Crisis S.A. - Ana Tudela Flores - E-Book

Crisis S.A. E-Book

Ana Tudela Flores

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Beschreibung

La mano invisible está metida en el bolsillo de los ciudadanos. El capitalismo no se pregunta cómo evitar los ciclos, vive de ellos. Siembra burbujas sin control porque al final se le permite cargar el coste a la espalda del trabajador, gracias a la inestimable ayuda de la clase política más mediocre y entregada al poder económico que ha conocido el mundo contemporáneo. Ya nadie se lanza desde las ventanas de Wall Street ni se lanzará desde las torres de la Castellana. Han ganado y España es el ejemplo más claro de su victoria. Se llenaron los bolsillos y, cuando no daba para más, hipotecaron los impuestos que debían proteger a la población que los paga para recuperar el dinero apostado. El único modo de lograr su propósito era crear un pánico paralizador que les ha servido además para deshacer en tiempo récord lo que se tardó tanto en conseguir: los derechos laborales, la cobertura del Estado de bienestar, la redistribución de la riqueza. Se lo quieren llevar todo y para lograrlo están relegando de nuevo a la clase trabajadora a una única aspiración: sobrevivir.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Akal / A Fondo

Ana Tudela Flores

Crisis, S. A.

El saqueo neoliberal

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Ana Tudela Flores, 2014

© Ediciones Akal, S. A., 2014

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4005-7

Presentación

Aquella sospecha al inicio de la crisis de que estábamos ante un saqueo en lugar de una crisis ya se ha convertido en una certeza absoluta. Mientras nos despedían del trabajo, o disminuían o congelaban los sueldos, el precio de las acciones de las 35 empresas más poderosas de la Bolsa española conseguían que subiera un 30 por 100 en cuatro meses. Mientras los bancos ejecutan un desahucio cada 15 minutos, los siete grandes españoles que cotizan en Bolsa (Santander, BBVA, Caixabank, Bankia, Popular, Sabadell y Bankinter) superaban un 34 por 100 su cotización en diez meses.

Quieren convencernos de que como los pensionistas cobraban 600 euros al mes después de trabajar toda la vida, nuestros niños utilizaban libros del colegio y no tenían que comprarlos y el médico nos atendía aunque no tuviésemos dinero, vivíamos por encima de nuestras posibilidades y hemos terminado reventando la caja del Estado.

Pero cuando uno empieza a rascar en lo que está sucediendo descubre que el dinero con el que el Estado social financiaba las medicinas de un anciano de Cuenca o mantenía el colegio de un niño de Móstoles es el aval de las grandes constructoras que construyen la ampliación del canal de Panamá o se destina a ayudar a la banca (107.913 millones de euros procedentes de recursos públicos se han empleado o comprometido en la reestructuración del sector financiero entre inyecciones de capital, avales y líneas de crédito, según el Tribunal de Cuentas).

Y luego está Europa, ese bálsamo de Fierabrás que nos presentaron para resolver todos nuestros problemas, y que se nos ha convertido en un calvario gracias a unos tratados, acuerdos y leyes que nos parecían tan lejanas cuando se firmaban pero que ahora definen cada hora de nuestra vida.

Para entender qué ha pasado, dónde está el dinero, quién se lo ha llevado, y lo que es peor, quiénes se lo quieren seguir llevando, en la colección A Fondo hemos pensado en este libro, Crisis S. A.: El saqueo neoliberal.

Ana Tudela Flores es una periodista especializada en economía. Ha pasado por El Economista,Público o la edición española de Forbes. Ella explica mediante lo que denomina «trasvases» lo que han hecho estos trileros con nuestro dinero, nuestros servicios públicos, nuestros sueldos y nuestras prestaciones sociales. Así entenderemos cómo hemos pasado de un panorama en que nuestros jubilados eran los más humildes de la sociedad a otro en el que gracias a sus escuálidas pensiones viven muchas familias, o nos explicará por qué miles de familias españolas buscan comida en los contenedores de basura mientras los millonarios logran pagar menos impuestos y el dinero público se reserva para banqueros y constructores.

Lo más grave que el lector comprobará en este libro es que, si no reaccionamos, todavía nos pueden quitar más porque han descubierto que nuestras enfermedades, nuestros hijos y nuestra hambre también pueden ser un negocio para algunos.

Bienvenidos a la refundación del capitalismo.

Pascual Serrano

I. El juego de los trasvases

La crisis es un juego de trileros. La mano será invisible pero está metida hasta el fondo en el bolsillo de los trabajadores mientras frente a sus ojos se mueven argumentos, se gritan cifras, se busca una décima positiva de un dato etéreo. La crisis hace tiempo que no es la causa sino la excusa, un dardo paralizador que ha creado el clima para lograr un inmenso trasvase de riqueza. De lo que formaba parte del salario, a los beneficios empresariales; del esquema fiscal basado en la redistribución, al café para todos de los impuestos indirectos (con el IVA como máximo exponente); del fondo común para sufragar el Estado de bienestar, a una recaudación hipotecada para rescatar las aventuras de alto voltaje del capital; de los derechos sociales pagados a través del erario público, a repagar por los mismos servicios en beneficio, cada vez más, de la iniciativa privada; de la burbuja que nadie veía, al desahucio de familias con deuda pendiente de una vivienda que se volverá a vender más cara cuando cambie el ciclo.

El liberalismo puede defender en el plano teórico la desregulación completa del circuito económico, como si todos los agentes del sistema tuvieran la misma capacidad de influir o partiesen del mismo punto. En la práctica, el capital se enriquece por el perfecto equilibrio que supone esa falacia para sus intereses. Un equilibrio entre la ausencia de normas que limiten sus movimientos por un lado, lo que lo dota de un poder casi absoluto, y por otro los corsés impuestos a la clase trabajadora que alimenta la rueda y que está siendo relegada, de nuevo, en lo que se ha llamado primer mundo, a una única aspiración: sobrevivir. En medio de esa mecánica no hay que olvidar a los palmeros de la doctrina, políticos con la coherencia hecha gachas que incumplen día tras día con sus actuaciones los principios que imponen al resto; y junto a ellos, los economistas rendidos al nuevo mercantilismo (la época reconocida como menos enriquecedora de la historia del pensamiento económico porque la teoría la escribían los mismos que la llevaban a la práctica).

Nada de lo que se ha hecho en Europa se ha ideado por ni para superar la crisis. El capital llevaba décadas pidiendo lo que se ha vendido ahora como solución a la debacle. La misma ecuación para Italia que para Grecia, la misma para Portugal que para España. Lo mismo con burbuja inmobiliaria que sin ella. Las mismas peticiones en vacas gordas que cuando se han quedado famélicas. Flexibilidad laboral, competitividad, gestión público-privada de los servicios sociales para hacerlos sostenibles. Todo eso ya estaba en el discurso.

El verdadero invento es la parálisis generada por el pánico, como explicó Naomi Klein en su obra La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre. El Viejo Continente se pavoneaba de su esquema protector mientras contribuía al juego de la desregulación, la libre circulación de capitales, la globalización y el desequilibrio fiscal basado en la permisividad con esas zonas de sombra llamadas paraísos. En los ejemplos que cita Klein aparece de forma recurrente la mano del influyente Nobel de Economía Milton Friedman (fallecido en 2006), para quien la clave residía en esperar. Es la misma fórmula que se ha utilizado en Europa. Dice Klein:

Esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender los pedazos de la red estatal al mejor postor entre los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápidamente lograr que las reformas fueran permanentes.

En Nueva Orleans fue el huracán Katrina el que creó el escenario de desastre perfecto en el que Friedman vio y mostró el camino para privatizar la educación. En Chile fueron el golpe de Estado y la hiperinflación los que permitieron a Pinochet, asesorado por Friedman, convertir el país en el laboratorio de pruebas del capitalismo de los ultras de la Escuela de Chicago.

En Europa, y en concreto en los países de la periferia, se ha perfeccionado el mecanismo con un bombardeo sistemático de peligros: desempleo, al que se ha dejado desbocarse en países como España mucho más allá de las consecuencias de los estallidos de una burbuja y al que, incluso, se ha contribuido ampliamente desde las administraciones públicas; primas de riesgo, trampeadas por mecanismos tan burdos que pueden contrarrestarse con palabras (ejemplo, Mario Draghi, presidente del BCE, en julio de 2012 ahuyentó a los especuladores con solo declarar que estaba dispuesto a actuar); rescate.

Tanto las causas como las soluciones que ofrece la propaganda global-capitalista son fácilmente desmontables una a una si se miran los datos, si se sale del ruido. España es un perfecto ejemplo de todo ello. Desde la vida por encima de las posibilidades del ciudadano, a las bondades de la austeridad, la devaluación interna, pasando sin duda por el empeño en confundir la gestión corrupta del dinero público, a la que se deja constantemente sin castigo, con lo público en sí, entendido como el derecho, pagado con impuestos y cotizaciones, a tener cobertura en caso de enfermedad, desempleo o pensión (como pactó Bismarck a finales del xix con la clase obrera para llevar la paz a las calles, inventando el fondo común de seguridad), una idea ampliada después en el concepto del Estado de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial. Se hacen muchos esfuerzos para que se llegue a la rocambolesca conclusión en el imaginario colectivo de que para acabar con la corrupción y el despilfarro lo mejor es acabar con los derechos sociales. También para convencer de que todos tenemos la culpa de la situación actual. ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Quién lo está pagando y cómo? ¿Se ha dejado de despilfarrar dinero? ¿Quién se beneficia de las políticas de austeridad? ¿Qué se ha perdido por el camino? Salgamos del ruido.

II. Primer trasvase: el dinero remonta el río del euro

Hay un dato común a los cuatro países rescatados durante la crisis en Europa: en el momento del rescate, todos ellos debían mucho dinero al exterior. Lo que los diferenciaba a unos de otros es que en unos casos era deuda pública y en otros, privada. España era de estos últimos. Tras los rescates, todos esos países tienen un problema de deuda pública. La factura se ha pasado a la cuenta del contribuyente.

El primer trasvase de riqueza de la crisis tiene que ver con los cientos de miles de millones que la banca española tomó prestados del exterior durante una década para financiar aquí grandes infraestructuras, AVEs, radiales, ciudades de las Artes y las Ciencias pero, sobre todo, millones de viviendas de nueva construcción. La banca se endeudó con el exterior y, a través de ella, las empresas y familias. Los rescates europeos, y el español más claramente que ninguno, son inyecciones de capital a los Estados para que estos salven a su banca y esta pueda devolver lo que debe. Es decir, los ciudadanos estamos rescatando a la banca y los fondos del norte de Europa que, de este modo, no pagan por el riesgo que asumieron al apostar durante un tiempo tan prolongado a cebar las economías del sur.

Como la deuda de la banca con el exterior pasa a ser pública y hay que devolverla con intereses, se lastran las posibilidades de utilizar el dinero de los impuestos para otras cosas. Rodear de estrés ese hecho, exigiendo recortes de déficit cuando el ciclo de la economía rema en sentido contrario, presionando con cifras que escapan aparentemente a la influencia de la gestión política, como la prima o plus de riesgo que se paga con la deuda, puede servir muy bien para crear el ambiente que lleve a desmantelar todo lo público o al menos entregar un buen pellizco, como se busca desde hace tiempo, a la iniciativa privada.

Por si el cepo a las cuentas públicas típico de una crisis no fuese suficiente, Europa, en concreto la zona del euro, se negó durante meses a combatir los ataques que sufrían los títulos de deuda pública de los países endeudados con el exterior. Se ha llegado a pedir tanta rentabilidad por una financiación respaldada con impuestos –como es la deuda pública– que los Presupuestos Generales del Estado gastan en intereses una cantidad muy superior a la que se destina a prestaciones por desempleo en un país con la tasa del paro por encima del 25 por 100.

Entre lo que cobra de la deuda y lo que se le inyecta directamente, la banca va tirando. Eso sí, prestar no presta, porque sigue enferma y como nadie la ha obligado a nada, la economía se ha ido muriendo y con ello ha seguido creciendo el agujero de la banca. La falta de crédito conlleva cierres de empresas, que generan desempleo, que genera morosidad y así no hay quien remiende esto. El sufrimiento que ha generado esta dinámica es conocido, pero ¿quién nos ha traído hasta aquí?

Breve historia de una burbuja

España. 1996. Según los indicadores del mercado de la vivienda del Banco de España, se inicia la construcción de 287.200 viviendas nuevas, un ritmo acorde con la creación anual de hogares de una población del tamaño y la pirámide demográfica españolas. El precio está en línea con el estándar europeo. Para comprar una vivienda se necesita el equivalente a los ingresos que recibe un hogar en tres años y medio. Diez años más tarde, se inicia en un solo ejercicio la construcción de 760.179 viviendas nuevas. El precio se ha incrementado en más de un 187 por 100 (de 695 euros el metro cuadrado de vivienda libre en 1996 ha pasado a 1.990 euros). Hacen falta más de siete años y medio de ingresos de un hogar para conseguir una vivienda en propiedad. ¿Qué ha ocurrido?

En 1996 gana las elecciones generales el Partido Popular. Un año después, una sentencia del Tribunal Constitucional da a las administraciones regionales el control casi absoluto sobre el suelo. El Gobierno, que había prometido liberalizarlo, legisla en el sentido de la sentencia. Como comentan los economistas Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en su estudio Ciclos políticos crediticios: El caso de la zona del euro (marzo, 2013), «las regiones no tardaron en utilizar con entusiasmo» el poder que les había sido otorgado. «Es curioso –añaden– que la región más activa fuese Valencia, que acabaría convirtiéndose en el epicentro de la burbuja inmobiliaria y que, en 1994, antes de la decisión del Constitucional, ya tenía su propia regulación».

Se crean varios mecanismos perversos. En la mayoría de las nuevas regulaciones regionales, recuerda este estudio, se introducen dos figuras que no existían en la tradición del sistema de planificación urbanístico español: el agente urbanizador, que no es un promotor sino una persona o empresa que hace por su cuenta y riesgo un plan de urbanización de un área de un municipio y lo presenta ante el Ayuntamiento; y los convenios urbanísticos, en los que un grupo de propietarios podían presentar un plan de desarrollo sobre un terreno de su propiedad y saltarse toda restricción urbanística si lograban el visto bueno del Ayuntamiento. «De repente, un empresario podía lograr millones de euros gracias a desarrollos urbanísticos en áreas que nunca habían estado en el mercado», comenta el estudio. «Este hecho creó un potente incentivo para individuos bien conectados con la política para entrar en el negocio inmobiliario, abriendo un ancho camino a la corrupción. Como el municipio recibía pagos “legales”, estos se transformaban en una importante fuente de recursos para las autoridades locales».

En 1998, las autonomías tienen por primera vez la posibilidad de decidir sobre su propio tramo del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF). Muchas de ellas no dudan: a las deducciones por adquisición de vivienda del Gobierno central suman las suyas propias. Todo empieza a remar a favor del ladrillo.

Y llega el euro. Teniendo en cuenta los niveles históricos estimados de economía sumergida en España, el cambio de moneda tuvo a la fuerza que sacar pesetas de unos cuantos colchones poco aireados y la vivienda resulta una fantástica cal blanqueadora.

Además, a principios de siglo, las grandes economías del euro, Alemania, Francia e Italia, no atraviesan un gran momento económico (la economía alemana incluso cae en 2003). La búsqueda de rentabilidad del capital del norte de Europa (bancos, fondos de inversión y pensiones) riega de dinero los países de la periferia. El euro es un plus de estabilidad, porque los países ya no controlan su política monetaria y no pueden sorprender con devaluaciones, y hay que aprovecharlo. Los llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), los cerdos, según la traducción literal de la palabra que forma el acrónimo, empiezan a engordar con euros de importación. Como recoge el citado estudio «todos los países afectados» por los rescates en la crisis actual «empezaron el siglo con posiciones de deuda exterior sostenible. En 2010, en los cuatro las deudas externas netas rondaban el 100 por 100 del PIB, ya fuese por acumulación de deuda pública (Grecia y Portugal) o privada (España e Irlanda)».

En el caso de España, la deuda privada, es decir, la de bancos y empresas vendida a inversores extranjeros en forma de bonos, obligaciones e instrumentos del mercado monetario (incluidas en las inversiones del exterior en España clasificadas como inversiones de cartera), pasó de 6.343 millones de euros en 1996 a 626.691 millones en 2007. No es todo el dinero que se debe al exterior. Habría que sumar los préstamos de la banca extranjera, los depósitos de ciudadanos y empresas no nacionales y las acciones de empresas españolas compradas por inversores foráneos, puesto que todo ello supone dinero que sale del país cada vez que hay que pagar intereses. Pero es la deuda titulizada como los bonos la que crece exponencialmente, la que exige altas rentabilidades y además, la que vence antes que los cada vez más largos plazos hipotecarios y hay que refinanciar. Es el temporizador de la bomba al mismo tiempo que el pulmón de la burbuja, el fuelle que llenó los bolsillos de quienes intermediaron ese dinero dirigiéndolo masivamente al ladrillo. También es el mecanismo que con el tiempo pondrá grilletes al país en un juego de matones de puerta de bingo en el que o pagas sus deudas o nos parten las piernas a todos. En el lenguaje refinado de la política de nuestros días lo llaman «rescate».

Solo por despejar la idea de que no lo vieron venir, hubo gente que intentó que se parase el desastre. Un par de ejemplos. El asesor de Estadística y Economía del Consejo de los Colegios de Arquitectos Ricardo Vergés Escuín utilizó año tras año la Memoria del consejo para hacer sonar la alarma. En la de 2003 explica la deriva que ha tomado la economía por el ansia del capital. «Hasta 1997 –comenta– el volumen de préstamos concedidos al sector de la construcción y al inmobiliario era inferior al de préstamos inmobiliarios concedidos a personas físicas (hipotecas).» Es decir, hasta la llegada del euro y la unificación de la política monetaria a medida de las necesidades alemanas a finales de siglo, los créditos inmobiliarios se destinaban en España en su mayor parte a quien iba a usar la vivienda, no al que la intermediaba o a la construcción. Pero el incremento del precio de los inmuebles y la facilidad de acceder a financiación forjan un perfecto anillo para dominarlos a todos, una ganancia que crece a doble dígito y nadie quiere soltar.

En 1998, continúa Vergés, se concedieron el equivalente a 17.500 millones de euros (entonces era en pesetas) en crédito a promotores inmobiliarios y 37.000 millones en hipotecas para familias. En el año 2003, el crédito que se concede a los promotores es de 67.000 millones, frente a los 65.000 millones en hipotecas a particulares. Es el primer ejercicio en el que se concede más crédito al que intermedia que a quien va a disfrutar la vivienda. Ese año se inician 622.185 viviendas en España, el doble que en 1996, el doble de lo que en teoría puede absorber la demanda interna. «En España», alerta Vergés, «el sector de la promoción inmobiliaria es inusualmente potente debido a su acceso privilegiado al mercado financiero y al monopolio de intermediación entre el vendedor y el comprador del producto».

¿Se toma alguna medida al respecto? En su comparecencia ante la Comisión de Economía del Congreso en junio de ese mismo año 2003, el entonces ministro de Economía, Rodrigo Rato, asegura: «No estamos ante una burbuja, estamos ante una demanda muy poderosa que se mantiene, aunque se está moderando en el tiempo». En 2004, España vuelve a batir la plusmarca mundial de visados para edificación por cada 1.000 habitantes: 18,1 cuando la media europea era de 5,7.

El partido socialista, ya en el poder, hace algún amago desganado de detener el desastre. Al nivel del ciudadano de a pie, las oficinas de la banca se preocupan durante unos meses de que desde el nuevo Gobierno metan mano a las tasaciones, que todo el mundo (el comprador, el vendedor, el tasador, la entidad financiera, el notario) sabe que trampean el valor de la vivienda. El precio de venta que pone el vendedor, más las escrituras y en muchas ocasiones los muebles y otros consumos, cuadran con la norma que dice que los préstamos hipotecarios deben alcanzar como máximo el 80 por 100 del valor tasado. Pasan los meses y nada sucede. El PSOE no va a poner el palo en esta rueda desbocada. Ancha es Castilla. La banca acelera liderada por las ansias de las cajas de ahorros y su pésima gestión en manos de políticos sin formación financiera pero también de la gran banca, que no quiere quedarse atrás y quiere quitarse del cuerpo el susto de las crisis en sus filiales de América Latina a principios de siglo.

Emilio Botín, presidente del Banco Santander, declara en noviembre de 2004: «Como banquero solo puedo decir que el país va bien, que no hay burbuja inmobiliaria y que estamos muy contentos con nuestro negocio en España» (recogido por El País y Cinco Días, 18 de noviembre de 2004). Vergés se pregunta en el informe del Consejo de los Colegios de Arquitectos de ese año cómo va a acabar todo esto. «Invertimos en vivienda nueva año tras año el equivalente al 17 por 100 del PIB y dedicaremos a las correspondientes hipotecas un 18 por 100 de la renta disponible cuando nuestros vecinos dedican apenas un 4 por 100». Y lo más sorprendente para él, «el coste de producir y vender una vivienda es más bajo en España que en Europa porque los salarios son inferiores». ¿Por qué es cada vez más caro adquirir una vivienda en este país? Porque los préstamos son baratos. «Muchos llaman a esto revalorización del inmobiliario y compran lo nuevo caro con dinero barato sin pensar que ambas cosas acabarán cambiando de signo.»

2005: se inician 716.219 viviendas.

2006: se inician 760.179.

La Asociación de Inspectores del Banco de España envía una carta al entonces ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes. Más que una alarma es casi un grito que la sociedad española no conocerá hasta cinco años después, cuando el diario El Mundo publique la carta. A continuación se transcribe parte de la misma:

Señor vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía y Hacienda:

Los inspectores del Banco de España, a través de esta nota informativa, queremos distanciarnos de la complaciente lectura de la situación económica española que hace en sus últimas intervenciones el actual gobernador del Banco de España, el señor don Jaime Caruana. […] Creemos que su análisis sobre las circunstancias que han propiciado la delicada situación actual es, cuando menos, parcial, ya que obvia una de sus causas más evidentes: la pasiva actitud adoptada por los órganos rectores del Banco de España –con su gobernador a la cabeza– ante el insostenible crecimiento del crédito bancario en España. […] En nuestra opinión, detrás de este crecimiento desordenado del crédito –especialmente en la parte dedicada a la financiación de la actividad inmobiliaria– se encuentra, en último término, la falta de determinación demostrada por el gobernador para exigir a las entidades sometidas a la supervisión del Banco de España el rigor en la asunción de riesgos exigible a gestores de recursos ajenos. […] Incluso las entidades con mejores sistemas de evaluación y gestión del riesgo, se han visto «obligadas» a entrar en esta carrera por la captación de negocio. […]

En una dinámica como la descrita […] es donde los mecanismos públicos de supervisión justifican su razón de ser, […] de forma que se consiga evitar, en lo posible, que las consecuencias de los errores cometidos por las entidades al conceder sus operaciones acaben siendo transferidas, de una manera u otra, a la sociedad en su conjunto. La única institución con autoridad normativa y capacidad técnica suficientes para exigir de manera generalizada a todas las entidades del sistema financiero español una evaluación del riesgo coherente con los principios de rentabilidad esperada y eficiencia económica era, y es, el Banco de España. Desafortunadamente, en nuestra opinión, esta Institución, durante los seis años de mandato del actual gobernador, ha optado por mantener una actitud de pasiva complacencia. […]

Algunos riesgos típicos del negocio bancario, como el riesgo de tipo de interés o el de liquidez, se han visto incrementados de forma muy acusada por la necesidad de las entidades de crédito de acudir al ahorro exterior para conseguir los fondos necesarios para financiar el crecimiento de su inversión crediticia. Debido a que el incremento del pasivo tradicional –los depósitos bancarios– ha demostrado ser insuficiente para dar contrapartida al acelerado crecimiento del crédito, las entidades españolas han tenido que buscar fuentes adicionales de liquidez, y lo han hecho acudiendo a los mercados financieros de la zona del euro, aprovechando las posibilidades que proporciona la moneda única. […]

Nosotros, los inspectores y técnicos de supervisión del Banco de España, precisamente porque somos los que examinamos in situ la situación de las entidades bajo el ámbito de supervisión de esta institución, incluidas las sociedades de tasación, conocemos de primera mano la situación del sistema financiero español y la del mercado inmobiliario nacional –información que, como no podría ser de otra manera, hemos comunicado puntual y lealmente a los órganos rectores del Banco de España a través de nuestros informes de inspección. […] Por todo ello, los inspectores del Banco de España queremos hacer constar que no compartimos el cándido optimismo del gobernador ante la previsible evolución de la situación económica española y que, desde nuestro punto de vista, y sin alarmismos injustificados, sí hay motivos suficientes para la preocupación, especialmente si se tiene en cuenta el legado de los seis años de mandato del señor don Jaime Caruana.

El que era por aquel entonces director del Departamento de Inspección de las cajas de ahorros en el Banco de España, Julián Atienza, diría ya a finales de 2013 que se advirtió durante tres años consecutivos (2004, 2005 y 2006) a la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) de la concentración de riesgos que tenía en el sector inmobiliario. Lejos de hacer caso, la CAM los incrementó. Esta Caja es uno de los salvamentos que más caro va a salir. Atienza dice que no es responsabilidad del Banco de España si no le hicieron caso, sino del consejo de la entidad financiera. Y cobró como supervisor. Julián Atienza se jubiló en junio de 2008 y, a pesar de haber sido responsable de la falta de control ejercida sobre las cajas, se reincorporó a la vida activa al ser nombrado nada menos que director general del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (Frob) en junio de 2009. Dicho fondo, creado por el Gobierno del PSOE para regular las ayudas públicas al sector financiero, nació por un Real Decreto-Ley y fue convalidado en el Congreso con el apoyo, como una de las pocas excepciones a su estrategia del «no» a todo, de los votos del PP. Atienza permaneció al frente del Frob hasta septiembre de 2011. En mayo de 2012 fichó por BDO, la auditora de menor tamaño a la que el propio Frob había dado entrada en el negocio de la valoración de entidades rescatadas al encargarle la auditoría de Novacaixagalicia.

Volviendo a los albores de la crisis, en julio de 2007, cuando el Euríbor, principal índice de referencia al que están ligadas las hipotecas españolas, llevaba 20 meses consecutivos al alza, el entonces ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, que desde luego no hizo caso de la carta de los inspectores, declara en Radio Nacional de España: «El crédito hipotecario sigue creciendo, aunque no tan rápidamente; posiblemente el aumento de nuevas inversiones no tenga las mismas expectativas de hace dos meses, pero la construcción sigue trabajando bien, hay excelentes empresas constructoras e inmobiliarias y espero que esta actividad siga adelante, aunque a un ritmo ligeramente inferior».

2007 (el año en el que se desata la crisis subprime en EEUU): se inician 615.976 viviendas en España.

2008 (el año en el que EEUU deja quebrar a Lehman Brothers): se inician 328.490 viviendas.

¡Boom!

El circuito mundial del dinero se agarrotó por la crisis de las hipotecas basura de Estados Unidos desde 2007 y se bloqueó definitivamente tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Ningún banco se fiaba de no verse atrapado en la caída de otro banco, bien sabían todos hasta qué nivel se habían enfangado con apuestas de alto riesgo. Las autoridades monetarias, los bancos centrales, acudieron al rescate inyectando a presión dinero en el circuito, alargando los plazos de devolución. La banca estaba podrida. Una vez más no se había conformado con el trantrán de dar menos interés por el dinero que se le entrega de lo que pide cuando lo presta. Había apostado dinero que no era suyo a activos de alto riesgo camuflados como inversiones de primera calidad y había perdido. Simplificando muchísimo, cuando lo que tienes vale menos de lo que debes, o liquidas y pagas la parte que puedas de tus deudas o pides un plazo para reponerte e ir pagando. La banca, a la que se había dejado hacerse demasiado grande para dejarla caer sin arrastrar con ella los ahorros de mucha gente, se tomó tiempo para recuperarse.

Otras crisis por la codicia del sistema crediticio hicieron que se levantasen muros para proteger los ahorros de los depositantes, como la Ley Glass-Steagall de Estados Unidos en 1933 (tras el Crash del 29), pero el poder de la banca convenció con el tiempo a la política de que sabía portarse bien sola y ese y otros muchos muros se echaron abajo hasta llegar a un clima de descontrol absoluto del sistema financiero mundial.