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¿Qué nos pasó en el camino? Esa es la pregunta que nunca nos hacemos pero que tratamos de descifrar a diario. Y no de forma consiente, si no simplemente optando por transitar por la vida como seres dormidos, preguntándonos ,¿por qué no tenemos energía?, ¿por qué todo parece aburrido?, ¿por qué la monotonía de la rutina nos está consumiendo?, ¿por qué nuestra salud no está a la altura de lo que queremos? y así ,una y otra vez, nos repetimos a nosotros mismos cómo la vida nos ha convertido en victimas de las circunstancias y no podemos hacer nada para cambiarlo. Lo que nunca nos preguntamos es mas bien, ¿cuándo fue que nosotros mismos optamos por dejar que esto sucediera? ¿Cuándo fue que decidimos poner nuestro curso en piloto automático y dejar que la vida nos lleve a donde mejor le plazca?, ¿qué tiene que suceder para que tengamos de nuevo esas ganas de volver a vivir?, ¿qué sucede con nuestros sueños que algún día se veían cercanos, pero ahora parecen una simple fantasía? De nuevo la pregunta, ¿qué nos paso en el camino? La respuesta a todo esto no es lo que realmente importa, el verdadero secreto está en saber que siempre tenemos el poder absoluto de cambiarlo todo. Desgraciadamente, en muy pocas ocasiones logramos llevar nuestras vidas a donde queremos sin antes pasar por un punto de inflexión que venga a cambiar absolutamente todo y, más peligroso aún, es que no siempre hacemos lo necesario para que ese punto de quiebre nos lleve al lado correcto del camino, más bien en ocasiones son a estas mismas experiencias a las que culpamos de todo y, con el paso del tiempo, nos terminamos convirtiendo en los adjetivos de lo que nos ha sucedido. Sin embargo, a través de estas hojas y de mi propia experiencia te enseñaré a hacer exactamente lo opuesto. Comprenderás que no solamente es posible, si no que es totalmente alcanzable. En mi caso, fue una enfermedad crónica la que vino a hacerme despertar, la que vino a enseñarme a vivir realmente, a ser quien soy y a no dejar de buscar una completa evolución. Ayúdame a llevar acabo esta gran pasión que llevo dentro de poder contribuir a cambiar las ideas y los modelos mentales con los que hemos sido educados y con los cuales no llegaremos a ningún lado, permíteme ser parte de este gran cambio y juntos hagamos de la humanidad, algo completamente excepcional, dame la oportunidad enseñarte lo que puedes lograr cuando vives en estados de inspiración total, disfruta de esto y ¡Desata tu mente!
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Seitenzahl: 331
Veröffentlichungsjahr: 2022
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DESATA TU MENTE
ISBN: 978-84-18520-89-1
1a edición abril 2022
© 2022 by Emilio Turquie
© 2022 by Gratia Ediciones
Calzada de las Aguilas 94-501, Col. Los Alpes, CDMX 01010, México
gratiaediciones.com
Edición: Valeria Le Duc
Diseño Editorial: Karina Flores
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico, o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.
DESCUBRE TU PODER DE SANACIÓNY DESPIERTA TU VERDADERO SER
Emilio Turquie
Para mi padre yPara ti
Si estás leyendo esto, debo comenzar por darte las gracias. Gracias por darme la oportunidad de compartir mis ideas, mi aprendizaje y mi historia contigo. Gracias por tu tiempo y tu interés, muy probablemente no tengamos el gusto de conocernos pero quiero que sepas que a partir de ahora, tú eres parte de este libro. Un libro no se termina cuando se acaba de escribir, más bien apenas se inicia cuando logra generar un efecto en quien lo lee. Si hoy no lo tuvieras en tus manos, mi objetivo de hacer una contribución al mundo a través de mis experiencias y retribuir así un poco de todo lo que éste me ha regalado, estaría más lejos de concretarse, por lo que tu parte en este proceso es tan importante o más que la mía, de ti depende el verdadero valor que puedan llegar a tener estas palabras.
En verdad deseo que a través de estas páginas, de alguna forma pueda mostrarte el camino por el que he aprendido a andar y que algún día seas tú quien se lo pueda mostrar a alguien más.
En esta guía introductoria quiero compartir contigo algunos conceptos que debes tener en cuenta antes de comenzar tu lectura, también te voy a explicar la forma en la que está estructurado el libro para que puedas sacarle el mayor provecho y sepas qué esperar de cada segmento y cada parte.
Para empezar, quiero establecer tres puntos muy importantes: el primero es que elimines de tu mente cualquier idea que puedas tener sobre mí, quiero que sepas que mi persona no tiene absolutamente nada de diferente a la tuya; el escribir un libro no me hace ni más ni menos especial que tú, tampoco quiere decir que sepa más cosas y mucho menos que sea más inteligente o hábil que cualquier otra persona que conozcas. Esto no solo aplica conmigo, sino con todo aquel en quien puedas pensar o a quien puedas admirar; todo lo que conoces en el mundo fue creado por alguien con las mismas capacidades y habilidades que tú, haz conciencia de esto, todos somos seres humanos y tenemos los mismos deseos, las mismas dificultades y estamos juntos en este mundo para ayudarnos a resolverlas. Entre más podamos compartir las lecciones aprendidas y las soluciones encontradas para llevar una vida mejor, mayor evolución y bienestar habrá en la humanidad.
Partiendo de esto, el segundo punto que deseo dejar en claro es que no aceptes como verdad todo lo que leas aquí, no por estar escrito en un libro tiene más valor que si lo escucharas en la calle, pero tampoco menor. Tú debes decidir por ti mismo si estas líneas, los consejos y las formas de aplicación de cada concepto hacen sentido en ti y pueden aportar o generar algo positivo en tu forma de vivir. De no ser así, te pido que deseches cualquier información. Por la forma en la que nos han educado, estamos acostumbrados a que la información contenida en los libros, como lo que te enseñan en la escuela, siempre es la verdad, pero recuerda que, a excepción de las leyes universales, todo lo demás es la opinión de otra persona, de alguien tan humano como tú, como lo expresé anteriormente.
En tercer lugar quiero pedirte que te preguntes en este momento lo siguiente: ¿Quién eres realmente? ¿Tú has elegido estar en el lugar en el que te encuentras? ¿Has sido un ejecutor o un observador de tu propia vida? Si tu vida terminara el día de hoy, ¿habrías dejado algo en este mundo por lo cual ser recordado o estuviste aquí de paso, por mero trámite hasta esperar lo inevitable? Deseo que te cuestiones todo esto, piensa en qué tan lejos o cerca te encuentras de tu máximo potencial, ¿te vas convirtiendo cada día en la extraordinaria persona que estás destinado a ser? ¿Has identificado cuál es tu verdadero propósito en esta vida? Pues vivir sin un propósito y sin una intención, es vivir sin sentido. Todo lo que existe en el universo, lo que conocemos y desconocemos, tiene una función; desde los seres microscópicos hasta los enormes astros como el sol y la luna. Nosotros, como seres racionales, tan complejos y maravillosos, no solamente tenemos una misión de vida, sino que además, gracias a nuestro libre albedrío, tenemos la increíble oportunidad de decidir cómo encaminarla y de qué manera llevarla a cabo. Nuestra esencia como seres humanos radica justamente en buscar esa trascendencia, ese legado que le dé un carácter de inmortalidad a nuestra propia existencia.
En la vida existen ciertos momentos que influyen de manera directa en esto, específicamente en la definición de nuestro propósito y la creación de nuestro destino. Estoy seguro de que has escuchado a algunas personas relatar historias, experiencias, vivencias y acontecimientos que de alguna forma los llevaros a realizar un cambio de rumbo en su vida y a tomar sentidos completamente distintos de los que se hubieran imaginado.
Generalmente estas historias tienen algo en común, su inicio, un detonante, el momento clave en que podemos ver las cosas con claridad, una Epifanía dirían algunos, una sorpresa que llega de pronto y lo cambia todo para bien o algunas veces para mal. Pero en cada caso hay un momento de inflexión, y a partir de éste ya nada es igual. Hay un antes y un después. Suelo llamar a estos “instantes” “momentos puente” o “marcadores de vida”, ya que las acciones que tomamos ante ellos y el efecto que éstos generen, crearán una conexión intangible entre quiénes éramos, quiénes somos y en quién nos convertiremos.
Si aíslas estos eventos y los etiquetas como únicos no significarían nada, en cambio, analizarlos en retrospectiva y relacionar cada uno, cada decisión importante, cada relación en tu vida, cada cambio de rumbo, un cambio de casa, de empleo, un triunfo, un fracaso, un nuevo comienzo o cualquier otro suceso de importancia que hayas vivido, te mostrará las huellas del camino que has recorrido para ser quien eres en este momento y, de la misma forma, las decisiones, eventos y situaciones actuales crearán tu camino hacia quien serás en el futuro. Estos puntos son auténticos marcadores en un mapa, que observados desde arriba, nos muestran la inmensa responsabilidad que tenemos sobre nuestro propio destino.
Seguramente sabes de lo que te estoy hablando, pero si piensas que no, pronto te darás cuenta de que simplemente no te habías percatado de ello.
En mi vida he pasado por muchos momentos así, identificarlos y encaminarlos es lo que los ha hecho cambiar de sentido. Ha habido ocasiones en las que me ha resultado muy fácil y otras en las que me ha costado más de lo que hubiera podido imaginar.
Algunos han sido de lo más gratificantes, sorpresas maravillosas a las que sólo puedes abrirles los brazos y recibirlas con gratitud. Podemos hacer una lista infinita con ejemplos de estos, momentos de felicidad total, de gozo, momentos que nos hacen sentir verdaderamente vivos y al mismo tiempo conectados y en sincronía con cada parte de nuestro ser y con la vida misma, momentos que nos quitan el aliento y nos recargan de energía para continuar nuestro camino.
Para algunas personas puede ser el nacimiento de un hijo, para otros quizá sea la materialización de un proyecto al que le dedicaron noches, meses o incluso años enteros de trabajo arduo. Para algunos más pueden ser simples momentos compartidos entre amigos, entre seres queridos, que nos llenan de amor y que nos hacen sentir que la vida es eso y que no necesitamos nada más. Hay ocasiones en las que el simple hecho de compartir unos instantes con ciertas personas, nos permite olvidarnos de todo por un momento y agradecer a la vida esos regalos tan especiales. Para otros, estos momentos serán las fechas importantes, los aniversarios, las graduaciones, la primera vez que lograron hacer algo, aquella ocasión en que subieron hasta la cima de un monte y al voltear hacia abajo tuvieron la sensación de que no habría cosa en el mundo que no pudieran lograr. Alguien más podría experimentarlo en la realización de sus pasiones, un lapso de silencio en una meditación profunda, momentos de claridad, sin duda.
Son tantos los escenarios, que podría extenderme diez líneas más con estos ejemplos con los que cada uno podría identificarse, conectarse con ellos y revivir esos tesoros que nos acompañan por dentro.
Por otro lado, como todo en la vida y en el universo, se requiere de balance, y aunque no nos guste, es este equilibrio lo que nos hace crecer, evolucionar, lo que nos muestra a la persona que podemos llegar a ser y así alcanzar nuestro máximo potencial. Este equilibrio se basa, de la misma forma, en momentos y situaciones que son exactamente lo opuesto, marcadores de vida que nos hacen sentir más pequeños que un grano de arena e incluso más débiles que cualquier insecto. Muchas veces los identificamos como noticias devastadoras, separaciones dolorosas, rupturas, pérdidas de todo tipo (personales, económicas, sentimentales), problemas de salud, crisis existenciales, duelos, etcétera.
Lo increíble, es que la gran mayoría de las personas suele aferrarse con mayor fuerza a estos últimos acontecimientos, permiten que los definan y dicten quiénes serán de ahí en adelante. Se adueñan de un sinfín de calificativos dolorosos o hirientes que les recuerdan a cada momento lo “desafortunados que son”. Por supuesto que no siempre es así, y que este comportamiento se da en todos los grados y a todos los niveles, pero estoy completamente seguro de que en mi vida he conocido mucha más gente que vive recordando y reviviendo los episodios amargos y complicados de su vida, que gente que vive en un estado de paz y armonía, aferrada a las situaciones positivas y felices que se le han presentado.
Esto no es una casualidad, no es un tema que se manifieste de manera constante y repetitiva entre los seres humanos sin razón alguna. Esta situación es uno de los temas de mayor importancia en mi concepción sobre la capacidad que cada uno de nosotros tenemos de sanar y de ser felices, de lograr sobreponernos a cualquier situación y sacar ventaja de la misma para entrar en ese pequeño porcentaje de la población que se dedica a cumplir sus sueños y a vivir en un completo estado de bienestar y prosperidad. Algo de esto es lo que puedes esperar encontrar conforme vayas leyendo este libro. Hablaremos de tu cerebro, de las reacciones químicas que se generan en él y los efectos que provocan éstas en tu vida diaria. Y no sólo las conocerás sino que aprenderás a identificarlas y a manejarlas para sacar provecho de ellas. Definiré los modelos mentales y cómo estos nos hacen percibir como una realidad lo que son simples concepciones personales, que no nos aportan nada ni nos ayudan a ser mejores y por las cuales vivimos de forma a veces incomprensible. Podrás entender el funcionamiento de tu mente y aprender a utilizarla para tu máximo beneficio.
Al conocer mis experiencias, verás cómo una enfermedad crónica y un momento de crisis y oscuridad total me hicieron despertar del sueño profundo en el que vivía para llevarme a un auténtico renacimiento, el cual hoy defino como el regalo más maravilloso que me ha otorgado la vida. Te ayudaré a entender que cualquier situación por la que estés pasando o hayas pasado pero sigas cargando, no tiene por qué definirte; te mostraré cómo estar en control total y aprovechar estos momentos de los que hablamos anteriormente, los parteaguas de nuestra vida, para que a través de ellos encuentres la voluntad para redefinirte como un ser totalmente extraordinario al que no le haga falta absolutamente nada en la vida.
El libro está estructurado de tal forma en que podrás ir entendiendo todo de manera sencilla; primero te contaré mi historia para que comprendas mi proceso y por todo lo que pasé para poder compartirlo contigo el día de hoy. Después te demostraré, con hechos y pruebas, las cosas magníficas que puedes lograr utilizando y comprendiendo tu cerebro, te hablaré de lo que jamás te dijeron en la escuela sobre este órgano y descubrirás la increíble capacidad de creación que habita dentro de ti. Cuando conozcas los alcances y maneras en las que esta información puede influir en tu vida, tendrás ante ti todo un capítulo de aplicación, técnicas, hábitos y formas de vida que te ayudarán a incluir estas ideas y conceptos en el día a día. Te diré cómo cuidar de ti, cómo potencializar tus capacidades para lograr la evolución total de tu ser y desarrollarte a niveles que jamás imaginaste.
Te prometo que si prestas atención, este podrá ser uno de esos momentos de inflexión, que direccionado correctamente te conectará con todo aquello que quieras tener a tu alrededor.
CAPÍTULO 1
Unos días antes de pensar en escribir este libro, viví uno de esos episodios de los que te hablé anteriormente, fue un momento de mucha claridad e inspiración para mí pero para muchos podría haber sido un muy decepcionante acontecimiento. Este suceso me hizo percatarme de la importancia que tiene escribir estas páginas y compartir mi experiencia con quien me dé el gran regalo de leer lo que tengo que contar.
Era una tarde húmeda, llena de tráfico y prisas, de esas que suelen transcurrir durante el otoño en la Ciudad de México. Me encontraba sentado en el consultorio de la doctora que monitorea actualmente mi estado de salud a partir del diagnóstico que se me hizo varios años atrás. El motivo de la cita era conocer los resultados de una colonoscopia que me había realizado en días anteriores y que por alguna razón me generaba demasiada preocupación. Había estado sintiéndome un poco mal durante ese mes y pude identificar algunos síntomas que me eran de cierta forma familiares pero que esta vez se sentían distintos; esa era la razón de mi preocupación, en mi cabeza se había generado una serie de pensamientos terribles que me acechaban y me llenaban de temor e incertidumbre. Estaba cayendo en las redes de una vieja conocida: la suposición. Ese arte tan extraño, del cual parecemos profesionales todos los seres humanos, de inventar historias y crear desenlaces que llegan hasta las peores circunstancias y nos ponen frente a nuestras más horribles pesadillas y miedos. Todo esto, sin darnos cuenta de que en realidad todo eso que estamos imaginando ni siquiera existe y probablemente jamás existirá; que las posibilidades en un mundo tan complejo son tan variadas e infinitas, que realmente sería prácticamente imposible atinarle a una de todas esas suposiciones que dejamos que nos afecten sin razón alguna. Esta manía era algo que yo ya había olvidado y había aprendido a desprenderme de ella, pero debido a las circunstancias que me acompañaron durante el último año de mi vida me fue fácil retomarla sin siquiera notarlo. Olvidé la gran importancia que tiene ser siempre conscientes de nosotros mismos y que no podemos dejarnos caer en esos juegos de nuestra propia mente. Ese año la vida había sido difícil para mí por motivos que más adelante explicaré, así que sin mucho ánimo y sin mayor resistencia, simplemente cedí.
Ahí me encontraba, ansioso y con la cabeza en un sinfín de lugares distintos, esperando a que la doctora entrara por la puerta para darme lo que yo imaginaba que serían noticias totalmente desagradables.
Cuando la vi entrar me dio una sensación de paz, esa que ella siempre me transmite de sentirme a su cuidado. Sin mucho preámbulo entablamos conversación, hablamos de cualquier trivialidad como es costumbre antes de tocar el tema principal, y al terminar fue que esto inició. Abrió el sobre con los resultados provenientes del Departamento de patología del hospital, donde analizaron las biopsias tomadas en el estudio que nos expresarían en palabras científicas lo que estaba pasando en mi interior y que con tanta urgencia yo quería escuchar, justo en ese momento, pareció que el tiempo se paralizó. Hubo un silencio algo prolongado, hasta que por fin habló.
Las primeras palabras que salieron de su boca, con un tono que sentenciaba tristeza y decepción, fueron: Emilio, tengo malas noticias. En ese instante volteé a ver a mi madre, quien me había acompañado a la cita, y ambos nos miramos como si estuvieran a punto de decirnos que el mundo, como lo conocíamos, estaba a punto de cambiar de manera irremediable. Los segundos que pasaron mientras la doctora nos explicaba de qué se trataban esas malas noticias, fueron como si hubiese pasado media hora debajo del agua. Por nuestras mentes desfilaron todas las situaciones que yo ya había imaginado, mezclándose como si fuesen un cóctel de esos que no sabes el efecto que te causarán cuando los termines de tomar, hasta que, de pronto, su voz entró en mi subconsciente para hacerlo callar y concluyó diciendo: Tienes una recaída de CUCI. En cuanto escuché esas palabras, miré nuevamente a mi mamá y comencé a reír; fue tal mi alegría, que les contagié mi risa a las dos y de un segundo a otro volví a respirar y a sentirme tranquilo. La doctora parecía no comprender lo que estaba pasando, para ella eran muy malas noticias que estuviera teniendo una reactivación de la enfermedad después de haber estado tanto tiempo en remisión, y aún más lo eran las palabras con las que lo describía quien redactó el reporte de patología. “Se ha detectado actividad intensa de enfermedad de CUCI en las muestras analizadas”, decía. Para mí eran noticias maravillosas, resultaba un alivio gigantesco escuchar esto.
Fue ahí cuando nació en mí la idea de escribir este libro. Entendí en ese momento que un gran número de personas padecen esta enfermedad o enfermedades similares, de carácter inflamatorio intestinal o cualquier otro tipo y condiciones, que viven completamente aferradas a su diagnóstico y que el nombre de su enfermedad se ha convertido prácticamente en su apellido, al cual llevan a todas partes y los acompaña en todo momento, haciendo de su vida una lucha incómoda e interminable. Entendí entonces que desgraciadamente mucha gente no logra poner en pausa estas condiciones y por lo tanto no puede continuar con su vida como lo hacía antes de que le dijeran por primera vez en un consultorio médico, como a mí, las palabras “Colitis Ulcerosa Crónica e Inespecífica” o diabetes o hipertensión o enfermedad de Crohn, lupus, esclerosis o cualquier otra por más o menos grave que sea.
Lo más extraño de toda esta situación resultaba ser la abismal diferencia entre la forma en que recibí esta noticia y la que la doctora esperaba, a loa que estaba acostumbrada al dar este tipo de noticias a sus pacientes.
Y es que realmente lo comprendo. Entiendo por completo lo que significaría esto para mi antiguo yo, igual que para todo aquel que ha pasado por lo que yo pasé. Sin duda hubiese sido una terrible noticia para mí, pero ya no lo era. Y lo único que quería en ese momento era compartir mi sentir con el mundo, ayudar a cualquier persona que pudiera estar viviendo lo mismo que yo y mostrarle el camino que aprendí a crear para mí, para que mi enfermedad sea exactamente lo contrario.
El verdadero comienzo de este camino no fue nada fácil; de hecho fue, por mucho, la prueba más difícil a la que pensé que podría enfrentarme. Más de una vez pensé en renunciar a todo y tirar la toalla, resignarme a “mi realidad” y aceptar que era lo que me había tocado vivir, pero por alguna razón no lo hice y deseo que tampoco tú lo hagas. No quiero que permitas que cualquier evento “desafortunado” te convierta en alguien ni siquiera un pelo menor de quien estás destinado a ser; ninguna enfermedad, ninguna dolorosa separación o ningún fracaso, por más grande que parezca, tendría que ser el molde de tu vida. No hay pérdida más grande que la que uno acepta como tal, ningún problema actual o que vengas arrastrando de tiempo atrás debe convertirse en lo que te defina ni tiene por qué seguir contigo en el futuro.
Para entrar en contexto y que sepas de qué te estoy hablando y por lo que tuve que pasar para poder despertar, me gustaría contarte la historia. La primera vez en mi vida que escuché la palabra CUCI y lo que ésta quiere decir.
Era el año 2013 y yo un muchacho de 23 años que recién se había recibido de la universidad, con un título en mano y viendo al mundo como si este fuera un enorme pastel a punto de salir del horno listo para ser devorado. Enormes eran las ansias por convertir todas esas horas de esfuerzo y estudio en logros y satisfacciones, sin duda, como todos los demás que me acompañaban en la foto de generación así como todos aquellos que se titularon ese año, en mi ciudad, en mi país y en el mundo entero, un ejército de jóvenes con las expectativas a tope y la ingenuidad en los cielos.
En ese entonces no sabía la mayoría de las cosas que sé hoy, no entendía la vida de la forma en que lo hago en estos días, ni mucho menos veía con los mismos ojos que en la actualidad, sin embargo, estoy seguro de que si esto lo escribiera dentro de diez años, con toda seguridad escribiría nuevamente lo mismo: y es que la vida no deja de presentarnos nuevos retos y, aún cuando creemos saberlo todo, siempre hay algo más que desconocemos por completo. Y nunca somos lo suficientemente aptos ni estamos lo suficientemente preparados, sino que estamos hechos para todo lo contrario; para no dejar de crecer, ni de aprender, la vida es una evolución constante.
Aquí una frase que decía mi padre y que jamás olvidaré: “uno nunca se la sabe, hijo. Cuando crees que te la sabes, vendrá una nueva lección a mostrarte que aún no has aprendido nada, y que lo que creías saber, pareces haberlo aprendido al revés. Humildad ante la vida”, decía. Y es que de eso se trata todo y no hay mejor manera de asimilarlo que disfrutando el camino, aprender a navegar con calma cuando el agua está agitada y aprovechar la fuerza con la que te lleva la estela para continuar tu camino, hasta que la marea cambie y construyas un bote más grande y fuerte para poder maniobrar y surcar viento en popa las próximas tempestades.
De esta forma llegarás a fluir como uno mismo con los mares que anteriormente te detenían, te confundían y te complicaban, y entonces sólo te impulsarán hacia tu próximo destino. Y serán esas mismas aguas que te harán cada vez más grande, gracias a la fuerza adquirida a través de cada una de las experiencias vividas.
En ese entonces yo solía pensar que me las sabía todas, y aún más peligroso, solía darlo todo por hecho, garantizaba inconscientemente todo lo que tenía en la vida. No valoraba lo afortunado que era, y como el típico personaje de cualquier historia, me creía inmune a cualquier situación desafortunada que pudiera topárseme. Simplemente pensaba: “a mí, eso no me puede pasar”. Hasta que un día, sin motivo, sin razón ni explicación, me pasó.
Sucedió lo que desembocaría en lo que el día de hoy describo como uno de los mejores regalos que me ha dado la vida. Por supuesto que no lo pensé así en ese momento, ni tantito cerca, de hecho pensé exactamente todo lo contrario la primera vez que entré al baño y vi sangre en el escusado.
Lo último que pensé en ese momento fue: “Oh, qué gran regalo me ha dado la vida, qué afortunado soy, seguro es un increíble mensaje del universo que puedo utilizar para convertirme en un ser que desarrolle su máximo potencial”. Hubiese sido algo completamente absurdo y fuera de contexto para cualquier mente racional. Lo que pensé, en cambio, fue que algo estaba mal, muy mal. Al inicio intenté tranquilizarme y pensar que no era real, reflexioné por un momento si de casualidad pude haber comido un poco de betabel el día anterior o si probablemente tenía un colorante el químico con el que limpiaron el escusado esa mañana, pero ninguna de esas conjeturas fueron la respuesta. No se lo comenté a nadie, no quería alarmar a los demás hasta ver si era un raro evento aislado que no tiene explicación. “Seguramente mañana todo será normal”, me decía a mí mismo, pero pasaban los días y cada vez fue más frecuente, tanto, que comencé a preocuparme. Comenté el tema con mis padres y acudimos al doctor, me hicieron estudios, pruebas, análisis y nadie me decía nada que me hiciera sentido; comenzaba a pensar que probablemente era por la cantidad de alcohol que bebía o que pudiera ser una infección mayor. Algunos doctores decían que podía tener hemorroides, otros hablaban de una fisura en el recto y así pasaron las semanas y luego los meses.
De pronto ya no era solamente la molestia del sangrado, si no que ya no me estaba sintiendo del todo bien. Comencé a tener dolores, que en un principio eran pequeños cólicos, “nada grave”, decía yo, me tomaba una pastilla, el dolor cedía y yo continuaba con mi vida. Después comenzó la diarrea, la cual controlaba con otra pastilla y a lo que sigue, pero cuando ésta dejó de funcionar vino la urgencia para ir al baño, despertar a media noche con lo que ya no era un simple cólico y tener que correr para llegar al escusado y evacuar prácticamente pura sangre. Todo esto comenzó a provocar episodios de deshidratación y cero retención de los alimentos, anemia y con ella muchas sensaciones desagradables. Para las próximas semanas ya había visto cerca de diez médicos y todos parecían haber descartado sus distintos diagnósticos, ya no sabía qué hacer; pensamos en ir al extranjero, en buscar otros especialistas, quizá medicina alternativa, cualquier cosa que fuera necesaria. Yo ya empezaba a acostumbrarme a vivir así, y eso no era de ninguna forma lo que hoy en día llamo vivir.
Antes de tomar otro camino vimos una última opinión y resultó que este doctor hizo lo primero y único que teníamos que haber hecho. Sonó muy lógico cuando nos lo dijo, pero cuando estás tan abrumado por una situación y dejas que tu juicio se nuble, nada parece lógico.
Este doctor me pidió hacerme una colonoscopia. Sin comprender completamente en qué consistía el procedimiento y pensando en que ya me había hecho tantas y tantas pruebas que una más no haría la diferencia, programamos el estudio en el hospital y seguí todas y cada una de las indicaciones que venían en un folleto de preparación que me dieron cuando salí de la consulta. Tomé todo el laxante que pude, que aunado a mis diarreas, me mantuvieron casi 12 horas pegado al escusado, realicé el ayuno correspondiente y dejé vacío mi intestino para que el doctor pudiera hacer su trabajo. Con todas las ansias del mundo me pasé los siguientes días esperando los resultados para por fin tener una idea de lo que me estaba pasando. Y así fue, en la oficina del doctor que me estaba atendiendo, sentado en su escritorio me dijo: Por fin tenemos un diagnóstico, Emilio, me apena decirte que tienes la enfermedad de CUCI. Esta era una palabra que en mi vida había escuchado, pero que a partir de ese momento se convirtió en parte de mi vocabulario y, de hecho, la iba a escuchar o a decir con mayor frecuencia de la que hubiera querido.
El doctor se dio a la tarea de explicarme de lo que se trataba esto, empezó por decir que el CUCI era una enfermedad intestinal, autoinmune y de carácter crónico y yo en ese momento dejé de escuchar. Automáticamente al oír la palabra ‘crónico’ lo único que podía interpretar era que me iba a morir, y pronto. Nunca en mi vida había puesto atención a lo que se refería el término al hablar de enfermedades, y así pasaron los minutos y yo no entendía absolutamente nada de lo que me estaba explicando, hasta que lo interrumpí y le pregunté: ¿Entonces me voy a morir? El sonrió y me dijo: Todos nos vamos a morir, pero por ahora no tienes que preocuparte de eso, en estos tiempos tenemos tratamientos muy eficientes para el cuidado de tu enfermedad y solamente vas a tener que aprender a vivir con ella; esta enfermedad te acompañará siempre, no existe una cura, pero si la mantenemos bajo control, podemos hacer que entres en un estado de remisión y lleves tu vida normal.
Yo estaba completamente abrumado, no entendía si eran buenas o malas noticias, no sabía qué pensar y no imaginaba lo que seguiría. El doctor me dio una receta y me explicó en lo que consistía el tratamiento.
Al salir del consultorio mis papás y yo nos miramos, recuerdo que no sabíamos cómo reaccionar. Por una parte estábamos felices de saber qué era lo que me sucedía y poder, por lo menos, ponerle un nombre, pero también estábamos completamente asustados y desconcertados por el diagnóstico. Sin nada más que la prescripción que nos dio el doctor y sin una idea de lo que iba a suceder, fuimos directamente a la farmacia para comenzar ese mismo día con el tratamiento.
Mi única esperanza en ese momento, era la de poder frenar un poco esos síntomas que venían acompañándome por meses, y que sin duda, mermaban mi calidad de vida y con ello todos mis planes y expectativas.
CAPÍTULO 2
Ya tenía mi diagnóstico y mi tratamiento y era tiempo de hacer lo que nos enseñaron toda la vida cuando nos enfermamos. Tomar los medicamentos y esperar a que maravillosamente hagan su efecto para curarnos y dejar atrás esa etapa de malestar y dolor. Como cuando nos da gripa; tomamos las pastillas, nos quedamos unos días en casa y ¡listo! O cuando nos hacemos una cortada en el pie o en la mano y nos aplicamos pomada, una venda y guardamos reposo para que sane. Así de simple tendría que ser esta vez, a eso estaba acostumbrado, cualquier otra cosa “a mí no me podía pasar”, así que no perdí más tiempo y eso fue lo que hice, le di todo el poder de curación que conocía a mis nuevas medicinas y me dispuse a dejar que el tiempo hiciera su magia.
Los primeros días fueron maravillosos, el tratamiento estaba haciendo exactamente lo que el doctor me había comentado y los síntomas comenzaban a disminuir. Yo estaba listo para continuar con mi vida como si nada hubiera pasado, para comerme el mundo como un recién egresado al que todo en la vida le había salido según lo planeado, de manera fácil y, como dirían algunos, “peladito y a la boca” y no había razones por las que esta vez tuviera que ser diferente.
Al paso del tiempo empecé a notar que probablemente la vida era un poco distinta a lo que yo había previsto, y que mis planes no se estaban manifestando de manera tan clara como yo aseguraba. Para ese momento, según el guión de mi vida, yo ya sería un exitoso publicista de veinticuatro años obviamente dueño de su propia agencia, la estaría rompiendo en el mundo de los negocios y por supuesto también estaría escribiendo alguna película para empezarla a rodar dentro de poco, encaminado a un futuro brillante como Licenciado en Comunicación con especialidad en Cinematografía.
Pero del otro lado de la ventana estaba la realidad, la cual no era ni siquiera parecida. Tenía que buscar alguna manera de emplearme o de emprender un negocio, que aunque no tuviera absolutamente nada que ver con mis pasiones y gustos, fuera lo suficientemente redituable para generar las utilidades que requería mínimamente para mantenerme en el estrato social al que estaba acostumbrado, y que me permitiera sentirme parte de un sistema en el cual todo el mundo parece embonar de manera perfecta, porque así es la vida y así vive todo el mundo, por lo tanto era lo que me tocaba hacer en ese momento.
Así conocí el estrés, de esa forma se presentó conmigo la ansiedad y lo que los adultos solían llamar la vida real. Lo que yo no sabía era que estos dos ingredientes, la ansiedad y el estrés, eran los peores enemigos de mi enfermedad, y sin duda, de todas las personas que tengan o no alguna condición especial. Estos dos son de quienes más nos tenemos que cuidar, son males silenciosos que pueden vivir contigo décadas para de pronto explotar y generar situaciones que muchas veces ya es tarde para remediar.
Con el tiempo, estos dos factores se comenzaron a convertir en parte de mi día a día. ¿Y qué podía hacer? Así era la vida, o por lo menos así me habían dicho que era. Todo lo que hacía era vivir en una preocupación constante por el futuro y por tener todo arreglado y solucionado para poder, más adelante, ser pleno y feliz. El vivir con estos niveles de estrés provocó que poco a poco disminuyera el efecto que hacían en mí los medicamentos, empecé a experimentar nuevamente los síntomas que me habían acechado anteriormente, volví a acostumbrarme a vivir con ellos y a hacerme a la idea de que así sería mi vida. Habiendo aceptado la idea de tener que vivir de esta manera, me interesé un poco más por mi enfermedad, empecé a “investigar” para tratar de entender qué era en realidad lo que me estaba pasando.
Lo primero que hice fue lo que cualquier persona de mi edad hubiera hecho en ese momento, buscar en internet todo lo relacionado con la palabra CUCI y, como suele suceder, uno encuentra cosas buenas, otras no tan buenas, algunas malas y otras muy malas, y como es costumbre para los seres humanos, cuando estamos asustados y nos sentimos vulnerables, normalmente nos aferramos con total naturalidad a las peores.
Pasaba las noches leyendo publicaciones en los foros en las que la gente compartía todas las complicaciones que les generaba el hecho de vivir con CUCI, la forma en la que los limitaba en sus actividades, cómo las cosas siempre podían ir peor y comencé a vivir completamente aterrorizado por todo aquello que leía. Portales de internet que lo único que buscan es llenar su contenido con artículos llamativos y fatalistas, blogs de gente que no ha encontrado otro camino más que el de victimizarse y compartir solo sus malas experiencias, y un sinfín de anuncios y páginas de médicos que clamaban ser los únicos capaces de curar esta enfermedad y que dejan a tu disposición una lista de las complicaciones más severas y los últimos grados a los que puede uno llegar, si nos les hablas de inmediato para agendar una consulta y permitir que te salven la vida.
Sin embargo, hoy que lo pienso, me doy cuenta que la única razón por la que sólo encontraba datos desalentadores es porque verdaderamente hay una carencia impresionante de información real y documentada de casos de éxito y de testimonios esperanzadores o consejos útiles que destruyan los incontables mitos que existen alrededor de esta condición. Y no es porque no haya casos de éxito ni pacientes en remisión; claro que los hay, y muchísimos más de los que se podría imaginar, pero nadie ha tomado la iniciativa de compartir y poner toda esta información al alcance de quienes la padecemos, lo cual me resulta un enorme aliciente para esta gran aventura.
Durante los años que llevo conviviendo con este tema he tenido la fortuna de conocer gente maravillosa: doctores, pacientes, maestros de vida... Gente que si hubiera podido contactar desde el día uno y conocer sus experiencias, todo habría sido completamente distinto, y así espero, de todo corazón, que pueda ser para todo el que tenga mi libro en sus manos. En él no hablo de enfermedades y cómo curarlas, hablo de la vida y cómo sanar, del poder que tenemos en nosotros mismos de crear nuestra verdadera realidad.
Para mí, la realidad en ese momento no era más que lo que leía en esos foros y esas páginas, lo absorbía como si fuese una esponja y atraía a mi vida todo ese mar de contaminación informativa que tenía disponible. El vivir así lo único que generaba era un mayor nivel de estrés y ansiedad, lo que desembocaba en mayor inflamación, y por lo tanto, mayores complicaciones sintomatológicas.
La verdadera complicación de mi enfermedad comenzó ahí, cuando ya tenía un tratamiento y tomaba mis medicinas a diario, casi de forma religiosa, pero en lugar de mejorar, volvía a empeorar; no sucedía esa magia que normalmente ocurre cuando te enfermas y te tomas tus medicamentos, todo lo contrario, empecé a ponerme cada vez más grave, las diarreas que yo describía en un inicio como extremas y las manchas de sangre en el escusado, ya no eran nada comparado con los chorros que salían cada vez que iba a evacuar. La frecuencia con la que iba al baño en un principio, que era de unas seis a ocho veces al día, se había convertido en más de quince; ya no era posible acostarme durante la noche y dormir más de dos horas seguidas sin despertarme desesperado para ir corriendo al baño. Recostarme boca abajo sobre mi abdomen era impensable, vivir sin cólicos por más de una hora no era algo que siquiera recordara. Comencé a bajar de peso considerablemente, en el peor punto había perdido más de 15 kilos y, es importante mencionar que antes de eso ya era una persona delgada.
Cada día que pasaba me sentía peor, en ocasiones ya ni siquiera llegaba al baño y no podía controlar mi esfínter. Está de más decir que tuve que dejar de trabajar, y obviamente frenar mi vida por completo, no salía de casa por miedo a no tener un baño cerca en todo momento, y por más peso que había perdido no podía abrocharme los pantalones de lo inflamado que estaba mi abdomen. Y en contraste, el estar sentado más de diez minutos me provocaba dolor en los glúteos pues casi habían desaparecido y me sentaba prácticamente sobre mis huesos.
No puedo recordar con claridad la sensación de debilidad que experimentaba, ya que me parece tan exagerada que pienso que no pudo ser real, pero sí lo fue, igual que mi llanto y mi desesperación. Llamábamos al doctor cada tercer día sólo para decirle que estaba peor, a lo que él respondía con un nuevo aumento de dosis en los medicamentos y aún más restricciones a una dieta que ya era de por sí la más blanda que podía imaginar. Verme en el espejo no era algo que disfrutara en aquellos días y salir de mi cuarto tampoco era opción cuando el ánimo era más bajo. Esa forma de vida duró meses, y yo sólo confirmaba que el internet tenía razón y que no había remedio, era uno más de los maldecidos con una enfermedad de este tipo.
Los cuadros de deshidratación se habían vuelto muy frecuentes y tener que acudir al hospital a que me canalizaran y me dieran suero por vía intravenosa ya era algo familiar. Hay un hospital a unas cuadras de la casa, y recuerdo que incluso, mi papá tenía que manejar a veinte kilómetros por hora y con toda precaución para que el movimiento del coche no me provocara más cólicos y urgencia de ir al baño. Mi cuerpo estaba completamente anémico, cada movimiento muscular y cada articulación me causaban dolor.
