Cultura y compromiso - Margaret Mead - E-Book

Cultura y compromiso E-Book

Margaret Mead

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Beschreibung

A pesar de los años transcurridos desde que la autora presentó estas reflexiones dentro del ciclo "Man and Nature", sus ideas mantienen su frescura y nos afectan más que nunca. Desde su larga y madura experiencia como antropóloga, Margaret Mead interroga en esta obra la esencia de la Historia en tanto proceso de transmisión de saberes y valores. ¿Cuáles son los compromisos que hoy en día pueden asumir todavía las generaciones jóvenes con los legados del pasado?, se pregunta la autora. Y este texto es una invitación y un desafío para reflexionar sobre el incierto e inquietante devenir de la humanidad. En palabras de Verena Stolcke en el prólogo, Mead defiende que "ni la adolescencia ni las otras etapas de la vida debían ser interpretadas como una experiencia individual, sino que consisten siempre en una relación sociocultural variable y característica de una sociedad específica y dependen asimismo del tejido y de las estructuras de parentesco que prevalecen".

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Título del original en inglés:

Culture and commitment – A study of the Generation Gap

National History Press / Doubleday & Co. Inc., 1970

© 1970 by Margaret Mead

Traducción: Eduardo Goligorsky

Diseño de cubierta: Juan Pablo Venditti

Primera edición, diciembre de 1977, Barcelona

Segunda edición, junio de 2019, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano.

© Editorial Gedisa, S. A.

Av. Tibidabo, 12, 1o.

08022, Barcelona, España

Tel. 93 253 09 04

[email protected]

http://www.gedisa.com

eISBN: 978-84-17835-38-5

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

Índice

Prólogo

Verena Stolcke

Preámbulo

Introducción

1. El pasado

Culturas postfigurativas y antepasados bien conocidos

2. El presente

Culturas cofigurativas y pares familiares

3.El futuro

Culturas prefigurativas e hijos desconocidos

Apéndices

A la madre de mi padrey a la hija de mi hija

Prólogo

Verena Stolcke

Desde 1925, cuando comenzó su trabajo de campo pionero entre los «pueblos primitivos» del Pacífico Sur, como los denominaba entonces, Margaret Mead se dedicó sin interrupción al estudio de la evolución cultural humana. Franz Boas había sido su maestro y predecesor en el nuevo enfoque relativista cultural que iba sustituyendo la perspectiva darwiniana que aún prevalecía. Desde una perspectiva relativista la investigación antropológica, por modesta que fuera, consistía en la comparación más o menos explícita entre perfiles socioculturales de pueblos distintos en un doble sentido: por un lado, los propios de la sociedad estudiada; pero, por otro lado, también frente al perfil de la sociedad de donde provenía la antropóloga y en la lengua en que la describía.

El resultado de esa primera experiencia etnográfica fue su monografía clásica Coming of Age in Samoa(1928) en la que Mead narra la vivencia de la niñez en Manus, Samoa, la cual —sostuvo la antropóloga— se distinguía de modo trascendental de cómo se desenvolvía la infancia y adolescencia en Occidente. Según Mead, no estaba en la naturaleza humana la forma en que se hacen adultas las personas; ello dependía de las facultades humanas condicionadas por circunstancias culturales y sociales particulares que inspiraban la interacción entre generaciones. El que la adolescencia en Occidente fuese una época de tensión y trauma no resultaba en absoluto ni universal ni inevitable. Ni la adolescencia ni las otras etapas de la vida debían ser interpretadas como una experiencia individual, sino que consistían siempre en una relación sociocultural variable y característica de una sociedad específica, y dependían asimismo del tejido y de las estructuras de parentesco que prevaleciesen.

Mead regresó a Manus en 1953. Ésta fue una de sus varias visitas de posguerra a Samoa, en las que quería documentar las transformaciones culturales dramáticas que habían ocurrido en la comunidad que ella había estudiado en los años veinte. Esos cambios no sólo le confirmaron la validez de la teoría boasiana de que las características culturales de una sociedad se transforman con el paso del tiempo, sino que además justificaron su tenaz interés por llegar a saber cómo la interacción entre generaciones podía servir para contrastar y evaluar esos cambios culturales en una sociedad.

Describió estos hallazgos en New Lives for Old: Cultural Transformation – Manus, 1928-1953(1956). Y en 1965 y 1966 realizó otras dos breves visitas a Manus y pudo observar, además, cómo se habían convertido en adultos aquellos niños que ella había observado y con los que había jugado en ese pasado distante. Y en 1967, finalmente, participó en la producción de un extenso documental sobre su propia biografía etnográfica con el título de Margaret Mead’s New Guinea Journal. El documental describe la larga experiencia de trabajo de campo de Mead desde que se había estrenado en la investigación etnográfica, y muestra en especial la notable modernización de Samoa y sus gentes que observó durante sus visitas a lo largo de esos más de cuarenta años y la transformación de las interacciones generacionales.

Éste es el tema del presente libro de Margaret Mead, Cultura y compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional(1970). Mead redactó el libro durante la agitada década contracultural de los años 1960 en Estados Unidos. Mientras que en mayo de 1968 las célebres protestas estudiantiles y una huelga general sacudían Francia, en Estados Unidos la juventud también buscaba nuevos compromisos e identidades sociopolíticas a medida que llegaban a las universidades. Surgían profundos desacuerdos de opinión y dificultades de comunicación con sus mayores sobre hábitos, experiencias y conductas sociales y sexuales; la juventud sabía ahora mucho más sobre el mundo en que vivía y disputaban las normas morales a sus mayores. Se movilizaban por la libertad de expresión en las universidades; el renovado movimiento feminista reivindicaba la despenalización y legalización del aborto; se propagaba el consumo de drogas como el LSD… Los estudiantes se unieron a la lucha por los derechos civiles de la población negra, eran activos en la oposición contra la guerra de Vietnam (inclusive exiliándose para evitar el servicio militar obligatorio), denunciaban la crisis de Cuba, el asesinato de Kennedy, etc.

A esa creciente incomunicación, y los conflictos entre jóvenes y sus padres y abuelos que eran tanto mas profundos y amplios que en otras épocas, Mead la denominó el generation gap(la ruptura generacional): una transformación radical de la historia humana. Ella había investigado cómo las etapas de la evolución de las culturas se podían conocer identificando los modos de interacción generacional característicos para explicar las relaciones conflictivas contemporáneas, tan distintas, por ejemplo, del suave y armónico desarrollo de los niños que ella había observado en Samoa. Las culturas posfigurativas (son) eran típicas de aquellas sociedades que se orientan hacia el pasado. Se podrían considerar sociedades conservadoras. En esas sociedades predomina una interacción entre tres generaciones: la de los abuelos, de los adultos y los niños. El futuro de los niños está moldeado en el tiempo pasado de los abuelos. Como en el caso de Manus, los niños y jóvenes toman conciencia de la cultura propia de su comunidad, asimilando de sus mayores sus saberes, sus valores y el respeto entre las personas. El modelo evidente de Mead son aquí las comunidades tribales que ella había conocido en Polinesia. Pero Mead incluye en el modelo posfigurativo también aquellas sociedades como la judía o la armenia que, por razones histórico-políticas particulares, preservan y protegen sus rasgos étnicos nacionales muy en especial.

En contraste, las culturas que Mead denomina cofigurativas están orientadas al presente; un modelo es la contracultura juvenil contemporánea que floreció cuando Mead estaba redactando este libro. Este tipo de cultura emerge cuando una cultura posfigurativa colapsa debido a catástrofes como la conquista o la colonización. El comportamiento y los anhelos que inspiran la conducta de los integrantes de ese tipo de sociedad suelen ser sus pares, mientras que rechazan el estilo de vida de sus mayores. Finalmente, Mead especula sobre un tercer tipo de cultura que denomina prefigurativa y que estaría orientada hacia el futuro. Se trataría de una nueva cultura internacional muy individualista, de activismos y protestas juveniles. Pero ni el tejido familiar ni los vínculos con las generaciones de mayores tendrían ninguna relevancia en cuanto modelos de conducta y de valores.

Ocho años más tarde, en 1978, Mead publica un libro en parte nuevo en el que vuelve a examinar la ruptura generacional (esta vez en los años 1970) y sus consecuencias para el futuro: de trata de Culture and Commitment. The New Relationship Between the Generations in the 1970s. En el prefacio a esta edición revisada insiste en que en los años 1960-1970, se inició, en efecto, una época enteramente nueva que tiene muy especiales consecuencias no sólo para la juventud sino también para sus padres. Y en 1978 escribe: «Adultos con más de treinta años debían darse cuenta de que no existiría nunca más gente como nosotros [se refiere a su propia generación], gente educada en un mundo conocido sólo en parte, un mundo en que no existía la bomba atómica y, por lo tanto, el peligro de una destrucción total, no existía la televisión ni satélites construidos por el hombre para enviar mensajes alrededor del mundo en segundos, ni existía la posibilidad de ir a la Luna, ni ordenadores que condensaban una vida de cálculos en unos pocos minutos… Ese momento era como un gran espasmo que nos afectaba a todos, y yo sentí que solamente si lográbamos entenderlo conseguiríamos atravesarlo de modo constructivo… pero esto exigía que comprendiéramos cómo había ocurrido».1

1. Margaret Mead, «Preface to the Revised Edition», The New Relationships Between the Generations in the 1970s, Columbia University Press, Nueva York, 1978, págs. XIX-XX.

Preámbulo

Hace veinte años, mientras nos preparábamos para asistir a la Conferencia de la Casa Blanca sobre la Infancia, el problema capital que agitaba a los jóvenes y a quienes se preocupaban por éstos era el de la identidad. En medio de los cambios formidables que se registraban en el mundo durante el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, era evidente que a los individuos que estaban madurando entonces les resultaba cada vez más difícil ubicarse dentro de las versiones antagónicas de nuestra cultura y dentro de un mundo que ya se estaba imponiendo sobre nosotros mediante la televisión, a pesar de que la tragedia nacional y la aventura cósmica compartidas en escala mundial todavía pertenecían al futuro.

Hoy, el problema capital es el del compromiso: ¿Con qué pasado, presente o porvenir pueden comprometerse los jóvenes idealistas? El compromiso, enfocado desde este ángulo, habría constituido un problema absurdo para el hombre primitivo, anterior al alfabeto. Él era lo que era: un miembro de su propio pueblo, un pueblo que muy a menudo empleaba un término especial que identificaba a los seres humanos para describir a sus propios integrantes en contraste con todos los otros. Era posible que fracasara; que lo expulsaran de su grupo; que en circunstancias extremas optara por huir; que, despojado de su tierra, se convirtiera en esclavo en el territorio de otro pueblo; que, en algunas comarcas del globo, se suicidara impulsado por la angustia personal o la ira. Pero no podía modificar sucompromiso. Era el que era: inalienable, abrigado, alimentado dentro del capullo de la costumbre hasta que todo su ser terminaba por expresarla.

La idea de que se puede optar entre un compromiso u otro apareció en la historia de la humanidad cuando la ideología religiosa o política impartió nuevos tipos de aprobación a formas de vida antagónicas. A medida que se desarrollaba la civilización, el compromiso, que ya no dependía de los cotejos menores entre tribus, se iba convirtiendo en materia de opción entre sistemas íntegros de pensamiento. Para decirlo con los términos que empleaban las religiones del Medio Oriente, un sistema pasó a ser correcto, en tanto que todos los restantes eran falsos; o, con el tono más delicado de las religiones asiáticas, los otros sistemas «proporcionaban un camino distinto». Fue entonces cuando a los prudentes se les planteó el dilema: ¿A cuál de ellos consagraré mi vida?, en una forma que sólo desaparece temporariamente cuando la fe y la sociedad y la cultura se conjugan, también temporariamente, en configuraciones aisladas y abroqueladas dentro de sectas religiosas cerradas como la de los hutterites...2 o detrás de cortinas de hierro que no permiten el ingreso de ninguna nota discordante.

En este siglo se plantea ahora con creciente insistencia y angustia una nueva pregunta: ¿Puedo consagrar mi vida a algo? ¿En las culturas humanas tal como existen en la actualidad hay algo digno de ser salvado, digno de concitar mi compromiso? Nos encontramos con el suicidio de los afortunados y los talentosos, con el individuo que no se siente atado a ninguna forma social por un lazo perdurable e incontestable. Así como el hombre se enfrenta por primera vez con la responsabilidad de no destruir la raza humana y todos los seres vivos y de aplicar su acervo de conocimientos a la construcción de un mundo seguro, así también en este momento el individuo goza de libertad para aislarse y cuestionar no sólo su fe en Dios, su fe en la ciencia, o su fe en el socialismo, sino su fe en todo.

Estoy convencida de que a las condiciones mundiales que han generado esta búsqueda de un nuevo compromiso y esta posibilidad de no comprometerse en absoluto, se suma también la existencia de nuevos recursos idóneos para abordar nuestra situación y de nuevas áreas de compromiso. Éste es el tema hacia el que apunta este libro. Ha sido escrito con la certidumbre de que sólo en la medida en que nos entendamos con nuestro pasado y nuestro presente habrá un futuro para los más viejos y los más jóvenes de entre nosotros que comparten el entorno total.

21 de febrero de 1969

The American Museum of Natural History

Ciudad de Nueva York

Estados Unidos de América

2. Miembros de una secta menonita del Noroeste de Estados Unidos y Canadá que se rige por principios muy estrictos y vive en comunidades cerradas (N. del T.).

Introducción

Un aspecto esencial y extraordinario del estado actual del hombre consiste en que en este momento en el que nos aproximamos a una cultura mundial y a la posibilidad de convertimos en ciudadanos totalmente conscientes del mundo de fines del siglo XX, contamos simultáneamente y por primera vez con ejemplos de la forma en que los hombres han vivido durante todos los períodos comprendidos dentro de los últimos cincuenta mil años: cazadores y pescadores primitivos; individuos que sólo cuentan con estacas para labrar la tierra y cultivar sus escasas mieses; individuos que viven en ciudades que todavía se gobiernan con un régimen teocrático y monárquico; campesinos que viven tal como han vivido durante mil años, aislados y desconectados de las culturas urbanas; pueblos que han perdido sus culturas antiguas y complejas para asumir una existencia proletaria, sencilla y tosca, en las nuevas, y pueblos que han abandonado miles de años de un determinado tipo de cultura para ingresar en el mundo moderno, sin ningún paso intermedio. En el mismo momento en que un nativo de Nueva Guinea contempla una pila de ñames y la define como «un montón» porque no sabe contar, los equipos de Cabo Kennedy calculan el segundo exacto en que una misión Apolo debe cambiar su rumbo para colocarse en órbita alrededor de la Luna. En Japón, a los hijos de la decimotercera generación de alfareros que fabrican una vasija especial para ceremonias todavía les está prohibido tocar una rueda de alfarero o trabajar con vasijas de otra naturaleza. En algunas comarcas las viejas juntan hierbas y recitan ensalmos para disipar los temores de las jóvenes embarazadas, en tanto que en otros puntos, los laboratorios de investigación bosquejan las etapas de la reproducción que es necesario explorar para obtener mejores anticonceptivos. Ejércitos compuestos por veinte salvajes salen a la campaña para cobrar otra víctima a un pueblo contra el que luchan desde hace quinientos años, y las asambleas internacionales evalúan serenamente el inmenso poder destructivo de las armas nucleares. Aproximadamente cincuenta mil años de historia están desplegados ante nosotros, y durante este breve lapso nos resultan accesibles para una inspección simultánea.

Ésta es una situación que nunca se presentó antes en su historia de la humanidad y que, por su misma naturaleza, nunca podrá repetirse en estas condiciones. El hecho de que tengamos acceso a todo el planeta es precisamente el que determina que sepamos que no existe en ningún lugar un pueblo acerca del cual podamos tomar conocimiento sin por ello aprovechar dicha posibilidad. Un misterio ha quedado definitivamente resuelto para nosotros en la medida en que se aplica a la Tierra, y las exploraciones futuras deberán desarrollarse en los planetas y las estrellas. Contamos con los medios idóneos para llegar a todos los diversos pueblos de la Tierra y disponemos de los conceptos que nos permiten entenderlos, y ahora ellos comparten una cultura mundial, difundida por medios tecnológicos, dentro de la cual pueden escucharnos y también hablarnos. Las exploraciones unilaterales del antiguo antropólogo que registraba los extraños sistemas familiares de los pueblos extranjeros, para los cuales él mismo era totalmente ininteligible, se pueden reemplazar ahora por conversaciones abiertas, que se desarrollan bajo cielos compartidos, cuando los aviones vuelan sobre las montañas más remotas y los pueblos primitivos pueden sintonizar radios de transistores o accionar grabadores en las regiones más lejanas del mundo. La cultura anterior de las civilizaciones complejas es en gran medida inaccesible para los pueblos que en materia tecnológica son los más sencillos del mundo. Éstos no saben nada acerca de tres mil años de civilización china, o de las grandes civilizaciones del Medio Oriente, o de la tradición de Grecia y Roma de la cual ha emanado la ciencia moderna. El paso que une su pasado con nuestro presente está condensado, pero comparten un mundo con nosotros, y su apetencia por todo lo que pueden proporcionar la nueva tecnología y las nuevas formas de organización desempeña el papel de una base común para la comunicación.

Esto ha sucedido mientras en el mundo ocurrían otras muchas cosas. Los viejos imperios coloniales se han fracturado. Países que cuentan con una docena de graduados universitarios se han convertido en naciones, y pueblos que acaban de conquistar su integración política reclaman que se los escuche como naciones. Los silenciosos y los oprimidos de todas las comarcas del globo empiezan a exigir más poder. Los niños de cuarto grado organizan movimientos de protesta en el curso de los cuales se sientan en el suelo para obstruir el paso de los adultos (sit-ins) y los estudiantes no graduados reclaman el derecho a elegir a sus profesores. Se está produciendo una honda conmoción en las relaciones entre los fuertes y los débiles, los poseedores y los desposeídos, los adultos y los jóvenes, y entre quienes tienen conocimientos y especializaciones y quienes carecen de ellos. La absoluta convicción de que quienes sabían gobernaban a quienes no sabían se ha deteriorado.

A pesar de que estos cambios son muy profundos, creo que no habría resultado fácil reclutar para nuestras organizaciones la plena cooperación de los miembros de culturas exóticas y primitivas si al mismo tiempo no se hubiera estado desarrollando una cultura mundial.

En 1967, después de una ausencia de veintinueve años, volví a la aldea de Tambunam, sobre el río Sepik, en Nueva Guinea. En muchos sentidos el progreso no la había tocado. Aunque la misión había sido autorizada a ingresar en la aldea para impartir instrucción a los niños, y aunque las ceremonias se habían reducido, la guerra había sido abolida y la casa de los grandes hombres había sido eliminada, este pueblo continuaba construyendo sus bellas moradas, trabajaba el sagú y pescaba como lo había hecho siempre. Sin embargo había un cambio. En la década de 1930, cuando un extranjero llegaba a una aldea de Nueva Guinea, lo primero que le pedían los nativos eran medicamentos para alguien que se adelantaba con una herida infectada o una lesión grave, y mercancías tales como hojitas de afeitar, anzuelos para la pesca, hojas para azuelas, géneros. Se suponía que el europeo debía traer objetos materiales del mundo exterior y que, si se quedaba, debía ayudar a los aldeanos a obtener estos elementos. Pero en 1967 la primera pregunta fue:

—¿Tiene un grabador?

—Sí, ¿por qué?

—Hemos oído por la radio las canciones de otros pueblos y queremos que éstos oigan las nuestras.

Un viraje radical. Como consecuencia de la difusión de una cultura mundial de radios de transistores y de teorías democráticas acerca del valor de cada pequeña cultura, el pueblo de Tambunam había escuchado la música de Nueva Guinea, que se trasmitía porque así lo había dispuesto el gobierno, y se había convencido de que podía participar, en pie de igualdad, en ese nuevo mundo de la radiodifusión. Esto no fue todo. Cuando mi colega Rhoda Metraux empezó a grabar la música de los habitantes de Tambunam, éstos se convirtieron en críticos y productores expertos, y aprendieron a escuchar los ruidos parásitos que provenían del ladrido de los perros y el llanto de los niños, ruidos a los que nunca habían prestado atención cuando no tenían un grabador de cinta que pudiera indicarles hasta qué punto el repertorio de sonidos de la aldea era audible y cómo dichos sonidos estropeaban su desempeño artístico. Al escuchar la cinta indiscriminada, pedantesca, tuvieron a su alcance una nueva serie de datos que les servían para conocerse mejor. Empezaron a incluir el sentido en que soplaba el viento entre los factores que influían sobre la buena grabación de su música, y aprendieron a modular la intensidad de los instrumentos de percusión para que armonizaran con el tono de las voces de los distintos cantores. El tipo de percepción que marca el primer paso hacia la capacidad para participar en la ciencia social les había llegado por intermedio de un nuevo clima de opinión y una nueva tecnología. Compartían nuestro mundo y podían enriquecerlo por una nueva vía.

¿Debemos encarar una nueva situación, acosados simultáneamente por lo que sucede en todo el mundo? Porque hoy podemos visitar un hospital de los Shriner’s3 para niños quemados y descubrir allí el extraordinario encanto y devoción de un equipo íntegro de médicos y enfermeras especializados que consagran miles de horas a la atención de una criatura seriamente lesionada, reinjertando pacientemente la piel y remodelando los rasgos para que ese ser valiente y optimista se parezca a lo que podría haber sido. Este empecinado culto a la recuperación, a la piel reconstituida y a las manos simuladas, imparte una confianza extraordinaria en el futuro. Sin embargo, en el mismo hospital encontramos a otro niño que no tiene capacidad para ese optimismo y que enfrenta con angustia el futuro reducido a la condición de un ser deforme y mutilado al que obligan a continuar viviendo, y al que recuperan ingeniosa y cariñosamente para la vida y el funcionamiento parcial mediante el mismo sistema que salva a su bien predispuesto compañerito de cuarto. Cuando comprendemos que quienes han aportado dinero y tiempo y pericia para posibilitar semejantes milagros son ciudadanos —y en la mayoría de los casos ciudadanos que no disienten activamente— de un país que libra una guerra en la que el napalm quema diariamente a más niños que los que los hospitales de ese género pueden salvar en un año, se nos paraliza el corazón. Nos sentimos obligados a preguntar si estamos atrapados. ¿Estamos atrapados, aunque no por una serie de instintos inmutables que determinan que siempre y en todos los casos recurriremos a la agresión contra los demás, y a su explotación, cada vez que seamos suficientemente fuertes o, para citar una teoría no menos convincente, cada vez que seamos demasiado débiles? ¿Estamos atrapados en cambio dentro de un conjunto de inventos llamado civilización, el cual se encuentra ahora tan bien apuntalado por la tecnología y la expansión demográfica que debemos seguir un rumbo prefijado que nos conduce hacia la destrucción, tal como lo siguieron todas las civilizaciones anteriores, pero esta vez en una escala planetaria que pondrá fin a la historia de los habitantes de la Tierra del sistema solar?