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La primera investigación de la huérfana-hacker Julia Z en un aterrador futuro cercano en el que la IA permea todos los aspectos de nuestras vidas. Con solo 14 años, Julia Z se convirtió en la infame «huérfana-hacker», un prodigio adolescente que se saltó la ley y llamó la atención de todo un país. Años después, está intentando dejar esa vida atrás, viviendo fuera del sistema, oculta en los suburbios de Boston. Pero su frágil anonimato se resquebraja cuando un abogado desesperado le suplica que lo ayude a encontrar a su mujer; una famosa celebridad que usa inteligencia artificial para crear sueños compartidos para miles de seguidores, y que ha sido secuestrada por una banda organizada. Contra sus instintos, Julia se lanza a un desgarrador viaje por el país, sumergiéndose en las sombras del sueño americano. Mientras investiga a la banda y se enfrenta a su propio pasado y a su deteriorada psyche, tendrá que hacer uso de todas sus habilidades, su tenacidad y su falta de respeto por la autoridad para descubrir la verdad. Cuanto vemos o parecemos mezcla una intriga donde todo está en juego con una profunda especulación del futuro del arte y de la sociedad bajo la sombra de la inteligencia artificial.
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Seitenzahl: 632
Veröffentlichungsjahr: 2026
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¿Es cuanto vemos o parecemostan solo un sueño dentro de un sueño?1
edgar allan poe
Lo que es más corriente, lo más barato, lo más próximo y lo más fácil soy yo, yo, abocado a mi suerte, apostando por grandes ganancias, adornándome para entregarme al primero que me tome, sin pedirle al cielo que baje cuando yo quiera, derramándolo todo con generosidad y para siempre.2
walt whitman
1. (N. del T.) Versos finales de A dream within a dream / Un sueño dentro de un sueño, poema perteneciente al conjunto de composiciones que E. A. Poe (1809-1849) escribió durante sus dos últimos años de vida.
2. (N. del T.) Versos finales de la sección 14 de Song of myself / Canto de mí mismo, a su vez perteneciente al poemario Leaves of grass / Hojas de hierba, que aquí se reproducen con la traducción de Manuel Villar Raso para la Antología bilingüe de W. Whitman (1819-1892) publicada por Alianza Editorial (ISBN: 978-84-206-6987-8).
Un paso. Otro más. Alto.
Se queda inmóvil hasta que los ronquidos de Piers retoman su cadencia.
Otro paso. Ha salido del dormitorio.
Se gira hacia atrás y le dice adiós con un hilo de voz. Las cortinas están tan bien cerradas que no dejan pasar ni la luz de la luna, y Piers ya no es más que un bulto difuso en medio de la cama. Han disfrutado de una buena vida juntos. Mucho mejor que la que vive la mayoría. Lamenta que vaya a sentirse devastado. Él la quiere a ella y ella lo quiere a él, pero el amor no basta.
No basta para que ella pueda salvarse de esta historia sobre sí misma, de este sueño lúcido que ha derivado en una pesadilla. Es una Scheherezade cansada de contar mentiras para posponer lo inevitable, noche tras noche. Cierto, la culpa de haber terminado así la tiene ella. Al menos, ahora piensa hacer algo al respecto.
Cierra la puerta de la habitación y gira el picaporte despacio para que el pestillo no haga ruido. Por lo general, la bisagra chilla como las brujas de los dibujos animados, pero ella había tenido la precaución de lubricarla ese día. Muy previsora (la comisura de la boca se le curva al reparar en la ironía); ojalá siempre hubiera sabido lo que estaba por venir.
Cada paso lleva a otro más. Siempre hacia el filo. Hasta que llega un momento en el que ya no puedes seguir avanzando.
Entra en su estudio (lo que podría haber sido un dormitorio para los niños en la casa colonial de dos plantas ubicada en las afueras) y ata los cabos sueltos. No enciende ninguna luz; le basta con el resplandor de las pantallas y los leds. Solo le lleva diez minutos comprobar que ha borrado todos sus rastros y eliminar cuanto debía dejar tal cual hasta el último momento.
Sopesa la idea de eliminar aún más cosas, como las grabaciones de las sesiones de práctica, sus cefaloscripts encriptados, la neuromalla de oniroguía asociada a su IA personal, las entrevistas, los mensajes de los admiradores o las reseñas (abono para su vanagloria y datos de entrenamiento para sus egolines). Mantiene los dedos sobre las teclas durante un instante prolongado.
Al cabo, se contiene. Se dice a sí misma que no importa, que borrar todo esto no va a hacer que Piers esté más protegido. De hecho, dejarlo todo como está podría ser más conveniente; le serviría para recordarla a ella y también como moneda de cambio. Vendrán momentos de oscuridad y de sombras, de riesgo y de miedo. Es lo menos que puede hacer por él.
Aun así, en el fondo, sabe que no puede seguir adelante porque es incapaz de quitarse la vida. Lleva más de una década construyendo con absoluta minuciosidad la idea que tiene de sí, de Elli Krantz.
O quizá nunca se haya tratado de sí misma. Esa es la pregunta, el motivo y el quid de la cuestión, ¿o no?
Quizá no pueda escapar. Fausto se lo propuso y fracasó en el intento. Pero ella también debe probar suerte.
Con cuidado de no hacer crujir las tablas del suelo, se calza las botas de suela blanda, se pone el abrigo largo de lana (las noches de marzo siguen siendo muy frías en Massachusetts) y coge la mochila impermeable. Contiene la respiración al girar el picaporte y abre la puerta poco a poco, con el oído aguzado por si percibe algún ruido arriba.
El aire helado le provoca un escalofrío. La luna creciente pende como un signo de interrogación del arce que se levanta sobre el césped de la cara este. «Si Piers se despierta ahora —decide—, será una señal. No lo haré».
No oye nada.
Libera el aire contenido. Eso también es una señal.
La oscuridad la llama. Sale y cierra la puerta con delicadeza, de tal forma que el pestillo apenas emite un leve clic.
Se va.
Julia miró con melancolía hacia la única ventana que había en lo alto de la pared del minúsculo estudio que ocupaba en un sótano. En el cielo, de un vivo azul celadón, no se atisbaba ni rastro de nubes.
Le vino a la cabeza el parque que había a medio kilómetro, donde una amplia extensión de césped tupido descendía ondulante hacia la playa rocosa, en la que rompían las olas plácidas, como si el océano Atlántico se mostrara perezoso e indulgente en un día como aquel. La acera que bordeaba el parque estaría llena de gente que trabajaba en casa y había salido a correr, de mamás que empujaban sus cochecitos, de hombres y mujeres que habían sacado al perro a pasear y tonteaban entre ellos mientras dejaban que sus mascotas se olisquearan entre sí. Era una espléndida mañana de un lunes de marzo, y la temperatura se antojaba apacible para el tiempo que solía hacer en la Costa Sur.
No había tiempo para juegos. Tenía trabajo que hacer.
Dio un suspiro y regresó a la realidad de su apartamento penumbroso, donde el olor a ramen instantáneo y a pizza grasienta no se disipaba nunca. Le dio un sorbo largo al café y volvió a fijar la vista en el monitor, repleto de ventanas negras de la terminal por las que se escurría sin cesar un texto blanco y de lienzos tridimensionales que proyectaban unas coloridas representaciones abstractas.
—Vamos —susurró—, ¿qué has hecho?
Quien había diseñado el gusano no ganaría muchos puntos por seguir las modas. Ya nadie ocultaba nada en la porción de HTML no renderizado de los correos electrónicos; se trataba de un vector de ataque obsoleto. Aun así, tal vez hubiera que reconocer su ingenio porque ¿no era un exploit antiguo lo más adecuado para actuar contra las instalaciones tecnológicas de las escuelas públicas?
Hasta el momento, Julia había determinado que el gusano había llegado en un correo electrónico remitido a una dirección no supervisada de <information@> que pertenecía a la Escuela Intermedia de Paine, «solo para hacer unas preguntas» acerca del considerable número de niños inmigrantes que había matriculados en el colegio. Al gusano lo engulló la función de respuesta automática, que a su vez le pasó el mensaje (incluido el texto oculto) al modelo de lenguaje incorporado y hospedado del distrito escolar para que generara una réplica predefinida. Sin embargo, el texto oculto resultó ser un prompt malicioso, cuyo cometido consistía en provocar que el MoLIH produjera una serie de prompts adicionales: una sucesión de solicitudes de más información al resto del sistema, así como de la ayuda de los módulos de accesibilidad; en definitiva, el gusano estaba engañando al sistema para que este creyera que, a fin de responder al correo electrónico no solicitado, debía hacer intervenir a los formateadores visuales especializados, los traductores, los sintetizadores de sonido, los politibots y los jurijinns de la ley educativa, pero no a un ser humano, con el propósito de elaborar una respuesta acorde a la legalidad. Cuando se enviaban a estos expertos de silicio, los prompts iniciaban la petición de aún más ayuda. Con objeto de coordinar un grupo tan grande de IA específicas, el MoLIH elevaba la asignación de recursos y los permisos de la consulta, un fallo habitual de los sistemas antiguos que con el tiempo se parcheó de cualquier manera para que aquellos pudieran cubrir las nuevas necesidades.
—Tras varios ciclos de mejora de prompts conflictiva, el gusano se atribuyó prácticamente los mismos privilegios que tendría un usuario con categoría de administrador, de tal manera que podía acceder a cuanto necesitara dentro de las redes del distrito escolar —dijo Julia para que lo captara el micrófono. Talos, su IA personal, lo grababa todo para redactar un informe del análisis más adelante.
Julia se sentía orgullosa; a un equipo de profesionales le habría llevado varios días averiguar todo esto, y eso que ni siquiera tenía acceso a todos los sistemas con los que interactuaba el MoLIH.
—Es uno de los jailbreaks más enrevesados que he visto nunca. —Después, en voz baja, añadió—: Y también uno de los más elegantes.
El gusano estaba subiendo varios gigabytes de datos encriptados a un servidor del extranjero cuando Cailee, la asistente administrativa del director y amiga de la infancia de Julia, lo descubrió y lo apagó todo. Julia se había puesto a revisar los registros del sistema y la neuromalla eterizada del MoLIH, el denso sustrato de nodos y enlaces que sostenían los recuerdos de la inteligencia artificial, con la esperanza de extirpar el gusano y comprobar qué daños había causado.
—¿Podrías limpiar el MoLIH y restablecerlo lo antes posible? —le había rogado Cailee—. Se encarga de gestionar literalmente todo el distrito.
Cailee era una de las pocas amistades que Julia conservaba de la infancia. Habían seguido siendo amigas solo porque Cailee se mudó en quinto curso, antes de que Julia se convirtiera en «Dorothy la Comunista», en la «peste del vecindario», en la «hacker huérfana» y en muchas otras cosas de las que Julia prefería no acordarse.
Ejecutar un borrado completo y a continuación restaurar los datos no era una opción porque, cómo no, la última copia de seguridad que conservaba el distrito era de hacía más de seis meses.
Rotó la vista principal en un intento de distinguir los rastros del gusano que quedaban en la neuromalla. Había tantas dimensiones que, incluso por medio de una reducción agresiva de los componentes básicos asistida por IA, la visualización no era más que una caótica madeja deshilachada. Tiró cuidadosamente con el ratón hacia aquí y hacia allá, pero no consiguió más que empeorar el desastre.
Tomó otro trago largo de café y siguió castigando el teclado para abrir una nueva visualización.
El fiscojinn no quería que se ocupara de la investigación.
—No es un trabajo si no te lo remuneran.
—No te preocupes. Siempre puedo aceptar otro encargo como cazarrecompensas de la seguridad si me veo apretada a fin de mes.
—Eso mismo dijiste el mes pasado, y el anterior —le recordó la IA financiera—. De hecho, no has cobrado ningún tipo de recompensa. No has hecho más que trastear con unos robots de juguete y contribuir con tu código a los proyectos de inhibición de cámaras sin ánimo de lucro. Lo que necesitas son unos ingresos estables, algo con lo que podamos contar siempre. Ya llevas más de noventa días de retraso con el mantenimiento de…
—Vale.
—Más de sesenta días de retraso con el gas y…
—¡Que vale! Lo pillo. ¿No puedes hacer algo con las facturas? Como, no sé, entablar una negociación más agresiva con el recaudabot. Seguro que puedes entenderte con los jurijinns de interés público que defienden a los inquilinos y encontrar algún tipo de vacío legal.
Al contrario de lo que hacía la mayoría de la gente, Julia no estaba suscrita a una única omni-IA comercial que le gestionaba todo lo relativo a su vida, sino que optaba por las versiones de código abierto de los sistemas de aprendizaje automático específicos de cada área para el fiscojinn, el reparatodo y demás necesidades de las IA. No le hacía gracia confiarles su vida a los algoritmos de los gigantes de la nube. Incluso Talos era un ingenio a medida, algo que había creado ella misma.
—Créeme, ya lo he intentado de todas las maneras posibles. Si continúas retrasándote, te van a cortar los suministros. Tienes que empezar a comportarte como una adulta, jovencita.
Pese al pellizco que sintió en el corazón, Julia no se arrepentía de haberle puesto la voz de su madre al fiscojinn. Lo había transformado en un invento ultrarresponsable, en un cabrón inflexible. Siempre queríamos que nuestros padres fueran mejor de lo que eran.
—Ahora mismo no puedo pararme a hablar de trabajo —dijo ella—. No es el momento.
Habían pasado seis años desde que les tendieron una redada a los Cartographers Obscura, pero aún se estremecía cada vez que un vecino cerraba con demasiada fuerza la puerta del pasillo, y el pulso se le seguía disparando siempre que oía una sirena de la policía por la calle. Nick había pagado un dineral de su bolsillo para que ella pudiera ir a terapia, algo que no le había servido de nada. El pasado no era tal. Dado que ni siquiera se veía capaz de acabar la universidad, había abandonado la carrera hacía un año. La idea de que desempeñara un trabajo normal era un cuento de hadas.
—No puedes seguir posponiendo las cosas. —El fiscojinn era implacable—. Tendrías que estar ahí fuera, buscando un empleo, en lugar de andar haciéndole favores gratis a la gente.
—No puedo dejar tirada a Cailee. —Aunque Julia no se había dado cuenta, el tono de su voz había adquirido un matiz suplicante—. Además, estamos hablando de unos pobres niños.
A menudo, las identidades de los menores valían más que las de los adultos. Puesto que las leyes de privacidad mantenían sus datos al margen de los agregadores, las plataformas de intercambio y los servicios de monitoreo, las identidades infantiles tenían la ventaja de que se podían verificar sin que tuvieran uso previo. Mediante los perfiles de voz y los falseamientos de edad que se generaban a partir de los datos de los niños había más probabilidades de engañar a los algoritmos que detectaban las estafas porque apenas existían datos auténticos con los que cotejarlos. En consecuencia, resultaba más sencillo utilizar sus identidades inmaculadas para solicitar préstamos que después no se devolverían nunca, para encubrir a los delincuentes que carecían de una identificación válida o para convertirlos en los chivos expiatorios cuando los crímenes se frustraban. Pasaban años hasta que las víctimas, ya adultas, descubrían lo que se había hecho en su nombre, con su perfil virtual hecho una ruina.
Y eso sin entrar en las aberraciones que la gente irremediablemente malvada podía perpetrar con las fotos y los vídeos de los menores.
Pese a todo, por convincentes que sonaran, estas no eran las verdaderas razones por las que decidió emprender la investigación. «Estamos hablando de unos pobres niños». No tenía claro si pretendía defender a las criaturas de la escuela de Cailee o si estaba rememorando la riña imaginaria que a ella le habría gustado que otros hubieran mantenido para defender a una Julia distinta, mucho más joven, hacía mucho tiempo.
—También tienes una responsabilidad para contigo —le recordó la IA con la voz de su madre.
Por un segundo, Julia se sintió tan abrumada que fue incapaz de responderle.
Sin embargo, ya no era una niña. Recordó que estaba hablando con un bot.
—Pienso seguir adelante —zanjó—. Tendrás que ingeniártelas para que nos libremos de las facturas un mes más.
—Muy bien —dijo el fiscojinn.
Al cabo, sobre las dos de la tarde, Julia se dio por vencida. Se había pasado la mañana saltando de un callejón sin salida a otro. Necesitaba tomarse un respiro.
Se recogió el cabello moreno en una coleta, se puso la ropa de deporte y salió del apartamento. Correr la ayudaba a pensar con más claridad.
No se llevó el teléfono; no solía usarlo ya que el hardware de rastreo que incorporaba era difícil de deshabilitar. Tampoco se puso el sensibroche; siempre lo dejaba en casa cuando salía a correr. El concepto de la «automejora mediante datos», que tantos adeptos tenía en Silicon Valley, a ella le parecía una estupidez. Los datos eran como la contaminación; cuantos menos generara uno, mejor.
Salir a correr por la tarde tenía su encanto; el sol todavía brillaba y el frío primaveral se había disipado casi por completo. Sentía como se relajaba a medida que la respiración se le volvía más profunda, mientras contaba mentalmente para mantener el ritmo. La pureza del movimiento físico, tan distinta de la pasividad que el análisis de datos forense conllevaba, suponía un bálsamo para ella. Disfrutaba de la fuerza de sus músculos y de la flexibilidad de sus tendones al tiempo que un gozo mudo y profundo se gestaba y fluía por todo su ser.
Las dos gaviotas que se habían posado en el mirador del tejado de la enorme casa colonial que se levantaba en la esquina de Lantern con School la vieron pasar inmutables.
Fue por Lantern en lugar de por Shawmut Avenue para llegar a la playa, en parte por las vistas a la majestuosa hilera de olmos que tanto le gustaba, pero también porque las casas que delimitaban la calle tenían menos cámaras en las puertas. Dejar que se recopilaran datos tuyos equivalía a dejar que esa información sobre ti se filtrara. Una vez que se generaba un dato, era imposible predecir dónde acabaría. Julia no entraba en las redes sociales, rechazaba todas las solicitudes de rastreo y le ordenaba a Talos que borrara sus huellas en cuanto terminaba de usar el navegador. Rara vez se hacía selfis y, cuando salía con sus amigas, en contadísimas ocasiones, siempre era ella quien se ofrecía a sacar la foto de grupo.
Al llegar al final de Lantern, giró hacia Shore. El parque de la playa estaba tal y como se lo imaginaba, con el césped sugerente, las olas bañadas por el sol y la gente paseando con aspecto de no entender nada, como si después del largo invierno ya no recordara lo que era el sol. Los inviernos de Nueva Inglaterra causaban ese efecto. Incluso había unos muchachos más o menos de su edad que estaban jugando a lanzar un frisbi.
Se detuvo al pie del inmenso roble que se erigía en medio del césped, dando un jadeo profundo tras otro. Con las manos entrelazadas sobre la nuca, se dio una vuelta por los alrededores mientras la respiración se le aplacaba. Una pareja de gaviotas planeaba por las alturas con el pico abierto de par en par mientras se graznaban la una a la otra, mucho más gráciles en el medio aéreo que en tierra, donde se movían con bastante más torpeza. Qué maravilloso era estar viva, pensó, encontrarse ahí, en la orilla de un océano sin límites, con cuyas olas podía acompasar su respiración, en medio de una paz perfecta, anónima, tranquilizada por la certeza de que todo era como debía. Cierto, tenía a cero la cuenta del banco y vivía en una caja de zapatos por la que pagaba un riñón, pero si lo comparaba con aquello por lo que había pasado, podía decirse que le iba bien. Muy bien, de hecho.
Era el movimiento lo que alegraba a uno, lo que lo hacía sentirse vivo. Virginia Woolf tenía razón y, al mismo tiempo, estaba equivocada. Una habitación propia era algo necesario, pero no bastaba con eso. Para pensar bien de verdad, hacía falta poder moverse, desplazarse con libertad sin sentir que te observaban. Solo el movimiento permitía entender de verdad la naturaleza de algo, ya se tratara de una gaviota o de un ser humano.
No había más. La conclusión hizo que se estremeciera emocionada. Echó a correr de vuelta a casa como si pretendiese ganar una carrera.
Hutch, que le había enseñado a Julia el arte de la visualización, decía que la naturaleza de las cosas, incluida la cognición, se entendía mejor «haciendo». Echaba de menos su sabiduría.
En vez de pelearse con un cerebro artificial infectado en estado de congelación, debía reanimarlo.
En primer lugar, necesitaba espacio. De la misma manera que los escritores siempre querían una mesa más amplia y los programadores, un monitor con más pulgadas, ella necesitaba un lienzo lo bastante extenso para visualizar la neuromalla viviente. La realidad mixta era la única respuesta.
Después de pegar la mesita auxiliar a la pared y de apilar las sillas, despejó el centro del apartamento en la medida de lo posible. Talos tendría que hacer lo que pudiera para integrar los obstáculos restantes en la visualización.
Le haría falta también un «tarro cerebral». Al rebuscar en las cajas de hardware desmontado (acumular piezas de segunda mano como una urraca era un requisito imprescindible cuando tenías la afición de fabricar drones que cambiaban de forma), dio con un puñado de tarjetas gráficas que procedían de unos ordenadores de gaming usados. Las conectó a un equipo que en el pasado se usó para la minería de criptomonedas, y poco a poco, el armatoste resultante adquirió el aspecto de una matzá embutida de cualquier manera en una caja.
No era un hardware demasiado potente, pero bastaba para ejecutar el arcaico modelo de lenguaje incorporado muy despacio, que era justo lo que ella quería. Creó una imagen del MoLIH en el tarro y activó los ventiladores de la refrigeración a una velocidad tal que el ruido recordaba al de los aviones que despegaban del aeropuerto Logan. Tras darle unas instrucciones breves a Talos para que cargara los jinns de visualización correspondientes, estaba lista.
Se colocó en el marco de la puerta, se puso las gafas de visión fusionada (las lentes eran de hacía dos generaciones, pero al menos no era imprescindible suscribirse a la nube para usarlas), se cercioró de que los altavoces de conducción ósea estuvieran bien apretados contra ambos lados de su cabeza y pulsó el botón de la sien.
De inmediato, el apartamento se desvaneció, reemplazado por un vacío negro.
—Empieza —le ordenó a Talos.
Una resplandeciente lluvia de chispas la envolvió. Era la Creación, el big bang de las neuromallas. El MoLIH estaba arrancando.
De forma paulatina, las explosiones dieron paso a un resplandor atenuado y homogéneo, a una nebulosa de datos primigenios, un espacio latente donde podrían formarse las estrellas. De vez en cuando, una ola muda lo atravesaba todo. El MoLIH esperaba a que se le proporcionara un prompt.
—Dame las notas de los alumnos de séptimo —dijo.
Era una petición sencilla que servía para tantear las respuestas del modelo relativas al análisis y a la seguridad. Vio como la consulta, representada con una ráfaga brillante en medio del espacio latente, como una especie de cruce entre una anguila bioluminiscente y un cometa dotado de una estela de hielo, navegaba por el modelo al tiempo que generaba ondulaciones lumínicas que rebotaban las unas contra las otras e interferían entre sí, unas veces de forma constructiva y otras destructiva, combinándose, propagándose y retropropagándose, como las ondas de un sonar que se estuviera empleando para explorar y mapear una cueva submarina y que no dejara de revelar estructuras ocultas, bancos de arena invisibles y corrientes silenciosas.
Julia empezó a andar de aquí para allá, en busca de los daños que el gusano podría haber causado, al tiempo que encogía y ampliaba la visualización según juntaba y separaba los dedos, de tal modo que el espacio virtual se aproximaba o retiraba conforme ella se acercaba a los límites del área despejada. La investigación requería de la implicación de su cuerpo, con todos los sentidos aguzados.
Al contrario de lo que afirmaban los primeros teóricos, la inmersión sensorial no era un factor decisivo para el éxito de la computación aplicada a la realidad mixta, pero la sensación de tener el control sí lo era. El tipo de interacciones que Julia estaba llevando a cabo, sometidas a repentinos cambios de escala, a cambios abruptos del escenario virtual y a la confusa metáfora de moverse cuando también el espacio que la rodeaba se desplazaba, todo gracias a unas gafas de baja resolución dotadas de un seguimiento de cámara básico, habría sido calificado de excesivamente desconcertante por aquellos teóricos, dado que no existía analogía alguna con el modo en que experimentábamos el espacio real. Sin embargo, la mente humana destacaba por su adaptabilidad. Del mismo modo que el cine nos enseñó que las unidades aristotélicas de espacio, acción y tiempo, en el fondo, no eran imprescindibles para darle forma a una historia apasionante y coherente, el empleo de la computación aplicada a un sistema barato de realidad mixta demostraba que no hacía falta que hubiera cosas en el espacio virtual para trazar un mapa que se asemejara mucho a la realidad.
Julia siguió tanteando el modelo mediante una serie de consultas cada vez más complejas. Cada una de estas criaturas luminosas se dividió en múltiples subconsultas y consultas adicionales, en un cúmulo brillante de formas de vida exóticas que pululaban por el vacío mientras sus respectivas estelas y ondulaciones iluminaban poco a poco la totalidad de la cueva submarina.
Después de haber digerido cuantos datos había disponibles para el público bajo el tipo de MoLIH que se usaba en la Escuela Intermedia de Paine, incluidas las fotos de las distintas generaciones y diversos perfiles de rendimiento a modo de muestra, Talos comparó lo que veía en el MoLIH infectado con lo que se esperaba según las normas. Detectar las desviaciones con respecto de lo cotidiano, de lo típico, era una de las especialidades de la IA. De esta manera, no tardó en avisar a Julia de una anomalía, de una sombra que no debía estar ahí. Parecía un pecio en medio del lecho marino, el recordatorio mudo de un acto de destrucción malintencionada.
—Ya te tengo —susurró Julia con el pulso acelerado por la emoción de la cacería.
Era todo lo que necesitaba. En cuanto encontrara un ejemplo de la clase de daños que el gusano provocaba, a Talos y a ella les resultaría más fácil dar con otros patrones, extrapolar las tendencias y reconstruir sus respectivas maneras de actuar. Además de haber robado los datos de los alumnos, el gusano había modificado algunos de los registros, tal vez por simple maldad. Había accedido a los archivos y a las imágenes que se almacenaban en la red de la escuela a fin de incrustarse y volver a infectar el MoLIH más adelante, después de que lo hubieran limpiado. Incluso se había reproducido en los correos electrónicos programados, en los documentos que debían subirse a los organismos reguladores del Estado y en los mensajes que se les iban a enviar a los padres.
Habría que llevar a cabo un trabajo arduo, o muy arduo, de hecho, para sanar el MoLIH (Julia se servía de una técnica más rápida, basada en la visualización, pero lo más sencillo sería enseñarle al personal de la escuela a recurrir, de manera simbólica, a la fuerza bruta), extraer los archivos infectados, alertar a las posibles nuevas víctimas del gusano y poner sobre aviso a los padres de los alumnos afectados. Pero, al menos, ahora sabían lo que había que hacer.
Respiró aliviada cuando apagó los ventiladores estruendosos y detuvo el tarro cerebral. Bañada en sudor, disfrutó de la sensación de haber hecho bien su tarea.
Estaba redactando el análisis y la lista de recomendaciones para Cailee cuando Talos le informó:
—Tienes visita.
Nunca había visto al hombre que aparecía en la pantalla.
—Vengo a ver a Julia —dijo—. Julia Z.
Interesante. Se hallaba frente a la entrada principal del edificio, de cara al panel de timbres inteligentes en los que solo figuraba el número de los respectivos apartamentos. Tal vez alcanzara a ver las columnas de buzones a través de la puerta acristalada, pero ninguno mostraba el nombre de ella.
—¿Quién eres? —le preguntó Julia.
—Piers Neri. —El hombre parecía estar angustiado, impaciente—. ¿Tú eres Julia?
Esta lo estudió. Blanco, de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años, lo bastante en forma para que se notara que hacía deporte pero con una espalda encorvada que invitaba a pensar que desempeñaba algún tipo de trabajo de oficina. Camisa azul bien abotonada, tejanos negros de corte relajado, zapatos con empella de lana. Una bandolera impermeable de las que usaban quienes solían desplazarse en tren. Tal vez trabajara de encargado en alguna empresa de tecnología. O tal vez se dedicara a las ventas. Por alguna extraña razón, se intuían las marcas de un tatuaje adhesivo de color carne en su mejilla izquierda, de los que estaban pensados para engañar a los sistemas de reconocimiento facial.
Mientras tanto, Talos sobrepuso en la pantalla la información pública que encontró sobre la visita. Tenía cuarenta y nueve años y era abogado; en concreto, el letrado principal de CarterMorrow, uno de los bufetes más selectos de Boston, bien reputado en materia de impuestos y de patrimonio, así como por los servicios de defensa penal que les prestaba a los delincuentes empresariales. Estaba especializado en grandes compañías y asociaciones.
Bien, de modo que no era muy hábil a la hora de adivinar a qué se dedicaba la gente. Pero al menos se había acercado bastante.
—No te conozco —dijo. No lo consideraba peligroso, pero tampoco iba a permitir que un desconocido pusiera un pie en su apartamento.
—Por favor —le rogó él—. Nick me ha pasado tu nombre y tu dirección.
Interesante. Nick Shan era el abogado pro bono que la había salvado. Lo más parecido que tenía a una familia.
Por medio de la pantalla, Talos le recomendó que le dijera que se fuese. La IA solía decantarse por la opción más prudente; ella misma la había entrenado así. A menudo, los usuarios configuraban las IA personales de tal modo que fueran la versión de sí mismos que querían ser.
Pero ella era como era.
Pulsó el botón que desbloqueaba la puerta del edificio.
Piers se sentó en la silla que había junto a la mesita auxiliar (era o ahí o en el futón) y ella le ofreció un vaso de agua del grifo, que él aceptó agradecido.
Cuando le tendió el vaso, Julia reparó en que le temblaban las manos.
—¿De qué es abreviatura la Z? —le preguntó él.
—No es abreviatura de nada —dijo ella.
—¿Solo tienes una Z por apellido?
Julia lo miró inexpresiva. Momentos después, Piers bajó la vista y tomó un trago.
Ella lo dejó hablar sin interrumpirlo en ningún momento. Piers expuso lo sucedido de forma sucinta y clara, con alguna que otra digresión para aportar más contexto. Julia no se extrañó; los abogados solían ser grandes cuentacuentos.
Piers Neri estaba casado con Elli Krantz, una onirofex de cierto renombre. (Julia nunca había oído hablar de ella porque no sabía nada acerca de los sueños vívidos). La pareja, que no tenía hijos, vivía en Carre, una zona acaudalada del extrarradio que se ubicaba al oeste de Boston, a unos treinta kilómetros de Paine. Piers cogía el tren para ir a trabajar al centro tres días a la semana. Elli, cuando no se encontraba de gira, se quedaba en casa. Ambos estaban muy implicados en los asuntos de la ciudad: gestionaban las ventas de la biblioteca, invitaban a dar charlas a los profesores de Wellesley y de la Universidad de Boston, buscaban voluntarios para limpiar los parques públicos y demás.
—No era un matrimonio de cuento de hadas, pero creía que éramos felices.
(En ese momento y con suma discreción, Talos abrió en el monitor que había detrás de Piers una foto de la casa donde este vivía con Elli para que Julia la viera. Ella silbó para sí. Era una casa muy bonita, incluso para una zona tan de postín como Carre).
Pero todo cambió el viernes, hacía tres días. Cuando Piers se despertó, Elli se había ido. Su coche eléctrico estaba en el garaje; su móvil estaba en el soporte de carga; sus joyas estaban ordenadas en la caja de encima del tocador, con la tapa abierta de forma incitante, como siempre; y su cartera seguía en la silla del comedor, donde la había dejado la noche previa. Elli, sin embargo, no aparecía por ninguna parte.
Piers, al dar por hecho que su esposa había salido a correr temprano o a pasear por el bosque para estar un rato a solas, siguió con su rutina. Preparó el café, le echó de comer a Frankie, una gata atigrada de siete años con alma de perro (le encantaban los humanos), y cogió el coche para ir a la oficina, donde se esforzó en vano por revisar las modificaciones que un abogado contrario había introducido en un contrato mediante un jurijinn. (Piers no tenía reparos en admitir que no se había adaptado del todo al rumbo que había tomado la práctica del derecho, cada vez más sustentada en la intervención de las máquinas; de hecho, dentro de la compañía, él estaba especializado en lidiar con los clientes que recelaban de los contratos redactados con una neuromalla). Le envió unos mensajes de texto a Elli que no recibieron respuesta alguna, pero, aun así, no se alarmó. Piers sabía que cuando su esposa estaba enfrascada en su trabajo, intentando desentrañar un sueño nuevo, había que dejarla tranquila.
No empezó a preocuparse hasta que no volvió a casa y comprobó que Elli continuaba sin aparecer. Cada vez más inquieto, comenzó a llamar a sus amistades, a la biblioteca, a la asociación histórica de la ciudad, al café Blue Flower, a la tienda de antigüedades Revolutionary… Nadie la había visto. Dio una vuelta en el coche por el vecindario y poco a poco se alejó de la casa, sin dejar de mirar a través de los setos podados con meticulosidad y por entre las plácidas arboledas de Nueva Inglaterra, presa de una ansiedad creciente.
Al cabo, alrededor de las nueve de la noche, denunció su desaparición. El agente Pupillo, del Departamento de Policía de Carre, se sentó con él en el salón, le hizo unas preguntas y anotó las respuestas.
—Yo no sé mucho sobre eso de los sueños vivos —admitió el policía, un hombre corpulento de voz retumbante, cuando el silencio empezaba a volverse incómodo.
—El de los sueños vívidos es un arte naciente —dijo Piers para corregirlo de un modo cortés.
Pupillo no pareció darse cuenta.
—A mi hija le gusta mucho. Dice que es muy inteligente. Seguro que tiene muchos admiradores.
—Sí, Elli es increíble.
—¿En alguna otra ocasión ha decidido tomarse un día para alejarse de todo? Ya sabe, para descansar de tanta gente. —Pupillo hizo como que pulsaba el disparador de una cámara de fotos. A pesar de las circunstancias, a Piers le hizo gracia la peculiaridad del gesto. Ahora los admiradores más obsesivos preferían pilotar un dron antes que accionar un obturador (en el caso de que supieran cómo se empuñaba una cámara antigua).
—Elli todavía no es tan famosa como para padecer ese tipo de molestias —dijo Piers—. Seguimos disfrutando de nuestra privacidad. En alguna otra ocasión se ha permitido un retiro artístico para recargar las baterías de su creatividad. Pero esta vez es distinto. Antes siempre me había dicho primero lo que pensaba hacer.
—Solo era por saberlo. Pero yo no me preocuparía demasiado por ahora. Los artistas son muy excéntricos. Llámenos por la mañana si sigue sin saber dónde está.
Llegada la mañana del sábado, Elli no se había presentado en el centro para asistir a la reunión durante la que iban a preparar su siguiente gira, y eso fue lo que terminó de hacer que la policía tomara cartas en el asunto. ¿Quién iba a faltar a una reunión que le granjearía millones de dólares si no había nada que le impidiera asistir?
(Mientras Piers continuaba con el relato, Talos proyectó en el monitor algunos titulares de prensa y Julia se fijó en las fotos de Elli que los acompañaban; treinta y tantos —o más bien, treinta y muchos—, rubia, pómulos altos, ojos de color avellana, complexión atlética, vestida como las IA entrenadas mediante bancos de imágenes solían representar a los artistas. Daba el perfil a la perfección).
No habían transcurrido ni veinticuatro horas cuando el suceso ya era la comidilla de la ciudad. Si bien Piers tenía razón en cuanto a que el de Elli Krantz no era un nombre que todo el mundo conociera, una mujer guapa y rica, sobre todo si se dedicaba a un oficio tan exótico como el de oniroguía, siempre despertaba la sed de tragedia entre el público.
Varios voluntarios (unos en persona y otros mediante sus drones) peinaron los bosques de Carre mientras los curiosos merodeaban la casa de Piers y Elli en sus respectivos coches. Los medios sociales se llenaron de rumores y especulaciones. Por el momento, las búsquedas no habían servido de nada.
Julia le pidió que parase.
—No deberías haber venido —le dijo—. Este asunto no tiene nada que ver conmigo.
—Ahí quería llegar. Permíteme que…
Julia meneó la cabeza.
—Tienes mala prensa. Eres sospechoso. —No era una pregunta.
—No se me ha comunicado que sea así —dijo Piers—. Pero, sí, supongo que lo soy. El culpable siempre es el marido, ¿verdad? —Intentó articular una risa para quitarle hierro, pero le salió un ruido lamentable.
—La policía te está vigilando —le dijo ella— para ver con quién te reúnes y dónde se te presta ayuda. Lo último que necesito ahora mismo es llamar la atención de los sabuesos. Tienes que irte.
—¡Por favor! —Aunque bajó la voz al instante, Julia vio como se tensaba a causa del esfuerzo que le suponía contenerse—. Nick me dijo que tú podrías ayudarme.
Julia lo miró a los ojos y volvió a menear la cabeza.
—Mentira. —Nick Shan nunca le habría mandado a un hombre como aquel; el abogado sabía mejor que nadie lo poco que le convenía meterse en líos—. ¿De dónde has sacado mi dirección? Yo no figuro en ninguna guía.
Piers exhaló un breve pfff al ceder a su sentimiento de culpa.
—Está bien. Te seré sincero. Antes dirigía el programa pro bono de la compañía. Hace unos años, cuando Nick estaba trabajando en tu caso, me pidió que le asignara unas horas de asociado pro bono. El bufete sigue teniendo acceso al expediente que Nick elaboró sobre ti, y fue ahí donde busqué tus datos.
Julia sabía que debía insistirle en que se marchara. Sin embargo, dejó que prosiguiera.
—En serio, necesito que me ayudes. Y he extremado las precauciones. No me ha seguido nadie.
Julia resopló y lo miró de arriba abajo.
—No soy tan inútil como parezco —le aseguró él.
Ella señaló con la cabeza el «tatuaje» ondulante que llevaba en la cara.
—Esas cosas no valen para nada frente a ninguno de los algoritmos de reconocimiento facial que han aparecido a lo largo de la última década. Si te lo has hecho pidiéndole consejo a ChatKNOW, sí, eres tan inútil como pareces.
Piers se avergonzó.
—Tienes razón. No entiendo de esas cosas. Pero he conducido a ochenta kilómetros por hora durante todo el camino por la 93 —arguyó—. No había coche que no me adelantara. Si alguien hubiera querido mantenerse cerca de mí, me habría dado cuenta.
Julia atemperó su escepticismo, pero tampoco mucho. Quizá la policía no lo tuviera tan vigilado como ella pensaba.
—En la descripción de tu bufete no pone nada sobre defensa penal.
—Eso es porque la última vez que pisé una sala de vistas (y aquello fue un caso que se llevó por la vía civil, no por la penal) fue hace quince años. Pero me gustan mucho las novelas de intriga.
Los niveles de escepticismo de Julia volvieron a dispararse.
—Venga ya.
—Entiendo que no quieras verte implicada —dijo Piers—. Pero concédeme cinco minutos para explicártelo todo.
—Empieza la cuenta atrás.
El domingo por la tarde Piers recibió la llamada de un número desconocido. (Por lo general, llevaba el teléfono configurado de tal modo que no sonara a menos que se tratase de un contacto incluido en el listín, pero desde que Elli había desaparecido, tenía esa condición deshabilitada para poder atender los requerimientos de la policía).
—La tengo yo —dijo alguien al otro lado de la línea. Un hombre, de voz grave y áspera, con un acento difícil de determinar—. Escúchame con atención y haz exactamente lo que yo te diga.
—¿Qué? —Piers notó como la sangre se le agolpaba en los oídos.
—¿Sabes quién soy?
—No tengo ni idea.
El desconocido soltó una risita.
—Te lo preguntaré otra vez. Si me mientes, no volveré a llamarte. ¿Sabes quién soy?
A Piers se le había secado la boca.
—Es la verdad, no lo sé.
—Bien. —El desconocido pareció relajarse de pronto—. Tu mujer me ha quitado una cosa. Si me la devuelves, no le haré nada. Y si tardas demasiado, las cosas se van a poner muy pero que muy feas para vosotros dos.
—¡No sé de qué me estás hablando!
—Eres un hombre muy inteligente. Averígualo tú mismo. Ah, y huelga decirlo, pero no llames a la policía.
A Piers le temblaba la mano, pero se obligó a aparentar serenidad.
—Quiero verla y hablar con ella.
El desconocido se rio.
—Sé qué pretendes. Quieres decirle algo en clave. Ver si ella te transmite algún tipo de información. Se le dan bien esas cosas, ¿verdad?
—¡No! Solo quiero saber si está bien.
—Un segundo.
Piers esperó durante más de un minuto. Recibió un vídeo en el teléfono. Estaba grabado desde una perspectiva elevada, tal vez desde una cámara de vigilancia próxima al techo. Elli, sentada en un taburete junto a la barra de una cocina, repleta de papeles y de bolsas de la compra, estaba comiendo un cuenco de cereales. El suelo era de baldosas triangulares y el papel de las paredes presentaba unos animados motivos florales. Vestida con una blusa azul y unos tejanos deslavados que parecían sacados de una tienda de la beneficencia, tenía un aspecto desaliñado si bien no parecía haber sufrido ningún daño. La marca horaria de la esquina indicaba que el vídeo se había grabado ese mismo día.
—¿Necesitas algo más? —Esta voz se oyó fuera de cámara, pero Piers no tenía claro si se trataba del hombre con el que estaba hablando por teléfono.
Elli no levantó la vista. Miraba fijamente un papel que había ante ella mientras sostenía la cuchara. Meneó la cabeza.
—Estoy bien.
—No tenemos mucho tiempo —dijo la voz.
—No pienso cambiar de opinión —respondió Elli.
El vídeo se cortó.
—Es muy tozuda —dijo el desconocido del teléfono—. Podría presionarla un poco más, pero no quiero causar un estropicio. Prefiero que cooperes y me devuelvas lo que es mío.
—¡Pero si no sé qué estás buscando! ¿Qué es lo que se ha llevado mi mujer?
—Como te decía, ya lo averiguarás. Y para que te quede claro que voy en serio, echa un vistazo en el cobertizo. —Colgó.
Piers salió al jardín y abrió la puerta del cobertizo donde guardaban los útiles de trabajo. En el suelo yacía el cadáver rígido de Frankie.
Cuando Piers transfirió el archivo desde su móvil al ordenador de Julia, esta lo reprodujo en bucle. Junto a la ventana del vídeo, Talos desplegó un registro desplazable con varios tipos de análisis.
Piers, colocado tras ella, le preguntó con impaciencia:
—¿Qué opinas?
Julia exhaló frustrada.
—No sé. Hay multitud de grabaciones de Elli tomadas en público, por lo que no sería muy complicado insertarla en un montaje creíble. Tú deberías saberlo mejor que nadie. ¿Dirías que este es su aspecto? ¿Que habla de esa manera?
—Sí. Creo que es ella de verdad. Pero esperaba que tú pudieras, ya sabes, confirmármelo.
—No funciona así —dijo Julia—. ¿Has oído eso que se cuenta sobre los programas de clase bladerunners, que fulminan el contenido generado mediante IA? Son todo exageraciones. En lo que a fiabilidad respecta, los bladerunners se equiparan a una prueba de polígrafo; son mejores que no tener nada, claro, pero ni por asomo pueden considerarse infalibles. Los algoritmos los desarrollan las compañías que quieren terminar con las campañas de posverdad generadas mediante IA, de modo que no hace falta que sean perfectos para que cumplan su cometido. Además, cada vez que alguien descubre una posible característica del contenido producido por una IA, esta se puede entrenar para que lo corrija. A los seres humanos se les sigue dando mejor que a los bladerunners detectar vídeos falsos, sobre todo si dominan la materia de la que se habla. Aun así, ni siquiera la familia ni los amigos aciertan siempre, y yo no sé nada sobre Elli.
—¿No hay algún tipo de marca de agua o de firma que puedas buscar?
—Existen distintos métodos para firmar una grabación a nivel de hardware, que es lo que hacen las cámaras de seguridad más caras y también las cámaras corporales, con el propósito de demostrar que las imágenes proceden de un dispositivo en particular y que no han sido manipuladas. Pero esas técnicas no se aplican aquí.
—Y, suponiendo que la grabación es auténtica, ¿podrías precisar dónde se hizo?
La desesperación empezaba a tensarle la voz. Julia dedujo que Piers tenía la esperanza de que ella le dijera que se trataba de un vídeo falso. Meneó la cabeza.
—No hay ningún tipo de luz exterior con la que cotejar la marca horaria. Por lo tanto, las únicas referencias que tenemos son los elementos de la cocina. El patrón del papel de las paredes, los muebles, las baldosas… Pero ninguno de ellos puede asociarse con un lugar determinado, o al menos a Talos no le han bastado para establecer esa relación. Tampoco puedo hacer nada con la firma acústica de la escena. Todo es demasiado genérico.
—¿Y, al menos, Elli sigue estando en el país?
—Es posible. Pero montar una falsa cocina americana sería muy sencillo porque, como sucedía antes, hay abundante material sobre nosotros ahí fuera. Es el precio por ejercer una hegemonía cultu…
El monitor emitió un pitido.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Piers con la voz agrietada de pura angustia.
—Talos requiere mi atención. —Julia miró la notificación flotante que apareció en la esquina inferior derecha, y los ojos se le abrieron como platos.
Además del timbre de la entrada del edificio, Julia había instalado varias cámaras pequeñas por todo el complejo de apartamentos (en el nido que había en el arce que se levantaba sobre el aparcamiento de atrás; en las esquinas de la azotea, que miraban a las carreteras de acceso principales, y en la entrada de la parte trasera, junto a la cual había un contenedor de basura). Porque ese era otro problema que traían los datos; cuanto más te observaban los demás, más obligado estabas tú a observar a los demás para protegerte, de tal manera que todo el mundo vivía en una suerte de panóptico. Custodes se ipsos custodiunt.
Julia no podía estar pendiente de todas las cámaras; ya se ocupaba Talos de eso. La IA solo la avisaba cuando sucedía algo muy fuera de lo normal, y lo que las cámaras estaban captando en ese momento entraba en esa categoría.
El edificio de apartamentos, orientado hacia el sur, se ubicaba en School Street, con Lantern al oeste y Shawmut al este. Detrás del aparcamiento, al otro lado de una valla de hierro forjado, estaba Hill Lane. En cada una de las cuatro esquinas se veía a un hombre distinto. Y ya estuvieran quietos o dando unos pasos de aquí para allá, todos parecían observar los alrededores con atención.
Julia soltó un improperio.
—Creo que el truco de conducir despacio no ha servido de mucho.
Piers palideció.
—No parecen policías.
Julia aplicó un zoom sobre los hombres.
—No, y eso es todavía peor. El tipo que ha secuestrado a Elli es un hombre de recursos. ¿A quién le ha tocado las narices tu mujer?
—Te aseguro que no lo sé. Esto es una pesadilla.
Julia miró el informe que había estado redactando para Cailee.
—Y yo que pensaba que hoy sería un buen día —masculló.
—Será mejor que me vaya —dijo Piers—. Así no sabrán que he venido a verte.
Julia se giró hacia él. El abogado tragó saliva sin pretenderlo, y los nudillos de la mano derecha, en la que tenía el móvil apretado con fuerza, se le habían puesto blancos. El sudor se le escurría por la frente. Sí, a pesar del temor que lo atenazaba, su prioridad era mantener a Julia al margen.
—Lo siento —dijo. Intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora, pero no fue capaz.
—Y yo siento no haber podido hacer nada —respondió ella.
Piers articuló una risita.
—La verdad es que creía que no tendrías más que optimizar un poco el vídeo para averiguar dónde tienen a Elli.
Julia se permitió otra risa apagada.
—Ya, ojalá fuera tan fácil.
Cuando Piers se giró hacia la puerta, ella quiso decirle: «Déjame ayudarte». Pero se contuvo.
—Ni siquiera puedo ayudarme a mí misma —musitó.
Julia intentó centrarse en el informe de Cailee, en el que detalló los procesos que debían aplicarse para restaurar los sistemas de la escuela. Aunque se trataba de un trabajo complicado, a ella la satisfacía. En cierto modo, escribir indicaciones precisas era como programar, pero para la gente, y a ella le gustaba la elegancia de las instrucciones claras que anticipaban lo que podría salir mal. El orden en contraposición con el caos.
Talos deslizó otra notificación flotante sobre la franja inferior del monitor.
Julia la miró; era una toma del aparcamiento de la parte de atrás del edificio. Piers estaba saliendo a Shawmut en un Acura MDX. La marca horaria indicaba que el vídeo se había grabado hacía escasos minutos.
—¿Para qué me muestras esto? —preguntó.
A modo de respuesta, Talos pasó a proyectar una vista de la esquina de Shawmut con Hill. La escena se reprodujo a alta velocidad. El hombre que estaba allí parado vio marcharse a Piers, sacó su teléfono para hacer una llamada y, a continuación, echó a andar hacia el aparcamiento.
—¿Ha aparcado aquí como visitante? —Talos hizo resplandecer la pantalla dos veces. Negativo—. Hm.
La IA volvió a seleccionar la perspectiva del contenedor de basura. Ahora la marca horaria aparecía en rojo, lo que indicaba que eran imágenes en directo. Al primer hombre se le había unido otro, con quien atravesaba el aparcamiento en dirección a la entrada trasera del edificio.
—Pero ¿qué…? —Julia se quedó helada. Piers se había ido y uno de los tipos que lo vigilaban lo había visto salir. Entonces, ¿por qué querían entrar en el edificio donde vivía ella?
Talos desplegó de nuevo la vista de la entrada delantera. Los otros dos hombres, que tenían controlada School Street, avanzaban por el camino de acceso hacia la puerta principal.
¡Venían a por ella!
—Mierda.
Pánico. La visión se le tiñó de rojo. Los tipos de aspecto amenazante, la sensación de que pretendían darle caza (estaba convencida de que todo eso era cosa del pasado)… No conseguía apartar los ojos de la proyección.
Los hombres que había frente al edificio estaban mirando por el cristal de la puerta, quizá para ver los nombres de los buzones. Uno de ellos, de mofletes tersos, sacó su teléfono e hizo una foto mientras el otro, que con su nariz chata y su barbilla afilada a Julia le recordaba a una rata, miraba a su alrededor con naturalidad. Poco después regresaron a la calle, recorrieron veinte metros en dirección a Lantern y se sentaron en un banco.
El edificio de Julia se había construido a partir de una antigua escuela y el césped de la parte delantera, que antes servía de patio, ahora era un área llana donde no había ningún árbol. Desde el banco, los hombres tendrían una vista despejada de la fachada principal del edificio.
Mofletes de Bebé, que había sacado la foto, estaba haciendo algo con el teléfono mientras la Rata, su compañero, parecía hacer de vigía.
De nuevo la perspectiva del contenedor de basura. Los dos tipos de atrás (uno con el pelo ceniciento y rapado, de brazos musculosos y porte rígido y formal; el otro, nervudo, de andares relajados y fluidos que invitaban a pensar que iba patinando) charlaban despreocupados mientras daban una vuelta por el aparcamiento. Julia no estaba segura, pero el Musculitos parecía llevar el móvil colgado de la mano, quizá para escanear las matrículas.
El frío cuchillo de la razón tajó de pronto el pavor candente que le impedía pensar. Esos hombres no sabían a qué residente del edificio había venido a ver Piers. Ahora tenían que estudiar a todos los vecinos y elegir a los candidatos más probables.
Bien. El nombre que figuraba en el buzón era el de Cailee, con la que compartía el contrato de alquiler. Aunque los hombres tiraran de ese hilo y sacaran el nombre de Julia, no encontrarían gran cosa sobre ella en la red (los registros de cuando era menor estaban sellados y, además, había tenido la precaución de no vincular ninguna identidad digital con su vida fuera del mundo online).
Sin embargo, eso también podría suponer un problema. De la gente normal siempre existían registros públicos; un exceso de anonimidad, la que ella siempre buscaba y practicaba, hacía que uno destacara. Los algoritmos de atención de un buen rastreadatos podrían categorizarla como sospechosa precisamente porque apenas disponían de huellas para seguirla.
Consideró sus opciones. Podía limitarse a esperar a que los hombres se marcharan, a apostar por que ni siquiera llegarían a averiguar su nombre ni, menos aún, a deducir que ella era a quien Piers había venido a ver. Pero si perdía la apuesta, se vería ahí atrapada, sin ningún otro sitio donde refugiarse (le vino a la cabeza la gata Frankie, tiesa en el suelo del cobertizo). También podía llamar a la policía antes de que las cosas siguieran torciéndose. Pero ¿qué iba a decirles? Conociéndolos, sospecharían que había vuelto a las andadas, que se había metido donde no debía.
Lo mejor que podía hacer, según parecía, era huir.
No tenía tiempo para angustiarse, para preocuparse de lo que no podía cambiar. Debía actuar ya.
Con un ojo puesto en la toma de la cámara, se cambió de ropa aprisa. Como no esperaba que la cerradura contuviera a los hombres si decidían echar la puerta abajo, le ordenó a Talos que escaneara el interior del apartamento en busca de todo aquello de lo que ella tuviera que (y pudiera) ocuparse (cualquier indicio de que Piers había estado ahí, pertenencias que de ninguna manera podía permitirse reemplazar, objetos que no quería que los desconocidos tocaran, etc.).
La deprimió comprobar lo breve que era la lista que elaboró Talos. Apenas tenía pertenencias de valor o enseres personales que le recordaran quién era. A pesar de que ya llevaba un año viviendo allí, seguía sintiendo que iba a la deriva, lista para salir corriendo en cualquier momento.
Al menos, dado que ahora ese desarraigo jugaba a su favor, buscó un cierto consuelo en esa idea.
Cuando terminó de cambiarse, redactó un mensaje rápido para Cailee, adjuntó el informe (inacabado, pero tendría que valer así) y pulsó el botón de enviar.
Hizo el equipaje. Después de llenar la mochila con sus habituales pertrechos de huida, cogió el bloque tensorial, una amazacotada y sólida barra computacional de tamaño y peso similares a los de los voluminosos teléfonos inteligentes de cuando ella era niña. Este debía de ser el dispositivo más caro que poseía. Era donde Talos almacenaba los componentes más críticos para su funcionamiento (la neuromalla entrenada con las interacciones que mantenía con Julia; los libros, documentos y contenidos multimedia que ella había leído y estudiado; las fotos y los vídeos personales y, en definitiva, todo cuanto Julia querría recordar de sí misma pero era incapaz de acomodar en su cerebro). Por lo general, Talos permanecía acoplado a un equipo de escritorio para disponer de una mayor capacidad de procesamiento y de más espacio donde guardar datos, pero cuando Julia tenía que salir corriendo, el bloque tensorial era la única pieza que necesitaba llevarse. Talos se volvía más lento y dejaba atrás cierta información, pero seguía funcionando sin problema. Aparte de la pantalla del tamaño de un teléfono que incorporaba, el tensorial podía proyectar un monitor virtual en una superficie cercana. Además, Julia había instalado un módem portátil que le permitía enviar y recibir tanto datos como llamadas telefónicas y que podía deshabilitar con solo deslizar un conmutador.
También entró en la mochila Puck, el morfodrón de Julia, así como las gafas de visión fusionada. Se puso el sensibroche, que estaba conectado al tensorial de Talos. Ahora que había recogido lo imprescindible, ya no le importaba que entraran los matones y registraran sus muebles de segunda mano y sus equipos informáticos anticuados.
Lo último que le quedaba por hacer según la lista mental que había preparado era poner el reparatodo en modo cerbero, configuración que le indicaba al robot de mantenimiento de la casa que actuase como si ella siguiera dentro de la vivienda, a fin de que cada cierto tiempo produjera algún ruido que se oyera en el pasillo, pusiera en marcha el lavavajillas, accionara la cisterna y rechazara a todo el que llamara al timbre. Pese a que no le atraía la idea de grabarse en vídeo, le proporcionó al reparatodo una serie de muestras para que simulara que era ella quien respondía al portero inteligente.
—Estate alerta y grábalo todo si alguien intenta acceder por la fuerza —le dijo al robot cilíndrico, que tenía el tamaño de un perro pequeño y que hizo parpadear sus luces en señal de que la había entendido—. Buen chico.
Salió sigilosa al pasillo y cerró la puerta del apartamento con delicadeza.
Will se aburría. Lo que prometía ser una emocionante operación de vigilancia en torno a un tipo que salía en las noticias se había convertido en… quedarse sentados en un banco mientras tu compañero le enviaba unas fotos a alguien a quien no le apetecía rodear el edificio.
En realidad, las imágenes ya estaban enviadas. En principio, Victor, el hombre que los había contratado, ahora miraría las fotos y decidiría qué debían hacer a continuación. Rex estaba enfrascado en su labor de «investigación».
—¿En serio has enviado un corazón ahí? Sabes que es una estafa, ¿verdad? Esa chica no puede ser real.
—Cierra el pico —dijo Rex sin apartar la vista de los perfiles que desfilaban por la pantalla—. Tú duermes con una putita de plástico, así que ¿qué sabrás tú?
—No menosprecies lo que no has probado.
Rex le hizo un gesto obsceno con el dedo.
Will se frotó la barba hirsuta del mentón afilado mientras meneaba la cabeza con pesar. Rex había perdido un dineral en esos «sitios de citas». Puesto que el desgraciado era un ávido consumidor de pornografía, las engañosas empresas de encuentros, que además eran las propietarias de las páginas pornográficas, lo sabían todo sobre él. Las chicas generadas por IA solo le decían lo que él quería oír y lo tentaban con lo que quería ver, y pese a que incluso el sencillo bladerunner de su móvil le avisaba de todas las maneras imaginables de que esas jovencitas eran simples IAnimaciones, él les pagaba felizmente para que se sometieran a todo tipo de «cirugías cosméticas», con la idea de que tuvieran un físico todavía más perfecto cuando al fin se conocieran en la vida real.
Will suponía que, en el fondo, Rex era consciente de que estaba pagando por un espejismo. Pero no debía de importarle. El de las citas era un juego enfermizo en el que las mujeres publicaban perfiles concebidos para llevar a cabo pruebas A/B, mejorados mediante IA y protegidos por una tiajinn que descartaba a los candidatos que no cumplían sus requisitos imposibles, mientras a su vez los hombres desesperados se presentaban como galanes y conquistadores que sondeaban miles de cuentas al mismo tiempo con la esperanza de sortear las brigadas de tiajinns. Y si lo que decía su hermana era verdad, la situación no mejoraba para quienes se definían como queer. Todo eran bots que hablaban con datojinns que hablaban con deepfakes que hablaban con digisapiens. En alguna parte había leído que el 99 por ciento del tráfico de la red lo generaban las conversaciones que las IA mantenían entre ellas.
