Planetas invisibles - Ken Liu - E-Book

Planetas invisibles E-Book

Ken Liu

0,0

Beschreibung

Trece visiones del futuro. Trece historias poderosas que dan una idea de la variedad de voces, temas y técnicas de los autores chinos de ciencia ficción: las hay inquietantes, irónicas, distópicas, emotivas... Algunas han recibido premios y elogios de la crítica, otras han aparecido seleccionadas en distintas antologías y otras son simplemente favoritas de Ken Liu. Completan la colección varios ensayos de los propios autores sobre la ciencia ficción china y la introducción de Ken Liu. Incluye "Entre los pliegues de Pekín", de Hao Jingfang, premio Hugo 2016, y tres relatos del premio Hugo 2015 Liu Cixin.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 602

Veröffentlichungsjahr: 2017

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PLANETASINVISIBLES

KEN LIU (ed.)

Traducción deManuel de los Reyes y David Tejera Expósito

Índice

KEN LIU

Introducción: Sueños de China

CHEN QIUFAN

El Año de la Rata

El pez de Lijiang

La flor de Shazui

XIA JIA

Cientos de fantasmas desfilan esta noche

El verano de Tongtong

El paseo nocturno del dragón equino

MA BOYONG

La ciudad del silencio

HAO JINGFANG

Planetas invisibles

Entre los pliegues de Pekín

TANG FEI

Chica de compañía

CHENG JINGBO

La tumba de las luciérnagas

LIU CIXIN

El círculo

Cuidando de Dios

ENSAYOS

El peor de todos los universos posibles y la mejor de todas las tierras posibles: el problema de los tres cuerpos y la ciencia-ficción china

La generación dividida: la ciencia-ficción china en una cultura de transición

¿Qué hace que la ciencia-ficción china sea china?

Créditos

Todos los textos se reproducen con permiso de los autores:

«The Year of the Rat», de Chen Qiufan. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction World, mayo de 2009; publicado por primera vez en inglés: The Magazine of Fantasy & Science Fiction, julio/agosto de 2013, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2013 by Chen Qiufan y Ken Liu.

«The Fish of Lijiang», de Chen Qiufan. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction World, mayo de 2006; publicado por primera vez en inglés: Clarkesworld, agosto de 2011, traducido por Ken Liu.Texto inglés © 2011 by Chen Qiufan y Ken Liu.

«The Flower of Shazui», de Chen Qiufan. Publicado por primera vez en chino: ZUI Ink- Minority Report, 2012; publicado por primera vez en inglés: Interzone, octubre de 2012, traducido por Ken Liu.Texto inglés © 2012 by Chen Qiufan y Ken Liu.

«A Hundred Ghosts Parade To night», de Xia Jia. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction World, agosto de 2010; publicado por primera vez en inglés: Clarkesworld, febrero de 2012, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2012 by Xia Jia y Ken Liu.

«Tongtong’s Summer», de Xia Jia. Publicado por primera vez en chino: ZUI Novel, marzo de 2014; publicado por primera vez en inglés: Upgraded, ed. Neil Clarke, 2014 (Wyrm Publishing), traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2014 by Xia Jia y Ken Liu.

«Night Journey of the Dragon- Horse», de Xia Jia. Publicado por primera vez en inglés en este volumen, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2015 by Xia Jia y Ken Liu.

«The City of Silence», de Ma Boyong. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction World, mayo de 2005; publicado por primera vez en inglés: World SF Blog, noviembre de 2011, traducido por KenLiu. Texto inglés © 2011 by Ma Boyong y Ken Liu.

«Invisible Planets», de Hao Jingfang. Publicado por primera vez en chino: New Science Fiction, febrero-abril de 2010; publicado por primera vez en inglés: Lightspeed, diciembre de 2013, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2013 by Hao Jingfang y Ken Liu.

«Folding Beijing», de Hao Jingfang. Publicado por primera vez en chino: ZUI Found, febrero de 2014; publicado por primera vez en inglés: Uncanny, enero-febrero de 2015, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2015 by Hao Jingfang y Ken Liu.

«Call Girl», de Tang Fei. Publicado por primera vez en chino: Nebula, agosto de 2014; publicado por primera vez en inglés: Apex, junio de 2013, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2013 by Tang Fei y Ken Liu.

«Grave of the Fireflies», de Cheng Jingbo. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction: Literary, julio de 2005; publicado por primera vez en inglés: Clarkesworld, enero de 2014, traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2014 by Cheng Jingbo y Ken Liu.

«The Circle», de Liu Cixin. Publicado por primera vez en inglés: Carbide Tipped Pens, eds. Ben Bova y Eric Choi, 2014 (Tor Books), traducido por Ken Liu. Texto inglés © 2014 by Liu Cixin y Ken Liu.

«Taking Care of God», de Liu Cixin. Publicado por primera vez en chino: Science Fiction World, enero de 2005; publicado por primera vez en inglés, Pathlight, abril de 2012. Texto inglés © 2012 by LiuCixin y Ken Liu.

«The Worst of All Possible Universes and the Best of All Possible Earths: Three- Body and Chinese Science Fiction», de Liu Cixin. Tor.com, 7 de mayo de 2014. Texto inglés © 2014 by Liu Cixin y Ken Liu.

«The Torn Generation: Chinese Science Fiction in a Culture in Transition», de Chen Qiufan. Tor.com, 15 de mayo de 2014. Texto inglés © 2014 by Chen Qiufan y Ken Liu.

«What Makes Chinese Science Fiction Chinese?», de Xia Jia. Tor. com, 22 de julio de 2014. Texto inglés © 2014 by Xia Jia y Ken Liu.

Para mis autores, que me confiaron sus sueños.

INTRODUCCIÓN

Sueños de China

KEN LIU

Esta antología reúne parte de la ficción breve especulativa procedente de China que he traducido a lo largo de varios años y recopilado en este volumen. Algunos de los relatos han ganado premios en Estados Unidos, otros se han seleccionado para antologías de lo mejor del año, otros han recibido reseñas favorables por parte de críticos y lectores, y otros tan solo son mis favoritos.

China tiene una cultura muy dinámica y variada en lo que a ciencia-ficción se refiere, pero apenas se traducen unas pocas historias, lo que impide que los lectores que no conocen el idioma sean capaces de apreciarlas. Espero que esta antología sirva de punto de partida para los lectores de todo el mundo.

La expresión «Sueños de China» es un juego de palabras con el eslogan «Sueños chinos» que el presidente Xi Jingping1 usó para referirse al desarrollo del país. La ciencia-ficción es la literatura de los sueños, y los textos oníricos siempre nos dicen algo acerca del soñador, del que interpreta los sueños y de la audiencia.

Siempre que sale a relucir la ciencia-ficción china, los lectores anglófonos me preguntan lo mismo: «¿En qué se diferencia la ciencia-ficción china de la que se escribe en inglés?».

Suelo decepcionarlos y responder que la pregunta no está bien planteada. Cualquier clasificación literaria relacionada con una cultura (sobre todo, si se trata de una cultura tan cambiante y convulsa como la de China en la actualidad) tiene que englobar todas las complejidades y contradicciones de dicha cultura. Responder algo así de manera concisa solo puede dar lugar a generalizaciones de poco valor o a estereotipos que reafirman prejuicios ya existentes.

Para empezar, no creo que la expresión «ciencia-ficción escrita en inglés» sea una categoría válida para comparar (las ficciones escritas en Singapur, Reino Unido o Estados Unidos son muy diferentes entre sí, y hay más divisiones entre ellas y dentro de dichas fronteras geográficas), por lo que se podría decir que ni siquiera tenemos un punto de referencia con el que comparar la llamada «ciencia-ficción china».

Además, imaginad qué pasaría si les pidierais a un centenar de autores y críticos de Estados Unidos que definieran la «ciencia-ficción estadounidense»: habría un centenar de respuestas diferentes. Lo mismo pasaría con los autores y críticos de ciencia-ficción china.

Dentro de la selección tan limitada que contiene esta antología, encontraréis la «ciencia-ficción realista» de Chen Qiufan, el «batiburrillo de ciencia-ficción» de Xia Jia, las metáforas políticas directas e irónicas de Ma Boyong, el simbolismo surrealista y la lógica metafórica de Tang Fei, la intensa y exquisita imaginería lingüística de Cheng Jingbo, las fábulas y la especulación sociológica de Hao Jingfang, y la ciencia-ficción dura y grandilocuente de Liu Cixin. Esto debería daros una idea de lo variada que es la ciencia-ficción que se escribe en China. Ante una variedad así, creo que es mucho más útil e interesante estudiar a los autores de manera individual y tratar su obra de forma independiente antes que tratar de imponer unas expectativas preconcebidas porque ha dado la casualidad de que todos son chinos.

Esto no es más que un rodeo para decir que opino que cualquiera que afirme con seguridad que la «ciencia-ficción china» se puede encasillar es: a) un extranjero que no sabe de lo que habla o b) una persona que sí sabe pero que olvida de forma deliberada la naturaleza controvertida del término y expone su opinión como un hecho irrefutable.

Por ello, prefiero dejar claro que yo mismo no me considero un experto en ciencia-ficción china. Sé lo suficiente como para llegar a la conclusión de que no sé demasiado. Lo suficiente para darme cuenta de que tengo que estudiar más, mucho más. Y bastante para saber que no hay una respuesta sencilla2.

China está viviendo una enorme transformación social, cultural y tecnológica que afecta a miles de millones de personas de diferentes etnias, culturas, clases sociales e ideologías. Por eso, nadie (y eso incluye a quienes están viviendo dicha transformación) puede considerarse en disposición de conocer el panorama general. Conocer China a través de las noticias sesgadas de los medios occidentales o asegurar que se «entiende» el país por ser inmigrante o haber sido turista es lo mismo que vislumbrar una mancha borrosa a través de una pajita y afirmar que se trata de un leopardo. La ficción que se produce en China es un reflejo de la complejidad de dicho entorno.

La realidad política del país y su complicada relación con Occidente hace que a los lectores occidentales les parezca normal interpretar la ciencia-ficción china bajo el prisma de sus sueños, esperanzas y fantasías occidentales sobre la política china. La «subversión», desde un punto de vista occidental, puede no ser más que un matiz interpretativo. Por ejemplo, es tentador leer «La ciudad del silencio», de Ma Boyong, como un ataque directo al aparato censor de China, o «El Año de la Rata», de Chen Qiufan, únicamente como una crítica al sistema educativo y al mercado laboral del país. O incluso reducir «Cientos de fantasmas desfilan esta noche», de Xia Jia, a una metáfora velada de las políticas agresivas al servicio de un desarrollo controlado por el Estado.

Me gustaría que el lector de esta antología evitara caer en dicha tentación. Dar por hecho que las preocupaciones políticas de los autores chinos son las mismas que las que los lectores occidentales esperan de ellos es, como mínimo, arrogante y, lo que es peor, peligroso. El mensaje que los escritores chinos intentan comunicar es universal, se refiere no solo a China sino también a la humanidad en su conjunto, y creo que tratar de comprender su obra en estos términos producirá un acercamiento mucho más gratificante.

Es cierto que en China existe desde hace tiempo la tradición de usar la metáfora literaria como vehículo para expresar críticas y desacuerdos, pero ese no deja de ser uno de los motivos por los que los autores escriben y los lectores leen. Como el resto de escritores de cualquier parte del mundo, los autores contemporáneos chinos están interesados en el humanismo, la globalización, los avances tecnológicos, la tradición y la modernidad, las desigualdades en riqueza y privilegios, la mejora y conservación del medio ambiente, la historia, los derechos, la libertad y la justicia, el amor y la familia, lo hermoso de expresar sentimientos a través de las palabras, jugar con el lenguaje, la grandeza de la ciencia, la emoción de los descubrimientos o el significado de la vida misma. Flaco favor le hacemos a la obra si no nos centramos en estas cosas sino en la geopolítica.

A pesar de la diversidad de enfoques, temáticas y estilos, los autores y las obras reunidos en esta antología apenas representan una pequeña parte del panorama de la ciencia-ficción china contemporánea. He intentado hacer una selección lo más equilibrada posible para cubrir casi todos los puntos de vista, pero soy consciente de mis limitaciones. La mayoría de los autores aquí presentes (a excepción de Liu Cixin) pertenecen a la nueva generación de «estrellas emergentes» en lugar de a la generación de figuras ya establecidas, que incluye al propio Liu Cixin, Han Song o Wang Jinkang. Casi todos son licenciados por las universidades más prestigiosas del país y desempeñan puestos de trabajo muy bien valorados. Además, me he centrado en autores e historias premiados, en detrimento de la ficción más popular que se publica en internet, y he dado prioridad a las obras que, en mi opinión, son más fáciles de traducir y requieren menos conocimientos de la historia y la cultura de China. Este sesgo y estas carencias son necesarios, pero no es la situación ideal, por lo que los lectores deberían ser precavidos al extraer conclusiones y no dar por hecho que estos relatos son «representativos». Deseo de corazón que cada una de las historias que aquí presentamos sirva a los lectores para añadir otro nivel más a su percepción e interpretación de una tradición literaria que difiere de aquellas a las que están acostumbrados.

Para completar la antología y aportar una visión más amplia de la ciencia-ficción china, he incluido al final del libro tres ensayos de autores y académicos chinos. El de Liu Cixin, «El peor de todos los universos posibles y la mejor de todas las Tierras posibles», aporta contexto histórico al género en China y contextualiza la importancia de su carrera como el principal autor de ciencia-ficción china. «La generación dividida», de Chen Qiufan, aporta la perspectiva de una generación más joven de autores que intenta adaptarse al revuelo de las transformaciones que están teniendo lugar. Por último, «¿Qué hace que la ciencia-ficción china sea china?», de Xia Jia, quien cuenta con el primer doctorado especializado en el estudio de ciencia-ficción china, es un buen punto de partida para un análisis académico sobre la materia.

El célebre traductor William Weaver comparó el oficio con el arte de la interpretación. Es una metáfora que me gusta. Cuando traduzco, realizo una interpretación lingüística y cultural, intento recrear un artefacto en un medio diferente. Es una experiencia aleccionadora y fascinante. Me siento muy privilegiado por haber tenido la oportunidad de trabajar con los autores de esta antología. Se podría decir que lo que comenzó como una colaboración profesional ha terminado por convertirse en amistad. He aprendido muchas cosas de ellos, no solo sobre traducción, sino también sobre cómo escribir ficción y sobre la vida desde otro punto de vista lingüístico y cultural. Les estoy muy agradecido por haberme confiado su trabajo. Espero que disfrutéis del resultado.

1 Todos los nombres chinos de esta antología están escritos con el apellido delante, como dictan las costumbres del país.

2 De hecho, el mundo académico que estudia la ciencia-ficción china se encuentra en un momento muy interesante y cuenta con investigadores que realizan trabajos muy esclarecedores y atractivos, como Mingwei Song y Nathaniel Isaacson, entre otros. No obstante, tengo la impresión de que muchos (o la mayoría) de lectores, autores y críticos de género del mundillo de la ciencia-ficción no están familiarizados con este corpus teórico. Estos ensayos académicos evitan caer en las trampas que he mencionado, y realizan análisis precisos y minuciosos. Les recomiendo encarecidamente la lectura de dichos trabajos académicos a aquellos lectores que quieran una opinión informada.

CHEN QIUFAN

Chen Qiufan es escritor, guionista y columnista, y también trabaja como gerente de marketing para Baidu, el importantísimo buscador web de China. También conocido como Stanley Chan, el autor ha publicado ficción en medios como Science Fiction World, Esquire, Chutzpah! y ZUI Found. Liu Cixin, el autor de ciencia-ficción más famoso de China, ha dicho sobre The Waste Tide (2013), la primera novela de Chen, que es «la obra cumbre de la ciencia-ficción de futuro cercano». Chen ha sido galardonado con muchos premios literarios, entre ellos el Dragon Fantasy Award de Taiwán o los equivalentes en China al premio Galaxy (el Yinhe) y el Nebula (el Xingyun). En lo que se refiere a traducciones al inglés, el autor ha aparecido en revistas como Clarkesworld, Lightspeed, Interzone y The Magazine of Fantasy & Science Fiction. «El pez de Lijiang» ganó el Science Fiction and Fantasy Translation Award en 2012 y «El Año de la Rata» apareció en la antología The Year’s Best Weird Fiction: Volume One, seleccionada por Laird Barron.

Las tres historias recogidas a continuación, «El Año de la Rata», «El pez de Lijiang» y «La flor de Shazui», son buenos reflejos de la estética incomparable de Chen, que aúna una sensibilidad universal posciberpunk con el intrincado legado histórico y las tradiciones de China. Cínico, optimista e inquieto, Chen consigue capturar el Zeitgeist de la China contemporánea, una cultura inmersa en una transformación y una transición muy traumáticas. Quienes deseen ahondar en la manera en que la ciencia-ficción china refleja dicho cariz de las costumbres del país pueden leer un ensayo de Chen, «La generación dividida», al final del libro.

Chen es oriundo de la provincia de Cantón, licenciado por la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas del país, y habla el topolecto de Shantou, así como cantonés, mandarín e inglés (la versión occidentalizada de su nombre, Chan, refleja la pronunciación cantonesa). Es un virtuoso de la lengua que ha escrito relatos de ficción especulativa en chino clásico (una proeza equivalente a que un autor inglés escriba una historia en la lengua de Chaucer), así como en cantonés y mandarín estándar. Las divisiones lingüísticas y la diversidad presentes en su región de origen sirven como metáfora y telón de fondo para su novela The Waste Tide, que yo mismo he traducido al inglés. «La flor de Shazui» está ambientado en el mismo universo que The Waste Tide y nos ofrece un atisbo de ese mundo.

El Año de la Rata

Oscurece de nuevo. Llevamos dos días en este cuchitril y no hemos visto ni un mísero pelo de rata.

Mis calcetines parecen bayetas grasientas. Es tan irritante que me dan ganas de pegar a alguien. El estómago me da punzadas de hambre. Aun así, me obligo a seguir adelante. Unas hojas empapadas me golpean la cara como si me abofetearan. Duele.

Me gustaría devolverle a Guisante el libro de biología que tengo en la mochila y decirle: «Este maldito libro tiene ochocientas setenta y dos páginas». También me gustaría devolverle sus gafas, aunque no pesen, nada de nada.

Guisante está muerto.

El instructor dijo que la compañía de seguros les pagaría algo de dinero a sus padres. No dijo cuánto.

Seguro que los padres de Guisante quieren alguna pertenencia suya para recordarlo. Por eso le he quitado las gafas del bolsillo y ese maldito libro de su mochila impermeable. Quizá así sus padres recuerden lo buen estudiante que era su hijo, a diferencia de nosotros.

El verdadero nombre de Guisante es Meng Xian, pero todos lo llamábamos «Guisante», en primer lugar, porque era flaco y bajito como un brote de guisante y, en segundo lugar, porque siempre bromeaba con que el monje que experimentaba con guisantes, Gregor Meng-De-Er Mendel, era su antepasado.

Esto es lo que se dice que ocurrió: cuando el pelotón marchaba por la parte alta de la presa del embalse abandonado, Guisante vio una extraña planta que crecía en las grietas del hormigón embarrado de los bordes de la presa. Rompió la formación para cogerla.

Quizá se debiera a su miopía, o quizá a que el pesado libro le hizo perder el equilibrio. Sea como fuere, lo último que vimos fue que Guisante hacía algo propio de un guisante verde: rodaba y rebotaba cuesta abajo por la presa hasta detenerse de improviso, empalado en una rama afilada que sobresalía del agua.

El instructor nos obligó a recuperar el cuerpo y meterlo en una bolsa para cadáveres. Vi cómo los labios del hombre se movieron durante unos instantes, para luego detenerse. Sabía lo que había intentado decir (lo escuchábamos decirlo a menudo), pero en aquel momento se contuvo. La verdad es que me habría gustado escucharlo.

Los estudiantes sois idiotas. No sabéis ni cómo manteneros con vida.

Tenía razón.

Alguien me toca el hombro. Es Cañón Negro. Me sonríe, como pidiendo disculpas.

—Hora de comer.

Me sorprende lo amigable que es conmigo. Quizá sea porque, cuando Guisante murió, Cañón Negro era quien se encontraba a su lado y ahora se siente mal por no haberlo agarrado a tiempo.

Me siento junto a la fogata para poner a secar los calcetines. El arroz sabe a rayos al mezclarse con el olor de los calcetines mojados que también están al fuego.

Maldita sea. Estoy llorando.

La primera vez que hablé con Guisante fue a finales del año pasado, en la reunión para preparar la movilización en la universidad. Había una deslumbrante pancarta roja delante del auditorio: «Es un honor amar tu país y apoyar a tu ejército. Es un orgullo proteger a la gente y matar a las ratas». Un sinfín de directivos de la universidad se turnaban para subir al púlpito y dar sus discursos.

Me senté junto a Guisante por casualidad. Me estaba sacando la licenciatura en Literatura China, y él cursaba estudios de posgrado en la Facultad de Biología. Lo único que teníamos en común era que no íbamos a encontrar trabajo después de licenciarnos. Nuestros expedientes permanecerían en la universidad mientras nosotros nos quedábamos colgados un año, o quizá más.

En mi caso, había suspendido a propósito el examen de Chino Clásico para poder quedarme en la facultad. Odiaba el hecho de tener que buscar trabajo, alquilar un apartamento, levantarme para entrar al trabajo a las nueve de la mañana y salir a las cinco de la tarde, tener que enfrentarme al ambiente de una oficina... Todo eso. La universidad era mucho más agradable: podía descargar música y películas gratis, la cafetería era barata (con diez yuanes te llenabas el estómago), dormía siempre hasta mediodía y luego jugaba un poco al baloncesto. También había chicas guapas por todas partes, claro. Aunque solo podía mirar, nada de tocar.

Para ser sincero, tal y como estaba el mercado laboral y dadas mis escasas aptitudes para trabajar, no se podía decir que me hubiera quedado en la facultad por elección propia. Pero tampoco iba a admitir algo así delante de mis padres.

Guisante, en cambio, no había conseguido el visado a causa de la guerra comercial con la Alianza Occidental. Un estudiante de biología que no puede dejar el país no tiene expectativas laborales en las empresas locales, sobre todo si es de aquellos a quienes se les da mejor leer libros que engañar a los demás.

A mí no me interesaba nada apuntarme en la Patrulla de Control de Roedores. Mientras la propaganda continuaba en el escenario, le murmuré:

—¿Por qué no envían al ejército?

Y Guisante se giró hacia mí y me echó un sermón:

—¿No sabes lo tensa que está la situación en la frontera en estos momentos? La misión del ejército no es cazar ratas, sino proteger el país contra las hostilidades de las naciones extranjeras.

¿Quién habla así? Decidí trollearle un poco.

—Entonces, ¿por qué no enviamos a los campesinos?

—¿Tampoco sabes que vamos muy justos de suministros de cereales? La misión de los campesinos no es cazar ratas, sino plantar comida.

—¿Y por qué no usamos veneno para roedores? Es más fácil y barato.

—No son ratas normales, son neorratas®. Los venenos comunes no sirven de nada.

—Pues se podría crear un arma genética, un veneno que matase a esas ratas dentro de algunas generaciones.

—¿No sabes que las armas genéticas son carísimas? Su misión no es cazar ratas, sino servir de medida disuasoria contra las hostilidades de las naciones extranjeras.

Suspiré. Aquel tipo parecía uno de esos contestadores telefónicos programados para repetir siempre las mismas frases. Hacerme el listillo con alguien así no era divertido.

—Entonces, según tú, ¿la misión de los licenciados sí que es cazar ratas? —pregunté, con una sonrisa en la cara.

Guisante hizo un amago de ahogarse y se le puso la cara roja. Por unos instantes, no consiguió articular respuesta. Luego me respondió con clichés del tipo «el destino de un país está en manos de cada uno de sus habitantes». Pero luego terminó por darme una razón de peso:

—Los miembros de la Patrulla de Control de Roedores tienen cama y comida gratis, además de trabajo asegurado después de su cese.

El pelotón ha vuelto al pueblo para reabastecerse.

Para evitar los desertores, se destina a todos los estudiantes de la Patrulla de Control de Roedores a unidades que operan lejos de su hogar. Tan lejos que no entendemos los dialectos y nos vemos forzados a hablar en mandarín estándar.

Envío el libro y las gafas de Guisante por correo a sus padres. Intento escribir una carta emotiva, pero no encuentro las palabras adecuadas. Al cabo, me limito a escribir: «Les acompaño en el sentimiento».

Pero la postal que dirijo a Xiaoxia está llena de caracteres pequeños y amontonados. Pienso en sus larguísimas piernas. Tal vez sea la vigesimotercera carta que le envío.

Llego a una tienda donde puedo recargar el teléfono y mandar un mensaje a casa de mis padres. Cuando estamos de misión, casi nunca hay cobertura.

El propietario de la tienda me cobra un yuan y me sonríe. Es posible que los habitantes de este pueblo nunca hayan visto a tantos licenciados juntos (aunque en ese momento estemos cubiertos de barro y no demos muy buena impresión). Varios ancianos y ancianas nos sonríen y levantan el pulgar, pero quizá solo lo hagan porque creen que somos una fuente de dinero adicional para la economía del pueblo. El caso es que cuando pienso en Guisante me dan ganas de levantar el dedo corazón.

Cuando el instructor termina con los preparativos para el funeral de Guisante, nos lleva a un restaurante barato.

—Tan solo llevamos un veinticuatro por ciento de la cuota que habíamos pactado —dice.

Nadie responde. Todos estamos muy ocupados llevándonos arroz a la boca como si se acabara el mundo.

—Trabajad duro. Vamos a intentar ganar el premio Gato Dorado.

Sigue sin haber respuesta. Todos sabemos que dicho premio supone una prima para el instructor.

El instructor golpea la mesa y se levanta.

—¿Acaso queréis ser un hatajo de vagos el resto de vuestras vidas, o qué?

Agarro el cuenco de arroz, por si le da por tirar la mesa. Pero no lo hace.

Un instante después se sienta y sigue comiendo.

Alguien susurra:

—¿Creéis que se ha roto el detector?

En ese momento, todo el mundo empieza a hablar. Parece que todos están de acuerdo con la afirmación. Alguien comenta un rumor que asegura que un pelotón consiguió usar el detector para encontrar depósitos de metales y bolsas de gas poco comunes. Dejaron de cazar ratas y se pasaron a la industria de la minería, lo que solucionó el problema de desempleo de aquel pelotón de una tacada.

—Menuda estupidez —suelta el instructor—. El detector sigue el rastro de los marcadores que hay en la sangre de las ratas. ¿Cómo va a encontrar bolsas de gas? —Hace una pausa y luego añade—: Estoy seguro de que las encontraremos si seguimos las corrientes de agua.

La primera vez que vi al instructor, supe que quería pegarle.

Nos encontrábamos en fila en el campo de entrenamiento, y el hombre deambulaba por delante de nosotros, adusto.

—¿Alguien sabría decirme para qué estáis aquí? —preguntó.

Un instante después, Guisante alzó la mano, dubitativo.

—¿Sí?

—Para proteger la patria —respondió Guisante. Todo el mundo estalló en carcajadas. Yo era el único que sabía que lo había dicho en serio.

El instructor se mantuvo impasible.

—¿Te parece divertido? Pues te has ganado diez flexiones.

Rieron aún más alto.

—¡Cien flexiones para el resto!

El instructor paseaba a nuestro alrededor corrigiéndonos la postura con una porra mientras resoplábamos para intentar terminar la tarea.

—¡Estáis aquí porque sois unos fracasados! Habéis vivido en la residencia universitaria que pagan los contribuyentes, comido el arroz que cultivan los campesinos y disfrutado de todos los privilegios que el país podía daros. Vuestros padres se han gastado el dinero de su entierro en vuestra matrícula y, aun así, no habéis sido capaces de encontrar trabajo. No sois capaces ni de sobrevivir por vuestra cuenta. ¡Solo servís para cazar ratas! De hecho, valéis menos que las ratas. Al menos, las ratas se pueden intercambiar por dinero extranjero, pero ¿de qué servís vosotros? ¿Os habéis parado a pensar en vuestra nauseabunda existencia? ¿Qué sabéis hacer? Veamos: seducir chicas, jugar a videojuegos, copiar en los exámenes... ¡Más flexiones! No os llevaréis nada a la boca hasta que hayáis terminado.

Apreté los dientes a ritmo de cada una de las flexiones y se me ocurrió que si a alguno de nosotros le daba por rebelarse, seguro que entre todos podríamos darle una paliza al instructor.

El resto pensó justo lo mismo que yo, así que no ocurrió nada.

Más tarde, durante la comida, no dejaba de escuchar el traqueteo de los palillos contra los cuencos, porque no podíamos evitar que nos temblaran las manos y los brazos. Un recluta, tan moreno que parecía que tenía la piel hecha de cuero negro, no fue capaz de sostenerlos y dejó caer al suelo un pedazo de carne.

—Cógelo y cómetelo —espetó el instructor.

Pero el recluta era testarudo. Se quedó mirando al instructor y no se movió.

—¿De dónde crees que viene la comida? Déjame que te cuente algo: el presupuesto para alimentación se desvía del de defensa. Cada grano de arroz y cada pedazo de carne que os coméis hacen que un soldado de verdad pase hambre.

—¿Y a quién le importa? —murmuró el recluta.

¡Pa-la! El instructor volcó la mesa en la que yo estaba comiendo. Nos quedamos cubiertos de sopa, verduras y arroz.

—¡Pues si no os importa, os quedáis todos sin comer!

El instructor se marchó de la habitación.

Y así fue como empezamos a llamar Cañón Negro a aquel recluta.

Al día siguiente, enviaron al «poli bueno», el administrador principal del distrito. Empezó con un sermón político, una cita del Libro de las odas, del siglo X antes de Cristo («Rata, rata, no te comas mi maíz»), para luego repasar tres mil años de historia y hacer hincapié en los peligros que las plagas de ratas le plantean a la gente corriente. Luego esbozó los avances recientes y a gran escala en materia política y económica y analizó la amenaza tan particular que supone la plaga actual y la necesidad de erradicarla por completo. Por último, nos brindó un ejemplo de la fe y la esperanza que el pueblo había depositado en nosotros:

—Es un honor amar la patria y apoyar el ejército. Es glorioso proteger a la gente y cazar ratas.

Ese día comimos bien. Después de comentarle el incidente que se había producido el día anterior, el administrador criticó al instructor. Afirmó que los licenciados eran «lo mejor de lo mejor y los próximos líderes del país» y que el entrenamiento debería ser «justo, civilizado y cordial» y servir para mejorar la «técnica», y no basarse en la «simple violencia».

Para terminar, el administrador se quiso sacar unas fotos con nosotros. Nos alineamos formando una única fila y desfilamos haciendo el paso de la oca. El administrador levantó una cuerda para mostrarnos hasta dónde teníamos que llegar con la punta de los pies de modo que desfiláramos con la disciplina adecuada.

Seguimos la corriente de agua. El instructor tiene razón. Hay rastros de agua y huellas de patas.

El frío arrecia. Tenemos suerte de encontrarnos al sur. No me puedo ni imaginar cómo será acampar al norte, con temperaturas bajo cero. Las noticias son muy halagüeñas: las Patrullas de Control de Roedores de varios distritos han sido cesadas con honores y han recibido buenos trabajos en varias empresas públicas, pero no conozco ninguno de los nombres que aparecen en el boletín de noticias. Nadie del pelotón reconoce nombre alguno, de hecho.

El instructor levanta el puño derecho. Alto. Luego abre la mano. Nos separamos y empezamos el reconocimiento.

—Preparaos para la batalla.

En ese momento me doy cuenta de lo ridículo que parece todo. Qué ridículo es que una carnicería como esta (que parece más bien el juego del gato y el ratón) pueda llegar a definirse como una «batalla», que alguien sin ambición como yo, que más bien parece un perrito faldero, pueda llegar a considerarse un «héroe».

Una sombra gris verduzca se agita en los arbustos. Las neorratas están modificadas genéticamente para caminar a dos patas, por lo que son más lentas que las ratas corrientes. Bromeamos entre nosotros; decimos que, al menos, no las hicieron parecidas a Jerry, el de Tom y Jerry.

Pero esta neorrata va a cuatro patas. Tiene el vientre hinchado, lo que limita aún más sus movimientos. ¿Estará preña...? No, veo cómo le cuelga el pene.

Esto comienza a tomar el cariz de una comedia. Un hatajo de hombres con armas de acero que persiguen a una rata barriguda. Nos desplazamos muy despacio y en silencio por el terreno. De improviso, la rata da un salto hacia delante, rueda colina abajo y desaparece.

Soltamos un improperio al unísono y corremos detrás de ella.

Hay un agujero en el suelo de la base de la colina. Dentro de ese hueco hay unas treinta o cuarenta ratas barrigudas. La mayoría están muertas. La que acaba de entrar respira con dificultad y mueve mucho el pecho.

—¿Una plaga? —pregunta el instructor. Nadie responde. Me acuerdo de Guisante. Si estuviera aquí, sabría qué ocurre.

Chi. Una lanza atraviesa el vientre de la rata moribunda. Es la de Cañón Negro. Sonríe mientras la recupera y le abre la panza al animal como si fuera una sandía madura.

Todos resoplamos. Dentro del vientre de esta rata macho hay más de una docena de fetos: sonrosados y hechos un ovillo, como un cóctel de gambas alrededor de los intestinos. Escucho arcadas. Cañón Negro no deja de sonreír mientras vuelve a levantar la lanza.

—Alto —espeta el instructor.

Cañón Negro la retira mientras ríe y no deja de darle vueltas al arma.

Las neorratas se crearon con fertilidad limitada, a escala de un macho recién nacido por cada nuevo macho adulto. La idea era controlar la población para que mantuviera su valor en el mercado.

Pero parece que las medidas han empezado a fallar. Los machos que tenemos delante han muerto debido a que la cavidad abdominal no basta para sustentar los fetos. La pregunta es cómo podían estar preñadas. No cabe duda de que los genes han intentado hacer caso omiso de las limitaciones de la modificación genética.

Recuerdo otra posible explicación, algo que Xiaoxia me contó hace mucho tiempo.

Aunque tenía el número de teléfono de Li Xiaoxia en la agenda desde hacía cuatro años, nunca la había llamado. Cada vez que lo veía, perdía el arrojo de pulsar el botón de llamada.

Aquel día me encontraba haciendo la maleta para el campo de entrenamiento y, de improviso, escuché la voz queda de Xiaoxia, como si viniera de algún lugar lejano. Pensé que alucinaba, pero vi que la había llamado sin querer. Cogí el teléfono, presa del pánico.

—¿Qué tal? —saludó ella.

—Pues...

—Me han dicho que estás a punto de ir a cazar ratas.

—Sí, es que no encuentro trabajo...

—¿Por qué no vamos a cenar? Me hace sentir mal que hayamos sido compañeros de clase durante cuatro años y apenas nos conozcamos. Será una cena de despedida.

Los rumores aseguraban que debajo de su habitación de la residencia siempre había coches de lujo aparcados, esperándola. Decían que había probado la misma cantidad de hombres que de vestidos.

Aquella noche, nos sentamos uno enfrente del otro y comimos cuencos de arroz frito con ternera. No acudió maquillada. En aquel momento lo comprendí, comprendí que era capaz de embaucar el alma de un hombre.

Vagamos por el campus. Nos cruzamos con gatos callejeros, aulas, bancos vacíos. Todo aquello consiguió que echara de menos la universidad, que echara de menos los recuerdos que me habría gustado tener con ella en aquel lugar.

—Mi padre cría ratas, y tú vas a ir a cazar ratas —afirmó—. Vas a cazar ratas el Año de la Rata. Qué gracia.

—¿Trabajarás con tu padre después de licenciarte? —pregunté.

Aquello no le hizo mucha gracia. Su mirada indicaba que el oficio de criar ratas no era muy diferente del de trabajar de asalariado en una cadena de montaje o en una fábrica de camisas. Todavía no podemos controlar las tecnologías más importantes. Hay que importar los embriones. Luego hay granjeros que las crían y pasan un control de calidad muy estricto. Las aptas se exportan, en el extranjero se les implantan unos patrones de conducta concretos y luego se venden a los ricos como mascotas de lujo.

Lo único que podía ofrecer nuestro país, la fábrica del mundo, era mano de obra barata en las fases del procedimiento que menos dependían de la tecnología.

—He oído que han experimentado con los genes de las ratas que se escaparon —dijo Li Xiaoxia.

Explicó que, de la misma manera que algunos fabricantes subcontratados habían intentado fabricar iPhones shanzhai con ingeniería inversa o trasteando con el software, algunos de los propietarios de las ratas de granja intentaron realizar ingeniería inversa para experimentar con los genes de los animales. Su objetivo era aumentar la proporción de especímenes hembra y la tasa de supervivencia de las crías porque sus beneficios eran muy bajos.

—Aseguraron que las ratas no se iban a escapar —continuó—, pero fueron los propios granjeros los que las soltaron. Pretendían ejercer presión sobre algunas agencias gubernamentales, de modo que la industria recibiera más ayudas.

No supe qué decir. Me sentí muy ignorante.

—Pero esos solo son algunos de los rumores —prosiguió—. Otros aseguran que la Alianza Occidental preparó la fuga masiva para ejercer presión sobre los acuerdos comerciales con nuestro país. No está nada claro.

Miré a la joven que tenía delante: era guapa e inteligente. Demasiado para mí.

—Envíame una postal —dijo. Su risilla me sacó de la duermevela.

—¿Cómo?

—Quiero saber que estás bien. No infravalores a las ratas. He visto cómo...

No terminó la frase.

En ocasiones siento unos ojos resplandecientes ocultos en las sombras que nos observan y nos escudriñan. De día o de noche. Creo que me estoy volviendo loco.

Descubrimos dieciocho nidos en la orilla del río: unas estructuras pequeñas y cilíndricas de unos dos metros de diámetro. Varios alumnos de física se acuclillan junto a una de ellas para discutir sobre la fiabilidad estructural del entresijo de ramas. En la parte superior hay una capa gruesa de hojas, como si los arquitectos se hubieran querido aprovechar de la superficie resbaladiza de las hojas para evitar que entrara agua.

—He visto construcciones así en algunas aldeas tribales primitivas. En el Discovery Channel —dice uno de los hombres. Todos lo miramos, extrañados.

—No tiene sentido —comento. Me acuclillo y observo los rastros de pequeñas huellas que conectan los nidos y el río, como si me enfrentara a un paisaje insondable. ¿Las ratas saben lo que es la agricultura? ¿Necesitan construir asentamientos? ¿Por qué los han abandonado?

Cañón Negro suelta una risotada apática.

—Tenéis que dejar de compararlas con personas.

Tiene razón. Las ratas no son personas. Ni siquiera son ratas de verdad. No son más que productos muy bien diseñados. Bueno, productos que no han superado el control de calidad.

Me doy cuenta de que hay algo extraño en las huellas. Muchas de ellas son más pequeñas de lo normal y van en dirección contraria a la de los nidos. Además, delante de cada nido hay unas más profundas y de mayor zancada, con marcas de arrastre más largas en la parte central. Esas huellas más grandes no salen de los nidos, solo van en dirección a estos.

—Son... —intento contener el titubeo de mi voz—. Son salas de partos.

—¡Señor! —farfulla un hombre—. Tiene que ver esto.

Lo seguimos hasta un árbol. En la base hay una torre de rocas apilada con esmero. Las formas y los colores de la estructura tienen un equilibrio y unas proporciones muy cuidados. Del árbol cuelgan dieciocho cadáveres de ratas macho, con el vientre abierto como un saco.

Alrededor del árbol hay un manto de arena blanca diseminado de manera regular. En la arena, una incontable cantidad de pequeñas huellas que se alejan en círculos. Imagino una procesión ceremonial y rituales místicos.

Debe de haber sido una estampa tan grandiosa como cuando se alza la bandera en la plaza de Tiananmén durante el Día Nacional.

—¡Venga ya! Estamos en el siglo XXI. ¡Hasta hemos llegado a la Luna! ¿Por qué tenemos que usar esta chatarra? —protestó Guisante mientras se levantaba. Tenía la cabeza rapada, por lo que se parecía aún más a un guisante.

—¡Es cierto! —afirmé—. ¿Acaso el gobierno no dice siempre que hay que modernizar la defensa? Deberíamos tener juguetitos de tecnología punta.

Algunos más de los que se encontraban en los barracones también protestaron.

—A-TEN-CIÓN.

Se hizo el silencio.

—¿Juguetitos de tecnología punta? —preguntó el instructor—. ¿Para los de vuestra calaña? Los estudiantes no sabéis ni agarrar bien los palillos. ¡Si os diera un arma, lo primero que haríais sería volaros la sesera! Haced las maletas, venga. Dentro de cinco minutos tenemos que estar preparados para una caminata de veinte kilómetros.

Nos dieron un paquete que incluía lo siguiente: una lanza corta plegable (la punta podía desacoplarse y usarse de daga), un cuchillo militar de hoja aserrada, un cinturón de herramientas, una brújula, cerillas impermeables, raciones y una cantimplora. El instructor no creía que pudiéramos apañarnos con cosas más modernas.

Para darle aún más la razón, cuando terminamos la caminata de entrenamiento, tres de nosotros resultamos heridos. Uno se cayó sobre la hoja del cuchillo, fue el primero a quien expulsaron del pelotón. No creo que lo hiciera a propósito, habría requerido demasiada habilidad.

A medida que se acercaba el final del periodo de entrenamiento, veía la ansiedad cada vez más patente en los ojos de mis compañeros. Guisante no podía dormir: se pasaba la noche dando vueltas y la cama no dejaba de crujir. Para entonces, ya me había acostumbrado a vivir sin televisión, sin internet y sin supermercados, pero cada vez que pensaba en atravesar un cuerpo caliente vivito y coleando con una lanza de fibra de carbono se me revolvía el estómago.

Había excepciones, claro.

Cuando cualquiera de nosotros pasaba por la habitación de entrenamiento, veíamos la figura sudorosa de Cañón Negro practicando con la lanza. Se obligaba a sí mismo a hacer más ejercicios y no dejaba de afilar el cuchillo con una piedra. Un antiguo conocido suyo nos aseguró que en la universidad era un chico tranquilo, de los que sufren abusos. Ahora parecía un carnicero sanguinario.

Seis semanas después tuvo lugar nuestra primera batalla, que duró un total de seis minutos y catorce segundos.

El instructor nos hizo rodear una pequeña arboleda. Luego nos dio orden de cargar. Cañón Negro fue delante. Guisante y yo nos miramos, dubitativos, y cargamos desde la retaguardia. Cuando llegamos al lugar, solo quedaban un charco de sangre y algunos miembros desperdigados. Nos dijeron que Cañón Negro había causado ocho bajas él solo. Se quedó uno de los cadáveres.

En la reunión posterior, el instructor halagó a Cañón Negro y criticó a «ciertos tipos vagos».

Cañón Negro despellejó su trofeo, pero no curtió bien la piel y esta empezó a pudrirse, oler mal y llenarse de gusanos. Un día en que él no estaba presente, su compañero de litera terminó por quemarla.

La moral está baja.

No se sabe muy bien qué es peor: que las ratas hayan descubierto cómo hacer caso omiso de los límites artificiales que se impusieron a su capacidad reproductiva o que hayan dado señales de inteligencia, que sean capaces de construir estructuras, tengan una sociedad jerárquica y hasta ceremonias religiosas.

Cada vez estoy más paranoico. El bosque me mira y escucho susurros entre las briznas de hierba.

Es de noche. No puedo dormir, me doy por vencido y salgo de la tienda.

Estamos a principios del invierno y el firmamento se ve tan claro que tengo la impresión de poder observar los confines del universo. El sonido de un insecto rompe el silencio. Una melancolía indescriptible hace que se me encoja el corazón.

¡Sha! Me giro al escucharlo. Hay una rata erguida sobre las patas traseras a unos cinco metros, como si se tratara de otro soldado que echa de menos su hogar.

Me agacho para sacar el cuchillo de la funda de la bota. La rata también se agacha. En el instante en que lo toco, el animal se da la vuelta y se pierde en el bosque. Cojo el cuchillo y la sigo.

Debería poder cazarla en unos treinta segundos, pero esta noche no soy capaz de acortar la distancia que nos separa. De vez en cuando, hasta se da la vuelta para comprobar que sigo detrás. Eso me enfada mucho.

El aire tiene un deje dulzón y putrefacto. Tomo aliento en un pequeño claro. Me siento mareado. A mi alrededor, los árboles se mecen y se agitan, refulgen de forma peculiar a la luz de las estrellas.

Guisante aparece entre ellos. Lleva puestas las gafas, que deberían estar en manos de sus padres a miles de kilómetros. Está ileso, sin ese agujero en el pecho que le abrió aquella rama.

Me doy la vuelta y veo a mis padres. Mi padre lleva su viejo traje, y mi madre su vestido liso. Sonríen. Parecen más jóvenes, sin canas.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas. No necesito la lógica. No necesito pensar con claridad.

El instructor me encuentra antes de que muera a causa de la hipotermia. Me dice que tengo en la cara tantas lágrimas y mocos que podría llenar la cantimplora.

Guisante terminó por decir algo significativo:

—Vivir es tan...

No concluyó la frase. ¿Cansado? ¿Magnífico? ¿Estúpido? Se podría completar con cualquier cosa. Por eso dije que era significativo. Comparado con cómo hablaba antes, ahora lo hacía de manera contundente y directa, y dejaba mucho lugar a la imaginación. Debo admitir que he aprendido algo de las clases de crítica literaria.

Para mí, vivir era algo... increíble. Hace medio año nunca me habría imaginado que solo podría bañarme una vez a la semana, que dormiría en el barro entre los piojos, que me pelearía con gente de mi edad por unas galletas wowotou correosas, ni que temblaría, emocionado, al ver sangre.

Los seres humanos nos adaptamos a todo mucho mejor de lo que nos imaginamos.

Si no me hubiera apuntado a la Patrulla de Control de Roedores, ¿qué sería ahora de mi vida? Tal vez me pasara todo el día perdiendo el tiempo en internet. O quizá estaría viviendo en casa de mis padres y volviéndolos locos. O quizá me pasara el día de juerga y haciendo locuras con una banda de inadaptados sociales.

Pero aquel día, cuando el instructor dio la orden, estaba ahí, agitando mi lanza como un auténtico cazador, persiguiendo ratas de pelajes de diferentes colores. Las ratas andaban a trompicones con sus patas traseras, diseñadas más para ser bonitas que funcionales, y gritaban desesperadas. Había oído que las ratas aptas para la exportación tenían modificaciones quirúrgicas para vocalizar mejor. Las imaginé gritando: «¡No!» o «¡Eso no!» mientras miraban hacia abajo y veían cómo la lanza les atravesaba el vientre.

El pelotón terminó por desarrollar unas reglas no escritas. Después de una batalla, todos le dábamos al instructor las colas de las ratas que habíamos matado para hacer la cuenta. Se suponía que aquel registro influía en la calidad de los trabajos a los que nos destinaban al terminar.

Sabían cómo motivarnos. Era igual que cuando colgaban las notas de los exámenes finales.

Cañón Negro fue el que consiguió la mejor recomendación. Su cifra de muertes rondaría los cuatro dígitos, mucho más que la de ningún otro. La mía estaba por debajo de la media, un aprobado raspado, muy diferente a la de la universidad. Guisante estaba al final de la lista. Si no lo hubiera ayudado dándole algunas colas de vez en cuando, no habría conseguido ninguna muerte.

El instructor me llevó a un lado.

—Mira, tú eres amigo de Guisante. Tienes que animarlo.

Encontré a Guisante detrás de una pila de hojas. Hice mucho ruido para darle tiempo de esconder las fotos de sus padres y enjugarse las lágrimas y los mocos de la cara.

—¿Nostalgia?

Asintió y apartó la mirada para que no le viera los ojos hinchados.

Saqué una fotografía de mi bolsillo interior.

—Yo también recuerdo a los míos.

Guisante se puso las gafas y miró la foto.

—Qué jóvenes son tus padres.

—La foto es de hace años. —Miré el traje de mi padre y el vestido de mi madre. Estaban como nuevos—. Supongo que no soy muy buen hijo. Lo único que he hecho estos años es preocuparlos. Nunca les he ayudado a sacarse una foto nueva. —Me empezó a picar la nariz.

—¿Sabes lo que hacen los macacos? —preguntó Guisante. Era imposible seguirle la corriente. Su mente era como un revoltijo de alambres y las ideas se movían por él a trompicones—. Los científicos descubrieron que sus cerebros también tenían neuronas espejo, por lo que, al igual que los humanos, también son capaces de comprender los sentimientos y las ideas de otros monos. Esas neuronas los ayudan a ser empáticos. ¿Entiendes?

No entendía.

—Empatía. Siempre consigues decir algo que ayuda mucho. Creo que es porque tienes un exceso de esas neuronas espejo.

Le di un golpetazo.

—¿Me acabas de llamar mono?

No se rio.

—Quiero volver a casa.

—No seas tonto. El instructor no te va a dar permiso. Además, quedará fatal en tu expediente. ¿Cómo conseguirías trabajo?

—No puedo hacerlo. —Guisante me miraba mientras hablaba despacio—. Las ratas no han hecho nada malo. Son como nosotros: hacen lo que pueden para sobrevivir. Pero nuestra misión es perseguirlas, y la suya, ser perseguidas. Creo que no cambiaría nada en caso de que intercambiáramos papeles.

No se me ocurrió nada que decir, así que me limité a ponerle la mano en el hombro.

Cuando volvía al campamento, me topé con Cañón Negro. Me sonrió.

—¿Haciendo de psicólogo para la nenaza?

Le hice una peineta.

—Ten cuidado de que no te vayas a ahogar con él —dijo, desafiante.

Intenté usar mis neuronas espejo para comprender los sentimientos y las ideas de Cañón Negro. No lo conseguí.

El instructor mira el mapa y el detector, pensativo.

El detector indica que hay una gran manada de ratas que avanza hacia la frontera de nuestro distrito. Al paso que vamos, deberíamos alcanzarlas en unas doce horas. Si las cazamos, habremos completado nuestra cuota. Nos cesarán con honores. Tendremos trabajo. Llegaremos a casa a tiempo para el Año Nuevo.

Pero hay un problema. El reglamento dice que las Patrullas de Control de Roedores no pueden atravesar las fronteras de los distritos para cazar. Se hace para evitar la competición y que se roben ejemplares entre patrullas.

El instructor se gira hacia Cañón Negro:

—¿Crees que podremos controlar la batalla para que se libre dentro de nuestro distrito?

Cañón Negro asiente.

—Se lo garantizo. Si en algún momento cruzamos la frontera, podéis quedaros todos con mis colas.

Reímos.

—Bien. Pues estad listos para partir a las 18:00 horas.

Encuentro un teléfono público en una tienda. Llamo primero a mi madre. Cuando le digo que volveré pronto a casa, se pone tan feliz que se queda sin habla. Cuelgo poco después porque no quiero que empiece a llorar. Luego, sin poder evitarlo, marco otro número.

El de Li Xiaoxia.

No tiene ni idea de quién soy. Impávido, le cuento toda nuestra historia hasta que se acuerda.

Ahora trabaja para la filial china de una empresa extranjera. Horario de oficina, mucho dinero. Es posible que el año que viene la envíen al extranjero para unos cursos. Todo pagado por la empresa. Parece distraída.

—¿Has recibido mis postales?

—Sí, claro. —Duda—. Bueno, las primeras. Después me mudé.

—Ya casi he terminado —afirmo.

—Bien. Qué bien. Ya me irás contando.

Me niego a rendirme.

—¿Recuerdas que cuando me fui dijiste que tuviera cuidado con las ratas? Dijiste que las habías visto. ¿Qué fue lo que viste?

Se hace un silencio largo y muy incómodo. Contengo la respiración, tanto que casi me desmayo.

—No lo recuerdo —responde—. Nada importante.

Me arrepiento de haberme gastado el dinero en esa llamada.

Apático, miro los rótulos en la parte baja de la televisión llena de estática que hay en la tienda: «El control de roedores marcha a buen ritmo». «La Alianza Occidental ha aceptado que tengan lugar conversaciones diplomáticas para tratar la tensión cada vez mayor con nuestro país». «Aumentan las oportunidades laborales para los nuevos licenciados universitarios».

Aunque las ratas han aprendido a obviar los controles que limitaban su reproducción, nuestra cuota no ha variado en consonancia. No tiene sentido, pero no me importa. Al parecer, tendremos trabajo y aumentarán las exportaciones. No da la impresión de que lo que hacemos aquí sea de importancia.

Se parece a lo que decía Xiaoxia: «Dicen que...», «se comenta que...». No son más que rumores o suposiciones. ¿Quién sabe realmente lo que sucede de puertas adentro?

Los hechos descontextualizados no implican nada, hay que observar el panorama general. Hay demasiadas relaciones, demasiadas oportunidades ocultas de las que aprovecharse, demasiada competencia. Es la partida de ajedrez más complicada del mundo. La Gran Partida.

Pero lo que más me importa es que me han roto el corazón.

Durante los últimos días, Guisante se iba a hacer sus necesidades con más frecuencia de la habitual.

Lo seguí en secreto. Vi que llevaba una pequeña lata de metal con pequeños agujeros en la tapa. La abrió con cuidado, soltó dentro unas galletas y murmuró algo.

Lo sorprendí y levanté una mano.

—Es que era muy bonita —dijo—. ¡Mira qué ojos! —Intentaba apelar a mis neuronas espejo.

—¡Va en contra de las normas!

—Deja que me la quede unos días —suplicó—. Luego la soltaré.

Los ojos se parecían mucho a los de la cría de rata. Eran muy brillantes.

A una persona tan nerviosa y descuidada como Guisante no se le daba bien guardar un secreto. Cuando me encontré con el instructor y Cañón Negro, sabía que aquel juego había terminado.

—¡Estáis protegiendo prisioneros de guerra! —gritó Cañón Negro. Me dieron ganas de reír, y Guisante ya lo hacía a carcajadas.

—Silencio —imprecó el instructor. Todos lo miramos, atentos—. Si me dais una explicación razonable, os trataré de la misma manera.

Supuse que no tenía nada que perder, así que se me ocurrió una «explicación» sobre la marcha. Al oírla, Cañón Negro se puso tan furioso que pensé que se le iba a quedar el ceño fruncido para siempre.

Guisante y yo trabajamos juntos toda la tarde para cavar un hoyo de unos dos metros de profundidad en la ladera de una colina. Lo cubrimos con un toldo lubricado. A Guisante no le gustaba mi plan, pero le dije que era la única manera de evitar que nos castigasen.

—Es muy inteligente —afirmó Guisante—. Hasta imita mis gestos. —Hizo una demostración. Era cierto, aquella pequeña rata era una buena imitadora. Intenté que me imitara a mí, pero no lo conseguí.

—Genial —dije—. Su CI ya es parecido al tuyo.

—Intento verla como un producto muy bien desarrollado —dijo Guisante—. Un hatajo de ADN modificado, pero es algo que no puedo aceptar a nivel emocional.

Nos escondimos a barlovento del hoyo. Guisante sostenía una cuerda. El cabo opuesto estaba atado a la pata de la cría de rata en el fondo del agujero. Tuve que recordarle de vez en cuando a Guisante que tirara de la cuerda para que la rata gimoteara de manera conmovedora. Le temblaban las manos. Odiaba hacerlo, pero lo obligué. Nuestros futuros estaban en juego.

Mi idea se basaba en suposiciones. ¿Cómo saber si aquellas criaturas artificiales respondían a los lazos familiares? ¿Responderían las ratas adultas a los instintos de crianza? ¿Cómo afectaría su nueva realidad reproductiva, esa en la que una rata hembra se apareaba con varios machos y los dejaba preñados?

Apareció una rata macho. Olisqueó cerca del agujero, como si intentara reconocer el olor. Luego cayó dentro. Escuché el sonido de las garras al intentar arañar el toldo lubricado. Me reí. Ahora teníamos dos ratas para usar como cebo.

El macho adulto era mucho más ruidoso que la cría. Si era cierto que tenían un buen CI, quizá estuviera avisando a sus compañeros.

Me equivocaba. Apareció otra rata macho. Se colocó junto a la trampa y dio la impresión de que mantenía una conversación con las ratas del interior. Luego cayó dentro.

Aparecieron una tercera, una cuarta, una quinta... Cuando ya había diecisiete ratas allí dentro, me empecé a preocupar de que el agujero no tuviera la profundidad adecuada.

Di la señal. Un instante después, varios hombres con lanzas rodeaban la trampa.

Las ratas habían empezado a construir una pirámide. La base estaba formada por siete ratas que se apoyaban contra los laterales de la trampa. Había cinco ratas sobre sus hombros que formaban el siguiente piso. Luego tres. Dos ratas más cargaban con la cría e intentaban subir.

—¡Un momento! —gritó Guisante. Tiró de la cuerda con cuidado para separar a la cría del resto de ratas adultas que cargaban con ella. Cuando la pequeña se separó de las demás, las que quedaban en la trampa se pusieron a chillar. La pena era patente a juzgar por los gritos. La pirámide se derrumbó al recibir el impacto de las lanzas. La sangre salpicó contra el plástico y resbaló despacio.

Las ratas habían decidido sacrificarse para rescatar a aquella pequeña con la que no tenían una relación directa. Nos habíamos aprovechado de algo así para cazarlas.

Sentí escalofríos.

Guisante atrajo la cría de rata hacia él. Cuando aquel viaje de pesadilla estaba a punto de terminar, apareció una bota de la nada y aplastó al animal contra el suelo.

Cañón Negro.

Guisante se abalanzó contra él. Puños en ristre.

Aquello pilló desprevenido a Cañón Negro, y la sangre le resbaló por las comisuras de los labios. Luego rio, agarró a Guisante y levantó el enjuto cuerpo del chico por encima de la cabeza. Se acercó a la trampa, llena de sangre y vísceras, e hizo ademán de lanzar dentro a Guisante.

—Creo que la nenaza quiere estar con sus nauseabundos amigos.

—¡Suéltalo! —espetó el instructor, que apareció y terminó con aquella locura.

Como la idea había sido mía, recibí una mención especial. El instructor mencionó la «educación universitaria» tres veces a lo largo de su discurso, ninguna de ellas con tono sarcástico. Impresioné hasta a Cañón Negro. Cuando estábamos solos, me dijo que deberían darme todas las colas que se habían conseguido en la batalla. Las acepté y luego se las di a Guisante.

Pero ya sabía que nada podía sustituir lo que le había arrebatado a mi compañero.

Granjas, árboles, colinas, estanques, carreteras... Los cruzamos como espectros en la noche.

Durante uno de los descansos, Cañón Negro sugiere al instructor que dividamos el pelotón en dos grupos. Los mejores guerreros irán en cabeza, mientras el resto los sigue en la retaguardia. Mira a su alrededor y luego añade, con tono trascendental:

—Si no lo hacemos, quizá no podamos cumplir la misión.

—No —respondo. El instructor y Cañón Negro me miran—. Un ejército es más fuerte cuando sus miembros están juntos. Avanzamos juntos y nos retiramos juntos. No sobra nadie. Y nadie es más importante que los demás.

Hago una pausa y miro fijamente a Cañón Negro, que está muy enfadado.

—De lo contrario, no seríamos muy diferentes de las ratas.

—Bien —dice el instructor al tiempo que se aparta un cigarrillo de la boca—. Permaneceremos juntos. Seguimos.

Cañón Negro camina a mi lado. Baja la voz para que solo yo pueda oírlo.

—Debería haber dejado que rodaras por la presa como la nenaza.

Me planto en el sitio.

Mientras se aleja, Cañón Negro mira hacia atrás y me sonríe. Lo he visto hacer una mueca con los labios como aquella en otras ocasiones: cuando me avisó para que no me ahogara con Guisante, cuando aplastó a la cría de rata, cuando levantó a Guisante en vilo o cuando rajó los vientres de las ratas macho.

Aquella tarde, Cañón Negro se encontraba junto a Guisante. Dijeron que Guisante había abandonado el sendero porque había visto una planta extraña, pero cuando no llevaba las gafas puestas el chico no veía prácticamente nada.

No debí haberme creído aquellas mentiras.

Los recuerdos se suceden uno tras otro mientras veo cómo Cañón Negro se aleja. Este es el viaje más difícil al que me he enfrentado jamás.

—Preparaos para la batalla —dice el instructor.

Sus palabras me sacan de aquella ensoñación. Llevamos diez horas de caminata.

La única batalla que me importa es la que me enfrenta a Cañón Negro.

Vuelve a amanecer. El campo de batalla es un bosque frondoso ubicado en un valle. Las paredes del acantilado que lo rodea son lisas y escarpadas. El plan del instructor es sencillo: un escuadrón avanzará para interponerse en el camino de la manada de ratas mientras atraviesa el valle y el resto de escuadrones irán detrás para cazar a todas las ratas que se topen a su paso. Fin de la partida.

Me escabullo entre los árboles para unirme al escuadrón de Cañón Negro. No tengo ningún plan, lo único que sé es que no quiero perderlo de vista. El bosque es denso y no hay mucha visibilidad. Una leve tonalidad azulada impregna la atmósfera. Cañón Negro nos hace marchar a paso rápido y serpenteamos entre los árboles y la niebla, como fantasmas.

Se detiene de improviso. Seguimos el dedo con el que señala y vemos varias ratas andando a unos metros. Hace un gesto para que nos separemos y las rodeemos, pero, cuando nos acercamos, todas las ratas han desaparecido. Nos damos la vuelta y vemos que se vuelven a encontrar a unos metros.

Nos ocurre varias veces más. Nos asustamos mucho.