Correrías de un infiel - Osvaldo Baigorria - E-Book

Correrías de un infiel E-Book

Osvaldo Baigorria

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Beschreibung

Hay una pampa –un desierto–, un antepasado del que se buscan sus huellas y un narrador que se pone una y otra vez en crisis. Qué de esa estirpe, de ese antepasado que busca el narrador de este relato, quedó o marcó su existencia, sus relaciones. De ascendencia infiel, ranquel, renegada, sin embargo su pulso narrativo permanece fiel a las voces y ritmos que le dictan la historia que busca o pretende narrar o encontrar. En Correrías de un infiel se cuentan uno o varios viajes que se cruzan, en tiempo y en espacio, escritos en una prosa cadenciosa, sugerente. Es un libro que seduce, con esa lengua mestiza, llena de matices, desde la primera oración, y nos lleva, de aventura en aventura, sin respirar, hasta el final.

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2020

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CORRERÍAS DE UN INFIEL

 

 

OSVALDO BAIGORRIA

 

 

 

Índice

CubiertaPortadaCero. El llamado de las erresUno. De chinas y cristianosDos. Agujeros negrosTres. Tantra pampaCuatro. Recuerdos de la orgíaCinco. Una ópera en las tolderíasSeis. Actitud Diez AguasSiete. La caída del último mohicanoEpílogoPosdataSobre el autorOsvaldo Baigorria en Blatt & RíosCréditos

Cero El llamado de las erres

Soy ranquel –gracias a una cristiana. O medio. O un cuarto. O un octavo. Las partes son imprecisas porque no sé dónde termina lo designado por el pronombre personal. Al menos puedo enunciar el punto de partida. Desde otro lugar, definición o postura equívoca también podría decir: soy periodista. Así justificaría la investigación que me empuja a remontar la travesía al origen que encierran las letras de mi apellido. Sé por experiencia que uno puede involucrarse en un tema hasta puntos sin retorno. Atravesar cambios de nombre, identidad, mirada. Ir hacia un otro tan otro que en él sólo pueda encontrarse uno.

Pero a este otro, en principio, no lo veo tan ajeno. Por momentos, lo siento familiar, próximo, inevitable. Lo naturalizo con la misma prontitud con que hago mía la repetición de cielo y horizonte en torno a la ruta 7, provincia de Buenos Aires, sobre la que me desplazo en cuatro ruedas sólo para ir a buscarlo.

¿De quién hablo? Manuel Baigorria, alias Boca Cortada, también llamado Cóndor Petiso, coronel unitario, jefe indio, desertor y polígamo. Bueno, eso se dice. Que combatió a Rosas. Que vivió más de veinte años entre los ranqueles. Que de los malones se hacía traer libros y mujeres cautivas. Y que tuvo sus siete esposas –número mítico. Entre ellas, una princesa mapuche. Y una francesa cantante de ópera raptada en el camino hacia la cordillera cuando viajaba en coche de tracción a sangre para triunfar sobre algún escenario sudamericano. En vez de aplausos, el destino le habría reservado un papel de favorita en un harén de la pampa.

Aclaro: todo eso vale para construir al personaje –poco puedo decir sobre la persona. Prefiero la confesión antes que disfrazar lo que no sé bajo el conjuro de la palabra “historia”. Ningún relato podrá hacer justicia al auténtico sujeto de los hechos. No hay sujeto: hay más restos de leyenda que certezas.

¿Dije confesión? Seré sincero: me guían razones más personales. Admito que entre los primeros motivos por los que me interesó la biografía de este Baigorria se cuentan sus mujeres. Cuánto de verdad o de quimera hubo en aquella múltiple posesión de cuerpos no puedo discernir por el momento. La práctica del derecho de cada uno a casarse, unirse o asociarse de la manera que desee a un número indefinido de mujeres (y/o varones, según el caso) siempre me suscitó admiración y, por qué no, envidia. Incluye variantes como el intercambio de cónyuges, la generosidad del caballero que comparte sus damas, la modesta oferta de cama redonda en el iglú. En alguna época llegué a fabular –como fantasía masturbatoria a secas– que tenía tantas esposas que podía ofrecerlas en fiestas o ritos de donación colectiva. Yo, cruza de esquimal y beduino, entregaba a mis mujeres a una muchedumbre de guerreros y amazonas para que gozaran días y noches en una orgía intertribal inolvidable. Simplemente miraba, a veces acariciando a una u otro, como para asegurar que todos la pasaran bien, que los órganos se conectaran entre sí, que los flujos circularan sin límites entre los cuerpos. El esquimal también es un indio. El beduino puede ser generoso.

Claro que las esposas de Manuel Baigorria no me interesaron tanto por su fantasmal estrellato en un video porno indígena como por razones de genealogía. Me entró curiosidad por descubrir la línea de ombligo con la cual alguna de ellas habría contribuido a atar las ramas de mi propio árbol. Porque todas –y sus hijos– cargaron con un apellido. Esas erres me cautivan, como a todos los Baigorria que he conocido. Sé que hay unos cuantos, de distintas líneas de descendencia, entre soldados y desaparecidos y víctimas de bombardeos como el del 55. Hay una línea que pasó por el Litoral argentino y se desbarrancó en San Lorenzo; otra de trayecto bonaerense, que en algún punto se cruzó con esa que dejó huellas en las provincias de San Luis, Mendoza y La Pampa. También creo que a todos el rugido de esas consonantes nos fascina, nos agrupa, nos hace próximos, vecinos.

 

 

Quizá esa vibración de la lengua sea en sí una marca de identidad. Manuel sólo llegó a reconocer cuatro hijos: Justo José, Mercedes, Gabriel y José Manuel Gerónimo. Pero con tantas mujeres no es descabellado suponer que habrá dejado varias semillas sembradas en ese suelo poblado de bosques de algarrobos, caldenes y chañares que en aquel siglo llamaban desierto.

Poco sé de mi familia paterna, excepto que mi abuelo Cristóbal, a quien jamás conocí, era un criollo de Mataderos y un hombre de los márgenes, también denominados orillas. El abuelo, según contaba mi padre en los escasos momentos en los que quería recordarlo, había sido un rufián de barrio gauchesco y vacuno: se las ingenió para tener unas cuantas mujeres (también él) que hacían la calle bajo su protección o dominio. A una de ellas incluso llegó a apuñalarla por celos o porque habría querido fugarse con otro gavilán. Nunca supe si la mujer murió; mi viejo se llevó –como suele decirse– el secreto a la tumba. Aunque si uno va a su tumba, tampoco encuentra allí el secreto.

La madre de mi papá tenía que ser distinta: una lavandera mulata del Bajo Flores, única hija de una mujer de familia inglesa que se había unido a un barrendero descendiente de esclavos africanos. Ovejas negras. Ella era Teresa Larkin; él, Teodoro Arrieta. ¿Importan esos nombres? Sí. Gracias a ellos yo también podría decir que soy negro –un cuarto, octavo, etcétera. O británico. Afrovasco, como me gustaba decir en Bilbao.

Resulta que la hija de aquel matrimonio interracial, que se llamaba Angélica, se juntó con el cafishio criollo Cristóbal Baigorria. Y la mulata trató de encarrilarlo por la vía del matrimonio. Por supuesto que él era incorregible: siguió con su oficio, lo único que sabía hacer, y terminó separado de la mujer que le dio cinco hijos, de quienes, previsiblemente, jamás se ocupó. Sólo les dejó esas erres plantadas en los documentos.

La última vez que mi padre vio al suyo fue a los doce años, cuando la mamá Angélica lo llevó en una visita al rancho donde vivía el ex marido. Discutieron, y el chico terminó defendiendo a su madre a pedradas desde la vereda de enfrente para evitar que el fiolo se les acercara. Así fue la despedida entre padre e hijo. Una relación ejemplar.

Se desdibuja la imagen del abuelo Cristóbal en el crepúsculo de esos horizontes, se pierde su linaje entre guapos y chacareros, entre hombres mitad de ciudad y mitad de campo. Lo único que decía mi viejo cuando le preguntaba sobre el origen del suyo era que había venido “de la provincia”. ¿De cuál? Siempre tuve la duda. ¿No podría ser, acaso, que el abuelo tuviera entre sus ancestros algún hijo natural de los tantos que habrá producido aquel cristiano renegado en los aduares del desierto? ¿Aunque sólo fueran unas pocas gotas, o motas de polvo, o pizcas de sílice perdidas entre los médanos?

 

 

Conozco a una persona emparentada de modo algo lejano con el mítico coronel: la escritora Tununa Mercado, cuyo apellido materno es, precisamente, Baigorria. En su libro La madriguera, Tununa recuerda que su familia, originaria del sur de Córdoba, reclamaba el deseo de descendencia de esa estirpe mestiza, tejiendo una leyenda de amor entre aquel antepasado legendario y una princesa india llamada Lechibán, que querría decir Luz de Sol. Los parientes de la escritora, aunque carecían de papeles que verificasen con exactitud la cronología de la estirpe, siempre reivindicaron la “sangrebaigorria” como propia.

—Mirá qué presente estaría esa memoria –me dijo Tununa en una entrevista personal– que cuando alguien se enojaba, en mi familia decían: “Ahí le salió el Baigorria”.

O sea: salía el indio. Salía en la manera en que su tía abuela disponía los oídos y el alma para escuchar el ruido del desierto en los vientos y tormentas que venían del horizonte: “la pampa se mueve”.

 

 

También a mí se me movió la tierra cuando descubrí la existencia de Manuel Baigorria en un diccionario enciclopédico del País Vasco, que me mostró hace varios años un médico amigo, el higienista Eneko Landaburu, cuando yo vivía en España. Eso fue lo que me incitó a comenzar esta búsqueda en la zona del valle de Baigorry, al sur de Baja Navarra, región que abarca desde la línea de los Pirineos hasta el país de Osses, ya en Francia. Por ahí, en la época romana, Baigorrix solía ser el nombre de una divinidad pirenaica, un genio subterráneo, relacionado con Baigorri, el río bermejo que corre entre montes de quinientos metros sobre el nivel del mar. Se trata de un valle estrecho, de veinticinco kilómetros de largo, cuyo pueblo de cabecera es Saint Etienne. De allí provienen los gaiteros más famosos del país vasco. Y, en euskera, al habitante de ese lugar se le dice baigorritar.

Previsible: entre las casitas a dos aguas, las calles sosegadas y el cielo azul de la montaña no di con ningún Baigorria. Sólo vascos con ciudadanía francesa, cara maciza y piel blanca, alto porte y quijada firme, hombres en quienes no me reconocí, gentes de otros apellidos, Etchepares, Aldacourrones, Jaureguiberrys que aparecían por todos lados, en las tumbas del cementerio, en monumentos a soldados conocidos caídos en las guerras.

Me sentí ridículo por buscarme en aquel pueblo lejano de los Pirineos, por intentar construir un mito de origen a partir de esas consonantes dobles que alguna vez habrán cruzado el océano para depositarse en los hijos de una indígena americana y que luego habrían de ser contenidas, despacio, poco a poco, por todo un continente.

El contacto con un fragmento de la progenie histórica de Manuel Baigorria vino mucho después, ya de regreso en Buenos Aires, a partir de un encuentro fortuito. Durante una presentación en la Feria del Libro dijeron mi nombre y apellido por los parlantes. Una mujer lo escuchó, se acercó al stand donde se realizaba la firma de ejemplares y extendiéndome una mano dijo:

—Yo también soy Baigorria. Mi nombre es Sara.

Era oriunda de General Viamonte, provincia de Buenos Aires. De inmediato me informó que dentro del monasterio Nuestra Señora de la Gracia, en las afueras de un pueblo llamado La Tapera, había un cuadro con la foto del cacique-coronel. Y que entre los monjes trapenses y benedictinos algunos conocían muy bien esa parte de la historia. A lo cual añadió, casi en un susurro:

—Nuestro encuentro no es casual; la casualidad es una ilusión. Sabrás que hay entidades que nos ayudan a descubrir nuestro lugar, misión o llamado. No sé si has oído hablar de las canalizaciones.

Había oído. Es una vieja tradición reciclada en creencia new age: alguien dice que escucha y retransmite la voz de otro. Ese otro puede ser ángel, deva, espíritu, mónada en pena, ser desencarnado o extraterrestre. Por lo general, con un mensaje para dar a los habitantes de este mundo; lo trasmitiría precisamente a través del soporte, canal o médium que ha elegido. ¿Yo? No estaba interesado en inquirir, por el momento, nada acerca de ese credo. Sólo le hice a Sara algunas preguntas sobre La Tapera y prometí que iría alguna vez hasta allí a averiguar todo lo que pudiera del misterioso coronel y su devenir cacique.

—Eso sí, recordá que irás acompañado –advirtió ella, antes de despedirse–. Las entidades no te van a dejar solo en tu tarea si la tomás a conciencia.

Nunca más la vi. Desde entonces hasta el momento en que inicio este viaje pasaron cinco años, terminó un siglo y empezó un milenio.

Uno De chinas y cristianos

A mitad de camino entre Chacabuco y Carmen de Areco, provincia de Buenos Aires. Dentro del auto de una mujer que conozco desde hace tres meses. Conocer es un decir. ¿Qué sé de ella? Es médica. Estudia homeopatía. Vive al lado de Fuerte Apache. Trabaja en un hospital, en la unidad de terapia intensiva. Andará en busca de otras intensidades.

Se llama Beatriz. Mantendré en reserva su apellido, aunque no el modo en que nos encontramos. Me la presentó la hermana de mi primera ex mujer. Mi ex cuñada había preparado una fiesta de quince años para su hija, mi ex sobrina, y ahí estaba yo entre todos esos ex parientes políticos, fastidiado por el maldito prefijo que pretendía confinar al pasado a toda una trama de relaciones que continuaba en curso, que aun no había terminado, cuando apareció esta mujer-médica de cabecera de pelo negro y espeso, piel marrón y ojos grandes que pronto me llevaría al Monasterio Nuestra Señora de la Gracia construido en las ex tierras de la nación mapuche.

 

 

Quién lo iba a decir. Nos acostamos primero en mi departamento de un ambiente en un quinto piso del barrio de San Telmo, después en su casa frente a los sórdidos monoblocks del barrio llamado Ejército de los Andes y conocido por su apodo indoamericano. Empezamos a salir de un modo irregular, una vez un miércoles, otra un sábado. Por mi ex cuñada me enteré de que estaba separada desde hacía rato, buscaba pareja, algo serio. O eso me pareció escuchar. A veces uno se cree el mito de que todas las mujeres quieren casarse con uno. Las ve venir con el vestido de novia, el ramillete en los brazos. Lo raro es por qué seguí adelante si así la vi venir.

Beatriz nada decía, pero empezó a haber mimos, ternura. Miradas sostenidas. De pronto –demasiado pronto– me sentí perdido en esos ojos. El vértigo, la pérdida de pie y cabeza, la atracción de la caída.

Un día me asusté. Abrí mi paraguas de soltero implacable: le dije que todo era muy lindo, pero hasta ahí llegaba. Que más adelante la llamaría por teléfono. Necesitaba tomarme un tiempo para pensar.

Recuerdo una de las mejores puestas de sol vistas desde mi balcón: tres rayos de idéntico espesor proyectados por el horizonte de nubes hasta el cielo que pendía sobre el edificio antes de caer al río. Recuerdo que ella estaba desnuda, sentada sobre la cama de una plaza y una sola almohada que completaba la construcción del escenario donde se desplegaban mis fobias, usos y costumbres de solitario empedernido. Y recuerdo que vi rodar un lagrimón embarrado de rímel a lo largo de una mejilla.

¿Sonaba algún tango o lamento boliviano en el equipo de audio? No puedo diferenciar las lágrimas de la música, habría dicho Nietzsche. A mí esa gota me partió en dos.

Así que ni la llamé a Vanessa para decirle que me iba de viaje; apenas un e-mail telegráfico, minimalista. Tampoco la llamé a Lali; después de todo, habíamos dejado de salir oficialmente hacía como seis meses. Antes de Lali estuvo Verónica. Y antes María. Y antes… La lista es larga. Podría destacar unas veinte. Pero de ellas, las más importantes fueron tres o cuatro –la indecisión también es importante. De las tres o cuatro, dos fueron aquellas llamadas estables, de esas que dejan marcas –convivencia incluida– que todavía padezco. Y de las dos, una fue la primera –y no sólo en sentido cronológico.

 

 

En el harén, a la primera se la llamaba principal. “La patrona”: un capital que tenía preferencia sobre el resto. Las otras eran secundarias. Alguna de estas podía llegar a ser favorita, y escapar al dominio despótico de aquella. Con suerte, hasta podría disputarle el poder a la patrona. Por donde se lo mire, era una organización más rica y compleja que eso que más tarde se llamaría “pareja”.

Esta es, como mínimo, una idea discutible. Quizá presente algunas ventajas cuando se trata de acordar el respeto a la singularidad de cada cual. Yo también usé la palabrita: a mi primera ex mujer todavía la llamo “mi primera pareja”. Ojo: éramos una pareja “abierta”, es decir, políticamente correcta para la época. Hablo de la década del 1970, cuando había que abolir los celos, la monogamia y toda propiedad sobre los cuerpos. Adheríamos a definiciones pomposas. Por ejemplo: teníamos un vínculo bipersonal central con relaciones periféricas (creo que era una idea de David Cooper). O sea: estábamos dispuestos a permitir las relaciones paralelas de cada cual, con el acuerdo de que nada se realizara a espaldas de nadie. Éramos adeptos a la religión de La Verdad, sin atenuantes. Pensábamos: un genuino vínculo amoroso no tiene por qué romperse ante la irrupción del deseo por otros. Pensábamos. Pero no dominábamos al deseo.

Así nos fue. Vivíamos en fusión completa. Aun hoy me cuesta separar el yo del nosotros cuando recuerdo esos tiempos. Al principio, la simbiosis no fue alterada por lo que ocurría en la periferia. O sea: se pudo mantener el equilibrio entre relación central y periféricas hasta que una de estas –esa otra tan temida, la amenaza– empezó a correrse en dirección al centro. Y me hizo correr a mí cada vez más seguido.

Todo sucedía dentro de mi cabeza, seguro. La cuestión es que apareció alguien que se salió de los márgenes, estuvo a punto de tomar la plaza y ocupar el trono. Es una de las versiones posibles de lo que finalmente terminó en separación.

Otra versión: mi mujer principal no soportó la idea de compartir el afecto los fines de semana y tuve que cortar, no sólo con ella, sino también con la otra. Alguien también dirá: este se calentó con una mina más joven y así perdió a la mujer de su vida. O le agarró la crisis de la mediana edad (que puede ocurrir entre los treinta y pico y los cincuenta y pico) (es larga la mediana edad). O cedió a alguna demanda del ego masculino, tal vez a la necedad o necesidad de buscar un reflejo en ojos nuevos, de volver a escuchar palabras enamoradas o por lo menos seductoras. O esas ganas de mostrar otro cuerpo deseable a los amigos. O el irresistible impulso de hacer el amor de otra forma, de sentirse más hombre, menos niño. Todavía estoy tratando de comprender ese quiebre.

Liberación sexual, destape, revolución de las costumbres: mitos de generaciones presas del sentido único. O juegos infantiles de la voluntad: apostar a la subversión permanente, cambiar las reglas a piacere, imponer un modelo ideal sobre el movimiento de las pasiones. En cambio, en el harén todo habrá sido más fácil. A la fuerza. Sin costosas rupturas, dramas de abandono, horas de terapia: simplemente decirle a la nueva que se meta en la cama y pedirle a la vieja que se mueva un poquito para hacerle lugar. Después que se arreglen entre ellas.

Digo, no sé. Me lo imagino. O quizá lo sepa, pero no recuerde. La poliginia tiene más raíces de lo que se piensa, en la cultura y acaso (por qué no) en la biología. No tengo a mano una definición de cultura ni de biología, pero supongo que cinco o diez mil años de patriarcado deben haber dejado alguna marca en los cuerpos.

A veces uno no sabe que sabe lo que sabe. O quizá no quiera saber.

—El problema es que las ideas de la gente como vos llevan al desamor, a la soledad, a sentirse separado de los demás –me dice Beatriz cuando paramos en Junín a cenar una parrillada para dos mientras intento desplegar esta teoría tan casera como pan de campo.

No puedo refutar su argumento. La cuestión es que todavía me siento unido a mi primera mujer, y a aquellas que la siguieron, mucho más de lo que me gustaría pensar. Una ristra de hebras invisibles, incoloras e inodoras –aunque no indoloras– me enreda a ellas, y a ellas entre sí, y a los ellos de ellas. Un campo de hábitos, recuerdos, huellas físicas y virtuales, formas labradas por el paso del tiempo.

 

 

¿Ya dije amor? Supongo que no debería invocar el nombre del dios en vano. Los trovadores provenzales sí que la tenían clara: el corazón del caballero debía ser gentil para ganarse a la dama. Más allá estaba el ágape, cosa de santos o inmortales; ama a tu prójimo como a ti mismo. Parece que en el hinduismo se distingue entre amar con y sin apego. Quizá esto último es lo que siento cuando deseo que mi ex, o alguna de mis exes, sea feliz con otro; un deseo poco frecuente, que me ocurre cuando abandono, no cuando soy abandonado.

Pero la experiencia sirve de poco en las roturas de corazón: cada una me agarró desprevenido. Aun cuando yo hubiera dado el primer paso. Porque aquí empieza el problema: si las separaciones se construyen paso a paso, ¿qué tipo de huella despierta la sospecha de que el sitio en que uno está por meter la pata es el principio del final?

Veo las separaciones como una construcción, igual que el matrimonio, el noviazgo y el romance. Más constructo que producto, más causa que efecto. Hay derrumbe, pero por implosión, no por bombazo. Un operativo por el cual se paga un alto precio. Dicen que, a principios del siglo XX, el dieciocho por ciento de los matrimonios terminaba en divorcio. Y que al final del mismo siglo llegó al setenta por ciento. Y que el divorcio siempre fue caro, más allá de cuánto cobren los abogados.

Por mi parte, soy un hijo típico de ese siglo. De una generación con muchos ex. Ex rebeldes, ex promiscuos, ex adictos, expatriados. Ángeles caídos que tienen el mal gusto de revelar que el cielo no es el lugar que se cree. Por eso hay tanta desconfianza: el que perdió la fe se vuelve una amenaza para las ilusiones de los demás y un recuerdo vivo de que detrás de todas las certezas está el vacío.

Tan vacío –y oscuro– como el horizonte al que me lleva esta mujer en su auto, después de pernoctar en un hotel y levantarnos de madrugada. Ella… también es una ex. Dice que convivió y se separó. Aunque parece diferente. Tiene todo el aspecto de querer reincidir. Esa mirada húmeda, la sonrisa tímida aunque generosa, la velocidad con que se ofreció a llevarme hasta La Tapera, el modo en que entusiasmó con una mini convivencia en un retiro cristiano…

Pero bueno: le hablé de los monjes especialistas en pampas y ranqueles que vivían en Nuestra Señora de la Gracia. Le dije que tenía que viajar porque estaba haciendo una investigación periodística sobre el cacique-coronel Baigorria. Lo de “periodístico” era un argumento más o menos peregrino. ¿Quería decir que pensaba publicar los resultados en algún diario o revista o que podía tratar el tema de prisa, en superficie? No importa. Nada era del todo cierto ni del todo falso. El asunto es que así llegué a este viaje por la ruta 7 en su Fiat Spazio.

 

 

En la guantera del auto hay una estampita de la Virgen. ¿Será la Desatanudos?

—A mí me parece linda –responde Beatriz a mi pregunta sobre si el azar o el descuido colocaron ese icono junto al volante. No quiero preguntarle si todas las estampitas le parecen lindas, no veo la diferencia entre esta y cualquier otra, no se me ocurre ningún argumento anticlerical para enfrentar la inocencia de semejante comentario sobre la estética de una fe. Además, mejor no discutir con quien va al volante. Así que callo.

 

 

En Junín dejamos la ruta 7 y tomamos la 65 hacia Los Toldos, famosa porque allí nació Eva Duarte, conocida luego como de Perón. Atravesamos un cruce con un cartel que indica, a la derecha, la localidad de Baigorrita.

Beatriz ríe. Le parece gracioso el diminutivo. A mí no.

—Algunos creen que se trata de la misma persona, pero este Baigorrita era un cacique también llamado Manuel Baigorria, ahijado del coronel –le explico–. Parece que era costumbre de la época darle a un chico indígena el nombre y apellido del padrino cristiano.

En realidad, ese padrinazgo –me enteraría más tarde– fue resultado de la íntima relación del coronel Baigorria con el cacique Pichún Hualá y su mujer, la cautiva puntana Rita Castro. Rita era madre de Baigorrita, con perdón por la rima. Y parece que, a la muerte de Pichún, el amigo Baigorria le ofreció matrimonio a la viuda. Ella prefirió volver a su pueblo natal. Se supone que él respetó la decisión. Pero seguro que antes de dejarla ir se habrá sacado las ganas que le tenía entre pieles de oveja.