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"En la historia de México hay períodos emblemáticos o representativos: la 'Cristería' es uno de ellos. Pero hay que entenderla en un contexto mayor. Es fácil, en todo conflicto, dividir a los protagonistas entre 'buenos' y 'malos', conviene evitarlo: el mal no pasa entre las personas sino en el corazón de cada uno. Además, la inmensa mayoría de los actores son cristianos, católicos y bautizados. Aunque algunos han 'renegado' de su fe, no obstante, se casaron con fervorosas católicas, quizás este vínculo redundó en su bien, aquí y más allá. Si bien no soy académico, amo la historia. Soy creyente y por eso no limito mi razón, sino que la abro hacia adelante y arriba; y me atrevo a hacer una teología de la historia. Tú, si amas, más aún si crees, podrás encontrar provecho en esta lectura".
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Seitenzahl: 484
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Olivera, Bernardo Cristería: Insurgencia – Independencia. Imperio – República – Reforma. Revolución – Persecución – Guerra. Arreglos / Bernardo Olivera; prólogo de Jean Meyer. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Talita Kum Ediciones, 2025. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4043-60-3 1. Historia de América. 2. México. 3. Teología. I. Meyer, Jean, prolog. II. Título. CDD 261.7
© Talita Kum Ediciones, Buenos Aires, 2025.
www.talitakumediciones.com.ar
Primera edición, Enero 2025.
ISBN: 978-987-4043-60-3
Diseño interior y tapa: © Talita Kum Ediciones.
Fotografía del Tapa: Zocalo, Ciudad de México. 2023.
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Reservados todos los derechos.
Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño de tapa e imágenes interiores, por ningún medio de grabación electrónica o física sin la previa autorización escrita de los titulares del "Copyright", bajo las sanciones establecidas por la ley.
CRISTERÍA
Introducción
La Madre y el Obispo
Leyes de Reforma
Ilustrados y Siglo de las Luces
Liberales y Conservadores
Insurgencia, Independencia y Reforma
La Revolución mexicana
Porfirio Díaz
Revolución Maderista
Presidencia de Madero
Revolución Constitucionalista
Triunfo de Carranza
Constitución de 1917
Debates y legislación
Reacción Católica
La persecución religiosa
Gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924)
Persecución de Plutarco E. Calles (1924‑1929)
Ley Calles
Suspensión del culto
Alzamiento Cristero (1926-1929)
Acontecimientos bélicos
Gestación
Explosión
Consolidación
General Gorostieta
Atentado contra Obregón
Destrucción de la imagen de Cristo Rey
Desastre de Manzanillo
Asesinato de Obregón
Implicación de la Madre Conchita Acevedo
Lamento y oración de Conchita Cabrera
Apogeo
Licenciamiento
Posiciones de la Jerarquía
Los “Arreglos”
Introducción
Hacia los Arreglos
Los Arreglos
Evaluaciones y reacciones
Conclusiones
Mujeres
Orígenes
Compromiso
Actividades
Conflictos
Arreglos
Integración
Mártires
Santos mártires
Beatos mártires
Procesos canónicos
Cuatro biografías
Cristóbal Magallanes
Toribio Romo
José Anacleto González Flores
San José Sánchez del Río
Masonería
Identidad
Nombre y orígenes históricos
Nacimiento e influencia en México
Incompatibilidad y condenas católicas
Conclusiones
Enseñanzas
Amor al adversario
Grito de la sangre
Providencia e historia
Apéndices
Cronología general y cristera
México independentista e independiente (1810-1821)
Primer Imperio y Primera República Federal (1822-1855)
Reforma y Constitución, Juárez y Maximiliano, República e Imperio (1855-1872)
Porfirio Díaz y el Porfiriato (1876-1910)
Revolución y Persecución (1910-1934)
Ley Calles
Artículos transitorios
Procesos de beatificación y canonización
Bibliografía selecta
Conchita, Angélica y Mons. Martínez
Revolución mexicana
Alzamiento Cristero
Historia eclesiástica y civil
Mujeres
Mártires
Masonería
El hermano trapense Bernardo Olivera no necesita presentación. A sus ochenta y un años sigue más activo que nunca. Quien dejó la veterinaria para entrar al monasterio cuando tenía diecinueve años fue durante dieciocho años el Abad general de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (OCSO), lo que le dio la oportunidad de recorrer el mundo; luego fue elegido nuevamente Abad del monasterio que había sido su alma mater, el de Azul, en Argentina. Dejó el cargo al llegar a la edad reglamentaria de 75 años y, desde 2018, presta servicios pastorales y da cursos en monasterios, actualmente en el convento de las Hermanas Trapenses de la Madre de Dios, El Encuentro, en Ciudad Hidalgo (antes Taximaroa), Michoacán, México. Por cierto, ese pueblo dio su buen contingente de combatientes cristeros. Hoy ha terminado un libro sobre el conflicto religioso en México en el siglo XX –que se suma a la treintena de obras suyas– libro de historia, teología y filosofía.
Cristería: la palabra no se encuentra en el diccionario de la Real Academia, como tampoco se encuentra la palabra Cristiada. Cristiada, Christiad, Christiade, estas palabras se usaron en los siglos XVI, XVII y XVIII para poemas épicos sobre Cristo, en latín, francés, español, inglés y eslavo, por autores católicos y protestantes, como John Milton (La Christiade ou le paradis perdu, edición francesa de 1753). Existen al menos una docena de textos titulados Cristiada de autores conocidos y desconocidos, como este señor D’Escorbiac que Voltaire acusa de ser un christiadier.
En el diccionario de la Real Academia Española solo está la palabra cristero: “Del grito ¡Viva Cristo Rey! Adj. Dícese del combatiente o partidario del alzamiento antirrevolucionario y clerical iniciado en Méjico en el año 1926”. El gran lingüista mexicano Antonio Alatorre, quien vivió la Cristiada en su infancia, en el pueblo de Autlán, explicaba que el pueblo mexicano había inventado la palabra sobre el modelo épico de la Ilíada, puesto que se trataba de una epopeya, de una situación extrema vivida por todo un pueblo, y concluía: “La palabra cristiada ha sido impuesta por la vox populi”.
Ahora el hermano Bernardo Olivera nos propone la palabra Cristería, para mantener la presencia central de Cristo, pero también para tomar cierta respetuosa distancia del movimiento armado de los católicos mexicanos, no de todos, porque hubo una resistencia no violenta no menos importante, pero que espera su historiador. Nos dice que su trabajo es “el fruto de una investigación doméstica –no académica– puesta por escrito para el gran público”.
Efectivamente, no aplasta al lector con un mamotreto de cientos de páginas, y la claridad de un estilo ameno vuelve la lectura muy agradable. Sin embargo, es demasiado modesto cuando dice que su investigación no es académica. No solamente ha leído todo lo que se ha escrito sobre el tema, sino que también ha sacado de los archivos históricos de las Religiosas de la Cruz y los Misioneros del Espíritu Santo aportaciones muy novedosas y valiosa información de la correspondencia entre el futuro arzobispo de México (de 1937 a 1956), monseñor Luis María Martínez, y la Señora Concepción Cabrera de Armida, beatificada en 2019. Cita in extenso muchos documentos y ofrece siempre abundantes referencias que permitirán al lector completar, si lo desea, sus conocimientos.
Observa todas las reglas del oficio, como, por ejemplo, audiatur et altera pars, escuchar a la otra parte, y evitar el anacronismo peligroso y muy frecuente de “juzgar los actos de ayer con las luces de hoy”. En la sabiduría que adquirió a lo largo de su vida, advierte: “Muchos académicos olvidan que el último paso, en el proceso racional, es reconocer y afirmar que muchas cosas nos superan”. El lector que cree conocer el tema y que lo ha perseguido durante muchos años admira el propósito que el autor bien ha logrado:
“Mi deseo es construir puentes, más que ahondar fosos”.
Después de presentar los antecedentes de un siglo que va de la independencia de México a la Revolución que empieza en 1910, pasa a “la persecución religiosa”, “el alzamiento cristero” (1926-1929), “los arreglos” de junio 1929, antes de dedicar tres capítulos a “las mujeres”, “los mártires” y el papel de “la masonería”. Uno podría decir que le hubiera gustado que el libro cubriera también los años siguientes, con la nueva y muy ruda etapa de persecución religiosa (1931-1936), que provoca una segunda guerrilla católica, condenada por la Iglesia, y termina finalmente en 1938, cuando, simbólicamente, el Estado y la Iglesia se unen a la hora de la nacionalización del petróleo. Bernardo Olivera optó por terminar en 1929, quizá para no complicar el relato con el incumplimiento de los arreglos por parte del Gobierno y la profunda división que eso provocó en el seno del pueblo católico mexicano.
La importancia de la fecha de 1929 aparece en el corrido (romance) “El arreglo religioso”.
Las leyes de Reforma,
Que habían sido letra muerta,
Tomaron vigor y forma
Al terminar De la Huerta.
Vino como consecuencia
Una cruel persecución
Y no hubo libertad de conciencia
Ya ni en la Constitución.
Fue en el año veintidós
Que tuvo principio el mal
Al decretar la expulsión
Del delegado papal.
Fue en el año veintiséis,
Floreció la intransigencia
Al declararse la guerra
A la fe de la conciencia.
Y en la lucha fratricida
Por valles, montes y llanos
Nunca pudo ser vencida
La fe de los mexicanos.
Es que nuestra religión,
Por la que damos la vida,
El alma y el corazón,
Nunca pudo ser vencida.
Hoy por eso las campanas
Repican con tanta prisa
Llamando a los mexicanos
A la Iglesia y la misa.
Ya no hay tiros ni trancazos,
Todito está arreglado,
Ahora sí puedo casarme
Por la Iglesia y el Estado.
Cesó la intransigencia,
Volvió la paz a reinar,
De libertad de conciencia
Ya podemos disfrutar.
México ha reconquistado
Su gloriosa religión,
La fe del gran cura Hidalgo
Y Morelos y Pavón.1
En el capítulo de “Conclusiones”, el autor nos dice que las “lecciones de la historia” podrían ser el derecho a la resistencia pacífica, la renuncia al recurso de la lucha armada, el valor del diálogo (siempre y cuando haya buena voluntad de ambas partes), la necesaria “astucia de la serpiente con ciertos interlocutores” y la sustitución del concepto de “guerra justa” por el de “paz justa”. Luego desiste de concluir con “lecciones”: “Quiero tan solo preguntarme a mí mismo sobre aquello que he aprendido o que me ha importado”, explica. “Pienso y hablo como creyente que ha recibido el don de la fe cristiana que supera mi razón y me resulta asimismo razonable”.
Esa reflexión lo lleva a insistir sobre el “amor al adversario” (no dice “enemigo”) “para romper la cadena de odio y violencia con la gratuidad del amor”. Este amor “no anula el legítimo derecho de oponerme a la agresión y a las injusticias evidentes y prolongadas”, aclara Olivera. “Pero en esta oposición y resistencia he de excluir la violencia y el odio”. Parece ser la cuadratura del círculo, porque, con un mínimo de realismo, “no es fácil conciliar el Evangelio en su radicalidad con las demandas de la vida social y política”, afirma, y concluye: “Tengo entonces que admitir posturas diversas y, en algunos casos, encontradas entre sí”. Tampoco es fácil descifrar la relación entre Historia y Providencia, la irrupción de Dios en la Historia.
Estas páginas mezclan con el presente y el porvenir un movimiento que cumplirá muy pronto un siglo y que ha sido medio olvidado y mal entendido. A partir de su base documental, empírica, el libro se sitúa esencialmente en el nivel de la filosofía, de la teología de la historia y de la religión, en un círculo más amplio que rebasa la historia. Los muertos que cayeron durante el conflicto religioso, sea como mártires, sea como combatientes de los dos bandos, sea como víctimas pacíficas e inocentes, regresan a nosotros, en un nuevo contexto –pienso en las guerras actuales, en Ucrania, en Gaza, en el Congo y en tantos lugares– portadores de nuevas anunciaciones, nuevas significaciones.
“Al César lo del César, pero a Dios lo de Dios”. Si el César tiene fines que no son los de Dios, cuando no conoce a Dios, la Iglesia puede sucumbir, inconscientemente, a la hipocresía del tentador y negarse a pagar el impuesto al César. Puede hacerlo de dos maneras: intentando construir una sociedad, la suya, contra la del César; o creyendo, de manera espiritualista, que podrá bautizar al César. Cuando el César reconoce a Dios, surge una nueva tentación, no menos peligrosa, la de la “sinfonía” entre la Iglesia y el Estado.
En cuanto a la fecha fatídica de 1926, ¿podemos pensar que el diablo –Bernardo Olivera lo menciona entre los actores principales– estaba en los dos bandos, como tentador? Desde 1910, cuando la Revolución pone fin al mal llamado “antiguo régimen”, la Iglesia, en reacción contra la domesticación de los siglos anteriores, emprende la construcción de un “orden cristiano”, lo que asusta y molesta al César y le inspira la persecución. Fue en 1926 cuando la Iglesia decidió suspender el culto público –la Iglesia en sentido más amplio–, porque, tanto en México como cerca del Papa, hubo gente que abogó por el enfrentamiento, contra la mayoría de los obispos. Esa suspensión llevó a la escalada y, cuando corrió la primera sangre, la guerra se volvió inevitable. La Iglesia suspendió el culto, no los sacramentos. El César contestó y le impidió distribuir los sacramentos. El pueblo, cortado de la raíz de vida, de la fuente vivificante, se dio el sacramento global, el del sacrificio sangriento. En 1929, cuando depuso humildemente las armas, porque los sacerdotes se lo pedían, no había obtenido ninguna ganancia temporal, al contrario. ¿Será el pueblo el único que pudo distinguir lo que le tocaba a Dios y lo que le tocaba al César? Misterio, misterio de iniquidad, misterio de misericordia. La historia nunca es blanca y negra. No se trata de un cuento de buenos y malos. Es una tragedia.
Jean Meyer,
División de Historia, CIDE, México
Lunes de Pascua de 2024
1 A.A. Cárdenas Pinelo (Yucho), El arreglo religioso, versión grabada por “Los Cancioneros de Sonora”, Columbia Records, New York, julio 1929.
El siglo XX no fue fácil para la Iglesia católica. Los católicos, sobre todo la Jerarquía eclesiástica, se encontraron enfrentados con diferentes realidades: el laicismo en algunos países de Europa, tales como Francia y Portugal; el estallido de guerras civiles y revoluciones con notas anticlericales, como fue en el caso de Rusia, Italia y México; la Primera Guerra Mundial, en la que intervinieron países principalmente cristianos y católicos. Finalmente, la formación de regímenes políticos totalitarios de tipo nacionalista y socialista supuso una confrontación con los cristianos en el campo de las obras sociales y de la educación. Dos Papas tuvieron que guiar a la Iglesia en medio de estas turbulencias y borrascas: Benedicto XV (1914-1922) y Pío XI (1922-1939). La República Federal de México tuvo un lugar importante en la agenda de la Sede Apostólica durante estos años agitados.
Los treinta años del Gobierno de Porfirio Díaz Mori (1876-1911), conocido como el “Porfiriato”, y la Revolución de 1910 son etapas relevantes de la historia de México. También lo fueron el tiempo y la cultura prehispánicos, la Colonia, la Insurgencia, la Independencia y la Reforma. Pero no hay duda alguna de que el México moderno es el fruto de los años de gobierno de Porfirio Díaz y, aún más, de la Revolución que lo destronó.
En esa etapa revolucionaria –intensa y movida– de la historia de México, se sucedieron otros hechos que muestran a las claras la complejidad de esa época: la reforma de la Constitución en 1917, los derechos laborales, la persecución religiosa, la Guerra Cristera, la crisis económica, el establecimiento de instituciones, la integración de corporaciones populares, el reparto de tierras y, finalmente, la expropiación del petróleo que tuvo lugar en 1938.
Hay que reconocer que la persecución religiosa violenta contra los católicos se extiende de 1914 a 1938. La Guerra Cristera se ubica, dentro de este contexto persecutorio, en los años 1926-1929. Cabe todavía preguntarse si la reprobación y las acechanzas ya han concluido.
El presente libro se enfoca, sobre todo, en la Guerra Cristera. Sin embargo, para entenderla hay que situarla en el contexto inmediato de la Revolución, especialmente, en los acontecimientos precedentes a la “Cristiada”. Además, como enseguida veremos, se impone decir una palabra, aunque sea breve, sobre el contexto mayor, es decir: la Insurgencia e Independencia y las Leyes de Reforma del siglo XIX. Pero esto no es todo, como será fácil comprobarlo si, al menos, se consulta el índice de la obra.
La Iglesia católica ha tenido siempre una gran influencia en la historia de América Latina. Ella ha sido tanto un factor de proyectos de independencia cuanto de identidad continental. La tensión conflictiva entre Iglesia y Estado, o entre conservadores y liberales, se hizo presente en todos los países latinoamericanos en los siglos XIX y XX.2
Las polarizaciones dicotómicas simplifican las realidades complejas. Sin embargo, lo importante es que la simplificación no distorsione o suplante la realidad, para que esta pueda ser comprendida.
Hemos hablado de “tensión conflictiva”, pero hay que agregar algo más: la relación siempre se mantuvo, buscando la complementariedad y el acuerdo. La política estatal ha buscado, casi siempre, un fundamento religioso para justificar su legitimidad. La religión, por su parte, influye en la política de los gobiernos para asegurar la libertad institucional necesaria para evangelizar. Téngase también en cuenta que la Iglesia católica no es una entidad monolítica y totalitaria, pues en su seno conviven posturas, tendencias y corrientes que pueden confluir o confrontarse. Y esto es válido tanto para la Jerarquía cuanto para el laicado y para la relación entre ellos. El “mundo católico mexicano” es una realidad muy variada, plural y compleja.3
Hay otras maneras –desde puntos de vista, momentos históricos y geografías diferentes– de presentar este conflicto entre la Iglesia y el Estado, por ejemplo: tradición y progreso, hispanidad y anglosajonismo, democracia cristiana e iluminismo masónico, patriotismo y globalismo, designio de fraternidad solidaria y proyecto de globalismo excluyente.4
El caso de México es muy ilustrativo en el sentido antagónico arriba señalado, debido a que el conflicto se concretó en una Constitución (1857 y 1917) que redujo la autoridad y el poder de la Iglesia en temas políticos, sociales, educativos y económicos. Pero es aún más representativo debido al alzamiento popular armado y la presencia de muchos mártires de la fe. De aquí el interés en conocer esta historia paradigmática, narrada con competencia por no pocos autores.5
Para entender la persecución y al alzamiento de los Cristeros, como ya lo hemos dicho, habrá que retroceder al siglo precedente: a la Insurgencia e Independencia. Y, más precisamente, a los conflictos entre conservadores y liberales que llevaron a las conocidas Leyes de Reforma.
El “mapa” completo de las relaciones conflictivas entre la Iglesia y el Estado en México presenta los siguientes momentos álgidos: la Reforma de Valentín Gómez Farías (1833), la desamortización de los bienes eclesiásticos (1856) y su posterior nacionalización (1859), la separación jurídica entre la Iglesia y el Estado (1857), la incorporación de otras leyes reformistas –promulgadas desde 1859– a la Constitución (1873), la inexistencia jurídica de la Iglesia (1917), el conflicto religioso de la Cristiada (1926) y el establecimiento del llamado modus vivendi entre el Estado y la Iglesia (1929). El conflicto parece haber reducido sus dimensiones y resuelto sus dicotomías con las reformas a la Constitución mexicana (1992).
Desde el punto de vista del “Derecho Eclesiástico Mexicano” es posible distinguir tres grandes etapas en las relaciones entre el Estado y la Iglesia:
Iglesia y República – Estado No-Confesional (1854-1910)La estructura colonial, que le permitió a la Iglesia tener una importante solvencia económica y gran influencia en diversas actividades de la vida nacional mexicana, fue puesta en jaque por el naciente liberalismo, el cual alcanzó su cumbre en la Constitución de 1857. Dicha Constitución determinó la independencia entre la Iglesia y el Estado; prohibía, además, cualquier legislación que privilegiara o proscribiera cualquier religión. Las leyes de reforma dieron un paso más: separación Estado-Iglesia, libertad de cultos, abolición de fueros y la secularización del poder público. Continuó así la pugna entre liberales y conservadores, polarizada en integrismos religiosos y antirreligiosos. Esta tensión aumentó a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX.
Iglesia y Revolución – Estado Anticlerical (1910-1991)La Constitución de 1917 y sus correspondientes leyes reglamentarias, además de otras condiciones prevalecientes en la época, produjeron una grieta en la cohesión social de los mexicanos. La Guerra Cristera es el más elocuente ejemplo de esto. Los Acuerdos entre el Estado y la Iglesia implicaron un modus vivendi en el que no se aplicaban las leyes, aunque seguían vigentes. Esta situación llevó a una simulación que demoró seriamente la vigencia del derecho humano de la libertad religiosa.
Iglesia y Asociaciones Religiosas – Estado Pluriconfesional (1992- actualidad)El 29 de enero de 1992 entraron en vigor las reformas que servirían de fundamento para la promulgación en el mes de julio de ese mismo año de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público.6
Se impone también decir que este conflicto entre la Iglesia y el Estado en México no hay que reducirlo a su dimensión estrictamente política. Hay que considerar también el aspecto social. Por eso, se puede afirmar que una cosa es el derecho-ley y otra el hecho-vida. En consecuencia, no toda la reforma legal supuso un cambio inmediato en la relación entre el Gobierno y los católicos de a pie. En muchas regiones los lazos familiares, económicos, sociales y de lealtad fueron más fuertes que todas las leyes y, más aún, que la imposición de ellas.7
La Revolución de 1910 en México fue la primera de las revoluciones sociales del siglo XX con profundo y permanente alcance. Duró mucho tiempo y costó muchas vidas. En algunos aspectos se asemeja a las revoluciones que siguieron después, y en muchos otros se diferencia.
Tanto los historiadores académicos cuanto los cultivadores de la historia por vocación se hacen algunas preguntas y ofrecen sus respuestas: ¿cuál es la trama y el drama de la historia en cuestión? ¿Cómo periodificarla para facilitar su comprensión? ¿Quiénes fueron sus principales actores? ¿Cuáles fueron los hechos y procesos básicos? ¿Qué decir del sentido de dichos acontecimientos? De nada sirve acumular conocimientos de hechos históricos si no hay un razonamiento para juzgarlos acertadamente.
Las páginas que siguen a continuación son el fruto de una investigación doméstica –no académica– puesta por escrito para el gran público. Esto no impidió el haber intentado recopilar los datos más importantes del período de tiempo tratado. En algunos casos he hecho una simple “crónica” y espero haber distinguido suficientemente lo importante de lo meramente circunstancial e intrascendente.
Puedo decir también que he procurado documentarme lo mejor posible y, sobre todo, mostrar la experiencia de un obispo y de una madre de familia y mística cristiana en algunos de los acontecimientos reseñados. Esta “microhistoria” abre la historia a una interpretación “teológica”, muestra cómo Dios obra en las entrañas de los acontecimientos humanos para convertirlos en Historia de Salvación. Para los creyentes, la historia es el lugar y el tiempo en el que Dios obra ordinariamente la salvación mediante el ministerio de la Iglesia. La Historia salvífica contiene asimismo mediaciones político-sociales, corrientes de pensamiento, influencias culturales, factores económicos, ideologías... Pero la contemplación creyente no se queda en todo ello, sino que lo trasciende hasta encontrar la presencia de Dios y el soplo del Espíritu que reparte sus dones donde y como quiere, entre los discípulos de Cristo y también entre los que no lo son8. Lamentablemente, muchos académicos en diferentes disciplinas olvidan que, en el proceso racional, el último paso es reconocer y afirmar que muchas cosas lo superan.
Nadie se priva de interpretar los datos históricos; no hay duda de que todo lo humano tiene un sentido, no siempre fácil de descifrar y abierto a varias lecturas interpretativas. Ofrezco también la mía, reconociendo que la selección de datos implica ya un tipo de interpretación.
He evitado utilizar adjetivos o epítetos negativos para calificar (¡descalificar!) a aquellos que están ubicados en la “vereda de enfrente” a la que me ubico yo. Mi deseo es construir puentes, más que ahondar fosos. Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y todos hemos sido regenerados en la Pascua de Jesucristo: los actores de la Insurgencia y la Independencia, y también los de la Reforma, la Revolución y la Persecución, eran mayoritariamente bautizados en la Iglesia católica.
Lo recién dicho no significa caer en un “buenismo” que inmortaliza la candidez de la paloma, olvidando la necesidad de discernir y juzgar con la astucia de la serpiente.
La persona humana posee constitutivamente una dignidad infinita, más allá de cualquier circunstancia, estado o situación en que se pueda encontrar.
La bibliografía final muestra las fuentes de las que he bebido. Algunas notas al pie de página avalan las afirmaciones hechas y permiten profundizar en lo tratado. Es fácil advertir libros y artículos de diferentes tendencias, nunca hay que olvidar este principio del derecho romano: audiatur et altera pars. Las referencias concretas a los escritos de Mons. Martínez y de la beata Concepción Cabrera de Armida permiten su verificación y ulterior estudio.9
Una última y doble advertencia. La historia humana es vida y memoria de muchos, retoma hechos y personas, hábitos y creencias, arte y ritos; por todo eso, no puede reducirse a la especulación interpretativa, sino que ha de fundarse en la realidad comprobable. Además, con el paso del tiempo, va aumentando el caudal de elementos probatorios de los acontecimientos pasados, por eso, resulta anacrónico juzgar a los actores de ayer con las luces de hoy.
2 Respecto a México, ver: Cevallos Ramírez, M. “La Conciliación, los Arreglos y la Reforma Constitucional: tres hitos en la relación Iglesia-Estado en México” en: AA.VV. Del Conflicto a la Conciliación: Iglesia y Estado en México, siglo XX, pp.113-124. Guerra Manzo, E. “La salvación de las almas: Estado e Iglesia en la pugna por las masas, 1920-1940” Argumentos - Nueva Época 20:55 (2007), pp.121-153.
Para el caso de la Argentina, ver: Pignatelli, A. “Dos siglos de vaivenes en la relación entre la Iglesia y el Estado: hitos de una convivencia sinuosa desde 1810 hasta Raúl Alfonsín” Infobae, 18 octubre 2022. Como así también: Ídem, “Roca y su pelea con la Iglesia: una escuela excomulgada, maestras acusadas de herejes y la expulsión del Nuncio apostólico” Infobae, 17 noviembre 2017. Consultados el 22-X-2022, en: https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=48221-https://www.infobae.com/sociedad/2022/10/18/roca-y-su-pelea-con-la-iglesia-una-escuela-excomulgada-maestras-acusadas-de-herejes-y-la-expulsion-del-nuncio-apostolico/
3 Esta afirmación queda bien demostrada en el reciente Diccionario de protagonistas del mundo católico en México. Siglo XX (2021).
4 Para esta última caracterización, ver: Olivera, B. Signo de los Tiempos,Buenos Aires: Talita Kum Ediciones, 2021.
5 Luque Alcaide, E. “La historiografía reciente sobre la historia de la Iglesia en México (1984-1994)”; García Ugarte, M. E. “La Iglesia católica en México desde sus historiadores”.
6 Para lo referente al Derecho Eclesiástico y las etapas indicadas, ver: Soberanes Fernández, J.L. Derechos de los Creyentes, México: Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ) e Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), 2015. Como así también, la tesis doctoral de: Vizcaíno López, M.T. Interpretación de Derechos y Libertades Constitucionalmente Reconocidos: la configuración jurídica del principio de laicidad en México, Toledo (España): Universidad de Castilla-La Mancha – Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, 2013.
7 Ver, Ceballos Ramírez, M. “Iglesia católica, Estado y sociedad en México: tres etapas de estudios e investigación” Frontera Norte VIII:15 (1996), pp.91,106.
8 Sobre la Teología de la Historia, ver: Olivera, B. Signo de los Tiempos, Buenos Aires: Talita Kum Ediciones, 2023, pp.31-38. Para una crítica desde la inmanencia al concepto-realidad “Historia de Salvación” en el Documento de la Conferencia del Episcopado Mexicano “Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con Todos” (25-III-2000), ver: González, F.M. Morir y Matar por Cristo Rey, pp.283-287.
9 Aprovecho, una vez más, para agradecer a las Religiosas de la Cruz y a los Misioneros del Espíritu Santo que, en su momento, me facilitaron los escritos de Concepción Cabrera de Armida y de Mons. Luis María Martínez.
Concepción Cabrera Arias de Armida nació en San Luis Potosí, México, el 8 de diciembre de 1862 y fue bautizada dos días más tarde. La mayor parte de su enseñanza la recibió de maestros particulares en su propia casa de campo.
Estuvo nueve años de novia con Francisco Armida, con quien finalmente se casó el 8 de noviembre de 1884. Tuvieron nueve hijos. En 1889 hizo sus primeros Ejercicios Espirituales, y en ellos descubrió su misión: salvar almas.
A partir de 1893 comenzó un camino de santidad que no se detendría hasta el fin de su vida. De todo este tiempo dejó constancia en su Cuenta de conciencia. En 1894 se grabó a sangre y fuego sobre su pecho el monograma de Jesús y tuvo asimismo la visión de la Cruz del Apostolado. En 1897 se fundaron las Religiosas de la Cruz. Enviudó en 1901 y dos años más tarde se encontró con el P. Félix Rougier.
El 25 de marzo del año 1906, Conchita recibió la gracia central de su vida: la Encarnación Mística o “mutua posesión como en una substancia”. Se trata de una gracia de unión transformante con Jesucristo, que ella vivió en clave femenina y maternal. Esta experiencia con Jesucristo se expandiría, con el correr del tiempo, en una fecundidad espiritual siempre creciente. Tres años después, en 1909, se fundó la Alianza de Amor.
En 1910, con 48 años de edad, Conchita se encontraba ya en la segunda parte de su existencia. En este momento de su vida se halló inmersa en la Revolución mexicana y la persecución religiosa de la Iglesia. Sin ese telón de fondo, sería muy difícil comprender su vivencia espiritual durante esos años y, menos aún, la mutua relación con Mons. Martínez iniciada en 1925.
Conchita vivió sin grandes contratiempos el período de la Revolución mexicana. Se preguntaba, con frecuencia, el motivo por el que Dios permitiría esa prueba para el pueblo mexicano y para la Iglesia, y encontró algunas respuestas: la indiferencia de algunos de los obispos y de los sacerdotes a sus ministerios, la falta de la vivencia de las virtudes por los que se dicen católicos y, finalmente, la falta del Espíritu Santo en la vida de los creyentes.
Durante estos agitados diez años, los que van de 1910 hasta 1920, sucedieron acontecimientos importantes en su vida. En 1912 se fundó la Liga Apostólica, y ese mismo año Conchita se puso bajo la dirección del Arzobispo de Puebla, Ramón Ibarra. En noviembre de 1913, peregrinó a Roma y se entrevistó con el Papa Pío X, quien le concedió la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo –la cual tendría lugar al año siguiente, en 1914, con el retorno del P. Félix Rougier a México–. En 1917 murió en su casa familiar, enfermo y perseguido, su director espiritual, el Arzobispo de Puebla, Mons. Ibarra. Se inició entonces la última etapa de su itinerario espiritual con una profunda experiencia existencial de soledad que concluiría con el abandono en la cruz, confiando siempre en Aquel que la abandona.
En el decenio siguiente, 1920 a 1929, Conchita vivió intensamente las luces y oscuridades de su propio país en búsqueda de estabilidad e identidad nacional. En ese contexto se fue desarrollando su propia vida de fe y entrega. En el año 1922 fue ordenado sacerdote su hijo Manuel, pero ella no pudo asistir. En el mes de octubre de 1924, vivió con gran intensidad el Congreso Eucarístico Nacional en la Ciudad de México y la consagración del país, por parte de todos los obispos, al Espíritu Santo; la iniciativa provenía de ella, contando con el apoyo del P. Félix Rougier. En 1925, como ya hemos dicho, comenzó su dirección espiritual con el Obispo coadjutor de Morelia, Mons. Luis María Martínez. Al año siguiente, recibió con gozo la noticia de que el P. Félix podía integrarse a la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. En 1926 viajó a Chicago para participar en el Congreso Eucarístico Internacional. Durante los años de la Guerra Cristera recibió, por inspiración divina, las “Confidencias”, doctrina ascética y mística sobre el sacerdocio y los sacerdotes. Finalmente, en el año 1929, sufrió empáticamente con las 11 Religiosas de la Cruz que fueron detenidas y llevadas al penal de las Islas Marías.
Conchita hizo sus últimos Ejercicios Espirituales con Mons. Martínez y concluyó en el año 1936, enferma y atribulada interiormente. Dos días antes de morir, recibió la noticia de que su director espiritual, Mons. Martínez, había sido nombrado Arzobispo de México. Dejó este mundo la madrugada del 3 de marzo de 1937 a los 75 años de edad. La Iglesia reconoció su santidad y la declaró beata el 4 de mayo del 2019.
No es fácil sintetizar en pocos párrafos su biografía. La razón principal consiste en lo siguiente: en la unidad profunda de su persona, vive una triple vida. Ella misma nos lo dice así: Llevo en mí tres vidas, la cual más fuerte: la vida de familia con sus multiplicadas penas y mil clases, es decir, la vida de madre; la vida de las Obras con todas sus penas y peso... que a veces me aplasta y parece que no puedo más; y la vida del espíritu o interior, que es la más pesada de todas, con sus altas y bajas, sus tempestades y luchas, su luz y sus tinieblas, que solo el Señor también me puede sostener en ella (CC,10,309; 8-X-1898).10
Monseñor Luis María Martínez Rodríguez nació en la hacienda Molinos de Caballero, al noreste del Estado de Michoacán, el 9 de junio de 1881. Fue hijo de Rosendo Martínez Fierro (natural de Asturias, España) y María Ramona Rodríguez Loaisa. Su padre falleció cuando apenas contaba menos de dos semanas de vida.
La madre y el niño fueron acogidos por el hermano de Doña Ramona, el P. Casimiro Rodríguez Loaisa, capellán de la hacienda y vicario de Tepuxtepec. Los tres se trasladaron más tarde a Puruándiro y finalmente a Morelia, donde otro hermano de la madre, Sabino, los acogió tras la muerte del sacerdote.
Luis María ingresó el 2 de enero de 1891, a los 9 años y medio, en el Seminario de San José de Morelia. Vivió allí como alumno hasta noviembre de 1904. Continuó luego en el Seminario como sacerdote, profesor, vicerrector y finalmente como rector y obispo auxiliar de Morelia. En 1937 fue transferido a la Ciudad de México como Arzobispo de dicha ciudad.
Fue ordenado sacerdote el 20 de noviembre de 1904. Mientras era Canónigo de la Catedral de Morelia, fue nombrado Administrador Apostólico de la Diócesis de Chilapa el 6 de noviembre de 1922. El 30 de septiembre de 1923 sería consagrado Obispo auxiliar de Morelia; y Coadjutor de la misma Arquidiócesis, el 10 de noviembre de 1934.
Durante sus años de servicio en el Seminario de Morelia, Luis María se enfrentó a las dificultades posrevolucionarias de México; comenzó, asimismo, su servicio pastoral a través de la predicación y la dirección de almas.
El acontecimiento de la Revolución le hizo ver la urgencia de organizar a los sacerdotes y a los seglares católicos en el espíritu del Evangelio para poder responder a la nueva situación social y política del país. Fundó la Unión Sacerdotal, la Asociación de Damas Católicas, la Liga de Estudiantes Católicos, la Asociación Juana de Arco para las Señoritas Católicas, la Asociación Nacional de Padres y Madres de Familia, los Círculos de Obreros, entre otros. Aunque estos años fueron de gran actividad, siempre permaneció fiel a su servicio en el seminario.
Fundó y estableció grupos de la “U” (Unión de Católicos Mexicanos) por toda la República; se trataba de una organización de carácter reservado cuyos miembros estaban sujetos a una disciplina militar, y tenía por finalidad la presencia pública de la fe cristiana en la sociedad y el establecimiento del reinado social de Jesucristo en la República11. Esta obra se extendió con la ayuda del Dr. Adalberto Abascal, sobre todo en los años 1917-1925, por los diversos estados de la República. Entre 1920 y 1925 se realizó un intenso trabajo para extender dicha organización por todo México. La “U” llegó a controlar varias organizaciones católicas cívicas y piadosas, entre las cuales se encontraban la sección mexicana de los Caballeros de Colón, la Unión de Padres de Familia, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y las Brigadas Juana de Arco, entre otras12. En otro plano, la “U” contaba con el apoyo orante de la religiosa visitandina Angélica Álvarez Icaza.13
Comenzando ya el conflicto que dio lugar a la Guerra Cristera, el P. Luis María Martínez, como ya dijimos, fue consagrado en 1923 Obispo auxiliar de Morelia. Si bien nunca promovió el alzamiento armado, fue de los pocos obispos que permanecieron en el país durante la guerra, aunque oculto en hogares de los fieles.
Al conocer a la Sra. Concepción Cabrera de Armida, decidió unirse a la Obra de la Cruz, haciendo también votos como Misionero del Espíritu Santo. Desde el 7 de julio de 1925 y hasta la muerte de Conchita, Mons. Martínez fue su Director Espiritual. Poco a poco fue explicando, con competencia de teólogo y místico, la Espiritualidad de la Cruz. La influencia espiritual entre ambos fue en un doble sentido: de dirección, por un lado, y de maternidad espiritual, por el otro.
Mons. Martínez fue un pionero en la reflexión teológica que repensó y enfatizó el carácter sacerdotal propio de los laicos. Para esto se valió de los Ejercicios Espirituales que daba a Conchita en Morelia y su numerosa correspondencia durante el período del alzamiento cristero, la que se conserva en los archivos de la Curia de la Arquidiócesis de México. Poco a poco, fue afinando la doctrina de lo que él llamaba “sacerdocio de los fieles”, como así también “sacerdocio místico de los fieles”.
Conocemos cuatro mujeres que fueron claves a este respecto. La religiosa M. Angélica Álvarez Icaza, quien se encontró con Mons. Martínez en 1915, vivió radicalmente la doctrina del “sacerdocio místico” llevándola a alturas místicas insospechadas. Es sabido que Conchita enseñaba que todos los fieles tenían que convertirse no solo en víctimas, como Cristo, sino en sacerdotes, ofreciendo su sacrifico al Padre con Cristo-Sacerdote.
La correspondencia nos habla también de otras dos laicas muy comprometidas en el ámbito religioso y social. Una de ellas es Concepción Dorrenzaín, quien experimentó hondamente esta doctrina, aunque con su propia simbología (Sagrado Corazón y esponsalidad con Jesucristo). Todo parece indicar que su experiencia fue el fundamento de una importante actividad religiosa que la llevó a organizar una congregación clandestina en su propia casa. En el caso de la zamorana María Inés Sánchez, la doctrina mística de Monseñor coronaba una vocación pastoral y social que había comenzado ya antes del alzamiento cristero, pero que ahora le permitió realizarse plena y hondamente como mujer católica.14
Después de los “Arreglos” pactados entre el Gobierno mexicano y las autoridades eclesiásticas, causa de desconfianza y divisiones en las filas católicas, Mons. Martínez, primero en Michoacán, y después en el Distrito Federal, hizo todo lo posible para abrir diálogos a nivel político entre los enemigos de la Iglesia y los católicos más radicalizados. El Vaticano, por su parte, había aconsejado a la Iglesia en México abstenerse de toda acción política.
En 1937, fue promovido a la Sede Archiepiscopal de México. Sus encuentros con los Presidentes Lázaro Cárdenas15 –otro michoacano como él– y Manuel Ávila Camacho permitieron aliviar las tensiones entre el Gobierno y la Iglesia.
Su servicio como Arzobispo de México fue inmenso: elevación del nivel intelectual y moral del clero, diligente cuidado del Seminario, organización de los seglares mediante el fomento de la Acción Católica, promoción de las escuelas católicas en las que niños y adolescentes podían recibir los fundamentos de la fe cristiana. Nadie quedó excluido de su servicio pastoral: visitas a todas las parroquias de la extensa diócesis, atención a obreros y empresarios, políticos y artistas, ricos y pobres. En el año 1942 lo vemos ponderando la película Jesús de Nazareth, que estaba en sus inicios. El 15 de mayo de 1950 fue nombrado miembro correspondiente de la Academia Mexicana de Lenguas, y años más tarde, como miembro de número, tomó posesión de la silla XXIV el 30 de diciembre de 1953. Esta acogida de todos, en especial del mundo artístico, fue causa de algunas incomprensiones, por parte de unos pocos fieles y clérigos.
No es ahora el momento de hablar del camino espiritual y místico de Mons. Martínez, pero no hay duda de que vivió una honda comunión con Jesucristo que redundó en un fecundo apostolado espiritual, de índole interpersonal, epistolar y literaria. Se cuenta que tres días a la semana los dedicaba a confirmar y que, además, daba limosna a los pobres de su propio sueldo.
Mons. Martínez entregó su alma al Señor el 9 de febrero de 1956, víctima de esclerosis intestinal y probable úlcera gástrica avanzada. Fue sepultado en la Capilla de los Arzobispos de la Catedral que él mismo había mandado restaurar.
Resulta interesante constatar la evolución que se fue dando en la relación entre Mons. Martínez y Conchita. Esto se muestra claramente en la forma de dirigirse a ella en su correspondencia: Estimada Conchita(25-VIII-1925); Querida madre en Jesús (5-VIII-1926); Muy querida madre en Jesús (22-I-1930). Tengamos también presente que Conchita era diecinueve años mayor que él. El siguiente cuadro sinóptico muestra la relación entre ellos y el contexto sociopolítico del momento que ahora nos interesa.
10 Las siglas, números y fechas significan: Cuenta de conciencia, volumen, párrafo, fecha.
11 La obra social de Mons. Martínez es heredera de la reflexión y enseñanza sobre la “cuestión social” por parte del Episcopado mexicano. Sobre este particular, ver: Aguirre Cristiani, G. “La presencia de la Iglesia Católica en el gobierno de Álvaro Obregón, 1920-1924” en: AA.VV. Del Conflicto a la Conciliación: Iglesia y Estado en México, siglo XX, pp.65-81. Asimismo, González Morfín, J. “Clericalismo y anticlericalismo en la Constitución de 1917: un acercamiento al problema a través de los debates del Constituyente”, pp.444-449.
12 Para datos biobibliográficos, ver: Solís Nicot, Y.B.R. “Abascal del Río, Adalberto (1881-1955)” en: Diccionario de Protagonistas del Mundo Católico en México. Siglo XX, pp.18-20.
13 Ver: Fernández Rodríguez, P. Biografía de un Hombre Providencial, pp.73-84. Esta obra contiene numerosas citas de cartas de Mons. Martínez a la H. María Angélica Álvarez Icaza sobre la “U”. Para la organización reservada o secreta y acción de la “U”, ver el importante documento preparado por la Asamblea General de 1921 y presentado al Papa Pío XI: Solís, Y. “Asociación espiritual o masonería católica” Istor IX:33 (2008), pp.121-137; Ídem, “Religión y política en secretos” La Cuestión Social 18:3-4 (2010), pp.346-360; Ídem, “Cuando fallaron los partidos: la U como alternativa no democrática y secreta a la participación política de los católicos: 1915-1921” en: AA.VV. Militancias Católicas en el México Contemporáneo, (2022) pp.25-51. También ofrece interesantes datos sobre la “U” el libro de: González, F.M. Matar y Morir por Cristo Rey, pp.31-39; 79-88; 157-161; 204-210; 257. En un contexto mayor y recopilando los datos precedentes, ver: Hurtado Razo, L.A. “Surgimiento de la Unión de Católicos Mexicanos. La U, primera sociedad secreta del siglo XX” en: Diferentes Agrupaciones Católicas de Derecha en el siglo XX en México, pp.80-93.
14 Sobre este particular, ver: Butler, M. “Su hija Inés: Católicas laicas, el Obispo Luis María Martínez, y el Conflicto religioso michoacano, 1927-1929”.
15 Cárdenas consideraba a Calles como su “padre y maestro”. Y este último habría dicho: “Más que mis propios hijos, es hijo mío Lázaro Cárdenas”. Pero, finalmente, fue Cárdenas quien lo mandó al exilio. Ver: Vasconcelos, J. Breve Historia de México, p.517.
16 Para el presente cuadro y una amplia exposición al respecto, ver: Olivera, B. Vas a Recibirlo como Hijo: unión transformante y compartida, maternidad y dirección, México: Editorial La Cruz, 2013.
Una vez consumada la independencia de México (Grito de Hidalgo, 1810 – Iturbide y el Acta de la Independencia, 27-28 septiembre 1821)17, en un período de casi cincuenta años, el país independiente experimentó dos modelos de organización política:
La imperial:Primer Imperio mexicano: 1822-1823, con Agustín de Iturbide.Segundo Imperio mexicano: 1864-1867 con Maximiliano de Habsburgo.La republicana:Surgida a partir de la Constitución de 1824.Confirmada en la Constitución de 1857, con bases liberales.Entre 1821 y 1850, es decir, en un lapso de treinta años, México tuvo cincuenta gobiernos diferentes, casi todos originados por “cuartelazos”. Once de estos gobiernos estuvieron presididos por el General Santa Anna. La vida estuvo pendiente de diversas Logias Masónicas, militares audaces, bandoleros sin escrúpulos y alzamientos indígenas. Y, para colmo de males, el país perdió más de la mitad de su territorio (Texas, Nuevo México y Nueva California) en beneficio de Estados Unidos de Norteamérica, el cual fue vencedor en la guerra contra la joven República (1846-47).
Luego de esta guerra se radicalizaron las luchas políticas internas. Las fuerzas liberales denominaron a su movimiento como una “reforma”. Esta designación entronca con la Reforma protestante y calvinista del siglo XVI, la cual era un combate contra la Iglesia católica. Quizás subyacía la idea de que el Protestantismo era superior al Catolicismo en el orden del progreso, la eficacia y el bienestar económico; la reciente guerra lo había demostrado.18
Simplificando al extremo, podemos decir que dos posiciones ideológicas pretendieron imponer su modelo de organización para el país: liberales y conservadores. A una y otra corresponden dos proyectos diferentes de nación: republicana federalista y republicana centralista. Los “fundadores” de estas dos posturas fueron José María Luis Mora y Lucas Alamán y Escalada.19
El pensamiento ilustrado expresa el conjunto de ideas liberal-democráticas que la pujante clase media o burguesa opone al régimen de las monarquías absolutas. Las tres ideas rectoras son racionalidad, libertad y tolerancia.
Con el término razón,los ilustrados se refieren al conjunto de capacidades humanas naturales, sobre todo intelectuales, que son el motor del progreso de la humanidad y de los individuos. La confianza en este progreso no tiene límites; este optimismo histórico se hará aún más fuerte en el siglo XIX. El conocimiento teórico de la razón natural se refiere a la transformación de las sociedades y de la política. Las notas características de la razón ilustrada son:
Autonomía: porque rechaza someterse a toda tutela religiosa o política, para salir de su minoría de edad, es decir, para darse a sí misma aquellas normas morales o políticas que considera buenas o justas.Naturalidad: porque la razón es constitutiva de la naturaleza humana, en consecuencia, todo ser humano, varón y mujer, es capaz de discernir lo verdadero de lo falso (Descartes). Esta afirmación trae como consecuencia la igualdad de todos los hombres ante la ley y su participación en la política.Criticidad: porque la razón permite analizar/juzgar si una afirmación es verdadera y si una acción es justa. Además, la razón es crítica de sí misma, es decir, somete a análisis sus propias capacidades cognoscitivas (Kant y su obra Crítica de la razón pura).La Ilustración es asimismo un momento histórico en el que se producen muchos cambios culturales y organizativos en varios países europeos a lo largo del siglo XVIII. Cambios que repercutieron de diferente modo y siguiendo este orden cronológico:
En Inglaterra, la Ilustración se originó con énfasis empirista (Locke, Hume). Se orientó hacia las ciencias de la naturaleza, tales como la física desarrollada por Newton.De igual modo, impulsó la libertad política y la tolerancia religiosa.En Francia, donde coexistía una organización política autoritaria centrada en un monarca absoluto con una clase burguesa y liberal, la Ilustración se caracteriza por ser un movimiento intelectual que subraya temas de orden moral y de filosofía política. Los “enciclopedistas” franceses (Diderot, Rousseau, D’Alembert) intentan difundir la cultura científica, artística y profesional para motivar a razonar y liberarse de prejuicios y creencias tradicionales. Montesquieu, por su parte, promoverá la división de poderes, nota típica en los Estados democráticos actuales: poder legislativo, ejecutivo y judicial. En Alemania, país menos desarrollado en los ámbitos político y económico que los dos países recién mencionados, la Ilustración se centró en cuestiones morales y en el análisis que hace la razón de sí misma. Se quieren encontrar así los principios del conocimiento y del obrar ético. Kant es el filósofo más representativo de los ilustrados alemanes.Como venimos diciendo, el llamado Siglo de la Razón o Siglo de las Luces presenta una confianza absoluta en el poder de la razón que, utilizada libremente y sin prejuicios, dicen los ilustrados, permitirá al hombre dominar la naturaleza y comenzar un camino de progresomaterial y moral ilimitado. Este culto a la razón llevó a muchos a decir que la auténtica historia de la humanidad comienza en este siglo, y que el pasado ha sido una sucesión de errores, supersticiones y falsos saberes en los que la humanidad cayó por no utilizar la razón o por no hacerlo apropiadamente, es decir, libremente. Los pensadores de esta época no crean grandes sistemas teóricos, sino que son el ejemplo viviente de la libertad y de la independencia de juicio... En consecuencia, los ilustrados tienen una confianza plena en la influencia liberadora de la educación.
En el siglo XVIII, muchos pensadores europeos, extenuados por las guerras ligadas a la Reforma y Contrarreforma, se abren al ideal de la toleranciay la libertad. Una obra pionera en este sentido es la Carta sobre la tolerancia (1689), de Locke, que defiende la convivencia pacífica entre todas las religiones y el “liberalismo” (= defensa de la libertad del individuo en todos los aspectos de la vida social) como ideología política.
Aún más, los filósofos ilustrados llevarán a cabo una crítica de la religión –en el mismo sentido en que Kant realizó una crítica de la razón–, es decir, tratarán de hacer un análisis de la religión para hallar aquellos principios básicos que la constituyen y que son anteriores a toda Iglesia o teología dogmáticamente establecida. La crítica de la religión pretende hacer aflorar lo que hay de válido y universal en el sentimiento religioso, eliminando los inútiles dogmatismos que las Iglesias instituidas han ido añadiéndole a fin de aumentar su poder sobre los creyentes.
Nace así el deísmocomo corriente religiosa aceptada y promovida por la mayor parte de los filósofos ilustrados. Se trata de una religión dentro de los límites de la razón, o sea, una religión natural y fundada sobre la naturaleza racional del alma humana. En el deísmo no existen dogmas ni instituciones eclesiásticas, el único mandamiento/creencia es la fraternidad universal de todos los hombres.
Por otro lado, la doctrina política de Rousseau hace una crítica de la sociedad de sus días. Crítica encaminada a la reforma democrática de las sociedades. Este ilustrado francés es el primero en defender la participación democrática de los ciudadanos en la vida política. El gran tema del Contrato social (1762) es la fundamentación teórica de la democracia.
Rousseau defiende, además, la subordinación del Estado (= el conjunto de instituciones administrativas creadas por un pueblo para que sean ejecutadas las leyes) a la Sociedad Civil, es decir: el conjunto de los ciudadanos.
La concepción roussoniana, volvemos a decirlo, reconoce la estructura dualista de las sociedades modernas (Sociedad Civil, por un lado, frente al Estado, por otro) para afirmar que la única soberanía reside en el Pueblo (= ciudadanos o Sociedad Civil), mientras que el Estado solo es un conjunto de instituciones (de las cuales la suprema es el Gobierno) que tienen como encargo ejecutar/administrar las leyes, y solo las que el pueblo soberano apruebe. En otras palabras, Rousseau fundamenta un concepto clave de la teoría política moderna: la soberanía popular. El Pueblo es, pues, el nuevo soberano de las sociedades democráticas: sociedad de hombres libres e iguales.
Tengamos presente que la teoría política de la modernidad, desde Maquiavelo (El Príncipe, 1517) y Hobbes (Leviathán, 1651) hasta Hegel (Esbozos de filosofía del derecho y ciencia del Estado, 1821), se inclinó con frecuencia a subordinar la Sociedad Civil a los intereses del Estado, el cual termina por arrogarse en exclusiva el poder de hacer las leyes, porque, según estos autores, los intereses del Estado coinciden con los del Pueblo o Sociedad Civil o incluso son superiores y más generales.
A fin de evitar malentendidos, digamos, por último, que muchas veces se utiliza el término Modernidad en lugar de Ilustración. Hablando con mayor precisión, hay que decir que la Modernidad es una época cultural muy anterior a la Ilustración y que se prolonga casi hasta nuestros días. En sentido amplio, el término Modernidad se refiere a los últimos cinco siglos de la historia de Occidente. No todo el mundo ha tenido “modernidad”, pero se ha participado de ella en la medida en que ha sido exportada por el occidente nordatlántico. Y aún existen pueblos radicados en un premodernismo. En este sentido amplio podemos entender la modernidad como el proceso de secularización (laicización) o de ruptura y progresivo distanciamiento entre lo divino y lo humano, entre la revelación (cristiana) y la razón humana.
Ahora bien, la Modernidad, incubada en los siglos XVI-XVII, alcanza su cumbre en el Siglo de las Luces (XVIII) y se desarrolla en forma acelerada en los siglos XIX al XX. Llega hasta nuestros días, pasando por el fenómeno cultural del Postmodernismo, que, para muchos, se inicia con la “revolución” iniciada en Francia en mayo de 1968.
La Modernidad ilustrada o, más simplemente, la Ilustración, llegó a Hispanoamérica por medio de la Madre Patria. Todos los pensadores “liberales” de estas latitudes que fueron agentes de la independencia y las revoluciones estuvieron influenciados por estas doctrinas, ya sea para acogerlas o para rechazarlas. Y, por supuesto, cuando las acogieron, las “inculturaron” según la idiosincrasia y realidades locales.
Este ideario ilustrado halló un peculiar “caldo de cultivo” en las logias masónicas. Algunas de ellas lo enriquecieron con el condimento de la clerofobia.20
Parece importante iniciar este apartado con una advertencia importante. Las tendencias políticas mexicanas del siglo XIX conocieron una amplia variedad de matices, lo que dificulta su clasificación. El conservadurismo mexicano se suele caracterizar, en forma simplista, como defensa de la tradición hispánica y, por tanto, centralista, corporativo, clerical, militarista y monárquico. En oposición, se presenta un liberalismo también monolítico, salvo por la distinción entre radicales y moderados. Esta concepción omite que todas las tendencias se nutrieron en las mismas fuentes y, por lo mismo, las tendencias o los “partidos” coincidieron en muchas temáticas.21
Pasando por encima del ensayo reformista de 1833, pero sin olvidarlo, y simplificando en extremo, nos ubicamos ahora en la revolución de la Reforma de los años 1850. Es precisamente en esta década cuando se implantan las conocidas Leyes de Reforma. En torno a estas leyes, para afirmarlas o combatirlas, se encuentran actores importantes de la historia mexicana.
El Partido Liberal estaba formado por personas de pocos recursos económicos, muchos eran abogados y jóvenes. Si bien no tenían a mediados de siglo un líder nato, sobresalían algunas eminencias, entre ellos, Benito Juárez, Melchor Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada y el moderado General Ignacio Comonfort.
Un representante muy prominente del grupo liberal durante la reforma de 1833, previa a Juárez, fue José María Luis Mora, sacerdote y doctor en Teología que, más tarde, abandonó su ministerio. El doctor Mora fue considerado como el padre del liberalismo mexicano: sus escritos fueron la base, sin duda, de las Leyes de Reforma llevadas a cabo por Benito Juárez, y de todo el pensamiento liberal posterior hasta nuestros días. Mora fue un liberal anticlerical sin dejar de ser católico.22
Este partido estaba dividido en dos grupos, el de los radicales o puros, que sostenían que esta doctrina debía aplicarse por encima de todo y a pesar de todo; y el de los moderados o graduales, que creían que la implantación debía ser por la vía de la persuasión, y de manera gradual. Una de sus intenciones era separar a la Iglesia del Estado y establecer un orden que protegiera las libertades del individuo. En diferente medida, negaban la tradición hispánica, indígena y católica de México. Según uno de sus ideólogos, era el vecino del norte –los Estados Unidos– el que debería ser guía del futuro de México, no solo en sus instituciones, sino en sus prácticas civiles.23
El Partido Conservador estaba constituido por personas ricas, de profesión eclesiástica o militar, personas maduras y bien entradas en años. Los liberales los llamaban “cangrejos” y traidores. Su líder fue Lucas Alamán, persona pudiente e inteligente, religiosa y flexible; la simple categorización de “conservador” no hace justicia a la rica y compleja personalidad y obra de Alamán, que supo ejercer la política como “el arte de lo posible” y trabajar con la realidad de México, pese a ser crítico de ella.
Participaron con él Anastasio Bustamante, Nicolás Bravo, Miguel Barragán y Miguel Miramón. Ellos se mantuvieron fieles a la Iglesia y lucharon por mantener su situación económica y social. Entre sus principales postulados se encontraba el mantener la religión católica como la única de todos los mexicanos. Querían también que la Iglesia siguiera siendo responsable de la educación, para evitar que se infiltraran ideas liberales. Del mismo modo, trataron de conservar los fueros militares y la autonomía del Ejército. En su ideario sociopolítico, leemos: Perdidos somos sin remedio si la Europa no viene pronto como auxilio.24
Si pasamos al siglo XX y damos una mirada al catolicismo mexicano, nos encontramos con tres tendencias diferenciadas. Pueden ser caracterizadas de este modo:
Catolicismo integral: rechaza el proceso histórico de la Modernidad por considerar que ha colocado al ser humano y a la razón como el centro de las consideraciones filosóficas, ocupando el lugar central que debería corresponder a Dios. Parte de una visión del mundo según la cual la interpretación católica es la única válida y legítima. A inicios del siglo XX, el Papa Pío X impulsa esta postura con la publicación de la encíclica Pascendi Dominici gregis de 1907 que condena las tendencias modernistas en los estudios teológicos.Catolicismo liberal: propone una separación total entre el Estado y la Iglesia, y busca que la Iglesia no se encuentre sujeta a los nuevos Estados modernos, como en el caso de Francia. Apela también a una libertad de conciencia. Busca en particular la independencia absoluta del clero en el orden espiritual. La libertad de la Iglesia ante las potencias civiles no impide la sumisión perfecta al Papa; considera al Pontífice romano como un soberano absoluto y reconoce la infalibilidad papal enunciada en el Concilio Vaticano I.Catolicismo social: ya en el siglo XIX, la Iglesia católica toma una postura frente al capitalismo y al socialismo, creando así una tercera vía que condena la deshumanización del capitalismo, defiende el derecho a la propiedad privada y la existencia de empresas y llama a los obreros a organizarse en círculos católicos. Por ello, en varios países, preocupada por su bienestar, la Iglesia va organizando a los obreros para que puedan mantenerse en la fe católica y asegurar la defensa de sus derechos. En este contexto, en 1891 el Papa León XIII publica una de las cartas encíclicas más importantes del siglo XIX, que tendrá impacto en el siglo XX y el siglo XXI: la Rerum novarum, sobre la condición de los obreros. Los valores de esta carta encíclica tienen un auge claro en México a principios del siglo XX cuando se desarrollan varios congresos y dietas obreras, incluyendo no solamente a los obreros, sino a los sectores agrícolas de México y a los universitarios.25