Crianza en debate - Evangelina Cueto - E-Book

Crianza en debate E-Book

Evangelina Cueto

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Beschreibung

Nunca hubo tanto acceso a información sobre cómo criar, ni tantas voces que se presenten como expertas en el tema. Sin embargo, esta multiplicación de voces, que bien podría representar una democratización de la palabra, conlleva el riesgo de generar más ruido que un cambio estructural. ¿A través de qué medios nos llega esa información? ¿Acaso este nuevo panorama alcanza realmente para desarmar por completo el mansplaining pediátrico o el tono paternalista, a veces incluso infantilizante, que caracterizó los discursos anteriores sobre la crianza? ¿Con cada nuevo tip o recomendación no se refuerza, paradójicamente, la idea de que hay un único modo de criar? ¿Y si lo que se instala es una nueva forma de mandato, tan sutil como eficaz? ¿Qué lugar queda para el deseo, para la duda o para el silencio en un entorno saturado de certezas? Estas y muchas otras preguntas se formula Crianza en debate, que, desde un enfoque interdisciplinario que se refleja en la formación de las autoras, propone una mirada matizada y crítica, que trascienda la lógica dicotómica de lo bueno y lo malo, sobre los grandes debates que atraviesan el acto de criar en la actualidad. El desafío es pensar en una escena de crianza más propia, menos colonizada por mandatos externos. Una escena tejida con elecciones genuinas, apoyada en la experiencia situada y no en fórmulas universales.

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Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EVANGELINA CUETOJULIETA SCHULKIN

CRIANZA EN DEBATE

Página de legales

Cueto, Evangelina

Crianza en debate / Evangelina Cueto ; Julieta Schulkin. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-631-6632-74-6

1. Infancia. 2. Adolescencia. I. Schulkin, Julieta II. Título

CDD 158.1

© 2025, Evangelina Cueto, Julieta Schulkin

©2025, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN 978-631-6632-74-6

Diseño de interior: Cerúleo

Foto de contratapa: Retratos Profesionales

Primera edición en formato digital

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1: GENEALOGÍA DE LA CRIANZA

Criar con lo que traemos puesto

Saudade. Infancias antes de la geolocalización

La atomización de la familia y las infancias como bichos raros

El eco del silencio demográfico

Discurso sin cuerpo

CAPÍTULO 2: GURÚES DE MATERNIDAD

Criar sin manuales y con el práctico aprobado

Gurúes y tips para llenar el vacío

A un clic del consuelo

Coaching y mandatos en voz baja

CAPÍTULO 3: LA INFLUENCIA DE LOS ALGORITMOS

Escuelita de mamá

Diseño de software y redes de crianza

Discursos en burbuja

Sesgos de confirmación: la lógica de lo esperado

CAPÍTULO 4: ADULTOCENTRISMO

Niñeces en los márgenes

Cuánto afuera y qué poco se usa

Aunque no lo veamos

Crianza productiva. Un cuento sobre agendas abarrotadas

CAPÍTULO 5: CONTROLES PARENTALES 24/7

Una opción binaria: todo o nada

Descontrol, una sensación

Niñeces taggeadas

Mediación parental: los dispositivos como niñeras

CAPÍTULO 6: EL ESCENARIO DIGITAL

La adultez escrolea

El síntoma digital

Lista de problemas en tiempos de wifi

Bonus track: chat de mamis o campo minado o la tiranía de las cosas irrelevantes

CAPÍTULO 7: ¿CÓMO SE CONSTRUYE LA CIUDADANÍA DIGITAL?

La villana de la peli

El primer smartphone

El rol de la adultez

Soberanía cognitiva

CAPÍTULO 8: CUIDADO Y MODOS DE CRIANZA

Cuidado y hartazgo

El falso dilema entre crianza permisiva y autoritaria

Límite y pensamiento crítico, tecnologías libres de obsolescencia

Democracia doméstica

CAPÍTULO 9: LA VOZ DE LAS INFANCIAS

Un gesto democrático

“Son mis cosas”

Preocupaciones de las infancIAs

Ciudades para comprar

AGRADECIMIENTOS

Lista de páginas

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Puntos de referencia

Portada

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Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

PRÓLOGO

POR FELIPE PIGNA

Una mirada genealógica sobre la crianza estaba pendiente. Tal vez porque durante mucho tiempo se pensó la infancia como un territorio inmune a los vaivenes del contexto, corrida del debate político o de los condicionamientos sociales. Sin embargo, como bien demuestra este libro, nada más alejado de la realidad: los modos de criar también son construcciones culturales, históricas y, sobre todo, políticas.

Este texto se atreve a interrogar los modos de crianza y lo hace con lucidez y profundidad singulares. Se detiene a comprender el adultocentrismo como una fuerza estructurante de la experiencia infantil, y observa con agudeza cómo se despliega ese dominio adulto en escenarios diversos: la escuela, las ciudades, los vínculos familiares e incluso los entornos digitales, donde también se juega, y muchas veces se refuerza, la asimetría entre generaciones.

Las autoras recorren con precisión algunos hitos históricos que marcaron quiebres decisivos en la forma de concebir la niñez y recuperan aquellas militancias que, desde distintos frentes, empujaron la transformación del paradigma tutelar hacia un enfoque de derechos. Lejos de una mirada ingenuamente progresiva, su lectura ilumina las tensiones, resistencias y conquistas que hicieron posible que niñas, niños y adolescentes dejaran de ser considerados objetos de protección para ser reconocidos como sujetos de derecho, portadores de palabra y dignidad. Entre esos hitos remarcables, resuena con fuerza la Ley 1420, que sentó las bases de una escuela laica, gratuita y obligatoria, y que constituyó, más allá de sus limitaciones, un gesto fundacional en la ampliación del derecho a la educación. También la creación de la revista Billiken, que, con su propuesta de divulgación científica y su mirada curiosa sobre el mundo, marcó un modo particular de dirigirse a las infancias, entre el entretenimiento y el deseo de formar ciudadanos. Y, por supuesto, la primera etapa del peronismo, que puso en el centro a las niñas y niños como destinatarios de políticas concretas.

El enfoque interdisciplinario que sostiene este libro le otorga un sello propio. La combinación de perspectivas que proponen Evangelina y Julieta habilita una lectura que no separa los mundos digital y físico como si fueran esferas opuestas, sino que los entrelaza para pensar los derechos en territorios que se vuelven difíciles de delimitar. Lejos de caer en miradas alarmistas o reductoras, este texto se corre del enfoque del riesgo para alojar preguntas nuevas, incómodas y necesarias, sin subestimar la densidad del escenario digital con todo su ecosistema de algoritmos y consecuentes sesgos de confirmación.

Las páginas recorren, además, las distintas figuras públicas que, a lo largo del tiempo, se posicionaron como referentes en temas de crianza. A muchas de ellas las nombran como gurúes de la maternidad, para dejar en evidencia cómo ciertas voces ganan autoridad en contextos de fragilidad. Pero también, y esto es clave, muestran que esas figuras emergen de una necesidad de orientación, en una panorama de tanta falta de compañía y “familias atomizadas”.

El libro también se detiene a analizar los modelos de crianza que predominaron —y aún predominan— en distintas épocas, con el objetivo de desarmar tanto los formatos autoritarios como lo que las autoras definen como formas negligentes de ejercer el cuidado. No se trata de oponer un modelo al otro en clave de superación histórica, sino de advertir cómo conviven en el presente múltiples lógicas, herencias y contradicciones.

En ese ir y venir entre pasado y presente, el texto evita toda idea de trayectorias uniformes y pone en evidencia que los modos de criar no siguen una evolución progresiva, sino que se entretejen en capas, se reconfiguran y, muchas veces, se disputan en simultáneo.

En el corazón de este libro late una hipótesis tan poderosa como necesaria: la crianza se ha vuelto una experiencia cada vez más solitaria porque se han erosionado los lazos comunitarios que antes la sostenían. Las autoras no solo señalan este fenómeno con claridad, sino que lo examinan con argumentos sólidos, sensibilidad y una profunda humanidad. Nos traen con calidez sus propios recortes biográficos para alimentar las reflexiones, sin caer en nostalgias paralizantes. Y lo hacen con la urgencia de quien entiende que revisar nuestras formas de criar es, también, revisar el mundo que estamos construyendo: uno donde las ciudades expulsan más de lo que cobijan, donde las tareas de cuidado siguen recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres y donde los vínculos intergeneracionales se debilitan en un presente que celebra, cada vez más, el aislamiento como forma de vida.

Este libro no se conforma con describir con profunda sensibilidad y precisión ese paisaje: invita a transformarlo

A Charo, Male, Pedro y Vera

CAPÍTULO 1

GENEALOGÍA DE LA CRIANZA

POR EVANGELINA CUETO

CRIAR CON LO QUE TRAEMOS PUESTO

“La historia no se repite, pero rima.”

Mark Twain

(1)

Revisar nuestras formas de criar es un modo de habitar el presente y de asomarse al pasado. No se trata solo de observar lo que hacemos hoy, sino de explorar con atención las huellas que dejaron otras crianzas. Es un ejercicio que exige preguntas incómodas, disposición a los matices, voluntad de interrogar lo que damos por hecho. Indagar cómo criamos y cómo criaban quienes nos antecedieron es abrir la puerta a un archivo denso, hecho de decisiones, silencios y memorias en disputa. No para juzgar, ni tampoco para idealizar, sino para comprender desde dónde armamos este presente.

¿Dónde nacieron y crecieron las ideas sobre infancias, maternidades, paternidades, cuidado, amor, respeto, autonomía, límites, autoridad? Este imaginario no es neutro: lleva dentro un sonido histórico que merece ser escuchado.

La genealogía de la crianza no es una propuesta de repaso nostálgico ni de ejercicio teórico decorativo. Es una herramienta crítica que nos permite rastrear cómo se configuraron las formas en que hoy criamos. Lejos de buscar un origen puro, revela los pliegues históricos, las tensiones, las rupturas, los silencios que moldearon aquello a lo que le damos carácter de natural o de incuestionable.

Necesitamos revisar con honestidad para entender en qué contextos, con qué recursos contaban, qué mandatos arrastraban quienes transitaron la tarea de criar antes que nosotros lo hagamos. Porque también hay una forma de amor en esa búsqueda, en ver lo que fue para poder elegir con conciencia qué heredar y qué soltar. Por eso, criar es mirar al detalle lo que traemos puesto y poner en duda ciertas prendas que operan como consigna.

La vestimenta más usada dice “porque antes era así”, como una forma de justificarlo todo: lo que dolió, lo que se calló, lo que no se nombró. Como si el solo hecho de pertenecer a otro tiempo validara prácticas que, incluso entonces, pudieron ser distintas. “Porque antes era así”, repetida como estribillo, busca dar cierre cuando lo que necesitamos en realidad es apertura. Tapona. Congela. Impide revisar.

La historia está llena de grietas. Siempre hubo quienes criaron con más ternura, con más respeto, con más margen para escuchar. Personas que criaron contra la cultura dominante. Esas que, aun en contextos autoritarios, buscaron correrse del mandato. Esos gestos merecen ser recuperados. Pero no como excepción romántica, sino como prueba de que lo heredado no es un bloque cerrado: es una trama diversa donde conviven marcas, resistencias y posibilidades.

A pesar de que estas formas existieron desde antes, en nuestro presente circulan relatos sobre supuestas “nuevas formas de criar”, como si hubieran surgido de la nada, sin raíces, sin historia. Con pretensión de novedad, muchas veces desatienden el pasado que las hizo posibles. Por eso vale la pena recuperar aquellas voces que, en otros contextos, criaron de forma distinta. Voces que desafiaron las normas de su época, que cuidaron con respeto en entornos adversos, que convirtieron ese modo de estar con otros en militancia, y que abrieron camino a prácticas respetuosas en lo íntimo e incluso a derechos de las infancias. Muchas de esas prácticas respetuosas, antes marginales, hoy ganaron terreno. Circulan con más fuerza, por lo menos en los discursos públicos. Lo que fue disidencia se volvió recomendación. Lo que fue gesto aislado, ideal colectivo (o al menos eso se expresa, más allá de las distancias evidentes). Pero no alcanza con que algo se enuncie para que se transforme en realidad extendida. Visibilidad no es sinónimo de cambio, mucho menos en estos tiempos en los que muchos derechos no están garantizados, aún menos los de las infancias y adolescencias.

La genealogía no ofrece instrucciones pero abre preguntas. Estas preguntas no encuentran respuestas únicamente en la memoria individual. Las pistas están también —y sobre todo— en las historias colectivas, esas tramas que sostuvieron modelos diversos, simultáneos, muchas veces invisibilizados detrás de las voces que impusieron la norma. Porque los modos de crianza y de concebir las niñeces jamás fueron completamente homogéneos. Recuperar esas otras experiencias, rastrear cómo dialogaron o resistieron frente al patrón de crianza hegemónico, es clave para entender que no heredamos un único molde.

Confío en que el análisis de esa pluralidad histórica compleja y no lineal brinda generosamente la verdadera posibilidad de encontrar modos amorosos de crianza. Y con eso, la chance de construir mejores presentes para los chicos, que también es construir mejores presentes para los grandes.

1. Esta frase es ampliamente atribuida a Mark Twain, aunque no se encuentra documentada en sus textos originales. Se ha utilizado en numerosos ensayos históricos y filosóficos para ilustrar la repetición de patrones con variaciones en el tiempo.

SAUDADE. INFANCIAS ANTES DE LA GEOLOCALIZACIÓN

“Lo llamo ‘distancia de rescate’, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.”

Samanta Schweblin,

Distancia de rescate

Como decían Les Luthiers, “todo tiempo pasado… fue anterior”. (2) Y en este dicho —hermoso chiste y no tanto— hay una verdad a la que le tengo aprecio. Porque es lo más parecido a una asepsia emocional que logré encontrar: el pasado no es mejor ni peor por el solo hecho de haber sucedido antes. Y mirarlo con cierta limpieza, con una distancia que no sea frialdad pero tampoco devoción, me parece imprescindible para entender qué estamos haciendo hoy cuando criamos.

Me voy al pasado a indagar sobre contextos.

Me crie en Rojas, provincia de Buenos Aires, entre no más de dieciocho mil vecinos. La calle era una extensión de la casa y estar con pares desde muy chiquita no era un plan, era el modo. Lo común. Lo cotidiano. Había una libertad que hoy parece impensable. Una red informal de cuidados entre abuelos y vecinos, sin vigilancia evidente y sostenida por una lógica compartida que nos permitía habitar el espacio público sin mucha instrucción previa. Y menciono la vigilancia porque, lo admito, me obsesiona.

Desde este presente de ciudad (Buenos Aires es mi lugar hace más de veinte años), donde tantas familias viven en casas chicas, departamentos con ventanas cerradas y puertas con doble traba, donde “el afuera” ya no es una opción sino una excepción, me pesa ver cómo las infancias crecen bajo una lupa constante. Intencional o no, esta arquitectura urbana —que representa costumbres y al mismo tiempo las moldea— produce un escenario en el que los adultos están encima de los chicos casi todo el tiempo. Un poco por espacialidad y otro poco porque hay un sentido común que orienta hacia el control permanente. Como si proteger implicara estar siempre presentes, siempre atentos, siempre evaluando, en definitiva, controlando.

Siento una incomodidad profunda con este presente de infancias hiperobservadas. En la familia, en la escuela y en todos los escenarios donde transcurren las niñeces, se despliega vigilancia permanente. No se trata de compañía, sino de un seguimiento. Como si el solo hecho de estar bajo el radar adulto alcanzara para garantizar cuidado. Ese es el relieve que quiero marcar: la presencia adulta omnipresente y la escasa posibilidad de escape que tienen hoy las niñeces, una tensión que se vuelve todavía más evidente en la adolescencia (y todo esto sin detenerme en el capítulo brutal del confinamiento durante la pandemia).

En este punto aparece otra pregunta que prometo retomar más adelante: ¿ese ojo constante convierte los entornos virtuales en las únicas zonas de fuga posibles?

La oportunidad de que la calle formara parte de mi vida cotidiana tuvo mucho que ver con haber crecido en un pueblo. Lo entendí mejor cuando venían mis primos de Buenos Aires a pasar el verano. Para ellos, estar afuera era un verdadero lujo. Ir solos a la plaza, hacer mandados, caminar varias cuadras sin un adulto, elegir con quién pasar la tarde, estar (de a ratos) fuera de la posibilidad de ser ubicados. Les fascinaba esa libertad que para mí era habitual. No necesitábamos reloj: las luces de la plaza San Martín se encendían a las ocho y sabíamos que era hora de volver. Ese acuerdo tácito —sin alarmas— decía mucho sobre el tipo de cuidado que nos rodeaba: más distribuido y menos intervencionista.

Esa especie de experimento de laboratorio entre mis primos porteños y nosotras, las hermanas de Rojas, me sirve para algo más que una postal nostálgica (hablé de observar el pasado con cierta asepsia, pero no lo logré ni cerca. Saudade!). Me permite volver sobre una idea que vengo rumiando: no se trata solo de pasado versus presente, sino de contextos diversos que conviven incluso dentro de una misma época. Y sí, parece obvio, pero en muchos análisis sobre las infancias actuales esa obviedad se diluye. Se aplana. Desaparece.

Vuelvo al pueblo, no para romantizar la infancia (casi) rural. Lo hago porque me interesa hacer foco en el marco. No eran tiempos homogéneos ni necesariamente mejores. Como ahora, existían múltiples formas de criar, pero predominaba un modo. En este caso, el modo se podría llamar despreocupación o, por lo menos, ausencia de centralidad en la infancia. Con toda la razón muchos encuadres teóricos sobre infancias problematizan sobre esa falta de jerarquización de los niños y niñas. Pero acá quiero rescatar (como ya dije) el “andar suelta”. A veces demasiado: no usábamos cinturón de seguridad, y lo digo con espanto, como un chiste trágico que condensa el clima ochentoso/noventoso.

Lo que sí me interesa rescatar no es el pasado en sí (ya Les Luthiers lo desromantizó y acortó el camino narrativo), sino la experiencia de haber crecido en una ciudad-pueblo más amable —por lo menos desde el encuadre urbano—, donde los chicos éramos parte del espacio público.

Hoy, las ciudades se transformaron en escenarios hostiles para las niñeces. Desalientan el juego, la exploración, la autonomía, y eso modifica la crianza. Porque criar no es solo un acto familiar o íntimo. Es también una práctica en relación con un entorno. Cuando ese entorno excluye, encierra, separa, la crianza se vuelve más solitaria, más exigida, más ensimismada. Las familias, cada vez más atomizadas, cargan con todo el peso de lo que antes también era compartido. Y cuando los chicos y las chicas de-saparecen del espacio común, no solo perdemos su presencia: perdemos la oportunidad de reconocerlos como parte viva de la comunidad.

Rojas me sirve como modelo no solamente porque es el lugar donde me crie, sino porque, a diferencia de muchas otras ciudades o pueblos, no cambió demasiado en tamaño ni en cantidad de habitantes. Su escala sigue siendo similar a la de mi infancia de los ochenta y noventa. Pero incluso allí, donde la estructura urbana se mantiene casi intacta, la lógica cambió. Las infancias ya no habitan la calle como antes. No quiero decir que sea lo mismo que en la ciudad de Buenos Aires, claro. Pero el patrón del “afuera” como escenario cotidiano ya no es el más extendido, ni siquiera en lugares como ese.

Las amigas con las que crecí —que hoy crían a sus hijas e hijos en el mismo pueblo— me cuentan que no es como antes. Que hay más inseguridad, más miedo, más dudas. Que la percepción del riesgo se transformó y con eso también cambió la forma en que se desacredita la presencia de los chicos y las chicas en el espacio público.

No hubo un boom demográfico, no se multiplicaron los autos ni se construyeron torres, pero, aun así, el afuera se volvió más inaccesible. Y eso dice mucho: no siempre es el tamaño de la ciudad lo que define las posibilidades, sino las narrativas que se tejen alrededor del cuidado y el peligro. Lo que sucede en Rojas no es una excepción, sino parte de un fenómeno más amplio: ciudades y pueblos (con cambios notables en cuanto al riesgo real o no) se volvieron progresivamente menos amigables con las infancias. No estoy hablando de vulneraciones específicas ni de contextos críticos, sino de encuadres generales. De cómo la urbanización, las transformaciones culturales y sobre todo las nuevas percepciones del riesgo fueron redefiniendo el afuera como un espacio inhóspito, incierto, peligroso. Y en ese movimiento, también se fue transformando la idea misma de infancia: una más observada, más contenida, más resguardada. Pero también más aislada de la experiencia comunitaria, del juego compartido, del encuentro no pautado.

Es en esa transformación donde me quedo mirando: no para juzgar prácticas, sino para entender el marco en el que criamos hoy. Y parada acá, es imposible que no piense en la siguiente frase del pedagogo, ilustrador y pensador italiano Francesco Tonucci: “Cuando las ciudades sean buenas para los niños, serán buenas para todos”. (3) Porque no se trata solo de habilitar el juego en la calle por un rato o de poner más plazas. Se trata de construir un enfoque político y cultural que plantee que pensar en las infancias no es una concesión tierna, sino una forma potente de diseñar espacios habitables, seguros y compartidos. Si los chicos y las chicas no pueden salir solos, si necesitan ser escoltados, guiados, resguardados todo el tiempo, algo del tejido urbano y del vínculo social está fallando drásticamente. Esta escena nos debería obligar a pensar con urgencia qué queremos hacer con este presente apretado y vigilado.

2. Les Luthiers. (1989). La hora de la nostalgia [Obra de teatro]. En El reír de los cantares.

3. Tonucci, F. (2006). La ciudad de los niños: Un modo nuevo de pensar la ciudad (2.ª ed.). Losada.

LA ATOMIZACIÓN DE LA FAMILIA Y LAS INFANCIAS COMO BICHOS RAROS

“Nunca vi una chicharra. Mi tía dice que son unos bichos horribles, unas moscas espectaculares de alas verdes que vibran y te miran con sus ojos lisos y negros.”

Mariana Enriquez, “Tela de araña”

“Tengo que irme porque tengo que acompañar a mi hijo a jugar”, (4) dice Tonucci en varias de sus conferencias para ironizar sobre cómo fue mutando la relación entre adultos y niños en torno a la recreación. La frase parece absurda porque expone el corrimiento de sentido que sufrió el juego en la infancia contemporánea: aquello que sucedía de manera espontánea y autónoma hoy requiere de agenda, supervisión adulta y, muchas veces, validación pedagógica. Tonucci ironiza sobre la necesidad actual de justificar el juego, de convertirlo en actividad acompañada, casi como si no pudiera existir por sí misma. En ese gesto, que parece pequeño, se revela una distorsión mayor: la pérdida del espacio público como escenario natural de la infancia y la tendencia creciente a organizar —y a veces colonizar— el tiempo de niñas y niños bajo lógicas adultas.

Esa distorsión también se refleja en la configuración del espacio público, que, lejos de ser un territorio compartido por todas las edades, parece estar diseñado y habitado casi exclusivamente por adultos jóvenes y adultos de mediana edad. ¿Dónde están los niños y las niñas, los adolescentes, los adultos mayores? ¿Por qué su presencia es tan escasa o, cuando ocurre, tan condicionada? Tal vez no sea casual: quizá el espacio público responde a la misma lógica que rige otros aspectos de la vida social, donde tienen lugar quienes son considerados productivos desde el punto de vista económico o por lo menos pertenecen a la fuerza de trabajo.

¿Qué dice de una sociedad el hecho de que sus plazas, veredas y calles no contemplen ni el juego, ni el paseo lento, ni el encuentro intergeneracional? ¿Qué lugar se les da, entonces, a las infancias, a las adolescencias y a la vejez fuera del circuito de la utilidad?

El urbanismo no es neutro. Es, en sí mismo, una narrativa sobre quiénes importan y quiénes pueden estar (y de qué manera) en el espacio común. Si centramos la mirada en las infancias, lo que aparece con nitidez es un doble movimiento: por un lado, la exclusión, que deja a niñas y niños fuera de la escena urbana cotidiana; por otro, la vigilancia, que condiciona sus formas de presencia a entornos cerrados, controlados y funcionales a la lógica adulta. Esta configuración no solo limita la autonomía infantil, también moldea las prácticas de crianza, reforzando la idea de que las niñas y los niños deben ser constantemente supervisados, gestionados, organizados. Así, lo urbano expresa una jerarquización etaria, la produce y la legitima.

La escasa presencia de niñas y niños en la vida cotidiana de la mayoría de las personas adultas genera un desentrenamiento vincular previo a la crianza directa: no sabemos cómo se mueven, cómo hablan, cómo se relacionan. Salvo quienes trabajan en ámbitos ligados a las infancias, pocas personas tienen un contacto regular con ellas fuera del entorno familiar. Y así, cuando nos toca criar, muchas veces lo hacemos desde una mezcla de desconcierto, expectativas idealizadas y exceso de información, pero con poco contacto real. Las infancias se vuelven casi una rareza y ese extrañamiento dificulta los vínculos, alimenta la incertidumbre y, en muchos casos, refuerza la idea de que para criar hay que formarse, aprender, consumir contenidos y hasta cursos.

Ese intento de suplir el contacto real con información teórica o pautas externas es algo que, en lo personal, llamo academización de la crianza. Y no lo digo porque no valore el deseo de educarse o de pensar en profundidad de qué se trata criar (todo lo contrario, me parece necesario y enriquecedor), sino porque creo que este contexto de escaso conocimiento empírico sobre las infancias abrió la puerta a un fenómeno que creció con fuerza en los últimos años, sobre todo en redes sociales: las gurúes de la maternidad. Voces que, con o sin legitimidad profesional, ocupan ese vacío ofreciendo respuestas, recetas, fórmulas. En un escenario donde las infancias se volvieron ajenas, y donde criar se vive con enorme exigencia, estas figuras aparecen como faros que prometen orden en medio del caos. Pero, lejos de aliviar, suelen reforzar la idea de que hay una única manera correcta de hacer las cosas y que todo lo demás es falla o déficit.

A este corrimiento de las infancias del espacio público se suma otra transformación igual de profunda: el cambio en la configuración familiar. Ya no es común ver niñas y niños en la vida social, pero tampoco en la vida cotidiana dentro de las casas. Las familias extensas dejaron de convivir bajo un mismo techo y la conexión intergeneracional, que antes formaba parte del día a día, perdió fuerza. Lo que solía ser un entramado compartido —donde circulaban tías, abuelas, cuñadas, primos— hoy aparece diluido en escenas más nucleares, a veces incluso solitarias. Si no sos madre, es muy probable que nunca hayas presenciado de cerca una situación tan habitual como ver a alguien amamantar. Esa transmisión que antes sucedía por proximidad y experiencia directa ya no se da con la misma naturalidad. Sé que esta reflexión tiene un sesgo sociocultural y no puede ser universalizada. Hay contextos donde las redes familiares siguen siendo fuertes, casi siempre como consecuencia de escasez de recursos económicos y de otras posibilidades. Pero lo cierto es que esta transformación existe, y ocurre con mucha frecuencia en amplios sectores urbanos, dejando a quienes crían más aislados, con menos modelos vivos y mayor carga de incertidumbre.

Tampoco quiero idealizar un pasado de convivencia masiva ni suponer que todo vínculo intergeneracional fue armónico o cuidadoso. Lo menciono para señalar que, de una forma u otra, en la vida pública o en la intimidad del hogar, los chicos y chicas estaban presentes y no eran, para nada, bichos raros.