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Crónicas Antípodas, diario de una aventura a dedo desde China al Caribe y una mano amiga para Myanmar, es un apasionante recorrido por el mundo. Una travesía a pie y con mochila en búsqueda del encuentro fraterno con lo que está más allá de las fronteras físicas, espirituales y mentales. Piratas, campesinos, punkies, estudiantes, activistas, músicos (y sobretodo músicas), guerrilleros, hippies, paramilitares, sobrevivientes, nativos, viajeros y viajeras de los más diversos rincones del planeta son los compañeros y compañeras de esta aventura que, en última instancia, constituye una invitación a repensar sobre la libertad y la empatía.
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Copyright Valentina González Quintanas 2024 © Copyright Editorial MAGO 2024 Colección Crónica periodística Director: Máximo G. Sá[email protected] Registro de Propiedad Inlectual: Nº 2024-A-8398 ISBN: 978-956-317-795-4 Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición y revisión: Liany Vento Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura.
A Denis
Este libro da cuenta de hechos ocurridos entre 2014 y 2018, un poco antes de que un estallido social y luego una pandemia mundial generaran cambios profundos en Chile y el mundo. Cambios cuyo alcance aún no acabamos de vislumbrar. Se sitúa, por tanto, en un período que podría llamarse “bisagra” entre el fin de un siglo marcado por los dolores y pasiones de la Guerra Fría y el vislumbre de una nueva era.
Se ha dicho que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Desde una mirada sensible a las tristezas, pero sobre todo a las riquezas del mundo “en vías de desarrollo”, este libro pretende ser un humilde aporte en esta línea.
Las opiniones vertidas al interior de este libro son responsabilidad de quien las emite. Esto obviamente no limita en ningún caso el legítimo derecho a cambiar de opinión. El sentido de explicitar abiertamente algunas reflexiones, opiniones y también diálogos con personas que piensan diferente es esencialmente invitarle a usted, querido lector o lectora, a tomar parte activa y consciente en la reflexión para ir enriqueciendo un diálogo que trascienda barreras espacio-temporales.
¿Por qué China? No lo sé muy bien. Supongo que queríamos hacer una proeza. Atravesar el globo. Hacer algo que no podríamos haber hecho solas, pero que podíamos hacer juntas. Creo que también queríamos irnos lejos, lo más lejos. Dejar atrás la muerte para abrazar la vida.
Meses antes había muerto nuestra madre.
Entre los miles de libros de autoayuda que leí en aquel tiempo de duelo, recuerdo que me impresionó uno de antroposofía que hablaba del “arquetipo crístico”. Decía que las personas que encarnaban este arquetipo tendían a vivenciar una simbólica o no tan simbólica muerte a los treinta y tres años y, luego, la consecuente resurrección. Era mi edad y era exactamente lo que estaba sintiendo.
El dinero de un pequeño seguro que descubrimos que tenía nuestra madre nos permitió darle sustancia al proyecto. ¿Vámonos de viaje? ¿Vámonos lejos? ¿Vámonos muy lejos? ¡¿Vámonos a China?!
La idea empezó a llenarme de alegría. Iríamos con mi hermana, bastante más experimentada que yo en el arte de viajar a dedo y sobrevivir sin dinero. Por mi parte, yo había viajado más lejos y hablaba mejor inglés. Haríamos buen equipo. Sin embargo, para que la cosa fuera en serio, debía ir también nuestro hermano.
Una vez leí en un libro, que ofrecía un análisis alternativo de los cuentos de hadas, una interpretación pseudo-psico-femenista del cuento “Barba azul”, popularizado por Perrault.1
En el cuento, la joven y reciente esposa del viejo noble de barba azul se salvó del femicidio gracias a que sus hermanos llegaron a rescatarla minutos antes de su inminente asesinato a manos de su marido. La muerte era su castigo por haber cedido a la curiosidad de abrir la puerta prohibida por el barbudo, que, por cierto, ocultaba los cadáveres de sus anteriores esposas.
En el relato de mi infancia, la moraleja explicitada era: “La curiosidad, teniendo sus encantos, a menudo se paga con penas y llantos”. Siempre me había quedado claro que la idea era que no había que abrir la puerta prohibida.
En esta interpretación, no obstante, los hermanos de la mujer eran, en realidad, sus propios recursos internos: su lado masculino, la fuerza y la capacidad de acción que despertaban para salvarla.
Ahora pienso que tal vez los hermanos siempre son un poco eso, una parte de un todo: de uno(a).
Bajo este prisma, podría decir que mi hermana era la luz inspirada e indómita, la valiente y auténtica libertad que necesitaba para viajar como siempre había querido y nunca me había atrevido. Mi hermano, en tanto, podía representar un polo opuesto y complementario a mi quijotesca tendencia a romantizar casi todo. Era la sabia cualidad de no tomar muy en serio ninguna elevada idea, de encontrar el punto chistoso, ridículo o absurdo, incluso en la situación más densa. Con su juguetona e histriónica personalidad, era algo así como mi Sancho, nuestro Ringo Starr, solo que mucho más divertido.
La idea no dejaba de tener su riesgo. Éramos hermanos y podíamos pelear como tales (digo, con menos límites que los que se suele tener con amigos u otras personas). Aunque lo conversamos mucho antes de partir, asumir ese riesgo era inevitable y, en todo caso, eran los únicos compañeros en los que podía pensar para un viaje como ese, en un momento como ese.
La muerte nos rondaba al momento de partir. Tras lo de mi madre les habían detectado cáncer avanzado a dos queridas tías, y además la abuela, que adorábamos, estaba muy viejita. Comenzaba para nuestra familia otro duro proceso. Sin embargo, yo ya no quería estar ahí. Me urgía abrazar la vida... Sentía el ímpetu del llamado a comenzar mi crística resurrección.
1 El libro se llama: Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola, 1989.
La atmósfera era como de ficción. El callejón de Pekín en la penumbra de la noche. Mi hermano sosteniendo la mirada fuerte del chino, que era como un tercio más alto que nosotros. Mi hermana sujetada por el poderoso antebrazo que la sostenía por la clavícula y que no la dejaba moverse, como si fuera una rehén. Era la rehén.
No tenía miedo. De hecho, había sido tanta mi incredulidad que, pese a que mi hermana nos venía advirtiendo que el pequeño carrito se alejaba de nuestro destino, tuve que correr a verificarlo antes que nada. Y eso fue tan estúpido.
Apenas parara, íbamos a correr. Ese era el plan. Los hermanos ya estaban convencidos de que el chino que conducía el carrito nos estaba llevando hacia otro lugar. Yo insistía: ¿Están seguros? ¿No será qué nos trajo por “la parte de atrás”?
No sé por qué insistía. Nunca me he ubicado en las ciudades y menos en las de China. Simplemente, me costaba creerlo. ¿Sería posible? ¡¿De nuevo?!
Cuando detuvo el motor, corrí por si hubiera habido chance de que la curva que se veía al final del callejón llegara al centro histórico “por detrás”. De haber sido así, todo habría sido un mal entendido, el conductor habría sido en realidad una buena persona, etc. Eso calzaba mejor en mi mente.
Lo absurdo era que ya nos había pasado antes. Dos días antes, para ser exactos.
Esa vez era nuestro segundo día en la capital de China y era temprano. La sobrexcitación de la llegada había hecho que no midiéramos bien nuestras fuerzas. Nos habían dado solo un mes de visado y queríamos hacerlo todo. No habíamos reparado en que la ciudad era tan grande. Las distancias, que no intimidaban en el mapa, en realidad eran enormes. Por eso llevábamos horas sin avanzar mayormente.
Yo todavía flotaba, como en una nube, bajo el alegre sol del verano chino. Habíamos visitado la Ciudad Prohibida esa mañana y, bajo mis ojos, todo adquiría ribetes mágicos, desatados por el acercamiento a esa porción de la antigua China imperial. Llevaba los jardines palaciegos grabados en la retina y por mi mente circulaba un aire antiguo. Manuscritos de bellos caracteres, intrigas, emboscadas, princesas, concubinas y guerreros, como los Yihetuan, un grupo secreto de expertos en artes marciales que defendió China de las invasiones europeas del siglo XIX, con apoyo de XiXi, la emperatriz. Visitar el palacio imperial había sido como estar en un cuento. Salir de ahí y encontrarme en medio de las callecitas de Pekín seguía siéndolo.
Después de un largo rato de silencioso y ensoñado caminar, me di cuenta de que el sol golpeaba fuerte en la cabeza y de que estaba cansada. Todavía nos faltaba un buen trecho para volver al hostal, cuando empecé a prestarles atención. Eran unos carritos que circulaban y que daban mucha gracia a las calles de la capital. Una especie de modernas carrozas abiertas por los lados, tiradas por un motociclista. Lo que en otros países se conoce como: mototaxi, rickshaw, tuc-tuc, etc. Elegimos este último nombre.
Los tres habíamos estado sopesando en silencio la posibilidad de tomar uno, sin verbalizarlo. Habíamos acordado previamente que los taxis no tenían cabida dentro de nuestro escaso presupuesto. Por eso, cuando mi hermana lo sugirió, el voto fue unánime. Corrimos a subirnos en la parte de atrás de un tuc-tuc que conducían dos chicos que parecían menores de edad.
La ciudad inmediatamente adquirió un nuevo encanto sobre las ruedas. Con el viento acariciando nuestros rostros felices, nos fuimos riendo y disfrutando emocionados de sus calles, callecitas y callejones… Porque de pronto se hizo evidente que estos chicos nos estaban llevando por unos callejones hacia barrios que no conocíamos y que, ciertamente, el carruaje se iba alejando del centro histórico donde nos hospedábamos.
Pese a que no conocíamos bien la ciudad, notábamos -mis hermanos más que yo, para ser fiel a los hechos- que se estaban desviando más de la cuenta. Los chicos se miraban, secreteaban y se reían moviendo sus escuálidos cuerpos como si fueran marionetas o títeres. Cuando les dijimos enérgicamente:«stop», metieron el tuc-tuc en un callejón solitario e intentaron que les pagáramos por la carrera.
Fue el asalto o, mejor dicho, el intento de asalto más absurdo que hubiera experimentado jamás. Mi hermana enojada les chasqueó los dedos en la cara, como diciendo “salgan de acá”. Los tres nos bajamos como si nada, negando con la cabeza y nos fuimos tranquilamente por el callejón sin pagar.
Los chicos, que no paraban de reírse y secretear entre ellos, nos empezaron a gritar: «Where are you from?», mientras nos alejábamos, como si quisieran hacer amistad… Solo faltaba la música ridícula que tienen algunas escenas de acción de las películas de Jackie Chan. En realidad, habría sido realmente gracioso si no hubiéramos tenido que caminar como dos horas de más para volver al hostal.
Fue tan extraño. Ni siquiera entendimos por qué lo hicieron. Llevarnos al hostal habría sido igual o menos costoso (en combustible) que llevarnos hasta ese callejón. Pero eran demasiadas las cosas que no entendíamos en China. De todas maneras, concluimos que no había que tomar esos tuc-tuc. Nunca más.
Dos días después, no obstante, nuevamente el cansancio comenzó a ganarnos... Esta vez era de noche. Los tuc-tuc pasaban lento, como tentando a los transeúntes. Por un lado, intuíamos que la vida nos había hecho una advertencia con el primer “asalto” y que era sabio considerarla. Por otro lado, también podía no ser así. Ganó la segunda hipótesis. Estábamos agotados.
Esta vez el chofer era un hombre adulto. Fuerte, alto y con cara inexpresiva. Mi hermana fue la primera en notar el desvío en la ruta. Mi hermano, medio sin estar seguro del todo, al final decidió apoyarla con la teoría de que nuevamente nos estaba pasando lo mismo. El hombre se desviaba. Yo fui más resistente a la idea. Probablemente porque era la que menos sabía en qué parte del mapa nos encontrábamos. Cuando los hermanos empezaron a hablar de salir corriendo apenas parara el motor, pensé que todo se aclararía rápido y corrí.
La verdad se hizo evidente cuando, luego de constatar que la curva al final del callejón no llegaba a “la parte de atrás” del centro histórico, volví la mirada. El cuadro era el descrito: mi hermano sostenía la mirada del conductor, que tenía una mano empuñada, mientras con el otro brazo neutralizaba los movimientos de mi hermana que no podía avanzar porque estaba atrapada entre el tuc-tuc y el poderoso antebrazo.
Intenté hablar en inglés. Sin embargo, percibí de inmediato que el código me excluía. El asunto era entre hombres. El chino solo miraba a mi hermano. Esa mano empuñada era para él.
Tras observar el intercambio que estaba operando, algo sin palabras, animalesco y masculino, pensé que me tocaba hacer un papel “femenino” para aportar a calmar los ánimos. No sé por qué. Aceleré la respiración y traté de hacer unos lloriqueos, como si estuviera asustada, diciendo cosas como: «please, stop…». Me imaginaba interpretando el rol de las chicas en las películas ochenteras de acción, (hay que conceder que en las películas actuales las mujeres son bastante más intrépidas).
Los segundos que duró mi actuación, sin embargo, suscitaron la peor reacción. El hombre seguía mirando inmutable a mi hermano como si le fuera a pegar y fue mi hermano el que comenzó a desmoronarse al verme tan asustada. Fue tan mala idea que tuve que decirle por debajo y en chileno lo primero que se me ocurrió: «estoy hueviando». Con esto, obviamente, mi actuación perdió bastante credibilidad.
Como la situación se volvía insostenible, me dirigí al conductor: «Ok, how much is it?». Él dijo una cifra, que no era mucho. De hecho, era lo que habíamos calculado gastar en la carrera. Le pagué. Soltó a mi hermana y nos fuimos caminando en silencio.
Mi hermana me odió un rato tras este episodio. Aunque algo hablamos de ello, nunca supe bien qué fue lo que le molestó tanto. ¿Que no le creyera inmediatamente, cuando empezó a decir que nos estábamos desviando? ¿Que saliera corriendo para verificar que no fuera un error nuestro? ¿Que le pagara tan rápido al chino? ¿Que no hubiera ido directo a sacar el brazo que la mantenía presa durante toda la interacción? Probablemente, esto último pesaba más en la suma de todo ello. Sentí que me acusaba de cobardía o, peor, de traición. Me dolió. Después pensé que somos distintas. Que yo instintivamente me pongo en el peor escenario y actúo en consecuencia, lo que obviamente parece cobardía a quién no prevé la posibilidad de que las cosas se vayan a negro. Pero, sobre todo, me tranquilicé pensando que la palabra traición estaba fuera de la ecuación.
Aunque no sé muy bien a qué apunta toda esta historia, sí hay algo que se puede sacar en limpio: por las calles de Pekín circula una mafia sobre ruedas. Es una mafia inexplicable, que ofrece trasladarle a su destino en un hermoso carrito, pero que en realidad le lleva hacia un callejón. Su fin es exigir un pago que resulta ser lo mismo que habría costado la verdadera carrera. Es una mafia tan absurda que dudo que tenga un nombre conocido, por lo menos en estas latitudes. Por eso merece en estas líneas un nombre igual de absurdo, es: La Mafia Tuctuquina.
Notas de observación
El kai dang ku
Si se mira con atención, en las calles de Pekín se pueden encontrar detalles que podrían escapar a una primera mirada. Fragmentos que salen del esquema que sutilmente se instala tras una primera impresión. Por ejemplo, que los niños menores de dos años tienen en su ropa un gran orificio por la parte de atrás.
En efecto, casi todos los menores que pasan por esa transición de bebé a niño(a) andan a poto pelado, como se diría en mi país, o con el culo al aire, en otros.
El detalle no deja de ser perturbador, puesto que gatean por las sucias calles con su trasero a descubierto. Supe después que vestían así tanto en invierno como en verano…
El pantalón que deja las nalgas al aire, el kai dang ku, es la tradicional forma china de enfrentar el proceso en el que los niños y niñas aprenden a controlar esfínteres. Gracias a él, el mundo se ha ahorrado toneladas de basura indestructible en pañales desechables.
Por cultura general sabía de su existencia. Digo, sabía que era un personaje más o menos querido entre los herederos de la izquierda revolucionaria de estas latitudes2. O bueno, eso supongo basándome en el hecho de que, por ejemplo, la hermana de un amigo de la universidad le hubiera puesto Mao a su hijo nacido a fines de los años 90 en Chile.
Pero, por lo demás, su figura siempre me había quedado lejana. Primero porque ya había muerto cuando yo nací. Segundo porque Chile literalmente está al otro lado del mundo. Tercero, por una subjetivísima impresión nacida de la síntesis de las dos anteriores, no creo que fuera un referente al que se dedicara mayor atención.
Si se le hubiera puesto atención, pienso que probablemente la mirada habría sido más crítica... Sin embargo, mi impresión es que desde este lado del mundo su figura mantenía un cierto aroma romántico. El olor al sueño que no fue o, más bien, que fue interrumpido violentamente por una dictadura. Las dictaduras que matan revoluciones. De forma brutalmente directa, como la que asoló mi país; de forma indirecta, en su suicida intento de perpetuarse… (los chanchos de Orwell que asolan otros).
En todo caso, pese a que soy sensible al romanticismo, lo de Mao nunca me llegó en formato seductor, sino misterioso; cubierto de una bruma enrarecida, como el canto de sirenas. Porque había algo inasible, algo disonante en aquel rostro lejano y bonachón. Diría que la causa de esta disonancia era un hecho concreto. En medio de la libertaria efervescencia social con la que Chile salía de la dictadura pinochetista, mi radar infantil había registrado la desgarradora imagen de un hombre joven y corajudo enfrentándose a un tanque en la plaza de Tiananmen.
Aunque en ese momento no entendí todo, sí pude intuir claramente que algo fuerte ocurría en China y que ese algo, de alguna forma, se relacionaba con él.
Cuando años después, en una clase de mi conservadora universidad, una profesora nos contó la historia, yo tomé mis precauciones. No me iba a tragar fácilmente nada que dijeran sobre el mundo de mediados y fines del siglo XX (del mundo marcado por la Guerra Fría). Esto, principalmente, porque de ese mundo nos había llegado una estocada mortal. Chile (y América Latina) teníamos parte en aquella sangrienta división.
En mi época universitaria (1999-2003), la lucha por escribir la historia, “la verdad”, estaba tan cargada de ideología que había que hacer un esfuerzo por separar bien el trigo de la paja y, en todo caso, elegir bien el trigal y el granero donde abrir las capacidades perceptivas y receptivas. Era uno de mis aprendizajes tempranos para sobrellevar una época incierta en la que el anhelo de justicia de las décadas anteriores había sido masacrado por un golpe de Estado, seguido de una dictadura de la que fuimos saliendo mediante un enrarecido pacto. Un acuerdo en el que el trauma de la violencia nos hizo aceptar que la justicia sería solo “en la medida de lo posible”. Un período extraño, de hecho, llamado: transición.
Más tarde supe que lo que nos había contado aquella profesora era lo mismo que había contado Jung Chang en su libro Cisnes Salvajes en 1991.
Un poco antes de viajar a China, encontré aquel libro en una biblioteca de Santiago. Esta vez, mi disposición era totalmente distinta. Principalmente, porque no era una autora occidental (ni una profesora de mi conservadora universidad) hablando sobre China. Era el relato de primera fuente de una mujer que conoció la experiencia comunista desde lo más profundo, que nació y creció en la China del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural y que hablaba desde su propia experiencia y la de su familia, que a su vez era la historia de China del siglo XX.
Era un relato desgarrador, que agregó más oscuridad a la nebulosa que cubría mi lejana idea de lo que había sido el camino de nuestros antípodas durante el pasado siglo.
El impacto de su lectura me impulsó a buscar el informe ante el IX Congreso del Partido Comunista en Pekín (abril, 1969), con la ingenua idea de descubrir algo concreto dentro del brumoso halo que envolvía la figura de aquel líder. “Cada vez que se aparta de la dirección del Presidente Mao y del pensamiento Mao Tsetung, nuestro Partido sufre reveses y derrotas; cada vez que sigue de cerca al Presidente Mao y actúa conforme al pensamiento de Mao Tsetung, nuestro Partido avanza y triunfa. Debemos recordar siempre esta experiencia. En cualquier momento y en cualquier circunstancia, quien se oponga al Presidente Mao y al pensamiento Mao Tsetung, será condenado por todo el Partido y toda la nación”. Eso decía la traducción de una cita de aquel texto, que encontré en un sitio web llamado: marxists.org.
¿Dictador? ¿Emperador? ¿Sireno? Porque no se puede obviar lo del halo… Por alguna razón —evidente o extraña, según las capas de filtros que cargue cada uno—, su esposa fue condenada por los crímenes de su gobierno sin que él se viera salpicado. De hecho, sigue siendo venerado en un mausoleo hecho especialmente para ello. Amado él o la idea de él. ¿Una cuerda del inconsciente colectivo que todavía vibra? Inasible…
*
Cuando puse mis pies en aquella China que nos acogió a mediados de 2014, había olvidado, casi por completo, el libro de Jung Chang. Era demasiado alucinante lo que se abría ante mis ojos, como para volver mi mirada hacia la estrecha información que traía desde Chile. Quería dejarme sorprender y absorber lo que fuera que aquel universo lejano tuviera para mí.
Alguna vez intenté hacer el ejercicio consciente de conectar la China que veía con la historia de Jung Chang. Sin embargo, no pude hacerlo. Lo sentí tan forzado…
Irónicamente, durante mi viaje por China, solo recuerdo haber sintonizado con una señal del líder en una viaja tienda de antigüedades. Ahí, detrás del mostrador de la anciana que atendía, estaba colgada su foto. Era el mismo retrato reproducido hasta el cansancio.
Mi sensación ante la imagen fue extraña. Como un frío y fantasmal eco del pasado, probablemente propiciado por el olor de la tienda. No lo había sentido antes en China. Ni siquiera al pasar cerca de su mausoleo, cuando visitamos la Ciudad Prohibida.
En realidad, creo que no fue la foto de Mao lo que me impresionó, sino el hecho de que la señora la luciera sobre el mostrador de su negocio, con ¿devoción? ¿orgullo? ¿miedo? ¿agradecimiento? Su rostro no decía mucho. Quizás qué pasaría por su corazón cuarenta años después.
Era la última parada antes de llegar al fabuloso monasterio colgante de Xuankong, un templo milenario adherido a la roca de un acantilado en lo alto de una montaña cercana al monte Heng. La ciudad se llamaba Datong. Comenzaba a atardecer y, luego de dar algunas vueltas buscando comida, nos sentamos en una plaza.
Me gustaban las plazas de China. Las personas las aprovechaban bien. Eran espacios vivos, colectivos. Convivía ahí un poco de todo: lo bello y lo feo; lo sagrado y lo profano.
Habitualmente nos encontrábamos con mujeres mayores que bailaban en grupo, siguiendo una coreografía. La música, que para mí resultaba inclasificable, parecía moderna. Podría pensarse en una similitud con lo que en Chile se conoce como “baile entretenido”, solo que no parecía muy entretenido. Con mis hermanos coincidíamos en la impresión de que las bailarinas parecían tener un solo bloque compacto, sin articulaciones, entre la extensa parte que va desde las rodillas hasta los hombros. Mientras su rostro permanecía serio, movían principalmente los brazos en un vaivén que culminaba con una rotación de muñecas que era lo más agraciado del baile, en mi humilde opinión.
Nos gustaban más los que hacían Tai Chi. Me parecía hermoso ver lo avanzados que eran todos (ciudadanos y ciudadanas de diversas edades) en esta práctica marcial. Resultaba especialmente emocionante ver la pericia en el manejo de la espada de madera. Se sentía como estar en medio de una batalla de Kung Fu del Medioevo chino. Solo que estábamos en una plaza en medio de la ciudad y que la pelea era en cámara lenta, sin dolor.
Atardecía en Datong, cuando vimos que la gente se agrupaba al centro de la plaza, como si ocurriera algo interesante. Nos acercamos a ver, y eran tres o cuatro personas, armadas, cada una, de un gran pincel. Digo que era un gran pincel porque superaba el tamaño de quienes lo usaban.
Estaban dibujando, con gracia y parsimonia, una palabra, un concepto, un carácter. Lo que nosotros podíamos ver, simplemente, como una letra china. Los que se agrupaban para mirar —nosotros incluidos—, observábamos la elaboración de estas líneas tratando de entender qué significaban.
¿Serían poemas? ¿Acertijos? ¿Cuentos? ¿Algún refrán que encerraba la sabiduría de la tradición popular? ¿Frases de protesta? Para nosotros, tristemente, seguiría siendo un misterio.
Tal vez podría compararse con un grafiti callejero, pero era al mismo tiempo muy distinto. En especial, porque no era algo moderno, sino antiguo. Milenario.
No todos en China podían escribir así. Solo algunos cultivaban el tradicional arte de la caligrafía manual a esa escala. Eran ellos los que daban vida, sobre el cemento del suelo, a aquellos hermosos caracteres, que se iban llenando de significado con cada nueva línea.
En la escritura china, una letra es mucho más que eso. Es un pequeño universo. Una frase. Una historia. Cada nuevo trazo adicionaba detalles o abría nuevos significados para la historia que había comenzado con las primeras líneas.
Pero lo más sorprendente era que no escribían con tinta ni con pintura. No. Los escribientes lo hacían con agua.
Los trazos duraban unos segundos, mientras las personas leían e iban desentrañando los misterios encerrados en las líneas que se engrosaban y adelgazaban; se curvaban y enderezaban; subían y bajaban… Todo, bajo la maestría e ingenio de su autor que, concentrado en una especie de transe, movía el pincel con gran destreza.
Luego de un pequeño momento mágico, las líneas que formaban la historia se iban desvaneciendo. Duraba un instante y lo que permaneciera en la memoria del lector. Similar a lo que dura el sonido de la voz de un narrador, recuerdo que pensé.
Recién tomaba conciencia del duro y pequeño asiento sobre el que había dormido. No había despertado del todo, acunada por el suave vaivén del tren… De pronto, como en un presentimiento, recordé la bizarra situación en la que me encontraba. Abrí los ojos y ahí estaba todavía, rodeándonos, un círculo de pasajeros que nos miraba, sonreía y hacía sonidos de asombro mientras despertábamos.
Desde que nos habíamos subido a aquel tren, cerca de Datong, me sentía como una criatura de zoológico. Curiosas y descaradas miradas nos acompañaron desde el principio hasta el final de aquella larga travesía.
Aquellos indiscretos ojos rasgados no me parecían nada del otro mundo. Sin embargo, parecía ser que para ellos nosotros éramos demasiado diferentes. Éramos los únicos extranjeros del tren y, a juzgar por la reacción del resto de pasajeros y pasajeras, tal vez los únicos forasteros que hubieran visto en su vida.
Por lo largo e incómodo de la travesía, era probable que no fuera un medio que eligieran turistas, ni menos quienes viajaban a China por negocios u otros asuntos puntuales. Había trenes de alta velocidad y aviones que hacían muchísimo más fácil y práctico el tránsito por aquella enorme nación.
Sin embargo, a nosotros nos atraía la romántica idea de cruzar China en el tren más económico. El que tenía pequeñas butacas duras, el que demoraba varios días en cruzar un cuarto del país, el que era utilizado, sobre todo, por campesinas y campesinos que nos miraban como si fuéramos marcianos.
Pensamos que la curiosidad primera pasaría con el correr de las horas, o días, pero no fue así. Durante los cuatro días que duró el trayecto despertamos rodeados de un círculo de pasajeros, que asomaban su cabeza por encima del espacio que formaban los cuatro asientos que compartíamos con otra familia, y que no se iban hasta que cerrábamos los ojos al anochecer.
Ante tan persistente e interesado público, intentamos establecer algún tipo de comunicación, algo que era imposible con el español o el inglés. Hicimos mímicas que dieron un resultado parcial, puesto que solo provocaban risas. Finalmente, atinamos con lo que sería la mejor forma de comunicarnos en China. Sacamos lápiz y papel y comenzamos a dibujar.
Recuerdo que una vez dibujamos un mapa del mundo, para explicarle a los “espectadores” que veníamos de Chile. O, bueno, de Latinoamérica (más fácil). Indicábamos los puntos en el mapa, a modo de didáctico paralelismo, diciendo que ellos venían de China: «Cha-i-na» —tratando de pronunciar un buen inglés— y nosotros de Chile, «South-a-me-ri-ca». Sin embargo, solo recibíamos miradas perplejas como repuesta. Finalmente, uno de ellos comprendió lo que estábamos intentando hacer y dijo: «Chongkúo», indicando China en el mapa. Así nos enteramos de que las y los chinos le decían a su país “Chongkúo”.
A medida que fueron pasando los días, comenzamos a acostumbrarnos a convivir con el círculo de pasajeros alrededor en aquel tren.
Recuerdo especialmente a un hombre joven que, sin saber cómo expresar su curiosidad, tomaba de mis manos el libro que yo intentaba leer durante la travesía y le daba vueltas, tratando de descifrar lo que decía. Este mismo sujeto comenzó a agarrar la costumbre de sacarnos los audífonos para escuchar la música que oíamos. No había nada de agresivo en su actuar. Lo hacía por curiosidad y sospecho que, también, porque le parecía divertido.
Una vez se sentó a mi lado al anochecer y comenzó a apoyar su oreja en mi hombro, como para dormir más cómodamente. Dibujando una línea imaginaria entre las butacas, le expresé la necesidad de que respetáramos nuestros respectivos espacios, lo que causó una gran risotada en el círculo.
La tercera noche que íbamos a pasar durmiendo sentados en el incómodo, duro y apretado compartimento, mi hermana decidió sacar su saco de dormir e instalarse en el suelo, bajo el asiento. Habría que mencionar que ésta era una opción bastante asquerosa, porque los chinos, en general, tenían la costumbre de escupir en el suelo y lo hacían bastante a menudo.
A juzgar por las exclamaciones de asombro, comentarios, risas y hasta aplausos que provocó a la mañana siguiente y a la que vino después, presumo que para “el círculo” lo más interesante de aquel viaje fue ver a mi hermana despertar y salir de debajo de los asientos.
En la parada de algún pueblo se subió a nuestro vagón un hombre joven que, tras una mirada que delataba estar rebuscando algo en su cabeza, finalmente nos miró triunfalmente y gritó: «¡Hello teacher!», como seguramente le enseñaron a decir en la escuela alguna vez.
Cuando bajó del tren, en otro pueblo del camino hacia la capital de Sichuán, nos volvió a gritar: «¡Hello teacher!», levantando su mano en señal de despedida.
Era un huevo más grande que uno de gallina normal. Probablemente de pato. Tan hermoso.
Su color, entre un azul muy oscuro y el negro ahumado. Un color petróleo con tramos azules, grises y verdosos. En algunas partes opaco y en otras traslúcido. Parecía una joya. Parecía una hermosa ágata negro-azulada.
Dicen que la ocurrencia surgió en la guerra. Ante la necesidad, alguien se encontró unos huevos bajo la tierra que llevaban ahí semanas, quizás meses o incluso años, y le supieron deliciosos. Desde entonces se extendió la idea de dejar los huevos enterrados para lograr su asombrosa transmutación del blanco al negro.
El huevo se conservaba, era comestible y, a juzgar por su popularidad, era delicioso. En los restaurantes y en las calles se dejaba ver el misterioso huevo bastante a menudo. Los chinos y chinas lo demandaban. Sin embargo, así como llamaba la atención su hermosura, también lo hacía su fuerte olor. O, más bien, habría que decir hedor. Amoniaco puro. El lado oscuro de la belleza.
Cuando tuve la oportunidad, no pude. Definitivamente, todo mi cuerpo rechazó el hermoso y fétido huevo, esa especie de delicatessen popular, que unos chinos amistosos nos ofrecieron a probar en un tren. No fui capaz. Ninguno lo fue.
Mi hermana había averiguado la historia. En el suroeste de China, en una zona montañosa que bordeaba un hermoso lago, el Lugu fu (lago Lugo), vivían las y los mosuo en una sociedad matriarcal.
¿Cómo era esto? Por lo que nos había compartido de sus averiguaciones, la cosa era más o menos así: la crianza correspondía a la madre y a su familia. Vale decir, a los hombres les correspondía apoyar la formación de sus sobrinos(as) y no necesariamente la de sus hijos(as). La permanencia de las parejas o la cercanía de los padres con sus hijos dependía, principalmente, de la libre voluntad.
El hecho de que las herencias se traspasaran de manera matrilineal daba mayor poder a las mujeres en el ámbito doméstico y, en el ámbito público, los hombres y mujeres mantenían roles similares.
Eso era lo que habíamos entendido, más o menos, desde Chile.
Antes de partir hasta el Lugu fu, en el límite entre la provincia de Yunnan y la provincia de Sichuan, mi hermana tuvo una brillante idea. Llevaríamos carteles para comunicarnos mejor.
Para ello necesitábamos pedirle ayuda al administrador del hostal donde nos estábamos alojando en Chengdu: el Panda Hostel.
El Panda Hostel tenía algo naive. Dibujos de pandas, que parecían adornos de una sala de kínder, decoraban las paredes, y todos sus huéspedes, principalmente chinos, parecían menores de edad.
Diría que el único que desentonaba igual que nosotros, o quizás más, era un canadiense de unos veintisiete años, afroamericano, que tenía rastas en el pelo y que, si mal no recuerdo, había viajado para participar en un concurso deportivo de saltos en bicicleta.
El administrador era un chino simpático, de unos veinticinco años. Hablaba perfectamente inglés y tenía un brillo inteligente en la mirada. Cada vez que podía, se arrancaba del mostrador para salir a fumar a la calle. Antes de partir hacia el Lugu fu le pedimos a él que nos escribiera las frases en chino, a modo de cartel. “Somos tres hermanos que venimos de Chile (Sudamérica)”. “¿Podríamos acampar en el patio su casa?”. “Somos vegetarianos”. Algo así, pues no teníamos ninguna posibilidad de saber lo que decían realmente los carteles.
Corríamos huyendo del aguacero, empapados, cuando mi hermano vislumbró una especie de chiringuito-restorán.
En su interior se encontraba un grupo de jóvenes, bastante borrachos, celebrando. Una señora servía el alcohol y, como en casi todas las casas del lago Lugu, había crujientes círculos de manzanas secas, una delicia que fabricaban por ahí.
A modo de introducción, mi hermana hizo una hilarante interpretación teatral para explicar lo que nos había sucedido: habíamos llegado hasta el lago unas horas antes. Tras instalar la carpa, mientras disfrutábamos del idílico paisaje, el cielo se puso a tronar. En segundos comenzó un aguacero descomunal que nos hizo desarmar el campamento y salir arrancando para encontrar refugio.
La interpretación sacó carcajadas entre los chicos que de inmediato nos invitaron a tomar y a comer con ellos.
Por lo que entendí, eran oriundos de las aldeas mosúes, pero habían migrado a la ciudad para seguir sus estudios. De cuando en cuando volvían a visitar a sus familias, como en ese momento que estaban de vacaciones.
Era difícil comunicarnos. Teníamos que dibujar y, como estaban medio borrachos, tampoco es que su percepción fuera muy aguda. De pronto, uno vio la guitarra y mediante señas nos pidió que cantáramos.
Intentamos con varios temas famosos, pero nos miraban con esa cara de frustrada expectativa que no sabíamos cómo combatir.
Finalmente, atinamos con una de Los Beatles. Dos de ellos abrieron los ojos, alargando el cuello y haciendo sonidos del tipo: «Uhhh, ohhh». Reconocían la canción.
Al momento del coro, emocionados, nos unimos cantando bajo la copiosa lluvia: «¡¡¡Laaaa, la, la, la-la-la laaaaaá, la-la-la laaaaá, Hey Jude!!!».
Confirmado. Era un himno universal.
Pese a que nos tocaron días maravillosos y soleados, la lluvia era habitual en el Lugu fu. Como no andábamos preparados para ella, en un momento nos acercamos a una casa en el campo, a las afueras de una aldea, que tenía un restorán con pocas mesas en su parte trasera.
