6,49 €
De playboy a marido Rosie Maxwell Un problema inesperado... Que solo el matrimonio resolverá. Para Serena Addison, la libertad era solo un sueño mientras siguiera viviendo bajo la opresión de su madrastra. Sin embargo, durante una noche en Singapur pudo experimentar, de la mano de Caleb Morgenthau, la independencia y pasión que tanto anhelaba. Pero esta pequeña muestra de libertad tuvo importantes consecuencias. La reputación de playboy que Caleb había construido durante años se vino abajo con la noticia del embarazo de Serena. Decidido a no abandonar a su hijo, un matrimonio solo de nombre era lo único que podía ofrecer a Serena. Sin embargo, la conexión que crecía entre Serena y Caleb obedecía únicamente al deseo... Feliz para siempre Darlene Gardner Amanda Baldwing era una mujer acostumbrada a vivir según estipulaban las reglas. Pero el mismo día en que su prometido la abandonó, apareció el carismático Zach Castelli, dispuesto a mostrarle una cara mucho más divertida de la vida. Zach era espontáneo, impredecible, y pensaba que el matrimonio era el estado de vivir "infeliz para siempre". Solo quería ayudar a Amanda a olvidar a su prometido, pero, después de unos cuantos encuentros, todo pareció volverse del revés...
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2026
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transfor-mación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
www.harlequiniberica.com
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
E-pack Bianca y Deseo, n.º 433 - febrero 2026
I.S.B.N.: 979-13-7017-272-5
Índice
Créditos
De playboy a marido
Portadilla
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Feliz para siempre
Portadilla
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Si te ha gustado este libro…
Aquella era la parte de la noche que Serena Addison detestaba. La parte en que sus amigas se iban por un lado y ella tenía que irse por otro.
Y esa noche era peor que de costumbre porque no solo se iba a perder las copas después del trabajo en un pub de Londres, sino una experiencia única en Singapur. Iba a perderse la discoteca de moda, uno de los locales de ocio nocturno más famosos del mundo. Y sabía que a la mañana siguiente sus amigas revivirían sus hazañas con detalle y ella tendría que escuchar y sonreír con interés mientras fingía no estar furiosa por perderse algo una vez más, escuchando las experiencias de otros en lugar de vivirlas.
Y eso era tan exasperante que Serena quería gritar de rabia.
–Podrías venir con nosotras –le había dicho Evie, su mejor amiga–. Estamos a once mil kilómetros de Londres y de la malvada Marcia. Tu madrastra no tiene por qué saber lo que haces esta noche.
Era tentador creer eso, pero, viviendo en un mundo dominado por las redes sociales, esos once mil kilómetros no tenían importancia. Bastaría con una foto suya bebiendo y bailando en una discoteca para que su madrastra cumpliese la amenaza de echarla de casa y, aún más devastador, para que le impidiese ver a sus hermanos menores, algo que, como madre adoptiva, tenía todo el derecho a hacer.
Pero ese no era un precio que Serena estuviese dispuesta a pagar por una noche de copas.
No podía separarse de Kit y Alexis. No lo soportaría. Había cuidado a los mellizos desde que nacieron, tras la desgarradora muerte de su madre durante el parto y tras el inesperado fallecimiento de su padre seis años antes. Eran sus hermanos, la única familia que le quedaba, de modo que era imperativo que permaneciesen juntos. No solo porque se sentía desconsolada al pensar en romper la promesa que le había hecho a su madre de cuidar de ellos, sino porque adoraba a los niños y no podría soportar perderlos.
No podía perder a nadie más.
Su madre, luego su padre y más tarde el hijo que esperaba a los dieciocho años. Aunque solo llevaba diez semanas de embarazo y la situación distaba mucho de ser ideal porque su novio la había dejado plantada, estaba emocionada por la posibilidad de tener un hijo. Pero, sin unos padres que la apoyasen, sin nadie que la apoyase, perderlo había sido un golpe durísimo.
No podría soportar otra pérdida y se juró a sí misma no volver a ponerse en la situación de perder a otros ser querido.
A pesar de eso, sintió una enorme frustración al despedirse de Evie y de las demás chicas porque deseaba con todas sus fuerzas ir con ellas, disfrutar de exóticos cócteles y bailar toda la noche. Más que nada, quería divertirse y no pasar otra noche sola, consciente de todo lo que se estaba perdiendo. Pero no podía ser porque su madrastra escrutaba todos sus movimientos, pensó, experimentando una oleada de resentimiento.
Su madrastra jamás le había mostrado un ápice de cariño, apoyo o comprensión. Ni siquiera cuando murió su padre, y mucho menos cuando sufrió el aborto espontáneo. Desconcertada por lo sucedido, Serena ansiaba desesperadamente un abrazo y lo habría recibido con agrado incluso de su fría madrastra, pero Marcia solo le ofreció críticas e insultos. Serena tuvo que encontrar fuerzas para rehacer su vida y lo hizo, solo para que Marcia volviese a atacarla. Temiendo que volviese a ensuciar el buen nombre de la familia, había frustrado sus sueños de asistir a la escuela de arte.
Serena sabía que no había sido un ángel, sobre todo después de la muerte de su padre, cuando intentó escapar del dolor refugiándose en sus amigos, pero el castigo no le parecía justo. Sin embargo, a menos que se arriesgase a perder a Kit y a Alexis, su única opción era soportarlo.
Y lo había soportado, junto con las arbitrarias y opresivas reglas de Marcia, durante cinco largos años.
Nada de ropa provocativa. Nada de trasnochar. Nada de bares o discotecas. Nada de libertad. Nada de diversión. La lista era interminable.
Aunque había valido la pena permanecer cerca de Kit y Alexis, era difícil hacer esos sacrificios y últimamente se sentía más exasperada que nunca por tantas limitaciones. Cada vez con más frecuencia se sorprendía anhelando el día en que por fin escaparía de las garras de su madrastra y sería libre de vivir como quisiera.
Pronto, se recordó a sí misma, intentando calmarse. Los mellizos pronto cumplirían doce años y, con uno o dos años más, Marcia no podría impedir que los viese. Entonces podría abrazar su libertad. Pero hasta entonces tenía que cumplir las reglas de Marcia si quería permanecer en la vida de Kit y Alexis. Había sobrevivido todo ese tiempo y podría aguantar unos años más. Al menos, eso era lo que se repetía a sí misma.
Aunque no todo era malo. Vivir con los límites estrictos de Marcia le había impedido buscar el amor donde no debía, como había hecho con Lucas. No había podido volver a exponerse a más dolor tras los dos crueles golpes que había recibido, su abandono y el aborto espontáneo. Por eso, al menos, estaba agradecida.
«Pero también te ha impedido experimentar nada más».
Consciente de que necesitaba hacer algo para evitar que su ánimo se desplomase aún más, Serena giró sobre sus talones y caminó con determinación hacia los ascensores. Si estuviera en Londres se encerraría en su pequeña habitación en el ático y desahogaría su frustración a través de la pintura, poniendo sus sentimientos en el lienzo con densas y emotivas pinceladas. Así fue como sorteó el atolladero emocional de la repentina muerte de su padre y la pérdida de su hijo. Sin nadie más que Evie en su vida a quien recurrir, y nunca se había sincerado del todo con su amiga sobre lo que había pasado, pintar seguía siendo la única forma de lidiar con sus emociones. Pero como no podía hacerlo, iría al gimnasio del hotel y descargaría su rabia haciendo ejercicio. Últimamente, el boxeo se había convertido en su entrenamiento predilecto. Golpeaba el saco hasta que le dolían los brazos y se liberaba de la frustración.
Sin embargo, solo había dado unos pasos cuando chocó contra algo sólido y trastabilló, dejando escapar un grito de sorpresa. Solo al notar un par de fuertes brazos sujetándola se dio cuenta de que había chocado contra alguien.
–Lo siento mucho. No miraba por dónde iba…
Al levantar la cabeza y encontrarse con unos ojos de color gris plateado, Serena olvidó lo que iba a decir.
Era un hombre guapísimo, tan guapo que sus mejillas se tiñeron de rubor. Incapaz de hacer algo más que mirar fijamente al dueño de esos ojos hipnóticos, su corazón se aceleró. Cada latido era más fuerte que el anterior porque, sin lugar a dudas, era el hombre más sexy que había visto en toda su vida.
Sus rasgos parecían cincelados y su piel era bronceada. Tenía una mandíbula fuerte, sin ser cuadrada, salpicada de una ligera barba incipiente que lucía con estilo. Su pelo oscuro estaba bien cortado y unas cejas oscuras, rectas e imponentes, se alzaban sobre esos inusuales e intrigantes ojos grises. Y Serena estaba intrigada como no lo había estado en mucho tiempo.
Una sirena de advertencia sonó en su cabeza, diciéndole que apartase la mirada o, mejor aún, que se alejase, pero no pudo reunir la fuerza de voluntad necesaria para hacer ninguna de esas cosas. Y entonces él le dedicó una sonrisa que encendió aún más su deseo.
–No pasa nada. Probablemente yo tampoco estaba prestando tanta atención como debería.
Tenía una voz ronca, muy masculina, y su acento, sudafricano o australiano, parecía acariciar sus sentidos. Esa embriagadora atracción la asustó porque hacía mucho tiempo que no sentía nada remotamente parecido al deseo. Tenía que apartarse, pero el extraño la miraba fijamente, como si tampoco él pudiese dar un paso atrás.
–Es muy amable por tu parte, pero creo que ambos sabemos que ha sido culpa mía. ¿Seguro que no te he hecho daño?
–No, en absoluto –respondió él–. Pero con gusto inventaría una pequeña lesión como pretexto para que te quedases un rato más.
La descarada sugerencia hizo que Serena esbozase una sonrisa.
–Eso es un poco descarado, ¿no crees?
–Sin duda.
El brillo de sus ojos hacía que el pulso de Serena se acelerase. No recordaba la última vez que alguien del sexo opuesto la había mirado así. Desde luego, ella no lo buscaba y probablemente habría salido corriendo si fuese otro hombre, pero que aquel extraño tan atractivo mostrase interés la animó un poco.
Porque, bajo las reglas de Marcia, había sido difícil no sentir que se desvanecía, que se volvía invisible. Con su ropa oscura y su rostro sin maquillaje, los hombres ya no la miraban, pero sí miraban a Evie y a las demás chicas. Y eso le dolía.
Sin embargo, aquel extraño estaba mirándola y, al parecer, le gustaba lo que veía. Y eso era más poderoso y más cautivador de lo que ella habría esperado.
–Pero no me importa ser descarado de vez en cuando, sobre todo si me ayuda a conseguir lo que quiero –confesó él, esbozando una sonrisa.
Una sonrisa que le provocó algo parecido a una descarga eléctrica e hizo que se preguntase qué más podría hacer con esa boca y cómo sería sentir esos labios rozando su piel…
–¿Y qué es lo que quieres?
La coqueta respuesta escapó de sus labios sin que pudiese contenerla.
Sabía que se acercaba cada vez más al peligroso territorio que normalmente evitaba a toda costa, pero no parecía poder controlarse. Algo en él la atraía de una forma extraña, alentando todo lo que sabía que no debería sentir. Todo lo que no había querido sentir desde su aborto porque sabía bien dónde llevaban esas sensaciones. Al placer, pero también al dolor. Un dolor que no quería volver a experimentar jamás.
–Lo que quiero –dijo él, recorriéndola con esos ojos grises ardientes y descarados– es que tomes una copa conmigo.
Serena negó con la cabeza.
–No puedo.
–¿No puedes?
Él enarcó las cejas, desconcertado. Seguramente no estaba acostumbrado a recibir negativas de nadie, ni en el ámbito personal ni en el profesional, pero sobre todo por parte de las mujeres.
Serena volvió a negar con la cabeza.
–En realidad, me iba a mi hotel –dijo después de tragar saliva–. Mis amigas se han ido a una discoteca, pero yo me levanto muy temprano. A mi jefa le gusta repasar su agenda a primera hora de la mañana y…
Él se acercó un poco más y Serena se quedó en silencio. Su cuerpo empezó a vibrar cuando él la miró con esos ojos grises que parecían hechos de polvo de estrellas. Casi se tocaban de nuevo y podía percibir el aroma de su piel; los toques de limón y vainilla excitándola de modo tan absurdo que intentó contener la respiración. Aunque quería inhalarlo profundamente, captar ese aroma y retenerlo.
«Ahogarte en él».
–Una copa. Prometo no mantenerte despierta hasta muy tarde.
A Serena se le encogió el estómago, porque esa no era la única promesa que brillaba en sus ojos. Había calor y seducción en ellos, y, que Dios la ayudase, quería decir que sí. Más de lo que jamás había querido decir que sí a nada.
No solo porque la hiciera sentir algo que no había sentido en mucho tiempo, sino porque la hacía sentir como nunca, burbujeando por dentro como una botella de champán agitada. Y quería más. Quería más de esa embriagadora sensación de estar viva, de estar al borde de algo desconocido y emocionante. Quería liberar el peligroso ardor que se desataba en su interior cuando esos ojos ahumados la recorrían, el feroz latido de su pulso, la forma en que la hacía sentir guapa, sexy y deseada cuando tan a menudo sentía todo lo contrario.
Pero las consecuencias…
Tomar copas con hombres guapos de sonrisas maliciosas y mirada sensual estaba aún más prohibido que ir a discotecas y llevar minifalda. Si Marcia se enterase no dudaría en imponerle un castigo. Pero aún más aterrador era el riesgo que correría su corazón si se arrojaba a ese fuego, aunque lo anhelaba con todas sus fuerzas. Tenía muchas razones para evitar la intimidad porque no quería arriesgarse a quedar embarazada de nuevo.
Lo que tenía que hacer era reiterar la negativa y darse la vuelta, pensó. Pero entonces imaginó al apuesto desconocido desapareciendo de su vista para siempre y experimentó una sensación de pérdida tan horrible que… sencillamente, no podía negarse.
¿De verdad había algo tan malo en tomar una copa con él? ¿En disfrutar de un emocionante coqueteo con un hombre tan guapo? No hacía falta ir más allá. Y, después de todo, estaba a once mil kilómetros de casa. Marcia no tenía por qué saberlo.
Sería un respiro de su habitual monotonía, un delicioso recuerdo para sus días más solitarios y tristes, que eran muchos.
–Bueno, una copa –asintió por fin.
Decidida a aprovechar el momento y a olvidar, solo por una vez y solo por un rato, las muchas razones por las que no debería hacerlo.
Lo primero que Caleb Morgenthau pensó al ver a la mujer que lo había arrollado fue que era muy guapa. Más que guapa. Con ese pelo rojo dorado cayendo en brillantes ondas por la espalda, rostro de porcelana, pómulos marcados y ojos brillantes, era cautivadora.
Y luego se preguntó si lo habría arrollado a propósito. Algunas mujeres hacían mayores locuras para llamar su atención. Aunque, en realidad, no le importaba si el choque había sido una maniobra o un accidente. El resultado seguía siendo el mismo. Estaba interesado. Muchísimo. Pero, habiendo aprendido de sus errores, se cuidaba de relacionarse solo con mujeres que tuvieran una mentalidad similar a la suya, mujeres que no estuvieran interesadas en nada más que una noche de placer y abandono. Y antes de ir más allá, necesitaba asegurarse de que ella encajaba en ese molde.
La observó atentamente y, al ver el brillo de sus ojos, pensó que también ella quería una noche de placer sin complicaciones, de modo que no había ningún peligro en ceder a la tentación. Su negativa inicial no le preocupó, nunca le había preocupado que una mujer lo rechazase porque no ocurría a menudo, de modo que la llevó a la azotea del hotel, donde tomarían una copa, quizá dos, antes de terminar la noche en su cama.
Ya estaba imaginando el momento en que le quitaría el vestido para ver las delicias que se ocultaban debajo. Podía imaginar su larga melena pelirroja derramándose sobre las almohadas, su piel brillando bajo el fuego blanco de la luna mientras la llevaba al orgasmo una y otra vez. La imagen provocó una anticipación irresistible en sus venas, algo que no había sentido en mucho tiempo.
¿Cuándo había estado tan impaciente por una mujer? Últimamente, sus encuentros sexuales se habían vuelto indistinguibles unos de otros. Pero había algo especial en esa chica cuyo nombre aún desconocía. Algo en su mirada, en cómo su sonrisa parecía insinuar algo diferente, algo inesperado. Se sentía atraído por ella de una manera que no podía entender.
Caleb estaba tan absorto en sus pensamientos que su gemido de alegría al llegar a la azotea lo sorprendió.
–¡Vaya! Pensé que la ciudad era bonita desde abajo, pero desde aquí es aún más espectacular.
La joven contemplaba el brillante horizonte de Singapur, las tenues luces del distrito financiero y los coloridos faroles de los Jardines de la Bahía.
–Me alegro de que te guste.
–Creí que el bar de la azotea estaba completo esta noche –comentó ella mientras Caleb la conducía a una mesa libre en una esquina–. Mi amiga Evie quería subir a tomar algo antes de cenar y se llevó una decepción cuando nos dijeron que no había sitio. Por eso estábamos en el hotel.
–Es solo para miembros –le informó Caleb mientras un camarero se acercaba a la mesa con dos copas de champán–. Y para invitados VIP.
Ella miró alrededor y Caleb la vio abrir los ojos como platos al reconocer al grupo de estrellas de Hollywood sentadas con miembros de la familia real británica y luego a un campeón de tenis de renombre mundial en otra de las mesas, celebrando su último título.
–Bueno, me siento un poco tonta por no haberme dado cuenta antes. ¿Eso te convierte en un invitado VIP?
–En realidad, soy el dueño –dijo él, ofreciéndole su mano–. Caleb Morgenthau.
Para él, ser desconocido era una experiencia novedosa. En Australia, el apellido Morgenthau era ampliamente reconocido. Su éxito empresarial, junto con su indomable estatus de soltero, había generado mucha atención de la prensa; una atención que lo seguía a dondequiera que fuese. Sabía que las mujeres solían sentirse atraídas por él debido a esa notoriedad y no le preocupaba. No buscaba nada que durase más de una noche, de modo que los motivos de esas mujeres eran irrelevantes. Pero era reconfortante saber que no había influido en el interés de la pelirroja, que estaba allí por las mismas razones que él: pura atracción física.
Lentamente, casi con timidez, ella deslizó sus dedos sobre los de él y el roce de su mano le provocó una sensación intensa. Su piel era tan suave y cálida como había imaginado y el deseo de tocarla por todas partes lo recorrió como un cohete. Porque su mano encajaba tan perfectamente en la de él que sus cuerpos se unirían con la misma perfección, como si fueran piezas conectadas de un rompecabezas.
–Serena Addison.
Caleb notó que su pulso estaba acelerado y esa misma explosión de sentimientos se reflejaba en los ojos que sostenían con audacia su mirada.
–Serena –repitió él. Era un nombre que quería repetir una y otra vez–. Es un nombre precioso. Te pega mucho.
–Gracias.
Seguían mirándose a los ojos de una forma a la que Caleb no estaba acostumbrado, pero que provocó un placentero latido en su ingle.
–Mi madre era italiana y, aunque se casó con un inglés y se estableció en Inglaterra, quiso honrar su herencia llamándome así.
Mientras hablaba, cruzó las piernas, largas y torneadas, y Caleb no pudo evitar imaginarlas alrededor de su cintura. Eran la única parte de su cuerpo que el vestido azul marino dejaba ver, pero sin duda hacía bien en mostrarlas.
–¿Pasas mucho tiempo en Italia?
Ella negó con la cabeza.
–No. Hace mucho que no voy.
–¿Por qué?
–No hay muchas razones para hacerlo. Mi madre se fue del país porque no le quedaba familia allí. Solíamos ir cuando era pequeña, pero mi madre murió cuando yo tenía doce años y… en fin, nunca he vuelto.
Había una enorme tristeza en esa explicación y, por alguna razón, Caleb deseó apretar su mano y consolarla. Lo cual era una sorpresa porque él no era propenso a impulsos tan tiernos. Pero también él conocía el profundo dolor de no tener madre. Que Serena, sin embargo, hubiera perdido a la suya después de conocerla y ser querida por ella… en fin, debió ser terrible.
Su madre se había marchado de casa cuando él era muy pequeño. No la recordaba y nadie podía extrañar lo que nunca había tenido, ¿no? Al menos, eso era lo que se decía a sí mismo en los raros momentos en los que se sentía tontamente melancólico.
–Es una pena que la perdieses tan joven.
Caleb se concentró en Serena en lugar de en el dolor que le atravesaba el pecho al pensar en la mujer que le había dado la vida. La mujer cuya decisión de irse para no volver le había dejado un vacío en el alma y había creado una brecha entre su padre y él que aún no habían superado.
–Desde luego –murmuró ella–. Era una persona muy vibrante y divertida, de modo que su pérdida dejó un gran vacío en mi vida. Pero es mucho peor para mis hermanos, que ni siquiera tuvieron la oportunidad de conocerla. Mi madre murió durante el parto.
–Ah, lo siento.
–Yo, al menos, tengo mis recuerdos… –Serena parpadeó para controlar las lágrimas–. Lo siento. No sé por qué me estoy emocionando. No es una conversación adecuada mientras tomas una copa.
–Es una buena conversación. –Caleb levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos–. No tienes por qué disculparte.
Ella pestañeó rápidamente para controlar las lágrimas y esbozó una sonrisa decidida mientras tomaba su copa.
–Ahora te toca a ti, Caleb Morgenthau. Háblame de ti.
Su sonrisa, tan suave, lo cautivó de nuevo y se acercó un poco más a ella, como arrastrado por un hilo invisible.
–¿Qué te gustaría saber?
–Eres australiano, ¿verdad?
–Sí.
–¿En qué parte de Australia vives?
–Nací y crecí en Melbourne, pero ahora mi hogar es dondequiera que construya un nuevo local. En los últimos años he vivido en Sídney, Bali, Hong Kong y aquí, en Singapur.
–¿Tienes locales como este en todas esas ciudades? –preguntó ella impresionada.
–No exactamente como este, pero sí. Y algunos sitios más. –Caleb sonrió–. La siguiente parada es Europa. Después de eso, el plan es expandirnos a Norteamérica.
–¿Quieres conquistar el mundo entero?
–Quizá sí.
Aunque en ese momento estaba mucho más interesado en conquistarla a ella. Besarla y acariciarla hasta que fuera completa e innegablemente suya.
Su sonrisa le hizo pensar que sabía exactamente lo que estaba pensando, que ella también lo pensaba.
–¿En qué partes de Europa vas a abrir otros locales?
–Saint-Tropez, Miconos, Roma y Londres.
Esperaba que Serena diese a entender que le encantaría visitar todos esos sitios y se sintió gratamente sorprendido cuando no lo hizo. Normalmente, las mujeres que conocía estaban deseando aprovechar la relación con él para acceder a ese mundo de viajes lujosos.
–Qué suerte poder vivir y trabajar en todos esos sitios.
El deje de nostalgia que impregnaba sus palabras le hizo pensar en sí mismo cuando era más joven, en esos días en los que estaba desesperado por escapar de los lazos que lo ataban, soñando con huir, con ser libre. Y se preguntó de qué querría escapar ella. ¿Quizá de las responsabilidades familiares? Había mencionado a unos hermanos menores.
–¿Esto era lo que siempre has querido hacer?
–Yo no diría eso –admitió él con una sonrisa irónica–. Es un negocio familiar. Mi abuelo abrió un pequeño restaurante en Melbourne hace cincuenta años. Mi padre se unió al negocio a los dieciséis y, cuando por fin tomó las riendas, amplió el negocio por todo el país. De pequeño, teníamos locales en todas las ciudades importantes de Australia y, por supuesto, se esperaba que algún día yo ocupase el sitio de mi padre. Nunca me preguntaron si era lo que quería hacer y me costó aceptar que se me arrebatara esa decisión. Me sentí…
Caleb buscó la mejor manera de describirlo, aunque nunca se le había dado bien expresar con palabras lo que sentía. Era mejor enterrar los sentimientos que dejarse consumir por ellos.
–Encajonado –dijo Serena.
Caleb se sorprendió de que pudiera identificar con tanta facilidad lo que había sentido. Como si también ella conociera esa sensación. Como si estuvieran conectados.
–Exactamente.
La miró entonces, con un extraño nudo en la garganta. Nunca había sentido ese tipo de conexión con una mujer.
¿Era eso lo que lo había impulsado a compartir tanto con ella cuando expresar sus sentimientos abiertamente era algo que no hacía nunca?
Él mantenía a todos, especialmente a las mujeres, a distancia. La vida, había aprendido, era más segura así. Más ordenada.
–Te entiendo –dijo ella entonces–. Tener la vida planeada por otras personas antes de poder reclamarla como propia no es nada fácil.
Parecía saber de lo que hablaba, pensó Caleb, sintiendo algo extraño en el pecho, como si no pudiese llevar suficiente oxígeno a sus pulmones.
–Claro que no.
–Pero, obviamente, has logrado superarlo, ¿no?
–Con el tiempo me di cuenta de que tenía suerte de formar parte de ese legado y que era hora de empezar a contribuir. Además, sabía lo mucho que significaba para mi padre.
–Tanto él como tu abuelo deben estar orgullosos de todo lo que has logrado.
–Creo que mi padre estaría más feliz si formase una familia. Está deseando que haya una nueva generación de los Morgenthau, pero como eso no va a suceder tendrá que conformarse con la expansión global del negocio.
Caleb no entendía de dónde habían salido esas palabras. Tal vez porque la conversación que había mantenido con su padre unos días antes seguía dando vueltas en su cabeza. Era la misma discusión que habían tenido una docena de veces, su padre presionándolo para que le diese herederos que continuasen el legado familiar, y que había terminado igual que todas las demás, en un punto muerto. Su padre no quería escuchar sus negativas y Caleb no estaba dispuesto a ofrecerle las razones de su inflexible postura.
La razón por la que no quería casarse y formar una familia no era algo de lo que quisiera hablar, y menos con su padre. La relación entre ellos siempre había sido tensa porque su padre pasó toda la infancia de Caleb luchando contra el dolor por el abandono de su esposa y encontrando consuelo en el trabajo y nunca en el hijo al que consideraba responsable de esa pérdida.
–¿No piensas formar una familia? –preguntó Serena.
–Me gusta mi vida tal como es y no quiero cambiarla –respondió él con franqueza.
Le gustaba poner las cartas sobre la mesa para que cualquier mujer que se cruzase en su camino supiera qué esperar. Y qué no esperar. Aunque no tenía que hacerlo a menudo porque solo se relacionaba con mujeres que solo querían pasar un buen rato, como él.
–Ahora, creo que te toca a ti –dijo Caleb, recorriendo sus llamativos rasgos con la mirada–. ¿Qué te trajo a Singapur?
–Trabajo –respondió ella–. Mi jefa quiere expandir su negocio en el extranjero, de modo que estamos aquí para asistir a muchas reuniones y explorar nuevas oportunidades.
–¿Te gusta tu trabajo?
Ella asintió.
–Llevo unos años haciéndolo.
–Eso no es lo que he preguntado.
Ella suspiró mientras se pasaba una mano por el pelo, liberando un delicado aroma que aceleró su pulso. Quería hundir la cara en ese aroma, en su cuello, en su pelo.
–Si me preguntas si soñaba con ser asistente ejecutiva de pequeña, entonces no.
–¿Por qué no perseguiste tu sueño?
No parecía alguien carente de coraje o confianza, de modo que sentía curiosidad por saber por qué se había conformado con algo que no quería.
«¿Curiosidad, Caleb?». «¿En serio?».
Era inusual en él, pero no podía evitarlo.
Un brillo de tristeza, o quizá de cansancio, se asomó a sus ojos.
–Yo también me he sentido encajonada.
Fue entonces cuando vio en sus ojos todo lo que él había sentido una vez. La limitación, la impotencia, la frustración.
–¿Por qué?
–Es una historia demasiado larga –murmuró Serena–. Y creo que es hora de que me vaya.
Esas palabras lo pillaron desprevenido. ¿Quería irse?
–¿Ya te vas?
–Dije que una copa. Gracias, Caleb. Ha sido un placer conocerte.
Él la miró fijamente mientras se ponía de pie, con el ceño fruncido. No era la primera mujer que se alejaba de él. No ocurría a menudo, pero había sucedido y nunca le había preocupado demasiado porque había otras mujeres. Pero en ese momento sí le preocupaba porque Serena era muy guapa y quería poseerla, pero también porque quería saber más de ella. Porque, por alguna razón, se sentía más conectado con ella que con ninguna otra persona. No era algo que hubiese buscado jamás, ni algo que extrañase porque él conocía el caos que causaban las conexiones emocionales. Sin embargo, a pesar de lo inusual que era, no estaba listo para dejarla ir.
¿Y qué había de malo en disfrutar de esa conexión un poco más? No duraría. Su interés por una mujer nunca duraba demasiado.
–¿Estás segura de que no puedes quedarte un rato más?
Serena se tragó la emoción que se agolpaba en su garganta. No, no estaba segura.
Sabía que debía irse. No solo por Marcia, sino porque, cuanto más compartía con Caleb, y cuanto más permanecía en su esfera, hechizada por sus ojos grises y su innegable encanto, mayor era la tentación de olvidarse de todo y dejarse llevar por el deseo que sentía por él.
Permitirse, por una noche, ser ella misma y sentir sin restricciones. Sin miedo. Sus defensas ya habían flaqueado y estaba a un paso de cruzar esa línea y lanzarse de cabeza a un abandono temerario. Y ella sabía bien dónde la llevaría eso. Caleb no le ofrecía nada, al contrario. Había dejado claro que no buscaba nada serio ni permanente. Era un riesgo que no podía correr, de modo que irse era imperativo.
Sin embargo, el deseo de quedarse era igual de poderoso. Anhelaba disfrutar de su atención, del deleite de ser vista y admirada. De ser visible. Ella no quería promesas de amor. Con el recuerdo de las falsas promesas de Lucas aún presente, ni siquiera las creería si las hiciera. Pero deseaba a Caleb como no había deseado a ningún otro hombre y la idea de marcharse se desvanecía bajo el brillo de esos ojos grises que parecían prometer hacer realidad todos sus sueños.
Nunca se había sentido tan dividida, como si no hubiera una respuesta incorrecta, como si ambas opciones, quedarse o irse, fuesen correctas.
–Estoy segura –dijo por fin.
Él asintió, con un brillo de decepción en los ojos. Saber que estaba decepcionado cuando podría tener a cualquier mujer que quisiera la hizo suspirar.
–Te acompaño al vestíbulo.
Serena rechazó la oferta con un gesto, segura de que cada segundo que pasaba con aquel hombre amenazaba con hacerla cambiar de opinión.
–No hace falta.
–Pero quiero hacerlo –insistió él, poniendo una mano en su espalda mientras la acompañaba hacia el ascensor.
Solo la tocaba por encima del vestido, pero Serena ardía como si estuviese rozando su piel.
«Imagina lo maravilloso que sería si te tocase de verdad».
Serena apartó de sí tan peligroso pensamiento. Había tomado la mejor decisión, la más segura e inteligente.
–Te pediré un taxi…
–No hace falta, en serio.
–Estás sola y no conoces la ciudad. Si no lo hago, me pasaré toda la noche preocupado por ti.
A Serena le gustaba la idea de que pasara toda la noche pensando en ella porque eso era lo que ella iba a hacer. Reviviría su encuentro con Caleb una y otra vez, se quedaría dormida soñando con él, unos sueños que, sin duda, la dejarían acalorada y excitada.
–Si insistes –accedió por fin, rezando para que el descenso hasta el vestíbulo fuese rápido porque la potencia de su aroma masculino la tenía mareada.
Pero al entrar en el ascensor, atrapada con él en un espacio tan pequeño, su corazón se desbocó de deseo.
Serena clavó la mirada en el suelo, recordándose todas las razones por las que no podía. No debía. Pero el calor que burbujeaba bajo su piel seguía aumentando al tenerlo tan cerca… tan cerca que podía alargar una mano y tocarlo.
De repente, las luces parpadearon y el ascensor se sacudió con tanta fuerza que perdió el equilibrio y se desplomó sobre Caleb. Él la sujetó contra la sólida pared de su torso, envolviendo su cintura con los brazos, y Serena no pudo evitar un gemido de alarma.
Las luces se encendieron de nuevo y el ascensor se estabilizó, pero Caleb no la soltaba.
–¿Estás bien? –preguntó, mirándola con preocupación.
Ella asintió, con el corazón en la garganta.
–Sí. ¿Qué ha pasado?
–Una subida de tensión, probablemente. ¿Seguro que estás bien?
Serena solo pudo asentir, sin palabras, mirando esos ojos plateados. Se dio cuenta de que el susto había sido reemplazado por el placentero calor de las firmes manos que la sujetaban.
«Dile que puede soltarte».
Pero esas palabras no se materializaron porque, en el fondo, no quería que la soltase. Le gustaba la sensación de estar entre sus brazos. Sus sentimientos pedían a gritos ser liberados y, antes de ser consciente de lo que hacía, antes de poder contenerse, Serena se puso de puntillas y buscó su boca.
Solo un beso, se prometió a sí misma.
«Solo para saber cómo se siente».
El beso, sin embargo, bastó para encender un fuego aún más feroz en su sangre. La presión de la boca de Caleb vibró por todo su cuerpo, liberando sentimientos que Serena había reprimido durante tanto tiempo, haciendo que fluyeran libres y sin control. Eran torrentes de pura sensación mientras él la besaba con una destreza tan exquisita que Serena creyó morir de placer.
Y sería una forma perfecta de morir, pensó, sintiéndose tan completa y, sin embargo, hambrienta de mucho más, que consintió en una segunda caricia de sus labios y luego otra y otra…
Y para entonces ya estaba rodeando su cuello con los brazos, aferrándose a él, y cualquier idea de detenerse se borró por completo de su mente.
Los labios de Serena sabían mejor de lo que había imaginado. Dulces como la miel. Tan dulces que se estaban volviendo adictivos y Caleb supo que, durante el resto de su vida, nunca más podría disfrutar de ese néctar sin pensar en ella y en ese momento, en el entusiasmo de su boca, en su cuerpo rendido.
Ella abrió los labios y Caleb aprovechó la oportunidad para deslizar la lengua en el húmedo calor de su boca, empujándola contra la pared del ascensor. El incendio que se extendía por su cuerpo no le permitía pensar con claridad. Besarla, ser besado por ella, era la experiencia más placentera que había conocido y, a pesar de lo acostumbrado que estaba a esa interacción con una mujer, el cálido aroma de su piel, los suaves gemidos de asentimiento, la presión de unos pechos femeninos contra su torso, con ella todo parecía nuevo, emocionante. Un sueño en el que quería sumergirse aún más.
Tal vez era la forma en que respondía a cada roce de sus manos, como si su tacto la electrizase. O tal vez era que su figura se ajustaba perfectamente a la suya, como si sus cuerpos hubieran sido tallados a partir de un molde común. Destinados el uno para el otro.
Era una idea ridícula, pero en ese momento, enloquecido por el deseo de saborearla y devorarla, parecía lo único que podía explicar esa espiral de locura. El cuerpo de Serena parecía hecho específicamente para él, diseñado para extraer de él todo lo que pudiese ofrecer y para recibir un placer que solo él podía brindarle.
Caleb besó su cuello apasionadamente. Cuando posó la boca sobre el punto en el que latía su pulso, Serena levantó una pierna y la enredó alrededor de su muslo, apretándose contra él. Su erección, ya dolorosa, palpitó ante tan explícita invitación, ante lo bien que sus pelvis encajaban, como si estuvieran hechas para eso. Caleb respondió apretándose aún más contra ella. Impulsado por la necesidad de sentirla del todo, deslizó una mano por la suave piel de su muslo. Ansioso por ver cómo el placer la inundaba, sus dedos se aventuraron más arriba, hasta que el leve estremecimiento de su íntima carne despertó una consciencia que debería haber aflorado mucho antes.
Porque si bien él no tenía ninguna duda de lo que quería, ¿podría Serena querer lo mismo? Momentos antes estaba decidida a irse y si la sacudida del ascensor no la hubiese lanzado a sus brazos probablemente se habría ido. Y él la habría dejado ir. Nunca había tenido que suplicarle a una mujer que se acostase con él y nunca lo haría. Pero tampoco era un hombre que se aprovechase de una mujer.
–¿Qué ocurre? –preguntó ella, con los labios hinchados y el pelo revuelto.
–Nada. Eres perfecta –respondió Caleb rápidamente para borrar ese destello de inseguridad en sus ojos–. Y con gusto te llevaría a mi suite para continuar esto, pero no quiero que pienses que es necesario. Puedes irte, Serena. Quiero que estés absolutamente segura de que esto es lo que deseas.
Sonriendo, Serena tiró de las solapas de su chaqueta.
–Estoy segura –respondió.
¿Demasiado rápido?, se preguntó Caleb. Pero mientras el sentido común le decía que quizá debería parar de todos modos, su cuerpo tenía otras ideas. Sin decir nada, pasó una tarjeta por el panel de control del ascensor para que los llevase directamente a su suite mientras reclamaba su boca con un ansia que trascendía todo lo que había sentido antes.
El deseo que sentía era cada vez más una necesidad imperiosa, desesperada, irresistible, insaciable.
Serena experimentó una oleada de alivio cuando Caleb la tomó en brazos para sacarla del ascensor porque no sabía cuánto tiempo más podría mantenerse erguida. Cada caricia, cada beso, la afectaba tan profundamente que sentía como si su alma se estremeciese.
Él le había preguntado si estaba segura, ¿pero cómo no iba a estarlo?
Su mundo se había reducido a él, a los sentimientos que Caleb había desatado en su interior. La vida que había conocido antes de esa noche, antes de él, se había desvanecido por completo para dar cabida a esa gloriosa novedad.
Sin embargo, nunca había hecho algo así. Nunca había sentido la tentación de hacer el amor en un ascensor, de dejar que un hombre al que no conocía antes de esa noche deslizase una mano entre sus piernas. Pero eso no parecía importar en ese momento. No había una sola duda en su corazón ni en su cabeza. El fuego que ardía entre ellos había quemado sus reservas y, por esa noche, haría lo que deseaba. Tomaría lo que ansiaba, lo que necesitaba.
No podía parar porque quería más.
Como si intuyera su deseo, los besos de Caleb se volvieron menos contenidos, si eso era posible, pero al dejarla sobre la cama, presionándola contra las sábanas con su peso, fue como si una nueva urgencia lo impulsara, como si se viese empujado por un anhelo profundo e incontenible.
Serena también lo sintió. Estaba ardiendo. Nunca había conocido una sensación igual, una desesperación tan pura que no sabía si podría soportarla.
Decidida a no pensar más, alargó las manos para desabrochar su camisa, tirando de los diminutos botones, impaciente por desnudar el duro torso que había debajo. Sintió que Caleb sonreía ante sus apresurados y torpes movimientos, disfrutándolo. Sus manos eran mucho más hábiles mientras le subía el vestido y tiraba de sus bragas, deslizándolas por sus piernas hasta que cayeron al suelo.
Si hubo un momento de incertidumbre o vacilación, probablemente era aquel, pero no quería pensar. Solo quería dejarse llevar por el impulso, por el deseo. Estaba atrapada en el ojo de una tormenta salvaje y embriagadora y se sentía maravillosamente bien. En aquel momento, en aquel sitio, con aquel hombre, se sentía mejor que nunca.
Caleb localizó la cremallera del vestido y, después de bajarla, apartó la tela, dejando escapar un rugido mientras admiraba sus pechos, ocultos bajo el sujetador. Los besó suavemente antes de tirar de una de las copas de encaje para cerrar la boca alrededor de un pezón, lamiéndolo hasta que Serena se arqueó hacia él.
Nunca había sentido algo así y las gloriosas sensaciones palpitaban por todo su cuerpo como un latido inquieto que, de repente, podía sentir por todas partes. Excitada, se arqueó de nuevo, apretándose contra él.
Como si supiera exactamente lo que pedía, exactamente dónde y cómo necesitaba ser acariciada, Caleb deslizó una mano entre sus cuerpos para tocar su palpitante centro. Esa primera caricia de sus dedos sobre el tenso capullo de nervios la golpeó como un rayo, sacudiéndola, cegándola. Pero, incluso mientras gritaba, él no se detuvo, aplicando la presión perfecta, susurrando palabras que no entendía, perdida como estaba en las sensaciones. Serena gimió, susurrando su nombre, rogándole que parase y que no parase al mismo tiempo mientras su cuerpo era sacudido por una explosión cegadora.
Sin embargo quería más y, con manos ansiosas, y con la ayuda de Caleb, desabrochó su pantalón. Por un instante, permitió que sus ojos se deleitaran con la belleza de su cuerpo desnudo, pero solo por un instante porque su deseo era demasiado implacable como para contenerlo.
–¿Tienes un preservativo?
Él asintió mientras tomaba su cartera del suelo. Abrió el sobrecito con los dientes y se enfundó en el preservativo, con unas manos no del todo firmes. Serena estaba tan llena de expectación que apenas podía respirar.
Se colocó sobre ella de nuevo, sus ojos brillando con destellos de peltre mientras empujaba hacia la entrada de su cueva. El primer contacto hizo que se arquease, lista para aceptarlo, y Caleb la penetró suavemente. Cualquier tensión o extrañeza, porque llevaba mucho tiempo sin hacer el amor, duró apenas unos segundos antes de que la invadiese una abrumadora sensación de plenitud y conexión.
Caleb dejó escapar un profundo gruñido de satisfacción, y fue enormemente gratificante que se sintiera tan bien como ella. Con cada embestida, parecía enorgullecerse de hacerla suya, prolongando expertamente sus movimientos para maximizar cada gota de placer.
Serena creía que nada podía ser mejor, pero cuando él levantó sus piernas para enredarlas en su cintura y la besó apasionadamente mientras la penetraba con fuerza, sintió que se desmoronaba. Y entonces se dejó ir de nuevo, elevándose más allá del placer, más allá de la cordura, más allá de todo lo que creía posible, aterrizando en el abismo. Solo que no era oscuro y solitario, sino un lugar lleno de estrellas resplandecientes donde solo existía el placer.
