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Frente a la devastación total, las pérdidas inimaginables que acarrea el cambio climático y el colapso cultural, resulta seductor caer en las profecías apocalípticas pesimistas. Es necesario, sin embargo, un cambio fundamental de la narrativa catastrófica actual a una que contemple otro futuro posible, resignificando las ideas fundacionales de la modernidad: el progreso, la ciencia, el humanismo y el universalismo. Este libro tiene el claro propósito de profundizar el debate sobre el impacto social de la crisis actual; el abismo del catastrofismo de nuestros tiempos es abordado desde perspectivas multidisciplinarias, aportes del psicoanálisis, la economía, la antropología y la gastroenterología; explora temas como la cultura de los combustibles fósiles, movimientos sociales como Extinction Rebellion, la pandemia de Covid-19, los mensajes de los medios de comunicación y el futuro de las cadenas de suministro de alimentos. Al evaluar el bombardeo constante de información sobre catástrofes y considerar la necesidad de un entorno de contención, los autores se cuestionan sobre cómo podemos evitar adherir a una visión cerrada del futuro y, en cambio, desbloquear posibilidades. El libro critica el optimismo ingenuo, que es diferente a la esperanza radical y acepta el desafío ético y social de construir una nueva narrativa sobre la relación entre naturaleza, cultura y civilización.
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Seitenzahl: 404
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CONTRA EL CATASTROFISMO
EL PSICOANÁLISIS EN DIÁLOGO
Compilador:
Cosimo Schinaia
Cambio climático, pandemias, guerra, alimentos y esperanza para el futuro
Escriben: Orazio P. Attanasio • Luca Caldironi • Christine Franckx • Attilio Giacosa • Mark Halle • Gohar Homayounpour • Ronny Jaffè • Alfredo Lombardozzi • Mauro Van Aken • Cosimo Schinaia
• Cosimo SCHINAIA es psiquiatra, exdirector del Departamento de Salud Mental de Génova Central y psicoanalista didacta y supervisor de la SPI (Sociedad Psicoanalítica Italiana), además de miembro titular de la IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional). Reside y trabaja en el ámbito privado en Génova, Italia. Sus últimos libros en español son: Inconsciente y emergencia ambiental. Reflexiones para una agenda común entre psicoanálisis y ecologia (Biebel, 2020); El pesebre de los locos. Escenas de un manicomio (Biebel, 2021) y Psicoanálisis y pedofilia. Figuras y recorridos de tratamiento (Psimática, Madrid, 2024) y han sido traducidos a varios idiomas. Es coautor del capítulo Psychoanalysis and climate change [NdT: Psicoanálisis y cambio climático] junto con Karyn Todes en: G. Gabbard, B.E. Litowitz y P. Williams (Eds.), Textbook of Psychoanalysis, Washington, D. C.: APA, 2024. En 2023 recibió el premio IPA Climate Prize de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
• Orazio P. ATTANASIO es Profesor Cowles de Economía en la Universidad de Yale, miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias e investigador de la Academia Británica, así como de la Econometric Society, de la que fue presidente en 2020. Fue presidente de la Asociación Europea de Economía en 2014. Reside y trabaja en New Haven, EE. UU.
• Luca CALDIRONI es psiquiatra y psicoanalista, miembro de la Sociedad Italiana de Psicoanálisis (SPI), de la Asociación Psicoanalítica Estadounidense (APsaA) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Es miembro del consejo de la Confederación de Sociedades Psicoanalíticas Independientes (CIPS) y de la Asociación Internacional de Arte y Psicología (IAAPs). Reside y trabaja en Venecia, Italia.
• Christine FRANCKX es psiquiatra infantil y psicoanalista didacta de adultos, niños y adolescentes en la Sociedad Belga de Psicoanálisis (BPS) y miembro titular de la IPA. Fue presidenta de la BPS (2016-2020). Es formadora en Observación Infantil del método Esther Bick. Es fundadora del Psychoanalytic Psychotherapy Center Infant 3 PSY (0-6 años). Fundadora de la ONG GiO para la promoción del pensamiento y la práctica psicoanalítica en la comunidad. Es coeditora de Eros op de scene (2021, sobre Joyce McDougall) y coeditora de Kinderlijk Trauma (2023, sobre Sandor Ferenczi). Reside y trabaja en Amberes, Bélgica.
• Attilio GIACOSA es profesor de gastroenterología en el CDI (Centro Diagnóstico Italiano) de Milán, exdirector de la Unidad de Gastroenterología y Nutrición del Instituto Nacional del Cáncer de Génova y profesor adjunto de Gastroenterología en la Universidad de Génova. Reside en Pavía y trabaja en Génova, Italia.
• Mark HALLE es especialista en Política Ambiental y fundador de Better Nature, una organización centrada en transformar los discursos en los campos del desarrollo y el medioambiente. Fue director ejecutivo del Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible, Europa (2002-2016). También es asesor principal de NatureFinance y de la red internacional de Centros Financieros para la Sostenibilidad (FC4S). Reside y trabaja en Ginebra, Suiza.
• Gohar HOMAYOUNPOUR es miembro titular de la APsA (Asociación Psicoanalítica Americana) y de la IPA. Su primer libro, Doing Psychoanalysis in Tehran (MIT, 2012), ganó el premio Gradiva [Una psicoanalista en Teherán, Paradiso editores, 2023]. Su último libro se titula Persian Blues: Psychoanalysis and Mourning (Routledge, 2022). Es la fundadora del grupo freudiano de Teherán y miembro del consejo científico del Museo Freud de Viena. Vive y trabaja en Teherán y París.
• Ronny JAFFÈ es psicoanalista didacta y supervisor de la SPI y miembro titular de la IPA. Es Presidente de la Sociedad Psicoanalítica Italiana (SPI). Reside y trabaja en Milán, Italia. Es coautor con Reith, B., et al., de Initiating Psychoanalysis, Routledge, 2012; coautor con Reith, B., et al., de Beginning Analysis, Routledge, 2018; coautor con Campbell, D. de When the Body Speaks, Routledge, 2022.
• Alfredo LOMBARDOZZI es psicoanalista didacta y supervisor de la SPI y miembro titular de la IPA. Fue profesor de Antropología Psicoanalítica en la Universidad de Chieti y L’Aquila. Actualmente es redactor jefe de la Rivista di psicoanalisi. Reside y trabaja en Roma, Italia.
• Mauro VAN AKEN es antropólogo y profesor asociado en la Universidad de Milán-Bicocca, donde enseña Antropología Ambiental y Crisis Climática. Reside en la región de los Apeninos, en la provincia de Pavía, y trabaja en Milán, Italia. Escribió Campati per Aria (Milán: Eleuthera, 2020) y el capítulo “Palestinian memories and practices of weather relatedness” [NdT: Recuerdos palestinos y prácticas de relación con el clima], en: P. Silitoe (Ed.), The Anthroposcene of Weather and Climate, Nueva York: Berghahn.
Malgré la merde, je crois
Maurice Béjart1
El catastrofismo es la teoría del naturalista francés Georges Cuvier según la cual los cambios en la Tierra ocurren a través de transformaciones repentinas, violentas e irreversibles. Esta doctrina sostiene que la historia del planeta ha sido moldeada principalmente por eventos catastróficos de corta duración, en lugar de procesos graduales a lo largo del tiempo. Surgido en el campo de la geología del siglo XIX, el término “catastrofismo” contrasta con el principio del “actualismo”, según el cual el presente es la clave para entender el pasado; es decir, los mismos procesos y leyes naturales que observamos ahora también estuvieron vigentes en épocas anteriores. Asimismo, se opone al concepto de “uniformismo”, que sugiere que los cambios geológicos suceden en forma gradual y uniforme.
Con el tiempo, el término ha adquirido un significado más amplio y describe la tendencia a magnificar la probabilidad y gravedad de una amenaza potencial. Según el diccionario de la Asociación Estadounidense de Psicología, el catastrofismo consiste en exagerar las consecuencias negativas de eventos o decisiones. Se dice que una persona está “catastrofizando” cuando piensa que la peor consecuencia posible ocurrirá a partir de una acción o situación concreta, o cuando siente que está en medio de una catástrofe, incluso en situaciones graves, pero no necesariamente desastrosas.
En 1965, Susan Sontag escribió unas palabras que parecen haber sido concebidas para nuestros días: “La nuestra es, sin duda, una era de extremos. Vivimos bajo la amenaza constante de dos destinos igualmente aterradores, pero aparentemente opuestos: la banalidad incesante y el terror inconcebible […]. Una función de la fantasía es elevarnos por encima de lo insoportablemente monótono y distraernos de los terrores, reales o anticipados, mediante una escapatoria hacia situaciones peligrosas y exóticas que tienen finales felices de último minuto. Pero otra de las funciones de la fantasía es normalizar lo que psicológicamente es insoportable, haciéndonos insensibles a ello. En un caso, la fantasía embellece el mundo. En el otro, lo neutraliza” (p. 219).
Fredric Jameson (1984, 9) señaló un tema clave de la representación posmoderna: “Un milenarismo invertido en el que las premoniciones del futuro, ya sean catastróficas o redentoras, han sido sustituidas por la convicción del final de esto o aquello”, de modo que el futuro ya es nuestro pasado y el final que esperamos ya ha ocurrido.
“El peligro radica en oscilar entre la negación y el terror, entre la complacencia y la catástrofe, mientras se alimenta esa sensación de ‘el fin del mundo’” (Hoggett, 2023, 111).
No obstante, no es ni útil ni apropiado emplear el término “catastrofismo” como sinónimo de la denuncia, científicamente fundamentada, de los peligros medioambientales que enfrentamos. La ética ecológica y la ciencia nos muestran razones válidas para estar alarmados. La velocidad de los cambios que las actividades humanas han infligido al clima, los océanos, los suelos y la fauna del planeta nos está privando progresivamente del mundo que conocíamos.
No podemos ser ingenuamente optimistas ni irresponsablemente indiferentes ante las limitaciones de los recursos naturales de la Tierra, aunque, con frecuencia, los consideremos ilimitados. Al identificarnos inconscientemente con lo que percibimos como una tecnología omnipotente e inmortal, evitamos reconocer el lado oscuro de nuestro bienestar social y estilo de vida occidental. Así, nos protegemos de sentimientos intolerables como la insignificancia, la pérdida, el miedo a la muerte y la culpa que resultarían de reconocer nuestra connivencia o cohabitación implícita con la explotación ciega de los recursos naturales, la subestimación de los costos y las repercusiones destructivas que de ello se derivan, reaccionando con una apatía severa y generalizada. El negacionismo implica la difusión organizada de noticias falsas con fines comerciales, políticos o ideológicos. Se sustenta en mecanismos de defensa individuales como la negación y la desautorización (Weintrobe, 2013).
Emplear el mismo lenguaje que los negacionistas climáticos de derecha, quienes fetichizan la sociedad industrial, invisibilizan las condiciones ecológicas de las que depende, minimizan el daño ambiental o desacreditan el valor de los descubrimientos científicos, genera la impresión de que los peligros son inexistentes o exagerados. Equiparar las advertencias medioambientales precisas y motivadas con el fundamentalismo apocalíptico conduce a subestimar las amenazas y desvía los esfuerzos de una contraofensiva efectiva frente a la crisis climática existencial.
La salida tanto del catastrofismo como de la sensación de transitoriedad y de la burbuja del negacionismo conduce al duelo por el mundo que se acaba, con sus promesas y certezas, y a prepararnos para habitar la complejidad del nuevo mundo. Es necesario reabrir el horizonte de posibilidades y de futuro, sin abandonar pero resignificando y complejizando las ideas fundacionales de la modernidad: el progreso, la ciencia, el humanismo y el universalismo.
Los psicoanalistas, en ocasiones, hemos tenido una tendencia a referirnos a un mundo interno mítico y mitificado, del cual nos considerábamos expertos e intérpretes, desvinculado de los paisajes que moldeamos, de los avatares y contingencias de la historia real y de las fluctuaciones de sus fronteras. Tras una fase de idealización de la separación del mundo interno –una reacción frente a la cultura positivista que no daba cabida a las determinaciones emocionales y afectivas en la observación de hechos–, cada vez nos damos más cuenta de que el conocimiento y el cuidado de lo interno exigen tanto el abandono de habilidades escotomizadoras preclusivas como una atención curiosa y un cuidado reflexivo de lo externo, sin cortes, sin cesuras.
El territorio externo es interno para Freud, quien en sus “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” (1933) designa lo reprimido como territorio interno extraño al yo, así como la realidad es territorio externo extraño, pero los territorios internos también invaden y transforman la composición, partición y límites de los territorios externos en un continuo e interminable trabajo de ósmosis. Vivimos en una época en la que las grandes y evidentes crisis de la realidad externa, que los analistas compartimos con nuestros pacientes, se mezclan con las crisis subjetivas e íntimas de su mundo interno.
La consecuencia de esto es la necesidad de generar contaminaciones fructíferas y dinámicas entre las distintas disciplinas, respetando plenamente sus estatutos científicos y epistemológicos, con el objetivo de constituir una nueva forma de pensamiento. Este pensamiento sería inestable e incompleto, pero, a la vez, germinal y transformador. A pesar de su vasto y bien definido cuerpo teórico, está tomando forma un psicoanálisis que sigue enriqueciéndose gracias a términos teóricos y clínicos derivados de otras culturas. Así, el psicoanálisis puede convertirse en un organismo vivo y evolutivo capaz de comprender e imaginar qué humanidad está tomando forma, o más bien, qué humanidad estamos construyendo (Preta, 2015).
Este libro surge de mi invitación a cinco psicoanalistas, dos economistas, un antropólogo y un gastroenterólogo especializado en ciencia alimentaria para que aborden diferentes aspectos del catastrofismo desde múltiples puntos de vista.
En “La transitoriedad” (1916), Freud describe el duelo anticipatorio del objeto, que consiste en rechazar la catexis del mismo para evitar el sufrimiento derivado de su pérdida. Propone que el entorno y los objetos afectivamente investidos pueden experimentarse bajo una atmósfera peculiar de pérdida inminente y temor al fin. Al referirse a Freud, se resalta la necesidad de reaccionar frente al terrorismo climático oponiéndose a una visión cerrada del futuro y abriendo espacio para futuros posibles. Se enfatiza la necesidad de una esperanza madura y depresiva que, a través de la integración de la creatividad individual con la elaboración colectiva, supere la noción infantil de “todo y ahora”. Esto promovería un compromiso antientrópico firme y duradero contra las fuerzas que empujan hacia la disolución de los vínculos.
Los psicoanalistas pueden desempeñar un papel crucial en el cultivo de la capacidad de pensar y soñar con un futuro mejor. También pueden contribuir a valorar el sentido de la medida y la sobriedad proponiendo una vida suficientemente buena en la que haya espacio para el amor y la creatividad. Esto contrarrestaría el pensamiento mágico e ilusorio, lo que permitiría mirar con sinceridad e integridad incluso los aspectos negativos de la existencia.
Este capítulo intenta elaborar las problemáticas del catastrofismo frente a las dolorosas realidades sociales y políticas en Irán. A raíz del levantamiento femenino radical en Irán, iniciado el 16 de septiembre de 2022, el deseo de la autora es ilustrar que el antídoto contra el catastrofismo de nuestros tiempos puede observarse en la resurrección de lo erótico. Esta resurrección ha sido el núcleo central de esta revuelta feminista subversiva, lo que marcó el nacimiento de una nueva heroína épica femenina orientada hacia una ética de la vida y sus condiciones.
En el tejido mismo de la consigna “mujer, vida, libertad” hay una conexión evidente con la vida, el vínculo, la libido y la sublimación. No están diciendo “queremos morir por la libertad”, están diciendo “queremos vivir por la libertad”. Salen a las calles arriesgando sus vidas para alcanzar mejores condiciones de vida. Una vida de dignidad, placer, libertad y transformaciones apasionadas: todo derivado del impulso de vida, de la ética de lo erótico. Este es, sin duda, el antídoto revitalizador contra el catastrofismo incluso en las condiciones más devastadoras.
El autor sostiene que estamos inmersos en procesos que favorecen formas de olvido y negación, tanto a nivel individual como social, como una reacción defensiva frente a los problemas que no pueden abordarse o que se perciben como tales.
Esto lleva a favorecer una polarización ideológica extrema en lugar del encuentro y el diálogo. También fomenta posiciones rígidas que perpetúan conflictos, como ocurre con el cambio climático entre quienes niegan la existencia del problema y las responsabilidades humanas, y quienes, en cambio, proponen soluciones radicales que no consideran los límites dentro de los cuales aún se puede actuar fijando metas razonables. En la apertura al diálogo durante la transición entre las distintas figuras de la catástrofe, se crea el espacio, el terreno, en el cual toma forma la figura de la Esperanza.
La crisis climática es un fracaso simbólico de la imaginación cultural: la noción de la naturaleza como algo separado de las sociedades ha sido fosilizada por la economía del carbono y representa una cosmología, un conjunto de representaciones del tiempo, del futuro, de los seres humanos y de los no humanos como seres a disposición y separados. Esto genera los aspectos inquietantes de la noción occidental de “naturaleza” en el Antropoceno: los agentes vivos muestran sus interrelaciones con la condición humana, sus actos resurgen dentro de las “emergencias” en escenarios “catastróficos”.
La economía del carbono ha pasado de ser una promesa de modernidad y salvación secular a su carácter destructivo en la definición de futuros. Está entrelazada con las petroculturas, un conjunto simbólico de significados en plena crisis. La descarbonización de la economía depende de una descarbonización de la imaginación. Se está gestando un nuevo alfabeto social y cultural, frecuentemente con un marcado carácter generacional, basado en metáforas de relación e interdependencia, en la elaboración de nuevas “crisis de presencia”, y fundamentado en deseos de relaciones e, incluso, de límites.
Refiriéndose a los escritos sociales de Freud, Bion y otros autores sobre dinámica grupal, el autor se centra en el concepto de inmunidad ilusoria-delirante frente a los cambios ambientales. Esta inmunidad puede coincidir con una crueldad inhumana hacia los demás y hacia la naturaleza, y generar estados de pánico, violencia e indiferencia.
Las limitaciones humanas, oscurecidas por la omnipotencia y las fantasías ilusorias-delirantes de omnisciencia tecnológica y científica, se transforman en una ideología ilimitada con todos los riesgos que ello implica. Ser capaces de introyectar el sentido de los límites y tolerar el principio de realidad respecto al hábitat en el que vivimos puede permitir comportamientos compatibles con la sostenibilidad. Esto incluye salir de estas falsas ilusiones o aceptar la cruda realidad en la que, en este caso, se acepta pasivamente que la profecía de Casandra es una cruel verdad que permite a la generación actual hacer lo que sea sin pensar en los descendientes.
En un mundo donde el término “catástrofe” se utiliza cada vez más como señal de un inminente “apocalipsis”, el autor considera importante recuperar su significado etimológico.
Esta digresión le permite al autor abordar la “amenaza” de una catástrofe universal vinculándola con el concepto propuesto por Bion de “cambio catastrófico”. Con este concepto, Bion vislumbra la posibilidad de que dicho fenómeno también pueda tener un significado positivo. Ve la posibilidad de un fenómeno que marque un salto evolutivo, tanto en lo que respecta al crecimiento mental individual como a la decadencia en la dinámica grupal y las transformaciones en lo social. El autor subraya el valor de la creatividad y del momento artístico como brújulas para navegar en la incertidumbre.
Estas consideraciones son profundamente actuales y útiles en una civilización como la nuestra, que tiende a negar la muerte y su misterio. Más aún, parecen esenciales para no correr el riesgo de negar el problema de la posible destrucción progresiva de nuestro planeta y su vulnerabilidad que, al igual que la nuestra, puede ser ignorada.
La crisis ecológica afecta las vidas de los adolescentes en todo el mundo y genera un riesgo específico: quedar atrapados en su desarrollo debido a la superposición de dos procesos catastróficos coincidentes. Por un lado, la crisis libidinal interna, desencadenada por la pubertad, tiene la calidad de una catástrofe mental y es siempre potencialmente traumática si la psique no logra reconciliar las fuerzas de los instintos de vida y muerte. Por otro lado, la catástrofe geopolítica del calentamiento global les dificulta encontrar un sostén parental y social adecuado para transformar la ilusión de omnipotencia infantil frente al peligro real de supervivencia.
No solo los adolescentes se sienten pesimistas sobre el futuro incierto del medioambiente, sino que también pueden sentirse ansiosos y perseguidos por sus objetos primarios, quienes no lograron protegerlos lo suficiente.
Esta nueva emergencia global geo-socio-política impacta en el desarrollo de sus funciones del yo, con el riesgo de una constitución frágil de su identidad adulta. En la situación actual del cambio climático, simplemente no existe representación alguna.
Una posible interpretación del catastrofismo es que los seres humanos no tienen control total sobre su destino y que, al menos a partir de cierto punto en la vida, el desarrollo posterior no puede alterarse de manera sustancial. Claro que esto puede resultar particularmente desalentador para quienes han recibido el “palillo corto” en la lotería de la vida, y alentador para los afortunados. Sin embargo, desde un punto de vista societal, esta descripción es distópica.
Se reconoce ahora que los eventos de los primeros años de vida, los mil días desde la concepción, tienen consecuencias a largo plazo que se manifiestan en diversos resultados. Y muchos de los eventos que implican buena o mala carencia no pueden controlarse. En el momento de la concepción, diferentes individuos extraen distintas combinaciones de material genético. E inmediatamente después, los fenotipos generados por estas combinaciones se ven expuestos a una variedad de factores ambientales que moldean su expresión. Reconocer que el desarrollo infantil temprano puede verse afectado por el entorno en el que crecen los niños implica reconocer que las desventajas iniciales pueden ser compensadas. Más importante aún, se destaca que estas desventajas tempranas, aunque no son controladas por los individuos que las experimentan (los niños), pueden ser modificadas. Esto subraya la necesidad moral de diseñar políticas que permitan el desarrollo pleno de cada individuo.
El alimento siempre ha sido esencial en la vida humana, tanto por su papel crucial en la supervivencia física como por sus implicaciones emocionales, sociales y culturales.
La evolución demográfica en curso, los profundos cambios climáticos que estamos presenciando y las consecuencias de los recientes comportamientos humanos críticos a lo largo de la cadena alimentaria, desde la producción agrícola hasta el procesamiento industrial, el envasado, el transporte y el consumo final, imponen cambios drásticos de rumbo para evitar el colapso. El objetivo del “hambre cero” es una obligación categórica en un mundo que hoy equipara a escala mundial el número de obesos y el de quienes padecen hambre.
Necesitamos producir y comer mejor para promover la salud tanto de los humanos como del planeta. Necesitamos revisar el mundo de la agricultura y hacerlo más sostenible. Es necesario replantear el tipo de alimentos que consumiremos en el futuro. Un principio fundamental será priorizar los alimentos de origen vegetal. La ganadería deberá reducirse progresivamente: será necesario destinar menos tierra al sustento de animales y optar por fuentes de proteínas que reemplacen las actuales, que sean más ecológicas y menos derrochadoras de recursos ambientales. El futuro verá el uso progresivo de carne, pescado, leche y productos lácteos producidos en el laboratorio a partir de células madre animales. Asimismo, el uso de insectos como una fuente óptima de proteínas se convertirá en una elección obligatoria. Por lo tanto, es imprescindible replantear nuestra relación con los alimentos. Tradicionales, innovadores, saludables, sustentables, responsables y al mismo tiempo placenteros, deben ser los adjetivos que inspiren nuestras elecciones alimenticias para promover tanto la calidad de nuestras vidas como la salud del planeta.
Una narrativa es un marco que da forma a cómo se cuentan y entienden las historias. La narrativa moldea la manera en que se escuchan las historias, cómo se abordan y se comprenden los problemas. Una narrativa que llega a dominar lleva consigo un aura de verdad evidente y una sensación de inevitabilidad, como si todo estuviera empezando a converger hacia el objetivo que es el mensaje central de la narrativa. La narrativa –y las historias que la componen y articulan– comienzan a generar un impulso de cambio hasta que se alcanzan puntos de inflexión y se establece una nueva realidad.
La narrativa dominante con respecto a la naturaleza ha sido la de una catástrofe inminente. El pensamiento detrás de esta narrativa –que se puede asustar a las personas para que actúen– es defectuoso.
La naturaleza y los ecosistemas –de manera única– poseen la capacidad de regenerarse, de restaurar la biodiversidad y los ecosistemas diversos y complejos. Pero esto requerirá un cambio fundamental de la narrativa catastrófica actual a una que sea movilizadora, esperanzadora y emocionante. Deberá jugar con los valores no materiales que todos valoramos y subrayar cómo la naturaleza se encuentra en la base de todo lo que nosotros los seres humanos queremos.
El concepto de Ferenczi de “identificación con el agresor”, desarrollado en el trabajo con pacientes traumatizados, y el concepto de “posición autista-contigua” de Ogden pueden permitirnos entrar en contacto con las actitudes y creencias más comunes al explorar los mecanismos de defensa individuales y grupales contra el cambio climático y los desastres ambientales. Utilizando el conocimiento psicoanalítico, podemos intentar ayudar a las personas a enfrentar la renuencia a reconocer plenamente la gravedad del cambio climático y así cambiar comportamientos dañinos en nuestra relación con el mundo no humano.
Se critica el uso abusivo y repetido de imágenes aterradoras y bombardeadoras en la televisión y en Internet. Estas imágenes en serie pretenden informarnos sobre las devastaciones y desastres del mundo, pero, en realidad, parasitan y paralizan el funcionamiento psíquico. Existe el riesgo de que el terrorismo climático favorezca la aparición de ansiedades persecutorias y primitivas e, incluso, la activación de defensas psicóticas.
El otro riesgo que corre el espectador es el de no entrar en contacto de manera auténtica y depresiva con sus propias angustias profundas y el de quitarse el sentido de responsabilidad y la conciencia de su propia participación en la creación del daño.
Freud, S. (1933). Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, O.C., T. 22, Buenos Aires: Amorrortu..
Hoggett, P. (2023). Paradise Lost? The Climate Crisis and the Human Condition, Simplicity Institute Publishing. [Paraíso perdido? La crisis climática y la condición humana].
Jameson, F. (1984). El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Trad esp. José Luis Pardo Torio. Barcelona: Paidós Ibérica, 1991.
Preta, L. (2015). La brutalità delle cose. Trasformazioni psichiche della realtà. Milán: Mimesis. [La brutalidad de las cosas: transformaciones psíquicas de la realidad].
Sontag, S. (1965). “The imagination of disaster”. In: Against Interpretation and Other Essays, pp. 209-225. New York: Farrar, Straus and Giroux. [“La imaginación del desastre”. En: Contra la interpretación y otros ensayos. Trad. esp. Horacio Vázquez Rial. Barcelona: Seix Barral, 1984].
Weintrobe, S. (2013). “Introduction”. En: S. Weintrobe (Ed.), Engaging with the Climate Change: Psychoanalysis and Interdisciplinary Perspectives (p. 1-15). Londres y Nueva York: Routledge. [Involucrarse con el cambio climático. Psychoanalysis and Interdisciplinary Perspectives].
1 [NdT: ¡A pesar de la mierda, yo creo!].
Si parece que buscamos lo inalcanzable, como se ha dicho, entonces que se sepa que lo hacemos para evitar lo inimaginable.
–Declaración de Port Huron, un manifiesto político de 1962 del movimiento estudiantil estadounidense (Students for a Democratic Society)
¡Seamos realistas, pidamos lo imposible! Soyez réalistes, demandez l’impossible!
Eslogan icónico situacionista del movimiento estudiantil de 1968, pintado en los muros de la Sorbona
Los seres humanos no aprenden más de las catástrofes que lo que un conejo de laboratorio aprende sobre biología.
Bertolt Brecht, Madre Coraje y sus hijos (1939)
El colapso de las civilizaciones humanas no es un tema nuevo. El antropólogo Ernesto De Martino (1977) destaca la ubicuidad del apocalipticismo a lo largo de la historia al señalar que el tema del fin del mundo es tan antiguo como el mundo mismo. “Apocalipsis”, “el fin del mundo”, “milenarismo”, “milenialismo” y fin de siècle son terminologías que aluden al final: de la vida, de las épocas, del mundo y del universo.
Las perspectivas catastrofistas tienen ejemplos ilustres en las antiguas tradiciones religiosas y filosóficas, desde China e India, pasando por Mesopotamia y las civilizaciones griega y romana (Star, 2021), hasta la Edad Media en Occidente. En particular, la catástrofe providencial se entiende como una intervención divina que genera catástrofes con el propósito de la catarsis: una transformación profunda y radical de un entorno caracterizado por problemas crónicos, errores estructurales y males irresolubles. Este es el caso del Diluvio Universal, la Torre de Babel, la destrucción de Sodoma y Gomorra y el Apocalipsis al final del Nuevo Testamento.
Sin embargo, el significado cultural, el tono emocional y las dinámicas contextuales que rodean este tema varían según las épocas, los entornos históricos, los grupos sociales y los individuos, reflejando las formas de coherencia cultural en las que participa. Según De Martino, existen dos modos de representar el fin del mundo: uno implica una destrucción pura, evocando el colapso de un orden cultural sin reemplazo; el otro constituye una dinámica ritual de redención frente a la crisis, representándola como un momento preparatorio para la emergencia de un nuevo orden cultural.
En julio de 1816, Lord Byron compuso Darkness (Oscuridad), un poema sobre el fin del mundo en el que la luz del sol y la humanidad finalmente se extinguen. Una oscuridad universal envuelve todo, de modo que ya nada es distinguible ni reconocible. El poeta describe el retorno a lo primordial, en cuya quietud mortal el ser humano colapsa junto con su sistema de valores. A continuación, algunos versos del poema:
Toda la tierra era nada más que un pensamiento, y ese era la muerte,
Inmediata y sin gloria; y la angustia
De la hambruna se alimentó de todas las entrañas; los hombres
Murieron, y sus huesos quedaban sin tumba, así como su carne;
Los pobres por los pobres fueron devorados
El año 1816 pasó a la historia como “el año sin verano” debido a un cambio climático anómalo que tuvo lugar el año anterior provocado por la erupción del monte Tambora en la isla de Sumbawa (en la actual Indonesia), entonces parte de las Indias Orientales Neerlandesas. A raíz de la erupción más tremenda y poderosa registrada en la historia humana, incontables toneladas de ceniza volcánica con azufre circularon en la atmósfera superior durante años, lo que bloqueó la luz del sol y redujo las temperaturas globales. En partes de Norteamérica y Europa, las temperaturas descendieron más de 8 grados Celsius. Como consecuencia, se produjeron grandes tormentas, lluvias, inundaciones de ríos y constantes nevadas durante el verano. Incluso se predijo que el sol finalmente se extinguiría el 18 de julio. Esta “profecía” causó violencia, disturbios, suicidios en masa y manifestaciones de histeria colectiva en todo el mundo, particularmente en Europa.
David Levine y Matthew Bowker (2019) examinan tendencias culturales y políticas centradas en la creencia de que el mundo es un lugar peligroso, no apto para la humanidad, dominado por el odio y la destrucción, y que nuestra tarea principal es sobrevivir mediante una lucha constante contra fuerzas hostiles. Esta preocupación no se relaciona tanto con la realidad de las amenazas existenciales como con la convicción de que estas amenazas existen. Esta creencia, aunque a veces es validada por eventos reales, trasciende las fuentes reales de ansiedad existencial alimentando y moldeando nuestra experiencia de ellas.
Cuando nos enfrentamos a fenómenos desconocidos o a cambios de paradigma, a menudo predominan la alarma y la ansiedad, lo que lleva a mecanismos de defensa como la incapacidad de comprender las transformaciones o, peor aún, demonizarlas sin entenderlas (Preta, 2023).
Existe una brecha entre la necesidad de una acción urgente y colaborativa frente a la crisis y el colapso de nuestro funcionamiento mental, dado el desalentador reconocimiento de que somos los propios agentes de la destrucción. Por un lado, estamos emocionalmente alertados y asustados por la creciente pérdida de biodiversidad y la intensidad del cambio climático; por otro, parecemos incapaces de atender estas advertencias en medio de nuestras rutinas diarias, y fallamos en conectar eventos e información, que percibimos como globales y distantes, con la urgencia de un cambio a nivel local. En un intento por cerrar rápidamente esta brecha, existe un grave riesgo de teorizar de manera simplista. Corremos el peligro de adoptar acríticamente teorías ya conocidas, también en el ámbito del psicoanálisis, en una situación altamente compleja que necesita nuevas herramientas de pensamiento (Press, 2019).
Cualquier cosa en la historia o en la naturaleza que pueda describirse como un cambio constante puede considerarse como encaminada hacia la catástrofe.
Susan Sontag, El sida y sus metáforas, 1989
En la sociedad contemporánea, la literatura pesimista e impactante impregna la narrativa posmoderna de la decadencia que se manifesta en nuevas formas, cuya sombra inquietante invade progresivamente nuestro horizonte, y se alimenta de riesgos ambientales que, cada vez más, se perciben como certezas que llevarán al colapso de nuestra civilización. El mantra predominante es TINA (There Is No Alternative, “No hay alternativa”), una especie de profecía autocumplida y despiadada que exige una profunda adaptabilidad, pero sin espacio para la crítica ni la esperanza. Las catástrofes se predicen con aires de suficiencia, y se fundan nuevas disciplinas basadas en el mito del fin.
Serge Latouche (2004a, 2004b) subraya la necesidad de una “pedagogía del desastre”, según la cual, cuando las catástrofes no son lo suficientemente graves como para destruirlo todo, pero sí lo bastante serias como para hacer que las personas sean conscientes del riesgo que corren, desempeñan un papel pedagógico y ayudan a descolonizar el imaginario colectivo.
Sin embargo, hoy en día las teorías catastróficas han ido más allá.
La colapsología es un neologismo acuñado por Pablo Servigne y Raphaël Stevens (2015) para designar los estudios transdisciplinarios sobre el colapso general de las sociedades inducido por el cambio climático, la escasez de recursos, las extinciones en masa y los desastres naturales. El título del libro Otro fin del mundo es posible: vivir el colapso (y no solo sobrevivir a él), de Servigne, Stevens y Chapelle (2018) podría considerarse como el manifiesto de los colapsólogos. El primer autor de referencia para los colapsólogos es Hans Jonas (1979), con su “profecía de la ruina”, a la cual se debe prestar más atención que a las profecías de felicidad, para evitar que ocurra aquello que se teme. El segundo es Jean-Pierre Dupuy (2002), quien señala la fragilidad del principio de precaución, según el cual no actuamos ante la posibilidad de una catástrofe porque no estamos seguros de saber lo suficiente para actuar de manera efectiva. Con su enfoque de “profecías iluminadas de desastre”, Dupuy subraya que el problema no es la incertidumbre científica, sino la incapacidad de creer que lo peor está por suceder. Para prevenir una catástrofe, uno debe creer en su posibilidad antes de que ocurra.
Para estos autores, que Mathias Thaler (2024) llama “ecomiserabilistas”, el colapso de la civilización industrial es un escenario altamente probable, lo que exige alinear la política, la sociedad, la cultura y la espiritualidad con esta nueva realidad. La utopía podría surgir tras las ruinas; después del colapso, la humanidad finalmente podría construir una sociedad sostenible. En su narrativa del fin del mundo, los colapsólogos exploran las consecuencias positivas del colapso, imaginan una conversión hacia una vida espiritual, ética, artística y emocional más rica, en la que las personas sentirían una mayor conexión entre sí y con el mundo natural. Tal es el pesimismo respecto a una reforma en el mundo previo al colapso, que este se percibe como el camino más viable hacia un planeta sostenible.
En este sentido, vale la pena recordar cómo Naomi Klein, en La doctrina del shock (2007), anticipó la crítica a la colapsología, en la que describió cómo el capitalismo global explota cínicamente las catástrofes (guerras, crisis políticas, desastres naturales) para deshacerse de las “viejas” restricciones sociales y, de este modo, imponer su agenda en la tabula rasa creada por la catástrofe.
Si es cierto, como sugiere el paleontólogo Giorgio Manzi (2018), que los ciclos climáticos ocurridos hasta hace 10 000 años han seguido dando forma a la evolución humana, y que en cada crisis nuestra especie ha seleccionado a los individuos mejor adaptados para sobrevivir, es igualmente inaceptable considerar las crisis climáticas como factores positivos en la selección de especies.
Los colapsólogos son los nuevos profetas del catastrofismo. Con tácticas de impacto, amplifican la gravedad de la crisis ambiental para prepararnos para un destino marcado por una pérdida inevitable y devastadora. Al promover un discurso centrado en la supervivencia, proponen enfrentar el colapso, declarando que es absolutamente inevitable y que, por ello, es necesario aceptar la situación y renunciar a toda esperanza, dado que el daño ya es irreparable.
Nada nuevo: Christopher Lasch (1984, 83) escribió: “La visión apocalíptica aparece en su forma más pura, no en la afirmación de que la carrera armamentista nuclear o el desarrollo tecnológico desenfrenado podrían conducir al fin del mundo, sino en la afirmación de que un remanente salvador sobrevivirá al fin del mundo y construirá uno mejor”.
Esta reducción de las trayectorias del desarrollo humano a un único camino catastrófico está impregnada de oscurantismo anticientífico (Bondí, 2022) y refuerza divisiones y sentimientos de impotencia subjetiva. Una vez que las personas se convencen de la inevitabilidad de los escenarios apocalípticos, adoptan una postura fatalista y sin esperanza. Se vuelven apáticas, se resignan y renuncian a sus responsabilidades, mientras las catástrofes se vuelven a normalizar y se perciben como parte del curso habitual de los acontecimientos.
Susan Sontag (1965) sostiene que desde un punto de vista psicológico, la imaginación del desastre no difiere en mucho de un período histórico a otro. Pero sí lo hace desde un punto de vista político y moral. La expectativa del apocalipsis puede ser la ocasión para una desafiliación radical de la sociedad.
Sverre Varvin (2023) habla de “depleción” para describir un proceso psíquico en el que los individuos traumatizados enfrentan el sinsentido, la imprevisibilidad y la desesperanza retirándose en forma gradual tanto mental como socialmente. Un número cada vez mayor de parejas cuestiona la ética de tener hijos frente a estos riesgos.
Slavoj Žižek (1992), al afirmar que sin lo imaginario la realidad pierde sentido y se disuelve, advierte sobre la “ecología del miedo”, a la que define como una forma de activismo compulsivo.
El constante bombardeo de información sobre catástrofes, en particular sobre el cambio climático, no logra crear un entorno de apoyo para procesar angustias y temores. La fantasía de un mundo destruido refleja la pérdida radical de espacios seguros y la consecuente incapacidad para atender y cuidar de uno mismo y del entorno. Estas actitudes resultan contraproducentes, dado que generan reacciones hostiles al fomentar una ansiedad rígida y extrema, una incertidumbre que conduce a la desesperación y al pánico, así como a una complacencia nihilista ante el caos climático y la aniquilación biológica.
“Prospectiva” y “profecía” son dos formas diferentes de impulsar a los seres humanos a cambiar sus perspectivas y actuar. Sus estilos epistemológicos y literarios divergen: mientras que la “prospectiva” enfatiza la probabilidad y la ciencia, la “profecía” puede combinar el conocimiento científico con visiones y revelaciones de tipo religioso (Li Vigni, Blanchard y Tasset, 2022).
El futuro es el resultado de una combinación impredecible e indeterminada de lo esperado y lo inesperado; cualquier intento de imponer una teleológica, cristalizando la trama de la vida, es ilegítimo porque la vida es –como enseña Heráclito– un eterno fluir de las cosas.
En “La transitoriedad”, Freud describe líricamente un paseo con un amigo y un joven poeta famoso2: “Por un paisaje sonriente […]. En lo que respecta a la belleza de la naturaleza, cada vez que es destruida por el invierno vuelve al año siguiente, de modo que, en relación con la duración de nuestras vidas, puede considerarse eterna. […] Una flor que florece solo por una noche no nos parece por ello menos hermosa” (1916, 305-306).3
“La transitoriedad” sugiere que el entorno y los objetos en los que se invierte afectivamente pueden experimentarse en una atmósfera peculiar de pérdida y temor al final. El poeta es únicamente un testigo pasivo de una posible destrucción futura y, ciertamente, experimenta el duelo. Sin embargo, no elabora este duelo; Freud introdujo un aspecto original del duelo, el “duelo anticipatorio” del objeto, que consiste en el rechazo de su catexis para evitar el sufrimiento causado por su pérdida. El duelo anticipatorio es un mecanismo de defensa narcisista que niega el apego libidinal mientras este se desarrolla. En este sentido, la belleza se pierde de antemano. Freud no acepta esta postura en absoluto y propone reparar y recrear el mundo interno y externo. Concluye su ensayo con estas palabras: “Cuando el duelo haya terminado, se comprobará que nuestra alta estimación de las riquezas de la civilización no ha perdido nada por el descubrimiento de su fragilidad. Reconstruiremos todo lo que la guerra haya destruido, y tal vez sobre bases más firmes y de manera más duradera que antes” (Ibid., 307).
Freud puede guiarnos hacia el futuro, instándonos a no adoptar un optimismo eufórico, sino a confiar en nuestras capacidades y en las de nuestros pacientes para restaurar y construir.
El terrorismo climático, por ejemplo, puede fomentar una aceptación nihilista y pasiva del daño, sin ninguna esperanza de cambio. Esta aceptación constituye una forma de ansiedad que podría denominarse “ecoansiedad” y que está estrechamente vinculada a la experiencia de la inevitabilidad de la catástrofe climática.
Otra posible respuesta es la aparición de ansiedades persecutorias y primitivas, e incluso la activación de defensas paranoides psicóticas, una situación clínica que Henri Ey (1964) definió acertadamente como “la patología de la libertad”.
José Bleger (1967) desarrolló el concepto de ambigüedad, entendido como la evidencia clínica de un estado primordial de indiferenciación psíquica, conocido como el “núcleo aglutinado” de la ambigüedad. La mente deposita este núcleo en el mundo exterior a través de un vínculo o lazo simbiótico con los cuidadores depositarios, de quienes el individuo depende psíquicamente. Este depósito proporciona al individuo una dimensión complementaria inevitable y necesaria que le confiere un sentido de seguridad y pertenencia. Cuando se producen cambios abruptos en el contexto depositario, como alteraciones en el entorno, la posición ambigua puede convertirse, en tales circunstancias, en el principal mecanismo de defensa y adaptación.
Silvia Amati Sas (2020), al referirse al concepto de ambigüedad de Bleger, menciona la capacidad de “adaptación a cualquier cosa”, y afirma la existencia de una capacidad psíquica básica y superficial del ser humano, adaptable y estandarizable a cualquier contexto y circunstancia. Esta capacidad opera como un mecanismo de supervivencia en experiencias extremadamente traumáticas, constituyendo una impregnación y obnubilación que pueden no resultar perturbadoras, no estar marcadas por la angustia, y que pasan a formar parte de lo obvio, de lo implícitamente banal que nos habita.
Lorena Preta (2015) destaca el riesgo de que lo externo pueda acosar y aplanar nuestro inconsciente. Propone la necesidad de trabajar constantemente en la construcción de defensas vigilantes y constructivas, en lugar de reactivas y patológicas.
Joyce McDougall (1993) señala el problema de las personas que denominó normopáticas o hipernormales, excesivamente adaptadas a la vida. Su normalidad representa una carencia que afecta toda su vida fantasmática y las aleja de sí mismas.
Según Laura Ambrosiano y Eugenio Gaburri (2013), cuando el Ideal del Yo se doblega ante el conformismo, termina inspirándose en el Ideal del Yo del grupo sin una mediación personal. Esto degrada también al superyó, cuya parte arcaica y megalomaníaca se vuelve dominante y ofrece al individuo ideologías rígidas o una visión del mundo saturada.
No creas en aquellos que pintan todo
de negro y sangre.
Lo hacen porque es fácil hacerlo.
Solo estamos confundidos, créeme.
Pero sentimos. Aún sentimos.4
Mariangela Gualtieri, del poema “Bambina mia”
[Mi niña], 2019
El papel de los científicos no consiste en anunciar la inevitabilidad de la catástrofe ni en perpetuar un discurso catastrófico, sino en buscar las condiciones para abordar los problemas desde diferentes niveles de acción, considerando la fortaleza de las defensas psíquicas individuales y grupales. El cambio climático va más allá de ser una cuestión técnica; exige reinterpretar las relaciones en todos los aspectos de la vida.
Según William B. Cameron (1963), Albert Einstein escribió estas palabras en la pizarra de su oficina en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, en Nueva Jersey (EE.UU.): “No todo lo que cuenta puede ser contado, y no todo lo que puede ser contado cuenta”.
Esta cita es importante porque subraya el papel que cumplen las características emocionales y subjetivas en las ciencias naturales.
Aunque los colapsólogos basan sus argumentos en datos que pocos cuestionan, el modo en que los ensamblan en una narrativa distópica del fin del mundo es problemático. La creación de escenarios apocalípticos desmantela nuestros sistemas de creencias, nuestras actitudes hacia el futuro y las nociones de bien y mal en niveles profundos. Anunciar una catástrofe global final es hacer caso omiso a los hechos reales. En el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, el incipit del capítulo XXI dice: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, proponiendo la revelación del fin del mundo como paso hacia una nueva era.
Es crucial evitar respaldar una visión cerrada del futuro y abrir posibilidades proponiendo una ecología del deseo, en lugar de limitarse a una ecología del deber y la renuncia. Existen individuos, grupos, ciudades o regiones que adoptan posturas excéntricas, inventan alternativas, adoptan perspectivas divergentes y construyen nuevas posibilidades. La multiplicidad de “contra-Antropocenos” –otros mundos posibles– emerge en los intersticios. Aunque a menudo se presentan como formas de “resistencia”, generan nuevas maneras de percibir el mundo y fomentan modos innovadores de actuar. Necesitamos la capacidad colectiva para invertir las prioridades actuales y establecer el principio de precaución como valor absoluto. El futuro sigue siendo un terreno abierto. Todo humanista tiene el deber de demostrar que los profetas del catastrofismo están equivocados. En muchas partes del mundo, ya hay personas que luchan para superar los efectos devastadores de la arrogancia tecnoindustrial (Chateauraynaud y Debaz, 2017).
Tiene sentido cambiar el enfoque, dejando de lado lo que no se debe hacer, para centrarse en lo que sí se debe hacer: construir y narrar lugares donde la calidad de vida mejore, la contaminación se reduzca mediante tecnologías confortables, el trabajo se distribuya en forma equitativa y las tensiones sociales disminuyan (Cianciullo, 2018).
Por otro lado, la alabanza acrítica al mundo natural intacto supone, parafraseando “Cándido” de Voltaire, que todo debería funcionar de la mejor manera en el mejor de los mundos posibles. La dramatización obsesiva de los mecanismos de defensa ambiental, el uso constante de tonos alarmistas y la oposición al progreso científico pueden fomentar procesos de fusión magmática, sustitución de los procesos de simbolización e identificación con mentalidades grupales basadas en suposiciones básicas, lo que favorece idealizaciones alucinatorias5 (Schinaia, 2019, 2020).
Las visiones apocalípticas han acompañado al movimiento ambientalista durante mucho tiempo. Su grito de guerra ha sido actuar antes de que sea demasiado tarde, dejando en un segundo plano los sueños de un futuro utópico o mejor como herramienta de movilización. Los miedos catastróficos también han sido alimentados por movimientos conservadores que, mediante un discurso que Turner y Bailey (2022) conceptualizan como “Ecofronterismo”, convierten en un fetiche la fusión del nativismo y la naturaleza y, con una lógica racializada, presentan la inmigración como una amenaza al medioambiente local o nacional y justifican las fronteras como formas de protección ambiental.
Por el contrario, Gaia Vince (2023) argumenta que la crisis climática ya tiene a millones de personas en movimiento, una cifra que seguirá creciendo hasta quebrar las estructuras políticas del planeta, a menos que comencemos a reconstruir esas estructuras para que puedan lidiar, e incluso beneficiarse, con el flujo humano inevitable y a menudo necesario. Esta migración podría convertirse en parte de una buena adaptación a la crisis climática y de la biosfera. Las migraciones antiguas son, de hecho, las que nos hicieron lo que somos: como humanos, evolucionamos cooperando y migrando.
Grupos ambientalistas como Greenpeace y WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza) han cuestionado enérgicamente las posiciones retrógradas y reaccionarias del ecofronterismo, argumentando que los mensajes que enfatizan la esperanza de un futuro mejor deberían reemplazar las imágenes del apocalipsis, ya que estas últimas carecen de función movilizadora (Cassegård y Thörn, 2018).
