Cuando éramos los mejores - Larry Bird - E-Book

Cuando éramos los mejores E-Book

Larry Bird

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Beschreibung

Desde el instante en que Earvin "Magic" Johnson y Larry Bird saltaron a la pista como rivales, entablaron una batalla física y psicológica sin parangón. Con el verde de los Celtics estaba Larry Bird, un chaval de Indiana duro, exigente y perspicaz armado de un infalible tiro exterior. Vestido con el oro y púrpura de los Lakers estaba "Magic" Johnson, Mr. Showtime, el hombre espectáculo, una personalidad arrolladora que jugaba al baloncesto como los ángeles. Jóvenes y atrevidos, ambos ardían en deseos de ganar a toda costa. Su inusual relación acabó siendo el símbolo de la rivalidad por excelencia de la NBA: Lakers contra Celtics, el Este contra el Oeste, el físico contra la sutileza, la vieja escuela contra el Showtime, incluso los negros contra los blancos. Cada uno empujó al otro hacia lo más alto, y juntos sumaron ocho campeonatos, seis premios MVP y contribuyeron a que una NBA en horas bajas se convirtiera en lo que es hoy en día. Al principio fueron acérrimos rivales, pero durante el trayecto acabaron fraguando una amistad imperecedera. Con todo lujo de detalles, "Cuando éramos los mejores" nos transporta a una época inolvidable y revela por primera vez los entresijos de la carrera de dos jugadores cuya máxima aspiración era derrotar a su rival. "Cuando éramos los mejores" es, en definitiva, la crónica de la trayectoria de dos gigantes durante la época dorada del baloncesto profesional estadounidense.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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When the Game Was Ours

© 2009, Magic Johnson Enterprises y Larry Bird

Publicado según acuerdo con International Editors’ Co. y Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Traducción: Javier Gómez Vázquez

Diseño: Pablo Martín

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición en papel: Octubre de 2015

Primera edición digital: Julio de 2017

© 2017, Contraediciones, S.L.

C/ Elisenda de Pinós, nº 22

08034 Barcelona

[email protected]

www.editorialcontra.com

© 2015, Javier Gómez Vázquez, de la traducción

ISBN: 978-84-946833-7-4

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Para nuestros fans

—LARRY BIRD E EARVIN «MAGIC» JOHNSON JR.

A mis padres, Margarethe y Fred MacMullan,que me enseñaron que todo era posible

—JACKIE MACMULLAN

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN DE LARRYINTRODUCCIÓN DE MAGIC19 DE ABRIL DE 1978 Lexington, Kentucky225 DE MARZO DE 1979 Salt Lake City, Utah316 DE MAYO DE 1980 Filadelfia, Pensilvania431 DE ENERO DE 1982 East Rutherford, Nueva Jersey512 DE JUNIO DE 1984 Boston, Massachusetts626 DE SEPTIEMBRE DE 1984 Palm Springs, California712 DE SEPTIEMBRE DE 1985 West Baden, Indiana89 DE JUNIO DE 1987 Boston, Massachusetts97 DE NOVIEMBRE DE 1991 Los Ángeles, California107 DE AGOSTO DE 1992 Barcelona, España1118 DE AGOSTO DE 1992 Boston, Massachusetts1227 DE SEPTIEMBRE DE 2002 Springfield, MassachusettsESTADÍSTICAS LARRY BIRDESTADÍSTICAS EARVIN «MAGIC» JOHNSONAGRADECIMIENTOSLOS AUTORES

INTRODUCCIÓNDE LARRY

CUANDO ERA NIÑO, la única cosa que me importaba era ganar a mis hermanos. Mark y Mike eran mayores que yo, y por lo tanto más grandes, más fuertes y mejores; al baloncesto, al béisbol, en todo. Me empujaban, me zarandeaban. Quería ganarles, más que nada, más que a nadie. Pero aún no había conocido a Magic. Cuando lo hice, era a él al único al que tenía que derrotar. Mi relación con Magic va más allá de lo fraternal. Nunca he desvelado de qué forma dominaba mis pensamientos durante mis días como jugador. No podía. Pero una vez que acepté hacer este libro, supe que por fin había llegado la hora de que el público conociese mi relación con la persona que me motivaba más que ninguna otra. Nuestras carreras, desde el principio, recorrieron el mismo camino. Nos enfrentamos en el campeonato nacional universitario y luego nos hicimos profesionales, exactamente el mismo año. Él en la Costa Oeste, yo en la Costa Este; en las dos mejores franquicias de la NBA de todos los tiempos. No se podría haber planeado mejor.

Al principio no me gustó cómo funcionaba el asunto. Era siempre Bird y Magic, en lugar de Celtics y Lakers, y eso no me gustaba. Ni siquiera tratábamos de defendernos. Yo profesaba un respeto enorme por Magic, más que por cualquier otra persona con la que haya competido. Desde la primera vez que le vi, me di cuenta de que veía el juego de la misma forma que yo. Todo consiste en competir, y eso es lo que ambos compartíamos. Eso fue lo que nos hizo destacar. Mis compañeros siempre rajaban de Magic, por su sonrisa perenne, por cómo buscaba siempre la jugada más espectacular. Pero si ibas al fondo del asunto y les preguntabas qué pensaban de verdad, incluso ellos tenían que admitirlo: «Es el mejor».

Yo no perdía demasiado el tiempo comparándome con él. Éramos dos jugadores totalmente diferentes, con pocas similitudes. A los dos nos encantaba pasar y mantener a nuestros compañeros involucrados en el juego. No era nuestra prioridad meter 50 puntos, aunque habríamos podido hacerlo fácilmente cuando estábamos en nuestro mejor momento. Cuando veía las mejores jugadas de Magic después de los partidos, me decía, «¿cómo ha hecho eso?». Controlaba el tempo de partido mejor que nadie. En ocasiones, cuando jugábamos contra los Lakers, yo era el único defensor en uno de sus contraataques 3 contra 1. Aunque yo no era demasiado rápido, solía ser capaz de leer lo que iba a hacer el base en esas situaciones e intuir hacia dónde iba a pasar. Pero no con Magic. Nunca tenía ni idea de lo que iba a hacer con el balón.

No nos caíamos demasiado bien. Era demasiado duro. Año tras año intentando derrotarnos, y la gente seguía comparándonos. Los dos queríamos lo mismo, por eso yo no quería conocerle, porque sabía que probablemente me caería bien y entonces perdería mi ventaja.

La gente cree que todo comenzó con la final de la NCAA de 1979. No es así. Jugamos en el mismo equipo el verano anterior en un torneo internacional y juntos hicimos algunas jugadas increíbles. Es una pena que nadie las viese. El entrenador no nos dejó jugar demasiado, así que tuvimos que idear otras formas de demostrar que estábamos entre los mejores jugadores del país al margen de los partidos. Creedme, lo entenderéis cuando leáis este libro: conseguimos encontrar la forma de no pasar desapercibidos.

En este libro os contaremos la desconocida historia de los días anteriores a la final de la NCAA, no los cotilleos que corren por ahí. Con el paso de los años se ha citado a muchísimas personas del entorno de nuestro equipo de Indiana State al respecto de lo que yo hacía o pensaba por entonces. Siempre me sorprendió, porque apenas las conocía, y por eso nunca supieron contar bien la historia. A menudo, gente que tenía poco que ver con el éxito del equipo era la que más tenía que decir sobre el mismo. Esta es una de las razones por las que Magic y yo hemos decidido hacer este libro juntos. Por una vez podréis oír de nuestros labios lo que sentíamos cuando nos enfrentamos en el campeonato de la NCAA o por los títulos de la NBA. Ha sido un camino interesante, creedme. Pero no siempre ha sido un camino sencillo. Cuando eres tan competitivo como lo somos nosotros, surgen malos pensamientos a todas horas. Yo los tenía y, después de esta experiencia, he sabido que Magic, también. Después de años de luchar el uno contra el otro, la gente no puede pensar en el uno sin el otro. Somos como Ali y Frazier. Cuando me retiré la gente me preguntaba por él continuamente. Me decían, «¿cómo está Magic? ¿Qué sabes de él?». Más incluso que de mis propios compañeros. Nueve veces de cada diez preguntaban, «y bien… ¿cómo está Magic?», y solo una de cada diez, «¿qué hay de McHale?». Es difícil explicar cómo es estar ligado a una persona de esa forma. No lo elegimos, simplemente sucedió. Y ahora estamos unidos el uno al otro.

En una ocasión, hace unos pocos años, iba conduciendo por Indianápolis y recibí una llamada de un reportero de televisión. Me preguntó, «¿has oído la noticia?», yo le contesté, «¿a qué te refieres?», y dijo, «bueno, aún no está confirmado, pero hemos recibido un teletipo que afirma que Magic Johnson ha muerto». Casi me salgo de la carretera. Sentí un vacío en el estómago y creí de verdad que iba a perder el control. Colgué y llamé a mi agente Jill Leone al momento. Ella llamó a su vez a Lon Rosen, el agente de Magic, quien le dijo que se trataba de un rumor malintencionado, que Magic estaba bien. Llamé de nuevo al tipo de la televisión y le dije, «no vuelvas a hacerme esto en tu vida».

La gente ha escrito sobre Magic y sobre mí durante años. Algunos tenían razón. Otros, no. Esta es nuestra historia, contada por las dos personas que la vivieron. Cuando los Celtics y los Lakers se enfrentaron en las Finales de 2008, hicieron brotar en mí grandes recuerdos. Los de la mejor época de mi vida, aquellas batallas contra Magic y los Lakers. Solo pensaba en ellas. Nada resultaba más dulce que derrotar a L.A. Mantuvimos una lucha infernal persiguiendo el mismo objetivo durante más de doce años, y durante todo ese tiempo el respeto estuvo siempre presente. Estamos conectados para el resto de nuestras vidas. Antes me importaba. Ahora ya no.

LARRY BIRD

Indianápolis, marzo de 2009

INTRODUCCIÓNDE MAGIC

MI ENTRENADOR EN EL INSTITUTO, George Fox, solía decirme que no diese mi talento por sentado. «Eres especial, Earvin», decía. «Pero no puedes dejar de trabajar duro. No olvides esto: existe alguien ahí fuera con tu mismo talento y que está trabajando igual de duro. Quizá más aún.» Cuando el entrenador Fox decía esas cosas, yo asentía con la cabeza pero pensaba para mis adentros: «Me gustaría conocer a ese tío, porque nunca lo he visto». ¿En serio? No estaba seguro de que existiese alguien así.

Eso cambió el día de 1978 en el que entré en un pabellón de Lexington, Kentucky, y vi a Larry Bird por primera vez. Entonces supe que aquel era el tipo al que se refería el entrenador Fox. Larry era un tipo especial. No hablaba demasiado y estaba siempre ensimismado. Pero, amigos, sabía jugar al baloncesto. Nunca había visto a un jugador de su tamaño pasar como él lo hacía. Hubo química desde el primer momento. Jugamos en el equipo suplente con un grupo de estrellas universitarias y acabamos por dejar en ridículo a los titulares.

Sabía que volvería a verme las caras con él, y así fue, ¡muchísimas veces! Cuando llegué a la NBA y empecé a jugar en los Lakers, veía todos los partidos de los Celtics que podía para estar al tanto de lo que él hacía. Se convirtió en el referente con el que medirme. La primera vez que nos enfrentamos en las Finales, en 1984, Larry sacó lo mejor de mí. Me llevó años superarle. En realidad, no estoy seguro de haberlo hecho.

Me sorprendió escuchar el relato de Larry sobre mi victoria en el campeonato de la NBA como novato. En él admite que estaba celoso, lo que me ha dejado alucinado, porque por entonces nunca lo demostró. Por supuesto, como sabréis cuando empecéis a leer este libro, yo también tuve mis brotes de celos cuando de Larry se trataba.

Cuando hablo en público suelo decir que me hubiera gustado que los hijos de los presentes hubieran tenido la oportunidad de ver jugar a Larry Bird, porque lo hacía como hay que hacerlo. Jugaba en equipo, pero lo que yo más admiraba era su deseo de ganar, su dureza, su presencia de ánimo y su conocimiento del juego.

Estoy indisolublemente unido a Larry, para siempre. Así es, simple y llanamente. Quise que los dos entrásemos juntos en el Salón de la Fama, pero no fue posible, así que este libro es lo más parecido a hacerlo. Nos ha dado la oportunidad de contar nuestra historia y compartir con vosotros la evolución de nuestra amistad. Una parte de ella os sorprenderá. Cuando jugaba, yo era consciente de cómo escrutaba obsesivamente hasta el último movimiento de Larry, pero no fue hasta que empecé a hacer las entrevistas para este libro que supe que él me seguía con la misma atención. No puedo eludir a Larry. Y apuesto a que él tampoco puede hacerlo conmigo. Cuando me topo con aficionados, la primera cosa que quieren saber es, «¿le has visto? ¿Has hablado con Larry?». Nadie me pregunta nunca por Kareem o James Worthy, por Byron o Coop. Siempre por Larry. Hemos tenido que acostumbrarnos a eso.

En mis giras alrededor del país siempre me reciben afectuosamente, especialmente en Boston. La gente le dice a sus hijos, «tú te lo perdiste. Larry y este tío armaban un espectáculo. Le odiábamos, pero también le respetábamos». Cada vez que entro en el nuevo Boston Garden se me vienen a la cabeza una tonelada de recuerdos. Juraría que aún tienen a los mismos tipos colocando el parqué que cuando yo jugaba. Evoco aquellos días. Las camisetas de «BEAT L.A.», los puestos de venta en el exterior, las duchas con agua fría, las alertas de incendio en mitad de la noche cuando nos quedábamos en hoteles de Boston. Nunca ha habido una rivalidad mejor.

Lo que hemos intentado con este libro es haceros vivir todo aquello; como en 1984, justo después de que los Celtics ganasen el título. Yo encerrado en una habitación de hotel en Boston, viendo cómo todos aquellos aficionados de los Celtics se volvían locos en la calle. ¡Y no os vais a creer dónde estaba Larry!

Algunas veces me pongo los antiguos partidos entre los Celtics y los Lakers. Nunca me canso de verlos. En cada equipo había cinco cuerpos moviéndose sincronizadamente. Normalmente anotábamos 60 puntos al descanso. Era un baloncesto poético. Cuando los veo no puedo dejar de notar la intensidad en el rostro de Larry y en el mío. No desconectábamos nunca. No podíamos permitírnoslo porque, si lo hacíamos, el tipo que estaba enfrente iba a sacarle partido. ¿Podéis imaginaros lo que es tener a un jugador del calibre de Larry Bird presionándote noche tras noche? Era agotador.

Nos llevó cierto tiempo llegar a conocernos. Es difícil construir una relación con alguien que anhela exactamente lo mismo que tú. Éramos diferentes, eso está claro. Yo muy expresivo en la pista, Larry a menudo ni siquiera movía un músculo. Yo sabía que por dentro su corazón latía tan rápido como el mío, pero muchas veces le miraba y me preguntaba, «¿qué está pensando?». Ahora, por fin, lo sé.

Siempre quise trabajar con Larry en un proyecto como este. El amor y el respeto que siento por él son genuinos. Nunca he conocido a nadie como él. Y por eso solo hay un Larry Bird. Estoy orgulloso de tenerlo por amigo.

EARVIN «MAGIC» JOHNSON

Los Ángeles, marzo de 2009

19 DE ABRIL DE 1978Lexington, Kentucky

EL LANZAMIENTO SALIÓ DESPEDIDO DEL ARO, pero Larry Bird, cartografiando el vuelo del balón, capturó el rebote y avanzó sin vacilar, girando la cabeza como si examinase sus opciones. Earvin Johnson Jr. ya había comenzado a correr hacia la canasta rival cuando el balón todavía estaba en el aire. Solo había jugado con Bird durante esos seis días, en un combinado de estrellas universitarias que disputaban una competición internacional con formato de liguilla, pero ya tenía claro que Bird era el mejor reboteador del equipo. Bird ocupó el carril central y Magic se situó en el lado derecho y pidió el balón, pero el alero miró a otro lado, como si tuviese asuntos más perentorios en otro sitio. Durante un breve instante Magic se sintió frustrado: «Este no me la dará», murmuró. Pero entonces llegó: un misil por detrás de la espalda que aterrizó directamente en la palma de la mano derecha de Magic. El balón se quedó allí justo el tiempo suficiente para que Johnson desarmase al jugador que le defendía, Andrei Lapatov, con un crossover y se lo devolviese a Bird con un pase sin mirar por encima del hombro. La estrella de Indiana State apenas dejó que se alineasen las costuras antes de devolver el balón con un toque a Magic, sin dejar margen de reacción al abrumado defensor soviético. Cuando Johnson anotó la bandeja, el público del Rupp Arena, en Lexington, Kentucky, rugió con deleite. Luego, Magic se giró y se fue a por Bird para ofrecerle su característico choque de manos. Bird chocó la mano del adolescente y juntos trotaron hacia el otro lado de la pista, uno saltando, aplaudiendo y celebrando, y el otro con la cabeza baja, inexpresivo, como si nada destacable hubiese ocurrido. El viaje entrelazado por el mundo del baloncesto de Earvin «Magic» Johnson y Larry «Joe» Bird había comenzado.

Johnson no conocía a Bird y se quedó impactado por lo buen pasador que era. Cuando le mandó aquel pase sin mirar, Magic se dijo: «No voy a dejar que este tío me eclipse». «Fueron tres segundos increíbles», cuenta Magic. «¡Bum, bum, bum! Pensé: “¡Dios, me encanta jugar con este tío!”. Y créeme, al público también le encantaba.» Unos treinta años después de aquel contraataque contra la selección nacional de la Unión Soviética, cuando Magic tenía solo dieciocho años y Bird apenas veintiuno, ambos recuerdan la jugada con claridad. «El defensor se bloqueó al intentar pararnos», recuerda Bird. «Nos abalanzamos sobre él tan rápidamente que empezó a mover la cabeza de un lado para otro y acabó haciendo un círculo. Fue gracioso en cierto modo, porque el pobre chico no tenía ni idea de lo que pasaba.»

Y no era el único. A ningún periodista se le ocurrió escribir un artículo sobre la magia de Bird y Magic a campo abierto. No hubo descripciones apasionadas de los artísticos pasadores en los periódicos al día siguiente. En 1978, aunque ambos presentaban ya un destacado currículo, no eran considerados jugadores de élite. En aquel momento ninguno de los dos había ganado todavía un anillo de la NBA, ni un título de MVP, ni, para el caso, tampoco un campeonato de la NCAA. La ironía de que Bird y Magic comenzasen su conocida relación como compañeros no quedó registrada porque sus respectivas carreras, que acabaron convirtiéndose en una de las rivalidades más apasionantes de la historia del baloncesto, no habían hecho más que empezar.

«Eran muy buenos», señala Michael O’Koren, compañero en el torneo, «pero todavía no eran Magic y Larry.» En lugar de eso, Johnson y Bird eran reservas en un equipo amateur que participaba en una competición internacional jugada con formato de liguilla llamada World Invitational Tournament (WIT), e intentaban en vano demostrarle al entrenador, Joe B. Hall, que se merecían minutos importantes. Aunque Bird y Magic en ocasiones intercambiaban miradas de complicidad cuando entre los dos superaban a los titulares en los entrenamientos, Bird reveló poco de su personalidad a Johnson. Era un joven parco en palabras, pero cuando regresó a French Lick y se encontró con su hermano, Mark Bird, no dudó en revelarle su gran descubrimiento. «Acabo de ver al mejor jugador del baloncesto universitario», dijo Larry entusiasmado.

El World Invitational Tournament fue un evento organizado a toda prisa para la televisión que reunía a algunos de los mejores jugadores universitarios para la celebración de tres partidos en cinco días contra la Unión Soviética, Cuba y Yugoslavia. Los partidos se disputaron en el Omni de Atlanta, el Carmichael Auditorium del campus de North Carolina y el Rupp Arena de Lexington, Kentucky. Bird acababa de completar su tercera temporada en Indiana State, había sido seleccionado en el primer equipo All-America1 y sería elegido en el draft por los Boston Celtics tres meses después. Magic acababa de terminar su primer año en Michigan State, había sido elegido para el tercer equipo All-America tras deslumbrar en la Big Ten con su despliegue de pases sin mirar, alley-oops y asistencias en bote para puertas atrás. Con todo, en el equipo del World Invitational, conocido también como «Converse Cup», Johnson y Bird eran segundones. Los puestos de titular eran para Joe B. Hall y sus Kentucky Wildcats, que habían derrotado a Duke por 94-88 la semana anterior en la final de la NCAA. Hall eligió a cinco de sus chicos para el WIT: el alero Jack «Goose» Givens, que había anotado 41 puntos en la final contra Duke; Rick Robey, un pívot grande y tosco; el base Kyle Macy; el alero zurdo James Lee; y el escolta Jay Shidler. Givens, Macy y Robey acapararon la mayoría de minutos durante el torneo a pesar de que la segunda unidad, liderada por Johnson y Bird, demostró su superioridad en los entrenamientos. En privado los dos jugadores echaban humo por ver a jugadores de menos nivel disponer de sus minutos. «Estaban los jugadores de Kentucky y los demás éramos relleno», afirma Bird. «Hall quería enseñar a sus chicos por todo el país.»

Bird y Magic pasaron un total de ocho días juntos durante el WIT, pero mantuvieron no más de cuatro o cinco conversaciones, a pesar de que comían y entrenaban juntos y viajaban en el mismo autobús. Mientras Magic hacía buenas migas con Sidney Moncrief, la estrella de Arkansas —les encantaba poner a tope su equipo de música portátil y bailar al ritmo de los Ohio Players—, Bird permanecía la mayor parte del tiempo ensimismado, oteando el paisaje de Kentucky por la ventana del autobús mientras la música de Magic —y también su personalidad— se convertían en el centro de atención. «Magic no paraba de hacer bromas», dice la estrella de Rutgers James Bailey. «Larry, en cambio, era muy callado. Si te daba los buenos días ya era mucho.»

El World Invitational Tournament fue una invención de Eddie Einhorn, un productor televisivo. En los setenta, los partidos televisados de baloncesto profesional no generaban grandes audiencias; los duelos universitarios, en cambio, habían demostrado ser un mercado con gran potencial. De hecho, Einhorn ya había televisado con éxito partidos amistosos contra equipo soviéticos y tenía la sensación de que una competición con cierto aroma internacional podía funcionar. Así nació el WIT. Einhorn pidió ayuda al mánager general de la Universidad Brandeis, Nick Rodis, y al entrenador de la Universidad de Providence, Dave Gavitt, ambos miembros destacados de la Amateur Basketball Association de los Estados Unidos (más tarde rebautizada como USA Basketball), para completar la plantilla. «En aquel momento, yo en realidad ni siquiera sabía quiénes eran Magic y Larry», admite Einhorn. «Y me atrevería a decir que la mayoría de la gente tampoco lo sabía.» Gavitt, sin embargo, había sufrido en sus propias carnes el talento del imponente base de Michigan State. Solo unas semanas antes, Magic y sus Spartans habían arrollado a los Providence Friars de Gavitt en la primera ronda del torneo NCAA —en la región del Medio Este— en Indianápolis. Magic anotó 14 puntos y repartió 7 asistencias, pero fue su capacidad para aumentar el ritmo del partido y conseguir buenas posiciones de tiro para sus compañeros —Michigan State anotó el 61% de sus tiros de campo— lo que más llamó la atención de Gavitt. Johnson leía el juego de una manera especial; era casi como si para él la acción se desarrollase a cámara lenta.

Por su parte, la Indiana State de Bird consiguió un balance de 23-9 aquella primavera, pero fue descartada para el torneo NCAA y tuvo que contentarse con disputar el NIT, un torneo menos prestigioso. Gavitt nunca le había visto jugar y no tenía muchas referencias sobre él. En realidad, como no se habían emitido partidos de Indiana State en la televisión por cable, muchos aficionados al baloncesto creían que Bird era afroamericano.

Bob Ryan, un periodista del Boston Globe, tampoco había visto jugar a Larry todavía, pero sabía lo que se decía de él. Ryan estaba en Indianápolis para cubrir la información sobre Providence, pero informó a Gavitt de que se acercaría a Terre Haute para ver a los Sycamores y su misteriosa joya escondida. Los ojeadores de los Celtics le aseguraron que apuntaba claramente a ser un jugador NBA. Ryan se embarcó en esa peregrinación con Mike Madden y Jayson Starks, dos redactores de deportes del Providence Journal que se mostraban abiertamente escépticos respecto a las credenciales de Bird. Según sus conjeturas, el hecho de que jugara en una universidad pequeña de una conferencia menor explicaba sus prolíficos números ofensivos. Los periodistas apenas habían tenido tiempo de quitarse la chaqueta cuando Bird, diestro, atrapó un rebote y empezó a recorrer la pista por el lado izquierdo botando con la izquierda. Justo al cruzar el medio campo lanzó un pase a una mano sobre bote que salió como un cohete para que su escolta anotase una bandeja. «A partir de ese momento me quedé enganchado», dice Ryan.

Indiana State se llevó la victoria por un punto gracias a una suspensión de Bird. Durante el trayecto de vuelta a Indianápolis, Ryan estaba tan emocionado hablando del partidazo de Bird que no se percató de que iba a 120 kilómetros por hora cuando la policía del estado le paró. «Perdón», le dijo Ryan al agente. «Estoy un poco alterado porque vengo del partido de ISU». «¿Ah, sí?», dijo el policía, arrancando la multa. «¿Y quién ha ganado?»

A la mañana siguiente, los periodistas estaban a pie de pista en Indianápolis para asistir a la construcción de otra leyenda: un general de 2,03 m (y seguía creciendo) que dominaba el juego incluso sin tener un tiro exterior fiable. Magic era un derviche, un torbellino de energía y entusiasmo. Aunque solo era un novato, gritaba órdenes a sus compañeros más veteranos y después de cada jugada culminada con éxito chocaba manos, daba alaridos y la celebraba por todo lo alto. A los jugadores de los Friars de Providence no les gustó su histrionismo, sobre todo a la vista de que no fue un partido muy disputado (77-63). «Algunos pensaban que era un gilipollas», cuenta Gavitt. «Yo no. Su manera de jugar rezumaba amor por el baloncesto. Daba un montón de palmadas y choques de puños, algo que no se veía mucho por entonces. Supongo que podía llegar a molestar si estabas en el otro equipo. Tras el partido hablé con su entrenador, Jud Heathcote, sobre eso y me dijo: “Dave, es lo que hace todos los días en los entrenamientos. Él es así”.»

Después de que Gavitt compareciese ante la prensa y diese el debido reconocimiento a Michigan State y a su estrella en ciernes, se topó con Bob Ryan en el vestíbulo.

—¿Cómo lo ha hecho tu «joya escondida» en Terre Haute? —le preguntó.

—Dave —respondió Ryan—, he visto a uno de los grandes jugadores del futuro.

Cuando llegó el momento de confeccionar la lista para el World Invitational, Gavitt recordó las palabras de Ryan y añadió tanto a Magic como a Bird.

Bird estaba encantado de haber sido seleccionado hasta que supo quién era el entrenador. Joe B. Hall había reclutado a Bird en el Instituto Springs Valley de French Lick, Indiana, pero después de verle había decidido que era «demasiado lento» para jugar en la primera división del baloncesto universitario. Herido, Bird se prometió a sí mismo demostrarle algún día que estaba equivocado. «Quería tener la oportunidad de jugar contra aquel tipo», afirma Bird. Pero las posibilidades de que eso sucediese eran escasas. Kentucky era uno de los programas más prestigiosos del país. Su conferencia, la Southeastern, era conocida principalmente como semillero del fútbol americano, con pesos pesados como Alabama, Auburn, Florida y Georgia, y los Wildcats, bajo la tutela de Adolph Rupp, se habían establecido como una de las grandes potencias del baloncesto nacional a finales de los cuarenta, cuando habían ganado cuatro campeonatos NCAA en diez años. Ni Indiana State ni Michigan State estaban a ese nivel, por lo menos hasta que dos estudiantes llamados Earvin y Larry llegasen a sus respectivos campus y alterasen al instante el panorama baloncestístico.

Michigan State competía en la glamurosa conferencia Big Ten, pero estaba en buena medida a la sombra de Michigan, su rival estatal, que le había robado el protagonismo durante muchos años con estrellas como George Lee, Cazzie Russell, Rudy Tomjanovich, Phil Hubbard y Rickey Green, todos ellos jugadores que disfrutaron de largas carreras en la NBA. Aunque los Spartans produjeron su propia cosecha de jugadores NBA, como Bob Brannum, Johnny Green, Al Ferrari o Ralph Simpson, las cosas solo les fueron medianamente bien. Su caché palidecía en comparación con el de sus vecinos de Ann Arbor, algo que les recordaban con frecuencia. «Éramos el hermano pobre», explica Heathcote. «Siempre decíamos a los jugadores que todos los partidos del calendario valían una victoria, excepto los duelos contra Michigan, que valían una y media.»

Uno de los pocos momentos estelares de la historia de Michigan State antes de la llegada de Magic se había dado con Pete Newell, que había dirigido con éxito a los Spartans entre 1950 y 1954, y después había emigrado al Oeste, a la Universidad de California, en Berkeley, donde había ganado el campeonato universitario en 1959. Aquel mismo año, Michigan State había ganado diecinueve partidos y perdido solo cuatro, un registro que los Spartans fueron incapaces de mejorar en las dieciocho temporadas siguientes, en las que el récord total del equipo fue un poco meritorio 204-233.

Pero entonces, en el otoño de 1977, apareció Magic. En aquel momento el grado de entusiasmo en el pabellón en el que MSU actuaba como local, el Jenison Field House, era, por decirlo de manera elegante, escaso. Cuando se corrió la voz de que Johnson, un héroe local que había nacido y se había criado en Lansing, había firmado con la estatal incluso después de haber sido pretendido por docenas de los mejores programas de todo el país —Michigan incluido—, todos los abonos de temporada volaron en cuestión de horas. Ese otoño, Earvin Johnson apareció en compañía de Gregory Kelser y Bob Chapman, el capitán, en la portada de la guía del equipo. Era el primer novato al que se le concedía tal honor.

No hubo semejante fanfarria cuando Larry «Joe» Bird desempaquetó su petate para instalarse en el campus de Indiana State en septiembre de 1975. Aunque existían rumores de que había dominado los torneos de la AAU2 y ridiculizado a conocidas estrellas universitarias, el tortuoso camino de Bird hasta Terre Haute —un breve y fallido intento de matricularse en la Universidad de Indiana y una estancia de dos semanas en el Northwood Institute— hizo que los aficionados de ISU fuesen cautos acerca de su talento o lo ignorasen por completo.

Al igual que Michigan State, Indiana State se había acostumbrado a ser un programa de deportes de segunda fila, empequeñecido en su propia región no solo por la Universidad de Indiana, sino también por Notre Dame y Purdue. Los Sycamores se afanaban en la poco prestigiosa Missouri Valley Conference, sobre todo si se comparaba con todo un Goliath como la Big Ten, la conferencia en la que jugaban Indiana y Purdue.

El primer equipo de baloncesto de Indiana State había nacido con el cambio de siglo. En 1946, cuando la universidad era conocida como Indiana State Teachers College, los rectores contrataron a un hombre joven y serio que respondía al nombre de John Wooden para que entrenase tanto al equipo de baloncesto como al de béisbol y ocupase, además, el puesto de mánager general. El equipo de baloncesto de Wooden consiguió un registro de 47-14 en dos temporadas y fue invitado al torneo de la National Association of Intercollegiate Basketball en 1947. Wooden rechazó la invitación porque la reglamentación del torneo no permitía que participasen atletas afroamericanos. Uno de los miembros de su equipo, Clarence Walker, era negro. En 1948 Wooden abandonó la universidad, que sería rebautizada como Indiana State University, para inyectar algo de vida al marchito programa de UCLA. En Los Ángeles, Wooden ganó diez campeonatos nacionales, fue coronado como «El Mago de Westwood» y sigue siendo a día de hoy el modelo con el que se miden todos los entrenadores universitarios. Indiana State, mientras tanto, cayó en una relativa oscuridad. «Indiana State no me desagradaba, pero Indiana era la universidad cuando yo era pequeño», dice Bird. «Si conseguías que IU te reclutase, realmente eras alguien.» Tanto Bird como Magic estaban cualificados para cumplir con ese patrón, dado que los dos aparecieron en el radar de Bobby Knight, el entrenador de Indiana, en su último año de instituto.

Johnson todavía recuerda la visita de Knight a su instituto como uno de los momentos más emocionantes de su adolescencia. Knight, que acababa de llevar a Indiana a una temporada sin derrotas y al título nacional, era uno de los hombres más reverenciados —y temidos— del mundo del baloncesto, un entrenador que imponía una férrea disciplina y que exigía respeto instantáneo. Cuando Johnson se enteró de que Knight se iba a desplazar hasta el Everett High School para verle, decidió levantarse una hora antes aquella mañana, abrir el gimnasio del instituto y tirar cien tiros libres extra… solo por si el entrenador Knight preguntaba. «Knight era lo más por aquel entonces», afirma Magic. Knight le dijo al entrenador de Magic, George Fox, que había quedado que se reuniría con el chaval después de las clases. Media hora antes de que sonase la campana, Fox estaba caminando por el pasillo y le sorprendió ver a Knight apoyado contra una pared cerca de la clase de Magic.

—Entrenador, llega usted pronto —dijo Fox.

—Siempre —respondió Knight—. Cuando recluto a un jugador me gusta verle con sus compañeros, ver qué actitud tiene con los otros estudiantes.

Las observaciones clandestinas de Knight descubrieron a un chico confiado y extrovertido, muy querido por sus compañeros de clase, y que en los pasillos del instituto se erigía como un líder indiscutible del cuerpo de estudiantes. Sin embargo, cuando Magic se sentó con Knight y Fox en la cafetería del Everett, el chico confiado que se pavoneaba por los pasillos desapareció rápidamente. Sintió que le pesaban los hombros. Estaba nervioso. El hombre que había visto en televisión recorrer la banda de Indiana intimidaba en el cara a cara. Con todo, cuando Magic le tendió la mano tímidamente, Knight se la apretó con cariño. El entrenador de Indiana demostró ser un anfitrión jocoso en la sesión de reclutamiento y, enseguida, tanto Fox como Johnson se sintieron cómodos escuchando sus anécdotas sobre baloncesto. «Tenía una gran sonrisa», cuenta Johnson. «Creo que nunca le había visto sonreír así antes.» Knight expuso lo que esperaba de todos los jugadores que llegaban a Bloomington: se les exigía que fuesen a clase y se esperaba que se graduasen. No garantizaba minutos de juego ni un trato especial. «Si vienes», le dijo Knight a Magic, «te trataremos como a cualquier otro. Tendrás que ganarte el puesto. No regalamos nada a nadie.» El mensaje resultó atractivo para Johnson, que había sido cortejado incesantemente durante meses por universidades que le prometían la taquilla de la esquina, un trabajo y otras prebendas (ropa, dinero, coches) que eran una violación directa de las normas de la NCAA. Fue agradable, para variar, escuchar a alguien que le desafiase a convencerle con su juego. El tono de Knight fue conciliador hasta que preguntó con brusquedad: «Entonces, Earvin, ¿a qué puñetera universidad piensas ir?». Tanto Magic como Fox se retrajeron ante el repentino cambio de tono. El entrenador Knight había estado dando rodeos. Había muchísimos chicos que soñaban con jugar en los Hoosiers, y si Magic Johnson no era uno de ellos, Knight no quería desperdiciar su tiempo con él. Johnson se quedó callado por un momento y luego respondió: «No lo tengo claro. Tengo dudas con Indiana. Si usted empieza a encararse conmigo, no estoy seguro de cómo reaccionaría». Knight negó con la cabeza y se levantó. La entrevista se había acabado. Knight estrechó la mano de Fox y abandonó Lansing. «Eso fue todo», dice Magic. «Nunca volví a hablar con él o saber de él. No sé, si te soy sincero, me arrepiento de no haber hecho una visita. Era un grandísimo entrenador. Imagínate que Larry se hubiese quedado y yo me hubiese ido allí. Hubiésemos jugado juntos en la universidad. Habría sido algo digno de ver.»

A diferencia de Magic, al que habían intentado reclutar con vehemencia desde su temporada junior, muchos de los pretendientes de Bird no llegaron hasta su último año en el instituto. Rápidamente acortó su lista a Kentucky, ISU e IU, aunque eso no disuadió a otros programas de ir tras sus pasos. Denny Crum, el entrenador de Louisville, siguió con diligencia a Bird incluso sabiendo que se había negado a visitar su universidad. Sin embargo, Crum le caía bien, y cuando le encontró lanzando a canasta en el gimnasio de su instituto una tarde, se paró a hablar con él.

—Larry, nos gustaría que vinieses a hacer una visita de reclutamiento —le dijo Crum—. Estamos convencidos de que te gustará.

—No voy a ir —respondió Bird con franqueza.

—Mira —le dijo Crum—, hagamos una partida de H-O-R-S-E3, y si te gano, haces la visita, ¿vale?

Bird aceptó la apuesta, y casi al instante se arrepintió. Crum había jugado de escolta en UCLA a las órdenes de Wooden y conservaba una buena mano desde el perímetro. Crum igualó canasta tras canasta de Bird durante quince minutos y el chico empezó a darse cuenta de que le había engañado. El juego, sin embargo, acabó como la mayoría de competiciones de tiro en las que Bird participaría durante años: con los brazos levantados en señal de victoria. Larry remató finalmente a Crum gracias a una bomba desde seis metros y, cuando el último intento de este se salió de dentro, aplaudió triunfante antes de percatarse de la mirada agónica en la cara del entrenador. «En ese momento me di cuenta de que me quería de verdad», afirma Bird, que estrechó la mano de Crum, le dio una palmada en el hombro y sentenció: «Al menos no tengo que ir a ver su universidad».

Lo cierto es que Bird no se imaginaba fuera de Indiana, su estado natal, salvo para ir a Kentucky, precisamente el gran rival de Louisville. Kentucky era un lugar con mucha historia donde Bird y su padre habían visto en una ocasión a los Wildcats destrozar a su rival. «Ahora es un programa de primer nivel», había dicho Joe Bird. Cuando Joe B. Hall contactó con Bird, Larry llevó a sus padres a la visita oficial. Los tres se sentaron con los ojos como platos en las gradas del Rupp Arena y escucharon la explosión de ruido cuando el equipo de baloncesto entró en la pista. Era fácil quedarse impresionado por la energía y la tradición que definían al equipo de baloncesto de Kentucky. Cuando Larry miró a su padre, vio que Joe Bird estaba deslumbrado. Larry también lo estaba. Su padre seguía prefiriendo Indiana State y su madre estaba fascinada con Indiana, pero Bird soñó despierto por un momento cómo sería vestir el azul de Kentucky. Después de todo, la universidad estaba a solo doscientos quince kilómetros de su casa, el campus era precioso y las instalaciones deportivas, inmejorables. Pero antes incluso de que tuviese la oportunidad de considerar seriamente a los Wildcats, Gary Holland, su entrenador del instituto, le interceptó en el pasillo y le informó de que Hall tenía dudas sobre si podría jugar en la Southeastern Conference. «En otras palabras, me descartó», sentencia Bird. Aunque la reacción externa de Bird a la noticia fue el silencio, por dentro estaba decepcionado y muy enfadado. Nunca perdonó a Hall por no haberle dado una oportunidad. «No sé si allí habría funcionado», afirma. «Acabaron incorporando a Rick Robey, un 2,10 m, en mi lugar. Consiguieron a quien querían, siguieron su camino y ganaron un campeonato, así que no creo que se arrepintieran de su decisión.»

Con sus posibilidades de elección limitadas a las dos universidades de Indiana, Bird vivió la misma conversación franca y directa que Knight mantendría con Magic dos años después: nada de atajos, ninguna garantía y ningún trato especial. Hablaba el lenguaje del chico, y también el de su madre. Georgia Bird se salió con la suya. Su hijo escogió IU.

Larry y su madre, Georgia, en Salt Lake City, 1979, cuando Indiana State se enfrentó a Michigan State por el título de la NCAA. CORTESÍA DE LARRY BIRD

Dado que los Bird no tenían coche, fue el tío de Larry, Amos Kerns, quien arrojó la única bolsa que llevaba Larry al asiento trasero de su Ford y condujo setenta y ocho kilómetros hacia el norte hasta Bloomington antes del inicio del curso. Al llegar, Kerns se quedó durante un momento, luego extendió los brazos y le dijo a su sobrino: «Buena suerte, chico. Hasta la vista». De repente Bird estaba solo. No era un chico viajado, había pasado la mayor parte de su juventud dentro de los límites de su condado, jugando al baloncesto y charlando con sus amigos. Cuando echó un vistazo a su dormitorio, que compartía con otro novato del equipo de baloncesto, Jim Wisman, una ola de inquietud se apoderó de él. Aunque Wisman no era precisamente de familia rica, cuando sacó su ropa y efectos personales, Bird pensó: «Joder, yo no tengo nada».

Al pasear por los parques del campus de Indiana no podía dejar de fijarse en los estudiantes, que iban bien vestidos y no se parecían en nada a sus colegas de French Lick. Consciente de que el baloncesto siempre le ayudaba a sentirse más cómodo, Bird aparecía todas las noches en el Assembly Hall con Wisman y otro novato de IU, Wayne Radford, con la esperanza de jugar partidos con los veteranos. Pero los recién llegados raramente lo conseguían. Los veteranos jugaban partido tras partido sin contar con ellos. Bird y Wisman —que sería conocido como el jugador al que Knight sacó de la pista agarrándole por la camiseta durante uno de sus famosos ataques de ira en un partido retransmitido para todo el país en 1976— decidieron cambiar de sitio y se fueron a las pistas descubiertas del campus. Cuando se corrió la voz de que había chavales muy buenos jugando allí, dos jugadores del equipo de IU, Bobby Wilkes y Sean May, comenzaron a dejarse caer para disputar partidillos de 2 contra 2 contra ellos. May, que ya era un All-America, anotaba suspensión tras suspensión ante Bird, superando al joven alero una y otra vez con su tiro exterior. Era frustrante y humillante. Bird le estudió con detalle y se dio cuenta de que May tenía un truco para crearse espacio: apoyarse como si fuese a lanzar y después echarse ligeramente hacia atrás cuando finalmente lo hacía. Además, era extremadamente consciente de la distancia desde la que podía lanzar; nunca lo hacía desde más allá de los cinco o cinco metros y poco. «May no podía superar a los rivales con el bote, así que era un tirador en estático», cuenta Bird. «Empecé a pensar, “Si puedo añadir ese tipo de tiro a lo que ya hago bien —penetrar, rebotear, pasar—, podría llegar a ser bastante bueno”.»

Aunque Kent Benson, la estrella de IU, le ignoraba durante los partidillos en el Assembly Hall, Bird difícilmente podía sentirse marginado. Las tareas en la universidad no eran fáciles, pero sabía que cuando comenzase la temporada de baloncesto habría tutores a su disposición para ayudarle. Las aulas eran grandes, en algunos casos con más de cien estudiantes, pero Bird minimizó la impresión inicial, que le hacía sentirse abrumado, sentándose en primera fila. «Durante la mayor parte del tiempo, todo era estupendo», cuenta. «El problema era que no tenía nada de dinero. Por la noche, si los chicos querían salir a comer algo, yo no podía ir con ellos. No podía comprarme unos pantalones ni una camisa. Por suerte, Jimmy era muy amable y me dejaba ropa suya, pero no tener dinero empezó a ser un engorro.»

A las dos semanas de curso, Bird empezó a repensar su estrategia. Quizá debería abandonar IU, conseguir un trabajo y volver a intentarlo cuando tuviese seguridad económica. No compartió sus preocupaciones con ninguno de sus nuevos amigos ni con sus padres. Las pocas veces que llamaba, Georgia podía notar que echaba de menos su hogar, pero le animaba a estudiar y seguir adelante. La comunicación de Bird con Knight era mínima, en parte porque los entrenamientos del equipo aún no habían comenzado oficialmente. En ocasiones se topaba con él en el pabellón, pero el entrenador era un figura intimidadora y a Bird le costaba entablar conversación. Podría haberlo conseguido si no hubiese sido por la noche en la que se rompió un dedo del pie durante un partidillo en las pistas al aire libre. La lesión era dolorosa y dejó a Bird cojeando por todo el campus. Tenía que levantarse cuarenta minutos antes de lo normal para llegar puntual a la primera clase, pero se retrasaba indefectiblemente para la siguiente. «Estaba allí sentado diciéndome: “Estoy lesionado, no puedo trabajar, voy a meterme en problemas por llegar tarde a las clases, no tengo dinero y los veteranos no me dejan jugar en ninguno de sus partidos”», cuenta Bird. «Es hora de irse a casa.» Así que, después de solo veinticuatro días en el campus, Bird metió sus cosas en el petate, cerró la puerta de la habitación y volvió a French Lick en autoestop. No le contó a nadie sus planes, ni siquiera al entrenador que le había reclutado. Cuando entró en casa, su madre, que acababa de terminar la jornada como camarera, estaba lavando los platos en el fregadero.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Georgia Bird.

—Se acabó, no voy a volver —respondió su hijo—. Voy a ponerme a trabajar.

La voz de Georgia Bird se quebró. Era una mujer fuerte y orgullosa, pero aquella noticia la destrozó.

—Yo pensaba que ibas a ser el primero en graduarte en la universidad —dijo—. Era una gran oportunidad para ti. ¿No lo entiendes? Estoy muy decepcionada.

—Mamá —dijo Bird—, no tengo dinero. No puedo hacer lo que hacen los demás.

—Nunca antes has tenido dinero y siempre te las has arreglado —le espetó ella.

—Esta vez es diferente —contestó Bird—. No puedo seguir hasta que consiga un trabajo y gane algo de dinero.

—Ibas a ser el primero —dijo Georgia Bird con amargura mientras le daba la espalda a su hijo.

La madre de Bird no dijo nada más, y de hecho no le dirigió la palabra durante casi un mes y medio. Él se trasladó a casa de su abuela, Lizzie Kerns, y evitó por completo a Georgia. Para entonces sus padres estaban divorciados, y aunque a Joe Bird tampoco le gustaba la decisión de su hijo, le dio un consejo: «Si vas a dejar la universidad para trabajar, entonces mejor que consigas un trabajo… ya».

Diez días después de abandonar el campus de IU, Bird le pidió prestado el coche a Amos Kerns, reclutó a su amigo de infancia Beezer Carnes y regresó a Bloomington para dejar oficialmente las clases. No se paró a hablar ni con Knight ni con Jim Wisman ni con los chicos que habrían sido sus compañeros. Simplemente se fue tan en silencio como había llegado. «No tengo ni idea de cuándo se dio cuenta el entrenador Knight de que me había ido», dice Bird. «Nunca supe de él. Tenían un gran equipo. Estoy seguro de que no le dio demasiada importancia. Y tampoco es que fuera culpa suya.»

La noticia de la marcha de Bird de Bloomington se extendió rápidamente por French Lick y West Baden. No solo había decepcionado a su familia: la desilusión resonaba por toda la comunidad. Le presionaron para que se apuntase en el Northwood Institute, pero tras dos semanas entrenando con el equipo y ver que sus compañeros no tenían mucho nivel, abandonó también. Luego, consiguió un trabajo en el ayuntamiento de French Lick cortando árboles, pintando señales de tráfico, barriendo las calles, recogiendo la basura y desatascando las alcantarillas. Y también trabajó para una empresa de autocaravanas. A pesar de todo, continuaba jugando al baloncesto en partidillos varios, ligas de verano y torneos de la AAU, y, aunque había dejado de ser noticia en el baloncesto universitario, los reclutadores seguían llamando. Bill Hodges, el insistente entrenador ayudante de Indiana State, era uno de los que más le cortejaban. Hodges solía aparecer sin avisar tanto en la casa de los Bird como en la lavandería del pueblo y en el Villager, uno de los restaurantes en los que trabajaba Georgia. Una noche Hodges y Bob King, el entrenador de Indiana State, se fueron a ver un partido de la AAU en el que jugaba Bird, en Mitchell, Indiana. El rival era una selección estatal que contaba con el futuro escolta de los Celtics Jerry Sichting. Bird había tenido que apilar mil trescientas pacas de heno y apenas pudo llegar al partido a tiempo. Se marchó del campo y se puso el uniforme en el coche mientras su hermano conducía los cuarenta kilómetros hasta Mitchell. Cuando llegó, King se preguntó de inmediato por el origen de los arañazos que recorrían sus brazos.

—¿Has estado apilando heno? —le preguntó King.

—Sí, señor —respondió Bird.

—Tendrás los brazos destrozados, ¿no?

—Casi no puedo ni levantarlos —admitió Bird.

King tenía dudas sobre Bird antes del partido, pero cuando el alero supuestamente agotado le endosó 40 puntos y 25 rebotes a los mejores jugadores del estado de Indiana, cambió de opinión radicalmente. «Oye, Larry», le dijo al acabar el partido. «Tienes que venir a Terre Haute.»

Hodges se las arregló para que Bird y el hermano de Beezer, Kevin Carnes, hiciesen una visita a Indiana State. Mark Bird también fue con ellos, y los tres chicos hicieron una prueba delante de los entrenadores en pantalón vaquero y zapatillas de calle. «Así es cómo jugamos en el pueblo», dijo Bird al rechazar el ofrecimiento de una camiseta y unas zapatillas de baloncesto.

Bird se enroló en ISU aquel otoño, pero tenía que estar inactivo todo el año para ser elegible, según las normas de la NCAA. Asistió sin falta a los entrenamientos, todos los días, atormentando a los jugadores de ISU con su arsenal de armas baloncestísticas. En uno de esos entrenamientos, los Sycamores estaban ensayando un ejercicio defensivo en el que se ponía el reloj a tres segundos y los titulares tenían que defender a muerte esos tres segundos. Seis veces seguidas anotó Bird sobre la bocina con un tiro lejano. Al día siguiente, cuando los titulares estaban trabajando la presión a toda cancha, Bird sorteó varias veces la defensa fácilmente. «¡Bird!», gritó King. «¡Al banquillo!» Larry no entendía nada. ¿Por qué estaba tan enfadado con él su entrenador? Si lo estaba bordando. Además, a ningún equipo en su sano juicio se le ocurriría presionarlos con él manejando el balón. Fuera como fuese, Larry se pasó varios minutos en la banda hasta que cayó en la cuenta del motivo del enfado de King. Bird estaba dejando en ridículo al equipo. Así que cogió la sudadera y se fue del pabellón. Hodges, el entrenador ayudante, salió detrás suyo y confirmó sus sospechas.

—Larry —le dijo—, estás minando su confianza. Los vamos a perder por culpa de eso.

—Vale, me voy a casa a darle unas vueltas al tema —respondió Bird—. Estoy aquí para jugar al baloncesto. Necesito jugar al baloncesto.

Hodges le explicó que su presencia era desmoralizadora para los titulares, que conseguirían un registro de 13-12 en aquella temporada. Los intimidaba. Bird respondió que los entrenamientos serían sus partidos hasta que fuese elegible y que sus futuros compañeros tenían que mejorar y ser mucho más fuertes. «Después de eso, entrené siempre», concluye.

Finalmente, tras casi un año mirando y esperando, Bird anotó 31 puntos y capturó 18 rebotes en su debut universitario contra Chicago State. Antes del partido, se animó al ver a casi cinco mil espectadores en las gradas, sobre todo porque sus compañeros habían pronosticado una asistencia menor. El apoyo de los aficionados en Terre Haute era a menudo escaso. Después del partido Bird entendió por qué había tanta gente: se habían sorteado muebles en el descanso. El ambiente baloncestístico en Terre Haute estaba a punto de cambiar. La noticia del descomunal talento de Bird se extendió como la pólvora. El equipo consiguió un récord de 25-3 en su primera temporada, la 76-77, y los estudiantes empezaron a llevar camisetas por el campus con la leyenda «I’M A BIRD WATCHER»4. El punto de inflexión, sin embargo, se produjo el 28 de noviembre de 1977, cuando apareció en la portada de la revista Sports Illustrated rodeado por dos animadoras que susurraban «Chsss» para no revelar «El arma secreta del baloncesto universitario». La portada convirtió a Bird en una celebridad del circuito universitario de la noche a la mañana. El repentino interés que se generó alrededor de Bird no fue fácil de gestionar para un chico de campo tímido y discreto que prefería el anonimato. «Esa portada me cambió la vida», comenta Bird. «La gente me atosigaba. Había días en los que hubiese preferido no haber salido en ella.»

Magic Johnson, novato en Michigan State el día que Bird fue portada, hojeó las páginas de Sports Illustrated en busca del artículo. No podía permitirse estar suscrito, así que todos los jueves después del entrenamiento iba corriendo a la sala de entrenadores y les sisaba el ejemplar para ver qué traía aquella semana. El número que llevaba a Bird en portada no incluía un artículo que la acompañase. Larry había declinado ser entrevistado. Aun así, Magic descubrió que las cuatro líneas que había sobre la dura vida del alero eran tan asombrosas como sus estadísticas. «Venga, ya», le dijo a Heathcote. «Este tío promedia 30 puntos por partido, pero antes de eso estuvo un año sin jugar y dijo a todo el mundo que se contentaba con trabajar el resto de su vida y solo al final decidió que igual seguiría jugando. Es increíble. Este tío es un personaje interesante, te lo digo yo.»

Magic se identificaba con la presión que Bird sentía por jugar al baloncesto en su propio estado. Johnson también había reducido sus opciones a la universidad más grande y prestigiosa (Michigan) y a la universidad estatal que prefería su familia (Michigan State). Y, como Bird, había tenido numerosas proposiciones: en su caso, Maryland, Notre Dame, North Carolina e Indiana, por citar unas pocas. Cada día docenas de universidades inundaban a los Johnson con cartas, llamadas de teléfono y encuentros «casuales». Al final Earvin Johnson Sr. decidió cambiar de número de teléfono.

En una fría mañana de invierno, el entrenador de los Detroit Pistons, Dick Vitale, apareció por Lansing justo después de las seis de la mañana. Llamó a la puerta de la casa de Magic, y Christine Johnson le dijo educadamente que su hijo ya se había marchado. Estaba en la misma calle, un poco más arriba, tirando a canasta en medio de la nieve antes de ir a clase. Presentarse a horas intempestivas era una ocurrencia común en los reclutadores. Las normas de la NCAA sobre el contacto con los estudiantes-atletas eran mucho más benévolas en esa época, y a menudo a Magic le tocaba esperar el autobús del instituto por las mañanas con tres o cuatro de sus pretendientes. En una ocasión en la que fue a comer al Burger King, el entrenador asistente de Maryland se dejó caer por el aparcamiento a la espera de una «oportunidad» de encontrarse con él. Johnson se mostró especialmente halagado cuando le puso en contacto con el entrenador de UCLA, Larry Farmer, y se jactó ante sus amigos de que «se iba a ir a Hollywood». Pero pronto experimentaría el lado amargo del reclutamiento. Poco después de haber reorganizado la agenda para encontrar un hueco para ir a Los Ángeles, Farmer llamó y le dijo que le habían descartado. Los Bruins iban detrás de Albert King, del Fort Hamilton High School de Brooklyn, Nueva York, considerado el mejor jugador de instituto del país, por delante tanto de Magic como de Gene Banks, otro sénior de gran nivel. Por primera vez en su corta vida, Magic fue relegado a un segundo escalón. Abatido, dio vueltas alrededor de su casa maldiciendo a los Bruins y prometiendo que les haría pagar el desaire. Cuando Farmer volvió a llamar e intentó reavivar la relación con Magic después de que King escogiese Maryland, el base, joven y orgulloso, le dijo que ya no estaba interesado en UCLA.

Otra universidad de la Costa Oeste, la Universidad de South California, también invitó a Magic a hacer una visita, pero en el último momento Magic decidió no hacer el viaje. El problema fue que olvidó informar a los entrenadores de USC del cambio de planes. Cuando el avión llegó sin Magic a bordo, los técnicos de USC buscaron desesperadamente al preciado jugador por el aeropuerto de Los Ángeles antes de ponerse en contacto con su familia y ser informados de que estaba en su casa de Middle Street, en Lansing, merendando.

Johnson sí visitó Minnesota, aunque la universidad estaba apercibida por violar las normas de reclutamiento, en buena medida porque quería conocer a su estrella, Mychal Thompson. Los dos conectaron inmediatamente. Fueron juntos a una fiesta en el campus y Johnson acabó la noche bromeando y contando batallitas con otros estudiantes. «Fue como si ya se hubiese enrolado en la Universidad», dice Thompson. «Me hizo sentir genial. Fue como si él me estuviese reclutando a mí. Cuando se marchó, le dije a los entrenadores: “Es nuestro. Vendrá aquí. ¡El año que viene no habrá quien nos gane!”.» Dos semanas más tarde, Thompson se llevó un chasco al saber que, aunque Johnson había considerado Minnesota como su visita de reclutamiento favorita, había descartado cualquier universidad de la Big Ten excepto Michigan y Michigan State. La madre y el padre de Magic preferían que se quedase en su ciudad natal, Lansing, aunque el campus de Michigan en Ann Arbor estaba a solo ochenta y cinco kilómetros de distancia. No eran los únicos. La profesora de Magic, Greta Dart, y su marido Jim, que eran allegados de los Johnson y no tenían hijos, habían sido también alumnos de MSU y eran fieles seguidores de los Spartans. Los residentes de East Lansing, desesperados por mantener a su hijo en el redil, incluso firmaron una petición en la primavera de su último año en el instituto instándole a que jugase en Michigan State. Reunieron más de cinco mil firmas. «Debería haber ido a Michigan», cuenta Johnson. «Era la mejor universidad, tanto baloncestística como académicamente, pero no era fácil. Yo había crecido con Michigan State, había ido a todos los partidos desde que era pequeño.» Johnson estaba hecho un mar de dudas. Le gustaban el entrenador de Michigan, Johnny Orr, y su ayudante Bill Frieder, que se habían mostrado atentos y persuasivos durante todo el proceso. Magic no quería quedar mal con ninguna de las dos universidades y asistía a los partidos de Michigan los sábados a mediodía vistiendo sus colores —amarillo y azul— y después se cambiaba de sudadera y se ponía el verde de los Spartans para acudir a los partidos de MSU los sábados por la noche.

Justo antes del último año de Magic en el instituto, Michigan State despidió a su entrenador, Gus Ganakas. El sustituto fue Heathcote, un tipo brusco que no tenía reparos en abroncar a sus jugadores cuando cometían un error. Como había sucedido con Knight, el entrenador de Indiana, Johnson no veía con muy buenos ojos jugar para alguien tan volátil, pero Heathcote le aseguró a Magic que, aunque creciese, para él seguía siendo un base. Y a Johnson le gustó esa idea. Finalmente, acabó de tomar la decisión gracias al apoyo del veterano asistente de MSU Vernon Payne, a pesar de que Payne estaba a punto de marcharse a Wayne State. La madre de Magic respiró aliviada cuando su hijo escogió Michigan State. Christine Johnson pertenecía a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y su Sabbath iba desde la puesta de sol del viernes a la puesta de sol del sábado. Si su hijo hubiese ido a Michigan, se habría perdido todos los partidos de los sábados por la tarde en casa. Earvin Johnson Sr. estaba contento porque su hijo jugaría al lado de casa y porque los partidos no interrumpirían demasiado sus horas de trabajo. Cuando Earvin Jr. anunció en una rueda de prensa su decisión de ir a Michigan State, proclamó: «Nací para ser un Spartan».

En su primera temporada el novato ayudó a convertir un equipo que había conseguido un balance de 12-15 el año anterior en una potencia, con un registro de 25-5. Magic se entendió muy bien con Greg Kelser, un ala-pívot atlético y muy móvil al que le encantaba machacar en alley-oop los pases bombeados de Magic. Los Spartans avanzaron hasta la final regional del Medio Este, en la que se enfrentarían a Kentucky. El ganador se clasificaría para la Final Four, el perdedor se volvería a casa. Los Spartans ganaban por 5 puntos al descanso y por 7 a 19 minutos del final, pero Kentucky, con una defensa en zona, dificultó el juego de Magic y le forzó a jugar lejos de canasta. Cometió su cuarta falta a 9:19 del final y empezó a jugar con cautela, sin arriesgar. «Earvin cambió de actitud, y nuestro equipo cambió de actitud con él», dijo Heathcote. A Magic no le entraban los tiros (2 de 10), no estaba pasando bien el balón (6 pérdidas) y su equipo tenía problemas de faltas. Michigan State acabó perdiendo 52-49 en uno de los peores partidos de Johnson como universitario. El triunfo de Kentucky se cimentó en parte en la decisión de poner a Rick Robey a bloquear en el poste alto y poner en problemas de faltas a MSU. Johnson estaba convencido de que los Spartans habían perdido porque habían dejado de correr. Cuando Kelser y él vieron el partido en el despacho del entrenador, hicieron un pacto: jugar un baloncesto de transiciones rápidas en todas las posesiones que fuese posible durante la temporada siguiente. Pero antes de eso, Magic planeaba desplegar su talento en el World Invitational Tournament, una oportunidad —o eso le parecía— de demostrarle a todo el país —y a Joe B. Hall en particular— que era uno de los mejores. Cuando revisó la plantilla se quedó a la vez sorprendido y complacido al ver el nombre de Bird en la lista. La portada de Sports Illustrated había despertado su curiosidad e imaginó que sería una buena oportunidad de conocer a la estrella de Indiana State.