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La zona pélvica es el territorio más complejo del cuerpo femenino. Un área de cambio constante para la mujer a lo largo de toda su vida, en la que confluyen diversas funciones y una delicada anatomía: la procreación, la sexualidad, la digestión, la eliminación, la unión entre la columna y las piernas, entre muchas otras. En esta parte del cuerpo, cargada de connotaciones emocionales contradictorias, se desarrollan un sinfín de ciclos, procesos y metabolismos mucho más complicados y sofisticados que los del hombre: la menstruación, las alteraciones hormonales, el embarazo, el parto, la retención de líquidos y los dolores pélvicos son solo algunos de los cambios que experimentan las mujeres en su zona pélvica. La mayoría de las mujeres padecen en silencio una serie de dificultades relacionadas con esta zona del cuerpo que merman su calidad de vida y para las que parece no haber solución eficaz. Incontinencias, dolores e infertilidad son los síntomas más frecuentes de que algo no va bien y los resultados de las propuestas que suelen ofrecerse para atenuarlos acaban desalentando a quien los padece. En Cuida tu zona pélvica, el autor, con más de veinte años de experiencia como osteópata especializado en esta área de la salud femenina, nos invita a descubrir una solución menos invasiva para hacer frente a los trastornos de la zona pélvica, entendidos como una modificación de la textura, la movilidad, la energía o la motilidad natural que altera los parámetros del buen funcionamiento de esta importante parte del cuerpo.
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Seitenzahl: 242
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Cuida tu zona pélvica
Hacia una medicina feminista
Karl Doric
Primera edición en esta colección: noviembre de 2020
© Karl Doric, 2020
© del prólogo, Dr. Oriol Porta, 2020
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2020
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18285-52-3
Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Hace más de veinte años que recibo pacientes en mis clínicas, especialmente mujeres, y durante este tiempo he podido comprobar la enorme extensión de los problemas de salud pélvica y cómo llegan a limitar la calidad de vida de muchas de ellas.
Dado que siempre me ha gustado apartarme de los «caminos trillados» e ir en busca de lo nuevo y desconocido, decidí tratar estas diversas disfunciones y dolores pélvicos mediante técnicas osteopáticas. Los resultados positivos no tardaron en llegar: mejoría de los síntomas, mejor salud pélvica, disminución del dolor y, en muchas ocasiones, la curación completa. Todo ello me motivó a seguir por este camino.
Con frecuencia, mis pacientes me expresan su asombro por el hecho de que la osteopatía haya podido ayudarlas a mejorar sus trastornos ginecológicos, urinarios o de fertilidad. «¡Ojalá hubiera sabido antes que la osteopatía podía ser la solución!», me han comentado más de una vez.
Y yo pregunto: ¿conocéis a muchas mujeres que acudirían a la consulta de su osteópata por reglas dolorosas, pérdidas urinarias, dolores causados por la cicatriz de una episiotomía, dolores durante las relaciones sexuales o a causa de un problema de fertilidad? Y otra pregunta, igualmente importante: ¿conocéis a muchos ginecólogos que deriven a sus pacientes a un osteópata?
El libro que tenéis en vuestras manos tiene como objetivo crear una pequeña revolución mediante información exhaustiva y, sobre todo, busca convencer a todas las lectoras (y lectores) de que ser mujer no es sinónimo de sufrimiento y de que ser madre o cumplir años no tributa con dolor. La medicina tradicional, con todas sus herramientas, está ahí y es imprescindible, pero la osteopatía pélvica existe junto a ella y esto es una realidad que todavía pocos conocen. Y es fundamental que todas las mujeres lo sepan, así como también los médicos de cabecera y los ginecólogos.
Está demostrado que muchos de los trastornos de la zona pélvica pueden mejorar y curarse gracias a la osteopatía. Si existe una solución, debe darse a conocer y ponerse en práctica.
Este libro de divulgación médica es el primero dentro de su categoría que explica en detalle en qué consiste la «herramienta osteopática» para los problemas de la zona pélvica, esa zona secreta, tabú, a veces maltratada, oprimida y olvidada.
El rostro de una mujer que se ilumina porque ya no sufre por su zona íntima es para mí la mayor recompensa y motivación para seguir con mi trabajo.
PARA CUALQUIER PROBLEMA EXISTE UNA SOLUCIÓN, SOLO HAY QUE LLEGAR A ELLA.
Soy médico. Eso significa que, después de entrar con buena nota en la facultad de Medicina, cursé los seis años de la carrera. Después aprobé una dura oposición (MIR) y me especialicé en Obstetricia y Ginecología, área en la que llevo más de veinte años de ejercicio en los que he trabajado básicamente en el ámbito hospitalario. Durante todo este tiempo me he dado cuenta de que la medicina que ejerzo, lo que yo llamo medicina «de bata blanca» (o sea, la medicina normativa, tradicional –en occidente– y ortodoxa) es muy buena para ciertas cosas, pero muy limitada para otras. No reniego de ella, me sigue apasionando y resultando atractiva, y disfruto con ella, pero eso no me impide ser crítico y realizar, también, autocrítica.
Desde la universidad nos educan y entrenan para analizar las enfermedades y a las personas por partes. Estudiamos cardiología, neumología, nefrología, dermatología, etcétera, de manera independiente, sin una asignatura que nos proporcione una visión global. Luego, ya en los hospitales y durante la formación especializada, continuamos igual. En consecuencia, muchas veces analizamos los problemas de nuestras pacientes como si las personas estuvieran compuestas por una suma de cajitas: como ginecólogo, me miro mi cajita a ver qué encuentro en ella (miro la vagina, el útero, los ovarios, hago un cultivo, una ecografía…). Si no encuentro nada relevante, le paso la paciente a otro colega (por ejemplo, un urólogo) para que se mire su cajita (el urólogo le mirará la vejiga y le hará un urocultivo, el riñón y le hará una ecografía, etcétera). Pero ¿quién tiene en cuenta que todas esas cajitas pertenecen a un ser humano, una persona con su historia y sus sentimientos? ¿Y que las cajitas se interrelacionan entre ellas? ¿Y que las emociones son importantes y no pueden desligarse del análisis de lo que hay en cada caja?
Nos hace falta esa visión global, empática, amplia de miras, que tenga en cuenta que, además de estar formados por órganos y tejidos, como seres humanos también tenemos emociones. Estamos influidos por nuestra cultura, nuestra educación, experiencias pasadas, por cómo reacciona nuestro entorno a nuestros problemas. ¡El contexto importa! Y, si no tenemos en cuenta todo eso, muy a menudo no seremos capaces de entender adecuadamente lo que le ocurre a la persona que acude en busca de nuestra ayuda y, por tanto, no podremos aconsejarla correctamente.
Esto es particularmente cierto en los casos de dolor crónico. Y, en concreto, en los casos de dolor pélvico crónico. Los tejidos y las vísceras pélvicas pueden sufrir, ya sea una infección por hongos, una infección urinaria, una cicatriz en el perineo tras un parto, una inflamación o fibrosis por endometriosis. Pero el contexto en el que se produce este daño importa, y mucho.
Vivimos y hemos crecido en una sociedad patriarcal en la que se asume, directa o indirectamente, de forma más evidente o más sutil, que el hombre tiene una posición de dominio sobre la mujer. Hemos normalizado que la regla es algo desagradable (los niños se ríen de las chicas cuando manchan de sangre los pantalones, lo que es cruel) y que es natural que, a menudo, sea algo también doloroso. Las mujeres conocen poco su cuerpo, sus genitales (mucho menos que el hombre, que entra en contacto físico y visual con ellos varias veces al día) y, sin embargo, no las educamos para que se autoexploren con mayor frecuencia. Muchas mujeres desconocen dónde está su suelo pélvico y cómo ejercitarlo. No saben que un suelo pélvico en forma las ayudará a prevenir patologías como el prolapso o la incontinencia (urinaria o anal) y puede proporcionarles una vida sexual mejor.
En las relaciones sexuales predomina el coitocentrismo. Por ello, cuando una mujer padece dolor crónico en la pelvis no solo sufre dolor físico, sino que sufre además la incomprensión, la presión de tener que complacer al hombre sexualmente a través del coito (¡y la penetración, en estos casos, duele!), sufre en el mundo laboral (sus compañeros hombres no tienen esos problemas y no van a perder su trabajo por ese motivo) y teme perder oportunidades en muchos ámbitos.
Los médicos y las médicas formamos parte del mismo entorno y estamos condicionados por las mismas circunstancias. Por ejemplo, conocemos muy bien la anatomía del corazón y muy poco la anatomía del clítoris. Seguimos educando sexualmente a las niñas y a las adolescentes a partir del miedo (al dolor en las primeras relaciones, a quedar embarazada o al contagio de alguna infección) en vez de hacerlo alrededor del placer responsable y el consentimiento mutuo. Y algunos médicos continúan considerando normal que algunas mujeres se quejen de dolor en la entrada de la vagina durante el coito después del parto (y por lo tanto, la conducta normal es aguantarse). Los médicos y las médicas, en fin, abordamos a estas pacientes con las mismas limitaciones y carencias culturales que las de la propia sociedad que nos acoge y en la que hemos crecido.
Debemos reconocer esas carencias. Debemos ser empáticos y escuchar. Escuchar, incluso, más allá de las palabras. Intuir, sugerir, abrir espacios. Debemos contemplar a la persona desde una perspectiva holística, biológica, psicológica y social, mucho más completa y compleja que la suma de las cajitas. Las personas con dolor crónico agradecen mucho cuando alguien las trata así.
Esa visión global, del cuerpo como un todo, en la que es importante que la energía fluya, en la que se puede adivinar qué le ocurre al cerebro escuchando lo que nos cuenta un dedo del pie y en la que se puede tratar un dolor en la espalda manipulando, por ejemplo, el coxis, es lo que Karl Doric empieza a contarnos en este libro que tenéis entre las manos. Cuida tu zona pélvica es una introducción a la osteopatía pélvica, un aperitivo, un primer trago para que, si os gusta, profundicéis en este tema con la lectura de otras obras.
La osteopatía, toda una ciencia para la que hacen falta años de estudio y la adecuada sensibilidad y experiencia, se considera a menudo una terapia alternativa. Aunque no me gusta para nada este término, por excluyente. Situada al lado de la medicina tradicional (¡la mía!) parece que una persona tenga que escoger entre dos alternativas: o la tradicional o la osteopatía. Una como alternativa a la otra. Por eso prefiero mucho más hablar de medicinas complementarias, puesto que ambas (y otras) se complementan más que bien. El osteópata necesita y agradece un buen diagnóstico médico, y el médico tradicional agradece (y hasta ahora solicita demasiado poco) un buen diagnóstico osteopático. Este libro puede ser un estímulo para cambiar esta dinámica, en pos de una mayor colaboración y entendimiento mutuo. El desconocimiento puede provocar desconfianza. Cuanto más nos conozcamos, mejor.
Nos queda un largo camino por recorrer hacia una medicina más culta, más completa, más colaborativa, más interdisciplinar y más abierta de miras. Necesitamos esa actitud, ese cambio en la perspectiva. Pero ¡soy optimista! Vamos dando pasos, a veces por nuestra propia iniciativa y otras empujados por la sociedad y su gente. En cualquier caso y por difícil que sea, será un camino que recorreremos con pasión.
DR. ORIOL PORTA, jefe del servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital Mutua de Terrassa y presidente de la Sociedad Catalana de Obstetricia y Ginecología
La zona pélvica es una fuente de sufrimiento para la mujer a lo largo de toda su vida que empieza, a menudo, con las primeras reglas. Pero incluso en la infancia, la niña puede sufrir estreñimiento o, al contrario, diarrea, y pueden darse también trastornos de enuresis (hacerse pipí en la cama). Todo ello crea una tensión hacia esta área del cuerpo oculta, secreta y todavía cargada de connotaciones emocionales contradictorias. Así pues, se origina una carga psicológica que la niña debe sobrellevar desde el nacimiento a partir de su educación y de su propio aprendizaje familiar y social.
Después, desde la primera menstruación, cualquier irregularidad puede afectar a su confianza, pues supone una presión doble, por una parte en lo íntimo en cuanto a su percepción de esta zona y, por otra, en los planos social y emocional: las primeras reglas conllevan una cierta inquietud, un miedo y a veces también dolor. A lo largo de su ciclo natural, es decir durante una media de treinta años, o cuatrocientos ciclos, la mujer puede sufrir física y emocionalmente: reglas dolorosas, pérdidas más o menos importantes de sangre o de flujo, manchas en la ropa, transformaciones corporales, así como dolores en la espalda, en los pechos o en la zona del bajo vientre. Y no debemos olvidar todo lo relacionado con los trastornos de la ovulación: cambios hormonales y emocionales, retención de líquidos, etcétera.
Estamos, pues, ante una zona del cuerpo que durante años ha permanecido oculta y misteriosa, de la que se han hecho bromas o burlas y que hasta hace relativamente poco ha constituido una herramienta para avergonzar a la mujer. Una zona tabú.
Además de los ciclos, la mujer tiene un metabolismo más complejo y sofisticado que el hombre. Es ella la que se queda embarazada y eso aumenta todavía más los cambios y las modificaciones. Tras el embarazo y el parto llega una nueva serie de posibles transformaciones en el cuerpo de la mujer: dolores pélvicos, pérdidas de orina, cambios en cómo experimenta la sexualidad o afecciones del suelo pélvico, por nombrar solo aquellas más conocidas.
Al final del ciclo menstrual, durante la perimenopausia y menopausia, pueden darse aún nuevos síntomas, como sofocos, aumentos de peso o insomnio. Y todo ello sin tener en cuenta potenciales intervenciones quirúrgicas o trastornos psicosexuales.
Centrándonos únicamente en la zona pélvica y el aparato reproductor, podemos constatar el hecho de que, a lo largo de sus distintas etapas vitales, la mayoría de las mujeres van a ser susceptibles de requerir tratamiento y medicación en algún momento y, quizá, para algunas de ellas, esta sea una necesidad continuada, sin pausa y sin respiro.
La zona pélvica, en la que se centra este libro, tiene un peso emocional muy importante. Es una zona cargada de connotaciones negativas que ha sido maltratada y mal tratada desde el principio de la historia. Pero, además, se trata de un área muy compleja desde el punto de vista de la anatomía, puesto que en ella confluyen la función de eliminación (el ano), la función de procreación (el útero y los ovarios), la función de placer sexual (la vagina y el clítoris) y la función digestiva (el recto y los intestinos). A estas hay que sumar también la función que regula el equilibrio de la parte inferior del cuerpo, es decir, las articulaciones que conectan las piernas con las caderas, la pelvis y, finalmente, con la columna vertebral. Por eso, cualquier problema que surja en las piernas puede afectar a la zona pélvica, y viceversa, de igual manera que sucede en el cuerpo del hombre.
Lógicamente, cuanto más sofisticada es una zona, más complejas serán las disfunciones que se puedan dar en ella y, por ende, los tratamientos que requiera cada una. ¡Estamos explorando el territorio más complejo del cuerpo de la mujer!
Hoy en día, en esta era que consideramos científica y que es también cientificista (la perspectiva que rechaza todo enfoque que no sea el científico y que afirma que solo los métodos empíricos pueden describir el mundo como es en sí mismo, eliminando de esta descripción cualquier dimensión psicológica de la experiencia), estos trastornos específicos de la mujer son tratados mediante medicación o cirugía, excepto en algunos casos en los que se puede aplicar la fisioterapia mediante terapias de prevención, reeducación, etcétera.
Como profesional médico, mi filosofía es buscar siempre la manera de aplicar los tratamientos menos nocivos posibles, y empezar por los métodos menos invasivos. Creo firmemente que debemos acompañar al cuerpo, ayudándolo a que él mismo encuentre el camino de regreso a la salud, y hacerlo de una manera individual y específica, sin imponer nada que no sea necesario, ya sean medicamentos, intervenciones, etcétera.
Algunos tratamientos alopáticos o quirúrgicos son invasivos para el metabolismo y no buscan la causa (la etiología) del problema y no ayudan al cuerpo a encontrar la fuente del trastorno o de la disfunción. En osteopatía hablamos de disfunción de un tejido para describir una modificación de la textura, de la movilidad, de la viscoelasticidad o de la motilidad natural que altera los parámetros de su buen funcionamiento. Las técnicas invasivas a menudo provocan nuevos desequilibrios de la salud. En este contexto, la medicina osteopática puede ayudar a la mujer. La osteopatía acompaña al cuerpo a reencontrarse con la salud, pero para ello hay un margen de actuación: cuando llegamos demasiado tarde, la medicina clásica puede hacerlo muy bien.
Hipócrates creía que la fuerza natural que hay dentro de cada uno de nosotros es el mejor médico de todos. Es decir, que tenemos en nuestro interior al mayor sanador que existe.
Afortunadamente, hoy en día más que nunca, se habla de la igualdad y de la liberación de la mujer, y también se ponen cada vez más de manifiesto casos de maltrato y de agresión. Este trabajo de medicina manual –la palabra medicina se deriva de medicus («médico»), palabra que a su vez se deriva de mederi («cuidar, curar, tratar»), y la palabra manual, que deriva del latín manualis («que se puede tomar con la mano»), derivado de manus («mano»), es decir, el arte de curar con las manos– tiene toda su importancia y su lugar en el universo médico, en la panoplia de tratamientos empleados para curar las disfunciones pélvicas. Podríamos decir que tiene un lugar especial en la «caja de herramientas» de los ginecólogos y también de los médicos de cabecera. Y es un abanico de herramientas que está totalmente al servicio de estos médicos. La osteopatía es una medicina feminista, en tanto que respeta el cuerpo de la mujer como tal, con su ciclo y sus transformaciones, dentro de la estructura de nuestra sociedad.
Es muy importante entender que el conocimiento de nuestro trabajo como osteópatas debería estar al alcance de los médicos, puesto que son ellos quienes, en la mayoría de los casos, reciben en primera consulta a las mujeres que sufren dolencias en la zona pélvica. Si el médico de primer contacto tiene esta información a su alcance, podrá orientar a la mujer hacia la cirugía, el tratamiento médico o la osteopatía. Siempre que sea posible, lo mejor será empezar por el procedimiento menos invasivo.
En mis veinte años de trabajo como osteópata, he tratado a muchísimas mujeres que han sufrido complicaciones serias a causa del tratamiento alopático. Algunas de ellas han padecido un verdadero maltrato físico o emocional por parte de algunos médicos, y han sufrido secuelas a causa de una medicación errónea, de una exploración demasiado agresiva o de haber recibido un diagnóstico con cierta falta de sensibilidad y empatía.
Por ejemplo, muchas pacientes llegan a mi consulta en un estado muy avanzado de gestación, muy angustiadas porque el ginecólogo les ha dicho que su bebé era muy grande. Esto puede tener un gran impacto en su cuerpo y en el del bebé. Luego ocurre que, en la mayoría de los casos, el bebé nace con un peso completamente normal. ¿Por qué ocurre esto? Muy sencillo: porque el crecimiento intrauterino no es lineal y el feto puede aumentar rápidamente de tamaño en los primeros meses para luego rebajar ese ritmo de crecimiento; o, al revés: puede empezar a crecer más despacio y aumentar la velocidad de crecimiento hacia el final del embarazo. Por eso creo que, si no hay un motivo de alarma, es mejor no decir nada, pues podemos terminar provocando una ansiedad innecesaria, ya que tanto la madre como el médico pueden hacer muy poco por alterar ese ritmo de crecimiento. Después de tantos años de experiencia, estoy convencido de que muchas cesáreas se podrían evitar si no existiera ese temor por dar a luz un bebé demasiado grande.
En el entorno de la medicina centrada en la zona pélvica, un osteópata cualificado y profesional viene a llenar una carencia tanto en el tratamiento de las disfunciones específicamente femeninas como también (¡por supuesto!) las masculinas. Tengo la suerte de conocer y trabajar con ginecólogos y médicos que son personas respetuosas y abiertas que han entendido los beneficios que la osteopatía puede aportar a sus pacientes. Y debo decir que para mí supone un inmenso placer trabajar en equipo por el bienestar de todos aquellos que sufren estas dolencias.
Pero queda mucho trabajo por delante para que nuestra profesión alcance su debido reconocimiento en el entorno de la medicina. Con demasiada frecuencia, la mujer llega a sufrir maltrato a manos de un concepto todavía muy patriarcal de la medicina y de la sociedad. Debería quedar muy lejos en nuestro retrovisor el tiempo en que ideas como las del médico norteamericano Edward Hammond Clarke (expresadas en su libro Sex in Education; or, A Fair Chance for the Girls, publicado en 1873) eran las que regían en las esferas del conocimiento. Él sostenía que la mujer no podía ejercer actividades de índole intelectual en la misma medida que un hombre, ya que la sangre que perdía a lo largo de sus periodos debilitaba su inteligencia, puesto que no llegaba al cerebro. Según él, someter a la mujer a la misma presión académica que a un hombre podría derivar en complicaciones serias como la esterilidad o la neurastenia. En esos años, opiniones como la de Clarke eran ampliamente aceptadas tanto por gran parte de la profesión médica como por la sociedad. Huelga decir que hemos avanzado desde entonces, pero de algún modo todavía sobrevive en el entorno médico esa visión de la mujer como sujeto pasivo, incapaz de comprender sus propias disfunciones y de tomar parte activa en su recuperación.
Por otro lado, considero importante advertir que quienes acuden a un osteópata también pueden correr el peligro de caer en manos de un pseudoprofesional, alguien con una formación deficiente o sin titulación reconocida. Esto supone un grave riesgo para los pacientes, y no digamos para quien sufre de malestar en la zona pélvica, que es tan compleja, delicada y, para la mayoría, tan desconocida, y que debe ser tratada con el máximo respeto y la mayor profesionalidad posible. Quizás estén capacitados para aliviar un dolor de espalda, pero, definitivamente, no se puede improvisar una respuesta eficaz a problemas como el dolor durante las relaciones sexuales, por ejemplo.
¿Qué es la osteopatía? La osteopatía es una medicina manual que entiende y trata el cuerpo humano en su globalidad. Permite prevenir, diagnosticar y tratar, de forma manual, las disfunciones de movilidad (la libertad de moverse en el espacio) y de motilidad (la capacidad de un tejido o de un órgano de moverse o contraerse de forma intrínseca) de los tejidos, a fin de que el cuerpo del paciente recupere su estado natural, que es el de la salud.
¿Y cómo se define la «salud»? Según la OMS, «la salud es un estado de bienestar físico, mental y social. La salud no es una ausencia de patologías o enfermedades». Como medicina holística, la osteopatía no solamente busca eliminar una patología, sino proporcionar ese bienestar físico, mental y social, ayudando al cuerpo a regresar al camino de la salud.
La primera medicina es tocar. Antes de que se escuchara por primera vez la palabra osteópata, la medicina manual (es decir, el acto en el que un individuo cura a otro mediante el empleo de sus manos) ya existía. El uso de las manos para aliviar el dolor es un reflejo humano muy primordial. Cuando nos damos un golpe, el primer gesto que tenemos, o que quien nos quiere tiene hacia nosotros, es poner la mano ahí donde nos duele. El contacto siempre ha existido, es instintivo, también cuando queremos expresar cariño o consolar a alguien que sufre: el tacto es ayuda, es empatía.
A lo largo de los siglos y en diferentes partes del mundo, el ser humano ha desarrollado técnicas manuales para buscar formas de devolver la salud al cuerpo. Los documentos más antiguos al respecto datan de casi el año 4000 a. C. El Papiro de Edwin Smith, encontrado en Egipto y fechado aproximadamente en 1600 a. C., hace referencia a heridas de guerra y distintas técnicas de sanación e incluye nociones de anatomía. También hay documentos que describen técnicas de manipulación del cuerpo hacia el año 1250 a. C., en la época de Ramsés II. En China ya se practicaban manipulaciones corporales, tal como lo demuestran documentos que datan de 3.500 años a. C.
Más cerca en el tiempo y en el espacio, el médico griego Hipócrates de Cos (460-370 a. C.), conocido como el padre de la medicina, escribió un tratado de manipulación de la columna vertebral y las articulaciones.
Durante la Edad Media, en pueblos y ciudades había hueseros que conocían técnicas y manipulaban a los enfermos que sufrían de heridas, dislocaciones y dolor articular.
Y así llegamos a finales del siglo XIX, cuando el norteamericano Andrew Taylor Still (1828-1917) acuñó el concepto osteopatía para dar nombre a la serie de métodos que ideó. Still era médico y trabajó intensamente como cirujano de campaña durante la guerra civil americana. Como tal, se dio cuenta de que había muchas lesiones que la medicina convencional no conseguía resolver.
Andrew Taylor Still sufrió una tragedia familiar detrás de otra: uno de sus hijos murió a los cuatro días de nacer y pocos años después, en 1865, su mujer y otros tres hijos fallecieron de meningitis. Estudiando en profundidad tratados científicos y recogiendo los conocimientos de anatomía y de fisiología vigentes en su tiempo, Still concibió una nueva medicina que era un tratado de técnicas de manipulación del cuerpo orientadas a ayudar al enfermo a curarse. Él fue uno de los primeros médicos en defender el concepto de medicina preventiva, la filosofía según la cual el médico debe centrarse en proteger la salud más que únicamente tratar los síntomas de la enfermedad.
Still no dejó escrita ninguna explicación acerca del origen de la palabra osteopatía. En mi opinión es algo limitada, puesto que no recoge la totalidad de lo que representa esta disciplina. En cambio, el término etiopatía, que engloba el concepto de la búsqueda de las causas de la enfermedad, es mucho más exacto y apropiado.
En 1892, Still fundó el primer colegio de osteopatía basado en este nuevo concepto: la American School of Osteopathy (ahora llamada A. T. Still University) en Kirksville, Missouri. De él nace, pues, la osteopatía como medicina tal como la conocemos en la actualidad.
En lo que respecta a la osteopatía pélvica o urogenital, fue un contemporáneo de Andrew Taylor Still, el sueco Thure Brandt (1819-1895), quien realizó avances específicos en este campo. Brandt era un fisioterapeuta y profesor de gimnasia que empezó a tratar los trastornos ginecológicos combinando estiramientos, gimnasia específica y masajes manuales del útero. Sus métodos fueron analizados en Alemania, y gracias al enorme éxito que obtuvieron, se extendieron por toda Europa. Por ejemplo, el método que puso en práctica para tratar los prolapsos uterinos dio excelentes resultados. En 1891, Brandt publicó un manual titulado Tratamiento de las enfermedades de la mujer.
En 1897, el médico francés Horace Stapfer continuó el trabajo de Thure Brandt y escribió un manual práctico de fisioterapia ginecológica. Stapfer trató a miles de mujeres con distintos trastornos urogenitales con un éxito considerable.
El primer manual específico de osteopatía ginecológica (Intra-Pelvic Technique. Manipulative Surgery of the Pelvic Organs) apareció en 1927, de la mano del osteópata norteamericano Percy Woodall (1897-1977).
En 1984, el osteópata francés Jean-Pierre Barral escribió un libro sobre metodología de manipulaciones urogenitales que fue toda una revelación en el mundo de la osteopatía, una disciplina que ya había entendido el importante papel de los órganos pélvicos en muchos trastornos ginecológicos.
Gracias a estos pioneros, numerosos osteópatas como yo podemos ayudar a miles de mujeres a sanar sus trastornos urinarios y ginecológicos.
