Conflicto armado en el Perú - Alonso Gurmendi - E-Book

Conflicto armado en el Perú E-Book

Alonso Gurmendi

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Beschreibung

El libro explora uno de los debates más encarnizados del Perú moderno: ¿Fue la lucha contrasubversiva contra Sendero Luminoso un conflicto armado? El propósito de la publicación es dar contenido a los términos de este debate estudiando la Época del Terrorismo desde la perspectiva del Derecho Internacional Humanitario. Analizado de esta forma, el autor concluye que sí existió un conflicto armado en el Perú, pero que las consecuencias de ello no son las que se han difundido en el imaginario nacional. El libro desmitifica el conflicto, corrigiendo los errores generados luego de casi veinte años de debate nacional politizado, más concentrado en el legado de ciertas personalidades, que en un entendimiento exacto de lo ocurrido. ¿Cuándo hay un conflicto armado? ¿Califica Sendero Luminoso como un grupo beligerante? ¿Cuál es la relación entre el terrorismo y los conflictos armados? Las preguntas que este libro responde prometen reencuadrar completamente la discusión sobre la Época del Terrorismo, ofreciendo mayores y mejores elementos de discusión para el futuro.

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© Alonso Gurmendi, 2019

De esta edición:

© Universidad del Pacífico

Jr. Gral. Sánchez Cerro 2141

Lima 15072, Perú

CONFLICTO ARMADO EN EL PERÚ LA ÉPOCA DEL TERRORISMO BAJO EL DERECHO INTERNACIONAL

Alonso Gurmendi

1.ª edición e-book : noviembre de 2019

Diseño de la carátula: Icono Comunicadores

ISBN e-book 978-9972-57-430-6

BUP

Gurmendi Dunkelberg, Alonso.

Conflicto armado en el Perú : la época del terrorismo bajo el derecho internacional / Alonso Gurmendi. -- 1a edición. -- Lima : Universidad del Pacífico, 2019.

178 p.

1. Terrorismo -- Aspectos legales -- Perú

2. Conflicto armado (Derecho internacional)

3. Derecho humanitario

I. Universidad del Pacífico (Lima)

342.4 (SCDD)

La Universidad del Pacífico no se solidariza necesariamente con el contenido de los trabajos que publica. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin permiso de la Universidad del Pacífico.

Derechos reservados conforme a Ley.

Agradecimientos

Este libro no habría sido posible sin el apoyo de numerosas personas que, de diversas formas, me ayudaron a sacarlo adelante y a quienes quisiera agradecer. En primer lugar, a mi esposa y mejor amiga, Carolina Jatene, quien me incentivó a escribir este libro desde nuestra primera cita y me apoyó incansablemente durante el proceso de redacción y publicación; este volumen no existiría sin ella. A mi familia: mi papá, Luis; mi mamá, Gloria; y mi hermana, Lía, que siempre han estado allí para mí en todos mis proyectos. A mis sobrinas, Rafaella y Alessia, y a mi ahijada Annie, que me llenan de orgullo. A Carolina Neyra, María Fe Álvarez Calderón, Elody Malpartida y Andrea Tafur, asistentes de investigación de la Universidad del Pacífico, quienes me ofrecieron un invaluable apoyo con la búsqueda de documentos. Al Comité Internacional de la Cruz Roja, tanto en Lima como en Ginebra, por su ayuda con la recolección documentaria. A María José Caro, Galo Garcés, Ricardo Sarria, Joaquín Missiego, Alberto de Belaunde y Carlos Rivera por su contribución en la obtención de documentos durante la investigación. A Carlos J. Zelada y María Elena Romero por su rol crucial en el proceso de publicación. Finalmente, a aquellas personas que anónimamente decidieron brindar su apoyo, incluidos a los colegas que revisaron el texto final durante el proceso de revisión de pares. Les debo a todos mi sincero agradecimiento.

Introducción

La época del terrorismo fue uno de los momentos más difíciles que le ha tocado vivir al país. Se trata de un periodo de nuestra historia que –como la Guerra con Chile– siempre se encontrará fresco en la memoria de los peruanos. Perdimos amigos, hermanos, padres, madres; incontables tragedias que marcarán por siempre el recuerdo de este pueblo.

La dureza del recuerdo y lo encarnizado de nuestras pérdidas nos llevan a defender con uñas y dientes nuestra propia forma de recordarlo, nuestra versión de los hechos y la de nadie más. El ejercicio de memoria colectiva que se produce, entonces, parte casi destinado al choque de opiniones y al enfrentamiento.

Esto es exactamente lo que sucede con la idea de que la época del terrorismo fue –jurídicamente hablando– un conflicto armado interno. Existe mucha resistencia a la noción de que en una lucha tan cruenta como la que nos enfrentó a Sendero Luminoso, los estándares internacionales de derechos humanos y del derecho internacional humanitario puedan constreñir la actividad del Estado. La sabiduría popular y el instinto de supervivencia se rehúsan a aceptarlo y plantean más bien alternativas donde la legítima defensa del Estado contra el terror puede avalar cualquier práctica, cualquier política, sin importar el costo.

Los peruanos no somos los primeros ni seremos los últimos en tener este debate. En 1625 Hugo Grocio, el llamado «padre del derecho internacional», decía en el prólogo de su monumental obra, Del derecho de la guerra y la paz, que estudiar la aplicación del derecho en la guerra es esencial: «Un trabajo como este es necesario porque, hoy en día, así como en tiempos pasados, nunca faltan individuos que vean a esta rama del Derecho con desdén, como si no tuviese mayor existencia que la de un rótulo sin contenido» (Grocio, 2012, p. 1)1.

El derecho, sin embargo, sí juega un rol en la guerra; allí donde el orden social se estira hasta su punto más débil. «Los historiadores», cuenta Grocio, «revelan en más de un pasaje lo influyente que es en la guerra el conocimiento de que uno tiene la justicia de su lado» (Grocio, 2012, p. 8)2. En términos simples, para vencer a un monstruo no es necesario convertirse en uno.

Ese es pues el legado del Perú. Un pueblo que honra la memoria de héroes como Miguel Grau, quien no solo salvó a numerosos náufragos chilenos durante la Guerra del Pacífico, sino que «con la hidalguía del caballero antiguo» devolvió a Carmela Carvajal, viuda de Arturo Prat, las pertenencias de su difunto marido. Es la memoria de un pueblo que puede jactarse de nunca haber iniciado una guerra de agresión y nunca haber conquistado por la fuerza territorio alguno, incluso pudiendo hacerlo3. El Perú no puede pretender manchar ese legado cuando la lucha sucede en sus propias entrañas.

Es por esto que escribo este libro, convencido de poder persuadir a mis compatriotas no solo de lo correcto del análisis legal, sino de la conveniencia de respetar y aplicar el derecho internacional a la época del terrorismo. El accionar del Estado requiere de límites. Un Estado que no los tenga será poco más que una máquina asesina, disparando desde la impunidad de quien sabe que sus acciones no tendrán consecuencias.

Así, quienes proponen la ley de la eficacia y el pragmatismo en la lucha contra el terrorismo, quienes alegan que en la guerra las leyes callan, parten de un error común: la idea de que la lucha se libra contra un «otro» fácilmente identificable, con quien hay que ser inclemente. Pero el prospecto de un Estado de crueldad ilimitada debería asustarnos. Un Estado que puede torturar, que puede matar y que puede encarcelar sin previo juicio ni debido proceso es también un Estado que difícilmente se tomará la molestia de indagar quién es digno de ser respetado en sus derechos y quién no. La crueldad sin límites es, después de todo, ilimitada.

Este libro, por ende, ofrecerá una visión jurídica de la época del terrorismo, con el fin de demostrar su conveniencia sobre aquella que pregona la política del Estado ilimitado. En los siguientes capítulos se desplegará un nuevo recuento de nuestra historia, uno que pueda ser digno del legado de nobleza e hidalguía que este país ha construido con base en tanta sangre y tanto esfuerzo.

La intención de este libro es ofrecer una explicación técnicamente correcta, pero destinada al público en general, que permita contribuir a mejorar el debate nacional. Este propósito se ve reflejado en ciertas decisiones tomadas sobre el estilo del libro, la forma de explicar ciertos conceptos y, en especial, el deseo de escribir una obra que sea percibida como cercana y cordial por el lector. Un libro escrito desde una torre de marfil, alejado de las discusiones del día a día y lleno de tecnicismos, latinismos y conceptos complejos, jamás podría alcanzar ese objetivo. Este deseo, entonces, se ve reflejado en la organización misma del libro, la selección de los temas en los que ahonda y, sobre todo, en el uso de la primera persona singular al momento de la redacción, en vez del plural mayestático formal. Espero que estas decisiones permitan al lector lograr una mayor sinergia con el tema de la que podría alcanzar con un libro de texto tradicional.

1 Traducción del autor. El texto original dice: «Such a work is all the more necessary because, in our day as in former times, there is no lack of men who view this branch of law with contempt as having no reality outside of an empty name».

2 Traducción del autor. El texto original dice: «The historians in many a passage reveal how great in war is the influence of the consciousness that one has justice on his side».

3 Recuérdese que el Perú tomó Guayaquil.

Capítulo ILa época del terrorismo en el Perú

Un recuerdo de Chuschi

El Perú de mediados de mayo de 1980 era un país lleno de ilusión e incertidumbre. Luego de doce años de dictadura militar, la presión social en contra del Gobierno del general Francisco Morales Bermúdez le había forzado a convocar primero a una Asamblea Constituyente y, luego, a elecciones generales, con lo cual ponía fin al así llamado «Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas». Todos los rincones del país se encontraban haciendo los preparativos para esas elecciones. Era, sin lugar a dudas, un momento histórico.

Chuschi, un pequeño poblado en el distrito homónimo de la provincia de Cangallo, en el departamento de Ayacucho, también estaba preparándose para las elecciones. El 17 de mayo de 1980, sin embargo, un día antes de que estas se dieran, un grupo de cinco encapuchados irrumpió por la fuerza en el local del jurado electoral, quemando los padrones y las actas que habían sido dispuestas para el día siguiente (CVR, 2003, II, p. 29).

Para los encapuchados, miembros del llamado Partido Comunista del Perú –Sendero Luminoso–, ese día marcó el inicio de lo que denominaron una «guerra popular»4 en contra del Estado peruano (CVR, 2003, II, p. 29). Tres días después de la incursión en Chuschi, otros senderistas robaron un arma de asalto a un policía que resguardaba la Embajada de Nicaragua en Lima. Una semana después, el 13 de junio, el local de la Municipalidad de San Martín de Porres fue incendiado con bombas molotov. Luego, el 19 de julio, 1520 cartuchos de dinamita fueron robados de la mina Benito Melgarejo, en Ayacucho. El 28 de julio, mientras el nuevo presidente Fernando Belaúnde Terry daba su discurso de asunción de mando, los senderistas dinamitaron una torre de alta tensión en Chonta, Huancavelica (Desco, 1989, p. 65).

Para el nuevo Gobierno accionpopulista, sin embargo, estos hechos no eran más que exageración. Los encapuchados de Chuschi fueron rápidamente capturados y el Gobierno prontamente minimizó el problema (CVR, 2003, II, p. 29).

Lo cierto, no obstante, es que estos eran los primeros pasos de un esfuerzo concertado y estratégicamente planeado a lo largo de varios años para colapsar al Estado peruano y tomar el poder por las armas. Sería la mayor amenaza para la existencia y la seguridad del Estado peruano desde el final de la Guerra del Pacífico en 1884. La hondonada terrorista que ocurrió en los años venideros no solo tomó por sorpresa a la joven democracia peruana, sino que la superó por completo. De hecho, la historia de Chuschi puede dejar un fiel, aunque amargo recuerdo, de lo que era el Perú en las décadas de 1980 y 1990. Chuschi, después de todo, no solo fue el lugar donde se quemaron once actas electorales. También fue sede de por lo menos dos «juicios populares», en donde fuerzas senderistas ejecutaban extrajudicialmente a las autoridades civiles de la zona (Desco, 1989, pp. 83 y 100), y una instancia de ejecuciones extrajudiciales a manos de las fuerzas del orden (CVR, 2003, VII, p. 495).

La historia de Chuschi es pues la historia del Perú entero. Un pueblo sometido a la barbarie de una organización militarizada, terrorista y subversiva empecinada en «hacer genocidio» y «batir el campo» (CVR, 2003, II, p. 30), pero atrapado también por la respuesta desesperada y desmedida de un Gobierno completamente superado. Luego de dos décadas de esta catastrófica combinación, nuestro país entró al nuevo milenio dividido, herido e indignado al mismo tiempo. Un pueblo sin una guía clara de hacia dónde debería llevarlo la nueva época de paz que avizoraba.

En este capítulo relataré la historia de la época del terrorismo en el Perú. El objetivo será intentar entender lo sucedido desde una perspectiva poco aplicada en el debate público peruano: aquella que lo aleja de un debate ideológico sobre el legado de ciertas personas y más bien analiza dicho periodo histórica y legalmente desde los hechos que acontecieron.

Sendero Luminoso: incertidumbres iniciales

Cuando los terroristas de Sendero Luminoso se hicieron presentes en el Perú de inicios de los años ochenta, las causas que motivaban su subversión y la explicación de sus orígenes representaron un reto para algunos de los más renombrados expertos en materia de insurgencias, revoluciones y alzamientos en armas. De hecho, hoy, con la ventaja que el tiempo nos brinda, resulta muy interesante revisar esta doctrina hacia el pasado y detectar los errores que se cometieron al intentar explicar a Sendero.

Para cuando los primeros académicos estadounidenses presentaron sus estudios sobre el Perú a inicios de los años ochenta, en este país existía aún una carencia de trabajos de investigación formales sobre el senderismo. La información relevante se hallaba repartida, principalmente, en las páginas de revistas y semanarios como Caretas y Quehacer, fuentes que podían fácilmente escapar al ojo de los primeros investigadores5. Así, los dos trabajos pioneros en materia de Sendero Luminoso en aparecer desde la academia estadounidense, «Why Peasants Rebel: The Case of Peru’s Sendero Luminoso», de Cynthia McClintock (1984), y «Rebellion in Rural Peru: The Origins and Evolution of Sendero Luminoso», de David Scott Palmer (1986), se aproximaron a la cuestión desde una premisa errada: que Sendero Luminoso era un grupo rebelde de origen netamente campesino6.

Basándose en entrevistas personales que llevó a cabo a inicios de los años ochenta en Ayacucho, McClintock señala que «la conducta de los ciudadanos de Ayacucho sugiere un apoyo masivo [a Sendero Luminoso]» (McClintock, 1984, p. 55)7. Para ella, la pobreza, la falta de oportunidades y la crisis de subsistencia del campesinado peruano lo habían llevado a la revolución. «[L]os campesinos de la Sierra», menciona, «habían puesto sus esperanzas primero en la reforma agraria, solo para darse cuenta después de que la reforma casi no los benefició en términos materiales; luego, tenían la esperanza de que los partidos marxistas y el nuevo Gobierno democrático mejorarían su suerte, solo para ver que su situación empeoró. Algunos campesinos, por ende, estaban listos para escuchar los llamados de Sendero Luminoso» (McClintock, 1984, pp. 80-81)8.

McClintock termina su artículo señalando que el elemento sine qua non para el surgimiento de Sendero fue la crisis de subsistencia en la sierra sur y que si bien Sendero tendría dificultades para atraer a las comunidades costeras y urbanas a su causa, en la sierra de Ayacucho, «donde la furia y desesperación del campesinado es intensa, Sendero u otros grupos similares podrían mantener altos niveles de violencia por muchos años» (McClintock, 1984, pp. 83-84)9.

El segundo de los artículos pioneros mencionados, «Rebellion in Rural Peru», de David S. Palmer, se concentra también en las necesidades insatisfechas del campesinado, pero ataca el problema desde una perspectiva concentrada en el rol de la Universidad de Huamanga como foco de creación de doctrinas radicales. Para Palmer, «[c]on la creciente influencia de perspectivas marxistas y maoístas en la universidad, estos estudiantes estaban frecuentemente expuestos a una visión del mundo que exaltaba su propia clase y orígenes étnicos y varios programas que les daban oportunidades para beneficiar a su propia gente. Los líderes de Sendero desarrollaron hábilmente una base de militantes de entre estos alumnos» (Palmer, 1986, p. 138)10. Así, el origen de Sendero se encontraría en la relación dialéctica entre el centro y la periferia peruanas, siendo simplemente la «más reciente manifestación de una rica tradición de rebelión en la periferia en contra de abusos reales y percibidos de parte del centro» (Palmer, 1986, p. 141)11. Es más, su artículo incluye frases tan chocantes como que «es posible, si bien improbable, que la Batalla de Ayacucho de los 1980s pueda adquirir la misma importancia para la “liberación” de los marginados de América Latina que la que tuvo la Batalla de Ayacucho de 1824 para la liberación de América de la dominación colonial española» (Palmer, 1986, p. 127)12.

Lo cierto, sin embargo, es que Sendero distaba mucho de ser un movimiento campesino (Degregori, 2011, pp. 55-57). Los artículos de McClintock y Scott Palmer fueron objeto de una severa crítica cuando, en 1991, Deborah Poole y Gerardo Rénique publican «The New Chronicles of Peru: US Scholars and Their “Shining Path” of Peasants Rebellion». En este artículo, Poole y Rénique argumentan que McClintock y Palmer dieron por sentado que Sendero tenía que ser un grupo campesino, sin estudiar en detalle la historia y el contexto en el que fue creado. En ese sentido, «[e]sta presunción a priori es necesaria para que McClintock pueda moldear la organización político-militar extremista de Sendero para convertirla en un caso apropiado con el cual intervenir en diversos debates teóricos de la doctrina de las revoluciones campesinas» (Poole & Rénique, 1991, p. 140)13. Para inicios de la década de los 2000 la noción de Sendero como un movimiento campesino había quedado ya completamente desacreditada14. Como señaló un artículo de 2001, «la evidencia del Departamento de Ayacucho sugiere que Sendero Luminoso generó extenso y considerable resentimiento cuando intentó imponer en el campesinado, por medio de la fuerza, una estrategia revolucionaria que no solo ponía en riesgo la seguridad personal, sino también exacerbaba los propios problemas económicos que habían llevado a que los rebeldes tengan una buena medida de simpatía popular en primer lugar» (Fumerton, 2001, p. 472)15.

Se puede sostener, entonces, que la correcta interpretación de lo que sucedía en el Perú tomó más tiempo del que debería, tanto a nivel político como académico. No es sino hasta finales de los ochenta que los grandes trabajos peruanos sobre el senderismo, «Qué difícil es ser Dios. Ideología y violencia política en Sendero Luminoso», de Carlos Iván Degregori16; y Sendero Luminoso: historia de la guerra milenaria en el Perú, de Gustavo Gorriti17, ven la luz del día. Es recién a partir de estos estudios que poco a poco la cara real de Sendero como organización político-militar fundamentalista –y no campesina– empieza a aflorar.

Sendero Luminoso: orígenes e ideología

La historia del senderismo en el Perú tiene que comenzar necesariamente retrocediendo en el tiempo para volver a contar la historia del comunismo en el país. Sendero Luminoso es, después de todo, una de las tantas vertientes desencadenadas por la interpretación de las ideas del fundador del socialismo peruano, José Carlos Mariátegui18.

Luego de la muerte de Mariátegui, y por influencia de la III Internacional Socialista, se fundó en el Perú el Partido Comunista Peruano (PCP), modelado con base en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Para 1956, sin embargo, el PCUS empezó una serie de reformas ideológicas que incluían la llamada «tesis de la coexistencia pacífica, competencia pacífica y posibilidad de tránsito pacífico al socialismo». La idea de que la violencia no era ya el único camino al socialismo creó un cisma en el movimiento comunista internacional, específicamente debido a la posición del Partido Comunista Chino (PCCh), que consideraba que la guerra popular era un componente esencial de este proceso (CVR, 2003, II, pp. 14-16).

Esta división del comunismo llegó al Perú en 1964, apenas dos años antes del inicio de la Revolución Cultural de Mao, y ocasionó la subdivisión del PCP en dos: por un lado, el PCP-Unidad, de corte prosoviético; y, por otro, el PCP-Bandera Roja, de corte prochino (Poole & Rénique, 1991, p. 141). Abimael Guzmán era un partidario del PCP-Bandera Roja y dirigente del Comité Regional José Carlos Mariátegui de Ayacucho. Por ese entonces, el PCP-Bandera Roja era liderado por Saturnino Paredes, un asesor gremial amigo de Abimael Guzmán (CVR, 2003, II, pp. 16-17). La relación era tal que, cuando el ala de juventudes del PCP-Bandera Roja se escindió para formar lo que hoy conocemos como el PCP-Patria Roja, Guzmán decidió mantenerse del lado de Paredes, fiel al PCP-Bandera Roja original (Poole & Rénique, 1991, p. 141).

No obstante, conforme pasó el tiempo, la rivalidad ideológica entre Guzmán y Paredes fue creciendo hasta que, en 1970, Guzmán y los integrantes del Comité Regional de Ayacucho fueron expulsados del partido acusados de ser «oportunistas liquidacionistas de izquierda […] defensores de la práctica del ilegalismo y el clandestinismo total» (Poole & Rénique, 1991, pp. 186-187). Guzmán, pues, veía al liderazgo de Paredes como «de derecha» y se oponía a que el partido viera con buenos ojos la reforma agraria realizada por el Gobierno militar, así como a sus campañas de organización del proletariado sin un plan revolucionario concreto en marcha (Poole & Rénique, 1991, pp. 186-187). Expulsados del PCP, Guzmán y sus poco más de setenta seguidores a nivel nacional decidieron independizar al Comité Regional de Ayacucho y refundarlo bajo el nombre de PCP-Sendero Luminoso (CVR, 2003, II, p. 17). De allí en adelante, Guzmán quedaría libre para poner en marcha su plan para iniciar una «lucha popular» que le permitiera tomar el control del país por la fuerza19.

Con una ideología hiperviolentista, convencido de la necesidad de la guerra popular y la militarización de la sociedad, Sendero inicia sus actividades secretas de adoctrinamiento en la Universidad de Huamanga, buscando encontrar individuos que conformen una base partidaria ideológicamente cohesionada (CVR, 2003, II, pp. 18-19). Con este propósito, empiezan a participar en la vida universitaria, tratando de infiltrarse y capturar el mayor número posible de organizaciones sociales y estudiantiles, incluyendo la Federación Universitaria (FUSCH) y el movimiento regional Frente de Defensa del Pueblo (Poole & Rénique, 1991, p. 156). Sendero también intentó afianzar conexiones nacionales en las Universidades de La Cantuta y del Centro (CVR, 2003, II, p. 21).

Sin embargo, la labor infecciosa de este Sendero de inicios de los setenta no estuvo dirigida a ni fue particularmente exitosa con el campesinado al que decían representar. En palabras del mismo Abimael Guzmán, «el partido tiene carácter de masas, pero no es de masas […] nuestro partido es un partido de militantes, de dirigentes, una máquina de guerra» (Guzmán, citado en Poole & Rénique, 1991, p. 149). Esta noción del carácter de masas tenía relación directa con la noción de que, para el senderismo, «el campesinado sólo puede ser un actor político efectivo en alianza con el proletariado urbano y sólo puede actuar bajo el liderazgo del partido revolucionario como la vanguardia ideológica y política del proletariado» (Poole & Rénique, 1991, p. 148)20.

A pesar de estos esfuerzos, Sendero Luminoso no representó una fuerza particularmente dominante de la izquierda en el Ayacucho de los años setenta y hacia 1973 perdió la elección del FUSCH a manos de una coalición de grupos anti-Sendero (Poole & Rénique, 1991, p. 157). Preocupados por la falta de poder del partido en la política local, el III Pleno del Comité Central de Sendero Luminoso decide en 1973 intentar expandir su influencia hacia las «masas» (CVR, 2003, II, p. 21; Poole & Renique, 1991, p. 157).

La aproximación senderista a las «masas», no obstante, fue poco ortodoxa y, en vez de consistir en un trabajo de convencimiento, se tradujo en lo que denominaron proceso de construcción de «organismos generados» (Poole & Rénique, 1991, p. 157). Los organismos generados, que eran creados por Sendero como núcleos ideológicamente cohesionados alrededor del pensamiento Gonzalo y absolutamente fieles al partido, tenían la misión de conquistar el liderazgo de todas las organizaciones sociales a las que entraban o, en caso de fracasar, de avocarse a dividirlas y crear instituciones paralelas rivales (CVR, 2003, II, p. 21).

Sin embargo, ni siquiera este nuevo intento por lograr primacía entre la izquierda peruana funcionó y para 1975 había sido incapaz de convocar una base campesina significativa, siendo más bien opacados por otras organizaciones campesinas de izquierda como la Confederación Campesina del Perú y la Confederación Nacional Agraria. Como señalan Poole y Rénique, para finales de los setenta, «Sendero Luminoso desaparece de la organización gremial del campesinado» (Poole & Rénique, 1991, p. 157).

A pesar de estos fracasos, Sendero continuó con su estrategia silenciosa en Ayacucho, convencido de que era la sociedad la que debía adecuarse al partido y no el partido a la sociedad. En 1977, el Comité Central de Sendero Luminoso tomó la decisión de elaborar un Plan Nacional de Construcción que enarbolara los principios y estrategias para lanzar la guerra popular. Tomada esa decisión, el senderismo atravesó los siguientes años un proceso de autoconvencimiento y planificación, en el que Abimael Guzmán se dedicó a sentar las bases ideológicas de la «guerra» (CVR, 2003, II, p. 22)21.

Esta guerra popular, como ya he mencionado, se inició en Chuschi el 17 de mayo de 1980 con la quema de actas y ánforas electorales. La estrategia de esta guerra consistía en la creación de la llamada República de la Nueva Democracia desde donde se implementaría una ideología denominada «marxista leninista maoísta pensamiento Gonzalo» (CVR, 2003, II, pp. 15 y 44)22. Esto, en otras palabras, significaba que Sendero intentaría tomar el control del campo peruano convenciendo a los campesinos de alzarse contra un sistema opresor. Desde sus posiciones en las comunidades, Sendero implementaría un sistema de absoluta «igualdad» comunista, en donde la producción agrícola debía limitarse a la subsistencia. De esta forma, al campesinado se le prometía una sociedad menos desigual, en donde nadie tuviera excedentes que lo hicieran más rico que el resto. Por otro lado, la estrategia permitía a Sendero crear una escasez de alimentos en el mercado peruano que pondría en jaque a las ciudades, forzando al «viejo Estado» a responder violentamente en defensa del sistema (CVR, 2003, II, p. 44)23. Esta oposición campo-ciudad permitiría a Sendero Luminoso posicionarse como el defensor del pueblo y del campo y lo llevaría a la conquista del poder gracias al apoyo popular. Una vez en el poder, Sendero forzaría a todo el país a someterse a este mundo sin lucro y sin excedentes bajo pena de muerte por traición. La República de la Nueva Democracia se habría rápidamente convertido en una nueva Kampuchea o en Corea del Norte.

Las etapas de la violencia terrorista

A efectos de poder entender lo sucedido, he dividido la época del terrorismo en tres etapas24: i) inicio; ii) la militarización y apogeo de Sendero Luminoso; y iii) el cambio de estrategia y la victoria del Estado. Sin embargo, antes de entrar al detalle de cada una, es necesario hacer un pequeño preludio para explicar la doctrina de la contrainsurgencia y su relevancia para la estrategia contrasubversiva peruana.

Preludio: la contrainsurgencia

En términos técnicos de doctrina militar, una confrontación entre un grupo terrorista y el Estado soberano como la ocurrida durante la época del terrorismo debe ser entendida como un fenómeno de insurgencia y contrainsurgencia25. La insurgencia es definida por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos como «un movimiento organizado dirigido al derrocamiento de un gobierno constituido mediante el uso de la subversión y el conflicto armado» (United States Department of the Army, 2007, p. 2)26. La contrainsurgencia, por el contrario, se trata del esfuerzo realizado por el Estado para derrotar una insurgencia.

Insurgencia y contrainsurgencia son dos tipos de operaciones militares muy diferentes (United States Department of the Army, 2007, pp. 2 y 4). El Estado no puede emprender una guerra de insurgencia y el grupo no estatal no puede emprender una de contrainsurgencia. La contrainsurgencia es la única forma razonable para el Estado, que no puede aproximarse a una insurgencia como si fuera una guerra convencional. Como señala David Galula, por un lado, «[l]a estrategia de guerra convencional ordena conquistar el territorio del enemigo [y] la destrucción de sus fuerzas. El problema en este caso es que el enemigo no controla territorio y se rehúsa a combatir por él. Está en todos lados y en ningún lado a la vez» (Galula, 2006, p. 50)27. Por otro lado, la estrategia de insurgencia deviene también en inútil para un Estado que deriva su poder precisamente de sus activos físicos visibles y su fuerza militar superior, no de activos clandestinos. «¿Cómo, contra quién, podría usar [el Estado] las tácticas de su enemigo? Sólo [el Estado] es quien puede ofrecer objetivos para operaciones guerrilleras» (Galula, 2006, p. 51)28.

El insurgente, por lo tanto, aspira a ser tan flexible y escurridizo como un pez en el agua (Tse-tung, 1989, p. 93), difícil de atrapar para las fuerzas de contrainsurgencia del Estado, que usualmente no están entrenadas para lidiar con un enemigo de este tipo. Los insurgentes ganan si generan caos y desorden donde sea; el Gobierno, en cambio, solo podrá evitar el fracaso si logra mantener un nivel de orden suficiente en todos lados (United States Department of the Army, 2007, p. 4). La contrainsurgencia es, por ende, una estrategia militar altamente compleja y poco convencional; en palabras del Manual de contrainsurgencia (Army/Marine Corps Counterinsurgency Field Manual) de Estados Unidos, «no solamente una guerra para gente inteligente, sino que es el estudio de postgrado de la guerra» (United States Department of the Army, 2007, p. 1)29.

En una insurgencia los subversivos deben utilizar su desventaja numérica y sus limitaciones militares para lograr que sea el propio Estado el que se destruya a sí mismo y arroje a su población desesperada a sus manos. Como señala Galula, «en la guerra revolucionaria, la fuerza debe ser evaluada por el nivel de apoyo de la población», no por el tamaño de cada fuerza armada (2006, p. 55)30.

Así, en la teoría revolucionaria de Mao Tse-tung, que es justamente la que siguió Sendero Luminoso, los insurgentes deben atravesar un proceso de tres etapas que, de ser exitoso, les permitirá tomar el poder y derrocar al Gobierno contra el que luchan. La primera etapa es la de defensa estratégica, en donde los insurgentes deben concentrarse en sobrevivir por debajo del radar del Gobierno e incrementar su influencia política en la población. La segunda, el equilibrio estratégico, implica que el grupo insurgente ha alcanzado suficiente poder como para poder salir de la clandestinidad y enfrentar al Estado en una guerra de guerrillas formal. La última etapa, de contraofensiva estratégica, sucede cuando los insurgentes obtienen una fuerza militar superior y proceden a enfrentar al Estado en operaciones militares convencionales que permiten destruir la capacidad militar del Gobierno y asumir el poder del Estado (United States Department of the Army, 2007, p. 52).

Teniendo en cuenta estas consideraciones, según la teoría de la contrainsurgencia, la única forma de vencer al enemigo sin iniciar una política de tierra quemada que cometa violaciones sistemáticas a los derechos humanos es obteniendo el apoyo de la población civil. El objetivo es poder satisfacer sus necesidades sociales y económicas insatisfechas, reemplazando la labor de un Gobierno poco presente o inexistente. El Estado debe, por ende, llenar estos vacíos antes de que el grupo insurgente lo haga por él y termine ganando la guerra31. En otras palabras, «[e]l objetivo principal de cualquier operación de contrainsurgencia responsable y moderna es promover el desarrollo de un gobierno legítimo que pueda gobernar eficazmente» (United States Department of the Army, 2007, p. 37)32. Esto implica tanto un esfuerzo bélico como no bélico. En una guerra de contrainsurgencia es imperativo que las fuerzas del orden actúen dentro del marco de la ley (Taylor, 1998, p. 39). Las acciones militares ilegales, las masacres y los asesinatos indiscriminados de civiles inocentes «no solo está[n] moralmente equivocad[os], sino que, con el paso del tiempo, creará[n] más dificultades para un gobierno de las que pueda[n] resolver» (Thomson, citado en Taylor, 1998, p. 39)33. En el largo plazo, el respeto de la ley es una gran ventaja para el Gobierno.