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Entender el crimen organizado y las economías ilícitas es un desafío tan apasionante como complejo. La evolución dinámica de estas estructuras criminales se convierte en un ejercicio peligroso cuando se develan las conexiones ocultas que les permiten acumular y blanquear millonarias ganancias. Actúan como un virus que se infiltra y propaga entre las sombras, utilizando al "Estado huésped" para fortalecerse e invisibilizarse. Hace unos años, Chile no era foco de estudios sobre crimen organizado. Hoy, enfrentamos señales alarmantes y tendencias emergentes que difieren de lo conocido. La violencia irracional, asociada a nuevas formas de delincuencia, exige respuestas contundentes de las autoridades, ya que a menudo estas son confusas o contradictorias y se generan a partir de diagnósticos infundados o errados. La sociedad chilena aún no ha desarrollado una percepción unificada del riesgo. A pesar de múltiples advertencias de los medios de comunicación, la policía y del Ministerio Público, seguimos atrapados en la confusión y división. Propuestas milagrosas y extremas emergen, mientras la criminalidad organizada se adapta y prospera. Este libro, fruto de años de investigación y experiencia de campo, busca contribuir a la reflexión y el diálogo sobre un problema que no resiste más postergación. Aporta una comprensión multidisciplinaria esencial para enfrentar un fenómeno que amenaza con corroer los cimientos de nuestra convivencia.
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Seitenzahl: 326
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ZEBALLOS, PABLO
Un virus entre sombrasLa expansión del crimen organizado y narcotráfico en Chile
Santiago, Chile: Catalonia, 2024
224 p. 15 x 23 cm
ISBN: 978-956-415-095-6
Criminales (Infractores)343.3
Ensayos chilenos864CH
Diseño de portada: Mateo Infante Vergara
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Diagramación interior: Salgó Ltda.
Impresión: A Impresores S.A.
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).
Primera edición: junio, 2024
ISBN: 978-956-415-095-6
ISBN Digital: 978-956-415-096-3
RPI: solicitud b9yrcn (29/5/2024)
© Pablo Zeballos, 2024
© Editorial Catalonia Ltda., 2024
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl - @catalonialibros
Diagramación digital: ebooks [email protected]
A los hombres y mujeres que, con sus esfuerzos anónimos, luchan diariamente por proteger a nuestra infancia del influjo del crimen organizado. Sus armas: la educación y el ejemplo. El campo de batalla: las aulas de escuelas y colegios en zonas donde el miedo y la impunidad crean una frontera peligrosa de cruzar.
“Lo que realmente valoras es lo que extrañas, no lo que tienes”.
JORGE LUIS BORGES
Índice
Observación inicial
IPARTE
La transformación del paradigma criminal de Chile
Tendencia de cambio en la fragmentación y atomización de la delincuencia chilena
Tendencia al fin del predominio de los ladrones por sobre otras dimensiones de la actividad delictual
Tendencia al fin de la tradicional relación con la cárcel y el replanteamiento de su significancia
Tendencia a la visualización de la actividad criminal como símbolo y vehículo de movilidad social
Cambios en el narcotráfico a partir de la penetración de la criminalidad extranjera
Cambios en el control territorial y la extorsión a partir de modelos extranjeros
Los cambios sociales del país y su relación con el cambio en el paradigma criminal
Una transformación local, parte de un proceso global
Una contracultura criminal en expansión
Un estereotipo visual y el soundtrack del crimen
El sistema penitenciario
Gendarmería de Chile
Nuestras cárceles
Comunicaciones criminales intrapenitenciarias
La advertencia de 2021
IIParte
El virus. El crimen organizado y las economías ilícitas
Criminalidad y globalización
Convención de Palermo, contexto y sus efectos
¿Cómo entender el concepto de crimen organizado?
Características principales del crimen organizado
Las etapas de asentamiento del crimen organizado
La reconfiguración actual del crimen organizado
Las fronteras permeables y los nuevos territorios autónomos transfronterizos
IIIParte
Chile. Sombras, alertas y recomendaciones
El contexto
Una política que puede ser contaminada
La corrupción judicial
El control territorial o abandono del Estado
¿Cartelización?
Despolitización o populismo
Mejorar la comprensión de los flujos económicos
Cárceles
Fronteras y migración no regulada
Academia
Necesidad de diagnóstico y buenas prácticas
Áreas de observación en Chile
Todo flujo genera reflujo
Epílogo
AnexoLa opinión de expertos
La tercera ola criminal. Por Douglas Farah
La paradoja de los sistemas carcelarios.Por Emiliano Arias
Un relato sobre el ingreso del Tren de Aragua. Por Carlos Basso
Desentrañando laberintos. Por Juan Castro Bekios
Entendiendo el crimen organizado contemporáneo: Diez ideas para su comprensión en el siglo XXI.Por Dra. Carolina Sancho Hirane
Ecuador. Un laboratorio para el crimen organizado.Por Arturo Torres
Agradecimientos
Observación inicial
“Nadie había aceptado todavía la enfermedad. En su mayor parte eran sensibles sobre todo a lo que trastornaba sus costumbres o dañaba sus intereses. Estaban malhumorados o irritados pero estos no son sentimientos que puedan oponerse a la peste”.
Albert Camus.La Peste
Tratar de entender el crimen organizado y las economías ilícitas representa un desafío tan apasionante como complejo. La evolución dinámica de las estructuras criminales es polémica y se convierte en un ejercicio peligroso cuando se comienzan a develar las ocultas conexiones que les permiten mantenerse seguras —dentro de un halo de impunidad cómplice—, acumulando y blanqueando millonarias ganancias ilícitas. Actúan como un virus que se infiltra y propaga sigilosamente entre las sombras que puede ofrecer un “Estado huésped”, permitiéndoles no solo fortalecerse sino también invisibilizarse en ese proceso.
Hace solo unos años, Chile no habría sido el foco principal si alguien hubiese decidido escribir sobre el crimen organizado. Hoy el escenario es distinto. Nos enfrentamos a una multiplicidad de señales alarmantes, tendencias emergentes y eventos continuos que difieren de lo que conocíamos, pero que son comunes en regiones asoladas por una criminalidad estructurada y consolidada.
Cuando una sociedad se ve repentina e inusualmente afectada por una violencia irracional que se asocia a nuevas formas y estructuras de la delincuencia organizada, se exige de sus autoridades respuestas contundentes. Lamentablemente, en muchas ocasiones, estas respuestas pueden resultar confusas o incluso contradictorias. Esto no necesariamente se debe a una acción deliberada o mal intencionada de la autoridad, sino que puede ser simplemente la consecuencia de un exceso de confianza sustentado en un diagnóstico infundado o errado.
En los países severamente afectados por un crimen organizado sistémico, el reduccionismo también se observa como un rasgo común en las respuestas de las autoridades. Inicialmente, estas abordan el fenómeno y su impacto social desde un enfoque simplista, caracterizado por la tendencia a minimizar el problema como algo pasajero y desorganizado. Frecuentemente, se recurre a la implementación de medidas convencionales, presentadas como novedosas y adornadas con frases grandilocuentes que suenan bien para el sentido común, pero que en realidad no se ajustan adecuadamente en la realidad. Además, es común observar que el crimen organizado puede ser utilizado como la mejor excusa para intentar perpetuarse en el poder.
Sostengo que, como sociedad chilena, aún no hemos logrado desarrollar una percepción unificada respecto del riesgo al que nos enfrentamos. Ello a pesar de las múltiples advertencias que se emitieron en reportes de prensa, informes de la policía, Gendarmería y del Ministerio Público. Esta situación es el resultado de una serie de circunstancias complejas.
Las declaraciones de autoridades, líderes de opinión y expertos, algunos de ellos con conocimiento y otros aprovechando la ocasión, alimentaron esta peligrosa mezcla de confusión y división, desde la cual emergieron visiones extremas: por un lado, quienes alertaron sobre un descontrol criminal generalizado que requería medidas drásticas, incluso a costa de vulnerar los derechos fundamentales y, por otro, quienes aseguraban que la situación era simplemente una manipulación maquiavélica de casos aislados con la intención de ser utilizada para impulsar agendas mediáticas y políticas ocultas, y para ellos las impávidas estadísticas demostraban que nada había cambiado, o que incluso estábamos mejor que antes.
Entre acusaciones cruzadas, comenzaron a surgir propuestas de soluciones milagrosas y medidas extremas, a menudo impulsadas por perspectivas oportunistas y desinformadas. Fórmulas peligrosas e irresponsablemente simplistas que se iban presentando unas sobre otras, en una especie de competencia por figurar, construyendo un castillo de naipes. Lo irónico de la situación era que en los países donde el crimen organizado había logrado consolidarse estos patrones de división y desorientación también se manifestaron durante sus respectivas etapas iniciales.
Esa es precisamente la mayor trampa: mientras los polos políticos se distancian y fragmentan a la sociedad con visiones sesgadas, acusaciones mutuas y una explosión de promesas irrealizables, la verdadera criminalidad organizada encuentra un punto en común: es ideológicamente agnóstica y poliamorosa. Solo le interesa encontrar socios funcionales a lo largo de todo el espectro político, los utiliza o se utilizan mutuamente para obtener réditos e impunidad, mientras se corroen los cimientos democráticos y la confianza ciudadana. Cuando estos asociados funcionales ya no son necesarios, se desechan o traicionan entre sí.
Ahora bien, este proyecto nació del interés por tratar de entender las características de una nueva forma de criminalidad que avanza rápidamente y con una violencia sin precedentes en Chile. Luego de una carrera de 20 años como policía, he tenido la oportunidad de trabajar por más de una década como consultor e investigador de campo, explorando diversos fenómenos, modelos y factores que influyen en la delincuencia organizada de países severamente afectados por este flagelo. En todo ese período, he tenido el privilegio de aprender de las experiencias de académicos e investigadores expertos, policías, custodios penitenciarios, periodistas, funcionarios públicos, abogados, empresarios, cientistas sociales, como también de exconvictos y algunos líderes criminales —desde sus propias vivencias y contextos—. Sin embargo, las víctimas y los habitantes de zonas controladas por la criminalidad son siempre —sin saberlo— quienes han entregado los aportes más significativos para tratar de entender las dinámicas cambiantes del fenómeno del crimen organizado.
He compilado esas observaciones levantadas en distintas dimensiones temporales y geográficas que incluyen zonas oscuras y sociedades dramáticamente vencidas, complementándolas con datos de informes y reportes nacionales e internacionales de instituciones estatales, académicas y privadas especializadas. Este ensayo, escrito entre pausas de aeropuerto, domingos en la noche y desvelos, no pretende imponer ninguna verdad como absoluta. Hacerlo no solo sería ridículo y pretencioso, sino que también completamente irreal. Mi único anhelo es que estas páginas aporten a la reflexión y el diálogo, contribuyendo, aunque sea modestamente, a la comprensión y el manejo de un problema que no puede, ni debe, continuar confusamente postergado en espera de decisiones políticas.
Estoy firmemente convencido de que temas ampliamente debatidos en círculos académicos y políticos también deben ser accesibles y comprensibles para todos. La primera línea de defensa contra las amenazas de la criminalidad organizada es, indudablemente, una sociedad informada. Hacia ese objetivo deben dirigirse nuestros esfuerzos por entender y enfrentar este nuevo fenómeno criminal. El mayor peligro surge cuando las actividades del crimen organizado comienzan a normalizarse socialmente y se va perdiendo la capacidad de asombro, se diluye el umbral de percepción del riesgo de afectación para nuestras democracias y el Estado de Derecho.
Como punto inicial, es necesario advertir que el crimen organizado y las economías ilícitas son fenómenos de tal complejidad que requieren una comprensión multidisciplinaria. Esa fue mi intención al solicitarle a varios profesionales que compartieran de manera libre sus experiencias, advertencias y observaciones sobre el fenómeno y sus impactos. De manera desinteresada y valiente, algunos de ellos quisieron sumarse y contribuyeron con valiosos aportes prácticos y teóricos, los que se incorporan como anexo final a este ensayo. Eso es lo que necesitamos como sociedad: escucharnos para enfrentar una realidad que avanza y que podría terminar impactándonos a todos, sin distinción.
Sin embargo, existen obstáculos significativos que impiden despertar del letargo social y comprender plenamente lo que está en juego: nichos celosamente custodiados, barreras ideológicas difíciles de sortear, desconfianza generalizada y una desmedida polarización social, mayoritariamente observable en las anónimas y lapidarias redes sociales. Estos son algunos de los factores clave que bloquean una discusión abierta y la formación de consensos. Por ello, el diagnóstico adecuado debería basarse más allá de la coyuntura política, en un análisis metodológico del fenómeno criminal emergente, integrando la experiencia práctica de las fuerzas penitenciarias, las policías y los fiscales del Ministerio Público con investigaciones y estudios académicos rigurosos. Lamentablemente, esta integración rara vez se logra. Fiscales y policías son evaluados en función de casos resueltos y sentencias obtenidas, abandonando por necesidad el estudio profundo de las causas o dinámicas criminales, y frecuentemente esa valiosa experiencia no se comparte eficazmente con el mundo académico.
El enfoque académico tiende a concentrarse en la teoría del fenómeno del crimen organizado, apoyándose en estudios previos, modelos y estadísticas oficiales útiles, pero que no necesariamente reflejan la realidad de las calles y los barrios. La experiencia comparativa de otras realidades criminales, las consideraciones etnográficas y el trabajo de campo a menudo no se consideran dentro de algunos círculos académicos influyentes. Probablemente, ese sea uno de los motivos por los cuales algunas de las explicaciones que la academia entrega queden desfasadas frente a la rápida evolución del fenómeno criminal, especialmente en una sociedad que demanda más respuestas que preguntas.
Sin embargo, es la complejidad que introduce la dimensión política, especialmente en periodos electorales o de crisis, la que añade un gran obstáculo. Algunos actores políticos, al tratar de sacar provecho para su propio beneficio de las manifestaciones de la delincuencia o el crimen organizado, generalmente solo distorsionan la comprensión del problema, lo que al corto o mediano plazo, con frecuencia, lleva a la implementación de soluciones ineficaces que resultan en una significativa pérdida de tiempo y de recursos.
En todas estas dimensiones, la soberbia y el individualismo siempre jugarán en contra de la sociedad.
Nos encontramos ante un panorama extremadamente complicado. Por esta razón, estas páginas no buscan controversias ni cuestionar las explicaciones oficiales, institucionales o académicas sobre el fenómeno criminal que nos afecta. Estoy convencido de que, como sociedad, nos enfrentamos a un desafío de tal complejidad que difícilmente alguien podría afirmar saber más que otro. Es una realidad más intrincada y profunda de lo que estamos dispuestos a reconocer. No se trata de ganar elecciones, criticar al gobierno o mantenerse en la comodidad que ofrece un cargo de autoridad; estamos hablando de nuestro sistema democrático y social.
Para enfrentar una criminalidad emergente, debemos darnos la oportunidad de intercambiar opiniones y experiencias, evitando la soberbia profesional, la competencia institucional o el sesgo ideológico partidista, algo lamentablemente muy difícil de realizar en nuestra realidad actual. La apertura de enfoque es la única manera de fomentar un esfuerzo que conduzca a un diagnóstico integral, objetivo y ampliamente compartido que nos permita —al menos— intentar enfrentar la amenaza que nos acecha.
Estamos siendo testigos de una transformación histórica en el crimen organizado. Un cambio que trasciende las fronteras del país, ya que afecta —de diversas formas y estadios— a gran parte de la región. Nos enfrentamos a un fenómeno transnacional cuyas dinámicas constituyen una amenaza existencial para naciones que han subestimado, durante años, el potencial destructivo de esta forma de criminalidad. Este fenómeno actúa como una combinación de virus y sombras, convirtiéndose en una de las principales amenazas para el Estado de Derecho en la actualidad.
La criminalidad que observamos avanzar tiene la habilidad para mutar, infiltrarse, adaptarse y aprovechar las vulnerabilidades y nieblas de los sistemas democráticos, corrompiendo sus bases y socavando las estructuras e instituciones públicas, especialmente de democracias o sociedades frágiles, divididas y con una institucionalidad deteriorada. Estos son, sin duda, sus huéspedes predilectos en la búsqueda de su objetivo final: la captura del Estado. Constituyendo una amenaza más real de lo que comúnmente se cree, debido a que se oculta en sombras que ayudan a invisibilizarla.
Ejemplos recientes como Ecuador nos demuestran que, desmantelar el tejido social de una sociedad con bases democráticas débiles o con estructuras institucionales frágiles, puede ser una tarea relativamente sencilla para entidades criminales. Sin embargo, su reconstrucción representa un desafío enorme, un esfuerzo que, incluso en el mejor de los casos, podría llevar décadas. En algunos contextos, una recuperación total puede resultar imposible, principalmente por la existencia de oscuras interacciones simbióticas entre crimen y poder. Un poderoso entrelazado de virus y sombras que se fortalece al imponer la resignación a una sociedad exhausta y sometida por el temor; una sociedad dispuesta a ceder.
El factor más alarmante de la nueva realidad criminal en la región, y en particular en Chile, es la velocidad con la que ocurren los eventos en comparación con nuestra capacidad para comprenderlos y contrarrestarlos. Algo que experimenté en varias oportunidades mientras escribía este libro. Mientras intentaba describir un hecho observado en países y zonas altamente criminalizadas, que podría servir como advertencia futura, las noticias relataban un incidente ocurrido en Chile que coincidía exactamente con lo que preveía como una señal de alarma. Esto resultaba más preocupante que frustrante. La velocidad de avance del virus criminal es una característica que va impactando en todos los ámbitos, desde la inversión extranjera hasta la vida cotidiana de las personas en sus hogares.
Por ello, siempre será imprescindible disponer de un diagnóstico único, metodológicamente sólido, transversalmente aceptado y políticamente imparcial. Uno que combine el rigor académico con la investigación de campo observando fenómenos emergentes y alejándose de los discursos politizados o infundados. Un enfoque que trascienda las meras expectativas de ganar o perder elecciones y sobre el cual se deben realizar estudios prospectivos que se apoyen en un monitoreo y evaluación constantes. Debemos ser capaces de detectar a tiempo las mutaciones del virus y los espacios sombríos que este aprovecha. Para ello no solo es necesario considerar la experiencia comparativa nacional, sino que también los actuales escenarios criminales internacionales fuertemente interconectados. Sin duda, esta no es una tarea fácil. De hecho, existe un consenso entre los investigadores del crimen organizado: nuestra comprensión más actualizada puede que solo sea una fotografía del pasado.
No tener un diagnóstico aceptado transversalmente es muy riesgoso y se asemeja a la conducta de un médico negligente que, al tratar a un paciente con múltiples síntomas, elige —ya sea por desinterés, pereza, incapacidad o por evitar enfrentar la situación— no realizar los exámenes necesarios para descartar o confirmar una enfermedad más compleja. En su lugar, se concentra solo en tratar dolencias menores. Cuando la enfermedad principal finalmente se manifiesta, es demasiado tarde para un tratamiento efectivo. Las acciones del médico, aunque puedan haber ofrecido alivio temporal al paciente o su familia, inevitablemente conducirán a consecuencias desastrosas, perdiendo un tiempo valioso que nunca podrá ser recuperado.
Un ejemplo de ello fue el uso inicial del concepto de “crimen organizado”en Chile, que frecuentemente se reduce solo al narcotráfico, la violencia irracional y los actos sangrientos. Si bien esta idea no es del todo incorrecta, la realidad de estructuras criminales organizadas y arraigadas en un territorio puede ser mucho más compleja. La ausencia de violencia visible no implica necesariamente la inexistencia de delincuencia organizada; por el contrario, puede ser indicativo de una consolidación y control territorial probablemente en concomitancia de poderosos actores.
En esencia, el crimen organizado opera como un modelo económico que busca su propia perpetuación, y para alcanzar este fin necesita de aliados o socios dentro de las esferas del poder, quienes, desde las sombras, se encargan de alimentar y configurar mecanismos de impunidad que se entrelazan en redes complejas y poderosas. Cuando estas redes consiguen corromper de manera generalizada las estructuras del Estado, el crimen organizado y el poder se fusionan en una entidad invisible pero omnipresente, amparada por una institucionalidad corrompida.
Cuando ello sucede, una prensa honesta e independiente emerge como la última línea de defensa social, asumiendo el peligroso deber de exponer estas interacciones criminales. Lamentablemente, el crimen organizado también es consciente de la importancia del periodismo en iluminar esas áreas oscuras. Tuve el honor de conversar con Dante Leguizamón, un abogado destacado y valiente defensor de los derechos humanos. Dante es hijo de Santiago Leguizamón, quien fue el primer periodista paraguayo asesinado por atreverse a denunciar las conexiones entre el narcotráfico y el poder.
Cada 26 de abril se conmemora en Paraguay el Día del Periodista en homenaje a la creación del primer periódico de circulación nacional1. En la tarde de un 26 de abril de 1991, Santiago Leguizamón se retiraba de la estación radial que dirigía en la ciudad de Pedro Juan Caballero —ubicada en la frontera con Brasil—, tenía la intención de llegar a casa y celebrar junto a su familia. Sin embargo, no pudo hacerlo. Fue interceptado por un grupo de sicarios que lo asesinó de manera alevosa y brutal. Los detalles de su crimen, incluyendo el objetivo, el método, el lugar y especialmente la fecha, no fueron eventos aleatorios. Todo fue parte de una meticulosa planificación, destinada a implantar uno de los sellos propios del crimen organizado: el mensaje de intimidación.
Santiago Leguizamónhabía realizado una serie de reportajes de investigación respecto a oscuros negocios vinculados al narcotráfico y la corrupción política, lo que había provocado una serie de asesinatos en la frontera. En su programa, Santiago desenmascaró valientemente a jefes mafiosos que, en aquel entonces, gozaban de protección al más alto nivel político del Estado. Hasta el día de hoy, la impunidad prevalece y los autores intelectuales del crimen continúan sin ser juzgados, ello aunque sus nombres sean un secreto a voces en Paraguay.
Desde el trágico día de su homicidio, el crimen organizado ha asesinado a más de veinte periodistas en ese país, y un número indeterminado ha sido silenciado, amenazado o coaccionado para que dejen de escribir y opinar. Todo en un contexto de total impunidad, bajo la sombra de facciones corruptas del poder asociadas. Lamentablemente, esta no es una situación exclusiva de Paraguay, se replica en todos los países y territorios donde la criminalidad organizada ha logrado establecerse. Este angustiante párrafo se mantendrá con puntos suspensivos para todos aquellos valientes profesionales de la prensa que todavía se atreven a investigar y denunciar las oscuras relaciones entre poder y criminalidad.
Hablar con Dante y escuchar su impactante historia, marcada por una resiliencia admirable y un deseo de justicia libre de odio y venganza, ha sido inspirador, al igual que los relatos de todas las víctimas directas e indirectas del parásito crimen organizado. Dedico este libro como mi más respetuoso y humilde homenaje a esas víctimas y como reconocimiento a los honestos y anónimos funcionarios públicos, investigadores y periodistas que, en silencio, contribuyen a la creación de una sociedad más informada, resiliente y vigilante.
Santiago de Chile, enero de 2024.
IPARTE
La transformación del paradigma criminal de Chile
“Nosotros revolucionamos el crimen imponiendo respeto a través de nuestra unión y fuerza, que prevalece encima de todo; con nuestra justicia nosotros formamos la ley del crimen y todos nos respetamos y acatamos nuestras decisiones por confiar en ella. Nuestra responsabilidad se vuelve cada vez mayor, porque somos ejemplos a seguir”.
Actualización del Estatuto del PCC año 2017. Sintonía Final.
En esta primera parte, se intentará describir los cambios que ha experimentado la delincuencia tradicional en Chile. Una necesaria línea de base para comprender y dimensionar los fenómenos criminales que estamos presenciando en la actualidad.
___________________________
Al examinar una serie de eventos disruptivos similares ocurridos en diversos contextos y bajo distintas circunstancias a lo largo de un período específico, y observando que los datos y análisis disponibles no indican una conexión directa entre ellos, surge la hipótesis de que esos fenómenos podrían ser indicativos de un cambio paradigmático en desarrollo.
Este es el fenómeno que pareciera estar sucediendo en la delincuencia tradicional chilena y que estaría experimentando una transformación estructural. La explicación de este cambio podría encontrarse en las alteraciones de los contextos sociales, combinadas con las necesidades adaptativas de supervivencia.
En 1994, la distinguida socióloga y criminóloga Doris Cooper Mayr publicó el libro La delincuencia común en Chile2, un texto extraordinario que resume años de investigación académica y trabajo de campo. La profesora Cooper entregaba una caracterización detallada y brillante de la delincuencia local de ese momento, incluyendo una valiosa y profunda descripción de nuestro sistema penitenciario y su vida intramuros. Un esfuerzo logrado a través de un meticuloso trabajo en terreno con acceso a fuentes directas dentro de la criminalidad, algo poco común en investigaciones académicas. Este y otros de sus trabajos se han convertido en referentes fundamentales para aquellos que, por obligación o interés, buscamos comprender el mundo delictual. La herencia metodológica de la profesora Cooper entrega una excelente línea de base para entender la evolución de la delincuencia en el país.
Basándonos en estos datos, desde 1994 hasta la fecha, hemos sido testigos de transformaciones significativas en lo que podría denominarse como la contracultura delictiva chilena. Estos cambios afectan tanto la morfología como la operatividad del fenómeno delictivo. Las transformaciones más radicales no son recientes; empezaron a tomar forma desde hace al menos 15 años. No obstante, en la actualidad, han cobrado una relevancia y un dinamismo particular, especialmente tras el denominado “estallido social”, la pandemia y los frustrados procesos constituyentes, transformaciones que incluso para los delincuentes retirados o“choros viejos”, como ellos mismos se denominan, les sorprenden y preocupan. Aunque las transformaciones son múltiples, este texto se enfocará en destacar las más relevantes para intentar comprender el contexto actual en nuestro país.
TENDENCIA DE CAMBIO EN LA FRAGMENTACIÓN Y ATOMIZACIÓN DE LA DELINCUENCIA CHILENA
En términos históricos, la delincuencia en el país tendía a generar lazos de asociatividad principalmente en función de las comunas, sectores o poblaciones desde donde provenían los individuos que se autopercibían como delincuentes. Lo que generaba estructuras de afinidad más cercanas a funcionar como clanes que como pandillas.
En estas microestructuras de asociatividad territorial, también solían establecerse vínculos por lazos sanguíneos, parentales o en algunas ocasiones por afinidades diversas como estilos musicales o equipos de fútbol. La relación territorial también influía en la distribución de los privados de libertad en las cárceles, lo que generaba tanto lazos de lealtad como condicionantes de conflictividad. Con todo, la consecuencia más notable de esta dinámica era la permanente fragmentación de la delincuencia.
En los últimos años hemos observado un cambio significativo en este patrón. Ahora prevalece una tendencia hacia la formación de estructuras criminales más amplias y diversificadas en sus funciones, algo que requiere —para la consecución de los fines de sus actividades criminales— de un mayor número de participantes, privilegiando la capacidad más que la pertenencia territorial, fomentando incluso la subcontratación de mano de obra. Esto se ha evidenciado en asaltos a centros comerciales o bodegas, donde la operatividad refleja estructuras tipo comando, con acciones similares a la de una guerrilla urbana con división de funciones.
Esta tendencia de cambio, discutida en entrevistas con expertos en criminalidad y miembros de la inteligencia penitenciaria en Chile, resalta un consenso importante: no se puede descartar en ella la influencia de la delincuencia de origen extranjero. Los expertos coinciden en que la tendencia hacia la formación de grandes bandas o pandillas —una realidad bien establecida en otros contextos internacionales— está influyendo en la dinámica de la delincuencia local chilena.
TENDENCIA AL FIN DEL PREDOMINIO DE LOS LADRONES POR SOBRE OTRAS DIMENSIONES DE LA ACTIVIDAD DELICTUAL3
Hasta hace unas décadas, en la cultura delictiva de Chile (y en varios otros países de Latinoamérica) la figura del ladrón, en sus diversas variantes, había sido predominante. Dentro de esta categoría destacaba el asaltante, cuyo respeto o reputación, conocido como “cartel” o “ficha”, aumentaba si sus acciones eran planificadas y audaces, especialmente cuando se dirigían a objetivos de alta importancia, como bancos, camiones de valores o instalaciones fuertemente protegidas. Aquellos asaltantes que portaban armamento de fuego y no dudaban en utilizarlo para enfrentarse a la seguridad armada o la policía eran aún más valorados en este entorno.
Si el “choro” (otra denominación del ladrón) era capturado y se mantenía en silencio, es decir, no cooperaba con las autoridades revelando el nombre de sus asociados o el paradero del botín, su reputación en el mundo del hampa se disparaba, convirtiéndose en una verdadera leyenda si lograba fugarse de su reclusión. La tradicional delincuencia chilena tuvo varias de esas leyendas en sus años dorados.
En esta categorización tradicional, el traficante (de drogas), con algunas excepciones, solía ser menospreciado o considerado en un escalafón inferior. Sin embargo, esta particular escala social delictual ha venido experimentando una transformación radical en la última década.
El narcotráfico, en correlación con el aumento de la demanda, ha evolucionado hacia un modelo de negocio más profesionalizado, con una mayor variedad en la oferta de drogas, introducción de criterios empresariales, división de funciones, formación de estructuras más amplias, mayores niveles de inversión y técnicas de lavado de activos. Sin embargo, nada de ello ha sido más importante que el aumento de su poder de fuego directamente relacionado con el control territorial.
Esta evolución del mercado de las drogas permite en la actualidad que un choro-asaltante pueda invertir las ganancias de sus actividades criminales, sin prejuicios o resquemores, en el narco. Incluso puede —y muchos lo hacen— participar en empresas conjuntas más allá de nuestras fronteras, enviando drogas fuera del país. Para ello, debe necesariamente asociarse con narcotraficantes más avanzados, nacionales o extranjeros. De esa forma se han ido generando nuevas redes. Todo ello ha propiciado que el asaltante pueda devenir en traficante sin perder su condición base, lo que genera la formación de estructuras delictuales híbridas, como las que se observan en Colombia, Perú, Brasil, Paraguay, Ecuador y algunas zonas de Argentina, donde por ejemplo se asalta un banco o un camión de valores para tener un capital y después invertirlo en drogas, que es donde está la plata.
Estas transformaciones contraculturales son de una extraordinaria peligrosidad, ya que propenden a la formación de estructuras más grandes que requieren de liderazgos definidos, un poderoso despliegue de armamento, recursos logísticos y especialmente de control territorial. Otro factor interesante de esta mutación es que ha permitido materializar un equilibrio de poder tanto en las cárceles como en las poblaciones, influido también por las dinámicas de la delincuencia extranjera. En este nuevo contexto, la dicotomía tradicional entre ladrón y traficante no se sostiene másante la realidad de esta nueva criminalidad que hoy demuestra, además, una inusual y permanente capacidad de desdibujar las fronteras. Por ello, la atomización de la delincuencia chilena tradicional que se agrupaba por comunas o poblaciones es un modelo obsoleto.
Un modelo exitoso y paradigmático fuera de nuestras fronteras lo representan las poderosas mafias brasileñas, como elComando Vermelho(CV) de Río de Janeiro y el Primer Comando de la Capital(PCC) de São Paulo. Ambas estructuras criminales han crecido rápidamente, abarcando toda la gama de actividades delictivas sin distinción. Una diversificación criminal en la que facciones especializadas dentro del grupo se dedican a secuestros, narcomenudeo, actividad extorsiva y asaltos de gran envergadura, incluyendo operaciones con características militares como las de toma de ciudades4que han realizado incluso fuera de Brasil. En la actualidad, el CV y especialmente el PCC avanzan hacia el tráfico de drogas a escala global, todo ello con un significativo poder de fuego y de control territorial fuera y dentro de Brasil, el que incluye control de barrios, ciudades, instalaciones penitenciarias y portuarias5.
El modelo exitoso de organizaciones como el CV o el PCC incluye también la capacidad de tejer una poderosa e influyente red de impunidad, la que incorpora abogados, policías, jueces y políticos en sus nóminas de pago o de afiliación.
TENDENCIA AL FIN DE LA TRADICIONAL RELACIÓN CON LA CÁRCEL Y EL REPLANTEAMIENTO DE SU SIGNIFICANCIA
He tenido la oportunidad de conversar y entrevistar a exconvictos y miembros experimentados del servicio penitenciario, quienes desde sus respectivas experiencias han sido testigos de algunos de los procesos de transformación dentro del hampa chilena en su relación con el ambiente carcelario.
En ambas perspectivas se registran coincidencias en señalar que tradicionalmente la delincuencia en Chile consideraba la prisión como un accidente de trabajo, una anomalía temporal de la que había que salir lo más pronto posible, donde prevalecía la creencia de que el choro y el vivo no eran de la cana; es decir, existía entre los criminales la convicción de que la actividad delictiva debía centrarse en el medio libre, donde era factible la generación de recursos económicos. Siguiendo un código criminal que valoraba al ganador de plata en la calle.
En la actualidad, y siguiendo la tendencia de muchos países de la región, las prisiones chilenas se han convertido en una fuente de ingresos para actividades criminales, dando lugar a una economía ilícita extremadamente rentable. Contrario a lo que comúnmente se cree, la evidencia empírica indica que la implementación gradual iniciada el año 2000 de la reforma procesal penal en el país ha llevado a un incremento en la duración de las condenas, resultando en penas más extensas. Además, ha provocado un aumento continuo en la población carcelaria, particularmente en los detenidos en prisión preventiva.
Este último aspecto es especialmente relevante, ya que implica un aumento en el número de reclusos expuestos a influencias criminógenas y a la extorsión intrapenitenciaria, ya que lógicamente un aumento en la cantidad de delincuentes de menor categoría crea oportunidades de negocio para reclusos más experimentados o asociados a estructuras criminales dominantes más violentas, generando así un círculo vicioso de sometimiento, extorsión o de reclutamiento.
Para una sociedad exhausta, los sucesos que ocurren dentro de las cárceles pueden parecer lejanos o irrelevantes, adoptando una actitud de indiferencia bajo la premisa quetodo lo que les sucede, se lo tienen merecido. Sin embargo, aunque esta perspectiva social puede parecer comprensible, en todos los modelos observados ha sido extraordinariamente peligrosa y compleja. Tal actitud contribuye a la justificación para el surgimiento o crecimiento de megaestructuras criminales que, operando desde las prisiones, extienden su influencia hacia las calles donde utilizan los mismos métodos extorsivos e inhumanos que aplican dentro de los recintos penitenciarios. Métodos que, en muchos casos, han sido ignorados tanto por las autoridades como por la opinión pública.
El citado Primer Comando de la Capital también sirve de ejemplo para demostrar aquello. Su surgimiento se justifica como respuesta a la brutalidad y las condiciones inhumanas en las prisiones de São Paulo. El PCC se formó en 1993 tras la masacre de Carandirú, ocurrida un año antes6. Bajo el lema Paz, justicia y libertad, el PCC se planteó como un modelo de asociatividad que buscó inicialmente mejorar las condiciones carcelarias y establecer un orden interno. Al poco tiempo, miles de internos comenzaron a integrarse tanto de forma voluntaria como obligada al Comando, logrando controlar los recintos penitenciarios y expandiendo su supremacía de control en favelas y barrios de São Paulo, logrando al poco tiempo dominar el tráfico de drogas y continuar realizando grandes asaltos dentro y fuera del estado paulista.
Durante años, las autoridades del estado de São Paulo negaban la existencia del PCC, ello a pesar de sólidas evidencias, investigaciones y denuncias reiteradas de la prensa que alertaban sobre el cada vez mayor dominio carcelario y territorial que ejercía este grupo criminal. El año 2001, sangrientas pugnas internas destinadas a que nuevos mandos lograran el control de la organización criminal se convirtieron en la justificación para que las autoridades del estado intentaran separar y trasladar a varios líderes conocidos a diferentes prisiones, anunciando inicialmente la medida como exitosa. Sin embargo, mediante el uso de teléfonos celulares, los líderes de la estructura criminal coordinaron el inicio simultáneo de motines en 29 presidios paulistas, una de las mayores rebeliones carcelarias conocidas hasta ese momento en Brasil, y con ello el traslado de líderes criminales fue frustrado. El PCC depuró sus liderazgos y ese año se fortaleció y terminó logrando posiciones ventajosas que pueden explicarse solo por la existencia de desconocidas negociaciones con las autoridades del Estado incapaces de controlar los motines simultáneos.
El 12 de mayo de 2006, en vísperas del fin de semana del Día de la Madre (una fecha muy importante en Brasil), la Secretaría de Administración Penitenciaria de São Paulo tomó la decisión de transferir a 765 reclusos integrantes del PCC a la Penitenciaría II de Presidente Venceslau, una unidad de máxima seguridad. Esta acción desencadenó otra rebelión de magnitud sin precedentes, con 79 prisiones tomadas en todo Brasil y la retención de guardias penitenciarios, funcionarios y visitantes como rehenes. Paralelamente, se ejecutaron ataques coordinados fuera de las prisiones, especialmente en la ciudad de São Paulo, que incluyeron la detonación de explosivos en edificios judiciales, ataques a domicilios de policías, la quema de buses y el asesinato de policías y civiles.
La ola de violencia generó el cierre de supermercados, bares, escuelas, universidades y comercios; asimismo, el servicio de autobuses públicos —especialmente en las zonas periféricas— se vio interrumpido. Las calles de la ciudad más grande del país quedaron desiertas, paralizadas por la criminalidad, con la consecuente respuesta igualmente violenta por parte del Estado. El saldo de esta escalada —que duró nueve días— fue de 564 personas muertas y cientos de heridos. De los fallecidos, 505 eran civiles y 59 agentes públicos. Según informes independientes levantados por testimonios y pericias, de los muertos civiles, 122 tenían evidencias de haber sido ejecutados de manera sistemática por escuadrones parapoliciales. La mayoría de los fallecidos durante esta ola despiadada y mortal tenía menos de 35 años.
Existe una opinión generalizada de que el gobierno paulista de esa época tuvo nuevamente que transigir y llegar a una tregua, algo que se intentó ocultar. Tras estos eventos, un fortalecido PCC comenzó a abandonar su perfil radicalmente confrontacional intrapenitenciario. Ya no era necesario demostrar su poder. Desde entonces, la organización ha evolucionado, diversificando todos sus mercados criminales, incluyendo el tráfico internacional de cocaína, el que parece privilegiar en la actualidad, generando alianzas internacionales y logrando controlar zonas de producción en otros países, rutas y puertos.
En Chile, la evolución de la delincuencia ha llevado a que las cárceles se conviertan en espacios más protegidos que el exterior o la calle, como se lo conoce en los códigos del hampa. Las prisiones se han transformado, en la práctica, en centros de mando y control desde donde se dirige y coordina la actividad criminal fuera de sus muros. En las cárceles chilenas se está empezando a observar la formación de estructuras complejas con una clara división del trabajo, compartimentación y roles multifuncionales.
Conversaciones con integrantes de la inteligencia penitenciaria advierten que los entornos exteriores de algunos recintos carcelarios en el país se encuentran bajo el control de estructuras criminales vinculadas o funcionales a facciones operativas dentro de las prisiones. Como resultado, muchas de las actividades delictivas que ocurren en las inmediaciones de los penales están orquestadas y supervisadas por estos grupos. Entre estas acciones se encuentra el envío de contrabando a los reclusos o el lanzamiento de objetos y drogas desde fuera de los muros. Un ejemplo que puede parecer anecdótico, pero que refleja el poder de algunos delincuentes, es que se hagan lanzar la comida desde la calle, para no comer el rancho (comida) de la prisión.
Esta imbricación de estructuras dentro y fuera de los penales es una señal seria de alerta. Cualquier intento de desafiar esta dinámica se considera una provocación y se castiga severamente. Varios incidentes —incluidos homicidios— ocurridos en los últimos años en los alrededores de algunas cárceles, como la concesionada Santiago Ide la capital o El Manzanoen Concepción, podrían ser una confirmación de esta situación. Este no es un fenómeno exclusivo de Chile; es bastante común en otros países de Latinoamérica, como Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay y Perú.
El control del entorno de las cárceles tiene cierta lógica; por ejemplo, existen elevados niveles de dependencia de drogas al interior de los recintos penitenciarios y el valor de una dosis puede ser 2 a 5 veces superior de lo que cuesta solo a un par de metros afuera de los muros. Un equipo telefónico celular obsoleto puede comprarse dentro de una cárcel al mismo valor que un moderno equipo nuevo y así múltiples ejemplos. El nuevo mercado intrapenitenciario convertido en monopolio se ha convertido en una plaza sumamente rentable para estructuras criminales que tengan la capacidad o la experiencia para lograrlo.
Ante esta realidad, la tradicional conformación del hampa chilena que se centraba en su organización territorial, que dependía en gran medida de la pertenencia a una comuna o población específica, generando implicaciones en la jerarquía carcelaria y en su extensión al medio libre, ha variado radicalmente. En la actualidad, la dinámica dentro de las cárceles depende de otros factores, como la afiliación a ciertas facciones criminales o de actividades delictivas específicas, como el narcotráfico. El año 2019, Gendarmería ingresó a un módulo de la Cárcel Colina II, encontrando espacios refaccionados, televisores, un minigimnasio, refrigeradores con comida exclusiva, consolas de juego y hasta módems para internet. En este módulo de máxima seguridad convivían 112 internos, principalmente con condenas de tráfico de drogas, homicidio, venta de armas, asociación ilícita, y todos provenían de diferentes comunas. Lo que los unía era la categorización criminal que les había entregado Gendarmería7.
TENDENCIA A LA VISUALIZACIÓN DE LA ACTIVIDAD CRIMINAL COMO SÍMBOLO Y VEHÍCULO DE MOVILIDAD SOCIAL
