Crónicas balcánicas - Axel Torres - E-Book

Crónicas balcánicas E-Book

Axel Torres

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Beschreibung

Impulsado por un profundo deseo de descubrir, comprender y explicar lo desconocido, de aventurarse lejos en busca de experiencias y aprendizaje, en 2013, Axel Torres emprendió un fascinante viaje a los Balcanes con un doble propósito: explorar Albania, una nación que durante el siglo XX se caracterizó por su notorio hermetismo hacia el exterior, y sumergirse en la compleja realidad del fútbol en Kosovo, un territorio cuya selección no contaba con reconocimiento y cuyo campeonato de liga no clasificaba para competiciones europeas. Desde ese primer viaje, Axel logró establecer vínculos profundos con diversas personas en ambos lugares. Con el transcurso de los acontecimientos, su fascinación por la región lo llevó a regresar en cuatro ocasiones más. Estos viajes le otorgaron un conocimiento profundo del territorio desde un punto de vista futbolístico, político, histórico y cultural. Al concluir su quinto viaje, Albania, Kosovo y él mismo habrán cambiado mucho.

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Seitenzahl: 473

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Diseño y maquetación: Endoradisseny

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición: Marzo de 2024

Primera edición digital: Marzo de 2024

© 2024, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

[email protected]

www.editorialcontra.com

© 2024, Axel Torres

© Edu Ferrer, de todas las fotografías, excepto de las del cuarto viaje

© Tomàs Martínez, de las fotografías del cuarto viaje (tres últimas del pliego en color)

ISBN: 978-84-10045-08-8

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Para Violeta, aunque no vaya a estar de acuerdo con muchas cosas.

ÍNDICE

PRIMER VIAJEANTES DEL PRIMER VIAJEJIMMYEL PADRE DE DON JURIENDIVULLNET, FADIL Y LABISEGUNDO VIAJEANTES DEL SEGUNDO VIAJEUN KOSOVO-HAITÍ EN MITROVICATERCER VIAJEANTES DEL TERCER VIAJEUN ALBANIA-SERBIA EN ELBASANCUARTO VIAJEANTES DEL CUARTO VIAJEUN KOSOVO-AZERBAIYÁN EN PRISTINAQUINTO VIAJEANTES DEL QUINTO VIAJELOS MUROS DE BELGRADOEL ESCRITOR DE VALJEVOLAS CIUDADES SERBIAS DE BOSNIAEL SUR DE SERBIAREENCUENTROS EN PRISTINALOS FOLLETOS DE ALBANIAEPÍLOGOIMÁGENES

PRIMER VIAJE

ANTES DEL PRIMER VIAJE

ESTAMOSEN 2013. ACABODESUPERAR —o empiezo a remontar— mi primera crisis psicológica realmente seria y tengo muchas ganas de hacer cosas. He publicado 11 ciudades con un éxito notable. Hemos lanzado marcadorint.com y dedico las veinticuatro horas del día al periodismo. Es literal: me despierto a mitad de la noche porque no puedo dormir, siento la necesidad de producir más, se me ha ocurrido en sueños una idea brillante y no puedo esperar a mañana. Me preparo otro café y redacto un artículo a las cuatro de la madrugada. Solo cuando esté subido me calmaré. Entonces, ya saciado, los músculos se relajarán por fin y me van a permitir descansar. Es la época de mi vida en la que me siento más autorrealizado. No es muy sostenible a largo plazo, pero eso aún no lo sé. El caso es que cada semana se me ocurren cinco proyectos nuevos y tengo en cartera veinte ideas de posibles libros. Aprovecharé las vacaciones de verano para documentarme sobre uno de ellos. Me iré a los Balcanes.

Escribo a Edu, el único amigo que me queda de mi paso por la universidad. Siempre habíamos fantaseado con la idea de ir a dar la vuelta al mundo y contarlo. Yo escribiría y él haría las fotos. No le puedo ofrecer eso aún, pero los Balcanes son muy fotogénicos. En verano, además, hay muchos partidos por la zona: rondas previas de competiciones europeas y ligas que empiezan pronto. Me dice que adelante. A él el fútbol no le interesa, pero acaba de dejar un trabajo estable para ser fotógrafo freelance y le parece una magnífica oportunidad. Además, nos llevamos muy bien: nuestra amistad es realmente íntima, de aquellas de conversaciones profundas y emociones sinceras. No llegan a cinco las que he tenido así. Me da carta blanca para que configure la ruta y el hilo conductor. Consulto mapas, leo mucho, escribo correos electrónicos. Todavía no tengo muy claro lo que quiero, pero me apetece algo muy desconocido. Quiero contar historias que la gente no conozca, porque esa es la gracia de comunicar.

Quiero visitar lugares únicos, pasear por calles que no sean reproducciones de las de las grandes ciudades del mundo. Busco autenticidad, busco sentirme viajero de nuevo, quiero sufrir porque no me entiendan cuando hable en inglés, quiero que lo que vean mis ojos me resulte extraño, ajeno. Persigo los últimos refugios de tradiciones centenarias. Y me pregunto si es posible mantenerlas sin pelearse con el vecino. Si el precio que tenemos que pagar por vivir en paz es un mundo global con una única cultura que devore las especificidades y aniquile la diversidad. Quizás porque este debate irresoluble me obsesiona, los Balcanes son, desde que empezó a interesarme el mundo, mi lugar favorito de Europa. Me atraen, me fascinan, me interesan, me inquietan. Me apasionan. Los amo, los envidio, y al mismo tiempo me apenan. Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre ellos, y ahora, ahora que me atrevo con todo, ahora que me siento capaz de emprender cualquier proyecto, ha llegado el momento. Quiero impregnarme de su espíritu, trasladar su poesía y sus enigmas a las hojas de papel. Y hacerlo a través del fútbol, que es mi campo y debo aprovecharlo porque me abre muchas puertas.

Me imagino pueblos perdidos entre montañas. Aldeas. Humo de chimeneas por las noches mientras se cocinan caldos usando recetas milenarias que jamás saldrán de esos valles. Farolas de baja intensidad interrumpiendo la oscuridad. Albania. ¿Quién sabe algo de Albania? ¿Qué equipos de Albania conoce la gente? Investigo un poco. Los clubes no tienen página web, o no está actualizada, o nadie contesta al correo. Lo que está más al día son las páginas de Facebook, y en ocasiones las llevan aficionados que viven en los Estados Unidos. Es perfecto: una historia sobre la que casi no hay información, que exige viajar al lugar de los hechos para comprenderla. Consigo un contacto de la televisión nacional. Si viajamos a Tirana, nos recibirá.

Bombardeo cuentas de correo electrónico de territorios colindantes. La respuesta más diligente llega desde Kosovo. La federación nacional de fútbol está encantada de colaborar con nuestro proyecto y nos asegura que el presidente mismo nos puede recibir en Pristina. Hay algo en Kosovo que me parece especialmente interesante: juegan una liga que no está reconocida internacionalmente. El campeón no va a ninguna parte. Los equipos no se clasifican para competiciones europeas. ¿Qué aliciente les mueve si no hay progreso en el horizonte? Su liga no se ve fuera de su territorio, sus jóvenes no disputan campeonatos juveniles de selecciones, nadie que juegue allí al fútbol aparece en los escaparates clásicos que sirven de trampolín. Jugar por jugar. Jugar sin perspectivas. Necesito hablar con esa gente y que me cuenten cómo es vivir en la oscuridad, marcar goles asumiendo que no van a trascender, comerse la hierba pese a que el esfuerzo no lo va a detectar ningún ojeador extranjero.

Preparo el viaje. Consulto opciones de vuelo. No es fácil, y eso me gusta. Me decanto por la que se me antoja más aventurera, más de reportero de los de antes. Volaremos a Bari, casualmente la ciudad en la que ganó la Copa de Europa el único club balcánico que la ha levantado, el Estrella Roja de Belgrado. Y allí nos subiremos a un barco para cruzar el Adriático y llegar a Durrës. Entraremos a Albania por mar. Recorreremos el trayecto inverso al que tantos migrantes hicieron buscando una vida mejor, como los quince mil que huyeron en 1991 en el carguero Vlora tras la caída del comunismo y sufrieron una pesadilla al llegar a Italia. Viajaremos de noche. Con camarote. Llegaremos al amanecer.

JIMMY

JIMMYVATODASLASMAÑANASALPUERTO de Durrës a esperar a que llegue el barco de Bari. Para él, que no existan vuelos baratos a Tirana es una suerte. Los viajeros ahorran dinero volando a Bari y cruzando el mar para llegar a Albania. Y él lo gana transportándolos luego con su coche a la capital. Intenta agruparlos, juntando a varios aunque no se conozcan, para sacar así un mayor beneficio de un único trayecto. Nosotros compartimos vehículo con un albanés que vive en Italia y que, como tantos otros, regresa a casa para pasar las vacaciones en familia. Jimmy en realidad no se llama Jimmy, porque los albaneses no suelen llamarse Jimmy. Jimmy se ha puesto un nombre americano porque los albaneses, más tarde lo descubriremos, siempre están mirando a América. Nos entregamos a él para intentar lograr el primer objetivo del viaje: llegar a Korçë a tiempo para ver por televisión el partido de fútbol que el Skënderbeu juega en Kazajistán.

«¿Korçë queda muy lejos, no?». «¿Korçë? ¿Por qué queréis ir a Korçë?». Es mejor no decirle la verdad. No lo entendería. «Si podemos llegar a Korçë antes de las tres de la tarde, queremos ir a Korçë».

Jimmy frunce el ceño. «Hay unas seis horas hasta Korçë». Son las ocho de la mañana. «Podemos llegar a las tres, entonces», concluyo. «La carretera está muy mal a partir de Elbasan. La están renovando y todavía no está asfaltada. En muchos tramos solo se puede circular por un carril». Suena bastante emocionante. «¿Tú nos llevarías a Korçë?». Jimmy es honesto. Por eso le hemos elegido a él y no a ningún otro de los seis o siete taxistas ilegales que nos han abordado al desembarcar. Porque nos ha parecido honesto. Porque hemos querido creer que lo es. Porque necesitamos que lo sea.

«Os va a costar cien euros. Quizás os podría llevar a una parada de furgonetas que van a Korçë. Eso es muchísimo más barato. Vais a tardar más que conmigo, pero creo que llegaríais a tiempo».

Jimmy, el primer héroe de nuestro viaje por tierras de habla albanesa, está a punto de protagonizar su gran escena. Tirana ha despertado, imagino, como cualquier otro día. Bulliciosa, decadente y moderna a la vez, incoherente, fantástica. Callejera. Viva.

Los conductores de furgonetas están esperando en una esquina al lado de unos cuantos contenedores de basura. Jimmy estaciona su coche delante de la parada. Baja y se va a hablar con ellos. La conversación va subiendo de tono. Gesticulan mucho y la palabra «Korçë» se escucha pronunciada con un énfasis especial —también es la única que puedo descifrar—. Jimmy regresa para traducírnosla. «Podéis ir con ellos, pero no van a salir hasta que la furgoneta se llene». «¿Y cuándo se va a llenar?». «Cuando lleguen suficientes personas que quieran ir a Korçë». Dudamos. Uno de los conductores se acerca. Sugiere que también podemos comprar todas las plazas de la furgoneta si queremos partir de inmediato. Jimmy empieza a discutir con él. Los otros conductores también vienen hacia nuestro coche. Edu y yo asistimos como espectadores a una pelea de la que somos el objeto de la discusión pero de la que no entendemos ni una palabra. Jimmy se enfada muchísimo y se mete en el coche. Cierra la puerta con fuerza y arranca el motor mientras los conductores de furgonetas lo increpan. «Nos vamos a Korçë. Estos estafadores os querían hacer pagar lo mismo que yo para ir con su furgoneta lentísima. Y encima no tienen aire acondicionado».

De repente, no hay otro horizonte que Jimmy, nosotros y seis horas de viaje en coche por carreteras secundarias albanesas no asfaltadas. Me pongo cómodo en el asiento. Hemos venido a esto.

El Skënderbeu de Korçë ha ganado la liga albanesa las tres últimas temporadas y este verano ha logrado progresar hasta la penúltima ronda clasificatoria de la Champions League. Se enfrenta al sorprendente Shakhter Karagandy de Kazajistán, que contra todo pronóstico ha dejado fuera al BATE Borisov bielorruso en la ronda anterior. La eliminatoria empieza hoy a las tres, pero el Skënderbeu juega a miles de kilómetros de Korçë. Sin duda, habría tenido más sentido viajar a Albania cuando se jugara la vuelta, pero el calendario de Edu y el mío solo coinciden esta semana. Así que, sin estar muy seguros de qué podemos sacar de ello, nos ha parecido una buena idea visitar la ciudad el día del partido e intentar captar el ambiente que se respire en los bares en los que se pueda ver el encuentro por televisión. ¿Qué objetivo perseguimos? Hacer fotos, vivir experiencias, conocer gente, descubrir lugares. Nada en especial. Pero algo que sea muy especial.

El camino no parece tan terrible hasta que dejamos atrás Elbasan. Es, de hecho, una carretera bastante normal. Una carretera hasta bonita. Rodeando algunas colinas, bordeando la naturaleza, ofreciendo paisajes de una Albania más verde y bella de la que nos habían vendido. Una Albania que no se parece en nada al relato de mi madre, de cuando eran jóvenes ella y mi padre y cogieron el coche y condujeron hasta Yugoslavia, y un día se les ocurrió acercarse a la frontera con Albania y obviamente no pudieron cruzarla, pero sirvió aquello para que ella pudiera repetir cada vez que se mencionaba a Albania que no había nada más recóndito ni más oscuro, nada más perdido ni cerrado, nada más hermético ni hostil. «A los policías no les entendimos, pero supimos claramente que nos decían que no». Y bueno, ¿qué iban a decir? La Yugoslavia de Tito y la Albania de Enver Hoxha se enemistaron en 1948, cuando el primero rompió con la Unión Soviética de Stalin y fue acusado por el segundo de haber intentado anexionar su territorio. ¿Cómo iba a ser su frontera sino malhumorada, desapacible, incómoda? Tenía que ser un paraje que invitara al alejamiento. La carretera albanesa de nuestro verano de 2013 es otra cosa. «¿Es bonito, eh?», comenta orgulloso Jimmy mientras nos conduce hacia ese camino de arena y piedras que une Elbasan con Korçë. A estas alturas, dos horas después de habernos conocido, yo ya he interiorizado que Jimmy es el nuevo Florian, un conductor que me abordó del mismo modo en el aeropuerto de Bucarest en 2011 y que acabó dándome una vuelta por casi toda Rumanía, eligiendo con buen tino los lugares en los que parar a comer —aunque no tanto los museos a visitar, si tenemos en cuenta que no aprecio la observación de animales disecados—. Al igual que con Florian, con Jimmy empezamos en inglés y acabamos en italiano o mezclando ambas lenguas, algo que de entrada no parecería muy lógico cuando se juntan un tipo de Durrës y dos de Barcelona. «¿Eres hincha del Teuta Durrës?», le pregunto. «No, no. Sé que existe. Pero no sé cómo van». Bueno. ¿De qué conversar entonces? «¿A dónde iréis luego?». «Volveremos a Tirana y luego iremos a Kosovo». «¿A Kosovo? Os divertiréis». «¿Sí?». «En Kosovo todo está permitido. Todo el mundo va a Kosovo para disfrutar de la noche. Kosovo es libertaria. Encontraréis lo que queráis. Discotecas, prostitutas, droga, restaurantes… Es el lugar de moda. Muchos albaneses van a Pristina para salir de fiesta». Se me pasa por la cabeza preguntarle si hay más fiesta que en Belgrado, mi paradigma de capital mundial del tecno-pop psicodélico, pero al final desisto. En algún momento habrá que atreverse a hablar de Serbia con la gente de estas tierras, pero no hace falta que sea el primer día. «Comeremos en Pogradec», declara de repente, tras un silencio no demasiado prolongado, cambiando radicalmente de tema, o quizás no, porque en realidad acaba de mencionar la palabra restaurantes. «¿Dónde está Pogradec?». «En el lago».

Nunca llegamos a pisar Elbasan. Solo la cruzamos. O mejor aún: la evitamos. Nos aproximamos, la divisamos, y tomamos un desvío a la izquierda, donde empieza a complicarse el camino y a ralentizarse la marcha. Entonces Jimmy, señalándola desde la lejanía, pronuncia unas palabras que se me quedarán grabadas y que, irónicamente, constituirán una especie de leitmotiv de esta road movie. «Esto es Elbasan. Se supone que es una ciudad importante. Pero no hay nada. Es muy fea. No vengáis nunca».

Llegar a Pogradec por carretera resulta una experiencia extraordinaria. Especialmente si, como en nuestro caso, no forma parte de una rutina mil veces repetida y solo se nos ofrece como una pintoresca aproximación a un territorio por descubrir. Lo que a los demás viajeros les resulta insoportablemente molesto, a mí me supone un regalo, pura poesía visual de una Europa oculta. Brilla la luz solar de manera intensa en el tórrido mediodía del agosto albanés. Se multiplica el ruido de las bocinas de los coches, cuyos conductores, cansados de arrancar y detenerse, arrancar de nuevo y circular a una velocidad exasperante hasta volver a detenerse, llevan dos horas intentando alcanzar la ciudad del lago. Ya sabían que la carretera está en obras y que solo hay un carril: lo sabe todo el mundo aquí, ni se recuerda cuándo empezaron a trabajar en ella y menos se conoce cuándo van a terminar. Pero el saberlo no significa que lo acepten de buen grado. Yo, en cambio, lo agradezco, y Edu todavía más: lo que yo saboreo con la mirada, él lo retiene con su cámara. Y hay mucho por capturar: la agitación de los pescadores vendiendo unidades de koran en mesas improvisadas, en sillas incómodas, en tenderetes sin protección solar, las manos de los niños que las ofrecen con una sonrisa que no se parece a la nuestra. Las pizarras y sus garabatos que anuncian que aquel koran es el auténtico, el recién pescado, el más sabroso del lugar, y que ni se te ocurra introducirte en la selva de restaurantes caros y sus trampas para aprovecharse de los forasteros que visitan sin precauciones la masificada urbe turística de Pogradec. Pero Jimmy sabe a dónde va. Jimmy resiste estoicamente ante mi inocencia, mis «eh, parémonos en este, pone que es el mejor del pueblo», mi creciente ansiedad por degustar por fin ese pescado único en el mundo que solo existe en el lago Ohrid. «No habréis probado nada igual», añade él, para aumentar la expectativa. Edu le cuenta que ya ha estado en el lago, pero en la parte macedonia. «No es lo mismo», sentencia Jimmy, porque al final, para él y para su gente, nada es lo mismo. Ni el mismo lago es el mismo lago si una parte está en territorio albanés y la otra en territorio macedonio. «Se veía más arreglada la parte macedonia», me apunta Edu entre susurros.

Pogradec es un lugar peculiar: una especie de destino vacacional para aquellos albaneses que no quieren o no pueden irse al mar, a las playas de Vlorë. Los apartamentos de veraneo lucen aquí una estética que imaginamos muy parecida a la de los tiempos de la Albania socialista. Un lago, montañas, bloques grises y antenas parabólicas gigantescas con la pintura gastada, gente haciendo footing en el parque y una combinación caótica de cafés a la última moda con free wifi anunciado en inglés y casas de comida de toda la vida, con su indisimulado aroma de negocio familiar. Jimmy aparca el coche cerca del lago y procura de manera escrupulosa que la ubicación de la terraza del restaurante al que quiere ir le permita controlar visualmente en todo momento su vehículo. Entra y saluda a los dueños con efusividad, dejando claro que no es la primera vez que visita su negocio. Hace hincapié en que somos amigos suyos y en que deben darnos el mismo koran que le darían a un albanés; nada de trucos para engañar a extranjeros. Sí, somos amigos de Jimmy, al que hemos conocido esta misma mañana en el puerto de Durrës. Viajar es así de intenso.

Que el camino puede resultar más gratificante que la meta se manifiesta en momentos como este de Pogradec, justo cuando acabamos de degustar el koran. En este instante me importa un pimiento si llegamos a Korçë antes de las tres o no. ¿A quién le preocupa el Shakhtar Karagandy-Skënderbeu tras haber comido pescado autóctono albanés a orillas del lago Ohrid? ¡De haber saboreado una especie endémica que solo existe en este lugar! La eternidad podría sorprendernos en esta terraza y aprisionarnos para siempre en el encuadre de esta escena y no levantaríamos la voz para protestar. Levanto la mirada y me fijo en un balcón cercano en el que intuyo que un rótulo informa, en albanés, que el apartamento se alquila o se vende y me planteo un futuro en Pogradec. Los julios que vendrán, en esta especie de ensoñación, transforman mi infancia mallorquina en paseos entre tenderetes de truchas siguiendo el curso del Drin negro. Sigo construyendo mentalmente estos planes irrealizables en el bar que elegimos para tomar el café: un local moderno de estética exageradamente occidental con televisores de última tecnología emitiendo videoclips americanos de la MTV. Jimmy me devuelve a la realidad: se ha comprometido a que lleguemos a Korçë a la hora acordada y piensa cumplir con su cometido. Retomamos la ruta, y el trayecto de después de la sobremesa es apacible: disminuye el calor según vamos ganando altura y aunque la carretera sigue siendo de un solo sentido y el terreno es muy irregular, no hay atascos ni contaminación acústica. Nadie parece querer ir de Tirana a Korçë esta tarde. Ni de Korçë a Elbasan.

El paisaje comienza a parecerse más al de las zonas forestales de Sant Llorenç del Munt por las que le gusta perderse a mi padre cualquier lunes cuando empieza a amanecer que al del puerto de pasajeros y mercaderías que nos ha dado la bienvenida a Albania esta misma mañana en Durrës. Nadie podría adivinar que pronto aparecerá una ciudad importante. Korçë es la sexta localidad albanesa en número de habitantes y la más poblada de todas las que están en las montañas. Las cinco que la superan (Tirana, Durrës, Vlorë, Elbasan y Shkodër) están al nivel del mar o a una altitud que como mucho alcanza los ciento cincuenta metros. Korçë está a ochocientos cincuenta, y esto constituye un sello distintivo importante. Mal comunicada, culturalmente cercana a Grecia, tradicionalmente ortodoxa y con cierta influencia del sistema educativo francés debido a la apertura de un Liceo en los tiempos de la Entente, podría estar en un planeta distinto al de Tirana y, si no fuera por la lengua, nadie se daría cuenta. Sin embargo, nuestra primera impresión no la percibe tan sofisticada. Jimmy nos deja en la parte más inhóspita de la ciudad. Algunas casas están abandonadas; otras, en un estado que evidencia que las condiciones para vivir no son sencillas; unas cuantas son prácticamente chabolas. Le pagamos la cantidad pactada y su coche nos abandona en una construcción medio derruida que quiere parecerse a una rotonda. «No vayáis hacia esa parte; el resto de la ciudad no es así». Se aleja Jimmy, camino de Tirana y de Durrës, de Pogradec y Elbasan, camino de lugares que en este momento nos parecen mucho más civilizados que Korçë. «Por aquí deberíais encontrar algún hotel», ha sido su despedida. «Y si no, tenéis mi tarjeta. Llamadme». Miro a Edu y ambos entendemos que, menos de diez horas después de poner nuestros pies en Albania, estamos solos por primera vez. Y en un lugar más desolado de lo que quizás imaginábamos. Nos encontramos ya ante una de esas situaciones que sabíamos que se acabarían dando y que habíamos aceptado como alicientes necesarios del viaje. Al fin y al cabo, no hemos venido hasta aquí para pedir cheeseburgers en un McDonald’s o espressos de double shot en un Starbucks.

EL PADRE DE DON JURI

LLEGAMOSA KORÇËSIETEDÍASDESPUÉS de que la ciudad haya sido escenario de un partido histórico. Estas mismas calles, hoy abandonadas y entonces repletas de gente, festejaron que el Skënderbeu acababa de superar una ronda de la Champions League por primera vez. El Neftçi de Bakú había sido la víctima: 0-0 en Azerbaiyán y 1-0 en la vuelta con un gol en la prórroga del nigeriano Nurudeen Orelesi. Las eliminatorias posteriores ya no se podrán jugar en Korçë: la UEFA exige mejores instalaciones y la vuelta contra los kazajos se tendrá que disputar en Tirana.

Pero para esto aún queda una semana. Hoy la actividad se traslada a cinco mil trescientos kilómetros al Este. Aunque nuestra mente, moldeada por más de medio siglo de conflictos geopolíticos, tienda a pensar lo contrario, Albania está mucho más cerca de España que de Kazajistán. No parece probable que ningún aficionado, más allá de los que forman la expedición del club, haya recorrido esa distancia por su cuenta para acompañar al equipo. Así que sospechamos que, de algún modo, en Korçë la gente se tendrá que juntar para seguirlo. «¿Dónde se supone que darán el partido?», le pregunto a Edu, como si él fuera a saberlo. Como es lógico, él jamás ha oído hablar de los dos contendientes. Edu no está puesto en el mundillo, así que piensa que quizás un Shakhter Karagandy-Skënderbeu sea un acontecimiento similar a un Barcelona-Real Madrid en versión Europa del Este. Le explico que no es el caso, pero que sí espero una cierta expectación en las calles de Korçë. Al fin y al cabo se están jugando quedarse a una ronda de disputar la fase de grupos de la Champions League. No se trata de una broma ni de una pachanga. Caminamos un poco, pero no vemos bares, o si los vemos, no parecen estar atentos al partido. Tampoco estamos en la zona de la ciudad más adecuada. «¿Por qué no le dijimos a Jimmy que nos dejara en algún sports bar?», pregunta él. «Porque no me atreví a decirle que el único motivo de nuestra visita a Korçë es intentar ver un partido de fútbol por televisión. Y porque tampoco sé si aquí existe el concepto de sports bar».

Temo que pronto empiece a configurarse una escena tragicómica propia de los viajes absurdos, de los destinos equivocados, de las expectativas frustradas: dos europeos occidentales torpes pretendiendo llegar a un lugar y que la realidad se parezca mucho a lo que imaginaban, o por lo menos de una manera opuesta a lo esperado —porque si es opuesta al menos, por contraste, se puede entender—. Pero la esperanza aparece al poco rato en un local diminuto en cuya fachada cuelga una bandera descolorida del Inter de Milán. Es algo similar a un bar y en él hay una pequeña muchedumbre alrededor de cuatro pantallas. En una de ellas, con un formato que recuerda al de los teletextos de los noventa, van apareciendo resultados actualizados de todos los partidos de competiciones deportivas que se están disputando en este momento en el mundo con las correspondientes cuotas de las apuestas actualizadas al instante. Encima de este monitor está el que realmente importa: un televisor con varios cables conectados a un ordenador situado en la barra del bar, donde el propietario se está peleando con varias webs de streaming para intentar encontrar la señal del partido. Tomamos asiento y contemplamos el intermitente espectáculo futbolístico —la imagen se va cortando cada dos por tres— y el que no se detiene: todo lo que está aconteciendo a nuestro alrededor. Hay niños, niños que sufren por el Skënderbeu, niños que sueñan con ver a Cristiano Ronaldo o a Messi en Korçë —aunque en realidad sería en Tirana— y que saben que todo ello depende de un partido de fútbol que se está jugando en un lugar muy lejano y que encima no se puede ver por la televisión normal. Ningún canal albanés lo transmite. Al parecer, los kazajos, dueños de los derechos de emisión del encuentro de ida, pidieron mucho dinero. Tomamos cerveza local, Edu hace algunas fotos, yo sugiero al dueño una página web alternativa que se usa mucho en España para piratear fútbol —y que obviamente no funciona; no va a llegar el extranjero yendo de listo a enseñarles a los albaneses cómo ver al Skënderbeu— y, mientras tanto, en algún momento, el padre de Don Juri se sienta justo detrás de mí.

Podría haberse convertido en uno más de los lugareños con los que compartimos dos horas sin establecer ningún tipo de comunicación verbal en esta caseta a la que le faltan varias capas de pintura y que hace las veces de bar en la zona de rostro más hostil de Korçë, pero su dominio de las lenguas extranjeras distingue al padre de Don Juri y le permite romper una barrera y acercarse a nosotros. Habla italiano e inglés, y desde el primer diálogo se crea una especie de idioma que combina frases en cualquiera de los dos sistemas, imponiéndose en cada momento el que nos resulta más sencillo para expresar una idea concreta. En la Albania de las montañas que ya acarician Grecia y la Antigua República Yugoslava de Macedonia, el italglish crea vínculos que ya jamás se van a romper entre dos jóvenes reporteros barceloneses y un veterano aficionado del Skënderbeu.

El padre de Don Juri tiene ganas de conversar y, especialmente, de conversar con gente de fuera. Su sueño siempre ha sido reunir a toda la familia en América, y al mismo tiempo ama Korçë con esa emoción tan intensa y tan irracional que se da en algunos seres humanos que nos sentimos íntimamente ligados al paisaje de la película de nuestra vida. Edu, aún no recuperado del impacto que le ha causado la decadencia del barrio en el que nos ha dejado Jimmy, desconfía de entrada. A mí, en cambio, el padre de Don Juri me gana con la pureza de su mirada y con la suavidad de sus expresiones faciales. Con la ilusión que transmite por reunirse con un mundo que anhela alcanzar y, al mismo tiempo, porque el mundo que anhela alcanzar visita el lugar en el que han ocurrido todas las cosas importantes de su existencia. El Skënderbeu acaba de ser goleado por el Shakhter Karagandy por 3-0 y el sueño de la Champions League se evapora, pero esta no es una tarde a la que se pueda renunciar. El padre de Don Juri, cuyo nombre nos resulta complicado de memorizar y del que aún no sabemos que tiene un hijo que en Facebook se hace llamar Don Juri, asume la derrota con la resignación propia del aficionado que está acostumbrado a perder. Ha vuelto muchas veces a casa tras partidos con final infeliz; regresa, de hecho, casi todas las tardes tras haber perdido la combinada casi imposible de cinco lekis que se ha jugado en el bar con el objetivo de ganar el dinero suficiente para financiar la carrera cinematográfica de su hijo, pagarle un alquiler en Tirana y comprar después un billete de avión a los Estados Unidos. Pero esta noche la derrota será más dulce. Nos pregunta si tenemos donde dormir, y nosotros, que aún no sabemos si nos quedaremos en Korçë o partiremos hacia algún otro lugar, le decimos que no, que le seguimos, que nos lleve sí por favor a ese hotel americano que está a la vuelta de la esquina y que es el único «internacional» de toda la ciudad. Evidentemente, hay habitaciones libres, y el cuarto amplio en el que nos acomodan, una estancia decorada sin alardes y parecida a esos dormitorios con la pared empapelada que abundaban en la vivienda de mi abuela en la trastienda de la juguetería familiar, nos reconforta por primera vez desde nuestra llegada a la ciudad. Y aunque Edu aún no ha renunciado a la idea absurda de la emboscada, estas dos camas, este cuarto de baño, esta puerta de madera con pestillo, estos enchufes para conectar el teléfono, le dan un poco más de seguridad. Aquí debemos construir nuestra fortaleza mientras estemos en Korçë. Una fortaleza imaginaria e innecesaria; el tipo de fortaleza que construye el hombre ante lo desconocido por mucho que lo desconocido le entregue una sonrisa y múltiples gestos de buena voluntad.

El padre de Don Juri quiere ir con nosotros a cenar. Se ha quedado esperando en la recepción, y nos habría esperado el tiempo que hubiésemos necesitado para asearnos o para descansar. Las siguientes horas van a representar para él el aliciente de la semana: nos va a mostrar la Korçë luminosa, la Korçë admirada por su cultura y su apertura al conocimiento, la Korçë de la que se siente orgulloso. Su Korçë.

En viajes como este, el tiempo es hoy y como mucho es mañana. No se puede planificar más allá, ni pensar en los días que vendrán. El tiempo es «dónde dormiré esta noche», y, una vez resuelto el misterio y superada la incertidumbre, las horas que le quedan a la jornada se tornan más suaves y permiten relajar ese instinto de supervivencia que te acompaña siempre activado y sumido en una reconcentración sin descanso. Entonces sí está permitido un rato de placer casi hasta despreocupado, un delicioso paréntesis para disfrutar de la ciudad que te acoge como si fuera la única que existe en el mundo. La única que existe, hoy, es Korçë.

El padre de Don Juri camina lentamente, cojeando, pero su escasa energía la regala a su entorno. Señala edificios y avenidas, explica anécdotas de infancia, relata cuentos y leyendas de familiares y conciudadanos que se marcharon a Boston cuando él era joven. Se detiene ante la gran catedral ortodoxa para contarnos que acompaña a su mujer de origen ruso a rezar, aunque él es musulmán y reza a otro Dios, pero rezan juntos y esto nunca ha sido un problema, y además su hijo fue bautizado en el catolicismo. «Ningún problema», repite, «ningún problema», cuando nos ve extrañados por su historia, por esa mezcla, por esa convivencia entre religiones en un lugar al que acudíamos pensando que todo estaba muy claro y definido, y que nos sorprende demostrándonos de nuevo que este universo está repleto de matices. «Por aquí estaba el colegio francés…», menciona, y luego nos habla de la educación griega cuando Korçë fue helena, porque Korçë fue muchas cosas: otomana, griega, francesa, italiana, albanesa… Korçë fue muchas cosas, pero en Korçë algo no cambió nunca: Korçë fue siempre Korçë, aunque en ocasiones le cambiaran el nombre. Al padre de Don Juri le entusiasma poder mostrarnos la avenida principal llena de gente, con niños paseando y mucha luz por todas partes. Tanto en las palabras que elige como en la ruta que decide trazar se distingue su empeño por ofrecer una visión abierta, acogedora y receptiva de la ciudad que tanto ama. Cenamos en una terraza de un teatro al aire libre en una plaza escuchando música albanesa. Él no pide nada: prueba algo de nuestros platos, pero afirma no tener más hambre. Nunca sabremos si se debe a una especie de deferencia hacia sus invitados o a una reacción de su organismo ante lo excitante del momento. Suena una melodía de marcado carácter balcánico con ciertos dejes arábigos y la noche no puede ser más agradable. Probamos la cerveza local de Korçë y el padre de Don Juri nos empieza a hablar de equipos de Segunda División B española a los que conoce por las apuestas. «¡El Sabadell! ¡Me hace ganar dinero el Sabadell, porque casi siempre gana en casa!». Estupefactos, le escuchamos pronunciar L’Hospitalet, Eibar o incluso Formentera, y se me pasa por la cabeza que quizás en esos locales albaneses que son una mezcla extraña de bares, cafeterías y casas de apuestas y en los que muchos ciudadanos —como el padre de Don Juri— se pasan tardes enteras viendo partidos y consultando resultados en los teletextos hay más gente pendiente de algunos marcadores del fútbol semiprofesional español que en la propia España. Albania, y más tarde lo comprobaremos de manera definitiva, es el primer lugar en el mundo fuera de mi entorno geográfico en el que puedo decir que soy hincha del Sabadell sin tener que especificar qué es eso y dónde está. Los niños siguen corriendo arriba y abajo mientras brota agua de una fuente, y la noche en Korçë tiene más luz que la media tarde tenebrosa que nos había asustado en ese cruce de caminos en el que nos había dejado el taxi de Jimmy.

El padre de Don Juri se detiene en medio del paseo que nos retorna a la zona de la ciudad en la que nos habíamos conocido. Se sienta en un banco y pide que descansemos un minuto. «Solo uno». Tiene problemas de espalda desde hace años, y cada vez que camina una distancia considerable debe pararse unos instantes antes de seguir. «¿Y por nuestra culpa hemos ido tan lejos?». «Ha sido un gran placer para mí. Tranquilos, enseguida se me va a pasar. Siempre ocurre lo mismo. Es un minuto y ya se me va».

Es la última vez en la que Edu sospecha; yo siento cierta intranquilidad. Al regresar a la habitación, cualquier mal pensamiento ha desaparecido y ambos estamos ya convencidos de que la locura de acercarnos hasta Korçë, pese a la experiencia un tanto fallida del visionado del partido, ha merecido la pena. No, no solo eso: todo el viaje, aunque en el futuro nos depare fracasos y soledades, habrá merecido la pena. Revigorizado, mi amigo madruga la mañana siguiente para ir a fotografiar el estadio del Skënderbeu mientras yo saboreo la placidez de un amanecer en una cama extraña y los primeros rayos de sol que logran superar la barrera geológica que constituyen las montañas Morava que rodean la ciudad.

Cuando nos reencontramos y bajamos a desayunar, el padre de Don Juri nos está esperando en la recepción. Es amigo del encargado, un señor que pasa mucho tiempo en los Estados Unidos y que nos invita a tomar raki a las nueve de la mañana. Bebemos raki. Brindamos con raki. Lo hacemos en una sala apartada del comedor en el que se sirve el desayuno para el resto de huéspedes, aunque creo que no he visto a ningún huésped más. Nos trata como a visitantes especiales y casi ilustres, y al padre de Don Juri le brillan los ojos. Se siente orgulloso. El encargado del hotel luce un reloj que parece muy caro y viste como visten los señores poderosos en Albania. El padre de Don Juri lleva la misma ropa que la noche anterior y Edu luce su clásica indumentaria de fotógrafo freelance del Eixample barcelonés, con ese puntito bohemio y ese aire juvenil que le dan los diez años menos que siempre ha aparentado. La escena es pintoresca. Jamás me habría imaginado desayunando copiosamente con alcohol y alrededor de una mesa configurada por comensales tan variopintos. Me acuerdo de aquella canción de Sidonie que dice algo así como «tú eres la diva que almuerza con ginebra en el Berlín del 32». La escena se parece, pero esto es el Korçë del 13, y nadie hará nunca una canción sobre el Korcë de 2013. De vez en cuando entra una camarera y el encargado la trata de un modo que evidencia que ella es la empleada y él es el que manda. «¿Qué planes tenéis para hoy?», quiere saber el señor, antes de levantarse y marcharse porque su agenda, al parecer, está repleta de cuestiones importantes. «Volver a Tirana. De algún modo, volver a Tirana». En realidad, pisar Tirana por primera vez.

Mientras pagamos, o más concretamente mientras a Edu le dan problemas todas sus tarjetas de crédito —en realidad es la máquina la que está estropeada—, el padre de Don Juri me habla por primera vez de su hijo. «Quédate con su nombre y búscalo en Facebook: allí se llama Don Juri. Será la manera de mantenernos en contacto. Él estudia cine en Tirana». «¿Y tu nombre cuál es? Nos lo puedes repetir para que podamos memorizarlo?». Nos lo dicta, y aunque no sé muy bien si lo escribo correctamente, anoto «Sibyl», supongo que porque el único nombre similar que he leído o escuchado jamás es el de Sibyl Vane, la joven cantante de la que se enamora Dorian Gray en los primeros capítulos de la obra de Oscar Wilde.

Nos despedimos como tantas otras veces me he despedido de gente hacia la que he desarrollado un aprecio profundo tras conocerla lejos de casa y pese a haber compartido solamente unas pocas horas. Son despedidas que, cuando eres joven, estás convencido de que no serán definitivas, que la vida os volverá a brindar la oportunidad de sentaros juntos alrededor de una mesa y de un Jameson en una taberna dublinesa, o de unas cervezas en Derry, o de un no-me-acuerdo-muy-bien-qué en la noche de Belgrado. Pero superados los treinta, cuando nunca más he vuelto a ver al amigo irlandés de mi prima, ni al mochilero bávaro del museo del Bloody Sunday, ni al escritor de Serbian Psycho, la sospecha de que esa es la última vez que contemplas un rostro —y, peor aún, la sospecha de que a los pocos meses vas a olvidar las facciones de ese rostro, y será tu imprecisa memoria la que le dibujará unos trazos aproximados pero no exactos—, convierte la despedida en un acto más cercano a la asunción de la pérdida, a la conciencia de dejar atrás un lugar al que nunca vas a regresar. Conviene entonces más un «gracias» que un «hasta la próxima», o al menos el primero parece más realista. Luego, cuando Edu repase todas las fotografías tomadas en Korçë —que no son pocas—, se dará cuenta de que en ninguna aparece el padre de Don Juri —solo se le adivina, tapado por otros rostros y otros cuerpos, en una panorámica general del café en el que nos conocimos—. Y aunque no lo hayamos hecho a propósito, cuando tantas veces hablemos sobre él de regreso a Barcelona, empezaremos a creer de verdad que no hemos guardado su imagen en la cámara para darnos una excusa para volver algún día. Para volver a Korçë a fotografiar a un señor de mediana edad que no va a cambiar el mundo, pero que en una sola noche ha cambiado nuestra imagen de Albania.

ENDI

«IDALAPLAZA. ALLÍHABRÁFURGONETAS que vayan a Tirana. No os costará encontrarlas». El hotelero y el padre de Don Juri tienen razón. Es imposible no advertir qué vehículos se dirigen a la capital y buscan viajeros para llenar todos sus asientos. «¡Tirana! ¡Tirana!», grita un chiquillo que no para de moverse, que corre de un lado para otro, que abre la puerta lateral del vehículo y baja a la calle para que su voz sea aún más audible. Cuando levantamos la mano, nos hace un sitio en la parte de atrás y, a los pocos segundos, ya está de nuevo pisando el asfalto o adentrándose en las plazas para seguir con su misión. El proceso se va reproduciendo hasta que ya no cabe nadie más. Entonces, el niño cierra la puerta de golpe y su padre acelera definitivamente hacia la carretera.

No hay, por supuesto, ni billetes ni formalismos. En un momento dado, el conductor se detiene a hacer la compra en una gasolinera en medio del trayecto y nos tiene esperando cinco minutos porque su madre le ha encargado que le lleve leche. Nadie se queja. Unos kilómetros más allá, la furgoneta se para en la cuneta en un punto en el que se diría que no vive nadie, y sin embargo se monta con toda la naturalidad del mundo un hombre que parece conocer a los que llevan el negocio: se queda de pie a su lado, porque no hay más asientos, y se pone a hablar con ellos de sus cosas mientras retomamos la marcha. En la parte trasera, el calor del agosto balcánico parece aún más exagerado por la música albanesa a todo volumen —estilísticamente muy similar a la que se puede escuchar en Turquía—. Pese a que entendemos que la ambientación pretende hacernos el viaje más agradable, en realidad, por alguna extraña razón, lo convierte en aún más sofocante. Es como si nos transportara mentalmente a un desierto lejano, sureño, tórrido. Añoramos la comodidad del taxi de Jimmy, aunque nuestra cuenta corriente agradece que en esta ocasión hayamos optado por un medio de transporte veinte veces más barato. En realidad, todo sigue más o menos su curso: al llegar, uno busca protección y que lo introduzcan en el nuevo entorno; cuando ya cree que empieza a dominarlo, se mueve con mayor autonomía y se lanza sin miedo a seguir las costumbres de la población autóctona.

La furgoneta nos deja a dos calles de la plaza Skanderbeg. Es el indiscutible centro del país; el lugar más emblemático, aquel en el que las multitudes se agolparán si algún día —no tiene mucha pinta— su selección nacional de fútbol consigue una gran victoria. Aquí se erigió, y más tarde se derrumbó en medio de las manifestaciones estudiantiles del 91, una estatua de Enver Hoxha (en su día también hubo una de Iósif Stalin). Los países vecinos acostumbran a llamar a estos lugares «Plaza de la República» o, si les ponen nombres de héroes nacionales, eligen a personajes ilustres más recientes. Albania, en cambio, sigue rindiendo pleitesía máxima a un luchador de la Edad Media, al líder de la rebelión contra el Imperio Otomano a mediados del siglo XV, a la figura elegida para articular un movimiento nacionalista durante el XIX y principios del XX para unir a las gentes de los territorios que compartían la misma lengua. Esta devoción se reproduce en todas sus ciudades —incluso en ciudades que quedan fuera de los límites geográficos del Estado pero que se sienten albanesas—. Venimos, de hecho, de ver un partido —o de intentar verlo— en el que jugaba un equipo llamado Skënderbeu en honor a él, y eso que Skanderbeg no había nacido ni había vivido jamás en Korçë: no tenía más relación con Korçë que la que pudiera haber tenido con Durrës o con Vlorë. Pero, desde hace muchos años, los albaneses de cualquier parte nombran a sus clubes, asociaciones, calles, avenidas o plazas «Skanderbeg».

Skanderbeg, evidentemente, no pudo derrotar al Imperio Otomano, del que desertó tras veinte años de servicio tras ser enviado a su corte de Edirne como rehén siendo un niño y escolarizado en sus instituciones, en las que recibió formación militar. Tras abandonar sus filas, unió a los principados albaneses y luchó de manera estoica para reconquistar ciudades como Krujë, en la que resistió durante veinticinco años tres asedios distintos con una notable inferioridad numérica. Considerado un estratega de gran talento, alimentó con su épica la esperanza de su gente, pero su esfuerzo solo sirvió para contener y retardar la expansión del enemigo, que continuaría después de que él muriera —probablemente de malaria— en Lezhë mientras intentaba reorganizar a sus tropas en momentos de dificultad. No son pocos los que piensan que su elección como leyenda cultural albanesa ha moldeado el carácter de la nación y ha ayudado a construir un pueblo sufrido, orgulloso, perseverante, sacrificado, luchador… y al mismo tiempo un cierto complejo de víctima, como si fuera consciente de que le aguarda un destino fatal contra el que se rebela con escasas posibilidades de éxito.

De todos modos, el fútbol albanés ha competido históricamente con bastantes menos honores que Skanderbeg. Sus derrotas han sido siempre mucho más claras. En verano de 2013, su registro histórico es difícil de empeorar: nunca se ha clasificado para un Mundial ni para una Eurocopa. Nunca ha estado, de hecho, ni cerca de lograrlo. Pero algo parece estar cambiando ahora. El italiano Gianni De Biasi, conocido en España por la dignidad con la que dirigió en la temporada 2007-2008 a un Levante desahuciado en la tabla y cuyos jugadores habían dejado de cobrar, asumió el cargo el año pasado y tiene al equipo segundo en su grupo de clasificación para el Mundial 2014 de Brasil. Por primera vez, el sueño es posible. Sobre esa renovada esperanza queremos que nos hable Endi Tufa, el periodista al que encontré a través de Facebook y que contestó amablemente a mis requerimientos. Nos ha citado la mañana siguiente «al lado de la pirámide».

Encontramos alojamiento en un hostal a dos calles de la plaza Skanderbeg. La habitación es muy espaciosa, y aunque la instalación es más modesta que el Hotel Americano de Korçë, nos proporciona más sensación de confort y seguridad por su proximidad con la zona más transitada de la capital del país. Salimos a dar una vuelta. Tirana está animada. Hay bullicio, cafeterías abiertas hasta muy tarde con gente apurando sus bebidas en las terrazas en animadas conversaciones. Gente fumando. Mucha gente fumando. Mucha gente mayor de tertulia, pasando la tarde en la calle. Cuando anochece, la agitación se traslada a una zona un poco más alejada en la que abundan los locales con música extranjera a un volumen considerable. Luces de colores, máquinas tragaperras, vicio que se percibe y que busca presentarse como tentador. En mi opinión, no acaba de conseguirlo. Regresamos caminando y las calles que antes estaban tan vivas ya lo parecen menos: solo siguen abiertos algunos garitos de apariencia menos amable. Y también un restaurante con un patio amplio en el que un televisor retransmite partidos de la liga neerlandesa jugados hace muchos meses. Nos decidimos a entrar. En la mesa de al lado unos hombres viejos juegan a cartas. Pedimos carne, que parece ser la especialidad de la casa, o al menos eso se diría por la parrilla que se ve desde la entrada. Huele de cine y está riquísima. Desde ese preciso instante me declaro fan absoluto de la cocina albanesa. Y nunca me va a defraudar. La mitifico en mi cabeza y en el futuro, cada vez que en casa me ponga a preparar un plato caliente a fuego lento, aquellos que hay que elaborar con mimo y paciencia, me imagino entre frías montañas albanesas o cerca de una hoguera en un restaurante rústico como este de Tirana. Aunque ahora estemos en verano y no haga frío. Esta carne la han aprendido a cocinar en los inviernos más duros.

Tras el desayuno del día siguiente, preguntamos en la recepción por la pirámide. Nos piden un taxi y nos dirigimos hacia allí. La pirámide, descubrimos investigando de camino, es un edificio controvertido. La diseñó la hija de Hoxha y se abrió al público en 1988 como un museo dedicado a la memoria de su padre, fallecido tres años antes. En ese instante, la prensa publicó que se trataba del edificio más caro jamás levantado en territorio albanés. Tras la caída del comunismo, se transformó en un centro de conferencias, y más tarde la OTAN lo usó como base durante la guerra de Kosovo. Ahora, en su interior están las oficinas de un canal de televisión. El canal en el que trabaja Endi. Por eso nos cita en una cafetería justo delante del recinto.

A Endi le extraña que escribamos sobre Albania, pero está dispuesto a ayudarnos. Es un señor corpulento, de entre treinta y cuarenta años. Luce barba de tres días y sus movimientos denotan una consciencia de la propia popularidad. No sabemos si es una estrella, pero desde luego no es un periodista anónimo. Confirma que De Biasi ha transformado al equipo, que por fin parece que hay un horizonte de luz, y destaca el papel que están teniendo los jugadores de origen albanés reclutados por toda Europa tras un intenso trabajo de rastreo en países nórdicos, donde muchos compatriotas suyos emigraron décadas atrás. Pero todo eso, más o menos, ya lo he leído, así que quiero que me cuente lo que no sé. Interioridades del fútbol de clubes del país. Qué equipos tienen más hinchas. Quién pelea contra quién.

«Aquí en Tirana había tres grandes equipos. Pero todo ha cambiado mucho. Esta temporada, solo uno ha jugado en primera división, el KF Tirana, y ha acabado lejos de la cabeza». Dificultades financieras, gestiones dudosas, nuevas realidades con las transformaciones políticas… Las explicaciones de las caídas en desgracia de los gigantes de antaño no resultan extrañas para cualquiera que haya seguido con cierta curiosidad el fútbol de los Balcanes, y en general del Este de Europa, desde los noventa en adelante. «Pero el año que viene recuperamos el derbi. Ha subido el Partizán. ¡Dos ascensos seguidos! Había caído hasta tercera. Y después de la caída del comunismo, el Tirana-Partizán es el encuentro que levanta más pasiones, así que volverá a haber cierto ambiente de fútbol en la ciudad. Al Dinamo, en cambio, ya le sigue menos gente. Era el club de la Policía secreta». Y claro, a la Policía secreta se la suele temer, y una vez cayó el régimen no tenía mucho sentido seguir apoyando a su equipo. «El Partizán es históricamente el equipo del Ejército. Del Ejército que se creó para luchar en la Segunda Guerra Mundial contra la ocupación italiana y alemana. Fue un Ejército victorioso, y por lo tanto el equipo recabó muchas simpatías por toda Albania. Al fin y al cabo, en todos los pueblos y ciudades había gente enrolada en el Ejército». El Tirana, en cambio, es el equipo más arraigado en la propia ciudad, y claramente el menos vinculado con el régimen en los tiempos del comunismo. De hecho, el periodo en el que levantó más títulos de liga fue el que transcurrió entre 1994 y 2009. Y el segundo más exitoso, en los años treinta, justo antes de la Segunda Guerra Mundial.

La cafetería está concurrida. Hay quien entra, pide un espresso muy corto, lo engulle en menos de un minuto y sale de inmediato para regresar al trabajo. Y hay quien, como nosotros, ocupa una mesa y se lo toma con calma. Tirana posee una fascinante mezcla entre algunas costumbres italianas y una mentalidad marcadamente balcánica. Y luego, por si esto no fuera suficiente, es el escenario en el que convive una generación que vivió aislada del mundo, en un Estado hermético, y una nueva hornada que ha crecido mirando al exterior, jóvenes que han tomado como espejo cualquier comportamiento de las sociedades más occidentales pero que no dejan de ser hijos de sus padres. A Endi, el cambio debió de pillarle en su adolescencia. Fue un niño de la Albania cerrada y es ahora un periodista que sale en televisión en la Albania moderna. Me está dibujando con precisión el panorama de los clubes de la capital. Pero yo ahora quiero que me cuente por qué gana el Skënderbeu.

«Hay mucho dinero. Políticos locales, empresarios… Una apuesta muy fuerte. Invirtieron para ganar. Entraron cuando el equipo iba último en la temporada 2009-2010. Ya habían vivido un descenso dos años antes y corrían el riesgo de convertirse en un club ascensor. Con esa nueva junta tan poderosa, consiguieron la permanencia y la campaña siguiente ya fueron a por todas. Y ganaron la liga. Y ya llevan tres». Le digo que esto suena a nuevo rico, a proyecto artificial. «Es complicado. Es verdad que esta inyección económica ha transformado al club. Pero el Skënderbeu, en los inicios del fútbol en Albania, fue uno de los equipos más importantes. Diríamos que ahora, con este proyecto, han recuperado la grandeza que vivieron antes de la Segunda Guerra Mundial. Habían sido campeones en 1933. En esa época aún no existían los clubes creados por el régimen: ni Dinamo ni Partizán. La liga se la disputaban los equipos que representaban a las ciudades más importantes. El KF Tirana, el Vllaznia de Shkodër, el Teuta de Durrës… y el Skënderbeu de Korcë. La guerra detuvo el fútbol y cuando se reanudó ya se había perdido esa generación del Skënderbeu que estaba entre las mejores del país. Sufrieron descensos, jugaron en Segunda… y no volvieron a ganar la liga hasta 2011».

Edu está satisfecho: como hiciera en Korcë, se ha levantado esta mañana antes que yo y ha estado sacando fotos por la ciudad, recorriendo campos de fútbol y buscando escudos y emblemas que nos permitan ilustrar las historias que nos cuentan nuestros protagonistas. Me comenta que tenemos material de los clubes de Tirana. Endi mira el reloj. Se le hace tarde. «¿Tenéis algo que hacer? Yo debería ir al hotel de concentración del Kukësi. Juegan esta noche la previa de la Europa League y tengo que grabar una pieza para el informativo. Si queréis me podéis acompañar. Y luego os puedo entrar en el partido». Yo ya sabía que se jugaba un Kukësi-Metalurg Donetsk esta noche en Tirana, y de hecho programamos la fecha de nuestra estancia en la capital para intentar asistir al encuentro. Ahora Endi nos va a permitir entrar acreditados, por lo que encontrarnos con él habrá resultado doblemente productivo. «Te acompañamos, sin duda».