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El nombre está por todas partes, en los informes, en las conversaciones. Aparece cuando se habla de Argentina, Chile o Uruguay en los setenta, o de México o Colombia hoy; o si miramos atrás y lejos y pensamos en la guerra civil española o en el gulag ruso en los treinta, o en la Alemania nazi de los cuarenta, o en la Argelia colonial de los sesenta, o en la Camboya de los jemeres rojos en los setenta, o en Bosnia, en la guerra de los noventa. Por todas partes, en efecto, donde hubo lo que llamamos hoy "graves vulneraciones de los derechos humanos", aparece la palabra. También aparece en otros lugares de menor densidad política, muy presentes cuando de sufrimiento se trata: las islas de Lesbos o de Lampedusa, mejor, en el mar que lleva hasta ellas, un Mediterráneo convertido en fosa para miles de desplazados, fugados, refugiados, sujetos sin nombre; o entre los nombrados como homeless o SDF, sujetos oscuros, invisibles, sujetos sin; y en el ancho territorio más allá de la verja de Melilla; o en el desierto de Arizona para los que buscan pasar al otro lado; o en las fosas repartidas por todo México para los que desean alcanzar el promisorio norte; o en los lugares de trata de cuerpos de mujeres; o en las fosas en las que yacen sus despojos, malmuertos, en Argentina, en Portugal, en México, en Chequia…
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Desapariciones
BIBLIOTECA UNIVERSITARIA
Ciencias Sociales y Humanidades
Temas para el diálogo y el debate
DesaparicionesUsos locales, circulaciones globales
Gabriel Gatti
Editor
Gatti, Gabriel
Desapariciones. Usos locales, circulaciones globales / Gabriel Gatti, editor. – Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Universidad de los Andes, 2017.
288 páginas; 21 cm. – (Temas para el diálogo y el debate)
1. Personas desaparecidas - Colombia 2. Desaparición forzada (Delito) - Colombia 3. Delitos políticos - Colombia 4. Derechos Humanos I. Germano, Gustavo, autor II. Tassin, Etienne, autor III. Tít. IV. Serie.
364.154 cd 21 ed.
A1559827
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
© Alejandro Castillejo Cuéllar, Cecilia Sosa, César A. Muñoz Marín, Daniel Feierstein, Élisabeth Anstett, Étienne Tassin, Gabriel Gatti, Gustavo Germano, Ignacio Irazuzta, Isabel Piper Shafir, Kirsten Mahlke, Pamela Colombo, Rosa-Linda Fregoso, Virginia Vecchioli
Primera edición, 2017
© Siglo del Hombre Editores
Cra. 31A n.º 25B-50 Bogotá D. C., Colombia
PBX: (57-1) 337 77 00
Fax: (57-1) 337 76 65
http://libreriasiglo.com
© Universidad de los Andes | Vigilada Mineducación
Ediciones Uniandes
Calle 19 n.° 3-10, oficina 1401
Bogotá, D. C., Colombia
PBX: (57-1) 339 49 49, ext. 2133
http://ediciones.uniandes.edu.co
Carátula
Amarilys Quintero
Armada electrónica
Ángel David Reyes Durán
ISBN: 978-958-665-427-2
ISBN ePub: 978-958-665-428-9
ISBN PDF: 978-958-665-429-6
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
ÍNDICE
PROLEGÓMENO. PARA UN CONCEPTO CIENTÍFICO DE DESAPARICIÓN
Gabriel Gatti
Genealogía de una categoría compleja: de un disparate inaprehensible a un absurdo institucionalizado y transnacional
Del desconcierto a la categoría: la invención del desaparecido originario
Del desaparecido originario al desaparecido transnacional: el desaparecido como tipo-ideal
Del desaparecido transnacional a los desaparecidos locales: primera ampliación de la categoría
De los desaparecidos extraordinarios a los desaparecidos sociales: segunda ampliación de la categoría
Hacia (sin llegar) un concepto científico de desaparición para las “nuevas desapariciones”
Referencias
COMPARACIÓN NO ES RAZÓN: A PROPÓSITO DE LA EXPORTACIÓN DE LAS NOCIONES DE DESAPARICIÓN FORZADA y dETENIDOS-DESAPARECIDOS
Élisabeth Anstett
Referencias
GENOCIDIO Y DESAPARICIÓN: LOS DISTINTOS USOS DE UNA PRÁCTICA SOCIAL EN EL CONTEXTO DE UNA TECNOLOGÍA DE PODER
Daniel Feierstein
Hacia una tipología de las prácticas sociales genocidas
La desaparición forzada de personas como un elemento de la tecnología de poder genocida
Las peculiaridades de la desaparición de personas como técnica de una práctica social genocida
El ocultamiento del genocidio en el momento de su ejecución
La desaparición de personas como “eliminación de la prueba”
La desaparición de personas como efecto de destrucción de los procesos de identidad
Diferentes usos históricos de la desaparición
Modalidades de resistencia a los efectos de la desaparición: el caso argentino
La desaparición como presencia: posibilidades y problemas. La cuestión de los “aparecidos”
Referencias
FIGURACIONES FANTÁSTICAS DE LA DESAPARICIÓN FORZADA
Kirsten Mahlke
Un crimen contra el razonamiento
Noche y niebla: orígenes fantásticos de un crimen de lesa humanidad
Ficción y estado de terror
La construcción fantástica de una psicosis colectiva: la conquista del pensamiento
Operaciones fantásticas en relaciones públicas
El silencio en la estructura fantástica de poder
El Estado moderno fantástico: desaparición globalizada
Referencias
LA DESAPARICIÓN EN LAS SOCIEDADES LIBERALES
Étienne Tassin
Desaparición y aparición
Los desaparecidos de la dictadura
Los desaparecidos de las sociedades liberales
Las formas de invisibilización social y política
Referencias
LAS MUERTAS EN VIDA DE MÉXICO
Rosa-Linda Fregoso
APARECER DESAPARECIDOS EN EL NORTE DE MÉXICO: LAS IDENTIDADES DE LA BÚSQUEDA
Ignacio Irazuzta
Aquellos y estos desaparecidos
Cadhac, el activismo en derechos humanos y la emergencia de la desaparición forzada
Las comunidades de dolor: el grupo Amores, el activismo de las víctimas y las identidades de la búsqueda
Referencias
ANTE LA IMAGEN: ETNOGRAFÍAS DE LO TRANSICIONAL Y LAS MEDIACIONES VISUALES DEL DESAPARECIDO EN COLOMBIA
Alejandro Castillejo CuéllarCésar Augusto Muñoz Marín
La sensorialidad de las transiciones
El cuerpo que habla: etnografía del proceso forense
De la imagen al duelo
Preguntas finales
Referencias
GLOBALIZACIÓN DE LA MEMORIA: MEMORIAS DE LAS VÍCTIMAS, ESPACIOS Y OBJETOS
Isabel Piper Shafir
Los lugares de memoria como estrategia de construcción del sujeto víctima
Los lugares y sus objetos
Las víctimas, sus cuerpos y sus ausencias
Los zapatos y otros objetos
Algunas reflexiones
Referencias
UNA MIRADA QUEER SOBRE EL DUELO Y LA DESAPARICIÓN: HORIZONTES AFECTIVOS DEL “CASO ARGENTINO”
Cecilia Sosa
La familia herida: los guardianes del duelo y del dolor
Los peligros de una narrativa feliz
Nuevos horizontes afectivos: la peluca del duelo
Una cuestión de maquillaje, o cómo recrear un nuevo “nosotros”
Epílogo: reparación afectiva, duelo y filiaciones ampliadas
Referencias
UNA MEMORIA QUE TRANSITA POR LAS VENAS: GENÉTICA Y EMOCIÓN EN LOS HIJOS DE DESAPARECIDOS EN ARGENTINA
Virginia Vecchioli
Un caso emblemático
Con la música en su adn: una huella genética insospechada
Una buena familia, un buen chico
Estado y vínculos primordiales
La sangre y sus fronteras simbólicas
Una abuela y la “vastedad doliente del mundo”
A modo de conclusión
Referencias
Otras fuentes consultadas
LA DESAPARICIÓN EN VERTICAL: IMAGINARIOS GEOGRÁFICOS Y VIOLENCIA DE ESTADO
Pamela Colombo
¿A dónde fueron los desaparecidos?
El espacio subterráneo de la desaparición
“Ejército argentino. No tocar. El que destape esto irá preso”
“Vamos a abrir para que el pueblo se quede tranquilo, pero abajo no hay nada…”
La disposición de los cuerpos muertos en el espacio
La dimensión vertical de la desaparición
Referencias
UN PASEO FOTO-SOCIOLÓGICO POR EL MUNDO DEL DESAPARECIDO TRANSNACIONAL
Gabriel GattiGustavo Germano
Aviso: Sociólogo desesperado. Perdió el lenguaje. Ref.: GG
Respuesta a mensaje de ref. GG: Mirá fotos, decí pocas cosas, dale forma de concepto al balbuceo (GG)
Ausencias
Búsquedas
Referencias
PROLEGÓMENOPara un concepto científico de desaparición
Gabriel Gatti1
El nombre está por todas partes, en los informes, en las conversaciones. Aparece cuando se habla de Argentina, Chile o Uruguay en los setenta, o de México o Colombia hoy; o si miramos atrás y lejos y pensamos en la guerra civil española o en el gulag ruso en los treinta, o en la Alemania nazi de los cuarenta, o en la Argelia colonial de los sesenta, o en la Camboya de los jemeres rojos en los setenta, o en Bosnia, en la guerra de los noventa. Por todas partes, en efecto, donde hubo lo que llamamos hoy “graves vulneraciones de los derechos humanos”, aparece la palabra.
También aparece en otros lugares de menor densidad política, muy presentes cuando de sufrimiento se trata: las islas de Lesbos o de Lampedusa, mejor, en el mar que lleva hasta ellas, un Mediterráneo convertido en fosa para miles de desplazados, fugados, refugiados, sujetos sin nombre; o entre los nombrados como homeless o SDF, sujetos oscuros, invisibles, sujetos sin; y en el ancho territorio más allá de la verja de Melilla; o en el desierto de Arizona para los que buscan pasar al otro lado; o en las fosas repartidas por todo México para los que desean alcanzar el promisorio norte; o en los lugares de trata de cuerpos de mujeres; o en las fosas en las que yacen sus despojos, malmuertos, en Argentina, en Portugal, en México, en Chequia…
También ahí se usa la palabra. Ya no hay dónde no. Son cientos, miles de casos. Millones. Viejos y nuevos, cercanos y lejanos. Todos son —o los nombramos como— desapariciones, como desaparecidos. La categoría, en efecto, ha hecho furor, se ha pluralizado, se ha transnacionalizado, se ha consagrado incluso en forma de convención internacional. Ha tenido éxito, se ha naturalizado, se ha convertido en evidencia y se expande y crece, colonizando territorios cada vez más lejanos de los de sus orígenes. Nació en Argentina en los setenta y hoy acompaña al abducido por el mar Mediterráneo, al expulsado de cualquier lógica, a la mujer asesinada en Juárez…
¿Qué ha ocurrido para que se diera este proceso? ¿Qué explica que haya sido tan rápido? ¿Cómo es que se da en tantos lugares y tan distintos? ¿Tiene sentido llamar a todo eso por el mismo nombre? Y puesto que se hace, ya que desaparecido, desaparición o desaparición forzada viajan y piensan y nombrar tanta cosa, ¿qué hacemos? ¿Lo celebramos (por humanitariamente eficaz)? ¿Lo cuestionamos (por analíticamente poco riguroso)? ¿Lo aprovechamos (por socialmente creativo)?
Para contestar estas preguntas, en este prolegómeno intentaré hacer un doble trabajo: primero, desnaturalizar las categorías de desaparición y de desaparecido, luego sistematizarlas. Apoyándome en una breve genealogía, delimitaré las dos ampliaciones del sentido originario de ambas: una, hacia otras afectaciones de los derechos humanos, otra —la que más me interesa ahora— hacia la vida social cuando se extraña de sí misma. Tras esas dos ampliaciones me gustaría proponer un “concepto científico de desaparición”, un CCD,2 esto es, una herramienta con la que entender (pensar, gestionar, operar sobre) un universo lleno de lugares fuera de norma, de identidades dislocadas, de dolientes, de fugados, de abandono, de desechos, de parias, de precarios, de vulnerables… Sé que la tarea es inútil:3 no parece esta una época de conceptos científicos definitivos. Pero poco importa: la búsqueda vale el esfuerzo. Y es también inútil porque el esfuerzo de extensión de las categorías de desaparición o desaparecido más allá de sus territorios originales se lleva haciendo un tiempo, aunque ha sido hasta ahora más social que sociológico, y si es de este último tipo, más intuitivo que riguroso. Toca, creo, darle una vuelta más, exprimir las categorías, subirlas de estatuto, hacerlas científicas. Esto es, convertirlas en herramientas de utilidad para entender de manera sistemática aspectos concretos de un mundo con mucho que se deshace pero que, sin embargo, existe. Mientras hago este recorrido, referiré a cómo los textos de este volumen contribuyen a pensar cada uno de los lugares por los que pasa.
GENEALOGÍA DE UNA CATEGORÍA COMPLEJA: DE UN DISPARATE INAPREHENSIBLE A UN ABSURDO INSTITUCIONALIZADO Y TRANSNACIONAL
Entender la conversión de un disparate en coherencia, así definió alguna vez Foucault (1992) el trabajo al que se enfrentaba el genealogista al analizar la transformación de algo incierto en una obviedad compartida. En el caso de desaparecido, cabe jugar con la belleza de la definición y afirmar que se ha ido convirtiendo en una obviedad compartida, sí, y que como tal ordena, es cierto, la realidad a la que se refiere. Pero lo hace concibiéndola precisamente como disparatada. Ciertamente, despropósito, ausencia, paradoja, vacío, sinrazón, descivilización, incertidumbre, imposibilidad, irrepresentabilidad son algunos de los términos que hoy acompañan las acepciones más instaladas del fenómeno de la desaparición y de su corolario, el desaparecido. Un no vivo-no muerto, un ausente-presente. Un absurdo.
Ciertamente, al aplicar sobre el concepto de detenido-desaparecido un trabajo de historia de los conceptos (Kosselleck, 2012) se ve que se ha desarrollado con ella un esfuerzo complejo, que ha terminado por promover al estatuto de evidencia nada menos que un “nuevo estado del ser”, extraño y desconcertante (Gatti, 2014). Ese esfuerzo tiene cuatro grandes hitos: 1) la constitución de la categoría misma en la experiencia de quienes padecieron de cerca la desaparición forzada cuando aún no se disponía de términos para nombrarla; 2) el ascenso de esta categoría al estatuto de tipo jurídico-penal del derecho internacional en materia de derechos humanos; y 3) y 4) su circulación y expansión abiertas.
DEL DESCONCIERTO A LA CATEGORÍA: LA INVENCIÓN DEL DESAPARECIDO ORIGINARIO
No se puede afirmar sin entrar en largas discusiones que la táctica de exterminio que ahora conocemos como desaparición forzada no haya encontrado en Argentina durante la guerra sucia (1976-1983) el único ni el más devastador lugar de aplicación. Ciertamente, muchos otros lugares padecieron formas similares de represión, algunos en la misma época (Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay), otros posteriormente (Pakistán, Guatemala, Bosnia); en otros casos, hechos pasados adoptan para sí lo que solo mucho después de esos hechos el derecho internacional calificaría como desaparición forzada (así España o Vietnam). Pero lo cierto es que no son pocos los argumentos a los que agarrarse para sostener la singularidad del caso argentino: aquel famoso enunciado de Jorge Rafael Videla en 1979 (“Ni muerto ni vivo, está desaparecido”) (que es evocado en varios de los textos de este volumen, los de Kirsten Mahlke y Rosa-Linda Fregoso, por ejemplo), la primera reacción de los afectados, muy singular (como nos recuerdan aquí Daniel Feierstein o Cecilia Sosa), y quizás más que todo eso el plan de desaparición sistemática y selectiva de parte significativa de la propia ciudadanía practicado por el Estado, que atravesó el tejido social y que más allá de los detalles precisos de la implementación de este dispositivo (Calveiro, 1998; Robben, 2005; Crenzel, 2012), produjo algo nuevo y que le es ciertamente propio al caso argentino: la invención social de la categoría de detenido-desaparecido y la construcción de un campo social alrededor de ella socialmente denso e institucionalmente muy robusto. Y duradero. Este primer hito concierne a ese proceso de invención social.
En los setenta se asistió a una vulneración de los derechos humanos sin precedentes, para la que las categorías previamente disponibles no parecían servir: ¿fueron secuestrados? ¿Eran torturados? ¿Habían muerto en el frente? ¿Estaban encerrados en algún presidio? Ninguno de los términos con los que se construyen esas preguntas abarca todas las dimensiones de lo que estaba sucediendo, salvo por parecidos de familia (secuestro de larga duración, secuestro permanente, tortura continuada…). El paso del tiempo llevó a pensar lo sucedido (la desaparición) y lo producido por eso (el desaparecido) a partir de ideas como quiebre, fractura, vacío, invisibilidad, inexistencia, ausencia, paradoja,irrepresentabilidad. Ocurrió en el campo de la cultura (Richard, 2007), también en el de lo jurídico (Baigún y Moreno Ocampo, 1987). Pero interesa más recordar que fue sobre todo en lo ordinario de la vida de los afectados (colectiva [Da Silva, 2001], o íntima [Kordon y Edelman, 1999]) donde esas ideas se fraguaron. A todas ellas les es común imaginar al desaparecido como negación: como delito, es negación de pruebas, de identidad, de cuerpo, del hecho, del destino; como estado del ser, su identidad es la de un sujeto negado, un individuo recortado, un cuerpo separado de nombre, un nombre aislado de su historia, desprovisto de sus cartas de ciudadanía. Para él, Gómez Mango (2004) propone recuperar el arendtiano concepto de “desolado”. Estamos en efecto ante algo turbador, que en 1987, en el prólogo del informe Nunca más, Ernesto Sábato calificó como una figura “tétrica y fantasmal”.
Lo relevante de este proceso no es, por tanto, la más o menos meditada, correcta o eficaz construcción de una categoría intelectual, artística o académicamente precisa para describir un fenómeno novedoso. No lo es tampoco que la literatura, el psicoanálisis, el derecho, el cine, la archivística, la sociología o la antropología estén repletos de alusiones a la ausencia, el silencio, la quiebra, la fractura, el vacío. Lo relevante es que todas estas alusiones fueron asentándose en el lenguaje ordinario y cotidiano. Este se llenó de paradojas (“duelo permanente”, “inausentes”, “vivos que mueren siempre”), integró formas singulares de entender la muerte y el despojo (véase el texto de Pamela Colombo en este volumen), normalizó expresiones para pensar la existencia en condiciones que la imposibilitaban (“vivo en un agujero”, “vivo sin leyes de gravedad”), dio forma a modalidades de movilización social a partir de sujetos instalados en una situación de quiebra de lo ordinario, especialmente de la ruptura de las cadenas filiatorias (movimientos de madres, abuelas, hijos, hermanos… de desaparecidos) (como analiza, por ejemplo, Virginia Vecchioli en este libro).
Alrededor de una realidad de una consistencia incierta, difícil, que tenía por rasgo que imposibilitaba lo que normalmente, en Occidente, entendemos por identidad y sentido, se fueron componiendo densos mundos de vida, duraderos, muy estructurados, con lenguajes propios, manifestaciones políticas reconocibles, diferencias y estructuras internas y, más tardíamente, y solo en el caso argentino, un fuerte componente institucional… Son mundos de vida, además, donde una ancha franja de población habita y construye sentido, aunque de acuerdo a lo que señala la teoría heredada en materias como identidad, acción colectiva o incluso derecho, ni el sentido ni la vida eran posibles.
DEL DESAPARECIDO ORIGINARIO AL DESAPARECIDO TRANSNACIONAL: EL DESAPARECIDO COMO TIPO-IDEAL
El segundo hito refiere al asentamiento internacional de la categoría. Al tiempo que en Argentina y en la región se consolida, se va internacionalizando en un proceso con innumerables jalones: la constitución en 1981 de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (Fedefam), la convocatoria del primer Día Internacional del Desaparecido, en 1983, varias convenciones regionales o internacionales, entre las que se destaca el Estatuto de Roma de 1998, de la Corte Penal Internacional… Y finalmente, la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas (adoptada en diciembre de 2006, ratificada en febrero de 2007),4 que culmina un largo trabajo de construcción jurídica de la categoría y que, aunque deslocaliza y universaliza los conceptos de desaparición forzada y de detenido-desaparecido, mantiene mucho del modelo originario argentino (Gatti, 2014). Así, por ejemplo, en su artículo 2, donde se define la desaparición como una acción estatal o paraestatal ejercida sobre un sujeto con forma de individuo y que tiene como resultado el detenido-desaparecido, sujeto sustraído del imperio de la ley e inmerso en un espacio que la exceptúa.
Esa definición, establecida como tipo jurídico-penal, opera como medida de todo otro resultado de prácticas de desaparición forzada, independientemente de que sea o no el Estado el ejecutor, de que la práctica se despliegue en un Estado de derecho o no, de que haya o no haya habido paradero desconocido del desaparecido, de que el proceso haya sido o no selectivo y sistemático, de que sea o no el destinatario de la acción un individuo, un grupo étnico, una comunidad rural o una de creyentes. Esa definición lo colonizó todo; en otros términos, tuvo éxito. Lo tuvo en términos de reconocimiento (la categoría contribuyó a dotar de visibilidad política a sujetos afectados por un espectro de situaciones históricas y sociales muy amplio y variado, y en muchos casos invisibles hasta entonces); y tuvo también éxito nominativo: circula, se extiende, se usa, viaja entre continentes y épocas. Desborda, como nos recuerda Kirsten Mahlke en su texto. A partir de eso el tipo ideal no fue solo jurídico-penal, sino también estético, psicoclínico, político e histórico:
1) Tipo ideal estético. En materia literaria, cinematográfica o, en general, artística, sobre la desaparición forzada ciertos tópicos se han extendido a tal punto que algunas escenificaciones muy locales del detenido-desaparecido o de los dolores asociados a su pérdida se han elevado al estatuto de imagen universal del desaparecido y del dolor provocado por la desaparición forzada. El trabajo del fotógrafo Gervasio Sánchez (2010) es solo un ejemplo de esta reducción: a partir de la imagen —argentina— del familiar mostrando la fotografía de su desaparecido se compone un mosaico de figuras sufrientes de muy distintas procedencias (España, Serbia, Afganistán) a las que se les presume un dolor equivalente, por distinto que sea su lugar de nacimiento y el origen de su sufrimiento. Esa imaginería hoy constituye un tipo ideal estético presumido universal. Con eso, un viejo tema, el de las (im)posibilidades de la representación ante fracturas sociales y personales de alta intensidad, ha desembarcado con intensidad en el arte de la desaparición (Taylor, 2003; Diéguez, 2013), que se dice que debe ser roto, quebrado, lleno de ausencias y huecos (sobre eso véase en este libro el texto de Gabriel Gatti y Gustavo Germano).
2) Tipo ideal psicoclínico. Las afectaciones de las víctimas directas o indirectas de desaparición se asocian, allá donde se encuentren, a los mismos tópicos psicoclínicos: “duelo inacabado”, “ruptura de las cadenas filiatorias”, “quiebra de la novela familiar” (Kordon y Edelman, 1999; Viñar y Ulriksen, 1993). Hoy, estos tópicos han penetrado no solo los tonos y las texturas de los informes de las agencias humanitarias oficiales (HRW, 2013 o AI, 2014, entre otras), sino muchas de las políticas de asistencia a las víctimas, que son tratadas, grosso modo, como si fueran la misma, pues se dice que padecen el mismo mal.
3) Tipo ideal político-social. Dos aspectos destacan: que la movilización se orienta al reclamo por la memoria y a la restitución de los cuerpos (el lema “¿Dónde están?”); que la movilización tiene un fuerte componente familista. A esta materia, probablemente la asociada a la dimensión más espectacular y conocida de este asunto, han dedicado su atención una ingente cantidad de monografías, y a su circulación y su potencia atienden en este libro varios trabajos. Puede aquí de nuevo hablarse de una invención, la de modalidades de agencia asociadas a la filiación, a la sangre, al parentesco (véanse sobre eso los textos de Virginia Vecchioli, Cecilia Sosa o Rosa-Linda Fregoso). Es una política desde lo doméstico que se anima y se potencia desde la búsqueda del ausente (como argumenta aquí Ignacio Irazuzta), una política sostenida por pequeños objetos familiares, una memoria de lo pequeño (fotos, recuerdos, detalles) paradójicamente internacionalizada, pues se manifiesta de modos parecidos en lugares distintos y distantes (como analiza aquí Isabel Piper). Esa es la marca política del desaparecido trasnacional.
4) Tipo ideal histórico. En dos sentidos, que son los de los dos contextos de la desaparición, el de su emergencia y el de su visibilización y tratamiento. El primero se construye retroactivamente, cuando la categoría se consagra y aplica a pasados que no la conocieron, comparando, unificando, subsumiendo, organizando… ese pasado bajo nuevos parámetros, como —desde lugares distintos— trabajan aquí Élisabeth Anstett o Daniel Feierstein. El caso de España —no es el único— es prototípico: sobre el pasado franquista se proyecta el tipo socio-jurídico detenido-desaparecido… y se encuentra (Escudero y Pérez, 2014). El segundo contexto se manifiesta al observar cómo la categoría se integra en un paquete, el de la moral humanitaria (Fassin, 2010), donde comparte espacio con otros sufrimientos, pero sobre todo con prácticas, “técnicas morales” (Gatti, 2014), muy internacionalizadas: políticas reparatorias, políticas de la memoria —véase el trabajo de Isabel Piper—, audiencias de víctimas —como las que describe en primera persona Rosa-Linda Fregoso—, técnicas de identificación de cadáveres —que trabajan Pamela Colombo o Alejandro Castillejo y César A. Muñoz—. En los contextos llamados “de transición”, la presencia de estas técnicas morales se ha generalizado; en ellos, figuras como las del detenido-desaparecido constituyen la condición de posibilidad, la coartada, para formas de gobierno y narrativas nacionales nuevas.
DEL DESAPARECIDO TRANSNACIONAL A LOS DESAPARECIDOS LOCALES: PRIMERA AMPLIACIÓN DE LA CATEGORÍA
El detenido-desaparecido ya circula planetariamente: nació en los centros clandestinos de detención argentinos, de los que surgió el desaparecido originario. Sufrió luego dos transformaciones: en un primer movimiento, sin perder complejidad, pero sí matices, devino mediante un intenso trabajo de traducción jurídica desaparecido transnacional; luego, en un segundo movimiento se convirtió en la matriz con la que se piensan y se miden, y si se puede, se juzgan múltiples casos de desaparecidos locales ya integrados en el tipo transnacional. Este tercer hito refiere a este último movimiento, al uso de la categoría en situaciones de vulneración de los derechos humanos a veces distantes del tipo originario.
Así es, a partir de la elevación del desaparecido a la condición de tipo universal que se han alumbrado situaciones histórica y socialmente equivalentes a las que sirvieron para perfilar el desaparecido originario y se han visibilizado y definido con más certeza otras muchas vulneraciones de los derechos humanos que se desarrollaron bajo coordenadas no necesariamente iguales, a veces ni siquiera parecidas, a las del desaparecido originario y a lo que describe la Convención como propio de ese tipo jurídico-penal. Por solo citar algunas, aparecen como de desaparición forzada casos propios de otras historias: genocidio étnico (Guatemala en los ochenta, Bosnia en los noventa) o guerras coloniales (niños de la guerra colonial en Portugal); situaciones de enorme fragilidad del Estado de derecho (“guerra contra el terror” en Afganistán o Pakistán, conflictos armados en Chechenia o Ingusetia); o casos innominados o mal nominados: situaciones para las que los términos que nombraban lo ocurrido se reemplazan por las categorías de detenido-desaparecido y de desaparición forzada, más comprensibles ahora, y además de eso política y jurídicamente más eficaces (España y las víctimas de la guerra civil, el genocidio en Camboya), o situaciones para cuyas víctimas no existía nombre hasta que el de detenido-desaparecido se aplicó (víctimas en México en las guerras contra el narcotráfico, algunas figuras laterales de varias décadas de violencia en Colombia, ahora nombradas como “detenidos-desaparecidos”, manifestaciones de feminicidio). En fin, la construcción del tipo transnacional, exitosa, amplía el campo de aplicación hasta permitir concebir una suerte de escenario internacional de la desaparición forzada donde es posible, solo entonces, hacer operaciones como la comparación, el recuento, el seguimiento estadístico, en fin, el gobierno de poblaciones (véase en este volumen el texto de Anstett).
DE LOS DESAPARECIDOS EXTRAORDINARIOS A LOS DESAPARECIDOS SOCIALES: SEGUNDA AMPLIACIÓN DE LA CATEGORÍA
El desaparecido transnacional hereda los rasgos del originario y la categoría se aplica a situaciones que conciernan a vulneraciones graves de los derechos humanos, cuando se padece una inflexión extraordinaria, terrible, de la historia. El cuarto hito de la secuencia que describo recoge los movimientos de ampliación del radio de acción de la categoría y se sitúa más allá. Mucho más allá.
Veamos ejemplos. Son solo pistas: en 2005, en Argentina, el grupo Escombros, Artistas de lo que Queda propone pensar con la figura del detenido-desaparecido a los desocupados, los adolescentes sin futuro, los jubilados, los chicos de la calle, los torturados, los enfermos de sida, los locos, los exiliados, los indígenas, las mujeres maltratadas… Más cerca en el tiempo, Ileana Diéguez en México (2013) ha recopilado muestras de trabajo artístico que acuden a la figura para pensar géneros desarticulados, cuerpos rotos, violencias excesivas, nuevas manifestaciones del barroco. En 2014, en España, un grupo de personas con graves problemas de movilidad protesta por los recortes en la ley de dependencia, que impedirán cubrir sus necesidades de cuidado, y lo hacen con el lema “Nosotros también somos desaparecidos”. También en 2014, se reactiva la “50 Million Missing Campaing”, creada en 2006 para denunciar la desaparición durante las tres últimas generaciones de cincuenta millones de mujeres en India. Entre las causas directas aparecen algunas muy diversas: por acción u omisión, por efecto de políticas de Estado o de tradiciones (asesinato de recién nacidas o de niñas en la primera infancia, omisión de las mujeres en los censos, negación de asistencia, muerte y violación, abortos provocados, desaparición forzada…). Pero todas comparten un nombre: desaparecidas.
En 1999, de nuevo en Argentina, ya se habla profusamente de desaparecidos sociales (Moffatt, 1999), que como los desaparecidos originarios son y viven instalados en un disparate, en la quiebra, en la fisura, en el absurdo, pero que a diferencia de aquellos, no son el resultado de momentos, fenómenos, hechos o períodos, además de devastadores, extraordinarios y únicos de la historia, sino habitantes de catástrofes sociales ordinarias,5 llenas también de muertos sin muerte, de cuerpos invisibles, de espectralidad, de ausencia y, sin embargo, existentes. Volviendo al presente, el trabajo, en este libro, de Rosa-Linda Fregoso sobre las “muertas en vida” en México, de Kirsten Mahlke sobre la dimensión fantástica de la desaparición, que estira la palabra hasta hacer que abarque más de lo que debe, de Pamela Colombo sobre la espectralidad de esa rara muerte, o de Étienne Tassin sobre los desaparecidos en régimen liberal, los ausentes de la ciudadanía: refugiados, incontados, aislados… (véase también Tassin, 2012; o Edkins, 2011; o Sassen, 2015, sobre los expulsados del vínculo social) abordan también esta ampliación del radio de alcance del concepto. Hoy, hasta Wikipedia, contenedor de nuestros sentidos más comunes, somete al viejo verbo (desaparecer) y al participio que lo acompaña (desaparecido) a un doble esfuerzo: primero lo estrecha, contrayendo sus posibles sentidos a uno, el que habla de un humano quebrado por una práctica sistemática de horror sobre el otro; luego lo amplía, haciéndolo útil para entender casi todo sufrimiento:
La palabra desaparecido o desaparecidos puede hacer referencia a una persona desaparecida, en general; la víctima de desaparición forzada, crimen tipificado por el Tribunal Penal Internacional; un detenido desaparecido, víctima del crimen de la desaparición forzada en América Latina.
Se llama persona desaparecida a personas cuya localización se desconoce por alguna razón. Generalmente se relaciona con guerras, catástrofes, desplazamientos de refugiados o secuestros, pero también se incluyen las personas que se han perdido, menores huidos o posibles víctimas de secuestros.
Ahora, una vez aumentado el alcance de la categoría originaria de desaparecido, un segundo desplazamiento la propone como herramienta de análisis para las situaciones y figuras sociales asociadas a “catástrofes sociales ordinarias”. Es el momento de hacerla CCD (concepto científico de desaparición).
HACIA (SIN LLEGAR) UN CONCEPTO CIENTÍFICO DE DESAPARICIÓN PARA LAS “NUEVAS DESAPARICIONES”
El mundo se puso derecho.6
La figura del desaparecido ha crecido, ha viajado, pero no ha perdido, sin embargo, lo fundamental de sus orígenes: despropósito, absurdo, ausencia, paradoja, vacío, imposibilidad, irrepresentabilidad. Es, como dice Ignacio Irazuzta en su texto, una categoría potente para entender la vida social cuando se ve afectada por fuertes colapsos del sentido. A partir de eso, por esa profunda afinidad en forma y fondo entre “desaparecido” y la vida social extrañada de sí misma, creo posible proponerla como una herramienta con la que imaginar y analizar esas situaciones. Es necesario: para ellas los instrumentos disponibles trabajan con dificultad.
Los usos sociales de la categoría, creativos, imaginativos, invitan a esa posibilidad.7 A partir de ellos se ha visto que un término, desaparecido, que resultó de un trabajo intenso de imaginación —que inventó lenguajes, instituciones, sentidos allí donde parecía que ninguna de esas cosas era posible— se ha elevado en poco tiempo al estatus de tipo jurídico-penal, estético, psicoclínico, político e histórico, que funciona universalmente y que, desde ahí, ha dilatado sus usos, aplicándose, primero, a otras situaciones de vulneración de los derechos humanos, no necesariamente asimilables al tipo originario, y luego a situaciones y figuras sociales de difícil clasificación, aunque con un dato común, refieren a la vida cuando se da en una catástrofe ordinaria.
Hubo, pues, un salto poderoso, que lleva al desaparecido en los setenta del lugar de figura a explicar, de incógnita a desvelar, hasta el lugar opuesto, el de variable que explica, un principio de intelección para pensar en lugares incómodos, informes, de la vida social. Hoy, además de visibilizar lo que a partir de la Convención de 2006 se describe, la categoría alumbra; esto es, permite imaginar, nombrar, pensar, otras situaciones histórica y socialmente muy distintas. Llamemos a esas situaciones nuevas desapariciones; en ellas hay soldados que mueren en el frente de batalla y de los que no quedan rastros; excluidas radicales; un o una secuestrada con destino incierto; zombis, figurados y no tanto; otros muertos vivientes; emigrantes de los que no se sabe nada más, perdidos en un mar helado o un desierto tórrido; refugiados o fugados; mujeres atrapadas en redes de trata; niños robados; víctimas de feminicidio; excluidos; precarios o sin techo; gente sin nombre… Para ellos el desaparecido es un concepto que el trabajo de la imaginación social ha transformado en un explanans.
Pero hay cierto desaprovechamiento de ese trabajo que ha construido una categoría dinámica, circulante y teórica, metodológica, ética y estéticamente compleja. Como punto de partida para una tarea de sistematización pendiente propondría dar forma al CCD distinguiendo tres tipos de desaparecido: el desaparecido originario, el desaparecido originario extendido, el desaparecido social. Los tres tienen en común la incomodidad, la ambigüedad, la indeterminación, la paradoja, la incertidumbre. De distinto, los grados de institucionalización administrativa, de reconocimiento social, de representación política, científica y artística, que va, en todos los casos, de más a menos.
1. El desaparecido originario responde formalmente a lo que el derecho internacional tipifica como “desaparición forzada”, sobre todo en el artículo 2 de la Convención de 2007 (victimario: el Estado; víctima: un ciudadano; contexto: el Estado de derecho). Se caracteriza por 1) el despliegue sobre él de una poderosa maquinaria de cuidado, representación (política, científica, jurídica, artística), atención a la víctima, la propia del humanitarismo; 2) la construcción, con mayor o menor éxito o dificultad, de un entramado institucional, organizacional, de movilización, al que 3) se asocian, con igualmente distintos grados de institucionalidad, desarrollo y éxito social, mundos de vida que tienen a la figura del desaparecido como eje, entre los que 4) las comunidades de víctimas destacan especialmente, sobresaliendo en ellas una marca que agrupa, el vínculo de parentesco y su materialización en soportes muy connotados por lo biológico (despojo, sangre, ADN, memoria familiar). Ejemplo, el caso argentino.
2. El desaparecido originario extendido es resultado del aterrizaje o vernacularización de lo que el derecho internacional tipifica como “desaparición forzada” en casos cuya empiricidad no coincide con ese tipo jurídico. Es el propio acto de nominación, más el despliegue consecuente en esos casos de la maquinaria del humanitarismo, el que arrastra estos casos en dirección al primer tipo y a la adopción de las características propias de él. Hechos como que la desaparición o el desaparecido se nombren retroactivamente, o las dificultades para ajustar lo sucedido a lo que el tipo jurídico indica, hacen de los de este tipo 2 casos repletos de paradojas, efervescentes, precarios y muy creativos, en los que el desembarco de la categoría y de todos sus soportes institucionales, materiales, organizativos, nominales, etc., va acompañado de una intensa pugna por los sentidos de ese significante y por apropiarse de él, por ser adecuadamente víctima de desaparición forzada, por encontrar identidad con esta categoría, nueva para muchos de los que se instalan en ella. Ejemplos, entre muchos, el caso español de las víctimas de la guerra civil y el franquismo, el de México en alguna de sus muchas variantes (el feminicidio o la desaparición de migrantes), el de Colombia tras la ley de víctimas de 2011.
3. El desaparecido es ausencia, invisibilidad, falta de representación, imposibilidad de palabra y de nombre; es identidad rota y exclusión; es cuerpo disociado, mala muerte y mala vida. Terribles texturas. Su sola mención comporta un problema ontológico, que es también metodológico y hasta ético y teórico: la desaparición es falta, es fuga, es torcedura, es imposibilidad de poner derecho el mundo. No hay identidad ni forma de ver y representar las cosas, de gestionarlas, de ordenarlas; de que el mundo funcione bien. En los dos primeros tipos de desaparición todo esto existió o existe, pero existen también maquinarias, aparatos organizaciones, dispositivos… que ordenan esa catástrofe, que ponen el mundo derecho. En el tercero, el desaparecido social, no: el mundo sigue torcido, su textura es ruinosa, está en estado de catástrofe. Pero la existencia se sigue dando. Aquí, en este tipo 3, se concentra la ancha población de los sin parte (Rancière, 1995) que hoy abunda, tanto en las fronteras del mundo (en Europa, en el Norte de América), como en su centro (en cualquiera de los lugares de contención del desorden: centros de migrantes, campos de excepción, guetos de precariedad…).
Infinitos zombis, desaparecidos sociales, carne compleja para pensarla desde el CCD.
* * *
Este volumen comenzó a idearse hacia 2008, cuando empezaba a aterrizar en España la categoría de desaparecido y parecía impostergable pensarla de tan desprolijos que resultaban allí sus usos. Crisis económica mediante, no fue posible en ese primer intento sacar adelante el libro donde lo pretendíamos, Anthropos Editorial, pero el impulso, el interés y la profesionalidad de Esteban Mate ayudó a que el proyecto sobreviviese, viajando al otro lado del Atlántico, hasta Colombia y Siglo del Hombre Editores. En las manos amables y conocedoras de Ángel Nogueira, siempre con Juanita Sanz de Santamaría cerca, la idea pudo ver por fin la luz con casi los mismos autores con los que el proyecto nació, pero mejorado, más planetario, más renovado: más autores, más perspectivas, desaparecidos “nuevos”, de los que hace una década no se hablaba, los de México o los de Colombia misma.
Agrupados en tres secciones (“Desapariciones: pensando sobre la expansión, las posibilidades y los límites de un concepto transnacionalizado”; “Apariciones: comunidades locales de víctimas y tecnologías internacionales de atención al dolor”; “Texturas de la desaparición: duelos, sangre, despojos, ausencias”) los trece textos de este volumen, todos inéditos, trabajan sobre la categoría, la desnaturalizan, le retiran su capa de obviedades. Atienden a cómo el tiempo la transforma o la pervierte, a cómo hace que los que se la apropian se muevan, a cómo crea comunidades imposibles de dolientes, de muertos en vida, pero sin embargo vivos. Algunos dudan de su utilidad, otros proponen otras, los más la aplican a situaciones inéditas para ella y miran cómo aterriza en lugares donde nunca estuvo. Varios rebuscan en sus distintos usos locales, y otros observan las cosas —pequeños objetos, la sangre, los despojos— que les dan a la desaparición y al desaparecido su peculiar materialidad, su textura, ya globalizada.
Punta Colorada, Uruguay, diciembre de 2016
REFERENCIAS
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1 Programa Mundos de Víctimas, Centro de Estudios sobre la Identidad Colectiva, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea.
2 El lector o la lectora familiarizado(a) con la jerga de la desaparición forzada de personas sabrá apreciar la perversión de esta serendipia, que presta las mismas iniciales, CCD, a mi “concepto científico de desaparición” y a sus “centros clandestinos de detención”. Tómese el primero, si se quiere, como un intento personal de revertir irónicamente lo siniestro de los segundos.
3 Y en este caso, en parte al menos, colectiva, primero por parte del equipo del proyecto Mundo(s) de Víctimas (CSO 2011-22 451), y ahora por los que de ese equipo nos congregamos en la Universidad del País Vasco en torno al proyecto Desapariciones (CSO 2015-66 318-P).
4 Disponible en http://www.ohchr.org/SP.
5 Si una catástrofe social es una situación que no puede ser comprendida a partir de las herramientas propias de la estructura a la que afecta, una catástrofe social ordinaria agrega a eso la duración (sin límite) y la rutina. Lo que hace imposible la existencia deviene en ella estructural, pero aun así se existe, se vive, se es. Véanse, entre otros, Lewkowicz et al., 2003; Das, 1996, y Gatti, 2014.
6 Palabras pronunciadas el 24 de diciembre de 2015 por “Chicha” Mariani, abuela de Clara Anahí, hija de desaparecidos, cuando creyó recuperar a su nieta tras 39 años de búsqueda.
7 No así los académicos, menos imaginativos y poco frecuentes, con excepciones (Tassin, 2012). Aunque las categorías de desaparición forzada de personas y de detenido-desaparecido ocupan un lugar crecientemente más significativo en varias disciplinas y han ganado hoy el estatuto de objeto de atención política y de investigación social, esta maduración no está acompañada por un esfuerzo que aborde simultáneamente las muchas dimensiones que este fenómeno pone en juego. Los esfuerzos de sistematización existentes cuelgan de líneas de investigación con otros tópicos en el centro, por ejemplo, memoria social (Jelin, 2003), prácticas genocidas (Feierstein, 2014) o violencia (con una producción más ecléctica). En todos esos casos el desaparecido es variable dependiente de las categorías mayores de esos programas de estudio.
COMPARACIÓN NO ES RAZÓN: A PROPÓSITO DE LA EXPORTACIÓN DE LAS NOCIONES DE DESAPARICIÓN FORZADA y DETENIDOS-DESAPARECIDOS1
Élisabeth Anstett2
Ce sont des mots tout cela; comparaison n’est pas raison, je le sais.
Mais avec quoi donc se consolerait-on, si ce n’est avec des mots?3
Gustave Flaubert, carta a Louise Colet, 27 de marzo de 1853
Hay una larga historia de desaparecidos, en todas partes del mundo. En efecto, como hecho social, la desaparición no se limita a la época contemporánea, no se reduce al ámbito de los países latinoamericanos, ni es patrimonio exclusivo de los tiempos de guerra. Náufragos en el mar, emigrantes de todos los caminos, campesinos convertidos en seres anónimos en las ciudades, así como soldados caídos en combate. Los desaparecidos son innumerables y las configuraciones socio-históricas de la desaparición son eminentemente multiformes. Empero, pese a su antigüedad y a su universalidad, la desaparición de un ser humano, tal vez más que su muerte, sigue siendo un hecho simbólicamente intolerable, ininteligible en el sentido más propio, frente al cual quedan inermes tanto el sentido común como el derecho. Así, la artista y activista Beth Gibbings (2010) relata en su texto, bajo el subtítulo “Who Cares for the Bodies of the Stateless, Lost at Sea?”. (¿A quién le importan los cuerpos de los apátridas, perdidos en el mar?) el profundo impacto que produjo en la sociedad australiana el naufragio, en 2001, en aguas internacionales, de un pequeño buque de pesca indonesio y la desaparición en el mar de varios cientos de civiles como iraquíes y afganos refugiados a bordo, principalmente mujeres y niños.
Las diversas modalidades de la desaparición han generado también, en una multiplicidad de idiomas, un amplio léxico de sinónimos destinado a darle nombre a esa cosa: los soldados de los Estados Unidos missing in action, “faltantes” en zonas de combate; los marinos británicos lost at sea, “perdidos” en el mar; los civiles o combatientes Пропавший Без Bести “desaparecidos”, pero “sin más datos”, del Código Civil soviético primero, ruso después; hasta los “NN” (Nacht und Nebel), esos opositores políticos del 3.er Reich, deportados clandestinamente y expulsados en forma anónima en medio de la noche (Nacht) y la niebla (Nebel), usando un siniestro juego de palabras a partir del antiguo Nomen Nescio (no sé su nombre) del derecho latino.
El hecho de la desaparición contribuyó también a crear diferentes categorías jurídicas específicas, como la del “ausente” en el derecho francés. En el léxico utilizado por el Código Civil francés,4 el “ausente” designa precisamente a alguien de quien ya no se tienen noticias y que probablemente haya fallecido, pero cuyo cuerpo no se ha encontrado. Es el caso del marino cuyo buque se hundió, del turista visto poco antes de ser arrastrado por una avalancha, un tsunami o un terremoto, o del soldado desaparecido en combate sin que haya testigos de la causa de su desaparición. Esa forma singular de ausencia es punto de partida, entonces, de un procedimiento con vistas a una sentencia que ordene, por un lado, medidas destinadas a salvaguardar los derechos de la persona en caso de que estuviese viva, y por otro lado, a permitir que sus derechohabientes organicen el periodo de diez años durante los cuales se mantendrá la presunción de vida del desaparecido. Al cabo de ese plazo, una segunda sentencia declarará al desaparecido jurídicamente “ausente”, es decir, desaparecido y muerto, con todas las consecuencias inherentes a ese estado, en particular, la apertura de la sucesión.
Diferentes tradiciones religiosas también han terminado reconociendo la equivalencia planteada entre desaparición y muerte, por considerar a la persona ausente o desaparecida como si hubiera realmente fallecido, para posibilitar así los funerales in absentia (en ausencia de su cuerpo). Por ejemplo, varias corrientes del islam han incorporado la Salat al-ghaïb, una oración explícitamente destinada al cumplimiento de un ritual funerario en ausencia del difunto, en especial para aquel que ha muerto lejos de su hogar, o en un contexto en el cual el ritual funerario musulmán no habría podido practicarse. El Reis Ul Ulema, la más alta autoridad religiosa del islam de Bosnia, autorizó el uso de esa misma oración para oficiar las exequias de las personas cuyos cuerpos no “reaparecieron” al finalizar la guerra en la antigua Yugoslavia (Wagner, 2008: 215 y ss.). De ese modo se hizo posible, en particular, que los nestaly, los desaparecidos del genocidio de Srebrenica, pudieran recibir honras fúnebres religiosas.
En este paisaje de la desaparición —globalizado, antiguo y a fin de cuentas bastante heteróclito—, los detenidos-desaparecidos representan una categoría particular de desaparecidos. Esa designación se creó para referirse a las víctimas del doble crimen de secuestro y asesinato, en el contexto de las juntas militares del Cono Sur de América Latina en los años 1970-1980, más particularmente en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay. En efecto, esas dictaduras militares cometieron desapariciones forzadas, es decir, secuestros acompañados muchas veces por torturas, ejecuciones sumarias y además, confiscación de los cadáveres, en una modalidad particular de lucha contra sus opositores políticos.
El caso de los detenidos-desaparecidos fue adquiriendo mayor difusión gracias a la acción de diferentes grupos de presión, sobre todo de las asociaciones argentinas y chilenas de familiares de desaparecidos. Las víctimas de desaparición forzada tienen hoy su día internacional (el 30 de agosto), creado en 2010 por la ONU,5 por iniciativa de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, a efectos de atraer la atención de la opinión internacional sobre la frecuencia y la vastedad de este tipo de crímenes contra la humanidad, que se siguen cometiendo aún en todo el mundo. Conviene destacar que ese reconocimiento internacional ya está generando un corrimiento o una primera extensión de la denominación detenidos-desaparecidos, desde el Cono Sur inicial a toda América Latina.
Es un hecho que los términos desapariciones forzadas y detenidos-desaparecidos han sido exportados progresivamente, desde el discurso militante al lenguaje de las ciencias sociales y del derecho, y desde entonces se aplican a contextos por completo ajenos a América Latina, como los de Marruecos, Chipre o Chechenia. No obstante, si bien se han detectado detenciones arbitrarias en diferentes países del mundo, las mismas no han estado acompañadas necesariamente de secuestros, sino que han podido resultar de arrestos y posiblemente de procedimientos judiciales cuya legitimidad puede ser impugnada conforme al derecho. Aún más: en los contextos donde se producen detenciones arbitrarias, cuando ocurre la muerte del detenido, su cadáver no siempre es objeto de confiscación u ocultación, y el propio hecho de la “desaparición”, más allá del fallecimiento, no siempre parece quedar establecido con claridad. Esta exportación de la configuración característica de la “desaparición forzada” del Cono Sur, y al mismo tiempo, de la expresión “detenidos- desaparecidos” (Ferrándiz, 2010; Escudero y Pérez, 2013; Gallela, 2014), plantea en ese sentido, desde el principio, varios problemas que no somos los primeros en señalar (Gatti, 2011).
Ahora bien: sabemos, desde el estudio pionero realizado por la antropóloga Katherine Verdery (1999) sobre los usos simbólicos y sociales de los restos de jefes de Estado en el contexto de los espacios postsocialistas, y aún más desde los estudios comparativos coordinados por Finn Stepputat (2014) sobre el control de los espacios y las prácticas funerarias, que los muertos, y especialmente los cuerpos muertos, son objetos eminentemente políticos que por su capacidad de poner a prueba la legitimidad de todo tipo de poder producen inquietud en la práctica del gobierno. Antropólogos y politólogos nos han enseñado así a mirar con atención de qué modo se marcan, se manipulan y tratan los cadáveres, y qué interés despiertan, sobre todo desde el punto de vista legal y administrativo. De ahí que desde hace más de una década sigan en constante crecimiento las investigaciones en necropolítica (Mbembe, 2003), lo que ha permitido arrojar luz sobre la estrechez de las herramientas propuestas por el pensamiento de Foucault sobre el biopoder cuando se trata de estudiar realmente las violencias y los crímenes en masa (Alsheh, 2014) y la necesidad de avanzar con prudencia en la exploración de ese ámbito de estudio. Es por eso también que nos parece importante examinar en detalle los mecanismos de exportación de la configuración léxica de la “desaparición forzada”, lo que esos mecanismos revelan, así como también lo que contribuyen a enmascarar.
Porque si la exportación de los términos “desapariciones forzadas” o “detenidos-desaparecidos”
