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Cuando cayó el Muro de Berlín, muchos historiadores predijeron con seguridad el fin de un mundo de Estados-nación y nacionalismos. En 1990, el historiador marxista Eric Hobsbawm escribió con confianza: «Dijo Hegel que el búho de Minerva que lleva la sabiduría levanta el vuelo en el crepúsculo. Es una buena señal que en estos momentos está volando en círculos alrededor de las naciones y el nacionalismo». Estaba muy equivocado. Muchas de las nuevas instituciones que debían poner fin al viejo nacionalismo, como la Unión Europea, se encuentran hoy en un estado de desorganización. El mundo actual es testigo del resurgimiento de un nacionalismo que en muchos países se combina con formas de autoritarismo, ya sea en Turquía, Rusia, Brasil o India. Esto va a influir en la forma en que se escriban las historias, como podemos ver también en estos países. Es probable también que afecte a las historias que no se escriban, porque no habrá nadie que las escriba. En estas páginas no he pretendido sugerir que exista un país o una cultura académica modelo cuyas prácticas históricas deban seguir todos los demás. Tampoco puedo defender un proyecto ilusorio de universalizar la historia, cuando la propia universalización es a todos los efectos un proceso de exclusión. Las controversias sobre qué es la historia, qué debe estudiar y cómo debe estudiarse continuarán seguramente durante mi vida y más allá. Sigo teniendo la esperanza de que las historias que se escriban se construyan con un espíritu de conversación, con una apertura a otras experiencias y culturas, y no solo con un espíritu de reivindicación y autocomplacencia. Pero soy lo bastante realista para saber que esto no es más que una esperanza.
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Seitenzahl: 113
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Traducción y notas
Rafael Gaune Corradi
Primera edición, FCEChile, 2024
Subrahmanyam, Sanjay
¿Deberíamos universalizar la historia? Entre derivas nacionalistas e identitarias / Sanjay Subrahmanyam ; trad. y notas de Rafael Gaune Corradi. – Santiago de Chile : fce, uc, 2024
87 p. ; 21 × 14 cm – (Colec. Historia)
Título original: Faut-il universaliser l’histoire? Entre dérives nationalistes et identitaires
ISBN 978-956-289-359-6
1. Historiografía – Filosofía 2. Historia – Filosofía – Siglo xx 3. Historia – Filosofía – Siglo xxi I. Gaune Corradi, Rafael, tr. II. Ser. III. t.
LC D16.9 S8319 Dewey 907.2 S869d
Distribución mundial en habla española
© Sanjay Subrahmanyam
D.R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Chile S. A.
Av. Paseo Bulnes 152, Santiago, Chile
www.fondodeculturaeconomica.cl
Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
www.fondodeculturaeconomica.com
Ediciones Universidad Católica de Chile
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
lea.uc.cl
Coordinación editorial: Fondo de Cultura Económica Chile S.A.
Traducción, edición y notas: Rafael Gaune Corradi (Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile / DiSSGeA, Università di Padova).
Fotografía de portada: Pieter i Brueghel el Viejo, MMB.0045, Museo Mayer van den Bergh, imagen: Michel Wuyts.
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de los editores.
ISBN impreso978-956-289-359-6
ISBN digital 978-956-14-3316-8
Diagramación digital: ebooks [email protected]
ÍNDICE
I. Un exceso de historia
II. La historia en las colonias
III. La historia marxista en discusión
IV. Nacionalismo, identidad e historia universal
Bibliografía
Nota del traductor. La traducción al español se ha elaborado desde el original en inglés, cotejando del mismo modo la traducción al italiano que ha realizado Giuseppe Marcocci con el título Le derive della storia. Identità, nazionalismi, universalismi (Roma, Officina Libraria, 2023). Desde la traducción al italiano, por ejemplo, se han tomado los títulos de los cuatro capítulos que conforman este libro. La primera edición del libro ha sido en francés con el título Faut-il universaliser l’histoire? Entre dérives nationalistes et identitaires (París, cnrs, 2020). Todas las notas que he realizado y la bibliografía utilizada en las citas al español se encuentran detalladas con la referencia [N. del T.].
I. Un exceso de historia
«Los ornamentos que aún quedan en los muros y puertas en ruinas son los vestigios de los antiguos héroes de Persia», escribió Orfi Shirazi,1 poeta iraní emigrado a la India a fines del siglo XVI. El significado era que cualquier habitante de una ciudad iraní o india que deambulara por su lugar de origen se vería obligado a reflexionar sobre el lugar del pasado en el presente. Dos siglos y medio después de Orfi, un gran intelectual de Delhi llamado Sayyid Ahmed2 se inspiró en él a mediados del siglo XIX para escribir sobre la historia de su ciudad, con un pasado glorioso, pero ahora en decadencia, y la tituló «Los vestigios de los antiguos héroes». Pero, según se cuenta, pocos años después de terminar este texto, su autor se convenció de que detenerse en el pasado de esta manera era tedioso, improductivo e incluso patológico. Se supone que un célebre poeta de la época le dijo que diera la espalda a las «cosas muertas» del pasado y mirara decididamente hacia el futuro, en el que los gobernantes británicos de la India (y de muchos otros países) estaban rehaciendo el mundo moderno. Como sugiere esta anécdota, toda sociedad, y todo grupo dentro de una sociedad, tiene un pasado de algún tipo: la cuestión importante es qué hacer con él. Obviamente, hay más de una respuesta razonable a la pregunta, incluso en un mundo tan interconectado (o «plano», como dijeron una vez los periodistas estadounidenses) como el nuestro. ¿Debería uno movilizar el pasado sobre todo como recurso para la solidaridad dentro de una comunidad, subrayando lo mucho que «nosotros» tenemos en común, y lo poco que tenemos en común con nuestros «otros»? Por ejemplo, para los indios, ¿el verdadero propósito de examinar el pasado debería ser recordar cómo muchas de las ideas e inventos más importantes del mundo han surgido del subcontinente, en comparación con sus vecinos culturalmente empobrecidos? ¿O para los europeos recordar las glorias de la civilización europea, la promesa compartida de los valores europeos que culminaron en la Ilustración, y cómo el resto del mundo —ya sean musulmanes de Oriente Próximo o indios y chinos— no ha sido capaz de alcanzar cotas tan excelsas? ¿Debería ser para recordar una historia de agravios, y así mantener vivo un sentimiento de sospecha perpetua respecto a un mundo que en cualquier momento puede tratar de victimizarnos a «nosotros» una vez más? Una alternativa —la que sugirió el poeta Ghalib a Sayyid Ahmed— es dejar de lado el pasado, incluso tomar la decisión consciente de olvidarlo o al menos parte de él. A primera vista, esto no tiene nada de absurdo, ya que la memoria siempre es selectiva y, como recordaba Jorge Luis Borges en su famoso cuento «Funes el memorioso», quien es incapaz de olvidar no puede pensar creativamente: «pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer».3 Así, entonces, la verdadera cuestión quizás no sea si hay que olvidar el pasado como tal, sino qué olvidar y cuánto.
En ese sentido, tenemos la célebre fórmula, a veces muy mal citada, de la pluma del filósofo y neoespinoziano hispanoamericano George (Jorge) Santayana en su obra The Life of Reason:
El progreso, lejos de consistir en cambio, depende de la capacidad de retención. Cuando el cambio es absoluto no queda ningún ser para mejorar y ninguna dirección es establecida para una posible mejora. Y cuando la experiencia no es retenida, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Aquellos que no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo.4
Volveremos sobre esta última frase sugestiva y lapidaria. Pero retengamos de entrada algunos elementos de esta. Olvidar equivale aquí a la infancia (y por tanto al salvajismo); recordar es un acto de madurez que conduce al progreso y (presumiblemente) a la civilización. Pero las cosas se revelan mucho menos sencillas.
Es saludable recordar también que hay muchas formas de acceder al pasado colectivo y no todas, ciertamente, son de carácter histórico. Las historias existen, por lo tanto, en un campo narrativo en el que suelen estar obligadas a competir con otros modos de representar el pasado, o a complementarlos. Hace poco tuve el privilegio de mantener una larga conversación con una amiga y colega antropóloga quien acababa de regresar a su universidad tras un largo periodo de trabajo de campo en un pueblo de tamaño pequeño o mediano de la India. Es el tipo de trabajo que los historiadores como yo no solemos hacer, pero cuyo valor sin duda reconocemos.
La ciudad en cuestión tenía una larga historia documentada que se remontaba quizás a mil años atrás, hasta bien entrado el periodo medieval. Al igual que las ciudades persas de Orfi, estaba también habitada de murallas y puertas en ruinas. En épocas más recientes, en el siglo XX, se había caracterizado por repetidos y variados enfrentamientos y disturbios, en los que se vieron implicadas distintas comunidades religiosas, pero también diversas castas. A pesar de ello, su población no la había abandonado y, por el contrario, en los últimos tiempos había empezado a acudir a ella gente procedente de los campos de los alrededores. La ciudad se había convertido así en un palimpsesto, con algunas zonas pobladas por los emigrantes más recientes en modernas construcciones de hormigón, y otras formadas por casas más tradicionales que retrocedían cada vez más en el tiempo.
Mi amiga antropóloga no fue allí pensando en cuestiones de conciencia histórica. Pero dondequiera que mirara, sus informantes parecían tentados de arrastrarla a argumentos históricos. El único lugar donde no lo encontró fue, paradójicamente, en los archivos oficiales de la región situados en dicha ciudad. Los archiveros la recibieron con silencio y una hosca falta de cooperación, probablemente temiendo que estuviera buscando pruebas de actividades que avergonzarían a algunas de las familias más prominentes de la ciudad y pondrían en duda cómo habían hecho exactamente sus recientes fortunas y adquirido sus conspicuas propiedades. Aquí, podía encontrar una riqueza de perspectivas y puntos de vista que el historiador solo podía envidiar. Algunos grupos sociales recordaban con nostalgia la época en que sus antepasados habían participado en las empresas del ejército británico, incluso en el siglo XIX o mientras luchaban en el frente oriental de Francia en la Primera Guerra Mundial. Otros, por el contrario, recordaban los años 1857-1858 y el gran levantamiento indio contra los británicos como un momento fundacional. Otros, por lo general musulmanes, veían su historia ligada a las largas y repetidas migraciones desde la meseta iraní y el sur de Arabia, así como también los regímenes creados por los mogoles y sus sucesores. Sus informantes de los grupos dalit (o, como se decía antes, intocables) hablaban de miles de años de opresión invariable, que solo cambió cuando llegó la dominación británica para liberarlos del yugo de los brahmanes y las poderosas castas agrícolas. En resumen, algunas eran historias de decadencia, otras de triunfo y otras de agravios que seguían parcialmente sin resolverse.
La cuestión obvia era preguntarse de dónde procedían estas diferentes narrativas y, más aún, sobre la base de qué recursos se fabricaron y produjeron. Puesto que estamos a principios del siglo XXI, cabe señalar que las estadísticas oficiales afirman que más del 70% de la población de la India sabe leer y escribir (aunque con una tasa más alta entre los hombres que entre las mujeres), y la región donde se encontraba este pueblo se situaba por encima de la media nacional. Por lo tanto, un buen número de los informantes de la antropóloga, incluso los de las castas más desfavorecidas, habían estado expuestos a cierta educación formal en las aulas. Además, muchos de ellos tenían acceso tanto a los medios de comunicación impresos en la lengua regional, como a los medios electrónicos como la televisión e incluso a veces a Internet. No estamos hablando de grupos cuya memoria se conserve en algún mundo prístino de transmisión oral. No obstante, llama la atención el escaso número de estos relatos que concuerdan con las historias oficiales estándar que se habrían enseñado a los adolescentes en las escuelas de la región. Estas historias, si hubieran sido las publicadas por el régimen del Congreso que dominó durante mucho tiempo la política india, habrían insistido en que la India anterior a la dominación británica había sido una sociedad armoniosa y diversa con muchos gobernantes sabios y unos pocos insensatos. Sin embargo, desafortunadas disensiones internas permitieron la conquista del país por los británicos, a pesar de varios valientes actos de resistencia como los de 1857. Finalmente, a principios del siglo XXsurgió un movimiento nacionalista, bajo el liderazgo de la «santa» figura de Mohandas Gandhi, rodeado de otras figuras del panteón del Congreso (de castas y religiones diversas). A pesar de su carácter no violento, este movimiento desafió con éxito a los británicos y, de forma lenta pero segura, los expulsó del país. Por desgracia, algunos elementos oportunistas de la élite musulmana también aprovecharon la oportunidad para plantear la demanda de un Estado separado, Pakistán, que se creó cuando los británicos se marcharon. Sucesivamente, los manuales apoyados por varios grupos nacionalistas de derechas que también han ostentado el poder en las últimas décadas habrían producido una narrativa divergente, en la que la sociedad india antes del dominio británico ya se caracterizaba por un conflicto violento entre hindúes y musulmanes, con los primeros siendo oprimidos regularmente por los segundos. Sin embargo, la narrativa una vez establecida el dominio británico sería en gran medida la misma que la esbozada anteriormente, aunque se concedería un mayor lugar a la resistencia violenta al dominio colonial, principalmente por parte de los hombres de las castas superiores.
Pero estos relatos históricos —ambos enmarcados esencialmente en formas de nacionalismo indio— no son en su mayoría los que escuchó la antropóloga. Esto sugería que muchos de sus informantes tenían concepciones alternativas bien desarrolladas del pasado, quizás sostenidas a través de sus propios «lugares de la memoria» o tal vez por otros medios. No se puede descartar la posibilidad de que, por un lado, lo que se enseñaba en las salas de clases y, por otro lado, lo que estaba escrito en los manuales que debían utilizar fueran en realidad bastante divergentes. Además, la ciudad tenía una vida pública activa, sostenida por festivales, ferias, monumentos, discursos religiosos públicos, etc., en los que se planteaban constantemente cuestiones históricas. De hecho, más que una especie de indiferencia hacia el pasado, podemos decir que en esta ciudad india —que en realidad no es tan diferente de muchas otras en este sentido— había una fuerte inversión en el pasado, en su discusión y en su impugnación. Puede que los historiadores profesionales no fueran los principales impulsores de este debate, e incluso cabe preguntarse si la historia que se practicaba en las universidades (ya que la ciudad contaba con una modesta) tuvo un impacto directo en estos debates más amplios. En la medida en que dicha historia profesional se hubiera reflejado en estos debates, bien podría haber sido la versión altamente positivista escrita en las décadas de 1940 y 1950, en lugar de los refinamientos producidos por tendencias como los “estudios subalternos” desde la década de 1980. Habiendo vivido durante varios años cerca de la famosa tumba de Humayun en Delhi (donde están enterrados uno de los primeros emperadores mogol y muchos de sus descendientes), he escuchado a menudo este tipo de discusiones entre visitantes, vigilantes y jardineros.
Se puede útilmente contrastar esta situación india con las recientes reflexiones de dos reconocidos historiadores, uno francés y otra estadounidense, en libros breves, de título muy similar y publicados en 2015 y 2018. Ambos historiadores están separados por solo unos pocos años de edad, aunque sus trayectorias son bastante disímiles. El historiador francés, Serge
