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¿Hasta cuándo se prohibió a las mujeres practicar deporte? ¿Por qué no hay categoría masculina olímpica en gimnasia rítmica? ¿Qué es el sportwashing? ¿Sienten más discriminación las mujeres lesbianas por su género o por su orientación sexual? ¿Por qué no hay ni un solo futbolista gay visible? ¿Tienen las personas trans e intersex ventaja en la competición? ¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación en la infravaloración del deporte femenino? ¿Es posible romper la categorización binaria en el deporte? En Corres como una niña. El género y la diversidad LGTBI en el deporte, el periodista David Guerrero nos propone un viaje por el pasado y el presente del deporte y su relación con las mujeres y las personas no normativas. Un viaje repleto de anécdotas sorprendentes, incomprensibles, injustas, divertidas a veces, que se entremezclan con entrevistas de primer nivel e información rigurosa en un análisis ameno y novedoso que atrapa con complicidad desde las primeras líneas.
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Seitenzahl: 248
Veröffentlichungsjahr: 2021
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DAVID GUERRERO
EL GÉNERO Y LA DIVERSIDAD LGTBIEN EL DEPORTE
PRÓLOGO DE PALOMA DEL RÍO
Primera edición: octubre de 2021
CORRES COMO UNA NIÑA. EL GÉNERO Y LA DIVERSIDAD LGTBI EN EL DEPORTE © 2021 David Guerrero
© del prólogo: Paloma del Río
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.Publicado por Dos Bigotes, A.C.www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-124023-0-8
eISBN: 978-84-124023-7-7
Depósito legal: M-25130-2021
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
La editorial ha hecho todo lo posible por localizar a los autores de las imágenes que ilustran este libro y expresa su disposición a rectificar cualquier error en futuras ediciones.
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Corres como una niña es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Prólogo: Siempre a contracorriente
1. Rosa y azul
2. El fútbol es el rey, nunca la reina
3. Sportwashing
4. Un armario hecho prisión
5. Míchel, maricón
6. ¿Cuerpos o géneros?
7. Ventaja competitiva selectiva
8. Les niñes y la identidad administrativa
9. El periodismo ante la diversidad
10. El deporte como herramienta educativa
11. Cinco centímetros por encima de la rodilla
12. Ni integración ni tolerancia, inclusión
13. Ni un paso atrás
Declaración del Congreso de los Diputados
Glosario
Directorio de entidades deportivas LGTBI inclusivas
Pies de foto y créditos
Agradecimientos
Para las personas que corren por la vida con valentía, libertad y autenticidad. Con amor del bueno para las que se han sentado a mi lado en el viaje.
Gracias por cogerme de la mano y ayudarme a saltar.
Con el paso de los años, con mi vivencia personal, tanto en el plano familiar como en el profesional, me doy cuenta de que las mujeres no lo hemos tenido, ni lo seguimos teniendo, fácil en esta sociedad. No hablo solo de España, hablo del mundo entero y no digamos si nos centramos en el menos desarrollado.
En mis ensoñaciones imagino lo que pasaría si cada hombre tuviera la capacidad de poder vivir, pensar, estar como mujer una semana de su vida. Acotar el plazo de tiempo a un solo día no le permitiría vivir todas las experiencias por las que pasa una mujer en toda su existencia: algo se quedaría fuera del experimento.
Y si esa hipotética circunstancia pudiera hacerse realidad, me gustaría saber cuál es su sincera opinión. ¿Qué ha sentido? ¿Cuáles son sus impresiones? ¿Con qué se ha encontrado? ¿Cómo le han tratado? ¿Qué ha podido hacer y qué no? Y la pregunta del millón: ¿le gustaría seguir viviendo como mujer o como hombre?
Estoy segura de que la mayoría, por no decir todos, dirían que como hombre, porque pasar por esa experiencia les hará darse cuenta de la realidad del cincuenta por ciento de la población mundial y seguramente no querrán seguir viviéndola.
Esa sensación de tener que estar al ciento por cien en cada minuto de tu vida, no bajar la guardia, estar demostrando tu capacidad intelectual, tu preparación, tu profesionalidad a cada paso que das es agotador, pero las mujeres lo asumimos con una naturalidad pasmosa y nos acoplamos a ello. Nuestro nivel de exigencia es brutal y convivimos con él de una manera muy normalizada.
En el mundo del deporte pasa exactamente igual. La actividad deportiva es un reflejo de nuestra sociedad y lo mismo que tenemos que demostrar en nuestro día a día hay que hacerlo en el mundo del deporte, con el agravante de la desventaja en años que llevamos las mujeres con respecto al deporte masculino, que comenzó en la Antigua Grecia: ventiún siglos frente a unos 150 años…
Y siempre a contracorriente, peleando por estar integradas, por formar parte de la sociedad en igualdad de trato que los hombres, en las mismas condiciones. Cuando en especialidades deportivas eminentemente femeninas, sincronizada y gimnasia rítmica, los hombres reivindican su participación, su espacio, es cuando nos damos cuenta del trabajo que supone la equidad absoluta.
Son ellos ahora los que buscan la igualdad de oportunidades y pueden vivir en sus propias carnes lo que las mujeres hemos pasado durante tantos años. Y no digamos si aparece un hecho diferencial como es el manifestar tu condición de homosexual.
Estamos llenos de prejuicios, a todo le tenemos que poner pegas, no podemos vivir sin juzgar al otro por el motivo que sea, pero queremos que a nosotros nos respeten nuestra forma de ser, de pensar y de actuar. Nos falta ese punto de empatía, de generosidad para con el otro, para con el diferente, y pensamos que estamos en posesión de la verdad, de la verdad de la buena.
Nos iría, como sociedad, mucho mejor si nos pusiéramos en algún momento en el lugar del otro, de su pensamiento, de su vivencia, si fuésemos un poquito más generosos y comprensivos con su manera de ser y de pensar. Pero no, el ser humano es persistente en su pensamiento y pareciera que nos gustara tomar siempre el camino más difícil.
Me gustaría que este libro nos abriera los ojos para dejar de ir a contracorriente y ponernos, aunque solo sea por un instante, en la piel del otro para caminar en la misma dirección.
El mundo sería un poquito más generoso y el camino más fácil.
Paloma del Río
Mayo de 2021
El ser humano abusa constantemente de su propia necesidad de simplificar la realidad para poder entenderla, ordenarla y clasificarla. Hasta la persona más libre de prejuicios tenderá, de forma inevitable, a utilizar los estereotipos aprendidos a lo largo de su experiencia vital para etiquetar aquello que la rodea. Y eso hacemos con respecto a las diferentes dimensiones de la sexualidad humana.
Sumamos con ligereza sexo biológico, sexo asignado al nacer, identidad y expresión de género en dos únicos caminos paralelos y lineales. Una persona con un par de cromosomas XX y genitales externos en apariencia femeninos será clasificada automáticamente como hembra. Esa sexación desde el nacimiento la obligará a sentirse y comportarse tal y como marca el concepto de «mujer» construido por la sociedad. Antes ni siquiera de aprender a hablar, le exigirán que se convierta en una persona sensible, refinada y apocada, se la considerará débil y sumisa. Será percibida físicamente como inferior —hablaremos de cuerpos y géneros más adelante— y se le recordará una y otra vez que su cuerpo no puede malgastarse en algo tan masculino y bruto como el deporte. En esta concepción clásica del género, muy arraigada en la sociedad y causa clara de la opresión hacia las mujeres, ellas han nacido para ser salvadas y protegidas.
Por el contrario, las personas clasificadas como varones al nacer tendrán que ser dominantes, agresivas, fuertes o valientes. No podrán mostrar sus sentimientos ni su empatía y, por supuesto, están obligadas a ser muy buenas en el deporte. En esta construcción del género siempre me asombra la capacidad que se le otorga a la vulva o al pene en el desarrollo de nuestra personalidad.
Cuando las sociedades desarrolladas empezaron a asumir que existían orientaciones sexuales no normativas, el sistema fue muy eficaz en reclasificar: colocaron a las mujeres lesbianas en el estereotipo masculino y a los hombres gais en el estereotipo femenino. La sociedad me exige ser dominante y agresivo por mi género, pero asume que seré sensible y débil por mi orientación sexual.
Ahora me observo en mi adolescencia con ternura, cuando intentaba construir mi personalidad y amoldarla a unos esquemas claramente contradictorios, integrar lo que sentía y cómo me sentía en lo que se esperaba de mí, lo que me haría encajar y lo que debía ser. No fue tarea fácil. Supongo que la mayoría de las personas terminamos enfrentándonos a este puzle, en el que nos han repartido —o inculcado— piezas equivocadas.
Esta construcción social y cultural es aún más rígida y evidente en el mundo del deporte, puesto que clasifica a todas las personas en categoría masculina o categoría femenina. Las cualidades asignadas al género femenino suelen estar alejadas de lo que se espera de un buen deportista. Para la simpleza del imaginario colectivo tradicional, un hombre gay o una mujer heterosexual serán peores deportistas que una mujer lesbiana. Cuando enfrentamos los estereotipos de género con las habilidades específicas que se exigen en cada deporte, el sistema falla, pero de nuevo reacciona de una forma eficaz mediante la masculinización y la feminización de las diferentes disciplinas. En estos años recorriendo clubes y federaciones formando en Deporte y Diversidad1, hemos descubierto que las mujeres lesbianas son más visibles en deportes habitualmente masculinizados mientras que los hombres gais son referentes en deportes tradicionalmente feminizados.
Un ejemplo de esta nueva discriminación cruzada con los estereotipos de género se observa en la Federación Madrileña de Patinaje, una de las primeras en incluir la formación en diversidad afectivo-sexual en sus cursos oficiales de arbitraje y de entrenadoras y entrenadores. Las mujeres lesbianas viven en libertad su orientación sexual en hockey patines, un deporte de contacto en el que no encontramos ni un solo referente gay masculino en España. Por el contrario, los hombres gais son muy visibles en patinaje artístico, donde entre las habilidades necesarias para triunfar se encuentran la capacidad de interpretar, la elegancia o la creatividad. El sistema se olvida de la importante exigencia física y técnica de esta y otras disciplinas deportivas consideradas femeninas.
La natación sincronizada se instauró como deporte olímpico en el año 1984 solo en modalidad femenina, a pesar de que los hombres habían formado parte de su nacimiento y desarrollo. De hecho, los grandes equipos de principios del siglo XX eran masculinos. Música, baile, trajes de baño coloridos, maquillaje y purpurina eran, probablemente, demasiado para el nuevo estereotipo de hombre occidental de los ochenta. Esta normativa sexista se rompió parcialmente en 2015, cuando se incluyeron los dúos mixtos en el Campeonato Mundial organizado por la Federación Internacional de Natación en Rusia. El estadounidense Bill May2, el francés Benoit Beaufils3 y el español Pau Ribes pudieron saltar por fin, tras años de entrega y disciplina sin recompensa internacional, a la piscina de los mundiales de Kazán.
Ribes compartió aquel sueño con Gemma Mengual, única nadadora del mundo que ha ganado cuatro medallas de oro en unos campeonatos europeos. Desde entonces, el pionero español en natación sincronizada ha logrado junto a Marta Ferreras las medallas de bronce en dúo técnico y dúo libre en los Europeos de Natación de Londres 2016 y Glasgow 2018, y junto a Emma García la medalla de plata en dúo técnico mixto en el Europeo de Natación de Budapest de 2021.
El objetivo inmediato de Pau Ribes y de numerosos nadadores de sincro a nivel internacional es que esta categoría de dúo mixto se incorpore a los Juegos Olímpicos de 2024. Clubes, federaciones y deportistas se han unido para solicitar a los comités olímpicos de cada uno de sus países y a los organismos competentes nacionales, como el Consejo Superior de Deportes en España, más apoyo y visibilidad para la sincro masculina. Quieren que se autorice lo antes posible la categoría individual para los hombres, y en un sueño más a largo plazo, llegar a formar equipos masculinos o mixtos para competir internacionalmente. Ribes está convencido de que fusionar la imagen de los cuerpos femeninos y masculinos con componentes como la fuerza y la flexibilidad «hará más bonito y espectacular este deporte».
El propio Ribes reconoce que, para ello, necesitan que más chicos se incorporen a la natación sincronizada y que los medios de comunicación se interesen e informen sobre las competiciones masculinas. De esta forma, se romperán también unos estereotipos sociales que alejan a los varones de este deporte.
Pau Ribes no lograba concentrarse en las tareas del colegio a causa de su hiperactividad. Su familia descubrió que en el agua era feliz, se sentía a gusto y tranquilo y era capaz de memorizar las complicadas rutinas de la natación sincronizada. Es un deporte que exige un absoluto control de la respiración y del propio cuerpo y la perfecta ejecución de las rutinas. Ribes consiguió aplicar en su vida cotidiana esa concentración y disciplina. Cuenta sus inicios haciendo un llamamiento a las familias con hijas o hijos con déficit de atención o hiperactividad para que «no tiren por la vía rápida de la medicación». Serán mucho más felices, como lo es él, «cuando encuentren una alternativa que los llene y les permita quemar toda esa energía».
No fue fácil acercarse a un deporte clasificado por la sociedad como «de mujeres». Ribes reconoce que «era el más criticado, el bicho raro y el que iba siempre con las chicas». En muchas ocasiones, lo etiquetaron y lo siguen etiquetando como gay. No le molesta, cree que «todas las personas etiquetamos injustamente todo el tiempo, basándonos en las apariencias más superficiales».
El abandono de la natación sincronizada por parte de los niños cuando llegan a la adolescencia es la prueba clara del daño y la influencia de los estereotipos de género en los deportes socialmente feminizados. Es a esa edad cuando «empiezan a ser conscientes de que van a romper moldes y que su lucha va a ser complicada». Ribes lamenta que muchas familias elijan por sus hijos y no les permitan ni siquiera iniciarse en esta «maravillosa» disciplina.
Algunos de los momentos que considera más duros se produjeron cuando vivió algún episodio desagradable compartiendo vestuario con los chicos de natación o waterpolo: «Cuando salí de la ducha, mi bolsa y mis cosas estaban tiradas en el suelo y me habían quitado los pantalones». Reconoce que sufrió, «y bastante», pero Ribes no tenía escapatoria, la sincro le había atrapado, «me llenaba y me sigue llenando». En el club Granollers, el primero de España en el que un niño hacía sincro, siempre fue uno más: «Me sentí acogido y apoyado».
Lo más difícil, explica, es «que la injusticia de no poder competir como las chicas no te lleve a tirar la toalla». Apoyándose en su entrenadora, en su familia y en sus propias compañeras de club, decidió seguir luchando. Aún hoy admite que «esa frustración vuelve» cada vez que ve competir a todas sus compañeras juntas. La normativa actual no permite los conjuntos masculinos ni mixtos.
Ribes, calificado en la prensa deportiva con términos como «sireno» o con un constante señalamiento público sobre su orientación sexual, cree que uno de los problemas de la sociedad, y por supuesto del deporte, es que «cuando una discriminación no te toca directamente, no te mojas».
Pau Ribes no deja de mojarse, y no solo en la piscina. A pesar de no pertenecer al colectivo LGTBI, se ha implicado en su defensa y su lucha con un discurso público que reivindica la igualdad y la diversidad. Cada día rompe los estereotipos de género, y lo hace, además, desde una filosofía sencilla: «Si te gusta hacer un deporte y disfrutas, debes hacerlo, seas chico o chica, te digan lo que te digan».
La feminización es más profunda en deportes artísticos. Tanto en sincronizada como en gimnasia rítmica siempre se argumenta la superioridad de las mujeres en flexibilidad —curioso que los «jefes» del sistema se acuerden de las capacidades positivas de las mujeres solo cuando se trata de excluir—. La gimnasia rítmica ha tenido que esperar al año 2020 para que los Campeonatos de España incluyan una categoría mixta. El cambio en la normativa llega tras años de lucha de numerosos clubes, como el Juan de la Cierva de Villaverde (Madrid), en el que chicos y chicas en categorías inferiores ya compartían aro, cuerdas, pelota, mazas y cinta. Un club modesto, sujeto a las actividades extraescolares de un colegio de un distrito del sur de la capital española, pero sin duda ejemplarizante.
El equipo mixto del club Juan de la Cierva, formado por Blanca Gálvez, Andrea Serrano, Sonia Morales, Natalia Gascón, Rocío Gómez y Víctor Julián —el primer gimnasta masculino individual en la Federación Madrileña de Gimnasia Rítmica— consiguió clasificarse en 2019 para el campeonato nacional base de conjuntos. La normativa les habría permitido participar si hubieran dejado a Víctor fuera de esta competición, pero todas sus compañeras se negaron. Es fácil imaginar el sacrificio y las horas de entrenamiento que hay detrás de una clasificación nacional. El espíritu competitivo quedó silenciado por la férrea unidad del equipo en torno a una situación injusta. Un nuevo ejemplo de valores y compañerismo en el deporte que alzó la voz, llamó la atención de los medios de comunicación y de las instituciones reguladoras del deporte y consiguió corregir, en parte, una normativa que excluye a los varones.
La mayoría de los deportes de equipo separan a niñas y niños a los 12 años. La justificación pública de esta segregación se basa en el desarrollo físico de las y los menores cuando alcanzan la adolescencia. Hay excepciones notables como el rugby, que permite los equipos mixtos hasta los 16.
En el relato defensor de la segregación por género se habla de «proteger a las mujeres de la superioridad física masculina». Pero la realidad es que la mayoría de las mujeres alcanza su estatura adulta antes de los 16 años, dos antes que los hombres. ¿Tendrían ellas, por tanto, una ventaja física en la competición en esas edades? Es a partir de los 12 años cuando los senos de las chicas empiezan a ser visibles y a partir de los 13 cuando comienzan los primeros sueños húmedos de los varones. Segregar por sexos siempre ha sido la herramienta favorita de la decencia religiosa.
El caso más ridículo de segregación en el deporte se da en el ajedrez, que aún hoy sigue apostando por campeonatos exclusivamente femeninos. En la década de 1990, mujeres como las hermanas Polgar obligaron por derecho propio a transformar la categoría masculina en abierta o mixta. Eso sí, en estos campeonatos es habitual que se otorguen premios a la mejor jugadora, un techo de cristal que evita de forma velada que el propósito inicial y único de ellas no sea ganar también a todos los hombres.
La Federación Andaluza de Fútbol se convirtió en 2005 en la primera del mundo en permitir los equipos mixtos en todas sus categorías. No hay detrás de este hito un intento por eliminar la clasificación por género: en realidad, su objetivo era dar una salida a muchas mujeres que querían jugar al fútbol pero que residían en pueblos en los que no había ni equipos ni ligas femeninas.
Nuestro «deporte rey» tiene una normativa curiosa: sus dos categorías se definen como fútbol y fútbol femenino. Los «jefes» que redactaron los reglamentos se creen tan dueños del balón que obviaron incluir la palabra masculino en la primera categoría y, por tanto, excluir a las mujeres de sus equipos. Por eso, la FIFA4 no pudo hacer nada ante la decisión andaluza.
Los datos de la realidad del fútbol español lo sitúan como el deporte más practicado en nuestro país, con una abrumadora presencia de hombres. Según la memoria de la temporada 2018-2019 publicada por la Real Federación Española de Fútbol (RFEF)5, la categoría masculina está a punto de alcanzar la astronómica cifra de 800.000 licencias, frente a las cerca de 48.000 en categoría femenina. Es curioso que la propia memoria no recoja cuántos de los casi 104.000 técnicos y entrenadores son mujeres. Ya os digo que el porcentaje será ínfimo.
El Consejo Superior de Deportes (CSD) publica cada año un informe de las licencias del deporte6 que se practica en nuestro país: tenemos casi 3.000.000 de fichas masculinas frente a 890.000 femeninas. El número total de mujeres que practican cualquier deporte federado es similar al total de hombres que tienen una ficha en fútbol.
Las cifras ratifican cómo se han feminizado ciertos deportes: solo hay tres federaciones con más fichas federativas femeninas que masculinas. ¿Adivináis cuáles? Pues sí: Gimnasia y Patinaje, y también Hípica. La mayor diferencia se registra en gimnasia, con 46.000 mujeres frente a 4.000 hombres. Los deportes más equilibrados en cuanto a la práctica por categorías, según este informe del CSD, son atletismo y natación. Como curiosidad, hay solo 52 mujeres que juegan profesionalmente al billar frente a 3.600 hombres.
Pero volvamos al fútbol. Si sumamos todas las licencias de la RFEF, incluidas las de fútbol sala, estaríamos hablando de más de un millón, muy por delante de los otros dos deportes más practicados en España: el baloncesto cuenta con 385.000 fichas y la caza, con 317.000. Por cierto, este último «deporte» solo lo practican 2.500 mujeres. Cazar debe ser una cosa muy de hombres.
Una de las grandes iconos de la difícil y tardía incorporación de las mujeres al deporte es la atleta estadounidense Kathrine Switzer. En los años sesenta, los organizadores de las pruebas deportivas de Estados Unidos creían que las mujeres eran físicamente incapaces de correr más de una milla y media (2,4 kilómetros). Mucho menos abordar la difícil tarea de completar los 42 kilómetros del Maratón de Boston, la carrera popular más antigua del mundo. Switzer se inscribió con sus iniciales para no levantar sospechas y consiguió su dorsal, el ya mítico 2617.
Los organizadores la convirtieron en un ejemplo de la defensa de la igualdad de género cuando, durante la carrera, uno de los comisarios de la prueba intentó expulsarla a empujones. Ella no se rindió, escoltada por varios «corredores aliados», y con los pies ensangrentados llegó a meta en cuatro horas y veinte minutos. Fue automáticamente descalificada y expulsada de la Unión Atlética Amateur. Pero ya no había vuelta atrás: aquella imagen de 1967 se erigió en un símbolo que circuló en los medios de comunicación de todo el planeta.
Pero hubo otra mujer en aquella carrera: Roberta «Bobbi» Gibb entró en meta casi una hora antes que Switzer. De hecho, un año antes Gibb ya se había colado en la prueba, siendo la primera mujer en terminar la Maratón de Boston. A Gibb le faltó el dorsal, pero sobre todo no contó con esa serie fotográfica8 del intento de expulsión de Switzer, una de las imágenes que cambiaron el mundo del deporte y referente aún hoy de la lucha feminista.
Cinco años después, la Maratón de Boston permitió la participación de las mujeres. En 1974, Switzer ganó la Maratón de Nueva York. En 1984, se celebró la primera maratón en categoría femenina en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Y por fin en 1996, se corrigió una injusticia mediática e histórica: Roberta «Bobbi» Gibb fue reconocida oficialmente como ganadora de la Maratón de Boston de 1966, 1967 —el año de Switzer— y 1968.
Solo dos mujeres, ambas jugadoras de tenis, aparecen en la lista de los cien famosos mejor pagados del mundo9 que publica anualmente la revista Forbes. Durante años solo conseguía colarse en este ranking Serena Williams —gracias, en gran parte, a los patrocinios publicitarios—. Ahora comparte reinado con la también tenista de origen nipón Naomi Osaka, nueva número uno de la WTA (2019).
Estos datos, alejados de la realidad del 99% de las y los deportistas en España, son una muestra más de la brecha, no solo salarial, sino también de reconocimiento público y social, entre las mujeres y los hombres en el deporte. Una equiparación que se ha ido corrigiendo principalmente en el deporte de élite internacional y en los Juegos Olímpicos. Las mujeres representaron cerca del 49,5% del total de participantes en la cita olímpica de Tokio 2020, cuatro puntos más que en Río 2016 y rozando la paridad por primera vez en la historia. También por primera vez, todos los comités olímpicos nacionales debían tener una mujer y un hombre en cada equipo, se desarrollaron nueve competiciones mixtas más —18 en total— y se animó a todos los países a que hubiera dos deportistas abanderados representando a las categorías femenina y masculina.
El maratón es la única prueba cuya entrega de medallas forma parte de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. Un importante reconocimiento reservado hasta ahora a los atletas varones. Tokio 2020 también rompió esta tradición mantenida a lo largo de la historia, incluyendo por primera vez la entrega de medallas en categoría femenina. En un estadio sin público, como todas las competiciones de estos juegos de la pandemia, millones de personas vieron por televisión cómo recibían sus medallas las keniatas Peres Jepchirchir y Brigid Kosgei junto a la estadounidense Molly Seidel.
Las federaciones y comités olímpicos nacionales tendrán que trabajar para reducir otra importante brecha que refleja la situación actual de las mujeres en la organización y el liderazgo del deporte profesional: la escasa presencia de entrenadoras. Solo el 10% del cuerpo técnico acreditado en Tokio 2020 eran mujeres.
Su incorporación a los cuerpos directivos que controlan y regulan el deporte está siendo mucho más lenta y sigue siendo muy pobre. Solo un 36% de los miembros del Comité Olímpico Internacional son mujeres; entre sus 47 Miembros Honorarios, solo hay una mujer.
En el Comité Olímpico Español la situación es aún peor: de las 23 personas que forman parte del Comité Ejecutivo, solo cuatro son mujeres. Este dato es consecuencia directa de que solo tres de las 58 federaciones deportivas españolas estén presididas en la actualidad por mujeres: las de Vela, Remo y Salvamento, y Socorrismo.
Es bastante llamativo que sean tres hombres —Jesús Carballo, Carmelo Paniagua y Juan Carlos Cabello— los que presiden las federaciones de Gimnasia, Patinaje e Hípica. Recordemos que son las tres únicas disciplinas deportivas en España con más fichas federativas en categoría femenina. En gimnasia, las mujeres representan más del 90% del total de personas federadas. Nada más que añadir.
1 Asociación sin ánimo de lucro formada por los clubes LGTBI+ inclusivos de la Comunidad de Madrid con el objetivo de contribuir a la creación de un modelo deportivo que promueva la visibilidad y la lucha contra la homofobia, y proteja la diversidad, la inclusión y los derechos de igualdad de trato y no discriminación.
2 Tras incontables victorias en campeonatos estadounidenses y abiertos internacionales en los años noventa, Bill May se convirtió en 2015 en el primer varón en ganar un mundial junto a su pareja Christina Jones. Tenía 37 años y llevaba diez retirado de la competición.
3 Ante la imposibilidad de desarrollar sus carreras profesionales en el deporte de élite, tanto May como Benoit Beaufils se refugiaron en el mundo del espectáculo de mano de Cirque du Soleil o Le Rêve en Las Vegas.
4 Fédération Internationale de Football Association es la institución que gobierna las federaciones de fútbol en todo el planeta.
5 Memoria de Actividades 2018-2019. Real Federación Española de Fútbol (RFEF). https://www.rfef.es/transparencia/licencias
6 Datos estadísticos de 2019 sobre número de licencias y de clubes federados de las diferentes Federaciones Españolas. Consejo Superior de Deportes.
7 261 Fearless Inc. es una organización global sin ánimo de lucro que utiliza el running como un vehículo para empoderar y unir a las mujeres.
8 Serie fotográfica de Harry Trask, de Boston Traveller, publicada por primera vez en 1967 en Boston Herald.
9 «The World’s highess-paid celebrities» (Ranking 2020). Forbes Media LLC.
«Los primeros minutos son favorables a los forasteros, los cuales presionan grandemente la puerta veleña, pero la buena actuación de la defensa local malogra toda intentona de marcar. Se rehacen los veleños y, muy bien ayudados por su línea media, logran nivelar el encuentro… Casi finalizada la primera parte, el Vélez logra apuntarse tres tantos. La siguiente mitad es menos entretenida, pues los veleños, protegidos por el aire, se estacionan ante el área de castigo de los malagueños, consiguiendo marcar otros tres goles más. Aunque por este, todos estuvieron bien, destacóse, grandemente, Veleta».
Este es un extracto de la crónica publicada en el periódico El Industrial de un partido de fútbol celebrado en los años veinte. Veleta, su protagonista, jugó siendo muy joven en los primeros años del Sporting de Málaga y hasta principios de la década de 1930 en el Vélez Fútbol Club. El periodista local Jesús Hurtado desempolvó hace unos años en su blog Velezedario10 una gran historia de rebeldía en unos tiempos en los que el fútbol era un deporte exclusivo de hombres.
Veleta era, en realidad, Anita Carmona, obligada a disfrazarse de hombre y a pasar lo más desapercibida posible para poder jugar. Anita solo podía acercarse al mundo del fútbol para llevar la ropa que su abuela lavaba y zurcía para el equipo. Esa era su única tarea cuando jugaban de locales. Era demasiado arriesgado.
Cuando el partido era fuera del barrio, Anita ocultaba su anatomía, escondiendo sus curvas con paños de tela apretados y con un tallaje superior en la camiseta y los pantalones. Se convertía así en uno más del equipo. Sus compañeros eran sus cómplices, porque Anita logró hacerse respetar en el terreno de juego. Su complicidad llegó a tal nivel que en el Vélez todos se pusieron motes en las alineaciones para acompañar a Veleta y evitar así utilizar sus nombres reales. Me la imagino luchando internamente contra su propio talento en el campo para no destacar demasiado y sin poder compartir sus triunfos y sueños en su entorno familiar. El foco social y deportivo no tardó en interesarse por su vida, ¿quién era ese tal Veleta? Finalmente la descubrieron.
