y todo lo demás es campo y monte. También he leído que las fiestas de junio de esta ciudad son bastante conocidas, es impresionante.
—Flavia —interrumpe mi hermano—, te dejo elegir habitación si eres mi sirvienta durante una semana.
—¿Eres gilipollas, Nerón?
Mi hermano sonrió. Acto seguido Nerón abrió el maletero y sacó su maleta de ropa. Mañana llegaría el camión con todo lo demás. Poca cosa, ya que la casa que habíamos comprado tenía bastante mobiliario, por lo que la casa de Tenerife se quedó casi intacta al venderla.
—Me subo —dijo mirándome fijamente—, voy a elegir habitación a la de una, a la de dos.
—¡Ni pensarlo! —exclamé mientras cogía mi pequeña maleta del maletero.
Nerón echó a correr en dirección a la puerta. Papá y mamá se quedaron donde estaban, supongo que no querían interrumpir la decisión de sus dos hijos.
Llegamos al vestíbulo donde predominaba una enorme escalera. Nerón subió muy deprisa, saltando escalones y yo lo seguía.
—Flavia, eres muy lenta —dijo mientras corría hacia arriba sin ni siquiera mirarme.
—Te odio.
Una vez arriba, Nerón se limitó a abrir puerta por puerta. Yo miraba las habitaciones que mi hermano dejaba con la puerta abierta con la finalidad de elegir la mejor.
—¡Esta para mí! —gritó Nerón mientras entraba en una de las habitaciones.
—Primero quiero verla y después ya veremos si es tuya —dije apresurándome a entrar en la misma habitación.
La habitación que mi hermano había elegido era una de las más grandes. Tenía una enorme cama, sin sábanas ni nada. Una ventana que daba justo a un pedazo de bosque enorme, ya que vivíamos en las afueras de la ciudad y un baño independiente con entrada justo dentro del dormitorio.
Nerón lanzó la maleta a un lado y se tiró de espaldas a la cama poniendo sus brazos por detrás de la cabeza.
—¿Qué te parece? —preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Que te la quedes —dije apretando los dientes—, elegiré yo otra.
Salí de la habitación dejando al imbécil de mi hermano tumbado en la cama. Volví al principio de la sala, justo donde empezaban las escaleras y me puse a mirar habitación por habitación. Finalmente me decanté por la segunda.
—Esta para mí —dije en voz alta.
—Flavia y Nerón, ¿seguís vivos? —preguntó mamá desde el piso de abajo.
—¡Sí, por ahora! —grité.
Dejé mi maleta a un lado y me puse a mirar con detenimiento mi cuarto. Tenía una cama igual de grande que la de Nerón, un baño independiente y una ventana con vistas al jardín trasero.
—Bajad, tenemos que contaros todo lo que tenemos planeado para vosotros —dijo papá en voz alta.
Unos pasos se escucharon por el pasillo hasta que llegaron a la puerta de mi habitación.
—Hermanita, ¿te espero o puedes bajar sola? —dijo mi hermano apoyándose en el marco de la puerta.
—¿Era necesario estar sin camiseta por la casa? —pregunté con cara de asco mientras lo miraba de arriba abajo.
Mi hermano sonrió y se apresuró a bajar antes que yo al piso de abajo. Yo fui tras él.
Nerón y yo no teníamos nada en común. Él era mi hermano mayor, tenía veintiún años, repitió un curso en el instituto y ahora estaba en la universidad estudiando segundo de ingeniería. Sinceramente un imbécil como Nerón no sé por qué está estudiando ese tipo de carrera. Nerón siempre ha sido el suspiro de las chicas y de los chicos que le rodeaban. Jugaba al fútbol en Tenerife, era bueno, realmente bueno y cada mes tenía una novia nueva. Era alto, delgado pero fibrado y tenía un par de tatuajes: uno en el pecho en forma de tribal que se lo hizo con diecisiete años y otro en el gemelo, un tributo al Joker, el payaso ese del murciélago de los cómics.
Yo era todo lo contrario. Tímida, un poco más bajita que él. Me encantaba la ropa de marca y sobre todo leer, me encantaba sumergirme en las historias que leía. Mi pelo era liso, moreno como el de mi hermano y mis ojos eran verdes como los de Nerón o los de mi madre. Aunque mi carácter tímido no me cohibió de haber tenido dos novios formales que a diferencia de Nerón yo sí había presentado a mi familia. ¿El motivo de ruptura? El primero Jonathan, me puso los cuernos y recibió un puñetazo de mi hermano. El segundo simplemente me dejó, por lo que tengo entendido, porque Nerón lo amenazó para que lo hiciera, ya que la diferencia de edad entre nosotros era bastante considerable.
Y ahora os preguntareis: ¿por qué mi hermano y yo tenemos esos nombres históricos? Por mi madre. Ella es aficionada a la antigua Roma, de hecho, publicó un libro sobre la caída del Imperio romano de Occidente. Mamá me contaba historias de Roma y yo siempre he flipado con ellas. De hecho, hice primero de carrera de historia en Tenerife, así que supongo que ahora aquí tendré que matricularme para hacer segundo.
Cuando llegué al piso de abajo, encontré a mi padre sentado en uno de los butacones del salón, a mi madre en el otro y a Nerón en el sofá, cómo no, tumbado en él.
—Aparta —dije quitándole los pies del sofá para poder sentarme.
Nerón soltó un bufido y bajo la atenta mirada de mamá, a regañadientes, los quitó dejándome sitio.
Sonreí y el me hizo una mueca. Cómo sabía lo que más le fastidiaba. Qué pesado era, de verdad.
—Bueno —comenzó papá—, ya hemos solicitado plaza en las universidades de la zona. Empezareis el lunes —continuó—, tenéis el fin de semana libre pero…
—¡Necesito salir de fiesta! —gritó mi hermano interrumpiendo a mi padre.
—¿Tú solo? —pregunté irónicamente.
—Nerón, deberías acercarte al estadio y apuntarte al equipo de fútbol local —dijo mamá.
—Lo haré. —Se levantó—. Eso es lo primero que voy a hacer. —Miró a papá—. ¿Qué día es?
Puse los ojos en blanco.
—Viernes —dije finalmente soltando un bufido.
—Te quiero como agenda personal, hermanita —dijo mientras me cogía los mofletes apretándolos con los dedos.
—¡Papá! —grité mientras le daba manotazos en las manos para que me soltara—. Dile que pare.
Mi padre puso los ojos en blanco y comenzó a masajearse la sien. Mamá soltó una risa que hizo que papá se riera con ella.
—No puedo con vosotros, de verdad —dijo papá finalmente.
Un pitido de claxon suena fuera.
—Deben ser los abuelos —dijo mamá.
Los padres de mi madre todavía seguían con vida. De hecho, el abuelo fue quien fundó la empresa. Los padres de papá no estaban, pero mis abuelos lo trataron como a un hijo más. A los abuelos paternos no llegué a conocerlos, murieron justo cuando yo tenía un año y, bueno, supongo que Nerón no se acordará de ellos.
Mamá se levantó a abrir la puerta y Nerón, papá y yo nos pusimos detrás de ella.
—¡Mamá! —gritó mamá corriendo con los brazos abiertos.
La entrada de nuestra casa era de adoquín oscuro. Tenía un porche y justo delante unos maceteros gigantes. Los coches se quedaban fuera aparcados. El jardín se encontraba en la parte trasera presidido por una enorme piscina. Supongo que el clima del norte tendría algún parecido con el de las islas. ¿O no?
—¿Dónde están mis dos nietos preferidos? —preguntó la abuela acercándose a la entrada.
Mi hermano y yo sonreímos. Abrimos los brazos para que la abuela nos abrazara. Ella vino lo más rápido que pudo, dio un abrazo corto a papá que la esperaba con nosotros y nos abrazó a los dos a la vez.
—¡Cómo os he echado de menos! —dijo mientras nos apretujaba.
—Abuela, solo hace unas horas que no nos vemos —dijo Nerón cogiendo el poco aire que la abuela le dejaba debido a su apretujón.
—¡Cómo está mi familia! —gritaron desde el enorme porche Cayenne negro.
El abuelo.
Mi abuelo de joven debió de ser super atractivo. Todavía conservaba en pelo blanco peinado hacia atrás, usaba siempre gafas de sol, porque al tener los ojos claros, la luz solar le molestaba y siempre vestía con chaquetas de paño en invierno y en costosos trajes. Era delgado con barba arreglada y blanca y siempre olía muy bien. Creo que la abuela también tiene algo que ver en que el abuelo vista y se cuide de esa manera.
Mi abuela era igual. Era una persona que se cuidaba mucho. Era buena y sencilla, aunque siempre le gustaba mucho comer en restaurantes buenos de la zona.
El abuelo se acercó a nosotros.
Nos abrazó con ternura.
—Siempre oliendo tan bien, abuelo —dije sonriéndole mientras se separaba de nosotros.
—Ya sabes —dijo acercándose a mi oreja—, a la abuela le encanta este perfume —susurró.
Yo sonreí. Estaba acostumbrada a ese tipo de amor, al de toda la vida, al mágico.
—Abuelo —dijo Nerón volviéndolo a abrazar—. ¿Puedes dejarme el coche esta tarde? —preguntó casi en un susurro.
El abuelo se apartó y le sonrió hasta que finalmente asintió con la cabeza.
—¿Por qué no coges el de papá? —pregunté enarcando una ceja.
—Porque me gusta el Porche del abuelo. Se liga más.
Puse los ojos en blanco.
—Vale, Nerón —dije con un bufido que hizo sonreír al abuelo—. ¡Papá! —grité girándome hacia mi padre—. Nerón le ha pedido el coche al abu.
—¿Otra vez? —preguntó papá—. Don Antonio. —Se acercó al abuelo y lo cogió por los hombros—. No hace falta que le deje el coche.
—No es molestia, de verdad —dijo el abuelo mientras le cogía las manos a papá.
No es molestia, dice. La última vez le destrozó el coche al abu porque se estrelló contra una farola. A ver qué le pasaba hoy.
El abuelo le lanzó las llaves a Nerón. Este se apresuró a subirse al coche.
—¡Nerón! —gritó mamá—. Ponte una camiseta, haz el favor.
Nerón volvió dentro y subió dirección a su cuarto. Yo me quedé abajo con la familia. Entramos a la casa y cerramos la puerta de entrada.
A los pocos minutos el timbre sonó. La abuela fue a abrir.
—Buenas tardes —carraspeó—. ¿La familia.. —dijo mientras miraba una nota como si no se acordara de nuestro apellido— De la Torre?
—Sí —dijo mi abuela con una sonrisa.
—Somos Clara y Álvaro García —volvió a carraspear—, los trabajadores de…
—¡Hola! —gritó la abuela—. Bienvenidos a la familia. —Los abrazó.
La abuela era así de espontánea.
La abuela acompañó a ambos trabajadores al salón donde estábamos todos para así poder conocerlos.
—Familia —comenzó—. Estos son Clara y Álvaro. Los nuevos trabajadores de la casa.
Ambos saludaron con la mano.
Clara era un poco más mayor que yo. Bajita y con los ojos más negros que el carbón. Su piel era tostada y su pelo largo y negro. Tenía un lunar justo encima del labio. Él se parecía muchísimo a ella, supongo que eran hermanos.
—Encantados —dijo mamá levantándose para extenderles la mano.
Ambos la aceptaron sin soltar palabra. Supongo que eran bastante tímidos.
—¡Volveré tarde! —gritó Nerón abriendo la puerta de entrada.
—¡Nerón! —gritó papá. Nerón entró y fue al salón—. Estos son los nuevos trabajadores de la casa, Clara y Álvaro.
La cara de ella se iluminó conforme vio al imbécil de mi hermano. Sus manos seguían cruzadas justo delante de ella, pero su mirada no dejaba detalle de mi hermano.
—Encantada —dijo Clara extendiéndole una mano a Nerón.
—Lo mismo digo —le dijo sonriendo. Se volvió a nosotros—. Me voy.
Nerón salió por la puerta y escuchamos el motor del coche del abuelo. Supongo que traerá el coche de una pieza.
2. NERÓN
Conduje hacia el centro de la ciudad. Esta casa estaba totalmente alejada de la zona urbana. Mientras conducía cogí el teléfono.
¡Joder, Nerón, podrías parar para poner el GPS!
Mi conciencia tenía razón, tenía que parar para poder configurar el GPS, así que paré justo en una zona de descanso de camino a la ciudad.
Cogí el móvil y puse el GPS. Puse el estadio más cercano y lo activé.
«Dirígete hacia el noroeste por la carretera del Palmar».
¡Que voz más desagradable, de verdad!
Seguí conduciendo hasta que el GPS dijo : «¡Ha llegado a su destino!».
Apagué la aplicación y aparqué el coche en el parking justo en la puerta del estadio. Me puse las gafas de sol negras que tenía colgadas del cuello de mi camiseta y entré.
Justo en el campo, vi cómo varios jugadores entrenaban. Unos corrían alrededor del estadio y otros se tiraban la pelota.
Vi a un hombre de cierta edad con los brazos en jarras, una gorra roja y un pito en la boca. Supongo que ese era el entrenador.
Me acerqué a él.
—Buenas tardes.
El hombre se giró hacia mí y comenzó a mirarme de arriba abajo. Cosa que me incomodó mucho.
—¿Qué quieres? —preguntó finalmente.
—Vengo a entrenar con vosotros —dije extendiéndole una mano.
El hombre empezó a reír.
—Como los veinte chicos que han venido a lo largo de la semana. —Se giró hacia el campo —Lárgate.
—Déjeme demostrarle lo que sé —dije casi rogándole.
El hombre volvió a girarse hacia mí y enarcó una ceja.
—Está bien. —Se volvió a girar hacia los jugadores que entrenaban. Comenzó a señalar—. Ponte con Luca y Mario a dar toquecitos a la pelota. Luego le haces siete vueltas al campo, corriendo a ritmo constante y después lanzas cuatro veces a la portería. —Soltó el pito, que cayó justo en su pecho ya que estaba cogido por una cuerda—. Si marcas los cuatro después de todo ese entrenamiento, te quedas.
—Voy en vaqueros —dije mirándome los pantalones—, podrías dejarme algo de ropa de deporte, ¿no?
El hombre comenzó a reír.
—Esa es la gracia, muchacho —dijo dedicándome una sonrisa.
Me dirigí hacia los dos chicos que pegaban toques a la pelota con los pies.
Me puse enfrente de ellos y me pasaron la pelota. Comencé a tocarla con ambos pies, con la cabeza y se la pasé a uno de ellos.
Estuve jugando con ellos durante tres cuartos de hora.
—¡Muchacho! —gritó el entrenador—. Ahora las vueltas.
Comencé a correr alrededor del campo hasta que completé las vueltas pactadas. Ahora solo quedaban los cuatro tiros a portería.
—¡José! —gritó el entrenador mientras señalaba la portería.
José se puso delante de la portería con las manos delante de él.
¡Maldito José! ¡Era un tío enorme que llegaba hasta el palo más alto de la portería!
Me puse en posición y lancé el primer tiro.
—¡Gooool!—grité agitando las manos.
El primero ya estaba metido, ahora faltaban los otros tres.
Todo el equipo dejó de entrenar y se centró en mi prueba.
Volví a lanzar la pelota contra José y así las tres veces restantes. Todos los tiros acabaron en la red de la portería, por lo que cuando acabé me giré hacia el entrenador, quien enarcó una ceja y caminé hacia él.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, comenzó a aplaudir, sorprendido.
—Bien hecho, chico —dijo sin dejar de aplaudir—. Bien hecho.
—¿Entonces —dije mirándolo fijamente— me das tú el equipamiento o lo compro aparte? —dije mientras le sonreía.
El hombre me extendió la mano.
—Soy Leo, el entrenador de este equipo.
—Mucho gusto, me llamo Nerón.
Dos jugadores se acercaron a nosotros.
—Hola, soy Luca —dijo con una sonrisa.
—Encantado, Nerón.
—Y yo Mario. —Extendió la mano.
—Bien, señores —comenzó a gritar Leo para todos los jugadores—, os presento a Nerón, nuevo jugador de Puente del Rey Fútbol Club.
Todos saludaron con la mano.
—Acompáñame, chico —dijo Leo alejándose del campo.
Me limité a seguirlo mientras entrábamos en una oficina justo al lado de los vestuarios. Leo comenzó a buscar algún papel en su archivo situado en una de las estanterías detrás de una silla giratoria que presidía una mesa.
Me senté en una de las sillas que estaba al otro lado.
—Bueno, Nerón —dijo Leo sin dejar de buscar lo que quiera que buscase—, eres canario, ¿no?
—Creo que resulta obvio por el acento que me gasto —vacilé.
Leo rio.
—Aquí estás —dijo sacando un papel y tendiéndomelo encima de la mesa.
Cogió un boli y me lo acercó.
—Tienes que firmar este papel y poner tus datos para poder jugar aquí —continuó—, no es un equipo famoso aquí en Puente del Rey, pero muchos ojeadores vienen a estos pequeños equipos con la finalidad de encontrar una estrella que destaque y llevarlo a un equipo de más categoría.
Firmé el papel e introduje los datos. Cuando acabé, se lo di a Leo, el cual se había sentado en su silla giratoria. Cuando lo tuvo en las manos, comenzó a leer.
—De la Torre —dijo enarcando ambas cejas —. ¿De los hoteles De la Torre?
—Sí —dije mirándolo extrañado—, mi madre es la directora.
—¿Y por qué llevas el apellido de tu madre primero?
—Así lo decidieron mis padres —dije poniendo mis manos entrelazadas encima de la mesa—, espero que esto no suponga un problema para el equipo.
—En absoluto —dijo con una sonrisa—. Aunque me inquieta saber... —Puso sus manos encima de la mesa y me miró con atención—. ¿Por qué eliges jugar aquí? A ver, no me malinterpretes, muchacho, solo que, con el dinero que supongo que tienes... —Sonrió—. Podrías jugar en un equipo mejor si lo quisieras.
—No quiero —interrumpí—, estoy estudiando ahora mismo una ingeniería y no quisiera centrarme solo en jugar al fútbol.
Leo sonrió. Comenzaba a hacer un calor horroroso en esa oficina. Las gotas de sudor caían por mi frente y empapaban mi camiseta. Leo estaba justo igual sudando y mojando también sus axilas.
—Vaya calor hace aquí, ¿no? —pregunté abanicándome con mi mano derecha.
—Supongo que igual que en Tenerife. —Se levantó—. Mañana jugamos contra un equipo local. Si quieres, puedes empezar a jugar el domingo. —Se apoyó en la mesa—. ¿Qué me dices?
Me levanté.
—Allí estaré.
Esbocé una sonrisa que Leo me devolvió. Estrechamos las manos y salí de la oficina.
De camino al parking coincidí con Luca, Mario y dos chicos más que iban hacia el mismo lugar a coger sus coches.
—¡Ey! —gritó Luca—. Al final has decidido quedarte con nosotros. No es fácil impresionar a Leo. —Pasó su mano por mi hombro.
—Bueno —dije apartándome se su agarre—, he hecho lo que he podido.
—Mira —dijo Mario pasándome un brazo por mis hombros—. Este es Héctor y este rubiete de ojos marrones —comenzó a hacerme ojitos— es Sergio.
—Eres imbécil, Mario —dijo Sergio mientras le empujaba del hombro.
—Supongo que serás bueno con las tías. —Sonreí—. Por eso te hace ojitos.
—¿Y tú no? —preguntó Sergio señalándome de arriba a abajo—. ¡No me creo que no tengas éxito!
—Algo sí. —Sonreí.
—Lo sabía —continuó—. Sabía que eras uno de los míos. —Se puso a mi lado—. Los tíos como nosotros, Nerón, somos fáciles de conquistar, pero difíciles de olvidar.
Llegamos al parking y Mario, Luca, Sergio y Héctor se dirigieron al mismo coche. Supongo que compartían vehículo. Yo apreté la llave para abrir el mío. Las luces del Porchedel abuelo se iluminaron dejando boquiabiertos a los cuatro.
—¡Qué barbaridad! —exclamó Luca—. ¿Esa joya es tuya?
Sonreí.
—Es de mi abuelo. —Me encogí de hombros.
—¿Pasas droga? —preguntó Héctor.
Solté una carcajada.
—Por ahora no.
—No es justo —dijo Mario—, yo tengo que conformarme con un Ford fiesta de segunda mano.
—No te quejes tanto, señorito Mario —dijo Sergio golpeándole el hombro—, por lo menos te lleva.
—Tuviste que hablar tú que tienes un jodido jeep en tu casa —dijo Luca a Sergio.
—No me quejo.
—Este imbécil de aquí —señaló Luca a Sergio— tiene unos padres con mucho dinero.
—¡Ya estamos! —exclamó.
—Sus padres tienen barcos de pesca —comenzó a reír Mario.
—¡Y eso que tiene que ver! —exclamó Sergio.
Todos comenzaron a reír. La verdad es que no me caían nada mal esta gente. Si me soltaba en un par de semanas, sería como ellos o peor.
—Mañana salimos por el centro —dijo Mario—. Podrías venirte.
—Perfecto. —Sonreí—. ¿Quedamos aquí? —Enarqué una ceja—. Es lo poco que conozco de este pueblo.
—Mándanos ubicación y pasamos a por ti con el jeep del forrado este —dijo Héctor.
Asentí con la cabeza y me despedí de ellos. Me subí al coche y conduje hacia casa.
3. FLAVIA
Menudo aburrimiento estar aquí sola. Echo de menos al inútil de Nerón. Ya van a ser las ocho de la tarde y el capullo este no ha aparecido.
Dios santo, cada vez me parezco más a mi madre.
La puerta de entrada se abre y yo bajo las escaleras para verle la cara a Nerón.
Este entra con una sonrisa y se dirige al salón donde están mis padres.
—El domingo tengo partido en el estadio —dijo alegremente mientras se dejaba caer en el sofá.
Mamá apartó el libro que estaba leyendo y esbozó una sonrisa.
—¿No me digas? —Sonrió—. Iremos a verte.
Papá estaba en la cocina y los abuelos creo que en el jardín tumbados en una hamaca bebiendo caipirinhas.
—¡Valentin! —gritó mi madre. Mi padre se asomó por la puerta dirección al salón—. El niño juega el domingo.
—¿No me digas? —Me senté en el otro lado del sofá con los brazos cruzados. Papá se acercó a Nerón—. Iremos a verte.
—Eso ya lo habéis dicho —dije con tono burlesco.
—¿Estás celosa? —preguntó mi hermano en un susurro lo suficientemente alto para que lo oyese.
—No te creas. —Le eché una mirada fulminante desde el otro lado del sofá—. Sigues siendo imbécil.
—Y tú una mañaca.
La palabra mañaca quizá no esté en la RAE pero es una forma de decirle infantil a una persona en un idioma inventado por el gilipollas de mi hermano. Lleva diciéndome eso desde que éramos pequeños.
—¿Ah, sí? —Enarqué una ceja—. Y tú eres un bananero.
Comencé a reír. Sabía lo mucho que le irritaba esa palabra. En el instituto, mi hermano se puso un pantalón de chándal gris una mañana. Pues bien, iba tan dormido ese día que se le olvidó ponerse calzoncillos. Imagínate lo que se le notaba el paquete conforme andaba por el patio. La broma se acabó cuando Nerón le pegó una paliza a uno de tercero, un curso mayor que él, por burlarse de él. Y ahí se acabó la broma hasta que le saqué el apodo de bananero.
—¡Flavia! —gritó mamá desde el sillón—. Deja a tu hermano.
Nerón soltó una sonrisa que hizo que yo pusiera los ojos en blanco. Mi padre se sentó en el otro sillón al cabo de un rato. Cogió el mando y puso la televisión. Mamá no se distraía con nada cuando estaba leyendo algo interesante, un gran punto a su favor.
—Mañana por la noche he quedado con los del equipo para salir por el centro.
Mamá apartó el libro y lo cerró dejándolo en la mesita de café de delante del sofá. Papá lo miró enarcando una ceja y yo le miré con curiosidad.
—¿Están buenos? —pregunté mirándolo fijamente.
—¿En serio? —preguntó con cara de asco—. Ni se te ocurra, Flavia.
Me reí. Sabía lo mucho que le molestaba que me fijara en algún amigo suyo. Eso solo me pasó una vez y lo amenazó con que no se acercara a mí. Si supiera de que Luis fue mi primera vez, quizá no le haría tanta gracia seguir manteniendo el contacto con él. Aunque prefiero que siga sin enterarse porque es capaz de coger un avión hasta Tenerife y partirle la cara.
El móvil de Nerón Vibró. Nerón lo cogió y lo miró con una sonrisa.
—¿Quién es? —pregunté curiosa.
—Nadie que a ti te importe. —Se levantó del sofá y subió las escaleras.
Esto iba a ser más duro de lo que pensaba. El imbécil de mi hermano ya había hecho amigos y yo estaba sola en casa durante todo el fin de semana.
Salí al jardín trasero y me senté en la única hamaca libre cerca de mis abuelos. Los dos estaban riéndose mientras sostenían una de las caipirinhas en sus manos. Yo los miré con atención y sonreí. ¡Cómo se querían!
—Y bien, Falvia —comenzó mi abuelo dando un sorbo a su copa—. ¿Te gusta la casa?
—Me encanta. —Sonreí—. De hecho me ha gustado desde el primer momento en el que la pisé.
—¿Tienes ganas de empezar la universidad? —preguntó la abuela.
—Sí. —Me miré las manos—. Quiero hacer amigos aquí.
—Los harás. —Se incorporó el abuelo. Se acercó a mí y se me sentó al lado en la misma hamaca—. Ya lo creo que los harás.
—¿Tú crees? —pregunté con incredulidad.
—Por supuesto. —Me sonrió—. Tengo la corazonada de que todos querrán ser tus amigos, incluso antes de conocerte.
Yo había dejado todo en Tenerife y hacer amigos no era mi especialidad. De hecho, mis únicos amigos eran Pedro e Irina, los cuales fueron conmigo al instituto y después a la misma universidad en la isla.
Me levanté de mi hamaca. Besé al abuelo en la cabeza y a la abuela en la mejilla y me dirigí a mi habitación. Una vez entré, cerré la puerta tras de mí y me tiré en la cama. Miré el móvil y vi que tenía algunos whatsapp del grupo de amigos de la facultad.
TONY:
¿En serio, Pedro?
PEDRO:
¡Y tan en serio! ¡Me ha puesto un cuatro en metodología!
Dejé el móvil en la mesilla. No me interesaba la conversación lo más mínimo. Despedirme de mis amigos había sido duro. Todos lloramos cuando finalmente decidí irme, pero no quedaba más remedio.
Los echaría de menos.
Me puse de lado mirando a la ventana y me quedé dormida.
4. NERÓN
Los del equipo me metieron en un grupo de whatsapp. Había como trece participantes. Pude ver quiénes eran uno por uno por su foto de perfil.
MARIO:
¿Pasamos a por ti o qué?
LUCA:
¿Nerón?
YO:
Sí, os paso ubicación.
HÉCTOR:
Perfecto. Mañana a las
ocho en la puerta
Dejé el móvil en la mesita de noche y me quedé mirando al techo un buen rato. A lo mejor no había sido tan malo venir aquí, ¿no? En Tenerife tenía algunos amigos, pero nada importante, ya que me pasaba la mayor parte del tiempo con chicas. Mis relaciones no duraban más de dos meses. Cuando empezaba a sentir algo, me alejaba de ellas sin más. Parece cruel, pero me asustaba.
En ese momento alguien golpea la puerta de mi dormitorio.
—¡Pasa!
Era Clara.
—Voy a acostarme. ¿Deseas algo? —Estaba sonrojada y con la puerta medio abierta intentando no mirar al interior.
—Pasa —le dije incorporándome de la cama.
Esta tarde noté cómo me había mirado cuando aparecí en el salón. Era algo mayor que Flavia, yo diría que de unos veinte años, no estoy del todo seguro. Tenía unos ojos negros que no se diferenciaba el iris de la pupila y, por lo que estoy viendo en este momento, es tímida.
Finalmente pasa dentro de la habitación dejando la puerta abierta tras ella y entrelazando sus manos posándolas justo delante de ellas dejándolas caer hasta tener los brazos totalmente estirados hacia abajo.
—Cierra la puerta.
Clara obedece. La cierra y se queda justo como estaba al principio. No me mira y eso me excita. Noto cómo la sangre va toda al mismo sitio provocándome una erección. Va vestida de negro, con unos leggins apretados y una camiseta de manga corta.
La miro atento, pero ella no gesticula, sigue mirando al suelo.
—Mírame.
Clara levanta la cabeza al fin y me mira intentando aguantarme la mirada. Le doy dos toquecitos en mi cama invitándola a sentarse. Clara no parpadea, solo me mira fijamente sin moverse.
Finalmente me levanto. Estoy en bóxer por lo que la evidencia de que estoy realmente empalmado queda a la vista. Ella mira mi paquete y aparta la mirada con los ojos abiertos. He notado cómo me ha mirado desde que ha llegado y esa mirada hace que se me ericen el vello del cuerpo.
Me acerco hacia ella y cuando la tengo justo delante de mí, me coloco justo a su espalda. Tiene el pelo recogido por una coleta por lo que facilita mucho más el poder acercarme a su cuello.
Acerco mis labios justo a su nuca y le tiro mi aliento notando como se le eriza la piel.
—Dime, Clara —le susurro en el oído—, ¿has visto algo que te guste en tu nuevo trabajo?
No sé por qué hago estas cosas, la verdad, pero Clara es una chica llamativa. Tiene curvas y eso me encanta.
Ella no se mueve. Sigue mirando a un punto fijo sin hacer ningún movimiento. Yo sigo pegado a su nuca.
—Mi hermano me está esperan…
—Chsss —la interrumpo—, ¿quieres irte?
Ella asiente con la cabeza. Me separo de ella y le dejo espacio. Me alejo poco a poco hasta ponerme delante. La puerta está justo detrás de ella. Finalmente voy hacia mi cama, dejándole libertad. Después de asentir que quería marcharse, mi erección baja.
—Vete.
Ella se gira hacia la puerta y sale de mi habitación cerrando de un portazo. Vuelvo a coger el móvil y marco a uno de mis ex rollos que siempre me coge el teléfono.
—Espero no haberte despertado. —Esbozo una sonrisa.
—Tú nunca molestas.
Comenzamos a charlar. Julia me dice lo que está haciendo. Ella se encuentra tumbada en su cama al igual que yo. Ambos estamos excitados, se nos nota en la voz y comenzamos a tocarnos. En ese momento la puerta se abre.
Es Clara.
—Julia —digo mirando a Clara fijamente—, tengo que dejarte.
—¿Me vas a dejar así, Nerón?
Cuelgo y dejo el teléfono en la mesilla. Clara no se aparta de la puerta, la cual permanece abierta.
—He vuelto —dice mientras cierra la puerta lentamente.
Yo no dejo de mirarla. Ella comienza a acercarse a la cama y se tumba justo a mi lado. Ahora el que no se mueve soy yo. Estoy alucinando.
—No sé si iba en serio o no. —Comienza a tocarme el torso desnudo con una de sus manos mientras que apoya su cabeza en la otra mirándome—. Pero no sabes lo mojada que estoy ahora mismo.
¡Joder con Clarita!
Me giro hacia ella y la beso. Es un beso apasionado que ella corresponde. Acto seguido la coloco justo encima de mí, encima de mi erección y su parte íntima custodiada por esos leggins apretados rozan la mía. Los besos se hacen más intensos y ella comienza a moverse encima de mí restregando su vagina en mi erección.
Le cojo de las caderas y la ayudo a moverse. Me va a dar algo.
Se baja de mí y se coloca de pie en la cama. Se saca los leggins como puede dejándome ver su tanga negro que cubre muy poco sus partes. Me bajo el bóxer y dejo mi intimidad al descubierto. Ella se inclina hacia ella y la coge con una de sus manos mientras con la otra se apoya para no caerse. Comienza a chuparla muy dulcemente y yo no dejo de gemir.
¿Cómo puede ser que Clara lo haga tan bien?
Al cabo de un rato y con las mejillas sonrojadas, se apartó y se puso justo encima de mí, lanzando a un lado su ropa interior.
Me estiré hasta alcanzar el cajón primero de la mesilla de noche. Lo abrí y comencé a buscar como pude un preservativo.
Clara se mordía el labio.
Finalmente di con él. Lo abrí y me lo puse. A los dos segundos tenía a Clara encima de mí, moviéndose como loca y gimiendo con susurros para no despertar a toda la casa.
La agarré por la cintura, imitando sus movimientos y ayudándola con las manos estrujándole las caderas.
Después de unos cuantos movimientos, un gemido intenso salió de mí y arqueé la espalda. Mi clímax había llegado. Clara lo consiguió unos segundos después.
Dejó caer su cabeza hasta esconderse en mi cuello, exhausta. Al cabo de pocos minutos una sensación incómoda me invadía.
Aparté a Clara de encima y ella se puso de pie enseguida. Solo llevaba el sujetador puesto.
Comenzó a buscar su ropa interior desesperadamente mientras yo me tapaba con la sábana de cintura para abajo.
—Creo que debo irme —dijo finalmente.
Asentí con la cabeza.
Ella se puso el tanga de encaje negro que llevaba y los leggins que estaban justo casi en la puerta del baño. Se arregló un poco el pelo y salió de mi habitación cerrando la puerta a su espalda.
Me quedé un rato mirando al techo. Todavía tenía el condón usado puesto.
Me lo saqué mientras andaba hacia el baño para tirarlo a la papelera y así lo hice. Me deshice de él automáticamente.
Cogí mi bóxer y me los puse.
Acto seguido me tumbé en la cama intentando dormirme.
No dejaba de pensar en lo que había pasado hace unos minutos. No estaba planeado y había sido el polvo más frío de mi vida.
Finalmente me puse de lado, tapado de cintura para abajo, y me dormí.
5. FLAVIA
El despertador me sonó a las nueve de la mañana. Me pasé la mano por la cara intentando espabilarme y me levanté de la cama. Apagué la alarma con una ceja enarcada y dejé el móvil en la mesilla.
Mi pijama era horrible. No sé por qué me compré ese pijama barato cuando fui a Candem Town el año pasado. Sinceramente no tenía gusto para elegir. Era de pantalón corto y manga corta con un dibujo extraño de un pulpo en el centro de la camiseta. Horrible.
Me dirigí al armario buscando algo de ropa. Me decanté por un pantalón blanco largo y una blusa fresca de color rosa pálido. Me recogí el pelo con una coleta alta y me lavé la cara en el lavabo.
Me dirigí a las escaleras. Me quedé parada al ver que la puerta de Nerón estaba todavía cerrada.
«El imbécil este no se ha despertado». Me dije.
Hice una mueca y bajé hasta llegar a la cocina.
Allí estaba Álvaro preparando el desayuno.
—Buenos días, señorita Flavia.
—¿Estás solo? —pregunté apoyada en el marco de la puerta.
—Sí. —Me sonrió dejando lo que estaba haciendo—. Mi hermana aún no se ha despertado, estuvo trabajando hasta tarde la pobre.
—¿Trabajando hasta tarde? —pregunté sorprendida—. Sí que os dejaron trabajo los abuelos. —Sonreí—. Estaban tomando algo de alcohol en el jardín, pero no sabía que dieran tanta faena.
No sé por qué ni cómo, pero no me cuadraba. Ayer el servicio terminó sobre las once de la noche y supongo que se iría a la cama. A no ser que cierta distracción estuviese despierta para molestar al personal.
Puse los ojos en blanco y crucé los brazos sobre mi pecho mirando fijamente a Álvaro.
Álvaro tendría unos veintisiete años. Pelo oscuro y el mismo color de piel tostado que su hermana.
—¿A qué hora llegó tu hermana a la habitación? —dije mirándolo fijamente.
—Pues supongo que sobre la una y pico de la madrugada —dijo enarcando una ceja.
—Vale. —Me giré y fui al salón donde se encontraba mamá vestida con una falda de tubo blanca, sus tacones rojos y su camisa floreada. Estaba sentada en uno de los sillones del salón con una taza de café en una mano y un par de papeles en la otra. Estaba leyéndolos mientras mi padre la miraba desde el sofá—. Mamá —interrumpí—, ¿a qué hora se fue el servicio a dormir?
Mi madre dejó los papeles en el brazo del sillón. Papá y mamá me miraron.
—Supongo que como siempre, sobre las once de la noche.
Me dirigí corriendo hacia las habitaciones, subiendo las escaleras de dos en dos. Cuando llegué a la habitación de Nerón toqué la puerta con bastante fuerza.
«¡Maldito seas!», dijo mi consciencia.
Nerón ya lo hizo una vez en Tenerife hace un par de años más o menos. Se acostaba en secreto con la cocinera, un poco mayor que él. Siempre lo hacía por la noche cuando el servicio se dirigía a sus habitaciones. Por su culpa despidieron a Naya.
La puerta se abrió mostrándome a Nerón en boxers negros, el pelo alborotado que cubría sus ojos y los labios hinchados.
—Vamos, no me jodas —dije enfadada mientras Nerón se encontraba apoyado en su puerta entreabierta.
—¿A ti que te pasa, mañaca?
Le empujé por los hombros.
—¡Otra vez, tío! —empecé a poner los ojos en blanco.
—Flavia, olvídame.
Y me cerró la puerta en las narices.
No puedo creerme que Nerón se volviese a acostar con trabajadoras del servicio. ¡Imbécil!
Apreté los puños al lado de mi cuerpo y en ese momento la puerta de la habitación de Clara se abrió.
Clara se estaba cogiendo el pelo con una pinza mientras salía de la habitación. Al verme se quedó helada. Yo seguía apretando los puños en mi costado, pero ahora mirándola a ella.
—Buen... Buenos días, señorita Flavia.
—¿Qué cojones le veis? —Me acerqué a ella—. ¿Qué cojones le veis para caer todas? ¡Todas! —grité.
Clara tenía todavía la pinza en la boca y el pelo agarrado con sus manos. Sus ojos se abrieron como platos mirándome fijamente.
—No sé de qué me habla. —Intenta esquivarme para llegar a las escaleras.
—Oh, ya lo creo que lo sabes. —Me giré hacia ella, que se había alejado un poco dándome la espalda—. ¡No me des la espalda!
Ella se colocó por fin la pinza en el pelo. Acto seguido se giró hacia mí y se acercó acortando la distancia entre las dos.
—Mira —comenzó—, no sé de me estás hablando, pero en mi tiempo libre puedo hacer lo que me dé la gana. Ya sea un paseo por el jardín trasero como follarme a tu hermano.
Mis ojos se abrieron sin quitarle ojo a Clara y mi boca también. Ella me dedicó una sonrisa y se dirigió a las escaleras. Comenzó a bajarlas dejándome ahí, alucinada por sus palabras.
En ese momento la puerta de la habitación de Nerón se abre. Yo estaba justo a la derecha de la habitación de mi hermano, así que salió y cerró la puerta tras el sin percatarse de mi presencia.
—¡Joder, Flavia! —gritó conforme me vio—. Me has asustado.
Nerón se acercó a mí al ver que no me movía y que seguía con la misma expresión que había conservado los últimos cinco minutos.
—Tu novia es imbécil.
—¿Mi novia? —Sonrió mientras se acercaba a mí.
—Sí. —Me relajé y lo miré con furia—. Tu novia me ha hablado de mala manera, Nerón.
—Pues habla con mamá.
Nerón bajo las escaleras y se dirigió a la cocina. Yo le seguí.
—Nerón. —Él se paró justo en el vestíbulo y se giró hacia mí con una ceja enarcada—. ¿No podías estarte quieto? —pregunté bajando los últimos escalones—. Te da igual lo que le pase a esa chica, ¿verdad? —Asintió sonriente—. ¿Te da igual dejarla sin trabajo? —Abrí los ojos.
—¿Sinceramente? Un poco. —Se encogió de hombros—. Además, fue solo una noche.
—Llevamos una noche aquí.
—Lo sé. —Sonrió—. Me muero de hambre. —Me besó en la frente y se fue a la cocina.
El timbre sonó.
Abrí la puerta y un chico de la edad de Nerón apareció justo delante. Llevaba pantalones vaqueros y una camiseta básica azul marino. Sus gafas de sol cubrían sus ojos y un arito dorado adornaba su oreja izquierda.
—Hola. —Sonrió—. ¿Está Nerón?
Asentí con la cabeza y me aparté para que pasara.
El chico parecía fascinado con la casa y eso que solo estaba en el vestíbulo.
Por cierto, ¡qué barbaridad de hombre!
El pantalón le realzaba el trasero y el reloj de su muñeca lo hacía más varonil. Su voz grave era muy sexy y su altura, parecida a la de mi hermano, me dejaba ver desde mi perspectiva sus labios carnosos asomar de su perfil.
—Está en la cocina —señalé para que me siguiera.
—Por cierto, soy Luca.
—Yo Flavia.
Luca me siguió hasta llegar a Nerón.
—Nerón —dije apoyándome en el marco de la puerta mientras lo veía engullir en la mesa de cocina—, Luca.
—Luca. —Se acercó y le estrechó la mano—. Pensaba que no vendrías y menos tan pronto.
—Lo sé. —Sonrió—. Pero me sobraba algo de tiempo y me he acercado.
Mi hermano invitó a su amigo a sentarse en la mesa.
—Clara. —La miró—. Hazle café a mi amigo.
Yo me retiré. Subí a mi habitación y me tumbé en la cama a puerta cerrada.
Los amigos de mi hermano nunca me defraudaban. Todos los amigos de Nerón en Tenerife jugaban al fútbol. Mi casa siempre había sido un desfile de traseros varoniles bien definidos y en la piscina de la casa un concurso de abdominales.
Cada verano merecía la pena tomar el sol en alguna de las hamacas de la piscina.
Visto lo visto, este año iba a ser igual que en Tenerife y eso me gustaba.
6. NERÓN
—¿Tengo que dejarte ropa, no? —pregunté a Luca mientras subíamos a mi habitación. —¿Tienes pensado algo?
— ¡Que locura de casa, tío! —exclamó mirando hacia todos los lados—. No sé, Nerón, lo que tú quieras dejarme.
Llegamos a mi habitación y entramos. Luca se sentó en el borde mi cama y yo comencé a revolver mi armario. Saqué dos pantalones vaqueros largos, tres camisas, dos blancas, una de ellas con los botones azules marinos y una negra.
—Me quedo con esta. —Agarró la camisa negra y el vaquero más oscuro. Supongo que le quedaría bien, ya que Luca era moreno de piel.
