Cuando todos diseñan - Ezio Manzini - E-Book

Cuando todos diseñan E-Book

Ezio Manzini

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Beschreibung

La innovación social se basa en el diseño y su relación con las personas. El diseño, entendido así, crea "puentes" y genera nuevas soluciones basadas en la tecnología y genera productos-servicios, que son la clave de todo esto. Cuando todos diseñan se ocupa del diseño y del profundo cambio social que tiene lugar en un mundo conectado e inmerso en una transición hacia la sostenibilidad: un mundo en el que todos, lo quieran o no, se ven en la necesidad de diseñar y rediseñar de forma continua su existencia. En un mundo en proceso de cambio permanente, todos diseñan: hacen uso de su innata creatividad y de su capacidad de innovación para definir y mejorar su proyecto de vida. Manzini distingue entre diseño difuso (que cualquiera puede llevar a cabo) y diseño experto (algo reservado a quienes se han formado como diseñadores) y describe la forma en que ambos interactúan para que los expertos en diseño puedan impulsar cambios sociales significativos. Este libro habla también de gente, organizaciones y encuentros colaborativos. Y de cómo conseguir que las cosas sucedan. En definitiva, esta obra habla de los diseñadores, de la capacidad y el saber proyectual, unida a la cultura, la sensibilidad y el análisis exhaustivo. El diseñador, para Manzini, es un "optimista profesional", un productor de ideas en todos los niveles, que da soluciones específicas pero significativas para hacer que las cosas sean diferentes.

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Seitenzahl: 467

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cuando todos diseñan

Traducción: Eugenio Vega Pindado.

Revisión: María del Carmen García Jiménez.

Cuando todos diseñan

Una introducción al diseño para la innovación social

Ezio Manzini

Experimenta Theoria

Título original:

Design, when everybody designs: an introduction to design for social innovation

Primera edición en Experimenta Theoria: noviembre, 2015

© 2015, Massachusetts Institute of Technology

© 2015, de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Experimenta Editorial

Calle Investigación, 7, Pol. Ind. Los Olivos.

28906 Getafe, Madrid, España

www.experimenta.es

© 2015, Eugenio Vega Pintado, por la traducción

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ilustración de portada: Matteo Manzini

Revisión de la traducción: María del Carmen García Jiménez

De la edición impresa:

ISBN: 978-84-944817-0-3

Depósito Legal: M-37053-2015

De la edición electrónica:

e-ISBN: 978-84-18049-30-9

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portadilla

Prólogo a la edición española

Agradecimientos

0. Introducción

Primera parte Innovación social y diseño

1. Innovación, hacia una nueva civilización

La innovación social

Sistemas distribuidos y resilientes

Cualidades sostenibles múltiples

¿Una civilización emergente?

2. El diseño en un mundo conectado

Convenciones y diseño

Resolver problemas y dar sentido

Diseño difuso y diseño experto

Mapa del modo del diseño

Culturas de diseño emergentes

La innovación social en el diseño

Diseño, una nueva descripción

3. Diseño para la innovación social

Lo que es (el diseño)

Lo que no es (el diseño)

Cómo funciona

Un nuevo conocimiento del diseño

Segunda Parte Gente colaborativa

4. Organizaciones colaborativas

Nuevas formas sociales

Colaborar por decisión propia

Ecosistemas favorables

5. Encuentros colaborativos

Las dimensiones de los encuentros colaborativos

Mapa de los encuentros colaborativos

Los encuentros colaborativos en la práctica

Tercera parte Conseguir que sucedan las cosas

6. Conseguir que las cosas sean visibles y tangibles

Mapa y amplificación

Crear historias

Creación de escenarios

Herramientas visuales para debates sociales

7. Conseguir que las cosas sean posibles y probables

Entornos de apoyo

Gobernanza en red

Lugares para experimentar

8. Conseguir que las cosas sean efectivas y significativas

La resolución de problemas

Proporcionar sentido

Creación de confianza

9. Conseguir que las cosas sean replicables y conectadas

Pequeño, local, abierto, conectado

Replicar y expandirse en horizontal

Conectar y expandirse en vertical

10. Conseguir que las cosas sean locales y abiertas

Creación de lugares (place making)

Planificación por proyectos

Localismo cosmopolita

Diseño para una nueva cultura

Prólogo a la edición española

1. Escribo este prólogo a la edición española de Cuando todos diseñan, aproximadamente un año después de que terminara las últimas líneas de la versión en inglés. Aunque doce meses no es mucho tiempo, la innovación social y el diseño, los temas que trata este libro, están sujetos por su propia naturaleza a rápidos cambios. Y, en efecto, muchas cosas han cambiado en este tiempo. ¿Cómo resumir en unas pocas palabras esa transformación? Creo que de la siguiente manera: en los últimos meses la innovación social ha alcanzado una mayor difusión y se ha consolidado, tanto en la práctica como en los debates que provoca en los medios de comunicación dirigidos al público en general. Al mismo tiempo, ha adquirido un mayor peso en la agenda de las políticas públicas y empresariales; y cabe señalar la tendencia de la innovación social a converger con todo aquello que es hoy objeto de acalorados debates en el mundo: los modelos económicos y organizativos emergentes (de los que se discute en diferentes términos, pero necesariamente relacionados: economía colaborativa, consumo colaborativo y platform economy).

No podría ser de otra forma; el motor de ese cambio, que desde abajo ha traído la ola de innovaciones sociales y que constituyen el centro de este libro, se ha vuelto aún más potente en este último año: la crisis múltiple (económica, ambiental y social) que, de distintas maneras afecta a todo el planeta, ha contribuido a aumentar su presión. Lo mismo puede decirse de la difusión de las tecnologías en red y de la información, capaces de acabar con las formas sociales existentes pero que, al mismo tiempo, ofrecen nuevas oportunidades (siempre y cuando sepan reconocerse).

Todo esto significa que los problemas que la innovación social podría resolver son hoy más evidentes y urgentes que nunca. Y que, del mismo modo, emerge un nuevo sistema de valores más sostenible cuyas señales son fácilmente reconocibles: modos de vida e ideas de bienestar que son coherentes con las limitaciones y las oportunidades que el siglo XXI nos ofrece.

Por último, en lo que respecta al diseño, a su evolución y a su papel en el cambio social, lo sucedido en estos doce meses ha hecho aún más evidente que, en parte como resultado de la innovación social, el diseño mismo ha cambiado y, a su vez, puede actuar para influir en la transformación social que está en curso.

2. Cuando todos diseñan ofrece una visión general sobre dos temas y sus múltiples interacciones: de un lado, el diseño contemporáneo y sus transformaciones; de otro, la innovación social que tiene lugar en todo el mundo hizo posible ordenar una sociedad sostenible en términos sociales y ambientales. El fundamento de su contenido es una larga y compleja experiencia colectiva: una historia que comenzó en el Politécnico de Milán hace más de quince años y que ha llegado hasta hoy con la creación en 2009 de la red DESIS (Design for Social Innovation towards Sostenibility). Como resultado, gran parte de lo que escribo proviene de actividades y debates en lugares diferentes. Eso no quiere decir que el libro proponga en los temas que trata un punto de vista internacional de una forma meramente abstracta. Está escrito por alguien que ni puede ni quiere renunciar a su origen cultural, a haber nacido y haberse socializado en Europa, y concretamente en Italia. En resumen, Cuándo todos diseñan es la obra de un diseñador e investigador italiano que ha hablado con muchas personas, que las ha escuchado a lo largo del mundo. Que, a partir de todo ello, se ha formado sus propias ideas y con este libro asume la responsabilidad de llamar a la atención y suscitar la crítica de personas con diferentes orígenes que viven en distintos entornos sociales y culturales.

Dejo a los lectores de los países de lengua española la tarea de interpretar lo que Cuando todos diseñan propone y el esfuerzo de adecuarlo a las características concretas de su entorno cultural y funcional. Creo en la importancia de esta actividad de interpretación y adaptación: la transición hacia la sostenibilidad puede y debe verse como un gran proceso de aprendizaje social en el que es también necesario aprender de cuanto sucede en otras partes del mundo. Al hacerlo, es obligado preservar y promover las diferencias; diferencias que, no sólo enriquecen la calidad de nuestras vidas, sino que son también un valor digno de atención para garantizar la diversidad cultural y social que haga más resiliente la sociedad global. Es decir, para que sea capaz de afrontar lo inesperado que, sin duda, conlleva el futuro.

Agradecimientos

La historia de este libro comenzó hace más de diez años, en 2004, con un proyecto de investigación financiado por la Comisión Europea denominado EMUDE (Emerging User Demands for Sustainable Solutions). Fue entonces cuando, por primera vez, me encontré frente a la innovación social y empecé a pensar en qué podría hacer el diseño para apoyarla y fomentarla. El segundo momento decisivo fue en 2006 con otro proyecto de investigación, CCSL (Creative Communities for Sustainable Lifestyles), promovido por el PNUMA (el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) y financiado por el Ministerio para el Desarrollo Sostenible de Suecia, donde tuve la oportunidad de ampliar mis observaciones sobre Europa a otras zonas del mundo, al incorporar casos relevantes de India, China, Brasil, Kenia y Sudáfrica. La tercera ocasión importante fue la creación de la red DESIS (Design for Social Innovation and Sustainability) en 2009. Esto hizo posible ordenar mis ideas iniciales ante un amplio abanico de contextos sociales y culturales.

Al mismo tiempo, la recopilación de información y la realización de propuestas que presenta este libro se llevó a cabo de forma gradual, conforme contrastaba mis ideas con diversos proyectos en el laboratorio DESIS del Politécnico de Milán y en otras universidades donde tuve la oportunidad de trabajar: la Parsons School en Nueva York, la Universidad de Tongji en Shanghai, la Universidad Jiangnan en Wuxi, la University of the Arts en Londres, y la Cape Península University of Technology de Ciudad del Cabo. Por ello, mi primer y sincero agradecimiento es para todos los profesores, docentes, investigadores y estudiantes que he conocido y con los que he tenido la fortuna de colaborar.

Después de este agradecimiento colectivo, debo mencionar a algunas personas con las que esa colaboración ha sido más intensa y con quienes mi deuda cultural es, por tanto, mayor:

François Jégou, mi principal interlocutor durante muchos años, es la persona junto a quien nació mi interés por los temas de este libro y cuya contribución al propio volumen son los doce “ejemplos visuales” que siguen al capítulo sexto.

Anna Meroni, con quien he trabajado en muchas actividades y programas de investigación, y que hoy coordina la DESIS International Network.

Los colegas con los que comenzó la red DESIS y que más tarde se unieron para su promoción: Eduardo Staszowski, Lara Penin, Carla Cipolla, Andrea Mendoza, Mugendi M’Rithaa, Miaosen Gong, Lou Yongqi, Adam Thorpe, Lorena Gamman, Virgina Tassinari y Davide Fassi; todos ellos han sido interlocutores importantes para centrar la atención en estas ideas y, del mismo modo, me han ayudado a ponerlas en el papel al proporcionarme ejemplos y revisar sus aspectos esenciales.

Están también los estudiantes de doctorado, ya doctores, con quienes he debatido durante años y he tratado de ir más allá en algunos conceptos que nos parecían importantes para la teoría y la práctica del diseño para la innovación social. Además de Carla Cipolla, Andrea Mendoza y Miaosen Gong, a quien ya he mencionado, debo agradecer especialmente a Francesco Zurlo, Stefano Maffei, Annamaria Fromentini, Teresa Franqueira, Joon Sang Baeck, Fang Zhong y Eun Ji Cho por este tipo de aportaciones.

Junto a mis colegas, con quienes he trabajado de diferentes maneras en el tema de diseño para la innovación social, me gustaría dar las gracias a un pequeño grupo de amigos a los que consideró como “compañeros de viaje”: Victor Margolin, Chris Ryan, John Thackara, Fumu Masuda, Jogi Panghaal, Josephine Green y Roberto Verganti. Son personas que he conocido en distintos momentos y cuyas vidas se han cruzado con la mía más de una vez en una gran diversidad de asuntos. Por ese motivo, han sido fundamentales para consolidar, a veces en la discrepancia, las ideas que este libro presenta.

Por último, mi agradecimiento a Rachel Coad que, con su traducción del texto al inglés, me ha ayudado a poner mis ideas en orden, y a Douglas Sery y Matthew Abbate de MIT Press, cuyo apoyo ha hecho posible que todo esto se convirtiera realmente en un libro.

0. Introducción

1. Este libro se ocupa del diseño y del profundo cambio social que tiene lugar en un mundo conectado e inmerso en una transición hacia la sostenibilidad: un mundo en el que todos, lo quieran o no, se ven en la necesidad de diseñar y rediseñar de forma continua su existencia, en el que convergen iniciativas que dan lugar a grandes cambios sociales; un mundo donde el papel de los expertos en diseño no es otro que impulsar y apoyar proyectos individuales y colectivos y, en consecuencia, contribuir a las transformaciones que puedan derivarse de ellas.

En un mundo en rápida y profunda transformación, todos somos diseñadores de alguna manera, y en este “todos” se incluyen no solo los individuos particulares sino también las organizaciones, las empresas, las entidades públicas, las asociaciones de voluntarios, las ciudades, las regiones y los estados. En resumen, ese “todos” se refiere a cualquiera, ya sea una persona o un colectivo, que se ve ante la situación de definir su propia identidad y su propio proyecto vital en un mundo en transformación. Ello implica poner en funcionamiento su capacidad para diseñar como una forma de pensar y de hacer que suponga reflexión y sentido estratégico, que obligue a fijarnos en nosotros mismos y en nuestro entorno, y a decidir qué podemos hacer para mejorar el actual estado de las cosas.

Aunque el diseño sea una capacidad humana generalizada, para que de veras sea útil debe cultivarse, algo que no ocurre con frecuencia o que, cuando sucede, lo hace de una forma inadecuada.

Frente a esta contradicción entre una realidad que obliga a los individuos a estar más concienciados con respecto al diseño y la dificultad de que tal cosa tenga lugar de una manera efectiva, se hace necesaria la participación de los expertos; hablamos de aquellos cuyo ámbito de interés, de investigación y, en última instancia, de trabajo, es la práctica del diseño y su cultura. Pueden actuar como agentes sociales que, gracias a las herramientas culturales y operativas que tienen a su alcance, son capaces de impulsar y apoyar los procesos de diseño en que nos vemos involucrados todos, tanto expertos como no expertos.

Sin duda, para que los profesionales actúen de esa manera deben desmarcarse de lo que desde hace mucho tiempo ha sido la figura del “diseñador”. Durante el último siglo, los diseñadores se han visto a sí mismos, y también han sido vistos por los demás, como los únicos titulares y gestores de esa disciplina. Sin embargo, se enfrentan ahora a un mundo donde se ha generalizado la práctica del diseño y donde, como hemos visto, su tarea consiste en poner en marcha iniciativas que ayuden a una amplia variedad de actores sociales a hacer un mejor uso de esa práctica. Esto los obliga a convertirse en algo distinto de lo que han sido hasta ahora; significa que, con el fin de adaptarse a lo que se espera de ellos, es necesario que se rediseñen ellos mismos y cambien su manera de trabajar. Pero eso no es diferente de lo que se espera de cualquiera en la actualidad.

2. Las raíces del presente libro están en la gran transición, un proceso de cambio que ha llevado a la humanidad a ponerse de acuerdo sobre los límites del planeta y que nos obliga a un mejor uso de la conectividad. Esta circunstancia implica una doble dinámica que se funde en un solo proceso del que se pueden entrever ciertas características. A partir de ellas, es posible definir el diseño como algo que se fundamenta en la cultura que une lo local con lo global (localismo cosmopolita), y en una infraestructura resiliente capaz de renovar el trabajo y de acercar la producción al consumo (sistemas distribuidos).

Estamos pues inmersos en un proceso de transformación que, por su naturaleza y su desarrollo temporal, no será muy diferente a lo que supuso para Europa el paso de la civilización feudal a la sociedad urbana e industrial. Visto con perspectiva, aquel cambio produjo una revolución, una ruptura brusca con el pasado que llegó a modificar de forma radical el sistema social, económico y político. Sin embargo, para todos los que lo vivieron, aquel largo período de crisis y mutaciones fue cualquier cosa menos lineal. Se caracterizó por grandes contrastes entre diversos cambios locales y una metamorfosis sistémica a gran escala, procesos ambos que tuvieron lugar a distintas velocidades y en diferentes contextos culturales y económicos, con oscilaciones políticas y tecnológicas entre posiciones y regímenes favorables al cambio y otros decididamente opuestos a él.

Hoy nos toca vivir un tiempo de inestabilidad en el que conviven dos realidades en conflicto: de un lado, el viejo y “despreocupado” mundo que se desentiende de las limitaciones del planeta, y de otro, el que las reconoce y, en consecuencia, pone en marcha procedimientos que permiten transformar esas limitaciones en oportunidades.

Ahora bien, estos mundos son muy distintos. El primero es el dominante, es la referencia para muchos, el que da forma a las principales estructuras económicas e institucionales y el que, con su prolongada trayectoria de éxito, alimenta la convicción de que su continuidad es inevitable. El segundo, en cambio, puede verse como un grupo de islas donde las personas piensan y actúan de maneras muy distintas. Es aún demasiado pronto para saber cómo será en el futuro ese archipiélago formado por estos nuevos micromundos; quizá permanezca estable durante mucho tiempo, pero también, incluso, puede llegar a desaparecer, hundido en un mar plagado de esas otras formas de ser y de hacer tan insostenibles. Del mismo modo, puede revelarse como la parte ya visible de una tierra sumergida: como el nuevo continente de la civilización sostenible que ha de surgir de esa transición.

Este panorama del que forman parte nuestras vidas y las decisiones que tomamos, es en el que se sitúa el presente libro: lo que termine siendo ese continente dependerá de muchos factores, algunos como consecuencia de opciones que ya hemos elegido; otros, de lo que hacemos en este momento, y no pocos, de lo que hagamos en el futuro. Se trata de una transición (larga para nosotros, pero corta para la historia del mundo) en la que hemos de aprender a vivir y a vivir mejor en esas nuevas islas y, al hacerlo, anticipar lo que será la calidad de vida en ese continente emergente.

Un horizonte así es también el espacio en el que se hace más evidente el vínculo entre diseño difuso y diseño experto, una relación que se desarrollará conforme ambos trabajen juntos para resolver los muchos y diversos problemas a los que nuestras sociedades tendrán que enfrentarse; pero este no será el único campo en el que hayan de colaborar. Si lo que debe surgir es una nueva civilización, el reto no será sin más un problema pendiente de solución; una civilización se forma, sobre todo, por valores, por cualidades y, en términos más generales, por sistemas con sentido. Esto es, por tanto, lo que necesita esa nueva civilización si quiere hacerse realidad, lo que el diseño, tanto el difuso como el experto, debe contribuir a crear. Si bien es cierto que las capacidades para diseñar se expresan tanto en la solución de problemas como en la creación de sentido, queda mucho por hacer en ambos aspectos desde la perspectiva de esta nueva civilización. Es sobre todo en lo segundo, en proporcionar sentido a las cosas, donde el diseño debe demostrar su especificidad, donde puede hacer una contribución más original que cualquier otra disciplina.

3. El libro arranca con lo local y con lo cotidiano, con la gente ocupada en sus problemas de cada día, con sus oportunidades y, en última instancia, con el sentido de su propia vida. Vemos, cada vez con más frecuencia, cómo estas personas (re) descubren el poder de la colaboración para aumentar sus capacidades y cómo este (re) descubrimiento da lugar a nuevas formas de organización (organización colaborativa) y a nuevos ingenios que ofrecen soluciones integradoras, un redescubrimiento del que los expertos en diseño son parte activa. Ellos son a la vez agentes internos y externos; son parte de ese cambio social, porque se ven obligados a actuar de una manera hasta ahora desconocida, pero también son los promotores de esa transformación porque colaboran activamente a crear las condiciones que la hacen posible.

Con el sentido que le otorgamos aquí, la dimensión local no es tan solo una cuestión de alcance. En un mundo conectado, lo que ocurre a nivel local sufre la influencia en tiempo real de acontecimientos que tienen lugar en cualquier parte del planeta. En definitiva, lo local, que es nuestra interconexión con el resto del mundo, es además un punto de vista (el mundo tal y como lo vemos desde donde estamos) y un punto de acción (la acción que podemos ejercer sobre el mundo desde donde estamos). Sin duda, lo que logremos ver o hacer y, de esa forma, consigamos diseñar, depende de la calidad de esa interconexión que a su vez es el resultado de entrelazar las actividades del diseño.

El protagonista de nuestra historia es un sujeto inmerso en el día a día, que toma parte en diferentes debates, un nodo integrado en distintas redes y un actor en diversas formas sociales. Desde su punto de observación y de acción, diseña y codiseña sus actuaciones en el mundo a la manera de un bricoleur, busca materiales útiles a su alrededor (productos y servicios, pero también ideas y conocimiento) y, al adaptarlos y reinterpretarlos, compone con ellos su proyecto de vida.

Con mucha frecuencia, la actual innovación social y cultural contribuye a que nuestro protagonista piense en su proyecto vital, o en una parte de él, de forma colectiva. De ese modo, descubre (o más bien redescubre) la fuerza que otorga hacer cosas junto a otros; en consecuencia, en el núcleo de este libro, echamos un vistazo a un fenómeno novedoso que tiene que ver con un número creciente de personas que han roto o están a punto de romper con su rutina, y experimentan otras formas de vivir y producir más colectivas. En resumen, cada vez más gente impulsa una gran ola de innovación social.

Opiniones recientes sostienen que el apoyo a esa innovación proporciona respuestas concretas y prácticas a problemas difíciles como son los derivados de una población cada vez más envejecida, los que tienen que ver con el tratamiento de enfermedades crónicas, con la integración cultural de los inmigrantes o con la recalificación de las ciudades y los asentamientos marginales que las rodean. Sin embargo, la innovación social es, o podría ser, mucho más que esto porque, con frecuencia, estas formas de vida y de producción logran poner en sintonía el interés individual con el interés social y ambiental. Por ello, pueden verse también como pasos concretos hacia la sostenibilidad, como aplicaciones locales de una idea de bienestar basada en una nueva ecología de las relaciones entre las personas, y entre ellas y su entorno; una oportunidad a través de la cual las nuevas tendencias abren posibilidades hasta ahora desconocidas.

Durante esta pasada década, el auge de Internet, los teléfonos móviles y los medios de comunicación junto con la innovación social, permitió crear una nueva generación de servicios que no sólo aportan soluciones sin precedentes a complicados problemas sociales, sino que cuestionan también nuestras ideas de bienestar y la relación entre el ciudadano y el Estado. Actualmente, en paralelo a esta última, existe otra convergencia en proceso. La asombrosa innovación tecnológica que tiene lugar en el campo de los sistemas de fabricación debido a la miniaturización de las unidades productivas ofrece la posibilidad de crear nuevas redes de producción y consumo: los sistemas distribuidos. La posible confluencia entre sistemas distribuidos e innovación social podría hacer surgir redes de microempresas capaces de revolucionar el sistema productivo, aumentar la dimensión local y redistribuir las actividades de producción y las oportunidades de trabajo justo en la dirección opuesta a la que era predominante durante las décadas pasadas.

La posibilidad de acelerar y orientar esta doble convergencia requiere un programa de investigación en diseño. Si tenemos en cuenta que en esa transición la sociedad en su conjunto ha de verse como un enorme laboratorio para la experimentación social, lo primero es fomentar y orientar estas iniciativas a todos los niveles y en todos los campos en los que pueda aplicarse; lo segundo es mejorar líneas de acción que consistan en replicar las mejores soluciones y conectarlas; la experimentación y la replicación son dos procedimientos complementarios que en esta transición permiten experimentar nuevas soluciones para consolidar y reproducir aquellas que sean mejores. Por último, es necesario que todas esas pequeñas iniciativas estén conectadas para que tengan un mayor impacto.

Experimentar, replicar y conectar son tres líneas de acción que requieren tanto de la capacidad del diseño difuso como de la capacidad del diseño experto. Juntas deben constituir las prácticas esenciales de un gran proyecto de diseño abierto a la experimentación, capaz de abrazar y apoyar múltiples iniciativas globales con objetivos compartidos.

4. Este libro quiere ser también una contribución a la cultura del diseño; una aportación a la formación cultural que los diseñadores, ya sean expertos o inexpertos, elaboran y utilizan a fin de hacer mejor lo que, en todo caso, hacen y seguirán haciendo. Por otro lado, ya que la cultura está ligada al contexto, como no podría ser de otro modo, puede decirse que se trata de una contribución italiana a un debate internacional, es decir, que se inicia en un contexto cultural bien definido.

En sus páginas, transita por toda suerte de ámbitos especializados que se funden en la práctica del diseño para elaborar su propio punto de vista y su propio lenguaje, en definitiva, su propia cultura. Así, a pesar de que trate diferentes campos disciplinares, no es un libro interdisciplinar; es una contribución a una cultura de diseño específica, paralela y complementaria a otras, una cultura a cuyo crecimiento pueden contribuir los demás agentes sociales, pero en la que los expertos en diseño han de ser sus principales productores.

En definitiva, es un texto para todo aquel interesado en profundizar más de lo habitual en los problemas de diseño con los que lidiamos habitualmente. Por tal motivo, al iniciar un debate sobre la innovación social es preciso situar, junto al asunto fundamental de la solución de problemas, otro, en mi opinión de igual importancia, que tiene que ver con el sentido de las cosas. Y que supone hablar de la dimensión cultural de la innovación social y de cómo puede apoyar a una renovada cultura del diseño.

Este libro quiere contribuir igualmente a un debate internacional sobre esos temas. Se fundamenta en una larga serie de experiencias desarrolladas en diversas partes del mundo y que he tenido la oportunidad de vivir mientras coordinaba DESIS, una red internacional de laboratorios ubicados en escuelas de diseño y centrada en la innovación social. Por otro lado, no puedo y no deseo separarme de la cultura que he recibido de donde vengo. Lo que ofrecen las siguientes páginas es una contribución a una discusión internacional propuesta por un “autor localizado” que se sitúa en un contexto y se presenta, abiertamente, como expresión de una cultura local. Por esta razón, las reflexiones que ofrecen sus páginas no solo toman forma a partir de experiencias vividas, sino también y sobre todo, se apoyan en un sistema de valores y referencias que provienen de cómo y dónde me he educado y de dónde y cómo empecé a pensar.

Mi esperanza es que pueda resultar una contribución útil para el desarrollo de una cultura que, en una perspectiva sostenible, anime, como en mi opinión debería hacer, a un debate global que sea también múltiple y diverso. Una ecología de las culturas de diseño que se muestre al mismo tiempo abierta al mundo y a lo particular, rica en esas profundas diferencias que puede ofrecer “lo local”, es decir, lo arraigado en un lugar.

En conclusión, tengo también la esperanza de que este libro pueda ser un homenaje a la cultura del diseño italiano y a su gran historia. Sería feliz si se viera como una contribución del diseño italiano a las cuestiones emergentes de las que trata. ¿Hay algo que vincule esta cultura de la que vengo con el diseño participativo para la innovación social? Así lo creo. Pero para explicar de dónde proviene esa convicción sería necesario otro libro; si hay lectores que están de verdad interesados en ello, les dejo la tarea de buscar estas conexiones por sí mismos.

1    Innovación, hacia una nueva civilización

Cuando los seres humanos afrontan nuevos problemas, tienden a usar su innata creatividad y su capacidad para el diseño con el fin de inventar y hacer realidad algo nuevo; en definitiva, lo que hacen es innovar. Aunque esto siempre haya sido así, estas innovaciones cotidianas adquieren formas sin precedentes, que se dejan sentir con mayor fuerza. Su difusión y carácter resultan de la combinación de dos factores principales: el primero es, lógicamente, la naturaleza de los problemas que tratan en diferentes escalas, incluida la experiencia cotidiana; el segundo es la difusión generalizada de las tecnologías de la comunicación y de la información y su aportación a las organizaciones existentes. En una situación así es probable que, ante cualquier problema, un número creciente de personas vea una oportunidad y encuentre una manera de resolverlo.

Sin embargo, tal vez lo que suceda vaya un poco más allá. Estas personas no solo pueden llegar a superar sus propias dificultades, sino que, con lo que hacen, pueden sentar las bases de una nueva civilización.

La innovación social

“En 2005 en Liuzhou, provincia de Guangxi (China), un grupo de sus habitantes se dieron cuenta de que no tenían acceso a alimentos saludables y seguros en los mercados habituales. Se fueron a las aldeas, a unas dos horas en coche de la ciudad, y vieron que los modelos tradicionales de agricultura sobrevivían aún en el campo, aunque con gran esfuerzo. Con la intención de ayudar a estos agricultores y desarrollar un canal para la distribución de alimentos orgánicos, fundaron una empresa social: una asociación de agricultores que se llama Ainonghui”. (1) Esta historia es una de las muchas recogidas por Fang Zhong para su tesis doctoral sobre servicios colaborativos en China que, por varias razones, me resulta particularmente reveladora: es un caso magnífico de innovación social en el que ciudadanos y agricultores imaginaron y pusieron en práctica una original manera de superar las dificultades y plantear nuevas alternativas (ejemplo 1.1).

Ejemplo 1.1

AINONGHUI, UN CASO DE AGRICULTURA SOSTENIDA POR LA COMUNIDAD, LIUZHOU (CHINA)

Ainonghui es una asociación de Liuzhou, en la provincia de Guangxi (China), que fue fundada por un grupo de agricultores y consumidores urbanos para producir y distribuir alimentos orgánicos. En la práctica se trata de una aplicación china de la idea de agricultura sostenida por la comunidad. “En la actualidad, además de la producción y la distribución de alimentos, la asociación Ainonghui gestiona cuatro restaurantes y una tienda comunitaria de comida orgánica. Con la venta de estos alimentos de origen local a la gente de la ciudad, difunden también lo que es la agricultura tradicional y orgánica y promueven un estilo de vida urbano sostenible. Gracias a Ainonghui y a los vínculos directos que ha creado entre la ciudad y los agricultores, los ingresos de estos últimos permiten sostener la agricultura de siempre y contribuyen a que puedan llevar una vida mejor y más respetable. Es más, varios agricultores han regresado al campo para unirse a la red de alimentos orgánicos”. (2) El interés de este ejemplo reside en la relación sin precedentes que se establece entre agricultores arraigados en su pueblo, que ponen en práctica sus conocimientos y su experiencia tradicional, y ciudadanos urbanos expuestos a las ideas que circulan en las redes globales y dotados de una particular capacidad para el diseño y para el emprendimiento. Al reconocer la naturaleza complementaria de sus motivaciones y capacidades, ambos grupos han sido capaces de cerrar la brecha cultural y superar mutuos prejuicios para generar una solución que, de lo contrario, no habría sido posible.

Pero, en mi opinión, este caso es también mucho más: es un ejemplo de que son posibles otra forma de producción y otro modelo económico. Su método, que parte de la idea de crear vínculos directos entre la producción (en este caso, la agricultura) y el consumo, implica la presencia de alguien conectado a escala local, pero abierto al flujo global de personas e ideas (que convierte esta iniciativa en un sistema distribuido de producción). (3) Este modelo opera en el marco de una nueva economía social que permite la coexistencia de diferentes economías y en el que “todos salen ganando”, (4) tanto la gente de la ciudad que dió el primer paso (y que ahora tiene la comida sana y con garantías que quería) como los agricultores involucrados en el proyecto.

Ainonghui es un excelente ejemplo del creciente número de iniciativas internacionales en el campo de los productos frescos, sanos y orgánicos y de sus vínculos con la agricultura, que van desde los mercados de los agricultores a las cooperativas de alimentos, a los alimentos de kilómetro cero y a la agricultura apoyada por la comunidad. Como ya hemos observado en relación a Ainonghui, lo que proponen todas estas experiencias no es solo una nueva forma de alimentación, sino otra manera de producir, otra relación entre la producción y el consumo, y, en definitiva, entre las ciudades y el campo que las rodea.

Cuando indagamos en busca de iniciativas parecidas, nos encontramos con una gran diversidad de casos interesantes: grupos de familias que deciden compartir algunos servicios para reducir los costes económicos y ambientales, pero también para crear nuevas formas de vecindad (como la covivienda y otras alternativas para compartir y ayudarse mututamente dentro de un bloque de viviendas o de un barrio); nuevas formas de interacción y trueque (desde simples iniciativas de intercambio hasta bancos de tiempo o la creación de una moneda local); servicios en los que los jóvenes y los ancianos se ayudan unos a otros y con los que promueven una nueva idea de bienestar (servicios sociales participativos); jardines vecinales creados y gestionados por los ciudadanos que mejoran la calidad de la ciudad y del tejido social (jardines de guerrilla, huertos comunitarios, tejados verdes); sistemas de movilidad alternativos a los coches particulares (coche compartido, redescubrir las posibilidades que ofrecen las bicicletas); nuevos modelos de producción con recursos y comunidades locales comprometidas (empresas sociales); o comercio justo y directo entre productores y consumidores (iniciativas de comercio justo).

La primera y más evidente característica de estas propuestas es que emergen de la recombinación creativa de los activos ya existentes (desde el capital social al patrimonio histórico, desde la artesanía tradicional a la tecnología avanzada y accesible) y cuyo objetivo consiste en alcanzar metas socialmente reconocidas pero de una manera completamente nueva. Este rasgo común también proporciona una primera definición de lo que es la innovación social y de por qué ha surgido.

Ideas que sirven para cumplir objetivos sociales (5)

“Definimos las innovaciones sociales como ideas (nuevos productos, servicios y modelos) que satisfacen las necesidades sociales y crean nuevas relaciones o formas de colaboración. En otras palabras, se trata de innovaciones que mejoran la capacidad de la sociedad para su funcionamiento”. (6) A partir de esta definición, damos por sentado que, en la actualidad y por diversas razones, se ha generalizado la práctica de la innovación social, que ha existido siempre, y ha asumido características sin precedentes: por un lado, las tecnologías de la información y la comunicación se han extendido del mismo modo que las prácticas sociales que las hacen posibles; por otro, un número creciente de personas en diferentes contextos, por diversas razones, han sentido la necesidad de reinventar sus vidas. Este es el quid de la cuestión: en muchos países occidentales (tradicionalmente ricos) la actual crisis económica ha forzado a un número creciente de personas a aprender a vivir, y si es posible, a vivir mejor, al tiempo que reducen su consumo y redefinen sus ideas sobre el bienestar (y el trabajo). De forma simultánea, la mayoría de la gente en las economías de rápido crecimiento se ve empujada a cambiar velozmente sus contextos socioeconómicos tradicionales por otros nuevos, a los que nos referiremos como contextos “modernos”: (7) todos ellos se sienten obligados a redefinir radicalmente la forma en que viven y sus ideas de bienestar.

En esta situación, millones de personas se ven forzadas por la pobreza, las guerras y los desastres ambientales a dejar sus aldeas y partir a las ciudades (aunque sería más correcto decir que tienen que dejar sus pueblos por suburbios, chabolas o favelas según cada zona) y a dejar su país de origen por otros (donde esperan encontrar una vida mejor y más segura). Todas estas dificultades representan desafíos para la sociedad en su conjunto y para las instituciones y organismos políticos, a cualquier escala, ya sea local o global. Cada una de ellas supone un inmenso problema social cuya solución no puede hallarse en los modelos económicos tradicionales ni en las iniciativas planteadas desde arriba (a pesar de que se necesitan de manera urgente). Las ONGs y otras asociaciones de la sociedad civil deben cumplir su papel, y lo que es más importante, los individuos, las familias y las comunidades tienen que participar de forma activa y cooperativa en estos procesos. Es ahí donde la innovación social puede ser útil. Por supuesto, la forma en que esto suceda es una incógnita, pero no hay duda de que, en todas partes y cada día más, millones de personas se ven obligadas a cambiar algo en su forma de vivir (y más que eso, en su forma de pensar y en su idea de bienestar). En tal contexto, la innovación social interviene como un potente y poderoso agente transformador en todo el sistema socio-técnico.

Soluciones a problemas insolubles

En los últimos años, la innovación social ha pasado de ser algo secundario a colocarse en el núcleo de la agenda política de muchos gobiernos y, de forma general, ha centrado los debates públicos. (8) Ello nos lleva a preguntarnos por qué ha sucedido así, del modo en que lo ha hecho.

Quizá, la primera respuesta a esta pregunta sea muy simple: la innovación social contribuye a la solución de problemas que hasta entonces parecían muy difíciles o, incluso, inabordables. “La razón principal”, escriben Murray, Caulier-Grice y Mulgan, “es que las estructuras y las políticas hasta ahora existentes eran incapaces de atajar algunos de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo”. (9) Se refieren a asuntos tales como las epidemias provocadas por enfermedades crónicas, la creciente desigualdad, las sociedades envejecidas o los problemas de cohesión social en las sociedades multiculturales. Mulgan y sus colegas se refieren a ellos como problemas sociales inabordables, problemas para los que “las herramientas clásicas de las políticas estatales, por un lado, y las soluciones del mercado, por otro, se han mostrado claramente insuficientes”. (10) Sin embargo, la innovación social adquiere su verdadera relevancia al afrontar estas dificultades porque, como era de prever, señala maneras viables de afrontarlas con soluciones que rompen con los modelos económicos tradicionales y proponen otros nuevos, con las diversas motivaciones y expectativas de los actores implicados.

Estos nuevos y complejos modelos de organización desafían las tendencias tradicionales y van mucho más allá de las dicotomías convencionales entre lo público y lo privado, entre lo local y lo global, entre el consumidor y el productor o entre la necesidad y el deseo. Las soluciones que proponen son modelos que difuminan esas polaridades. Son, a un tiempo, locales (porque están enraizadas en un sitio) y globales (porque están conectadas internacionalmente con otros modelos similares), de forma que los papeles de productor y usuario tienden a solaparse (porque se inclinan por la participación activa); las motivaciones y los deseos personales tienden a coincidir con las necesidades en la medida que la gente participa porque quiere, pero también porque lo necesita. En concreto, por lo que respecta a esta polaridad, cambia el peso relativo de los deseos y las necesidades según el lugar y el momento. (11) Sin embargo, en todos los casos observados, las innovaciones sociales parecen tener lugar solo si hay al mismo tiempo necesidad y voluntad de hacer algo (esto es, una apropiada combinación de deseos y necesidades).

Una forma (radicalmente) distinta de hacer las cosas

Hemos visto que, en términos prácticos, lo que estas innovaciones sociales hacen es recombinar recursos y capacidades que ya existían para crear funciones y significados nuevos. Al hacerlo, introducen formas de pensamiento y estrategias para la solución de problemas que suponen discontinuidades con lo que ha sido la tendencia dominante, por ejemplo, de los modos de pensar y de hacer que se consideraban “normales” y que se aplicaban habitualmente en el contexto socio-técnico en que operaban (véase recuadro 1.1)

Por ejemplo, ante el problema generalizado de una población cada vez más envejecida, cabría preguntarse: “¿cómo podemos cuidar de todas estas personas mayores?”. En las sociedades industriales maduras y en los sectores más globalizados de las emergentes, es decir, en las sociedades avanzadas, la respuesta más habitual es que hace falta “crear servicios sociales profesionales dedicados a este asunto”. Sin embargo, la propuesta radicalmente innovadora sería otra: “Consideremos a los ancianos no solo como un problema, sino también como posibles agentes para su solución; apoyemos sus capacidades y su voluntad para participar activamente y optimizar el uso de sus redes sociales”. Este revolucionario primer paso que consiste en considerar a los ancianos no solo por lo que necesitan, sino también por lo que son capaces de hacer y por lo que están dispuestos a hacer, ha llevado a un relevante número de invenciones y mejoras; estas iniciativas van desde los círculos de atención y covivienda para ancianos (donde las personas de edad avanzada reciben apoyo en diferentes formas de ayuda mutua) a la simbiosis efectiva entre los mayores y los jóvenes (como en el caso del “alojamiento de estudiantes”, en el que los ancianos que viven en casas grandes ofrecen un espacio a estudiantes que están dispuestos a ayudarles), (12) hasta otros diversos modelos de viviendas intergeneracionales en las que residentes de diferentes edades llegan a acuerdos para ayudarse unos a otros.

Recuadro 1.1

Discontinuidades locales

¿Qué significa crear una discontinuidad en la actual forma de ser y de hacer? En términos generales, significa crear algo que rompe la rutina, proponer formas de comportamiento radicalmente nuevas. Sin embargo, cuando se trata de innovación social, ¿qué significa “radicalmente nuevo”? La primera y obvia respuesta es que no se puede definir en términos generales, porque una misma idea y una misma organización no son igual de novedosas en contextos diferentes. Por ejemplo, la ayuda mutua entre vecinos es la tendencia dominante en un pueblo de Rajastán, en la India, donde forma parte de la tradición, pero puede resultar algo nunca visto en un barrio de clase media en Londres o Milán. Que un agricultor venda sus productos en un mercado africano no es otra cosa que una expresión “normal” de la agricultura y la alimentación del sistema local, mientras que los agricultores que hacen lo mismo con sus frutas y verduras en el mercado de la Union Square Farmers de Nueva York representan una innovación radical en comparación con los sistemas alimentarios y agrícolas que son costumbre en los Estados Unidos.

Como estos ejemplos indican, determinar lo qué es “radicalmente nuevo” en estas organizaciones depende, en buena medida, de cada contexto. En otras palabras, la creación de una organización participativa basada en la ayuda mutua en Londres y Milán es algo innovador, a pesar de que pueda parecerse en muchos aspectos a lo que normalmente sucede en un pueblo de Rajastán. Lo mismo puede decirse del mercado de la Union Square de Nueva York en comparación con otro parecido de una aldea africana.

Consideramos estos casos de innovación radical porque, ante un problema que parece muy difícil (cuando no irresoluble) desde un punto de vista convencional, proponen un análisis alternativo (en este caso, al reconocer que la gente mayor no son solo personas con dificultades y necesidades y que, en las condiciones oportunas, muchos de ellos pueden participar activamente en la solución de sus propios problemas y de los de sus iguales). Una vez que se logra este cambio de perspectiva, aparecen soluciones viables junto a resultados positivos imprevistos. En realidad, al igual que todas las innovaciones radicales, estos ejemplos no solo indican una nueva estrategia para resolver un problema concreto, sino que reformulan el problema en sí mismo, lo que conduce a resultados diferentes. En otras palabras, al responder a ciertas preguntas, las innovaciones radicales proporcionan respuestas que alteran esas mismas preguntas.

La economía social en la práctica

Observamos que en el modelo económico donde se construyen estas innovaciones convergen intereses societarios y ambientales. Un estudio atento de estos modelos permite verlos como expresión de una economía emergente, una economía social donde, como señala Robin Murray, el mercado, el Estado y la economía subvencionada coexisten junto con la ayuda mutua, la autoayuda, el trueque, la beneficencia y otras actividades sin ánimo de lucro (que Murray incluye como parte de la economía doméstica). (13) Murray escribe: “la defino como una ‘economía social’ porque combina características muy diferentes de la economía basada en la producción y el consumo de productos. Entre sus aspectos más peculiares destacan: el uso intensivo de redes de distribución para sostener y gestionar las relaciones con el apoyo de la banda ancha, la telefonía móvil y otros medios de comunicación; la existencia de fronteras confusas entre producción y consumo; el énfasis en la colaboración y en interacciones repetidas, en el cuidado y el mantenimiento antes que en el consumo aislado; y un fuerte papel de los valores y las misiones”. (14)

En definitiva, a pesar de que no constituya el pensamiento dominante en varios países, sobre todo en aquellos donde la crisis actual tiene un mayor impacto, la innovación social provoca un creciente interés por los nuevos modelos sociales y económicos en que se basan sus resultados. En otras palabras, es “un claro reconocimiento de que las sociedades necesitan probar y difundir programas capaces de ofrecer alternativas por menos dinero para paliar lo peor de la recesión”. (15)

No tengo dudas de que la esperanza de “proporcionar resultados por menos dinero” ha sido el principal motor para que la innovación social forme parte de la agenda política de ciertos gobiernos, tanto para lo bueno como para lo malo. El aspecto positivo es que, política y socialmente, esa motivación toca temas sensibles y puede impulsar el interés público por todo aquello que es capaz de hacer la innovación social. Pero por otro lado, existe el riesgo de que esa innovación social se convierta en el rostro amable de un programa de recortes en los presupuestos sociales públicos (con la excusa de que la sociedad civil debe hacerse cargo de servicios que antes eran responsabilidad del estado de bienestar). (16) En mi opinión, esta es una visión negativa basada en una interpretación errónea de lo que supone la innovación social y de cómo funcionan las organizaciones participativas.

A mi juicio, en el intento de hacer frente a los problemas aparentemente insolubles que estamos considerando, este tipo de innovación podría conducir a una nueva generación de servicios sociales que se fundamentan en un pacto renovado entre los ciudadanos y el Estado. Desde esta perspectiva, el Estado, lejos de reducir al mínimo su presencia, se convierte en un socio activo e influyente junto con los ciudadanos y las empresas sociales. (17) Esta última idea nos lleva a entablar una discusión sobre esos asuntos irresolubles pero relativamente localizados con una perspectiva más amplia. En realidad, los problemas que dan impulso a la innovación social y que ésta contribuye a resolver, en mi opinión, son aún mayores que los que hemos señalado; suponen una crisis de las principales ideas acerca del bienestar, del trabajo y de un modelo de producción que no solo pide soluciones específicas sino que clama por una civilización, previsiblemente, más sabia.

Sistemas socio-técnicos e innovación

Antes de continuar, debemos llamar la atención sobre un aspecto teórico. Dado que no existen sociedades humanas sin tecnología, cualquier cambio que afecte a estas sociedades es, al mismo tiempo, un cambio social y técnico, por lo que referirse a la innovación social sin más es una simplificación. Para ser más precisos, deberíamos hablar en tales casos de una innovación en el sistema socio-técnico desencadenada por un cambio social. Con ello quiero decir que la introducción de una forma social que utiliza las tecnologías existentes, pero que las usa y las combina de otro modo, cambia de manera efectiva el sistema técnico.

Hasta ahora era lógico hablar de la innovación social en términos quizá simples porque nos ha servido para poner de relieve la existencia de una transformación impulsada por esa innovación cuando, durante todo un siglo, el único motor de cambio digno de consideración ha sido el factor técnico (o mejor dicho, el factor tecno-científico). Pero esa visión unilateral ha dejado de tener sentido: las pruebas que tenemos ante nosotros muestran que la innovación en el sistema socio-técnico no viene solo desde el lado tecnológico, sino que lo hace por un impulso social y cultural de gran envergadura. Sin embargo, una vez dicho esto (y una vez justificada, la simplificación que lleva a diferenciar la tecnología de la innovación social), debemos dibujar de inmediato una imagen más compleja: por razones que veremos más adelante, en un área creciente de la innovación es muy difícil, si no imposible, hacer tal separación.

El asunto es el siguiente: cuanto más penetran los sistemas técnicos en la sociedad (es decir, cuanto mayor alcance tengan y más difusa sea la interconexión entre la tecnología y la sociedad), más rápido y más intenso será su impacto en los sistemas sociales en los que operan. Además (y esto es lo que más nos interesa), cuanta más gente quede expuesta a estas tecnologías, mayor será la oportunidad y la capacidad de absorberlas y saber utilizarlas o modificarlas para propósitos que ni los técnicos que inventaron y desarrollaron esos sistemas habrían soñado jamás. Así ha ocurrido con las tecnologías de la información y de la comunicación que, al sufrir una rápida penetración en la sociedad, han sido “normalizadas” de inmediato y en pocos años han pasado a ser, para muchas personas, la plataforma organizativa de su propia vida. Además, mucha gente ha sido capaz de adaptarlas a sus necesidades o ha llegado a inventar usos nuevos e inesperados. Esto se ha hecho tan evidente que hay gran cantidad de productos que se ofrecen ahora al público en una versión todavía incompleta (una “versión beta”) con el fin de recoger las mejoras o las ampliaciones que sugieren los propios usuarios (que se convierten de esta manera en codiseñadores).

De ello se desprende que es cada vez más difícil mantener esa simplificación que nos llevó a distinguir entre innovación técnica y social. En un ámbito cada vez más gobernado por las innovaciones socio-técnicas, la discusión sobre cuál de los dos aspectos (el técnico o el social) dio el primer paso, tiende a parecerse al debate absurdo entre qué fue primero, si la gallina o el huevo.

Sistemas distribuidos y resilientes

Al mismo tiempo que la confluencia de la innovación social con la innovación tecnológica puede ofrecer nuevos modos de resolver problemas concretos, dicha convergencia puede transformar la infraestructura y los sistemas de producción y consumo.

En las últimas décadas, ha surgido, y en algunos casos se ha extendido, una nueva generación de sistemas socio-técnicos a los que en su conjunto podemos referirnos como sistemas distribuidos, que se encuentran divididos en partes separadas aunque conectadas, relativamente autónomas y mutuamente vinculadas dentro de redes más amplias. Chris Ryan, uno de los principales entendidos en esta materia, los define de la siguiente forma: “El modelo distribuido contempla las infraestructuras y los sistemas esenciales de abastecimiento (es decir, el agua, los alimentos y la energía, etc.) situados cerca de los recursos y de los sitios que los demandan. Los sistemas individuales pueden funcionar como unidades separadas y flexibles, pero también como si formaran parte de redes de intercambio incluso mayores (a nivel local, regional o global). En cambio, los servicios que hasta ahora prestaban los grandes sistemas centralizados lo hacían por medio de la capacidad colectiva de varios sistemas más pequeños. Cada uno está adaptado a las necesidades y oportunidades de un sitio concreto, pero con capacidad para transferir recursos a un área más amplia”. (18) Por lo tanto, al permitir este nuevo tipo de relación entre la pequeña y la gran escala, y, por ende, entre lo local y lo global, los sistemas distribuidos desafían la tendencia dominante que era habitual en los modelos de producción y en la infraestructura tecnológica que los caracterizaba. El reconocimiento del potencial de estos sistemas crece gracias a su eficacia tecnológica y al entusiasmo de un número creciente de personas, lo que los hace coherentes con la innovación social que estamos tratando aquí.

Los sistemas distribuidos se apoyan, sin duda, en la innovación tecnológica. Sin embargo, su naturaleza emerge de procesos más complejos e innovadores en los que el aspecto tecnológico no puede verse como algo separado de la dimensión social; mientras que los sistemas centralizados, al menos en principio, podían desarrollarse sin tener en cuenta el tejido social en el que se implantan, tal cosa es imposible cuando la solución tecnológica en cuestión es un sistema distribuido. De hecho, cuanto más disperso es un sistema en red más grande es su interconexión, más conectado está con la sociedad y más consideración merece el aspecto social de la innovación. En otras palabras, en relación a lo que estamos discutiendo, podemos afirmar que ningún sistema distribuido puede implantarse sin la innovación social: las soluciones distribuidas (como la producción a pequeña escala y el uso de recursos renovables, las redes alimentarias localizadas o las microfábricas) solo pueden funcionar si los grupos dedicados a ello deciden adoptarlas y comprometerse en su ejecución. (19)

Si prestamos la debida atención a la forma en que han aparecido y se han propagado estos sistemas distribuidos, veremos que tal cosa ha sucedido en diferentes momentos y por diferentes razones, en distintas oleadas de innovación que convergen de forma gradual.

La primera de ellas, que se convirtió en el soporte técnico para las demás, tuvo lugar cuando los sistemas de información pasaron de su antigua arquitectura jerárquica a otra nueva articulada en red (inteligencia distribuida), lo que trajo consigo cambios radicales en las organizaciones socio-técnicas que la hacían viable. El resultado fue que, conforme estas nuevas formas distribuidas de conocimiento y toma de decisiones se volvieron más comunes, los modelos rígidos y verticales que eran dominantes en la sociedad industrializada comenzaron a diluirse en otros que podríamos denominar fluidos y horizontales. (20) El éxito de esta innovación ha sido tal que hoy en día la arquitectura en red se considera un estado “cuasi-natural” (aunque, como hemos visto, esto no ha sido siempre así: antes de que existieran los ordenadores portátiles e Internet, los sistemas de información se basaban en grandes computadoras centralizadas y, en consecuencia, en una arquitectura jerárquica).

Infraestructura distribuida

La segunda ola de la innovación tiene que ver con los sistemas de energía y afectará al abastecimiento de agua. En lo que se refiere a este sector, la convergencia de las innovaciones lo ha colocado ante una nueva perspectiva: centrales pequeñas, altamente eficientes, sistemas de energía renovable y redes “inteligentes” que los conectan, que han permitido avanzar hacia soluciones no centralizadas (como la generación de energía eléctrica distribuida). Estas soluciones han llegado a desafiar a los sistemas todavía dominantes con sus grandes centrales eléctricas (“estúpidas”, frágiles) y sus redes jerárquicas. Por otra parte, estas alternativas se han convertido en un importante campo de inversión y competencia en esa fuerte tendencia que es la “tecnología verde”. Es razonable pensar que las tecnologías de este tipo tendrán un fuerte impacto y que, finalmente, el sistema energético al completo evolucionará de una manera similar a como lo han hecho los sistemas de información, que han pasado de una arquitectura jerárquica a otra distribuida. (21)

Es más que probable que los sistemas de suministro de agua sigan una trayectoria parecida. De hecho, el cambio climático y el aumento de la demanda de recursos hídricos reclaman un nuevo enfoque en su planificación y gestión. También en este caso, lo que ocurre es un cambio desde sistemas centralizados (que recogen y almacenan el agua de ríos y afluentes para que los usuarios finales la empleen en todo tipo de usos) hacia otros sistemas distribuidos. En estos últimos, el agua dulce quedaría restringida para consumo de alta calidad (como agua potable y otros parecidos), mientras que el resto de necesidades serían satisfechas con el agua recogida a nivel local: agua de lluvia y aguas residuales convenientemente tratadas. Este nuevo sistema para la distribución de los recursos hídricos requiere una planificación específica (denominada diseño urbano con una cuidada gestión del agua) (22) y nuevas actitudes y comportamientos por parte de los ciudadanos.

Redes distribuidas de alimentos

La tercera ola de la innovación a favor de los sistemas distribuidos se refiere a la alimentación y la agricultura. Convergen aquí dos corrientes socio-técnicas innovadoras; una de ellas, impulsada por la inquietud que despierta la dependencia que tiene la agricultura de los productos químicos y del petróleo, y por tanto, preocupada por su fragilidad. Esta tendencia promueve la producción de alimentos locales con el fin de hacer más resiliente el sistema y queda ejemplificada por movimientos como las “ciudades en transición” (23), que surgen para aumentar la autosuficiencia de esas comunidades locales. La segunda corriente se materializa en consideraciones sobre la calidad de los alimentos y de la propia agricultura y está representada por movimientos como Slow Food. (24) En este caso, la principal motivación no fue otra que el deseo de mejorar la “experiencia alimentaria”, vinculada a la “la calidad de la proximidad”, una sensación de calidad que se deriva de la experiencia directa del lugar del que proviene el producto y de quiénes lo producen.