Cruzando los dedos - Miki Berenyi - E-Book

Cruzando los dedos E-Book

Miki Berenyi

0,0

Beschreibung

LIBRO DEL AÑO según Rough Trade y Resident ENTRE LOS MEJORES LIBROS DEL AÑO SEGÚN Rolling Stone, Mojo y Sunday Times Las aclamadas memorias de Miki Berenyi de Lush, o los altibajos contados con una honestidad brutal de una superviviente del britpop de los 90. Hija de padres ausentes y bohemios, Miki Berenyi sufrió desde muy joven los frecuentes traslados y la oscura presencia de una abuela maltratadora, lo que acabaría desembocando en diversos trastornos. El camino para salir de este agujero fue la música. Junto con su amiga de la universidad Emma Anderson formó Lush, grupo que grabó desde finales de los 80 varios discos para el prestigioso sello 4AD entre el shoegaze y el britpop y alumbró algunos himnos del pop británico, pero que desapareció de manera fulminante tras el suicidio del batería Chris Acland en 1996. En sus memorias, Berenyi revive las agotadoras giras, las sesiones de grabación y la locura de la industria musical de los 90 en Gran Bretaña, y documenta el emocionante ascenso y la prematura caída de Lush. Pero, sobre todo, relata el conflicto entre su lenguaraz y provocadora personalidad pública y su fragilidad privada; la dificultad de ser una mujer en un mundo exasperantemente masculino y machista, y la lucha por encontrar un término medio entre el prestigio y las concesiones comerciales. Contada con franqueza y sin tapujos, un humor irónico y una honestidad emocional desgarradora, esta es la increíble historia de una mujer pionera y una banda seminal que supieron abrirse camino a pesar de las adversidades.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 573

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



miki berenyi

cruzando los dedos

Traducción de Iñigo García Ureta

Fingers Crossed: How Music Saved Me from Success

© 2022, Miki Berenyi

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Diseño y maquetación: Endoradisseny

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición: Julio de 2024

Primera edición digital: Julio de 2024

© 2024, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

[email protected]

www.editorialcontra.com

© 2024, Iñigo García Ureta, de la traducción

© Jurgen Ostarhild, VEGAP, Barcelona, 2024, del retrato de la autora de la cubierta

Todas las imágenes del interior son cortesía de la autora

ISBN: 978-84-10045-11-8

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Para Moose y Stella e Ivan

Índice

Introducción

Primera parte

1. Ivan

2. Yasuko

3. Un romance fortuito

4. Árbol hermoso

5. Nora

6. Un tipo atlético

7. Lo mejor de dos mundos

8. Demonios

9. Un viaje caótico

10. Miki Austin

11. Ir demasiado lejos

12. Rompiéndome por las costuras

13. Asimilación

14. Gracias por la música10

15. Emma

16. Casa de locos

17. Cortes de pelo y horrores

18.

Teenage Kicks

19. Dulces dieciséis

20. Obaachan, Okaasan

21.

Alphabet Soup

22. De cabeza

23. El salvavidas

24. Buenas noches, papá

Segunda parte

25. El chico de la camiseta de The Southern Death Cult

26. Al lío

27. Espabila de una puñetera vez

28. La nueva cantante

29.

Scar

y

Mad Love

30.

A good (sound) man(ager) is hard to find

32

31.

Sweetness and Light

32. De cara a la galería37

33. (Por qué no basta con mucho) dinero

34. Nuestro primer álbum

35. Amor y venganza

36. Dioses del bajo

37. Shoegaze

38. Conmoción en movimiento

39. Lollapalooza (bienvenidos al circo)

40. Lollapalooza (sobredosis de testosterona)

41. Problemas en casa

42. Ese complicado segundo álbum

43. Tíos que te joden

44. Todo se va al garete

45. La patada

46. Que le den al britpop

47.

Ladettes

48. Chupando pollas corporativas

49. Final de trayecto

50. Cae la oscuridad

51. Bis

Agradecimientos

Fotografías

Notas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Notas

Introducción

En su anécdota favorita, mi padre, muerto de risa, contaba cómo me forzó a salir de mi elemento a la tierna edad de dos años, arrojándome sin contemplaciones al Mediterráneo. Por desgracia para él, tras escuchar los sobresaltados gritos de mi madre en bikini, un grupo de musculosos bañistas truncó aquella expeditiva clase de natación y logró devolverme, histérica y aterrorizada, a la playa de arena. Según papá, la moraleja de la historia era que si mamá no hubiera montado semejante escándalo, yo habría tenido un brillante futuro como nadadora olímpica y no me habría pasado años y años atada a flotadores y manguitos, reacia a abandonar los dispositivos de flotación.

Este suceso parece encerrar gran parte de mi infancia: ahí está papá, empeñado en que corriera antes incluso de saber gatear; y mamá, desde una orilla lejana, espectadora impotente frente a una nueva exhibición machista; y yo misma, un decepcionante fiasco a la hora de mantenerme a flote (nunca mejor dicho) cada vez que me enfrentaba a un nuevo reto, confiando en que me rescataran unos extraños porque, aunque bienintencionados, mis propios progenitores no tenían ni puta idea de cómo educarme o mantenerme a salvo. También tenemos ahí todo el glamur y el drama: está el esplendor del mar Mediterráneo bañado por el sol; está papá, pavoneándose para evitar que unos desconocidos le den una somanta; está asimismo la damisela en apuros (mamá, no yo). Y cómo, una vez más, todo comportamiento temerario proporciona un excelente material para una historia pintoresca.

Al referirse a mi educación, papá se escudaba en su mantra —«siempre te he tratado como a una adulta»—, dando a entender que jamás se mostró condescendiente conmigo, que siempre confió en mis capacidades. Mamá adoptó otra estrategia: elogiarme por ser tan madura y competente, lo cual resultaba alentador, pero también le permitía renunciar a toda responsabilidad maternal, ya que al parecer me las arreglaba a las mil maravillas sin su ayuda. Mi respuesta fue adoptar como guía vital un topicazo, el de que «lo que no te mata te hace más fuerte», que asimismo puede interpretarse de dos maneras. Porque levantarse tras recibir una paliza para seguir intentándolo forja el carácter, qué duda cabe, pero cada experiencia atroz deja secuelas, y luego te toca cargar con las consecuencias e intentar recomponer lo que nunca debería haber ocurrido. Sea como sea, no hay nada más aburrido que el relato de alguien a quien se lo dieron todo mascado y alcanzó el éxito sin sobresaltos, así que espero que al menos mi historia resulte entretenida de leer.

Nunca quise formar parte de una banda de rock. No crecí estudiando solfeo ni cantando canciones en torno al piano; a decir verdad, mi familia no me llevaba a conciertos ni escuchaba nada que no fuera música ambiental. De niña, repartía mi atención entre las películas y los libros, el dibujo y la gimnasia. La música no me enganchó hasta la adolescencia, cuando, para encontrar consuelo y evasión, necesité algo más que distracciones infantiles y fantasías. La música me llenaba de esperanza, me entretenía: su ritmo y su ruido podían acentuar o reparar mi estado de ánimo; las letras me daban la seguridad de que alguien me entendía, o de que era posible sentirse mejor. Los intérpretes —gente de carne y hueso, no meros personajes de ficción— encarnaban todo un abanico de posibilidades: eran esas mujeres atractivas y seguras de sí mismas en las que soñaba convertirme; eran esos tipos sensibles y artísticos a los que algún día podría amar o ser amada; eran esos apasionantes y atractivos artistas con los que podría hacer buenas migas. Y si no las habían tenido todas consigo y sus trasfondos eran tristes o duros, entonces eso me daba esperanzas: tal vez yo también podría escapar de la mierda en la que estaba metida y acabar siendo algún día ensalzada y adorada.

Cuando empecé a ir a conciertos, me sumergía en la multitud, revolcándome entre los cuerpos sudorosos, latiendo al ritmo de las canciones. A menudo el moshpit se ponía violento, pero yo me sentía insensible a los golpes y me sorprendían los lunares purpúreos que me salían al día siguiente: hematomas en la piel como metáforas de los encontronazos. Me hechizaba ser subsumida, formar parte de algo mayor y más envolvente. Y si estar entre el público era tan maravilloso, qué decir de lo increíble que podría ser instigar todo aquello, tener el don y el poder de crear esa magia.

El milagro de la música, de toda creatividad, consiste en crear algo de la nada. Encadenar notas, añadir profundidad con las letras, insuflar vida a una canción tocándola con una banda, perfeccionarla durante el proceso de grabación y compartirla con el público, para luego difundir toda esa emoción, conexión y alegría... Todo eso nace en un dormitorio, con una guitarra y una voz. Así, una exprime felicidad de la tristeza, obtiene un billete de salida de la soledad y el desamparo, escapa de un mal lugar para abrirse camino hacia un lugar mejor.

En particular, eran los grupos con los que conectaba más. Nunca quise la vida del artista en solitario, célebre pero solo como la una. Anhelaba la camaradería de una banda. Una familia. Imagínate estar con tus compañeros, riendo, tocando música maravillosa para multitudes que se reúnen para celebrar juntos una gran fiesta. Nunca solos, siempre juntos y cuidándose los unos a los otros; singularmente apreciados y siendo queridos por lo que hacéis. Sé que todo eso son tonterías, ahora lo sé, pero en aquel momento me parecía un sueño que podía hacerse realidad.

Así que no fue un talento innato que quisiera mostrar al mundo lo que me impulsó a formar Lush. Más bien caí en la música, me aferré a ella como a un salvavidas. Conocer a Emma, formar parte del mundillo, unirme a una banda... lo que me llevó a seguir esta senda vital fue más una cuestión de suerte, oportunidad y necesidad que de ambición. Escapaba de la locura y el desorden de mi entorno infantil, atraída por un orbe que acogía, e incluso celebraba, a las personas dañadas. No me importaban gran cosa los aderezos del éxito: la fama mundial y la inmensa riqueza no estaban en mi agenda. Y nunca me ha atraído el culto a los héroes y a los genios solitarios. Lo que me inspiró a lanzarme a la batalla fue más bien mi carencia de fe en un talento innato y la ética punk-rock, según la cual basta con querer intentarlo. Solamente quería formar parte de algo, quería estar en el meollo, dispuesta, esperando lo mejor. Lanzarme al mar embravecido donde, cruzando los dedos, esta vez sí nadaré.

Primera parte

1Ivan

Llevada por papá mientras camina, me aferro a él como un mono, enroscándome en su pierna, chillando como un chimpancé. Él me coge de las manos y con los pies asciendo por su cuerpo hasta que doy una voltereta. Luego planto mis pies sobre los suyos y bailamos.

En verano, cuando papá está tumbado en el soleado jardín, leyendo y fumando sobre una manta, me recuesto sobre su espalda caliente, como Mowgli sobre Baloo.

En la piscina, tomo impulso apoyándome en la red que hace entrelazando los dedos y me arroja por los aires. Me aferro a sus hombros cuando se lanza a través del agua a toda velocidad. Nos sumergimos medio cuerpo.

En el coche, cuando doblamos la pronunciada curva de Sidmouth Road, me saca del asiento del copiloto y me sienta en su regazo, y yo conduzco el vehículo mientras él maneja los pedales. Es emocionante, pero debo reprimir el instinto de dar un volantazo y chocar contra el tráfico que viene de frente.

Papá levanta las palmas de las manos para que practique boxeo con él. Me dice que siempre golpee el torso y evite la cara, porque los puñetazos en el rostro rara vez dan en el blanco.

A veces me siento a horcajadas en su regazo y le planto besitos en la cara allí donde me señala. Papá me lleva a la cama sobre sus hombros; con los pies metidos bajo sus axilas y la cara hundida en su cuello, me agacho para evitar chocar con el marco de la puerta.

Mi padre, Ivan Paul Berényi, nació en 1933 y procedía de lo que él llamaba la «nobleza de los siete ciruelos», que en su jerga particular implicaba la pertenencia a una modesta burguesía que se daba unos vanos aires de grandeza. Sin embargo, las fotografías familiares enmarcadas del pequeño Ivan ataviado con un traje de marinerito y las referencias casuales de papá a los sirvientes de habla alemana sugieren un nivel de privilegio más allá del alcance de un ciudadano medio de aquella época. De hecho, a su madre, Nora (Eleonóra Vörös), le encantaba rememorar los glamurosos bailes y palacios vieneses que había frecuentado en su mocedad, donde según ella le habían llovido las propuestas de matrimonio de apuestos galanes de buenas familias. Tengo una foto de la universidad donde ella es la única mujer de la promoción, así que debió de ser una pionera, aunque, si de verdad pudo elegir partido, decantarse por mi abuelo, Paul Berényi, fue una mala decisión. Si bien la fabulosa fortuna de su familia lo convertía en una buena apuesta, Paul había sido, según papá, un jugador incorregible y un mujeriego al que sus imprudentes payasadas causaron tal desgracia y ruina que su propia familia y la de Nora lo enviaron a Australia con instrucciones de no volver jamás.

Aquella separación forzosa no pareció molestar mucho a Nora. Estaba contenta de haberse librado de un marido tarambana, y cuando hablaba de él lo ponía siempre de vuelta y media. Supongo que no se implicó de lleno en la educación de su hijo, ya que el pequeño Ivan acabó siendo mimado y agasajado por una legión de criados. Incluso la amenaza inminente de la Segunda Guerra Mundial tuvo su lado positivo en forma de animadas fiestas con oficiales nazis que venían de visita, militares deseosos de disfrutar de la hospitalidad de una villa familiar junto al lago en la «Riviera húngara». La abuela afirmaba que recibió numerosas ofertas de matrimonio de nazis de alto rango y les rompió el corazón a todos al rechazarlas, e insistía en que nunca hubiera podido «traicionar» a su hijo, signifique eso lo que signifique. Personalmente, no estoy convencida de que, mientras la sombra de la guerra se cernía sobre Europa, una madre soltera de treinta años fuera tan buen partido como aseguraba ella, y además Nora estaba resentida porque su vida social se había acabado con el estallido del conflicto armado y la derrota final de las potencias del Eje. A partir de entonces siguió siendo una acérrima e inconfesa admiradora de Hitler el resto de su vida.

De la infancia de mi padre en tiempos de guerra solo me han llegado detalles fugaces. La mayoría de sus anécdotas describían los horrores de la ocupación soviética: el crescendo de los gritos cuando los matones del Ejército Rojo iban casa por casa, violando a las mujeres y saqueando las propiedades; un primo herido de bala en la cabeza tras intentar escapar de un arresto; el tesoro fortuito de recoger una cáscara de naranja, desechada por un soldado que caminaba delante de él por la calle, que él y Nora utilizaron para preparar té durante una semana, y la suerte de haber sobrevivido de milagro a un aleatorio control de carretera en el que los peatones eran colocados a izquierda y derecha y los que estaban en el lado «equivocado» habían acabado siendo cargados en camiones para desaparecer para siempre.

Los recuerdos de adolescencia de papá se centraban en sus desengaños y frustradas ambiciones. Bajo el régimen comunista, el origen privilegiado de Ivan lo convirtió en un «desclasado» y le impidió seguir sus estudios en Literatura y Derecho. Su única opción fue asistir a la Facultad de Agricultura, consecuencia de un esfuerzo ideológico por convertirlo en un hijo de la tierra. Un empeño a todas luces infructuoso, ya que Ivan confesaba entre risas —y no sin cierto orgullo— su absoluta incompetencia para montar a caballo y dominar el arte de cultivar la tierra.

Al régimen, sin embargo, le gustaban los deportes. A todos los jóvenes se les ofrecía la oportunidad de participar en alguno y se les recompensaba si destacaban. Papá era un gran nadador, ya que durante su infancia había tenido acceso a las vastas aguas del lago Balatón, pero sus sueños de alcanzar el éxito deportivo como jugador de waterpolo (el equipo húngaro era mundialmente conocido) se vieron truncados cuando fue excluido de la selección nacional. A los diecisiete años se había casado con Zsuzsa, una compañera de colegio deslumbrada al principio por su inteligencia —al parecer, él había publicado una novela a los dieciséis años—, pero que rápidamente quedó desmoralizada al ver el callejón sin salida que les iba a deparar la vida en común.

El punto de inflexión se produjo durante una protesta estudiantil en las calles de Budapest. Lo que empezó siendo una animada reunión desembocó en tiroteos y matanzas, y al describir la revolución que siguió a todo aquello, Ivan se mostraba ora animado, al referirse a las batallas callejeras y el derribo de estatuas, ora sombrío, al describir el caos y la violencia practicada por cada bando y contar el horror que sintió al ver a un soldado soviético, más joven que él, al que la multitud enfurecida acabó matando a golpes. En mitad de aquel caos se respiraba un aire de esperanza triunfante que parecía anunciar la expulsión definitiva de los rusos. Pero no fue así. Papá maldeciría una y otra vez la falta de apoyo de británicos y estadounidenses, que, preocupados por la crisis del canal de Suez, dejaron en la estacada a aquellos revolucionarios justo cuando más lo necesitaban. Cuando los soviéticos redoblaron el control sobre su díscolo satélite, papá decidió abandonar Hungría, huyó a pie hacia la frontera y llegó finalmente a Gran Bretaña como refugiado.

Ivan siempre se mostró bastante agradecido de la acogida que recibió, aunque a menudo se burlaba de los «esnobs ingleses» y parecía albergar una oscura desconfianza hacia la izquierda obrera, de la que sospechaba que estaba aliada ideológicamente con sus aborrecidos rusos. En cualquier caso, para asimilarse a la vida en el Reino Unido debió de serle de gran ayuda ser europeo y de clase media, además de alto y guapo. Desde luego, debió de habérselo pasado en grande, acumulando hazañas con sus nuevos amigos y compañeros refugiados húngaros, temerariamente extasiados tras su peligrosa huida de la sombría Hungría del comunismo. Le sobraban las oportunidades y las aprovechó: se licenció en Filología inglesa por la Universidad de Bristol, donde se pagó los estudios trabajando como intérprete de húngaro. Con el tiempo, se abrió camino en el periodismo deportivo. Así fue como acabó en las Olimpiadas de Tokio en 1964, donde conoció a mi madre.

2Yasuko

Me aferro a las piernas de mamá, acobardada en presencia de extraños. Ella se agacha hasta ponerse a mi altura y me libra de mi ansiedad. Cuando esboza una sonrisa es como contemplar una flor.

Cantamos canciones infantiles y los temas pop de la radio. Me encanta verla, animada y felina, bailando y dando palmas al ritmo de la música: es como una pequeña y preciosa muñeca.

Cuando me presta toda su atención, disfruto de su calidez. Aunque cuando su atención se dirige a otra parte, experimento una punzada de celos. No soy especial, soy del montón. No es solo mía y tengo que esperar mi turno.

Las mujeres la encuentran dulce y encantadora, y en los ojos de algunos hombres veo una mirada protectora con la devoción de un cachorrillo.

Intento imitarla, pero carezco de su delicadeza y dulzura. Me muero porque algo de su belleza y encanto se refleje en mí, pero no veo indicios de ello; en comparación, soy torpe e inoportuna.

La adoro, sí, pero sospecho que yo la quiero más de lo que ella me quiere a mí.

Mi madre, Yasuko, vino al mundo en Manchuria, al noreste de China, que en el momento de su nacimiento, en 1943, era un estado títere del Imperio japonés. Mi abuelo, Sanji Oyamada, nació y se crio allí y, tras obtener el título de médico, atendió las necesidades facultativas del Ejército japonés estacionado en Shenyang y, más tarde, las del último emperador de la dinastía Qing, Puyi, que se había instalado como gobernante nominal.1 Más tarde, al ver El último emperador de Bertolucci, Sanji rebatió con ironía las tesis románticas de la película, afirmando que Puyi era gay y que su esposa y muchas de sus concubinas recurrían al opio para aliviar su frustración sexual.

Mi abuela materna, Tamiko, procedía de un entorno privilegiado, disfrutó de una educación privada y se licenció en Ciencias Domésticas por la Nihon Joshi Daigaku (Universidad Femenina de Japón). Cuando se trasladó a China para casarse con mi abuelo mediante el tradicional matrimonio concertado, Sanji adoptó el apellido Nagazumi de su esposa, en reconocimiento al estatus y las conexiones políticas de su familia política (su primo Torahiko Nagazumi era amigo íntimo y chambelán del emperador Hirohito). Mientras la Segunda Guerra Mundial hacía estragos por todo el mundo, la pareja crio a sus dos hijos —a mamá y a Atsushi, el primogénito— en los protegidos territorios del estado de Manchukuo, controlado por Japón.

Con la rendición de Japón en 1945 y el desmantelamiento de Manchukuo, muchos de los ciudadanos japoneses de la región acabaron en campos de refugiados. Ya fuera por la dureza del trauma infantil de perder a su madre a los diez años o simplemente motivada por un derecho nacido de su clase (según se mire), Tamiko pasó al modo de supervivencia y protegió a su familia de las atrocidades del Ejército Rojo invasor, haciendo un trato con la GPU (la Policía secreta soviética), a la que proporcionó alojamiento y comida en el seno de la casa familiar.2 Sanji siempre reconoció el ingenio de Tamiko para granjearse la protección de los oficiales rusos y afirmaba que, sin sus acciones, habrían muerto con toda seguridad.

Cuando volvió a cambiar el turbulento panorama político, los conocimientos médicos de Sanji fueron requeridos por Chiang Kai-shek, el jefe del Gobierno Nacional de China. Chiang, que se había educado en Tokio y había servido un par de años en el Ejército imperial japonés, protegía a su médico residente y, durante la retirada de las fuerzas de Mao Zedong en 1949, se ofreció a llevar a la familia a Taiwán, prometiéndoles un puerto seguro en Taipéi y una educación en América para Atsushi y Yasuko. Pero Tamiko, que ya estaba harta de vivir en el extranjero, insistió en volver a Japón y la familia huyó, malvendiendo la mayoría de sus bienes materiales para comprar un pasaje seguro en el último carguero que salía de China.

El padre de Tamiko había fallecido unos años antes y, como única heredera, heredó tierras en la provincia de Yamaguchi. Tras regalar la casa principal de Shimonoseki a la amante de su padre (Tamiko desaprobaba a las amantes en general, pero apreciaba que la de su padre lo hubiera cuidado durante sus últimos años), vendió el resto de los bienes para instalar a la familia en Kawaguchi, una pequeña ciudad de la provincia de Saitama, en la periferia norte de Tokio. Compraron una gran casa de dos plantas y construyeron una clínica médica con alojamiento anexo para el personal. Sanji vendió su cámara Leica y sus objetivos —uno de los pocos tesoros que había conseguido llevarse en su huida de China— a un alto mando de la base del Ejército estadounidense para financiar la compra de una máquina de rayos X. Con eso, el negocio familiar empezó a andar.

La pareja trabajaba de sol a sol. Había pocos médicos en la zona, por lo que las intervenciones quirúrgicas vespertinas y las guardias nocturnas estaban a la orden del día. Además de ocuparse de la casa, Tamiko gestionaba las finanzas de la clínica y controlaba los gastos. Pero la guerra había devastado gran parte de Japón y la vida de clase media de los Nagazumi contrastaba con la pobreza que sufrían la mayoría de sus vecinos de Saitama.

Esto era un motivo de orgullo para Tamiko, que había luchado a brazo partido por mantener la estabilidad económica de la familia. Sin embargo, acosada por sus compañeras de clase y siendo consciente de su privilegio, Yasuko suplicaba a su madre que la vistiera con las chanclas de goma barata y las telas utilitarias que llevaban sus condiscípulas, en lugar de los zapatos de cuero y el abrigo elegante rescatado de su vida anterior en la cosmopolita Shenyang. Cuando unos años más tarde mamá asistió a la prestigiosa escuela privada femenina Aoyama, en Shibuya, se encontró en el extremo opuesto del espectro social. Las prendas caseras de Tamiko y los decorativos guantes de ganchillo se le antojaban ahora cursis y poco sofisticados, y Yasuko no podía emular la espontánea elegancia de sus acaudaladas compañeras de clase, que no tenían ni idea de dónde estaba Kawaguchi, lo que a la postre significó una pequeña bendición, ya que ahora veía a las claras las limitaciones provincianas de una pequeña ciudad en comparación con la opulenta sociedad tokiota.

Soy plenamente consciente de que, en el contexto de la devastación japonesa de posguerra, las angustias sociales de Yasuko parecen una absoluta nadería. De hecho, la respuesta de Tamiko fue reprender a su hija por ignorar la buena fortuna y las oportunidades que se le habían brindado. Se empeñó en dotar a sus dos hijos de seguridad económica de por vida, insistió en que él siguiera la carrera de medicina y para ella planeaba un matrimonio adecuado con un médico. Como consecuencia, si no obtenía las mejores notas académicas, Atsushi era tildado de perezoso y castigado con dureza. Por su parte, Yasuko no estaba sometida a menos presión para despuntar: a los siete años la enviaron a clase con una antigua concertista de piano, que cada vez que cometía un error o no mantenía el compás a la perfección le pegaba en las manos con una batuta de director de orquesta. Las horas de práctica diaria bajo la desapegada vigilancia de Tamiko extinguieron cualquier alegría que mi madre pudiera sentir por su talento musical, y de hecho sigue asegurando que nunca tocó para sí misma, solo para su madre y su profesora. Yo rara vez la oí tocar, ni siquiera más tarde, cuando mi padrastro amuebló su casa de Hollywood con un ostentoso piano de cola que tuvo que meter por un balcón del piso de arriba.

En apariencia, Yasuko acataba el estricto régimen de Tamiko, pero cada vez con más resentimiento. Se desesperaba por no tener ni voz ni voto a la hora de decidir su futuro a medida que se acercaba la edad de casarse. Aburrida hasta la saciedad de los colegas médicos de Sanji y de las charlas nocturnas entre padre e hijo mientras avanzaban los estudios de Atsushi, aborrecía la idea de acabar siendo la esposa de un médico, una vida que se le antojaba un auténtico muermo. En lugar de eso, soñaba con viajar a Inglaterra —¡la cuna de Shakespeare!— para conocer el mundo de primera mano. Pero Tamiko era una matriarca de armas tomar y haría falta un acto revolucionario para echar por tierra sus planes.

3Un romance fortuito

Las Olimpiadas de 1964 fueron todo un acontecimiento en Tokio, y gracias a su dominio del inglés mamá logró que su universidad la seleccionara como «acompañante» oficial, es decir, como guía de información turística en la recepción del hotel Prince, situado a la sombra de la Torre de Tokio. Estaba orgullosa de haber sido elegida para el puesto y de que el trabajo la liberara de la atenta mirada de Tamiko, aunque le resultaba agotador tener que vestir todo el día con kimono y rechazar los intentos de quienes pretendían contratarla como señorita de compañía. Emperrado en enviarla a Montecarlo como novia para su anciano padre, un persistente invitado la cortejó con un enorme frasco de perfume Vol de Nuit, que en aquella época costaba una auténtica fortuna.

Mientras tanto, Ivan se había hecho con un pase de prensa internacional e informaba sobre las Olimpiadas como periodista freelance, aunque al parecer dedicó a sus actividades hedonistas el mismo tiempo que consagraba a asistir a los Juegos y escribir artículos, y prolongó su estancia varios meses, durante la cual entabló una relación romántica con una de las amigas universitarias de Yasuko, que también estaba de «acompañante». Mis padres hicieron buenas migas, y cuando Ivan regresó a Londres, prometió mantener el contacto con Yasuko por carta, sobre todo para que ella practicara inglés.

Aquella estancia en Japón despertó en Ivan el gusto por las correrías internacionales, e inmediatamente emprendió un viaje épico por tierra y mar hasta Australia para localizar a su padre, del que no había tenido noticias en más de veinte años. En última instancia, aquella reunión paternofilial fue un verdadero chasco, y papá nunca dejó de describir con cierto resentimiento el rencuentro con un hombre cuyo paradero le había supuesto tantos meses y kilómetros de esfuerzos. Cuando por fin dio con Paul Berényi, este le pareció un individuo torpe y sin el menor encanto, un tipo al que solo le interesaba presumir de su nueva familia y de su exitoso negocio de peluquería, mientras enfatizaba lo feliz que se sentía al haber roto con todo —incluido aquel hijo perdido hacía tiempo— para disfrutar ahora de una segunda oportunidad paradisíaca. Como suele ocurrir, lo que a la postre le cambió la vida a papá fue el viaje y no lo que lo había motivado. Mientras acumulaba espeluznantes aventuras en su épica travesía, haciendo autostop, viajando de polizón y arreglándoselas con su ingenio, transmitía los divertidos detalles en las cartas a Yasuko. Las respuestas de ella le esperaban en las oficinas de correos de Estambul, Bagdad, Nueva Delhi y más allá.

El tono de las cartas se fue intensificando a medida que avanzaba la correspondencia. Yasuko había encontrado en Ivan a un oyente comprensivo al que podía explicar su descontento con su estricta y tradicional educación y con el que compartir sus sueños de escapar de todo aquello. Por su parte, Ivan, cada vez más cerca del momento en que lograría reunirse con su progenitor, se desahogaba contándole sus dudas y los detalles de su traumática educación en Hungría. Compartieron su pasado y su presente, hablaron de literatura, cine y arte, se confesaron, empatizaron y se enamoraron.

Papá decía que las misivas de Yasuko —tan abiertas y sinceras, que leyó y releyó— le dieron ánimos en aquel largo e incierto viaje; mamá confesaba que las cartas de Ivan —perspicaces, sinceras y llenas de esperanza— le proporcionaron una valiosa distracción para enfrentarse a su sombrío destino. Cuando Ivan regresó a Londres, su romance a distancia se había consolidado y dio paso a un elaborado plan. Una mañana, Yasuko salió por la puerta, para acudir supuestamente a una cita en la peluquería, y se despidió de sus padres. La familia no se enteró de nada hasta que, tras esperar la hora convenida, una amiga y confidente de mamá informó a Tamiko de la verdad: que Yasuko estaba en un avión con destino a Heathrow, y que no pensaba regresar.

Poco amante de decir la verdad, Ivan tenía la costumbre de no soltar prenda, pero había sido lo bastante sincero con su futura esposa sobre su inestable situación laboral y económica. Yasuko no pareció darle mayor importancia, alegando que el dinero nunca había sido una prioridad para ella, aunque aquí yo añadiría que el hecho de no haber carecido nunca de él te incapacita para hacer esa afirmación con total certeza. Menos agradable fue darse cuenta de que, antes de su llegada, la vida diaria de Ivan había conllevado un desfile incesante de fortuitas compañeras de cama, muchas de ellas pertenecientes al elenco de solteras núbiles que ocupaban la comuna hippie en la que vivía. En todo caso, Yasuko tenía veintitrés años y estaba haciendo realidad su sueño, enamorada y rodeada de un ambiente bohemio y festivo, así que había muchas cosas positivas. Su boda relámpago y la perspectiva de formar una familia obligarían a Ivan a convertirse en un marido y padre responsable.

En abril de 1966, la revista London Life publicó un reportaje sobre parejas internacionales que vivían en la capital, y el rostro de Yasuko acabó adornando la portada. En el artículo se mencionaba que Yasuko hablaba inglés con fluidez (algo inusual en aquella época, ya que la mayoría de los japoneses que hablaban inglés en el Reino Unido eran empleados de consulados) y, basándose en ello y en su belleza fotogénica, la productora cinematográfica Betty Box se puso en contacto con ella para ofrecerle un papel en la película Más peligrosas que los hombres, protagonizada por Richard Johnson y Elke Sommer. Los reparos de Yasuko —que nunca había asistido a una clase de arte dramático en la escuela, ni mucho menos había actuado profesionalmente— fueron sofocados por Betty («no te preocupes, nosotros te enseñaremos»), que le aseguró que lo único que hacía falta era que vistiera un kimono tradicional japonés para interpretar el papel. Tamiko (que, a pesar del escándalo de la fuga, seguía apoyando a su hija) envió por correo aéreo los artículos necesarios y Yasuko fue a parar a Italia, donde, pese a sus recelos, el amable equipo y el reparto la arroparon durante el rodaje.

Una oportunidad llevó a otra, y en una ocasión en que Richard Johnson charlaba con su amigo Albert Broccoli, que casualmente estaba rodando su última entrega de James Bond (y que en un principio había considerado al propio Johnson para interpretar a Bond en Agente 007 contra el Dr. No), surgió el nombre de Yasuko.3 Después de haber tenido la suerte de aparecer en una gran película, con solo un kimono y su dominio del inglés para compensar su total falta de experiencia como actriz, ahora le daban un papel en otra.

La mayor parte de Solo se vive dos veces se había rodado en Japón, pero cuando ficharon a mamá la producción estaba filmando las últimas escenas en los estudios Pinewood. La icónica escena de la casa de baños, en la que un grupo de sirvientas en bikini se ocupa de las abluciones de Sean Connery, suele ser recordada con cariño por múltiples amigos varones de mi edad, que, tras disfrutar de una infancia llena de proyecciones navideñas de la saga del célebre espía, la rememoran como un momento decisivo para sus incipientes hormonas. Para Yasuko, la experiencia fue menos «sexy» (por citar una línea de diálogo especialmente vergonzosa) al darse cuenta de que estaba embarazada de tres meses. Con toda la energía concentrada en meter tripa, Yasuko no podía competir con aquel grupo de actrices deseosas de atender a un enjabonado Connery, y se la puede ver en la escena en la que atiende a Tetsuro Tamba (que interpretaba a un agente del servicio secreto llamado Tiger Tanaka). En cualquier caso, ella afirma que lo que más la impresionó fue conocer a Tamba, que era una gran estrella en Japón, algo de lo que ninguna de las demás mujeres estaba al tanto, ya que, como afirma mamá, en realidad no eran japonesas (una tenía ascendencia birmana y las otras dos eran chinas). Sin embargo, en aquella época era habitual que los orientales asiáticos interpretaran aquellos papeles indistintamente. Así, a lo largo de su carrera mi propia madre interpretó papeles de china, vietnamita y singapurense. Sin embargo, según cuenta Yasuko, el hecho de ser auténticamente japonesa pesó en que meses más tarde la llamaran para invitarla a aparecer en la secuencia inicial de títulos de crédito de la película y a doblar algunas escenas.

Entusiasmada como estaba por la oferta, entre otras cosas porque la película de Bond se pagaba fenomenalmente bien, temía que le retiraran la invitación cuando, avergonzada, tuvo que dar la noticia de que estaba a punto de dar a luz. Pero Maurice Binder, el diseñador de la secuencia de créditos, no dio muestras de enfado y se adaptó a las circunstancias evitando filmarla de cuerpo entero y apoyándola en cojines con una sombrilla detrás, mientras tomaba primeros planos de su rostro y le aseguraba amablemente que cualquier novedad de índole obstétrica sería atendida inmediatamente por un médico que la trasladaría al hospital.

Eso estuvo a punto de suceder: nací cuatro días después.

4Árbol hermoso

Nací poco después de la medianoche del 18 de marzo de 1967. Mi nombre en el sistema de escritura japonés kanji (美樹) significa «árbol hermoso de hoja perenne», y mamá pensaba concretamente en la actriz y modelo Miki Irie, que era mestiza, mitad japonesa y mitad rusa (se casó con Seiji Ozawa, el director de orquesta de fama mundial). También es un nombre popular en Hungría, aunque allí es la abreviatura de Miklós (Nicolás), un nombre masculino. Por tanto, aquella elección tenía distintos ecos.

A papá se le ocurrió mi segundo nombre, Eleonóra, en honor a su madre, pero no estuvo presente para darme esta bendición en mi nacimiento. Según mamá, cuando rompió aguas llevaba días fuera y tuvo que ir sola al hospital: «Yo sospechaba que se había acostado con otra mujer. Sus amigos húngaros vinieron de visita y todo el mundo me preguntaba: “¿Dónde se ha metido Ivan?” Las enfermeras también: “¿Dónde está tu marido?” Era muy humillante. No había forma de dar con él. Al final apareció al día siguiente, pero desde entonces ya no esperé gran cosa de él».

Aunque mamá se había criado en una cultura en que las esposas solían pasar por alto que sus maridos se fueran de picos pardos, lo cierto es que su propia madre nunca habría tolerado un comportamiento semejante. Cuando Tamiko llegó a Londres para mimar a su nieta recién nacida, se hizo cargo de la situación de inmediato e intentó persuadir a Yasuko para que regresara a Kawaguchi. Pero Yasuko no quería enfrentarse al estigma de ser una madre soltera a cargo de una hija mestiza en Japón, algo que en aquella respetable sociedad conservadora nos convertiría a ambas en parias.

De modo que, para que Yasuko e Ivan entren en la vida familiar con buen pie (y para alejar a papá de las tentaciones de las chicas solteras que habitan en su bloque de apartamentos, en Chelsea), mis abuelos pagan la entrada de una casa familiar de cuatro dormitorios en Staverton Road, en Willesden Green. El traslado a los suburbios del noroeste de Londres no significa en absoluto instalarse en una vida de aburrida respetabilidad: hay fiestas y reuniones periódicas con la animada tribu húngara, que se muestra acogedora y protectora con la joven esposa de Ivan. Pero la convivencia se ve alterada por las visitas de Nora, la suegra, que por mucho que me adore no ha perdido un segundo en mostrarse hostil con su nuera. Cuando mamá vuelve de comprar comida, Nora le arranca la bolsa de las manos y se lamenta: «¡Pobre Ivan! ¿Tiene que comer esto? No te preocupas por él en absoluto». Cuando Yasuko recibe clases de húngaro de Peter Pallai, un amigo de Ivan (que trabajó como periodista para el servicio húngaro de la BBC durante casi cuarenta años), para poder comunicarse mejor con su suegra, Nora pone fin a esas sesiones con implacables calumnias antisemitas dirigidas a Peter e insinuando a la vez la existencia de veladas intenciones sexuales entre ambos. Escupe lo que cocina Yasuko y pone el grito en el cielo para recriminarle la crianza de su hija, se burla de su aspecto y tira por tierra toda posibilidad de hacer buenas migas.

Ante todo esto, Ivan se encoge de hombros como si se tratara de la inofensiva posesividad de Nora, una madre que como es natural solo exige lo mejor para su hijo y su nieta. Pero por mucho que normalice dicho comportamiento, está claro que Nora siente celos de todo aquel que esté cerca de papá, al que alejará implacable y rencorosamente. Ivan es demasiado egocéntrico para darse cuenta de lo que sucede, o demasiado perezoso para hacer algo al respecto, y en la medida de lo posible se aprovecha de la situación. Cuando coge una gripe, mamá entra y se encuentra a Nora dándole sopa en la boca, arrullándolo y agasajándolo mientras él hace morritos y se los restriega por la cara como un bebé. Es una escena estrambótica e inquietante, y mamá la interpreta como un indicio de que esa relación maternofilial dista mucho de ser normal.

Aun así, Yasuko acepta obedientemente que, como esposa de Ivan, debe tratar lo mejor posible a su suegra. Hace todo lo que está en su mano por complacerla, incluso visitando Hungría para que Nora pueda pasar el verano en compañía de su nieta. Estamos solas mamá y yo, porque Ivan, como refugiado, se siente incapaz de regresar a su terruño. Me impresiona el espíritu con que lo afronta: mamá no deja de ser una mujer joven lejos de casa, atravesando un continente hasta un país desconocido con su hija pequeña a cuestas. Además, le encanta Hungría: la cultura, la arquitectura, la música y la gente. En el pueblo de Balatón todos conocen la personalidad maligna de Nora, por lo que se muestran comprensivos y hospitalarios con Yasuko. La acogen calurosamente y le brindan compañía, lo que, por supuesto, enfurece aún más a su suegra.

Nora sigue acosando a mamá, pero subestima su aguante. Yasuko tiene mucha experiencia ocultando sus verdaderos sentimientos bajo una apariencia obediente y no está dispuesta a dejarse aplastar por sus juegos mentales pasivo-agresivos. Para ella, los aspectos positivos superan con creces a los negativos: tiene una familia, elegida por ella misma en lugar de impuesta por un acuerdo matrimonial, y una glamurosa carrera que acaba de descubrir que le encanta. Vive en Londres, disfruta de un amplio círculo de amigos cosmopolitas y viaja y trabaja regularmente por toda Europa. La vida está llena de emoción y aventuras. El único problema insalvable es Ivan.

Aunque están muy enamorados, al menos al principio, él nunca deja de ser lo que es: un mujeriego. En 1970, cuando tengo tres años, Ivan viaja a México para cubrir el mundial de fútbol y se ausenta durante meses. A su regreso se gasta el dinero que ha ganado en las mujeres con las que se acuesta. Mamá conoce el patrón y se ha cansado de malgastar su energía en reñirle o conminarle a cambiar. Se ha embarcado en su propia aventura y está esperando a que le llegue el momento, preparándose para una salida.

Papá siempre ha asegurado que, en el divorcio, la carrera de mamá pesó tanto como sus cuernos (que él nunca ha negado), dando a entender que él jamás se sintió bienvenido en el mundo artístico de ella. Pero mamá insiste en que, lejos de estar resentido por su carrera, Ivan estaba encantado con lo bien pagado que estaba su trabajo, lo cual le venía de perlas, porque él nunca consiguió un empleo fijo. Además, el hecho de que Yasuko se ausentara durante días o semanas para acudir a un rodaje le daba libertad para echar una cana al aire.

Aun así, tengo una carta de quince páginas, dirigida a Tamiko pero nunca enviada, en la que Ivan apela a su suegra para que intervenga y salve su matrimonio. Las hojas mecanografiadas se leen como un diario, y en ellas papá deja constancia de las tristes conversaciones que mantuvieron al acabar su relación, y de su desolación por perderla: «Estoy muerto por dentro. En los dos últimos días he fumado doscientos cigarrillos y no he pegado ojo en dos semanas. No lo digo por compasión, sino para explicar por qué quizás ahora estoy dispuesto a consentir cualquier cosa. Verás, tal como lo veo, mi destino era casarme con Yasuko y mantenerme a su lado, contra viento y marea. Las mejores cosas de la vida siempre cuesta conseguirlas, y tal vez dos personas solo puedan amarse y apreciarse de verdad si su amor se purifica en la hoguera del egoísmo y el desenfreno».

Sin embargo, en sus palabras apenas se reconoce la humillación y el disgusto que Yasuko sufre por sus constantes infidelidades, ni existe el menor propósito de enmienda. De hecho, parece como si papá estuviera luchando por salvar a su familia de las tentaciones de la carrera y el amante de su mujer. Incluso en la descripción de Nora («a Yasuko no le gusta mi madre, que mima a Miki y siempre busca tolerancia y está llena de autocompasión, como si fuera una adulta infantilizada») parece disculpar su comportamiento, restándole importancia, para pintar a Yasuko como la mala, una opinión que, por descontado, nadie más apoya.

Según mis padres, soy una niña feliz, pero incluso yo sé que algo pasa. Mi primer recuerdo es estar sentada entre ambos, en su cama: papá tumbado de lado, sonriente, haciéndome boberías, pero parpadeando para evitar que se le saltaran las lágrimas; mamá, impasible e irritada. Luego, de pequeña, en el jardín, corriendo de un lado a otro entre ellos y tropezando con mis piernecitas gordas, riendo y chillando, pero preocupada por si alguno de los dos desaparecía mientras yo estaba de espaldas. La carta de papá describe una visita al zoo: «Miki advierte que algo no va bien entre nosotros y no para de preguntar: “¿Qué os pasa últimamente?”. Es una niña muy sensible e intuitiva».

Y en una ocasión me tumbo en el suelo y le leo en voz alta a mamá y, al notar que está distraída, le digo:

—Siempre estás muy triste. ¿Es por papá?

A lo que ella hace una pausa y responde:

—Sí.

Y es entonces, según Yasuko, cuando decide largarse.

5Nora

Mamá ha dejado a papá por un fotógrafo que conoció en una sesión de fotos para una revista y que, a su vez, ha abandonado a su propia familia para estar con ella. Aunque juego alegremente con sus dos hijos, Michael me cae fatal y me alegro de que la relación termine. En general me muestro hostil con todos los amantes de mis padres. Tal como lo veo, el orden jerárquico para obtener la atención de mamá y papá debería ser primero el uno para con el otro, luego vendría yo, y por último quienquiera que sea que llegue después. Con papá, esto no es un problema: rara vez se compromete con ninguna de sus novias, así que no son una amenaza; pero mamá, de forma más convencional, centra su atención en los hombres de su vida, lo que significa que se espera que yo haga lo mismo. Y los trato como si fueran intrusos, con recelo y resentimiento, incluso en la edad adulta.

Mi tiempo se divide entre mamá y papá, dependiendo de sus calendarios laborales. En cierto modo, no me parece raro: estoy acostumbrada a que ambos se ausenten durante largos periodos —mamá para actuar en alguna película; papá en sus viajes de prensa— y estoy disfrutando de la distracción diurna de empezar la escuela primaria en New End, en Hampstead, encantada de dejar la guardería de Willesden donde el recuerdo de las siestas obligatorias de las tardes aún me estresa. Mientras que mamá hace malabarismos para conciliar el trabajo con sus tareas maternales, cuando le toca ocuparse de mí, papá pide ayuda a una camarilla de exnovias y de esposas de amigos. Y cuando a ellas se les agota la buena voluntad, resuelve el problema trasladando permanentemente a Nora de Hungría a Willesden. A fin de cuentas, Nora no tiene más familia y siempre se queja de que casi no ve a su hijo ni a su nieta. Nora puede ocuparse de mí de forma gratuita y fiable, y ocupar su tiempo en alegres labores maternales como cocinar, limpiar y mimar a su progenie, permitiendo así a papá trabajar y vivir a su antojo. Por desgracia, esta situación que en apariencia debería ser beneficiosa para todos plantea algunos inconvenientes. En primer lugar, Nora no posee ninguno de los atributos de una orgullosa matriarca. Durante la primera mitad de su vida fue atendida por personal doméstico y considera que de las tareas serviles debería ocuparse la gente de menor estatus. Dado que el cuidado de Ivan también corrió a cargo de una niñera, mi abuela tampoco tiene ni idea de los aspectos prácticos de atender a una niña. Y, aunque tuviera la voluntad de convertirse en una ama de casa eficiente, ahora ya tiene más de setenta años y sobrepeso, no está en forma y es incapaz de mantener en condiciones de habitabilidad una vivienda de cuatro dormitorios.

Otro inconveniente es su incapacidad o su renuencia para aprender inglés, lo que le impide entablar nuevas relaciones y acrecienta su aislamiento social. Y lo que es peor, es una racista de tomo y lomo. Procedente de un entorno europeo exclusivamente blanco donde, en su opinión, gran parte de la población autóctona menos deseable había sido convenientemente asesinada o dispersada por la colaboración de Hungría con los nazis, opina que el noroeste de Londres es una horrible distopía de distintas etnias. No se corta y muestra su repugnancia a los tenderos, a los transeúntes, a mis amigas del colegio, a cualquiera que no parezca originario de uno de los países que figuran en su lista de aprobados. A veces le comento que debería incluirme en su caracterización de los japoneses como «mestizos con piernas arqueadas», pero su respuesta es un cortante y despectivo «eso es diferente».

En cualquier caso, el mayor problema, con diferencia, es una autocompasión amarga y furiosa que amenaza con desbordarla en todo momento. El detalle más insignificante puede sacarla de sus casillas, y una vez desatada ya no hay quien la pare. Se agravia cuando no debería ofenderse, responde a posibles desaires con una maldad desenfrenada, rumia obsesivamente rencores y envenena el ambiente. Mientras papá prefiere restar importancia a todos estos defectos, tachándolos de «inofensivos», nuestros amigos, vecinos y visitantes se horrorizan o sienten lástima, pero excusan su comportamiento como un síntoma de su aislamiento y de los tiempos difíciles que le ha tocado vivir. Pero estos adultos tienen el lujo de poder alejarse si les place. Ahora que mamá se ha mudado y que en su ausencia papá se ha liberado de la responsabilidad de cuidar de mí, no me queda más remedio que estar en compañía de la abuela. Y cuando se avecinan las nubes de tormenta no tengo dónde refugiarme.

La abuela y yo ocupamos lo que antes era el dormitorio de mis padres. Papá se ha trasladado al piso de abajo para dormir en lo que antes era el salón delantero. Sin el dinero de mamá como actriz y modelo, y sin el apoyo económico de sus suegros, Ivan necesita pasta para pagar la hipoteca y las facturas, así que ahora los tres dormitorios restantes están ocupados por inquilinos. Sin embargo, ha conservado su estudio de arriba, entre otras cosas porque ha tenido que aumentar su carga de trabajo. A menudo acepta más encargos de los que puede asumir y se retrasa eternamente en los plazos, martilleando la máquina de escribir durante toda la noche.

Nora aprovecha cualquier oportunidad para culpar a mi madre de nuestras dificultades económicas por su comportamiento disoluto. La llama «a Japán kurva» («la puta japonesa») y se deleita relatando historias cada vez más escandalosas y melodramáticas de los malos tratos que me infligió: cómo en una ocasión, frustrada por mi lastimero llanto, me tiró despiadadamente por las escaleras cuando era un bebé, proclamando en voz alta que esperaba que me muriera; cómo me pinchaba una y otra vez sádicamente con los alfileres del pañal, resentida por haberle arrebatado su libertad, mientras Nora le suplicaba que le entregara a la convulsa y angustiada bebé para poder calmarla; cómo su negligencia me provocó una bronquiolitis (esta anécdota la cuenta entre vívidas imitaciones de mi respiración entrecortada) y cómo seguramente yo habría muerto si no hubiera sido porque ella, Nora —mi querida y cariñosa abuela—, llamó a la ambulancia mientras mamá estaba de juerga. Ella jamás menciona dónde estaba papá durante esos episodios en los que mamá aparentemente intentó asesinarme, pero, aunque apenas soy una cría de cinco años, sé que son gilipolleces. Sin embargo, Nora tira por tierra cualquier duda que expreso sobre su versión del asunto: soy demasiado joven para recordarlo. Pero oír cómo pone a mamá de vuelta y media, sin descanso, me trastorna, y me traumatizan las imágenes violentas que planta en mi imaginación. Cuando le ruego que pare, me reprende con frialdad, indignada por mi traición. Ella solo me cuenta la verdad para protegerme de la influencia maligna de mi madre, pero mi respuesta demuestra que no merezco el amor generoso y desinteresado de la abuela.

Ante cualquier atisbo de rechazo, Nora recurre a invocar al Todopoderoso. Juntando las manos en oración y mirando al cielo, implora a Cristo para que Él presencie y castigue las terribles injusticias cometidas contra ella: «¿Lo ves, Jesús? ¿Lo ves? Observa la crueldad de la ingrata niña hacia su pobre abuela indefensa», dice, para acto seguido interpelarme, transmitiéndome la condena que me espera del Altísimo: «Te arrojará a las llamas del infierno. Eso puede ocurrir en cualquier momento. No puedo hacer nada para salvarte». Yo intento plantar cara, algo difícil, sobre todo cuando el lado contrario tiene a una deidad de su lado. Aunque su versión del Mesías no concuerda del todo con la figura benévola que he aprendido en parábolas y villancicos, aún me faltan algunos años para poder defenderme como es debido en un debate teológico. Cuando irrumpo en el estudio de papá, suplicándole que intervenga, él suspira decepcionado. Es una anciana cariñosa que se merece que la dejen tranquila. Sí, a veces es muy dura, pero me adora y me mima mucho, y yo debería ser más tolerante.

Eso es algo difícil de refutar. La abuela se muestra muy atenta, siempre está dispuesta a cocinar lo que se le pida, nunca está demasiado ocupada para mimarme. Cocinamos juntas pasteles pogácsa y ella me deja que me encargue de los elementos más divertidos, como perforar las formas con un vaso de chupito y decorar la parte superior en forma de cruz. Me da dinero de su pensión para que en el quiosco me compre un montón de tebeos, que leo delante de la tele mientras ella me sirve un sinfín de bebidas gaseosas, enormes tabletas de chocolate Galaxy cortadas en onzas individuales y, lo que es más extraño, trocitos de beicon crudo. Jugamos sesiones maratonianas de juegos de cartas —gin rummy, canasta, complicadas versiones del whist— y permite que la gane con indulgencia. Cuando interpreta al piano piezas dramáticas y floridas y me enseña a tocar las escalas con la digitación adecuada, pongo a prueba su oído privilegiado tocando teclas al azar y me deleito con su talento para identificarlas correctamente. Cose edredones y almohadas para mis muñecas para que puedan dormir cómodamente en las camas de cartón que ha cubierto de suaves telas y decorado con botones de colores. Y se maravilla con cada dibujo y escrito que hago, con cada maqueta de plastilina y cada proyecto de manualidades inspirado en Blue Peter.

Pero me asfixia al exigirme muestras de afecto constantes y recíprocas, y se vuelve vengativa si no le soy fiel. Es celosa y posesiva conmigo y, con miradas hostiles y malhumoradas imprecaciones, ahuyenta a cualquier persona a la que yo muestre simpatía. Solo papá se salva. De lo contrario, me quiere para ella sola, aislada de todos: «No puedes confiar en nadie, al final los amigos siempre te traicionan. Yo soy la única persona que te quiere de verdad». Cuando vienen visitas, me revela que esos invitados me están poniendo verde a mis espaldas, que dicen que soy una niña horrible y que me porto fatal con mi pobre y cariñosa abuela. Y así, cuando intentan entablar conversación conmigo, me siento avergonzada y juzgada. Incluso cuando estamos solas pone constantemente a prueba mi devoción. Cada interacción mundana requiere que me incline y le bese la mano, en reconocimiento de su estatus señorial, y de repente, si no utilizo la forma respetuosa apropiada para dirigirme a ella, se muestra fría. Cuando nos dirigimos a la tienda, me retira su promesa de comprarme golosinas, indignada porque no he observado la etiqueta correcta al caminar por el arcén, dispuesta a asumir caballerosamente el impacto si un coche pierde el control. Para compensar estos insolentes pasos en falso, tengo que postrarme a sus pies y pedirle perdón, ni más ni menos.

Empiezo a sospechar que para ser merecedora de todo el amor que Nora parece capaz de administrarme deberé ganármelo a base de rastrero «respeto», una sumisión incuestionable y constantes afirmaciones de sus virtudes inexpugnables. Pero aún soy demasiado pequeña y joven para defenderme de sus manipulaciones y salgo peor parada si la situación se agrava hasta el enfrentamiento físico, cuando me clava las uñas en la carne y me despelleja el dorso de las manos. Me trago la rabia, esperando que mi resentimiento se calme con otra partida de cartas, o más chocolatinas, si le sigo la corriente.

Cuando llega la hora de ir a la cama, me regaña. La abuela impone sus propias normas de higiene, ignorando mis pies, negros de jugar descalza en el jardín, y mis dientes, cubiertos de azúcar tras la ingesta ininterrumpida de golosinas. En lugar de eso, me obliga a quedarme tumbada y desnuda para poder «limpiarme», prestando una atención meticulosa y prolongada a mis partes íntimas. Acurrucada en la cama que compartimos, me lee cuentos de hadas húngaros de elaborados libros ilustrados, pero tiende a quedarse dormida a mitad de frase, dejando caer el libro sobre sus pechos. A veces, mientras ronca, me quedo mirando la cavidad desdentada de su boca abierta y quiero meterle el puño hasta que se ahogue.

6Un tipo atlético

Mamá se muda a un apartamento de dos habitaciones en Little Venice, en una manzana llena de mansiones que bordea un tramo arbolado de Regent’s Canal. Recién amueblado, su piso de Maida Avenue es luminoso, limpio y acogedor, y Yasuko se muestra sociable con los otros padres del colegio, así que me invitan a fiestas de cumpleaños y tengo amigas para jugar en sus estancias amplias y despejadas y en el jardín comunitario. Sin embargo, paso la mayor parte de la semana en Willesden, y aunque me apena estar lejos de mamá, me emociona verla posando en revistas y en sus apariciones en televisión.

Al volver la vista atrás, Yasuko afirma que nunca se tomó su carrera especialmente en serio: era algo divertido y estaba bien pagado, pero según ella solo le ofrecían papeles menores, como au pair (en la serie Bless This House) y como empleada doméstica (en Los protectores y en otra serie titulada It Ain’t Half Hot Mum). También tuvo el honor de conseguir un papel en Jingo, la producción de la Royal Shakespeare Company, interpretando junto a Anna Massey y Michael Williams a una huérfana de guerra de doce años en Singapur (otro reparto estereotipado para una japonesa menuda), pero su papel más importante fue en Decameron ‘73, un musical rock «erótico» dirigido por Peter Coe, al estilo de Oh, Calcuta!, en el Roundhouse londinense. Recuerdo estar sentada en el teatro a oscuras, mirando a mamá mientras cruzaba el escenario, se quitaba ceremoniosamente una bata que caía al suelo y rodeaba con gracia a un actor con sus extremidades, posando ambos desnudos en un instante de gimnástica gloria. Mamá insiste en que nunca asistí a una representación, pero tengo grabada a fuego en mi mente la sorprendente escena de mi madre retozando ante el público, y recuerdo como si fuera hoy a la chica que estaba sentada a mi lado, cuya madre también formaba parte del reparto, y que respondió a mi asombro con una divertida naturalidad.

Esa obra llama la atención de Victor Lownes, un encantador pícaro que dirige la empresa Playboy con Hugh Hefner. A todas luces impresionado por la actuación de Yasuko, más que por la visión de 360 grados que acaba de disfrutar de sus encantos, se deja caer por su camerino para presentarse. Empiezan a salir, y Yasuko me lleva a Stocks House, su casa georgiana de Hertfordshire: una enorme mansión de 42 habitaciones con discoteca y piscina que alberga un campo de entrenamiento para las conejitas de Playboy y es el escenario de extravagantes fiestas de famosos.

Cortejada por hombres interesantes y cultos, Yasuko tiene la agenda llena y es independiente, hace amigos y viaja. Observo que, mientras que durante su matrimonio la infidelidad de Ivan fue para ella una eterna fuente de indignación, ahora parece tolerar sin más los deslices de los hombres con los que sale. Imagino que su riqueza y estatus compensan tales indiscreciones. Pero está en la veintena, disfrutando de la vida, y es emocionante que me invite a acompañarla.