Cronofobia - Sergio C. Fanjul - E-Book

Cronofobia E-Book

Sergio C. Fanjul

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Beschreibung

En un mundo que acelera sin descanso, aprender a vivir el tiempo es un acto de resistencia.     Este libro aborda la cronofobia, ese vértigo cotidiano al paso del tiempo. Sergio C. Fanjul parte de sus propias vivencias para iluminar un mal común: la dificultad de habitar un presente que se desvanece entre la memoria del pasado y la incertidumbre del futuro. En estas páginas se entrelazan el ensayo y la experiencia íntima, la ciencia y la filosofía, para explorar la aceleración de la vida contemporánea, la nostalgia que impregna nuestra cultura, la forma en que recordamos y el tabú de la muerte.     Cronofobia es una invitación a mirar de frente nuestra relación con el tiempo y a comprender que no se trata solo de una experiencia íntima, sino también política: el terreno donde se juega la posibilidad de recuperar un ritmo propio frente a las exigencias de la prisa y la productividad. Con sensibilidad y lucidez, Fanjul despliega su fuerza narrativa para mostrarnos que otra forma de habitar el tiempo es posible, más humana y menos sometida a la urgencia.

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Seitenzahl: 422

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sergio C. Fanjul

CRONOFOBIA

 

 

 

© del texto: Sergio C. Fanjul, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: noviembre de 2025

ISBN: 979-13-87833-40-4

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: Hendrick Andriessen, Skull Rose and Carnation

Maquetación: El Taller del Llibre

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila,

65 08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

 

 

Para Liliana y Candela, que hacen que surcar el tiempo merezca la pena.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

INTRODUCCIÓN

1. EL MIEDO AL TIEMPO. LA CRONOFOBIA

2. EL TIEMPO SENTIDO. LA MENTE Y EL CUERPO

3. EL TIEMPO MEDIDO Y PENSADO. LA CIENCIA Y LA FILOSOFÍA

4. EL TIEMPO VITAL. LA EDAD

5. EL TIEMPO PASADO. LA MEMORIA

6. EL TIEMPO PERDIDO. LA NOSTALGIA

7. EL TIEMPO ACELERADO. EL AJETREO

8. EL TIEMPO FUTURO. EL FIN DEL MUNDO

9. EL FIN DEL TIEMPO. LA MUERTE

EPÍLOGO

Guide

Cubierta

Título

Start

INTRODUCCIÓN

¿Os dais cuenta de cómo pasa el tiempo? ¿Os dais cuenta de que ya hemos llegado hasta aquí, a este momento, y que todo lo demás se ha evaporado? ¿Qué ha sido del tiempo pasado? Es más, ¿qué es esa cosa llamada tiempo? ¿Por qué no podemos controlarla? ¿No es desesperante?

Estas son algunas de las preguntas con las que comencé a atosigar a mis amigos en torno a los 14 años. En aquella época, a mediados de los años noventa, mi padre se moría de tanto beber y yo pasaba de la Educación General Básica al Bachillerato. Dejaba de ser un niño para ser otra cosa que todavía no sabía lo que era y mi vida social sufría las extrañas metamorfosis que suele sufrir la vida social en esas latitudes vitales. Una metamorfosis solo comparable a la que sufría mi cuerpo y, por ende, mi mente: fue entonces cuando comencé a vivir experiencias cronófobas.

Me empezaban a preocupar cosas extrañas, como que las fotografías solo retratasen el pasado, ya fuera ese pasado de cinco días o de cinco años, pero nunca el futuro. Que los espacios que habitábamos permaneciesen más o menos igual, como la Catedral de Oviedo, de piedra impertérrita desde el siglo XVI, pero que las personas y las relaciones entre ellas fueran mutando constantemente. Que se pudiese volver a un lugar, pero nunca a un tiempo. Que mi madre fuese envejeciendo cuando nunca antes me había percatado de ese envejecimiento: eso quería decir que algún día se iba a morir. Y yo también.

Pasada la infancia borrosa, para mí desgraciada, pero para otros felizmente estática y atemporal, comenzaba a tener una conciencia más concreta de mí mismo y, sobre todo, de la vida. Es decir, del tiempo. Fue cuando empecé a notar que, en efecto, el tiempo pasaba y pasaba como una máquina que iba triturando el futuro dejando apenas unas ruinas a su espalda. Algunas imágenes perdidas, algunas sensaciones que se recuperaban mediante un olor fortuito al entrar en una estancia o al mojar una magdalena en una taza de té, muchos huecos en los calendarios pretéritos, una vaga sensación de ser una persona continua y no un ser deshilachado sobre el marchar de los relojes. Todo lo cual se iba a perder un día para siempre.

Mis amigos, como correspondía a nuestra edad, llenos de ruido y de furia adolescente, con ganas de comerse el mundo sin mirar hacia los lados, me decían que en qué demonios estaba pensando: que me dedicase a vivir. Que eso molaba. Desde entonces me debato entre vivir de forma inconsciente y tranquila o sufrir porque sé que ahora estoy vivo, pero que no voy a estar vivo para siempre (lo cual también sería insoportable). ¿Cómo soportar el continuo tictac de la existencia?

Trato la cronofobia en este libro. El miedo al paso del tiempo, es decir, el miedo al tiempo, porque el tiempo lo único que hace es pasar. Quizás el fundamento de todos los libros sea la cronofobia, porque tal vez todos seamos cronófobos sin notarlo. El tiempo es fugaz y cualquier ejercicio de escritura es una expresión cronófoba: la necesidad de fijar algo, una idea, un recuerdo, una historia, contra el implacable paso del tiempo. La escritura es comunicación, pero también es necesidad de trascendencia. Como la Catedral de Oviedo.

En adelante exploro los síntomas de mi cronofobia, pero también las ideas que los seres humanos han desarrollado para comprender esa cosa incomprensible que es el tiempo. Las teorías científicas, filosóficas o culturales en torno al tiempo. La aceleración contemporánea que aumenta a cada rato la velocidad vital y que hace desaparecer el tiempo libre. Me intereso por los fenómenos de la memoria, por la nostalgia que caracteriza nuestra época y por las visiones que podemos albergar del futuro cuando el futuro parece abolido. La concepción del tiempo depende en cada época de las concepciones culturales y los procesos históricos, el tiempo está condicionado por la tecnología, la economía y la política. Y, de hecho, es una cuestión política la forma en la que organizamos nuestro tiempo de vida, es decir, nuestra vida, y por eso ahí se abre un campo para el estudio y la reivindicación de otros ritmos temporales. La revolución temporal es la gran revolución del tiempo propio contra el tiempo del trabajo, de las obligaciones impuestas, de la explotación, el tiempo que tiene las manos de otros encima y que nos aprisiona: es la revolución más hermosa que podemos imaginar. Al final voy a dar a la muerte, qué nervios, a donde nuestras vidas van a dar igual que los ríos van a dar a la mar, que es el morir. Porque tal vez el miedo al paso del tiempo no esconda más que el muy comprensible y muy humano miedo a la muerte.

La sociedad contemporánea, sostengo, es de naturaleza cronófoba. Se nota en sus relaciones difíciles con el futuro abolido y la nostalgia creciente ante pasados que parecen dorados pero que seguramente no lo fueron. Se nota en la creciente aceleración que invade todos los ámbitos de la existencia. Se nota en los continuos debates en torno a la memoria o la absurda obsesión con la innovación, que con frecuencia confundimos con el genuino progreso. Es como si no supiéramos gestionar los aspectos temporales de la existencia de manera saludable. Se nota, por supuesto, en el oscuro tabú en torno a la muerte.

En este libro mezclo diferentes materiales, algunos divulgativos, otros autobiográficos, otros poéticos o periodísticos, para transitar el género del ensayo y tratar de sacar algo en claro en cuanto al plano temporal que nos atraviesa. Ensayo en el sentido de ensayar, probar, intentar, divagar, en el sentido fluido y cambiante de Michel de Montaigne, que se inventó el género desde una torre cerca del Burdeos del siglo XVI y, también con Montaigne, en el sentido de tratar de conocerme a mí mismo: «Yo mismo soy el contenido de mi libro», escribió el francés.

Cronofobia es un título sonoro, también misterioso, hay veces que me parece hermoso y otras horrendo. A Álvaro Palau, editor de Arpa junto a su padre, Joaquín, le encantó cuando se lo pronuncié, en la primavera del año 2023, tomando un refresco en una terraza de la Feria del Libro de Madrid (es preciso decirlo, fijar en la memoria aquella mañana soleada).

Yo quería escribir un libro sobre la cronofobia, pero un libro que no fuera como el rígido tiempo newtoniano, que va siempre hacia delante con paso militar, sino un libro que fuera como el tiempo extraño de la física moderna, como el tiempo que albergamos en nuestra mente, como los relojes blandos de Dalí: un tiempo elástico y reverberante, un tiempo raro. Yo quería escribir un libro lleno de meandros e intrusiones, un libro con muchas cosas que fueran una sola cosa, un libro raro.

Este libro es ese libro y trata sobre mis intentos infructuosos de comprender el tiempo.

1

EL MIEDO AL TIEMPO. LA CRONOFOBIA

Donde el autor expone el miedo y la perplejidad que le produce el paso del tiempo, los comparte con una estrella del pop rock nacional y los experimenta en una de las mejores pinacotecas del mundo.

Como vivo cerca del Museo del Prado casi nunca lo visito. Es el desinterés que nos provoca lo extraordinario cuando, a pesar de extraordinario, es cotidianamente accesible. Si viviera a 500 kilómetros estaría deseando pasarme allí la vida entera, admirando esas obras que he contemplado desde niño impresas en libros de texto y postales, entre lanzas, garrotazos y jardines habitados por pequeños monstruos. Sin embargo, está tan cerca, me resultaría tan fácil acudir cada tarde a pasar diez minutos admirando un solo cuadro (como dicen que visitan los museos los verdaderos entendidos), que nunca lo hago. Ya iré mañana, me digo, pero mañana nunca llega. Por eso al Museo del Prado, más que los vecinos, acuden los turistas. Pero hoy voy a ir. Hoy voy a salir a la calle e ir al Museo del Prado. Esta mañana voy a visitar el Museo del Prado porque el Museo del Prado es un contenedor de tiempo. Y voy a dar cuenta por escrito de la obsesión del cronófobo.

La gran pinacoteca, hogar de algunas de las obras más importantes de la Historia del Arte, se yergue a unos 15 minutos de mi casa. Recorro, sorteando a los camareros de las terrazas, la calle Argumosa, espinazo festivo del barrio de Lavapiés, subo por Doctor Fourquet, repleta de galerías de arte, cruzo la plaza que precede al museo Reina Sofía, donde por las tardes, como si fuera un pueblo, los niños juegan a la pelota, desemboco en la glorieta de Atocha (llamada, en realidad, de Carlos V) y ya enfilo el paseo del Prado donde se encuentra el museo desde 1819, esperando a que yo salga de casa un día como hoy y vaya a visitarlo.

Es el jueves 17 de octubre del año 2024. Es importante decirlo: un día único que nunca más se repetirá en la historia del Universo. Me siento flex, aunque ha llovido por la mañana como si el mundo fuera una canción de los Smiths. He desayunado un sándwich mixto y un descafeinado con leche sin lactosa y sacarina (una bebida caracterizada por sus ausencias) en el restaurante cafetería Pando, que fue, ya no sé, un lugar de encuentro de los restos festivos de la noche y los taxistas insomnes. Es preciso decirlo. Es preciso hablar de ese sándwich mixto. Es preciso poner marcas en el calendario para saber que hemos vivido, que el tiempo ha estado relleno de cosas que han merecido la pena. El pasado es un fantasma, hay que completarlo con la realidad de este sándwich bikini, de este queso fundido que forma hilos gomosos al separar los dos triángulos de pan tostado, de este ciclamato que gotea sobre el vaso de café, de los coloridos carteles que muestran, muy artísticamente, el aspecto de los platos combinados.

Llego al Prado un rato después: ¿20 minutos? 20 minutos llenos de mínimas particularidades que ya nunca se repetirán, de configuraciones particulares entre las infinitas combinaciones que cabrían en la realidad. Observo ahora a los visitantes que esperan en la cola, hambrientos de arte al menos por un día, algunos entusiasmados por la aventura del viaje, otros perdidos, como siempre, en las entretelas de sus smartphones. Deslizan el pulgar sobre la pantalla como quien reza un rosario. Anoraks, capuchas, fachalecos, atuendos adecuados para lucir en Instagram o para deambular por el centro de Madrid rastreando experiencias, carcomiendo la vida vecinal con la eclosión turística. Ha salido el sol, pero es un sol de otoño.

No hay mucha gente esta mañana. Paso ahí unos cuatro minutos (es preciso decirlo) y consigo una entrada a cero euros con mi carné de prensa. Vengo a escribir sobre el museo, claro, vengo a tratar de captar la realidad tridimensional y plasmarla secuencialmente sobre la página plana. Es inevitable que se produzca un lost in translation, porque la realidad es múltiple y la escritura solo una, pero luego esa escritura levanta castillos de naipes en la mente del que lee, según qué mente sea. Lo más notorio es que vengo a captar este tiempo, este rato del día 17 de octubre de 2024, y a encapsularlo en palabras para su posterior reproducción en otro tiempo del futuro. Un tiempo que será diferente para cada lector. Mañana o el año que viene, tal vez nunca. Y que cada lector estirará o encogerá a su antojo. Pero que remitirá inevitablemente a este día, ya salvado para siempre. Un escritor, pongamos Rafael Chirbes, habla de un bolígrafo BIC en una entrada de sus diarios y ese humilde bolígrafo, salido de cualquier bazar o quiosco, un día anodino perdido en la memoria, es rescatado para siempre de la nada que dejamos a la espalda. Un sándwich, un café descafeinado, una cola de turistas, tampoco demasiados.

Supero ahora un elegante puesto de helados de coco, yogur y chocolate vegano, que ha puesto el propio museo como una extensión de su cafetería, y que, dada la climatología, a nadie parece interesar. Hoy no está el músico con sombrero de paja que suele vender CD sobre la funda de su guitarra. Entro por la Puerta de Sabatini. Son las 10.52 de la mañana, es preciso decirlo. Este museo lleva aquí 205 años, también es preciso decirlo. Se levantó en tiempos de Carlos III para ser un Gabinete de Ciencias Naturales y albergar los prodigios que se recolectaban por todo el mundo en aquella época de explotaciones y descubrimientos. Pero luego, con su nieto Fernando VII, se volvió pinacoteca.

Qué extraño es pensar eso. Qué extraño es pensar que toda la gente que vivía en la faz de la Tierra cuando este museo se puso en pie ahora está muerta. Solo quedan algunos nombres del pasado, sobre todo grandes hombres, reyes, generales, pintores, pocas mujeres, como se ve en las colecciones. El museo sigue aquí, puede tocarse, como un mascarón de proa surcando los océanos del tiempo. Igual que persisten las ciudades. Escenarios construidos hace muchos, muchos años: vivimos en los cascos viejos, en los ensanches decimonónicos, en los barrios obreros levantados en la segunda mitad del siglo XX, pero no apreciamos el escenario anacrónico, porque estamos acostumbrados a vivir en una materialidad de tiempos diversos. No vestimos ropas de los años veinte, cuando se terminó la Gran Vía, sería extravagante, pero podemos vivir en edificios de esa misma época sin que nadie nos mire raro. Más bien al contrario.

Después de pasar airosamente los rayos X (hoy no llevo armas) giro a la derecha y me adentro en las entrañas del museo, paso una zona de librería donde se venden impresos a Tiziano, a Vermeer, a Caravaggio (ese asesino) y continúo caminando hasta una de mis galerías favoritas donde se exponen obras de temática histórica. Observar obras históricas es como pasear por la ciudad, también transitamos una multiplicidad de tiempos: el tiempo presente en el que las observamos, pero también el tiempo en el que el cuadro fue pintado, pero también el tiempo en el que sucedió la escena, y quién sabe si también otros tiempos, los tiempos en los que el cuadro viajó, se almacenó o se restauró, la cantidad de días que lleva aquí colgado a la vista, a veces interesada, a veces meramente instrumental, de quien lo mira. Eso sin contar un tiempo muy particular de los museos: el de los guardas de sala, que se pasan horas y horas mirando cómo la gente mira al arte y tratando de que no lo destruya: su tiempo mental, especulo, tiene que transcurrir de otra manera, como la mente de un monje zen, para soportar una tarea tan monótona.

Michel Foucault se interesó por la dimensión temporal de los museos: el pensador francés formuló el concepto de heterotopía para referirse a aquellos espacios que funcionan con reglas distintas a las del resto del mundo. En el Prado los objetos se convierten en reliquias y se exhiben o conservan de un modo que sería impensable fuera de ese contexto. Pero, para Foucault, los museos (fundados en los siglos XVIII y XIX, momento de gran fascinación por la historia y el tiempo) son, ante todo, heterotopías temporales: lugares donde se almacena tiempo, se congela, se encapsula, lugares que están fuera del fluir cotidiano del tiempo. Ahora yo estoy en esa heterotopía.

El 11 de diciembre de 1831 el general Torrijos fue fusilado en las playas de Málaga. Antonio Gisbert recreó la escena en un enorme cuadro que pintó en 1888, las olas, la arena, al fondo un pueblo y las dos torres de una iglesia. Ahora los observo: una fila de hombres, liberales, leales a la reina Isabel II, que esperan la muerte (más tarde hablaremos de la muerte) con el pelo al viento y el gesto adusto de los que enfrentan el fin con dignidad. A algunos les están vendando los ojos, otros ya los tienen vendados. Torrijos, con patillas largas, agarra de la mano a los dos compañeros contiguos. Me gusta mucho el abrigo que luce Torrijos en el cuadro, yo me compré uno así en Zara, pero no pardusco sino azul marino, con doble abotonadura, con solapas y entallado en la cintura. Ya no encuentro otro igual. Me gustaría tener un abrigo como el del general Torrijos que da elegancia y estiliza la figura, lo malo es que a Torrijos le van a fusilar con sus amigos liberales. En otras épocas el liberalismo fue algo así como la izquierda que se enfrentó con los viejos poderes del Antiguo Régimen. Ahora ya es otra cosa, porque el flujo temporal también transforma las nociones políticas. Hay aquí tres tiempos, el del fusilamiento, el de la pintura, el de mi visita al museo. 1831. 1888. El 17 de octubre de 2024, hoy, que amaneció lloviendo, cuando llevé a la niña a la escuelita y luego me comí un sándwich que generaba hilos de queso gomoso. ¿Qué se piensa cuando estás a punto de morir?

Llevo cerca de media hora en el museo, es preciso decirlo, es preciso que quede aquí plasmado contra el tiempo. Continúo caminando, salgo de esta galería donde he admirado a Juana la Loca velando el cuerpo de Felipe el Hermoso, donde muere Séneca al lado de la batalla de Trafalgar, donde también mueren de amor los amantes de Teruel, donde todo muere todo el rato y el tiempo hace un remolino absurdo, y me encamino a la sala de las pinturas negras de Goya, donde se reúne en la penumbra cierto ajetreo.

Qué miedo: brujas, machos cabríos, muchos turistas, un perro semihundido, viejos siniestros, hostias a garrotazo limpio, el tono lúgubre de estas pinturas al borde de la locura. Al fin, entre las cabezas independientes y los grupos de estudiantes, veo lo que he venido a ver, los ojos desorbitados de un gigante que devora un cuerpo inerte, ya decapitado a mordiscos. Es su hijo.

El gigante es Saturno, es decir, Cronos, es decir, el Tiempo, el titán que devora a sus hijos, aunque sus hijos sean dioses: Hades, Poseidón, Hestia, Deméter, Hera y Zeus que es escondido por su madre y regresa para vengarse y tomar el trono del Olimpo. Cronos, el tiempo que nos cría y nos devora, el monstruo de ojos saltones del que no podemos escapar. Me está mirando. Me va a comer.

Son las 11.27 del 17 de octubre de 2024 y el tiempo no se para.

*

Síntomas: La continua sensación de que el tiempo se me escapa. El continuo cálculo de los años que me quedan por vivir (según la esperanza de vida media del Instituto Nacional de Estadística). La comparación de mi edad con la edad de los demás: ¿qué estaba yo haciendo con esa edad o qué estaré haciendo cuando la alcance? Una comparación que se extiende a los personajes de las películas, a los tertulianos, a los músicos, a los diputados, a las personas que me cruzo por la calle. La tristeza durante las fiestas, porque sé que inevitablemente van a llegar a su fin. La continua sorpresa por el tiempo que ha pasado respecto a cualquier cosa. El inicio de la pandemia, el fin de la universidad, mi llegada a Madrid, la muerte de mi madre, el nacimiento de mi hija. El continuo cálculo de la diferencia de edad que habrá entre mi hija y yo durante los años próximos. O qué edad tendrá ella cuando yo tenga una edad que considere razonable para morir. El miedo a morir antes. O el miedo a morir cuando sea que me muera. El horror ante la inexistencia de eso que llamamos ahora. El agobio porque las horas no dan para hacer todo lo que me propongo o me proponen o me obligan a hacer. El agobio por tener la agenda de mañana repleta de tareas. El agobio porque la siguiente tarea se acerca: ya solo quedan tres horas, ya solo quedan dos horas, ya solo queda una hora, ya solo queda un minuto. Ya pasó. El agobio. El aliento gélido de la muerte.

*

Agorafobia: miedo a los espacios abiertos. Hafefobia: miedo al contacto físico con otras personas. Coulrofobia: miedo a los payasos. Xantofobia: miedo al color amarillo. Uranofobia: miedo al cielo. Somnifobia: miedo a dormir. Dorofobia: miedo a los regalos. Escopofobia: miedo a ser mirado. Aracnofobia: miedo a las arañas. Talasofobia: miedo al mar. Sexofobia: miedo al sexo. Necrofobia: miedo a las cosas muertas. Eritrofobia: miedo a sonrojarse. Crematofobia: miedo al dinero. Brontofobia: miedo a las tormentas. Enoclofobia: miedo a las multitudes. Micofobia: miedo a los hongos. Hoplofobia: miedo a las armas de fuego. Amaxofobia: miedo a conducir. Gerascofobia: miedo a envejecer. Hematofobia: miedo a la sangre. Macrofobia: miedo a las esperas. Emetofobia: miedo a vomitar. Crisofobia: miedo al oro. Dentofobia: miedo a ir al dentista. Claustrofobia: miedo a los espacios cerrados. Ciberfobia: miedo a los ordenadores. Docefobia: miedo al fin del mundo. Hexakosioihexekontahexafobia: miedo al 666, el número de la Bestia.

Diagnóstico: Cronofobia. Miedo al paso del tiempo. O miedo al tiempo, porque el tiempo solo tiene un atributo: pasar.

*

La prestigiosa Clínica Mayo define así las fobias: «Un miedo extremo a objetos o situaciones que suponen poco o ningún peligro, pero que provocan gran ansiedad, por lo que el afectado intenta no acercarse al objeto de su fobia. A diferencia de la ansiedad pasajera que puedes sentir al dar una conferencia o al rendir un examen, las fobias específicas permanecen un tiempo largo. Sin tratamiento, las fobias específicas suelen durar toda la vida».

A mí la cronofobia me la diagnosticó Google (no tengo ni idea de la fecha) cuando inserté mis síntomas en el buscador. Apareció una lista de páginas web que describían mis síntomas con total exactitud y los bautizaban con esa palabra. Cronofobia. (Inciso: antes Google informaba del tiempo que le llevaba hacer una búsqueda, milésimas de segundo, una valiosa información para el cronófobo; en algún momento, a saber cuándo y por qué, ha dejado de hacerlo). Así que hay muchas fobias que atenazan la mente humana. Las hay muy raras y por eso a la gente le divierte conocerlas, para ver lo rara que es otra gente. La cronofobia no es muy común en las listas de fobias, quizá sea, pues, de las más raras, cosa que me resulta incomprensible, porque estamos expuestos al tiempo de forma brutal. Pero a veces sí se incluye. Aquel día que busqué en Google encontré una palabra, que es una red que atrapa diferentes aspectos del mundo y los hacen manejables para la mente, como una sola cosa. Así podemos pensar mejor, manejar conceptos, hacer malabares, que es lo que me dispongo a hacer.

Una conocida revista estadounidense describía la cronofobia como el miedo al paso del tiempo, y ahondaba en ello: «Quienes la sufren sienten pánico a la idea de que los días, los años, los minutos y las horas pasan irremediablemente». La redacción es un poco deficiente, pero aun así comprensible. Quizá la palabra «pánico» sea exagerada, al menos en mi caso. Miedo, diría yo, sobre todo cierta obsesión. «Algunos cronofóbicos [yo hubiera escrito cronófobo] no pueden soportar ni la imagen de un reloj», añade. Algo exagerado, pero vivimos en tiempos de hipérbole. La cronofobia, además, tiene una particularidad que no contempla la definición de la prestigiosa Clínica Mayo cuando dice que las fobias «te provocan una gran ansiedad, por lo que intentas no acercarte a estas cosas». Y esa particularidad es la que hace que la cronofobia sea particularmente insidiosa: uno puede alejarse de las arañas o de los abismos, pero jamás puede alejarse del tiempo, del paso del tiempo, que siempre está ahí, de fondo, haciendo tictac. Por eso disfrutamos de actividades que nos hacen entrar en estado de flujo, olvidándonos del tiempo, o del consumo de drogas que nos saquen de nuestra temporalidad cotidiana y nos lleven a otras dimensiones estáticas y/o extáticas.

Se han registrado en la historia casos extremos de lo que yo consideraría cronofobia. Por ejemplo, de «pensamiento compulsivo referido al tiempo», como le sucedía a una paciente del psiquiatra Viktor Emil von Gebsattel (lo recoge Rüdiger Safranski en su libro Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir). «Tengo que pensar incesantemente que el tiempo pasa», decía la paciente, que no conseguía percibir los acontecimientos por sí mismos sino por el tiempo que duraban. «Cuando oigo piar a un pájaro, pienso: eso ha durado un segundo». Las gotas de agua le resultaban insoportables y la ponían furiosa, porque le hacían pensar: «Ahora ha pasado un segundo de nuevo, y ahora de nuevo un segundo». Nunca he llegado yo a esos extremos.

En cuanto a la tradición literaria, no se dan muchas referencias explícitas a la cronofobia. Hay una muy notoria, en Vladimir Nabokov, cuando escribe al comienzo de sus memorias Habla, memoria (más tarde hablaremos de la memoria), después de constatar que nuestra existencia es «una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas»: «Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado —la misma casa, la misma gente—, pero comprendió que él no existía allí, y que nadie lloraba su ausencia». Una vez me pasó algo parecido cuando, en un piso compartido en el que vivía cerca del Senado, en Madrid, encontré bajo el frigorífico una foto de los anteriores inquilinos celebrando una fiesta mexicana en mi casa, entonces suya: ¿Quiénes eran aquellos desconocidos que habían tomado mi cocina y no me habían invitado?

Por supuesto, la gran obra literaria en torno a la cronofobia, aunque no se cite explícitamente, es En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, un monumento literario al pánico a que la vida se evapore, al afán de dejar nota de lo que ha sucedido para que no se pierda en el tumultuoso océano del tiempo, a la nostalgia y a la memoria. Hablaremos mucho de Proust en las páginas que siguen.

En cualquier caso, ahora que sabía qué era eso que me pasaba, que me llevaba pasando tanto tiempo, ahora que sabía que se llamaba cronofobia (o al menos eso decía en algunas páginas web), podía pensar en mi condición (en mi cronofobia) de una manera más eficiente. Hubo un tiempo en que las cosas del mundo no tenían nombre y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo, escribió Gabriel García Márquez. Ese mundo de fantasmas anónimos había pasado para mí. Ahora, gracias a las tecnologías de la información, podía recordarlo yo y recordárselo a otros. Podía pensar más conceptualmente en mi ansiedad y explicársela a aquellos que la sentían alrededor. Al contar mis problemas con el tiempo por bares y restaurantes, la gente empatizaba. La gente decía «eh, a mí también me pasa eso». La gente a mi alrededor, y no solo en bares y restaurantes, sufría crisis de la mediana edad, miedo a la muerte, estrés constante, todo tipo de rozamientos con la crononormatividad, que es la forma en que la sociedad impone vivir el tiempo. Diagnostiqué por ahí a muchos cronófobos inconscientes de su trastorno. No sé si les salvé la vida, pero les di una palabra.

Cronófobos, pensé, somos todos.

*

El psicólogo Philip Zimbardo (famoso por su experimento de la cárcel de Stanford, en el que dividió a los alumnos entre prisioneros y guardianes con resultados desalentadores) estudió nuestra relación con el tiempo en su obra La paradoja del tiempo, en coautoría con John Boyd. Las personas, encontraron estos expertos, tenemos diferentes orientaciones en cuanto a la dimensión temporal. Es el Inventario de Perspectiva Temporal de Zimbardo (ZTPI, por sus siglas en inglés).

Orientación al pasado. Las personas orientadas negativamente hacia el pasado lo ven como fuente de remordimiento y trauma. En el lado bueno, tienen conciencia crítica y pueden aprender de la experiencia. En el lado malo, pueden ser víctimas de sentimiento de culpa, baja autoestima o depresión. Las personas orientadas positivamente hacia el pasado lo ven con gratitud y satisfacción, pero corren el riesgo de idealizar ese pasado y ser reacios al cambio.

Orientación al presente. Las personas orientadas al presente de manera hedonista tratan de vivir la vida a tope, en busca del máximo placer y las mejores experiencias, en una actitud acorde con el dogma económico y el espíritu de esta época. Puede ser problemático cuando estas personas caen en la irresponsabilidad o en las adicciones. Las personas orientadas al presente de forma fatalista tienen la sensación de que el destino está escrito y que no tienen demasiado control sobre su vida. La ventaja es poca: la aceptación de las cosas tal como son. Las desventajas tienen más envergadura: pasividad, desesperanza, apatía.

Orientación al futuro. Las personas que conciben un futuro orientado lo ven como un espacio que afrontar con determinación y planes para conseguir unas metas. En el lado bueno, esta orientación puede colaborar al éxito profesional (si no contamos todo lo de azaroso y de herencia que tiene eso que llamamos éxito), aunque puede conducir a procesos de estrés y ansiedad. Las personas que conciben el futuro de manera trascendental creen en una existencia más allá de la muerte, ya sea de forma religiosa o espiritual. La ventaja es que la vida parece tener un propósito y se genera una sensación balsámica ante el absurdo de la existencia. El riesgo es la negación de la vida presente en pos de ese ansiado futuro.

Como suele pasar cuando intentamos clasificar a los seres humanos, las categorías no son estancas: una persona puede participar en diferente medida de las diferentes orientaciones. Zimbardo recomienda buenas dosis de pasado positivo y futuro orientado, algo de presente hedonista, bajo presente fatalista y también bajo pasado negativo. En mi caso, mi perspectiva ante el tiempo estaría conformada por un cóctel de pasado positivo, presente hedonista y futuro orientado. Creo que es una combinación común en nuestro zeitgeist: mi visión del pasado tiene que ver con mi carácter nostálgico, común en estos tiempos de encerrona, mi visión del presente se relaciona con el capitalismo libidinal, que nos induce a llevar la vida más intensa posible, y también mi visión del futuro, lleno de metas, es congruente con los engranajes del sistema económico, que nos impele a crecer sin fin y romper los propios límites.

Nada especial: me resulta triste haber encontrado que mi relación con el flujo temporal es un producto de nuestros tiempos. Nunca mejor dicho.

*

Mikel Erentxun: el célebre músico de Duncan Dhu. Le entrevisté en las oficinas de su compañía discográfica con motivo del lanzamiento de su disco El último vuelo del hombre bala: había pequeños cruasanes sobre la mesa y Mikel lucía gorra de visera y aspecto juvenil, a pesar de que rondaba la cincuentena. Me cayó bien Mikel Erentxun, al que tanto había escuchado por ahí y al que nunca había imaginado entrevistar. Me gustaba su versión del There is a light that never goes out de los Smiths, y en persona me pareció un hombre sencillo y sonriente, muy cercano.

Contaba, sorprendido, que, de pronto, había pasado de ser un artista mainstream de radiofórmula, donde siempre se le había clasificado, para ser invitado a los festivales indies, donde, hipotéticamente, pacían los modernos y los adictos a las nuevas tendencias musicales (aunque cada vez menos porque las diferencias entre el mainstream y el underground, como la que hay entre alta y baja cultura, se estaban derrumbando). Lo llamado alternativo había perdido su prestigio y el underground, más que una posición ideológica, había quedado para quien no podía ser otra cosa.

En un momento de la entrevista, Mikel Erentxun me contó que le daba miedo el paso del tiempo y que, ahora que rondaba los 50, quién lo iba a decir, ese miedo se había acentuado. Le expliqué, orgulloso de mi conocimiento, que eso era cronofobia. «¿Se llama así lo que me pasa?», respondió sorprendido, aliviado de encontrar una palabra para ese sentimiento. Hizo una pausa y telefoneó a un ser querido, creo que a su pareja. «Ya sé lo que tengo», le dijo, «¡cronofobia!».

Luego comprobé en la prensa que lo siguió contando en otras entrevistas, como quien ha encontrado una revelación. Sentí cierto orgullo. Era el año 2019. Puede que mayo.

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Me pone nervioso la barra de carga con la que las máquinas nos informan del estado de los procesos: es ese rectángulo horizontal que se va rellenando de color de izquierda a derecha, a veces acompañado de un porcentaje creciente, 10 %, 45 %, 97 %, que no suele aumentar de forma lineal, sino con prometedores acelerones y desesperantes paradas. Me pone nervioso porque es una metáfora de nuestro avance por la existencia y del comportamiento caprichoso del tiempo que, igual que ese porcentaje, avanza y se detiene a trompicones.

Se atribuye la creación de esta barra de progreso (también se llama así, más tarde hablaremos del concepto de progreso) a Brad A. Myers, investigador de la Universidad Carnegie Mellon experto en la interacción humanocomputadora, que la describió en una ponencia de 1985 como una forma de templar la ansiedad de los usuarios y mejorar su experiencia en los entornos gráficos. Pero, como cualquiera sabe, las barras de carga no son fiables: algunas aceleran al principio para dar sensación de avance (al contrario que la vida humana, que es más lenta en sus comienzos; también lo veremos) y luego pueden quedarse encalladas en un inquietante 99 %. En muchos procesos informáticos es imposible estimar los tiempos de procesamiento, de modo que las barras no son más que un truco para tranquilizar… aunque a mí me intranquilizan, como me intranquiliza el mar.

En este primer capítulo comienza la barra de carga de este libro, que es un subconjunto de la carga de la vida del lector. ¿Qué porcentaje tenemos a nuestra espalda? Quién sabe: los tiempos vitales también son imposibles de estimar. Lo que también me gustaría estimar, como hacen algunos periódicos en línea con sus artículos, es lo que se tarda en leer este ensayo, pero no voy a engañar al lector con mi propia barra de progreso falsa como hacen esas máquinas traidoras. Esto es un comienzo: ya dispongo de mi diagnóstico de cronofobia. De aquí en adelante exploraré los vericuetos del tiempo, primero en sus dimensiones mentales y corporales. Sin prisa, pero sin pausa.

2

EL TIEMPO SENTIDO. LA MENTE Y EL CUERPO

Donde el autor, además de bajar a la oscuridad de una mina carbonífera, explora las diferentes maneras en las que experimentamos el tiempo y las formas en las que diferentes culturas lo han conceptualizado.

¿Qué es el tiempo?

«Si nadie me lo pregunta, lo sé, o por lo menos imagino saberlo. Pero si he de contestar a quien me lo pregunta, ya no lo sé».

AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones (398 d. C.)

«Según el Oxford English Dictionary, “tiempo” es el sustantivo más utilizado en lengua inglesa. Nuestras vidas transcurren en el tiempo, llevamos cuenta de él obsesivamente y luchamos contra él todos los días. Y, aun así, sorprendentemente, pocos podrían ofrecer una explicación de lo que es realmente el tiempo».

SEAN CARROLL, Desde la eternidad hasta hoy (2015)

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Entre el filósofo Agustín de Hipona y el físico y divulgador Sean Carroll median 15 siglos. Se hace evidente, sin embargo, al leer sus reflexiones, que el conocimiento humano sobre el tiempo no parece haber avanzado demasiado. Lidiamos con el tiempo cotidianamente, tenemos una noción íntima de lo que significa, nos ajustamos a sus ritmos como a los ritmos de un amo: es la dimensión sobre la que se extiende y articula nuestra vida. Y, sin embargo, no tenemos ni idea de lo que es, ni hemos aprendido a manipularlo de ninguna manera, ni a variar nuestro viaje a través. No podemos ralentizar el tiempo, no podemos viajar por el tiempo, no podemos doblar el tiempo, y a duras penas logramos aprovecharlo, utilizando libros de autoayuda o aplicaciones tecnológicas casi siempre infructuosas, que, más que aplacar la ansiedad, la hacen más insoportable.

«Somos el tiempo que nos queda», escribió el poeta Caballero Bonald, y eso mismo replicó el rapero Kase. O en una de sus rimas. Somos tiempo, pero somos incapaces de entender lo que somos. El tiempo: un extraño e inaprensible flujo en el que se enhebra la existencia. Una misma cosa, o varias cosas a las que le ponemos el mismo nombre, que se manifiestan de formas muy distintas. La pesadilla del cronófobo.

No es lo mismo, por ejemplo, el tiempo histórico, que el tiempo físico, que el tiempo psicológico, que el tiempo biológico. El tiempo nos dice muchas cosas: 1. Cuándo ocurre un evento. 2. Cuánto dura un evento. 3. Cuál es el orden en el que suceden los eventos. Usamos la palabra tiempo de manera flexible y polisémica, pero (tal vez por eso) no sabemos de qué estamos hablando cuando hablamos de tiempo.

El tiempo tiene una particularidad inexplicable que no tiene el espacio: mientras que en este podemos movernos hacia delante y hacia atrás, a izquierda y a derecha, de arriba abajo, en tres dimensiones; aquel es unidimensional: solo nos permite ir hacia delante, hacia el futuro (por eso se habla de la flecha del tiempo), y al ritmo que el propio tiempo marque. Todavía no existe una máquina del tiempo como la que imaginaron el escritor H.G. Wells y algunos físicos audaces, una que nos permita regresar al pasado o dar un brinco hacia el futuro. Siempre envejecemos, nunca rejuvenecemos, aunque nos compremos un coche deportivo al cumplir 50 años y gastemos un dineral en cremas antiaging con ácido hialurónico y retinol. El tiempo no se para, no se puede parar, siempre está corriendo. Por eso, a poco que uno se fije, resulta desesperante.

Una cosa es el tiempo físico, que ha descrito la cultura científica en diferentes concepciones, desde el rígido tiempo absoluto newtoniano, aquel reloj implacable y universal que regía el universo en la física clásica, a los tiempos más borrosos y elásticos de las dos ramas principales de la física moderna, la relatividad y la mecánica cuántica. Pero otra cosa es el tiempo, más cercano, por el que se rige nuestro cuerpo, el orden y el ritmo en el que los diferentes procesos fisiológicos, de manera inconsciente, comienzan y acaban cada día. Y otra cosa bastante diferente es el tiempo psicológico, el más íntimo de todos, ese que se forma en la conciencia y mediante el cual nos relacionamos con el mundo. Estamos en sus manos.

El tiempo no solo está fuera, sino que surge de una oscuridad que está muy dentro.

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Suena un chasquido cuando se cierra la puerta y empezamos a bajar a toda velocidad hacia las profundidades del planeta. A través de los barrotes de la jaula se ven pasar paredes de piedra oscura y la luz intermitente de las sucesivas galerías. A mi alrededor monos azules, cascos blancos, lámparas mineras, cuerpos apiñados. Descendemos al Pozo Sotón, a la orilla del río Nalón, en la localidad de El Entrego, Asturias. Lo llaman la catedral de la minería y a la entrada hay un grupo escultórico que simula la disposición geométrica de un cementerio. Son placas en honor a los miles de muertos en el ejercicio de la minería, por los derrumbes, por las explosiones de grisú, por la silicosis, esa enfermedad que, poco a poco, iba convirtiendo en piedra los pulmones.

Es el año 2019 (es preciso decirlo) y esta mina sigue en activo para labores de mantenimiento, aunque ya no se extrae carbón. La actividad minera en Asturias cerró el año pasado y ese cierre supuso un enorme cambio para la región: este escarbar la tierra para arrancar el negro mineral fue la base de la economía desde mediados del siglo XVIII, pero también uno de los pilares de su carácter. «Todo sale de la mina», se decía. De ahí salió el ferrocarril, la siderurgia, los astilleros, toda una industria subsidiaria, los puestos de trabajo y el fortísimo movimiento obrero asturiano, combativo, heroico y muchas veces torpe, la última vanguardia del proletariado. Con la mina todo esto acaba, pero también una cultura que vertebró las cuencas durante décadas, una identidad y una población, que escapa de estos lugares donde, entre las montañas escarpadas, la verde fronda y los cielos grises, es difícil ver el futuro. El Nalón ya no baja negro.

El Pozo Sotón tiene unos 560 metros de profundidad, que es la altura de un rascacielos de Manhattan (el Empire State Building mide 443 metros), por eso las cuencas asturianas son un Manhattan inverso horadado en el suelo y las montañas, interconectado, de unos 6.000 kilómetros de galerías: de aquí a Moscú, ida y vuelta. Por fin llegamos. Dejamos la jaula en la octava planta. Esto es la mina. No se ve a nadie, hay penumbra y humedad, se oyen ruidos a lo lejos. El carbón espera aquí desde el periodo Carbonífero, es decir, hace unos 300 millones de años. Mucho tiempo. Más tarde arrancaré un pedazo de carbón con un martillo neumático y me llevaré esa cosa tan antigua en una bolsa de plástico, probablemente la cosa más antigua que nunca me he llevado a casa, y no sabré dónde ponerla y la acabaré perdiendo.

Iniciamos el camino por las galerías principales acompañados de mineros («somos mineros, no guías», ha dicho Nuria) que nos hablan de trabajo duro, derrumbes y explosiones de grisú. En una de las galerías encontramos un pequeño agujero a la izquierda, entre el suelo y la pared, y los mineros nos invitan a introducirnos. Ahí empieza una chimenea que conecta dos galerías, la octava y la décima. Introducirse por estos pasadizos puede causar angustia a los claustrofóbicos. Algunos prefieren quedarse fuera y continuar dando un rodeo por lugares más practicables. Dentro, estamos entre cuatro paredes de piedra, en un tubo de un metro de lado, en el que se suceden los pedazos de madera que los entibadores han colocado para asegurarlo. Es una situación extraña: estamos a cientos de metros de profundidad, muy lejos de todo, muy lejos del mundo, en un espacio muy pequeño y agobiante, bajando en silencio (solo algunas exclamaciones de sorpresa, algunos jadeos de esfuerzo), entre la nuca de quien nos precede y los pies de quien nos sucede. Nos recomiendan, para evitar caídas, tener siempre tres de las cuatro extremidades aseguradas: solo un pie o una mano en el aire. Las luces de las lámparas en los cascos forman una fila expedicionaria, como luciérnagas desfilando. Bajamos, a veces de culo, por una pendiente pronunciada. Cuando llegamos a un tramo más llano, la minera Nuria pide que nos detengamos. Se agradece el descanso: tengo los cuádriceps muy tensos. Ahora Nuria nos pide que apaguemos las lámparas.

Nunca se vio una oscuridad tan perfecta. Aun con los ojos abiertos ningún fotón mancha la oscuridad circundante. El silencio es cuasiperfecto, solo interrumpido por las respiraciones de los compañeros, quizás el propio corazón, tal vez los latidos del planeta. Nada más. Así nos quedamos: en silencio y a oscuras, solos con nosotros mismos. Son apenas unos segundos, pero son místicos. Hay algo metafísico en esta oscuridad, en esta ausencia de todo lo que nos rodea, que es el mundo entero. Es como no existir. ¿Estamos realmente aquí? ¿Esto es la nada? ¿Así se vive la muerte? Es una experiencia propia del espacio profundo exterior, aunque estemos en el profundo espacio interior.

Cuando nada sucede lo único que sucede es el tiempo.

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Michel Siffre se sumergió en las profundidades para aprender más del tiempo. En 1962, cuando tenía 23 años, este espeleólogo francés se adentró sin reloj en la grieta de Scarason, una cueva al sur de los Alpes que él mismo había descubierto un año antes. Su misión era averiguar cómo se percibe el tiempo cuando nada sucede alrededor y no hay nada, ni siquiera el sol cruzando el cielo, para darnos idea de la hora. Eran los tiempos de la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que hacía soñar a los niños, ponía nerviosos a los militares y fascinaba a Siffre: el astronauta Yuri Gagarin había permanecido, por primera vez en la historia de la humanidad, 108 minutos en el espacio. Siffre se preguntó qué pasaría si permaneciésemos más tiempo en el espacio. Cómo afectaría a nuestra percepción del propio tiempo.

En vez de viajar al espacio exterior, el joven geólogo viajó hacia el espacio interior, como un intronauta viviendo una aventura propia de Julio Verne. Se estableció a 130 metros de profundidad, con víveres y artefactos para sobrevivir unas semanas: una tienda de campaña, ropa, latas de comida, un bloc de notas, un lápiz. Como la batería de la linterna era limitada, pasó la mayor parte del tiempo sentado a oscuras, a solas consigo mismo. Su única conexión con el exterior era un teléfono para comunicarse con sus ayudantes, que habían retirado la escalera para que Siffre no sintiera la tentación de escapar. Estaba atrapado, cara a cara con el tiempo.

El tiempo se convierte entonces en algo extraño. Cuando Siffre piensa que han pasado diez minutos, en realidad ha pasado más de media hora; cuando cree que ha pasado una hora, sus ayudantes le informan de que han pasado tres o cuatro. La diferencia entre el día y la noche desaparece, porque allí dentro la luz es siempre la misma y no es posible detectar de otra manera el giro de la Tierra. Todo es raro y esquivo, todo es incertidumbre. La existencia se hace borrosa y Siffre toma conciencia de ciertos ritmos establecidos que guían nuestra relación con el mundo. Sin embargo, lo que perciben los ayudantes desde fuera es de una regularidad pasmosa: los días de Siffre, ahí abajo, sin ninguna referencia externa, duran 24 horas y media, de las que pasa despierto 16. El geólogo ha bajado sin reloj, pero lleva un reloj dentro del cuerpo.

Cuando sacan a Siffre, el 14 de septiembre, el investigador cree que todavía no es el momento de salir, pero ya han transcurrido los 61 días previstos. Según sus cálculos llevaba solo 36. Su cuerpo tenía un reloj, pero su mente no. No hay un reloj dentro de nuestro cuerpo que nos permita saber la hora exacta, no hay una pantalla como la del radiodespertador que nos diga: «son las 7 y 27 otra vez». Uno puede estar toda una vida haciendo jornadas laborales de ocho horas, impartiendo clases de una hora, viendo episodios de 45 minutos, y, aun así, la mente no aprende, no es capaz de calcular estos tiempos. Seguimos teniendo que mirar el reloj, en la pared, en la muñeca, en el móvil, para saber cuándo es la hora de salir, cuando se acaba la clase, cuando, por fin, termina la jornada laboral.

En este experimento fundamental de la cronobiología, Siffre comprobó de primera mano la divergencia entre la percepción subjetiva del tiempo y su diferencia con los ritmos biológicos. Había encontrado evidencia clara de los ritmos circadianos (regulados por el núcleo supraquiasmático, en la base del cerebro, cerca del cruce de los nervios ópticos) y de que estos son, además, independientes de los estímulos exteriores. Albergamos un tictac autónomo que regula con notable precisión la presión sanguínea, la frecuencia cardiaca, la segregación de hormonas, el sistema inmunológico, los jugos gástricos, en definitiva, la actividad rítmica de nuestro cuerpo. El hambre, el sueño, la regeneración celular. Pero la experiencia de Siffre también mostró que, además del frío tiempo de los relojes y del preciso tiempo del cuerpo, hay otro tiempo de la mente, que no se acompasa a ninguno de los anteriores. El tiempo interno.

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Cuando empecé a vivir con Liliana (entonces me parecía que éramos mayores; ahora, en cambio, me parece que éramos jóvenes) me di cuenta de que, aunque vivíamos aparentemente juntos, aunque nuestras pieles se tocaban y dormíamos haciendo la cucharita, habitábamos mundos temporales paralelos que solo coincidían en ciertos puntos. Ella se despertaba fresca y alerta a unas horas muy respetables de la mañana, cuando cantaba el coro del alba en los árboles del balcón; yo tendía a despertarme más tarde, después de una dura lucha con las sábanas, que me atrapaban como los tentáculos de un monstruo lovecraftiano. De noche pasaba lo contrario: yo podía pasar tan fresco hasta la madrugada trabajando o viendo series, cantando en susurros con la guitarra, pero ella caía en los brazos de Morfeo prácticamente cuando se acababa el horario infantil de la tele. Era frecuente que, si poníamos una película, ella se quedase dormida como un pajarito en los primeros compases y yo no supiera si pulsar el stop para verla juntos en otro momento o seguir viéndola por mi cuenta, cometiendo una pequeña traición. Eran los dilemas que se me planteaban.

En ocasiones esta diferencia en nuestros ritmos era motivo de conflicto, porque yo no tenía demasiadas ganas de hablar en el desayuno, aún envuelto en las brumas del sueño, y ella solía insistir en recogerse pronto por las noches, cuando yo todavía estaba calentando motores en los bares de cañas para una gran aventura noctívaga. ¡Aguafiestas! Una de sus formas de sociabilidad favorita era desayunar con las amigas, cosa para mí inconcebible, que solo socializaba cuando las tinieblas cubrían el mundo. Un día, no recuerdo cuál, descubrí la razón de nuestros desvelos: ella se activaba por las mañanas, yo por las noches. Liliana era una alondra y yo era un búho. Teníamos diferentes cronotipos. Y tuvimos que aprender a aceptar con tolerancia y resignación el cronotipo del otro. Pero hay vida posible para las parejas intertemporales. Nuestra hija, lo siento, salió búho, como su padre, lo cual le causa a Liliana no pocos problemas.