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A ambos lados del Muro de las Tormentas, dos imperios se enfrentan a un torbellino que amenaza destruirlos. En Ukyu-Gondé, la princesa Théra, con la traición al acecho, es perseguida por un continente más vasto de lo nunca imaginó hasta los túmulos de la Ciudad de los Fantasmas, los icebergs en el lejano norte y los valles ocultos de las Montañas del Fin del Mundo. Théra cruzó el Muro de las Tormentas para llevar la guerra a las tierras Lyucu, pero ¿cómo se conquista lo inconquistable? Mientras, en Dara, la emperatriz Jia, el príncipe Phyro y Pékyu Tanvanaki se ven abocados a seguir caminos que nunca habrían elegido. Y descubrirán que hay poca diferencia entre la locura de los tiranos y la gracia de los reyes. Continuación de "El trono velado", "Huesos que hablan" es la épica conclusión a una de las grandes series de fantasía de todos los tiempos.
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Seitenzahl: 1914
Veröffentlichungsjahr: 2024
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HUESOSQUE HABLAN
Conclusión deLa Dinastía del Diente de León
KEN LIU
Traducción de Francisco Muñoz de Bustillo
ALIANZA EDITORIAL
Para todos aquellos que ponen los dientessobre el tablero al servicio del mutagé
Muchos de los nombres de Dara proceden del anu clásico. En este libro, la transcripción del anu clásico no utiliza dígrafos vocálicos; cada vocal se pronuncia de forma separada. Así, por ejemplo, «Réfiroa» contiene cuatro sílabas distintas: Ré-fi-ro-a. Del mismo modo, «Na-aroénna» contiene cinco sílabas: Na-a-ro-en-na.
La «i» se pronuncia como la «i» en español.
La «o» se pronuncia como la «o» en español.
La «ü» se pronuncia como la «ü» alemana o la transcripción fonética pinyin del chino.
Otros nombres tienen orígenes diferentes y contienen sonidos que no aparecen en el anu clásico, como «xa» en «Xana» o «ha» en «Haan». En esos casos, no obstante, cada vocal se sigue pronunciando por separado. Por tanto, «Haan» tiene dos sílabas.
La idea de que el anu clásico es un lenguaje inamovible, inalterado durante milenios, es atractiva y suelen defenderla los menos eruditos de Dara. No obstante, es falsa. Al ser la lengua (principalmente) utilizada en la enseñanza y entre el funcionariado, el anu «clásico» ha seguido evolucionando, influyendo y siendo influida por el lenguaje coloquial y por el contacto con nuevos pueblos, nuevas ideas y nuevas prácticas.
Los escribas y los poetas crean neologismos basados en raíces del anu clásico, así como nuevos ideogramas, para usarlos en su escritura, además de novedosas formas gramaticales que al principio se consideran solecismos pero luego se van aceptando, con el paso del tiempo, cuando los estilistas las adoptan sin mucha consideración hacia las quejas de los lingüistas moralistas.
Es más fácil observar los cambios del anu clásico en los propios ideogramas. No obstante, es posible percibir algunos de estos cambios incluso a través de las transcripciones (dejamos a un lado, de momento, la cuestión de que incluso el anu clásico hablado ha cambiado a lo largo del tiempo). El anu clásico en el que Kon Fiji escribió la mayor parte de sus observaciones no es la misma lengua en la que Vocu Firna escribió sus poemas.
Para hacer hincapié en el diferente registro que evoca el lenguaje para la gente de Dara, las palabras y frases en anu clásico van siempre en cursiva en el texto.
La transcripción de los nombres y palabras lyucu y agon presenta un problema diferente. Como su conocimiento nos llega a través de la gente y la lengua de Dara, los nombres que aparecen en este libro han sufrido un doble proceso de transformación. Cuando transliteramos términos lyucu o agon ocurre lo mismo que cuando los angloparlantes, o los hablantes de alguna otra lengua, escriben palabras y nombres chinos: solo consiguen aproximarse a los sonidos originales.
Los lyucu o los agon no usan el plural como lo hacen, por ejemplo, los españoles. Por el bien de los lectores en lengua castellana, en este libro se han puesto en plural algunas palabras como «pékyu» o «garinafin», para «naturalizarlas» en dicha lengua. Por otra parte, otras palabras y frases menos comunes mantienen el carácter de su origen no latino.
Los términos «dara», «lyucu» o «agon» pueden hacer referencia a una lengua, al pueblo que habla esa lengua, a la cultura de dicho pueblo o incluso a un único individuo perteneciente a dicha cultura, una práctica que se asemeja a la manera en que estas lenguas representan dichos conceptos de forma natural.
Asimismo, a diferencia del anu clásico, los términos y frases lyucu y agon no están en cursiva en el texto (con muy pocas excepciones). Para aquellos que hablan alguna de esas lenguas, no son términos extranjeros.
Al igual que la mayoría de las cuestiones relacionadas con la traducción, la transliteración, la asimilación, la adaptación y la migración, estas prácticas representan un compromiso imperfecto, que, dada la naturaleza de la historia re-recordada aquí, probablemente sea adecuado.
El Crisantemo y el Diente de león
Kuni Garu: Emperador Ragin de Dara, muerto durante la batalla del golfo de Zathin, aunque su cuerpo nunca fue recuperado.
Mata Zyndu: El fallecido hegemón de Dara, adorado por algunas sectas en Tunoa y por los soldados rasos como el culmen de la valentía y el honor militar.
Corte del Diente de León
Jia Matiza: Emperatriz y regente de Dara; consumada herborista.
Consorte Risana: Ilusionista y música consumada. Nombrada emperatriz de Dara a título póstumo.
Kado Garu: Hermano mayor de Kuni; posee el título carente de contenido de rey de Dasu; padre del príncipe Gimoto.
Cogo Yelu: Primer ministro de Dara; uno de los oficiales más antiguos al servicio de la Corte del Diente de León.
Zomi Kidosu: Secretaria de clarividencia; alumna brillante de Luan Zyaji y notable inventora por méritos propios; amante de la princesa Théra; hija de una familia de pescadores-agricultores de Dasu (Oga y Aki Kidosu).
Gin Mazoti: Mariscal de Dara y reina de Géjira; la estratega de batalla más brillante de su tiempo; vencedora póstuma de la batalla del golfo de Zathin; Aya Mazoti es su hija.
Than Carucono: Capitán general de caballería y almirante general de la Armada.
Puma Yemu: Marqués de Porin, experto en tácticas de ataque.
Soto Zyndu: Confidente y consejera de Jia; tía de Mata Zyndu.
Wi: Líder de las Aletas de Dyran, al servicio de la emperatriz Jia.
Shido: Miembro de las Aletas de Dyran.
Señora Ragi: Niña huérfana criada por Jia; al servicio de la emperatriz en misiones especiales.
Gori Ruthi: Sobrino del difunto tutor imperial Zato Ruthi y marido de la señora Ragi; notable erudito moralista.
Hijos de la Casa del Diente de León
Príncipe Timu (nombre de la infancia: Toto-tika): Emperador Thaké de Ukyu-taasa; primogénito de Kuni; consorte de Tanvanaki; hijo de la emperatriz Jia.
Princesa Théra (nombre de la infancia: Rata-tika): Nombrada por Kuni su sucesora y conocida durante un tiempo como emperatriz Üna de Dara; cedió el trono a su hermano pequeño Phyro al zarpar hacia Ukyu-Gondé para luchar contra los lyucu; hija de la emperatriz Jia.
Príncipe Phyro (nombre de la infancia: Hudo-tika): Emperador Monadétu de Dara; hijo de la emperatriz Risana.
Princesa Fara (nombre de la infancia: Ada-tika): Artista y recopiladora de cuentos populares; es la hija más pequeña de Kuni; hija de la consorte Fina, muerta en el parto.
Princesa Aya: Hija de Gin Mazoti y Luan Zyaji; nombrada princesa imperial por la emperatriz Jia en honor a los sacrificios de su madre.
Príncipe Gimoto: Hijo de Kado Garu, el hermano mayor de Kuni.
Los eruditos de Dara
Luan Zyaji: Estratega principal de Kuni; amante de Gin Mazoti; viajó hasta Ukyu-Gondé y descubrió el secreto de las aperturas periódicas del Muro de las Tormentas; conocido en vida como Luan Zya.
Zato Ruthi: Tutor imperial, destacado moralista de los tiempos modernos.
Kon Fiji: Antiguo filósofo anu; fundador de la Escuela Moralista.
Poti Maji: Antiguo filósofo anu; el discípulo más aventajado de Kon Fiji.
Ra Oji: Antiguo epigramista anu; fundador de la Escuela Flujista.
Üshin Pidaji: Antiguo filósofo anu; el discípulo más célebre de Ra Oji.
Na Moji: Antiguo ingeniero xana que estudió el vuelo de las aves; fundador de la Escuela Modelista.
Gi Anji: Filósofo moderno del tiempo de los estados Tiro; fundador de la Escuela Incentivista.
Miza Crun: renombrado estudioso de la fuerza sedamótica; en tiempos, mago callejero.
Ukyu-taasa
Tenryo Roatan: Alcanzó el rango de pékyu de los lyucu al matar a su padre, Toluroru; conquistador de las planicies; cabecilla de la invasión lyucu de Dara; murió en la batalla del golfo de Zathin.
Vadyu Roatan (apodada «Tanvanaki»): La mejor piloto garinafin y actual pékyu de Ukyu-taasa; hija de Tenryo.
Todyu Roatan (nombre de la infancia: Dyu-tika): hijo de Timu y Tanvanaki.
Dyana Roatan (nombre de la infancia: Zaza-tika): hija de Timu y Tanvanaki.
Vocu Firna: Thane próximo a Timu; poeta.
Cutanrovo Aga: Importante thane, comandante de las Fuerzas de Seguridad de la Capital.
Goztan Ryoto: Importante thane; rival de Cutanrovo.
Savo Ryoto: Hijo de Goztan; también conocido por el nombre dara de Kinri Rito.
Nazu Tei: Erudita; maestra de Savo.
Noda Mi: Ministro en la corte de Tanvanaki y Timu; traicionó a Gin Mazoti en la batalla del golfo de Zathin.
Wira Pin: Ministro en la corte de Tanvanaki y Timu; en una ocasión intentó persuadir al príncipe Timu para que se rindiera a los lyucu bajo el mando de Pékyu Tenryo.
Ofluro: Experto jinete garinafin.
Señora Suca: una de las pocas personas ajenas a los lyucu capaz de montar un garinafin; esposa de Ofluro.
La Espléndida Jarra y la Banda de las Flores
Rati Yera: Cabecilla de la Banda de las Flores; inventora analfabeta de máquinas ingeniosas.
Mota Kiphi: Miembro de la Banda de las Flores; tan fuerte como Mata Zyndu; superviviente de la batalla del golfo de Zathin.
Arona Taré: Miembro de la Banda de las Flores; actriz.
Widi Tucru: Miembro de la Banda de las Flores; abogado a sueldo.
Viuda Wasu: Cabeza del clan Wasu; conoció a Kuni Garu de joven.
Mati Phy: Subjefa de cocina de La Espléndida Jarra.
Lodan Tho: Jefa de camareros en La Espléndida Jarra; esposa de Mati.
Tiphan Huto: El hijo menor del clan Huto, rival del clan Wasu.
Mozo Mu: Joven chef de cocina empleada por Tiphan Huto; nieta de Suda Mu, legendario cocinero del tiempo de los reyes Tiro.
Lolotika Tuné: Chica estrella de El Aviario, la casa índigo más importante de Ginpen.
Kita Thu: Director de los laboratorios imperiales de Ginpen; dirigió los trabajos para descubrir el secreto del aliento flamígero de los garinafins durante la guerra contra los lyucu.
Séca Thu: Erudito; sobrino de Kita Thu.
Dara en general
Abad Hacha Destrozada: Jefe del templo de las Aguas Serenas y Fluidas en las montañas de Rima.
Zen-Kara: Erudita; hija del jefe Kyzen de Tan Adü.
Réza-Müi: Una alborotadora.
Égi y Asulu: Pareja de soldados de la guarnición de Pan.
Kisli Péro: Investigadora en uno de los laboratorios imperiales.
Tripulación de La que Disuelve las Penas
Razutana Pon: Erudito de la Escuela Cultivacionista.
Çami Phithadapu: Erudita; experta en ballenas.
Mitu Roso: Almirante; comandante en jefe de la expedición a Ukyu-Gondé.
Nméji Gon: Capitán de la nave La que Disuelve las Penas.
Tipo Tho: Antigua oficial de la fuerza aérea; comandante de infantería de marina a bordo de La que Disuelve las Penas.
Thoryo: Un misterioso polizón.
Los Lyucu
Toluroru Roatan: El unificador de los lyucu.
Cudyu Roatan: Cabecilla de los lyucu; hijo de Tenryo; nieto de Toluroru.
Tovo Tasaricu: El thane de mayor confianza de Cudyu.
Toof: Un piloto de garinafin.
Radia: Una jinete de garinafin.
Los agon
Nobo Aragoz: El unificador de los agon.
Souliyan Aragoz: Hija más joven de Nobo Aragoz; madre de Takval.
Volyu Aragoz: Hijo más joven de Nobo Aragoz; jefe de los agon.
Takval Aragoz: Pékyu-taasa de los agon; marido de Théra.
Tanto Garu Aragoz (nombre de la infancia: Kunilu-tika): Hijo mayor de Théra y Takval.
Rokiri Garu Aragoz (nombre de la infancia: Jian-tika): Segundo hijo de Théra y Takval.
Vara Ronalek: Anciana thane que se niega a dejar de participar en combate con garinafins.
Gozofin: Guerrero, diestro en la fabricación de arucuro tocua.
Nalu: Hijo de Gozofin.
Adyulek: Anciana hechicera, diestra en el retrato de espíritus.
Sataari: Joven hechicera.
Araten: Thane de confianza de Takval.
Dioses de Dara
Kiji: Patrón de Xana; Señor del Aire; dios del viento, el vuelo y los pájaros; su pawi es el halcón mingén; suele llevar una capa blanca; en Ukyu-taasa se le identifica con Péa, el dios que ofreció al pueblo el regalo de los garinafins.
Tututika: Patrona de Amu; es la más joven de todos los dioses; diosa de la agricultura, la belleza y el agua dulce; su pawi es la carpa dorada; en Ukyu-taasa se la identifica con Aluro, la Señora de los Mil Arroyos.
Kana y Rapa: Gemelas y patronas de Cocru; Kana es la diosa del fuego, la ceniza, la cremación y la muerte; Rapa es la diosa del hielo, la nieve, los glaciares y el sueño; su pawi son dos cuervos: uno blanco y otro negro; en Ukyu-taasa se las identifica con Cudyufin, el Pozo de la Luz, y Nalyufin, la Columna de Hielo, la del corazón despiadado.
Rufizo: Patrón de Faça; el Sanador Divino; su pawi es la paloma; en Ukyu-taasa se le identifica con Toryoana, el toro de pelo largo que vigila a las reses y a las ovejas.
Tazu: Patrón de Gan; impredecible, caótico, le encanta el azar; dios de las corrientes marinas, los tsunamis, los tesoros sumergidos; su pawi es el tiburón; en Ukyu-taasa se los identifica a él y a Lutho con Péten, el dios de los tramperos y los cazadores.
Lutho: Patrón de Haan; dios de los pescadores, la adivinación, las matemáticas y el conocimiento; su pawi es la tortuga marina; desapareció de Dara cuando se hizo mortal para embarcarse (como polizón) en La que Disuelve las Penas.
Fithowéo: Patrón de Rima; dios de la guerra, la caza y la forja; su pawi es el lobo; en Ukyu-taasa se le identifica con la diosa Diasa, la doncella-maza loba.
Montañas del Borde del Mundo: Quinto mes del noveno año posterior a la partida de la princesa Théra de Dara hacia Ukyu-Gondé (doce meses antes de que los lyucu deban zarpar con su nueva flota para invadir Dara)
Durante buena parte del invierno y de la primavera, los últimos restos de los rebeldes del valle de Kiri vivieron con miedo constante.
Encontraron un valle escondido en el que acampar en la parte occidental de las Montañas del Fin del Mundo, teniendo cuidado de no hacer ruido y de ocultar el humo, las basuras y otros signos de su presencia. Pero días más tarde observaron en el cielo del sur garinafins lyucu que los perseguían y tuvieron que recoger todo y seguir huyendo.
Tipo Tho, con su hijo recién nacido amarrado al pecho, propuso varias veces al grupo intentar ascender las enormes cumbres hacia el este y atravesar la cordillera, pero la mayoría de los guerreros agon supervivientes se opusieron rotundamente a ese plan. Cruzar las montañas suponía penetrar en el reino de los dioses, y eso simplemente no era algo que los mortales hiciesen.
—Pero precisamente por eso estaríamos a salvo —dijo Tipo—. A Cudyu tampoco se le ocurriría perseguirnos más allá de las montañas.
Los demás supervivientes dara asintieron. Esa parecía la opción más obvia.
Pero Takval y sus guerreros la miraron como si estuviera diciendo un disparate.
—Mira la altura de esas montañas —dijo Takval, señalando a los picos cubiertos de nieve. Estaban como a media ladera de una de las montañas y ya todos tiritaban y tenían problemas para respirar—. El frío es más intenso a medida que ascendemos, y Alkir no puede volar tan alto.
—Podemos cruzar a pie —dijo Çami Phithadapu—. Hay formas de mantenernos calientes. Podemos pensar en algún plan…
La vieja hechicera Adyulek soltó un juramento y se alejó enfadada.
—Con el debido respeto, no creo que sea el mejor momento para que los dara sugieran más cambios a la manera de proceder de los agon —dijo Gozofin.
Tipo, Çami y los demás se mordieron la lengua. Después del desastre acontecido en el valle de Kiri, la reputación de los dara entre los agon estaba hecha trizas. La gente de Takval culpaba a Théra por haberles obligado a cultivar en lugar de dedicarse al pastoreo y la caza, por confiar en sus armas mejoradas con la magia dara en lugar de hacerlo en las costumbres de los agon, por insistir en retrasar el ataque hasta que los lyucu regresaran a Taten, en lugar de hacer caso a la propuesta original de Volyu, la de un ataque rápido en la cuenca de Aluro… Para el pueblo de las planicies, el único argumento que al final contaba era la victoria en la guerra. Y como Théra era la responsable de la mayor derrota de los agon desde la muerte de Pékyu Nobo Aragoz, todo lo que ella había impulsado carecía de valor.
Por tanto, cuando la primavera llegó a las montañas, continuaban deambulando hacia el norte, sin ningún objetivo preciso más allá de la supervivencia.
Mientras los supervivientes dara estaban furiosos por el trato injusto que consideraban recibía su princesa, Théra se mantenía impasible.
Más exactamente, permanecía en el estado casi catatónico en que había caído tras la pérdida de Kunilu-tika y Jian-tika. Pasaba la mayor parte de las horas de vigilia toqueteando la bolsa con bloques de ideogramas de arcilla cocida y una vieja máscara de seda con un ribete bordado de bayas de tolyusa, tan gastada que estaba casi hecha jirones. No proponía nada ni daba orden alguna; obedecía dócilmente cualquier instrucción que recibiera; el mero hecho de sobrevivir le parecía un peso mayor del que podía soportar.
A pesar del agobio que le producía la responsabilidad de mantener con vida al pequeño grupo por sí solo, Takval nunca dejó de intentar ayudar a Théra. La abrazaba en su tienda y le hablaba de su amor y de cuánto la necesitaba, aunque ella nunca respondiera. Pidió a Adyulek que intercediera ante los dioses en nombre de Théra, pero la vieja hechicera sacudió la cabeza, explicándole que poco podía hacer ella si la princesa ni confiaba en los dioses de Gondé ni los temía.
—Ella no es agon, y tiene demasiado orgullo para aceptar nuestra sabiduría —dijo Adyulek—. Tal vez, como su pueblo está menos acostumbrado a perder algún hijo, carece de la fuerza innata para recobrarse de un golpe como ese. Dejad que soporte su merecido sufrimiento; después de todo, su terquedad es responsable de nuestras penalidades.
Takval no estaba de acuerdo con ese juicio, pero no podía obligar a la vieja hechicera a dejar de lado sus sospechas y sus prejuicios. Al final pidió a Thoryo que se convirtiera en su cuidadora, con la esperanza de que aquella misteriosa muchacha dotada de un don para las lenguas pudiera ofrecer cierto consuelo a Théra con el acento de Dara.
Así que Thoryo pasaba todo el tiempo con la princesa. La alimentaba, la bañaba, le cantaba con dulzura y la sujetaba a la malla del garinafin, a su lado, cuando el grupo tenía que proseguir viaje por los cielos.
También hablaba con ella. No de estrategias y conspiraciones, de proyectos y grandes ideales. Simplemente se la llevaba a algún claro tranquilo de los bosques de ladera, donde florecían en todo su esplendor las flores alpinas, o a algún acantilado a la puesta de sol, cuando los pájaros se lanzaban en picado a través de las nubes doradas y carmesíes como peces coloridos en un mar pintado. Entonces hablaba con dulzura a la princesa de la belleza que las rodeaba.
Un día, tras un chaparrón primaveral, Thoryo llevó a Théra a un altozano situado por encima del valle en el que acampaba el grupo. Se sentaron sobre una roca. Todo brillaba con una luz húmeda y vívida: los árboles, la hierba, las relucientes bayas encarnadas de los arbustos, las setas amarillentas que sobresalían del borde de la roca en la que se sentaban. Un arcoíris cruzaba el cielo frente al sol.
—Este es mi momento favorito, ascender a un lugar elevado justo después de llover —exclamó Thoryo—. ¡El mundo está renacido!
Théra, como siempre, no dijo nada. Pero Thoryo escuchó un ruido como de rascar que le hizo mirar a un lado. Para su sorpresa, vio que las manos de Théra se agitaban en su regazo como pajarillos asustados, buscando algo que no existía. Con cautela, colocó una mano sobre las de ella, calmando esos dedos inquietos. Por primera vez en mucho tiempo, vio que movía los labios, como si tratara de hablar.
Se inclinó hacia ella. La voz de Théra era tan apagada que apenas podía distinguir las palabras.
—… ascender a un lugar elevado… después de una lluvia de primavera…
—¡Princesa! ¿Estáis bien? —exclamó asustada.
Théra pestañeó, como si quisiera despertar de un largo sueño. La tensión y el color regresaron a los flácidos músculos de sus mejillas mientras fijaba en Thoryo su mirada. Se aclaró la garganta y habló con una voz rasposa por el desuso.
—Una gran señora a la que conocí hace muchos años me dijo que la contemplación del mundo rejuvenecido por la lluvia era uno de los mayores placeres del mundo.
Thoryo asintió.
—Estoy de acuerdo.
Los ojos de Théra se llenaron de lágrimas mientras su cuerpo se convulsionaba. Thoryo la abrazó y sostuvo la cabeza de la princesa sobre su hombro, de la misma forma que Théra solía hacerlo en Lurodia Tanta, cuando Thoryo estaba convencida de que nunca lograrían salir con vida del desierto.
—Zomi… Takval… Dara… mi familia… mis hijos… todos los muertos… todos aquellos a quienes toco terminan heridos, perdidos, desaparecidos, arruinados… mi corazón está de luto.
Thoryo le acariciaba suavemente la espalda, sin decir nada. Pasó mucho tiempo antes de que se aplacaran los lamentos de Théra.
—El día que me encontrasteis —dijo Thoryo—, cuando vi los cadáveres de todas esas personas del barco-ciudad de los lyucu y los soldados dara flotando en el mar, nada podía consolarme. Era incapaz de entender que los dioses pudieran ser tan crueles y darnos la vida solo para arrebatárnosla después.
Théra se incorporó y se secó los ojos, escuchando atentamente.
—Me preguntaba incluso por qué habíamos de creer en la existencia de los dioses. Los sabios anu hablan del Río en el que Nada Flota, y los agon de cabalgar más allá de las Montañas del Fin del Mundo sobre garinafins-nubes. ¿Pero acaso alguien ha regresado del país de la muerte para ratificar estas afirmaciones? Parece que en este mundo no existe sino el terror a la muerte; la muerte es la única verdad frente a la cual todo valor y lucha son pura vanidad. ¿Por qué no se da todo el mundo por vencido?
Théra se estremeció al oír sus propios miedos reflejados en las palabras de Thoryo.
—No he encontrado ninguna respuesta en las palabras de los sabios anu o en las historias de los chamanes agon. Pero he experimentado el mundo a través de mis sentidos. La muerte sobreviene a todas las cosas: las flores se marchitan, los árboles se secan y mudan las hojas, el sol se pone, la oveja o la vaca más fuertes se debilitan con la edad, las voces se atenúan, las fragancias dulces se disipan, se apaga la luz en los ojos más vivos. Pero la belleza nunca muere. La belleza siempre se renueva a sí misma.
Señaló con el dedo y Théra lo siguió comprendiendo la promesa del arcoíris.
—Después de cada invierno llega la primavera, y toda muerte va acompañada de la promesa de nueva vida. Con su último aliento, el almirante Mitu Roso trató de salvar de los lobos a los niños del valle de Kiri. La noche del ataque lyucu, Souliyan Aragoz y Nméji Gon eligieron darnos algún tiempo ofreciendo sus propias vidas. No es que no temieran la muerte. Pero a la vez se veían como parte de algo más vasto, una Vida más grande que nunca muere en tanto la vida de cada individuo se niegue a caer en la desesperación.
—Hablas del Flujo —musitó Théra—, al igual que aquella gran señora que compartió sus semillas de loto conmigo en una ocasión. Me habló del infinito potencial de un corazón vacío, del placer siempre renovado de simplemente ser. Pero mis errores…
—No soy lo bastante sabia para conocer la voluntad de los dioses o el curso correcto de la vida —dijo Thoryo—. Lo único que sé es que el mundo es demasiado grande, demasiado bello, demasiado interesante como para que un solo acto nos defina. La muerte solo triunfa cuando dejamos de aprender y de crecer. Mientras nuestros pulmones canten con el don de la vida, no podemos dar la espalda a la Vida.
Théra no dijo nada. Calmó su corazón y abrió los sentidos al intenso brillo carmesí de las bayas, a la fragancia silvestre de las setas, al lejano canto de un cuco, a la tibia caricia de la brisa primaveral. Se dejó llevar por el Flujo como si se sumergiera en el mar eterno.
Taten-ryo-alvovo: Quinto mes del noveno año posterior a la partida de la princesa Théra de Dara con destino a Ukyu-Gondé (doce meses antes de que los lyucu deban zarpar con su nueva flota para invadir Dara)
Con la llegada de la primavera, la región montañosa que bordeaba la costa occidental del Mar de las Lágrimas, conocida como Taten-ryo-alvovo, la Ciudad de los Fantasmas, volvió a la vida.
A medida que se aproximaba al Mar de las Lágrimas, el Río Fantasma abandonaba la urgencia de sus fuentes juveniles procedentes del deshielo de las montañas, ralentizaba su curso y se agrandaba para abrazar la tierra con la tranquila amabilidad que acompaña a la edad. Mucho antes de alcanzar el inmenso lago donde terminaba su viaje, la mayor parte de sus aguas se habían filtrado en el suelo, convirtiendo la tierra que rodeaba la orilla oriental en un gigantesco pantano.
Los mogotes que formaban la Ciudad de los Fantasmas, llamados túmulos, se elevaban desde este terreno pantanoso. Cubiertos de una gruesa capa de exuberante hierba, dichos mogotes se asemejaban a enormes bestias peludas descansando. Entre ellos, allí donde el marjal alternaba con la tierra seca, podían verse matorrales e incluso bosquecillos de árboles engalanados con flores de todas las tonalidades del arcoíris, que prometían bayas y frutos en el otoño. Entre las sombras moteadas se columbraban siluetas de pájaros revoloteando y pequeños animales.
Había sido un invierno duro para el pequeño grupo de refugiados. Para obtener agua tuvieron que derretir el hielo astillado que conseguían en el lago salado —afortunadamente, el borde de los túmulos proporcionaba abundante hierba seca y leña para combustible. Al principio, Razutana tenía miedo de que el humo pudiera atraer a los perseguidores, pero Sataari le dijo que no debía preocuparse. Nadie se acercaba jamás a la Ciudad de los Fantasmas, ni lyucu, ni agon, ni tanto-lyu-naro, ni siquiera los dioses.
Aunque ni Sataari ni Razutana eran grandes cazadores, los niños agon, encabezados por el formidable Nalu, el mejor amigo de Tanto y Rokiri, asumieron la carga de proporcionar el sustento al grupo. El hecho de que ninguna partida de caza se aproximara jamás a los túmulos y que las presas no hubieran aprendido a temer a los humanos les facilitó la tarea. Incluso en lo más crudo del invierno, Nalu y su banda capturaron liebres, campañoles y lagartos y serpientes en hibernación, y Razutana y Sataari excavaron para extraer de la tierra tubérculos, raíces y depósitos de frutos secos escondidos por las ratas de pelaje grisáceo cerca de los mogotes. De ese modo consiguieron mantener a raya el hambre. Casi siempre.
Junto a los montículos yacían cinco pequeños cuerpos, casi ocultos por la vegetación rejuvenecida. Ahora que los insectos y los animales mayores volvían a estar activos, los niños muertos pronto empezarían el pédiato savaga, un viaje que concluiría cuando se reunieran con sus padres a lomos de garinafins-nubes.
La aflicción, como la nieve, tenía que rendirse ante las demandas aceleradas de la vida, la compulsión debía continuar.
A lo largo del invierno Razutana había instado varias veces al grupo a trasladar su campamento hacia el interior de los túmulos, pues pensaba que allí encontrarían más y mejor comida que donde acampaban, al borde de las salinas. Pero Sataari no quiso ni oír hablar de ello y ninguno de los niños agon —ni siquiera el juicioso Nalu— consideró prudente esta sugerencia. Al final, Razutana descartó la idea.
Pero con la llegada de la primavera, Razutana renovó su solicitud. La corazonada que había tenido durante el invierno era acertada. La vitalidad y fecundidad de los túmulos era evidente para cualquiera. Parecía obvio que, si querían evitar que se repitiera la tragedia del pasado invierno, deberían trasladarse al interior de los propios túmulos, construir refugios y fosos de almacenamiento y dedicar buena parte del verano y del otoño a reunir una reserva de comida para el siguiente invierno.
Sataari sacudió la cabeza y le explicó que el precio de sangre que había pagado a la Madre de Todos solo le daba derecho a aprovechar lo que pudiera hasta el borde de los mogotes, pero no a penetrar en su interior. Poner el pie en el interior de la Ciudad de los Fantasmas significaba traer la ruina a todo el grupo.
La mayoría de los niños agon asintieron al oírlo, pero Tanto y Rokiri estaban desconcertados. Todavía no comprendían la naturaleza del lugar.
—¿Por qué actúas como si todo este sitio estuviera lleno de ardiente lava o de miasmas venenosas? —preguntó Razutana con exasperación—. ¿Por qué los lyucu y los agon nunca se establecieron aquí, aunque sea un perfecto oasis?
—Porque no se nos permite.
—¡Eso no explica nada! ¿Es… sagrada la Ciudad de los Fantasmas?
Sataari sacudió la cabeza, luego asintió, y luego volvió a sacudir la cabeza.
Perplejo, Razutana lo intentó de nuevo:
—¿Está… maldita?
Sataari asintió con la cabeza, luego la sacudió y luego volvió a asentir.
—Me temo que estoy completamente perdido.
—Este lugar es la razón por la que vivimos en la Sexta Era —dijo Sataari. En su voz había sobrecogimiento y repulsión, reverencia y terror.
—Conozco las Eras de la Humanidad —dijo Razutana—, pero nunca he oído hablar de los túmulos de Taten-ryo-alvovo.
—Eso es porque se trata de una historia triste, que no se cuenta a menudo —dijo Sataari.
Hicieron una pequeña hoguera, y montaron una batería de pequeños tambores, fabricados con vértebras de serpiente y piel de campañol, para sustituir a los verdaderos tambores de cactus. Mientras los niños se juntaban alrededor del fuego alimentado por hierba, que producía un espeso humo, Sataari comenzó a cantar y danzar.
El pueblo de las planicies creía que el mundo había surgido del caos primordial cuando se acoplaron el Padre de Todos y la Madre de Todos, pero así como los padres de las planicies no podían contar con que todos sus hijos sobrevivieran hasta llegar a adultos, la pareja de Principales Deidades no podía contar con la permanencia de sus creaciones.
El mundo era tan mortal como sus habitantes.
(Razutana, Tanto y Rokiri se acercaron, embelesados).
Los lyucu y los agon no eran el primer pueblo. Los dioses habían rehecho el mundo una y otra vez. Antes de Afir y Kikisavo hubo otros pueblos.
Durante la Primera Era de la Humanidad, el mundo era tan plano como una pieza recién raspada de vitela para hacer pintura vocal y tan seco como Lurodia Tanta. Las personas —no tenían la forma de los humanos de la presente era— se mantenían clavadas al suelo como lóbulos de cactus. La única agua que podían beber era la del rocío y el único aliento que podían inhalar y exhalar era el producido por el viento. Solo necesitaban la luz del sol para sustentarse y ofrecían letárgicas plegarias a los dioses meciendo lentamente su pose vegetal.
A los dioses les pareció que ese mundo estaba demasiado carente de movimiento y se comportaba de un modo demasiado complaciente. Así que enviaron un águila con un palo ardiendo en el pico, que inició fuegos en todo el mundo hasta consumirlo en una ardiente marea.
(Mientras cantaba y danzaba, Sataari trazaba figuras en el suelo con la punta de los dedos de los pies. Sorprendidos, Razutana y los pékyus-taasa reconocieron las figuras: pequeñas versiones de esos fantásticos e inmensos diseños que habían visto desde el aire en las salinas, cuando venían de camino).
En la Segunda Era de la Humanidad, los dioses cambiaron su punto de partida. Inundaron Ukyu-Gondé y un enorme océano cubrió el mundo entero. En esta ocasión, los humanos fueron recreados tan resbaladizos como los peces y recorrían el océano-mundo en busca de peces más pequeños y gambas, haciendo crujir sus mandíbulas al aplastar cangrejos y ostras. Los humanos no podían hablar —con agua en los pulmones, ¿cómo iban a producir respiración pensante?— ni contaban con extremidades capaces de realizar pinturas vocales.
Los dioses encontraron este mundo demasiado silencioso, demasiado parecido a una muerte viviente. Así que enviaron una ballena con dientes formados por carámbanos, que dejaba a su paso regueros cristalinos y estelas de espuma de granizo que se resistían a disolverse por doquiera que nadaba, hasta que el mundo entero se convirtió en un sólido bloque de hielo.
En la Tercera Era de la Humanidad, los dioses rehicieron el mundo creando las nubes y transformando a los humanos en aves. Cada tribu cantaba con un estilo diferente y la música creada por el piar, el trinar y el gorjear complacía los oídos de los inmortales. Pero entonces algunos de los humanos-aves se envalentonaron y decidieron que preferían volar cada vez más alto en lugar de permanecer en el reino sublunar, y su cacofonía hizo que se descolgaran las estrellas del firmamento.
Los dioses, incapaces de aguantar el alboroto, decidieron destruir ese mundo enviando mil miles de rayos, incinerando las nubes y a los humanos alados en un brillante destello.
Durante la Cuarta Era de la Humanidad, los dioses decidieron castigar a sus parientes humanos por atreverse a llegar hasta las estrellas. Reconstruyeron el mundo con huesos y estiércol, y los humanos renacieron como criaturas similares a los insectos, atrapados por siempre en la muerte y la corrupción. Llevados por el hambre, consumían todo aquello que tocaban sin tomar en cuenta el hedor y las inmundicias y, sin embargo, su hambre nunca quedaba satisfecha.
Los dioses no necesitaron hacer mucho para concluir esta era, porque los humanos pronto acabaron con el mundo por su cuenta. Después de devorarlo todo, quedaron atrapados en la oscuridad vacía, la ausencia que sobrevivió a toda sustancia.
Habiendo aprendido de sus intentos anteriores, los dioses crearon la Quinta Era de la Humanidad como un paraíso. Había equilibrio entre el suelo fértil y el agua dulce, los suaves vientos y el sol apacible. La leche bullía de manantiales del suelo y la miel se juntaba en lagos aromáticos e indulgentes. Los corderos y las terneras se tumbaban voluntariamente junto a las personas para ser sacrificados, y por todas partes brotaban frutas y semillas tan nutritivas que te sentías saciado con tres mordiscos. Los fieros lobos y los tigres de colmillos se mantenían lejos de la gente, subsistiendo solo de materia muerta. Los humanos disfrutaban vidas de ocio y abundancia, y cada año eran más los niños que nacían. Ningún anciano se veía obligado a caminar hacia la tormenta invernal y padres y madres no tenían que estrangular a los bebés recién nacidos para poder dar de comer a los demás hijos.
Los dioses esperaban que los humanos fueran capaces de vivir en este mundo donde todo era bueno y de ofrecer alabanzas piadosas a sus creadores.
Y, al principio, eso fue exactamente lo que hicieron. Pero a medida que aumentaba la población aumentaba la inquietud en sus corazones. Cansados de alabar lo divino, en su ociosidad inventaron artilugios fantásticos que imitaban el poder de los dioses, construyeron grandiosas cicatrices de la mente para narrar historias con montones de huesos, troncos y piedras que pretendían superar la grandeza del Padre de Todos…
(¿Los gigantescos dibujos con piedras que vimos son cicatrices de la mente? —preguntó Razutana—. ¿Son restos de una era pasada?
Sataari le ignoró y continuó).
—… y se entretenían con cantos, poemas e historias interminables que pretendían sobrepasar la sabiduría de la Madre de Todos. Creían que estaban cerca de alcanzar la divinidad gracias a sus esfuerzos, olvidando que no eran sino otra iteración dentro de los interminables esfuerzos de los dioses por perfeccionar su propia creación.
Los humanos se hicieron ambiciosos y codiciosos. En lugar de vivir de la abundancia de la tierra, como era la intención de los dioses, comenzaron a esclavizarla. Ante la ausencia de predadores, sequías o tormentas que los asolaran, decidieron que deberían dejar de vagar para poder acumular posesiones. Se juntaron en grandes tribus y dividieron la tierra en parcelas separadas con cercas de piedra para marcar los límites, de modo que las frutas, semillas o tubérculos que salieran en cada parcela pertenecieran exclusivamente a la tribu que reclamara esa parcela. Se instalaron en ciudades de tiendas fijas y encerraron a ovejas y reses para que no pudieran pastar y vagar libremente. Taponaron y aprisionaron con diques los ríos para que los peces no tuvieran donde ir excepto a sus cazuelas. Construyeron estructuras y aparatos cada vez más complicados para celebrar el poder de la humanidad, pero apartaron el rostro de los dioses.
Como las tribus siguieron multiplicándose y dejaron de vagar en busca de nuevos pastos, la tierra no tenía tiempo para recuperarse. Los atestados clanes trataban de extraer cualquier brizna de alimento del mundo con sus inteligentes inventos, dispositivos que esclavizaban la tierra, el agua y el aire. A medida que el pueblo clamaba ¡Más! ¡Más! ¡Más!,empezaron a guerrear entre ellos y aprovecharon su inteligencia para ingeniar armas mortíferas y magia negra que podía acabar con miles de un solo golpe.
Y se hicieron tan malvados que, tras la muerte, en lugar de ofrecer sus cuerpos a los buitres y los lobos, que también eran criaturas de los dioses, decidieron enterrar a los muertos en el suelo, como si quisieran conservarlos en pozos subterráneos, y amontonar junto a los cuerpos tesoros y armas mágicas, como si pudieran llevarse esos objetos a la otra vida.
Luego cubrían esos panteones egoístas con montones de tierra, para negar a los carroñeros su legítimo derecho y erigir monumentos a su propia codicia. La tierra se llenó de túmulos, como si unos estúpidos topos hubieran llenado de túneles el subsuelo y levantado protuberancias por doquier llevados de su ignorancia y su ceguera.
Los dioses, apesadumbrados porque los hombres hubieran profanado su perfecta creación, enviaron monstruos para castigar a los ingratos. Garinafins solo formados por huesos volaron por toda la tierra, quemando sus cabañas y carbonizando sus depósitos de comida; tigres con colmillos de metal de estrella penetraron en sus corrales y masacraron a los animales allí encerrados; fieros lobos con dientes y garras de piedra despedazaron a hombres, mujeres y niños por igual, sin piedad. Y hubo muchos otros monstruos, todos indescriptiblemente terribles.
Los ríos se secaron y los lagos se encogieron. El agua que había sido dulce y refrescante se volvió salada y amarga. La tierra que había estado poblada por una vegetación exuberante se convirtió en un desierto. El viento levantaba un polvo que cegaba a las personas y les laceraba la piel hasta cubrirla de sangre. El mundo, que había sido un paraíso, se hizo tan inhóspito que los humanos no tuvieron más remedio que abandonar sus delimitadas parcelas, marcharse de sus asentamientos fijos y acabar con la esclavización de la tierra.
Y así es como se llegó a la Sexta Era de la Humanidad, cuando los humanos fueron expulsados a las planicies, llenas de terribles tormentas y brutales sequías, azotadas por los rayos y purificadas por los incendios de la pradera. Las personas olvidaron todo su conocimiento vano, desecharon su falsa sabiduría y se acurrucaron en la oscuridad —hasta la llegada de Kikisavo y Afir, quienes lucharon contra los dioses y ganaron para las tribus la sabiduría que necesitaban para sobrevivir en ese mundo degradado.
Las tribus ya no tenían la libertad de tener tantos hijos como quisieran, sino que debían sacrificar a los ancianos y a los enfermos, al igual que sacrificaban sus propios rebaños y manadas. Ovejas y reses debieron volver a pacer libremente para no sobrecargar los pastos, escasamente cubiertos por resistentes matorrales, cactus llenos de espinas y yerba quebradiza y lacerante. Versiones más pequeñas de los monstruos que destruyeron las vidas de sus ancestros actuaban como recordatorio de la arrogancia de la humanidad y del modo en que había disgustado a los dioses. Nada queda de los grandes asentamientos de la Quinta Era excepto esos túmulos funerarios, los mogotes de la costa oriental del Mar de las Lágrimas llamados la Ciudad de los Fantasmas.
Los túmulos eran un recordatorio de lo que ocurría cuando los humanos sucumbían ante su propia soberbia, monumentos a la depravación de unas vidas sostenidas mediante la explotación de la tierra en vez de sometiéndose a su sabiduría.
A pesar de la apariencia de abundancia, los túmulos eran terreno prohibido. Cualquiera que penetrara en ellos provocaría la ira de los dioses y sería maldito de forma que nunca podría salir de allí. Los refugiados habían logrado la bendición de la Madre de Todos para quedarse al mismo borde de los túmulos debido a la desesperada situación en que se encontraban, pero pedir más sería cometer el mismo error que aquellos que vivieron al final de la Quinta Era, cuyo orgullo y codicia habían provocado su caída.
Aunque Sataari era una experimentada narradora, la fábula de Taten-ryo-alvovo se desvaneció de la mente de la mayoría de los niños tras unos pocos días. Ya conocían la historia, al menos a grandes rasgos, y había demasiado que hacer en el asentamiento como para dar muchas vueltas a los viejos mitos.
Bajo la dirección de Razutana, construyeron un sistema de purificación del agua basado en las experiencias de Takval y Théra en Lurodia Tanta, que convertía el lago salado en una fuente adecuada de agua potable. Nalu dirigió a los demás niños al borde de los túmulos, a cazar perdices, liebres, ratas grisáceas y el poco habitual ciervo de astas musgosas. También recogieron huevos de charrán de las mareas en la costa rocosa del lago y pescaron cangrejos peludos y artemias gigantes en los bajíos. Lo que no podían comer inmediatamente, trataban de convertirlo en tasajo y penmican.
Razutana y Sataari se llevaban a los niños de expedición para recoger bayas y frutos secos y escarbar en busca de tubérculos. La pareja se complementaba bien. Sataari aprovechaba su acervo chamanístico sobre plantas comestibles y medicinales; Razutana había estudiado la flora nativa durante años mediante las técnicas de los agricultores dara. Junto a los túmulos había muchas plantas que ninguno de los dos conocía, y en esos casos la pareja aprendió a combinar sus habilidades e instintos para experimentar con cautela, separando las que eran seguras y útiles de las tóxicas y carentes de valor.
Cuando estaban en el valle de Kiri no habían llegado a conocerse bien, debido al mutuo recelo entre los chamanes agon y los eruditos dara. Pero ahora, en una situación en la que ambos debían colaborar para mantener con vida a un grupo grande de niños en un entorno ignoto, descubrieron un desconocido aprecio por el campo de conocimiento del otro.
Y, lo que era más sorprendente, Razutana descubrió que disfrutaba de la compañía de Sataari. Su mente se aceleraba con la manera en que ella danzaba y se movía a la luz del fuego, cuando su figura flexible y juvenil animaba las leyendas de los antiguos; su corazón se desbocaba en las ocasiones en que ella le elogiaba por una fórmula magistral de hierbas; él intentaba hacerla reír, a pesar de las presiones y el estrés que les suponía el mundo desconocido que los rodeaba, porque al oír su risa sentía como si caminara entre nubes.
Para mantener este ambiente feliz, se resistía a la urgencia de sugerir que intentaran cultivar alguna de las nuevas plantas en las huertas cercanas al asentamiento, para obtener una fuente de alimentos más segura. Ahora que comprendía mejor el origen del vehemente rechazo de los agon a la agricultura, era capaz de predecir su reacción sin llegar a verbalizar la idea.
No obstante, a diferencia de los niños agon, Razutana no podía sacarse de la cabeza la historia de Taten-ryo-alvovo.
Imbuido del escepticismo general que profesaban los eruditos de Dara por la existencia de todo lo sobrenatural, Razutana no podía evitar esforzarse por encontrar sentido a las leyendas de los agon comparándolas con las sagas de Dara. ¿Acaso los patrones cíclicos de dichas leyendas indicaban una diferencia filosófica fundamental en la forma de pensar de los lyucu y los agon, en comparación con la del pueblo dara, cuya filosofía tendía a hacer hincapié en la perfectibilidad y el progreso de la humanidad mediante el cambio? ¿O acaso la añoranza de una mítica era dorada representa un escape mental para superar las duras condiciones del presente, al igual que el mito dara de la tierra perfecta de los anu, ahora sumergida en el mar occidental, ofrecía esperanza al pueblo en épocas de guerra y agitación?
Aunque Razutana, como Théra, no daba mucha importancia al reino situado más allá del mundo mortal, creía probable que las viejas historias que han sobrevivido muchas generaciones contengan alguna verdad —pero una verdad encerrada en el lenguaje de las metáforas, ya difícil de interpretar. Su mente nunca dejaba de intentar descifrar la historia real que subyacía bajo el fantástico acervo del pueblo de las planicies.
Había otra persona cuya imaginación se vio cautivada por la leyenda de Taten-ryo-alvovo: Tanto.
Todos los niños del asentamiento sufrían pesadillas y eran propensos a ataques de melancolía. Aunque las mentes jóvenes son resilientes, la pérdida de padres y abuelos, o al menos la prolongada separación sin saber cuál era su suerte, dejaba profundas cicatrices. Si a eso le añadimos que la comunidad del valle de Kiri, la única tribu y el único hogar que habían tenido, había desaparecido, era un milagro que se mantuvieran tan bien como lo hacían.
Sataari y Razutana mantenían ocupados a los niños con trabajo y tareas constantes. Esto se debía, solo en parte, a que eran muchas las tareas que debían realizar para su supervivencia; pero también era una manera de distraer sus mentes traumatizadas con un propósito. Sataari trataba de entretenerles con interpretaciones vespertinas de las leyendas tradicionales de las planicies: «La bruja tigre y el naro de once dedos», «Cómo consiguió su pelaje el fiero lobo», «El tanto-lyu-naro perdido en el cementerio» y otros similares. Como no se trataba de fábulas sagradas, podía narrarlas de un modo sencillo, sin acompañarlas de danza. Razutana, por su parte, re-recordaba episodios de la historia de Dara, siendo las hazañas del héroe Iluthan en las Guerras de la Diáspora y las proezas del hegemón las favoritas de los niños.
Una noche, cuando Razutana relataba ante un círculo de niños cómo el hegemón obtuvo su espada, Na-aroénna, La que Acaba con las Dudas, Tanto se abrió paso en silencio saliendo del círculo hasta llegar adonde estaba Sataari.
—Cuéntame más de las armas mágicas que usaba la gente durante la Quinta Era —le suplicó.
—¿Por qué quieres saber de ellas? —preguntó Sataari con el ceño fruncido—. Eran armas malvadas, inventadas en una era depravada y manejadas con falso orgullo.
—Quiero saber más de ellas… para averiguar si las armas que mi madre quería enseñarnos a construir también son peligrosas.
Sataari se relajó y asintió con aprobación.
—Está bien. Las antiguas leyendas cuentan que los jefes vanagloriosos de la Quinta Era aprendieron a manejar el poder del rayo, de modo que una única guerrera podía aturdir a cien cientos de naros con un solo movimiento de su báculo mágico. También se dice que aprendieron a controlar el poder del trueno de modo que solo con tocar una batería de tambores creaban un ruido que podía derribar de un golpe a mil miles de culeks, cuyos ojos y oídos rezumaban sangre. Por último, se cuenta que aprendieron a dominar el poder del viento, y con solo orientar al aire un conjunto de trompetas de hueso podían imitar la voz de los dioses y hacer surgir del cielo insectos, aves, e incluso garinafins.
Los ojos de Tanto se mantenían abiertos de par en par mientras escuchaba atentamente.
—¿Tan poderosos eran? ¿Crees que los guerreros y los jinetes que mandaba el padre de mi padre habrían sido capaces de resistir esas armas?
Sataari sacudió la cabeza.
—Claro que no. ¿No me estabas escuchando? Esas armas eran de otra época, y desencadenaban poderes que los humanos simplemente no deberían tener.
—¿Y qué hay de los lyucu? ¿Habrían podido resistirlas?
—Puede que Pékyu Cudyu asuste a los niños —dijo Sataari con una voz llena de desdén—, y es evidente que está siguiendo los pasos de esos arrogantes jefes de la Quinta Era al montar su Taten en el mismo lugar, año tras año. Pero él y todos sus garinafins y thanes tampoco tendrían ninguna oportunidad frente a esas poderosas armas.
—Ojalá esos antiguos jefes pudieran regresar sobre garinafins-nubes y luchar a nuestro lado…
—¡No blasfemes! —dijo Sataari con severidad—. Por muy poderosas que fueran sus armas, como los altivos corazones de los creadores de túmulos se habían alejado de las costumbres de sus ancestros y sus cánticos ya no honraban a los dioses, al final fueron expulsados del paraíso. Esta es la lección más importante que puede enseñarnos la Ciudad de los Fantasmas.
Tanto asintió, como si lo hubiera entendido.
Toaza: Séptimo mes del noveno año del reinado de la Estación de las Tormentas y del reinado de la Libertad Audaz (veintidós meses hasta la reapertura del Muro de las Tormentas)
Tiphan Huto aplastó una uva dentro de la boca, saboreando la explosión de dulzor. Luego volvió a echarse en la cama y estiró las piernas, disfrutando del tacto de las suaves sábanas de seda y el mullido colchón.
Los criados habían traído bloques de hielo de la bodega y los habían colocado en cubos por toda la habitación. Un molino de viento situado sobre la casa movía los ventiladores colocados tras los cubos, llenando el cuarto con brisas frescas que mantenían a raya el sofocante calor del verano.
Es bueno volver a casa, pensó.
Tenía suerte; lo sabía.
Cuando llegó a Pan, la primera vez que le sentaron frente a los severos jueces en la sala subterránea del tribunal, estaba tan aterrorizado que las rodillas se negaron a soportar su peso y tuvieron que sujetarle entre dos soldados. Empezó a lloriquear cuando vio que el Trono había enviado al viceministro de justicia para actuar como fiscal. Y cuando el juez principal golpeó contra el banco el bloque de madera de argán, símbolo de su cargo, para poner orden en el tribunal, perdió el control de la vejiga y del esfínter anal al mismo tiempo.
Después de que le sacaran para limpiarle con una manguera y pudiera ponerse un conjunto limpio de prendas carcelarias, volvieron a llevarle a la sala para que se arrodillara ante los jueces. Los testigos —en su mayor parte piratas y matones a sueldo que se habían vuelto contra él con el fin de salvar el pellejo— describieron al detalle sus diversas argucias: fraudes al público, mentiras y falsificaciones para obtener ventajas sobre sus competidores, traición a sus socios comerciales dando información de ellos a los piratas, introducción de contrabando desde Dara Irredenta, conspiración para secuestrar y esclavizar…
Su familia había hipotecado todos los activos a los que todavía tenía acceso para contratar a los abogados a sueldo más caros para su defensa. Por mucho que sus hermanos y primos le despreciaran por haber llevado a la ruina al clan Huto en su propio beneficio, la única posibilidad de evitar que el imperio empresarial de los Huto revirtiera al Trono era salvar a Tiphan de ser condenado por los cargos más abyectos, por inútil que pareciera dicho esfuerzo.
Los abogados le habían aconsejado declararse culpable de los cargos menores y ponerse a merced de la misericordia de los jueces. Pero Tiphan rechazó el consejo, pues sabía que no tendrían piedad con él. Las acusaciones de traición eran extremadamente raras; la Corona nunca presentaba dichos cargos a menos que su intención fuera la de buscar la pena de muerte. Y después de lo que había hecho…
Forzó su notable cerebro a concentrarse en la tarea de supervivencia a pesar del terror, a idear algún plan para conjurar un milagro.
Se dio cuenta de que las acusaciones de la Corona se basaban en pruebas circunstanciales. Había recibido pagos en lingotes de oro con sellos que podían rastrearse hasta las flotas de tributos enviadas a Rui; muchos de los piratas que trabajaban con él llevaban armas lyucu de hueso; las víctimas rescatadas habían escuchado conversaciones que daban claramente a entender que su destino era ser esclavos de los lyucu.
Pero Tiphan se aferró a la esperanza de que el Trono no tuviera ninguna prueba directa. Las operaciones antipiratería no habían capturado a ninguno de los reyes piratas que negociaron los tratos con él, solo a esbirros de bajo rango. Había tenido la cautela de negociar con sus «socios» solo a través de intermediarios y no dejar ninguna prueba escrita. Además, ninguno de sus hombres le había escuchado jamás referencia alguna clara e inequívoca al secuestro de trabajadores especializados para los lyucu —siempre insistió en que todo el mundo hablara en código.
El Trono tenía que demostrar que él sabía o debería haber sabido que los mecánicos e ingenieros raptados estaban siendo vendidos a los lyucu. Esa era la base de la acusación de traición; todas las demás cosas que había hecho palidecía en significado en comparación con eso. Mientras no existiera el elemento de intencionalidad requerido para el crimen, no podía ser condenado.
¡Negadlo! ¡Negadlo! ¡Negadlo!, insistía a sus abogados.
Pero ellos le informaban de que el Trono pretendía llamar a declarar a otros testigos, clarividentes cuyo testimonio tendría que producirse a puerta cerrada. Aparentemente los clarividentes tenían informaciones secretas sobre los planes de los lyucu y podrían demostrar que Tiphan Huto había estado actuando como su agente. La única posibilidad de que le trataran con indulgencia sería realizar una confesión completa que proporcionara información adicional a los clarividentes.
¡No! ¡Eso nunca!
El sudor frío le empapaba la espalda; no pudo dormir en toda la noche. Estaba convencido de que si intervenían los clarividentes sería condenado. Decir la verdad solo serviría para empeorar las cosas. Nadie negociaba con los clarividentes y salía ganando, ni siquiera un genio de los negocios como Tiphan Huto.
Así que, por la mañana, cuando fue llevado ante el tribunal para confrontarlo con los nuevos testigos, estaba dispuesto a volver a ensuciarse con el fin de retrasar lo inevitable una hora más. Desafortunadamente, debido a los nervios no había comido ni bebido nada durante casi un día y no contaba con las municiones para llevar a cabo su última y desesperada táctica.
El terror y el remordimiento le nublaban de tal manera la mente cuando se arrodilló que le llevó un rato entender al juez principal sentado tras la mesa que leía un pergamino.
… La emperatriz Jia ha intervenido directamente… los clarividentes no testificarán… Consideramos las acciones del acusado extraordinariamente viles y atroces…pruebas insuficientes para considerar la acusación de traición, que por la presente se retira juzgándola un error… queda condenado por todos los demás cargos… La emperatriz Jia pide clemencia… por lo que se le impondrá una multa en su lugar…
Tiphan seguía arrodillado, estupefacto, tomando conciencia poco a poco. Su táctica había funcionado. Había burlado el farol de los clarividentes.
Lo más que se atrevía a suponer era que los clarividentes no sabían tanto como afirmaban, o no deseaban revelar todo lo que conocían de los planes de los lyucu (ni siquiera a puerta cerrada). Para minimizar el bochorno de una acusación fallida de traición, la secretaria Kidosu habría apelado a la emperatriz para que interviniera y le concediera lo que básicamente equivalía a un indulto. Claro que el clan Huto pagaría un alto precio, pues la multa impuesta para compensar a las víctimas y lanzar un mensaje expulsaría a la familia del estrato superior de clanes de comerciantes de La Garra del Lobo. Pero en comparación con lo que podría haber ocurrido…
—Alégrate de no haber sido enjuiciado durante el principado o el reinado de los Cuatro Mares Plácidos —le dijeron sus abogados con un aire engreído, como si su salvación hubiera sido producto de sus inútiles lenguas escurridizas, en lugar de una victoria de su propia inteligente estratagema de negación y dilatación, ejecutada por él mismo con ímpetu intachable y aguerrida resolución. Tiphan les dijo que se apartaran de su vista inmediatamente.
En todo caso, en una cosa estaba de acuerdo con los abogados: había tenido mucha suerte. Kuni Garu había abolido los abogados a sueldo, simplificado el código criminal y dado rienda suelta a los clarividentes para investigar y castigar a los traidores. Tiphan no abría aguantado un solo día bajo ese sistema. Afortunadamente Tazu, la emperatriz Jia y el primer ministro Cogo Yelu habían instituido la burocracia, con un intricado reglamento sobre las pruebas de cargo. Así el sistema evitaba causar daño a un inocente, pero Tiphan se alegraba de que también le hubiera dado espacio para maniobrar y salir libre.
—¡Traedme una sopa fría de ciruelas ácidas! —gritó Tiphan, desplazándose a un rincón más fresco de la cama.
Cuando regresó a Toaza, los enfadados ancianos del clan le reprendieron y sermonearon durante tres días y tres noches, mientras se arrodillaba ante las lápidas conmemorativas de los antepasados Huto. Lo que quedaba del imperio mercantil que había levantado se repartió entre sus tímidos hermanos y sobrinos, incapaces de reconocer una oportunidad de negocio aunque les mordiera en el culo. Luego los ancianos le confinaron en su habitación y le dijeron que reflexionara sobre sus errores y que no volvería a tener relación alguna con los negocios familiares.
Tiphan se había sentido furioso y molesto durante todo el tiempo que estuvo arrodillado en la sala de los antepasados. ¿Cómo podían ser tan crueles los ancianos? ¿No se daban cuenta de que el propósito de todo lo que había hecho era conseguir más riqueza y prestigio para la familia? ¿Cómo podían ser tan cortos de miras sus hermanos y sobrinos? Incluso con las pérdidas que les suponían la multa, el clan retenía suficiente capital para volver a levantarse —y hacerlo meteóricamente si le dejaran seguir a cargo. ¡Esta debería ser una ocasión para celebrar y él, Tiphan Huto, debería ser vitoreado como un héroe conquistador en el campo de los negocios!
No tenía importancia. Ya llegaría su momento.
Que mis hermanos y sobrinos se preocupen por hacer dinero y aportar honor al clan Huto durante un tiempo. De todos modos, necesito un descanso.
Permanecer en su habitación no era tan malo. Podía ordenar cualquier comida o bebida que deseara y tal vez más adelante, cuando los ancianos y sus hermanos mayores estuvieran ocupados y no le vigilaran tan de cerca, podría colar a una chica o dos de una casa índigo y jugar en las carreras de barcas enviando palomas mensajeras a un corredor de apuestas.
Al final, cuando sus hermanos y sobrinos hubieran chocado contra unos cuantos muros y averiguado lo difícil que era diseñar el ascenso del clan Huto a falta de su maestro estratega, seguramente acudirían a él, suplicantes. Entonces les haría pagar por esto.
Porque esa era la lección más importante que había aprendido de sus experiencias en Ginpen, la cualidad de sí mismo que anteriormente desconocía pero que ahora le resultaba una verdad absoluta, el arma secreta que era más valiosa que cualquier habilidad o conocimiento:
Tenía la suerte de su lado.
Había esquivado la condena por traición; evadido la casi certeza de una pena de muerte; escapado de los clarividentes, del farisaico viceministro de justicia, de los impasibles jueces, de los idiotas metomentodos de la Banda de las Flores… no gracias al trabajo de los sobrevaluados abogados o de sus falsas exhibiciones de remordimiento (a insistencia de los ancianos), sino porque tenía la suerte de su lado.
Era increíble e inverosímilmente afortunado, gracias a Tazu y a pesar de Lutho.
Y todo el mundo sabía que, en los negocios, la buena fortuna era el mayor activo, el más deseable y el que tenía menos posibilidades de ser copiado; todo el mundo menos sus estúpidos parientes.
Así que no, no se arrepentía de nada y no habría cambiado nada. Simplemente esperaría el momento en que volvería a capitanear el clan Huto.
Dio un sorbo a la sopa fría de ciruelas ácidas. Una ciruela diminuta, pequeña pero increíblemente dulce, se le quedó en la punta de la lengua: un presagio de buena fortuna. Suspiró con satisfacción.
Es mejor tener suerte que tener razón.
—¿Sabes lo que pretende Jia, hermana mía, mi otro yo?
—No, pero ¿cuándo hemos entendido realmente el corazón de nuestra chica favorita?
—Risana nunca fue capaz de leer su mente…
