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Un problema inesperado... Que solo el matrimonio resolverá Para Serena Addison, la libertad era solo un sueño mientras siguiera viviendo bajo la opresión de su madrastra. Sin embargo, durante una noche en Singapur pudo experimentar, de la mano de Caleb Morgenthau, la independencia y pasión que tanto anhelaba. Pero esta pequeña muestra de libertad tuvo importantes consecuencias. La reputación de playboy que Caleb había construido durante años se vino abajo con la noticia del embarazo de Serena. Decidido a no abandonar a su hijo, un matrimonio solo de nombre era lo único que podía ofrecer a Serena. Sin embargo, la conexión que crecía entre Serena y Caleb obedecía únicamente al deseo...
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2026
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© 2025 Rosie Maxwell
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
De playboy a marido, n.º 3215 - febrero 2026
Título original: Pregnant and Conveniently Wed
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172411
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Aquella era la parte de la noche que Serena Addison detestaba. La parte en que sus amigas se iban por un lado y ella tenía que irse por otro.
Y esa noche era peor que de costumbre porque no solo se iba a perder las copas después del trabajo en un pub de Londres, sino una experiencia única en Singapur. Iba a perderse la discoteca de moda, uno de los locales de ocio nocturno más famosos del mundo. Y sabía que a la mañana siguiente sus amigas revivirían sus hazañas con detalle y ella tendría que escuchar y sonreír con interés mientras fingía no estar furiosa por perderse algo una vez más, escuchando las experiencias de otros en lugar de vivirlas.
Y eso era tan exasperante que Serena quería gritar de rabia.
–Podrías venir con nosotras –le había dicho Evie, su mejor amiga–. Estamos a once mil kilómetros de Londres y de la malvada Marcia. Tu madrastra no tiene por qué saber lo que haces esta noche.
Era tentador creer eso, pero, viviendo en un mundo dominado por las redes sociales, esos once mil kilómetros no tenían importancia. Bastaría con una foto suya bebiendo y bailando en una discoteca para que su madrastra cumpliese la amenaza de echarla de casa y, aún más devastador, para que le impidiese ver a sus hermanos menores, algo que, como madre adoptiva, tenía todo el derecho a hacer.
Pero ese no era un precio que Serena estuviese dispuesta a pagar por una noche de copas.
No podía separarse de Kit y Alexis. No lo soportaría. Había cuidado a los mellizos desde que nacieron, tras la desgarradora muerte de su madre durante el parto y tras el inesperado fallecimiento de su padre seis años antes. Eran sus hermanos, la única familia que le quedaba, de modo que era imperativo que permaneciesen juntos. No solo porque se sentía desconsolada al pensar en romper la promesa que le había hecho a su madre de cuidar de ellos, sino porque adoraba a los niños y no podría soportar perderlos.
No podía perder a nadie más.
Su madre, luego su padre y más tarde el hijo que esperaba a los dieciocho años. Aunque solo llevaba diez semanas de embarazo y la situación distaba mucho de ser ideal porque su novio la había dejado plantada, estaba emocionada por la posibilidad de tener un hijo. Pero, sin unos padres que la apoyasen, sin nadie que la apoyase, perderlo había sido un golpe durísimo.
No podría soportar otra pérdida y se juró a sí misma no volver a ponerse en la situación de perder a otros ser querido.
A pesar de eso, sintió una enorme frustración al despedirse de Evie y de las demás chicas porque deseaba con todas sus fuerzas ir con ellas, disfrutar de exóticos cócteles y bailar toda la noche. Más que nada, quería divertirse y no pasar otra noche sola, consciente de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no podía ser porque su madrastra escrutaba todos sus movimientos, pensó, experimentando una oleada de resentimiento.
Su madrastra jamás le había mostrado un ápice de cariño, apoyo o comprensión. Ni siquiera cuando murió su padre, y mucho menos cuando sufrió el aborto espontáneo. Desconcertada por lo sucedido, Serena ansiaba desesperadamente un abrazo y lo habría recibido con agrado incluso de su fría madrastra, pero Marcia solo le ofreció críticas e insultos. Serena tuvo que encontrar fuerzas para rehacer su vida y lo hizo, solo para que Marcia volviese a atacarla. Temiendo que volviese a ensuciar el buen nombre de la familia, había frustrado sus sueños de asistir a la escuela de arte.
Serena sabía que no había sido un ángel, sobre todo después de la muerte de su padre, cuando intentó escapar del dolor refugiándose en sus amigos, pero el castigo no le parecía justo. Sin embargo, a menos que se arriesgase a perder a Kit y a Alexis, su única opción era soportarlo.
Y lo había soportado, junto con las arbitrarias y opresivas reglas de Marcia, durante cinco largos años.
Nada de ropa provocativa. Nada de trasnochar. Nada de bares o discotecas. Nada de libertad. Nada de diversión. La lista era interminable.
Aunque había valido la pena permanecer cerca de Kit y Alexis, era difícil hacer esos sacrificios y últimamente se sentía más exasperada que nunca por tantas limitaciones. Cada vez con más frecuencia se sorprendía anhelando el día en que por fin escaparía de las garras de su madrastra y sería libre de vivir como quisiera.
Pronto, se recordó a sí misma, intentando calmarse. Los mellizos pronto cumplirían doce años y, con uno o dos años más, Marcia no podría impedir que los viese. Entonces podría abrazar su libertad. Pero hasta entonces tenía que cumplir las reglas de Marcia si quería permanecer en la vida de Kit y Alexis. Había sobrevivido todo ese tiempo y podría aguantar unos años más. Al menos, eso era lo que se repetía a sí misma.
Aunque no todo era malo. Vivir con los límites estrictos de Marcia le había impedido buscar el amor donde no debía, como había hecho con Lucas. No había podido volver a exponerse a más dolor tras los dos crueles golpes que había recibido, su abandono y el aborto espontáneo. Por eso, al menos, estaba agradecida.
«Pero también te ha impedido experimentar nada más».
Consciente de que necesitaba hacer algo para evitar que su ánimo se desplomase aún más, Serena giró sobre sus talones y caminó con determinación hacia los ascensores. Si estuviera en Londres se encerraría en su pequeña habitación en el ático y desahogaría su frustración a través de la pintura, poniendo sus sentimientos en el lienzo con densas y emotivas pinceladas. Así fue como sorteó el atolladero emocional de la repentina muerte de su padre y la pérdida de su hijo. Sin nadie más que Evie en su vida a quien recurrir, y nunca se había sincerado del todo con su amiga sobre lo que había pasado, pintar seguía siendo la única forma de lidiar con sus emociones. Pero como no podía hacerlo, iría al gimnasio del hotel y descargaría su rabia haciendo ejercicio. Últimamente, el boxeo se había convertido en su entrenamiento predilecto. Golpeaba el saco hasta que le dolían los brazos y se liberaba de la frustración.
Sin embargo, solo había dado unos pasos cuando chocó contra algo sólido y trastabilló, dejando escapar un grito de sorpresa. Solo al notar un par de fuertes brazos sujetándola se dio cuenta de que había chocado contra alguien.
–Lo siento mucho. No miraba por dónde iba…
Al levantar la cabeza y encontrarse con unos ojos de color gris plateado, Serena olvidó lo que iba a decir.
Era un hombre guapísimo, tan guapo que sus mejillas se tiñeron de rubor. Incapaz de hacer algo más que mirar fijamente al dueño de esos ojos hipnóticos, su corazón se aceleró. Cada latido era más fuerte que el anterior porque, sin lugar a dudas, era el hombre más sexy que había visto en toda su vida.
Sus rasgos parecían cincelados y su piel era bronceada. Tenía una mandíbula fuerte, sin ser cuadrada, salpicada de una ligera barba incipiente que lucía con estilo. Su pelo oscuro estaba bien cortado y unas cejas oscuras, rectas e imponentes, se alzaban sobre esos inusuales e intrigantes ojos grises. Y Serena estaba intrigada como no lo había estado en mucho tiempo.
Una sirena de advertencia sonó en su cabeza, diciéndole que apartase la mirada o, mejor aún, que se alejase, pero no pudo reunir la fuerza de voluntad necesaria para hacer ninguna de esas cosas. Y entonces él le dedicó una sonrisa que encendió aún más su deseo.
–No pasa nada. Probablemente yo tampoco estaba prestando tanta atención como debería.
Tenía una voz ronca, muy masculina, y su acento, sudafricano o australiano, parecía acariciar sus sentidos. Esa embriagadora atracción la asustó porque hacía mucho tiempo que no sentía nada remotamente parecido al deseo. Tenía que apartarse, pero el extraño la miraba fijamente, como si tampoco él pudiese dar un paso atrás.
–Es muy amable por tu parte, pero creo que ambos sabemos que ha sido culpa mía. ¿Seguro que no te he hecho daño?
–No, en absoluto –respondió él–. Pero con gusto inventaría una pequeña lesión como pretexto para que te quedases un rato más.
La descarada sugerencia hizo que Serena esbozase una sonrisa.
–Eso es un poco descarado, ¿no crees?
–Sin duda.
El brillo de sus ojos hacía que el pulso de Serena se acelerase. No recordaba la última vez que alguien del sexo opuesto la había mirado así. Desde luego, ella no lo buscaba y probablemente habría salido corriendo si fuese otro hombre, pero que aquel extraño tan atractivo mostrase interés la animó un poco.
Porque, bajo las reglas de Marcia, había sido difícil no sentir que se desvanecía, que se volvía invisible. Con su ropa oscura y su rostro sin maquillaje, los hombres ya no la miraban, pero sí miraban a Evie y a las demás chicas. Y eso le dolía.
Sin embargo, aquel extraño estaba mirándola y, al parecer, le gustaba lo que veía. Y eso era más poderoso y más cautivador de lo que ella habría esperado.
–Pero no me importa ser descarado de vez en cuando, sobre todo si me ayuda a conseguir lo que quiero –confesó él, esbozando una sonrisa.
Una sonrisa que le provocó algo parecido a una descarga eléctrica e hizo que se preguntase qué más podría hacer con esa boca y cómo sería sentir esos labios rozando su piel…
–¿Y qué es lo que quieres?
La coqueta respuesta escapó de sus labios sin que pudiese contenerla.
Sabía que se acercaba cada vez más al peligroso territorio que normalmente evitaba a toda costa, pero no parecía poder controlarse. Algo en él la atraía de una forma extraña, alentando todo lo que sabía que no debería sentir. Todo lo que no había querido sentir desde su aborto porque sabía bien dónde llevaban esas sensaciones. Al placer, pero también al dolor. Un dolor que no quería volver a experimentar jamás.
–Lo que quiero –dijo él, recorriéndola con esos ojos grises ardientes y descarados– es que tomes una copa conmigo.
Serena negó con la cabeza.
–No puedo.
–¿No puedes?
Él enarcó las cejas, desconcertado. Seguramente no estaba acostumbrado a recibir negativas de nadie, ni en el ámbito personal ni en el profesional, pero sobre todo por parte de las mujeres.
Serena volvió a negar con la cabeza.
–En realidad, me iba a mi hotel –dijo después de tragar saliva–. Mis amigas se han ido a una discoteca, pero yo me levanto muy temprano. A mi jefa le gusta repasar su agenda a primera hora de la mañana y…
Él se acercó un poco más y Serena se quedó en silencio. Su cuerpo empezó a vibrar cuando él la miró con esos ojos grises que parecían hechos de polvo de estrellas. Casi se tocaban de nuevo y podía percibir el aroma de su piel; los toques de limón y vainilla excitándola de modo tan absurdo que intentó contener la respiración. Aunque quería inhalarlo profundamente, captar ese aroma y retenerlo.
«Ahogarte en él».
–Una copa. Prometo no mantenerte despierta hasta muy tarde.
A Serena se le encogió el estómago, porque esa no era la única promesa que brillaba en sus ojos. Había calor y seducción en ellos, y, que Dios la ayudase, quería decir que sí. Más de lo que jamás había querido decir que sí a nada.
No solo porque la hiciera sentir algo que no había sentido en mucho tiempo, sino porque la hacía sentir como nunca, burbujeando por dentro como una botella de champán agitada. Y quería más. Quería más de esa embriagadora sensación de estar viva, de estar al borde de algo desconocido y emocionante. Quería liberar el peligroso ardor que se desataba en su interior cuando esos ojos ahumados la recorrían, el feroz latido de su pulso, la forma en que la hacía sentir guapa, sexy y deseada cuando tan a menudo sentía todo lo contrario.
Pero las consecuencias…
Tomar copas con hombres guapos de sonrisas maliciosas y mirada sensual estaba aún más prohibido que ir a discotecas y llevar minifalda. Si Marcia se enterase no dudaría en imponerle un castigo. Pero aún más aterrador era el riesgo que correría su corazón si se arrojaba a ese fuego, aunque lo anhelaba con todas sus fuerzas. Tenía muchas razones para evitar la intimidad porque no quería arriesgarse a quedar embarazada de nuevo.
Lo que tenía que hacer era reiterar la negativa y darse la vuelta, pensó. Pero entonces imaginó al apuesto desconocido desapareciendo de su vista para siempre y experimentó una sensación de pérdida tan horrible que… sencillamente, no podía negarse.
¿De verdad había algo tan malo en tomar una copa con él? ¿En disfrutar de un emocionante coqueteo con un hombre tan guapo? No hacía falta ir más allá. Y, después de todo, estaba a once mil kilómetros de casa. Marcia no tenía por qué saberlo.
Sería un respiro de su habitual monotonía, un delicioso recuerdo para sus días más solitarios y tristes, que eran muchos.
–Bueno, una copa –asintió por fin.
Decidida a aprovechar el momento y a olvidar, solo por una vez y solo por un rato, las muchas razones por las que no debería hacerlo.
Lo primero que Caleb Morgenthau pensó al ver a la mujer que lo había arrollado fue que era muy guapa. Más que guapa. Con ese pelo rojo dorado cayendo en brillantes ondas por la espalda, rostro de porcelana, pómulos marcados y ojos brillantes, era cautivadora.
Y luego se preguntó si lo habría arrollado a propósito. Algunas mujeres hacían mayores locuras para llamar su atención. Aunque, en realidad, no le importaba si el choque había sido una maniobra o un accidente. El resultado seguía siendo el mismo. Estaba interesado. Muchísimo. Pero, habiendo aprendido de sus errores, se cuidaba de relacionarse solo con mujeres que tuvieran una mentalidad similar a la suya, mujeres que no estuvieran interesadas en nada más que una noche de placer y abandono. Y antes de ir más allá, necesitaba asegurarse de que ella encajaba en ese molde.
La observó atentamente y, al ver el brillo de sus ojos, pensó que también ella quería una noche de placer sin complicaciones, de modo que no había ningún peligro en ceder a la tentación. Su negativa inicial no le preocupó, nunca le había preocupado que una mujer lo rechazase porque no ocurría a menudo, de modo que la llevó a la azotea del hotel, donde tomarían una copa, quizá dos, antes de terminar la noche en su cama.
Ya estaba imaginando el momento en que le quitaría el vestido para ver las delicias que se ocultaban debajo. Podía imaginar su larga melena pelirroja derramándose sobre las almohadas, su piel brillando bajo el fuego blanco de la luna mientras la llevaba al orgasmo una y otra vez. La imagen provocó una anticipación irresistible en sus venas, algo que no había sentido en mucho tiempo.
¿Cuándo había estado tan impaciente por una mujer? Últimamente, sus encuentros sexuales se habían vuelto indistinguibles unos de otros. Pero había algo especial en esa chica cuyo nombre aún desconocía. Algo en su mirada, en cómo su sonrisa parecía insinuar algo diferente, algo inesperado. Se sentía atraído por ella de una manera que no podía entender.
Caleb estaba tan absorto en sus pensamientos que su gemido de alegría al llegar a la azotea lo sorprendió.
–¡Vaya! Pensé que la ciudad era bonita desde abajo, pero desde aquí es aún más espectacular.
La joven contemplaba el brillante horizonte de Singapur, las tenues luces del distrito financiero y los coloridos faroles de los Jardines de la Bahía.
–Me alegro de que te guste.
–Creí que el bar de la azotea estaba completo esta noche –comentó ella mientras Caleb la conducía a una mesa libre en una esquina–. Mi amiga Evie quería subir a tomar algo antes de cenar y se llevó una decepción cuando nos dijeron que no había sitio. Por eso estábamos en el hotel.
–Es solo para miembros –le informó Caleb mientras un camarero se acercaba a la mesa con dos copas de champán–. Y para invitados VIP.
Ella miró alrededor y Caleb la vio abrir los ojos como platos al reconocer al grupo de estrellas de Hollywood sentadas con miembros de la familia real británica y luego a un campeón de tenis de renombre mundial en otra de las mesas, celebrando su último título.
–Bueno, me siento un poco tonta por no haberme dado cuenta antes. ¿Eso te convierte en un invitado VIP?
–En realidad, soy el dueño –dijo él, ofreciéndole su mano–. Caleb Morgenthau.
Para él, ser desconocido era una experiencia novedosa. En Australia, el apellido Morgenthau era ampliamente reconocido. Su éxito empresarial, junto con su indomable estatus de soltero, había generado mucha atención de la prensa; una atención que lo seguía a dondequiera que fuese. Sabía que las mujeres solían sentirse atraídas por él debido a esa notoriedad y no le preocupaba. No buscaba nada que durase más de una noche, de modo que los motivos de esas mujeres eran irrelevantes. Pero era reconfortante saber que no había influido en el interés de la pelirroja, que estaba allí por las mismas razones que él: pura atracción física.
Lentamente, casi con timidez, ella deslizó sus dedos sobre los de él y el roce de su mano le provocó una sensación intensa. Su piel era tan suave y cálida como había imaginado y el deseo de tocarla por todas partes lo recorrió como un cohete. Porque su mano encajaba tan perfectamente en la de él que sus cuerpos se unirían con la misma perfección, como si fueran piezas conectadas de un rompecabezas.
–Serena Addison.
Caleb notó que su pulso estaba acelerado y esa misma explosión de sentimientos se reflejaba en los ojos que sostenían con audacia su mirada.
–Serena –repitió él. Era un nombre que quería repetir una y otra vez–. Es un nombre precioso. Te pega mucho.
–Gracias.
Seguían mirándose a los ojos de una forma a la que Caleb no estaba acostumbrado, pero que provocó un placentero latido en su ingle.
–Mi madre era italiana y, aunque se casó con un inglés y se estableció en Inglaterra, quiso honrar su herencia llamándome así.
Mientras hablaba, cruzó las piernas, largas y torneadas, y Caleb no pudo evitar imaginarlas alrededor de su cintura. Eran la única parte de su cuerpo que el vestido azul marino dejaba ver, pero sin duda hacía bien en mostrarlas.
–¿Pasas mucho tiempo en Italia?
Ella negó con la cabeza.
–No. Hace mucho que no voy.
–¿Por qué?
–No hay muchas razones para hacerlo. Mi madre se fue del país porque no le quedaba familia allí. Solíamos ir cuando era pequeña, pero mi madre murió cuando yo tenía doce años y… en fin, nunca he vuelto.
Había una enorme tristeza en esa explicación y, por alguna razón, Caleb deseó apretar su mano y consolarla. Lo cual era una sorpresa porque él no era propenso a impulsos tan tiernos. Pero también él conocía el profundo dolor de no tener madre. Que Serena, sin embargo, hubiera perdido a la suya después de conocerla y ser querida por ella… en fin, debió ser terrible.
Su madre se había marchado de casa cuando él era muy pequeño. No la recordaba y nadie podía extrañar lo que nunca había tenido, ¿no? Al menos, eso era lo que se decía a sí mismo en los raros momentos en los que se sentía tontamente melancólico.
–Es una pena que la perdieses tan joven.
Caleb se concentró en Serena en lugar de en el dolor que le atravesaba el pecho al pensar en la mujer que le había dado la vida. La mujer cuya decisión de irse para no volver le había dejado un vacío en el alma y había creado una brecha entre su padre y él que aún no habían superado.
–Desde luego –murmuró ella–. Era una persona muy vibrante y divertida, de modo que su pérdida dejó un gran vacío en mi vida. Pero es mucho peor para mis hermanos, que ni siquiera tuvieron la oportunidad de conocerla. Mi madre murió durante el parto.
–Ah, lo siento.
–Yo, al menos, tengo mis recuerdos… –Serena parpadeó para controlar las lágrimas–. Lo siento. No sé por qué me estoy emocionando. No es una conversación adecuada mientras tomas una copa.
–Es una buena conversación. –Caleb levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos–. No tienes por qué disculparte.
Ella pestañeó rápidamente para controlar las lágrimas y esbozó una sonrisa decidida mientras tomaba su copa.
–Ahora te toca a ti, Caleb Morgenthau. Háblame de ti.
Su sonrisa, tan suave, lo cautivó de nuevo y se acercó un poco más a ella, como arrastrado por un hilo invisible.
–¿Qué te gustaría saber?
–Eres australiano, ¿verdad?
–Sí.
–¿En qué parte de Australia vives?
–Nací y crecí en Melbourne, pero ahora mi hogar es dondequiera que construya un nuevo local. En los últimos años he vivido en Sídney, Bali, Hong Kong y aquí, en Singapur.
–¿Tienes locales como este en todas esas ciudades? –preguntó ella impresionada.
–No exactamente como este, pero sí. Y algunos sitios más. –Caleb sonrió–. La siguiente parada es Europa. Después de eso, el plan es expandirnos a Norteamérica.
–¿Quieres conquistar el mundo entero?
–Quizá sí.
Aunque en ese momento estaba mucho más interesado en conquistarla a ella. Besarla y acariciarla hasta que fuera completa e innegablemente suya.
Su sonrisa le hizo pensar que sabía exactamente lo que estaba pensando, que ella también lo pensaba.
–¿En qué partes de Europa vas a abrir otros locales?
–Saint-Tropez, Miconos, Roma y Londres.
Esperaba que Serena diese a entender que le encantaría visitar todos esos sitios y se sintió gratamente sorprendido cuando no lo hizo. Normalmente, las mujeres que conocía estaban deseando aprovechar la relación con él para acceder a ese mundo de viajes lujosos.
–Qué suerte poder vivir y trabajar en todos esos sitios.
El deje de nostalgia que impregnaba sus palabras le hizo pensar en sí mismo cuando era más joven, en esos días en los que estaba desesperado por escapar de los lazos que lo ataban, soñando con huir, con ser libre. Y se preguntó de qué querría escapar ella. ¿Quizá de las responsabilidades familiares? Había mencionado a unos hermanos menores.
–¿Esto era lo que siempre has querido hacer?
–Yo no diría eso –admitió él con una sonrisa irónica–. Es un negocio familiar. Mi abuelo abrió un pequeño restaurante en Melbourne hace cincuenta años. Mi padre se unió al negocio a los dieciséis y, cuando por fin tomó las riendas, amplió el negocio por todo el país. De pequeño, teníamos locales en todas las ciudades importantes de Australia y, por supuesto, se esperaba que algún día yo ocupase el sitio de mi padre. Nunca me preguntaron si era lo que quería hacer y me costó aceptar que se me arrebatara esa decisión. Me sentí…
Caleb buscó la mejor manera de describirlo, aunque nunca se le había dado bien expresar con palabras lo que sentía. Era mejor enterrar los sentimientos que dejarse consumir por ellos.
–Encajonado –dijo Serena.
Caleb se sorprendió de que pudiera identificar con tanta facilidad lo que había sentido. Como si también ella conociera esa sensación. Como si estuvieran conectados.
–Exactamente.
La miró entonces, con un extraño nudo en la garganta. Nunca había sentido ese tipo de conexión con una mujer.
