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ANTES DE JUBILARSE, HARRY BOSCH INVESTIGA UN CRIMEN IMPOSIBLE Y UNA CONSPIRACIÓN POLÍTICA EN SU PROPIO DEPARTAMENTO A Harry Bosch le han dado tres años para retirarse de la policía de Los Ángeles, y quiere volcarse en nuevos casos como nunca antes. En una mañana consigue dos. El ADN de una violación y asesinato de 1989 coincide con el de un violador convicto de 29 años. ¿Era un asesino de ocho años o algo salió terriblemente mal en el nuevo Laboratorio Regional de Criminalística? Esta última posibilidad podría comprometer todos los casos de ADN del laboratorio que se encuentran actualmente en los tribunales. Por otro lado, Bosch y su compañero son llamados a una escena del crimen empapada de política interna. El hijo del concejal Irvin Irving saltó o fue empujado desde una ventana en el Chateau Marmont. Irving, antiguo enemigo de Bosch, exige que Harry se encargue de la investigación. Implacable en la investigación de ambos casos, Bosch hace dos hallazgos escalofriantes: un asesino que opera sin ser descubierto desde hace nada menos que tres décadas y una conspiración política que se remonta al oscuro pasado del departamento de policía.
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Seitenzahl: 554
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Michael Connelly
Cuesta abajo
Traducido del inglés por Antonio Padilla
Dedicado a Rick, Tim y Jay, quienes saben lo que Harry Bosch sabe
La Navidad se presentaba una vez al mes en la Unidad de Casos Abiertos / No Resueltos. Llegaba cuando la teniente se paseaba por la sala de inspectores como si fuera Papá Noel, distribuyendo, entre los seis equipos de inspectores que integraban la unidad, los resultados como si de regalos se tratase. Los resultados «en frío» eran el elemento vital de aquella unidad. Los equipos asignados al grupo de Abiertos / No Resueltos no esperaban que les llegasen casos recientes. Lo suyo eran los resultados en frío.
La unidad investigaba los asesinatos que no se habían aclarado y que habían tenido lugar en Los Ángeles a lo largo de los últimos cincuenta años. La formaban doce inspectores, un secretario, un jefe de la sala de inspectores —conocido como el Látigo— y la teniente. Y había diez mil casos que investigar. Los primeros cinco equipos de inspectores se habían repartido los cincuenta años; cada uno había escogido diez años al azar. Su labor era revisar en los archivos todos los casos de homicidio no resueltos sucedidos en los años que les habían tocado en suerte, evaluarlos y entregar las antiguas muestras e indicios olvidados para un nuevo análisis utilizando tecnología actual. Todas las muestras de ADN iban a parar al nuevo laboratorio regional de la Universidad Estatal de California. Cuando el ADN de un viejo caso se correspondía con el de un individuo cuyo perfil genético constaba en alguna de las bases de datos genéticos del país, la correspondencia recibía el nombre de «resultado en frío». El laboratorio enviaba los resultados en frío por correo ordinario al final de cada mes. Un día o dos después, llegaban al edificio administrativo de la policía, en el centro de Los Ángeles. Hacia las ocho de esa mañana, la teniente acostumbraba a salir por la puerta de su despacho y entrar en la sala de inspectores. Con los sobres en la mano. Cada uno de los resultados en frío había sido franqueado individualmente en un sobre color manila. Por lo general, la teniente entregaba los sobres a los mismos inspectores que habían entregado las muestras de ADN al laboratorio. Sin embargo, a veces, había demasiados resultados en frío para que un solo equipo pudiera encargarse de ellos. También era posible que algunos inspectores estuvieran en los juzgados, de vacaciones o de baja médica. Y, en ocasiones, los resultados fríos revelaban unas circunstancias que exigían la máxima capacidad y experiencia. Ahí era donde entraba en juego el sexto equipo. Los inspectores Harry Bosch y David Chu eran quienes formaban el sexto equipo. Eran los comodines. Se ocupaban de los casos que los demás equipos no podían asumir, así como de las investigaciones especiales.
La mañana del lunes 3 de octubre, la teniente Gail Duvall salió de su despacho y se adentró en la sala de inspectores con solo tres sobres color manila en la mano. Harry Bosch tuvo que reprimir un suspiro al ver tan magra correspondencia. Se dijo que, con tan pocos sobres, no iban a asignarle ningún caso en el que trabajar.
Llevaba casi un año otra vez en la unidad, después de haberse pasado dos reasignado a la brigada especial de homicidios. Pero, tras ponerse a trabajar de nuevo en el grupo de Casos Abiertos / No Resueltos, pronto se había acostumbrado al ritmo de la unidad. El suyo no era un grupo de los de intervención inmediata. Ellos no eran de los que tenían que salir corriendo por la puerta para dirigirse a la escena de un crimen. De hecho, no trabajaban en las escenas de los crímenes, sino con las carpetas y las cajas de cartón de los archivos. El suyo era, más que nada, un empleo típico de oficina, de las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde… Con una salvedad: en su unidad se viajaba más que en las demás brigadas de inspectores. Los individuos que se habían ido de rositas de un asesinato —o que eso se pensaban— no acostumbraban a quedarse por la zona. Se iban a vivir a otros lugares, y era frecuente que los inspectores de Casos Abiertos / No Resueltos tuvieran que viajar para escoltarlos de regreso a California.
El ciclo mensual de espera hasta la llegada de los sobres color manila era parte integral del ritmo de trabajo. A veces, a Harry le costaba dormir las noches previas a la Navidad. Nunca se tomaba libre una primera semana de mes y jamás se presentaba tarde al trabajo cuando la llegada de los sobres color manila estaba al caer. Su propia hija adolescente había reparado en este ciclo mensual de anticipación y agitación, que comparaba con el ciclo menstrual. Bosch no le veía la gracia al asunto y se sentía un poco avergonzado cada vez que su hija sacaba el tema a colación.
Al ver tan escaso número de sobres en la mano de la teniente, su decepción se podía palpar en su garganta. Bosch quería un nuevo caso. Lo necesitaba. Necesitaba ver la expresión en el rostro del asesino cuando llamara a la puerta y le mostrara la placa, la encarnación de la inesperada justicia que se cernía sobre él después de tantos años. La cosa resultaba adictiva, y Bosch ansiaba disfrutar de ella.
La teniente entregó el primero de los sobres a Rick Jackson. Jackson y su compañero, Rich Bengtson, eran unos investigadores competentes que llevaban en la unidad desde su misma formación. Bosch no tenía quejas al respecto. El siguiente sobre fue a parar al vacío escritorio de Teddy Baker. La inspectora y su compañero, Greg Kehoe, estaban volviendo de recoger a cierto sujeto en Tampa, un piloto de aviones a quien las huellas dactilares incriminaban como responsable del estrangulamiento en 1991 de una azafata de vuelo en Marina del Rey.
Bosch estaba a punto de sugerirle a la teniente que Baker y Kehoe seguramente estaban muy ocupados con el caso de Marina del Rey y que mejor haría en entregar el sobre a otro equipo —al suyo, por ejemplo—, pero, en ese momento, la teniente le miró y se valió del último sobre para invitarle a pasar a su despacho.
—¿Pueden entrar los dos un momento? Y usted también, Tim.
Tim Marcia era el Látigo del grupo, el inspector número tres, principalmente encargado de las labores complementarias y de supervisión en la unidad. Marcia era quien ejercía de mentor de los inspectores jóvenes y quien se aseguraba de que los veteranos no se dejaran llevar por la pereza. Dado que Jackson y Bosch eran los únicos investigadores veteranos, Marcia apenas tenía que preocuparse a este respecto. Tanto Jackson como Bosch formaban parte de la unidad porque siempre lo daban todo a la hora de resolver un caso.
Harry se levantó de la silla antes de que la teniente hubiera terminado de formular la pregunta. Echó a andar hacia el despacho, seguido por Chu y Marcia.
—Cierre la puerta —dijo la teniente—. Siéntense.
El despacho de Duvall estaba en una esquina, y sus ventanas daban a Spring Street y al edificio del Los Angeles Times. Paranoica ante la posibilidad de que los periodistas estuvieran observándola desde la redacción enclavada al otro lado de la calle, siempre tenía las persianas bajadas, así que el despacho estaba a media luz y llevaba a pensar en una cueva. Bosch y Chu se sentaron en las sillas situadas ante el escritorio de la teniente. Marcia terminó de entrar, fue hacia el lado del escritorio de Duvall y apoyó la espalda en una vieja caja fuerte empleada para guardar muestras y pruebas encontradas en el terreno.
—Quiero que ustedes dos se encarguen de este último resultado —dijo, pasándole el sobre color manila a Bosch—. Aquí hay algo muy raro. No digan una palabra sobre el asunto hasta que descubran de qué se trata. Mantengan informado a Tim, pero sin levantar la liebre.
El sobre ya estaba abierto. Chu acercó el rostro para mirar mientras Harry levantaba la solapa y sacaba la hoja con el resultado. En ella constaba el número del caso para el que habían entregado la muestra de ADN, así como el nombre, la edad, la última dirección conocida y la ficha delictiva de la persona cuyo perfil genético se correspondía con dicha muestra. Inmediatamente, Bosch se fijó en que el número del caso tenía el prefijo 89, lo que denotaba que se trataba de un caso sucedido en 1989. No había detalles sobre el crimen; tan solo se indicaba el año. Pero Bosch sabía que los casos de 1989 eran prerrogativa del equipo formado por Ross Shuler y Adriana Dolan. Lo sabía porque en 1989 había estado muy ocupado investigando asesinatos en la Brigada Especial de Homicidios y porque recientemente había estado reexaminando uno de sus propios casos no resueltos y se había enterado de que los casos de ese año eran cosa de Shuler y Dolan. En la unidad eran conocidos como los chavales. Eran unos investigadores jóvenes, con mucho empuje y capacidad, pero entre los dos tenían menos de ocho años de experiencia en la investigación de homicidios. Si en este resultado frío había algo raro, no era extraño que la teniente quisiese que Bosch se ocupara del asunto. Harry había investigado más asesinatos que todos los demás miembros del grupo juntos. Aparte de Jackson, claro, que llevaba en activo desde la noche de los tiempos.
A continuación se fijó en el nombre que aparecía en el papel: Clayton S. Pell. Un nombre que no le decía nada. Pero en la ficha de Pell constaban numerosas detenciones, así como tres condenas sucesivas por exhibicionismo, detención ilegal y violación. Había estado encarcelado durante seis años por dicha violación y había salido de prisión dieciocho meses atrás, bajo libertad condicional durante cuatro años. Su última dirección conocida era la facilitada por la junta estatal para la concesión de libertad condicional. Pell residía en un centro de acogida para condenados por delitos sexuales situado en Panorama City.
En vista de la ficha de Pell, Bosch supuso que el caso de 1989 seguramente era un asesinato de naturaleza sexual. Empezó a sentir un nudo en las entrañas y se dijo que iba a salir a la calle, detener a Clayton Pell y hacerle comparecer ante la justicia.
—¿Lo ve? —preguntó Duvall.
—¿El qué? —respondió Bosch—. ¿Estamos hablando de un asesinato de naturaleza sexual? Este pájaro es el clásico depredad…
—La fecha de nacimiento —indicó Duvall.
Bosch volvió a fijar la mirada en el documento, mientras Chu hacía otro tanto.
—Sí, aquí está —dijo Bosch—, 9 de noviembre de 1981. Pero ¿y eso qué…?
—Es demasiado joven —afirmó Chu.
Bosch le miró un instante y volvió a fijar la vista en el papel. De pronto cayó en la cuenta. Nacido en 1981, Clayton Pell tan solo tenía ocho años cuando se cometió ese asesinato.
—Exacto —dijo Duvall—. Así pues, quiero que echen mano al expediente y a la caja de pruebas que tienen Shuler y Dolan, y que, sin hacer ruido, averigüen qué significa todo esto. Dios no quiera que hayan estado mezclando muestras de dos casos distintos.
Bosch comprendió que si Shuler y Dolan, sin querer, habían enviado al laboratorio muestras genéticas correspondientes al antiguo caso, pero etiquetadas en referencia a otro caso más reciente, sería completamente imposible proseguir con la investigación de ambos casos y llevarlos a juicio.
—Como estaba a punto de decir —continuó Duvall—, el sujeto mencionado en el resultado es un depredador sexual, sin duda, pero no creo que a los ocho años fuera capaz de cometer un asesinato e irse de rositas. Aquí hay algo que no encaja. Descubran de qué se trata y explíquenmelo antes de hacer algo. Si Shuler y Dolan han metido la pata y aún estamos a tiempo de enmendarlo, no será necesario informar a Asuntos Internos. La cosa no tendrá por qué salir de aquí.
Duvall parecía decidida a proteger a Shuler y a Dolan del Departamento de Asuntos Internos, pero también determinada a protegerse a sí misma, algo que a Bosch no se le pasaba por alto. Para la teniente, los ascensos eran historia si se descubría que la gente bajo su mando había cometido un error tan escandaloso en el manejo de unas pruebas.
—¿Qué otros años tienen asignados Shuler y Dolan? —preguntó Bosch.
—Los más recientes son el 97 y el 2000 —respondió Marcia—. Si se trata de un error, posiblemente tenga que ver con uno de sus casos correspondientes a esos otros años.
Bosch asintió con la cabeza. Se imaginaba lo que podía pasar. El descuido en el manejo de muestras genéticas de un caso y su errónea atribución a otro caso provocaría que los dos se convirtiesen en completamente irresolubles. Y el escándalo mancharía a todos los que tuvieran la más nimia relación con lo sucedido.
—¿Y qué les decimos a Shuler y a Dolan? —preguntó Chu—. ¿Qué razón vamos a darles a la hora de asumir un caso que es suyo?
Duvall miró a Marcia en busca de una respuesta.
—Tienen que comparecer en un juicio —sugirió Marcia—. Y la selección del jurado comienza este mismo jueves.
Duvall asintió con la cabeza.
—¿Y si insisten en que quieren seguir llevando el caso? —preguntó Chu—. ¿Y si aseguran que pueden hacerlo sin problemas?
—Les dejaré las cosas claras —respondió Duvall—. ¿Alguna cosa más, inspectores?
Bosch fijó la mirada en ella.
—Vamos a investigar este caso, teniente, y veremos qué es lo que ha pasado. Pero yo no soy de los que investigan a otros policías.
—Me parece muy bien. No es lo que le estoy pidiendo. Lo que quiero es que investiguen el caso y me expliquen cómo es que la muestra de ADN resulta ser la de un chaval de ocho años, ¿entendido?
Bosch asintió con la cabeza y empezó a levantarse de la silla.
—Pero acuérdense bien —añadió Duvall—: lo primero, antes de hacer nada, es hablar conmigo.
—Mensaje captado —repuso Bosch.
Ya iban a salir del despacho cuando la teniente dijo:
—Harry, quiero hablar con usted un momento.
Bosch miró a Chu y enarcó las cejas. No terminaba de entender. La teniente rodeó el escritorio y cerró la puerta después de que Chu y Marcia hubieran salido. De pie, como estaba, dijo en tono formal:
—Simplemente quiero decirle que ha llegado respuesta a su solicitud de una extensión del programa DROP. Le han dado cuatro años, retroactivamente.
Bosch se la quedó mirando e hizo un cálculo mental. Asintió con la cabeza. Había pedido el máximo —cinco años, de forma no retroactiva—, pero estaba dispuesto a aceptar lo que le ofrecieran. No era ninguna bicoca, pero mejor eso que nada.
—Y, bueno, pues me alegro —dijo Duvall—. Eso significa que va a seguir con nosotros treinta y nueve meses más.
Su voz dejaba entrever que parecía haber detectado cierta decepción en la expresión de Bosch.
—No —repuso él de inmediato—. Me alegro. Tan solo estaba pensando en las explicaciones que voy a tener que darle a mi hija. Pero está bien. Estoy contento.
—Estupendo, pues.
Era su forma de decir que la reunión había concluido. Bosch le dio las gracias y salió del despacho. De vuelta en la sala de inspectores, miró la vasta extensión de escritorios, tabiques divisorios y archivadores. Tenía claro que ese era su hogar y que iba a seguir en él… por el momento.
La Unidad de Casos Abiertos / No Resueltos tenía acceso a las dos salas de reuniones del quinto piso, al igual que todas las demás unidades de la Brigada de Robos y Homicidios. Por lo general, los inspectores tenían que reservar hora para una u otra sala firmando en la pizarrita colgada de la puerta. Pero, como era lunes por la mañana, muy temprano, ambas salas estaban vacías. Bosch, Chu, Shuler y Dolan entraron en la más pequeña de las dos sin necesidad de reservar nada.
Llevaban consigo la ficha de asesinato y la pequeña caja con las pruebas halladas en 1989.
—Muy bien —dijo Bosch cuando todos estuvieron sentados—. Entonces, ¿estáis de acuerdo en que Chu y yo asumamos este caso? Si no lo estáis, podemos ir a ver a la teniente y decirle que os interesa mucho seguir llevándolo.
—No, está bien —respondió Shuler—. Los dos estamos muy ocupados con el juicio, así que nos va bien. Es nuestro primer caso en la unidad, y nos interesa conseguir que el veredicto sea de culpabilidad.
Bosch asintió con la cabeza y abrió la ficha de asesinato.
—Entonces, ¿podríais hacernos un resumen de este caso?
Shuler hizo un gesto de asentimiento y empezó a resumir el caso de 1989 mientras Bosch revisaba los papeles que había en la carpeta.
—La víctima tenía diecinueve años y se llamaba Lily Price. La raptaron en plena calle mientras regresaba de la playa de Venice; se dirigía a su apartamento un domingo por la tarde. En su momento se estableció que la habían secuestrado en un punto situado entre Speedway y Voyage. Price vivía en Voyage, en un apartamento que compartía con otras tres personas. Una de esas personas estuvo con ella en la playa, mientras que las otras dos se encontraban en el piso. Y Price desapareció en un punto situado entre la playa y el piso. Dijo que iba un momento al apartamento para usar el cuarto de baño, pero nunca llegó.
»En la playa dejó su toalla y un walkman —añadió Shuler—. Y un frasco de protección solar. Así que está claro que su intención era la de volver. Pero no llegó a hacerlo.
—Encontraron su cuerpo a la mañana siguiente, en las rocas junto al mar —prosiguió Dolan—. Estaba desnuda y la habían violado y estrangulado. Nunca se encontró su ropa. Le habían quitado la ligadura de las muñecas.
Bosch ojeó las hojas de plástico a las que estaban fijadas las desvaídas fotos Polaroid de la escena del crimen. Al mirar a la víctima, no pudo evitar acordarse de su propia hija, que con quince años tenía toda la vida por delante. Hubo una época en que al ver fotografías de este tipo sentía que en su interior hervía el fuego necesario para convertirse en implacable. Pero desde que Maddie se había mudado a vivir con él, cada vez le resultaba más difícil mirar a las víctimas.
Pero no por ello el fuego dejaba de arder en su interior.
—¿De dónde procede el ADN? —preguntó—. ¿Del semen?
—No. El asesino usó un condón. O no llegó a eyacular —dijo Dolan—. No había rastros de semen.
—El ADN procede de una pequeña mancha de sangre —informó Shuler—. La mancha estaba en el cuello, justo detrás de la oreja derecha. Pero la chica no tenía ninguna herida en esa zona. Se supuso que la sangre era del asesino, que posiblemente se hizo un corte en la lucha o estaba sangrando de alguna forma. No era más que una gota. Una manchita de nada. A la muchacha la estrangularon con una ligadura. Si la estranguló por la espalda, es posible que su mano estuviera en contacto con esa parte del cuello. Y si tenía un corte en la mano…
—Un depósito por transferencia —terció Chu.
—Exacto.
Bosch encontró la Polaroid que mostraba el cuello de la víctima y la mancha de sangre. La foto estaba muy descolorida por el paso del tiempo, por lo que la sangre casi no se veía. Sobre el cuello de la joven habían puesto una regla para que la mancha de sangre pudiera ser medida en la foto. Su extensión era de poco más de dos centímetros.
—Así que recogieron y almacenaron esta muestra de sangre —sugirió, para que le dieran explicaciones adicionales.
—Sí —dijo Shuler—. Como no era más que una mancha, tomaron la muestra con un bastoncillo de algodón. El tipo de sangre resultó ser cero positivo. Guardaron el bastoncillo en un pequeño tubo, que encontramos en el registro cuando reabrimos el caso. La sangre se había convertido en polvo.
Shuler dio unos golpecitos con el bolígrafo en la caja de archivador.
El móvil de Bosch empezó a vibrar en su bolsillo. Normalmente hubiera dejado que saltara el contestador, pero su hija estaba enferma, no había ido al colegio y estaba sola en casa. Necesitaba asegurarse de que no era ella. Sacó el teléfono y miró la pantalla. No era su hija, sino una antigua compañera de trabajo, Kizmin Rider, que ahora era teniente y estaba asignada a la oficina del jefe de policía. Decidió que le devolvería la llamada después de la reunión. Bosch y Rider acostumbraban a almorzar juntos una vez al mes, y Harry supuso que Kizmin tal vez tuviera el día libre, que quizá le estaba llamando porque se había enterado de la aprobación de la extensión de su contrato por cuatro años más de acuerdo con el plan DROP. Volvió a meterse el teléfono en el bolsillo.
—¿Abristeis el tubo? —preguntó.
—Por supuesto que no —contestó Shuler.
—Ya. Así que hace cuatro meses enviasteis el tubo con el bastoncillo y lo que quedaba de sangre al laboratorio regional, ¿es eso? —preguntó.
—Exacto —dijo Shuler.
Bosch terminó de ojear la ficha de asesinato y se centró en el informe de la autopsia. Solía interesarse más en lo que veía que en lo que oía.
—Y, por entonces, ¿enviasteis alguna otra cosa al laboratorio?
—¿Del caso Price? —repuso Dolan—. No. En su momento, la muestra de sangre fue la única prueba biológica que encontraron.
Bosch asintió con la cabeza, animándola a continuar.
—Pero la muestra no los llevó a nadie —explicó Dolan—. Jamás llegaron a dar con un sospechoso. ¿A quién apunta el resultado en frío?
—De eso hablaremos en un momento —dijo Bosch—. Lo que quería decir era si enviasteis al laboratorio material de otros casos en los que estuvierais trabajando. ¿O es que solo estabais ocupados en este asunto?
—No, no enviamos nada más. Este era nuestro único caso en ese momento —respondió Shuler, que frunció los ojos, como si sospechara algo.
Bosch se llevó la mano al bolsillo interior de la americana y sacó el papel con el resultado en frío. Lo puso en la mesa y lo deslizó hacia Shuler.
—El resultado en frío es el de un criminal sexual, así que todo encaja a la perfección. Salvo por un pequeño detalle.
Shuler desplegó el papel. Dolan y él acercaron los rostros para leerlo, tal y como Bosch y Chu habían hecho antes.
—¿Qué detalle? —preguntó Dolan, que no se había fijado en lo que implicaba la fecha de nacimiento del tipo—. Este sujeto se ajusta como un guante.
—Se ajusta ahora —matizó Bosch—. Pero entonces tenía ocho años.
—¿Estás de coña? —soltó Dolan.
—¿Qué coño…? —secundó Shuler.
Dolan le arrebató el papel a su compañero para cerciorarse de la fecha de nacimiento. Shuler se arrellanó en el asiento y miró a Bosch con la suspicacia en los ojos.
—Así que piensas que la jodimos y hemos mezclado un caso con otro —dijo.
—Nada de eso —indicó Bosch—. La teniente nos pidió que comprobáramos la posibilidad, pero yo no veo que la hayáis cagado, en absoluto.
—Entonces es que la cosa pasó en el laboratorio regional —dijo Shuler—. ¿Os dais cuenta? Si la han cagado de esta forma, todos los abogados defensores de la ciudad van a poner en duda los análisis de ADN hechos en el laboratorio.
—Sí, ya lo he pensado —repuso Bosch—. Razón por la que será mejor que mantengáis la boca cerrada hasta que sepamos qué ha pasado. Hay otras posibilidades.
Dolan levantó el papel con el resultado y dijo:
—Ya. Pero ¿y si resulta que nadie la ha cagado? ¿Y si la sangre que encontraron en la chica muerta efectivamente era la de este chaval?
—¿Un niño de ocho años que rapta a una joven de diecinueve en plena calle, la viola, la estrangula y abandona su cadáver a cuatro manzanas de distancia? —intervino Chu—. Eso nunca ha sucedido.
—Bueno, pero es posible que el chaval estuviera allí —observó Dolan—. Quizá fue así como se inició en los crímenes sexuales. Ya habéis visto su ficha. El individuo encaja…, salvo por la edad.
Bosch asintió con la cabeza.
—Es posible —convino—. Como acabo de decir, hay otras posibilidades. Todavía no hay razón para dejarnos llevar por el pánico.
Su móvil vibró de nuevo. Lo sacó del bolsillo y vio que de nuevo era Kiz Rider. Dos llamadas en cinco minutos. Se dijo que lo mejor era responder. No le estaba llamando con la idea de quedar para comer.
—Tengo que salir un segundo.
Se levantó y respondió a la llamada mientras salía al pasillo.
—¿Kiz?
—Harry, he estado llamándote para ponerte sobre aviso.
—Estoy en una reunión. ¿De qué me tienes que avisar?
—De que van a convocarte a la oficina del jefe de policía.
—¿Quieres que suba al décimo piso?
En el nuevo edificio de la policía, los despachos del jefe estaban en la décima planta y tenían una pequeña terraza con vistas al edificio administrativo del centro cívico.
—No. Nos vemos en Sunset Strip. Van a ordenarte que vayas a la escena de un crimen y asumas el caso. Y la cosa no va a gustarte.
—Mira, teniente, tengo un nuevo caso de esta misma mañana. No necesito otro más.
Llamarla «teniente» era un modo de expresar su contrariedad. Las convocatorias a la oficina del jefe de policía y los casos que solían asignarse allí mismo siempre conllevaban problemas y ciertas implicaciones políticas. A veces era muy difícil navegar por aguas tan turbulentas.
—Nuestro amigo no te va a dejar elección, Harry.
El «amigo» era el jefe de policía.
—¿De qué va ese caso?
—Alguien que se ha tirado por un balcón del Chateau Marmont.
—¿Quién?
—Harry, creo que lo mejor es esperar a que el jefe te llame. Yo solo quería…
—¿De quién se trata, Kiz? Me conoces y sabes que soy capaz de mantener un secreto hasta que deja de serlo.
Rider hizo una pausa antes de responder.
—Por lo que sé, los restos no son muy reconocibles. La caída ha sido de siete pisos hasta la acera. Pero la identificación inicial señala a George Thomas Irving, cuarenta y seis años de edad, un metro y…
—¿Irving? ¿Como Irvin Irving? ¿Como el concejal Irvin Irving?
—La némesis del cuerpo de policía de Los Ángeles… Y del inspector Harry Bosch en particular. El mismo que viste y calza. El muerto es su hijo, y el concejal Irving ha insistido ante el jefe en que seas tú quien lleve la investigación. El jefe le ha dicho que no hay problema.
Bosch se quedó con la boca abierta.
—¿Y por qué iba a querer Irving que fuera yo? —preguntó finalmente—. Ese hombre se ha pasado media vida en la policía y en la política tratando de acabar con mi carrera profesional.
—Pues no lo sé, Harry. Lo único que sé es que te quiere a ti.
—¿Cuándo os habéis enterado?
—La llamada llegó hacia las seis menos cuarto de esta mañana. Por lo que he deducido, todavía no está claro en qué momento se produjo la cosa.
Bosch consultó su reloj de pulsera. El caso ya tenía sus buenas tres horas. Y era más bien tarde para emprender la investigación de una muerte. Iba a empezar con desventaja.
—¿Y qué es lo que hay que investigar? —preguntó—. Me has dicho que el tipo se tiró por la ventana.
—Los primeros en llegar fueron los de la comisaría de Hollywood. Determinaron que había sido un suicidio, con la idea de dar el caso por cerrado. Pero entonces llegó el concejal, que no termina de aceptar que sea un suicidio. Por eso quiere que investigues.
—Pero ¿el jefe está al corriente de los problemas que he tenido con Irving…?
—Sí. Y también sabe que necesita todos los votos posibles en el Ayuntamiento para que autoricen que en el cuerpo de policía volvamos a cobrar por las horas extras.
Bosch vio que su superiora, la teniente Duvall, entraba en la Unidad de Casos Abiertos / No Resueltos. Duvall le localizó con la mirada y se dirigió hacia él.
—Me parece que van a informarme de modo oficial —musitó Bosch al teléfono—. Gracias por el soplo, Kiz. No le veo ningún sentido, pero gracias. Si oyes alguna otra cosa, dímelo.
—Harry, ándate con cuidado. Irving ya está muy mayor, pero sigue siendo peligroso.
—Lo sé.
Bosch desconectó el móvil en el mismo momento en que Duvall llegaba a su lado con un papel en la mano.
—Lo siento, Harry. Cambio de planes. Chu y tú tenéis que ir a esta dirección y ocuparos de un nuevo caso.
—¿Y ahora qué es?
Bosch se fijó en la dirección. Era la del Chateau Marmont.
—Órdenes de la oficina del jefe. Chu y tú pasáis a estar en el código tres y a haceros cargo de un caso. Es todo lo que sé. Además de que el jefe está esperándoos en persona.
—¿Y qué pasa con el viejo caso que acaba de asignarnos?
—Aparcadlo por el momento. Quiero que sigáis llevándolo, pero cuando podáis.
Señaló el papel que tenía en la mano.
—Ahora la prioridad es esta.
—¿Está segura, teniente?
—Pues claro que estoy segura. El jefe me ha llamado directamente y también va a llamarle a usted, así que hable con Chu, y en marcha.
Como era de esperar, Chu no paró de hacer preguntas durante el trayecto por la autovía 101. Llevaban casi dos años trabajando en equipo y, a estas alturas, Bosch estaba acostumbrado a que Chu manifestase sus inseguridades por medio de un torrente de preguntas, comentarios y observaciones. Era habitual que hablase de una cosa cuando en realidad era otra la que le inquietaba. Bosch a veces se lo ponía fácil y le respondía aquello que quería saber. En otras ocasiones, se hacía el remolón hasta poner de los nervios a su joven compañero.
—Harry, ¿qué carajo pasa aquí? Esta mañana nos asignan un caso… ¿Y ahora dicen que nos pongamos con otro?
—El LAPD* es un organismo paramilitar, Chu. Eso significa que cuando un mando ordena hacer algo, pues hay que hacerlo. La orden es del propio jefe y la estamos cumpliendo. Eso es lo que pasa. Ya volveremos a ocuparnos de ese resultado en frío. Pero ahora tenemos un caso nuevo entre manos, y es prioritario.
—Todo esto me suena a alguna clase de politiqueo.
—Tú lo has dicho.
—¿De qué va la cosa?
—De la confluencia entre la policía y la política. Estamos investigando la muerte del hijo del concejal Irvin Irving. Has oído hablar de Irving, ¿no?
—Claro. Era el segundo del jefe cuando entré en el cuerpo. Luego lo dejó y se presentó como candidato a concejal.
—Bueno, Irving no lo dejó de forma voluntaria. Le obligaron a irse y se presentó a las elecciones municipales con el objetivo de vengarse del cuerpo. Hablando en plata, Irving vive para una sola cosa: amargarle la existencia a la policía. No sé si también sabes que en su momento me cogió bastante ojeriza. Tuvimos unos cuantos encontronazos, por así decirlo.
—Entonces, ¿por qué quiere que lleves el asunto de su hijo?
—Pronto lo sabremos.
—¿Qué te ha dicho la teniente sobre el caso? ¿Es un suicidio?
—La teniente no me ha dicho nada. Solo me ha dado la dirección.
Bosch prefería no decir nada más de cuanto sabía sobre el caso. Hacerlo implicaría revelar que tenía una fuente de información en el seno de la oficina del jefe de policía, cosa que todavía no quería compartir con Chu, quien no estaba al corriente de su costumbre de almorzar con Kiz Rider una vez al mes.
—Todo esto me parece más bien raro.
El móvil de Bosch empezó a zumbar. Miró la pantalla. No había identificador de llamada, pero respondió. Era el jefe de policía. Bosch le conocía desde hacía años e incluso había trabajado en varios casos con él. Había alcanzado el cargo tras ascender por el escalafón, y no por designación directa. Tras haber estado asignado a la Brigada de Robos y Homicidios durante largo tiempo, primero como investigador y luego como inspector jefe, tan solo llevaba un par de años al frente del cuerpo y seguía contando con el respaldo de la masa policial.
—Harry, soy yo, Marty. ¿Dónde estás?
—Estamos en la 101. Hemos salido tan pronto como nos lo han dicho.
—Necesito desaparecer antes de que la prensa se entere de todo esto, y no van a tardar en hacerlo. No nos interesa que este caso se convierta en el mayor espectáculo del mundo. Como sin duda te han dicho, la víctima es el hijo del concejal Irving. Y el concejal ha insistido en que te ponga al mando de la investigación.
—¿Por qué?
—No ha terminado de explicarme sus razones. Ya sé que los dos tenéis vuestra propia historia.
—Una historia no muy bonita. ¿Qué puedes decirme sobre el caso?
—No demasiado.
Hizo el mismo resumen que Rider antes le había hecho a Bosch, con unos cuantos detalles adicionales.
—¿A qué inspectores de Hollywood les ha tocado la china?
—A Glanville y Solomon.
Bosch los conocía de casos y misiones anteriores. Ambos eran famosos por su corpulencia física y por sus desmesurados egos. Sus sobrenombres eran el Armario y el Barril, y ellos estaban encantados al respecto. Ambos acostumbraban a vestir ropas caras y llamativas y a lucir vistosos anillos en el dedo meñique. Y, que Bosch supiera, también eran unos inspectores competentes. Si estaban dispuestos a dar el caso por cerrado estableciendo que había sido un suicidio, lo más probable era que tuviesen razón.
—Van a seguir investigando bajo tu dirección —indicó el jefe—. Se lo he dicho personalmente a los dos.
—Muy bien, jefe.
—Harry, necesito que en este caso te esfuerces como nunca. No me importa los problemas que hayas podido tener con el concejal. Olvídate de ellos. Lo último que nos interesa es que la tome con nosotros y diga que no hemos estado esforzándonos.
—Entendido.
Bosch calló un segundo, mientras pensaba en qué más preguntar.
—Jefe, ¿dónde está el concejal?
—Abajo, en el vestíbulo.
—¿Ha entrado en el depósito de cadáveres?
—Insistió en hacerlo. Le dejé echar una mirada, sin tocar nada; lo sacamos de allí al cabo de un momento.
—No tendrías que haberlo hecho, Marty.
Bosch sabía que estaba corriendo un riesgo al decirle al jefe de policía que había cometido un error. En este sentido, daba igual que en el pasado hubieran estado examinando cadáveres a medias.
—Supongo que no has tenido más elección —agregó Bosch.
—Ya. Pero tú ven aquí ahora mismo y mantenme informado de todo. Si no puedes hablar conmigo directamente, utiliza a la teniente Rider como mensajera.
Sin embargo, no le dio el número del móvil —que no aparecía en la pantalla del de Bosch—, por lo que Harry captó el mensaje con claridad. Ya no iba a seguir hablando directamente con su viejo compañero, el jefe de policía. Lo que no quedaba claro era lo que quería que Bosch hiciera en lo referente a la investigación.
—Jefe —dijo, ateniéndose al tono formal para dejar claro que no estaba apelando a antiguas lealtades—, si voy allí y me encuentro con que ha sido un suicidio, diré que ha sido un suicidio. Si lo que quiere es otra cosa, puede buscarse a otro.
—Así está bien, Harry. Que sea lo que haya sido. Que sea la verdad.
—¿Estás seguro? ¿Es eso lo que quiere Irving?
—Es lo que yo quiero.
—Entendido.
—Por cierto, ¿Duvall te ha dado la noticia del DROP?
—Sí, me lo ha dicho.
—Traté de que te concedieran los cinco años enteros, pero en la comisión había un par de personas a las que no les gustaba todo cuanto aparecía en tu expediente. Hemos hecho lo que hemos podido, Harry.
—Y lo aprecio.
—Bien.
El jefe colgó. Bosch apenas tuvo tiempo de hacer otro tanto antes de que Chu se pusiera a formularle preguntas y más preguntas sobre la conversación. Harry se la refirió mientras salía de la autovía hacia Sunset Boulevard y ponía rumbo al oeste.
Chu aprovechó la explicación sobre la llamada del jefe para preguntar por lo que de veras le tenía preocupado toda la mañana.
—¿Y qué hay de la teniente? —soltó—. ¿Vas a decirme de una vez lo que ha pasado con ella?
Bosch se hizo el tonto.
—¿Qué es lo que ha pasado?
—No te hagas el tonto, Harry. ¿Qué es lo que te ha dicho cuando te ha retenido en el despacho? Quiere verme fuera de la unidad, ¿no? Lo cierto es que ella a mí tampoco me cae bien.
Bosch no pudo evitarlo. Su compañero tenía la costumbre de ver siempre la botella medio vacía, y la oportunidad de tomarle un poco el pelo era demasiado buena para no aprovecharla.
—Me ha dicho que quiere que sigas en Homicidios, pero que está pensando en un traslado. Se ve que en la comisaría sur va a haber unas vacantes y está hablando con ellos sobre el traslado.
—¡Por Dios!
Chu hacía poco que se había ido a vivir a Pasadena. El trayecto diario de ida y vuelta a la comisaría sur resultaría de pesadilla.
—Ya. ¿Y tú qué le has dicho? —preguntó—. ¿Has dado la cara por mí?
—La comisaría sur es un buen destino, hombre. Le he dicho que dentro de un par de años ya te habrás aclimatado. Otros inspectores necesitarían cinco años.
—¡Harry!
Bosch rompió a reír. Aquello había servido para liberar algo de tensión. La inminente reunión con Irving le preocupaba. El encuentro estaba al caer y aún no sabía bien cómo plantearlo.
—¿Me estás tomando el pelo? —gritó Chu, volviéndose hacia él—. Me quieres putear, ¿no?
—Pues sí, te estoy puteando, Chu. Así pues, tranquilízate. Todo cuanto la teniente me ha dicho es que han aprobado mi asignación al programa DROP. Vas a tener que seguir aguantándome tres años y tres meses más, ¿entendido?
—Ah… Bueno, es lo que querías, ¿no?
—Sí, es lo que quería.
Chu era demasiado joven para preocuparse por cosas como el DROP. Casi diez años atrás, Bosch se había jubilado del cuerpo con la pensión entera, en una decisión en la que le habían aconsejado mal. Tras vivir como un jubilado durante dos años, Harry volvió a ingresar en el cuerpo acogiéndose al plan de jubilación aplazada (DROP), que se había establecido para mantener en la policía a los inspectores experimentados, asignados a aquellas labores en que estaban especializados. En el caso de Bosch, lo suyo era la investigación de homicidios. El reingreso se produjo con un contrato de siete años. En el cuerpo, no todos estaban contentos con el programa, en especial los inspectores de brigada que aspiraban a uno de los prestigiosos puestos en la Brigada de Robos y Homicidios, en el centro de la ciudad.
Las normas del cuerpo hacían posible una extensión del programa DROP de tres a cinco años. Tras ello, la jubilación era obligatoria. Bosch había solicitado este segundo contrato el año anterior y, como inevitable resultado de la burocracia en el cuerpo, se había pasado más de un año esperando la respuesta que la teniente le había comunicado esa mañana, bastante después de la fecha de finalización del contrato inicial. La espera le había tenido de los nervios, pues estaba claro que podían obligarlo a jubilarse en cualquier momento, si la comisión decidía no ampliar su permanencia en el cuerpo. Por supuesto, la noticia había sido buena, pero ahora Bosch ya sabía seguro que sus días con la placa de policía estaban contados. Así pues, aquella buena noticia tenía un punto de melancólico. Cuando le llegara la notificación formal de la comisión, en ella vendría una fecha precisa que supondría su última jornada como policía. No podía evitarlo y sus pensamientos ahora se centraban en dicha perspectiva. Quizá él mismo fuese de los que siempre ven la botella medio vacía.
Finalmente, Chu paró de hacer preguntas. Harry, por su parte, trató de apartar el programa DROP de su mente. En su lugar, mientras seguía conduciendo hacia el oeste, se puso a pensar en Irvin Irving. El concejal se había pasado más de cuarenta años trabajando en el cuerpo de policía, pero nunca había conseguido llegar a lo más alto. Tras haberse pasado toda la carrera profesional preparándose y haciendo lo posible para que lo nombraran jefe del cuerpo, le habían quitado el cargo de las manos repentinamente, en el curso de un cataclismo de tintes políticos. Unos cuantos años después, se consiguió que saliera del cuerpo…, con la ayuda de Bosch. Completamente resentido, se presentó a las elecciones municipales, ganó en su circunscripción, lo nombraron concejal e hizo todo lo posible por vengarse del organismo en el que había trabajado durante tantas décadas. Había ido tan lejos como para votar en contra de toda proposición de aumento de sueldo para los agentes y de ampliación del propio cuerpo. Siempre era el primero en exigir una investigación independiente cuando supuestamente un agente cometía una infracción. Sin embargo, el golpe más bajo había llegado el año anterior, cuando respaldó con todas sus fuerzas la iniciativa de recortar una serie de gastos, que condujo a eliminar del presupuesto del cuerpo una partida de cien millones de dólares destinada a abonar las horas extras, lo que afectó negativamente a todos los agentes e inspectores del escalafón.
Bosch tenía claro que el actual jefe de policía había llegado a un acuerdo de algún tipo con Irving. Un quid pro quo. El jefe se había prestado a que fuese Bosch quien llevase la investigación, pero a cambio de alguna otra cosa. Nunca se había considerado muy ducho en tejemanejes políticos, pero Harry se dijo que no tardaría en averiguar de qué se trataba.
* Cuerpo de policía de Los Ángeles, en sus siglas inglesas. (N. del T.)
Situado en el extremo oriental de Sunset Strip, el Chateau Marmont era una icónica estructura que se recortaba ante las colinas de Hollywood y era conocida desde hacía décadas por su clientela de estrellas del cine, escritores, roqueros y sus acompañantes y séquitos. Bosch había estado en el hotel varias veces a lo largo de su carrera profesional, cuando un determinado caso le había llevado a buscar testigos y sospechosos. Estaba familiarizado con su vestíbulo de vigas vistas, con su jardín circundado por setos y con la disposición de sus espaciosas suites. Otros hoteles ofrecían una comodidad y un servicio personal extraordinarios. El Chateau era conocido por su estilo europeo de la vieja escuela y por su falta de interés en las actividades precisas de los huéspedes. La mayoría de los hoteles contaban con cámaras de seguridad —ocultas o no— en todos sus espacios públicos. En el Chateau había muy pocas cámaras. El elemento que diferenciaba al Chateau de los demás hoteles de Sunset Strip era la privacidad. Tras sus muros y altos setos había un mundo sin intrusiones, donde quienes no querían ser observados lo conseguían. Esto es, hasta que las cosas se torcían o los comportamientos privados se convertían en públicos.
Justo al dejar atrás Laurel Canyon Boulevard, el hotel aparecía entre la profusión de carteles publicitarios alineados junto a Sunset. Por las noches, quien pasaba por ahí sabía que el hotel existía gracias a un sencillo rótulo de neón (bastante modesto para los estándares de Sunset Strip), pero de día estaba apagado. La entrada al hotel se encontraba en Marmont Lane, una arteria que nacía en Sunset y rodeaba el edificio en dirección a las colinas. Al acercarse, Bosch advirtió que Marmont Lane estaba bloqueada por unas barreras que la policía había puesto allí temporalmente. Junto al seto de la fachada principal estaban aparcados dos coches patrulla y un par de furgonetas de los medios de comunicación. Eso les indicó que la muerte se había producido en la fachada occidental o en la parte posterior del hotel. Bosch aparcó tras uno de los vehículos blanquinegros.
—Los buitres ya han llegado —indicó Chu, señalando con un gesto de la cabeza las furgonetas de los periodistas.
Resultaba imposible mantener un secreto en una ciudad como Los Ángeles, sobre todo cuando el secreto era de este tipo. Siempre había un vecino que llamaba, un huésped del hotel o un agente de patrulla, cuando no un empleado forense interesado en impresionar a una rubia de la televisión. Las noticias volaban.
Salieron del coche y se acercaron a las barreras policiales. Bosch hizo una señal a uno de los agentes uniformados, indicándole que se alejara unos pasos de los dos equipos de cámaras, para hablar sin que los reporteros los escucharan.
—¿Dónde está? —preguntó Bosch.
El agente tenía aspecto de llevar por lo menos diez años en el cuerpo. En el distintivo de su camisa se leía: RAMPONE.
—Hay dos escenas —explicó—. Está la escena del estropicio, en la fachada lateral. Y está la habitación donde se alojaba el hombre. La habitación setenta y nueve del último piso.
Los agentes de policía tenían la costumbre de deshumanizar los horrores que a diario acompañaban su trabajo. El «estropicio» era su forma de referirse a quien se había tirado de una ventana.
Bosch había dejado el transmisor en el coche. Señaló con la cabeza el pequeño micrófono que Rampone llevaba sobre el hombro.
—Averigüe dónde están Glanville y Solomon.
Rampone ladeó la cabeza hacia el hombro y pulsó la tecla de transmisión. En un segundo localizó al equipo inicial de investigación en la habitación setenta y nueve.
—Muy bien. Dígales que se queden ahí. Vamos a mirar la escena exterior y luego subimos.
Bosch volvió al coche y cogió el transmisor, que estaba conectado al alimentador eléctrico. Acompañado por Chu, cruzó la barrera y echó a andar por la acera.
—Harry, ¿quieres que suba a hablar con esos dos? —preguntó Chu.
—No. Siempre hay que empezar por el cadáver; lo demás viene después. Siempre.
Chu estaba habituado a investigar casos fríos, en los que nunca había una escena del crimen que examinar. Tan solo había informes. Además, no llevaba muy bien lo de ver cadáveres. Esa era la razón por la que había escogido integrarse en la brigada de casos fríos. Nada de asesinatos recientes, escenas de homicidios o autopsias. Pero esta vez las cosas serían diferentes.
Marmont Lane era una calle angosta y empinada. Llegaron a la escena de la muerte, en la esquina noroeste del hotel. El equipo forense había puesto un toldo sobre la escena para evitar que desde los helicópteros de la televisión o desde las casas de las laderas de las colinas se pudiera ver nada.
Antes de situarse bajo el toldo, Bosch miró hacia arriba y vio que un hombre vestido con traje miraba hacia abajo, asomado a un balcón del último piso. Supuso que era Glanville o Solomon.
Bosch entró bajo el toldo y se encontró con un hervidero de actividad protagonizado por los especialistas en criminalística, los investigadores forenses y los fotógrafos de la policía. En el centro de la escena estaba Gabriel Van Atta, a quien Bosch conocía desde hacía años. Van Atta había trabajado en el LAPD durante veinticinco años como especialista en la supervisión de escenas de crímenes, antes de jubilarse y ponerse a trabajar en el departamento forense. En ese momento, cobraba un salario y una pensión, y seguía ocupándose de las escenas de crímenes. Bosch lo consideraba positivo para sus intereses. Sabía que Van Atta no le escondería nada. Le diría lo que pensaba exactamente.
Bosch y Chu estaban bajo el toldo, si bien a un lado. En ese momento, la escena del crimen era cosa de los especialistas. Bosch se dio cuenta de que al cadáver le habían dado la vuelta, apartándolo un poco del punto del impacto; habían llegado bastante tarde. Pronto lo trasladarían para que lo examinara el forense, cosa que le preocupaba un poco, pero era una consecuencia de haberse sumado tan tarde a la investigación del caso.
El horripilante alcance de los traumatismos provocados por una caída de siete pisos era perfectamente visible. Bosch casi podía sentir el asco de Chu al ver aquella imagen. Harry decidió echarle un cable.
—Hagamos una cosa. Yo me encargo de todo esto. Y luego te veo arriba.
—¿En serio?
—En serio. Eso sí, de la autopsia no vas a librarte.
—Trato hecho, Harry.
La conversación atrajo la atención de Van Atta.
—Harry Bosch —dijo—, pensaba que estabas llevando casos fríos.
—Este asunto es especial, Gabe. ¿Te importa si entro?
Se refería al círculo interior de la escena del crimen. Van Atta le hizo una seña para que lo hiciera. Mientras Chu daba media vuelta y se alejaba, Bosch agarró un par de patucos de papel de una caja expendedora y se los calzó sobre los zapatos. A continuación se puso unos guantes de goma, anduvo con cuidado entre la sangre coagulada en la acera y se acuclilló junto a lo que quedaba de George Thomas Irving.
La muerte lo arrebata todo, incluida la dignidad personal. El cuerpo desnudo y maltrecho de George estaba rodeado de esos técnicos que lo consideraban un simple elemento de su trabajo. Su cuerpo había quedado reducido a una suerte de rasgada bolsa de piel llena de huesos quebrados, órganos y vasos sanguíneos. Su cuerpo había sangrado por todos los orificios naturales, así como los numerosos que habían nacido como consecuencia del choque contra la acera. Tenía el cráneo roto, de tal forma que la cabeza y el rostro aparecían grotescamente desfigurados, como en el reflejo de uno de los espejos deformantes de la casa de la risa. El ojo izquierdo se había salido de su órbita y pendía inerte sobre la mejilla. El pecho se había aplastado por el impacto; numerosos huesos del costillar y de las clavículas le habían atravesado la piel.
Sin pestañear, Bosch estudió el cadáver, tratando de dar con lo inusual en una figura que nada tenía de usual. Observó la parte interior de los brazos en busca de pinchazos, así como las uñas en busca de restos ajenos al cuerpo.
—He llegado tarde —dijo—. ¿Hay alguna cosa que merezca la pena saber?
—Creo que este hombre se estrelló de cara contra la acera, lo cual es bastante raro, incluso en un suicidio —explicó Van Atta—. Y quiero mostrarte algo que hay aquí.
Señaló el brazo derecho de la víctima, antes de indicar el izquierdo. Tanto el uno como el otro estaban abiertos en el gran charco de sangre.
—Los dos brazos están rotos, Harry. Hechos añicos, de hecho. Y, sin embargo, no se dan las demás lesiones habituales, no hay rotura de piel.
—¿Y eso qué significa?
—Hay dos opciones. La primera es que estuviera completamente decidido a tirarse desde arriba y ni siquiera extendiera los brazos para amortiguar la caída. Si lo hubiera hecho, nos encontraríamos con roturas en la piel y fracturas abiertas. No es el caso.
—¿Y la otra?
—Es posible que la razón por la que no extendió los brazos para amortiguar la caída fuera que no estaba consciente cuando se estrelló contra el suelo.
—Quieres decir que lo empujaron.
—Pues sí, o, más probablemente, que lo dejaron caer. Vamos a tener que hacer unos modelos de las distancias, pero yo diría que cayó a plomo. Si le hubieran empujado, como tú dices, habría caído un par de palmos más allá de la fachada.
—Entendido. ¿Qué se sabe sobre la hora de la muerte?
—Hemos tomado la temperatura del hígado y hecho nuestros cálculos. No te lo estoy diciendo de forma oficial (ya me entiendes), pero pensamos que entre las cuatro y las cinco.
—Así que estuvo tirado en la acera durante una hora o más antes de que alguien lo viera.
—Puede pasar. Trataremos de precisar la hora de la muerte cuando hagamos la autopsia. ¿Podemos llevárnoslo ya?
—Si es todo lo que puedes decirme, sí, podéis llevároslo.
Unos minutos después, Bosch enfiló el caminillo de entrada al garaje del hotel. Vio un Lincoln Town Car color negro con matrícula del Ayuntamiento estacionado sobre los adoquines. El coche del concejal Irving. Al pasar junto a él, Bosch vio que un joven chófer estaba sentado al volante y que un hombre mayor y vestido con traje ocupaba el asiento del copiloto. La parte de atrás parecía desocupada, pero resultaba difícil determinarlo a través de los cristales tintados.
Bosch subió por las escaleras hasta el siguiente piso, en el que se encontraban el vestíbulo de entrada y el mostrador de recepción.
La mayoría de los inquilinos que se alojaban en el Chateau eran noctámbulos. El vestíbulo estaba desierto, salvo por Irvin Irving, sentado a solas en uno de los sofás, con un móvil pegado a la oreja. Cuando reparó en Bosch, finalizó la llamada y señaló un sofá situado frente al suyo. Harry quería seguir de pie y hacer su trabajo, pero era uno de esos momentos en los que había que someterse a una indicación ajena. Se sentó y sacó un cuaderno de notas del bolsillo trasero.
—Inspector Bosch —dijo Irving—. Gracias por venir.
—No he tenido más remedio, concejal.
—Supongo.
—En primer lugar, quisiera darle el pésame por la pérdida de su hijo. En segundo lugar, quisiera saber por qué quiere que me ocupe del caso.
Irving asintió con la cabeza y echó una rápida mirada a uno de los altos ventanales del vestíbulo. Tras las palmeras, los parasoles y las estufas exteriores había un restaurante al aire libre. También estaba vacío; en él tan solo se encontraban los camareros.
—Parece que aquí la gente no se levanta hasta el mediodía —observó.
Bosch no respondió. Seguía a la espera de obtener contestación a su pregunta. Desde siempre, el rasgo físico distintivo de Irving era el cráneo rasurado y reluciente. Lo llevaba así desde mucho antes de que estuviera de moda. En el cuerpo, Irving recibía el apodo de Don Limpio, porque se le parecía y porque era el tipo al que se recurría para adecentar los desastres que solían darse en una burocracia fuertemente consolidada y sometida a innumerables intereses políticos.
No obstante, en ese momento, Irving parecía exhausto. Tenía la piel floja y grisácea, y parecía ser más viejo de lo que era en realidad.
—Siempre había oído eso de que el peor dolor es el de perder a un hijo —repuso el concejal—. Ahora sé que es verdad. No importan la edad ni las circunstancias…, se supone que una cosa así nunca va a pasar. No está en el orden natural de las cosas.
Bosch no podía decir nada al respecto. Había estado con los suficientes padres a los que se les había muerto un hijo como para saber que lo que el concejal acababa de decir no admitía réplica. Irving tenía la cabeza gacha y los ojos fijos en el ornado patrón de la alfombra del suelo.
—Me he pasado cincuenta años trabajando para esta ciudad de una forma u otra —prosiguió—. Y ahora me encuentro con que no puedo fiarme de una sola alma de cuantas viven en ella. Por eso estoy recurriendo a un hombre al que en el pasado traté de destruir. ¿Por qué? Ni siquiera yo mismo termino de entenderlo. Supongo que porque en nuestros enfrentamientos se dio cierta integridad… por su parte. Usted nunca me gustó, ni tampoco me gustaban sus métodos, pero sí que le respetaba.
Levantó la vista y miró a Bosch.
—Inspector Bosch, quiero que me diga qué fue lo que le pasó a mi hijo. Quiero saber la verdad y creo que puedo confiar en usted para averiguarla.
—¿Sin que importe lo que pueda salir a relucir?
—Sin que importe lo que pueda salir a relucir.
Bosch asintió con la cabeza.
—Entonces puedo hacerlo.
Hizo amago de levantarse, pero se detuvo; Irving aún no había terminado.
—Usted dijo una vez que o bien todas las personas cuentan, o bien ninguna cuenta. Me acuerdo. Y ahora se trata de llevar esa fórmula a la práctica. ¿El hijo de su enemigo personal también cuenta? ¿Está dispuesto a esforzarse al máximo por él? ¿Está dispuesto a darlo todo por él?
Bosch se lo quedó mirando. Todas las personas cuentan, o bien ninguna cuenta. Era una regla que determinaba su comportamiento. Pero nunca lo había puesto en palabras. Sencillamente, se atenía a ella. Estaba seguro de que nunca se lo había dicho a Irving.
—¿Cuándo?
—¿Perdón?
—¿En qué ocasión le dije yo eso?
Dándose cuenta de que seguramente había dicho algo que no tenía que decir, Irving se encogió de hombros y adoptó la expresión de un anciano confuso, por mucho que sus ojos fueran tan relucientes como dos canicas negras en la nieve.
—Pues no me acuerdo, la verdad. Es algo que sé de usted, nada más.
Bosch se levantó.
—Voy a averiguar qué fue lo que le pasó a su hijo. ¿Puede decirme algo sobre por qué estaba aquí?
—No, nada.
—¿Cómo se ha enterado?
—El jefe de policía me llamó esta mañana. En persona. Vine de inmediato. Pero no me dejaron verlo.
—Hicieron bien. ¿Su hijo tenía familia? Además de usted, quiero decir.
—Una mujer y un hijo. El chico acaba de marcharse a la universidad. Justo he terminado de hablar por teléfono con Deborah. Soy yo quien le ha dicho la noticia.
—Si vuelve a llamarla, dígale que voy a ir a verla.
—Por supuesto.
—¿Cómo se ganaba la vida su hijo?
—Era abogado, especializado en relaciones corporativas.
Bosch aguardó a oír más, pero eso era todo.
—¿Relaciones corporativas? ¿Y eso qué significa?
—Significa que mi hijo conseguía que se hicieran las cosas. La gente recurría a él si quería lograr que se hiciera algo en la ciudad. Mi hijo había trabajado para la ciudad. Primero como policía y luego como abogado del Ayuntamiento.
—¿Y tenía un bufete?
—Un pequeño despacho en el centro, pero lo principal era su teléfono móvil. Así era como trabajaba.
—¿Cómo se llamaba su empresa?
—Era un bufete de abogados, Irving y Asociados, aunque en realidad no tenía ninguno asociado. Se encargaba de todo él mismo.
Bosch se dijo que tendría que volver a todo esto. Pero no tenía sentido lidiar con Irving cuando apenas tenía datos a través de los cuales filtrar las respuestas del concejal. Tendría que aguardar a saber más cosas.
—Me mantendré en contacto —dijo.
Irving levantó la mano y extendió dos dedos con una tarjeta de visita prendida en ellos.
—Aquí tiene mi teléfono móvil particular. Espero oír algo de usted hacia el final del día.
«¿O recortaré en otros diez millones de dólares el presupuesto para pagar las horas extras?» A Bosch no le gustó su tono. Pero cogió la tarjeta y caminó hacia los ascensores.
Durante el trayecto hasta la séptima planta estuvo pensando en la conversación con Irving, tan artificial. Lo que más le inquietaba era que supiese esa regla personal tan suya. Se había formado una idea bastante clara de cómo había conseguido esa información. Era algo de lo que tendría que ocuparse más adelante.
Los pisos superiores del hotel tenían forma de L. Bosch salió del ascensor en la séptima planta, se dirigió a su izquierda, dobló una esquina del pasillo y caminó hacia la habitación 79, situada al final del corredor. Un policía montaba guardia en la puerta. En ese momento, Bosch se acordó de algo y echó mano a su móvil. Llamó al de Kiz Rider, quien respondió al momento.
—¿Sabes cómo se ganaba la vida? —preguntó.
—¿De quién me estás hablando, Harry? —dijo ella.
—De quién va a ser. De George Irving. ¿Sabías que el hombre era una especie de conseguidor?
—Había oído que trabajaba como intermediario de algún tipo.
—Como conseguidor y como abogado. Mira, necesito que la oficina del jefe de policía tome cartas en el asunto y sitúe un agente de guardia en la puerta de su despacho hasta que me presente en el lugar. Que nadie entre ni salga.
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