Cuando el crimen reza - Pablo Zeballos - E-Book

Cuando el crimen reza E-Book

Pablo Zeballos

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Beschreibung

¿Qué ocurre cuando la fe deja de ser refugio y se convierte en herramienta de poder? Este libro recorre el subsuelo espiritual del crimen organizado —desde la 'Ndrangheta calabresa hasta la Santa Muerte, Jesús Malverde, los santos malandros, la santería, el vudú y los "evangelios narcos"— para mostrar cómo rezos, símbolos y rituales cohesionan estructuras delictivas, legitiman jerarquías, disciplinan a sus miembros y hasta lavan dinero bajo la apariencia de piedad. Con la mirada de quien ha estado en terreno, en zonas vedadas, cárceles y fronteras, Pablo Zeballos —expolicía en investigador de campo— combina crónica, entrevistas y análisis para revelar una contracultura espiritual que se expande con la misma plasticidad que los mercados ilícitos. Altares urbanos, cementerios convertidos en santuarios, liturgias de iniciación, música devocional de tumbados y corridos, animales totémicos, templos usados como fachada: un repertorio simbólico que otorga identidad, miedo y obediencia. Lejos del sensacionalismo, el autor examina cómo esta religiosidad funcional opera también en comunidades vulnerables, contamina el lenguaje público y desafía a las políticas de seguridad. En sus páginas hay preguntas incómodas para iglesias, academia y Estado; y un mapa para entender por qué, en la era de la modernidad líquida, el crimen no solo trafica bienes, también trafica sentido. Un libro apremiante, escrito con rigor metodológico y empírico, que invita a mirar sin velos la alianza entre fe y delito para pensar respuestas más inteligentes que un eslogan. Porque cuando el crimen reza, no está improvisando, está organizando.

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Seitenzahl: 597

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Zeballos, pablo

Cuando el crimen reza Cultos, prácticas, ritos y narcorreligiosidad en el crimen organizado

Santiago, Chile: Catalonia, 2025

344 p. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-181-6

Criminales (Infractores)343.3

Antropología criminal 364.2

Diseño de portada: Felipe Campos

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: octubre, 2025

ISBN: 978-956-415-181-6

ISBN Digital: 978-956-415-182-3

RPI: solicitud 1dw57p

© Pablo Zeballos, 2025

© Editorial Catalonia Ltda., 2025

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks [email protected]

“Los ritos más bárbaros o los más extravagantes,

los mitos más extraños traducen alguna necesidad humana,

algún aspecto de la vida, ya sea individual o social”.

Émile Durkheim.

Índice

Reflexión inicial

Preparación

Inicio

La Santa Mafia. Espiritualidad católica y sincrética de la mafia italiana

Una Virgen para bandidos (y narcotraficantes)

La Santa Muerte avanza

Altares urbanos y cementerios

Los Santos Malandros

Paleros y santeros

Haití, vudú y Barbecue

Evangelios narcos en la guerra santa

Cuando la Iglesia salva (lavando dinero)

Las hermandades

Los niños del infierno

Jesús Malverde y los corridos mexicanos

Animales del crimen organizado

Satanismo en el crimen organizado

Fe y poder

El negocio de la fe

La contracultura espiritual del crimen

Reflexión inicial

“Si un hombre comienza con certezas, terminará en dudas; pero sí se conforma con comenzar con dudas, terminará en certezas”.

Francis Bacon(1561-1626).

He pasado años investigando, estudiando o trabajando dentro de la atmósfera donde habita la criminalidad, con el propósito de intentar comprender algunas de sus cambiantes dinámicas internas y las profundas repercusiones sociales que genera. Lo he hecho desde distintas trincheras. Inicialmente limitado por mis responsabilidades como policía, en las calles o en operaciones de inteligencia y posteriormente como investigador vinculado a proyectos específicos de entidades privadas, centros de estudio y organismos internacionales.

En este proceso, nada ha resultado más revelador —ni más gratificante en términos de experiencia— que la libertad y neutralidad que ofrece la observación no estructurada de las condiciones en el terreno realizado a través del trabajo de campo. Observar, escuchar y analizar los fenómenos criminales in situ ofrece una perspectiva cualitativa y más reflexiva, porque no está subordinada a la urgencia de cerrar un caso ni limitada por la rigidez de interpretar cifras desde una planilla de Excel en un escritorio. En el trabajo de campo, uno puede —al menos— intentar aproximarse a las dimensiones humanas y sociológicas más complejas del ecosistema criminal, con la posibilidad de enfocarse en su impacto en las comunidades.

He tenido la oportunidad de realizar este recorrido exploratorio por distintos países y en contextos profundamente diversos; sin embargo, en todos ellos se repiten ciertos componentes comunes marcados por una notoria ausencia del Estado, desigualdades estructurales y complejas dimensiones sociales.

Afortunadamente, este no ha sido un camino solitario. He tenido el privilegio de conocer y trabajar junto a periodistas e investigadores excepcionales, de quienes he aprendido mucho de su labor honesta, valiente e impresionante. Muchos de ellos arriesgan sus vidas recorriendo territorios peligrosos para comprender los impactos, conocer fenómenos y contar historias que otros prefieren callar, o que, desde un exilio forzado, relatan las heridas abiertas de la tierra que los vio nacer. Con generosa humildad, siempre han compartido sus experiencias, me han presentado a personas clave, abierto caminos y ofrecido consejos que en más de una ocasión sobre el terreno me ayudaron a evitar un mal rato o quizás algo peor.

De alguna forma, personalmente o a través de ese trabajo conjunto, hemos transitado por el asombro que provocan los crudos relatos levantados en zonas y barrios olvidados por el Estado, allí donde la vida vale poco y el único gobernante es el miedo. Lugares donde es posible escuchar testimonios desgarradores de padres, madres, abuelos, de mujeres tan valientes como frágiles, víctimas de una violencia brutal e impune. Voces que evocan a familiares silenciados, desaparecidos o ejecutados por verdugos que, probablemente, jamás enfrenten a la justicia. Son barrios —y vidas— que, cuando uno se aleja, cuando la investigación termina, cuando lo más prudente es marcharse, permanecen allí, atrapados en un ciclo perpetuo de silencio, olvido y resignación.

Lamentablemente, en este recorrido son cada vez más frecuentes las historias de niños que viven al filo de la ley, y de otros que han cruzado ese límite sin posibilidad de retorno. Arrastrados por entornos que no eligieron y por decisiones que en muchos casos fueron tomadas por otros, generalmente adultos. Aquellos que los reclutaron, los utilizaron y les arrebataron la infancia. Estoy convencido de que algunos de esos niños y adolescentes, cuando finalmente tomen alguna decisión por sí mismos, no alcanzarán a comprender todo el impacto que tendrá en sus víctimas, en sus propias familias o en aquel profesor que alguna vez creyó en ellos y pensó que podía revertir ese destino. No se trata de justificar, sino que de comprender el mundo en el que crecieron, el único que conocieron. Un mundo donde la calle les ofrecía, por primera vez, una identidad, un sentido de pertenencia, una familia que los acogía y les daba un lugar, aunque estuviera irremediablemente marcado por la violencia y el crimen.

Los testimonios y experiencias recogidos de policías, gendarmes, fiscales y jueces que operan en zonas duramente golpeadas por el crimen organizado revelan, entre otras cosas, una dimensión muchas veces olvidada de esta lucha: la de quienes están en la primera línea, enfrentando día a día un combate desigual. En muchos casos, también ellos se convierten en testigos solitarios o en afectados directos de una guerra silenciosa. La opinión pública difícilmente reconoce que detrás de los uniformes o los cargos hay seres humanos que sienten miedo, cuyo trabajo pone en riesgo sus propias vidas, transformando por completo su cotidianidad y que afecta —de forma directa e irremediable— la de sus familias y amigos, precisamente esas, las otras víctimas de este conflicto no declarado. Porque más allá del uniforme, la placa o el arma, más allá de representar al Estado o a la ley, existe una persona expuesta, vulnerable y —en demasiados lugares— desprotegida frente al poder corrupto, brutal y desbordado del crimen organizado que gobierna territorios e impone un sistema criminal eficientemente funcional.

También hemos quedado profundamente impactados —y, en no pocos casos, desconcertados— ante las justificaciones, el cinismo descarado o la inquietante frialdad con la que sicarios, criminales y narcotraficantes relatan o niegan sus actos durante las entrevistas.

En las visitas a cárceles —esa heterotopía1 descrita por Foucault— se han registrado conversaciones intensas con prisioneros que cargan —consciente o inconscientemente— el peso de sus decisiones. Algunos expresan arrepentimiento, atravesado en sus palabras por la culpa y un anhelo de redención; otros, en cambio, responden con una frialdad estremecedora, desde una dimensión emocional ajena a toda empatía y absolutamente indiferente al daño provocado. Pero, como la mente humana sigue siendo en gran medida un territorio desconocido, por más palabras o emociones que logremos captar en esos encuentros, lo que verdaderamente habita en el interior de esas conciencias —en muchos casos— permanecerá como un misterio insondable.

En conversaciones y encuentros con académicos y autoridades, hemos tenido el privilegio de conocer y aprender del trabajo de personas extraordinarias, valientes, con un compromiso genuino por respaldar, desde la metodología, los datos y la ciencia, las percepciones de inseguridad y violencia para transformarlas en diagnósticos concretos que permitan diseñar políticas públicas eficaces y con sentido para la comunidad. Hemos encontrado a funcionarios públicos y personas activas en la vida política auténticamente comprometidos con el servicio que entregan a las comunidades, más allá de la ideología o el partidismo; genuinamente preocupados por la función pública, con el arrojo personal e intelectual de hablar y trabajar con quienes piensan distinto o reconocer cuando sus visiones pueden estar equivocadas o sesgadas.

Pero como toda moneda, siempre hay dos caras. También hemos tropezado con la soberbia que habita en ese mismo mundo: académicos que niegan o minimizan realidades que nunca han presenciado, aferrados al confort y los privilegios de sus aulas, desconectados del terreno y ajenos al dolor de las comunidades que sufren. Expertos que valoran la experiencia ajena únicamente por rimbombantes títulos académicos, por la cantidad de papers escritos, leídos o indexados, y que combaten al crimen organizado desde los pomposos cócteles de encuentros internacionales.

En tiempos electorales, cuando el populismo y el autoritarismo ejercen una seducción peligrosa, proliferan los políticos que instrumentalizan la seguridad para arrancar un aplauso fácil, captar un voto oportunista o alimentar la ilusión de control. Se moldean según lo que la gente quiere oír, como una plasticina que adopta cualquier forma hasta convertirse en una caricatura complaciente de sí misma: una cáscara superficial, vacía, recubierta de frases grandilocuentes y gestos diseñados más para el espectáculo que para el cambio. Muchos de estos personajes actúan como si protagonizaran una obra teatral funcional y pasajera, que se estrena cada cuatro o seis años. Pero que para demasiadas comunidades esa obra no es una ficción; es una función obligatoria que se representa todos los días, sin pausa ni guion alternativo. Una obra llamada “realidad”.

Este es un camino que han recorrido de mejor forma periodistas, corresponsales e investigadores que admiro y que han ayudado a entender algunas de las múltiples caras del crimen organizado, de la violencia, la corrupción, del abandono del Estado y de sus efectos. Historias o silencios que resisten al olvido, recuerdos que no se apagan, miedos que paralizan, odios que germinan en la impunidad y un dolor que no cesa, aunque con el tiempo se va normalizando como una triste rutina.

En este recorrido —y lo digo con total honestidad— uno nunca deja de aprender ni de sorprenderse. Es muy poco lo que realmente sabemos, y quizás menos aún lo que llegamos a comprender. Siempre hay algo que nos recuerda que, sin importar cuánta experiencia o estudios se tengan, uno puede llegar a sentirse brutalmente ignorante ante una realidad tan dura y tan fría. Una realidad que, por fortuna o por azar del destino, no hemos vivido desde el lado vulnerable de la víctima, ni desde la mente inexpugnable del victimario. Quizás escribir estas líneas sea, en parte, una forma de terapia. O tal vez un humilde y silencioso homenaje a tantas mujeres y hombres valientes que, cada día, enfrentan estos horrores en sus barrios y pueblos. He visto en demasiados ojos cómo se apaga la esperanza de un cambio, de justicia. Y eso duele. Duele más que cualquier dato. Es más verdadero que una estadística, más real que cualquier cifra.

El crimen organizado y la delincuencia ya no se parecen a lo que alguna vez conocimos. Están mutando, transformándose, diversificándose frente a nosotros, y lo cierto es que no tenemos todas las respuestas que quisiéramos para entenderlos. De hecho, a veces siento que solo tenemos una fotografía tomada años atrás, tan dolorosamente insuficiente frente a la velocidad con la que evoluciona un fenómeno criminal dinámico, cambiante, fluido. Tan volátil como la modernidad líquida, aquella que describió de manera magistral el sociólogo Zygmunt Bauman. Pienso que esa sensación de volatibilidad no se limita al crimen. Es también un reflejo de nuestra sociedad y de nuestra época. Todo parece moverse, relativizarse, diluirse, romperse en fragmentos.

Sin embargo, si hay algo que he aprendido —y sigo aprendiendo— es que la delincuencia organizada no se reduce únicamente al dinero, al poder o a la violencia. Existen factores contraculturales profundamente arraigados que se entrelazan con esos elementos, dimensiones existenciales poco estudiadas, con frecuencia subestimadas o simplemente ignoradas.

Una de ellas —quizás la más relevante de todas— es la fe.

1. Las heterotopías, según Michel Foucault, son espacios reales que, a pesar de su existencia tangible, revelan posibilidades y lógicas que no se encuentran en el mundo cotidiano. Son lugares que funcionan como “contra-espacios” o “utopías efectivamente verificadas”, donde se yuxtaponen o se separan de otros espacios, creando una experiencia espacial distinta.

Preparación

“No se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho”.

Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), filósofo y científico griego.

La fe es esa convicción profunda que trasciende la evidencia y la razón. Esa certeza sobre algo que no se ve, que resulta difícil de explicar, pero que genera una confianza misteriosa; una sensación de estar acompañado o guiado por la vida a través de fuerzas superiores, sin necesidad de una sola prueba empírica que lo respalde. La fe, ese vínculo espiritual que se busca —o que llega de forma inesperada— y que abruma. Una conexión que une lo humano con lo divino, con el misticismo, con lo inexplicable. La fuerza que da sentido a la existencia y puede volverse tan poderosa como para impulsar a los grupos humanos a una lealtad y confianza ciega hacia un ser superior, una causa, una ideología, y, ¿por qué no?, también hacia un grupo criminal.

Pero cuidado con equivocarnos. La fe, tanto para un devoto tradicional como para uno proveniente del mundo del hampa, no es un destino inevitable ni una práctica obligatoria. Puede representar un tránsito, una etapa significativa, como también puede resultar completamente irrelevante. Existen personas que, aun viviendo en contextos marcados por la criminalidad organizada, nunca creerán en la existencia de un ser superior ni en un plano metafísico. Sin embargo, eso no significa que no estén dispuestas a utilizarla funcionalmente.

También están —y no son pocos— aquellos que legítimamente encuentran en esa fe el valor para abandonar una vida delictiva tras escuchar ese llamado, buscando encontrar la redención.

Por eso, este libro no pretende generalizar ni cuestionar la rica herencia cultural y devocional que existe en nuestra América Latina. Su propósito es enfocarse en criminales y estructuras delictivas donde la dimensión espiritual cumple un rol fundamental, no solo en sus actividades, sino que también en sus vidas. Así, a través de una fe creada o adaptada, encuentran justificación para una existencia delincuencial que no abandonarán. No sabemos si se trata de un grupo grande o pequeño, pero estoy convencido de que la influencia de la fe y la ritualidad dentro de la contracultura criminal es real, profunda y muy poco estudiada aún.

En mi experiencia, muchos criminales recurren a lo místico y lo religioso, no solo en busca de protección, justificación para sus actos o como refugio ante el temor a las consecuencias que creen podrían ser juzgadas por un tribunal que no pertenece a este mundo. Lo hacen también —y pienso que cada vez con mayor convicción— para encontrar y explotar una fuente de poder, de identidad y de pertenencia. Porque el crimen, en muchos casos, es también una cuestión de fe u una forma de trascendencia.

Por ello, en la delincuencia organizada, la fe no es solo un componente espiritual o religioso, también puede ser un factor funcional, estructural y profundamente arraigado. Puede convertirse —en no pocos casos— en la amalgama que mantiene unidas a ciertas organizaciones; la herramienta con la que algunos líderes consolidan su autoridad, o la justificación que convierte la violencia irracional en un mandato superior o sagrado, que puede otorgar sentido o redención, una especie de manto de cohesión en ese propósito.

Es una fuerza poderosa. Comparable a la que llevó a los misioneros jesuitas a internarse sin certezas por las aguas del río Paraná durante la colonización, la que impulsó a la Madre Teresa de Calcuta a vivir entre leprosos, la que mueve a un joven occidental radicalizado en el islamismo a inmolarse en un atentado suicida, convencido no solo de la legitimidad de su causa, sino que también de la protección y recompensa divina que recibirá de Alá después de la muerte.

Porque esa fe —en todos los casos— construye identidad y une. Y esa identidad creada desde la fe, siempre ha sido profundamente efectiva. Según la tradición, en el México de 1531, un indígena llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue testigo de un evento que cambiaría la espiritualidad de toda una nación y luego de un continente. Mientras caminaba por el cerro del Tepeyac, al norte de lo que hoy es la Ciudad de México, se encontró con una mujer morena que se identificó como la Virgen María. Ella le pidió, en náhuatl2 —el idioma de los aztecas—, que se construyera un templo en su honor en ese lugar, pero convencer al obispo no sería una tarea sencilla. La Virgen le ofreció a Juan Diego una prueba milagrosa, e hizo brotar en pleno invierno frescas rosas de Castilla.3 Juan Diego las cortó y colocó en su tilma, un manto de fibra de maguey anudada sobre un hombro, que los hombres del campo en México usaban a modo de capa. Luego se dirigió al obispo para entregarle las flores como testimonio de su encuentro. Al abrir la tilma, las rosas cayeron al suelo y, en su lugar, apareció estampada la imagen de la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Este hecho, considerado un milagro por los fieles, marcó el inicio de una devoción que se arraigó profundamente en la historia espiritual y cultural de México.

La Virgen de Guadalupe tenía una figura cercana, con rasgos y lenguaje propios de los pueblos originarios, lo que facilitó la conversión de millones de indígenas al cristianismo. Aquel milagro se transformó en un poderoso símbolo de sincretismo religioso, capaz de unir elementos de la fe católica con creencias indígenas, generando así un nuevo marco espiritual compartido. Con el tiempo, la Virgen de Guadalupe se consolidó como un ícono nacional, espiritual y político. Se convirtió en una figura de identidad colectiva que trascendió divisiones sociales, étnicas y culturales, funcionando como un verdadero punto de convergencia en la historia de México. Con distintos matices y advocaciones, esta historia de mestizaje espiritual y apropiación simbólica se ha repetido en muchos otros lugares y contextos a lo largo de América Latina.

Guardando las debidas proporciones y sin ánimo de herir susceptibilidades, en el mundo del hampa y su contracultura también se observa —cada vez con más fuerza— cómo se experimentan y se reproducen fenómenos de sincretismo religioso.

En esa atmósfera va emergiendo una suerte de teología criminal amplia, compartida e identitaria, que se arraiga con fuerza como otro componente de la semiótica delictual y contracultural. Una fe que no solo consuela o protege, sino que también puede estructurar y cohesionar, otorgando sentido de pertenencia y legitimidad a una vida al margen de la ley. Allí dentro existe todo un universo simbólico que proporciona santos, dogmas y normas propias adaptables y dinámicas.

Si antes, en Chile, el delincuente solía pedir perdón al curita de la parroquia en su población o durante las liturgias carcelarias, se encomendaba y agradecía a la Virgen de Monserrat, hoy, en esta búsqueda de legitimidad y poder espiritual, los criminales y su contracultura han aprendido a apropiarse de cualquier símbolo o práctica que les resulte útil. Muchas de estas expresiones, además, han llegado en el último tiempo desde el exterior.

Pueden seguir rezando a Cristo o pidiendo la intercesión de la Virgen, los santos y los ángeles, pero, al mismo tiempo, no tienen reparos en sellar pactos con la Santa Muerte, rendir culto a Jesús Malverde, invocar la protección de Eleguá, acudir a la santería, practicar rituales paganos como la palería o incluso realizar pseudocultos satánicos, de los que hablaremos más adelante. Todo ello, si están convencidos —o al menos esperan—, para que fortalezca su negocio, los haga invulnerables, evite traiciones y maleficios, o les permita ocultar homicidios y vivir tranquilos en una celda individual. La fe se convierte en un componente de alcance global, porque en la lógica criminal difícilmente existen contradicciones cuando el objetivo es blindar los actos, controlar a los “soldados” o amedrentar a los rivales.

Este fenómeno no es nuevo. En mi libro Un virus entre sombras exploré cómo la delincuencia y el crimen organizado han mutado, transformándose en un fenómeno más complejo, descentralizado y que hoy habita dentro de una creciente contracultura propia que desafía al Estado y a la sociedad. Ya no se trata solo de estructuras jerárquicas con códigos rígidos, sino que también de un ecosistema criminal en constante evolución, en el que distintas organizaciones coexisten en diferentes etapas de desarrollo, adaptándose, mutando y expandiéndose como un virus que se propaga y prospera en los vacíos del Estado o en la permisividad y el individualismo que caracterizan a nuestras sociedades.

¿Qué me llevó a escribir este libro?

En una etapa de mi vida me correspondió investigar las actividades de grupos religiosos peligrosos, ubicados en el límite —o directamente al margen— de la legalidad. Debía hacerlo desde ese punto: lo legal o lo ilegal. No desde la racionalidad, y jamás desde la espiritualidad. Era una investigación policial, agnóstica, práctica.

Se trataba, en muchos casos, de comunidades herméticas, lideradas por hombres o mujeres carismáticos, profundamente hábiles, capaces de adaptar relatos, reinterpretar textos sagrados o fabricar ilusiones convincentes para sus seguidores, generando una manipulación mental efectiva y, además, económicamente rentable.

Esos grupos mantenían lógicas poderosas que hacían más férrea la estructura interna de la secta. Cada vez más cohesionados, sin espacio para la duda, avanzaban por un camino muchas veces sin retorno. Sus miembros —o adeptos— estaban dispuestos, y convencidos, a hacer cualquier cosa por ese líder carismático, por su llamado o su misión, incluidos actos aberrantes o criminales. Sentían que formaban parte de un núcleo sólido, de una misión superior que los convertía en un pueblo elegido, una comunidad o, simplemente, una familia.

Es duro y profundamente triste presenciar cómo una persona vulnerable, atrapada en estas redes, se convierte en un fanático. Y lo es aún más cuando su familia —la de verdad, la que muchas veces no comprendió a tiempo esa fragilidad— se ve obligada a aceptar que han perdido a alguien que todavía respira, pero que ya no existe. De pronto, el hijo, la hermana o el padre que conocían se convierte en un extraño, alguien que ha decidido romper cualquier vínculo inicial, convencido de que su nueva y única familia es la que le ha dictado la manipulación mental de un líder carismático. Para quienes lo aman, esa transformación es un duelo silencioso, ven cómo esa persona se diluye en un recuerdo mientras, en su lugar, emerge un fanático dispuesto a sacrificarlo todo por una causa que no le pertenece. Y para esa familia que queda, la culpa se convierte en un castigo que perdura internamente, muchas veces sin que ellos hayan sido realmente responsables.

Aquello que observé entonces en el fanatismo de las sectas religiosas —con formas y rostros distintos— se manifiesta desde hace mucho en estructuras y ciertos liderazgos criminales, donde sus efectos son también similares. Ellos también construyen visiones del mundo ancladas en la idea de un destino inevitable —ser un bandido— o de un supuesto llamado divino destinado a luchar, por cualquier medio, contra la pobreza. Así, pueden justificarse actos abominables, santificar la violencia y proclamar a los miembros del grupo como los elegidos de un propósito superior.

Y para lograrlo, utilizan todos los recursos a su alcance. Desde el cristianismo tradicional —en sus distintas vertientes— hasta ritos paganos, prácticas de origen afrocultural, elementos del esoterismo sincrético e, incluso, lo más interesante, también son capaces de crear sus propios dioses, santos y códigos espirituales.

Al igual que los antiguos conquistadores o los líderes sectarios, algunos jefes del crimen organizado han sabido identificar, adaptar e instrumentalizar figuras espirituales que se acomodan no solo a las creencias de sus miembros, sino que también a los imaginarios sociales contemporáneos. De este modo, logran establecer conexiones simbólicas con ciertos sectores de la sociedad, generando puntos de anclaje y resonancia que a menudo pasan inadvertidos, pero que ayudarían a explicar mucho si nos detuviéramos a entenderlos mejor. En otras palabras, están conformando una contracultura poderosa, con su propio lenguaje, sus propios rituales y una forma de vida que otorga sentido y pertenencia.

Es innegable que existe abundante información dispersa en investigaciones, crónicas y testimonios sobre este fenómeno, pero pese a ello nunca imaginé la magnitud real de su alcance. Hoy, tengo la certeza personal de que no se trata simplemente de una manifestación religiosa o un conjunto de rituales periféricos. Es además un sistema simbólico complejo y adaptativo, muchas veces oculto a simple vista, pero omnipresente. Un entramado denso a veces encriptado, esencialmente sincrético.

Por ello, tengo la convicción de que este componente no puede seguir siendo tratado como una curiosidad lateral en el estudio del crimen organizado. Considero, por el contrario, que es un eje importante, que exige atención especializada, sensibilidad cultural y rigor metodológico.

Comprender las formas cómo la fe —en sus múltiples expresiones— se puede entrelazar con lógicas criminales podría proporcionar nuevos elementos para interpretar su fortalecimiento, los mercados ilícitos, la sofisticación de estructuras delincuenciales o sus liderazgos. Porque allí, en ese subsuelo espiritual, se gestan códigos de conducta, justificaciones éticas, vínculos de poder y mecanismos de control que muchas veces resultan más eficaces que el dinero, una amenaza o un arma apuntando la cabeza.

Esta reflexión fue lo que me motivó a ordenar mis ideas, hacerme un espacio para investigar y escribir. Lo hice manteniendo esa postura agnóstica con la que, en su momento, indagué en las sectas religiosas, y que hoy es parte de mí. No escribo desde el escepticismo burlón ni desde el desprecio intelectual, sino que desde una distancia metodológica necesaria, manteniendo respeto hacia las creencias de los demás, intentando comprenderlas en su contexto y significado.

En lo que respecta a este componente dentro del crimen organizado, estoy también convencido de que la búsqueda de ese conocimiento no debería estar restringida únicamente a la policía ni al mundo académico. Se trata de un desafío social, porque esta dimensión simbólica y espiritual también se difumina y entrelaza con las relaciones cotidianas de las comunidades y los territorios, muchos de los cuales son vulnerables y marginados.

En la investigación de campo uno aprende a convivir con las llamadas que nunca se responden, con las miradas huidizas, con el“no quiero o no puedo hablar” y con las entrevistas que se cancelan a último minuto. Pero aquí fue aún más difícil, debido a que cruzábamos una frontera delicada entre el crimen organizado y el miedo a lo desconocido; un miedo alimentado por la violencia y la intimidación, también por supersticiones, fábulas, mitos y relatos sobrenaturales que los entrevistados aseguran como ciertos, y es por eso mismo que, ante el menor gesto de incredulidad, las personas se cerraban en un ostracismo difícil de penetrar. Porque si bien se ha dicho que donde reina el narco gobierna el silencio, allí donde la criminalidad mezcla su poder con ritualidad y supersticiones, lo que impera es el temor a lo visible y lo invisible. Por ello, este trabajo costó mucho más de lo que pensé.

Para este libro conversé con investigadores y colegas a quienes conozco, con quienes he trabajado o he seguido a través de sus libros, reportajes, investigaciones, informes o conferencias. Les escribí, los llamé; hablamos en persona, por teléfono o por correo. A pesar de estar profundamente ocupados —ya fuera trabajando en terreno, reporteando, estudiando el fenómeno, luchando por conseguir los siempre esquivos presupuestos para investigar o inmersos en la escritura de sus propios textos—, muchos de ellos se hicieron un tiempo.

Creo que lo hicieron no solo por apoyarme en este proyecto, sino que también porque el tema les hacía sentido; sabían que tenían algo valioso que compartir. Anécdotas nacidas del trabajo de campo, recuerdos imborrables, imágenes grabadas en la memoria, preguntas sin respuesta, testimonios directos o indirectos que, como a mí, les reafirmaban la importancia de este fenómeno, y lo poco comprendido —y subvalorado— que aún sigue estando.

Esas reflexiones —a veces recogidas en una llamada breve, unas líneas de WhatsApp, en un correo electrónico o en entrevistas más extensas— intenté dejarlas plasmadas aquí, adaptadas con cuidado, sin embargo en muchos casos las dejé de forma textual para no perder esa esencia tan valiosa. Pido disculpas si mi esfuerzo no alcanza a representar con fidelidad el valioso trabajo que cada uno de ustedes ha realizado. Y al lector/a, también le pido paciencia si esa forma narrativa coral interrumpe por momentos la linealidad del texto. Pero fue la manera que encontré para mostrar que este interés es compartido, que hay otros investigadores y profesionales dedicados a entender este fenómeno.

A todos ellos, gracias por escucharme, por su generosidad al compartir experiencias, y por permitirme incluir sus extraordinarias voces en este viaje.

Finalmente, quiero invitarle a usted, lector o lectora, a escribir sus propias experiencias y reflexiones en cualquier rincón de este libro. Quizá ese pequeño gesto sea la pieza que falta en este diálogo: una respuesta personal a las preguntas que he intentado plantear en estas páginas.

2 . El relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, conocido como “Nican Mopohua”, está escrito en náhuatl, aunque con caracteres latinos. Aproximadamente 1,7 millones de personas todavía hablan náhuatl en diversas regiones de México. 

3. También conocida como Rosa centifolia, es un tipo de rosal originario de Europa y Asia, que se ha cultivado en México por sus usos ornamentales y medicinales, especialmente para niños y ancianos.

Inicio

“No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”.

León Tolstoi.

La fe, en esta nueva criminalidad que avanza sin reconocer fronteras, clases sociales ni diferencias culturales, se ha transformado para algunos actores delincuenciales y grupos al margen de la ley en una herramienta multifacética. Una dimensión que también forma parte de la Hidra de Lerna del crimen organizado, porque, además de otorgar identidad y cohesionar a sus miembros, puede servir para lavar activos, someter o persuadir a comunidades aisladas en zonas fronterizas, e incluso suplantar al Estado en territorios abandonados. Es una fuerza libre de gestarse como convicción íntima o como justificación colectiva, y en ambos casos, con capacidad de influir, manipular y dominar.

Yo mismo he sido testigo de cómo esta dimensión espiritual dentro del crimen organizado puede operar como una suerte de llave simbólica, parecida a la que siente haber recibido un converso. Una herramienta intangible que permite abrir una puerta imaginaria hacia una nueva vida.

En el contexto criminal, esa nueva vida suele estar marcada por una identidad propia y por estándares éticos funcionales, moldeados según las condiciones sociales cambiantes y los fines de la mafia, la estructura criminal o la pandilla a la que se pertenece. Códigos que pueden adoptar la forma de ritos ampliamente conocidos y culturalmente aceptados, o de extravagancias perturbadoras, nacidas en la imaginación de un líder criminal o en la construcción identitaria de un grupo. Muchas de ellas son tan particulares que resultan difíciles de describir con palabras.

Sin embargo, todas esas expresiones comparten una capacidad extraordinaria para diversificarse, adaptarse e integrarse en distintos contextos sociales y culturales. Siguen, sorprendentemente, el mismo patrón de diversificación que emplea el crimen organizado en sus economías ilícitas: un modelo esencialmente adaptativo, pragmático y en constante mutación, que les ha permitido no solo sobrevivir, sino que también expandirse con eficacia.

Esta espiritualidad criminal no es exclusiva del gran capo, ni forma parte únicamente de historias de película. Habita en las esquinas de nuestros barrios, en cárceles sobrepobladas, en la espesura de la selva o en las fronteras olvidadas. Prácticas que transversalmente atraviesan con su simbolismo las barreras culturales o las divisiones geográficas.

Tal vez por eso no sorprende encontrar relatos tan similares en todos los países. Narcos que construyen iglesias para lavar dinero, cementerios que se convierten en centros de peregrinación criminal o espacios de culto colectivo, asesinatos que se sellan con rituales espirituales con sicarios que buscan la bendición de una Virgen específica antes de una ejecución, traficantes que consultan videntes para saber si la policía los sigue, extorsionadores que se encomiendan a espíritus antes de hacer sonar el teléfono o mafias enteras cuya lealtad se transforma en un dogma custodiado por Dios y sus ángeles. Esta espiritualidad criminal, muchas veces incomprendida o minimizada, forma parte esencial de un universo simbólico que otorga sentido, fuerza y legitimidad a quienes operan fuera y dentro de su entorno.

La intersección entre fe y crimen organizado no se restringe a los protagonistas delictivos; se despliega por márgenes difusos, alcanzando comunidades que, sin participar activamente en el mundo criminal, comparten con él espacios, símbolos y creencias. Santos populares, vírgenes milagrosas y figuras sincréticas son veneradas tanto por el devoto que ruega para no ser extorsionado como por el extorsionador. Una plegaria en un altar doméstico, pronunciada para sanar a un hijo enfermo, puede encontrar su eco en la celda de una cárcel o en la habitación lujosa de un jefe narco; la misma figura espiritual es invocada para resguardarse o destruir enemigos. Las velas y ofrendas no distinguen la intención de quien las enciende.

Así, el crimen organizado no solo contamina economías o territorios, también infiltra el lenguaje simbólico de las sociedades, penetrando su dimensión espiritual. No siempre para imponer una nueva fe, sino que para adaptarse a la existente, transformarla y, con frecuencia, utilizarla como puente.

Este no es un fenómeno estático. En un mundo globalizado y saturado de información, la religiosidad practicada, rediseñada o reinventada por actores criminales se expande como una hierba persistente, se infiltra por grietas, bordea muros y se asienta en rincones inesperados. No respeta fronteras físicas, culturales ni morales. Al principio incomoda o parece ajena, pero con el tiempo deja de notarse. Simplemente está allí, silenciosa, constante, casi invisible, hasta que logra cubrirlo todo. Y seguirá creciendo, alimentada por la marginalidad, el abandono y la necesidad humana de creer en algo más.

Como nunca antes en la historia, esta espiritualidad criminal cuenta con un arsenal simbólico que se reproduce, consume y comparte con una inmediatez asombrosa. Hoy, esa fe ya no se limita a altares improvisados ni rezos susurrados entre sicarios. Ha evolucionado hacia una épica y una estética entrelazadas con una simbología contemporánea, amplificadas por la tecnología y potenciadas por el mercado global.

El tatuaje, el grafiti o la vestimenta cumplen una doble función: por un lado, operan como vehículo devocional, y, por otro, como marca de pertenencia. Un tatuaje de la Virgen, un rosario de diamantes, una camiseta con la imagen de Jesús Malverde o la Santa Muerte, un mural carcelario que fusiona la Pasión de Cristo con armas y enemigos abatidos, o una Virgen María que sostiene una esfera con el símbolo del yin y el yang, son solo algunos ejemplos de este sincretismo visual.

Y en los últimos años —en medio del auge estético del crimen organizado y su religiosidad múltiple— ha emergido un componente funcional y poderoso: la dimensión musical y lírica. Su impacto, lejos de ser marginal, se amplifica a escala global y se convierte en la auténtica banda sonora del universo criminal que va ganando seguidores. Esta nueva música sacra —al ritmo del reguetón, el trap, los narcocorridos, los tumbados o la cumbia villera— invoca santos y demonios, reescribe las nociones del bien y del mal, y celebra las hazañas de criminales protegidos espiritualmente por múltiples deidades. En este escenario sonoro, los protagonistas aparecen libres de culpa, justificados por un credo alternativo, envueltos en una redención simbólica que no necesita perdón, sino que respeto, miedo y veneración.

Este libro no es una simple colección de anécdotas pintorescas, ni un catálogo de supersticiones exóticas. Es una invitación a mirar de frente el entramado espiritual, una dimensión poco explorada del crimen organizado. Lo inquietante es que este fenómeno no se esconde; está presente en canciones, altares, tatuajes, templos, cárceles y hasta en plataformas digitales. Lo hemos visto, escuchado y hasta compartido, muchas veces sin darnos cuenta.

Como escribió la profesora chilena Ainhoa Vásquez en su libro sobre la narcocultura,4“los narcotraficantes rezan”, y eso no es una metáfora. Levantan altares donde nacen santos urbanos que antes fueron criminales despiadados; conceden favores; protegen; se transforman en ángeles de rostros duros que no asustan, sino que entregan paz en los ruegos. Animales son elevados a símbolos de estatus sagrado; oscuros rituales se convierten en herramientas divinas o en pactos que permiten tomar la decisión correcta en la praxis criminal.

Un sincretismo que no es casual, sino que responde a una necesidad estratégica de cohesión interna y de justificación externa. Como en ciertas sectas peligrosas, los líderes carismáticos del crimen organizado manipulan la fe para consolidar su poder, generando una narrativa en la que el delito no solo es aceptado, sino que además es considerado una bendición. Un mandato. Una forma de vida legitimada por fuerzas superiores. Una vida en el crimen, la que, para ellos, fue también un designio divino.

Este libro es una invitación sencilla, aunque quizás incómoda. Dejemos de lado, por un momento, las definiciones conocidas, las estadísticas, el cliché del criminal despiadado, sin alma ni remordimientos, o del capo millonario movido por la convicción de no volver a la pobreza que lo vio nacer. Propongo, en cambio, atrevernos a mirar de cerca la dimensión oculta de la fe en el mundo del crimen organizado.

No se trata de absolver ni de romantizar, sino que de comprender. Porque detrás de cada oración susurrada antes de un crimen, de cada vela encendida ante un santo narco, hay una historia humana, una construcción cultural y una búsqueda desesperada de sentido. Y si somos honestos, no estamos tan lejos de eso. Usted también cree, en algo, en alguien. Todos lo hacemos. Y quizá, en el fondo, esa necesidad de aferrarnos a algo que nos trasciende sea lo único que realmente compartimos.

Este libro no habla únicamente de criminales. Habla de nosotros como sociedad. De cómo hemos ido moldeando una relación ambigua con lo sagrado. Una fe que consuela y también que justifica. Lo invito a acompañarme en este recorrido exploratorio, sin prejuicios, sin certezas absolutas. Porque cuando el crimen reza, no lo hace con cinismo, sino que con una devoción genuina, profunda, armada de rituales, promesas y símbolos que lo blindan ante el castigo y lo elevan ante su gente.

Lo hace desde una amplia gama de posibilidades: una narcorreligiosidad organizada, compleja y cada vez más expandida.

Reza convencido de estar protegido —o guiado— por fuerzas que ningún juez, fiscal o policía podrá detener.

Y que, quizá, tampoco lograrán entender.

Julio de 2025

4. Vásquez, Ainhoa. Narcocultura. Masculinidad precaria, violencia y espectáculo. Editorial Paidós, 2024.

La Santa Mafia. Espiritualidad católica y sincrética de la mafia italiana

“Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada”.

Victor Hugo (1802-1885). Novelista francés.

San Luca es un pequeño y, a simple vista, apacible pueblo de unos 3.700 habitantes, recostado sobre la ladera oriental del Aspromonte, en el valle del río Bonamico, en la sureña región italiana de Reggio Calabria. Sin embargo, carga con una reputación tan sombría que, tanto turistas como habitantes de la región, evitan acercarse sin una razón de peso. San Luca es conocido como el corazón operativo e identitario de la ’Ndrangheta,5 la mafia más poderosa de Europa y, en la actualidad, una de las más influyentes del mundo.

Por sus calles silenciosas nacieron y crecieron los líderes de algunos de los clanes criminales más temidos del continente. Apellidos como Pelle, Vottari, Nirta o Strangio se repiten en crónicas policiales, sentencias judiciales, informes de inteligencia antimafia y testimonios de mafiosos arrepentidos. Incluso hoy, esos nombres aún provocan que muchos bajen la voz al mencionarlos, como si el eco de su poder siguiera resonando en toda la región.

El miedo heredado es palpable, persiste, y no sin razón. Personalmente, he sido testigo —en plena capital calabresa— de cómo, al mencionar esos apellidos, el rostro de los locales se transforma. Se tensa el semblante, las miradas se desvían con cautela. Si la conversación ocurre en un tono de confianza, no falta quien recomiende, casi en un susurro, no volver a pronunciarlos en voz alta. Y sin embargo, cuando preguntas directamente por la ’Ndrangheta, lo más probable es que te digan que no existe, que es solo una invención.

Hablar de la ’Ndrangheta como estructura criminal, de su genealogía, sus ritos, sus códigos, su red de alcance global o su penetración en el tejido social del sur de Italia, requeriría no solo un libro, sino que una biblioteca entera. Afortunadamente, existen numerosas investigaciones valientes y reveladoras que han arrojado luz sobre su funcionamiento interno. Muchos periodistas e investigadores han sido silenciados por ello; sin embargo, todavía hay quienes, arriesgando su vida, continúan documentando cómo esta organización ha tejido redes internacionales, dando forma a estructuras híbridas que se expanden por América Latina, Europa, África y Oceanía. Se trata de una mafia sin fronteras, que opera en una atmósfera globalizada y espiritualmente compleja.

A escasos diez kilómetros de San Luca, se levanta el Santuario de Nuestra Señora de Polsi, enclavado al pie del Montalto —el pico más alto del Aspromonte—. Este santuario mariano, uno de los más emblemáticos del sur de Italia, se encuentra oculto en un valle profundo y solitario, rodeado de escarpadas paredes rocosas y caminos de difícil acceso. Su ubicación remota y sobrecogedora, envuelta por una naturaleza agreste y enigmática refuerza esa aura de misterio que ha hecho que desde tiempos ancestrales haya sido un destino de fervorosa peregrinación.

Según una leyenda local, el santuario surgió cuando un pastor, en búsqueda de un toro extraviado, halló una cruz de hierro enterrada en el suelo. En ese preciso instante, se le apareció la Virgen con el Niño, quien le pidió construir una iglesia en su honor. Se sabe que el santuario fue originalmente edificado por monjes basilianos, que posiblemente huían desde Sicilia en el siglo IX, escondiéndose en este paraje remoto y de difícil acceso para consagrarse a una vida contemplativa en la oración. Allí construyeron una ermita dedicada a la Virgen, que dos siglos después sería reconstruida ya como el Santuario de la Madre del Divino Pastor, como también le llaman. El lugar conserva una carga espiritual profunda que trasciende incluso el catolicismo, pues en sus muros resuenan ecos de antiguos ritos paganos, bizantinos y tradiciones locales conectadas por el Mediterráneo.

A lo largo de los siglos, el Santuario de Polsi ha sido mucho más que un lugar de fe. En sus empinados senderos y bajo la sombra de sus muros de piedra, las súplicas, los lamentos y las ofrendas devotas se han entrelazado con pactos, señales y gestos simbólicos que han definido jerarquías y destinos dentro del mundo criminal.

Desde la década de 1950 existen registros documentales que indican que, coincidiendo con la festividad de la Madonna della Montagna —celebrada entre el 31 de agosto y el 2 de septiembre—, miembros de la ’Ndranghetase congregan en torno al santuario no solo como fieles devotos, sino que también como representantes de sus clanes.

Mientras los peregrinos caminan durante horas por los escarpados caminos para participar en la procesión nocturna, bajo esa misma devoción tienen lugar reuniones de coordinación, resolución de disputas y, sobre todo, rituales de iniciación y renovación de lealtades criminales. Bajo la apariencia de una romería sagrada se oculta un acto profundamente estructural y político para la mafia calabresa. Difuminados entre los feligreses que portan trajes votivos y sombreros cubiertos de medallas marianas, se mezclan aspirantes a la organización, sicarios, narcotraficantes, extorsionadores, políticos, religiosos vinculados a las nóminas mafiosas y emisarios de otros grupos criminales. Lo que para muchos es un acto de devoción mariana, para la ’Ndranghetaes también un ejercicio de poder, legitimación y cohesión interna.

Esos días —y muchos otros— también están allí, aunque invisibles, los policías infiltrados y los agentes encubiertos de la Direzione Investigativa Antimafia (DIA)6, muchos de los cuales ni siquiera se conocen entre sí. En los cerros que rodean el santuario, comandos de fuerzas especiales, perfectamente mimetizados con el entorno, han sido desplegados estratégicamente para tomar fotografías, registrar audios o activar micrófonos ambientales de última generación. Estos dispositivos fueron instalados y camuflados semanas, incluso meses antes, por equipos técnicos especializados, verdaderos fantasmas operativos que ejecutaron su labor con una precisión impecable y anonimato.

Todo ese despliegue tiene un único propósito: lograr capturar fragmentos de un universo que rara vez deja testigos o palabras. Porque entre los criminales que acuden a esta celebración impera la omertà, el histórico y férreo código del silencio que protege, aísla y perpetúa los pactos y jerarquías del crimen organizado, ya que en algún momento durante estas jornadas de legítimo fervor religioso los líderes mafiosos se reúnen en secreto para discutir asesinatos, sellar alianzas entre clanes, comprar conciencias o redefinir jerarquías internas. Con la aparente tolerancia —o quizás complicidad— de ciertos sectores de la iglesia local.

De acuerdo con numerosos informes judiciales y policiales italianos, reportajes de prensa y estudios académicos rigurosos, Polsi representa el corazón simbólico de la estructura mafiosa calabresa. No es casual que sea allí donde se designe al capo crimine —la figura encargada de garantizar el difícil equilibrio entre las distintas familias— o que en ese mismo lugar se renueven los códigos de honor, obediencia y lealtad.

Más que un santuario religioso, Polsi funciona como un santuario político de la mafia, donde la sacralidad del espacio legitima y refuerza la importancia de los compromisos adquiridos y el recordatorio del origen común calabrés.

La valiente académica Anna Sergi, profesora de criminología y experta en crimen organizado en la Universidad de Essex, ha producido una prolífica y rigurosa obra académica sobre la ’Ndrangheta y sus vínculos con el entramado cultural y religioso del sur de Italia.

A través de artículos científicos, columnas periodísticas y libros, Sergi ha expuesto con claridad cómo las organizaciones criminales no solo operan desde estructuras jerárquicas, sino que también desde una profunda dimensión simbólica que las ancla en la cultura local.

En un intercambio de correos que sostuvimos para este libro,7Anna Sergi, me señaló que ha llegado a la conclusión de que

los factores culturales, en particular la religiosidad, los cultos y los rituales mágico-religiosos, son esenciales en la reconfiguración contemporánea del crimen organizado, no solo en Italia. Para ella, dentro de la ’Ndrangheta, los rituales no son un adorno simbólico; son estructuras de legitimidad, especialmente sus rituales de iniciación, el ingreso formal a la familia.

El ingreso al clan implica el llamado battesimo mafioso,8 un bautismo criminal en el que se jura fidelidad absoluta sobre una imagen sagrada —una estampa de la Virgen María o una pequeña cruz—. Luego, se quema una imagen religiosa, generalmente de San Miguel Arcángel, una figura venerada como protector espiritual de los clanes, y sus cenizas son esparcidas sobre las manos del iniciado, quien las frota en señal de absorción del juramento. Al nuevo miembro se le asigna un nombre, con frecuencia inspirado en personajes bíblicos, santos guerreros o figuras heroicas del pasado, y se le vincula a un padrino espiritual, figura clave que garantiza su integración dentro de la jerarquía interna. El juramentado, rodeado por los presentes en una ceremonia hermética, pronuncia los votos de silencio —la omertà— y de lealtad inquebrantable.

Todo ocurre en un ambiente cuidadosamente ritualizado, durante el cual la solemnidad, la repetición oral y el lugar escogido refuerzan una estructura cohesionada por la tradición, la disciplina y el secreto.

Esa liturgia mafiosa y todo lo que simboliza ha sido uno de los factores que han permitido a la ’Ndrangheta proyectarse desde la Calabria rural hasta las más altas esferas del crimen organizado global, sin perder jamás su núcleo de identidad, ello aunque el equilibrio sea frágil y cada ciertos años se genere una pugna entre clanes; una guerra mafiosa.

Lo que sucede en Polsi, bajo la mirada de la Virgen, corresponde a la legitimación del orden mafioso. No se trata solo de un acto de fe; es una puesta en escena cuidadosamente construida, en la que la religiosidad católica funciona como instrumento de cohesión, validación interna y continuidad simbólica. Desde ese encuentro, el Crimine sella el destino de todos con una sentencia incuestionable: “San Luca lo decidió”.

Hace décadas que se habla de los rituales de iniciación de esta mafia italiana, sobre todo a partir de documentos incautados en operaciones judiciales y los escasos testimonios de los pentiti —como son conocidos los mafiosos arrepentidos que colaboran con las fuerzas policiales o de justicia—. Sin embargo, fue recién en el año 2014, durante la operación “Insubria”, que se obtuvo por primera vez una prueba audiovisual directa de uno de estos rituales.

Tras dos años de trabajo conjunto entre la fiscalía y los Carabinieri, se logró detener a 40 personas por asociación mafiosa, extorsión y tenencia ilícita de armas. La operación fue liderada por la entonces fiscal de Milán, Ilda Boccassini —figura clave en la lucha antimafia, conocida por investigar los asesinatos de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992, por su rol en la operación “Mani Pulite”,9 la que destapó la corrupción política del país, y por juzgar a Silvio Berlusconi por incitación a la prostitución de menores en el marco de sus célebres fiestas privadas.

Sin embargo, más allá de las detenciones, el verdadero hito fue otro: por primera vez se hicieron públicos extractos de una ceremonia de iniciación mafiosa captada en video. Las imágenes, obtenidas a través de operaciones encubiertas altamente complejas, muestran a miembros de la ’Ndrangheta en pleno ritual de ingreso en un caserío de Castello di Brianza, a 35 kilómetros de Milán, en la región de Lombardía —la más próspera de Italia, pero también una de las más infiltradas por el crimen organizado—.

Parte del video obtenido por el ROS de Carabinieri.

La relevancia de este registro no puede subestimarse. Entre todas las mafias italianas, la ’Ndrangheta es la más hermética e impenetrable. Su estructura descansa sobre lazos de sangre y lealtades familiares que rara vez se rompen, incluso si se encuentran en violentos conflictos internos. Hasta hace muy poco era excepcional, incluso impensable, que alguno de sus miembros aceptara colaborar con la justicia. Tal vez la única razón por la que fue posible obtener esta prueba fílmica fue porque la ceremonia tuvo lugar muy lejos de Calabria y de su denso manto de silencio social, alimentado por el miedo, la resignación y lo que algunos expertos denominan el “bienestar mafioso”, una suerte de equilibrio perverso con el que la mafia garantiza orden, empleo y protección a cambio de obediencia y silencio.

El video permitió vislumbrar, por primera vez, fragmentos de su ceremonial secreto. Una de las grabaciones captadas por un micrófono ambiental de la policía —y traducida al español con leves adaptaciones para facilitar su comprensión— revela el siguiente pasaje:

Precisamente en el silencio de esta santa noche, bajo la luz de las estrellas y el esplendor de la luna, formo la santa cadena. En el nombre de Garibaldi, de Mazzini y La Marmora, con palabras de humildad, formo la Santa Sociedad. Juro renegar de todo mi pasado hasta la séptima generación para salvaguardar el honor de mis sabios hermanos.

El ingreso al núcleo duro de la organización —conocido como La Santa, el nivel más alto de afiliación dentro de la ’Ndrangheta— requiere invocar a figuras clave del Risorgimento italiano, como Giuseppe Garibaldi, Giuseppe Mazzini o el general Alfonso La Marmora, héroes de la unificación nacional y también vinculados históricamente a logias masónicas.

Esta fusión entre elementos patrióticos, esotéricos y religiosos configura una ritualidad sincrética que refuerza los códigos de honor de la mafia y la obediencia ciega. En el mismo juramento, la advertencia ante cualquier traición es clara:

Desde este momento no los juzgan los hombres, se juzgan ustedes mismos. Si cometen una falta grave, ustedes mismos juzgáis qué camino seguir: o suicidarse con cianuro o dispararse con el revólver. Debes reservar siempre una bala del cargador. Esa última bala es para ustedes.

En el caso de que fuesen interrogados por la policía, si les preguntan de quién eres hijo, tienes que responder: mi padre es el Sol y mi madre la Luna.

El Sol yla Luna otros símbolos cargados de sentido esotérico, presentes con fuerza en el imaginario espiritual y semiótico de la ’Ndrangheta.

Anna Sergi ha descrito cómo este sincretismo religioso y simbólico le ha permitido a la mafia calabresa no solo sostenerse, sino que también expandirse más allá de las fronteras de Reggio Calabria. Esta fusión otorga a sus miembros una red económica y un funcional marco identitario profundamente arraigado en lo cultural y lo espiritual. Siendo precisamente esta dimensión sagrada del crimen lo que dificulta aún más su erradicación. La mafia no es simplemente una organización delictiva; es una forma de vida con un universo simbólico que se redibuja según sus propias reglas.

A medida que la ’Ndrangheta se ha expandido globalmente —con presencia consolidada en Alemania, Canadá, Australia y diversos países de Sudamérica— también ha exportado ese universo simbólico identitario con sus códigos rituales y su espiritualidad particular. Probablemente, ceremonias como la registrada en el video del 2014 podrían haberse replicado silenciosamente, allí donde la organización echa raíces en la región como Brasil, Uruguay, República Dominicana, Argentina, la selva amazónica o incluso en Chile.

La espiritualidad compartida también funciona como un mecanismo para ajustar cuentas internas. Donde existen clanes, hay juramentos, y donde hay juramentos, siempre habrá quienes los rompan. La consecuencia es invariable: la sentencia de muerte. Incluso en estructuras criminales tan consolidadas como la ’Ndrangheta, los equilibrios son frágiles. Basta una ofensa, una traición o una intromisión en mercados y territorios ajenos para desencadenar represalias fatales.

Sin embargo, estas consecuencias no ocurren de forma impulsiva. Deben ser legitimadas, tanto al interior del grupo, como a través de rituales, las que lejos de ser simples formalidades funcionan como verdaderos dispositivos de poder, convicción, obediencia, en definitiva, de control absoluto. Porque, por encima de estas pugnas, se alza una dimensión espiritual-identitaria que las trasciende y las articula.

Un ejemplo estremecedor de esta lógica se vivió en 2007, en la ciudad portuaria de Duisburgo, Alemania. Frente a la pizzería Da Bruno, seis jóvenes italianos vinculados a un clan mafioso fueron abatidos a sangre fría por sicarios de un clan rival, también perteneciente a la ’Ndrangheta. Aquella masacre fue el desenlace brutal de una disputa larvada durante décadas entre dos clanes originarios de San Luca, en Calabria.

El crimen conmocionó a Europa y dejó en evidencia no solo la capacidad operativa transnacional de la mafia calabresa, también reflejó algo más profundo: la vigencia de sus códigos de honor, jerarquías y rituales de venganza, intactos incluso lejos de Italia. Esa persistencia cultural y simbólica, a pesar de la distancia geográfica, explica en gran medida cómo la ’Ndrangheta ha logrado consolidarse como una de las organizaciones criminales más resilientes y poderosas del mundo.

Demostrando que, incluso en medio de disputas sangrientas, la espiritualidad nunca desaparece del escenario mafioso. La figura de la Madonna de Polsi —tan venerada en Calabria como protectora y guía— acompaña también estos conflictos internos. En la cosmovisión mafiosa, ella encarna a la madre que sufre por las divisiones entre sus hijos, pero que, al mismo tiempo, comprende que esas depuraciones, aunque dolorosas, forman parte de una lógica de inevitable supervivencia dentro del clan; son ajustes no deseables, pero esperables de una gran familia regida por el honor, la lealtad y el silencio, amparada por una espiritualidad compartida que lo justifica todo para sus miembros: desde el nacimiento simbólico del iniciado hasta su posible eliminación.

Así como lo demostró el video del 2014 —aunque no exista un Polsi físico fuera de Italia— el santuario viaja como idea, como mito fundacional que se reproduce en sótanos, casas, talleres o en los templos improvisados y dispersos por la diáspora criminal, ya que la devoción no necesita coordenadas fijas para florecer; basta con el relato, el símbolo y la historia compartida.

Con la profesora Anna Sergi coincidimos en que todos estos elementos no solo ofrecen una justificación moral o espiritual para las actividades delictivas, sino que además refuerzan con fuerza notable las redes internas de lealtad, pertenencia y cohesión simbólica. En el caso específico de la ’Ndrangheta, el componente religioso no es un simple adorno ceremonial; es la columna vertebral de su identidad organizacional con un marcado carácter femenino, profundamente anclado en la devoción mariana cuyo epicentro es el Santuario de Polsi.

Las visitas personales que la profesora Sergi ha realizado al santuario le han permitido observar de cerca esa devoción y reflexionar sobre cómo un espacio de espiritualidad puede convertirse, inadvertidamente, en un territorio simbólico del crimen organizado, no por un control directo de la mafia sobre ese espacio físico, sino que más bien debido a que el santuario representa el corazón espiritual de la región, “un lugar cargado de fe auténtica, cuya legitimidad social y mística dota de sentido y cobertura simbólica a sus encuentros”. Por ello sus conclusiones son tan contundentes: “Todo este entramado ritual transforma a la ’Ndrangheta en una orden cuasi religiosa, donde conceptos como pecado, traición, expiación y redención están presentes, pero profundamente distorsionados. La culpa no nace del crimen cometido, sino que de haber roto el pacto interno devocional a la organización”. En otras palabras, no existe redención fuera del clan.

Anna Sergi y otros investigadores han señalado que la trascendencia simbólica global de la mafia calabresa otorga una dimensión que trasciende lo meramente económico; se configura también como una red de identidad cultural que otorga sentido a generaciones nacidas fuera de Calabria, hijos de migrantes que encuentran en los rituales espirituales mafiosos una forma distorsionada de pertenencia y de conexión con sus raíces. En definitiva, una búsqueda de identidad.

Esta dinámica da lugar a lo que algunos definen como una “religión civil paralela transfronteriza”en la que la ley no emana del Estado, sino que del clan o del grupo criminal. Una lógica que también se observa en otras estructuras criminales con fuerte carga identitaria en América Latina.

En Sudamérica, si bien la presencia de la ’Ndrangheta es menos visible —al menos públicamente—, hay indicios de su alianza operativa con otras organizaciones criminales locales, como el Primer Comando de la Capital en Brasil o redes de narcotráfico en República Dominicana, Argentina y Uruguay, entre otros lugares. Y con esa expansión, es muy probable que comiencen a surgir señales del contagio simbólico, como los rituales de ingreso, cruces tatuadas, vírgenes armadas, códigos visuales que no son casuales y que son parte de la mafia calabresa. El sincretismo mafioso siempre encontrará terreno fértil donde la espiritualidad popular, el desarraigo social y la ilegalidad convivan.

Aportando otra perspectiva, un brillante y experimentado policía italiano con quien conversé extensamente para este libro10 —y que, por mantenerse aun en servicio activo, pidió mantener su identidad en reserva— nos compartió su visión desde el terreno. En adelante, lo llamaremos Dante.

Dante —desde su experiencia policial— reconoce que los rituales, códigos y creencias forman parte integral de la cultura mafiosa italiana, no solo de los calabreses; para él, “ello no siempre responde a una dimensión espiritual auténtica”. Más bien, lo interpreta como un lenguaje simbólico altamente funcional, que estructura jerarquías, define lugares en la cadena de mando y refuerza el orden interno del clan.

Es por ello, me indica, que para las fuerzas policiales y especialmente para la Dirección de Investigación Antimafia, estos elementos no son meras curiosidades culturales o folclóricas. Al contrario, se han convertido en objetos de estudio esenciales para comprender la lógica interna, los rituales de cohesión y los mecanismos de reproducción del poder mafioso. Sin ese análisis simbólico, afirma, es imposible descifrar del todo cómo operan estas organizaciones.

Sin embargo, Dante lamenta que muchas fuerzas policiales en otras partes del mundo —particularmente en América Latina— no hagan el mismo esfuerzo por interpretar este componente. La dimensión simbólica suele ser subestimada, tratada como un detalle irrelevante o como superstición menor, cuando en realidad constituye una clave silenciosa pero poderosa del funcionamiento criminal. Entender estos códigos es un objetivo de la investigación policial para entrar al alma estructural del crimen organizado.

En su visión, esto deja un vacío de análisis crítico para países latinoamericanos y ello es un desperdicio investigativo clave en el esfuerzo transfronterizo de lucha contra el crimen organizado, ya que los liderazgos criminales que ha observado en América Latina tienen un cariz religioso cada vez más fuerte.