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Nuestro actual estilo de vida exige mucho a nuestros ojos: largas horas frente a pantallas iluminadas, estímulos visuales constantes, pocas horas de sueño... pero los problemas de visión que se derivan de estas situaciones no se solucionan simplemente con el uso de gafas. Carmela París te propone las técnicas y los cuidados necesarios para mantener y mejorar tu visión y, por extensión, tu calidad de vida. En este libro encontrarás explicaciones sencillas y completas de cómo funcionan nuestros ojos, una guía de ejercicios para mantener una buena visión y solucionar los problemas que la dificultan, tratamientos de urgencia para el cuidado y la belleza de tus ojos y métodos naturales para evitar las tensiones oculares.
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Seitenzahl: 271
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Cuida tus ojos
CARMELA PARÍS
Cuida tus ojos
Métodos naturales para ver bien sin gafas
NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud, y en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal.
Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactas y ciertas en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
© Carmela París, 2013
© de esta edición: RBA Libros S.A., 2013
Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición en esta colección: febrero de 2013
REF.: OEBO958
ISBN: 9788491180203
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización por escrito del editor, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
Contenido
Presentación
Psicología de la visión
Los ojos, órganos de comunicación
La mirada expresa los sentimientos
El contacto visual según los sexos
El contacto visual según las culturas
La mirada y la personalidad
Los factores emocionales en la visión
Sexualidad y visión
Psicopatología de la visión
Cuidado cotidiano de los ojos
La alimentación y la visión
¿Qué hacer durante la jornada laboral para cuidar la vista?
¿Qué hacer después de una jornada laboral en la que se han utilizado mucho los ojos?
¿Qué hacer si se manejan ordenadores durante muchas horas?
¿Qué hacer para que la lectura no fatigue los ojos?
Cine y televisión
Cuidar la visión de los niños
Usar o no usar gafas de sol
Gafas deportivas
Recetas de belleza para los ojos
Métodos naturales para cuidar la visión
Antecedentes de la terapia visual
Teoría del doctor Bates sobre los mecanismos de la visión
Método Bates y biofeedback
Beneficios de la gimnasia ocular
Yoga ocular
Yoga y las nuevas investigaciones
Sesión básica de ejercicios para mantener y mejorar la visión y el estado general del organismo
Recomendaciones generales
Ejercicios de respiración
Ejercicios de gimnasia física general
Ejercicios de relajación
Gimnasia ocular
Trastornos de la visión
Miopía
Hipermetropía
Astigmatismo
Presbicia (vista cansada)
Estrabismo
Cirugía refractiva. Queratotomía radial
Ortoqueratología nocturna u Orto-K
Tratamientos naturales de las enfermedades oculares
Blefaritis
Conjuntivitis
Ojos secos
Glaucoma
Cataratas
Hipertensión ocular
Orzuelo
Calacio (chalazión)
Ceguera nocturna
Ceguera
Anatomía y fisiología
Los ojos
Anexos del ojo
Mecanismos biofísicos de la visión
Mecanismos bioquímicos de la visión
Glosario
Bibliografía
A te, che non hai potuto vedere…
Presentación
La vista, uno de los cinco sentidos, es también uno de los medios más importantes de comunicación y de adaptación al mundo exterior, ya que la mayor parte de la información que recibimos nos llega a través de los ojos.
Desde el inicio de su historia hasta nuestros días, el ser humano ha evolucionado muy deprisa socioculturalmente, y ha cambiado por completo su forma de vivir. Sin embargo, en términos de evolución no han pasado suficientes años para que su organismo haya podido modificarse y adaptarse al tipo de vida actual tan diferente de la primitiva. Nuestro sistema de visión todavía es el indicado para vivir en grandes espacios abiertos y para detener la vista en un objeto próximo en contadas ocasiones; pero, cada vez más, la visión próxima que era secundaria ha pasado a ser prioritaria. De mover los ojos continuamente, siempre alerta, se ha pasado a mantenerlos casi siempre mirando a la misma distancia, leyendo, estudiando, o realizando un trabajo rutinario durante horas y horas. El esfuerzo que los órganos de la visión deben realizar para efectuar continuamente una función para la cual no están preparados causa unas tensiones cuyas consecuencias se hacen sentir desde los primeros años de la vida del niño, ya que cada vez se comienza antes a leer y a jugar con objetos que obligan a mantener la vista enfocando siempre a distancias cortas.
Las consecuencias de ese esfuerzo continuo variarán de unas personas a otras, como ocurre en otros tipos de trastornos, según sea la constitución genética, las características psicológicas, las circunstancias socioambientales y la capacidad de adaptación de cada uno. El proceso de la visión culmina en el cerebro, y la expresión de la función de este órgano —la mente— también interviene directamente en la formación de las imágenes, por lo que ninguno de estos factores debería ser olvidado a la hora de aplicar un tratamiento; la interacción de todos los factores que intervienen en la visión determinará el que unas personas gocen de buena visión y otras sufran algún trastorno como puede ser, entre otros, miopía, visión desdoblada o dolores oculares.
En esta época eminentemente visual, los trastornos en la visión acarrean multitud de problemas a las personas que los sufren y es el inicio de un círculo vicioso: esfuerzo excesivo-trastorno-más esfuerzo para superarlo-trastorno más grave. La medicina, para corregir estos problemas y fiel al principio de eficacia que la caracteriza, inventó las gafas y, después, las lentillas, las cuales, evidentemente, solucionan los síntomas pero, al no curar el origen o causa de ellos, no siempre evitan que el trastorno siga evolucionando y que, por tanto, los problemas continúen.
A principios del siglo XX un oftalmólogo norteamericano, el doctor Bates, desarrolló un método con el que pretendía mejorar efectivamente la visión y no solo corregir sus defectos con unas lentes más o menos sofisticadas. Su método consistía en fortalecer los ojos por medio de una gimnasia ocular, y en restablecer la coordinación mente cuerpo imprescindible para que todo órgano funcione correctamente; pero, sobre todo, insistía en la necesidad de aprender hábitos visuales correctos para eliminar la tensión excesiva a la que estaban sometidos, causa, según afirmaba, de la mayor parte de los trastornos de la visión.
El doctor Bates siempre consideró las gafas como «muletas» muy útiles, pero que, como tales, solo debían ser utilizadas durante el tiempo necesario hasta que los ojos recuperaran su capacidad de ver y ejercieran su función normalmente. Sus teorías sobre las causas de la mala visión eran muy diferentes a las corrientes de opinión de la época, por lo que fueron rechazadas en los círculos oficiales, y si consiguieron difundirse fue gracias a la llamada medicina naturista, la cual siempre ha preferido sistemas de curación que ayuden al organismo a recuperar por sí mismo la salud por medio de tratamientos dirigidos al origen del trastorno, más que los dirigidos a terminar con el síntoma. Con ello se consigue que los resultados sean más duraderos, aunque la mejoría se aprecie más lentamente y aunque para llevarlos a la práctica se necesite la participación activa del paciente, algo a lo que no se está acostumbrado. También los colaboradores del doctor Bates y sus alumnos ayudaron a difundir sus trabajos, y hoy podemos considerar a todos ellos pioneros de las terapias visuales que se practican en la actualidad.
Este libro pretende divulgar técnicas y cuidados basados en estos principios, de forma eminentemente práctica, para ayudar a mantener y a mejorar la visión, y para que cualquier persona pueda practicarlos por sí misma. Pero su objetivo principal es, ante todo, animar a todo el mundo a participar activamente en el cuidado de sus ojos y a fomentar su bienestar general desarrollando hábitos saludables de vida y, sobre todo, a evitar comportamientos y actitudes que puedan perjudicarle.
Convendría que estas recomendaciones formasen parte de un método de higiene de vida, o de higiene ocular si se prefiere, y que se practicasen los ejercicios y demás cuidados con regularidad y constancia similar a la de otras prácticas de higiene cotidiana, ya que podrían ser la inesperada solución, o una inestimable ayuda, tanto para las personas que disfrutan de una buena visión y desean mantenerla como para quienes sufren algún trastorno en la vista. Sería mucho mejor establecer un contacto más directo con nuestro organismo, cuidar los ojos, la visión, y la salud en general, sin esperar a que los hábitos incorrectos de vida causen problemas, los cuales, una vez instaurados, siempre son más laboriosos de solucionar.
Cualquier persona podrá beneficiarse con los consejos que le indicamos aquí, pero nunca hay que olvidar la necesidad de consultar al médico oftalmólogo cuando se aprecie una irregularidad en la visión. Así se dará con la mejor solución al problema, ya que, en algunos casos, la mala visión puede ser también la manifestación de un trastorno cuyo origen puede estar en otra zona del organismo.
Confío en que el lector podrá disfrutar de los innumerables beneficios que logrará siguiendo estos consejos generales y locales, fáciles de aplicar, completamente naturales y sin contraindicación alguna. La solución definitiva, así como el tiempo que deberá practicar los ejercicios y demás cuidados aconsejados para lograrla, estará en función de la importancia del trastorno en su interacción con otros factores, principalmente los hábitos generales de vida y el estado emocional. Todo ello unido a su deseo de participar activamente en su salud y en mejorar de forma general su vida.
Este libro consta de varias partes. En ellas de recogen las diversas teorías que intentan explicar lo que casi podríamos denominar «el milagro de la visión», ya que todavía no se ha podido descifrar por completo cómo ocurre. También se ofrece al lector la posibilidad de participar activamente en mantener una buena visión, o en solucionar los problemas que la dificultan.
Asimismo, se expondrán los fundamentos teóricos en que se basan los cuidados naturales que proponemos, e indicaremos cómo evitar las tensiones oculares en situaciones de la vida cotidiana. Intentaremos dar respuesta a preguntas frecuentes que se plantean las personas con dificultades en su visión y ofreceremos soluciones de urgencia para el cuidado y la belleza de sus ojos, así como indicaciones y consejos que pueden ser practicados por todo el mundo como sistema para fomentar la salud general, y para mantener y mejorar la visión.
También se incluyen en estas páginas indicaciones específicas para los trastornos y las enfermedades visuales más frecuentes, junto con los ejercicios de gimnasia ocular más adecuados en cada caso; así como consejos de índole general referentes a gimnasia, relajación, o alimentación, ya que en nuestro concepto de la medicina consideramos al ser humano como un ser unitario que no puede tener un trastorno en uno de sus órganos sin que el problema afecte a la totalidad del organismo, aunque se manifieste a través de un órgano determinado.
Y, para el lector no familiarizado con el tema, también explicaremos cómo funcionan nuestros ojos, su anatomía y los mecanismos fisiológicos y psicológicos que participan en la visión, resaltando especialmente los factores psicológicos, ya que son los más olvidados cuando se habla de la visión y de cómo mejorarla, y sin embargo desempeñan un papel muy importante en el resultado. Todo ello se expone de forma sencilla y resumida, pero rigurosa.
No puedo terminar esta presentación sin dedicar un cariñoso recuerdo a los yoguis Jordi Colomer y André Van Lysebeth, cuyas enseñanzas han sido decisivas tanto en mi vida profesional como personal.
También a mis familiares y amigos más próximos, con quienes siempre he podido contar cuando los he necesitado; entre ellos, a la doctora Ana Jaén, que ha supervisado la parte médica de este libro; a Oriol Vergés, Fernando Fernández y a Jesús París, cuya colaboración personal ha sido de inapreciable valor para mí.
Y muy especialmente, deseo testimoniar mi agradecimiento a todas las personas que con sus palabras y manifiesto interés sobre el tema me decidieron a escribir este libro.
Carmela París
Psicología de la visión
Hablar de la psicología de la visión puede resultar extraño si no se tiene en cuenta que la Psicología, como ciencia que estudia el comportamiento de los seres vivos, abarca todos los acontecimientos que ocurren dentro del cuerpo, desde las contracciones musculares difíciles de observar a simple vista o las secreciones hormonales, hasta los movimientos visibles o el habla como medio de comunicación.
Otras ciencias, como la Anatomía y la Fisiología, también estudian el funcionamiento de las diversas partes de los órganos corporales y, por tanto, explican cómo son y cómo funcionan los ojos y los diversos componentes de la visión, pero estas ciencias nada explican sobre lo que ocurre cuando esas partes se activan en la vida real, en ese todo mucho más complejo que es el ser humano.
Aquí es donde la psicología juega el papel de puente de unión entre unas ciencias tan diferentes, y estudia por qué los organismos vivos se comportan y actúan de determinadas maneras y de qué modo emociones tan poderosas como el temor, la ira o los impulsos sexuales influyen y modifican el funcionamiento de sus órganos.
Investigaciones relativamente recientes han demostrado que la forma particular que cada persona tiene de andar, de mover las manos y las diferentes partes del cuerpo, sus gestos, sus miradas…, forman parte de un lenguaje corporal a través del cual el individuo expresa sus sentimientos. En realidad, todo el cuerpo es utilizado, muchas veces de forma inconsciente, como vía de comunicación no verbal, y en este lenguaje participan de forma importante la mayoría de los sentidos.
Del mismo modo, una rama de la medicina —la Psicosomática— investiga de qué forma los tics, los dolores, las alteraciones en el funcionamiento de las diversas partes del organismo y las enfermedades que el ser humano padece también forman parte, podría decirse, de ese lenguaje corporal con el que habla la mente.
El sentido de la vista cuenta con un lugar privilegiado entre los sentidos que participan del lenguaje corporal, ya que los ojos, además de ser los órganos de la visión, también realizan otras funciones muy importantes para la vida de relación del individuo. Los ojos proporcionan a la persona infinidad de formas de placer, desde el placer estético que experimenta al contemplar la belleza de la naturaleza o de la obra de arte, hasta el placer erótico que suscita la visión del objeto del deseo, pero también y por la misma razón, su funcionamiento puede resultar seriamente alterado por el conflicto entre las diversas y a veces antagónicas emociones que la misma visión provoca.
Por otra parte, los ojos como vía de comunicación no verbal se encuentran estrechamente unidos a la comunicación verbal que establecen los seres humanos entre sí, en la cual las palabras solo representan la mitad del mensaje, según reconocen los psicólogos, antropólogos y sociólogos, entre otros profesionales que investigan dentro de las ciencias de la comunicación.
Las investigaciones sobre la comunicación no verbal han despertado un enorme interés en el público, lo que «parece ser parte del espíritu de nuestro tiempo, de la necesidad que mucha gente siente de restablecer contacto con sus propias emociones; la búsqueda de esa verdad emocional que tal vez se expresa sin palabras». (F. Davis)
Si la psicología estudia el comportamiento del ser humano para poder ayudarle a desarrollar sus potencialidades y a relacionarse mejor en su medio circundante, en nuestra cultura, en la que priman los estímulos visuales, no puede omitirse el estudio y la divulgación de ningún factor que participe en la percepción de los objetos, ya que el comportamiento del ser humano, tanto como su salud o las enfermedades que padece, su realidad total en pocas palabras, es el resultado de la continua interacción entre su naturaleza biológica y su medio social, y el lenguaje visual, como vía de comunicación, participa activamente en todo ello. Razón por la que comenzaremos por hablar de estas cualidades, ya que divulgar estos aspectos menos conocidos, pero tan importantes para el proceso de la visión, es uno de los objetivos principales de este libro.
LOS OJOS, ÓRGANOS DE COMUNICACIÓN
Todas las descripciones que se hagan de las estructuras y del funcionamiento de los órganos de la visión no podrán dar una idea, ni siquiera aproximada, de lo que origina la mirada ni por qué el lenguaje popular, con su sabiduría profunda, siempre llamó a los ojos «el espejo del alma».
Los ojos, lejos de ser unos simples receptores de la luz, son los principales emisores de señales y receptores de información con los que cuenta el ser humano, y desempeñan un papel primordial en las relaciones que establece con su entorno. Se puede decir que la forma en que se mira a alguien suele decidir cómo serán las relaciones futuras entre ambos.
Mirar a los ojos de alguien es un acto de comunicación superior a cualquier palabra, como demuestra el hecho de que, en esta civilización en la que cada vez existe menos comunicación personal, mirar a los ojos resulta embarazoso, o cuando menos inquietante, y se hace en pocas ocasiones; generalmente se dirigen breves miradas a los ojos, o se mira a cualquier otra parte del interlocutor, pero rara vez se mantiene una conversación mirándose fijamente a los ojos.
Y sin embargo, una discusión podría ser mucho más amigable con solo intentar comprenderse a través de la mirada. Suele ocurrir lo contrario. Cuando comienza un diálogo, lo primero que se hace es romper el contacto visual: el que habla mira hacia otro lado. En general, se mira más cuando se escucha que cuando se habla, pero, en cualquier caso, la mirada delatará a ambos interlocutores: mirando a los ojos de quien habla se conoce su sinceridad, y según el interés que demuestra su mirada se sabe si el interlocutor escucha o tan solo oye.
Si durante el transcurso de una conversación, después de haber estado escuchando, se desea tomar la palabra, lo primero que se hace es restablecer el contacto visual, lo que sustituye a pedir el turno para hablar. Quien está hablando se da cuenta inmediatamente de la intención, pero, si no desea ser interrumpido, la mejor solución será evitar la mirada, dificultando así la interrupción. En estos casos, la mirada proporcionará también a quien desea interrumpir la forma de conseguirlo. Si se comienza a mirar hacia otro lado, sin dejar por ello de permanecer atento a quien habla, este, sintiendo la falta de atención que significa no mirar a alguien mientras habla, pronto le dirigirá la mirada intentando captar un signo de interés. Si en ese momento preciso se le devuelve la mirada, ya se puede tomar la palabra con decisión, especialmente si la conversación tiene lugar en un grupo, ya que en esos casos la mirada juega un papel aún más importante que si se desarrolla entre solo dos personas.
Mientras se tiene la palabra, también se utiliza la mirada para captar el interés de quienes escuchan, y si se quiere hacer especial hincapié en algún punto, nada mejor que recorrer con los ojos a los participantes para establecer un mayor contacto con ellos. Al final de la intervención, si alguien ha manifestado interés por hablar, se le mira para cederle la palabra, y caso de que haya desistido, mirar a los restantes participantes facilitará que otra persona lo haga.
El contacto visual utilizado hábilmente es una ayuda inestimable para toda persona que deba hablar en público, pero no hay que olvidar que «los ojos son el espejo del alma» y también puede volverse contra quien la utiliza de forma artificial o engañosa.
LA MIRADA EXPRESA LOS SENTIMIENTOS
Los ojos, «espejos del alma», son utilizados habitualmente, aunque a veces de forma inconsciente, para expresar del modo más eficaz los sentimientos profundos que alberga el ser humano.
El simple hecho de mirar tiene un significado: por lo general es signo de afecto. Se mira, sobre todo, a las personas que resultan simpáticas, las cuales, a su vez, interpretan positivamente esos mensajes y se sienten más atraídas por quienes les distinguen con la mirada; las personas que buscan afecto y las que se gustan mutuamente se miran más directamente a los ojos.
Mirar a los otros y cruzar las miradas es un indispensable primer paso para iniciar una amistad, siempre que esas miradas sean cálidas y suaves, y no fijas, penetrantes o insistentemente mantenidas, hecho que podría ser considerado en las culturas occidentales, según los casos, como un ataque sexual o signo de hostilidad.
El individuo puede sentir la mirada fija como una amenaza, pero algunos psicólogos de la Universidad de Delaware (EE UU) que han estudiado la comunicación del hombre con algunos animales en base a la comunicación visual, han descubierto que los monos también son especialmente sensibles ante una mirada fija. Uno de los experimentos que realizaron consistía en encerrar a los monos en unas jaulas en el interior de una habitación vacía: si el investigador se aproximaba a la jaula con la mirada baja y mirando tímidamente a un mono, este apenas reaccionaba, pero si le miraba fijamente a los ojos en forma desafiante, el animal comenzaba a enseñar los dientes y movía la cabeza de forma amenazadora. En otro experimento, el investigador permanecía oculto a la vista del mono mientras le miraba fijamente; por extraño que parezca, el mono comenzaba pronto a mostrarse deprimido y, al registrar sus ondas cerebrales, se comprobó que estas se alteraban cada vez que el investigador lo miraba fijamente. Algo que, sin conocer todavía a qué es debido, se parece mucho a la sensación que a veces experimentan las personas cuando alguien detrás de ellas les está mirando, lo que, generalmente, resulta ser cierto.
También se ha comprobado que el ritmo cardiaco de una persona se modifica y tiende a aumentar si se le mira insistentemente, lo que podría ser una razón de los nervios que pueden padecerse al hablar en público, ya que el orador recibe las miradas fijas de todo su auditorio.
En realidad, cuando dos personas se miran a los ojos se produce una sensación similar a cualquier tipo de contacto físico, y su cualidad variará según sean los sentimientos que esas personas deseen transmitir al otro, ya que existe una estrecha relación entre la expresión de los sentimientos y la mirada.
La mirada puede ser dura y producir la sensación de una bofetada, o suave como una caricia. Puede «desnudar» o suplicar afecto, dominar y poseer, reafirmar la seguridad personal o expresar unos sentimientos de inferioridad. Con la mirada, las parejas expresan su deseo. Con la mirada se rechaza a quien molesta.
Las miradas penetrantes alejan a las personas, o mantienen un distanciamiento emocional cuando se desea evitar los riesgos que siempre trae consigo la comunicación afectuosa a quien carece de la fuerza necesaria para sentir la ternura y aceptar el riesgo que implica el contacto humano.
La mirada, en ocasiones, se utiliza como forma de agresión. Pocas palabras podrán resultar más hirientes que una mirada llena de desprecio. Hace falta mucha seguridad en uno mismo para sostener una mirada altiva que intenta rebajar o colocar en un papel de subordinado a quien está dirigida.
Mantener la mirada en situaciones conflictivas demuestra seguridad, orgullo y, en último caso, desafío leal. Bajar la mirada es signo de sometimiento, como demuestran las personas que se sienten inferiores y que casi nunca miran a los ojos cuando hablan con alguien a quien consideran superior, a diferencia de quien se considera superior, el cual pocas veces evita las miradas.
También se utiliza la mirada como forma de dominación cuando se reprende a quien se considera subordinado, al exigirle en el transcurso de una reprimenda, por ejemplo, que levante la vista si la hubiera bajado: «Mírame cuando te hablo», dicen algunos padres cuando reprenden a sus hijos.
Quien desea dominar necesita ver la sumisión reflejada en los ojos del sometido, en algunos casos para recrearse con el miedo que causa y, siempre, para evitar la desconfianza que, aun inconscientemente, provoca quien no se atreve a mirar de frente.
La manera de mirar es un signo de poder, y no solo entre los seres humanos, sino también entre los animales. Cuando un mono líder mira a otro al que considera subordinado, este bajará los ojos o mirará hacia otro lado. Algunos etólogos sostienen que entre los primates el dominio lo ostenta y lo mantiene quien puede sostener una mirada desafiante, más que por sus actos agresivos. Cada vez que dos monos cruzan la mirada y uno la desvía, confirman el lugar que a ambos les pertenece en la jerarquía del poder.
También hay miradas que asustan. La indefensión del niño ante una mirada colérica de sus padres paraliza sus músculos oculares en una expresión de terror (y puede ser origen en algunos casos de una miopía posterior).
Hay ocasiones en que una mirada produce desazón, un inexplicable malestar que, al desconocer su causa, en tiempos pasados se interpretaba como algo maléfico capaz de acarrear la enfermedad o la desgracia, y que se dio en llamar «el mal de ojo». Pero también se creía que podía tratarse de una maldición que sufría un inocente; al papa Pío IX se le consideraba una de estas víctimas, y su bendición era considerada como la causa de males y desgracias.
Muchas personas ignoran a nivel consciente el lenguaje de la mirada, pero inconscientemente lo intuyen y eluden el contacto visual como forma de evitar que sus ojos revelen su yo más íntimo, razón por la que dos personas que se conocen poco y mantienen una conversación de compromiso evitarán el contacto visual, ya que, de producirse repetidamente, podría dirigir la conversación hacia temas más personales.
La franqueza y la capacidad de mirar a alguien a los ojos van estrechamente unidas en la mayor parte de las personas. Poder mirar a los ojos de otro expresa la seguridad en uno mismo y la sinceridad de lo que se dice. En una situación difícil, cuando se disimula o se miente, el contacto visual aumenta la ansiedad, por lo que se intenta evitar. También hay quien aprende las «tácticas» del lenguaje visual para controlar sus sentimientos y ser capaz de mentir mirando directamente a los ojos.
Aprender la manera de establecer contactos más afectuosos con el prójimo puede ser una gran ayuda para quien desee hacer de la vida social una fuente de satisfacción personal como solo el contacto humano afectuoso puede proporcionar. Algo de lo que nunca podrá disfrutar quien únicamente esté interesado en aprender técnicas para controlar o manipular a otro ser humano.
EL TAMAÑO DE LAS PUPILAS
Un psicólogo norteamericano de la Universidad de Chicago, Eckhard Hess, descubrió en sus investigaciones sobre la percepción visual que no solo los movimientos de los ojos intervienen en el lenguaje visual, sino que también el tamaño de la pupila expresa lo que las personas piensan y sienten.
Hess comprobó, por ejemplo, que la pupila se dilata cuando la persona mira algo placentero, y se contrae ante lo que le resulta desagradable. En sus experimentos, que consistían en mostrar diversas diapositivas a hombres y mujeres de diferentes edades, observó que las pupilas de los hombres se dilataban más que las de las mujeres ante la imagen de una chica desnuda, y las de las mujeres más que las de los hombres a la vista de un hombre desnudo. Por su parte, las pupilas de los homosexuales se agrandaban ante los desnudos de personas de su mismo sexo.
Otro experimento consistía en mostrar diapositivas de suculentos platos de comida a las personas antes y después de que hubieran comido, y resultó que sus pupilas se dilataban más cuando más hambre tenían. Lo mismo sucedía al escuchar el sonido de su música preferida. Sin embargo, ante imágenes extremadamente desagradables o que les inspiraban temor, las pupilas se agrandaban súbitamente para contraerse a continuación.
Pero el experimento más curioso fue el siguiente: Hess presentó diversas fotografías a varios hombres; dos de ellas, las que representaban a la misma atractiva mujer. Eran idénticas, excepto que una de las fotografías había sido retocada para agrandar las pupilas de la modelo y la otra se había retocado para hacerlas más pequeñas. El resultado del experimento fue que las pupilas de los hombres se dilataron el doble ante la fotografía que tenía las pupilas agrandadas, a pesar de que ninguno había apreciado que eran diferentes. Solo uno mencionó que una de las dos fotografías, a pesar de ser idénticas, dijo, le había resultado más bonita. Este resultado parece demostrar que, para los hombres, a un nivel subliminal, resultan más atractivas las pupilas grandes, quizá porque es lo que le ocurre a una mujer cuando está interesada en un hombre.
Los experimentos de Hess también demostraron que las mujeres y los hombres homosexuales prefieren las fotos de hombres con las pupilas grandes y que las mujeres las tengan pequeñas; las mismas preferencias demostraron los hombres que en sus relaciones personales estaban más interesados en lograr una conquista sin implicaciones emocionales que en obtener una respuesta afectuosa.
Hess llama a sus estudios «pupilometría» y dice que con ellos se puede medir la capacidad de decisión de un individuo. «Embriológica y anatómicamente, el ojo es una extensión del cerebro —dice—, es casi como si una parte del cerebro estuviera a la vista del psicólogo.»
EL CONTACTO VISUAL SEGÚN LOS SEXOS
Numerosos estudios han demostrado que las mujeres sostienen más la mirada que los hombres cuando se relacionan socialmente y que ello ocurre ya desde la infancia. Tanto los hombres como las mujeres miran más cuando alguien les resulta agradable, pero los hombres mantienen más tiempo la mirada cuando escuchan, mientras que las mujeres lo hacen cuando son ellas las que hablan.
El investigador Ralph Exline realizó el siguiente experimento: hizo un test de personalidad a unos voluntarios en el que se les preguntaba, entre otras cosas, cuanto afecto brindaban a los demás y cuanto pretendían recibir. La mayoría de los hombres mostraba estar dispuesto a dar y recibir menos que la mayoría de las mujeres. Sin embargo, se dieron algunos casos de hombres más afectivos y de algunas mujeres menos afectivas que la media correspondiente. Cuando Exline examinó el comportamiento visual de esos individuos, descubrió que los hombres afectivos intercambiaban miradas con otros en la misma proporción que las mujeres, mientras que las mujeres menos afectivas presentaban un comportamiento ocular semejante al del hombre medio.
Una explicación de estos hechos podría ser la diferente forma de educar a los niños y a las niñas en cuanto a controlar sus emociones. Las mujeres suelen ser menos inhibidas a la hora de expresar lo que sienten y son más receptivas a las emociones de los otros. También dan más importancia a la información que sobre las emociones se transmiten con la mirada y sienten una necesidad mayor de saber qué siente el otro, sobre todo si se trata de alguien que le agrada. La mujer suele tener más dificultades para hablar si no puede ver a su interlocutor, mientras que el hombre, en esos casos, habla con más facilidad.
Algunos psicólogos encontraron en todo ello la explicación a por qué las mujeres suelen estar más cómodas cuando hablan entre ellas, ya que, como se sabe, los contactos visuales recíprocos hacen que la conversación sea más positiva. Otros explicaron esta notable diferencia en los hábitos visuales de hombres y mujeres diciendo que si las mujeres utilizan más su mirada es porque, al haber estado tradicionalmente sometidas al hombre, necesitaban conocer sus intenciones lo mejor posible: como forma de supervivencia utilizada por quien se sabe poco valorado y, por tanto, en peligro. También podían necesitar y buscar instintivamente con la mirada la comunicación personal y el reconocimiento que socialmente se les negaba.
Pero en los últimos años otra explicación comienza a insinuarse: la liberación femenina ha puesto al descubierto las profundas inseguridades que ocultaba el varón bajo la culturalmente obligatoria apariencia de fortaleza y seguridad que su fuerza física, superior a la de la mujer, le facilitaba. Expresiones tales como «los hombres no lloran», «al verdadero hombre, lo único que le importa es triunfar», «los sentimentalismos son cosas de mujeres», etcétera, significan considerar los sentimientos como signo de debilidad y han protegido secularmente al hombre de los riesgos que supone liberar los afectos; pero no le han impedido que, interiormente, sienta la inseguridad personal propia de quien ha mutilado una parte de su ser; quizá por eso evita las miradas, gesto habitual en quien se siente inseguro o sufre sentimientos de inferioridad.
Tal vez la mujer, al no haber tenido que dedicar tanta energía al triunfo social y económico durante siglos, ha podido desarrollarse más como persona, lo cual, al ser lo único que proporciona la verdadera fortaleza interior, le permite mirar más a los ojos a las personas con las que se relaciona, hecho natural para quien posee un yo fuerte aunque se encuentre hábilmente disimulado bajo una apariencia de «debilidad femenina».
EL CONTACTO VISUAL SEGÚN LAS CULTURAS
Las razones que mueven al ser humano a realizar cualquiera de sus actos difícilmente se deben a una causa única, sino que, por el contrario, son el resultado de múltiples motivaciones y, entre ellas, las costumbres sociales desempeñan un papel tan importante que no deben olvidarse nunca si realmente se desea conocer el porqué de sus actos.
