El trono velado - Ken Liu - E-Book

El trono velado E-Book

Ken Liu

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Beschreibung

La princesa Théra deja el trono en manos de su hermano pequeño para luchar contra los lyucu en Ukyu-Gondé. Ha cruzado el legendario Muro de las Tormentas con una flota de guerra y diez mil combatientes. En Dara, mientras tanto, las corrientes de poder fluctúan al vaivén de las rivalidades de los líderes lyucu y la corte del Diente de León. Aquí, padres e hijos, maestros y discípulos, emperatriz y pékyu, alimentan las semillas de planes que tardarán años en germinar. En todas partes, el espíritu de la innovación flota en el ambiente como semillas de diente de león y el pueblo, los olvidados y los ignorados empiezan a ingeniar soluciones para una nueva era. En la tradición de las grandes epopeyas de nuestra historia, Ken Liu construye en esta saga una historia de formidable alcance y magnitud.

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Seitenzahl: 1824

Veröffentlichungsjahr: 2023

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EL TRONOVELADO

Libro tercero de La Dinastía del Diente de León

KEN LIU

Traducción de Francisco Muñoz de Bustillo

ALIANZA EDITORIAL

Para mi abuelo, que vivió una vida más grandeque cualquier historia que yo pueda contar

NOTA SOBRE LA PRONUNCIACIÓN, LA TRANSCRIPCIÓN Y LA TRADUCCIÓN

Muchos de los nombres de Dara proceden del anu clásico. En este libro, la transcripción del anu clásico no utiliza dígrafos vocálicos; cada vocal se pronuncia de forma separada. Así, por ejemplo, «Réfiroa» contiene cuatro sílabas distintas: Ré-fi-ro-a. Del mismo modo, «Na-aroénna» contiene cinco sílabas: Na-a-ro-en-na.

La «i» se pronuncia como la «i» en español.

La «o» se pronuncia como la «o» en español.

La «ü» se pronuncia como la «ü» alemana o la transcripción fonética pinyin del chino.

Otros nombres tienen orígenes diferentes y contienen sonidos que no aparecen en el anu clásico, como «xa» en «Xana» o «ha» en «Haan». En esos casos, no obstante, cada vocal se sigue pronunciando por separado. Por tanto, «Haan» tiene dos sílabas.

La idea de que el anu clásico es un lenguaje inamovible, inalterado durante milenios, es atractiva y suelen defenderla los menos eruditos de Dara. No obstante, es falsa. Al ser la lengua (principalmente) utilizada en la enseñanza y entre el funcionariado, el anu «clásico» ha seguido evolucionando, influyendo y siendo influida por el lenguaje coloquial y por el contacto con nuevos pueblos, nuevas ideas y nuevas prácticas.

Los escribas y los poetas crean neologismos basados en raíces del anu clásico, así como nuevos ideogramas, para usarlos en su escritura, además de novedosas formas gramaticales que al principio se consideran solecismos pero luego se van aceptando, con el paso del tiempo, cuando los estilistas las adoptan sin mucha consideración hacia las quejas de los lingüistas moralistas.

Es más fácil observar los cambios del anu clásico en los propios ideogramas. No obstante, es posible percibir algunos de estos cambios incluso a través de las transcripciones (dejamos a un lado, de momento, la cuestión de que incluso el anu clásico hablado ha cambiado a lo largo del tiempo). El anu clásico en el que Kon Fiji escribió la mayor parte de sus observaciones no es la misma lengua en la que Vocu Firna escribió sus poemas.

Para hacer hincapié en el diferente registro que evoca el lenguaje para la gente de Dara, las palabras y frases en anu clásico van siempre en cursiva en el texto.

La transcripción de los nombres y palabras lyucu y agon presenta un problema diferente. Como su conocimiento nos llega a través de la gente y la lengua de Dara, los nombres que aparecen en este libro han sufrido un doble proceso de transformación. Cuando transliteramos términos lyucu o agon ocurre lo mismo que cuando los angloparlantes, o los hablantes de alguna otra lengua, escriben palabras y nombres chinos: solo consiguen aproximarse a los sonidos originales.

Los lyucu o los agon no usan el plural como lo hacen, por ejemplo, los españoles. Por el bien de los lectores en lengua castellana, en este libro se han puesto en plural algunas palabras como «pékyu» o «garinafin», para «naturalizarlas» en dicha lengua. Por otra parte, otras palabras y frases menos comunes mantienen el carácter de su origen no latino.

Los términos «dara», «lyucu» o «agon» pueden hacer referencia a una lengua, al pueblo que habla esa lengua, a la cultura de dicho pueblo o incluso a un único individuo perteneciente a dicha cultura, una práctica que se asemeja a la manera en que estas lenguas representan dichos conceptos de forma natural.

Asimismo, a diferencia del anu clásico, los términos y frases lyucu y agon no están en cursiva en el texto (con muy pocas excepciones). Para aquellos que hablan alguna de esas lenguas, no son términos extranjeros.

Al igual que la mayoría de las cuestiones relacionadas con la traducción, la transliteración, la asimilación, la adaptación y la migración, estas prácticas representan un compromiso imperfecto, que, dada la naturaleza de la historia re-recordada aquí, probablemente sea adecuado.

LOS PRINCIPALES PERSONAJES

EL CRISANTEMO Y EL DIENTE DE LEÓN

Kuni Garu: Emperador Ragin de Dara, muerto durante la batalla del golfo de Zathin, aunque su cuerpo nunca fue recuperado.

Mata Zyndu: El fallecido hegemón de Dara, adorado por algunas sectas en Tunoa y por los soldados rasos como el culmen de la valentía y el honor militar.

CORTE DEL DIENTE DE LEÓN

Jia Matiza: Emperatriz y regente de Dara; consumada herborista.

Consorte Risana: Ilusionista y música consumada. Nombrada emperatriz de Dara a título póstumo.

Kado Garu: Hermano mayor de Kuni; posee el título carente de contenido de rey de Dasu; padre del príncipe Gimoto.

Cogo Yelu: Primer ministro de Dara; uno de los oficiales más antiguos al servicio de la Corte del Diente de León.

Zomi Kidosu: Secretaria de clarividencia; alumna brillante de Luan Zyaji y notable inventora por méritos propios; amante de la princesa Théra; hija de una familia de pescadores-agricultores de Dasu (Oga y Aki Kidosu).

Gin Mazoti: Mariscal de Dara y reina de Géjira; la estratega de batalla más brillante de su tiempo; vencedora póstuma de la batalla del golfo de Zathin; Aya Mazoti es su hija.

Than Carucono: Capitán general de caballería y almirante general de la Armada.

Puma Yemu: Marqués de Porin, experto en tácticas de ataque.

Soto Zyndu: Confidente y consejera de Jia; tía de Mata Zyndu.

Wi: Líder de las Aletas de Dyran, al servicio de la emperatriz Jia.

Shido: Miembro de las Aletas de Dyran.

Señora Ragi: Niña huérfana criada por Jia; al servicio de la emperatriz en misiones especiales.

Gori Ruthi: Sobrino del difunto tutor imperial Zatho Ruthi y marido de la señora Ragi; notable erudito moralista.

HIJOS DE LA CASA DEL DIENTE DE LEÓN

Príncipe Timu (nombre de la infancia: Toto-tika): Emperador Thaké de Ukyu-taasa; primogénito de Kuni; consorte de Tanvanaki; hijo de la emperatriz Jia.

Princesa Théra (nombre de la infancia: Rata-tika): Nombrada por Kuni su sucesora y conocida durante un tiempo como emperatriz Üna de Dara; cedió el trono a su hermano pequeño Phyro al zarpar hacia Ukyu-Gondé para luchar contra los lyucu; hija de la emperatriz Jia.

Príncipe Phyro (nombre de la infancia: Hudo-tika): Emperador Monadétu de Dara; hijo de la emperatriz Risana.

Princesa Fara (nombre de la infancia: Ada-tika): Artista y recopiladora de cuentos populares; es la hija más pequeña de Kuni; hija de la consorte Fina, muerta en el parto.

Princesa Aya: Hija de Gin Mazoti y Luan Zyaji; nombrada princesa imperial por la emperatriz Jia en honor a los sacrificios de su madre.

Príncipe Gimoto: Hijo de Kado Garu, el hermano mayor de Kuni.

LOS ERUDITOS DE DARA

Luan Zyaji: Estratega principal de Kuni; amante de Gin Mazoti; viajó hasta Ukyu-Gondé y descubrió el secreto de las aperturas periódicas del Muro de las Tormentas; conocido en vida como Luan Zya.

Zato Ruthi: Tutor imperial, destacado moralista de los tiempos modernos.

Kon Fiji: Antiguo filósofo anu; fundador de la Escuela Moralista.

Poti Maji: Antiguo filósofo anu; el discípulo más aventajado de Kon Fiji.

Ra Oji: Antiguo epigramista anu; fundador de la Escuela Flujista.

Üshin Pidaji: Antiguo filósofo anu; el discípulo más célebre de Ra Oji.

Na Moji: Antiguo ingeniero xana que estudió el vuelo de las aves; fundador de la Escuela Modelista.

Gi Anji: Filósofo moderno del tiempo de los estados Tiro; fundador de la Escuela Incentivista.

Miza Crun: renombrado estudioso de la fuerza sedamótica; en tiempos, mago callejero.

UKYU-TAASA

Tenryo Roatan: Alcanzó el rango de pékyu de los lyucu al matar a su padre, Toluroru; conquistador de las planicies; cabecilla de la invasión lyucu de Dara; murió en la batalla del golfo de Zathin.

Vadyu Roatan (apodada «Tanvanaki»): La mejor piloto garinafin y actual pékyu de Ukyu-taasa; hija de Tenryo.

Todyu Roatan (nombre de la infancia: Dyu-tika): hijo de Timu y Tanvanaki.

Dyana Roatan (nombre de la infancia: Zaza-tika): hija de Timu y Tanvanaki.

Vocu Firna: Thane próximo a Timu; poeta.

Cutanrovo Aga: Importante thane, comandante de las Fuerzas de Seguridad de la Capital.

Goztan Ryoto: Importante thane; rival de Cutanrovo.

Savo Ryoto: Hijo de Goztan; también conocido por el nombre dara de Kinri Rito.

Nazu Tei: Erudita; maestra de Savo.

Noda Mi: Ministro en la corte de Tanvanaki y Timu; traicionó a Gin Mazoti en la batalla del golfo de Zathin.

Wira Pin: Ministro en la corte de Tanvanaki y Timu; en una ocasión intentó persuadir al príncipe Timu para que se rindiera a los lyucu bajo el mando de Pékyu Tenryo.

Ofluro: Experto jinete garinafin.

Señora Suca: una de las pocas personas ajenas a los lyucu capaz de montar un garinafin; esposa de Ofluro.

LA ESPLÉNDIDA JARRA Y LA BANDA DE LAS FLORES

Rati Yera: Cabecilla de la Banda de las Flores; inventora analfabeta de máquinas ingeniosas.

Mota Kiphi: Miembro de la Banda de las Flores; tan fuerte como Mata Zyndu; superviviente de la batalla del golfo de Zathin.

Arona Taré: Miembro de la Banda de las Flores; actriz.

Widi Tucru: Miembro de la Banda de las Flores; abogado a sueldo.

Viuda Wasu: Cabeza del clan Wasu; conoció a Kuni Garu de joven.

Mati Phy: Subjefa de cocina de La Espléndida Jarra.

Lodan Tho: Jefa de camareros en La Espléndida Jarra; esposa de Mati.

Tiphan Huto: El hijo menor del clan Huto, rival del clan Wasu.

Mozo Mu: Joven chef de cocina empleada por Tiphan Huto; nieta de Suda Mu, legendario cocinero del tiempo de los reyes Tiro.

Lolotika Tuné: Chica estrella de El Aviario, la casa índigo más importante de Ginpen.

Kita Thu: Director de los laboratorios imperiales de Ginpen; dirigió los trabajos para descubrir el secreto del aliento flamígero de los garinafins durante la guerra contra los lyucu.

Séca Thu: Erudito; sobrino de Kita Thu.

DARA EN GENERAL

Abad Hacha Destrozada: Jefe del templo de Las Aguas Tranquilas y Fluyentes en las montañas de Rima.

Zen-Kara: Erudita; hija del jefe Kyzen de Tan Adü.

Réza-Müi: Una alborotadora.

Égi y Asulu: Pareja de soldados de la guarnición de Pan.

Kisli Péro: Investigadora en uno de los laboratorios imperiales.

TRIPULACIÓN DE LA QUE DISUELVE LAS PENAS

Razutana Pon: Erudito de la Escuela Cultivacionista.

Çami Phithadapu: Erudita; experta en ballenas.

Mitu Roso: Almirante; comandante en jefe de la expedición a Ukyu-Gondé.

Nméji Gon: Capitán de la nave La que Disuelve las Penas.

Tipo Tho: Antigua oficial de la fuerza aérea; comandante de infantería de marina a bordo de La que Disuelve las Penas.

Thoryo: Un misterioso polizón.

LOS LYUCU

Toluroru Roatan: El unificador de los lyucu.

Cudyu Roatan: Cabecilla de los lyucu; hijo de Tenryo; nieto de Toluroru.

Tovo Tasaricu: El thane de mayor confianza de Cudyu.

Toof: Un piloto de garinafin.

Radia: Una jinete de garinafin.

LOS AGON

Nobo Aragoz: El unificador de los agon.

Souliyan Aragoz: Hija más joven de Nobo Aragoz; madre de Takval.

Volyu Aragoz: Hijo más joven de Nobo Aragoz; jefe de los agon.

Takval Aragoz: Pékyu-taasa de los agon; marido de Théra.

Tanto Garu Aragoz (nombre de la infancia: Kunilu-tika): Hijo mayor de Théra y Takval.

Rokiri Garu Aragoz (nombre de la infancia: Jian-tika): Segundo hijo de Théra y Takval.

Vara Ronalek: Anciana thane que se niega a dejar de participar en combate con garinafins.

Gozofin: Guerrero, diestro en la fabricación de arucuro tocua.

Nalu: Hijo de Gozofin.

Adyulek: Anciana hechicera, diestra en el retrato de espíritus.

Sataari: Joven hechicera.

Araten: Thane de confianza de Takval.

DIOSES DE DARA

Kiji: Patrón de Xana; Señor del Aire; dios del viento, el vuelo y los pájaros; su pawi es el halcón mingén; suele llevar una capa blanca; en Ukyu-taasa se le identifica con Péa, el dios que ofreció al pueblo el regalo de los garinafins.

Tututika: Patrona de Amu; es la más joven de todos los dioses; diosa de la agricultura, la belleza y el agua dulce; su pawi es la carpa dorada; en Ukyu-taasa se la identifica con Aluro, la Señora de los Mil Arroyos.

Kana y Rapa: Gemelas y patronas de Cocru; Kana es la diosa del fuego, la ceniza, la cremación y la muerte; Rapa es la diosa del hielo, la nieve, los glaciares y el sueño; su pawi son dos cuervos: uno blanco y otro negro; en Ukyu-taasa se las identifica con Cudyufin, el Pozo de la Luz, y Nalyufin, la Columna de Hielo, la del corazón despiadado.

Rufizo: Patrón de Faça; el Sanador Divino; su pawi es la paloma; en Ukyu-taasa se le identifica con Toryoana, el toro de pelo largo que vigila a las reses y a las ovejas.

Tazu: Patrón de Gan; impredecible, caótico, le encanta el azar; dios de las corrientes marinas, los tsunamis, los tesoros sumergidos; su pawi es el tiburón; en Ukyu-taasa se los identifica a él y a Lutho con Péten, el dios de los tramperos y los cazadores.

Lutho: Patrón de Haan; dios de los pescadores, la adivinación, las matemáticas y el conocimiento; su pawi es la tortuga marina; desapareció de Dara cuando se hizo mortal para embarcarse (como polizón) en La que Disuelve las Penas.

Fithowéo: Patrón de Rima; dios de la guerra, la caza y la forja; su pawi es el lobo; en Ukyu-taasa se le identifica con la diosa Diasa, la doncella-maza loba.

SEMILLAS ENTERRADAS

CAPÍTULO UNO

UNA CARRERA NOCTURNA

TATEN, SEDE DEL PÉKYU DE LOS LYUCU EN UKYU-GONDÉ: QUINTO MES DEL DÉCIMO SEGUNDO AÑO POSTERIOR A LA LLEGADA DE EXTRANJEROS VENIDOS DE LEJOS EN BARCOS-CIUDAD, QUE AFIRMABAN ESTAR AL SERVICIO DE UN TAL «MAPIDÉRÉ» (SEGÚN EL RECUENTO DARA, ES EL QUINTO MES DEL PRIMER AÑO DEL REINADO DE LOS CUATRO MARES PLÁCIDOS, CUANDO KUNI GARU SE PROCLAMÓ EMPERADOR RAGIN Y ESTABLECIÓ SU CAPITAL EN LA RECONSTRUIDA CIUDAD DE PAN).

Las estrellas titilaban en el firmamento como medusas resplandecientes en el oscuro mar. El eterno oleaje susurraba en la distancia mientras la pálida luz de la luna casi llena iluminaba un campamento de tiendas de campaña que se extendía hasta donde llegaba la vista, todas ellas tan blancas como el vientre de un cangrejo carroñero.

Goztan Ryoto salió tambaleándose de una de las tiendas más grandes, con una fina túnica de piel sobre los hombros y un casco hecho con un cráneo colgando de la mano. La solapa de la tienda confeccionada con cuero de garinafin cayó pesadamente contra el bastidor, ahogando las acaloradas maldiciones y el estruendo producido por el choque de mazas de hueso en el interior. Se balanceó sobre sus pies mientras intentaba recobrar el equilibrio.

—¡Tranquila, votan! —Una de las dos guardias situadas frente a la entrada de la tienda se apresuró a ayudar a su señora. Echando un vistazo a la solapa de la tienda, la guardia preguntó—: ¿Quieres que…

Goztan la apartó de un empujón.

—No, deja que se peleen. Ya estoy harta de oírlos lanzarse insultos durante toda la cena, como si fueran niños; ni siquiera se puede echar un trago en paz —forcejeó para colocarse el casco de cráneo sobre la cabeza rapada.

—Supongo que no vas a invitar a ninguno a tu lecho esta noche —comentó la otra guardia—. Es una lástima. Kitan se había dado un baño —arqueó las cejas sugerentemente— y se aseguró de que lo supiéramos.

Ambas guardias se echaron a reír.

Goztan les dedicó una mirada fulminante a través de las cuencas de los ojos de su casco de cráneo.

—Me gustaría ver cómo haríais vosotras para intentar mantener la casa en paz con cuatro maridos.

Algo se estrelló contra el suelo dentro de la tienda y a continuación se escuchó un aullido de dolor.

Las guardias se miraron, pero permanecieron donde estaban.

Goztan meneó la cabeza con exasperación. La brisa fresca le había despejado la cabeza, abotargada por el kyoffir, y tras un instante comentó:

—Voy a dar un paseo. La audiencia con el pékyu es mañana a primera hora y necesito planificar lo que voy a decirle. Vigiladlos; intervenid solo si veis que van a reventar la cabeza a Kitan.

—Tiene una cabeza muy hermosa —dijo una de las guardias.

Alzaron las solapas de la tienda y se zambulleron en su interior, encantadas de presenciar el drama doméstico que protagonizaban los consortes de su jefa.

Goztan caminaba a grandes pasos sin rumbo fijo por las amplias avenidas que separaban las hileras de tiendas de Taten, con el rostro enrojecido por la furia y la vergüenza. A pesar de la claridad de la luna y de la brisa fresca, pocos eran los thanes y guerreros que paseaban por el barrio de los thanes, ya que las noches se reservaban para las fogatas y los retratos de los ancestros, para la familia y el kyoffir. Para una thane-tigre como Goztan, jefa de las Cinco Tribus del Cuerno, el hecho de vagar en solitario por la ciudad de tiendas a estas horas en lugar de pasar el tiempo con sus esposos era una decisión destinada a provocar chismorreos. Aunque el casco-cráneo le cubría la cara, resultaba demasiado peculiar para preservar por completo su anonimato.

Eso a Goztan no le preocupaba.

Echó a correr y las piernas fueron cobrando velocidad a medida que su respiración se hacía más profunda y regular. El casco-cráneo la aislaba del mundo exterior y la respiración resonaba en sus oídos como el estallido del distante oleaje. A sus veintinueve años se encontraba en plena forma para el combate, más fuerte y letal de lo que había sido durante los años en los que peleó la mayor parte de sus batallas. La sensación de fuerza ilimitada que invadía sus miembros y el rítmico golpeteo de sus pies desnudos y endurecidos contra el suelo la fueron calmando hasta que, poco a poco, cayó en un estado similar al trance. Se imaginaba elevándose libremente en el aire a lomos de un garinafin, en lugar de estar atascada en tierra, ocupada en un montón de obligaciones que amenazaban con hacerla tropezar a cada paso.

Debería estar lanzándose en picado por los cielos y dispersando a los enemigos con la lengua flamígera de su montura, embriagándose de sus aterradores alaridos, deleitándose mientras las reses, las ovejas, las tiendas de cuero, los hitos de hueso y los silos de arcilla se convertían en cenizas y carne chamuscada.

Se suponía que iba a ser una guerrera, no a mediar en las mezquinas luchas de poder entre sus consortes: el frío Ofta, el exaltado Kyova, el astuto Finva-Toruli y el dulce, enfermizo y paranoico Kitan. La tribu de Ofta era la que poseía más ganado; la de Kyova aseguraba tener los derechos de pastoreo más extensos; la tribu de Finva-Toruli era la que poseía menos de todo, pero lo compensaba con una desmedida ambición; y la de Kitan le llevaba la contraria en todo, y anhelaba regresar a los días anteriores a la reunificación de las Cinco Tribus, cuando ella se puso al mando.

Cada uno tenía sus propios objetivos determinados por el consejo de ancianos de la tribu; cada uno tenía su propio modo de reclamar su tiempo y sus afectos; cada uno intentaba, de maneras sutiles y no tan sutiles, asumir la paternidad de su primogénito. Aunque estuvieran unidas bajo un solo nombre, en realidad las Cinco Tribus se parecían más a cinco anguilas obligadas a compartir la misma estrecha cavidad en el arrecife de coral.

La paz del pékyu había traído muchos beneficios, pero no era adecuada para su temperamento. Había recorrido casi mil millas para viajar hasta Taten por primera vez en seis años, aparentemente con el fin de defender los derechos de pasto de las Cinco Tribus del Cuerno en la cuenca de Aluro, pero la verdad era que ella quería zafarse de todos los ancianos, de los caciques y jefes de clan que la acosaban para que resolviera a su favor pequeñas disputas, que insistían en que tomara decisiones triviales y la machacaban preguntando por qué seguía sin parir un heredero, años después de haberse convertido en jefa de las Cinco Tribus y de adquirir el rango de thane-tigre.

Si pudiera alejarme también de mis maridos…

Oscuridad. Las antorchas parpadeantes y el flamear de los estandartes de guerra, confeccionados con colas de zorro, lobo y tigre, se desvanecían como jirones de sueños. Sin pretenderlo, se había alejado corriendo más allá de los límites de Taten, la ciudad itinerante de tiendas del pékyu. La playa blanquecina que se extendía ante ella, reluciente bajo el resplandor plateado de la luna, la invitaba a zambullirse en ese reflejo terrenal del río de estrellas celestial. Dio orden a su imaginaria montura para que redujera el batido de sus alas al tiempo que hundía los talones en la arena blanda.

¿Qué había sido de aquellos estimulantes primeros días de su matrimonio, cuando pensaba que cinco corazones podían latir como uno solo, que había dejado atrás traiciones e intrigas y que, por fin, las Cinco Tribus del Cuerno podrían ser el ejemplo de un nuevo pueblo lyucu, un pueblo unido que ya no volvería a ser aterrorizado por los saqueadores agon o por una invasión extranjera de ultramar, nunca más sumido en sangrientas guerras internas, una raza orgullosa que canalizaría su sed de sangre en la guerra contra las tormentas invernales y las plagas del estío, contra el hambre, las inundaciones y la sequía, contra el cielo, la tierra y el mar?

Había desposado a sus cuatro maridos en una sola ceremonia para demostrar que todos eran iguales, a pesar de sus diferencias de edad. Para celebrar el acto de la unión, había ordenado a los mejores artesanos de huesos que inventaran una nueva arma: una magnífica hacha repleta de simbolismo. Ella era la cuchilla del hacha, fabricada con el colmillo de un tigre, y sus maridos eran el mango, confeccionado con cuatro costillas de garinafin joven unidas por manojos retorcidos de tendones de fieros lobos. La había llamado Gaslira-sata, la Mordedora de Paz. Cerró los ojos e imaginó cómo se le hincaba el mango en la palma de la mano cuando la envolvía con los dedos. Un arma perfectamente equilibrada, que lo mismo servía para ser lanzada y decapitar a un piloto argón que para blandirse en tierra y partir por la mitad el torso de un bárbaro de Dara.

La Mordedora de Paz, sedienta de sangre desde hacía tiempo, permanecía inactiva en su tienda, envuelta en una piel de tiburón, mientras sus celosos consortes se enfurecían, intrigaban, se daban empujones y se peleaban para lograr un sitio en su cama.

¿Qué voy a decirle mañana al pékyu?

¿La verdad?

«Durante diez años la Tribu de los Cuatro Cactus ha conducido sus rebaños a la tierra que se nos había prometido en las costas de la cuenca de Aluro antes de nuestra llegada en la primavera, y no nos han dejado más que raíces y excrementos. Desde que no podemos hacer valer nuestros derechos por la fuerza, los ancianos se sientan frente a mi tienda día y noche, quejándose para que haga algo. Mi primer marido piensa que debería ofrecerte nuestro tesoro de joyas de Dara para convencerte de que decidas a nuestro favor. Mi segundo marido me aconseja que no lo haga porque piensa que su tribu tendría que aportar más botín que las demás. Mi tercer marido cree que debería imitar a los ancianos y arrodillarme ante ti para conmoverte con mis lágrimas. Y mi cuarto marido me cuenta, a la menor ocasión, que mis otros maridos están conspirando para matarle. Yo quiero abandonarme a la bebida porque es imposible pensar con los cuatro discutiendo y chillando sin cesar…».

En su cabeza podía imaginar la mirada perpleja del pékyu antes de despacharla con un movimiento compasivo pero firme de su brazo. Contrajo la mandíbula anticipando su humillación.

—¿Quién anda ahí? —la voz de un hombre la sacó de sus fantasías. Dos guardias se interponían en su camino, con las mazas de hueso descansando sobre los hombros.

Se dio cuenta de que su deambular la había alejado tanto de Taten que se encontraba cerca de la cueva Victoria, el lugar donde estaban anclados los barcos-ciudad de Dara. Los inmensos cascos, todavía imponentes a pesar de los años de abandono, ocultaban las estrellas y se mecían suavemente sobre el chispeante mar, y sus mástiles y palos le recordaban los bosques de coníferas cercanos a su hogar, en las faldas de las Montañas del Fin del Mundo, o quizá a los blanqueados esqueletos de monstruos marinos cuya carne ya se había podrido.

Ciudades de fantasmas, pensó, y se estremeció con los recuerdos que le traían.

Al otro lado de la playa, alejados del agua, estaban los rediles para los garinafins adolescentes, a quienes se apartaba de sus familias para entrenarles en los modos de vuelo necesarios para guerrear. Los cuerpos lustrosos de las adormecidas bestias destellaban bajo la luna como un rebaño de ganado, aunque mucho más grandes.

A lo lejos, justo frente a ella, podía ver una fogata y figuras bailando a su alrededor. La brisa traía ocasionales fragmentos de risas.

—¡Responde! —volvió a gritar el guardia—. No te acerques más.

Ella no recordaba que los barcos-ciudad o los rediles de los garinafins estuvieran tan fuertemente vigilados la última vez que estuvo en Taten. Las posibilidades de que se produjera una incursión agon o una rebelión de los esclavos eran ahora remotas, más de veinte años después de que Pékyu Tenryo unificara a los lyucu y conquistara a los agon.

¿Qué es lo que están vigilando?

Dio media vuelta para que la luna le iluminara la cara, se retiró el casco-cráneo de la cabeza y lo colocó en el hueco del codo. La brisa refrescó el sudor de su frente al tiempo que entonaba imperiosamente:

—¿Estás ciego?

Solo una thane de su rango podía llevar un casco hecho con la calavera de un tigre de colmillos inmaduro. Ella no deseaba decir su nombre; le parecía vergonzoso anunciar su linaje y su tribu cuando había viajado hasta Taten para suplicar al pékyu que le ayudara a alimentar a su ganado, cuando ni siquiera era capaz de mantener a raya a sus maridos, cuando para encontrar un momento de paz tenía que escaparse de su propia tienda.

—Votan —Los guardias inclinaron la cabeza en señal de respeto. Pero no hicieron movimiento alguno para dejarla pasar.

Ella dio dos pasos hacia adelante. Los guardias permanecieron en su lugar, bloqueando el camino.

Goztan sintió que el rostro se le acaloraba. Con el esfuerzo de la carrera nocturna se había sentido mejor, pero en ese momento la frustración y la sensación de impotencia habían vuelto con fuerza.

—¿Por qué no me permitís acercarme a la fiesta? —preguntó. En realidad le interesaba poco la juerga que tenía lugar junto a la fogata —tenía muchas más ganas de estar sola en ese momento—, pero le molestaba la actitud insolente de los guardias.

—Todo tipo de thanes y jefes, grandes y pequeños, acuden a Taten a diario junto con sus comitivas —dijo uno de los guardias sin alterar la voz—, y la mayoría son desconocidos para nosotros. Hemos jurado mantener a los forasteros alejados del camino a los barcos-ciudad, así que a menos que tengas el talismán del pékyu, por favor, regresa a la seguridad de Taten.

Goztan miró con furia a los guardias. Eran muy jóvenes, poco más que muchachos. Estaba segura de que nunca habían matado a nadie, excepto, tal vez, a algún esclavo indefenso. Cuando Goztan se enfrentó a los garinafins de los agon o a las espadas de Dara, estos chicos no tenían edad suficiente para alejarse del cuidado de sus abuelas.

La rabia emergió de su garganta en forma de risotada forzada.

—Me pregunto si te atreverías a hablar así al thane de los Cuatro Cactus, siempre rodeado de su comitiva de docenas de guerreros. Me pregunto si impedirías el paso al thane de las Dieciséis Tribus del Muladar, que siempre viaja sobre una litera tirada por reses. Te atreves a ladrarme como un chucho maleducado solo porque mis seguidores son pocos y mi tribu remota. ¿De verdad has jurado proteger el camino a los barcos? ¡Fui yo la que capturó esos barcos!

Los guardias parecían estremecidos pero no retrocedieron.

—No nos importa quién seas. Solo servimos al pékyu y haremos todo lo que nos ha sido ordenado por la mano que blande Langiaboto. No puedes pasar sin su talismán.

Goztan dejó caer el casco y adoptó una posición de combate, con los puños en alto y preparada. Lamentó haber salido tan deprisa como para olvidar su arma, pero no iba a consentir que un par de críos con el rostro limpio de cicatrices la impidieran ir adonde quería.

Los guardias apretaron las mazas con más fuerza y se miraron mutuamente con nerviosismo. Goztan era más alta que ellos y, claramente, una luchadora experimentada, a juzgar por las cicatrices en brazos y rostro. Pero antes de que pudieran decidir una respuesta coordinada, Goztan arremetió contra el guardia de la izquierda y le lanzó el puño derecho contra la nariz.

Sorprendido, el guardia inclinó la cabeza hacia atrás y retrocedió a trompicones tres pasos, arrastrando de forma ridícula su maza por la arena. El puñetazo de Goztan falló por poco.

Aprovechando la ventaja que le otorgaba haber tomado la iniciativa, dio una rápida zancada para golpearle con el puño izquierdo, sin darle la oportunidad de levantar la maza para defenderse o contraatacar. El guardia retrocedió torpemente, volvió a esquivar el golpe, y parecía cada vez más desconcertado.

En lugar de acudir en ayuda de su compañero, el otro guardia rodeó a Goztan por la derecha, quedando por detrás de su agresivo avance. Goztan dio un paso adelante y volvió a lanzar el puño derecho al primer guardia. Pero esta vez, en lugar de retroceder, el guardia hincó los talones, levantó su maza con un prolongado movimiento y la dirigió al vientre de la thane, con la intención aparente de intercambiar puñetazo por golpe.

El joven sonrió a pesar de que el puño de Goztan le alcanzó la nariz; la retirada no había sido producto de la desesperación, sino parte del entrenamiento rutinario de ambos guardias. No cabe duda de que el puñetazo le haría daño o le aturdiría, pero, al no llevar Goztan armadura, un único y sólido golpe con la maza la arrojaría al suelo. De hecho, Goztan estaba atrapada. Aunque pudiera esquivar el golpe en lugar de morder el anzuelo y golpear al guardia, caería justo en la trayectoria de la maza de su compañero, que la atacaba desde un punto ciego.

Pero el siguiente puñetazo de Goztan resultó ser solo una finta. Su puño derecho se abrió para agarrar el extremo de la maza, detuvo su movimiento y la empujó hacia abajo al tiempo que se desplazaba con facilidad hacia la derecha, afirmaba su pierna derecha y lanzaba una patada hacia atrás con la pierna izquierda sin mirar. Pareció que su pie tuviera ojos, pues hizo contacto con las muñecas del guardia situado detrás de ella que, con un aullido agónico, soltó la maza.

Mientras tanto, el guardia que tenía delante había perdido el equilibrio cuando la trayectoria de la maza quedó interrumpida y la punta de esta cayó de un porrazo sobre la arena. Antes de que pudiera recuperarse, Goztan dio un salto hacia adelante y asestó un sólido manotazo contra la parte trasera de su codo izquierdo al tiempo que agarraba la maza y la giraba para arrancársela de las manos.

Goztan hizo unas piruetas con la maza recién arrebatada mientras observaba a sus desarmados adversarios, uno de ellos cuidándose el codo y el otro las dos muñecas.

—¿Me dejáis pasar ya o queréis bailar un rato más?

Para ser sinceros, ninguno de los dos guardias mostró signo alguno de miedo, sino que se acercaron uno al otro y se interpusieron en su camino.

—Tendrás que matarnos si quieres pasar —dijo uno de ellos, cuyas manos caían sin fuerza, probablemente tenía rota al menos una de las muñecas, y gesticulaba de dolor al hablar. El otro cogió un silbato de concha que colgaba de un cordón de tendones alrededor del cuello y sopló, produciendo un pitido potente y agudo.

En la oscuridad sonaron otros silbatos; Goztan observó que al fondo de la playa se acercaban figuras borrosas mientras los pitidos crecían en intensidad.

Ahora que su instinto de luchadora se había enfriado ligeramente, Goztan se arrepintió de su comportamiento impulsivo. No había razón alguna para atacar a estos guardias. Seguro que Pékyu Tenryo no vería con buenos ojos a una thane que lesionaba a sus guardias, aunque la hubieran ofendido previamente. ¿Cómo iba a defender la causa de su pueblo frente a un señor enfadado? Pero ya era demasiado tarde para dar su brazo a torcer. Alzó la maza dispuesta a enfrentarse a docenas de guardias si fuera necesario.

Un potente batido de alas se aproximó por detrás y la nítida voz de una chica joven gritó:

—¡Deteneos todos!

Goztan se giró justo a tiempo de ver a un garinafin inmaduro, de unos veinte pies de cola a hocico, caer sobre la arena con un ruido sordo. Era evidente que el garinafin no estaba entrenado, ya que se tambaleó unos cuantos pasos hacia adelante, se arrodilló y plegó las alas coriáceas contra su pesado cuerpo, llenando las fosas nasales de Goztan con un familiar olor a almizcle. Sobre su lomo iba una niña de unos diez años cuyas trenzas rubias reflejaban la luz de la luna, envolviendo en un halo su rostro pálido e inmaculado.

—Pékyu-taasa —dijo el guarda que había dado la alarma, al tiempo que levantaba los brazos y cruzaba las muñecas a modo de saludo—. El pékyu ha dicho que nadie está autorizado a acercarse a los barcos a menos que haya sido purificado. Esta forastera ha intentado…

—Conozco las órdenes de mi padre —dijo la chica. Acarició los hombros de su montura y el garinafin enroscó el largo cuello hasta colocar la cabeza sobre el suelo cerca del hombro. La piloto descendió utilizando la cabeza como peldaño intermedio. La bestia respiraba de forma rápida y sonora, produciendo un sonido amortiguado similar al de una trompa de concha.

La chica se volvió hacia Goztan y observó que miraba fijamente al garinafin y fruncía el ceño. Una sombra de preocupación atravesó el rostro de la chica.

—Revélales tu nombre —dijo en un tono que no admitía discusión.

Por el tratamiento que le otorgaban los guardias, Goztan dedujo que la niña era hija de Pékyu Tenryo y, a juzgar por su edad, debía tratarse de Vadyu, la supuesta favorita de su padre. Era poco más que un bebé la última vez que Goztan estuvo en Taten.

No parecía tener mucho sentido seguir ocultando su identidad.

—Me llamo Goztan Ryoto, hija de Dayu Ryoto, hijo de Péfir Vagapé. Sirvo al pékyu como thane de las Cinco Tribus del Cuerno.

Vadyu se giró hacia los guardias.

—Cancelad la alarma. La thane es mi invitada.

—Pero no sabemos si es quien dice ser…

—Yo sé exactamente quién es —le interrumpió Vadyu.

—A pesar de eso, ha quebrantado…

—Podéis explicar vuestras lesiones como resultado de un accidente en la instrucción —dijo Vadyu— o mañana todos sabrán que fuisteis tan ignorantes como para atreveros a desafiar a una famosa veterana de las guerras agon, que se vio obligada a daros una lección. Vosotros elegís, pero creo que es más fácil mantener una mentira si hay menos testigos.

El corazón de Goztan se hinchió de orgullo. Las ofensas que había soportado toda la tarde parecieron disiparse. Una famosa veterana de las guerras agon. Pero luego, mientras seguía observando a la chica y a su montura, su rostro recuperó el ceño.

Los dos guardias cruzaron la mirada y parecieron llegar a una decisión. El hombre del silbato emitió una serie de pitidos rápidos. A los pocos momentos los pitidos lejanos se fueron desvaneciendo, confirmando que los refuerzos regresaban a sus puestos.

—Id a que os cuiden el codo y las muñecas —dijo Vadyu—. Sé que intentabais cumplir fielmente las órdenes de mi padre, y vuestra lealtad no caerá en el olvido.

Los abatidos guardias asintieron con gratitud y se marcharon, dejando solas a la thane y a la pékyu-taasa.

Goztan se giró hacia Vadyu.

—Se supone que no deberías estar aquí, ¿verdad?

El rostro de la niña se paralizó por el asombro.

—¿Cómo… cómo lo sabes?

Goztan rio entre dientes.

—Porque tenías más ganas de deshacerte de estos guardias que yo misma.

—Es que no quería que avergonzaran a una gran guerrera a la que conozco y admiro —replicó la niña.

—¿De verdad? ¿Cuáles fueron mis méritos en las guerras agon? ¿De qué me siento más orgullosa?

La niña vaciló y luego dijo tímidamente:

—He oído hablar de ti.

—Casi has conseguido engañarme; ha sido muy astuto de tu parte apelar a mi vanidad. Pero llevo seis años sin venir a Taten, así que no podías recordarme de la última visita. ¿Por qué has mentido y has fingido conocerme?

La niña apretó los labios y no respondió.

Goztan dio un paso amenazante hacia ella.

—Un casco puede ser robado. Yo podría ser una esclava agon disfrazada para planear un sabotaje.

Vadyu no quiso retroceder, pero Goztan observó que su mano derecha se abalanzaba hacia la daga de hueso que llevaba en el cinturón. Pero enseguida, deliberadamente, apartó la mano de la daga.

—Entonces no habrías desarmado a los guardias en lugar de matarlos, algo de lo que eres muy capaz.

Goztan estaba impresionada por la fría y rápida agudeza de la niña. Entendía que el pékyu favoreciera a la joven pékyu-taasa. Continuó dando zancadas hacia la niña y todo el cuerpo de esta se tensó. Pero en el último momento Goztan hizo un giro, arrojó la maza que había arrebatado al guardia y se arrodilló junto al joven garinafin. Con cuidado, levantó la cabeza del garinafin y la acomodó en su regazo. El garinafin, una joven hembra que probablemente acababa de aprender a volar, echaba espuma por la boca y su cuerpo temblaba con violencia.

—¿Qué le ocurre a Korva? —pregunto Vadyu con inquietud.

—Rápido, dame toda la tolyusa que tengas.

Asustada, Vadyu echó mano al morral que llevaba a la cintura, sacó puñados de las picantes bayas y los volcó en las manos ahuecadas de Goztan. La mujer arrodillada se las dio a comer poco a poco. Al rato, la garinafin se calmó y cerró los ojos. Pero incluso durmiendo, sus ojos parecían moverse velozmente bajo los párpados.

—¿Se pondrá bien? —preguntó Vadyu preocupada.

—Solo está soñando —dijo Goztan—. La tolyusa provoca visiones en los garinafins, lo mismo que en nosotros. Está sobreexcitada, y la tolyusa disminuye el ritmo de su corazón, le dilata las arterias y le relaja los músculos para que pueda descansar.

—Sabía que podías ayudarla —dijo Vadyu—. Estaba muy asustada porque íbamos perdiendo altura y tenía que aterrizar. Entonces vi cómo la mirabas, como si supieras lo que iba mal, así que decidí…

—¡No deberías montar garinafins tan jóvenes! —Goztan alzó la voz y las palabras surgieron a ritmo torrencial—. Carecen de resistencia para volar mucho rato, y a veces sus familias tienen que cargarlos durante los viajes prolongados. Les lleva tiempo aprender a conservar el gas elevador y dominar su propio cuerpo. La estabas forzando demasiado.

—No lo sabía…

—¡Ya sé que no lo sabías! El modo en que criais a estos garinafins de guerra en enormes corrales… —Goztan respiró hondo y se obligó a calmarse. Verbalizar sus críticas a los métodos del pékyu para criar grandes ejércitos de garinafins ante su hija no iba a conseguirle ningún favor—. Soy piloto de garinafins de la vieja escuela, probablemente una de las mejores del ejército de tu padre, aunque él lleva años sin precisar de mis servicios. No soporto ver maltratadas a estas espléndidas bestias.

—Korva no procede de los corrales —objetó Vadyu—. Intento establecer vínculos con ella al modo antiguo.

Goztan entrecerró los ojos mientras acariciaba las suaves astas del garinafin.

—No tiene marcas de vínculos… ¿La has robado? Te dijeron que no debías montarla y decidiste desobedecer, ¿no es así?

Vadyu se mordió el labio inferior proyectando el mentón de forma desafiante.

—Es un regalo del thane de la Meseta Sin Viento a mi padre. Se supone que su madre es la garinafin más veloz de las que han combatido para el thane…

La voz de Goztan se suavizó ligeramente.

—¿Y querías ver si había heredado la velocidad de su madre? No va a poder desarrollarse del todo si…

—¡Ya sé que es demasiado joven para alcanzar su máxima velocidad! ¡No me escuchas! ¿Me tomas por una cría ignorante? —espurreó Vadyu, con los ojos llenos de rabia por no ser comprendida.

Goztan se dio cuenta de que era preferible no responder.

—Está bien, pékyu-taasa, continúa, por favor. Prometo no interrumpirte.

Vadyu respiró hondo.

—Aunque yo la vi primero y supliqué que me la regalara, mi padre quería dársela a mi hermano. «Necesito una montura de guerra», le dije. «Pero esta pequeña bestia tiene bastante temperamento», me respondió. «¡Yo también!», le dije. «Cudyu tiene más experiencia», me dijo él. «¿En montar ganado? Apuesto a que puedo resistir más que él sobre un toro de rodeo», respondí. «Cudyu es mayor y necesitará una montura de guerra antes que tú», me dijo, y ese fue el final de la discusión. ¡No es justo! Nunca consigo lo que quiero solo por ser más pequeña. Así que decidí montarla yo antes en un vuelo prolongado para que adquiriera vínculos conmigo.

Goztan echó a reír.

—Entonces tenía razón. Eres una ladrona.

—¡No lo soy! Hasta que un garinafin no se vincula a un piloto no pertenece a nadie.

—¿Cómo puedes considerarte un piloto cuando ni siquiera sabes cómo cuidar a tu montura adecuadamente?

Las lágrimas amenazaban con inundar los ojos de Vadyu.

—Debería… debería haber aprendido más cosas, pero no me digas que tú siempre hacías lo que te decían cuando tenías mi edad.

Goztan suspiró y suavizó la voz cuando volvió a hablar.

—Ahí me has pillado. Mi madre, que fue thane antes que yo, estaba vinculada a un gran garinafin macho que tenía un temperamento terrible. Se suponía que era imposible montarlo. Por supuesto yo decidí que tenía que intentarlo, aunque su silla era tan ancha que cuando conseguí subirme a él mis piernas quedaban horizontales, completamente abiertas…

Al tiempo que rememoraba, Goztan acariciaba suavemente la cabeza de Korva mirando con cariño el aleteo de las pestañas de la garinafin.

Por eso no percibió el cambio súbito en la expresión de Vadyu al escuchar su relato, ni vio cómo la niña alcanzaba el garrote situado a sus pies y, desde luego, no estaba preparada cuando la niña se echó hacia atrás y lo estrelló contra la parte posterior de su cabeza.

CAPÍTULO DOS

UNA EXPEDICIÓN SECRETA

CUEVA DE LA VICTORIA, UKYU-GONDÉ: QUINTO MES DEL DÉCIMO SEGUNDO AÑO POSTERIOR A LA LLEGADA DE EXTRANJEROS EN LOS BARCOS-CIUDAD (CONOCIDO EN DARA COMO EL PRIMER AÑO DEL REINADO DE LOS CUATRO MARES PLÁCIDOS)

Volvió en sí.

Su visión estaba llena de estrellas que nadaban en el agua.

Poco a poco se dio cuenta de que las estrellas no estaban en el agua, sino que centelleaban en el aire caliente. Las chispas de una rugiente fogata salían disparadas hacia los cielos oscuros como luciérnagas. Un olor de estiércol quemado y un aroma de carne asada invadieron sus fosas nasales. También percibía un rastro del fuerte sabor acre de la tolyusa fumada, que solo se consume en las grandes fiestas y celebraciones. El dolor en la nuca le hizo gemir.

Un canto hipnótico se filtraba hasta su consciencia.

Bravos guerreros de Lyucu, escuchad mis palabras,

una historia tan rica como los inmensos rebaños del pékyu,

aunque sigo siendo un extraño en vuestras tierras,

he contemplado la belleza divina con mi mano.

La forma en que el narrador pronunciaba algunas de las palabras revelaba que no había crecido hablando la lengua de los lyucu, y a pesar de los errores gramaticales que cometía —¿quién podía decir que había contemplado la belleza divina con la mano, en lugar de con el ojo?— el verso poseía una gracia cautivadora, un ritmo y una cadencia diferentes que resaltaban las imágenes, que obligaban al oyente a saborearlas, como si unos simples tubérculos silvestres tostados hubieran sido sazonados con salsa de tolyusa.

Pensó que la voz y el acento le resultaban familiares, aunque no podía localizar a quien hablaba. Intentó girar la cabeza hacia la voz y se dio cuenta de que tenía los brazos y las piernas fuertemente atados con gruesas cuerdas de tendones retorcidos. Estaba prisionera.

…Ya habéis escuchado la antigua historia del pastor agon que un invierno encontró un cachorro famélico y le devolvió la salud alimentándole con la leche de sus perros pastores. Cuando el cachorro creció, resultó ser un lobo. Un día, el pastor encontró al lobo con sus mandíbulas alrededor de un ternero recién nacido.

«¿Por qué pagas mi amabilidad con esta tradición?», preguntó el pastor.

«No puedo evitarlo», dijo el lobo. «Está en mi naturaleza».

Risas y un gran griterío interrumpieron el cuento.

—¡Se lo merece!

—Estúpido pastor agon.

—¡Hasta la leche de una perra agon está llena de traición y «tradición»!

Una cara infantil se colocó frente al campo de visión todavía borroso de Goztan: era la pékyu-taasa, cuyo pelo resplandecía a la luz del fuego.

—¿Por qué? —dijo Goztan con voz ronca. Apretó con fuerza los ojos cerrados y volvió a abrirlos en un intento de aclarar su visión. Sentía latir la parte posterior de la cabeza. Esperaba no tener nada roto.

Vadyu se inclinó hacia ella para susurrarle al oído:

—¿Quién eres realmente?

… en mi tierra hay un proverbio que probablemente comunica la misma sabiduría con palabras modestas. Nosotros decimos: «Una cruben engendra a una cruben, un dyran engendra a un dyran, y la hija de un pulpo puede romper ocho ostras al mismo tiempo».

Nuevas carcajadas y gritos.

—¡Más kyoffir!

—¡Más tolyusa!

—Me comería unos pulpos crudos ahora mismo.

—Creo que quieres decir «palabras molestas», viejo. ¡Habla como es debido!

—Oh, ya basta. El esclavo habla mucho mejor que tú. No me importaría que fueras más «modesto».

No parecía que nadie prestara atención a la prisionera atada junto al fuego, o a la niña que la interrogaba.

Goztan era incapaz de entender por qué Vadyu estaba preguntándole algo que ya había respondido antes. A pesar del martilleo de la cabeza, la mente le funcionaba con agilidad. Por alguna razón, la chica estaba convencida de que Goztan no era quien decía ser y suponía una amenaza, y hasta que Goztan descubriera la causa de ello, tenía que enfocar las cosas de otro modo.

—Estoy impresionada de que pudieras trasladarme hasta aquí tú sola.

La niña desvió la mirada avergonzada.

—Lo intenté, pero pesas demasiado para moverte yo sola. Tuve que pedir a algunos naros que me ayudaran. Les sorprendió verme, pero les conté que mi padre me había enviado para tomar nota de su valor. Me agradecieron que hubiera encontrado a una saboteadora por el camino.

—¿No te preocupa que quienes te ayudaron vayan a contar a tu padre lo de Korva?

Vadyu sonrió nerviosa.

—Casi todos los que están aquí van a zarpar a primera hora de la mañana para encontrar el paso del noroeste hacia Dara. No volverán a ver a mi padre en muchos años, o nunca.

Goztan estiró el rígido cuello para mirar hacia el mar. El resplandor de la rugiente fogata solo le permitía adivinar una flota de enormes balsas-coracle posadas sobre la arena. Eran una innovación introducida por el pékyu. Al amarrar juntos múltiples coracles circulares de hueso y cuero, los botes tradicionales de las tribus costeras, y añadirles un entramado rígido de huesos con numerosas cámaras de flotación, los lyucu habían conseguido construir unas novedosas embarcaciones sin depender de las técnicas de construcción naval de Dara. No tenían la capacidad de carga de los barcos-ciudad, necesaria para trasladar a toda una fuerza invasora, pero podían transportar una expedición exploratoria a mar abierto.

Por fin encontraba sentido al aparato de seguridad montado en torno a la cueva y a los centinelas que le había impedido el acceso. Durante años Pékyu Tenryo había estado obsesionado con encontrar la ruta hacia Dara, la tierra de origen de los barcos-ciudad, para poder organizar una invasión contra ella. No obstante, la remota localización de las islas y el aterrador Muro de las Tormentas descrito por los cautivos de Dara presentaban obstáculos aparentemente insuperables. Múltiples expediciones habían partido para encontrar la ruta hacia Dara, pero no se había vuelto a tener noticias de la mayor parte de ellas, y la tripulación de uno de los barcos que consiguió regresar quedó tan sobrecogida por la experiencia que rogó a Tenryo que pusiera fin a sus locos sueños de conquista. El pékyu se vio obligado a ejecutarlos para que no infectaran y corrompieran la moral de los lyucu.

Como ocasionalmente llegaban hasta la costa restos de expediciones malogradas, arrastrados por la gran corriente oceánica, el pékyu temía estar perdiendo el apoyo popular a estas aventuras de ultramar. Tal vez la presente expedición, a diferencia de las previas, estuviera envuelta en el secretismo con el fin de minimizar la posibilidad de que los ambiciosos thanes y los recalcitrantes ancianos que habían perdido a sus hijos en anteriores viajes montaran una escena.

Goztan siguió mirando alrededor pero no vio a la joven garinafin.

—¿Dónde está Korva?

—Sigue dormida. Se sentirá segura estando tan cerca de los rediles de los garinafins que están en periodo de formación. No quería dejarla sola, pero es más importante que me asegure de que una espía como tú no cause daño a los bravos naros de mi padre.

—Si vas a buscar a alguno de los guerreros más mayores que lucharon conmigo…

—Ja, no cuela. No puedes engañarme tan fácilmente. Aquí no hay nadie tan mayor como para haber combatido a los bárbaros dara cuando nos apoderamos de los barcos. ¿Contabas con eso, verdad? Esa es la razón por la que robaste la identidad de la heroína de una oscura tribu que raramente visita Taten, sabiendo que aquí nadie sería capaz de afirmar con seguridad que no eres la persona que dices ser.

Por supuesto, pensó Goztan, solo los jóvenes son lo bastante tontos como para ofrecerse voluntarios para una expedición cuya meta es encontrar unas islas remotas diseminadas por el mar infinito. Es tan absurdo como saltar a ciegas del lomo de un garinafin que se abate sobre las planicies y esperar aterrizar en una burbuja de agua en el mar de hierba.

—Podrías regresar a la Gran Tienda…

—¿Crees que tengo cinco años? Te aseguro que no voy a traer a uno de los viejos criados de mi padre para que encuentre a Korva por el camino…

—Podrías traerlo dando un rodeo y acercarte a la cueva por el otro lado…

—Claro. Ya sé que te gustaría que fuera por el camino más largo para así contar con más tiempo para escaparte y llevar a cabo tus siniestros planes. Puede que aún no conozca tus intenciones, pero puedo imaginármelas.

Goztan tenía ganas de reír y de gritar al mismo tiempo. Como todos los niños que se aferran a una idea, la lógica empleada para defender su convicción era irrefutable.

—Entonces, ¿qué vas a hacer conmigo?

Vadyu señaló sus propios ojos con dos dedos y luego le dio con ellos a Goztan mientras la miraba con expresión feroz.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que la flota zarpe al amanecer y Korva se haya recuperado. Luego… cogeré a Korva y te escoltaré de regreso a Taten. Al haber capturado a una peligrosa espía, no tendré problemas por haber robado a Korva. De hecho, puede que padre me la regale como recompensa. Todo va a salir a la perfección.

… Esta noche el pékyu me ha ordenado que recite para vosotros un relato de mi viaje hasta aquí, para que vuestros sueños estén llenos de visiones de la ruta de las ballenas. Al no haber nacido aquí, no puedo hablar a vuestro dios tan claramente como vosotros, pero tal vez los dioses examinen vuestros sueños y divisen el camino a través de la mar infinita para que lleguéis sanos y salvos.

Así que dejad que os entretenga un rato con mis cuentos, algunos reales, otros solo posibles —y no voy a deciros cuál es cuál—, aunque todos sean verdad…

Ahora solo se escucharon unas risas apagadas, que pronto se desvanecieron. El público se calmó. La cadencia del narrador arrojó un hechizo hipnótico sobre el grupo, que se preguntaba si por fortuna alguno de esos cuentos podría iluminar el oscuro mar como una brillante estrella fugaz y guiarlos a través de la desconocida inmensidad.

Goztan no tuvo más remedio que admirar a la niña por su audacia. El suyo era un plan disparatado, pero en realidad tenía la posibilidad de funcionar… si Goztan fuera realmente una espía.

Pero claro, siendo las cosas como eran, cuando Vadyu llevara a Goztan a Taten por la mañana, el pékyu se pondría tan furioso que puede que la pékyu-taasa no pudiera usar su trasero para sentarse sin doblarse de dolor durante un tiempo, y mucho menos montar un garinafin. Iba a disfrutar al ver la cara de sorpresa de Vadyu…

… si no fuera porque si la mantenía prisionera toda la noche, se perdería la audiencia con Pékyu Tenryo, programada para el despuntar del alba. A Tenryo no iban a gustarle las razones de su tardanza. Si el pékyu se mostraba duro con los thanes demasiado débiles, que, incapaces de resolver sus propios problemas domésticos, tenían que acudir a suplicarle ayuda, mucho más despreciaría a una thane incapaz de escapar de una niña de diez años, y estaría totalmente furioso con una thane cuya falta de recursos había puesto en ridículo a su hija favorita y, por asociación, a él mismo.

Goztan podía irse despidiendo para siempre de esos derechos de pasto en la cuenca de Aluro.

… La ruta de las ballenas es turbulenta y salvaje, y las maravillas que se encuentran en ella son tan innumerables como las estrellas en el firmamento.

En una ocasión, cuando atravesábamos una zona de agua templada, las velas flamearon y luego dejaron de ondear por falta de viento. No podíamos más que dejarnos llevar por la gran corriente oceánica que nos había alejado de Dara como semillas de diente de león al viento.

Una manada de delfines nadaba junto a la flota por la banda de estribor. Podíamos oír a esos mamíferos con aletas parlotear en su jubilosa lengua silbante, lo que aliviaba nuestro aburrimiento.

Un vigía gritó: «¡Un tiburón! ¡Un tiburón!».

Corrimos hasta la borda y vimos que sus palabras eran ciertas. Entre los saltarines y bailarines delfines había un pez que destacaba como una rata entre ratones. En lugar de lustroso hocico, tenía una sonrisa llena de dientes; en lugar del par de aletas horizontales que se flexionaban como las piernas de un hombre, tenía una cola vertical, asimétrica, que agitaba como una aleta caudal; en lugar del espiráculo en la parte superior de la cabeza que arrojaba vapor al aire, tenía las hendiduras branquiales laterales abiertas al agua marina…

El dolor de cabeza y el vértigo habían remitido lo suficiente para que Goztan pudiera girarse y enfocar la mirada en Vadyu sin sentir que iba a vomitar. Tenía que convencer a la niña de que la dejara marchar.

—¿Y qué pasa si te equivocas y soy realmente quien digo ser? ¿Cómo puedes estar tan segura de que soy una espía?

Vadyu la miró engreída.

—Vuelve a contarme tu linaje.

—Me llaman Goztan Ryoto, hija de Dayu Ryoto, hijo de Péfir Vagapé. Sirvo al pékyu como thane de…

—¡Mentirosa! —gritó Vadyu—. Casi me habías convencido. Casi. Pero eres como el lobezno de la vieja fábula. No puedes ocultar tu verdadera naturaleza.

Goztan estaba completamente perpleja.

—Debes haber malinter…

—Cuando estábamos con Korva dijiste que tu madre fue thane antes que tú.

—Así es.

—Y, sin embargo, cuando explicaste tu linaje solo nombraste a tu padre, no a tu madre —dijo Vadyu triunfalmente—. Así que, o eres una impostora que no ha preparado sus mentiras lo bastante bien, o eres una usurpadora, y mi padre jamás hubiera aceptado que una usurpadora formara parte de sus thanes de confianza.

… Esperábamos ver derramamiento de sangre; esperábamos ver a los delfines volverse contra ese pez asesino, el enemigo antiguo de la raza cetácea.

Pero no hubo ninguna pelea, no embistieron contra el intruso. El pesado tiburón gris, el doble de grande que el más grande de los delfines, se comportaba como un miembro más de la manada. Aunque no podía saltar tan grácilmente como ellos, buceaba bajo la superficie, aceleraba con poderosos golpes de su cola poco adecuada para las acrobacias y se lanzaba fuera del agua imitando a su extraña familia. Y cuando volvía a caer de golpe sobre el océano los delfines le aclamaban con silbidos y chillidos, celebrando su logro como si el tiburón fuera un niño mimado…

Goztan no pudo contener una risita. Dado el modo en que el propio Pékyu Tenryo había alcanzado el poder, la idea de que no tolerara a los usurpadores era absurda, pero no estaba segura de que la pékyu-taasa tuviera suficiente conocimiento del mundo como para entender las razones de su «mentira».

—¡Deja de reír! ¿Qué tiene tanta gracia?

—Bueno, en realidad estás equivocada, pero, por dónde empiezo…

La frase se le atravesó en la garganta, sin terminar, porque por fin había vislumbrado a la gesticulante figura del narrador junto al fuego, y se dio cuenta de por qué su voz le parecía tan familiar.

CAPÍTULO TRES

MENSAJE EN UN CAPARAZÓN DE TORTUGA

UKYU-GONDÉ: AÑO EN QUE LLEGARON LOS BARCOS-CIUDAD DE DARA (CONOCIDO EN DARA COMO EL PRIMER AÑO DEL REINADO DE LA FUERZA JUSTA, CUANDO EL EMPERADOR ERISHI ASCENDIÓ AL TRONO TRAS LA MUERTE DEL EMPERADOR MAPIDÉRÉ)

La madre de Goztan, Tenlek Ryoto, cacique de la Tercera Tribu del Cuerno, había sido de los primeros thanes de Pékyu Toluroru Roatan en prometer lealtad a Tenryo después de que el hijo desairado matara a su padre para usurpar el rango de pékyu. De niña, Goztan observó con admiración cómo Tenryo unía a las disgregadas tribus lyucu de las planicies en un martillo divino, del cual él mismo era la cabeza que golpeaba a los odiados agon, los antiguos enemigos opresores de los lyucu, hasta someterlos. Cuando tuvo suficiente edad se unió a su ejército como piloto de garinafin. Allí estudió las frías tácticas de Tenryo, emuló sus arrebatos de pasión y aplastó a tantos enemigos que no quedó lugar en su casco para las pequeñas cruces que usaba para registrar los cadáveres agon que dejaba detrás.

La Tercera Tribu del Cuerno prosperó. Aunque era demasiado joven para ser madre, Goztan observó con placer que las madres de la tribu se ponían gordas y hermosas gracias a la carne y la leche que les proporcionaban los rebaños de reses de pelo largo y de ovejas mochas que capturaba, mientras sus hijos eran cuidados por los esclavos agon que raptaba en sus incursiones. Aunque sus padres todavía eran jóvenes y vigorosos, Goztan suspiraba aliviada al ver que los ancianos débiles de la tribu ya no tenían que despedirse de sus familias y adentrarse en las tormentas invernales para desaparecer —aunque eso significara que los agon más viejos murieran de hambre en sus aldeas, pero así era la vida en las planicies.

—Eres mejor que cualquiera de tus hermanos y hermanas —dijo Tenlek con voz llena de orgullo—. Eres igual que yo.

Luego, el mismo año en que alcanzó la edad en la que podría tomar marido y tener sus propios hijos, los extranjeros de ultramar llegaron en sus monstruosos barcos-ciudad.

A pesar de la cautelosa bienvenida que les dieron los lyucu bajo la dirección de Pékyu Tenryo, los extranjeros pronto mostraron su naturaleza bestial y asesinaron a decenas de lyucu con sus formidables armas de metal.