Daguerrotipos - María Yolanda Zamora Puente - E-Book

Daguerrotipos E-Book

María Yolanda Zamora Puente

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Beschreibung

Treinta entrevistas a personajes como Juan Rulfo, Juan José Arreola, José Luis Cuevas, Vicente Leñero, Elías Nandino, Juan Soriano, Alicia Alonso y Consuelo Velázquez, elegidas de entre cientos de conversaciones y grabaciones para la radio, la prensa o la televisión realizadas a lo largo de tres décadas de periodismo cultural.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Los treinta daguerrotipos romanceados de Yolanda Zamora

Juan Carlos Núñez

Doy fe…

Yolanda Zamora

Alicia Alonso

Javier Arévalo

Juan José Arreola

Emmanuel Carballo

Alejandro Colunga

Gilda Cruz Romo

José Luis Cuevas

Gabriel Chávez de la Mora

Fernando del Paso

Guillermo del Toro

Ignacio Díaz Morales

Blas Galindo

Gabriel García Márquez

Vicente Garrido

Andrés Henestrosa

Vicente Leñero

Domingo Lobato

Arturo Márquez

Jorge Martínez

Carlos Monsiváis

Elías Nandino

Elena Poniatowska

Ramón Rubín

Juan Rulfo

Sebastián

Juan Soriano

Consuelo Velázquez

Alfredo Zalce

Rafael Zamarripa

Dedicatoria

A todos los más de trescientos colaboradores del programa A las nueve con usted..., de 1984 a 2014. Gracias por haber enriquecido nuestro programa y haber hecho suyo, desinteresadamente, el objetivo común de difundir el arte y la cultura para todos.

Yolanda Zamora

Prólogo. Los treinta daguerrotipos romanceados de Yolanda Zamora

Juan Carlos Núñez

Desde hace más de treinta años, Yolanda Zamora convierte cada mañana una frecuencia radiofónica en un espacio privilegiado para la palabra y la conversación. Su programa A las nueve con usted, que emite el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, es un café, un libro, un aula, un museo o un teatro construidos con palabras y habitados por los más diversos personajes.

Lejos de la estridencia que impera en el cuadrante, el programa de Yolanda es un oasis para la palabra serena y la reflexión. Es un viaje al mundo del arte y la cultura, pero también a los problemas sociales y a la vida cotidiana.

Sus programas han sido una ventana desde la cual podemos ver una pintura, analizar un cuento, imaginar un tablero de ajedrez, desmenuzar un problema filosófico, recrear la escena de una película y disfrutar de una ópera o una canción popular, pero ha sido, sobre todo, una conversación permanente con los grandes personajes de la cultura, con sus familiares y amigos, con los especialistas que los han estudiado.

Como buena entrevistadora, Yolanda sale de los lugares comunes e indaga con profundidad en la vida, obra y procesos creativos de sus entrevistados que encuentran en la otrora bailarina de ballet una interlocutora culta y bien informada, que desata de manera natural una conversación inteligente. Así logra la magia de la entrevista:

Ese es el gran valor de la entrevista periodística, esa es su magia, la posibilidad creadora que tiene el diálogo de dos personas que al ser únicas hacen también único el resultado. Las mejores entrevistas son aquellas en las que tanto el entrevistador como el entrevistado descubren cosas que al comenzar el encuentro no habían previsto. Si el periodista termina la entrevista sin haber descubierto nada nuevo, habrá cumplido con la tarea, pero no podrá sentir el gozo del paleontólogo que descubre un fósil. Para el entrevistado, el diálogo con un periodista es una oportunidad que le permite generar nuevas reflexiones, profundizar en sus convicciones y ordenar algunos de sus puntos de vista [...] eso sólo ocurre con las buenas entrevistas en las que los periodistas logran convertirse, como dice Miguel Ángel Bastenier, en agentes que desatan lenguas.1

Y así, día tras día Yolanda desata lenguas. Pero no para obtener la noticia efímera o la frase escandalosa, sino para desatar procesos reflexivos y gozosos que nos llevan a explorar y descubrir nuevos horizontes. Estos encuentros en torno a la palabra son una invitación cotidiana a tejer ideas, a relacionar diversas disciplinas y a conocer más y mejor la cultura y a sus creadores. A la periodista cultural no le interesa conseguir la noticia de ocho columnas que morirá mañana, sino profundizar en la humanidad a partir de la conversación con la persona que tiene enfrente.

Lo dice ella muy claramente en la introducción del libro:

No pretende esta compilación, entonces, ir en busca del artista y del intelectual fríamente hablando, imantados por el halo que emite su talento, sino intentar, en cambio, atisbar en el ser humano que vibra, sueña, anhela y tiembla, más allá del rostro que reproduce una y otra vez la fama y el prestigio, para encontrarnos con el fluir de su sensibilidad propia, puerta de entrada a su mundo personalísimo y aprender a ver desde sus ojos ese horizonte que nos comparte, su presencia, sus palabras, y participar de ese momento capturado en un encuentro.

Pero las palabras viajeras en las ondas sonoras se pierden en el viento, aunque algunas se queden anidadas en la memoria o en el corazón. La magia de la radio nos permite saborear los matices, los énfasis y la calidez con que se dicen, pero es una magia efímera.

Aunque las tecnologías actuales nos permiten grabar y conservar esas palabras, lo habitual es que los radioescuchas hagamos de la radio una compañía para la vida cotidiana y no un ejercicio de registro y archivo. Escuchamos a Yolanda mientras cocinamos, manejamos, trabajamos.

Por eso, los daguerrotipos de Yolanda son un regalo que nos permite re–vivir, re–crear y re–cordar (volver a pasar por el corazón) treinta conversaciones que sostuvo con destacados personajes de la cultura.

Bailarinas, cantantes, novelistas, poetas, compositores, pintores, escultores, críticos, arquitectos, cineastas y dramaturgos nos cuentan, a través de la periodista, muchas cosas. Hablan de su obra, de sus procesos creativos, de su historia y de su vida.

En esta amplia gama de artistas aparecen personajes emblemáticos de la cultura que borran las fronteras entre lo local, lo nacional y lo internacional. De Alicia Alonso a García Márquez; de fray Gabriel Chávez de la Mora a Consuelo Velázquez; de Elías Nandino a Gilda Cruz.

Por supuesto, están presentes emblemas de la cultura jalisciense como Juan Rulfo y Juan José Arreola. Este último fue, por cierto, colaborador habitual de A las nueve con usted, lo mismo que otro de los entrevistados, Guillermo del Toro.

En esta diversidad de perfiles hay un trasfondo común que es el que le interesa a Yolanda: el humanismo. La exploración de lo que es y lo que expresa el ser humano a partir de sus creaciones, y de la relación de esas creaciones con la vida.

Como profesional de la comunicación fui en busca del periodismo cultural... y me encontré con el rostro humano (“demasiado humano”, diría el filósofo); porque cada encuentro es un semblante que nos refleja a nosotros mismos en su sensibilidad, en su manera de concebir y enfrentar el mundo, en su incansable lucha cotidiana en el camino del estar siendo.

Esto nos dice ella misma en la introducción de este libro.

Ésta es una de las características del trabajo de Zamora que puede dedicar su programa un día a la filosofía y al día siguiente a la cocina, pero siempre desde esta mirada creativa y creadora.

Es ésta la mirada que podemos reconocer en los treinta daguerrotipos que componen en este libro. Los daguerrotipos son los abuelos de las fotografías actuales, quizá ya los bisabuelos con el desarrollo de las nuevas tecnologías. Impresos sobre superficies de metal lograban el milagro de fijar las imágenes con claridad, aunque sin tanta nitidez. En ellos resaltaban los rasgos principales de lo retratado.

Estas conversaciones re–creadas tienen esas dos características del daguerrotipo. Por un lado, como decíamos, nos permiten fijar las conversaciones habladas, por el otro, no pretenden ser un retrato exhaustivo del personaje en cuestión. Yolanda no va a ellos con la pretensión del historiador que busca establecer “la” biografía completa del personaje, sino de conocer sus rasgos principales, de “acercarnos a ellos atisbando en sus sentires y pasiones más entrañables”, como nos comenta en la introducción a su libro, a compartirnos “un cachito del espíritu de cada uno de los entrevistados”.

En estos encuentros con los entrevistados no sólo son importantes sus dichos, sino también las circunstancias en que se llevaron a cabo las conversaciones. Los lugares, las situaciones y los entretelones de las conversaciones son también información relevante que arropa los diálogos y que nos revela también a la reportera tenaz que va al encuentro del otro.

Este tipo de entrevista, que va más allá de la reproducción del diálogo entre los interlocutores, y que incluye descripciones, puntos de vista y comentarios del reportero, es lo que el experto en periodismo Miguel Ángel Bastenier llama “entrevista romanceada”. En ella, el periodista “describe ambiente y personaje, es él quien nos cuenta lo que le ha dicho la persona entrevistada, y sólo cuando lo considera necesario entrecomilla algunas de sus declaraciones”.2

Bienvenidos a esta galería de “daguerrotipos romanceados”, a este viaje por la cultura y sus creadores, a estos treinta encuentros en torno a la palabra.

1Juan Carlos Núñez Bustillos. “La entrevista, un retrato pintado con palabras”, en Retrato hablado, entrevistas con personajes de Guadalajara. Universidad de Guadalajara/iteso/Milenio Jalisco. Guadalajara, 2012. P. 20.

2Miguel Ángel Bastenier. Cómo se escribe un periódico, Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano/Fondo de Cultura Económica. Bogotá, 2009. P. 88.

YOLANDA ZAMORA

Doy fe...

Yolanda Zamora

El 2014 fue un año muy importante para nuestro programa radiofónico de periodismo cultural A las nueve con usted... del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión en Guadalajara. Se cumplieron treinta años de estar al aire en forma ininterrumpida; treinta años que reunieron a un valioso equipo de colaboradores de todas las disciplinas, artistas e intelectuales, en comunicación, con un amplísimo auditorio en un trabajo colectivo, con una exigencia creativa constante, año con año, a lo largo de estas últimas tres décadas.

Con ese motivo se realizaron diversas actividades conmemorativas a lo largo del año 2014: conciertos, exposiciones, diálogos e incluso un montaje fotográfico con fragmentos de entrevistas en el Museo del Periodismo (antigua Casa de los Perros), en Guadalajara.

Este libro surge en ese contexto, no por nostalgia, sino con la intención de documentar algunos de los episodios de encuentro más significativos. Debo decir que a lo largo de más de treinta años en la práctica del periodismo cultural he tenido el enorme privilegio de vivir fantásticas experiencias de encuentro. Cada una de ellas con sus grandes satisfacciones y aprendizajes.

Difícil fue elegir sólo treinta entre cientos de entrevistas, cada una de ellas inmersa en una circunstancia y en un tiempo específicos, conversando con seres humanos que dieron cuenta, a través del arte en sus diversas expresiones, de la realidad que les tocó protagonizar: recreándola, tocándola, transformándola... Ése es el trabajo del artista, pero también luchando como todos los hombres y mujeres que poblamos este mundo, por expresarse, por autodefinirse, por decir “aquí estoy”.

Y nuestros micrófonos capturaron y difundieron en su momento esas palabras que volaron hasta miles de radioescuchas.

Como profesional de la comunicación, fui en busca del periodismo cultural... y me encontré con el rostro humano (“demasiado humano”, diría el filósofo); porque cada encuentro es un semblante que nos refleja a nosotros mismos, en su sensibilidad, en su manera de concebir y enfrentar el mundo, en su incansable lucha cotidiana en el camino del estar siendo: “Éste que soy llamado a ser en plenitud”. El hombre como creatura, ciertamente, pero como creatura, a su vez, creadora.

Y como estos treinta encuentros, hubo muchos más. Algunos efímeros o inesperados, como el de aquel vendedor de empanadas que llegó un día por accidente a la cabina de radio y conversamos largo y tendido sobre su pueblo, sobre su coamil, sobre sus empanadas... y nunca se dio cuenta de que estaba al aire. (Por supuesto, le compramos una docena de empanadas, por cierto deliciosas.)

Otros encuentros sorpresivamente creativos, como aquella entrevista que realizamos mi compañero Marco Antonio Rubio, voz oficial de xejb hasta el 2013, y esta servidora con el músico brasileño Vinícius de Moraes, autor, junto con Antonio Carlos Jobim, de “La garota de Ipanema”. De Moraes visitaba Guadalajara y lo entrevistamos para nuestro noticiero Panorama Cultural (1975), el primero dedicado íntegramente a la cultura en el cuadrante tapatío. En aquella ocasión la entrevista concluyó alegremente en una sonora y alegre batucada dirigida por el propio Vinícius, quien aprovechó cuanto instrumento percutivo tuvo a su alcance, desde lápices hasta vasos, cucharas y tazas, ante la alegría de los radioescuchas. ¡Ah, cómo lamento que las cintas de carrete abierto con las que trabajábamos en aquel lejano entonces en xejb no se hayan conservado!

No puedo dejar de recordar también la ocasión en que tuve la fortuna de entrevistar a don Chava Flores, músico humorista, pintor del mundo urbano defeño. Se había presentado en una de las primeras peñas que funcionaba en Guadalajara a mediados de los años setenta, y luego de su brillante e ingeniosa actuación en la que le bastaba dar la espalda unos segundos para aparecer ante el público con peinado y expresión diferentes protagonizando a otro personaje más del mundo capitalino, aceptó conversar conmigo. Larga y disfrutable la entrevista, sin perder el tono de comedia por parte de don Chava. Recuerdo con especial sonrisa cuando le pregunté sobre el albur mexicano que don Chava solía manejar finamente en sus canciones. Al respecto dijo: “Quienes dicen que el albur es soez o burdo ¡mienten más que un Lovable!”; la carcajada no se hizo esperar por parte de todos los que estaban a mi alrededor, escuchando la entrevista que afortunadamente conservo. Vale decir que en la actualidad ya no existen los Lovables, probablemente ahora don Chava diría: “¡Más falso que un Victoria Secret!”

Raví Shankar visitó también la Guadalajara de los años setenta. Lo encontré sentado en posición flor de loto en medio del escenario del teatro Degollado, abrazando su sitar después de un ensayo. El músico indio pertenecía a la casta brahamana de nacimiento, y su actitud serena y noble daba cuenta de ello. Vestía de algodón, túnica blanca, y su sonrisa espontánea y discreta le confería un halo místico muy especial. Había venido a presentar su “Concierto para sitar y percusiones” con la entonces Orquesta Sinfónica de Guadalajara, e invitado al percusionista jalisciense Felipe Espinoza a acompañarlo. Era la tercera ocasión que visitaba Guadalajara. “Nuestra música india —me dijo en un correcto inglés con marcado acento indio— está conformada por formas melódicas llamadas ‘ragas’, cientos y miles de ragas: ragas matutinas, ragas vespertinas, ragas nocturnas... existen también las ‘talas’ que conforman el sistema rítmico, y todas estas formas se aprenden a través de la entrega oral, nosotros no leemos nuestra música, la aprendemos”. Cuando le pregunté sobre el sentido del ser humano en esta tierra y específicamente la misión del artista, Raví Shankar contestó:

Yo creo que el artista está más allá de la forma y la técnica, lo cual es, sin embargo, muy importante, pero más allá está el delicioso momento en el que expresa aquello que lo ha inspirado, que puede ser la naturaleza, la mujer, la meditación... o todo junto. Pero yo creo que el artista debe estar pleno, rico en experiencia. Si tiene disciplina en el oficio y amor dentro de su corazón, podrá expresarse artísticamente, porque su arte vendrá desde adentro de sí mismo.

No podría olvidar un encuentro especialmente entrañable ocurrido una mañana a sólo unos meses de haber iniciado el programa en 1984. Llegué al estudio ubicado en la Torre de Educación Pública, sobre la prolongación de avenida Alcalde, subiendo de dos en dos los escalones (porque el elevador no funcionaba, lo cual no era extraño, como comenté en alguna otra entrevista, y estábamos en el décimo piso). Al entrar al estudio ¡vaya sorpresa!, sentado sobre la alfombra, junto al ventanal que daba a la barranca, contemplándola, estaba un joven, piel mulata, abundante melena afro, lentillas redondas, camiseta amarilla de algodón, holgada, con una pierna doblada y la otra estirada, descansándola mientras miraba a la distancia. Al llegar me vio y me dijo sin levantarse: “Hola, vengo a entrevista con Yolanda”, y yo le dije con toda familiaridad: “Ah, hola, pásate, soy yo”. ¡Era Pablo Milanés! Ni él ni yo nos conocíamos en persona, claro, y fue un programa maravilloso que transcurrió con toda sencillez, como quien conversa con un amigo, y en el que escuchamos, entre otras canciones ya de culto, “Yolanda”, composición que, como sabemos, es ya todo un himno al amor eterno y en ese momento se escuchaba por todas partes: “Si he de morir, quiero que sea contigo”, compuesta para quien fuera su esposa, Yolanda Benet, en los años setenta, popularizada años después gracias a un arreglo de Pastor Vega, para un documental, y posteriormente integrada ya al repertorio obligado de Milanés.

Finalmente, no puedo dejar de reseñar, al menos brevemente, mi encuentro con mi admirado escritor portugués, premio Nobel de Literatura, José Saramago, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Presentaba su novela Las intermitencias de la muerte, junto a la lectura del actor Gael García. Con ese motivo ofrecía una rueda de prensa. Recuerdo que Saramago, al hablar de su novela, comentó: “Por primera vez en la literatura, la muerte deja de actuar...”. Me hizo ruido la frase, la registré escribiéndola textualmente, y al final del encuentro de prensa, cuando los colegas dejaban la sala, me acerqué a él y le dije:

Maestro Saramago, permítame un minuto solamente. Usted nos ha dicho hace un momento que por primera vez en la historia de la literatura la muerte deja de actuar, refiriéndose a su novela. Pero recuerde que este tema ya fue tratado en el mundo griego antiguo, cuando el astuto Sísifo atrapa a la muerte, y ésta deja de actuar, provocando mil trastornos, por lo que luego es castigado por los dioses llevando eternamente una gran roca hasta las alturas de una colina.

Saramago me miró inquisitivamente, se quedó unos minutos pensativo y luego añadió: “Tiene usted razón. En realidad, cuando yo era muy joven hice una traducción de esta historia, y tal vez se quedó en mi inconsciente y ahora sale en esta novela”. En ese momento los organizadores se acercaron, lo tomaron del brazo. Él me sonrió a manera de excusa y se alejó.

Me quedé emocionada. Di rewind a mi grabadora, y ahí estaban sus palabras, me supe una vez más fetichista, abrazando unas breves palabras sólo para mí. Salí de la FIL, no quería perder el momento tan intenso que había vivido. Llegué a casa y tomé Memorial del Convento, uno de los libros que más amo de Saramago, y empecé a releerlo: “...y, así como el hombre, animal de tierra, se hizo marinero por necesidad, por necesidad se hará volador. [...] volar es salirse de la tierra para el aire, donde no hay suelo que nos ampare los pies”.

Y como estas anécdotas, hay muchas más qué narrar. De hecho, al proyectar este libro tuve sobre mi mesa de trabajo cientos de casetes, de discos compactos, de cartuchos, de recuerdos... Pero enlistar todos esos diálogos, conversaciones y entrevistas realizadas e intentar transcribirlas todas llevándolas al papel habría sido tarea punto menos que imposible. En primer lugar porque muchas de estas entrevistas fueron grabadas en cinta de carrete abierto y el tiempo, inexorable, como ya lo he dicho, se las ha llevado consigo. En segundo, porque esa tarea, transcribir de la oralidad al papel cada una de estas entrevistas y luego estructurar un libro en el formato adecuado para presentarlo ante un lector, me tomaría cuando menos ¡otros treinta años de trabajo! Debía escoger sólo treinta.

Me vi pues en la disyuntiva de tener que optar por algunos de los encuentros más significativos, y no necesariamente por los datos periodísticos que aportan —en algunos casos es lo menos importante—, sino por la circunstancia en que ocurrieron y el contenido humano que nos comparten los entrevistados, lo cual permitiría conocerlos un poco más allá de la austeridad de una entrevista convencional, y acercarnos a ellos atisbando en sus sentires y pasiones más entrañables. No pretende esta compilación ir en busca del artista y del intelectual fríamente hablando, imantados por el halo que emite su talento, sino intentar, en cambio, atisbar en el ser humano que vibra, sueña, anhela y tiembla, más allá del rostro que reproduce una y otra vez la fama y el prestigio, para encontrarnos con el fluir de su sensibilidad propia, puerta de entrada a su mundo personalísimo, y aprender a ver desde sus ojos ese horizonte que nos comparte, su presencia, sus palabras, y participar de ese momento capturado en un encuentro.

El común denominador entre todo este material de entrevistas es el lugar en donde fueron realizadas: la ciudad de Guadalajara.

En las siguientes páginas el lector conocerá y reconocerá a personajes de la vida cultural del país y en algunos casos a extranjeros que visitaron tierras tapatías y dejaron su impronta.

El resultado es este libro con treinta encuentros significativos en torno a la palabra. Asumo, por supuesto, mi mediación, es decir, la contravención consciente de la objetividad casi fría que exige el periodismo para, en cambio, explícitamente aceptar mi participación, mi propio mirar empático no exento de emociones en torno a estos encuentros. Así, ¿en qué género podemos consignar este volumen? Periodismo cultural, sin duda; pero tocando el registro autobiográfico como parte de una trayectoria profesional y, eventualmente, los tintes humanistas y reflexivos a los que la palabra intercambiada en estos encuentros nos conduce. Creo que tomaré prestado el concepto acuñado por mi querido maestro Juan José Arreola, y alterándolo un poco diré que estos textos son “invención varia”, solamente.

Sólo me resta esperar a que el lector acepte encontrarse, efectivamente, con cada uno de nuestros personajes y conversar con ellos a través de este libro. Seguramente ellos le dirán, en algunos casos más de lo que yo he logrado consignar, es decir, aquello que entre palabras salta como gazapo, y entre renglones se cuela como rocío matinal: un cachito del espíritu de cada uno de los entrevistados.

Mi agradecimiento a todos aquellos que en mi trabajo de comunicadora me han distinguido con el regalo de su palabra, de su amistad, de su confianza y de su testimonio que ahora comparto con el lector.

Mi agradecimiento a todos aquellos que apoyaron este proyecto, tanto durante las entrevistas a lo largo de estos años como en la difícil empresa de capturar al vuelo la palabra oral y llevarla al papel.

Mi agradecimiento también a Ignacio Bonilla, presidente del Seminario de Cultura capítulo Guadalajara, cuya labor inteligente y generosa al frente de esta institución ha permitido a muchos de nosotros, los miembros del Seminario, realizar y compartir nuestros proyectos.

Y agradezco de manera especial la invaluable colaboración de mi compañero de vida, Pancho Madrigal, su acompañamiento agudo y exigente, pero también amoroso, en la revisión y acotación de textos, paso a paso, a lo largo del camino andado hasta llegar a la conclusión de este trabajo.

Ahora sólo falta el encuentro con usted... para que la experiencia sea completa.

ALICIA ALONSO

Nunca dejaré la danza... tengo tanto aún por realizar, que no me alcanzaría la vida.

Entrevista realizada el 20 de mayo de 1991 en el Teatro Degollado en la ciudad de Guadalajara.

Entrevisté a Alicia Alonso en el camerino principal del teatro Degollado el 20 de mayo de 1991. Ella tenía en ese entonces poco más de setenta años de edad. La figura más admirada del mundo del ballet contemporáneo en ese momento, prima ballerina assoluta, coreógrafa y creadora de un movimiento artístico, de un estilo balletístico para Latinoamérica, actuaba en Guadalajara y habíamos acudido a verla prácticamente todos los del gremio de la danza en nuestra ciudad.

Tantos años seguí de cerca su trayectoria en el ballet, su ideología comprometida y valiente, su perfil tan nuestro, tan latino, que en ese momento, al estar frente a ella, temí romper la magia con una inútil pregunta, pues jamás —yo lo sabía bien— tendría la medida para interrogar a un espíritu grande como el de la Alonso. Sin embargo, su amabilidad y actitud generosa me animó, y fue así como tuve la oportunidad de conversar unos momentos con ella en el intermedio de la función del Ballet de Cuba, esa noche, en el teatro Degollado.

Ella había bailado ya en la primera parte de la presentación de ese día, interpretando, en una espléndida coreografía clásica, al personaje de la reina Dido del relato de la Eneida, de Virgilio. Ahí estaba ella, en medio del escenario —la acababa yo de ver— como una llamarada roja y poderosa, con esa fuerza suya, extraordinaria, alimentada por la evocación del mito de la despechada reina de Cartago que habría de inmolarse en la pira funeraria, después de clavarse en el pecho la espada de Eneas. Aún vistiendo el corto traje de ligeros velos rojos, Alicia descansaba ahora, sentada frente al espejo en su camerino. Volvería a salir hasta el final del programa, en un cierre espectacular, con una coreografía neoclásica llamada Diva, dedicada a María Callas (in memoriam). Así que yo debía aprovechar ese corto tiempo del que disponía para intentar conversar con ella sin abrumarla demasiado.

Alicia Alonso había aceptado la entrevista cuando supo, por su asistente personal con quien yo había hablado previamente, que además de periodista yo formaba parte del Ballet de Bellas Artes de Jalisco, y que conocía y admiraba toda su trayectoria. ¡Cómo iba a negarme unos minutos de conversación!

Cuando ingresé a su camerino, ella se retocaba el maquillaje, dejando caer el polvo en golpecitos de esponja sobre su rostro frente al espejo, y me miró a través de él, clavando sus ojos, acentuados por el negro del delineador, en el agua–plata del espejo.

“Sigue siendo hermosa a pesar de su avanzada edad”, pensé, admirándola. Pero, ahora que lo reflexiono, más que hermosa, Alicia Alonso es y será siempre una presencia que rebasa lo puramente corpóreo. Su espíritu sobrepasa su menuda figura y le brota con vigor por los ojos.

Ella continuó maquillándose —noté que lo hacía casi mecánicamente, sin fijar demasiado la mirada— levantando la ceja derecha y acomodándose el turbante que le ocultaba todo el cabello, dejando su frente amplia al descubierto —la frente despejada es elemental en la presentación de una bailarina de ballet clásico. Sobre el tocador del camerino había todo tipo de afeites de teatro, y a un lado, en lo alto, colgando de un gancho de madera, sus zapatillas de ballet, las que se había retirado para relajar por unos momentos sus pies desnudos y recios, como garras de pájaro.

Estar frente a aquella mujer, menuda y frágil, y al mismo tiempo enérgica y fuerte, deja sin palabras a cualquiera, y yo no fui la excepción en los primeros momentos de la entrevista. Debía aprovechar el escaso tiempo que ella me había concedido y así lo hice. Empezamos a conversar.

Ella, antes de hablar sobre sí misma, se refirió al movimiento de la danza en Jalisco en estos términos: “Veo que aquí, en Guadalajara, se está desarrollando mucho movimiento en el ballet, y que se ha despertado un gran gusto por este arte. Nosotros estamos mandando profesores de Cuba para que junto con los profesores de aquí, podamos estar más unidos que nunca”. Luego me habló de su largo nombre de pila: Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, que ella abrevió, sencillamente, por Alicia Alonso, al casarse, a los quince años, con Fernando Alonso.

Me contó que nació en La Habana, Cuba, el 21 de diciembre de 1920, de padres españoles. Me narró también cómo desde pequeña se inició en la danza, y me habló de su debut en el teatro de La Habana; de su compromiso con la revolución; de su fe en el pueblo cubano, y de sus ideales. Recordó también la fundación de la Compañía de Ballet Clásico de Cuba, al frente de la cual se encuentra desde 1959, y de cómo fue surgiendo la escuela de ballet cubano, más allá del patrón europeo, creando una nueva técnica.

Me sorprendió la claridad de su palabra y su capacidad de síntesis, aprovechando con habilidad los escasos minutos con los que contábamos. Seguramente habría repetido tantas veces esas respuestas en diversas entrevistas a lo largo de su vida. Sin embargo, lo hacía con naturalidad, como si la entrevistaran por primera vez.

Me contó, emocionada, sobre la reciente coreografía Poema del amor y del mar, de Alberto Méndez, que interpretó en España al lado del bailarín ruso Rudolph Nureyev, “apenas el año pasado” (Palacio de la Misericordia de Palma de Mallorca, el 31 de julio de 1990), dijo, en la que participó también la soprano Victoria de los Ángeles. (Me quedé sin aliento al imaginar el privilegio de contemplar juntas a estas tres gigantescas figuras de la ópera y el ballet: Alonso, Nureyev y De los Ángeles.)

Ella siguió hablando. Yo trataba de no interrumpirla ni con la respiración; la dejaba hablar, que ella dijese lo que quería decir, mientras yo escuchaba el runrún tranquilizador del casete y de cuando en cuando miraba la ventanita de mi grabadora, para asegurarme de que la cinta siguiese corriendo; no fuera a suceder que el azar me jugara una mala pasada.

El tiempo no se detenía y yo sabía que en cualquier momento entraría su asistente para ayudarla a prepararse para la siguiente coreografía —como de hecho sucedió. Al verla entrar, Alicia dijo, para concluir la entrevista: “Nunca dejaré la danza... tengo tanto aún por realizar, que no me alcanzaría la vida”. Y dando por concluida la charla, con toda amabilidad, se dispuso a vestirse para su siguiente caracterización. Yo murmuré un precipitado: “¡Gracias, maestra Alonso!”

Ella se puso de pie y movió las manos en el aire, como buscando algo; su auxiliar la tomó del brazo para ayudarla. La edad le pesaba, y parecía aprisionarle el cuerpo. En ese momento me di cuenta, con estupor, de que Alicia Alonso... ¡casi no veía! Quedé impactada.

Salí del camerino caminando despacio, preguntándome: ¿Cómo es que logra esta mujer desplazarse extraordinariamente en el escenario con la ligereza de la danza, si no puede ver y difícilmente camina por sí sola?

Unos minutos permanecí entre las cortinas laterales de grueso terciopelo del teatro. Tenía que verla de nuevo; mirarla entrar a escena.

La orquesta había iniciado los primeros acordes de la partitura.

Miré al escenario a través de los pliegues del pesado cortinaje y vi en el foro, del lado izquierdo, un piano de cola blanco y las manos del pianista moviéndose como peces saltando sobre el teclado. Iniciaba la original coreografía dedicada a María Callas, que se estrenaba en Guadalajara, y que Alicia protagonizaría.

Entonces la vi.

Caminaba torpemente a tientas, en la penumbra de bambalinas, con un chal de lana cubriéndole la espalda, mientras su asistente la tomaba del brazo y la conducía hasta el borde mismo del escenario, allí, donde una línea delgadísima separaba la luminosidad de la escena de la sombra de la realidad. Ella se quedó allí unos instantes, respiró profundo... y se dispuso a entrar.

Lo que a continuación sucedió fue algo tan extraordinario, tan fantástico, que yo misma, por momentos, dudo del prodigio que presencié.

Como si no tuviese edad, como quien se despoja de los años como de un manto pesado y bromoso, la Alonso arrojó el chal que la cubría y saltó al escenario.

Al conjuro de la música inició su danza y empezó a deslizarse en puntas, en cortos bourrées, suaves, ligeros, casi ensayando el movimiento, con una exquisitez digna de una libélula, hasta colocarse al lado del piano. Ahí se detuvo. Luego, hizo descansar su mano izquierda, blanca, blanquísima, sobre el instrumento, mientras con la otra dibujaba arabescos que salían de su corazón y continuaban en el aire hasta elevarse a la altura de su boca, para luego alcanzar el cielo. Sus dedos largos se movían como si cantara. No, corrijo: sus dedos largos cantaban. Sus manos interpretaban, como la Callas, magníficamente, arias de ópera: Casta Diva, Caro Nome, Un bel di... no importa qué. Verla cantar con las manos junto al piano, observarla jugar con el torso, doblarse, contraer los hombros, abrir luego el pecho, girar la cabeza... extender los brazos..., fue un alarde de expresividad creativa.

Al fondo, del lado derecho del escenario, un grupo de figuras, moviéndose en perfecta sincronía, ejecutaba la danza coral, enmarcando la escena protagonizada por la Callas–Alonso.

La coreografía transcurría, dolorosa y dramática, como fue la vida de María Callas. Poco a poco su danza empezó a envolver el escenario. Nunca vigorosa, pero sí profunda e intensa.

Llegó el momento del pas de deux y Alicia ya no tenía edad. La danza había encarnado en ella, convocada por su mística y su pasión; ella danzaba entre los brazos de su partenaire, quien apoyaba sus giros, la tomaba por la cintura, la elevaba, en un juego estético de vuelos y misterios. Ella misma, Alicia... era la danza. Y hasta en los silencios de la música bailaba su espíritu ensanchado.

Llegó la escena del sacrificio, momento culminante de la coreografía. Como María Callas, quien sacrificó su canto por retener a su desleal amante, ofrendándole todo, incluso su carrera, a aquel amor que la destruyó y la llevó a la muerte, Alicia Alonso también realizó en escena su simbólica ofrenda final: tirada en la mitad del escenario, se retira una zapatilla, la toma con ambas manos, y, mirando hacia la figura masculina de pie frente a ella, se la entrega; es el momento de la renuncia final. Pero él, Onassis–bailarín, lejos de tomar la zapatilla, símbolo de su sacrificio, la desprecia, y con manifiesto desdén mira a la figura yaciente en escena... da un salto y... la abandona.

Instantes dolorosos de una coreografía intensa, representando la tortuosa vida de la Callas hasta su dramático final. Un homenaje de una gran diva, la Alonso, a otra gran diva, la Callas. El público, conmovido, guardaba un silencio denso en la sala ante la grave profundidad de la escena.

Mientras la veía danzar, profundamente conmovida, pensé en otra heroína del ballet, también traicionada por su amor: la joven aldeana Giselle, quien, ante el engaño de Albrecht se volvió loca de dolor. Murió de decepción y... regresó, por amor, de la misma tumba para defender, a pesar de todo, a su amado. Esa “Giselle” que Alicia Alonso interpretó como nadie jamás lo ha hecho en la historia del ballet, junto a Nureyev, papel que la colocó en la cúspide del ballet internacional de su tiempo.

Pensé también en Aura, el misterioso personaje de la novela de Carlos Fuentes, convocada por la anciana Consuelo, quien por la alquimia del amor y la pasión logra encarnar de nuevo su juventud.

Y pensé en “Alicia”... en Alicia Alonso, sí, a la que vi transformarse fantásticamente frente a mí, convocando su fuerza de una manera misteriosa, mágica... por amor al ballet.

“¡Qué no harías por mantenerte eternamente joven!”, escribió Carlos Fuentes en su entrañable novela Aura. Entonces pensé: “Alicia Alonso no envejecerá jamás. Su fuente de vida es el ballet, es la danza, y ha dicho que jamás se retirará. ¡Cómo podría retirarse, si la danza es ella misma!”

La volví a ver años después, en diciembre de 2002, cuando la Universidad de Guadalajara le otorgó el doctorado honoris causa en el Paraninfo de esta casa de estudios. Ahí estaba ella, sobriamente vestida con un traje color champagne y su ya clásico turbante, lentes oscuros, y sus manos... esas manos blanquísimas, que por momentos colocaba estéticamente bajo su barbilla levantada, de bailarina, mientras el orador hablaba de su brillante carrera balletística. Ella y la bailarina, inseparables ya.

Era Alicia Alonso, “la sin edad”.

Era Aura, era Giselle, era Alicia... era la mujer que encarnará siempre, una y otra vez, en un instante, en el eterno segundo en que dura, suspendido en el aire, un grand jeté: la eterna juventud.

La miré de lejos. No me atreví en esa ocasión a acercarme. No quise hacerlo. Los mitos deben mirarse y admirarse así, desde lejos. Hay territorios que son sólo de ellos, y en ellos se encuentran sin tiempo... suspendidos en el misterio.

JAVIER ARÉVALO

Yo conocí a Clemente Orozco arriba de un andamio. Pero no un andamio como los de ahora que son eléctricos, no, no, no, de vil albañil, de tablas y vigas y cosas que siempre me quedó la impresión de que estaba arriba de un árbol viejo, y lo vi como un tecolote, porque cuando nos volteó a ver tenía unos lentesotes de fondo de botella.

Entrevista realizada en los estudios del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión el 18 de julio de 2014.

Javier Arévalo es tapatío de nacimiento, pintor y, sobre todo... ¡aventurero!

Nació en Guadalajara en 1937, estudió inicialmente en esta ciudad con maestros como Jorge Martínez y José Guadalupe Zuno; más tarde, en los primeros años de la década de los cincuenta, se trasladó a la Ciudad de México, a la Academia de San Carlos, y posteriormente hizo de su vida una maestra, porque viajando fue aprendiendo y enriqueciendo su técnica y creatividad en cada sitio que visitaba.

Obra plástica de su autoría se encuentra en importantes espacios de exposición en diversas partes del mundo. Premios, reconocimientos, prestigio… y toda suerte de satisfacciones en su vida de artista no le han quitado su sencillez humana y su actitud de “no tomar la vida demasiado en serio”.

Vale decir que nuestro programa radiofónico fue el sitio de una de sus primeras entrevistas como pintor, cuando prácticamente comenzaba su carrera, hace de ello más de treinta años. A partir de aquella ocasión coincidimos más de una vez en distintas exposiciones locales. Siempre amable, siempre de buen humor, construimos una amistad en torno a la plástica, expresión artística que provocaba nuestros encuentros.

En julio pasado, Arévalo aceptó exponer su obra en una sencilla galería de reciente apertura en Guadalajara, por la calle de López Cotilla, para apoyar generosamente la iniciativa, y fue con este motivo como llegó un día hasta nuestro programa para conversar e invitar al auditorio a visitar la exposición. Así, llegó la mañana del 18 de julio de 2014, con su actitud franca y abierta. Sí, era el mismo Javier Arévalo de siempre, sonriente y despreocupado. Su cabello totalmente blanco, su saco negro y su ya clásica gorra, y en la mano un bastón con mango de madera.

—Javier Arévalo, ¡qué gusto verte! Bienvenido al programa. Cómo olvidar que hace treinta años te entrevisté en este mismo foro...

—Increíble, ¿verdad?, ¡cómo pasa el tiempo! Efectivamente, estuvimos aquí hace treinta años y... —con una mueca de travesura— ¡estamos igualitos!

—Bueno, no, no estamos igualitos, pero la edad tiene sus ventajas, Javier...

—Tiene sus ventajas, sí, pero... es increíble que tengas treinta años con un programa tan, tan exitoso y tanto tiempo...

—Pues eso gracias a la preferencia del público y a los grandes colaboradores que hemos tenido.

—¿Cuál fue la ocasión de aquella primera entrevista, Yolanda, la recuerdas?

En este momento interviene nuestro coconductor y amigo Óscar Castro Carvajal y apunta:

—Me parece que fue una exposición en el Instituto Cultural Cabañas, en el ochenta y cuatro. Una exposición individual bastante grande.

—Sí, ahora lo recuerdo —les digo—. Fue una exposición muy completa y diversa, recuerdo que la museografía se hizo en varias salas del Cabañas. Y dime, Javier, ¿qué encuentras de diferente de aquel Arévalo que fuiste, y tu afán aventurero, ese Arévalo que podía vivir en una gruta y hacer dibujos, e ir y venir a donde quisiese, y bueno, ese Arévalo de mil ocurrencias creativas y ahora... este Javier Arévalo de mayor madurez?

—Me da un poco de risa porque... la verdad, no he podido cambiar mucho.

—Genio y figura, Javier... genio y figura.

—No he podido cambiar mucho porque, pues, siempre me gustó viajar. Es más, en mis primeros años de profesión me dije: “No sé si vaya yo a ser un pintor bueno, regular o lo que sea, pero lo que sí sé es que voy a conocer el mundo. Voy a hacer mi obra caminando”. De eso sí estaba seguro.

—Sí, efectivamente, “voy a hacer mi obra caminando”, dijiste en esa primera entrevista, y mira, Javier, qué curioso, lo que ocurrió: Tú quisiste conocer el mundo, y finalmente el mundo te conoció a ti, a través de tu pintura, es muy interesante la proyección internacional que ha logrado tu pintura.

—Pues, mira, es la primera vez que escucho esta reflexión, ¡qué bonito has dicho! Pues sí, tienes razón, uno conoce el mundo y el mundo también lo conoce a uno. Está muy buena esa reflexión...

—Bueno, pues háblanos ahora de la obra que expones esta noche, ¿es obra reciente o estamos hablando de una retrospectiva?

—Es una retrospectiva, una especie de retrospectiva, porque este lugar, que me gustó muchísimo, es un sitio ideal para exponer. No es un lugar enorme, como se acostumbran a hacer exposiciones grandes. Es un lugar muy cómodo para el número de obras, es un lugar muy agradable. Se llama “Arte Forum”. Además, me gustó mucho por donde está situado. Está en Libertad y Progreso. ¿Cuándo habías visto semejante cosa? La libertad junto con el progreso... A mí me encantó eso de que estuviera en el cruce de estas dos calles.

—Y, dime: ¿a cuál le apuestas más, a la libertad o al progreso? El progreso a veces tiene pasos equivocados, ¿eh?

—Sí, sí, pues ahora sí que no halla uno a cuál apostarle, porque mira: uno progresa dándose sus pequeñas libertades.

—“Uno progresa dándose sus pequeñas libertades” —repito sus palabras.

—Sí, porque, imagínate, es una palabra muy amplia esa de la libertad, ¿no? No podemos nunca ser totalmente libres.

—¿No has sido libre, Javier?

—No, no es posible eso. Digo, me he dado mis pequeñas libertades…

—¿Qué pequeñas libertades te has dado? A ver, cuéntame.

—Necesitaríamos un programa mucho más largo porque esas pequeñas libertades a lo mejor resultan muchas, ¿no? Creerás que yo toda mi vida lo hice así, un rato en un lugar, otro rato en otro. Y ahora que ya es uno “persona mayor” todavía no puedo estar o no puedo vivir tres meses en un solo lugar. A los tres meses ya me pica el lugar y tengo que cambiar, tengo que irme a otro sitio, porque eso es muy motivante.

—¿De dónde eres tú, Javier, de qué barrio de Guadalajara? Recuérdale al público de dónde es Javier Arévalo.

—Aunque no lo crean, soy de aquí. Ya ven que uno no escoge dónde nacer. Soy de aquí, y además de un barrio muy popular, del barrio del Santuario. Yo nací por las calles de Juan Álvarez y más o menos González Ortega, atrás de donde nació Agustín Yáñez. Lo comentábamos en otra ocasión, ¿recuerdas? Yo tuve la oportunidad de estar en muchas ocasiones con él. Éramos “vecinos de nacimiento”.

—Qué interesante, Javier. Algo tiene ese barrio, cuna de muchas grandes personalidades. A propósito de tu itinerar, al parecer esa vocación de aventura te ha llevado también a la aventura en la pintura. No hay una exposición igual a otra, Javier, siempre estás presentando nuevas ideas. ¿Qué es lo que más te ha motivado en la vida para llevarlo a tus lienzos?

—Eso es lo bonito de cambiar de lugar, porque en tres meses uno ya está en otro lugar muy diferente en costumbres, en paisaje, en personas, en muchas cosas... entonces, como que si me quedo el doble de tiempo en ese lugar hago lo mismo y moviéndome o haciendo esa vida siempre estás en lo nuevo.

—Dime por dónde has andado, dime qué lugares recuerdas que de manera especial hayan propiciado en ti esa inspiración.

—Huy, son preguntas muy difíciles. El mundo es muy hermoso... y hay otras cosas que no lo son tanto, pero el mundo así es.

—¿Por dónde ha andado Javier? Y mira que aquí sale tu nombre, te voy a decir “Javier Arévalo, el andariego”, ¿qué te parece?

—Oye, pues me gusta, me parece que es título de un corrido —suelta la risa—, y ser andariego en un corrido pues resulta interesante. Mira, Yolanda, yo fui un niño de rancho. La familia de mi madre era de aquí, de Santa Lucía, aquí cerquita —que cuando yo era niño me parecía lejísimos— a cinco minutos. Entonces yo fui un niño con doble vida, porque mi abuela, desde niño, me dijo: “Este niño es mío”, y nos fuimos allá al rancho con mis tíos por parte de mi madre. Entonces, venía acá a Guadalajara muy formal, y allá andaba descalzo o con huaraches, jugando con los animales, montando chivos y caballos, arriba de los árboles, de los cerros. Y venía acá y mi padre era un hombre de ciudad. A mi padre le gustaba la ópera, la opereta, la zarzuela... Entonces, tenía un cambio de vida increíble, pero totalmente radical. Yo creo que un poquito por eso fui así de mayor.

—Y, ¿cómo se presenta tu vocación de pintor?

—¡Ah!, esto sí es muy largo el asunto. Yo empecé muy niño a hacer dibujos, pero primero quería ser mago, después quería ser inventor, después quise ser muchas cosas... Pero yo hacía mis cosas de mago, fabricaba muñecos para mi actuación como ventrílocuo... —Arévalo se emociona recordando su infancia, y de pronto lanza una carcajada— y hacía todo lo que necesitaba, pues eran cosas manuales. Realmente yo en la primaria me entusiasmé mucho con las clases de dibujo, ¿recuerdas, Yolanda, aquellos dibujos mágicos? Uno los dibujaba con un líquido transparente y luego aparecían...

—Sí, claro, era la famosa “tinta invisible”...

—Sí, con tinta invisible que con un fósforo o con una plancha aparecían... Bueno, pues era uno de mis negocios en la primaria, yo siempre llegaba con el montón de dibujos y... ¡a vender!

—Sí, cómo olvidar la “tinta invisible”, yo también la utilicé mucho y —lo digo en silencio, como en secreto— aún tengo la fórmula. Pero, ¡cuidado!, que si le aplicabas más calor del necesario ¡adiós dibujos!, se inflamaba el papel. Pero era maravilloso ver cómo iban saliendo las letras color sepia, poco a poco... Por cierto que había unos chicles y en el sobrecito aparecía una gitana...

—Se llamaban los chicles mágicos... Pero ahora hay plumas de tinta invisible, con una lamparita en la parte de arriba, la enfocas y ya se ve lo que escribiste.

—¡Cómo cambian las cosas! Bueno, estábamos en tu infancia, llena de magia.

—Pues sí, para mí fueron esos los juguetes de infancia. Sucede que yo gano mi primer premio a los ocho años. Y ¿sabes a quién me llevaron a conocer, como premio? ¡Ni te imaginas!

—¿A quién?

—A Clemente Orozco, a conocer a Clemente Orozco a los ocho años... a mí y a otro chico compañero mío que se llamaba Octavio de la Torre. Y nos lleva nada menos que Jorge Martínez, que en ese entonces era ayudante de Orozco, y bueno, pues entonces, derechito nos llevó, y lo vimos ¡arriba de un andamio! Yo conocí a Orozco arriba de un andamio. Pero no un andamio como los de ahora que son eléctricos, no, no, no, de vil albañil, de tablas y vigas y cosas que siempre me quedó la impresión de que estaba arriba de un árbol viejo, y lo vi como un tecolote, porque cuando nos volteó a ver tenía unos lentesotes de fondo de botella que dije: “¿Y ese animalote qué?” Entonces le dicen: “Mira, estos son los niños que ganaron el concurso tal y cual...”, y nada más se volteó y dijo: “Ah, y ¿les gusta la pintura?” Yo respondí: “Sí nos gusta”, y ya desde ahí empecé a mentir, porque no me gustaba nada lo que estaba haciendo…

—¡Vaya chiquillo! Y, ¿por qué no te gustaba?

—Porque, bueno, eran unos monotes horribles, para un niño.

—Y desde ahí empezaste a mentir...

—Sí, y eso es muy importante, en el arte, la creación, que siempre es una referencia de la realidad pero se trata de no hacer la realidad, ¿no? Se trata de hacer otro tipo de realidad. El arte es una transformación y una sorpresa, si no, ¿de qué vamos a hablar?

—Bueno, habíamos dejado en el tintero una pregunta, sobre alguno de esos lugares en los que has vivido, y que recuerdas de manera especial en tus últimas andanzas, ¿qué nos dices?

—Bueno, recuerdo, con especial emoción, porque fue una experiencia muy bonita, mi último viaje a Constantinopla. Bueno, a la antigua Constantinopla. Estuve en Turquía viajando por varias partes del país, que es maravilloso. Ya me quería comprar mis chanclas, mis babuchas, ponerme una bata y quedarme por allá.

—¡Ya lo creo! Quedarte por allá, en los alrededores de la Mezquita Azul. Mágico lugar, con toda esa caligrafía misteriosa, hermosísima. Supongo que habrás paseado sobre el Bósforo...

—Bueno, sí. He viajado y tengo un poco de la visión del antropólogo, porque he viajado a lugares con los que estamos relacionados. Por ejemplo, a Medio Oriente. A aquellos les pones sombrero de charro, y ya; además de ahí proviene el mariachi. Cuando tú oyes la música, cuando estás en Marruecos y esos lugares, clarito está que de ahí viene el mariachi, nuestra música del mariachi. El mismo grito ese del mexicano, pues es un grito de ahí mismo, que se da en el desierto. Nunca encontré un lugar tan, tan similar a México. Por un lado, Medio Oriente, a través de la conquista de México, todos esos países eran de los árabes. Cosa que me decían los españoles: “Uy, ustedes nada más nos aguantaron cuatro siglos y medio, nosotros aguantamos a los árabes ocho siglos y medio, ustedes no aguantaron nada”.

—¡Qué maravilla! Yo coincido contigo, Javier, totalmente. ¡Esa cultura maravillosa de esos pueblos! Y curiosamente, cuando uno visita la Alhambra, y la Mezquita, y toda la herencia árabe en España, se queda sorprendido, pero cruzas a Marruecos, y visitas sus medinas, sus plazas en las que igual hace equilibrio un acróbata, como una marroquí pinta sus manos con hena, y otro más allá sostiene un mandril, y de un cesto de mimbre sale una cobra... y por si fuera poco, te topas con una vendedora en moto, con su chilaba volando en el viento, y su pañuelo en la cabeza, que te alcanza para venderte collares y pulseras... bueno, es magia pura.

—Sí, fíjate, Yolanda, que yo mis viajes los disfruto mucho. Por otro lado, te cuento que estuve en Colombia cuando era joven, estuve incluso trabajando en un circo en Medellín. Había entonces una gran tradición de circos. Mi vida ha sido una aventura, como pintar es, verdaderamente, una aventura.

En ese momento, nuestra productora Ángeles Rodríguez nos indica, allá tras el cristal, que el tiempo del programa ha terminado. Yo habría querido seguir conversando con Javier Arévalo y ese mundo de colores y magia que nos ha compartido. Pero debo despedir, y lo hago pidiéndole a Javier que subraye su invitación:

—Ojalá puedan asistir, estará la obra en Libertad y Progreso, un lugar bastante agradable, créanmelo, un lugar muy propio para exponer. ¡Ahí los veo!

—Gracias, Javier. Ha sido un gran gusto conversar contigo, te agradezco que hayas venido a nuestro programa y que nos hayas compartido tu actividad más reciente.

—Pues, les agradezco yo más todavía, ha sido un gusto verte, Yolanda, y verte tan bien y con tanto éxito. Te felicito de verdad, lo que has logrado en estos treinta años es una maravilla.

—Muchas gracias, Javier.

Antes de concluir este capítulo les comparto una anécdota ocurrida recientemente, en noviembre pasado, durante un encuentro de artistas e intelectuales en el que Pancho Madrigal presentaba su libro Guasanas (divertido fabulario que integra con gran ingenio ilustraciones y oralidad llevada al papel, toda suerte de especímenes que emergen de la fauna mexicana), nos encontramos con Javier Arévalo. Nos saludó lleno de optimismo, energía y sentido del humor. A la pregunta obligada de ¿cómo estás de salud?, él respondió: “Mira, muy bien”, pero luego agregó: “Bueno, el doctor me dijo que si sigo así no voy a durar mucho, pero yo le contesté: No estoy aquí para durar, sino para disfrutar”, y estalló en una carcajada. Ése es Javier Arévalo.

JUAN JOSÉ ARREOLA

El ajedrez me ha formado de tal manera, que durante periodos muy largos ha sido mi vida entera. Si me hubiera sido posible elegir en la vida qué iba a ser, o qué quería ser, habría dicho: ajedrecista.

Entrevista realizada en el departamento del escritor Juan José Arreola, en la colonia Providencia, en Guadalajara, para la grabación del programa Perfiles en 1998.

Frente a un tablero de ajedrez, esa mañana de junio de 1998 nos encontramos Juan José Arreola y esta servidora en su departamento de la colonia Providencia con la intención de conversar y registrar sus palabras para uno más de nuestros programas: Perfiles, serie de entrevistas y producciones a mi cargo en el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión.

Arreola, sumamente motivado por la partida ajedrecística, más que por la entrevista, en un momento dado, tomando una pieza con su mano muy blanca y venosa, con entusiasmo, dice:

—Voy a hacer una jugada que puede ser objetable, Yolanda, alfil 4 alfil... ahora tú.

—Bien, maestro, pero antes, yo quiero aprovechar este momento para compartirlo con el público y decirles que una partida con Juan José Arreola es siempre profundamente enriquecedora, y que realmente estoy jugando con un experto ajedrecista, sin posibilidades de triunfo para mí. Soy sólo una aprendiz de ajedrecista que valora la oportunidad de jugar con usted, porque ello significa un aprendizaje constante. Ésa es la razón por la que hemos querido iniciar este programa de una forma un tanto diferente, para conocer a un Juan José Arreola también diferente. Maestro, yo le agradezco enormemente que nos permita acceder a su casa y tomar un poco de su tiempo para este programa.

—¡No, hombre!, pues muy contento de hacerlo, Yolanda, y con respecto a lo de aprendiz, te diré que todos somos aprendices en la vida, y más que nada en el ajedrez, que, como espejo de la vida, nos pone siempre en plan de aprendices. Porque ni el campeón del mundo, aunque pudiera tener ahora apenas unos treinta años o tal vez menos, la edad de nada sirve, porque el aprendizaje se da en cada partida, cada día, cada ocasión. Cuando uno se encuentra de pronto con una movida, con una jugada que se sale un poco de lo normal, haz de cuenta, Yolanda, que el mundo giró, y... ¿dónde están los recursos que yo tengo para esto? Y ya me hizo el adversario una jugada, una variante que me tocó aprender.

El juego continuó frente al tablero. Yo podía percibir claramente el estado vibrante del maestro Arreola mientras jugaba, y apreciar, con admiración, la intensidad detrás de cada movimiento de las piezas. Fue el ajedrez, desde luego, el pretexto para la charla que hoy les comparto.

Arreola había colocado su alfil en una situación amenazante para mí, y aunque sabía que este movimiento era sencillamente un recurso para abrir nuestro programa, y que la partida tal vez no terminaría, le dije:

—Maestro, me mortifica ese alfil. Vamos a tratar de salvar esa amenaza, así, en forma fácil, podríamos ir por el enroque, aunque...

—Tienes razón, tienes razón. Para poder enrocarte tienes que evitar la toma de la diagonal por el alfil, y aquí está uno de los pequeños secretos del porqué puse el alfil aquí. Conste que es una partida un tanto irracional, en estos momentos, frente a las cámaras. Pero ¡qué bueno!, para que sea más viva. El alfil aquí, ya te das cuenta del porqué lo puse, hasta yo mismo lo hice automáticamente. Es una movida automática, alfil 4 alfil o alfil 5 caballo, la hice aquí y estoy ocupando ya la diagonal del enroque. Entonces, ahorita es imposible para ti hacer el enroque hasta que logres anular la posición del alfil, que logres interrumpir la línea o correr al alfil...

—De momento no puedo hacerlo, maestro Arreola, con este otro movimiento... Le toca a usted mover.

—Sí, sí, me toca mover, yo estoy tranquilo ahí... Muevo, desarrollo, caballo 3 alfil.

—Fíjese, maestro, que yo recuerdo un cuento suyo, espléndido, que me contó durante una de nuestras primeras entrevistas: “El rey negro”.

—“El rey negro”, sí, trata de ajedrez, pero también de una situación amorosa y el cuento viene a ser autobiográfico, porque “El rey negro” es el final de una experiencia, de una aventura, de una relación amorosa, y narra el drama en forma de partida de ajedrez. Da la casualidad de que el adversario es el galán que en la vida real me quita a la dama, y en la partida de ajedrez, con un sadismo extraordinario, va desarrollando el juego de manera en que quedo yo sin nada que mover, ¡nada! Y llego finalmente a una posición de mate alfil y caballo.

—El final del cuento es estrujante, cuando cae el rey negro del tablero y rueda por el piso...

—¡Ah, sí! Cae de la mesa. Y el joven, muy galante, lo levanta y lo vuelve a poner sobre el tablero para darse el gusto de darle mate. Yo, en realidad, debí de haber abandonado la partida, pero en ese momento estoy tan atarantado que no se me ocurre ya decir “que esto cese”, sino que él, mi adversario, se esmera en que siga, para tener la satisfacción de llegar al mate.

—¿Así que usted cree, maestro, que la vida es como una partida de ajedrez?

—¡Sí, mucho! Por eso el ajedrez, a lo largo de la historia, ha sido siempre una fuente de ejemplos para la vida real. No te imaginas, Yolanda, la cantidad de libros que se han escrito sobre la vida humana basados en el ajedrez. Cada peón representa, si no una clase social, sí un oficio dentro de una clase social trabajadora.

—Un gremio...

—Un gremio, sí. Un peón es un miembro del gremio. Por ejemplo, los tejedores, los leñadores, los labradores, en fin, cada peón representa un oficio para dar la idea de la sociedad. Vienen luego los caballos, los alfiles, las torres y, claro, el rey y la dama, los entes superiores. El caballo podía ser el caballero, el señor feudal.

—Me llama la atención cuando usted dice que todo puede ir bien, pero que de pronto, como en la vida, hay situaciones inesperadas...

—Se detiene el tiempo y se detiene la vida. Y una casilla del tablero se vuelve el centro del mundo. De ahí hice una frase, que viene en uno de mis libros, que dice: “La presión ejercida sobre una casilla, se propaga en toda la superficie del tablero”. Es que hay ocasiones en que una casilla es toda la partida. Por ejemplo, un peón que no hay que permitir que siga en esa casilla, hay que atacarlo, incluso sacrificando otra pieza por el peón, con tal de que desaparezca de ahí; porque de lo contrario se va a convertir en una pesadilla, va a ser un peón que va a coronar y a llegar a dama, y esto es tremendo.

—Maestro, uno de los objetivos de la grabación que hoy realizamos es acercarnos al hombre, al ser humano, más allá del escritor que todos conocemos, que, claro, es inseparable, pero, ¿qué le parece si dejamos unos momentos la partida —porque además, usted es capaz de darme el mate tranquilamente— y...

—¡Ojalá y se pudiera! —ríe el maestro Arreola.

—Fácilmente lo haría usted, por supuesto, y nos platica un poco de su infancia, queremos conocer cómo fue aquel niño, allá en Zapotlán.