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Una mañana de noviembre de 2018 desperté sin ánimos y con deseos de desaparecer. Mi esposo, mis hijos y yo teníamos dos meses de haber llegado a vivir a Madrid, cuando a mi marido le dio un infarto y murió. Nuestra familia y amigos se encontraban a más de diez mil kilómetros de distancia y, en esa circunstancia, desecha y sin fuerza, me tuve que enfrentar a mis más profundos miedos e inseguridades. Hoy, quiero compartir algunos momentos clave que he enfrentado como esposa, madre y mujer reflejando mi más profundo sentir. Las caídas, tropiezos y éxitos; los instantes de obscuridad y mi ser víctima y aquellos de luz, en los que me he convertido en protagonista de mi vida. Te ofrezco mi historia, deseo que las circunstancias que he atravesado y los aprendizajes que me han dado puedan ser una una motivación y una invitación para seguir adelante. "De amor y de lágrimas. Transformando el dolor en amor", es el resultado de mi gusto por la lectura, la escritura, y mi deseo de servir a otros.
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Seitenzahl: 310
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Título original: De amor y de lágrimas - Transformando el dolor en amor.
Editorial: Letrame Grupo Editorial.
Correción: Anna Roig y Javier Allard.
Diseño gráfico: www.somosmucha.com.ar
Arte de tapa: www.somosmucha.com.ar
©2021, Ana Espinosa
Agosto 2021. Madrid, España.
www.anaespinosa.com
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial.
Todos los derechos reservados.
Ana Paula Espinosa de la Mora
Registro: 2107228412832
ISBN: 978-84-1114-768-2
Depósito legal: AL 87-2022
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A Paco, por supuesto…
mi amor, cómplice
y compañero de vida.
A nuestros adorados hijos:
Paqui, Pau, Ángela y Manuel.
Al Dr. Rafael Espinosa, quien,
guiado de la mano de Dios,
hizo posible que nuestro
Paco viviera once años más,
después de su primer infarto.
Introducción
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DDesde que era niña tenía dos pasiones: escribir y leer. Me gustaba tener un diario para registrar lo que me sucedía cada día, también me gustaba escribir cartas y participar en los concursos de redacción que se organizaban en la escuela.
Leer es igual de fascinante para mí. Cuando mis papás me regalaron El diario de Ana Frank, su historia me conmovió y se convirtió en mi libro favorito. Por momentos, soñaba con ayudar a la familia Frank y deseaba trasladarme en el tiempo para estar cerca de ellos, especialmente de Ana. Más adelante, siendo adolescente, leí las historias de muchas personalidades que se entregaron a otros para mejorar sus vidas. Entonces, surgieron dos fuertes deseos en mí: escribir un libro y acompañar a otras personas para que pudieran vivir mejor.
Con el paso de los años, seguí leyendo y escribiendo para mí y para mis amigos. Con frecuencia me decían que compartiera mis historias con más personas. Mi estilo de escritura y mis experiencias les parecían interesantes, y me insistían con que mis posibles lectores podrían beneficiarse de alguna forma. El tiempo pasó y lo fui posponiendo. Sin embargo, varios acontecimientos me hicieron comprender que había llegado el momento de hacerlo, y mi deseo se convirtió en una fuerza interna que necesitaba salir y ya no podía esperar. En un lapso de seis años, mi vida dio varios vuelcos: murieron mis padres, mi esposo perdió su trabajo y la situación económica de nuestra familia cambió por completo. Nos desprendimos de casi todas nuestras pertenencias, emprendimos un nuevo proyecto de vida y elegimos comenzar en otro país, donde mi marido, tras unos meses de llegar, murió. Viví intensamente los cambios que se nos presentaron. Cada una de estas experiencias me sacudieron, me produjeron muchísimas emociones y tuve aprendizajes muy importantes. Entonces me di cuenta de que necesitaba buscar nuevas posibilidades y me hice consciente de que, a través de mis líneas, podía acercarme a las personas para ayudarlas.
Decidí iniciar este proceso y comencé a sentarme, día tras día, frente a la computadora. Estaba segura de que quería plasmar en el papel algo más que un libro de autoayuda. Mi reto ha sido escribir la historia de estos años de mi vida, reflejando mi alegría, mi tristeza, mi rabia, mi ternura, mi miedo, mi nostalgia, mi frustración… Ha habido caídas, tropiezos y empoderamiento como esposa, madre y mujer; momentos de movimiento y de quietud, momentos de oscuridad y muchos otros de luz… En fin, todas las circunstancias que he atravesado, las enseñanzas que estas me han traído, así como la forma en la que he enfrentado el día a día, pueden ser una herramienta para que quizás tú, al leerlo, encuentres en mi historia una motivación.
Hoy, mi sueño es una realidad. He abierto el corazón para compartirte mis momentos de mayor desesperación y dolor, así como los de gozo y paz. A través de este libro te ofrezco mi compañía. Estoy segura de que tú también podrás enfrentarte a los momentos difíciles que se te presentan, resolver las dificultades con valentía y levantarte de las caídas. Si en algún momento te pareciera imposible, te invito a detenerte, a indagar en tu interior para hallar respuestas y a regresar a estas páginas esperando que te inspiren en tu andar. Es hora de encontrar nuevas oportunidades, llenarte de aprendizajes y seguir adelante. ¡Vamos juntos por el camino!
Ana Espinosa
Capítulo 01
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Algunos domingos, después de pasear por Madrid, Paula, Ángela, Manuel y yo nos sentamos a ver una película. El día de hoy escogimos la de una chica que no estaba contenta con su vida, pero que para poder tomar un nuevo camino tenía que romper con las rígidas costumbres familiares y dejar atrás relaciones importantes. En un par de escenas, la protagonista de la historia saca, de lo más hondo de sí, una fuerza interior que me impresionó y me llevó a recordar aquella noche de terror.
Han pasado cuatro años desde aquel mes de diciembre en la Ciudad de México. Los meses anteriores habíamos estado muy tensos. Ni Paco ni yo encontrábamos trabajo y nos sentíamos muy cansados. Durante la cena de fin de año empecé con una molestia en el oído y al día siguiente el dolor era terrible. El 2 de enero busqué una cita con el otorrino y lo fui a ver. Durante la consulta me revisó y me dijo que tenía herpes zóster dentro del oído izquierdo. Me recetó medicamentos y comentó que el herpes había atacado por la zona por la que pasan los nervios de la cara. Dos días después eso me causó una parálisis facial.
Mi mamá vivía en Puerto Vallarta. Como nos visitaba con frecuencia, siempre tuvimos para ella una habitación en nuestra casa. Al enterarse de que estaba enferma, decidió trasladarse a la Ciudad de México para estar conmigo, con Paco y con sus amadísimos nietos. Una semana después de su llegada, cuando me estaba terminando de vestir, Paula, mi hija mayor, entró en el vestidor.
—Hola, Pau, buenos días.
—Buenos días, ma. Oye, mi abuela no ha salido a la cocina y anoche nos dijo que prepararía chilaquiles para desayunar. Me parece muy extraño, siempre se levanta muy temprano…
—Se ha de haber dormido tarde —le dije, mientras me ponía la sudadera y me encaminaba a la habitación de mi madre.
Al llegar, Pau abrió la puerta y la vimos tendida sobre la cama, bañada en vómito y parecía que no respiraba. En ese momento pensé que había muerto, aterrorizada grité:
—¡Paco, mi mamá se murió!
En pocos segundos, él estaba junto a nosotras. Al verla, marcó desde su teléfono al doctor Sánchez, quien le indicó que la moviera y así lo hizo. Después de unos momentos escuchamos un quejido y supimos que seguía con vida. El médico le indicó que llamáramos a una ambulancia y que la trasladáramos de emergencia al hospital. Media hora más tarde, estábamos con mi esposo en la sala de urgencias y a ella la atendían en una sala especial para pacientes críticos. Paula, Ángela y Manuel se habían quedado en casa. Asustados, ansiosos y con miedo, me llamaban una y otra vez para tener noticias de la abuela Paty.
Después de tres horas, una enfermera nos llamó para llevarnos a una sala de juntas en la que había varios doctores esperando. Ahí nos explicaron que mi madre había sufrido un infarto cerebral y que la trasladarían a terapia intensiva. El pronóstico era reservado y tendríamos que esperar. Pronto llegaron mi hermana, Dulce, y la tía Mary. Mientras desayunábamos, comentamos lo sorprendidos que nos sentíamos, pues mi mamá era una mujer que nunca se enfermaba. También hablábamos de la parálisis facial que seguía ahí, pero solamente me acordaba de ella si la mencionaban o cuando bebía líquidos (pues se me escurrían por la comisura de los labios). La siguiente semana la pasamos sentados en la sala de espera del hospital. Durante los primeros tres días su situación no mejoró, pero después empezó a evolucionar favorablemente y una semana después pudimos llevarla a casa con nosotros. En apariencia, no había secuelas serias. Además de darle medicina, solo había que observarla. Algunos días la veía muy callada, otros me parecía que se movía lentamente y con frecuencia nos expresaba su preocupación por lo ocurrido. Se preguntaba cómo iba a poder vivir sin manejar, sin viajar sola o nadar sin compañía, entre otras cosas. Una tarde, escuché un ruido extraño en la lavandería y fui a verificar que todo estuviera bien. Cuando entré, me encontré con la llave del agua abierta y el suelo con poco más de dos centímetros de inundación. Al salir rumbo a la habitación de mi madre, noté que una de las llamas de la estufa estaba encendida. Me preocupé mucho.
—¿Cómo estás, mami? —le dije al entrar a su habitación.
—Contenta —me dijo riendo de una manera extraña, diferente a como ella lo hacía.
—¿Te sientes bien? Mírame a los ojos, ¿estás bien? —no me contestó. Mi mamá estaba totalmente desorientada.
Salí de la habitación y tomé el teléfono para llamar al neurólogo, quien también se alarmó y acordamos vernos en su consultorio al día siguiente.
Por la noche, en la sala de televisión, las niñas veían un programa de concurso de canto y Paco trataba de dormitar en el sillón, pero no encontraba una posición cómoda, se levantaba al baño y regresaba… Parecía inquieto. Yo leía una novela que me tenía muy entretenida y Manuel estaba dormido en su recámara.
De pronto, escuchamos un ruido fuerte que nos llamó la atención. Mi marido se levantó del sillón y caminó hacia el cuarto de mi mamá. Desde ahí, levantando la voz, me dijo que ella estaba convulsionando en el suelo. Paula y Ángela se levantaron rápidamente y fueron hacia allá. Cuando me estaba incorporando, Paco venía de regreso y me comentó que él tampoco se sentía bien, que a su corazón le estaba pasando algo, que hacía un rato que sentía incomodidad e inquietud. Entonces, me dejé caer nuevamente en el sillón y pensé «ya no puedo más». Estaba emocionalmente rebasada, me zumbaban los oídos y me sentía físicamente mal.
Paula y Ángela volvieron a donde yo estaba. Pau venía muy pálida y con náuseas, las dos estaban muy asustadas. Al llegar, les comenté que su papá tampoco se sentía bien y que a mí me había bajado mucho la presión, que me sentía muy mareada y sin fuerza en las piernas. Ángela, con sus quince años y sin dudarlo, tomó el teléfono, llamó al servicio de ambulancias para que fueran por mi mamá y la trasladaran a urgencias. También le marcó a nuestro compadre Raúl para que recogiera a su papá y lo llevara al hospital en el que atendía su cardiólogo. Recuerdo que yo veía todo como en cámara lenta. No podía creer que en la misma noche y en el mismo momento, mi mamá convulsionara y mi esposo tuviera nuevamente un problema con su corazón. Ángela estaba desesperada, pues Paula se seguía sintiendo mal. En un impulso, le dio una cachetada para que reaccionara y le gritó:
—¡Necesito que me ayudes!
—¡No me pegues! —contestó Pau, repuesta y con los ojos muy abiertos.
—¡No puedo yo sola! Mamá se siente mal y mi abuela sigue tirada en el suelo de su habitación.
—¡Vamos!
Minutos después llegaron Raúl y Lola, su esposa. Él se llevó a Paco para que lo atendieran y, antes de salir, me prometió que tan pronto tuviera alguna noticia me llamaría. Lola se quedó en la casa para ayudarnos y se acercó a mí para decirme que no me dejaría sola. Luego, junto con Ángela, fue a levantar y a limpiar a mi mamá mientras Paula monitoreaba por teléfono la llegada de la ambulancia, trataba de hacer contacto con mi hermana y con la tía Mary para que esperaran a mi madre en urgencias. No sé cuánto tiempo tardaron en llegar por mi mamá, pero se me hizo eterno. Recuerdo que, mientras tanto, mis hijas se acercaban para darme jugo de manzana y, muy preocupadas, me preguntaban si ya me sentía mejor. En algún momento escuché que tocaron el timbre los paramédicos. Oí la voz de uno de ellos dando instrucciones para poner a mi madre en la camilla y sacarla de su cuarto. Yo quería verla. Traté de levantarme para darle un beso, pero no pude. Me sentía muy mal, no había logrado recuperarme.
Después, Lola se fue a sentar conmigo y, guiada por ella, comencé a hacer respiraciones profundas. Mis hijas nos miraban atentas y aún asustadas, luego se unieron al ejercicio de respiración y un poco después me empecé a sentir mejor. Pasó mucho tiempo antes de que sonara mi teléfono y pudiéramos tener noticias de alguno de los dos. Primero me llamó mi tía Mary y me dijo que mi mami había llegado muy grave al hospital, que ya estaba ingresada en terapia intensiva y que le empezarían a hacer diferentes pruebas. Raúl también me llamó y me explicó que Rafael, el cardiólogo de Paco, ya estaba con él y que aún no tenía un diagnóstico.
Ángela y Paula se acercaron para besarme y luego se fueron a acostar porque era muy tarde. Lola me acompañó hasta mi cama, donde me recosté. Acomodó mi teléfono en el buró y también me dejó un vaso con agua. Con mucho cariño me abrazó y se despidió de mí, pidiéndome que la llamara si necesitaba algo. Después, se fue a su casa a descansar y yo me quedé envuelta por el silencio, el terror y la incertidumbre. Me acomodé en posición fetal y comencé a llorar. El llanto me ahogaba, me sentía desgarrada, perdida en la habitación que en ese momento me parecía enorme y esperando escuchar el sonido del teléfono. A las cuatro de la mañana me despertó, con su llamada, Rafael.
—Hola.
—Hola, Ana, soy el doctor Espinosa.
—¿Cómo estás, Rafa? ¿Cómo están las cosas?
—Te cuento. Paco llegó con una arritmia seria y decidimos hacerle un cateterismo para ver que todo estuviera bien. Esta vez no hay obstrucción de las arterias, pero va a ser necesario que se quede ingresado. En los siguientes días le colocaremos un resincronizador cardíaco. Con este aparato vamos a poder controlar las arritmias. En general, a los pacientes con quienes lo utilizamos les va muy bien. Por ahora se quedará en terapia intensiva y a las diez de la mañana, en el horario de visitas, lo puedes ver y aquí platicamos.
—¿Qué es un resincronizador cardíaco? —pregunté.
—Es un dispositivo que regula las palpitaciones del corazón para que lata de manera uniforme y sin arritmias. Y, en caso de ser necesario, puede dar descargas eléctricas para que el corazón siga funcionando.
—¿Va a estar bien?
—Ahora lo tenemos controlado con medicamentos y está en observación permanente. Descansa un rato y nos vemos más tarde.
—Ahí estaré a las diez. Muchas gracias, Rafa.
Cuando colgué el teléfono, vinieron a mi mente el nombre del aparato e imágenes de la sala de terapia intensiva en la que mi esposo ya había estado en dos ocasiones anteriores. Regresaba a mí el sentimiento de impotencia, de cansancio, la tristeza, la rabia. ¡Quería desaparecer!
Pronto dieron las siete de la mañana y Pau entró en mi habitación para decirme que se iba a la universidad, pues tenía una práctica a la que no podía faltar. Conversamos unos minutos sobre su papá y su abuela, después nos abrazamos y se fue desencajada. Ángela y Manuel seguían dormidos y decidí no despertarlos, no me importó que faltaran a la escuela. Yo me levanté para darme un baño caliente, arreglarme y desayunar algo, para después salir e ir a ambos hospitales. Mientras me quitaba el pijama me vi la cara en el espejo, aún seguía paralizada del lado izquierdo. Era imposible seguir las recomendaciones del otorrino. Descansar y no estar tensa no eran opciones para mí, lo único que me importaba era el bienestar de Paco y de mi mamá. Cuando Manuel se despertó, me encontró en la cocina tomando café y comiendo un poco de fruta. Me saludó y preguntó por qué no lo había despertado para ir a la escuela.
Una vez más tenía que enfrentar a mi hijo, de once años, con el estrés que nos provocaba la enfermedad del corazón de su papá. Pero, en esta ocasión, también se sumaba la situación por la que atravesaba su abuela. Lo miré a los ojos y le pedí que se sentara para explicarle lo que había sucedido la noche anterior. No había acabado de hablar cuando, inquieto, me interrumpió para saber si Paco y mi mamá iban a estar bien. Sus ojos se llenaron de lágrimas, se puso muy ansioso, comenzó a mover una rodilla de arriba abajo rápidamente y se arrugaba la manga de la camiseta con la mano. Con tristeza, me acerqué para abrazarlo y transmitirle que lo entendía y que no estaba solo. Odiaba no poder prometerle que todo estaría bien. Le besé la frente y le pedí que me llamara cuando Ángela estuviera despierta.
Cuando estuve lista, me trasladé al Hospital Angelina. A las diez en punto estaba entrando a ver a mi marido. Los olores, colores y movimientos de las personas que trabajaban ahí ya no me eran ajenos. Todo me parecía conocido. Sabía en dónde se encontraban las batas y los cubrebocas para los familiares de los pacientes, conocía el lugar en el que debía lavarme las manos. Todo era familiar, desagradable y muy doloroso.
En el cubículo seis lo encontré, pálido y con una expresión de tristeza profunda.
ME DOY LA OPORTUNIDAD DE SENTIR TRISTEZA, NOSTALGIA, COMPASIÓN O ALEGRÍA, ENTRE MUCHAS OTRAS, AÚN EN MEDIO DE LOS MOMENTOS DOLOROSOS.
—Hola, amor —me dijo cuando entré.
—Hola, mi vida, ¿cómo estás? —le contesté, acercándome para besarlo.
—Muy preocupado… Otra vez aquí. ¿Te explicó algo Rafa?
—Sí, me llamó anoche y me dijo que tuviste arritmia. Será necesario colocarte un aparato para regularla. Quedamos en que nos veríamos aquí, no debe tardar en llegar.
—Estoy harto, cansado de estar enfermo. ¿Qué voy a hacer en esta situación y sin trabajo? ¿Qué vamos a hacer? ¡Carajo, otra vez!
—Tranquilo. Verás que de una u otra forma resolveremos la situación. Ahora lo importante es que te pongan eso y hagan lo que sea necesario —le dije tomándole la mano.
—¿Qué pasó con tu mamá?
—Está en el Hospital San Mateo, también en terapia intensiva. Aún no saben qué tiene. Iré más tarde y regresaré aquí para el segundo horario de visitas y poder estar contigo.
Minutos después, llegó el doctor. Nos saludó cálidamente, como siempre, y repitió lo que me había comentado por teléfono. Indicó que, para llevar a cabo el procedimiento, necesitaban que Paco estuviera estable durante setenta y dos horas, posteriormente entraría a quirófano con un médico especializado en la colocación del resincronizador cardíaco y un ingeniero en sistemas, quien regularía el aparato a través de una computadora. Todo esto me parecía, al mismo tiempo, una locura y una maravilla que le daría a mi marido la oportunidad de que su corazón latiera de manera uniforme. Cuando terminó el horario de visitas, abracé a Paco amorosamente y con un nudo en la garganta. Después, le aseguré que regresaría por la tarde.
Salí del área restringida para encontrarme con el largo pasillo que ya había caminado durante aquellos días del primer y segundo infarto. En ese momento pensé que la vida se estaba burlando de nosotros, de mí. Las lágrimas me brotaron de los ojos. Nuevamente sentía tristeza, rabia e impotencia. Fui al baño, me limpié la cara y me acerqué a los elevadores para ir a la planta baja, salir del edificio, subirme al coche y dirigirme a la zona de Satélite para visitar a mi mamá.
En la sala de espera me encontré a mi hermana, Dulce. La expresión de su cara era de cansancio, preocupación e incertidumbre. Me comentó que el neurólogo, con quien yo había hablado la tarde anterior, estaba desconcertado. Las pruebas que habían realizado hasta el momento no arrojaban la causa del estado de gravedad de mi mamá. Teníamos que esperar a que tuvieran un diagnóstico para después saber cuáles eran las opciones de tratamiento.
—¿Cómo está mi cuñado? —me preguntó.
—Otra vez muy delicado. Se quedará en terapia intensiva y luego le harán un nuevo procedimiento. ¡Siento que el mundo se me viene encima, Dulce! ¡No comprendo por qué estamos atravesando por estas situaciones al mismo tiempo!
—Yo tampoco lo entiendo. Anoche, que me llamó Paula, me pareció una historia de terror. No me puedo imaginar lo que vivieron en tu casa.
—Fueron horas terribles. Me sentí absolutamente impotente, desbordada y sin la fortaleza necesaria para poder enfrentar lo que estaba sucediendo.
—¿Te das cuenta de las hijas que tienes? Con sus recursos, ambas se pusieron a resolver la situación y, al final, tanto Paco como mi mamá llegaron al hospital para que los atendieran.
—Me siento muy orgullosa de ellas. Estoy muy sorprendida, entre las dos tomaron las decisiones adecuadas y las llevaron a cabo. Es increíble que, a los quince de Ángela y a los veintiuno de Paula, lograran apoyarnos así. Con todo lo que está pasando, es un motivo de felicidad saber que tienen las herramientas para enfrentarse a un momento tan complejo. Estaban experimentando muchas emociones y aún así pudieron sobrellevar la situación.
Después llegó Mariana, mi prima. Nos saludó y me preguntó qué había pasado. Le conté gran parte de la historia, pero, hacia el final, no pude contener el llanto, me recosté en su hombro y así estuve un rato largo, llorando con el alma y entre sollozos. Ella me sobaba la espalda y me daba pañuelos para que pudiera limpiarme la cara y sonarme la nariz. De pronto, nos llamaron desde la central de enfermeras. Dulce y yo nos levantamos y nos acercamos hasta donde se encontraba el médico.
—Doña Paty está muy delicada. Esta vez no se trata de un infarto cerebral. Lo hemos descartado. Necesitamos hacer unas pruebas más específicas para poder darles con certeza el diagnóstico. Sin embargo, a mi parecer, algo está dañando sus funciones cerebrales. Si ustedes lo autorizan, habrá que mandar unas muestras a Estados Unidos y otras al laboratorio del Hospital de Neurología, aquí en México.
Dulce y yo, tomadas de la mano, autorizamos lo que nos sugirió el neurólogo y regresamos a donde estaba sentada Mariana. Para las dos, las palabras que acabábamos de oír eran una cruda y nueva realidad, intuíamos que era algo muy serio. Un rato después llegó mi tía Mary, hermana de mi mamá, y se quedó con Dulce. Mientras bajábamos en el elevador, Mariana me dijo que estaría muy cerca y que me acompañaría en uno u otro hospital cuando yo lo necesitara. Caminamos hacia el estacionamiento y me subí al coche para trasladarme a ver a Paco nuevamente.
Los tres días siguientes se me hicieron eternos, pues pasé mucho tiempo en las salas de espera de los dos hospitales. La ansiedad, el miedo, la preocupación y el cansancio me consumían. Una vez pasadas las setenta y dos horas del ingreso de mi esposo en cuidados intensivos y habiendo estabilizado su corazón, se programó la intervención para colocarle el aparato. Nos dijeron que a las seis y media de la mañana del día siguiente se lo llevarían, pudiendo tardar entre tres y cuatro horas en el quirófano. Mariana llegó antes de esa hora para acompañarnos. Nos permitieron pasar a verlo unos minutos y lo encontramos muy nervioso. Recuerdo que lo miré fijamente a los ojos y le dije «aquí te espero», como si quisiera asegurarme de que regresaría con nosotros. Le acaricié el pelo y lo besé en los labios. El médico y el ingeniero me dijeron que nos buscarían en cuanto tuvieran alguna noticia. Entonces, vimos cómo se lo llevaban al quirófano y mi prima me encaminó hacia el restaurante del hospital para desayunar y tomar un poco de aire.
Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. Pronto nos sirvieron café con leche y una pieza de pan dulce.
—Lo vi muy tenso, está muy cansado de estar enfermo y de necesitar tantos cuidados. Durante la última consulta con el Dr. Espinosa, cuando le terminó de explicar los cambios en los medicamentos, la actividad física, alimentación y más, Paco le dijo: «me estás pidiendo que deje de vivir para que pueda vivir». Entonces el doctor y yo guardamos silencio, es evidente que está harto de las restricciones —comenté.
—Es lógico que se sienta así. Siempre ha sido un hombre que ha practicado mucho deporte, le gusta cargar cosas pesadas. No se me olvida que, cuando viajamos a Playa del Carmen, nos ayudaba a todos con el equipaje, con una mano levantaba a Ángela y con la otra por lo menos dos maletas —me respondió Mariana.
—Tengo tanto miedo. Llevo nueve años preocupada por su salud, muy angustiada, pues me doy cuenta de que se ha ido mermando poco a poco pese a los esfuerzos que él ha hecho y a los que hacemos juntos. Me aterra que algo le pase y quedarme sola con nuestros hijos. Este es un temor que se ha vuelto una pesadilla para mí, a veces no me deja respirar.
—Te entiendo y, si intento ponerme en tu lugar, yo me sentiría igual, Ana. Ten confianza de que lo que le están haciendo ahora le permitirá tener calidad de vida y les dará paz a los dos. Recuerda que siempre estaremos juntas. En las buenas, en las malas y en las mejores no vas a estar sola.
—Por más que he trabajado con este gran miedo, parece que es un monstruo que me traga entera. Es tan poderoso que me hace desaparecer y convertirme en nada.
Las lágrimas me empezaron a escurrir por las mejillas sin parar. Por momentos sentía que no podía respirar y tenía dificultad para hacer que el aire llegara a mis pulmones. Mariana me tomaba de la mano. Con todo su cariño sostenía el silencio y me acompañaba, aceptando lo doloroso que era para mí.
Dos horas y media después, el médico entró al restaurante y se acercó a nuestra mesa. Tenía una sonrisa en el rostro, lo que me hizo saber que el procedimiento había salido bien. Y así fue. Paco estaba en la sala de recuperación y posteriormente iría a una habitación en terapia intermedia. ¡Era una excelente noticia! Fuimos a la oficina de admisión para que nos asignaran un cuarto y, ya ahí, nos sentamos a esperarlo. Cuando llegó, venía despierto y muy sonriente. Estaba contento porque sabía todas las ventajas que tendría con el resincronizador. ¡Los tres nos sentíamos alegres, de fiesta!
Mientras tanto, mi hermana, Dulce, seguía en el otro hospital pendiente de mi mamá. Paula se había trasladado allá para estar con su tía y acordamos vernos ahí por la tarde. Un poco antes de las cinco, Pau llamó para decirme que no fuera a ver a mi madre. Con la voz entrecortada, me explicó que había visto a su abuela en el horario permitido y que no la reconocía, parecía que sus ojos la atravesaban y no le contestaba.
—Mamá, mi abuela ya no reconoce a nadie, no entiende lo que le decimos. Solamente imita los movimientos que ejecuta la persona que se para frente a ella. Es muy triste verla así.
—¿Les ha dicho algo el neurólogo?
—Hasta ahora no nos han informado nada, pero yo la veo muy mal. La expresión de su cara es completamente distinta a la que tenía. Me siento muy mal, me voy a regresar a la casa con mis hermanos, no me siento con la fuerza necesaria para ir al hospital a ver a papá. ¿Cómo está?
—Todo salió muy bien y él está contento. Vete tranquila a la casa y más tarde hablaré con tu tía Dulce.
Cuando colgamos el teléfono, sentí una mezcla de emociones muy intensa. Por un lado, estaba feliz de ver bien a Paco y con una nueva herramienta que lo ayudaría a vivir mejor, y por el otro, me dolía en el alma saber que mi mamá estaba en una condición que cada día se agravaba más.
La siguiente semana seguí entre ambos hospitales, haciendo un esfuerzo para conservar la calma y la fortaleza. Finalmente, a mi esposo le dieron de alta y un viernes a mediodía pudimos regresar a la casa. Ángela y Manuel habían preparado unas cartulinas en las que escribieron: «Bienvenido a casa. Te queremos. Estamos felices de tenerte aquí». Al ver a su padre, los dos corrieron para abrazarlo y le gritaron a Pau para avisarle que ya estábamos ahí. Nuestro Paco estaba encantado con los abrazos, besos y mensajes, siempre se sentía feliz cerca de sus hijos.
Un poco después de la comida, Paqui llegó a ver a su papá. Le llevaba fruta que había comprado esa mañana y estaba encantado de poder sentarse a conversar con él. Yo aproveché que Paco estaba acompañado y me fui a ver a mi mamá.
En el hospital estaban la tía Mary y mi hermana. Unos minutos antes de que yo llegara, el neurólogo y el internista les dijeron que todo indicaba que mi madre tenía encefalitis límbica, una enfermedad muy poco común y peligrosa. Me explicaron que su organismo estaba luchando en contra de su propio cerebro, lo que implicaba que sus funciones se iban apagando minuto a minuto. El pronóstico era terrible: si lograba superar la gravedad, tendría secuelas muy importantes. Seguramente necesitaría una enfermera las veinticuatro horas del día, alimentación a través de una sonda directa al estómago y utilizar pañales, entre otras cosas. El impacto de la noticia era tal que las tres guardamos silencio. No había nada que decir. La pena nos calaba los huesos y el llanto fluía en abundancia. Así pasamos un buen rato, enmudecidas, tratando de respirar y de asimilar lo que le estaba pasando.
Decidí llamar a la casa para asegurarme de que Paco y nuestros hijos estuvieran bien. Paqui contestó el teléfono y me dijo que su papá estaba dormido y que él estaba viendo la televisión con sus hermanos. Le comenté brevemente lo que estaba pasando con mi mamá y me ofreció quedarse en la casa hasta que regresara. Eso me hizo sentir tranquila y decidí esperar en el hospital hasta que dieran las siete de la noche. Cuando llegó el momento, una señorita iba diciendo los nombres de los pacientes para que los familiares nos acercáramos e hiciéramos una fila para entrar en terapia intensiva. Dulce y mi tía Mary me permitieron pasar primero, pues yo tenía dos días sin ver a mi mami.
Un joven muy amable nos iba entregando a cada una de las visitas una bata y un cubrebocas para poder entrar, luego nos lavamos las manos y cada persona caminó hasta el cubículo en donde se encontraba su familiar. Mientras me movía hacia donde estaba mi ma, sentía muy acelerados los latidos del corazón y me sudaban las manos. Por un lado, quería verla, besarla, abrazarla, pero también tenía miedo y un dolor profundo. Cuando estuve parada frente a ella, la vi pequeña. En pocos días su cuerpo se había encogido y había perdido mucho peso. Al acercarme, le tomé la mano y después me estiré para poder besarle la mejilla. El barandal de la cama no me permitía tomarla entre los brazos, entonces, una enfermera se acercó y le pregunté si podía bajarlo, me contestó que sí y lo hizo. Recosté la cabeza sobre su pecho y puse las manos sobre sus hombros. Con el cubrebocas empapado por las lágrimas, le agradecí en silencio su amor, sus cuidados, su compañía, su trabajo, su cercanía y por la vida misma. Susurrando, le dije cuánto la quería y lo doloroso que era verla en esas condiciones. Le pedí que descansara tranquila y que emprendiera el vuelo. Me costó muchísimo trabajo, pero me era más difícil y lastimoso imaginarla tumbada en una cama por años. Una y otra vez volvía a recostarme sobre ella y le acariciaba las mejillas. Ella no se movió en ningún momento, pero yo sabía que estábamos ahí juntas y con el alma muy cerca.
Las enfermeras sabían que mi madre se encontraba muy grave, por lo que, cuando el horario de visita terminó, no me dijeron nada, ni siquiera me di cuenta de que las visitas de los demás pacientes ya habían salido de la sala. Cuando miré el reloj vi que eran las ocho de la noche. Entonces le besé la frente y me despedí. Al salir, me encontré a mi hermana, quien me estaba esperando. Nos abrazamos muy fuerte y lloramos juntas. Luego me dijo que Ángela me había llamado para preguntar por su abuela Paty, que no le había comentado nada sobre el diagnóstico pues prefería que yo lo hiciera cuando estuviera con ella. En ese momento sentí mucho cansancio, había sido un día muy pesado y cargado de emociones.
Cuando regresé a casa, me encontré a Paqui y a Manuel preparando la cena. Paco, Paula y Ángela estaban en el cuarto de televisión, él veía un juego de baseball y las chicas estaban metidas en sus teléfonos, jugando y chateando con sus amigos. La cocina y el cuarto de tele estaban unidos, por lo que todos escucharon cuando Paco me preguntó:
—¿Cómo sigue Paty?
—Está muy grave —le contesté mientras todos los chicos se acercaban.
—¿Qué ha pasado?
—Aún no llegan los resultados de las pruebas, pero su cuerpo lucha en contra de su cerebro. Aún si esto se logra detener, las secuelas serán muy serias.
—¿Se puede morir? —preguntó Manuel.
—Sí, mi amor, es probable que eso suceda —le contesté, tratando de inhalar aire profundamente.
Paco se levantó del sillón y se acercó para abrazarme. El silencio se volvió denso y nos aplastó a todos. Afortunadamente, Paqui estaba ahí y nos invitó a sentarnos a cenar, eso fue un respiro para todos. Mientras comíamos las quesadillas, ninguno volvió a tocar el tema de la abuela, pues era necesario dejar que la nueva información se asentara en el corazón de cada uno de nosotros.
Los siguientes días, otra vez estuve entre la casa y el hospital. El martes por la noche, mi hermana me llamó para decirme que mi mami estaba muy cerca de morir. Tratando de estar tranquila, le dije a Paco que quería ir a verla y me contestó que me acompañaría. Yo me negué, pero no hubo manera de convencerlo. Entonces se vistió, les avisamos a los chicos que nos íbamos y en menos de quince minutos llegamos allá.
Al entrar a la sala me encontré a Dulce, a mi tía Mary y a dos amigas de mi mamá, todas sumidas en llanto, pues ella acababa de morir. Mi esposo se puso muy pálido y le pedí que se sentara, luego fui por un algodón con alcohol a la central de enfermeras y me puse en cuclillas junto a él para cerciorarme de que estaba bien. Le pasaba el algodón por la frente y el cuello hasta que me dijo que ya se encontraba mucho mejor. Una hora después, nos permitieron pasar a verla. Ahí estaba, cubierta con una sábana y con un gesto plácido y relajado. Mi preocupación por el estado de salud de Paco hizo que mi dolor por el fallecimiento de mi madre se anestesiara. Esa noche no pude derramar ni una sola lágrima, solamente quería regresar a la casa para que él descansara y para hablar con nuestros hijos.
Ángela, Paula y Manuel se pusieron muy tristes con la noticia. Apenas un mes antes la abuela Paty había llegado de visita para estar con todos nosotros y ahora teníamos que decirle adiós.
La mañana siguiente, después de desayunar, nos trasladamos a la funeraria. Había mucha gente, familiares, amigos y compañeros de trabajo. Uno a uno, se acercaban para saludarnos y darnos el pésame. Paco permaneció sentado, casi todos me decían que lo veían muy pálido y me sugerían que mejor se regresara a casa. Yo me sentía muy abrumada, pues él no quería dejarme sola y me daba terror que le pudiera pasar algo.
Varias veces mi tía Mary me dijo que era necesario que llorara la pena de perder a mi mamá, sin embargo, no pude hacerlo. Estaba atrapada entre el dolor y la angustia por la salud de mi marido. Por la tarde, cuando regresamos a casa, lo único que quería era que Paco se acostara y descansara, pues al día siguiente iríamos a la cremación. Mientras él dormía, yo no paré de arreglar los cajones con mi ropa para calmar la ansiedad que sentía. Luego estuve un largo rato con mis hijos y cada uno empezó a contar lo que sentía. En el estado en el que yo me encontraba, me costó trabajo contenerlos, pero los acompañé como pude. Luego, cenamos los cinco y por la noche me tumbé en la cama, no quería pensar ni sentir. Al día siguiente, nos despedimos por última vez de mi mamá. Horas más tarde, cuando nos entregaron las cenizas, mi hermana y yo acordamos que ella se las llevaría a su casa y luego las tendríamos nosotros, hasta que pudiéramos llevarlas al mar, como era el deseo de mi ma.
Después de un mes tan complicado, pasé dos semanas exhausta. Sin embargo, no lo podía expresar, pues la recuperación de Paco seguía su curso y para mí era muy importante ayudarlo y que se sintiera tranquilo. Durante mucho tiempo no pude llorar, muchas veces sentía un nudo en la garganta y un dolor en el pecho, pero mis lágrimas se secaron. Así pasaron más meses, en los que seguí somatizando lo que guardé en mi corazón. Tenía migrañas y me deprimí. Mi prima Mariana siempre estaba pendiente de mí y, al saberme deprimida, me sugirió que buscara ayuda, y así lo hice.
Me sigue sorprendiendo que lográramos superar esos días tan complicados. Puedo ver con claridad la fuerza de Ángela y de Paula, el amor incondicional que nos teníamos con Paco, la solidaridad de nuestros compadres Raúl y Lola, así como la invaluable compañía y amor de mi tía Mary y de mi prima Mariana, quienes siempre estuvieron presentes. Recuerdo conmovida el acercamiento tan profundo y amoroso que tuvimos con mi hermana Dulce en esos momentos, lo sigo agradeciendo.
Ahora ya no me siento culpable por haber sido frágil aquella noche en la que se enfermaron Paco y mi mamá. En aquel entonces, yo quería resolverlo todo y en muchas ocasiones terminaba cansada, a veces molesta y hasta enferma. Hoy reconozco mi fragilidad y me atrevo a pedir ayuda cuando la necesito, esto me ha permitido aprender a recibir el apoyo de otros, a detenerme a tomar un respiro, a dimensionar los problemas, a recuperar la energía y a sentirme abrazada por los demás.
También puedo reconocer mi fortaleza. Tanto en aquellos días que viví entre un hospital y otro como en el presente, en el que, a pesar de las vicisitudes, encuentro la forma de levantarme y seguir adelante. Esto se ha convertido en un reto para mí. A veces tengo temor, pero sé que no estoy sola. Aún a la distancia, cuento con seres queridos en México, los amigos de años, los nuevos, pero sobretodo con mis tres hijos, quienes están tan comprometidos con nuestra familia y conmigo como lo estoy yo con ellos.
A diferencia de cuando murió mi mamá, hoy le doy espacio a las emociones. Me doy la oportunidad de sentir tristeza, nostalgia, compasión o alegría, entre muchas otras, aún en medio de los momentos dolorosos. Lo anterior me permite soltar y andar más liviana, cuidar de mi cuerpo, de mi salud y dejar de estar contenida y con tensión por lo que me aflige.
Paula, Ángela y Manuel son mi motor y quiero mostrarles, con mi actitud, lo que estoy segura que les servirá para toda la vida.
¡Vamos adelante!
Capítulo 02.
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