Desarrollo personal - Gastón Seminara - E-Book

Desarrollo personal E-Book

Gastón Seminara

0,0

Beschreibung

El mundo evoluciona y el ser humano vive más cómodo, pero no es más feliz. Evidentemente, estamos buscando la felicidad en el lugar equivocado. Buscamos logros y objetivos que no compensan el vacío que nos inunda en el plano existencial. El pragmatismo y las filosofías materialistas pueden ser muy útiles, pero están ocupando una dimensión inadecuada. Es necesario un replanteo. Este libro propone ese replanteo. Desarrollo Personal está, principalmente, dirigido a los jóvenes que buscan un camino alternativo al que el mundo actual plantea, para intentar una vida trascendente y feliz. Es evidente que el camino principal no ha logrado ser productivo en ese sentido.  El libro nos invita a reflexionar sobre las limitaciones de la ciencia a la hora de encarar ciertos aspectos trascendentes, sobre el vínculo conflictivo que suele manifestarse entre la vida personal y la profesional, sobre el alejamiento producido entre el ser humano y los valores más cercanos a su naturaleza esencial y sobre la imperiosa necesidad de una filosofía de vida consistente y acorde a lo que somos en esencia, teniendo en cuenta las restricciones y oportunidades que el contexto actual nos plantea de forma inevitable.  Bienvenidos a Desarrollo Personal.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 625

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Gastón Seminara

Desarrollo personal

Redefinir el significado del éxito

Coordinación:

Michela Baldi

Diseño, maquetado y producción:

Helena Maso

Imagen de portada:

Fiamma Seminara

Edición y revisión de texto:

Azucena Brizuela y Paul Femenia

Primera edición: agosto 2022

Abrapalabra Editorial

Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires

E-mail: [email protected]

www.abrapalabraeditorial.com

ISBN 978-987-4999-47-4

Hecho el depósito que indica la ley 11.723

Impreso en Argentina

Dedicado a Vero, Fiamma y Genaro

Aclaración

Este es un ensayo que pretende expresar mis reflexiones sobre algunos temas que considero significativos y prioritarios: Las limitaciones de la ciencia a la hora de encarar los aspectos relevantes para una vida trascendente, el vínculo conflictivo que suele manifestarse entre la vida personal y la profesional, el alejamiento que se ha producido entre el ser humano y los valores más cercanos a su naturaleza esencial y la necesidad imperiosa de una filosofía de vida consistente y acorde a lo que somos en esencia y a las restricciones y oportunidades que el contexto actual nos plantea de manera inevitable.

Quiero aclarar que, de ningún modo, pretendo imponer mi forma de pensar o de entender la realidad. Si, busco sembrar la semilla que nos lleve a reflexionar y a discutir, con espíritu crítico, sobre ciertos temas trascendentes que suelen ser olvidados o relegados por encontrarnos absorbidos por cuestiones más tangibles, urgentes y mundanas.

Considero un hecho fundamental, en el momento actual, que cada uno de nosotros reflexione sobre los temas aquí planteados y saque sus propias conclusiones desde criterios bien fundados. En ese sentido, la visión aquí planteada solo pretende servir como punto de partida para esa discusión y como base para que elaboremos, cada uno desde su propio pensar y sentir, una filosofía personal coherente con nuestra naturaleza y ajustada a los valores trascendentes.

Prefacio

Bienvenidos a Desarrollo personal.

Desde muy joven, siempre estuve intentado reflexionar sobre las causas, motivos y variables que me permitan una vida productiva y con sentido. He pasado por muchas etapas al respecto y, si bien, siempre estuve preocupado por las cuestiones trascendentes de la vida, hasta el momento no había sentido la necesidad de formalizar mis reflexiones. En los últimos años y luego de una serie de potentes vivencias, me he encontrado con ciertas conclusiones que me han dado una perspectiva diferente y completa de la situación. Eso me ha impulsado a escribir un libro como este. De repente, sentí la necesidad de formalizar y hacer explícita mi forma de ver y de entender la evolución personal y el concepto de éxito.

Ese impulso por expresar lo que expongo en este escrito, se intensificó cuando entendí que debía compartir y discutir esa visión y filosofía con mis propios hijos. Fue, entonces, que escribí el primer esbozo de todo lo que aquí expreso.

Finalmente, pensé en dar forma definitiva a este libro cuando entendí que sería interesante exponer y debatir estos principios con mis alumnos de universidad, al comprender que, definitivamente, es fundamental definir un marco filosófico adecuado a cualquier tipo de conocimiento técnico o científico que pretenda impartirse y que tenga la finalidad de aplicarse, posteriormente, buscando “mejorar” la vida de los seres humanos. El “qué” cobra sentido cuando se tiene claridad sobre el “por qué” y el “para qué”. Así nace este libro.

Hasta el momento, solo había escrito para exponer los conceptos técnicos que he desarrollado y aplicado en mi vida profesional y para facilitar la transmisión de esos conceptos en las asignaturas que tengo a cargo como profesor universitario. Por lo dicho, escribir un libro de este tipo es, para mí, algo absolutamente novedoso y hasta extraño, pero llegado el momento, siento la necesidad y la convicción necesarias para hacerlo.

El concepto de éxito

A lo largo de mi infancia, adolescencia y juventud, el concepto de éxito ha mutado varias veces para mi percepción, pero siempre ha girado en torno al enfoque mundano materialista en alguna de sus múltiples variantes. Al mismo tiempo, mientras el entorno me exponía a ese duelo materialista que me absorbía, se me enseñaba, de forma mayormente dogmática, valores morales y principios religiosos. En algún punto, los criterios recibidos comenzaban a chocar entre sí, generando dudas y conflictos proclives de desembarcar en la famosa doble moral o en alguna confusión similar, igualmente frustrante.

Hoy en día, el mundo es mucho menos ambiguo, pero no por eso es más acertado en el enfoque. Los valores morales, tan difundidos en otro tiempo, aún desde la hipocresía, hoy se han ido relegando. Las filosofías materialistas han copado la escena de manera drástica y sin disfraces. El éxito, hoy en día, se basa en lo que se puede tener, lograr y exponer ante los demás. Es común que las familias actuales promuevan esos criterios de manera contundente en sus hijos, con el discurso y con el ejemplo.

La propuesta de este libro presenta un contraste importante ante esa idea materialista. Por un lado, busco aquí alinear criterios para que no haya ambigüedad ni conflictos de criterio. Por otro lado, intento encontrar una alternativa más cercana a nuestra naturaleza y a la naturaleza que nos rodea, entendiendo que la propuesta de las teorías materialistas, han llevado al mundo a una situación cada vez más lejana a la ideal y a lo que somos en esencia.

El desarrollo personal y la formación científica y profesional

Si unos años atrás hubiésemos querido abordar el tema del desarrollo personal en un ámbito académico, más cuando se está formando profesionales cercanos a las ciencias duras, hubiese parecido una idea delirante y fuera de lugar. La suma de criterios mecanicistas y materialistas no dejaban espacio a cualquier elemento que no arroje conclusiones definitivas desde el filtro riguroso del método científico.

Hoy, el mundo real exige competencias diferentes en los profesionales y científicos. Las empresas comienzan a evidenciar la necesidad de confrontar a los recursos humanos desde otra perspectiva. Las tecnologías sustituyen al hombre en aspectos técnico mecánicos y los elementos actitudinales comienzan a ser valorados como la variable fundamental a la hora de marcar un desempeño diferencial en el recurso humano.

Como suele suceder, el sistema educativo formal tardó en captar esa realidad, pero poco a poco, la necesidad se va haciendo notar también en el ámbito académico. Los requerimientos en la formación de profesionales son, hoy, muy diferentes a las que presentaba el mundo de no hacen muchos años atrás. El nuevo profesional debe adecuarse a un mundo totalmente diferente y las carreras universitarias deben adecuarse a esos nuevos perfiles. El dinamismo también es más acelerado, por lo que el esquema debe contemplar la posibilidad de que esa adecuación se torne permanente y evolutiva.

El perfil del profesional de los años venideros

Los sistemas formales de calidad para la acreditación de carreras universitarias en la Argentina están promoviendo una serie de cambios vitales. Se está requiriendo modificaciones en muchas asignaturas tradicionales, en ocasiones de forma drástica. Además, se están sumando asignaturas que en otro momento de la historia hubiesen sido, a todas luces, innecesarias. Hoy, se tornan fundamentales. Los motivos son muchos: el desfasaje mostrado por los profesionales actuales en su intento de inserción a los “nuevos” mercados laborales, los avances en materia de formación a través de los modelos basados en competencias, la necesidad de adecuación a las nuevas tecnologías, la premura por suprimir intermediarios poco productivos y la necesidad de mejorar la calidad y la eficiencia en el desempeño profesional, son solo algunos.

Del mismo modo, las necesidades del país y de la provincia tornan necesarios perfiles profesionales con un espíritu y filosofía diferentes. El nuevo profesional debe orientarse más a contribuir a la generación de trabajo que a competir por la cada vez más escueta demanda del mismo. El nuevo profesional debe orientarse a generar proyectos y emprendimientos y eso requiere de una actitud que deje de lado la pasividad y que priorice la creatividad y la acción.

La gestión ganó terreno en la escena y, teniendo en cuenta que cada profesional se orienta a ocupar cargos ejecutivos y gerenciales en el ámbito de su propia competencia, la gestión se ha involucrado como disciplina obligada en cada una de las carreras y profesiones. Los conceptos técnicos se vieron mechados, entonces, con elementos relativos a las finanzas, la comercialización, la calidad y la gestión de recursos humanos.

Los fracasos de filosofías previas hicieron necesarias algunas modificaciones de fondo. El extremo tecnicismo y el cientificismo de épocas previas tuvieron que ceder ante la evidencia que mostraba que era imposible separar al profesional de la persona que está detrás. Quedó también en evidencia que no era factible sostener en el tiempo un desempeño profesional excelente cuando había detrás un ser humano con conflictos personales importantes. La conclusión: No se puede formar cabalmente al profesional sin tener en cuenta a la persona que está detrás del mismo, una afirmación que muy poco tiempo atrás hubiese sido vista con absoluto desprecio.

Los planes de estudios, entonces, están comenzando a considerar la necesidad de volver a abarcar a la persona en su totalidad, como sucedió alguna vez antes que el cientificismo irrumpiera en el ámbito académico. El profesional debe estar bien formado y la personalidad es un elemento tan clave como el bagaje de conceptos técnicos y de habilidades profesionales que deben dominarse.

El aspirante a profesional debe asumir su formación con una nueva actitud. Es necesario integrar la vida personal con la privada de forma sabia y adecuada, cuidando, no solamente, los aspectos elementales requeridos para desempeñarse en el ámbito profesional, sino también aquellos necesarios para tener una vida ordenada, consistente y feliz.

Con el tiempo, se torna cada vez más patente la incorporación, a esa fórmula ya planteada, de la cuestión relativa a los valores morales. La tecnología ha avanzado y la filosofía del mundo se ha volcado, como ya se dijo, por un pragmatismo terminante. Como consecuencia, los valores morales tan ponderados en otros tiempos, han pasado a ser un lastre que entorpece el camino hacia los nuevos objetivos.

Ha pasado el tiempo y los resultados están a la vista: La humanidad ha avanzado en bienestar, pero ha retrocedido en felicidad. El hombre de hoy está más cómodo, pero no más feliz.

La “calle” también ha sido víctima de ese déficit. Los empresarios comparten la misma opinión por sus empleados y por las necesidades y carencias relativas a las competencias requeridas en los mismos. La tecnología ha logrado que los procesos funcionen de forma más fluida y ha reducido la necesidad de competencias técnicas extremas y de un dominio excesivo de fundamentos precisos en una gran proporción de trabajadores. Los sistemas de calidad son capaces de compensar esos déficits. La estandarización y formateo de los procesos, han sistematizado y unificado criterios. La adaptación, en ese aspecto, es hoy abismalmente más sencilla que en otras épocas, donde el profesional debía cuidar hasta el más mínimo detalle porque él era el proceso. Pero, así como se ha facilitado en ese aspecto, se ha complicado en el otro: los valores y la personalidad.

Hoy, la empresa requiere de personas que, aunque ostenten de menos información y fundamento en aspectos técnicos, sean más fluidas y dúctiles en aspectos como la creatividad, que manifiesten el temple suficiente para sostener el espíritu en situaciones conflictivas, que sean capaces de perseverar ante los reveses, de liderar de manera convincente a otras personas y de motivarlas de manera adecuada, entre tantas otras competencias de tipo actitudinal.

La empresa ya no requiere de conocimientos tan profundos o variados en sus empleados porque los sistemas de calidad han absorbido parte de esa necesidad. Al mismo tiempo, vienen precisando más y mejores actitudes, que es, por otro lado, lo que sobraba en otros tiempos y que la tecnología y la vida actual ha ido eliminando en gran parte de la población.

Más allá del énfasis que pueda ponerse en el aspecto actitudinal, la mayor parte de los empresarios y expertos coinciden en que la prioridad, hoy por hoy, a la hora de elegir colaboradores, pasa por la calidad de persona que hay detrás del trabajador. Las empresas buscan, más que buenos profesionales, buenas personas. Hoy, lo primero es menos difícil de compensar, pero lo segundo es complicado e insustituible. En otros tiempos, ésta situación de carencia de valores hubiese sido impensada. Las personas, en general, tenían otro principios, códigos y valores. La consideración de esos aspectos en el perfil era superflua. El don de gente se daba por supuesto.

Hoy en día, los avances en la gestión de procesos son capaces de compensar muchas deficiencias del recurso humano en los aspectos técnicos, pero personas con valores son muy difíciles de encontrar. Hoy, las “buenas” personas son un tesoro sumamente preciado por la mayoría de las empresas conscientes y con perspectiva de futuro.

De algún modo, ese es el motivo de DESARROLLO PERSONAL, que nace tratando de ayudar, en principio, a que los profesionales estén mejor y más adecuadamente formados para la realidad que viene. Éste libro busca ser un aporte para mejorar en ese proceso.

El desarrollo personal como asignatura en la universidad

Estoy muy feliz y agradecido con la formación que recibí en la Universidad. Agradezco la posibilidad de haberme formado con excelentes profesionales que me guiaron de un modo que hoy valoro sobremanera. Y, si bien, estoy profundamente agradecido y no reprocho nada en absoluto, reconozco que la formación se ha limitado a lo exclusivamente profesional. El resto, ha corrido por mi propia cuenta o por cuenta de la suerte o del destino.

Hace algunos años, siendo graduado de la institución, volví a la Universidad Nacional de San Juan con la idea de encarar un Master. En esa búsqueda, me encontré con un cliente del banco en el que yo trabajaba y con quien tenía un excelente trato. Esa persona tenía un cargo ejecutivo en la Universidad. La búsqueda del postgrado resultó, en ese momento, infructuosa, pero a cambio recibí una propuesta para incorporarme a un equipo de investigación.

La propuesta no me interesó en un primero momento, pero poco más tarde me convencieron de participar, con el aliciente tácito de un posgrado. Casi sin darme cuenta, estaba trabajando como docente universitario, además de seguir con el resto de las ocupaciones a las que estaba abocado en ese entonces. La incorporación a la institución universitaria implicó sumarme a asignaturas de gestión en la carrera de ingeniería industrial que acababa de crearse y para la que CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) exigía la incorporación de personal competente en las cátedras.

Estaba pasando un excelente momento como profesional y se notaba por donde pasaba. Era joven y tenía muchísimo trabajo. El trabajo me demandaba sin necesidad de buscarlo y se me solicitaba desde diferentes ámbitos. Era parte de tres consultoras diferentes, con los vínculos necesarios para contactarme con muchos clientes importantes. Adquiría experiencia rápidamente al tiempo que formaba parte de los cuerpos docentes de las dos universidades sanjuaninas.

Un día, trabajando en la universidad Nacional, me convocaron a una reunión para pedirme algo muy particular en materia de docencia. Hasta ese momento me había hecho cargo de algunas asignaturas de gestión, en las que me desenvolvía con absoluta soltura y comodidad. Hacerlo significaba, simplemente, transmitir lo que estaba experimentando exitosamente en la práctica profesional. Pero en ésta ocasión, la propuesta pasaba por algo menos convencional en el ámbito académico formal. Me pedían que formara parte de una cátedra poco usual, tanto para mí como para la carrera en la que estaría involucrada. La asignatura se llamaría Desarrollo Personal.

Ante mi pregunta por el motivo que los llevaba a incorporarme en dicha asignatura, me respondieron: “Queremos que transmita lo que está haciendo en su vida y con su vida, a los alumnos. Que les explique cómo insertarse con éxito en la calle y como aplicar la gestión en la profesión y, también, en la vida personal”. Me entusiasmó la idea y me pareció sumamente interesante y valiosa.

Armamos la asignatura junto a un increíble profesional y mucho mejor persona, que resultó ser un gran referente para mí, tanto en lo profesional como en lo personal, el Dr. Mario Díaz Terrado. Comenzamos, entonces, a dictarla con mucho éxito. La asignatura tuvo una excelente repercusión al poco tiempo de haberse incorporado al plan de estudios. Los alumnos estaban satisfechos y hablaban muy bien de la materia en otros ámbitos.

El Dr. Díaz Terrado se jubiló muy pocos años después y quedé al frente de la asignatura, que consistía, básicamente, en aplicar las destrezas de la gestión en la vida personal, es decir, en gestionar la vida personal como si de una empresa se tratase. Esto era algo que yo hacía y transmitía con ductilidad.

La adecuación ante la madurez

Todo parecía estar mejor que nunca y, entonces, de repente, acaecieron en mi vida personal algunas dificultades importantes. Tuve, entonces, que detener el ritmo de trabajo y de desarrollo profesional que llevaba hasta ese momento. Esa interrupción forzada me obligó a repensar mi vida en el ámbito profesional y, muy particularmente, en lo personal.

Las cosas no pasan por casualidad. Fue así que comencé a llegar a ciertas conclusiones, tan difíciles como trascendentes. Empecé a entender que la vida es mucho más que la reputación profesional y la correcta aplicación de la filosofía de moda, en este caso, de la “gestión de organizaciones”, que se aplicaba a todos los ámbitos y en todas partes. Me dí cuenta que pensar del modo en que lo venía haciendo, podía tornarse un engaño en el que era fácil y tentador caer. Es cierto que el pragmatismo extremo mejora la productividad en cualquier ámbito y que el materialismo bien entendido es capaz de posicionar fuertemente a alguien en la profesión y en la vida social. También es cierto que, muchas veces, esa actitud y filosofía permite mejorar la calidad en ciertos aspectos y de forma drástica. Pero la pregunta concreta era… ¿Es capaz, esa filosofía, de mejorar nuestra vida en su esencia? Si la respuesta era negativa, yo estaba engañando a la gente y me estaba engañando a mí mismo.

Me había convertido en un profesional respetado y se me veía como una persona exitosa. Yo había asumido ese “personaje” y buscaba enriquecerlo y evolucionar en esa línea. Pero, de pronto, me encontraba ante ciertos replanteos que hacían tambalear todo mi progreso. Era exitoso en apariencia, pero ¿estaba siendo, verdaderamente, feliz? Me surgieron muchas dudas al respecto. Estaba dejando escapar algunas de las cosas más importantes de la vida. Sentí que estaba poniendo el énfasis en los puntos inadecuados. Entonces, después de mucho tiempo de hablar de éxito, me vi en la necesidad de reformular ese concepto.

La vida no es un negocio

Me dí cuenta, entonces, que las leyes que la doctrina de la gestión aplica exitosamente a las empresas y organizaciones, no es aplicable de forma lineal en la vida personal. Esto es así, fundamentalmente, porque la empresa y los negocios son herramientas que contribuyen a la vida del ser humano. La vida no es una herramienta. La vida es el fin mismo de cada uno de nosotros y no un medio para otra cosa. Gran parte de la filosofía previa se desmoronaba a partir de ese replanteo.

En la Universidad, la asignatura “DP” comenzó, espontáneamente, a sufrir algunos cambios. Si bien, los contenidos no se modificaron de manera drástica, comenzaron a ser enfocados desde una perspectiva bien diferente. Mi filosofía para encarar el DP había cambiado con fundamentos sólidos y, entonces, las discusiones se tornaron mucho más ricas y edificantes. Comencé a “aprender” junto a mis alumnos y a evolucionar con ellos. Dejé de ser “el que sabe y pasa el dato” para convertirme en un humilde explorador más, que vive buscando desentrañar el secreto del verdadero éxito en la vida. La gestión seguía siendo una herramienta importante para eso, pero los fines habían mutado de manera dramática.

Me considero un fanático de mi profesión. La administración de empresas es, para mí, una asignatura fascinante. Pero ahora había ampliado el espectro. Ya no me dedicaba, únicamente, a profundizar en las competencias exclusivas de mi profesión. Ahora, también, me dedicaba seriamente a estudiar sobre las competencias necesarias para una vida más rica y profunda. Me vi, de pronto, mechando libros y publicaciones de finanzas con otras de filosofía.

Me aboqué, entonces, a intentar desarrollarme en cada aspecto que consideré pertinente. Pensé mucho en cada detalle nuevo que se presentaba. Hoy, no solo vivo de manera diferente, también aplico la profesión de una manera distinta. Hoy gestiono con otra perspectiva y vivo de un modo menos ostentoso, al tiempo que me encuentro infinitamente más pleno, tranquilo y feliz.

Desarrollo personal

Hoy vivo con una filosofía muy diferente e intento inculcar en mis hijos, valores que les eviten contradicciones y les ayuden a vivir con felicidad. También, he provisto a mi vida profesional de un marco mucho más sólido, convincente y poderoso y, con eso, he dado solidez, también, a los principios con los que trabajo.

Con respecto a la asignatura Desarrollo Personal, ha sufrido una evolución drástica que la mayoría de los alumnos agradecen año con año y manifiestan, luego de su paso por la misma, que les ha brindado la posibilidad de plantear una vida más rica y una visión más clara y profunda de la misma.

Luego de 15 años de trabajar y evolucionar en todo esto, siento que es momento apropiado para formalizar los aportes que la vida y la continua reflexión han provocado en mí en estos últimos años. En principio, como ya dije, me aboqué a escribir pensando en mis hijos (Fiamma y Genaro). Luego, me dí cuenta que lo escrito podía ser útil, también, a mis alumnos, para complementar y enriquecer lo que trabajamos en los cursos y, fundamentalmente, para incitarlos a pensar en ciertos temas que, en muchos casos, no llegan a plantearse.

Así surge este libro que hoy llega a sus manos. Espero, de corazón, que les agrade y que les sea útil.

Lo que este libro plantea

Con este libro, intento plantear dos inquietudes fundamentales.

La primera de esas inquietudes, tiene que ver con la idea de apreciar la vida y el contexto de una manera más realista y desprejuiciada, a fin de ser absolutamente conscientes de las reglas de juego que se nos plantean en un mundo que pretende “engañarnos” constantemente.

Pretendo instarlos a esforzarse por tratar de incorporar, en su persona, una mirada sin sesgo ni distorsión, con la idea de tomar conciencia y poder, así, movilizarse para, deliberadamente, criticar y reformular los paradigmas que pueden determinar el modo en que aprovechamos o desperdiciamos nuestro tiempo en este mundo.

Intento motivarlos a reformular sus objetivos, con un criterio y una filosofía sustanciosa y bien adaptada a lo que efectivamente somos (seres humanos) y al modo en que, ciertamente, funciona el mundo que nos envuelve.

La segunda inquietud es consecuente con la primera y nos lleva a plantearnos al Desarrollo Personal como base para una vida sustanciosa. La idea es que logremos conocer y reconocer a aquellas competencias necesarias para vivir mejor y a identificar los mecanismos para desarrollar esas competencias de manera solvente. También, a ubicar a la carrera profesional en el contexto apropiado.

Nuevamente, espero de corazón que este libro cumpla un rol positivo en sus vidas, del mismo modo en que, lo aquí expresado, ha aportado a la mía.

Septiembre de 2019

Desarrollo personal

Este libro fue escrito pensando, en primera instancia, en formalizar mis experiencias y razonamientos. En segunda instancia, para ordenar el discurso a fin de compartirlo y discutirlo con mis hijos. Finalmente, para complementar adecuadamente y dar un trasfondo filosófico válido a los cursos que comparto con mis alumnos de universidad.

En el ámbito de la universidad, se torna fundamental dar un trasfondo filosófico al conocimiento científico impartido. Esto ha sido subestimado y hasta mal visto, durante muchos años. Evidentemente la perspectiva ha cambiado. El perfil ha debido adecuarse a la necesidad y a la evidencia. El desarrollo integral del ser humano se ha impuesto a la mera capacitación técnico científica como una necesidad imperante en la formación de los profesionales actuales y futuros.

El objetivo de la universidad (y mi objetivo prioritario, en particular) es contribuir a mejorar nuestro entorno. Muchas veces hemos escuchado decir que el alumno es el cliente final del proceso educativo. Mal que les pese a muchos, esto es inexacto. El cliente final de la universidad son las organizaciones y empresas que son motor de desarrollo y prosperidad para las comunidades. El objetivo de la universidad es contribuir a que las organizaciones funcionen mejor.

Los resultados que delatan el éxito de cualquier organización dependen del desempeño de esa organización. La idea es que ese desempeño se acerque al potencial; que las organizaciones funcionen lo mejor posible. ¿De qué depende la evolución en ese desempeño? Pues, del acierto que los ejecutivos que las comandan tengan en las decisiones que deben tomar. Para tener calidad en los resultados debemos promover calidad en las decisiones.

¿Y de qué depende la calidad de las decisiones? Pues, de la calidad de los gerentes. Mejores gerentes tomarán mejores decisiones. Por lo tanto, nuestra forma de contribución al objetivo manifestado es formar gerentes de excelencia. Buenos gerentes aseguran buenas decisiones y buenas decisiones aseguran buenos resultados en las organizaciones. Buenas organizaciones posibilitan un mejor entorno y un país que merezca la pena para todos sus habitantes.

La formación tradicional de los profesionales destinados a cargos ejecutivos se ha basado mayormente en la transmisión de conocimientos y en los aspectos meramente técnicos. El paradigma actual es bien diferente. El modelo de competencias incorpora todos los aspectos fundamentales para una formación que apunta al rendimiento y a la eficiencia.

La racionalización y sistematización de los procesos en las organizaciones actuales ha logrado que los conocimientos requeridos para un “operador de procesos” sean sencillos de incorporar. La tecnología ha facilitado la aplicación y ha restado presión a la extrema habilidad humana que era requerida en otros tiempos, no solo en trabajos operativos sino también en trabajos calificados y ejecutivos.

El sistema de competencias ha hecho jugar, en la ecuación, a los factores actitudinales. Éstos cobran vital importancia porque la actitud adecuada propicia el desarrollo de las habilidades y la correcta incorporación de los conocimientos. Además, involucra elementos más profundos que hacen a la persona y eso garantiza ciertos aspectos éticos que son fundamentales y escasos en los tiempos que corren.

En el paradigma clásico, el empleado (y el gerente no era una excepción) era un engranaje más de la maquinaria. Por lo tanto, la formación y adecuación se orientaba a eso. Los resultados y experiencias han permitido la evolución de los paradigmas. El paradigma actual deja muy claro que no es posible separar al profesional de la persona que hay detrás.

La persona se subordinó, durante muchos años, al profesional. A nivel personal y social, el resultado no ha sido bueno. Las filosofías materialistas se vieron beneficiadas y las personas priorizaron la calidad de vida a la realización y el desarrollo profundo. A la larga, los mismos profesionales comenzaron a hacer agua en su rol profesional cuando su vida personal colapsaba. Las empresas y organizaciones terminaban siendo víctimas de la misma deshumanización que en otro momento pareció beneficiarlas.

No se puede separar al profesional de la persona y no se puede ser buen profesional (de manera sustentable y estable) si no se es buena persona. Hasta el concepto de inteligencia ha mutado con el tiempo. La veneración por el coeficiente intelectual comenzó a quedar relegada cuando las maquinas comenzaron a ejercer un rol protagónico. También cuando se comprobó que muchas de las personas con un CI superior no lograban resultados diferenciales y, peor aún, manifestaban fracasos terminantes en sus vidas personales.

El concepto actual de inteligencia, se orienta a la madurez personal que se manifiesta en una personalidad sólida que sabe adaptarse a la realidad que le toca vivir y que puede incidir en la misma de manera solvente. El hombre inteligente es aquel que mejor se adapta para tener una vida productiva y feliz.

Estamos preocupados por la formación de los ejecutivos que tomarán decisiones determinantes para las instituciones del mañana. Por eso mismo, estamos convencidos que debemos enfatizar en las personas que hay detrás de esos ejecutivos y contribuir a su formación de manera integral. No formamos, únicamente, buenos profesionales. Nuestro deber es contribuir a formar buenas personas detrás del profesional que sacamos a la calle.

Éste será un libro poco usual en el ámbito de las llamadas ciencias duras. La mayor parte de los cursos impartidos en éste ámbito están diseñados para ilustrarnos sobre alguna técnica particular o bien para informarnos o formarnos en la solución de determinados problemas puntuales.

En este caso, este libro nos va a plantear a nuestra propia vida como eje y la pregunta filosófica que nos cuestiona sobre el sentido de la misma.

El éxito

Éxito es una palabra muy utilizada por las personas que tenemos ambiciones en la vida. Todos anhelamos tener éxito en lo que emprendemos y, en definitiva, tener una vida exitosa.

Cuando se cuestiona sobre el significado del término éxito, la respuesta más usual es la que nos dice que “Éxito es cumplir con nuestros objetivos”. El diccionario define al éxito como “El resultado, en especial feliz, de una empresa o acción emprendida o de un suceso”. En ese marco, todo parece estar muy claro.

Pero cuando nos referimos a la vida misma ¿Cuándo podemos decir que triunfamos o fracasamos? ¿Qué implica tener éxito a la hora de vivir? ¿Cuándo una vida puede ser considerada exitosa y cuando no?

Será, entonces, necesario plantearnos seriamente el significado del término éxito cuando nos referimos a la vida de los seres humanos; a nuestra propia vida.

El “tutorial” para la vida

La ciencia y la técnica nos ayudan a solucionar problemas. Los investigadores, en las distintas áreas, buscan continuamente soluciones para los problemas que el ser humano presenta en los distintos ámbitos de su vida. Cuando las personas tienen problemas, acuden a esas soluciones.

El hombre ha avanzado en métodos que nos acercan a soluciones para la mayor parte de los problemas humanos mundanos. La tecnología actual ha puesto toda esa información al alcance de casi todos nosotros. Hoy, es fácil instruirse para encontrar solución a muchísimos problemas que, en otro tiempo, estaban solo al alcance de unos pocos.

El hombre de la actualidad tiene la posibilidad de acceder de manera sencilla y directa a una infinidad de manuales y tutoriales que le permiten solucionar muchos problemas puntuales. Pero si nos remitimos al problema planteado en el punto anterior: ¿Dónde está el manual o tutorial que nos enseña a tener una vida exitosa? Y ¿Quién puede oficiar de maestro? ¿Cuáles serían los contenidos fundamentales y cuales los métodos a utilizar? Lo que aplicado a algunos ámbitos puntuales sería sencillo de contestar, en este caso se torna extremadamente difícil.

No hay manual (o tutorial) que nos dé una respuesta a una pregunta tan amplia, compleja y dinámica. Sería fácil consensuar que lo más cercano a ese manual, podría ser la experiencia.

La experiencia suele ser la mejor maestra en cualquier vida. Obviamente, siempre que se la meche con la inteligencia que nos permita sacar conclusiones sobre los aciertos y fracasos y hacer los replanteos pertinentes para que los criterios futuros consideren la riqueza provista por la experiencia pasada y no tengamos que “tropezar dos veces con la misma piedra”. La experiencia y el replanteo inteligente basado en la misma, nos permite ir aprendiendo, sacando conclusiones y mejorando.

La experiencia es vital y, por eso mismo, es fundamental la acumulación de la mayor cantidad de experiencias posibles. Se aprende siendo polifacéticos, realizando diversidad de actividades, viajando, conociendo gente y leyendo mucho.

Y si vivir en carne propia es sumamente enriquecedor, también puede enriquecernos del mismo modo y con menos secuelas, la experiencia ajena. Ésta, puede funcionar como un excelente atajo que nos evita tener que comenzar de cero cuando es factible partir desde una posición ventajosa.

Se aprende tanto de la experiencia propia como de la ajena. Se aprende cotejando resultados y procedimientos utilizados. Se aprende viviendo y también observando y sacando conclusiones. Se aprende de los aciertos, pero también de los errores. Los grandes fracasos y aún los pequeños errores funcionan como maestros si sabemos aprovecharlos.

El “fracaso”

El fracaso es un excelente maestro cuando es bien aprovechado. En nuestra sociedad actual, el fracaso es percibido como un gran enemigo. Desde muy chicos nos enseñan que debemos evitar el fracaso y el error a toda costa. Es más, quien fracasa corre el riesgo de ser estigmatizado como fracasado, inoperante o perdedor de manera permanente. El resultado de eso es que terminamos empujados a movernos solamente en aquellos ámbitos donde hay certeza de aciertos, donde los resultados están garantizados y donde todo es conocido. Minimizamos así la probabilidad de cometer un error sin darnos cuenta que, en ese mismo acto, nos negamos al avance.

En su intento por evitar los fracasos y equivocaciones, el hombre evita salir del terreno de lo ya conocido sin darse cuenta que todos los descubrimientos, avances y desarrollos logrados por los seres humanos surgieron de bucear en ámbitos desconocidos y riesgosos. La mayor parte de los grandes desarrollos y descubrimientos de la humanidad fueron el corolario de una enorme sucesión de fracasos que sirvieron para “afinar la punta del lápiz” y “orientar mejor la puntería en la dirección adecuada”. Sin personas que se arriesgaron y que se animaron a fracasar una enorme cantidad de veces, la humanidad no podría haber evolucionado como lo hizo. Ni la ciencia, ni el arte, ni el deporte, ni ninguna otra actividad hubiesen sido posibles sin la prueba y el error y sin el fracaso de tantos que terminó abriendo la puerta al éxito de otros o de ellos mismos en una instancia posterior.

Es preciso, entonces, redefinir la palabra fracaso y la naturaleza de quien fracasa, siempre que esté dispuesto a levantarse y perseverar. No es un fracasado quien se levanta, aprende y sigue.

Los grandes logros requieren de grandes desarrollos. Los grandes desarrollos requieren de grandes sacrificios. Es posible lograr pequeñas conquistas aisladas utilizando atajos, pero los logros profundos y duraderos en áreas importantes, no admiten atajos. Los grandes logros exigen, necesariamente, caminos largos y sacrificados.

Quien no está dispuesto a fracasar y a sobrevivir al fracaso, no está destinado a grandes logros. Paradójicamente, quien fracasa y persevera tiene mentalidad de ganador, al tiempo que aquel que no afronta el desafío por temor a perder, aún sin haber fallado, es un perdedor por naturaleza.

Los grandes triunfadores y las grandes personalidades de la historia se hicieron fracasando. Todos quienes lograron enormes avances, tuvieron que sufrir antes importantes retrocesos. El éxito no es otra cosa que una sucesión de fracasos que calibran el “instrumento” para volverlo más preciso y encaminarlo al éxito final.

Desde esa perspectiva, el sacrificio y el “dolor” tan temidos, se tornan deseables porque son herramienta inevitable para sacar afuera lo mejor de nosotros. Lo que no nos mata, nos fortalece. Debemos tener la seguridad que si podemos levantarnos luego de un fracaso seremos mejores que antes. El fracaso superado, nos vuelve mejores personas.

No debemos huir de la posibilidad del fracaso porque éste nos forja y nos templa. Evidentemente, no todos los fracasos producen los mismos daños y secuelas y debemos ser cuidadosos e inteligentes en ese aspecto. Si las secuelas del error nos quitan posibilidades a futuro en lugar de agregarnos, o peor aún, nos dejan fuera de combate y sin la posibilidad de restablecernos, no tendrá la posibilidad de ser edificante y carecerá de sentido. Solo vale la pena someterse a la posibilidad de fracaso cuando el resultado sea reversible o cuando el costo asumido sea compensado con los logros que puedan venir como fruto de las mejoras que ese fracaso posibilitó.

Los modelos de vida

Todos admiramos a alguien. ¿Quién no tiene o tuvo a algún referente admirado por alguna cualidad que nos parece ponderable? Personas que consideramos exitosas en determinados ámbitos y que, muchas veces, tomamos como modelo.

¿Sirve utilizar a esos referentes que admiramos como modelo e intentar emular sus pasos para lograr resultados similares?

Es factible que nos sirva como inspiración directa, pero a la hora de emular o tomar como referencia a alguien que admiramos debemos tomar ciertos recaudos necesarios.

En primer lugar, los valores de esa persona pueden ser diferentes a los nuestros, por tanto, es probable que su felicidad se encuentre en un punto muy diferente también. No todos somos felices del mismo modo y es necesario que encontremos nuestra propia forma de felicidad.

Es usual que las personas tomemos formas de felicidad estandarizadas como referencia. Los medios de comunicación masivos y las modas buscan llevarnos a esos estereotipos. Consecuencia de eso es la cantidad de vidas “grises” que pueblan nuestro tiempo, asumiendo formas de felicidad que les son ajenas.

Solemos intentar asumir la pasión de aquellos que admiramos. Su pasión es contagiosa y su éxito envidiable. Entonces, solemos intentar contagiarnos de esa pasión y de ese éxito imitando el camino que utilizaron para encontrarlos. Pero no somos esa persona y no necesariamente debemos vernos apasionados por aquellos pensamientos y acciones que a otros apasionan. Tampoco contamos, necesariamente, con su talento y cualidades especiales.

Dedicarnos a las pasiones ajenas nos quitará tiempo y energías para dedicarnos a las nuestras propias. Es preciso encontrar nuestra propia forma de felicidad que no tiene porqué ser similar a la de nuestro modelo. Del mismo modo, el no contar con el talento, la habilidad y la circunstancia particular de nuestro modelo, tornará difícil el hecho de que emularlo nos conduzca a un éxito similar. Todos tenemos talentos diferentes y el secreto pasa por explotar nuestros talentos particulares. Caso contrario, estaremos desperdiciándolos.

La adaptación al contexto

El contexto es fundamental para el éxito o el fracaso. Que a alguien le resulte en un contexto determinado no implica que le hubiese ido igual en otro, utilizando la misma fórmula. No existen recetas rígidas en ese ámbito.

Del mismo modo, que alguien haya fracasado en otro tiempo, no implica que no pueda resultarnos ahora. El éxito de alguien en un momento determinado no es referencia directa para aplicar en un tiempo diferente. El fracaso de alguien en un determinado lugar, no quita la posibilidad a que es fracaso pueda convertirse en un rotundo éxito en el lugar indicado para el mismo.

Por lo expuesto, a la hora de tomar un antecedente como referencia, se torna absolutamente necesaria la adaptación. Es prioritario deducir y aislar sabiamente los elementos esenciales del éxito y el fracaso sin confundirlos y saber adaptarlos adecuadamente a la situación particular.

La humanidad y el paso del tiempo

Una cuestión más para tener en cuenta: ¿Cambiaron con el tiempo los sueños, los deseos y las necesidades de las personas? Podría pensarse que no son comparables, en los ítems expuestos, personas que vivieron, por ejemplo, en la edad media, con hombres y mujeres de la actualidad. De ser así, poco podríamos aprender de la sabiduría de nuestros abuelos, basada en su experiencia. Tampoco sería de utilidad escribir un libro sobre el tema, teniendo en cuenta su carácter perecedero. Lo que fue no se aplicaría a lo que es o a lo que será.

Nada más lejos de la realidad. La naturaleza esencial del ser humano es inmutable y la felicidad sigue residiendo en lo interior del ser humano y no en cuestiones externas y eventuales, que son efectivamente las que cambian.

Es evidente que la tecnología ha evolucionado y, con ella, las formas se han modificado. Es cierto, también, que muchas recetas y procedimientos que pueden prescribirse hoy, pueden mutar en un tiempo muy corto.

Pero también es cierto que, más allá de modificarse algunas formas, lo que tiene que ver con las cuestiones esenciales permanece intacto, porque la naturaleza del ser humano es la misma a lo largo del tiempo y las cuestiones existenciales no se han modificado con la tecnología y las formas. Por lo tanto, si un libro se concentra en las cuestiones esenciales, será antológico y podrá leerse en cualquier época, sin temor a que sus resultados mengüen. La sabiduría acumulada podrá utilizarse adaptando las formas y aprovechando los nuevos caminos forjados.

Éxito y felicidad

El éxito

¿Qué es el éxito? Es una pregunta de fácil respuesta en contextos específicos y acotados, pero muy difícil en ámbitos amplios. Es fácil definir cuándo se es exitoso en eventos mundanos de corto alcance, pero no en las cuestiones existenciales. Es sencillo definir quién es más exitoso al correr una carrera (obviamente, quien la gana), pero no es tan sencillo definir quién es más o menos exitoso a la hora de vivir. De todos quienes pasamos por este mundo ¿Quiénes pueden considerarse exitosos y quienes no? ¿Cuándo una vida es más exitosa que otra? Es difícil decirlo porque no es sencillo definir los criterios y las dimensiones para hacer esa evaluación. Será difícil ponernos de acuerdo y las opiniones pueden ir de un extremo al otro.

Pero aun ante esa dificultad, si tuviésemos que buscar un consenso obligado, pocos podrían discutir que alguien que ha sido feliz en su vida, ha sido una persona exitosa. Podríamos, entonces, pensar en la felicidad como en un síntoma de ese éxito y un evento tangible de éxito en cualquier vida. Las opiniones concretas podrían variar, pero si todos tuviéramos que converger o consensuar, seguramente confluiríamos en la palabra “felicidad”. De lo único que podemos estar cien por ciento seguros en esta vida, es de nuestros propios sentimientos. Si hemos logrado ser felices, hemos ganado la parte más importante de ésta batalla.

La felicidad

Nadie reniega de la felicidad. La felicidad es la meta, consciente o inconsciente, de toda vida y se persigue minuto a minuto. Toma formas diferentes según los criterios, pero no deja de ser la meta común para cada ser humano.

Si la felicidad se plantea como la meta, el éxito radica en encontrarla. Una vida feliz es, por tanto, una vida exitosa.

Pero si estamos de acuerdo en eso, será más difícil acordar en otros aspectos relativos al mismo tema: ¿Qué es realmente la felicidad? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cómo se consigue? ¿Dónde se encuentra? ¿Qué necesitamos para lograr una vida feliz? ¿Qué se nos interpone y cómo podemos superarlo? Son preguntas de respuesta menos evidente y resulta difícil llegar a un acuerdo sobre la respuesta a cada una de las mismas.

En nuestro intento por llegar a alguna conclusión al respecto, me remitiré al pensamiento de mentes autorizadas, acudiendo a celebres pensadores de diferentes épocas que se manifestaron sobre el tema en cuestión.

Los grandes pensadores y la felicidad

Empecemos por el principio y nos situemos en la antigua Grecia. Sócrates, uno de los filósofos más antiguos y reconocidos de la historia de la humanidad, ya se manifestaba respecto de la felicidad:

“El secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”

sócrates

Para Sócrates, la felicidad no solo pasa por lo simple y esencial, sino que se diluye con las expectativas distorsivas, alejadas de nuestra esencia.

Su alumno, Platón, pensaba al respecto:

El hombre que hace que todo lo que lleve a su felicidad dependa de sí mismo y no de otros, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz.

platón

La visión de Platón es sumamente interesante y valiosa para el hombre de la actualidad, ya que nos induce a concentrarnos en aquellas variables y elementos que podemos controlar de forma directa y no en aquello que no es directamente controlable por cada uno de nosotros.

Según Platón, la felicidad no reside en las cosas, en las circunstancias y en los eventos. Según este filósofo, la felicidad duerme en nuestro interior y se despierta con una correcta actitud para con la vida y con el desarrollo personal.

De la antigua Grecia pasamos a Roma para apreciar el pensamiento del célebre filósofo Séneca, que al meditar sobre la felicidad se expresaba del siguiente modo:

Las grandes bendiciones de la humanidad, residen dentro de cada uno de nosotros y están a nuestro alcance. El sabio se contenta con su suerte, sea cual sea, sin desear aquello que no posee.

seneca

Desde la perspectiva de la cultura y los valores predominantes en nuestro mundo actual, lo expresado por Séneca parece conformista y, a simple vista, nos deja con gusto a poco. Pero si profundizamos y lo observamos desde una perspectiva despojada de prejuicios, podremos apreciar elementos valiosísimos.

Séneca coincide con los griegos en que la felicidad reside en el interior del ser humano y no en las cosas externas. Según su razonamiento, la felicidad pasa por encontrarnos a nosotros mismos y ese es un evento que está al alcance de nuestra propia mano y depende de nosotros. La felicidad se encuentra en la explotación de nuestros talentos naturales, esos que vienen insertos en nuestra naturaleza innata.

Afirma que el hombre sabio no pierde tiempo buscando cosas fuera de sí mismo o deseando lo ajeno. Opina que traemos todo el “equipaje” necesario para nuestra felicidad y que solo debemos concentrarnos en descubrirlo y explotarlo. Debemos concentrarnos en nuestra naturaleza individual, trabajando inicialmente en el conocimiento profundo de nuestra propia persona y, luego, en la explotación de ese hallazgo. Evidentemente, una búsqueda introspectiva ineficaz o un diagnostico impreciso, pueden hacer naufragar las posibilidades de felicidad.

Del mundo occidental nos trasladamos a oriente donde el pensador chino Lao Tse, también opinó sobre el tema:

Si estás deprimido, estás viviendo en el pasado.

Si estás ansioso, estás viviendo en el futuro.

Si estás en paz, estás viviendo en el presente.

lao tse

Lao asimila a la felicidad con la paz interior. Promueve que, encontrando la paz interior, encontramos la felicidad y entiende que encontramos esa paz, concentrándonos en el presente.

Es común que el ser humano viva atado constantemente a sus lastres del pasado o a sus miedos sobre el futuro y, para Lao, ahí radica el obstáculo principal que se interpone entre nosotros y nuestra felicidad. Según él, es necesario que nos despeguemos de esos lastres previos y de nuestros miedos ante lo que vendrá. Pero ¿Cómo hacemos para lograrlo?

Muchos de nosotros vivimos disgustados con nuestro pasado o con parte del mismo. Miramos los eventos sucedidos como errores que quisiéramos borrar o corregir. Eso es absolutamente imposible ¿Cómo hacemos para reconciliarnos con ese pasado que no acompaña? Pues, mirar las cosas de un modo diferente y entender a la vida como un proceso donde se evoluciona. Así, podremos demostrarnos que nuestro pasado, con sus relativos fracasos y errores, nos condujo a una situación de madurez presente y que somos capaces de superar y de superarnos. Viéndolo de ese modo, no solo lograremos reconciliarnos con ese pasado, sino sentirnos orgullosos del mismo. El pasado es un punto de partida y no un estado permanente al que permanecemos anclados de por vida. No hay motivo para avergonzarnos si nos encontramos en movimiento y evolucionando. Al contrario, podremos sentirnos orgullosos del avance logrado.

¿Y qué hay de nuestro miedo ante el futuro? Para muchos, el futuro se presenta como una amenaza y el temor se convierte en un estado permanente. No estamos tranquilos porque tememos a lo que vendrá. ¿Por qué tenemos tanto temor? Pues, porque no nos tenemos confianza ante ese futuro o porque sentimos que no controlamos lo que puede pasar. Muchas personas queremos controlar todas las variables a nuestro alrededor y eso es imposible ¿Cómo manejamos la situación entonces? Pues con una filosofía más realista y adecuada, centrada en lo que efectivamente está dentro de nuestro control y no en lo que no lo está. Nuestras metas estarán, entonces, concentradas en lo verdaderamente controlable (nuestro propio desarrollo personal) y asumiremos lo no controlable como un desafío que nos permite madurar y crecer en ese mismo camino.

El ser humano teme porque vive a partir de una forma de pensar y de sentir que no acompaña su verdadera naturaleza. Vive inmerso en una filosofía en la que la mayor parte de las variables a controlar están fuera de su control. El éxito o el fracaso, entonces, no depende, o depende muy poco, de uno mismo. Eso es frustrante desde el vamos. Es necesario replantear esa filosofía para tornarla más adecuada a lo que verdaderamente somos, incluyendo una postura clara ante elementos como el destino, la vejez y la muerte. Con un planteo más realista, podremos vivir con convicción y entusiasmo.

Más cercano a nosotros, el filósofo alemán Immanuel Kant opinaba que:

La felicidad no depende del destino ni de los demás, sino de nuestro propio comportamiento y carácter.

kant

Nuevamente y, seguramente, no por casualidad, encontramos total convergencia con otros pensadores que pensaban rotundamente diferente sobre temas más puntuales: La felicidad es interna y no externa. Está en nosotros y no en los eventos externos o en las cosas.

Según Kant, la felicidad no depende tanto del mundo que nos rodea y de los acontecimientos específicos, sino del modo en que interpretamos ese mundo y esos acontecimientos y de nuestra forma de proceder ante esa interpretación. Y así como ese entorno no depende de nosotros, si depende de nosotros el filtro con el que juzgamos e interpretamos ese contexto. Para Kant, nuestra filosofía de vida y nuestra personalidad son centrales a la hora de juzgar e interpretar, por lo que nuestro empeño debe estar puesto en moldear esa filosofía y esa personalidad del modo más apropiado.

Otro alemán, el filósofo, músico y poeta Friedrich Nietzsche, alegaba lo siguiente.

Cuando comprobamos que hemos superado aquello que nos oprimía, es cuando somos felices. Es el sentimiento de que nuestro poder crece y que la resistencia del entorno ha sido superada.

nietzsche

Con esto indicaba que, según su parecer, la felicidad es el resultado de un proceso de adaptación al entorno y a la realidad que nos circunda. La felicidad es lograr adaptarnos a ese entorno y a esa realidad que nos toca transitar.

Pero el entorno cambia y las circunstancias se modifican constantemente, eso implica que la adaptación debe ser continua. Cuando la adaptación es un proceso continuo en el tiempo, toma el nombre de evolución. Podemos deducir entonces que, desde la perspectiva de éste filósofo, la felicidad es un evento que siempre se busca y nunca termina de encontrarse definitivamente, aunque podamos acercarnos progresivamente a la misma. También podemos deducir que consiste en seguir un proceso de evolución personal (desarrollo personal). El desarrollo personal es el camino que nos acerca progresivamente a la felicidad y a una mejor adaptación al entorno y las circunstancias. El desarrollo personal es el camino que nos permite ubicarnos cada vez más cómodamente en el entorno.

El énfasis, entonces, no debe estar puesto en el entorno sino en nosotros mismos, desarrollando una personalidad y una filosofía de vida sólidas. En la medida en que logremos fortalecernos internamente, será más difícil que el entorno pueda superarnos.

De Alemania pasamos a Inglaterra para apreciar la opinión de John Stuart Mill. Este eminente filósofo, político y economista fue uno de los principales representantes de la escuela clásica. Como Sócrates, Stuart Mill decía haber aprendido a buscar su felicidad moderando sus deseos en lugar de satisfaciéndolos.

Todo ser humano busca su felicidad en cada pensamiento y en cada acción, buscando el placer y evitando el dolor. No obstante, la felicidad reside en los placeres superiores.

stuart mill

Alegaba, entonces, que el secreto reside en la correcta administración de los deseos antes que en la búsqueda empecinada por satisfacerlos. Además, da a entender que la felicidad está en lo sencillo más que en lo complejo.

Para este filósofo, como para los anteriores, es usual que los seres humanos nos confundamos buscando “afuera” lo que debemos buscar “adentro” y que despilfarremos el tiempo buscando controlar lo incontrolable al tiempo que descuidamos lo verdaderamente importante, que está siempre a nuestro alcance. La felicidad está dentro de nosotros y consiste en el crecimiento y la realización personal.

Y pasamos a Gran Bretaña con el matemático, lógico, filósofo y escritor Bertrand Russell, ganador del premio Nobel de literatura. Él se pronunciaba, acerca de la felicidad, en los siguientes términos:

La felicidad está en el amor.

El amor nos permite acceder a los valores y destruir los valores negativos (la vanidad y el ego), que nos impiden el acceso a la felicidad.

russell

Las apreciaciones de Russell apoyan a la mayoría de las expresiones previamente expuestas: La felicidad no radica en el placer inmediato, sino que es algo más profundo que el simple placer superficial. Además, se encuentra intrínsecamente y no en los eventos externos al ser humano.

Russell alega que los altos valores son requisito para la felicidad y habla específicamente del amor. Amor implica construcción y del amor derivan todos los valores más nobles. Contrasta, entonces, a la felicidad con la alegría y el placer. La felicidad suele ser confundida con el placer o con la alegría, sin embargo, pueden ser rotundamente contrastantes.

La búsqueda de placer inmediato, comúnmente, va en contra de los altos valores, ya que el desarrollo de los mismos exige, por lo general, sacrificios y concesiones dolorosas. Ese placer suele ser confundido con felicidad y eso puede significar un error grave en la vida de un ser humano.

Para desarrollar valores nobles es necesario incurrir en ciertos sacrificios y eso implica relegar el placer. Sin esos valores, la realización humana es imposible según éste filósofo. Por lo tanto, la búsqueda directa del placer podría relegar la realización del ser humano, que es donde reside la verdadera felicidad.

La conclusión obligada es que el placer no es, de ningún modo, equivalente a la felicidad. Por el contrario, el placer puede significar un obstáculo que impida al ser humano llegar a la misma.

El escritor, poeta y filósofo estadounidense, Henry David Thoreau, expresaba metafóricamente su opinión acerca de la felicidad:

La felicidad es como una mariposa.

Cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otra cosa, vendrá suavemente y se posará en tu hombro.

thoreau

Aquí Thoreau alega que la felicidad es consecuencia de una búsqueda indirecta. La obsesión por la misma nos aleja instantáneamente de su encuentro. Por el contrario, la felicidad se encuentra espontáneamente sin buscarla, dedicándonos a vivir intensamente aquellas pasiones profundas y constructivas que viven en nuestro interior. Con esto, queda evidenciado que la felicidad no consiste en perseguir o lograr metas, sino en disfrutar del camino. La felicidad es una consecuencia inevitable de ese disfrute que no persigue ninguna finalidad más importante que ese mismo disfrute.

Para Thoreau, entonces, el secreto consiste en vivir desde nuestros sentimientos, como vive un niño. Desde su perspectiva, la felicidad reside en una vida inocente, desinteresada y centrada en aquello que nos apasiona. El corazón es, entonces, quien debería marcar el rumbo y la razón limitarse a optimizar los medios.

Por su parte, el filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset, alegaba algo muy interesante que complementa fuertemente la opinión de Thoreau. Ortega decía que la felicidad se produce cuando coincide lo que queremos ser con lo que somos en realidad, es decir, cuando lo que más deseamos ser se ve manifestado en la vida cotidiana.

Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones y actividades para las cuales cada hombre tiene singular vocación.

thoreau

Para Ortega, la cuestión pasa por lo que somos y no por lo que tenemos o logramos (nuevamente, lo interno sobre lo externo). Somos felices cuando coincide lo que queremos ser con lo que efectivamente somos.

La filosofía de Ortega pasa, aquí, fundamentalmente por el respeto a nuestros dones y talentos naturales. Quien respeta su naturaleza individual y su esencia personal, es feliz. Es algo que está en el interior de cada ser humano y es absolutamente personal e individual.

Para Ortega, el principal detractor de la felicidad es la traición a nuestra propia naturaleza y vocación, evento muy común en un mundo que nos incita a imitar estereotipos y estándares ajenos a nuestra individualidad.

Para terminar este recorrido, citamos al psicólogo estadounidense Abraham Maslow, quien, con una teoría revolucionaria acerca de las necesidades humanas, asimilaba a la felicidad con el hecho de auto realizarnos.

La felicidad pasa por auto realizarnos

maslow

Maslow definía niveles de necesidades. Las necesidades básicas son necesarias para el bienestar, pero la felicidad solo se manifiesta al satisfacer las necesidades más trascendentes, que implican crecimiento y realización personal.

Desde esa lógica, se podría encontrar un elemento que significaría un error fundamental en el ser humano actual y en las filosofías de tipo materialista: buscar compensación a la no satisfacción de sus necesidades elevadas con una sobresaturación de satisfactores apuntados a las necesidades más básicas. Jamás se logra, así, el objetivo, entrando, al mismo tiempo, en una carrera infructuosa que no tiene límites ni coto.

Conclusiones

En nuestro intento por definir y comprender el concepto de felicidad y basados en las afirmaciones de las personalidades citadas, podemos concluir en los siguientes puntos centrales convergentes.

La felicidad reside dentro y no fuera de cada uno de nosotros

La felicidad duerme en nuestro interior y es allí donde debemos buscarla. La felicidad no está en las cosas o eventos externos, tampoco en las circunstancias o eventos momentáneos. La felicidad pasa por encontrar nuestro propio camino y seguirlo. La felicidad está en el crecimiento y en el desarrollo personal.

La felicidad está en lo simple y cercano

Contra todo lo que puede parecer, la felicidad está en lo simple y esencial y no en lo complejo e intrincado. La felicidad no se ubica lejos de nuestras posibilidades y está al alcance de cada uno de nosotros. No es necesario llegar a complejas conclusiones o a reflexiones elaboradas. La gente más sencilla, inocente y desinteresada suele ser la más feliz. La felicidad es liviana y el peso de la complejidad suele implicar un lastre para la misma.

La felicidad reside en satisfacer la necesidad de trascendencia

La satisfacción de las necesidades básicas suelen ser un requisito para el bienestar y, en su justa medida, para evitar la infelicidad, pero no nos pone en el camino de la felicidad. Las necesidades básicas se satisfacen, en condiciones normales y sin sesgos distorsivos, con relativa facilidad. A partir de ahí no aportan a la felicidad, por más que se acumulen satisfactores en esa línea. La felicidad reside en la satisfacción de las necesidades superiores, que se orientan a la trascendencia. El no tener esto claro suele llevar a una búsqueda equivocada y el resultado es “una copa que nunca se llena” y un vacío cada vez más pronunciado, mechado con fugaces momentos de emoción efímera.

La felicidad consiste en ponernos en línea con nuestro potencial

La felicidad consiste en descubrir nuestra esencia constructiva y las pasiones que se alinean con esa esencia para ponerlas como centro de nuestra vida. Cada individuo nace dotado de modo particular en lo relativo a vocación, talentos, predisposición y aptitudes. Es preciso descubrirlas y poner la vida en esa línea. Nadie encuentra la felicidad en las pasiones ajenas. Solo buscando en nuestro interior encontraremos nuestra propia esencia. La felicidad no está lejos y no es difícil de alcanzar, ocurre que nos equivocamos al buscarla en sitios donde no existe. La felicidad pasa por ser nosotros mismos en total plenitud.

La felicidad implica vivir sin culpas y sin miedos

La felicidad reside en vivir a pleno y para eso es necesario concentrarse en el presente, lo que solamente será posible despegándonos de los lastres y culpas del pasado y de las preocupaciones y miedos concentrados en el futuro.

Para lograrlo será necesario “hacer las paces” con nuestro pasado, reconciliándonos con aquellos elementos con los que estamos disgustados. Eso se logra asumiendo una filosofía mejor adecuada a la realidad: No somos seres estáticos sino dinámicos. Lo que fuimos e hicimos no es lo que somos o hacemos. Lo que fue es solo un punto de partida y la brecha entre lo que fue y lo que somos o podemos llegar a ser, es un claro indicador de superación. Y debemos enorgullecernos de esa capacidad de superación en lugar de avergonzarnos de lo que fue. Pudimos avanzar y ese es motivo de orgullo. El punto de partida es digno de resaltar para mostrarnos el avance, en lugar de tratar de ocultarlo. Lo importante es el progreso y la evolución. Debemos enorgullecernos de nuestra propia historia. El simple hecho de plantearnos el avance personal como meta seria, ya es motivo de orgullo propio.

Con respecto al futuro, es prioritario encontrar tranquilidad en el mismo para poder concentrarnos en el momento actual. Nuevamente es necesaria una postura realista que acepte nuestras limitaciones y concentrarnos en aquellos elementos efectivamente controlables. No debemos gastar energías en tratar de controlar lo que está fuera de nuestro alcance. Debemos concentrarnos en lo importante (al alcance de nuestra mano) y lo demás vendrá solo de las formas menos pensadas.

Del mismo modo, es necesaria una postura clara ante las circunstancias que consideramos negativas: en lugar de asumirlas como desgracias, debemos considerarlas obstáculos y desafíos que nos dan la posibilidad de progresar, evolucionar y madurar como personas. Los obstáculos externos son una bendición para nuestro desarrollo interior.

La felicidad no depende de lo que nos pasa sino de como lo interpretamos

La felicidad no depende de lo que nos sucede, sino de lo que percibimos sobre lo que nos sucede. Las cosas que nos suceden no dependen de nosotros, pero si la forma en que las interpretamos y asumimos. Nuestra forma de interpretación da significado particular a lo que nos sucede y ese significado es lo verdaderamente importante. Esa forma de interpretación depende de nuestros valores y de nuestra personalidad. No podemos elegir las circunstancias en las que la vida nos irá poniendo, pero sí moldear nuestra personalidad y forjar nuestra filosofía de vida. No podemos elegir los eventos, pero sí podemos decidir qué significado tendrán esos eventos.

La felicidad pasa más por lo que damos que por lo que recibimos

La felicidad no está tanto en lo que recibimos, sino en lo que somos capaces de dar (y en lo que damos, efectivamente). Pasa por realizar un aporte valioso al entorno que nos rodea. Pasa por conocernos, por aceptarnos, por gustarnos y por adaptar lo que somos al mundo externo, volcando los frutos de nuestras capacidades en la mejora del entorno y en el aporte realizado a las personas que la vida nos pone en el camino. No hay nada más enriquecedor para la realización de una persona. Para lograrlo será necesario conocer nuestras posibilidades y limitaciones, como también las alternativas y restricciones que nos plantea el mundo que nos rodea, para que las expectativas y objetivos sean siempre realistas. La felicidad pasa por esa adaptación y por descubrir la perfección en esa aparente imperfección.

La felicidad se relaciona directamente con el amor y los altos valores

No hay felicidad sin valores nobles y el amor es el terreno apropiado para cultivar esos valores y eliminar todos los valores negativos que terminan siendo veneno para el cuerpo y el alma, además de llevarnos por un rumbo poco natural. El amor es “construcción” y “evolución”. El odio y el egoísmo son “destrucción” y “retroceso”. Desde esa perspectiva, el universo fluye con “amor”, contra todo pronóstico. Por más que, de momento, aparecen elementos que parecen, desde nuestra perspectiva fugaz y terrenal, demostrar lo contrario. Cada “destrucción” momentánea toma nuevo significado, avalando y aportando a una “construcción” más importante. El universo debería destruirse a cada momento (la homeostasis pende de un hilo) y sin embargo construye y evoluciona. El universo está en línea con el “amor” y con el “bien” y nosotros somos parte de ese universo. Actuar desde valores que antagonizan con ese “amor” sería “remar en contra de la corriente”. Para ser felices, nuestra naturaleza debe ponerse en línea con la naturaleza del universo del que somos parte. No podemos ser felices traicionando nuestra propia naturaleza. El amor y los valores no son una imposición dogmática. Son una cuestión natural y necesaria. No hay felicidad sin virtud.

La felicidad está en las formas y no en los fines