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Dejando huellas de libertad narra el viaje que hizo una masajista junto a su hijo adolescente a Nueva Zelanda, país en que encontró numerosas experiencias de vida, atravesando aspectos migratorios, laborales y de sobrevivencia. Lo anterior llevó a la autora a emprender un viaje de aprendizaje hacia su interior para así encontrarse con su espiritualidad y crecimiento. Al recorrer Tailandia, Nepal y España, entre el estallido social en Chile y una pandemia mundial, la protagonista de esta historia nos invita a sumergirnos en sus aventuras e historia.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2022
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PRÓLOGO
TAILANDIA
NEPAL
NUEVA ZELANDA
LA INTERROGACIÓN
ANDRÉ
LUK
EL PLAN
EL RECHAZO
EL PRÍNCIPE
CAMBIOS
LA PARTIDA
AUSTRALIA
EMPRENDIENDO
EL PROCESO
NAVIDAD
LA LIBERACIÓN
EL RETORNO
BARCELONA, ESPAÑA
LOS HERMANOS SONOROS DEL MONTSENY
LA PANDEMIA
GRATITUD, GENEROSIDAD, MEDITACIÓN
VUELTA A LA NUEVA VIDA
NUEVOS MODELOS
EL PERDÓN
REENCUENTRO CON LOS ANCESTROS
SABOR A TI
SORPRESA EN RITOQUE
CUMPLEAÑOS
EPÍLOGO
Descubrí esta habilidad cuando tenía veintitrés años, tras salir del colegio a los dieciocho de un Liceo Comercial en el que me licencié como secretaria. Nunca pude ejercer, era demasiado inquieta para permanecer sentada, por eso luego de mi práctica nunca logré ser contratada. Por supuesto que el secretariado no era lo mío, fui como el caso de muchos jóvenes recién salidos del colegio que no tienen una idea clara de lo que quieren. Provengo de una familia de bajos recursos, por lo que no había dinero para los estudios superiores. Esos fueron años de exploración a nivel personal y laboral, estuve perdida y sin saber qué hacer, por dónde continuar. Me fui quedando atrás mientras mis amigas comenzaban sus vidas universitarias.
Hasta que un día me hablaron acerca de los masajes, me pareció interesante. Fui a investigar y me gustó, conseguí un trabajo que me permitía estudiar por la tarde. Así llegaron los primeros conocimientos sobre el oficio. Cuando terminé los estudios me puse de inmediato en un gimnasio y arrendé un espacio para trabajar ahí. Aunque me dediqué principalmente al área estética, me fue bien, nació mi único hijo en paralelo, por lo que fue una época de mucha exigencia; estaba por ser madre primeriza e iniciar una pyme. Como ocurre a muchos emprendedores, llegó el momento de querer crecer, pero me dio algo de susto hacerlo sola; busqué una aliada y me cambié a un local más grande. Pero contrario a lo que esperaba, esa aventura me dejó con una deuda más grande que el local; tuve que comenzar de cero después de ocho años en el rubro. Comencé a trabajar a domicilio, además de tomar un trabajo part-time los domingos en un spa exclusivo de Santiago. Tuve una crisis personal y laboral, cuestioné todo lo que había hecho hasta ese momento. Noté la inmadurez de mis decisiones y me sentí vacía.
Luego de esa primera crisis decidí irme a buscar nuevos rumbos. Mi destino: Nueva Zelanda. Lo más gracioso es que terminé por hacer lo mismo allá, pero de manera diferente. Aunque todo era más enfocado en la salud y el cuidado personal, lo que terminó por reencantarme con mi oficio. Me enamoré otra vez de eso que en algún momento había llamado un don. Viajé a Tailandia, España y pronto a Australia.
Ahora me entrego a la novedad. Siempre estoy comenzando algo nuevo. Lo que más me gusta de hacer masajes es la cantidad de seres humanos que he llegado a conocer, con sus increíbles historias, risas, llantos, también son de mis cosas favoritas del trabajo. Me gusta involucrarme con mis clientes-pacientes, no solo porque hay un intercambio de energías importante en las sesiones, sino porque me es imposible no entregarme de manera completa a la situación. En ocasiones, me siento parte de ellos: sentir sus venas, músculos, nudos e inflamaciones; también sus penas, rabias y dolores, ha intensificado eso.
He sentido muy cerca a los maestros, considerando que yo solo soy un canal de energía. Hago cada masaje con mucho amor porque me siento conectada con el otro, y también me desahogo porque es un espacio de comunicación. Además, tengo la certeza de que somos iguales, pero con vibraciones diferentes. En la camilla no hay fronteras, razas, estratos sociales ni religiones, ahí somos seres humanos, cuerpos que desprenden emoción, energía, dolor y alivio.
Pasados veintiún años de hacer masajes, encuentro que sin importar su tipo (estéticos, terapéuticos, tailandeses o descontracturantes), son parte de un conjunto. Depende de quién lo haga y quién lo reciba, en qué sintonía estamos lo recibimos o damos. Hoy soy feliz con lo que hago y estoy muy agradecida con cada uno de mis pacientes-clientes. Gracias a ellos he aprendido no solo a hacer masajes, también a escuchar, crecer, investigar, dar amor y desahogarme. Ha sido terapéutico para ambos lados, con muchos he generado amistad.
En Nueva Zelanda conocí gente que me hizo sentir acogida y cómoda, en varias ocasiones me quedé a compartir alguna cena después de un masaje. Con gente de la India experimenté comer el arroz con las manos, tenía que moldearlo y formar bolitas. A pesar de que me cansaba y terminaba por pedir un tenedor para volver a mis costumbres, aunque se extrañaban, me aceptaban igual. Con los tailandeses comíamos en el suelo el arroz blanco, las ensaladas sin aliños y muchas crudas. Cómo no acordarme que en varias ocasiones olvidé que comíamos en el suelo y caminé a través del mantel que para ellos era la mesa. Sus miradas de espanto anunciaban que nunca habían compartido con una latina a la hora de comer.
Una vez al mes, en Nueva Zelanda tenía que ir por mis clientes-pacientes a Wellington para atender a los filipinos; era muy emocionante, me quedaba un fin de semana completo trabajando sin parar. Me daban comida a toda hora, era increíble el cariño que nos teníamos y cómo lo expresábamos a través de los alimentos: mucho ají, verduras y arroz. Creo que son los asiáticos más amorosos que he conocido.
He compartido mis tristezas y alegrías, mis aventuras y desventuras. Hice lazos con algunas personas a las que continúo dando masajes, incluso después de veinte años. Las historias que he recibido han sido el motor a la hora de realizarlos. Con muchos falta tiempo de tanto conversar, lo que me trae más de un dolor de cabeza con la próxima persona que atenderé, porque la mayoría de las veces no veo el reloj y me paso de la hora.
No llevo la cuenta de todas las casas que he visitado ni de todas las energías que he recibido, buenas o malas. He sido parte de despedidas de soltera, le he hecho masajes a familias completas, he trabajado con mujeres embarazadas y ayudado con sus drenajes linfáticos; sus hijas han ido creciendo y se han vuelto mis clientas. También he visitado clínicas de maternidad donde alguna embarazada ha necesitado urgente un drenaje y me han requerido. He atendido a abuelas, quienes me dejan extasiada con sus historias y se toman todo el tiempo del mundo, mientras mi reloj y el de todos avanzan. Con ellas aprendí a dejar un gran espacio para la próxima clienta-paciente porque el servicio no se queda en el masaje, a eso le sigue el té. En España se reunían las amigas y me contrataban para hacer las tardes de masaje; finalizaban con alguna comida en la cual me invitaban, y en ningún caso decía que no porque la española es una de mis favoritas. He atendido parejas que se transformaron en matrimonios, a adolescentes que luego serán adultos y a tantas personas, que es imposible decir un número.
A todos ellos doy:
Gracias totales.
Sentada frente al mar, tras los gigantes vidrios del aeropuerto de Auckland, hacía memoria de lo que había sido estar allí; pedí a Dios que me dejaran ingresar cuando volviera. Cuando llegó la hora y se anunció el vuelo con destino a Tailandia, me pidieron boleto de ida y vuelta, pero solo llevaba de ida, lista para la aventura, sin saber dónde iría después. La oficial fue muy pesada y me exigió comprar el pasaje. Siempre hay algo que te obliga a caminar como oveja, pero desde muy pequeña siempre fui en oposición a la manada, no por rebelde, sino porque me forjaba camino hacia donde mi instinto me guiara. Así y todo, despegamos.
Mi viaje a Tailandia tenía dos propósitos. El primero, querer afrontar los sentimientos y acabar con las ilusiones, en especial después de lo que había vivido en Nueva Zelanda. El segundo, algo que en ese momento todavía desconocía.
Me hice preguntas importantes y decidí perfeccionarme como masajista. Después de diecinueve años en el oficio, la especialización era el paso a seguir, pero al pasar los días solo quería encontrar mi divinidad: ¿Quién soy?, ¿cuál es mi propósito en la vida?, ¿a dónde me estoy dirigiendo?, ¿para quién hago todo esto?, ¿a dónde iré cuando me muera? ¿“Triunfar” en la vida es todo lo que hay? ¿Qué es la felicidad?, ¿qué significa todo esto?, ¿qué es el amor? La voz de mi alma empezó a despertar. Comencé a ver la realidad y me di cuenta de que en el exterior nada me haría feliz. Entendí que no tenía una gran pasión, aunque sabía que algo profundo había allí, no lo conocía y debía buscarlo; buscar lo que realmente quería hacer.
Cuando llegué al Aeropuerto Internacional de Suvarnabhumi, en Bangkok, noté que era inmenso. Estaba en Asia, el escenario cambiaba. La gente era muy amable y el calor sofocante. Al salir, se abalanzaron sobre mí como moscas, muchos hombres que buscaban ofrecerme servicio de taxi. Pocos hablaban inglés, así que me tuve que ayudar con el idioma de señas y gestos. Tomé uno que me llevó a mi destino. Durante los primeros días me dediqué a recorrer los lugares turísticos y no turísticos que me recomendaron. Dejé el miedo de lado y pronto me subía a buses, trenes o tuk tuk, medio de transporte común allá. Su cultura era muy diferente, comenzando porque la mayoría practicaba el budismo y en todos los templos había imágenes de Buda. Lugares impresionantes, muy bien conservados; aprendí que se destinaban muchos recursos para mantenerlos en excelente estado. Bangkok es una ciudad gigante. Mi hotel quedaba lejos del centro, lo suficiente para ver la pobreza de los suburbios, pero igual se podía ver a la gente sonriente todo el tiempo, sin importar su clase.
La mayor parte de la gente trabajaba mucho. Parecían bastante sumisos, o eso pensaba cuando reflexionaba por qué mis colegas tailandesas en Nueva Zelanda trabajaban catorce horas diarias de lunes a domingo. Después de recorrer Bangkok, viajé a Chiang Mai, una ciudad del norte montañoso de Tailandia, a ocho horas en bus. Me debía desplazar para comenzar el curso. Las clases se iniciaban con media hora de yoga que al ser en inglés hablado por tailandeses hacía que me costara más entenderles. Mi estrés por no comprender el lenguaje, sumado al inicio de algo nuevo, lo que siempre me ha costado, comenzó a brotar. Después de unos días me di cuenta de haber aprendido lo mismo que creía saber, pero más extenso, y me hice mil preguntas.
Estaba contenta conociendo gente de diferentes edades, viajábamos, descubríamos otras habilidades. Gente que practicaba yoga, comía saludable, muchos de ellos vegetarianos. Meditaban, no sabían cuál era su próximo destino; eran nómades como yo, no tenían miedo a salir de sus países a experimentar otras cosas. Hacía mucho tiempo no compartía con tantas personas parecidas a mí.
Al iniciar el curso tuve mi primera lección: pensaba que sabía todo lo referente a masajes tailandeses, pero no, aún había mucho que aprender, como ocurre con todas las cosas. El grupo de compañeros era bastante unido, salíamos a comer a ferias de comidas, algo muy característico de Tailandia, casi tanto como las ratas, que están por todos lados, incluidas las ferias. También veía esto como un nuevo reto y hacía tiempo me habían comenzado a gustar las nuevas metas y experiencias. Al conversar con una de mis compañeras, quien había estudiado en India, le mencioné que tenía muchas ganas de arrendar una moto, pero no sabía manejarlas. Ella, con muy buena disposición, fue a buscar la suya y me enseñó. Aprendí rápido, estaba muy contenta: otro logro más.
Estuve tres semanas ahí. Cuando comenzaba a acostumbrarme, sentí la necesidad de una pasión nueva. Quería algo que me gustara y ayudara tanto como para transmitírselo a los demás. Una cosa que me encantara al punto de dejar de verla como trabajo, para despertar y decir: “¡Amaneció! Y tengo muchas ganas de disfrutar de lo que hago, mucha felicidad de que este sea mi trabajo”. Entonces me di cuenta de que me apegaba a las personas y el lugar (Chiang Mai), en circunstancias de haber ido a buscar algo más. Armé mis maletas y emprendí viaje de nuevo, esta vez sola, para que nada ni nadie hiciera ruido en mis decisiones y pasiones.
En medio del curso recibí una mala noticia, que me costó procesar y entender. Habíamos planeado con mi hijo, André, encontrarnos en Nueva Zelanda, pero aunque él trabajó duro, juntó dinero y logró comprar su pasaje, fue enviado de vuelta en la aduana. Estaba destruido y yo peor, pero debía contenerlo, aunque fuera a la distancia. En ese momento pensé que la vida continuaba, aunque tuviera obstáculos; si lo quieres intentar, ponle ganas, fuerza, coraje. Además, no era la primera vez que algo así nos pasaba; la segunda vez que ocurre un suceso de esos, suele doler menos y aceptarse más rápido, por la experiencia.
Después continué mi viaje para conocer otros templos en Chiang Rai, ciudad ubicada hacia el Norte de Tailandia, cerca de la frontera con Laos y Birmania, visité el Templo Blanco, el Triángulo de Oro, el Templo Azul, y por fin, al cabo de dos días, llegué al paraíso Ko Phangan, una isla situada al sur de Tailandia, al lado de Koh Samui.
La isla es un lugar muy especial, por lo mismo es común que los retiros espirituales y los centros de yoga sean populares. Como el mar me encanta, sobre todo si está rodeado de palmeras y paisajes verdes, arenas blancas, aguas color turquesa y diversidad de aves, decidí que era el lugar perfecto para comenzar con mi segundo propósito, que coincidió con mi cumpleaños cuarenta y cuatro. Un propósito que comenzaba con la ayuda de libros, audios, ayunos, meditaciones, cuadernos, caminatas, atardeceres azules, pájaros y monos. El silencio y la paz me ayudaron mucho. Con los días comencé a ver más claro mi propósito de vida: las visualizaciones y oraciones estaban produciendo efecto. Comencé a entender por qué no me habían dado la visa. Si me hubiese quedado, hubiera postergado todo esto. Tras estudiar por medio de los libros a Joe Dispenza, mi mentor, pero también escritor e investigador especializado en neurociencia, entendí qué había pasado durante la navidad anterior en Nueva Zelanda, la noche en que colapsé.
Visto de la perspectiva de la neurociencia, tuve una sobreproducción de hormonas del estrés, lo que generó emociones de ira, miedo y me llevó a sentir agresividad, en especial contra André. Frustración, ansiedad, sufrimiento, desesperanza, tristeza; emociones y sensaciones dolorosas que hacían que la mayor parte del tiempo me sintiera preocupada. Las hormonas que secretan el estrés nos obligan a centrarnos; nuestro cuerpo, entorno y tiempo se relacionan en este proceso. Me volví menos espiritual, menos consciente, menos atenta, menos lúcida. Pero lo que realmente soy y lo que fui a buscar en Tailandia era una consciencia conectada a un campo cuántico de inteligencia, pero todo lo que hice en Nueva Zelanda fue tratar de sobrevivir, ese había sido mi error. Al entender esto desde una nueva mirada, todo me comenzaba a parecer más claro. Las tardes en esa Isla eran tan reveladoras y mágicas que parecía que al conectarme conmigo hasta me veía diferente. Los atardeceres azulados me dejaban sin habla…
Como acostumbraba, quise salir a recorrer lugares, pero estaban tan lejos uno de otro que me atreví y arendé una motocicleta. Fui a muchas playas y para regresar tenía que pasar por un sector donde los monos salían de entremedio de los árboles; eran muchísimos y se colgaban en los cables de la luz o se atravesaban en las calles. Recuerdo que cada vez veía más, eran cientos, no me podía detener porque podían atacarme y no deseaba que alguno me mordiera.
En otra de mis aventuras fui muy lejos. La playa se llamaba Bottle Beach y a pesar de ser casi inaccesible por tierra, era una de las playas más famosas de Koh Phangan. Para llegar había dos opciones: hacerlo cruzando en bote o con un trekking de tres horas más o menos. Yo tardé cuatro y media porque me perdí. Era un lugar realmente impresionante, la única guía eran botellas de plástico que habían colocado como señaléticas, pero como era una jungla, los caminos de botellas eran varios.
Fui sola pensando en encontrar a otros turistas como yo, dispuestos a aventurarse para llegar a la alucinante playa, pero nadie más estaba ahí, intentando subir unos cerros llenos de espesa jungla para adentrarse en ella. Nadie que escuchara el ruido de los pasos, la respiración y los sonidos del bosque, que pasados un tiempo me parecían cada vez más intimidantes. Cuando me perdí, solo pensaba que si llegaba la noche y nadie más subía hasta donde estaba, estaría en graves problemas, pero hablé con el bosque, le pedí que por favor me enseñara el camino de regreso porque estaba dando vueltas hacía mucho. Sentí miedo porque el tiempo pasaba y no lograba encontrar el camino de vuelta, la mente me juagaba en contra y comenzaba a desesperarme, si oscurecía y seguía ahí, el panorama sería bastante cercano al de una película de terror. Comencé a correr, pero escuchaba muchos ruidos. Hasta que miré al cielo y vi, entre los árboles, cómo me acechaban los monos. ¡Eran muchos! Mi corazón palpitaba muy fuerte, cansada me senté en medio de esa exuberante vegetación y oré al espíritu del bosque, me concentré y medité hasta que encontré por dónde continuar. Al llegar pensé que era el paraíso. Una playa impresionante, hermosa, que se encontraba en las afueras de la jungla. En la orilla había un señor que trasladaba a la gente en bote. Mi apariencia en ese momento era de náufraga, el hombre me preguntó si me encontraba bien y le respondí que sí.
—¿Cruzaste sola? —preguntó.
Dije que sí y se agarró la cabeza como diciendo: “¡Qué locura!”.
Caminé por la orilla del mar. Mientras disfrutaba del paisaje, decidí que era momento de lanzarme al agua. Al nadar un poco vi que muchos peces saltaban desde el fondo del mar, venían hasta la orilla, me rodeaban y regresaban. Eran plateados. El encuentro entre lo humano y lo animal es maravilloso. Me imaginaba que al estirar los brazos y abrir mis manos podría tocarlos, pero a la velocidad que nadaban era imposible.
La playa estaba un poco retirada, iba poca gente, lo que la hacía mejor aún. Al atardecer regresé al hotel, en el camino me crucé con una serpiente gigante, lo que me llevó a pensar en la suerte que tenía de no haberla encontrado en medio de la jungla. Tomé un bote para regresar, pude darme cuenta de todo lo que había andado para llegar a ese paradisíaco lugar. Pero no me arrepiento, era parte de la aventura.
Pasé un tiempo en esa Isla. En medio de mis estudios espirituales, similares a un entrenamiento, aunque de mente, cuerpo y alma. Lo hacía en el día desde la piscina y de tarde desde la playa sentada viendo mis infaltables puestas de sol color azul; muchas veces me fusioné con la naturaleza para sentir la inmensidad de Dios, en especial cuando veía las lucecitas típicas en el agua del mar; tan hipnotizantes que te hacen entrar en un trance, como si sintieras la conexión con el cosmos, como si vieras la vida en su máximo esplendor.
Retomé la metafísica: los siete principios o leyes universales; la ley del mentalismo (todo es mente), incluido el universo, la de correspondencia (como es arriba, es abajo), la de vibración, la de polaridad, la de ritmo, la de causa y efecto y la de género.
Puse en observación mis pensamientos, me propuse como meta investigar a fondo la mente. Si la falta de conocimientos me había llevado a Nueva Zelanda a vivir esa experiencia, tendría que educar mi mente para llegar al propósito de mi vida, que aún no sabía cuál era.
Cierta noche desperté de amanecida, como si algo me estuviera guiando a buscar, eran las tres de la mañana; encontré un retiro espiritual en el lugar en que siempre creí haber tenido una vida antes, el monasterio budista Kopan. Preparé mis maletas, mis mejores amigas a esas alturas de la vida, y partí rumbo a Nepal. El aeropuerto era muy pequeño y de estar acostumbrada a ver a gente asiática, me acostumbré a ver a gente de piel más oscura, muy parecidos a los de la India, pero son nepalíes y como a cualquiera, no les gusta ser confundidos por otras comunidades. Por eso al preguntarles si son de India se ofenden, son una región independiente hace tiempo.
Nepal está ubicado entre la India y el Tíbet, es muy famoso por sus templos y montes del Himalaya, entre los cuales se encuentra el Everest y Katmandú, su capital. Tiene un laberinto, barrios muy antiguos y una moneda llamada rupia. Por lo que vi, son gente tranquila, muy sumisa y religiosa; la comida vegetariana es deliciosa, aunque con mucho condimento. La ciudad en sí es una verdadera locura: buses, motos, calles sin pavimentar, peatones y una que otra vaca que a veces se atraviesa por el camino; todos cruzan al mismo tiempo y por todos lados, aunque nadie choca. No hay semáforos, pero puedes sobrevivir sin que te atropellen, a pesar de que para eso debes andar alerta, porque no se sabe cuándo cruzar y las bocinas suelen sonar siempre.
Pese a toda la locura, algo mágico tiene el lugar. La arquitectura está vieja y notoriamente destruida tras el terremoto del 2015, del cual Katmandú nunca se logró levantar. Hay muchos patrimonios de la humanidad y la recorre gente vestida con colores y turbantes variados, todo en un clima con un olor a incienso que junto a la mirada de ojos negros y profundos de las personas, hace que te transportes a otro planeta.
