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De libres y tiranos ofrece un hondo diagnóstico de la profunda crisis civilizatoria que atraviesan las sociedades occidentales del siglo XXI. Lejos de todo catastrofismo, ayuda a comprender el presente y a afrontar los desafíos de la globalización y el capitalismo tecnológico. Los autores alertan sobre los riesgos de la perversión del poder y la obediencia, más aún si se sacrifica la libertad mediante la cohesión forzada y la falta de cultura. En su parte final hace una llamada urgente a la conciencia y al compromiso individual. Su mensaje es claro: el cambio es inevitable, pero la inacción es inaceptable. Invita así a eludir el "ilusionismo virtual" y a recuperar la cultura, el libre albedrío y la responsabilidad.
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Seitenzahl: 446
Veröffentlichungsjahr: 2025
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MANUEL DE MIGUEL JOSÉ IGNACIO RUIZ
DE LIBRES Y TIRANOS
Felicidad y democracia en la posmodernidad
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2025 byManuel de Miguel y José Ignacio Ruiz
© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7202-1
ISBN (edición digital): 978-84-321-7203-8
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7204-5
ISNI: 0000 0001 0725 313X
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Para María y Nacho.
Prólogo. Un nuevo ciclo histórico
Introducción. Una visión holística y realista
I. Los engranajes de la historia y las crisis estructurales
II. Pesimismo u optimismo
PRIMERA PARTE. ¿CÓMO HEMOS LLEGADO AL FINAL DE LA MODERNIDAD?
I. Dinámicas sociopolíticas e ideologías
I. Los orígenes del pensamiento sociopolítico
II. Feudalismo en la Alta Edad Media
III. La Baja Edad Media. Del colapso al resurgir
IV. El inicio de la Edad Moderna
V. Del absolutismo al parlamentarismo. ¿Los pilares de la libertad?
VI. Nacionalismo
VII. Liberalismo
VIII. Socialismo
II. Pensamiento y sistemas político-económicos
I. Lecciones básicas
II. La producción y la importancia del comercio. Mercantilismo, proteccionismo y liberalismo
III. Intervencionismo y capitalismo financiero
III. Evolución sociológica
I. Paz, progreso y capitalismo de estado
II. El fin de la modernidad
SEGUNDA PARTE. EL INCONSCIENTE CAMINO HACIA LA DISTOPÍA
IV. Los desafíos actuales
I. Nuevos conflictos civilizatorios
II. La globalización frente al Estado Nación
III. Transformación y capitalismo tecnológico
IV. Retos socioeconómicos
V. Otros desafíos
V. Marcos políticos, económicos y culturales enfermos
I. La crisis de las democracias liberales
II. Los límites del capitalismo de estado
III. Ignorancia, esclavitud y utilitarismo
IV. Creación de opinión, inconsciencia y grupos informales de poder
VI. LA POSIBLE REALIDAD DE LOS CIUDADANOS
I. Salarios netos
II. Servicios y seguridad
III. La escalera social y la meritocracia
IV. Placer o felicidad
V. Participación en la gestión sociopolítica
TERCERA PARTE.: ¿HACIA DÓNDE VA LA SOCIEDAD?
VII. ¿Qué caracteriza a la época posmoderna?
I. La perversión que sostiene el despotismo posmoderno
II. Capitalismo de estado, despotismo, igualitarismo y dionisismo
VIII. Gestión del cambio
I. Intercambios entre los ciudadanos y las oligarquías
II. Perfeccionamiento del sistema y procesos constituyentes
III. La UE. Una alternativa confederal
IV. Capitalismo consciente o humanista
V. La verdadera transformación. Cultura, libre albedrío y responsabilidad
Epílogo. El cambio es inevitable, pero la inacción es inaceptable
Agradecimientos
Bibliografía
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Índice
Comenzar a leer
Agradecimientos
Bibliografía
Notas
«Todo se ha dicho antes, pero como nadie estaba escuchando, tenemos que volver y empezar de nuevo».
André Gide
Parecería que el inicio del siglo xxi sorprendió al mundo con la súbita erupción de un volcán, en forma de crisis financiera, que destruyó las fuentes de sustento de millones de personas y la confianza en un sistema que dejaba de procurar, a las viejas y a las nuevas generaciones de los países afectados, una mejora de su calidad de vida. Aquel acontecimiento puso de manifiesto diversos problemas, que son comunes en los países occidentales, aunque de distinta intensidad en cada caso. Desde entonces, la incertidumbre afecta a la vitalidad de parte de la sociedad. Las cenizas de aquel estallido enturbian el horizonte y nos envuelven en una niebla que dificulta la orientación de muchos, hasta el punto de inmovilizarlos.
Las percepciones que tenemos de los desafíos que nos afectan forman parte de muchas conversaciones sociales y familiares. De esos sesudos debates no escapan los asuntos socioeconómicos, políticos, identitarios, culturales o religiosos. Sin embargo, ante la dificultad de abarcar la complejidad de sus interrelaciones, las charlas se establecen de forma superficial y deslavazada, alimentando de esa forma la inquietud y el desasosiego que finalmente se manifiesta en forma de crispación, frustración, impotencia, desilusión o desidia. En esas bien llamadas tertulias solemos debatir menos acerca de los problemas de fondo y más de las consecuencias que apreciamos en la superficie:
Desigualdad socioeconómica. Sin duda, percibimos el deterioro de la calidad de vida media, el incremento de las desigualdades y de los trabajos precarios en todo tipo de industrias. Pero no alcanzamos un consenso sobre sus causas —la globalización, la macroeconomía, la competitividad personal y empresarial, etc.—, a la par que evitamos los cambios que mejorarían el buen funcionamiento de la economía porque sufrimos adicción a algunos vicios (el Estado proveedor).
La erosión de las instituciones y del poder político. Frente a los problemas socioeconómicos, confiábamos en que el poder político asumiera la responsabilidad de tratar los problemas fundamentales mediante legislaciones adecuadas, ejerciendo la acción de organizar la sociedad, pero siendo respetuoso con ella, dejándole el máximo margen de autonomía y propiedad. Sin embargo, intuimos que el poder político tiene más voluntad de apropiarse del Estado que de servir a los ciudadanos o de abordar los problemas de forma consensuada.
Además, la falta de respuestas apropiadas provocó la aparición de movimientos sociales y políticos que, aunque bienvenidos por los más desorientados, se han mostrado como una fuente de radicalización y de conflictos.
La erosión del principio de la separación de poderes ha desacreditado y socavado la independencia de las instituciones y se ha convertido en uno de los mecanismos de perpetuación de un sistema controlado por una clase política inadecuada. Muchos perciben en ella sobredosis de poder, incompetencia para llevar a cabo sus funciones y arrogancia para intervenir en asuntos que no les conciernen, bien por ser marginales o por tratarse de libertades individuales. Así, el poder del Estado resulta invasivo y dañino.
Despotismo y poca vertebración social. Ante problemas profundos, la sociedad civil1 debería guiar, sostener y también frenar al poder político, pero en realidad es débil a la hora de expresarse e influir en la vida política. Para regenerar un país, para que se desarrolle fuerte y saludablemente, parece importante contar con una red social intermedia dinámica, desarrollada, autónoma y libre. Sin embargo, la escasa participación civil ha originado una inquietante falta de criterio y un bajo nivel de exigencia, con el consiguiente sometimiento al despotismo de los partidos políticos.
Cambio cultural y de valores. También se observa un vacío moral, que se ha impuesto subrepticiamente y cuyo resultado no es otro que una sociedad expuesta a las peores formas de tiranía, alejada del espíritu de servicio y amor al prójimo, del respeto a la realidad, a la naturaleza, a las instituciones y cercana al desacuerdo permanente. Es esa carencia de criterio y de valores lo que propicia la confrontación y la falta de concordia, que los líderes propagan mediante el populismo, la manipulación y la uniformidad.
Vitalidad y radicalidad. Daniel Innerarity explicaba en La sociedad invisible que, dentro de un entorno previsible, los conflictos y diferencias entre generaciones se deben en mayor medida a las expectativas del desarrollo personal de los jóvenes frente a sus padres. Hoy, sin embargo, las nuevas progenies tienen el doble reto de plantearse su futuro vital y de hacerlo en un entorno desconocido e inestable, en el que impera la sensación de decadencia y pesimismo y no pocos problemas sociológicos y psicológicos.
El desasosiego de la Unión Europea2. Esas contrariedades esconden problemas incubados durante décadas, e incluso siglos, y difíciles de abarcar por su complejidad. Su análisis no supone solo un desasosiego para los ciudadanos de a pie. Desde su encumbrada posición, la Comisión Europea expuso hace poco las nubes que, en su opinión, se ciernen sobre el futuro, y también sus dudas sobre cómo hacer un buen diagnóstico y proponer soluciones. La Unión ha manifestado por escrito su preocupación como «la necesidad de proteger y reformar las democracias liberales, de revigorizar sus instituciones a partir de la fortaleza de la ley, de empoderar a sus ciudadanos más activos para fomentar la participación social en la política, sin olvidar los riesgos del incremento de las desigualdades o de la ausencia de estrategias holísticas de crecimiento inclusivo»; y manifestó «la necesidad de movilizar equipos multidisciplinares de ciencias sociales y humanas para entender los fundamentos históricos y filosóficos de la transformación contemporánea de la sociedad, la economía, la política y la cultura, así como para realizar propuestas políticas».
Lógicamente, la Comisión concretó las preocupaciones que esas investigaciones debían abarcar: la erosión en los estándares de vida durante las últimas décadas y su efecto sobre el desencanto hacia los partidos, parlamentos y gobiernos; las nuevas fuerzas y discursos más radicales; la relación entre política, economía y cultura; la sobrerrepresentación de los votantes con actitudes más extremas; las diferentes causas de la desigualdad; el efecto de la digitalización, de la concentración empresarial de medios, del alejamiento de los códigos éticos en ese sector y del débil comportamiento de los periodistas sobre los discursos, la participación democrática, la libertad, la seguridad, los valores o la confidencialidad; la necesidad de mejorar la interrelación entre los movimientos sociales y las instituciones tradicionales; las redes sociales, sus beneficios para fomentar los debates y sus riesgos de manipulación política; la conciencia de la transición psicológica derivada de la globalización, de la digitalización, de los cambios laborales, del envejecimiento o de los cambios de los roles familiares; sin olvidar la necesidad de impulsar el emprendimiento y la asunción de riesgos. Todos esos temas serán tratados en este libro.
En las tertulias de amigos, con distintas inclinaciones y perspectivas, dedicamos horas a arreglar el mundo para terminar concluyendo con la triste gracia de que «…nos vamos a extinguir…». Lejos de ser un chiste, la verdad es que se han extinguido muchas civilizaciones y que la broma refleja un extendido sentimiento de decadencia.
De la misma forma que un terremoto es la manifestación de una energía generada por el rozamiento de placas tectónicas y capaz de modificar la fisonomía del entorno, hoy se están moviendo las placas que en otros períodos fueron capaces de iniciar por sí mismas cambios estructurales —innovación, movimientos poblacionales o adaptaciones político-económicas—. Y lo están haciendo bajo las características propias de nuestro tiempo, con extrema velocidad y globalidad.
Se observa que la civilización occidental atraviesa un hondo proceso de transición hacia la posmodernidad que merece ser analizado desde sus orígenes, y no solo desde los problemas percibidos. Ese cambio de ciclo acarrea, como en otras épocas, movimientos políticos tendentes a equilibrar su influencia económica, propugna nuevos modelos socioeconómicos y somete también a debate algunos de los valores y posos culturales de la civilización occidental, ya extendidos por buena parte del globo terráqueo. Así, no resultará grandilocuente hablar de crisis civilizatoria, de variaciones en nuestra cosmovisión, de la necesidad de revisar el propio marco o de relacionarse con otras civilizaciones. El proceso de cambio es imparable, profundo, complejo y de tal relevancia que nos somete al riesgo de una realidad distópica.
La utopía, la esperanza que debe guiar la actual transformación, sería la de un mundo virtuoso en su marco institucional (en el que el ejercicio del poder con fines elevados se hace por personas capaces y con criterios morales, dentro de un marco distribuido y transparente); un mundo global y tecnológicamente eficiente, que ofrezca a los ciudadanos calidad de vida y seguridad (paz, recursos económicos y salud personal y medioambiental); y con una base cultural y moral que permita a su población ser feliz en el ejercicio de sus vocaciones.
Frente a esa utopía, Aldous Huxley imaginó en Un mundo feliz3 una agradable distopía que sustituye la libertad por un grado de cohesión forzada mediante el adoctrinamiento y la reducción de la diversidad (identidad común, gustos orientados, uso de alucinógenos, etc.). Un escenario perfectamente factible si el discurrir de los acontecimientos alcanza la servidumbre de la falta de cultura.
Al camino anterior se añadiría el aislamiento individual y el exceso de control regulatorio y tecnológico, sustentado por el despotismo del sistema político. La peor de las distopías nos situaría en un mundo de esclavos intelectuales, “no placentero”, con un retroceso de la moral y de la calidad de vida y una consolidación de las clases sociales pasivas. A la vista de ello, en lugar de llenarnos los oídos con las glorias del pasado, resulta más conveniente plantearse qué caracteriza hoy a la civilización occidental y qué impulso regenerador necesita.
A los humildes ciudadanos nos afecta todo lo relacionado con la sociedad: su motor vital, la calidad de vida, la prosperidad de las personas, su pasado, presente y futuro, sus lenguas y su cultura; pero las ramas no dejan ver el bosque. Sin una comprensión profunda de la realidad, la adaptación a los cambios esperados se nos presenta de forma traumática. La dificultad para abarcar semejante complejidad no facilita ni la gestión de las expectativas personales ni la revisión de nuestros niveles de civismo, compromiso, responsabilidad y solidaridad.
Peor aún, la angustia, el desconcierto y el miedo han dado lugar a distintos movimientos que proponen medidas sobre las preocupaciones más llamativas, pero que son solo la punta del iceberg de las cuestiones de fondo. Unos se presentan bajo el paraguas de la sociedad civil, como foros de opinión. Otros resucitan movimientos populistas esgrimiendo propuestas a menudo oportunistas. Sin embargo, no ofrecen respuestas a las causas fundamentales de esta crisis, ni desenmascaran a los verdaderos enemigos de la calidad de vida y de la felicidad, ni proponen reformas de calado. En la mayor parte de las ocasiones solo generan debates sobre cuestiones sobrevenidas, alejando el foco de lo primordial. De hecho, los movimientos políticos —en especial los populistas y los neonacionalistas— no tienen interés en explicar con afán sincero y constructivo la realidad económica, política o cultural, su origen y sus consecuencias. No suelen interpelarnos con claridad ni estimular en nosotros la necesidad de cambiar. Al contrario, nos adormecen, hasta que quedan desdibujadas las causas y consecuencias de lo que está aconteciendo y a quién beneficia.
Nuestra intención es ayudar a comprender los desafíos posmodernos: la globalización y la globalidad en términos geoeconómicos, geopolíticos y civilizatorios; los efectos de la innovación en el control del comportamiento social y en la organización socioeconómica resultante de la existencia de grupos sociales improductivos; la reconfiguración de los sistemas políticos y de las democracias liberales occidentales; las motivaciones de los individuos en el ejercicio del poder y en la defensa del statu quo; el desencuentro entre el Estado y el ciudadano libre; la recuperación del equilibro entre comunidad e individuo y entre el materialismo y la espiritualidad.
Para ello resultará conveniente facilitar la comprensión de las dinámicas que rigen la evolución, describiendo la historia como un proyecto vivo y en construcción permanente; diseccionar de forma descarnada la realidad del entramado institucional para avanzar en su defensa y mejora; despertar, para evitar ser engañados y tomar conciencia de que una crisis es el resultado de quedar atrapados en el tiempo, sin músculo ni ideas para afrontar los cambios necesarios; delimitar qué principios propician el éxito en esas travesías por el desierto de las crisis; y animar a la acción.
En cualquier caso, las pretensiones son más divulgativas que de investigación, más sintéticas que analíticas, más pragmáticas que moralistas y, desde luego, más realistas que catastrofistas, a la hora de explorar oportunidades y animar a una acción positiva. Sin embargo, para comprender mejor la realidad hay que llamar a las cosas por su nombre, aunque eso pueda transmitir cierta sensación de negatividad. Desde luego, ese no es nuestro deseo, por lo que trataremos también de desentrañar por qué se impone ese sentimiento de decadencia frente a la positividad, bajo cuya luz hay que leer este texto.
Animar a la acción positiva ante los cambios puede parecer una ingenuidad. Tomar conciencia de los engaños puede ser tan desalentador como irritante es intentar hacer reformas cuando el entramado institucional supone un freno. También resulta exasperante si se intenta desde el plano del individuo, que por sí solo no podrá jamás afrontar tareas de semejante calado. Por el contrario, la parálisis, el miedo a cambiar, la defensa de las zonas de confort es solo una forma de retrasar e incrementar los problemas. Es más, si la sociedad posmoderna se rinde al inaceptable pesimismo y a la inacción, quedará sometida.
La historia nos muestra ejemplos en los que los cambios se producen, a pesar de las dificultades. La cruda realidad es compatible con la positividad de creer que las cosas cambian si “alguien” las transforma. Por eso, se necesita recobrar la conciencia de la esclavitud que padecemos a través de la ignorancia, y que mantiene los privilegios de algunos señores de la política. Mucho antes que la transformación del entramado político se necesita: extender el conocimiento que potencia el interés por la verdad y por el ejercicio del libre albedrío; asumir nuestras responsabilidades, servir y participar en la vida social; e incrementar el nivel de exigencia hacia nosotros mismos y hacia todos los gestores políticos y económicos.
Lo cierto es que nada ocurrirá si cada uno de nosotros no hace los esfuerzos necesarios por humanizarse, participar y transcender. No hay cambio más grande que procurarlo en nosotros mismos y entre los más cercanos, nuestra familia y amigos.
«Si no lo puedes explicar de forma sencilla, es que no lo has entendido bien».
Albert Einstein
Aprender de la historia es el mejor camino para comprender cómo hemos llegado aquí, cuánto hemos evolucionado y qué podemos esperar en un futuro cercano. ¿Cómo se relacionan la economía, la política, las estructuras sociales y la cultura? ¿Cuál es la fuente de energía que todo lo mueve? ¿Qué papel juega el pueblo llano? ¿Cómo las minorías creadoras ejercen el poder y construyen la cohesión social para encauzar esa energía? ¿Cuáles son los límites de la innovación? ¿Para qué distribuir el poder y el conocimiento? ¿Es lógico vilipendiar la universalización o el capitalismo? También parece necesario comprender las características de las crisis estructurales, sus disparadores y los mecanismos de intercambio de potestades entre oligarquías y ciudadanos.
La historia se explica habitualmente siguiendo una evolución temática (arte, religión…), de forma cronológica, o bien, relacionando todos esos aspectos alrededor de un punto estático. Sin embargo, la forma en que se comporta es algo diferente. Se puede plasmar imaginando las ruedas dentadas de un reloj, cuyos movimientos se transmiten, a través de distintos engranajes y cadencias, a los segundos, minutos, horas o días. Un primer grupo de engranajes lo formarían factores como la innovación o los cambios climáticos o poblacionales. Estos afectarían sucesiva y recíprocamente a las ruedas económica y política, a la social y a la cultural; en definitiva, a la forma en que organizamos nuestras sociedades. Lo cierto es que las cosas cambian, y la realidad se modifica de forma imparable. Los movimientos en la primera rueda afectan sucesivamente al resto, como vasos comunicantes, aunque nunca de forma lineal. En sentido inverso, la organización política determina en gran medida los movimientos de los otros engranajes, hasta el punto de que cada etapa tiene su propia circularidad.
La cultura y la cosmovisión son el poso de lo que empezó a suceder siglos antes, y no se puede entender sin aquellos sucesos. Por supuesto, no son lodos inocuos. En ocasiones ofrecen resistencia al movimiento de los engranajes.
El espíritu antropológico. Durante la mención de los engranajes no citamos de los seres humanos, a los que hay que ubicar en su centro, como el núcleo que mueve las ruedas. Su combustible es la voluntad de superarse, la actitud de servicio o el simple aprecio por el trabajo bien hecho.
Desde luego, no tenemos ese espíritu en el mismo grado, los mismos talentos, la misma vocación, ni los mismos defectos e imperfecciones. Somos diferentes, cada uno trata de alcanzar sus ideales o prioridades1 y aprovechar las oportunidades con distintos niveles de virtuosa o viciosa ambición e involucración social. Afortunadamente, en esa diversidad radica la riqueza de nuestra energía social, resultado de complementarnos unos a otros.
Transformación de la energía. De la misma forma que las energías verdes son muy distintas de las fósiles en cuanto a sus impactos y sostenibilidad, la energía que los seres humanos generamos se transforma en un combustible más o menos eficiente en función de la cosmovisión y comportamiento social de cada momento histórico —la concepción de los valores, de las libertades o de la esclavitud, de la iniciativa, la creatividad, la responsabilidad, etc.—.
Los seres humanos son tanto individuos como parte de una sociedad, y también son en parte materiales y en parte trascendentes. El concepto del Ying y el Yang2 resulta útil para describir la energía potencial que genera el equilibrio entre esos polos y el efecto perturbador de su descompensación. Pero es aún más útil la idea de potenciar las capacidades del individuo para ponerlas al servicio de la sociedad, y la de ascender desde el ámbito material al transcendente. Tendremos la ocasión de contemplar cómo se ha movido el péndulo y de plantearnos si la civilización occidental quedó excesivamente inclinada hacia el individualismo y el materialismo, si la posmodernidad ha incidido en el aislamiento o si el péndulo va a iniciar un retorno hacia el punto de equilibrio.
La incontenibilidad de la innovación. La innovación y los cambios en el clima y en la población animan el movimiento de los engranajes y de los cambios a lo largo de la historia. Dedicar unos párrafos a la innovación puede parecer un ejercicio superfluo, pero resultará útil tener presentes algunas referencias para apreciar su profunda influencia en la organización social.
Con “grandes innovaciones” nos referimos a aquellas que son capaces de generar movimientos en las ruedas económica, política o social, y transformar las características estructurales del sistema. Su atributo diferencial es la incontenibilidad, producto de una fuerza imperceptible. Si la fuerza del viento, de los miles de millones de partículas del aire, tiene la capacidad de generar olas y mover veleros; en el caso de la innovación esas partículas son la iniciativa individual orientada a resolver problemas básicos, a mejorar situaciones personales o grupales, a responder a la curiosidad o a la necesidad de saber, más allá de la escala temporal humana. La atomización de esos intereses y beneficios particulares hace que sean inapreciables, que no esté sometida a un liderazgo concreto ni sea controlable desde las instituciones, hasta que sus consecuencias se hacen plenamente presentes. Por eso la descomunal energía de las olas3 de la innovación no es canalizable, y de ahí su poder de transformación, al igual que las marítimas son capaces de modificar el perfil de las costas.
Sin embargo, de la misma manera que el estado del mar es predecible a partir del viento4, también en cierta medida lo es el resultado de la innovación. Lo cierto es que siempre hay ventajas, pero también riesgos, que en algunos casos pueden ser dramáticos (genética, inteligencia artificial, contaminación…). Por tanto, es sorprendente que en ocasiones no prestemos atención a por dónde sopla el viento, y nos dejemos llevar por él. Navegar a favor del viento y del mar es más fácil que ceñir y chocar con las olas, pero te puede llevar al ojo de un huracán5. De ahí que parte del objetivo de este trabajo esté relacionado con desvelar, entender las señales, pensar a largo plazo, valorar los posibles escenarios y sus consecuencias; y con orientar, ya que tanto frenar como conducir no resultan factibles. No se trata de creer en la posibilidad de detener algunos acontecimientos, como en ocasiones algunos políticos ilusionistas intentan transmitir con sus promesas.
Sin duda la primera gran innovación que merece este calificativo fue la domesticación de las plantas y el ganado. Un proceso que empezó con la recolección y continuó con la observación, experimentación, desarrollo y extensión de los terrenos de cultivo. Un recorrido perfeccionado a partir de la iniciativa de grupos de individuos a lo largo de generaciones, y sobre cuyos impactos en el largo plazo no existía ninguna capacidad de control o predicción. La capacidad individual para superar los retos se demostró, como ahora, tremendamente creativa. La necesidad de predecir los patrones climáticos y las inundaciones dio lugar a la primera ciencia estudiada de forma sistemática, la astronomía6, que redundó en nuevos excedentes de producción agrícola, en la creación de mercados, en la urbanización y en nuevas aplicaciones técnicas (el calendario, por ejemplo). Hechos que después de miles de años siguen planteando grandes desafíos: especialización, mercados cada vez más unificados, megaciudades, etc.7.
Este proceso sostenido de innovación tuvo una gran relevancia sobre el comportamiento económico, político y social, con consecuencias tremendamente profundas: núcleos de población sedentarios y crecientes, la organización social necesaria para coordinar más tareas, distintos códigos sociales y morales, nuevos dioses ligados a la agricultura, etc. Probablemente no haya habido cambios de mayor significación e impacto en toda la historia del hombre, al menos por el momento. Y, sin embargo, estos cambios se sucedieron de manera imperceptible, incontenible e impredecible; y nos son útiles como espejo de los tremendos procesos de cambio a los que hoy estamos sometidos; entre otros, el salto de la organización basada en el trabajo al de las sociedades pasivas.
Universalización. A la fuerza de la innovación, la humanidad ha sumado siempre la tendencia a la extensión geográfica, salvo en contadas excepciones. El desarrollo de las ciudades e imperios es un fenómeno observable en lugares geográficos y momentos distintos, pero constante en sus reglas: ejércitos que amplían sus territorios de influencia para asegurar el acceso a nuevos mercados y el mantenimiento de las rutas de suministro de energía y materias primas; apoyados en los avances técnicos —la gestión del metal y el desarrollo de instrumentos y armas desde las edades de Bronce y Hierro—. Complementariamente a la imposición de sistemas económico-políticos, a la apropiación de los recursos de otros territorios o al dominio cultural, el otro fenómeno universal es la extensión del comercio.
Ciertamente, los intercambios comerciales se han producido con total independencia de las diferencias y fueron el mejor transmisor de las prácticas y modas de consumo entre diferentes partes del globo, desde América a la India y China y viceversa, con Asia central y Oriente Medio como eje. Los gustos (seda, especies, piedras preciosas), las ideas (filosofía y religiones), el conocimiento técnico (papel, pólvora, mapas), los alimentos (café, vino, aceita, patatas, tamarindo) y las plagas se compartían. Los límites del comercio nunca han sido las fronteras, los gobernantes o el idioma —ya se usaban el mandarín en China o el latín en la región mediterránea, como hoy el inglés—. Hubo relaciones comerciales hasta donde los medios de transporte y el clima lo permitían.
Es más, la permeabilidad de las ideas a lo largo del globo y de las fronteras tuvo la virtud de permitir una línea continuista en la acumulación de conocimiento a lo largo de la historia. Son muchos los conocimientos heredados de Asia o conservados en Oriente Medio —las matemáticas avanzaron de Babilonia a la India para luego desarrollarse en Europa, los conocimientos geográficos chinos y sus mapas del mundo llegaban a Occidente a través del mundo árabe, o el saber grecorromano que se recuperó durante el Renacimiento tras ser conservado por los musulmanes durante la Edad Media—.
No es pues de extrañar que hoy en día siga siendo así, y que las modas sean globales, de la misma forma que lo son los conocimientos técnicos y la base de pensamiento científico y filosófico. La universalización ha jugado siempre un papel en el desarrollo de la humanidad y ha contribuido a la mejora de la calidad de vida media de la población mundial, en especial durante el último medio siglo8.
Capitalismo. Por otro lado, si comprendemos el capitalismo como un sistema basado en la iniciativa personal, la protección de la propiedad privada y la libertad de ordenación de los factores de producción, podríamos afirmar que, salvo en contadas excepciones, el comportamiento socioeconómico siempre se ha regido bajo esa denominación.
Por el contrario, la acepción crítica del capitalismo como un sistema de exceso de acumulación de poder económico puede resultar tendenciosa, ya que la concentración ha sido un denominador común a lo largo de la historia. La riqueza generada por los mercados y territorios ha recaído siempre en las oligarquías políticas situadas por encima de las económicas y, por supuesto, de los ciudadanos. En realidad, la defensa armada de los territorios y la protección de sus industrias no era más que la defensa de los intereses particulares de los dirigentes políticos y económicos de cualquier época. Aunque se critique, esa concentración empezó a diluirse hace muy pocos siglos, y desde entonces es decreciente.
La energía de los ciudadanos es tan poderosa como para cambiar el curso de la historia a través de las ideas, la innovación o la expansión geográfica. Pero también puede considerarse a los seres humanos como objetos, como necesaria fuerza básica de trabajo y generación de ingresos fiscales para sostener las estructuras sociopolíticas y el patrimonio de los señores. Por estas últimas razones tratan de conducirla.
Para beneficiarse de esa fuerza, el gobernante no solo debe ser capaz de estructurar a la comunidad, sino que tiene que persuadir al pueblo para que contribuya con su trabajo e impuestos, y la defienda con su vida. Necesita esclavizarlo económica o intelectualmente, fascinarlo con los réditos esperados de esa organización, someterlo si se opone, o narcotizarlo antes de que se resista. Para ello, propone una cohesión que cimente las estructuras sociales sobre las que conviven los ciudadanos semilibres.
Estas han presentado distintas formas y fundamentos a lo largo de la historia, producto de las dinámicas económico-políticas, de las creencias, ideas y aspiraciones de sus ciudadanos. En realidad, las propuestas de cohesión se ejercen, a veces, con un afán de lógica, necesaria y moral ordenación en beneficio del bien social. En otros casos, no se pretende más que mantener a un rebaño unido alrededor de una cohesión impostada, que esconde el interés de sus gobernantes en defender sus privilegios. Las ideas morales de una religión forman parte del primer grupo de motivaciones lícitas de esa ordenación. La utilización de las iglesias son parte del grupo de las ideas impostadas. La defensa armada forma parte del primer grupo, y la conquista e identificación territorial del segundo. El equilibrio entre el ser humano y la sociedad, la delegación del poder y el contrato social son parte del primer grupo; el engaño populista y la demagogia, del segundo. La felicidad transcendente, del primero, el individualismo y el placer consumista del segundo. La cultura y sus mecanismos de reflexión intelectual (filosofía, bellas artes, la obra escrita en general) del primero; las modas, el infoentretenimiento de masas, del segundo. El mantenimiento de la ley e igualdad de derechos a lo largo y ancho del globo terráqueo, del primero, y la defensa de derechos limitados por la identidad y el territorio, del segundo.
Si en algo debe ser esclarecedor este trabajo es en lo relativo a los ejercicios de estructuración y cohesión que nos llevaron hasta la modernidad y ahora dibujan la posmodernidad.
Ciudadanos o esclavos. Hablar de estructuración social abre la puerta a matizar la diferencia entre libertad y esclavitud. Los habitantes de los territorios romanos, por ejemplo, se podían clasificar en tres categorías: los que tenían la consideración de ciudadanos con derechos civiles y políticos (podían elegir y ser elegidos representantes públicos); quienes solo tenían derechos civiles; y los esclavos que carecían de ambos. En sus orígenes, estos últimos eran los perdedores de conflictos o conquistas, a los que se les perdonaba la vida para aprovechar su fuerza de trabajo. Desde entonces se han ampliado los derechos aparentes de los ciudadanos, e identificamos el fin de la esclavitud con el siglo xix.
Lejos de los clichés, hay que preguntarse cuál es la forma de entender el actual sometimiento a un yugo, y a qué grupos de personas afecta. Frente a un ciudadano libre, un esclavo o un ciudadano semilibre es alguien con limitadas capacidades de decisión y actuación. Los vasallos en la Edad Media disfrutaban de tierras en tanto las trabajasen y entregasen a sus señores porciones de la cosecha y de las ganancias, en especie y vía tasas. No podían cambiar fácilmente de señor, y eran en su mayor parte analfabetos. Los trabajadores de las grandes ciudades envueltas en la transformación industrial del siglo xix no tenían muchos más derechos que los vasallos de la Edad Media, y puede que sus jornadas laborales fuesen, si cabe, peores. Frente a los anteriores, el trabajador medio de un Estado Nación desarrollado ha mejorado muy significativamente su calidad de vida y sus derechos. Aun así, tiene como señor a un Estado del que es difícil liberarse, para someterse en todo caso a otro Estado Nación, y ante los que ve recortadas sus libertades (de información, opinión, participación, etc.). En realidad, el mundo está lleno de personas con derechos inexistentes o vacíos de contenido, con permisos de movilidad reducidos o en busca de señores que les faciliten la subsistencia.
Lo cierto es que la franja que delimita la libertad frente a la subyugación no es tan clara como pueda parecer, y es muy difícil de fijar sin la base necesaria para ejercer la libertad intelectual. Para los filósofos clásicos, de la esclavitud escapan aquellos que, a partir del conocimiento, son capaces de regir su vida por encima de la cohesión social impostada, de los estereotipos, de los comportamientos esperados, de la sumisión corporativista, o de la manipulación política o comercial. Esto significa que no se deja de ser esclavo solo por disponer de conocimiento o cultura. Muchos son los que disponen de ella, pero no tienen el coraje y dignidad para ser libres, vivir con una ética elevada y no someterse a la manipulación política o clientelar.
La palabra libertad debería usarse acompañada de los adjetivos correspondientes (política, económica, intelectual). El texto usará solo el sustantivo y dejará que cada lector identifique su grado de libertad y el de la sociedad.
Delegación. Dado que dedicamos nuestro tiempo a perseguir nuestras preferencias individuales, cedemos cuotas de poder de decisión, y las mantenemos delegadas en tanto se obtengan réditos de ello. Descargamos decisiones difíciles en los gestores de una empresa, la asistencia social en manos de organizaciones religiosas o no gubernamentales, o delegamos tareas incómodas en comunidades de vecinos. Esperamos que los mejores en cada campo, los más capacitados, sean los que ejerzan esas labores y usen adecuadamente las facultades delegadas. Esto es especialmente importante cuando se trata de la organización política y socioeconómica que cada grupo social adopta —democracias liberales, tecnocracias, teocracias…—.
En realidad, los ciudadanos solo esperamos que el marco de las instituciones esté engrasado, y que sus gestores lo mantengan en un estado óptimo y coherente con lo que la realidad exige, de forma que ofrezca los medios y un marco legal en el que las personas puedan ser felices, desarrollen sus aspiraciones y mejoren su calidad de vida a medio plazo. Por tanto, podremos preguntarnos cuáles son las características intrínsecas ideales que un marco institucional debería tener para facilitar su supervivencia y adaptarse a la evolución de las circunstancias, en un símil con las teorías darwinianas9. En concreto, deberemos observar la capacidad de la cultura posmoderna occidental y de los Estados Nación para sobrevivir con éxito a la realidad del siglo xxi (global, tecnológica, sobrepoblada y medio ambientalmente esquilmada).
Ejercicio del poder. Ocurre, sin embargo, que los señores tienden a ejercer el poder apropiándose del control del sistema. Para ello tratan de imponer una cohesión social que facilite la identificación con las estructuras político-económicas, que con el paso del tiempo transforman la energía de los ciudadanos con mayor o menor éxito (ideologías, identidades, etc.). Eso nos lleva a preguntarnos por la forma y motivaciones con las que los gobernantes ejercen el poder delegado: cómo entienden el propósito del poder (cómo confunden sus intereses con los de la sociedad), cómo lo ejercen (con qué valores) y cómo lo pervierten.
Esas oligarquías político-económicas han ido modificando el anclaje de sus poderes e incorporando nuevos componentes a su estamento, en paralelo con la evolución del modelo económico y del control de los factores críticos de producción. A la aristocracia de terratenientes, reyes y nobles —y sus acompañantes del templo, palacio y ejército— se sumó la clase proveniente del burgo —la burguesía comercial, industrial, financiera o tecnológica— y finalmente se añadieron los políticos profesionales. De hecho, las tensiones entre esos grupos de señores forman parte de las dinámicas de cambio, de forma que nos interesará entender su expresión actual y qué grupo de poder hace un uso más perverso de sus facultades.
El poder del conocimiento. Ciertamente, la matriz de distribución del poder y del conocimiento es uno de los grandes indicadores de la evolución de las civilizaciones. Ya que dos de los grandes efectos de la actual innovación tecnológica son el crecimiento exponencial del conocimiento y el control de la población, conviene ir apuntando como se relacionan.
Como sabemos, el invento de la escritura10 jugó un papel clave en la coordinación social11 —leyes, impuestos y burocracia—, y facilitó la acumulación de conocimiento. Por su parte, la especialización y concentración de la población en los entornos urbanos permitió el desarrollo de las ciencias y la explosión del pensamiento abstracto y la filosofía, que se ocupó entre otras cosas de buscar la verdad por encima de las ideas, imágenes y sentimientos propuestos con ánimo de cohesionar la sociedad y ejercer el poder. La historia del pensamiento recogida por Peter Watson en Ideas. A history from fire to Freud12 ilustra algunos de esos interesantes momentos.
Sin embargo, la existencia del conocimiento es una cosa, y su distribución otra. Desde los inicios de la estructuración social se aprecia la desigualdad que sigue a la diferencia de erudición, que da lugar a clases sociales con distintos niveles de libertad y calidad de vida. Su reflejo económico discrimina entre las aportaciones de mayor valor frente al trabajo básico —entre predecir o sembrar en los inicios de las civilizaciones—; mientras que el reflejo cultural se aprecia en que las clases sociales que quedan fuera del palacio difícilmente pueden escapar al control y a la imposición de ideas lejanas a la verdad, debido a su bajo grado de formación.
Además, la desigual distribución es distinta del efecto de la preponderancia de un saber frente a otros: el de los que sustentan la humanización y extraen lo mejor de nuestra especie, frente al de los que mantienen al ser humano como un objeto digno de ser explotado. Hoy los primeros retroceden respecto a los segundos, con consecuencias que deberemos contemplar.
El fundamento de la historia es que las cosas se alteran permanente e imparablemente. Sin embargo, cuando nos sentimos cómodos con ciertas condiciones, evitamos los cambios para conservar una situación de cierta estabilidad o privilegio. Dificultamos que el reloj se mueva, que la evolución modifique los marcos y reglas que nos benefician en detrimento de otros.
De la misma forma, las élites y, como consecuencia, algunas de las instituciones o empresas por ellos gobernadas, intentan frenar toda evolución que no les beneficie. Así, mientras que el clima, la demografía o la fuerza antropológica de la superación generan la energía que tira de los engranajes para moverlos, la evolución del marco queda bloqueada por la resistencia que ofrecen aquellos que defienden sus intereses de forma inmovilista. Se produce entonces una brecha inestable entre la realidad que evoluciona y las estructuras políticas, económicas o sociales, que quedan estancadas en un momento dado. La realidad se distancia del marco institucional hasta que ya no resulta posible mantener el freno al movimiento de los engranajes, momento en el que avanzan con una sacudida repentina, con un exceso de giros por año. Una revolución es un movimiento rápido que intenta cerrar, con o sin éxito, la brecha entre la realidad y el marco, dando lugar a la aparición de un nueva configuración sociopolítica y socioeconómica.
Catalogar la crisis actual es también parte del debate, en tanto que no solo alimenta la comprensión de sus características y posibles consecuencias, sino que influye en la actitud con la que afrontarla. Los defensores del sistema actual tienden a catalogar la crisis como económica —lo que afectaría solo a una de las partes del todo—, y a identificarla con los chivos expiatorios habituales. Otros autores la califican como “metamórfica”13, en el sentido de que el desenlace adoptará unas formas que no somos capaces de imaginar, más cercanas al transhumanismo. Nosotros nos inclinamos por la calificación “estructural”, en la medida en que afecta a la brecha entre la realidad, los marcos institucionales y la cosmovisión construida en una escala de siglos. Será fácil encontrar ejemplos de crisis similares a lo largo de la historia.
Lo que más interesará observar es como los políticos profesionales defienden su poder local en detrimento de las soluciones que los problemas exigen. Aunque también los ciudadanos caen en la defensa de sus privilegios en contra de la realidad —la resistencia a la inmigración, la dificultad de cambiar hábitos relacionados con el medioambiente o el proteccionismo son ejemplos de ello—. Por ese camino llegamos incluso a confundir los derechos con los deberes, y adaptamos las reglas morales a nuestra conveniencia.
La chispa de las revoluciones y los procesos de cambio. Ahora bien, una cosa es la brecha entre la realidad y el marco institucional que da lugar a una potencial crisis estructural y otra es el disparador que suelta el freno de los engranajes y deja que las ruedas se aceleren. El gatillo que dispara el exceso de revoluciones está íntimamente relacionado con la delegación y el ejercicio del poder. Si el marco de las instituciones político-económicas no ofrece el potencial para que la sociedad y los ciudadanos mejoren, el sistema se verá obligado a cambiar, externa o internamente. Si las expectativas de mejora se desvanecen, el grado de bienestar retrocede en términos relativos, y la falta de confianza en el marco y en los líderes que lo gestionan se rompe; se pondrá de manifiesto la necesidad de retirar el poder delegado al marco institucional en su conjunto, no a uno de los partidos políticos. El miedo, el hambre, la ira, la “indignación” y sobre todo el odio son la chispa desencadenante de los procesos de cambio con exceso de revoluciones, una vez que queda claro que no hay razón para delegar el poder en ese sistema, clase o dinastía. Algunos de los regímenes absolutistas terminaron en las revoluciones: francesa (1789), mexicana (1910), rusa (1917) o china (1911). Conflictos de los que tampoco escaparon ninguna de las primeras repúblicas europeas hasta la segunda mitad del siglo xx.
Lo que en verdad se produce entonces son transiciones de poderes entre los individuos y las oligarquías. El verdadero camino para alcanzar mayores libertades es que esas sean concedidas por el poder político producto de algún tipo de interés —cuando los señores necesitan de los ciudadanos para subsistir política, económica o militarmente o para incrementar su influencia territorial—. Los denominadores comunes de esas transiciones son: las debilidades en los defensores del poder; y el interés de nuevas oligarquías por ocupar ese espacio; enarbolando nuevas ideas o alternativas de organización, que ofrezcan concesiones a los ciudadanos para obtener su apoyo. Alrededor de ellas se inicia la modificación del relato de la cohesión que sostendrá la nueva estructura social. Cambios que sin duda necesitan tiempo, y a menudo no llegan sin conflictos.
Esta esquematización nos ofrece la perspectiva que necesitamos tener presente para explicar los cambios que iremos identificando a lo largo de los distintos capítulos. También, porque tratar de cumplir con los objetivos del texto —hilar, relacionar, desvelar— requiere apoyarse en la teoría de los sistemas complejos, que propone la identificación de sus partes de forma sintética, la comprensión de las interrelaciones y la aceptación de su evolución permanente e imprevisible. Así, podremos sintetizar, con un tono sencillo y hasta coloquial, cuáles son las reglas virtuosas que la historia marca como constantes, y qué atributos críticos conviene tener en cuenta a la hora de conducir cambios; pero sin caer en el error de establecer relaciones directas de causa efecto. Es impensable repasar el pasado y el presente, a lo largo de tantas materias, de forma mecanicista.
Además, comprender y aceptar la complejidad tiene dos importantísimas implicaciones. Por un lado, el rechazo a las lecturas simplistas, los planteamientos posibilistas y las recetas populistas o engañosas. Por otro, la necesidad de identificar los valores morales y las capacidades técnicas necesarias para navegar en aguas revueltas con un destino, pero sin rumbo fijo, dado que este debe adaptarse a las condiciones cambiantes.
Con esos propósitos, el texto se estructura de la siguiente forma.
¿Cómo hemos llegado al fin de la modernidad? Los enormes cambios producidos en los últimos dos siglos han puesto patas arriba los cimientos de la civilización cristiana occidental. Lo que se pretende en la primera parte es contestar a esta pregunta: ¿Qué cosmovisión imperaba al final de la modernidad, en el tercer cuarto del siglo xx? Para buscar las respuestas contemplaremos brevemente las dinámicas de cambio derivadas de la innovación, la demografía, la economía y los conflictos sociopolíticos desde la Edad Media hasta el final la época moderna.
Recordaremos la carrera ideológica que, desde las ideas ilustradas y las propuestas liberales, llevó a consolidar los Estados Nación decimonónicos, a cohesionar territorialmente a la población bajo identidades nacionales secularizadas, y a qué poblaciones con conocimientos técnicos extensos, pero pasivamente entregadas a la demagogia mediática cayesen en la red de los Estados “providencia”. También contemplaremos el éxito que supuso alcanzar ciertas libertades, la estabilidad de las democracias liberales y el progreso de su Estado del bienestar. Olvidar esas raíces causa ahora fricciones, lo que hace necesario disponer de una película objetiva que nos ayude a responder a un buen puñado de preguntas.
¿Cuáles son los riesgos de la desmesurada ambición del poder político? ¿Tergiversan los que dicen que la democracia está por encima de la ley, o los sentimientos por encima de la moral y de la razón? ¿Se equivocó la Ilustración al renunciar a los valores morales de la religión, dando paso al relativismo y a la dificultad para encontrar consensos? ¿Es un síntoma de despotismo la intervención del Estado en los ámbitos de las libertades individuales y sociales? ¿Cómo terminó la transformación industrial y la extensión del proletariado? ¿Se han sustituido las virtudes de la igualdad de oportunidades por los vicios del igualitarismo? ¿Se han puesto de manifiesto los defectos que los ilustrados advertían en el voto democrático? ¿Cuáles son las diferencias entre el Estado absolutista y el Estado liberal? ¿Qué significa reinventar el capitalismo?
Sin duda, las revoluciones liberales tuvieron también que enfrentarse a grandes contradicciones para ir de la teoría a la práctica: autoridad, orden o libertad; oligarquías ilustradas, democracia o demagogia; centralización o fueros; tradiciones, creencias, ideas, conciencia social o imposición de ideologías. El resultado de esas discordancias despierta no pocos interrogantes: cuánto ha evolucionado la libertad del pueblo llano; cuáles son las aspiraciones de los individuos y su grado de egoísmo; cuál es la diferencia, para el ciudadano medio, entre el placer y la felicidad, entre la verdad y la opinión o entre la cohesión social y la obediencia; cuál es el verdadero debate sobre la igualdad; cómo se combinan la iniciativa y la solidaridad para mejorar la riqueza de la sociedad. Respuestas solo alcanzables si se huye del uso perverso del lenguaje y de los debates mediatizados.
Los desafíos actuales. En la segunda parte, pondremos al Estado Nación frente a sus desafíos exógenos. Uno es el conflicto entre China y Occidente. Las civilizaciones conviven bajo una tensión permanente para garantizar su supervivencia, y de estos choques sale triunfadora la que cuenta con mayores fortalezas. Así, parece sensato identificar sus diferencias y pensar si la occidental tiene la vitalidad de antaño, o en cómo les afectan a ambas los retos actuales.
Entre esos desafíos está la competitividad global, que puede ser, en contra de ciertos discursos, lógica, inevitable y causante de una mejor redistribución de la renta per cápita. En cualquier caso, conviene entender el origen de este desafío y qué consecuencias tiene.
A esa dimensión se suma la transformación tecnológica y sus impactos en el modelo socioeconómico, en el comportamiento sociocultural y en el control de los súbditos y clientes.
Hay que añadir que nunca nos habíamos enfrentado a la convivencia con grupos sociales improductivos permanentemente subsidiados, al aislamiento social, al envejecimiento o a la igualdad entre sexos. Cada uno de estos desafíos tiene una capa de debate político superficial y otra más ajustada a la verdad, a la que hay que contribuir. La profundidad y prudencia con que se enfoquen esas disyuntivas contribuirán a configurar la futura cosmovisión.
Marcos políticos, económicos y culturales enfermos. También observaremos algunos de los desafíos endógenos. Tal vez suene críptico hablar del derrumbe de los fundamentos de las democracias liberales; de los vicios, límites y riesgos financieros y sociológicos del exceso de intervención pública; de los anacrónicos marcos territoriales; o de la esclavitud intelectual. Pero, lamentablemente, lo que se aprecia es: una degradación de los líderes políticos y la agonía de la distribución de poderes; la gestión cortoplacista y determinista de la economía; un posible conflicto entre los intereses de los ciudadanos culturalmente libres frente a la defensa que los Estados Nación hacen de su poder; la ausencia del fomento de la educación moral no manipulada y la orientación de la opinión pública hasta someter el comportamiento de los ciudadanos.
Siendo así, ¿no sorprende que la decepción social pueda ser canalizada por los que la causan para mantener su poder? Y, ante esa incoherencia ¿cuáles son los medios con los que cuentan para perpetuarse, tergiversar las ideas y mantener a la sociedad controlada? ¿Es la necesidad de disimular el retroceso lo que justifica la creación de enfrentamientos sociales o las promesas de igualdad? ¿Existen movimientos o sociedades internacionales con afanes globalistas y progresistas, con capacidad de influencia y fines espurios?
Reflexionaremos, entonces, sobre si el único antídoto contra el sometimiento, la intolerancia y para la recuperación de una cosmovisión más ajustada a la realidad sea incrementar el nivel cultural, la búsqueda de la verdad, las reflexiones humanistas.
La realidad de los ciudadanos. Entre los nuevos desafíos y nuestros marcos de organización se encuentra la realidad de los ciudadanos posmodernos. Cerraremos la segunda parte hablando del abanico de sus demandas, desde el trabajo a la participación en la vida sociopolítica.
¿Hacia dónde va la sociedad? Tendemos a describir nuestro sistema económico político usando la marca “democracias liberales”. Sin embargo, en la tercera parte podremos ya preguntarnos si el término “capitalismo de estado” podría reflejar mejor nuestro sistema económico; si en lo político, nos caracteriza el despotismo benefactor, demagógico y no ilustrado; si en lo sociológico, se fomenta el igualitarismo; y, para terminar, si hemos añadido a nuestra cosmovisión posmoderna una actitud dionisíaca sustentada en el emotivismo, el hedonismo, la irresponsabilidad y la intranscendencia.
Gestión del cambio. Ante la perspectiva de que el rumbo no nos agrade, nos plantearemos algunas alternativas. La más habitual se refiere a los procesos legislativos que perfeccionan las estructuras políticas. Su incorporación al texto es lógica porque da respuesta a las deficiencias antes destacadas. Sin embargo, la pregunta obligada es: ¿por qué son tan poco viables?
Otra alternativa es una reformulación de la Unión Europea, que tiene un gran potencial, y que puede reducir los vicios de los Estados Nación o, al contrario, profundizarlos.
Si ambas alternativas se frenan por el interés de no perder poder, convendrá preguntarse por la disposición actual de los componentes del intercambio de facultades entre oligarquías y ciudadanos: ¿Son apocadas las demandas de los aborregados ciudadanos? ¿Cuáles son las debilidades y fortalezas de sus pastores para no perder al rebaño y evitar los cambios que les resten poder? ¿Hay nuevas oligarquías, con valores suficientemente sólidos, que quieran plantear cambios profundos?
A costa de extendernos, antes de adentrarnos en el fondo de las cuestiones, y a la vista del alarmante sentimiento de decadencia que impera alrededor de la civilización cristiana occidental, cabe hacer un llamamiento al optimismo vital. Para ello necesitamos preguntarnos qué es una civilización, qué las caracteriza, distingue, enfrenta y une; de dónde procede esa sensación de derrota; y, muy especialmente, cómo se explica la importante diferencia entre la actitud realista y positiva que a sociedad necesita y otra pesimista e idealista.
Civilizaciones a lo largo de la historia. Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee se dedicaron al estudio de las civilizaciones. El primero de ellos teorizaba que todas las civilizaciones cumplen una especie de ciclo biológico de nacimiento, desarrollo, decadencia y muerte. El segundo llegó a catalogar un total de 21 civilizaciones en toda la historia de la humanidad, agrupadas en 7 linajes, casi todas desaparecidas. De entre las vivas cabe mencionar tres.
Dos con origen en el Mediterráneo. Su cuna es la conocida como minoica cretense14 que tuvo entre su descendencia a la helénica (siglos iv al i a. C.) y que se solapó con la romana, para llegar hasta el siglo v de nuestra era. De ellas nacieron también la civilización islámica y la cristiana occidental.
Entre las vivas menciona a la denominada Sínica, que aparece en China hacia el 1500 a. C. y que engendró dos civilizaciones gemelas15. Se puede considerar que estos dos linajes hermanos entraron en colapso, y que, a finales del siglo xix para la japonesa16, y en el siglo xx para la China, fueron fecundadas con embriones de la civilización occidental.
La civilización China está caracterizada por el budismo, hijo del hinduismo indio. Estas pueden ser económicamente hegemónicas en un futuro próximo, con marcos distintos a los occidentales, pero cosmovisiones no tan dispares.
Tres o cuatro civilizaciones vivas, y muchos decesos. Un inicio de este estilo parece confirmar la inevitabilidad del colapso. Para aceptar lo contrario debemos exponer sus dinámicas básicas.
Nacimiento, extensión y muerte. El origen de las civilizaciones está en el salto de la comunidad tribal hacia unas estructuras más complejas que permiten su supervivencia. La historia muestra cómo se genera una necesidad de expansión, a fin de someter y librarse de las presiones externas, de los vecinos más próximos, que al ver la prosperidad no tardan en disputársela. Esta expansión se alcanza por el sometimiento militar, tecnológico, cultural o económico, y da lugar a diferentes formas de dominio.
Un ejemplo de ello son los sumerios. En la zona fértil de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, aproximadamente 3500 años a. C., una comunidad recolectora favorecida por las condiciones del lugar dio el salto a la agricultura. Así, pasó de la tribu a un sistema social, político y cultural autónomo, que se manifestó en la aparición de una próspera ciudad-estado. Esta, en su deseo de expandirse y de asegurar su supervivencia, llegó a constituir un pequeño imperio, sometiendo a otros pueblos próximos.
