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Vladímir Arséniev rememora en este libro las aventuras y amistad que compartió con Dersú Uzalá, un nativo del Lejano Oriente ruso que fortuitamente encontró en una de sus expediciones por la taiga. Un peculiar estilo narrativo, tan sencillo como lleno de humanidad y rigor científico, es tal vez el secreto del éxito de la obra de este escritor-explorador ruso, absolutamente maravillado por la imponente naturaleza de los confines de su gigantesco país.
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Seitenzahl: 528
Veröffentlichungsjahr: 2011
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AKAL BÁSICA DE BOLSILLO / 253
Serie Clásicos de la literatura eslava
Director de la serie
Gala Arias Rubio
Vladímir Arséniev
DERSÚ UZALÁ
Traducción
Sergio Hernández Ranera
Nacido en 1969 en Madrid, estudió Ciencias de la Imagen en la Universidad Complutense de Madrid, donde concluyó estudios de doctorado. Su conocimiento de la lengua rusa lo adquirió en la Fundación Pushkin de Madrid y en el instituto homónimo de Moscú. Es fotógrafo y colaborador de distintas publicaciones deportivas comoRunner’s WorldyAtletismo español.(Web www.shr-photos.com.)
Revisión científica
Rubén Sanz Redondo
Nacido en 1973 en Madrid, es licenciado en Biología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor por la Universidad de Extremadura. Sus intereses comprenden desde aspectos relacionados con la ecología y conservación de especies amenazadas hasta los impactos producidos por la acción humana sobre los ecosistemas.
Diseño cubierta: Sergio Ramírez
Motivo de portada: Maxim Munzuk en el papel de Dersú Uzalá en la película homónima de Akira Kurosawa.
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Título original
© Ediciones Akal, S. A., 2011
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-3605-0
Prólogo del traductor
Pocas joyas literarias universales tienen su esencia tan profundamente ligada a la naturaleza como los relatos que, bajo el título de Dersú Uzalá, el genio polifacético ruso Vladímir Klávdievich Arséniev compuso a partir de las anotaciones tomadas durante sus exploraciones por el Lejano Oriente ruso. El paso del tiempo no hace sino incrementar la energía didáctica y moral de lo escrito por este talentoso ruso que fue viajero, geógrafo, etnógrafo, escritor y explorador. En un momento en que la cuestión de la coexistencia armónica de la especie humana y el medio ambiente se ha tornado en un desafío inaplazable, los libros de Arséniev siguen cobrando aún mayor vigencia, si cabe.
El encuentro y la amistad que en los confines del territorio de Jabarovsk Arséniev sostuvo a principios del siglo XX con un entrañable viejo nativo de la etnia gold de personalidad inigualable llamado Dersú Uzalá generaron un pulso narrativo humanístico-ecológico de calado verdaderamente fascinante. Tal es así que otro genio, el insigne cineasta japonés Akira Kurosawa, compuso su obra maestra adaptando Dersú Uzalá al celuloide de manera magistral. El resultado es que, en la actualidad, resulta casi imposible separar, al menos mentalmente, libro y película, pues ninguno desmerece del otro. Dersú Uzalá ha sido traducido a más de treinta lenguas y Kurosawa inmortalizó definitivamente a sus personajes en su mejor película.
En las ciudades de la antigua URSS, Dersú Uzalá aparece a menudo en los estantes de literatura infantil de las librerías; en Moscú, por ejemplo. A simple vista, parece una rebaja de su categoría, un menoscabo a su calidad literaria o la presentación de un género menor. Nada más lejos; más bien, tal vez sea un intento de inculcar a los pequeños lectores pautas filantrópicas y ecológicas que luego son muy difíciles de instaurar en gobiernos y adultos que no sean el capitán Arséniev y su guía Dersú.
Vladímir K. Arséniev y Dersú Uzalá
En general, las exploraciones, los trabajos científicos y la actividad literaria ocuparon treinta años de la vida de Arséniev. Cuesta imaginar la distancia que recorrió durante las ocho expediciones que dirigió. Solamente en la de 1907, Arséniev completó cerca de 1.500 kilómetros. Pero ¿de qué modo un hombre nacido en la europea San Petersburgo va a dar con sus huesos al confín oriental de su gigantesco país? Es más, ¿cómo es posible que el Lejano Oriente llegara a ser su verdadera patria chica? Quizá a Arséniev le moviera el deseo de conocer la naturaleza para conocer la verdad que eleva el alma, que no es otra cosa que la síntesis de la personalidad de Dersú.
Dersú Uzalá es la narración, con unos pocos elementos ficcionalizados, del fortuito encuentro de Vladímir Arséniev, al mando de un destacamento militar de exploración, con el gold Dersú Uzalá, al que contrató como guía. Su gran amistad fue un hecho real, rotundo. Algo movió a Arséniev al Lejano Oriente y, cuando allí lo encontró, empezó a escribir: rutas exóticas, la fuerza de una naturaleza imponente y personas extraordinarias. Arséniev, quien había llegado a Vladivostok en 1900 y enseguida se había afiliado a sociedades tales como la Sociedad para el Estudio del Territorio del Amur para ampliar sus conocimientos naturalistas, quedó conmovido y, al término de una expedición en 1910, comenzó a poner en orden sus escritos. Éstos, bajo el nombre de Por el territorio del Ussuri, se publicaron por primera vez en 1920 en Vladivostok, la gran ciudad portuaria rusa a orillas del océano Pacífico. Tres años más tarde vio la luz su segundo libro: Dersú Uzalá.
Los lectores acogieron los libros de Arséniev con entusiasmo. Las narraciones estaban revestidas de una extraña magia: el tono era muy sincero y las escenas no eran inventadas, aspectos que, junto con la sencillez del estilo narrativo, enseguida alzaron a Vladímir Arséniev a un lugar destacado entre otros escritores soviéticos y extranjeros. Pero ¿era éste un estilo innato o el fruto de un trabajo meticuloso? Arséniev simplemente dota al documentalismo de sus anotaciones cronológicas de, por una parte, la rotundidad de la naturaleza del Lejano Oriente y, por otra, del humanismo animista de Dersú. En consecuencia, los libros de Arséniev son literatura con mayúsculas y su gran tema, el medio ambiente, está planteado de modo casi trascendental.
Arséniev era un hombre muy culto y enseguida se dio cuenta de que tenía que modificar algunos detalles para hacer que sus historias fueran más cautivadoras. Así, por ejemplo, el encuentro con Dersú sucede en el libro en 1906 y no en 1902, como ocurrió en la realidad. Y lo más importante, Dersú no estaba solo en este mundo. Es cierto que su mujer e hijos habían muerto a causa de la viruela, tal como se cuenta en la narración. Pero aún tenía un hermano vivo, Stepán, de quien incluso existe testimonio gráfico gracias a una fotografía que Arséniev tomó a ambos hermanos en septiembre de 1906. Sin embargo, el hábil explorador-escritor presenta a Dersú como un hombre totalmente solo ante las fuerzas de una naturaleza a las que admira y personifica. Porque Dersú es un animista para el que toda la taiga está poblada por «gente», ya sean fieras, plantas o piedras.
El viejo Dersú era un observador muy agudo: detectaba e interpretaba huellas como nadie. Era una especie de Sherlock Holmes de la taiga. Pero, sobre todo, era un cazador. Sin embargo, Dersú caza para sobrevivir, no para lucrarse ni para divertirse. El viejo gold está perfectamente integrado en la naturaleza y no rompe su equilibrio. No es un Buffalo Bill. Era un nativo del Lejano Oriente de Rusia, de habla peculiar, pues no sabía bien el ruso. Puede decirse que su cultura animista lo lleva a construir sus frases de una manera personalísima. Esto supone una extraordinaria dificultad a la hora de traducir los textos en que habla Dersú: hay que transmitir de algún modo su inefable sintaxis y no recurrir a la manida fílmica habla de los nativos «pieles rojas» de América del Norte que Hollywood ha popularizado mediante el uso de verbos en infinitivo. Dersú no es un sioux del Oeste de Norteamérica, es un gold de Extremo Oriente de Rusia y se expresa de otra forma.
Pero el principal rasgo de Dersú Uzalá es su bondad, de dimensiones verdaderamente gigantescas. Se preocupaba incluso por los que no veía; por ejemplo, deja comestibles en las cabañas que la expedición abandona en previsión de nuevos visitantes. En esencia, Dersú era un hombre desprendido que no fue corrompido por ninguna sociedad; es un sabio de la taiga que interpreta cualquier signo de la naturaleza ingobernable en la que habita para alertar al «capitán» (así llama a Arséniev) y su destacamento, que sin su ayuda pueden hasta perecer. A Arséniev, también un hombre de bondad excepcional, sin embargo le acongoja el hecho de que él mismo, un enamorado de la naturaleza que cae fascinado ante la solidaridad que para con todo ser vivo muestra Dersú, está colaborando en la desaparición de los parajes que explora. Vladímir Arséniev era consciente de que la apisonadora del progreso estaba cambiando la faz del mundo e iba también a arramblar con el medio ambiente del que Dersú era su personificación. Aunque el rigor histórico obliga a señalar que la asimilación de Siberia y Lejano Oriente es quizá la menos agresiva de cuantas expansiones han tenido lugar en el mundo (la mitad de Siberia sigue estando virgen y ni en el Imperio ruso, ni en la URSS ni en la Federación Rusa se perdieron etnia o lengua algunas), Arséniev da cuenta ya en sus anotaciones de la notoria huella que los incendios forestales estaban dejando en diversos parajes del territorio de Jabarovsk y de una incipiente presencia china en la región que de algún modo amenazaba la supervivencia de los nativos y su genuino estilo de vida. Cien años después, los incendios siguen desatándose en esa parte de Rusia y también en la parte europea del país, afueras de Moscú incluidas. Y la inmigración china en los territorios fronterizos con el gigante asiático se cuenta por millones.
En sí mismo, sobre todo en el plano moral, Dersú Uzalá era una especie en inminente peligro de extinción cuando trabó conocimiento con Arséniev, por lo que este libro puede también asumirse como el digno homenaje que el explorador ruso rinde a su entrañable amigo gold, cuya tumba, paradójicamente, desapareció a manos del mundo que representaba a aquellos que tanto ayudó.
Vladímir K. Arséniev
Como explorador y geógrafo, el prestigio de Vladímir K. Arséniev (San Petersburgo, 1872-Vladivostok, 1930) es enorme. Su nombre está ligado a toda una serie de topónimos y denominaciones científicas que atestiguan su implicación directa en diversas cuestiones naturalistas. Así, la «línea Arséniev» es la frontera biogeográfica entre la flora manchú y la de Ojotsk, en las montañas de la Sijoté-Alín; hay una mariposa llamada Arséniev y también un glaciar en Kamchatka, un volcán en las islas Kuriles, una montaña en la cordillera Sijoté-Alín y otra más en la isla de Paramushir. Y, por supuesto, en el Lejano Oriente ruso hay una ciudad que se llama Arséniev. Como protector del medio ambiente, Arséniev fue una de las primeras personas en plantear la cuestión de prohibir el arrendamiento a industriales estadounidenses y japoneses de las islas rusas del océano Pacífico. Las primeras iniciativas de organizar parques nacionales en el Lejano Oriente para la preservación de su fauna y flora parten precisamente de él.
Puede afirmarse que Klavdi Fiodoróvich Arséniev, su padre, jugó un papel esencial en la formación de su hijo Vladímir. Funcionario de ferrocarriles en la Rusia zarista, Klavdi Arséniev, culto e instruido, recomendaba a sus nueve hijos leer libros de viajes y organizaba juegos de geografía expresamente para ellos. El hijo mayor, Anatoli, llegó a capitán de marina mercante. Otro hijo, Alexander, emigró también al Lejano Oriente en calidad de especialista en lindes. Y Vladímir pule sus conocimientos geográficos en la academia militar de San Petersburgo, donde recibe clases sobre Siberia oriental y Lejano Oriente de Grum-Ghzhimaylo, otro explorador, y también de un gran etnógrafo, el profesor Petri.
Tras un primer destino en Polonia, en 1900, a la edad de veintiocho años, Vladímir Arséniev se traslada a Vladivostok, frente a las costas de Japón. Tras la derrota de Rusia en la guerra de 1904-1905 contra este país, el Gobierno del zar necesita expertos que conduzcan expediciones para determinar con detalle la situación económica y las posibilidades militares de la región; hay que señalar vías de comunicación y recursos naturales. Arséniev recaba la existencia de más de 60 tipos de aves, 50 anfibios, 400 peces y 500 insectos, material que envía al museo de Zoología de la Academia de Ciencias. La expedición de 1907, de siete meses de duración, tiene como fin explorar la región montañosa de Sijoté-Alín, situada entre los 45 y 47° de latitud norte. Las exploraciones de 1908-1910 comprendieron el reconocimiento exhaustivo de la región del Ussuri que se extiende de oeste a este desde el curso bajo del río Amur hasta el estrecho de Nebelsk.
Arséniev murió relativamente joven. A la edad de casi cincuenta y ocho años y tras regresar a Vladivostok proveniente del curso bajo del río Amur, una bronconeumonía puso fin a una abnegada vida que, al fin y al cabo, siempre estuvo llena de riesgos. No en vano, en cierta ocasión escribió a un amigo:
Hemos estado cuatro veces a punto de morir de hambre. Una vez comimos peladuras, otra engañamos al estómago con algas y almejas. La última hambruna fue horrorosa: duró 21 días. Recordarás a mi perra Alpa. Debido a un ataque de hambre nos la tuvimos que comer para salvar la vida. Caí al agua en tres ocasiones; en otras dos estuvimos expuestos al ataque de un tigre y un oso. Las nieves casi acabaron con todo el destacamento; caminamos 76 días con esquís y arrastrando los trineos…
Cabe destacar que Arséniev compuso sus trabajos literarios poco después de sufrir una terrible tragedia familiar: en la noche del 24 al 25 de noviembre de 1918, unos bandidos asesinaron en Ucrania a sus padres, a su hermano Klavdi, su esposa y dos hermanas de ésta.
Las adaptaciones cinematográficas
En 1961 se estrenó en la URSS la primera adaptación de la obra de Arséniev Dersú Uzalá a cargo del director armenio Agasi Babayán. La película tuvo un éxito relativo e incluso cosechó algún premio (Lobo de Oro en el festival de cine de Bucarest en 1962). Y a principios de los años setenta, la productora estatal soviética Mosfilm ofreció a Akira Kurosawa el proyecto de rodar la adaptación de Dersú Uzalá. Aunque su reputación en aquel momento era ya enorme, Kurosawa no pasaba por su mejor momento personal. Pero aceptó el proyecto (de hecho, lo había intentado dos décadas atrás). El resultado fue que la película relanzó la carrera del director, cosechó excelentes críticas y obtuvo diversos premios, entre ellos el Oscar a la mejor película extranjera en 1976.
Akira Kurosawa (1910-1998) admiraba y conocía perfectamente la cultura rusa. Dostoievski era su escritor preferido y, no en vano, en 1951 había adaptado al celuloide El idiota. En sus películas, el director japonés también muestra preocupación por el humanismo y otros temas trascendentales.
El equipo técnico dirigido por Kurosawa estuvo integrado tanto por soviéticos como por japoneses. El Dersú Uzalá de Kurosawa magnifica las impresiones de la narración de Arséniev gracias a la meticulosa composición de todos sus planos (una característica del cineasta japonés) y a su exquisita fotografía, obra de dos operadores de cámara soviéticos (Gantman y Dobronrabov) y uno japonés (Nakai). En cuanto al equipo artístico, para los papeles principales Kurosawa apostó por un joven actor ruso de cine y teatro, Yuri Solomin, y un veterano actor y director teatral tubinio, Maxim Munzuk.
Solomin, un actor del Teatro Mali de Moscú, un teatro lírico, resulta todo un descubrimiento para Kurosawa, que sólo lo conoce por algunas películas y varias recomendaciones. Elegante y de voz sugestiva, Solomin desempeña su papel con brillantez. Es el explorador Vladímir Arséniev; no hay duda. Durante el rodaje, Kurosawa se encierra durante dos días y pinta un tigre siberiano que regala a Solomin por su cumpleaños. En la actualidad, Yuri Solomin (1935) es una personalidad casi legendaria en Rusia, donde es un reputado director y actor teatral. Fue ministro de Cultura de la URSS y de Rusia entre 1990 y 1992, y dirige el Teatro Mali de Moscú. Según él mismo afirma, Kurosawa se lo enseñó todo en lo que a las labores de dirección cinematográfica se refiere.
Y, si Solomin encarnó magistralmente a Arséniev, el siberiano Maxim Munzuk (1910-1999) resultó ser el vivo retrato del mismísimo Dersú Uzalá. Munzuk era un hombre polifacético: actor, director, cantante, compilador del folclore tubinio, compositor y pedagogo. Contaba Akira Kurosawa que el día en que fijó la selección de actores, apenas se presentó Munzuk al casting, enseguida tuvo claro que el papel de Dersú tenía que ser para él y nada más que para él. Munzuk, como buen natural de Siberia, sabía cómo hablaban los nativos siberianos y de Lejano Oriente que no dominaban bien el ruso, de tal manera que compuso su personaje limando hasta el último detalle. No era exactamente un gold, era un tubinio (república de Tubá, en el territorio de Krasnoyarsk), pero los tubinios conocen bien la tradición chamanista y budista. Y su descollante actuación en la película obró que todos los lectores-espectadores inmediatamente reconocieran en él a Dersú. Munzuk, Solomin y sus compañeros compusieron personajes entrañables, los mismos que rezuman las páginas de Dersú Uzalá y que perduran hasta nuestros días gracias a una inhabitual simbiosis de literatura y cine cuyo secreto es la fidelidad.
Sergio Hernández-Ranera
Moscú, agosto de 2010
Prólogo del revisor científico
Luces del Lejano Oriente. Los predecesores
La exploración del Lejano Oriente ruso coincide en el tiempo con otras campañas llevadas a cabo durante los siglos XIX y XX por científicos, exploradores y naturalistas de vocación enciclopédica. El afán de éstos por profundizar en el conocimiento de las ciencias naturales en sentido amplio quedó patente en la diversidad de los grupos que formaban parte de esos viajes exploratorios: botánicos, geógrafos, geólogos, zoólogos y cartógrafos entre otros. Durante este periodo, un magnífico pedazo del Lejano Oriente recibió la visita, entre otros, de Richard Kárlovich Maak (1825-1886), hombre de ciencias y recolector infatigable, que exploró las cuencas de los ríos Ussuri y Amur; Karl Ivánovich Maxímovich (1827-1891), botánico que viajó durante dos años por la región del Amur navegando en bote por los ríos Shilka, Amur, Sungari y Ussuri, recolectando centenares de especímenes vegetales, o Nikolái Mijáilovich Przhevlasky (1839-1888), geógrafo que lideró una expedición a la región del Ussuri entre los años 1867 y 1869.
Como en el caso de los colegas que lo precedieron, en los escritos de Vladímir Arséniev se advierten unas dotes excepcionales para el estudio de los procesos naturales. En él se concentran la habilidad como observador, el espíritu crítico y el respeto hacia los parajes que recorría y las gentes que en ellos habitaban. Esta obra es rica en ejemplos de todo esto y no pasarán desapercibidos a quien se adentre en la espesura del bosque de la mano de dos guías excepcionales.
Es común que la abrumadora riqueza natural de los espacios que transitan ejerza un poder telúrico en los exploradores. Posteriormente, las sensaciones vividas durante el viaje impregnan cada página, cada línea de su obra de sincera admiración. En este contexto, el Lejano Oriente presenta características únicas y sostiene ecosistemas de excepcional valor. Y es que la relación que el autor establece con su guía es merecedora del más bello de los escenarios, de un trozo de planeta único.
Un trozo de planeta único
El Lejano Oriente cubre algo más de tres millones de kilómetros cuadrados, que se extienden entre los 42° N y los 71° N de latitud y los 122° E y los 169° O de longitud. De norte a sur se suceden diferentes zonas de vegetación que van desde los desiertos árticos de las islas de Wrangel y Herald hasta los bosques templados del extremo sur. Las islas enclavadas en el océano Ártico (71° N, 179° O) presentan una vegetación de escasa cobertura entre los afloramientos rocosos donde residen líquenes y musgos. Hacia el sur aparece la tundra, que se extiende a lo largo de la costa ártica y la península de Chukotka. En la tundra ártica se suceden los arbustos enanos acompañados de herbáceas perennes, musgos y líquenes. Más al sur, la zona subártica se caracteriza por la presencia de dos pequeños árboles como especies señeras; un pino (Pinus pumila) más común tierra adentro y un aliso (Alnus fruticosa) en áreas costeras. Decreciendo en latitud, nos encontramos en la taiga: los árboles enanos dejan paso a los extensos bosques boreales de alerces (Larix dahurica), que soportan las severas condiciones climáticas y la presencia de permafrost, y a las formaciones de piceas dominadas por la Picea ajanensis. En el área meridional, hacia Manchuria, los bosques boreales de coníferas dejan paso a los bosques templados propios del sur del Lejano Oriente. Es en este trozo de planeta único donde transcurre la historia.
En esta área, la naturaleza de los bosques se explica por la entrada de masas de aire oceánico que penetran hacia tierra por el valle del río Amur y desplazan el límite oriental del clima continental más hacia el interior, si bien durante el invierno penetran las masas de aire frío procedente del continente creando un fuerte contraste entre el invierno y el verano. De este modo, las temperaturas invernales son muy bajas, considerando la cercanía al mar de Japón (como ejemplo citar los –22,3 °C de media durante el mes más frío en Jabárovsk o los –13,5 °C de Vladivostok), y las temperaturas durante el verano son relativamente altas (21,1 °C de media durante el mes más cálido en Jabárovsk y 21,0 °C en Vladivostok), con una elevada humedad ambiental. En estas condiciones se asientan los bosques templados de frondosas caducifolias, ricos en robles y abedules (Quercus mongolica y Betula davurica), y las masas boscosas mixtas de frondosas caducifolias de tilos, robles, fresnos y abedules (Tilia amuriensis, T. mandshurica, Fraxinus mandshurica, Quercus mongolica, Betula costata, Phellodendron amurense), en codominancia con el pino coreano (Pinus koraensis).
La zona sur del Lejano Oriente acumula una extraordinaria diversidad florística, fruto de eventos dispersivos y migratorios asociados a procesos geológicos y climáticos acaecidos en el pasado. Es una de las zonas más ricas de Rusia desde el punto de vista florístico, con más de 4.000 plantas vasculares catalogadas en el área comprendida por la cuenca del río Amur, la región de Jabarovsk, las montañas de Sijoté-Alín, el distrito de Jasán y la porción sur del territorio de Primorie.
Los pasos de Arséniev y Dersú se fundieron durante numerosas jornadas en las montañas de Sijoté-Alín. Enclavadas en la zona meridional del Lejano Oriente, se extienden de norte a sur en paralelo a las costas del mar de Japón. Con una imponente red fluvial, los ríos de la cara oeste son subsidiarios del Amur y los de la cara este vierten sus aguas al mar de Japón. En la región de las montañas de la Sijoté-Alín, en parte consideradas como Reserva de la Biosfera por la Unesco desde 2001, se suceden bosques de frondosas y bosques mixtos de frondosas y coníferas. Se estima que allí habitan 1.100 especies de plantas vasculares, 63 especies de mamíferos y 342 de aves. Es un patrimonio natural excepcionalmente rico, adornado por especies raras que en ocasiones se encuentran en situación de amenaza extrema, como en el caso del tigre siberiano (Panthera tigris althaica) o el leopardo del Amur (Panthera pardus orientalis).
Un legado que debe ser protegido
En estos parajes, Arséniev se muestra como un niño al que por primera vez le dicen: «¡Mira!». El cartógrafo mira, pero es el viejo mentor el que interpreta la naturaleza para él. Por momentos parece abrazar la filosofía del animismo más prístino que encarna su amigo Dersú. Todas sus palabras están imbuidas del respeto y admiración del hombre sabio, del humanista, observador impenitente. Es sabedor de que los secretos que su amigo le transmite son el fruto de los aciertos traspasados de padres y abuelos a hijos y de éstos a sus retoños a la tenue luz de una hoguera en algún lugar de la extensa taiga. Sus apuntes etnográficos rezuman interés por las culturas propias de las diversas etnias que descubre en su camino, bien sean udejéis, solones, tazás o golds como el propio Dersú. Por ello no es de extrañar que Arséniev ocupara un puesto de comisario de Minorías Étnicas en la efímera República del Lejano Oriente.
En cada página el autor describe e interpreta el territorio por el que transitan siempre desde una perspectiva histórica. Así, muestra sus miedos después de que el viejo gold le narre cómo cambió la taiga con la llegada de chinos, rusos y coreanos. En la memoria de Dersú afloran los recuerdos de tiempos en que la taiga del Ussuri estaba poblada únicamente por udejéis y golds. De ahí que Arséniev escriba: «En efecto, el territorio de Primorie se estaba colonizando rápidamente. Ya está cercano el día en que de la primitiva y virgen taiga no quedará ni rastro. Los animales también desaparecerán...». La protección de los bosques no se entiende sin una gestión y vigilancia continua. Sin ir más lejos, en agosto de 2010 los incendios devastaron cerca de un millón de hectáreas en toda Rusia, y causaron medio centenar de muertes. En la trastienda queda la entrada en vigor de la ley forestal de 2007 que dejó sin empleo a 70.000 guardabosques en todo el país. En nuestros días, amplias superficies de la taiga sucumben a los incendios provocados por el hombre y a la tala ilegal de extensas áreas de bosque. Como en el caso de la caza furtiva de especies emblemáticas (tigres siberianos, leopardos del Amur u osos pardos), estas actividades están controladas con mano de hierro por mafias rusas y chinas con la connivencia de las inspecciones de aduanas y las policías corruptas de ambos países.
Aunque no todo son sombras para la conservación de estos parajes únicos; aún existen razones para mantener la esperanza. Durante el año 2007 se crearon dos parques nacionales en Primorie y en agosto de 2010 China y Rusia firmaron un acuerdo por el que se comprometían a unir sus esfuerzos en la conservación del tigre siberiano, con la pretensión de crear una reserva transfronteriza que permita la conservación de este felino. Quizá suene manido: al que esto escribe poco le importa, pero, en un planeta en el que se discute el futuro desde muy diversas ópticas, convendría tomar ejemplo de las maneras de un hombre de monte, de un ser sin codicia que en vida respondió al robo con la sonrisa y fue ejemplo de generosidad con la naturaleza y sus semejantes. Y ahora: ¡dejemos que hable la taiga!
¡Gracias, Vladímir; gracias, Dersú!
Rubén Sanz Redondo
Madrid, septiembre de 2010
Fotografía de Dersú Uzalá tomada por Vladímir Arséniev.
Dersú Uzalá
A la memoria de Dersú
Capítulo I
La partida
Plan de expedición. Los mulos. Los arneses. Inventario. Depósitos de víveres. La llegada de Dersú. La ayuda prestada por los marineros. El golfo de Pedro el Grande. La isla de Askold. El golfo de la Transfiguración. Navegación en destructores. Llegada al golfo de Olga. Desembarco en la orilla. El salmón jorobado.
Desde enero hasta abril de 1907 estuve ocupado en la confección del informe de la última expedición y sólo a mediados de mayo pude dar inicio a los preparativos del nuevo viaje. Los preparativos siempre tienen mucho encanto. El plan general de la expedición hacía ya mucho tiempo que había sido decidido; tan sólo quedaba por elaborar los detalles.
El territorio que ahora había que explorar era la parte central de la Sijoté-Alín, entre 45 y 47° de latitud norte, la costa que discurre desde el lugar donde se terminaron los trabajos el año pasado. Es decir, desde la bahía de Terney hacia el norte, todo lo que permita el tiempo. Y luego la ruta por el Bikin hasta el río Ussuri.
En líneas generales, la organización de la expedición de 1907 fue la misma que la de 1906. En razón de la experiencia del año pasado, sólo hubo cambios en ciertos puntos.
El nuevo destacamento se compuso de nueve fusileros[1], el botánico N. A. Desulavi[2], el estudiante de la universidad de Kiev P. P. Bordakov y mi ayudante A. I. Merzliakov. En calidad de disector contratado figuraba el hermano de este último, G. I. Merzliakov. En esta ocasión, los mulos sustituyeron a los caballos. Al disponer de un paso más recio, marchan bien por las montañas y son poco exigentes con el pienso. Pero, como contrapartida, se atascan en los pantanos. En el destacamento siguieron los mismos perros: Leshi y Alpa.
Hubo que hacer algunos cambios en los arneses. Por experiencia habíamos concluido que las apeas son poco idóneas. Se enganchan con los tocones y los arbustos y entorpecen la marcha de los caballos; a veces incluso los dejan clavados en el sitio. Los caballos a menudo se las arrancan y las pierden, especialmente cuando el tiempo es húmedo y lluvioso. En lugar de las apeas compramos una cuerda para atarlos a un poste, ronzales por partida doble y campanillas.
También hubo que cambiar algunos detalles en el área doméstica. Por ejemplo, renunciamos por completo a las teteras de cobre. Son pesadas, exigen constante estañadura y con frecuencia se les desprende el pitorro. Las marmitas de simple aluminio y diámetro variado son incomparablemente mejores. Son sólidas, baratas, ligeras y durante el traslado se pueden meter unas dentro de las otras. Para la pesca de peces en los ríos, nos llevamos consigo una pequeña traína.
Lo más importante en una expedición es saber preservar las cerillas de la humedad. Muy a menudo ocurre que uno se cala hasta los huesos. En tales casos ninguna envoltura de piel o goma resulta de ayuda. En la intemperie, los fósforos no prenden ni siquiera cuando no están mojados. La mejor forma de empaquetarlos es en una caja de madera con una tapa perfectamente ajustada. La madera se hincha debido a la humedad y la tapa se acopla aún más fuertemente a los bordes de la caja. He conservado intacta en mi bolsa esta reserva de cerillas. Para los fusileros se compraron petacas de goma con cordones duraderos. Además, por si acaso nos proveímos de celuloide, pedernal, eslabón, yesca y un trapo quemado[3].
Los instrumentos y los utensilios eran los mismos que el año pasado. Únicamente se añadieron unas herramientas de carpintería: una barrena de ocho milímetros de diámetro, un cepillo, un cincel, una lima y una sierra transversal con triscador. Los discos fotográficos fueron soldados a cajas de cinc (una docena en cada una) para protegerlos de la humedad. Tampoco se nos olvidó incluir regalos para las mujeres y niños de aquellas tierras: collares, botones, estambres, hilo de seda, agujas, espejos, cortaplumas, pendientes, anillos, colgantes, cadenillas, abalorios, etc. Los regalos más preciados para los hombres eran hachas, sierras, carabinas de caballero y municiones.
A. I. Merzliakov fue enviado a la ciudad de Vladivostok con un mes de antelación con el fin de comprar los mulos para la expedición. Lo importante era adquirir animales herrados con fuertes cascos. A A. I. Merzliakov se le había encomendado enviar los mulos en un vapor hacia el golfo de Rynd, donde habría de dejarlos al cuidado de tres fusileros. Él mismo habría de continuar y montar en la orilla los depósitos de víveres. Se determinó que tenía que haber cinco: en el golfo de Dyiguit, en la bahía de Terney, en los ríos Takema, Amaga y Kumuju y en el cabo de Kuznetsov.
En abril todo quedó terminado y A. I. Merzliakov salió para Vladivostok. Aún había que ejecutar algunos trabajos preliminares y por tal razón me quedé en Jabarovsk un par de semanas más.
Aproveché esta dilación para mandar a Zajarov hacia Anuchino y que buscara a Dersú, quien debía volver a la vía férrea del Ussuri y esperar allí mis instrucciones.
Zajarov montó en caballos correo desde la aldea de Osinovka, echando una ojeada en cada fansá[4] y preguntando a todo aquel que le salía al paso si alguien había visto a un viejo gold de la tribu de los uzalás. Poco antes de llegar al valle que servía de frontera natural de Anuchino, en una pequeña fansá al borde del camino sorprendió a un cazador gold que estaba atando un morral mientras hablaba consigo mismo. A la pregunta de si conocía al gold Dersú Uzalá, el cazador respondió:
—Ser mía.
Entonces Zajarov le explicó para qué había acudido allí. Dersú enseguida comenzó a prepararse. Pasaron la noche en Anuchino y a la mañana siguiente emprendieron el camino de vuelta. El 13 de junio acabé mis trabajos y me despedí de Jabarovsk. Zajarov y Dersú permanecieron cuatro días en la estación de Hipolitovka. Después, siguiendo las indicaciones de un telegrama que les envié, salieron a coger el tren y tomaron asiento en nuestro vagón.
Me alegré mucho de la llegada de Dersú. Estuvimos todo el día conversando. El gold me relató cómo había capturado en invierno a dos ruiseñores en el curso superior del río Sanda-Baku que cambió a unos chinos por una manta, un hacha, una marmita y una tetera. Con el dinero que le quedó, compró una lona china con la que se cosió una nueva tienda. A unos cazadores rusos les compró cartuchos y unas mujeres udejéis le confeccionaron calzado, pantalones y una cazadora. Cuando las nieves comenzaron a fundirse, Dersú cruzó al valle de Anuchino y allí vivió en casa de un viejo gold conocido suyo. Al ver que yo llevaba tiempo sin aparecer, Dersú se dedicó a cazar y mató a un ciervo de grandes cuernos, que dejó a crédito a los chinos.
Por cierto, en Anuchino le robaron. Había conocido allí a un industrial y, debido a su ingenua sencillez, le contó cómo pasaba el invierno en el río Vaku cazando martas cebellinas, las cuales vendía a buen precio. El industrial le propuso pasar a una taberna a tomar vino y Dersú accedió de buena gana. Tras sentir en su cabeza la embriaguez, el gold le entregó a su nuevo compañero todo el dinero para que lo guardara. Al día siguiente, cuando Dersú se despertó, el industrial había desaparecido. Dersú no lo podía comprender. Los de su tribu siempre se dejaban entre ellos pieles y dinero para que se los guardasen y nunca había desaparecido nada[5].
En aquella época no existían buenas comunicaciones por vapor a lo largo de la costa del mar de Japón. La Dirección de Migraciones, en vista de la experiencia, fletó el vapor El Dorado, que sólo llegaba hasta el golfo de Dzhiguit. Todavía no había travesías definidas y la propia Administración desconocía cuándo regresaría el vapor y cuándo volvería a hacerse a la mar.
No tuvimos suerte; llegamos a Vladivostok dos días después de que El Dorado partiera. P. G. Tiguerstedt y A. N. Pelj acudieron en mi ayuda y me propusieron partir con ellos en unos destructores. Ellos tenían que ir a las islas Shantar y prometieron dejarnos de camino a mí y a mis compañeros de viaje en el golfo de Dzhiguit[6].
Los destructores se hicieron a la mar sólo en la segunda mitad de junio, hecho al que tuvimos que resignarnos. En primer lugar, porque no había ningún otro medio de llegar al golfo de Dzhiguit y, segundo, porque una travesía por mar a bordo de buques de guerra me permitió ahorrar una importante suma de dinero. Además, compensamos la mitad del tiempo perdido en Vladivostok con la rapidez de la marcha de los destructores.
El 22 de junio, después de mediodía, embarcamos en las naves. Por la noche, nuestras conversaciones en el camarote con los marineros se alargaban hasta bien pasada la noche. Yo contaba con caer profundamente dormido, pero no lo conseguí. Mucho antes del amanecer se produjo un fuerte ruido: levaban el ancla. De entre las aguas surgió una densa niebla. El ambiente era frío y húmedo. Bajé de nuevo al camarote para no molestar a los marineros. Cogí de mi maleta una libreta y comencé a escribir mi diario. Un ligero balanceo pronto me hizo saber que salíamos a mar abierto. El ruido en cubierta empezó a mitigarse.
En el mapa marítimo de La Pérouse[7] de 1787, el golfo de Pedro el Grande se denomina golfo de Victoria. Con la península de Albert (que en la actualidad se llama península de Muraviev-Amursk) y el archipiélago de Evgueniev (las islas Russki, Shkot, Popov, Reineke y Rikord), el golfo se divide en dos partes: el golfo de Napoleón (el golfo del Ussuri) y la bahía de Guerin (el golfo de Amur).
A eso de las diez y media los destructores estaban ya demorándose por el través de la isla de Askold, a la cual los chinos llaman Tsin-Dao, que significa «Isla Verde». Es un trozo arrancado por la fuerza de tierra firme. Cuenta con altos acantilados que le dan forma de herradura, cuya parte abierta da al sur. Su continuación en dirección a tierra firme son la isla de Putiatin y el cabo Maydel. Hoy día, Askold es famoso como criadero de ciervos sica[8].
Hace unos quince años aquí había casi 4.000 ciervos. Debido a la caza furtiva, las abundantes nieves y el progresivo empeoramiento de los pastos, la cantidad de estos animales comenzó rápidamente a menguar, y ahora no queda más de un millar y medio de cabezas en toda la isla. Además, al comer solamente hierba forrajera, los ciervos posibilitaron la propagación por toda la isla de plantas no aptas como alimento. El aislamiento total y la endogamia redujeron su fecundidad al mínimo. Los ciervos se extinguirán si no se les incorpora nueva sangre procedente del continente. La Sociedad de Amantes de la Caza de Vladivostok, a la que la isla pertenecía entonces, no pensó mucho en esta circunstancia y, en la actualidad, el criadero de Askold está a punto de desaparecer.
Otra atracción de la isla son sus minas de oro. Su explotación se lleva a cabo mediante la parcelación de las menas y la extracción del oro con ayuda del amalgamiento del mercurio. Ballenas rorcuales y orcas nos recibieron en mar abierto. Las ballenas nadaban lentamente una vez cogían el rumbo, sin reparar en los destructores. Pero las orcas perseguían a las naves y, cuando se igualaban a ellas, empezaban a saltar desde el agua. El fusilero Zachurski las disparó. Falló las dos primeras veces, pero a la tercera acertó. Una gran mancha de sangre surgió en el agua, tras lo cual todas las orcas desaparecieron de golpe.
Llegamos al golfo de América con las últimas luces y pasamos allí la noche. Al día siguiente continuamos nuestra travesía. El 27 de junio, después de mediodía, doblamos el cabo Povorotni[9] y tomamos curso NO (noroeste). El tiempo comenzó a estropearse a eso de las cuatro de la tarde y una niebla empezó a aproximarse desde el este. Pese a no soplar el viento, el mar se agitó con fuerza. Esto se explica porque las olas a menudo toman la delantera al viento.
Los destructores navegaban con precaución, a ciegas, midiendo la marcha con las indicaciones de la corredera. Hay que sorprenderse de cómo en la oscuridad y con semejante niebla los marineros pudieron hallar el golfo de la Transfiguración y entrar por un estrecho paso en la bahía (a 45° 54’ latitud norte y 151° 34’ longitud este).
Por la noche se levantó un viento fuerte y el mar se embraveció. Por la mañana, pese al mal tiempo, los destructores levaron anclas y continuaron la travesía. Yo no podía permanecer en el camarote y salí a cubierta. Tras el Grozni, los otros destructores marchaban en línea. El más cercano a nosotros era el Besschumniy, el cual, ora quedaba sumido entre el oleaje durante largas pausas, ora trepaba de nuevo por las olas, coronadas por crestas. Cuando una espumosa ola cubrió a la ligera navecita desde la proa, pareció que pronto el mar se la tragaría por completo. Pero el agua se desparramó por la cubierta, el destructor emergió a la superficie y siguió adelante con obstinación.
Cuando entramos en el golfo de Olga, ya había oscurecido. Tras decidir pasar la noche en tierra firme, desembarcamos y encendimos una hoguera. Dersú, en contra de lo esperado, había soportado con facilidad el balanceo de la nave. También consideraba al destructor un ser vivo. Y, señalando al Grozni, dijo:
—Mía comprende bien: él mucho se enfadó hoy.
Nos sentamos junto a la hoguera y comenzamos a hablar. Se hizo de noche. La niebla, hasta entonces posada sobre la superficie del agua, ascendió y se convirtió en nubes. Un par de veces se puso a gotear. Alrededor de nuestra hoguera estaba oscuro, no se veía nada. Se oía cómo el viento batía los arbustos y los árboles, cómo el mar se enfurecía y cómo ladraban los perros en las aldeas.
Finalmente comenzó a amanecer. Las nubes enseguida volvieron a cubrir el alba, que ya empezaba a despuntar por el este. Ahora ya se veía todo: un sendero, arbustos, piedras, la orilla del golfo y una barca volteada bajo la que estaba durmiendo un chino.
Lo desperté y le pedí que nos llevara hasta el destructor.
En las naves aún había luces encendidas. En la escalerilla me recibió el oficial de guardia. Le pedí excusas por las molestias y me dirigí a mi camarote. Me desvestí y me tumbé en la cama.
Terminada la noche, el mar se calmó un poco, el viento cesó de soplar y la niebla empezó a disiparse. El sol por fin asomó e iluminó los sombríos acantilados.
Los destructores arribaron al golfo de Dzhiguit el día 30 por la tarde. P. G. Tiguerstedt me propuso pasar la noche en el buque y comenzar a descargar las cosas al amanecer del día siguiente. El destructor estuvo meciéndose toda la noche en marea muerta. El balanceo era de babor a estribor, así que esperé el amanecer con impaciencia. ¡Con qué satisfacción saltamos todos a tierra firme! Cuando los destructores comenzaron a levar anclas, los marineros nos despidieron agitando sus pañuelos y nosotros respondimos haciendo lo propio con nuestras gorras. El viento trajo lo que nos decían con el altavoz: «¡Que tengan éxito!».
Al cabo de unos diez minutos los destructores desaparecieron de nuestra vista. El punto fijado para nuestro desembarco era el golfo de Dzhiguit, y no la bahía de Terney, dado que allí, a consecuencia del continuo oleaje, no se podía descargar los mulos.
En cuanto zarparon los destructores, empezamos a montar las tiendas de campaña y recoger leña. Durante ese tiempo uno de nosotros fue a por agua. Cuando regresó, contó que numerosos peces borbotaban en la desembocadura del río. Los fusileros echaron una redecilla y atraparon tantos que no podían sacar la red a la orilla. Los peces capturados resultaron ser salmones jorobados. Junto a ellos también había dos pececitos. Uno era un ogurechnik (un tipo de eperlano con manchas oscuras a los lados y en el espinazo), cosa muy extraña, pues es un pez que nada a lo largo de la orilla pero que nunca se mete en el río. El segundo era una espinocha, una habitante de las ensenadas y mangas de los ríos, que probablemente había sido llevada a la desembocadura por la rápida corriente fluvial.
El salmón todavía no tenía ese feo aspecto que posteriormente adquieren estos peces, aunque sus mandíbulas ya habían empezado a doblarse levemente y en el espinazo ya había aparecido una pequeña joroba. Ordené coger solamente unos cuantos y soltar al agua el resto. Todos se lanzaron a devorarlos con avidez, pero pronto quedaron empalagados y luego ya nadie les hizo caso.
Después de mediodía fui con N. A. Desulavi a examinar los alrededores. Él recolectó plantas y yo cacé.
[1]Saguid Sabítov, Stepán Arinin, Iván Turtygin, Iván Fokin, Vasili Zajarov, Eduard Kalinovski, Vasili Legueyda, Dmitri Djiakov y Stepán Kazímirchuk.
[2]Botánico ruso (1860-1933), amigo personal de Arséniev, que llevó a cabo diversas campañas de herborización en el Lejano Oriente ruso.[N. del revisor científico; a partir de ahora N. del RC.]
[3] Para encender el fuego a la manera tradicional, se golpeaba fuertemente una piedra dura como el pedernal o sílex contra otra rica en hierro, generalmente pirita o marcasita, denominada eslabón. Las chispas producidas entraban en contacto con un material altamente inflamable (celuloide) que, en unión con la yesca y el trapo previamente quemado, posibilitaba la propagación del fuego de forma efectiva. [N. del RC.]
[4] Casa campesina de China. [N. del T.]
[5] Mi compañero de viaje P. P. Bordakov, que llevaba en el destacamento dos meses, describió nuestro viaje en la revista Rusia joven en 1914. Escribió el artículo «En la costa del mar de Japón» de manera muy expresiva y vivaz. A P. P. Bordakov se le coló un pequeño error: el asunto del robo del dinero de Dersú aconteció no en Jabarovsk, sino en Anuchino.
[6]La escuadrilla estaba compuesta de cinco destructores: elGrozni,elGremiaschiy,elStereguschiy,elBesschumniyy elBoykiy(elTerrible, elAtronador,elVigilante,elSilenciosoyelAvispado [N. del T.]).
[7] Jean-François Galaup, conde de La Pérouse (1741-1788), célebre navegante francés. [N. del T.]
[8]Cervus nippon hortulorum. [N. del RC.]
[9] De viraje, del ruso. [N. del T.]
Capítulo II
La estancia en el golfo
El golfo de Rynd. Los eternos emigrantes. La capacidad de acomodación a las condiciones de vida locales. Un vistazo a los nativos. Un comunismo primitivo. Huellas misteriosas. Gente que se esconde en la taiga. La fiebre amarilla. Expedición al golfo. El golfo de Plastún. Niebla. Un trofeo perdido. Una noche de insomnio. Un hallazgo casual. Tiro al pato. El torneo. Los disparos del gold. Dersú tranquiliza a los fusileros que han bebido. El cuento de «El pescador y el pececito». La opinión del gold.
El golfo de Rynd se encuentra a 44° 47’ de latitud norte y 136° 31’ de longitud este respecto al meridiano de Greenwich y se compone de dos golfos: el del norte, que recibe el nombre de Dzhiguit y el del sur, que es el de Plastún. Ambos están abiertos de cara al mar y por eso, cuando hace mal tiempo, no siempre ofrecen protección a los barcos. Su mayor profundidad es entre 25 y 28 metros. La sierra que divide a los citados golfos está compuesta de pórfido de cuarzo y porfidita con incrustaciones de cristales volcánicos. Las montañas, cuanto más se aproximan al mar, más bajas son. Ya en la orilla, son lomas de entre 400 y 580 metros de altura.
En las praderas litorales, cerca de unos arbustos, N. A. Desulavi dirigió su atención a las siguientes plantas, que con especial frecuencia se encuentran en estos lugares: 1) un aster con alargadas hojas dentadas de forma romboide de color violeta y amarillo con un copete blanco del tamaño de un kopek[1], dispuestas como un bonito plumero; 2) un tipo especial de garbancillo, cuyas raíces extraen en masa los chinos con fines medicinales. Esta gran planta vivaz es de tallo frondoso, hojas pequeñas y tiene numerosas florecillas de color amarillo pálido; 3) una gran consuelda de flores azules, cuya parte superior está totalmente cubierta por una suave pelusilla; 4) un erodio velludo de hojas ásperas profundamente entalladas y con flores de suave color frambuesa; 5) una sanguisorba de color púrpura oscuro con sus originales hojas pinnadas; 6) una genciana de grandes hojas, que es una planta de gruesas raíces, tallo gordo y flores azuladas y violetas, cubierta por hojas alargadas; 7) y, finalmente, una Saussurea maximowiczii, una planta de la familia de las compuestas que tiene un tallo alto, hojas liradas dentadas y flores de color violeta.
De los alados, ese día vimos un neblí, un halcón. Estaba posado en un árbol seco junto a la orilla del río y parecía estar dormitando. Pero, de repente, vio a un pájaro y se lanzó a por él. En otro lugar, dos cornejas perseguían a un alcaudón. Este último se escondió en unos arbustos, pero las cornejas circunvolaron el arbusto desde el otro lado, saltaron de rama en rama y se afanaron en atrapar por cualquier medio al pilluelo.
Había varios verdones en el mismo sitio. Unos pajaritos rojizos quedaron fuertemente alarmados por el piar del alcaudón y por los graznidos de las cornejas y, a cada instante, bien se posaban sobre las ramas, bien bajaban al suelo.
En las inmediaciones del golfo de Rynd hay ciervos sica. Siguen habitando en la península de Yegorov, que remata al golfo desde el noreste. Antes eran mucho más numerosos. Pero en 1904 cayeron fuertes nevadas en este lugar y muchos de ellos murieron entonces de hambre.
Al cabo de unos tres días, el 7 de julio, llegó el vapor El Dorado, pero en él no se hallaban ni A. I. Merzliakov ni los mulos. Es decir, nos vimos obligados a esperar un poco más. Dos familias de creyentes del rito antiguo[2] llegaron en este vapor a Dzhiguit. Desembarcaron cerca de nuestras tiendas y pernoctaron en la orilla. Por la noche me acerqué al fuego y vi a un viejo que conversaba con Dersú. Me sorprendió el hecho de que el anciano estuviera hablando con el gold con un tono tan afable, como si se conocieran desde hace tiempo. Estaban acordándose de unos chinos, hablaban de peroles y a muchos les citaban por su nombre.
—Debe de ser que ya se conocían de antes, ¿no? –le pregunté al viejo.
—Claro, claro que sí –respondió el creyente del rito antiguo–. Conozco a Dersú desde hace tiempo. Él era joven cuando íbamos juntos de caza. Entonces vivíamos en el río Daubija, en una aldea que se llama Petropavlovka. A cazar íbamos al río Ulaj. Íbamos por Fudzin y por Noto.
Y de nuevo se pusieron a compartir recuerdos. Recordaron cómo iban por los pantanos y cómo disparaban a los osos. Se acordaban de un chino al que llamaban Dientestorcidos y de unos emigrantes a los que extrañamente apodaban Serpiente Verde y Parlantín de Madera. El primero, según ellos, se distinguía por tener mal carácter; el segundo, por su excesiva locuacidad. El gold contestaba y se reía con ganas. El viejo le agasajó con miel y unos kalach[3]. Me resultaba agradable ver que Dersú era querido. El creyente del rito antiguo me invitó a sentarme junto al fuego y trabamos conversación.
Dersú no esperó a que acabáramos de conversar y se marchó. Pero yo aún me quedé un buen rato junto al viejo, escuchando sus relatos. Cuando me dispuse a marcharme, la conversación volvió a girar en torno a Dersú.
—Es un buen hombre, una persona sincera –dijo el creyente del rito antiguo–. Sólo hay una cosa mala. Es un infiel, un asiático, no cree en Dios. Pero ¡mira! Vive en la tierra igual que yo. ¡En verdad que es asombroso! Pero ¿qué pasará con él en este mundo?
—Pues lo mismo que conmigo y contigo –le respondí.
—Protégeme, reina celestial –dijo el creyente del rito antiguo, santiguándose–. Yo soy un auténtico cristiano de la Iglesia apostólica. ¿Y él qué? Un hereje. No tiene alma, sino vapor.
El creyente del rito antiguo escupió al suelo con desprecio y comenzó a acostarse. Me despedí de él y fui a mi vivac. Dersú estaba sentado con los soldados junto al fuego. Con una mirada vi enseguida que se preparaba para ir a algún sitio.
—¿Adónde vas? –le pregunté.
—A cazar –me contestó–. Mía quiero un corza matar. Tener que ayudar al creyente del rito antiguo, tiene muchos hijos. Mía contado: hay seis.
«No tiene alma, sino vapor», eran las palabras del creyente del rito antiguo que me vinieron a la memoria. Quise disuadir a Dersú de que fuera de caza para ese «verdadero cristiano de la Iglesia apostólica», pero con eso sólo le hubiera causado aflicción. Así que me contuve.
Dersú regresó al día siguiente por la mañana, muy temprano. Había matado a un ciervo y me pidió darle un caballo para llevar la carne al vivac. Además dijo que había visto huellas recientes de calzado que nadie en nuestro destacamento ni nadie de los creyentes del rito antiguo llevaba. Según él, los desconocidos eran tres. Dos tenían botas nuevas y un tercero viejas, con herraduras de hierro en los tacones desgastados. Conociendo la capacidad de observación de Dersú, no tuve ninguna duda de la veracidad de sus conclusiones.
Dersú volvió sobre las diez de la mañana y trajo consigo la carne, que partió en tres trozos. Uno se lo dio a los soldados, otro a los creyentes del rito antiguo y el tercero a los chinos de las fansás de al lado.
Los fusileros empezaron a protestar.
—No poder –discrepó Dersú–. Nuestra así no puede. Hay que dar a gente alrededor. Si sólo un gente comer, es pecado.
En todas sus acciones siempre se destacaba este comunismo primitivo. Las piezas de su caza las compartía por igual con todos sus vecinos, con independencia de su nacionalidad y dejando para sí exactamente lo que daba a los demás.
Al cabo de un par de días, Dersú, Zajarov y yo cruzamos al otro lado del golfo de Dzhiguit. Apenas nos alejamos cien pasos de la orilla, Dersú volvió a hallar las huellas de alguien, que nos condujeron al vivac que habían dejado atrás. Dersú se puso a examinarlo con gran atención y determinó que unos rusos, cuatro personas, habían pasado allí la noche. Habían llegado de la ciudad y nunca antes habían estado en la taiga. Dersú extrajo su primera conclusión del hecho de que por el suelo rodaban cajetillas de cigarrillos emboquillados, latas de conserva, un periódico y una corteza de pan del que se vende en la ciudad. La segunda conclusión la dedujo de la poca destreza con la que había sido instalado el vivac, la hoguera y, sobre todo, la leña. Era evidente que los que allí habían pernoctado habían cogido cualquier piedra de marga que había caído en sus manos. Además, a uno de ellos se le había quemado la manta.
Desde ese momento cada vez más a menudo tuvimos que escuchar historias sobre las gentes que se ocultaban en la taiga. Ora les veíamos, ora hallábamos sus restos de vivac, barcas escondidas entre los arbustos, etc. Empezó a ser sospechoso. Si se hubiera tratado de chinos, habríamos notado en ellos rasgos característicos de los honguzhis[4]. Pero, a juzgar por las huellas, eran rusos.
Cada día pasaba algo nuevo. Finalmente, la falta de comestibles forzó a estas misteriosas gentes a salir del bosque. Algunos de ellos se presentaron en nuestro vivac rogándonos que les vendiéramos pan tostado. Naturalmente, les empezamos a hacer preguntas, de las que quedó claro lo siguiente:
A principios de año se había propagado un rumor en la ciudad de Vladivostok acerca de que en las inmediaciones del golfo de Dzhiguit se hallaban riquísimos terrenos auríferos e, incluso, diamantíferos. Con la esperanza de un fácil y rápido enriquecimiento, una masa de desempleados se había lanzado hacia la costa, adonde se dirigieron en barcas, goletas y vapores en pequeños grupos. Tras desembarcar en cualquier lugar próximo a Dzhiguit, se encaminaban hacia el imaginario Dorado a hurtadillas y con el morral a la espalda. La fiebre del oro se apoderó de todos: de viejos y de jóvenes. En solitario, de dos en dos, de tres en tres, sufriendo cualquier privación, fatigados, inquietos por las largas e inútiles búsquedas, estos desgraciados, en esencia dementes, vagaban por las montañas con la esperanza de encontrar al menos un grano de oro. Ocultaban concienzudamente el objetivo de su viaje, escondiéndose en las montañas y difundiendo a propósito los rumores más absurdos sólo con tal de desconcertar a sus competidores. No hacían más que pelearse y seguirse unos a otros. Cuando sin disponer de ningún dato un grupo iba a buscar oro en alguna grieta, al otro le parecía que precisamente allí había diamantes. Este otro grupo se afanaba por adelantar al primero y con frecuencia el asunto acababa de manera sangrienta. Al ver que el oro no era tan fácil de encontrar y que para ello hacía falta experiencia, tiempo y dinero, decidieron asentarse en esos mismos lugares, en cualquier sitio cercano. Entonces se dirigieron a Vladivostok y, tras recibir en la Dirección de Migraciones una ayuda dineraria, regresaban al lugar en calidad de emigrantes. Parte de los buscadores de oro se había establecido en la bahía de Terney.
En el golfo de Dzhiguit tuvimos que permanecer cerca de dos semanas, pues teníamos que esperar a toda costa a que llegaran los mulos. Sin los animales de carga no podíamos emprender la marcha. Aprovechando ese tiempo de espera, me dediqué a explorar las inmediaciones más cercanas en dirección al golfo de Plastún, donde el año anterior Dersú se había encontrado con los honguzhis. Fui al río Kulema y también hacia el norte, siguiendo la costa.
Al regresar de hacer esos trabajos, me ocupé en la delineación de las tomas y las mediciones. N. A. Desulavi hizo sus labores botánicas en la costa y P. P. Bordakov pasó todo el tiempo con Dersú, preguntándole por la caza de tigres, la religión y la vida de ultratumba.
Me tiré dos días en la tienda de campaña sin despegarme del portaplanos. Tracé finalmente la última línea y puse punto final. Agarré el fusil y me fui a cazar corzas.
En la margen derecha de la colina de Iodzije discurren lomas pantanosas en suave declive cubiertas de hierba rala, arbustos lespedeza[5] y bosques claros de robles, tilos y abedules blancos. Entre las aguas pantanosas, el agua bañaba barrancos hondos. Encaminé mis pasos justamente hacia ese lugar. Pese a que el día era soleado, el viento empujaba a la niebla desde el litoral, que no penetraba muy adentro del continente y pronto quedaba disipada en el aire. Este fenómeno habitual era bien conocido por los habitantes de las zonas del litoral. Mientras que en la costa el tiempo era desapacible y húmedo, en las montañas los días eran claros, secos y cálidos. A la altura del aire templado, la condensación de vapor se reduce y se vuelve invisible para el ojo humano. Ésta es la razón de por qué los chinos, por muy buena que sea la tierra de la costa, nunca se aposentan aquí y prefieren marcharse a las montañas.
Al alejarme unos cuatro kilómetros de nuestro vivac, encontré una pequeña senda y la seguí hacia un bosque. Pronto me di cuenta de que las ramas de los árboles me empezaban a golpear en la cara. Con la lección aprendida, comprendí que aquello era un sendero para tramperos y, temiendo que no me iba a llevar hacia ningún lugar alejado, la abandoné y me adentré por las tierras vírgenes, por donde vagué largo tiempo por los barrancos pero sin encontrar nada.
Ya había transcurrido gran parte del día y la noche estaba cerca. Según iba haciendo más frío, la niebla penetraba más profundamente en el continente. Cual algodón sucio, bajó de las montañas a las colinas, propagándose cada vez de manera más vasta y amplia, engullendo todo con lo que entraba en contacto.
En ese momento salieron corriendo dos corzas. Empuñé rápidamente mi rifle y disparé. Una de ellas cayó, mientras que la otra corrió hacia un lado y se detuvo. Disparé una segunda vez. La corza tropezó, pero enseguida se recompuso y se metió lentamente por los arbustos. Sin perder tiempo, eché a correr tras el animal herido, pero no pude alcanzarlo. Temiendo perder la corza que ya estaba muerta, regresé. No recordaba bien el lugar donde yacía la corza; probablemente lo había pasado de largo. Entonces me puse a buscarlo en otra dirección pero con minuciosidad. Los arbustos y los árboles se parecían unos a otros a más no poder. El animal había desaparecido, era como si se lo hubiese tragado la tierra. Decidí regresar al vivac y volver al día siguiente con más gente para reanudar la busca. Tras escoger una dirección que me pareció correcta, marché flanqueando el barranco.
De repente, el radio de mi horizonte visual empezó a reducirse: una densa niebla caía a plomo. Era como si una pared me separara del resto del mundo. Tan sólo podía ver las cosas que se encontraban inmediatamente cercanas a mí. De entre la niebla, uno tras otro, salían a mi encuentro, bien árboles abatidos sobre la tierra, bien mimbrerales, tocones, mogotes o alguna otra cosa de esa especie.
