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Un libro de Zecharia Sitchin Incluye escritos nunca antes publicados Editado por Janet Sitchin (sobrina de Sitchin) con una introducción de ella misma ¿Qué pasaría si los relatos del Antiguo Testamento y otros escritos de la antigüedad no fueran mitos o alegorías sino relatos de acontecimientos históricos reales? Conocido por su habilidad para leer e interpretar antiguas tablillas de arcilla sumerias y acadias, Zecharia Sitchin (1920-2010) tomó por verdaderas las palabras de nuestros más remotos antepasados y, a lo largo de décadas de meticulosas investigaciones, demostró que revelaban una narrativa coherente acerca de los verda- deros orígenes de la humanidad y la civilización. Los materiales recogidos aquí son una cuidadosa selección de capítulos de la serie de las Crónicas de la Tierra, así como de artículos y conferencias inéditos hasta la fecha. Con ellos se proporciona una perspectiva privilegiada de las décadas de investigaciones que se hallan tras la obra de Sitchin. Podrás descubrir cómo se gestó El 12.º planeta, sabrás de los sumerios y del nflujo que ejercieron sobre ellos los anunnaki, sobre la órbita del misterioso planeta Nibiru y sobre los orígenes extraterrestres del ser humano. En cada sección te encontrarás con una introducción escrita por la sobrina y asistente de Sitchin, Janet Sit- chin, en las que nos ofrece el contexto de cada texto y nos revela algunos aspectos del hombre que había detrás de las polémicas teorías. JANET SITCHINTROS TÍTULOS DE ZECHARIA SITCHIN::ttps://www.edicionesobelisco.com/autor/49/sitchin-zecharia
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Seitenzahl: 562
Veröffentlichungsjahr: 2020
Janet Sitchin
Crónicas de los anunnaki
Un libro de Zecharia Sitchin
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Colección Crónicas de la Tierra
CRÓNICAS DE LOS ANUNNAKI
Janet Sitchin
1.ª edición en versión digital: octubre de 2020
Título original: The Aanunnaki Chronicles. A Zechana Sitchin Reader
Traducción: Antonio Cutanda
Maquetación: Marga Benavides
Corrección: Sara Moreno
Diseño de cubierta: Isabel Estrada
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 2015, The Sitchin Foundation 2015, Janet Sitchin por la edición y el capítulo introductorio Publicado por acuerdo con Inner Traditions a través de International Editors ‘Coru Barcelona
(Reservados todos los derechos)
© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-9111-648-6
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.
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Índice
Portada
Crónicas de los Anunnaki
Créditos
Nota del traductor y el editor
Introducción
1. Presentación de «El 12.º planeta»
2. Una civilización repentina
3. Ovnis, pirámides y el Duodécimo Planeta
4. «La escalera al cielo y La epopeya de la Creación»
5. ¿Es Nibiru?
6. Dios el extraterrestre
7. La conexión cósmica: el ADN
8. Las guerras de la Pirámide
9. El monte esquivo
10. Cuando los dioses, y no los hombres, recorrían el Nuevo Mundo
11. Ciudades perdidas y encontradas
12. Cómo surgió «Hubo gigantes en la Tierra»
13. Relatos del calendario
14. El duodécimo planeta: La clave del enigma ovni
Epílogo
Apéndice I. Jericó
Apéndice II. Un camino egipcio de la antigüedad preserva su vínculo con la Biblia
Dedicado a la memoria de mi tío Zecharia,
que inició este viaje para la familia Sitchin,
y en honor a mi padre,
Amnon Sitchin,
Nota del traductor y el editor
Los tiempos, y la justicia social, exigen que nos enfrentemos a nuevos retos que, hace ya mucho tiempo, deberían haberse asumido. Uno de ellos es el del lenguaje de género, y sin duda el castellano no es un lenguaje fácil para conciliar la igualdad de género.
A lo largo de este texto, se ha intentado equiparar géneros en el lenguaje. Considérese ésta una advertencia para que nadie se asombre ante el uso indistinto del masculino o el femenino en el uso de sustantivos o adjetivos.
Aquellas personas que tuvieron la ocasión de conocer a Zecharia Sitchin (en seminarios, giras, firmas de libros o charlas) pudieron constatar su delicada modestia, su calidez, su brillante intelecto, su ironía y su precisión a la hora de elegir las palabras, sobre todo cuando hablaba de aquellos temas de los que disfrutaba discutir sobre civilizaciones antiguas, entre los que se incluían las ideas de unos extraterrestres venidos a la Tierra en la antigüedad. Cuando se enzarzaba en una discusión de esta naturaleza, su semblante era la demostración palpable de que el tema era muy serio para él, pues sus ideas estaban basadas en hechos y no en burdas especulaciones o fantasías.
El primer libro de mi tío Zecharia, El 12.º planeta, se publicó cuando yo tenía diez años, pero no me lo leí en realidad hasta muchos años después. Las primeras cien páginas estaban llenas de hechos, pruebas y más pruebas y más evidencias físicas en las cuales apoyaba sus teorías. Al encontrarme con todo esto hace tantos años, me sentí intimidada y dejé de lado el libro. Sin embargo, él había incluido deliberadamente todos aquellos hechos y pruebas para dejar claro que el material que ofrecía era el producto de una concienzuda investigación y no una sarta de ideas sensacionalistas. Mi tío quería demostrar, sobre todo tratándose de su primera incursión literaria, que existían evidencias sólidas que daban fundamento a sus teorías; y no sólo una evidencia, sino multitud de ellas. Cuando volví a leer el libro hace algunos años, me absorbió por completo desde la primera página.
El interés de mi tío por el tema de las civilizaciones antiguas y los orígenes de la humanidad procedía del hecho de haber leído la Biblia hebrea, o Antiguo Testamento, en el original hebreo, y de haberlo comparado posteriormente con las traducciones habituales al inglés, que en su mayor parte han desvirtuado siempre su significado. La mayoría de los expertos bíblicos y de los arqueólogos de la región consideran que estos escritos antiguos son alegorías, mitos o leyendas, con independencia de si los escritos originales proceden de la Biblia o son de origen sumerio, acadio, asirio, egipcio, griego o romano. Pero la premisa de Sitchin se basaba en la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si estos relatos antiguos no fueran leyendas, mitos o alegorías? ¿Qué pasaría si fueran realmente historia?
El incidente que disparó su interés por estos temas tan apasionantes tuvo lugar cuando era niño, en Israel, en la época del mandato británico. Todo se desencadenó en un momento crucial (del que hablaría él posteriormente en su libro), tras el cual se desarrolló una vida entera de investigaciones, de estudio de lenguas, viajes y visitas a museos. Acumuló tantas evidencias y tan fascinantes, y desarrolló tantas teorías e ideas sorprendentes, que su mujer, Rina, le animó a «dejar de hablar y empezar a escribir». Como consecuencia de ello, terminaría escribiendo catorce ensayos sobre el tema de las civilizaciones antiguas, el primero de los cuales, El 12.º planeta, se publicaría en 1976.
Sitchin dirigiría posteriormente excursiones en las cuales visitaban los lugares y veían los objetos antiguos que él mencionaba en sus libros, y se animaría también a impartir lo que denominó «Seminarios de Estudios de Sitchin». Yo empecé a acompañarle a los seminarios con el fin de ayudarle. Hacía las inscripciones o cualquier otra cosa que él necesitara que hiciera con el fin de que todo discurriera ordenadamente. En estos seminarios tuve la fortuna de escucharle hablar de todos aquellos temas, así como de escuchar las preguntas que le formulaban las participantes y las respuestas que él daba.
Elegía siempre las palabras con sumo cuidado, dado que no quería dar a entender o proponer ninguna idea para la cual no tuviera sólidas evidencias y la firme conclusión en su mente acerca de cómo encajaba cada idea en el relato de los anunnaki («Los que del cielo a la Tierra vinieron»).
Había lectores que le preguntaban con frecuencia acerca de las teorías de otros expertos, o que comentaban algo sobre aspectos de alguna civilización antigua sobre la cual mi tío no había investigado ni había escrito, o para la cual no disponía aún de conclusiones sólidas o de suficientes evidencias. En esos casos, mi tío encontraba invariablemente una forma cortés de evadir la respuesta, limitándose siempre a hablar exclusivamente de lo que él sabía que era cierto.
Tal integridad era en gran medida parte de su carácter y uno de los motivos por los que se le respetaba. Su objetivo al escribir era compartir una información que sentía que era de una importancia capital para todos los seres humanos por estar relacionada con nuestros orígenes como especie. Decía que era un «reportero» que estaba escribiendo el relato de los anunnaki, tal como lo habían registrado los pueblos antiguos.
Siempre hubo detractores, así como personas que le atribuían ideas de las que él nunca había hablado, y mucho menos escrito. Sin embargo, también hubo lectores suyos y personas vinculadas a él de todos los ámbitos de la vida que le proporcionaban materiales que pensaban podían resultarle útiles en sus investigaciones. Algunas de esas personas que le aportaban cosas entre bastidores eran profesionales que temían poner en peligro su carrera científica o académica si llegaba a saberse que apoyaban sus ideas. La condena profesional por pensar de un modo diferente a como ordena el paradigma establecido es el motivo por el cual muchos profesores de universidades, arqueólogas, astrónomos y otras científicas no hablan más a menudo sobre la posibilidad de que alguna raza extraterrestre pudiera haber visitado la Tierra en la antigüedad, así como de otros temas relacionados. No obstante, no deja de llamar la atención el hecho de que muchos observatorios astronómicos estén dirigidos por sacerdotes jesuitas, que el Vaticano haya mostrado su interés por los extraterrestres y que determinados científicos y científicas de la NASA le proporcionaran información a Sitchin.
Sitchin exploró un nuevo paradigma simplemente postulando que los escritos antiguos y determinados objetos de la antigüedad estaban ofreciéndonos el relato de acontecimientos históricos, y haciendo ver que unos mismos relatos, contados en las más diversas lenguas, hacían referencia a los mismos personajes. Tal paradigma reconocía también tácitamente que los relatos antiguos hablaban muchas veces de acontecimientos y procesos pertenecientes a una avanzada tecnología. ¿Cómo habría descrito la gente de la antigüedad el lanzamiento de un cohete de la NASA? Quizás de la misma manera en la que se describe la visión que tuvo Gilgamesh en este antiguo relato sumerio. ¿Cómo habrían explicado las gentes de la antigüedad un teléfono móvil moderno, especialmente un smartphone? Esas gentes no disponían del lenguaje tecnológico necesario para explicar exactamente cómo funcionaba un teléfono móvil o un smartphone, pues para esas gentes estas eran cosas que procedían de los poderes mágicos de los dioses. ¿Cómo habrían descrito los arqueólogos del siglo XIX o principios del XX –que todavía no habían visto automóviles, ni aviones ni ordenadores– las cosas que la gente de la antigüedad había presenciado y que, de hecho, formaban parte de su vida cotidiana?
No debería extrañar que pensaran que los relatos de los antiguos debían de ser un mito, porque creer cualquier otra cosa habría sido impensable.
Sin embargo, con los avances tecnológicos de nuestros tiempos, podría resultarnos más fácil pensar que otras culturas pudieran haber disfrutado también de los beneficios de la tecnología. En una época en la que el ser humano ha llegado a la Luna, resulta más fácil imaginar o describir una nave celeste. Las traducciones antiguas, que con anterioridad carecían de sentido, se pueden interpretar ahora de esta manera. Éste es otro aspecto de la premisa de Sitchin, y es también el motivo por el cual se desviaba en sus interpretaciones de «los hechos» que otros expertos daban por sentados. Él sabía que el cuándo se había interpretado una serie de acontecimientos en concreto determinaba en gran medida el cómo se interpretaba. Los mismos hechos, contemplados desde una perspectiva moderna, nos podían permitir una visión más amplia de esos acontecimientos.
Ciertamente, las traducciones también están sujetas a una interpretación que está basada en la experiencia, los antecedentes y la visión del mundo del traductor, y no dejan de ser un producto de la época en la que el traductor hizo su trabajo. En sus investigaciones, lo único que Sitchin buscaba era estudiar los materiales en su lengua original, para así no tener que basarse en una traducción cuyo significado podría estar sesgado. Estaba convencido de que la lectura de un documento en su lengua original daba acceso a matices de significado que, de otro modo, se podrían perder o podrían verse alterados en la traducción.
Sumer es conocida por las historiadoras como «la cuna de la civilización». En esta tierra que ahora es Irak, el territorio que se extiende entre los ríos Tigris y Éufrates, adyacente al golfo Pérsico, fue donde se vieron las primeras escuelas, los primeros tribunales, la primera lengua escrita, la primera aritmética, los primeros animales domésticos y los primeros cultivos.[01]
La lista de invenciones o «primeras cosas» en Sumer es impresionante. Pero, curiosamente, en los documentos sumerios se dice que todo cuanto sabían lo habían aprendido de los anunnaki. Gran parte de la información que conocía la antigua humanidad y que está documentada en dibujos, sellos cilíndricos, conocimiento oral y textos antiguos la han redescubierto los científicos en tiempos modernos. Casi a diario aparece «nueva» información que corrobora aquellos conocimientos que los sumerios y otros pueblos antiguos daban por sentados. ¿Cómo podían haber sabido tanto los sumerios acerca del sistema solar si no poseían telescopios para observar los cielos? Fueron los anunnaki quienes les dieron todos esos conocimientos.
La serie de libros de Sitchin, Las Crónicas de la Tierra, y muchos de los volúmenes que acompañaron a esta serie, nos ofrecen informaciones muy antiguas acerca de los anunnaki y componen una narrativa coherente sobre ellos. ¿Quiénes eran? ¿Por qué vinieron aquí? ¿Qué hicieron durante el tiempo que permanecieron en la Tierra? Sitchin utiliza las evidencias que estos seres y las gentes de la antigüedad –los sumerios– dejaron tras de sí para responder a estas preguntas y a otras relacionadas. Este libro, Crónicas de los anunnaki, no pretende otra cosa que proporcionar una visión de conjunto de la información aportada en los siete volúmenes de Las Crónicas de la Tierra, e incluye, por vez primera, conferencias, artículos, cartas y otros escritos de Zecharia Sitchin que nunca se habían publicado en forma de libro.
Crónicas de los anunnaki comienza con un análisis general de Sitchin sobre los orígenes del sistema solar y los planetas, tal como la planteaba en sus cursos, sentando así las bases para la posterior discusión sobre los anunnaki. En el primer capítulo, esboza también el marco temporal cosmológico conceptual de los acontecimientos relativos a los anunnaki y a su presencia en nuestro planeta. El capítulo 2 examina la cultura sumeria con detalle, y se pregunta sobre su génesis como civilización plenamente conformada, como si hubiera aparecido de la nada. Los capítulos que vienen a continuación exploran los primeros relatos bíblicos sobre visitantes del espacio, en los que Sitchin establece el vínculo vital entre la cultura sumeria, plenamente formada, y estos visitantes de la antigüedad. En este punto de nuestra narración, La epopeya de la Creación sumeria, el Enuma Elish, pasa por una revisión crítica bajo la lupa de Sitchin, que ilustra, con pasajes de ese venerado texto, hasta qué punto eran reales los acontecimientos que se describieron ahí.
El capítulo 6 proporciona otro examen crítico, esta vez sobre la pregunta de «¿Quién fue Yavé, el Dios de los Cielos?». En el capítulo 7 se continúa con la línea de pensamiento crítico de Sitchin con un estudio sobre la creación de «El Adam», el hombre primitivo, un híbrido creado por los anunnaki para que trabajara en las minas de oro de la Tierra, extrayendo este precioso mineral que luego utilizarían en su planeta natal, Nibiru, para restaurar su atmósfera. Los capítulos 8 y 9 nos hablan de algunos lugares de la antigüedad que tuvieron una importancia vital para los primitivos habitantes de nuestro planeta: la Gran Pirámide de Guiza y el monte Sinaí, en la península del mismo nombre.
En los siguientes tres capítulos, nuestra narrativa centra su atención en el Nuevo Mundo, adentrándose en temas tan fascinantes como las evidencias de gigantes en aquellas tierras y cómo encajaban tales ideas dentro de la cosmología de Sitchin. Después de esto, nos centraremos en la formación del calendario, en qué significó a lo largo de las eras y en cómo su desarrollo en nuestro relato es un reflejo de las luchas de poder entre los clanes anunnaki. Finalmente, en el último capítulo, cerraremos el círculo examinando Nibiru y hablando de su inminente retorno a la Tierra. Además, en los apéndices se incluyen dos cartas que Sitchin escribió al New York Times, en las que se ilustra con cuánto cuidado presentaba sus investigaciones y por qué se le tenía y se le tiene en tan alta consideración como experto en los orígenes ancestrales de la humanidad.
Para aquellas personas que estén familiarizadas ya con el trabajo de Sitchin, esperamos haber hecho un libro conciso que, cubriendo las líneas principales de su obra, ofrece asimismo nuevos materiales. Para aquellas personas que se encuentran por vez primera con la obra de mi tío, esperamos que esta obra les proporcione una visión general de su cosmología. Además, tenemos la esperanza de que les pique la curiosidad y pasen a formar parte de ese colectivo de personas que creemos que Zecharia Sitchin tenía algo muy importante que contar, de tal manera que continuéis leyendo y explorando estos temas. Para muchas de sus lectoras y lectores, la información que se proporciona aquí les ha dado respuesta a preguntas planteadas hace largo tiempo y que nunca se habían explicado plenamente hasta ahora. Si todo esto es cierto, tal como creía Sitchin, entonces tienes entre tus manos parte del conocimiento más importante del que puedas disponer referente a nuestros orígenes, y quizás respecto al futuro.
JANET SITCHIN
JANET SITCHIN tuvo el honor y la singular experiencia de crecer inmersa en los increíbles conocimientos y las fascinantes teorías de su tío, Zecharia Sitchin. El enfoque académico de éste y su espíritu aventurero cautivaron la imaginación de Janet desde temprana edad, arrastrándola al mundo de las civilizaciones antiguas y los orígenes de la humanidad. Janet era una de las ayudantes de Zecharia en sus conferencias y cursos desde 1995, y es la webmasterde la página web oficial de Zecharia Sitchin, www.sitchin.com, desde el año 2000. Experta en integración de datos con un grado en ciencias informáticas, Janet vive en las cercanías de Miami, Florida.
[01]. Por favor, remítete al mapa que se proporciona al principio de este capítulo para orientarte con las ubicaciones antiguas a medida que vayas leyendo. (N. de la E.)
Fragmento del prólogo de 1978 y un artículo inédito, escrito en 1982, «El 12.º planeta: El libro como relato»
Como saben las lectoras de Sitchin, a la hora de explicar el campo temático que constituye el centro de su obra –los alienígenas en la antigüedad y las civilizaciones antiguas–, resulta un poco difícil hacer justicia en sólo unas cuantas frases. Para mucha gente, sus ideas son tan fantásticas que rayan lo estrafalario. Para otras personas, sin embargo, su obra es una impresionante combinación de piezas de puzle que él convirtió en una narrativa coherente y plausible, sustentada en evidencias físicas y textos de la antigüedad.
Cuando le digo a la gente que mi tío fue escritor y me preguntan qué escribía, comienzo explicando que investigaba sobre civilizaciones antiguas, y que publicó catorce libros antes de su fallecimiento en octubre de 2010. Esto le suele impresionar a la gente, y entonces les digo que su primer libro, El 12.º planeta, fue una obra de elaborada erudición, aunque fascinante, y que cuesta un poco leerse las primeras cien páginas debido a su denso enfoque académico. A continuación, añado que, con todo, vale la pena atravesar esas primeras cien páginas porque, después, una se encuentra con un material tan convincente y atractivo que ya no va a poder parar de leer. Es un libro que supone un antes y un después, un libro que ha transformado por completo la vida de muchas personas.
Después de todo esto es cuando empiezo a describir la premisa de la obra existencial de mi tío, cuando cuento el relato de los nefilim (como los llamó en su primer libro), quiénes eran, por qué vinieron a la Tierra y qué hacían aquí. El texto que viene a continuación, que fue el prólogo de la edición en rústica de 1978 de El 12.º planeta (publicada por Avon), ofrece, según las propias palabras de Sitchin, un resumen de los principales temas de El 12.º planeta. Es decir, te abrirá una ventana hacia su pensamiento y su cosmología; y, como tal, te servirá de plataforma para las ideas que irán apareciendo más tarde.
El Antiguo Testamento ha llenado mis días desde la infancia. En el momento en que se plantó la simiente de este libro, hace casi cincuenta años, yo no era en modo alguno consciente de los furiosos debates ya existentes entre los defensores de la evolución y los de la Biblia. Pero siendo un niño que estudiaba el Génesis en el original hebreo, yo mismo me busqué mi propia confrontación. Estábamos leyendo un día en el capítulo 6 del Génesis que, cuando Dios decidió destruir a la humanidad mediante el Diluvio, «los hijos de las deidades», que se habían casado con las hijas de los hombres, estaban en la Tierra. La palabra original hebrea con que se los designaba era nefilim, y la maestra nos explicó que esa palabra significaba «gigantes»; pero yo objeté: ¿acaso no significaba, literalmente, «Los que fueron arrojados desde las alturas», es decir, los que habían descendido a la Tierra? La cosa terminó con que me llevé una reprimenda, mientras la maestra insistía en que aceptara la interpretación tradicional.
En años posteriores, tras aprender las lenguas, la historia y la arqueología del Oriente Próximo de la antigüedad, el tema de los nefilim se convirtió para mí en una obsesión. Los hallazgos arqueológicos, y el desciframiento de antiguos textos y relatos épicos sumerios, babilónicos, asirios, hititas, cananeos, etc., vinieron a confirmar que las referencias bíblicas eran muy precisas en todo lo referente a reinos, ciudades, gobernantes, lugares, templos, rutas comerciales, objetos, herramientas y costumbres de la antigüedad. Si todo esto se aceptaba como real, ¿no iría siendo hora de aceptar las palabras de esos mismos registros antiguos cuando hablaban de los nefilim como visitantes que de los cielos habían venido a la Tierra?
En el Antiguo Testamento se afirma una y otra vez: «El trono de Yavé está en el cielo», «desde el cielo contemplaba el Señor la Tierra». El Nuevo Testamento hablaba de «Nuestro Padre, que está en el cielo». Pero la credibilidad de la Biblia se vio seriamente mermada con la llegada y la aceptación generalizada de la teoría evolutiva. Si el hombre había evolucionado, lógicamente no podría haber sido creado por una Deidad que, tras una larga reflexión, hubiera comentado, «Hagamos al Adán a nuestra imagen y semejanza». Todos los pueblos de la antigüedad creían en dioses que habían descendido a la Tierra desde los cielos y que podían elevarse de nuevo a los cielos a voluntad. Pero a estos relatos nunca se les dio credibilidad y fueron calificados por los expertos como mitos desde el mismo principio.
Los escritos del Oriente Próximo de la antigüedad, entre los que hay multitud de textos astronómicos, hablan claramente de un planeta desde el cual vinieron estos astronautas o «dioses». Sin embargo, cuando los expertos descifraron y tradujeron las listas de cuerpos celestes de la antigüedad hace entre cincuenta y cien años, los astrónomos aún no habían descubierto Plutón (cosa que hicieron en 1930). ¿Cómo iban a aceptar las evidencias de otro miembro más en nuestro sistema solar? Sin embargo, ahora que somos conscientes de los planetas que existen más allá de Saturno, ¿por qué no aceptar las evidencias antiguas sobre la existencia de un duodécimo planeta?
A medida que nos vamos aventurando en las inmensidades del espacio se va haciendo cada vez más oportuna la aceptación literal de las escrituras antiguas. Ahora que han llegado astronautas a la Luna, y que naves espaciales no tripuladas están explorando otros planetas, no nos resulta imposible aceptar que una civilización de otro planeta, una civilización más avanzada que la nuestra, fuera capaz de hacer aterrizar a sus astronautas en el planeta Tierra en algún momento del pasado.
De hecho, algunos autores de éxito han especulado con la idea de que construcciones antiguas como las pirámides y esculturas de piedra gigantescas debieron de ser creadas por visitantes tecnológicamente avanzados de otro planeta, pues qué duda cabe de que el hombre primitivo no había poseído tal tecnología. ¿Cómo podía ser, por ejemplo, que la civilización de Sumer floreciera aparentemente de la noche a la mañana hace casi 6000 años sin precursora alguna? El problema era que estos escritores no habían conseguido responder al cuándo, cómo y, por encima de todo, de dónde habían venido tales astronautas, motivo por el cual estas intrigantes preguntas no dejaban de ser especulaciones sin respuesta.
Han hecho falta treinta años de investigaciones, de retornar a las fuentes antiguas, de aceptarlas literalmente, para recrear en mi propia cabeza un escenario continuo y plausible de acontecimientos prehistóricos. De ahí que El 12.º planeta pretenda ofrecer al lector una narrativa que dé respuestas a las preguntas concretas de cuándo, cómo, por qué y de dónde vinieron. Las evidencias que aporto constan, principalmente, de los propios textos antiguos y de imágenes igualmente antiguas.
En El 12.º planeta he intentado descifrar una sofisticada cosmogonía que explique, quizás tanto como las modernas teorías científicas, cómo pudo formarse el sistema solar, cómo un planeta invasor fue captado por la gravedad del Sol y cómo la Tierra y otros miembros del sistema solar se generaron.
Entre las evidencias que ofrezco hay mapas celestes que nos hablan de vuelos espaciales hasta la Tierra procedentes de ese planeta, el duodécimo. A continuación, en secuencia, viene el dramático asentamiento de las primeras colonias en la Tierra por parte de los nefilim. Se dan los nombres de sus líderes; se describen sus relaciones, amores, celos, logros y luchas; y se explica también la naturaleza de su «inmortalidad».
Pero, por encima de todo, El 12.º planeta intenta rastrear los instantes trascendentales que llevaron a la creación del hombre y los avanzados métodos que utilizaron para lograrlo.
Después, explica las complejas relaciones que se desarrollaron entre los seres humanos y sus señores, y arroja nueva luz a la hora de interpretar los acontecimientos acaecidos en el Jardín del Edén, la Torre de Babel o el Diluvio. Por último, el hombre, dotado biológica y materialmente por sus creadores, termina cubriendo la Tierra y desplazando así a sus dioses.
Este libro sugiere que no estamos solos en el sistema solar y, sin embargo, puede fortalecer, en lugar de menguar, la fe en un Todopoderoso universal. Pues si los nefilim crearon al hombre en la Tierra, quizás no estuvieran haciendo otra cosa que cumplir con un Plan Maestro mucho más vasto.
Z. SITCHIN
NUEVA YORK, FEBRERO DE 1977
Sitchin se adentró aún con más detalle en el tema de El 12.º planeta en este artículo de 1982, «El 12.º planeta: El libro como relato». En él esboza los principales acontecimientos históricos, comenzando con la creación del cosmos, del sistema solar y de nuestro planeta, para luego hacer un resumen del proceso de desarrollo de la humanidad. A lo largo de este libro veremos con detenimiento los temas específicos que se enumeran en este esbozo, antes de cerrar el círculo al final de la obra formulando unas impactantes preguntas: ¿Está el Duodécimo Planeta regresando en su órbita hacia la Tierra? Como veremos, el Duodécimo Planeta pasa por las cercanías de la Tierra cada 3600 años, y se dice que las épocas en las que vuelve a las cercanías de nuestro planeta se caracterizan por un caos generalizado y por graves trastornos naturales en la Tierra, que es lo que parece que está ocurriendo actualmente.
Pero vamos a profundizar en el Duodécimo Planeta, dando así contexto a su posible regreso al planeta Tierra en un futuro cercano.
El 12.º planeta se basa enteramente en evidencias textuales y gráficas mesopotámicas que se remontan a la primera civilización conocida, Sumer, en el cuarto milenio.
Al mismo tiempo, en el libro se establecen paralelismos con el Antiguo Testamento, trasladando el libro del Génesis a un lenguaje más propio del siglo XX.
Despojado de sus extensos análisis y pruebas científicas, El 12.º planeta reinterpreta desde los términos de la era espacial la información que se transmitió en las escrituras antiguas:
La creación ddel sistema solar: Primero el Sol, Mercurio y un planeta llamado Tiamat; a continuación, Venus y Marte; luego, Júpiter y Saturno, Urano y Neptuno.
El cataclismo o «batalla Celestial»: La aparición procedente del espacio exterior de un gran planeta, atraído por el campo gravitatorio del sistema solar, hasta su colisión con Tiamat, al cual partiría en dos. De este modo se crearon el cinturón de asteroides, los cometas, la Tierra y la Luna.
El origen de la vida: El planeta invasor –el Duodécimo Planeta– fue el que trajo la vida al sistema solar. Su colisión con Tiamat depositó en la Tierra (el fragmento más grande de Tiamat) la simiente de la vida que portaba hace en torno a 3800 millones de años.
La realeza del cielo: Capturado por la gravedad del Sol, el Duodécimo Planeta realiza una órbita similar a la de los cometas, pero con una duración de 3600 años, regresando siempre al «Lugar del Cruce» entre Marte y Júpiter (una vez cada 3600 años). Se trata de un planeta radiante, que genera su propio calor y atmósfera. La vida evolucionó en él a lo largo de miles de millones de años. Hace unos cuantos millones de años, la evolución culminó en el Duodécimo Planeta con la producción de seres inteligentes y antropomórficos.
Una civilización que se supera a sí misma: La civilización se desarrolla. Aparecen ciudades, juzgados, palacios; ciencia, tecnología, exploración espacial. También se da toda la gama de las emociones «humanas»: amor, odio, envidia. Se desarrolla una serie compleja de directrices para la sucesión al trono. Los hijos superan a los padres, los hermanos luchan entre sí por el trono. Se dan todos los beneficios y todos los perjuicios materiales de una tecnología avanzada. Entonces, comienzan a escasear determinados minerales clave, algunos de ellos radiactivos, pero principalmente el oro, del cual depende su sofisticada electrónica. ¿Se asfixiará la civilización del Duodécimo Planeta?
Una mina de oro llamada «Tierra»: Mientras se desata una nueva lucha por el trono, el Duodécimo Planeta se aproxima «al cruce» entre Júpiter y Marte. Un soberano es depuesto, pero salva la vida huyendo en una nave espacial y tras realizar un aterrizaje forzoso en el planeta cercano, la Tierra. Él y el grupo que le acompaña descubren felizmente que la Tierra sustenta también vida, menos evolucionada, pero bastante similar a la del Duodécimo Planeta. También encuentran pepitas de oro en los lechos fluviales de la Tierra. Al cabo de nueve años del Duodécimo Planeta, el usurpador es finalmente depuesto. Los que escaparon son rescatados y regresan de la Tierra con muy buenas noticias: el mineral esencial está disponible y es fácil de conseguir… en la Tierra.
Aterrizaje en el planeta Tierra: «Los que vinieron cayendo antes» –así los llama el Génesis, los nefilim en hebreo– vuelven a la Tierra para hacerse con su oro. Mientras sus naves espaciales orbitan la Tierra, el primer grupo desciende en cápsulas espaciales y ameriza en el mar Arábigo, cerca del golfo Pérsico. Liderados por el ingeniero/científico jefe de los nefilim, se dirigen finalmente a la costa y se encaminan tierra adentro hasta alcanzar los límites de una zona pantanosa. Allí establecen la Estación Tierra I y la llaman ERIDÚ. Esto ocurre hace unos 445 000 años, cuando la Tierra se halla en plena glaciación.
Las ciudades de los dioses: La Tierra orbita al Sol 3600 veces, mientras que el Duodécimo Planeta orbita al Sol sólo una vez. Así, mientras en la Tierra pasan decenas de miles de años, para los nefilim la espera es corta en su escala temporal. La glaciación no tarda mucho en ceder el paso a un clima más cálido. Los nefilim establecen nuevos asentamientos: uno de ellos es un espaciopuerto, otro es un centro de control de misiones, otro más hace las veces de centro médico, en tanto que otro es un centro metalúrgico. Establecen las «ciudades» siguiendo un patrón que, desde arriba, desde el aire, adopta la forma de un corredor de aterrizaje en forma de flecha.
Las semillas del conflicto: La decisión de poner en marcha la Misión Tierra planta a un tiempo la semilla del conflicto, pues, entonces, el líder que aterrizó primero y fue por ello llamado EN.KI («Señor Tierra») queda subordinado a uno de sus hermanos (EN.LIL, «Señor del Espacio Aéreo») que llega a la Tierra para asumir el mando. EN.KI recibe ahora el nombre de E.A., «Señor de las Aguas», y como científico jefe que es, se le encarga a él y a sus «hombrespez» la tarea de extraer el oro de las aguas del océano. El cambio de mando siembra las semillas de un conflicto que, a partir de entonces, va a afectar tanto la suerte de los nefilim como la de los seres humanos. El sexo entre dioses y diosas, a un tiempo tierno y violento, va a traer consigo también sucesivos problemas.
La minería en el sudeste de África: El plan para extraer oro de los océanos fracasa y sólo queda una opción: extraer el oro de la tierra. El número de efectivos de los nefilim se incrementa hasta 600, y algunos de ellos son enviados al sudeste de África (¿Rodesia?) a extraer el oro. «Barcos hundidos» especiales –submarinos– transportan el mineral hasta el sur de Mesopotamia, donde se funde y refina, para luego sacarlo de la Tierra en una lanzadera que, desde el espaciopuerto, lleva su carga hasta una nave nodriza orbital una vez al año, según la escala temporal de los nefilim. Desde la nave nodriza se transporta el oro hasta el Duodécimo Planeta en su órbita de aproximación.
El motín de los anunnaki: Cuarenta años-nefilim después de su llegada a la Tierra –hace alrededor de 300.000 años terrestres–, las tropas mineras, los anunnaki («los que del Cielo a la Tierra vinieron») se amotinan con ocasión de una visita de EN.LIL a la región de extracciones. (Él había estado allí antes, cuando fue desterrado de Mesopotamia por haber violado a una joven enfermera, con la que posteriormente se casaría). Se creó un tribunal de investigación, pero la crisis era tan grave que el soberano del Duodécimo Planeta –padre de Enki y Enlil– se vio obligado a descender a la Tierra. Enlil exigió que se ejecutara al líder del motín, pero el resto se puso del lado de los amotinados, pues el trabajo en las minas era excesivamente duro.
La creación del hombre: Sin embargo, los trabajos de extracción debían continuar. Se propuso una solución: que NIN.TI –«la que da la vida»–, la nefilim que estaba al mando del servicio médico, creara «un trabajador primitivo». Para ello necesitaba la ayuda del científico jefe. «¡El Ser que buscas ya existe!», le dijo él. Obtuvieron los genes de un joven nefilim y los introdujeron en el óvulo de una homínida que habían capturado, una mujer-simio. A continuación, implantaron el huevo fertilizado en el vientre de una nefilim. Trabajaron sobre la base de ensayo y error, pues en el proceso se desarrollaron seres imperfectos. Finalmente, se consiguió un «modelo perfecto de hombre». Multitud de huevos fertilizados de forma similar se implantaron en multitud de mujeres nefilim, creando así muchos Adanes y Evas, los primeros Homo sapiens. En cuanto estuvieron preparados se les puso a trabajar en las minas del sur de África.
El Jardín del Edén: Al principio, Ea mantuvo a las nuevas criaturas en el País de las Minas, hasta que Enlil hizo transportar a algunas de ellas hasta Mesopotamia para que trabajaran en los campos, en el «Huerto del Edén». Para ello, hizo capturar a algunas de ellas por la fuerza, utilizando unas armas sofisticadas. La nueva criatura –un híbrido– no podía procrear, pero Ea vio en esto la ocasión para, frente a su dominante e inmisericorde hermano, ganarse un nuevo aliado en la Tierra: el Hombre. Como la serpiente bíblica, Ea manipularía posteriormente el código genético del Hombre para que pudiera procrear. (La palabra hebrea «conocer» significa copular con el propósito de tener descendientes). Tras obtener el Fruto del Conocimiento, Adán conoció a su esposa Eva y ella engendró a Caín, pero Enlil, furioso, los expulsó del Jardín del Edén, la morada de los dioses.
La humanidad antes del Diluvio: Pero la humanidad, tras ser arrojada y abandonada a su suerte, llevó consigo los conocimientos adquiridos: la cría de ovejas, la agricultura, la metalurgia. Caín y su linaje construirían ciudades al este de Mesopotamia, pero una serie de asesinatos condenaron a este linaje de la humanidad. Entonces, un linaje más puro se inició con Set y, en los días de su descendiente Enós, a la humanidad se le permitió regresar a la tierra de los dioses. Fue entonces cuando se inició el culto y el sacerdocio, y cuando se comenzaron a construir templos.
El preludio del desastre: En aquel tiempo, según el libro del Génesis y según sus orígenes sumerios, los hijos de los dioses comenzaron a cohabitar con las hijas del Hombre. Enlil montó en cólera ante lo que consideró una deshonra de la pureza racial de los dioses, viendo con ello una ocasión para liberarse de la humanidad a través de los cambios climáticos. Una nueva glaciación estaba en camino hace unos 75 000 años, y el clima se hizo más seco, más duro. Las cosechas se perdían, había hambrunas, y Enlil ordenó que se les retiraran los alimentos a los terrestres. Ea, en cambio, ayudó a la humanidad de forma clandestina, ofreciéndoles comida en forma de pescado. No obstante, la hambruna se difundió y comenzaron a darse casos de canibalismo. La humanidad quedó diezmada, pero subsistía.
El Diluvio: Los dioses huyen de la Tierra: Mientras dejaban perecer a la humanidad, los nefilim se vieron sacudidos por una sorprendente noticia. Su estación científica en el hemisferio sur informó que la capa de hielo que cubría la Antártida había comenzado a desplazarse, deslizándose sobre su propio fango. Los anunnaki, en la nave nodriza orbital, confirmaron el peligro: mientras el Duodécimo Planeta se aproximaba a la Tierra, su atracción gravitacional podría darle a la capa de hielo el empujón definitivo. ¡Y cuando la capa de hielo cayera en el océano, un inmenso tsunami arrasaría la Tierra!
Haciendo jurar a todos que guardarían en secreto la inminente calamidad y no darían cuenta de ella a la humanidad, Enlil ordenó a los nefilim que se prepararan para escapar de la Tierra en su lanzadera y dejaran perecer toda carne. Pero, una vez más, Ea frustró los planes de su hermano al revelarle el secreto a un terrestre fiel, «Noé». Le mostró cómo podría construir una nave sumergible, y le dijo que se metiera en ella y la sellara desde dentro cuando el cielo se iluminara con el despegue de la lanzadera, en el espaciopuerto, al norte. También le indicó que debería dirigir la nave hacia el monte Ararat.
Los papeles se invierten: Los dioses necesitan a los hombres: En su nave espacial en órbita terrestre, los dioses pudieron contemplar la desolación causada por el inmenso tsunami y las lluvias que lo acompañaron, lo que posteriormente llamaríamos el Diluvio. Los dioses lloraron, arrepentidos de haber dejado perecer a la humanidad. Y cuando las aguas se retiraron y los picos del monte Ararat emergieron, los dioses se dispusieron a aterrizar. Pero, para su sorpresa, se encontraron con Noé y su nave repleta de hombres, mujeres, niños, niñas y animales supervivientes. Noé encendió un fuego y asó carne de cordero, el alimento favorito de los dioses. La nave de Enlil aterrizó también… y se enfureció sobremanera. Pero el resto de los dioses le hicieron ver que aquello podría ser beneficioso para ellos. Tras quedar arrasado cuanto habían construido en la Tierra, los dioses iban a necesitar a la humanidad para sobrevivir allí. Enlil accedió finalmente, bendijo a Noé y a su esposa, se los llevó en su nave hasta la nave nodriza y desde allí hasta el Duodécimo Planeta. A los hijos de Noé se les enseñaron nuevas técnicas de agricultura y ganadería, y se les dieron semillas y herramientas (por ejemplo, el arado). La civilización –la civilización posdiluviana– iniciaba su camino. Era en torno al 11000 a. C.
De vuelta a Mesopotamia: Sin embargo, tanto la humanidad como los dioses tuvieron que permanecer durante un tiempo en las zonas elevadas de la región, pues los valles estaban cubiertos de lodo. Mientras el Duodécimo Planeta se acercaba de nuevo a la Tierra, hacia el 7500 a. C., los dioses y las diosas, en consejo, decidieron seguir adelante con el proceso civilizatorio del Hombre. Le enseñaron a domesticar animales, a construir moradas y a hacer cerámica y construcciones con arcilla. Después, en torno al 3800 a. C., dioses y diosas se reunieron nuevamente en asamblea y decidieron que había llegado la hora de regresar al sur de Mesopotamia, para reconstruir los emplazamientos antiguos tal como habían sido en el pasado. Entonces, de la noche a la mañana, emergió repentinamente la civilización de Sumer.
La humanidad alcanza el cielo: ¿Cuánta «civilización» –ciencia, tecnología– se le debería transmitir a la humanidad? En sus prisas por desarrollar esta nueva relación, los Elevados (que es el término que traducimos por «dioses») le enseñaron al ser humano astronomía, matemáticas, metalurgia, química y el arte de hacer construcciones elevadas. Se reconstruyeron las ciudades, en cuyo centro se elevaron los templos o moradas divinas. Cada zigurat disponía de un área restringida («sagrada») donde se situaban las Aves Divinas o «Torbellinos» (como el que vio Ezequiel). Los dioses vagaban por los cielos terrestres y hacían visitas a grupos humanos cada vez más dispersos. Pero la humanidad no podía comunicarse con tanta facilidad, por lo que el dios de la ciencia se confabuló con sus seguidores sumerios para llevar a cabo un arriesgado plan. En el centro de Mesopotamia seguía sin reconstruirse el espaciopuerto antediluviano, Bab-ili (Babilonia, la «Puerta de los Dioses»), la Babilonia primordial. Ea dio instrucciones a los terrestres sobre cómo reconstruir la torre de lanzamiento, la «Torre de Babel», y sobre cómo «elevar un Shem», un cohete espacial.
Pero los otros dioses, al percatarse de lo que podría suponer su plan, lo frustraron y, para prevenir futuras confabulaciones de los terrestres, confundieron la hasta entonces única lengua de los seres humanos en una multiplicidad de lenguas. Dispersaron a la humanidad y sus hábitats, dándoles la civilización del Nilo, y posteriormente la del río Indo, esparciendo a la humanidad en los cuatro rincones de la Tierra.
Pero, ¿dónde se halla ahora el Duodécimo Planeta?
En los escritos de la antigüedad, incluido el Antiguo Testamento, se habla del retorno del Duodécimo Planeta a las cercanías de la Tierra como de una época de terremotos y caos, seguida por una era de paz y armonía. Sería el llamado «Día del Señor» cuando el «Reino de los Cielos» regresaría a la Tierra.
El Duodécimo Planeta, según todos los cálculos, está regresando a nuestra zona del sistema solar.
¿Habrá lanzado ya su pueblo la nave espacial nodriza en dirección a la Tierra? ¿Serán los ovnis una avanzadilla de exploración para su futura visita a la Tierra?
Conoceremos las respuestas cuando los observatorios astronómicos dejen de buscar respuestas en galaxias lejanas y reorienten sus telescopios hacia las zonas del sistema solar que indicaban los sumerios.
Selección de El 12.º planeta (capítulo 2)
A medida que la arqueología ha ido profundizando en los orígenes de la humanidad y en las primeras civilizaciones, las evidencias han venido señalando a Sumer, en Mesopotamia, como el punto donde tuvo su inicio una civilización avanzada. Y, sin embargo, la antigua y sumamente sofisticada cultura sumeria se nos presenta de forma tan sorprendente como misteriosa, pues parece que hubiera surgido de la nada. ¿Cómo apareció esta avanzada sociedad y qué civilizaciones pudo haber antes de ella? Zecharia Sitchin se ocupa de esto en el capítulo 2 de su primer libro, El 12.º planeta.
Comenzamos con los reinos de Babilonia y Asiria, que evolucionaron en la Mesopotamia antigua mucho antes de los tiempos de Cristo. Las culturas babilónica y asiria florecieron en torno al 1900 a. C. y se prolongaron durante, más o menos, 1500 años. Estos dos reinos fueron precedidos por otro reino llamado Acad. Pero, cuanto más se profundiza, más evidente se hace que el reino de Acad tenía ya una rica raíz cultural, uno de cuyos elementos fue una lengua preacadia –la primera lengua escrita– a la que se denominó sumerio.
En este capítulo, Sitchin nos lleva a través de los distintos logros y las proezas tecnológicas y artísticas de la cultura sumeria, que englobaba disciplinas tales como las matemáticas, la arquitectura, la metalurgia y la medicina, por nombrar unas pocas. El nivel de sofisticación de esta cultura no tiene parangón, y es inexplicable… a menos que aceptemos la idea de que estos pueblos antiguos quizás recibieran sus avanzados conocimientos de una cultura o culturas muy sofisticadas que les precedieron en el tiempo. Recurriendo a textos antiguos para respaldar su cada vez más amplia línea de investigación, Sitchin se centró en los orígenes primitivos y enigmáticos de esa civilización situada en el sur de Mesopotamia.
Durante mucho tiempo, el hombre occidental ha creído que su civilización era el legado de Roma y Grecia, pero los mismos filósofos griegos dijeron en repetidas ocasiones que su saber lo habían extraído de fuentes aún más antiguas. Más tarde, los viajeros que volvían a Europa después de pasar por Egipto hablaban de imponentes pirámides y de ciudades-templo medio enterradas en la arena, custodiadas por extrañas bestias de piedra llamadas esfinges.
Cuando Napoleón llegó a Egipto en 1799, hizo a algunos de sus eruditos que fueran para que estudiaran y explicaran aquellos antiguos monumentos. Uno de sus oficiales encontró cerca de Rosetta una losa de piedra en la que había inscrito un edicto de 196 a. C. escrito en la antigua escritura pictográfica egipcia (jeroglíficos) así como en otros dos alfabetos diferentes.
El desciframiento de la escritura y la lengua del antiguo Egipto, junto con los esfuerzos arqueológicos que siguieron, desvelaron al mundo occidental que había existido una gran civilización en aquel lugar mucho antes del advenimiento de la civilización griega. Las anotaciones egipcias hablaban de dinastías reales que comenzaban alrededor del 3100 a. C., dos milenios antes del inicio de una civilización helénica que, alcanzando su madurez entre los siglos V y IV a. C., era más una advenediza de última hora que una engendradora de civilizaciones.
¿Acaso el origen de nuestra civilización se encontraba en Egipto?
Por lógica que pudiera parecer esta conclusión, los hechos militaban en contra. Los eruditos griegos hablaban de visitas a Egipto, pero las antiguas fuentes de conocimiento de las que hablaban se encontraban en algún otro lugar. Las culturas prehelénicas del Egeo –la cultura minoica de la isla de Creta y la micénica de la Grecia continental– ofrecían evidencias de que había sido una cultura de Oriente Próximo, y no la egipcia, aquélla de donde había bebido la cultura griega. Siria y Anatolia, y no Egipto, eran las principales avenidas a través de las cuales había llegado hasta Grecia una civilización aún más antigua.
Al darse cuenta de que la invasión dórica de Grecia y la invasión israelita de Canaán, que siguió al éxodo de Egipto, tuvo lugar casi al mismo tiempo (alrededor del siglo XIII a. C.), los estudiosos comenzaron a descubrir cada vez más similitudes entre las civilizaciones semitas y helénica. El profesor Cyrus H. Gordon (Forgotten Scripts; Evidence for the Minoan Language) abrió nuevos horizontes a la investigación al demostrar que una primitiva escritura minoica, llamada Lineal A, parecía pertenecer a una lengua semita. Gordon llegó a la conclusión de que «el diseño (a diferencia del contenido) de las civilizaciones hebrea y minoica es, en gran medida, el mismo», y señaló que el nombre de la isla, Creta, deletreado en minoico como Ke-re-ta, era muy similar al de la palabra hebrea Ke-re-et («ciudad amurallada»), y tenía su homólogo en un relato semita de un rey de Keret.
Incluso el alfabeto griego, del cual derivan el alfabeto latino y el nuestro, proviene de Oriente Próximo. Los mismos historiadores griegos de la antigüedad escribieron que un fenicio llamado Cadmo («antiguo») trajo el alfabeto, que constaba del mismo número de letras, y en el mismo orden, que el alfabeto hebreo; aquél era el alfabeto griego que existía cuando tuvo lugar la guerra de Troya. Más tarde, ya en el siglo V a. C., el poeta Simónides de Ceos elevó el número de letras a 26.
Se puede demostrar fácilmente que la escritura griega y la latina, y, por ende, los cimientos de la cultura occidental, provienen de Oriente Próximo sólo con que comparemos el orden, los nombres, los signos e, incluso, los valores numéricos del alfabeto original de Oriente Próximo con los muy posteriores griego y latino (fig. 4).
Los estudiosos conocían, cómo no, los contactos que tuvieron los griegos con Oriente Próximo en el primer milenio a. C., contactos que culminaron con la victoria de Alejandro Magno sobre los persas en 331 a. C. Las crónicas griegas contenían mucha información acerca de aquellos persas y de sus tierras (que más o menos se correspondían con las del Irán de hoy en día). A juzgar por los nombres de sus reyes –Ciro, Darío, Jerjes– y los nombres de sus deidades, que parecen pertenecer a la rama lingüística indoeuropea, los estudiosos llegaron a la conclusión de que formaban parte del pueblo ario («señorial»), que apareció en algún lugar cercano al mar Caspio a finales del segundo milenio a. C., y que se expandió por el oeste hasta Asia Menor, por el este hasta la India y por el sur hasta lo que el Antiguo Testamento llamó las «tierras de los medos y parsis».
(1) «H_», transliterado normalmente como «H» por hacerlo más sencillo, se pronuncia, en lenguas sumeria y semita, como «CH» en el escocés o alemán «loch».[02]
(2) «S·», transliterado normalmente como «S» por hacerlo más sencillo, se pronuncia, en lenguas sumeria y semita, como «TS».
Figura 4
Sin embargo, no todo era tan sencillo. A pesar del supuesto origen foráneo de los invasores, el Antiguo Testamento los trata como parte integrante de los sucesos bíblicos. Ciro, por ejemplo, estaba considerado como un «Ungido de Yavé», una relación bastante inusual entre el Dios hebreo y alguien no hebreo. Según el bíblico libro de Ezra, Ciro era consciente de su misión en la reconstrucción del Templo de Jerusalén, y afirmaba que actuaba por orden de Yavé, al cual llamaba «Dios del Cielo».
Ciro y el resto de los reyes de su dinastía se llamaban a sí mismos aqueménidas, por el título adoptado por el fundador de la dinastía, Aquemenes (Hakham-Anish). Y éste no era, precisamente, un título ario, sino uno completamente semita que significaba «hombre sabio». Por lo general, los estudiosos no han investigado los muchos lazos que podrían apuntar a similitudes entre el Dios hebreo Yavé y la deidad de los aqueménidas llamada «Señor Sabio», al cual representaban cerniéndose en los cielos dentro de un globo alado, como se muestra en el sello real de Darío (fig. 5).
Figura 5
Se tiene por demostrado que las raíces culturales, religiosas e históricas de los antiguos persas se remontan a los primitivos imperios de Babilonia y Asiria, cuyo auge y caída están registrados en el Antiguo Testamento. Al principio, se tuvo por dibujos decorativos los símbolos que constituyen la escritura grabada en los monumentos y sellos aqueménidas. Engelbert Kampfer, que visitó Persépolis, la antigua capital persa, en 1686, describió los signos como «cuneados», o impresiones con forma de cuña. Desde entonces, se conoció a esta escritura como cuneiforme.
A medida que se fueron descifrando las inscripciones aqueménidas, se fue haciendo evidente que estaban escritas de la misma manera que las inscripciones encontradas en las antiguas obras y tablillas de Mesopotamia, las llanuras y las tierras altas que se extienden entre los ríos Tigris y Éufrates. Intrigado por tan dispersos descubrimientos, Paul Emile Botta se puso en camino en 1843 para dirigir la primera excavación arqueológica, tal como se entiende en nuestros días. Seleccionó un lugar en el norte de Mesopotamia, cerca de la actual Mosul, llamada ahora Jorsabad. Botta no tardó en establecer que las inscripciones cuneiformes nombraban a aquel lugar como Dur Sharru Kin. Eran inscripciones semitas, en una lengua hermana de la hebrea, y el nombre significaba «ciudad amurallada del rey justo». Nuestros libros de texto llaman a este rey Sargón II.
Esta ciudad, la capital del rey asirio, tenía como centro un magnífico palacio real cuyos muros estaban decorados con bajorrelieves; unos bajorrelieves que, si se hubieran puesto uno detrás de otro, se habrían extendido a lo largo de casi dos kilómetros. Dominando la ciudad y el recinto real, había una pirámide escalonada llamada zigurat, que servía como «escalera hacia el cielo» para los dioses (fig. 6).
El diseño de la ciudad y de las esculturas retrataba una forma de vida de grandes magnitudes. Los palacios, los templos, las casas, los establos, los almacenes, las murallas, los pórticos, las columnas, los adornos, las estatuas, las obras de arte, las torres, las rampas, las terrazas, los jardines, todo, se terminó en solo cinco años. Según Georges Contenau (La Vie Quotidienne a Babylone et en Assyrie), «la imaginación se tambalea ante la fuerza potencial de un imperio que pudo hacer tanto en tan breve lapso de tiempo», hace unos 3000 años.
Para no ser menos que los franceses, los ingleses aparecieron en escena en la persona de sir Austin Henry Layard, que estableció su lugar de trabajo Tigris abajo, a unos dieciséis kilómetros de Jorsabad. Los habitantes de la zona lo llamaban Kuyunjik; y resultó ser la capital asiria de Nínive.
Figura 6
Los nombres y los sucesos bíblicos comenzaban a recobrar vida. Nínive fue la capital real de Asiria bajo el mandato de sus tres últimos grandes soberanos: Senaquerib, Asaradón y Assurbanipal. «En el año catorce del rey Ezequías subió Senaquerib, rey de Asiria, contra todas las ciudades fortificadas de Judá», dice el Antiguo Testamento (II Reyes 18, 13), y cuando el ángel del Señor acabó con su ejército, «Senaquerib partió y, volviéndose, se quedó en Nínive».
En los montículos en los que Senaquerib y Assurbanipal construyeron Nínive, se descubrieron palacios, templos y obras de arte que sobrepasaban a los de Sargón. Pero no se ha podido excavar la zona en la que se cree que se encuentran las ruinas de los palacios de Asaradón, dado que, en la actualidad, se erige allí una mezquita musulmana en donde se supone que está enterrado el profeta Jonás, aquel que fuera tragado por una ballena por negarse a llevar el mensaje de Yavé a Nínive.
En las antiguas crónicas griegas, Layard había leído que un oficial del ejército de Alejandro había visto un «lugar de pirámides y ruinas de una antigua ciudad», ¡una ciudad que ya estaba enterrada en tiempos de Alejandro! Layard la desenterró también, y resultó ser Nimrud, el centro militar de Asiria. Fue allí donde Salmanasar II levantó un obelisco en memoria de sus expediciones y conquistas militares. En este obelisco, exhibido ahora en el Museo Británico, hay una lista de los reyes que fueron obligados a pagar tributo, entre los cuales figura «Jehú, hijo de Omri, rey de Israel».
¡Una vez más, las inscripciones mesopotámicas y los textos bíblicos se confirmaban entre sí!
Asombrados por las cada vez más frecuentes corroboraciones arqueológicas de los relatos bíblicos, los asiriólogos, que es como se les acabó llamando a estos investigadores, se fijaron en el capítulo décimo del libro del Génesis. En él, Nemrod, «un bravo cazador delante de Yavé», es descrito como el fundador de todos los reinos de Mesopotamia.
Los comienzos de su reino fueron:
Babel, Erek y Acad, ciudades todas ellas en tierra de Senaar.
De aquella tierra procedía Assur, que edificó Nínive, una ciudad de amplias calles,
Kálaj y Resen, la gran ciudad que está entre Nínive y Kálaj.
Y lo cierto es que había montículos entre Nínive y Nimrud a los que los lugareños llamaban Calah. Entre 1903 y 1914, varios equipos dirigidos por W. Andrae excavaron la zona y descubrieron las ruinas de Assur, el centro religioso de los asirios, además de su capital más antigua. De todas las ciudades asirias mencionadas en la Biblia, sólo queda por ser descubierta Resen, cuyo nombre significa «brida de caballo»; quizás fuera el lugar en donde se encontraban los establos reales de Asiria.
Más o menos por la misma época en la que estaba siendo excavada Assur, los equipos dirigidos por R. Koldewey estaban completando la excavación de Babilonia, la bíblica Babel, una vasta extensión de palacios, templos y jardines colgantes, con su inevitable zigurat. Y no pasó mucho tiempo antes de que algunos objetos e inscripciones desvelaran la historia de los dos imperios que habían competido por el control de Mesopotamia: Babilonia y Asiria, uno en el sur y otro en el norte.
Con sus ascensos y caídas, con sus luchas y su coexistencia, ambas conformaron lo más elevado de la civilización a lo largo de unos 1500 años, surgiendo las dos a la luz alrededor de 1900 a. C. Assur y Nínive fueron finalmente capturadas y destruidas por los babilonios en 614 y 612 a. C. respectivamente. Y, tal como habían predicho los profetas, la misma Babilonia tuvo un infame final cuando Ciro el Aqueménida la conquistó en 539 a. C.
Aunque fueron rivales a lo largo de toda su historia, sería difícil destacar diferencias significativas entre Asiria y Babilonia, tanto en cuestiones culturales como materiales. Aun cuando Asiria llamaba a su dios supremo Assur, y Babilonia aclamaba a Marduk, los panteones eran, por lo demás, virtualmente iguales.
Muchos museos en el mundo tienen entre sus piezas más valiosas los pórticos ceremoniales, los toros alados, los bajorrelieves, las cuadrigas, herramientas, utensilios, joyas, estatuas y otros objetos hechos de todos los materiales imaginables que se han ido extrayendo de los montículos de Asiria y Babilonia. Pero los verdaderos tesoros de estos reinos fueron sus registros escritos: miles y miles de inscripciones en escritura cuneiforme entre las que hay cuentos cosmológicos, poemas épicos, historias de reyes, anotaciones de templos, contratos comerciales, registros de matrimonios y divorcios, tablas astronómicas, predicciones astrológicas, fórmulas matemáticas, listas geográficas, textos escolares de gramática y vocabulario, y los no menos importantes textos en donde se habla de los nombres, la genealogía, los epítetos, las obras, poderes y deberes de los dioses.
El lenguaje común que formó el lazo cultural, histórico y religioso entre Asiria y Babilonia era el acadio, la primera lengua semita conocida; semejante, aunque anterior, al hebreo, el arameo, el fenicio y el cananeo. Pero los asirios y los babilonios nunca afirmaron haber inventado su lengua o escritura; de hecho, en muchas de sus tablillas hay una nota final en la que se dice que ese texto es una copia de un original más antiguo.
Entonces, ¿quién inventó la escritura cuneiforme y desarrolló aquella lengua, con su precisa gramática y su rico vocabulario? ¿Quién escribió esos «originales más antiguos»? ¿Y por qué tanto asirios como babilonios llamaban a su idioma acadio?
La atención se concentró una vez más en el libro del Génesis. «Los comienzos de su reino fueron Babel, Erek y Acad». ¡Acad! ¿De veras existió una capital real anterior a Babilonia y a Nínive?
Las ruinas de Mesopotamia han aportado evidencias concluyentes de que, realmente, hubo una vez un reino llamado Acad, establecido por un soberano mucho más antiguo que se llamaba a sí mismo sharrukin («soberano justo»). En sus inscripciones, decía que su imperio se extendía, por la gracia de su dios Enlil, desde el mar Inferior (el golfo Pérsico) hasta el mar Superior (se cree que se trata del Mediterráneo). Y alardeaba de que «en los muelles de Acad amarraban naves» de distantes tierras.
Los estudiosos se quedaron petrificados. ¡Se habían encontrado con un imperio mesopotámico en el tercer milenio a. C.! Aquello significaba un salto –hacia atrás– de unos 2000 años, desde el Sargón asirio de Dur Sharrukin al Sargón de Acad. Y, encima, los montículos que fueron excavados sacaron a la luz literatura y arte, ciencia y política, comercio y comunicaciones –toda una civilización– mucho antes de la aparición de Babilonia y Asiria. Obviamente, aquélla era la civilización predecesora y origen de las posteriores civilizaciones mesopotámicas; Asiria y Babilonia no eran más que ramas del tronco acadio.
Pero el misterio de una civilización mesopotámica tan antigua se hizo aún más profundo cuando se encontraron unas inscripciones en las que se hablaba de los logros y la genealogía de Sargón de Acad. En ellas se decía que su título completo era «Rey de Acad, Rey de Kis», y se expresaba que, antes de ascender al trono, había sido consejero de los «soberanos de Kis».
¿Acaso hubo, pues –se preguntaron los estudiosos–, un reino, el de Kis, aún más antiguo que el de Acad?
Y, una vez más, los versículos bíblicos fueron significativos.
Kus engendró a Nemrod,
que fue el primero que se hizo prepotente en la tierra. […]
Los comienzos de su reino fueron
Babel, Erek y Acad.
