Conspiracionismo - Pierre André Taguieff - E-Book

Conspiracionismo E-Book

Pierre-André Taguieff

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Vivimos en la era de las teorías de la conspiración, propagadas cada vez más por políticos y redes sociales, que inventan un enemigo invisible para explicar nuestras desgracias. El conspiracionismo reencanta el mundo, aunque sea para poblarlo de demonios, y funciona como calmante frente al caos. Pierre André Taguieff analiza aquí sus características y recorrido histórico, así como la función psicológica que cumple en el entramado social y económico actual. Y, además, nos invita a combatirlo, participando en el libre debate del espacio público con herramientas de pensamiento crítico capaces de depurar este tipo de cultura de la sospecha, como condición para un sano ejercicio de la democracia.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Pierre André Taguieff

Conspiracionismo

Traducción de Lucía Alba Martínez

Índice

Introducción

1. El contexto mundial: ansiedad social y cultura de la sospecha

2. Éxito y usos de una expresión: «teoría de la conspiración»

3. Explicaciones alternativas o creencias paranoicas

4. Conspiracionistas y anticonspiracionistas: distinciones básicas

5. Relatos conspiracionistas de referencia: un breve repaso histórico

6. Las fuentes del imaginario conspiracionista de la Modernidad

7. Desmitificar para remitificar: la paradoja política moderna

8. Describir y explicar el conspiracionismo

9. Las cinco reglas del pensamiento conspiracionista

10. Conglobación y «milhojas argumentativo»

11. Funciones psicosociales de las narrativas conspiracionistas

12. Frente a los «farmacómanos»

Conclusión

Bibliografía

Créditos

Introducción

Es un hecho que las «teorías de la conspiración» (conspiracy theories, Verschwörungstheorien) tienen mala reputación. Son, por lo general, juzgadas como irracionales por los filósofos, los historiadores y los especialistas en ciencias sociales, que, hasta los años noventa, no las han analizado más que ocasionalmente. Se las relega al reino de lo falso y lo delirante, y, a este título, han sido durante mucho tiempo consideradas indignas de constituir un objeto de análisis en profundidad. También se las denuncia como peligrosas debido a sus presuntos efectos en el ámbito político: se las acusa de alimentar la desconfianza hacia las instituciones y los cargos electos, así como hacia la información científica y médica, y de obstaculizar así, por ejemplo, las necesarias campañas de vacunación. Algunos observadores ven en ellas, especialmente en el uso que les ha dado el presidente Trump, un desafío a la democracia liberal1. Pero todos los dirigentes de los regímenes autoritarios antiliberales recurren a ellas, desde Vladimir Putin y Viktor Orbán hasta Recep Tayyip Erdoğan2. También se acusa a las «teorías de la conspiración» de haber propiciado los atentados terroristas al haberles señalado a los extremistas objetivos demonizados: se ha podido establecer que han desempeñado un papel en las motivaciones de los yihadistas y supremacistas blancos que han pasado a la acción. En términos más generales, se ha denunciado a menudo que son el nuevo «opio del pueblo». Desde la década de 2010, son numerosos los analistas que afirman que hemos entrado en la «era de las teorías de la conspiración», lo cual no resulta nada tranquilizador. En cualquier caso, el conspiracionismo está a la orden del día.

La temática conspiracionista resulta atractiva: vende. Las «teorías de la conspiración» tienen sus emprendedores ideológicos, sus propagadores y sus consumidores. Los encontramos tanto en el discurso político como en el ámbito cultural. Su presencia masiva en las redes sociales demuestra que responden a una demanda social que traspasa las fronteras nacionales. Los relatos conspiracionistas son maniqueos: describen una lucha entre el Bien y el Mal, un gran enfrentamiento entre fuerzas luminosas y fuerzas tenebrosas, lo que los acerca a los textos ocultistas3. Designan a personas o grupos como enemigos, tratados como chivos expiatorios. Ahora bien, resulta que estas características de las narrativas conspiracionistas, lejos de generar rechazo, como cabría imaginar, no son ajenas al éxito que cosechan. Les corresponde a los investigadores, en particular a los sociólogos, politólogos y psicólogos sociales, formular hipótesis explicativas sobre las razones de esta fiebre internacional que se viene observando desde los años noventa.

Los trabajos pioneros sobre las creencias conspiracionistas se situaban principalmente en el campo de la historia de las ideas y las abordaron como componentes de relatos míticos instrumentalizados políticamente4. De este modo, se asumió que no eran más que ideas muertas o sombrías, pertenecientes a un pasado desfasado. Se estudiaban como curiosidades o vestigios de una mentalidad prelógica. En este sentido, las cosas no han cambiado demasiado. La mayor parte de los intelectuales, periodistas y actores políticos las consideran hoy tan preocupantes como peligrosas, lo cual es razonable. Pero, en la medida en que las perciben como «simplistas» o «absurdas», las encuentran fácilmente refutables, hasta el punto de que no se toman la molestia de refutarlas. Por lo general, se conforman con denunciarlas y condenarlas. Es pertinente preguntarse por la eficacia de esta forma polémica de «responder» a los relatos conspiracionistas5. Para rebatirlos, hay que empezar por identificar los sesgos afectivos y cognitivos que ponen en juego, para después confrontarlos con los hechos que pretenden explicar.

Algunos especialistas en la materia siguen abordando la mentalidad conspiracionista desde una perspectiva psicopatológica, reduciéndola a una forma de paranoia o esquizotipia6, obviando así los factores contextuales y, sobre todo, el hecho de que el conspiracionismo se inscribe en el pensamiento social ordinario. En este sentido, el problema metodológico que se plantea es el mismo que el que suscita el racismo, oscilando entre el simple pensamiento basado en estereotipos (que cae dentro del etnocentrismo banal) y la huida hacia delirios paranoicos con componente apocalíptico. Desde principios del siglo xxi, sin embargo, la situación parece estar empezando a cambiar: las «teorías de la conspiración», como antes los rumores7, se han convertido en objetos de pleno derecho del trabajo científico y la reflexión filosófica8.

Desde la década de los 2000, un número creciente de expertos e investigadores, principalmente anglosajones, se han aproximado a las «teorías de la conspiración» utilizando diversos enfoques procedentes de sus respectivas disciplinas científicas: la antropología, la sociología, la psicología social y cognitiva, la ciencia política, la lingüística y la teoría de la argumentación (o retórica). Sumándose a los trabajos pioneros de filósofos (como Karl Popper), psicólogos sociales (como Serge Moscovici) e historiadores (como Norman Cohn, Léon Poliakov, Richard Hofstadter o Raoul Girardet), estas investigaciones recientes han contribuido enormemente al avance de los conocimientos sobre este tema, hasta ahora mal definido y poco estudiado9. Pero el gran público, que actualmente tiene acceso a Internet, se alimenta de creencias e historias conspirativas y de saberes alternativos dudosos sobre la cuestión, y no dispone de las herramientas intelectuales necesarias para sacar partido de los trabajos científicos disponibles sobre la cuestión.

Es conveniente reconocer el hiato existente entre la cultura popular globalizada, fuertemente imbuida de la fantasía conspirativa, y la investigación académica y multidisciplinar sobre el fenómeno conspiracionista. La cuestión es, por tanto, cómo tender puentes entre estos dos universos, que tienden respectivamente a cerrarse sobre sí mismos. ¿Es posible el debate entre los que creen y los que dudan y buscan? ¿Entre los que se adhieren a una visión del mundo y los que intentan analizarla y explicarla? ¿Entre los ciudadanos de a pie y los miembros de la comunidad académica? La apuesta de este libro es imaginar el posible diálogo entre todos los ciudadanos, a través de distintas formas de mediación. Esto equivale a confiar en el libre debate en el espacio público como condición para el ejercicio de la democracia.

1 Merlan, 2019; Muirhead & Rosenblum, 2020; Uscinski, 2020.

2 Yablokov, 2015; Borenstein, 2019; Haquet, 2018; Mabovitz, 2015.

3 Cubbit, 1989, p. 13.

4 Popper, 1945; Sperber, 1957; Hofstadter, 1965; Cohn, 1967; Bieberstein, 1976; Poliakov, 1980.

5 Taguieff, 2016, pp. 143-160; Cassam, 2019, pp. 92-125; van Prooijen, 2019; COMPACT, 2020, pp. 11-16.

6 Darwin, Neave & Holmes, 2011; Barron, Morgan et alii, 2014; van der Tempel & Alcock, 2015. Sobre estos trastornos de la cognición social derivados de la esquizotipia, véase Del Goleto & Kostova, 2016.

7 Fine & Turner, 2001; Fine, Campion-Vincent & Heath, 2009.

8 Goertzel, 1994; Taguieff, 2005; Coady, 2006; Wagner-Egger & Bangerter, 2007; Bratich, 2008; Danblon & Nicolas, 2010; Byford, 2011; Douglas & Sutton, 2011; Uscinski & Parent, 2014; Bilewicz, Cichocka & Soral, 2015; Brotherton, 2015; Prooijen, 2017 y 2018; Cassam, 2019; Uscinski, 2019; Butter & Knight, 2020.

9 Taguieff, 2013, pp. 73-86; Butter & Knight, 2019.

1. El contexto mundial: ansiedad social y cultura de la sospecha

Antes de proceder a cualquier análisis, es importante caracterizar el contexto en el que las «teorías de la conspiración» circulan actualmente a gran velocidad y llegan a públicos extremadamente diversos. Este contexto es el de una globalización que, percibida como incontrolable y cargada de amenazas, es fuente de ansiedad10. La desconfianza y la sospecha hacia las autoridades tradicionales y las «verdades oficiales» se expresan masivamente en las redes sociales. A la incertidumbre se suman el desconcierto y el miedo, particularmente en tiempos de epidemias, que reactivan el imaginario del enemigo invisible, encarnado tanto por el virus como por las fuerzas ocultas acusadas de haberlo creado y propagado, y a las que metaforiza («el virus judío»). A raíz de esto algunos analistas han concluido que hemos entrado en la «era de la ansiedad». De ahí la fuerte demanda de explicaciones tranquilizadoras, cuyo efecto es una ampliación del campo de la credulidad11. Prueba de ello es la difusión en Internet de información falsa, engañosa o tendenciosa, conocida como fake news (o «bulos», en castellano), lo que sugiere que las sociedades contemporáneas han entrado en la era de la «posverdad»12, que puede describirse como el reino del hiperrelativismo cognitivo, bajo el cual las apelaciones a la emoción y la expresión de creencias personales –por fantasiosas que sean– ejercen una mayor influencia que la referencia a los hechos objetivos.

Es en el espacio urbano, tal y como lo imaginó Baudelaire a mediados del siglo xix, donde surge la pareja formada por el conspirador y el detective entregado a desenmascararlo. En 1938, Walter Benjamin, hablando del tipo literario del flâneur en el poeta, ve asomar en este la figura del conspirador y la del detective13, cuyo «olfato criminológico» se despierta y afina en la gran ciudad: «En estos tiempos de terror, en los que todo el mundo tiene algo de conspirador, cualquiera puede de la misma manera verse conducido a jugar a ser detective». En el siglo xxi, habitando la comunidad virtual sin fronteras, el tipo híbrido del conspirador-detective está en su elemento.

«La verdad está en otra parte», «nos ocultan la verdad», «nos mienten»: estas fórmulas fijas se han convertido en los lugares comunes del discurso conspiracionista contemporáneo y expresan un sentimiento complotista difuso que se ha instalado entre la opinión pública y no cesa de propagarse. ¿Hemos acaso entrado en la edad de oro de las «teorías de la conspiración»14? Las creencias y los relatos conspirativos proliferan en la cultura popular globalizada que se constituye en Internet desde los años noventa15. No se trata aquí de un hecho anecdótico, reducible por ejemplo a una moda cultural pasajera, ilustrada por el éxito mundial de la serie de televisión The X-Files(Expediente X), estrenada en 199316, o el de la novela de Dan Brown, El código Da Vinci, publicada en 200317, precedida por Ángeles y demonios (2000), del mismo autor (numerosos elementos, entre ellos la referencia a un imaginario «priorato de Sión», fueron tomados prestados por Dan Brown del superventas de 1982 The Holy Blood and the Holy Grail, traducido al español en 1983 bajo el título El enigma sagrado18). El terreno había sido preparado desde hacía tiempo por la serie de televisión Los invasores, estrenada en 1967, y la película Los tres días del cóndor (1975), seguidas por otras numerosas películas con tema conspirativo como Todos los hombres del presidente (1976), De presidio a primera página (1977), JFK (1992), El Informe Pelícano (1994), Conspiración (1997), Lara Croft: Tomb Rider (2001), etc. En cuanto a la película documental de Dylan Avery, Loose Change, cuya primera versión fue lanzada en abril de 2005 (seguida por otras tres hasta 2009), y presumiblemente «la película más vista de la historia de Internet»19, contribuyó considerablemente a difundir las explicaciones conspiracionistas de los atentados del 11 de septiembre, atribuidos a una conspiración interna del gobierno estadounidense.

Hay que remontarse al conocido como caso Roswell (Nuevo México), que se inicia como un rumor el 8 de julio de 1947, cuando fue publicado el (dudoso) anuncio del hallazgo de los restos de un «platillo volante», a partir del cual se desarrollará una proliferante literatura ufológica de corte conspiracionista recogida por la extrema derecha a lo largo de los años setenta y ochenta. Esta literatura, antes de politizarse, se inscribía en el gusto por lo maravilloso, lo fantástico o la ciencia-ficción. Reactualizaba la vieja doctrina teosófica de los invasores extraterrestres20, poniendo en tela de juicio al gobierno federal estadounidense (total o parcialmente), al ejército, ciertos círculos del FBI o la CIA (total o parcialmente). Esta base es sobre la que se elabora la tesis de la conspiración del «gobierno secreto» estadounidense (incluyendo a la CIA y a una parte del ejército), conspiración cuyo objetivo sería disimular presuntos acuerdos secretos realizados en el pasado con extraterrestres depredadores, pero más «avanzados» que los humanos en materia tecnológica, lo que explicaría los éxitos de los Estados Unidos en el ámbito tecnocientífico21.

La difusión de los temas relacionados con la ufología conspiracionista en la cultura popular globalizada de los años noventa y dos mil se produce principalmente de la mano de la serie de televisión Expediente X, que combina el complot extraterrestre y el «complot gubernamental» a la estadounidense. El lema «la verdad está ahí afuera» se añade al tópico «aquello que nos ocultan», heredado de la vieja retórica conspiracionista. Los aficionados entusiastas de «la cara oculta de…» (este u otro acontecimiento a la vez relevante e inquietante) se han multiplicado. Y la oferta ha seguido a la demanda, sobre todo en Internet, donde las redes sociales hacen circular rumores conspirativos sobre cualquier evento perturbador, cuya interpretación es objeto de controversias.

El protagonista de la película basada en la serie Expediente X, el agente Fox Mulder, define perfectamente la visión conspiracionista que inspira la ficción en la cual actúa:

Soy el personaje clave de una maquinación gubernamental, un complot destinado a esconder la verdad en lo que respecta a la existencia de los extraterrestres. Una conspiración mundial, cuyos actores se encuentran en los más altos niveles de poder, y que tiene consecuencias en la vida de cada hombre, mujer y niño de este planeta.

Un examen de las encuestas realizadas en Estados Unidos durante la década de 1995 a 2005 muestra que entre el 50 % y el 80 % de los estadounidenses entrevistados creían que el gobierno federal había contactado con extraterrestres y que ocultaba a la ciudadanía la verdad sobre estos contactos.

Si el fenómeno conspiracionista puede observarse en la esfera cultural, incluso en la esfera intelectual académica, en particular en el ámbito de las ciencias sociales22, resulta estar igual de presente en la esfera política, donde el recurso a las creencias conspiracionistas juega a menudo el papel de un indicador de extremismo23. Algunos especialistas sostienen la tesis de que las «teorías de la conspiración» son «fundamentalmente una forma de propaganda política24» y que son intrínsecamente «nocivas»25. De ello deducen que se les debe dar respuesta en el registro de la argumentación política26.

El sociólogo Raymond Boudon, crítico riguroso de lo que denominó «sociologismo», fue uno de los primeros académicos en comprender y analizar la dependencia de las ciencias sociales de modelos conspiracionistas. La visión en la que se apoya el sociologismo es la siguiente: «Puesto que el individuo es el juguete de las estructuras y las instituciones, la única pregunta interesante y pertinente es a quién benefician esas estructuras e instituciones»27. Algunos responden: la clase dominante (la burguesía, los capitalistas), o «las grandes finanzas», la «casta», el «sistema». Otros contestan: los representantes del sexo dominante (los machos humanos, o «solamente» los hombres heterosexuales) que se benefician del «sistema patriarcal». Otros tantos responden: los miembros de la raza dominante (los blancos), beneficiarios del «racismo sistémico». Con el sociologismo, no solamente «las respuestas siempre se conocen de antemano», sino que nos vemos llevados a utilizar el «esquema explicativo familiar al que Popper llama la “teoría de la conspiración”» (ibid.) El postulado «sociologista», que funda la «sociología crítica», y más generalmente las ciencias sociales que se inspiran en el marxismo, es que los dominantes conspiran contra los dominados –de forma activa o de forma pasiva–, a no ser que tomen claramente partido por estos últimos. Con el sociologismo, la función crítica prevalece sobre la función cognitiva28, y empuja a remplazar la explicación de los fenómenos sociales enigmáticos por una crítica social con finalidad política (cuyo objetivo sería contribuir a «emancipar» a los «dominados», que deriva con frecuencia en pseudo-explicaciones conspiracionistas).

En términos generales, desde el momento en que hay poder, se observan conspiraciones reales y relatos conspiracionistas relativos a conspiraciones ficticias. A veces, en efecto, los gobernantes organizan conspiraciones y acusan a sus adversarios de fomentar conspiraciones. De forma más sofisticada, los gobernantes conspiran a menudo para hacernos creer en conspiraciones inexistentes con el fin de justificar sus fracasos o su impotencia, así como la eliminación de sus oponentes, tratados como chivos expiatorios. Nada ilustra mejor estas prácticas que los juicios de Moscú (1936-1938), en los que prevalecieron las acusaciones de conspiración contra Stalin y la Unión Soviética, de espionaje y traición, y que se saldaron con ejecuciones y deportaciones masivas29.

Todo acontecimiento no previsto, que provoque estupor, indignación, angustia o terror, es susceptible de ser interpretado como el producto de una conspiración organizada por este o aquel servicio secreto: la muerte por sobredosis o suicidio de Marlyn Monroe (descubierta el 5 de agosto de 196230), las pandemias (desde el sida a la Covid-19), la muerte accidental de la princesa Diana la noche del 30 al 31 de agosto de 1997, los atentados anti-estadounidenses del 11 de septiembre de 2001, el tsunami del 26 de diciembre del 2004 en el océano Índico, las «revueltas urbanas» en Francia entre el 27 de octubre hasta mediados de noviembre de 2005 o el atentado del 7 de enero de 2015 contra Charlie hebdo.

Los discursos gubernamentales o mayoritarios, al igual que los discursos opositores o minoritarios, basan gran parte de sus temas y argumentos en las creencias conspiracionistas. Hoy tanto como ayer, desde luego. Pero la entrada en la era de Internet ha debilitado considerablemente la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, y por ende ha facilitado la propagación de «bulos» y fake news. En un contexto marcado por la banalización de la retórica de la desconfianza y la sospecha, en Europa tanto como en las dos Américas, todas las formas contemporáneas de demagogia se alimentan ya de «teorías de la conspiración» más o menos creíbles. Conviene por tanto someterlas a un análisis crítico y trazar su genealogía, sin dejar de tener en cuenta sus efectos proteicos en la vida social y política.

10 West & Sanders, 2003.

11 Bronner, 2013.

12 Keyes, 2004; Uscinski, 2020, pp. 35-41.

13 Walter Benjamin, Charles Baudelaire. Un poète lyrique à l’apogée du capitalisme, trad. J. Lacoste, Paris, Payot, «Petite Bibliothèque», 2002, p. 65.

14 Harambam, 2020.

15 Barkun, 2003; Aistrope, 2020.

16 Knight, 2000, pp. 27-28, 48-54, 216-223; Kellner, 2002.

17 Taguieff, 2005, pp. 48-60, y 2006, pp. 83-94.

18 Johnson, 2005.

19 Cazeaux, 2014, p. 182, nota 4.

20 Stoczkowski, 1999.

21 Lagrange, 1996; Rothstein, 1997; Dean, 1998; Goldberg, 2001, pp. 189-231; Barkun, 2003, pp. 79-157; Zeller, 2014.

22 Parish & Parker, 2001.

23 Davis, 1971; Billig, 1978 y 1989; Hofstadter 1996; Pipes, 1997; Robins & Post, 1997; Goldberg, 2001; Bale, 2007; Bratich, 2008; Crichlow, Korasick & Sherman, 2008; Bartlett & Miller, 2010; Taïeb, 2010 y 2015; Taguieff, 2005 y 2013; Butter, 2013; van Prooijen, Krouwel et alii, 2015.

24 Cassam, 2019, p. vii

25Ibid., p. 125

26Ibid., pp. 92-125.

27 Boudon, 1983, p. 11.

28 Boudon, 2002.

29 Werth, 2006.

30 Wolfe, 1998, p. 15-128, 503-516; Girard, 2003; Vankin & Whalen, 2007, pp. 25-36.

2. Éxito y usos de una expresión: «teoría de la conspiración»

Desde mediados de los años 2000, el término théorie du complot (teoría de la conspiración en castellano) ha pasado a formar parte del francés corriente, pero no por ello deja de ser criticable, sobre todo en la medida en que parece otorgar a meros rumores, hipótesis fantasiosas o construcciones dudosas el rigor o la seriedad que se espera de una «teoría». La expresión conspiracy theory of society, introducida en 1945 por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, no constituía una «teoría» en el sentido estricto de la palabra, sino una forma de creencia u opinión que el filósofo consideraba una pseudoexplicación de los fenómenos sociales, basada en la primacía de las intenciones e intereses de determinadas categorías de actores: «Según la teoría de la conspiración, todo lo que sucede ha sido querido por quienes se benefician de ello»31. La palabra «teoría» significa aquí «explicación», o más exactamente, una forma de explicar los acontecimientos.