Descifrando a Trump desde la historia -  - E-Book

Descifrando a Trump desde la historia E-Book

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Como a muchas otras personas alrededor del mundo, el resultado de las elecciones de noviembre del 2016 en Estados Unidos generó una gran inquietud en los autores de este libro. Su reacción, tras el pasmo inicial, fue tratar de explicar el fenómeno Trump tanto a sí mismos como a los académicos y público en general, recurriendo a la revisión del arribo y primeros años del nuevo gobierno a la luz de la historia, para ver si podían observarse patrones y valorar o en su caso condenar, pero sobre todo entender y explicar las características y los alcances del discurso y acciones de este presidente, al igual que evaluar las opciones del presente en el contexto actual. El volumen que aquí se presenta es el resultado de esta reflexión, a través de tres áreas temáticas: las analogías de Trump con determinadas figuras y momentos de la historia de su país; la comunicación y los intercambios económicos y el movimiento de personas, las identidades y la frontera México-Estados Unidos.

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cip instituto mora. biblioteca ernesto de la torre villar

nombres:Suárez Argüello, Ana Rosa

título:Descifrando a Trump desde la historia / Ana Rosa Suárez Argüello, coordinadora ; Gerardo Gurza [y otros].

descripción:Primera edición | Ciudad de México : Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2020 | Serie: Historia, Internacional

palabras clave:Estados Unidos | Presidentes | Análisis comparativo | Trump, Donald, pres. de Estados Unidos, 1946- | Jackson, Andrew, pres. de Estados Unidos, 1767-1845 | Nixon, Richard Milhous, pres. de Estados Unidos, 1913-1994 | Libertad de expresión | Censura | Relaciones exteriores | Política económica | Política y gobierno | Política migratoria | Siglo XXI | Esclavitud | Guerra de secesión | Reconstrucción | Populismo | Intolerancia.

clasificación:DEWEY 320.97300932 DES.a | LC JE895 D4

Imagen de portada: zixia/Alamy, Foto de stock, Ilustración del presidente estadunidense Donald Trump, hecha con palabras que utiliza a menudo durante sus discursos. 5 de febrero de 2017. id: hmrjfd.

Primera edición, 2020 Primera edición electrónica, 2020

D. R. © Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora Calle Plaza Valentín Gómez Farías 12, San Juan Mixcoac, 03730, Ciudad de México Conozca nuestro catálogo en <www.mora.edu.mx>

ISBN 978-607-8611-68-3 ISBN de ePub: 978-607-8611-95-9

Impreso en México Printed in Mexico

Índice

Introducción

Los autores

Donald Trump y Andrew Jackson: el significado de una comparación

Gerardo Gurza

Why could that one not have been worked out? Trump y el legado de la guerra civil

Erika Pani

De Nixon a Trump. ¿Una analogía válida?

Andreu Espasa

Fake news: Trump y los medios de comunicación

Raquel Saed Grego

Great again, a golpes. Trump y la economía internacional, en perspectiva histórica

Paolo Riguzzi

De los esclavos fugitivos a los santuarios. Los límites entre el poder federal y el estatal

Ana Rosa Suárez Argüello

Bad hombres, bad guys: violencia, identidad y cooperación delictiva en la frontera México-Estados Unidos en el siglo xix

Marcela Terrazas y Basante

Discursos y políticas sobre la migración de mexicanos a Estados Unidos: tres momentos

Diana Irina Córdoba Ramírez

La intolerancia al otro, una tendencia histórica recurrente

María del Carmen Collado

Introducción

Como a muchas otras personas alrededor del mundo, el resultado de las elecciones de noviembre de 2016 en Estados Unidos nos causó asombro, desconcierto e inquietud. Asombro, por el éxito de Donald Trump y la cantidad de apoyo recibido por un candidato con sus características, más allá del hecho de que la mayoría del voto popular hubiera favorecido a su contrincante, Hillary Clinton. Desconcierto, por su campaña extremista, hostigadora, racista y de creciente y profunda división social y de la opinión pública, tanto dentro como fuera de Estados Unidos, y que hizo del muro fronterizo con México un símbolo de su política y su visión del mundo. Inquietud, por lo que su ascenso a la presidencia iba a ocasionar en la gestión del poder y las relaciones internacionales de su país.

Nuestra reacción, tras el pasmo inicial, fue tratar de hacer algo para contribuir a explicar el fenómeno Trump a nosotros mismos y a los demás, tanto académicos como público en general, recurriendo a la revisión de la experiencia histórica estadunidense, para verificar si resultaba posible encontrar en ella antecedentes, similitudes o discrepancias con las ideas y las prácticas del que hoy es el trigésimo noveno presidente de Estados Unidos. Apostamos entonces a revisar el arribo y los primeros años del gobierno de Trump a la luz de la historia, para ver si podían observarse patrones y valorar o en su caso condenar, pero sobre todo entender y explicar las características y los alcances de su discurso y acciones, así como para evaluar las opciones del presente frente al contexto establecido. Nuestra intención fue descubrir hasta qué punto una organización que ha durado más de doscientos años, con sus ajustes y adaptaciones, logró blindar el futuro del vecino país del norte y si desconocer o rechazar las lecciones del pasado ha significado y puede significar problemas. Desde luego, esto no implicó que se pretendiera entender el pasado de acuerdo con los principios del presente, sino en sus propios términos.

El riesgo era que equiparar el hoy con el ayer podría llevarnos a pensar que en la campaña y la presidencia de Trump no hubo o hay nada realmente nuevo o temible, y que si bien Estados Unidos ha pasado por momentos muy difíciles, ha sobrevivido y aun progresado en el camino de la libertad, la igualdad y la felicidad que le prometieron sus padres fundadores. Podíamos también considerar que Trump no es más que otro presidente, con un lapso y facultades limitadas, y que aun cuando lo que proclame y lo que haga sean muy dañinos, va a pasar y, al contrastarlo con otras figuras del pasado, concluir que sus abusos, por no ser novedosos, tienen un límite.

Y es que, en efecto, la historia nos permite entender cómo se formó el presente y nos da pautas para evaluar las rupturas y continuidades existentes entre el pasado y el momento actual. De hecho, pudimos constatar que muchos de los elementos que caracterizan al actual mandatario del país vecino del norte y a su gobierno, así como las ideas principales de su programa político, no son originales. El nativismo y el rechazo a los inmigrantes, el populismo, el racismo, el nacionalismo con visos aislacionistas, el proteccionismo económico, etc., son rasgos que gozan de una larga trayectoria en el pasado estadunidense. El propio lema de su campaña política, Make America Great Again, implica un elemento nostálgico, la visión de un pasado indefinido en el que supuestamente todo resultaba ideal. En suma, tal parecía que su victoria electoral no debió sorprendernos tanto, pues en buena medida la logró porque fue capaz de exaltar y sacar ventaja de ideas y sentimientos con raigambre en un sector amplio del público de su país.

Sin embargo, con la certeza de que debíamos tener cuidado de no exagerar la continuidad, pues cada momento es irrepetible y tiene un contexto específico, consideramos también que, en el caso de Trump, lo que pueda resultar “nuevo” tiene que apreciarse mediante una revisión de lo sucedido con anterioridad, y no quedarse en que sus políticas o discurso parezcan insólitos. Por ejemplo, si bien el racismo fue sin duda un fenómeno extendido e intenso en el pasado estadunidense, desde los años 1960 los pronunciamientos abiertamente racistas se convirtieron en un tabú dentro de la corriente dominante de la política, y por buenas razones. Es cierto también que hubo aislacionismo, aunque esto sucedió antes de que Estados Unidos se convirtiera en superpotencia después de la segunda guerra mundial y en el promotor y vigilante de ciertos lineamientos básicos del orden internacional.

Es, pues, evidente que el actual mandatario sí encarna novedades que resultan preocupantes y que tiene el potencial de alterar de manera negativa no nada más la democracia de su país, sino el orden internacional. Y también que lo que sucede a la fecha en el gobierno de Estados Unidos no es ni puede considerarse una “normalidad”. La realidad es que el drama agotador que hemos venido viviendo desde su campaña electoral habría sido, en cualquier otro momento de la historia de su país, algo impensable, penoso, incendiario y polarizador para una nación que ha sido considerada, y se considera a sí misma, no nada más como una potencia global, sino como un modelo en distintos sentidos. Es muy preocupante, además, que el abandono de la corrección política haya dado carta de naturalización a tendencias ultranacionalistas que se manifiestan abierta y descaradamente, normalizando el rechazo a la gente de piel oscura o de religión distinta al cristianismo, y que el estilo de gobierno carezca de la dignidad y mesura política que por lo general han caracterizado a la historia de este país, lo cual desde luego sería visto como una desgracia por sus “padres fundadores”.

Por otra parte, quienes nos interesamos por el pasado estamos obligados a entrar en el debate sobre la dimensión histórica de los problemas actuales porque, aunque no lo hagamos, el presente va a interpretarse de igual forma a partir de este conocimiento. La tarea de los historiadores debe ser la de aportar una visión más elaborada y cautelosa del papel del ayer, una que ayude a descartar relatos sesgados e intelectualmente sin fundamentos.

Además, la ignorancia de la historia no significa que podamos librarnos de su influencia. Todo lo contrario; lo más frecuente es que se manifieste de manera inconsciente y poderosa, con capacidad para influir en el presente. Es conocida la cita de Keynes sobre el poder de las ideas: “Los hombres prácticos, aquellos que se consideran libres de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto.” Aunque se suele invocar como prueba de la influencia de los economistas y los filósofos políticos, también puede verse como prueba del peso inconsciente del pasado en el mundo presente.

Lo cierto es que, en el caso del fenómeno Trump, pueden explorarse numerosos paralelismos y similitudes entre el presente y el pasado, que ayudan a entender mejor las tendencias de fondo y a distinguir lo relevante de lo superfluo. Por dar algunos ejemplos tomados de los textos que forman el libro, las actitudes populistas del actual gobierno guardan reminiscencias con las del presidente Andrew Jackson entre 1829 y 1837; su batalla contra los estados y ciudades santuario tiene similitudes con la lucha de los dueños de esclavos contra los estados libres antes de la guerra civil; la recesión económica de años recientes posee puntos de coincidencia con la gran depresión de la década de 1930, y la relación con los medios de comunicación –de los periódicos a las redes sociales– fluctúa del siglo xviii a la fecha entre la tentación de la censura y el derecho constitucional a la libertad de expresión.

Asimismo, aunque lo frecuente en la historiografía es estudiar los momentos de ruptura, la revisión de las continuidades puede dejarnos ver de manera más profunda las permanencias de la sociedad estadunidense y cómo estas contribuyen a configurarla. Así, el rechazo al otro, al diferente, al que no es blanco, anglosajón y protestante, tan presente y utilizado hoy en día, equivale a la discriminación y la segregación de los afroamericanos, de los trabajadores mexicanos y centroamericanos, de los comunistas, etc., que han aparecido en forma intermitente en distintos periodos de la historia de este país como durante la reconstrucción, los miedos rojos del siglo xx y, no se diga, está siempre a la vista en la continua y profunda inquietud e inseguridad en la frontera.

Todo lo anterior llevó a un grupo de historiadores y especialistas en disciplinas afines a reunirnos y constituir un seminario de investigación y reflexión dentro del Instituto Mora, uno que no se quedara en el desconcierto que generan los Estados Unidos de Donald Trump, en el que un sector no deja de comentar y hacer escándalo en uno u otro sentido sobre el carácter inusitado de las palabras e iniciativas que se toman y afectan de manera muy negativa tanto el orden democrático como la relativa igualdad social y cultural, que tomó mucho tiempo y muchas dificultades consolidar. Se pretendió, en cambio, partir de que los conflictos, los miedos y la consternación que se manifiestan son producto de la historia y que, por ende, pueden apreciarse mejor desde una perspectiva que tome en cuenta las continuidades y los cambios en el tiempo, que rastree raíces, identifique conexiones y rupturas y pondere no nada más la “novedad”, sino sobre todo la complejidad de los contextos.

En suma, conscientes de que la historia no se repite, pero sí explica, el volumen que aquí se presenta explora las distintas respuestas que, históricamente, nuestros vecinos del norte han dado a las transformaciones del entorno económico; a la convivencia con quienes son percibidos como amenazas, ya porque vienen de fuera o piensan distinto; a las contradicciones de la memoria nacional; al nutrido tránsito legal e ilegal de personas y bienes a través del límite con México; a los conflictos que surgen de la relación federación-estados y al alcance de la libertad de expresión. Asimismo, al vincular esas respuestas con los conflictos y los temores hoy vivos, se propone que es posible entender mejor los mecanismos por medio de los cuales estos surgieron, se difundieron, legitimaron, se resolvieron en políticas públicas o movimientos sociales o también cómo se atenuaron, desactivaron o bien ocultaron hasta que de una u otra manera han vuelto a aparecer.

Esperamos que el lector de este libro encuentre en él algunas claves para desentrañar la presidencia de Donald J. Trump, la cual nos parece cada vez más desconcertante. Al cierre de la edición, el actual mandatario enfrenta un juicio político cuyo desenlace desconocemos. En efecto, ante el escándalo desatado por la revelación de que presionó al gobierno de Ucrania –con amenazas de congelar la ayuda militar que le había prometido y de cancelar la visita de su presidente a la Casa Blanca–, a fin de que iniciara una investigación que pudiera desprestigiar a Joe Biden, su rival político de cara a las elecciones de noviembre de 2020, y a su hijo Hunter, quien trabajó para una empresa ucraniana de gas cuando su padre era vicepresidente, la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes decidió poner en marcha el mecanismo constitucional del impeachment. Este procesootorga la facultad de presentar cargos en contra de los funcionarios del poder civil por haber cometido “traición, soborno o delitos y faltas graves”, y lo acusó de abuso del poder y de obstruir sus investigaciones. El juicio se llevó a cabo en el Senado, que no podía condenar al indiciado sino con el voto de dos terceras partes de los miembros presentes y, en su caso, sentenciarlo a la destitución e inhabilitación para ocupar cargos públicos.

Lo controvertido que resulta iniciar un impeachement para tal vez despedir a una autoridad electa por el voto ciudadano, denunciándola por haber violado la confianza pública, explica que se haya empleado pocas veces. Originado en la tradición constitucional inglesa, que lo estableció para contrarrestar el poder del rey o funcionario que se considere a sí mismo por encima de la ley, a fin de destituirlo o incluso castigarlo, en Estados Unidos se ha recurrido a él, además del caso de Trump, sólo tres veces en poco más de 150 años: con Andrew Johnson en 1868, Richard M. Nixon en 1974 y William J. Clinton en 1998.

La historia indica que, además de polémico, el juicio político no es muy eficaz, justamente por ser político: salvo Nixon, que ante la oposición creciente dentro de su propio partido decidió renunciar a la Casa Blanca antes que enfrentar el proceso en el Senado, las imputaciones en contra de Johnson –que, en la secuela de la guerra civil, se opuso a la política de los republicanos radicales de asegurar los derechos civiles y la igualdad de los esclavos liberados– y de Clinton –tras exhaustivas investigaciones para demostrar no sólo su mal comportamiento en distintos ámbitos, sino sobre todo haber mentido al Congreso– no convencieron a suficientes senadores para reunir la mayoría de dos tercios necesaria para la condena y destitución.

En el caso del juicio a Trump, la pequeña mayoría republicana en el Senado –53 contra 45– mostró una actitud servil hacia el mandatario pues, en vez de defenderlo con hechos, evidencias y testigos y realizar de tal modo un juicio justo, prefirió cerrar filas alrededor de él, desvirtuando el proceder de los legisladores demócratas, a quienes acusaron de mala voluntad y de no tener más objetivo que impedir su reelección. El proceso en la Cámara Alta comenzó el 16 de enero y concluyó el 5 de febrero de 2020, con la absolución del presidente, tanto por la acusación de abuso de poder como por la de obstrucción a la Cámara de Representantes. Se impuso el voto de la mayoría: por el primer cargo, 52 votos frente a 48, y por el segundo 53 votos a 47. Nada más un republicano –Mitt Romney, senador por Utah– apoyó la destitución, con todos los demócratas a favor de ella. El resultado inmediato fue el envalentonamiento del presidente, más confiado que nunca en que en el mes de noviembre se reelegirá por cuatro años más.

Muchos estudiosos aducen que el sistema político del vecino país del norte, fundado en pesos y contrapesos, limita las extravagancias y absurdos del actual jefe del poder ejecutivo, y reduce los daños que pueden causar su inexperiencia e irresponsabilidad. Pero este no parece haber sido el caso de este proceso: no sólo no desembocó en la destitución del presidente, sino que más que concientizarlo y disciplinarlo, desató una nueva ronda de numerosas y furibundas declaraciones y tuits. Se trata, tal vez, de un problema de diseño. Pero los padres fundadores difícilmente podrían haber imaginado que alguien como él llevaría un día las riendas de la república.

De cualquier forma, Donald J. Trump pasará a la historia como un presidente que fue juzgado y las acusaciones que se le han hecho serán una y otra vez revisadas en los libros de historia. Lo más importante, sin embargo, es que los sucesos descritos manifiestan que el experimento constitucional estadunidense, en particular la división de poderes, no caerá sin defenderse.

Este volumen está integrado por nueve ensayos, que pueden organizarse en tres grandes áreas temáticas: las analogías de Trump con determinadas figuras y momentos de la historia estadunidense (Gurza, Pani, Espasa); la comunicación y los intercambios económicos (Saed, Riguzzi) y el movimiento de personas, las identidades y la frontera (Suárez, Terrazas, Córdoba, Collado).

El primer capítulo, “Donald Trump y Andrew Jackson: el significado de una comparación”, a cargo de Gerardo Gurza Lavalle, recuerda cómo, desde la campaña política que culminó en su elección como presidente, Trump fue comparado con el presidente Andrew Jackson, quien es recordado por haber promovido una mayor participación popular en la política cuando se desempeñaba en el poder ejecutivo. Aborda los comentarios hechos en varios medios de comunicación y por analistas políticos sobre el posible parecido entre ambos, siendo esto alentado por el propio Trump y su equipo de asesores, en un intento claro de obtener la legitimidad que le daría la relación con un personaje tan conocido. Se destacan algunas semejanzas entre el estilo populista de cada uno, pero sin ignorar las grandes diferencias que inevitablemente separan a dos políticos que actuaron en contextos muy distintos, alejados en el tiempo por casi 200 años. El recuento lleva una reflexión sobre los peligros de los usos de la historia con fines políticos.

Erika Pani escribe “Why could that one not have been worked out? Trump y el legado de la guerra civil”. Parte de la polémica desatada por la remoción de los monumentos a los héroes de la confederación de los espacios públicos, exacerbada por las intervenciones de Donald Trump. Estas estatuas, que el actual presidente ha defendido con vehemencia, documentan, por un lado, cómo se construyó la memoria de la guerra civil y, por el otro, el establecimiento, en la estela del conflicto, de un sistema racista plasmado no sólo en las leyes que segregaron escuelas y privaron a los afroamericanos del sufragio, sino en el patrimonio artístico urbano. Esta disputa nos ofrece una invitación a pensar el papel que debe desempeñar la historia en el espacio público dentro de las sociedades del siglo xxi.

Andreu Espasa examina en el tercer capítulo, “De Nixon a Trump. ¿Una analogía válida?”, los paralelismos históricos entre los presidentes Donald Trump y Richard Nixon (1969-1974). Propone que los paralelismos que han recibido más atención tienen que ver con la sospecha de comportamientos ilegales y los enfrentamientos reiterados con la prensa. Concluye que, sin embargo, el legado de Nixon en la Casa Blanca se revela más influyente cuando se analizan sus aportaciones a la construcción de un nuevo populismo de derecha en su país, basado en un racismo codificado y la apropiación retórica y parcial de varios agravios económicos entre las clases populares y que, por otro lado, el desinterés aparente de Trump en mantener el actual orden geopolítico y sus esfuerzos por disputar los superávits comerciales de China pueden entenderse mejor a la luz de la experiencia de Nixon con la cancelación unilateral de los acuerdos de Bretton Woods en 1971.

Raquel Saed Grego escribe el cuarto capítulo, “Fake News: Trump y los medios de comunicación”. A partir de la afirmación de que los medios de comunicación funcionan para cuestionar la labor de los políticos y mantener el equilibrio de poder, la autora señala que la relación de los medios con los presidentes a lo largo de la historia de Estados Unidos ha sido tempestuosa, pero que, debido al consenso social al que aspiraban, se condujeron con mesura sabiendo el impacto de aquellos en la opinión pública. Considera que, en el caso de Trump, esa relación ha sido desastrosa. Su forma de operar consiste en buscar alianzas con medios que lo apoyan para vilipendiar a los que no lo hacen, construyendo el concepto de fake news para atacarlos, desprestigiarlos y cuestionar su trabajo cuando no es de su agrado.

En el quinto capítulo, “Great again, a golpes. Trump y la economía internacional, en perspectiva histórica”, Paolo Riguzzi pretende medir el grado de novedad, la peculiaridad y los alcances del discurso y las políticas de Trump respecto a la economía internacional. Su propósito es detectar posibles analogías y semejanzas dentro de la trayectoria de Estados Unidos como potencia económica a partir de fines del siglo xix. Desde este punto de vista, examina la validez de las categorías de populismo, proteccionismo, unilateralismo y nacionalismo económico a la luz de la experiencia histórica, para caracterizar las ideas y conductas de Trump como candidato y presidente. Para ello, considera los temas de la campaña electoral, sus acciones durante los primeros años de su mandato, así como sus libros políticos.

El sexto capítulo se titula “De los esclavos fugitivos a los santuarios. Los límites entre el poder federal y el estatal”. Ana Rosa Suárez Argüello explora la relación entre los poderes federal, estatales y urbanos en Estados Unidos, en dos casos: los santuarios, que se han proclamado en los últimos 20 años y dan abrigo a los trabajadores sin documentos, y los esclavos fugitivos en el siglo xix, a fin de hallar las semejanzas y disparidades entre ambos. Descubre que, aunque ambos casos son diferentes por razones temporales y por la condición de los sujetos implicados, tanto con el conflicto sobre la devolución de los esclavos fugitivos, como en el enfrentamiento del gobierno de Trump con los santuarios se deja ver un problema de carácter constitucional que amenaza con destruir la armonía nacional.

El tema de la violencia entre estadunidenses y mexicanos, que proliferó en la frontera México-EUA durante de la segunda mitad del siglo xix, es abordado por Marcela Terrazas y Basante en “Bad hombres, bad guys: violencia, identidad y cooperación delictiva en la frontera México-Estados Unidos en el siglo xix”. La autora examina el origen de los prejuicios raciales y culturales de los primeros sobre los segundos y sobre sí mismos y cómo incidieron en el momento de relacionarse y definir su posición en el orden social. Señala la complejidad de sus interacciones, en que fueron cotidianos los actos de brutalidad y disputa por los recursos. Muestra la cooperación entre estadunidenses, mexicanos, apaches y comanches, quienes se asociaban para cometer ilícitos redituables, sobre todo el abigeato, y finalmente reflexiona sobre los paralelismos que se perciben con hechos actuales, en particular desde que Trump asumiera la presidencia de Estados Unidos en 2017.

En el octavo capítulo, “Discursos y políticas sobre la migración de mexicanos a Estados Unidos: tres momentos”, Diana Irina Córdoba Ramírezreflexiona sobre tres etapas del proceso de inmigración de ciudadanos mexicanos a Estados Unidos durante el siglo xx. La revisión histórica es pertinente por la creciente presencia en ese país de la comunidad latina, específicamente mexicana, y ante las acciones legales y declaraciones de Trump, quien de forma irresponsable ha alentado y fortalecido la violencia cotidiana contra los migrantes. También por la necesidad de explicar el momento y las intenciones con que se han construido los discursos nacionalistas y xenófobos. Si se comparan ambos procesos, puede advertirse su peso en la política migratoria y la construcción cultural de la ciudadanía a lo largo del tiempo.

Por último, en el noveno capítulo, “La intolerancia al otro, una tendencia histórica recurrente”, María del Carmen Collado Herrera explica, a partir de tres momentos del siglo xx en Estados Unidos, las movilizaciones políticas de gran resonancia durante el gobierno de Trump, que han señalado a hispanos y musulmanes como peligrosos y hecho resurgir el supremacismo blanco. El primero es el miedo rojo después de la primera guerra mundial, contra el arribo de italianos, polacos, rusos y eslavos, acusados de promover el comunismo y el anarquismo, que fue acompañado de deportaciones y terminó cuando los empresarios se percataron del riesgo de que faltara mano de obra. El segundo es el rechazo a los judíos en la década de 1930, que llegó con una política aislacionista y duró hasta la entrada de Estados Unidos a la segunda guerra mundial. El tercero es la guerra fría, sobre todo la década de 1950, cuando se persiguió a artistas, guionistas y gente común y corriente por sus supuestas simpatías con el comunismo o por su homosexualidad y se comenzó en la industria cinematográfica y culminó en el macartismo.

A finales de 2018, con ocasión de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la revista literaria digital WMagazin pidió a escritores y artistas que elaboraran sus respuestas al muro trumpiano en un grafiti literario que idealmente colocarían en el muro, recibiendo un centenar de respuestas. La revista los convocó a partir de esta idea:

Desde entonces, el muro se convirtió en símbolo de lo que se avecinaba en la era Trump, y luego se trasladaría a varias partes del planeta: grietas al sistema democrático, amenaza de involución en derechos y libertades, interrupción de futura igualdades, desdén hacia las minorías, ataques a la libertad de prensa y de expresión, al tiempo que dinamitó las buenas formas y con sus palabras y gestos incendiarios ha alterado la convivencia y confrontado a la sociedad.1

Suscribimos por completo este planteamiento, por su capacidad de trazar el vínculo que va de un punto ubicado en el espacio, la línea divisoria entre México y Estados Unidos, a una dimensión mucho más amplia, estadunidense y universal, y por enmarcar nuestra motivación. De manera que concebimos este esfuerzo como otro de los grafiti por colgar en el muro...

No resta aquí más que agradecer los comentarios que fueron haciendo los integrantes del Seminario de Historia de Estados Unidos del Instituto Mora, conforme fuimos presentando nuestros avances, así como los de la doctora Ana Covarrubias y el doctor Jesús Velasco Grajales en el coloquio Trump en Clave Histórica (2017), en el que dimos a conocer una primera versión de estos trabajos.

Los autores

Notas

1 En <http://wmagazin.com/relatos/el-mundo-del-libro-contra-los-muros-y-la-discriminacion-en-wmagazin-impreso-de-invierno-2018-19/>. [Consulta: 24 de mayo de 2019.]

Donald Trump Y Andrew Jackson: El significado de una comparación

Gerardo Gurza LavalleInstituto Mora

Al parecer, los políticos son los primeros en reconocer que la historia no es un pasado inmóvil y escrito en piedra, sino algo vivo, que puede ser utilizado y manipulado; un pasado cuya invocación en ciertas coyunturas y momentos tiene un impacto importante en la opinión pública. Es innegable que el peso de la historia tiene el potencial de dar legitimidad a todo tipo de causas, programas y personas. Al vincularse con una tradición histórica valorada positivamente, políticos de todas las tendencias procuran obtener la sanción de un antecedente glorioso, o cuando menos benéfico, para legitimar sus planes o proyectos. No cuesta ningún trabajo hallar ese tipo de intentos en el pasado reciente y es posible encontrarlos en todas las naciones, en gobiernos de izquierda y de derecha.

En los últimos dos años encontramos un ejemplo muy notorio de lo anterior en el intento que ha realizado Donald Trump de compararse con Andrew Jackson, quien fuera presidente de Estados Unidos en 1829-1837. Desde que estaba en campaña, el propio Trump y su equipo de colaboradores han dado aliento a esta equiparación para ganar legitimidad. Han buscado trazar un paralelo entre la promesa trumpiana de regresar el poder al pueblo, así como de dar prioridad a los intereses estadunidenses por encima de los de otros países, y el afán democratizador y el nacionalismo populista atribuidos comúnmente a Jackson.

Una vez que resultó electo, fue a petición expresa del nuevo ocupante de la Casa Blanca que el retrato de Jackson se colocó en la Oficina Oval (en muchas fotografías podemos observar la imagen de Jackson, también de inconfundible cabellera, como si asomara por encima del hombro de Trump, aprobando sus acciones). Asimismo, en marzo de 2017, Trump visitó la tumba de su antecesor en el Hermitage –la antigua plantación del séptimo presidente– cerca de Nashville, Tennessee, para rendirle homenaje con motivo del 250 aniversario de su natalicio. Sobra decir que la supuesta semejanza resulta muy halagadora para Trump, quien ha dado claras muestras de narcisismo y de que su ego demanda alimentación constante. Jackson es la cara del billete de 20 dólares desde 1928, y es recordado sobre todo por el tono popular de su periodo presidencial y sus esfuerzos por hacer que el gobierno respondiera a los deseos del pueblo (aunque, como veremos, el legado de Jackson también es materia de controversia). En un incidente muy difundido, Trump afirmó que la estatura y habilidad de Jackson como líder y hombre de Estado era tal que, de haber continuado con vida (murió en 1845), con seguridad hubiese sido capaz de impedir el estallido de la Guerra Civil en 1861. El comentario es prueba fehaciente de su ignorancia sobre la historia de Estados Unidos, pero también indica claramente que las alabanzas y la comparación con Jackson forman parte de un intento de enaltecimiento y legitimación, del propósito de vincular su propio proyecto populista con el de Jackson.

Queda claro que la idea de establecer este parangón y explotarlo políticamente no provino del propio Trump, quien sin duda no había leído mucho sobre Jackson, sino de sus asesores más cercanos, probablemente de Steven Bannon, quien se refirió al parecido en varias entrevistas. La influencia de Bannon en este sentido es más patente si tomamos en cuenta que la comparación ha perdido visibilidad a partir de su ruptura con el presidente. Desde su salida como asesor del ejecutivo, el esfuerzo por resaltar la semejanza entre ambos personajes se desvaneció. Durante la campaña, sin embargo, Bannon vio la oportunidad de sacar provecho electoral del paralelismo entre Jackson y su candidato como outsiders, ambos deseosos de empoderar al pueblo y terminar con el control que una elite corrupta supuestamente ejercía sobre el gobierno. Asimismo, el acendrado nacionalismo jacksoniano, manifiesto en su disposición militante para procurar el beneficio de su país –ya fuera a costa de Inglaterra, España, México, o distintas naciones indígenas– podía ponerse como un antecedente del “America first” trumpiano y del nacionalismo económico que ocupa un lugar central en su programa de gobierno.

En México, sin embargo, esta comparación ha pasado generalmente desapercibida. Es probable que esto se deba a que Andrew Jackson no es un personaje conocido en este país y, quizá también, a que la percepción de Trump es tan negativa que importa muy poco si este tiene parangón o no con alguno de sus antecesores en la Casa Blanca. ¿Qué diferencia haría su semejanza con Jackson para los cientos de miles de migrantes en riesgo de deportación; para el plan de construcción del muro en la frontera o para la renegociación del tlcan? Por otra parte, comparar a dos personajes que vivieron en épocas tan distantes y en circunstancias tan diferentes, también puede considerarse un ejercicio de dudosa utilidad.

No obstante, la comparación y el debate en torno a ella pueden resultar instructivos e interesantes para los lectores mexicanos. La equiparación no sólo es un ejemplo de los usos de la historia con fines políticos, sino que también ofrece un punto de entrada para entender algunos aspectos de las divisiones ideológicas estadunidenses. El análisis de la comparación, asimismo, puede revelar ciertos paralelismos en la relación entre el populismo y el racismo en dos momentos históricos muy distintos. En las páginas que siguen haremos una consideración sobre la validez de la comparación entre Trump y Jackson. Veremos también si es posible trazar algunas semejanzas entre los estilos populistas de ambos personajes.

Empecemos por hacer un breve bosquejo biográfico de estas dos figuras. Andrew Jackson nació en Carolina del Sur en 1767, en el seno de una familia de condiciones muy modestas. Siendo todavía adolescente, participó en la guerra de guerrillas que se desarrolló en las tierras del interior de las Carolinas durante la lucha por la independencia. Quedó huérfano desde muy joven y recibió una pequeña herencia, cuya mayor parte despilfarró en una breve temporada de disipación. Posteriormente, adquirió los rudimentos de la profesión legal en Carolina del Norte y migró hacia el oeste. Se estableció en el territorio de Tennessee, un campo propicio para abogados jóvenes y ambiciosos debido a la multitud de litigios sobre títulos de propiedad. Gracias a especulaciones exitosas, de manera gradual acumuló una propiedad muy considerable en tierras y esclavos (en el momento de su muerte poseía cerca de 150 esclavos).

Aunque con el tiempo se convirtió en una persona acaudalada, Jackson era un hombre de la frontera, con un sentido del honor muy exaltado, que le llevó a pelear varios duelos y a matar al menos a un oponente en este tipo de enfrentamientos. A consecuencia de uno de esos combates, una bala quedó alojada de modo permanente en su esternón, ocasionándole molestias y problemas de salud hasta el día de su muerte. Como propietario y hombre respetable en un territorio fronterizo, aprovechó la oportunidad para incursionar en la arena política. Fue designado fiscal federal del territorio; también se desempeñó como juez de una corte de circuito y, una vez que Tennessee se convirtió en estado, sirvió como legislador en la cámara estatal. Más tarde fue electo para la Cámara de Representantes federal, y también ocupó un escaño en el Senado, aunque sólo por breve tiempo.

Jackson, empero, no era un buen orador y no tenía ni gusto ni paciencia para las labores legislativas. Su carácter e inclinaciones personales lo llevaron a buscar la satisfacción de sus ambiciones en el terreno militar. En 1802 logró ser electo comandante de la milicia de Tennessee (para lo cual no resultaba necesario tener entrenamiento militar formal) y, en esa capacidad, combatió en varias ocasiones a los indios creek que seguían oponiendo resistencia a la ocupación blanca en la frontera sur de Tennessee. Fue como militar que Jackson adquirió una popularidad de talla nacional. La guerra contra Inglaterra (1812-1815) le ofreció la oportunidad: después de recibir una comisión como general en el ejército federal, estuvo al mando de las fuerzas nacionales en la batalla de Nueva Orleans en 1815, la cual resultó en una atronadora victoria sobre el ejército inglés. Se consideró que esta batalla había sido decisiva para poner fin al conflicto de manera decorosa para Estados Unidos, pese a que, en realidad, un grupo de comisionados de ambos países había negociado y firmado un tratado de paz en Bélgica días antes del combate. Más aún, el esfuerzo bélico estadunidense había sido una muestra clara de la desorganización, vulnerabilidad y división interna de la joven república, fallas que se reflejaron en la ocupación de Washington, D. C., por parte de las tropas inglesas, las cuales se dieron el gusto de quemar los edificios públicos y la mansión del ejecutivo. Sin embargo, la ola de fervor nacionalista del público restó importancia a estos sucesos y el entusiasmo por la victoria en Nueva Orleans alimentó una visión en la que Estados Unidos parecía haber probado su capacidad para competir en pie de igualdad con la gran potencia mundial de la época. De este modo, Andrew Jackson se convirtió en el aclamado héroe de Nueva Orleans.

En los años subsecuentes, Jackson enfrentó a diversos grupos indígenas del suroeste que habían sido aliados de Inglaterra en la guerra reciente. Luego de someterlos por la fuerza, los obligó a la negociación de varios tratados que resultaron en enormes cesiones de tierras al gobierno federal. Como parte del mismo esfuerzo, inició una campaña contra los indígenas seminolas y, en 1818, los persiguió de manera ilegal hasta entrar en el territorio de la Florida (en ese momento todavía bajo dominio español). Durante esa incursión, Jackson no sólo violó la soberanía española, también apresó y ejecutó sumariamente a dos súbditos británicos con motivo de su supuesta responsabilidad en instigar a indígenas y esclavos fugitivos para emprender depredaciones en los asentamientos fronterizos estadunidenses. Sus acciones ocasionaron un grave desacuerdo internacional y en el gabinete se llegó a discutir su posible destitución del mando del ejército. Sin embargo, el presidente James Monroe le otorgó su respaldo y lo nombró gobernador del territorio de la Florida, una vez que España lo cedió a Estados Unidos mediante el tratado de límites de 1819. Estos acontecimientos aumentaron su reputación como hombre resuelto y patriota, pero también le acarrearon muchas críticas por parte de aquellos que lo veían como un hombre violento, impulsivo y muy poco respetuoso de la legalidad.

La fama de general victorioso lo hizo surgir como candidato a la presidencia en 1824. Las elecciones realizadas en ese año fueron las más complejas hasta ese momento en la historia de Estados Unidos. Los líderes de la lucha por la independencia ya habían muerto o envejecido y, por ende, no había candidatos capaces de obtener un consenso amplio y apoyo interregional. Hubo cuatro contendientes y el resultado fue tan dividido que ninguno obtuvo la mayoría requerida en el colegio electoral. En virtud de ello, la elección tuvo que ser decidida en la Cámara de Representantes. Jackson había alcanzado el mayor número de votos en el sufragio popular y en ello basó su firme creencia de que a él le correspondía la victoria. Sin embargo, las negociaciones en la Cámara Baja favorecieron a John Quincy Adams, en buena medida gracias a que Henry Clay, otro de los contendientes, decidió transferirle sus apoyos. Este complejo proceso electoral culminó con la victoria de Adams. Clay, en recompensa por su apoyo, fue designado secretario de Estado, el puesto más importante del gabinete y, en esa época, la mejor posición para contender por la presidencia en el futuro. Jackson condenó el resultado como una “negociación corrupta” y pasó buena parte del cuatrienio siguiente reuniendo apoyos y organizando una coalición para contender en la siguiente elección. En los comicios de 1828, frustró el intento de reelección de Adams y resultó vencedor.

Al percibir su derrota en las elecciones de 1824 como fruto de la corrupción, Jackson llegó a la presidencia con un impulso reformista, opuesto a los políticos tradicionales y a las prácticas que mantenían al gobierno federal lejos del pueblo. Se oponía a la selección de candidatos en cónclaves de líderes partidistas (el llamado caucus), al colegio electoral –de hecho, propuso su abolición– y a la permanencia indefinida de los funcionarios en sus cargos. Asimismo, era sumamente crítico de los costosos proyectos de infraestructura apoyados por Adams, y en consecuencia trató de limitar el papel del gobierno en la promoción del comercio y el crecimiento económico.

Durante los ocho años que duró su administración, llevó a la práctica estos principios. Canceló el financiamiento gubernamental a la construcción de caminos y otros proyectos en los que, desde la óptica del republicanismo más austero, el gobierno no debía gastar el dinero público. De manera más controvertida, provocó el cierre del Banco de Estados Unidos, al considerarlo un motor de especulación, desigualdad y corrupción política. Promovió, asimismo, el despido de cientos de funcionarios de sus cargos y su sustitución por otros, fieles a su propio partido político. Jackson también es recordado por haber dado un tono más igualitario a la política y a la conducción de los asuntos públicos. Él mismo era parte de una tendencia de ampliación del electorado y de mayor participación del pueblo en la política, no sólo en las urnas, sino en convenciones, mítines y otros eventos públicos.

Existen otros elementos por los que el periodo de Jackson es recordado, a los cuales nos referiremos más adelante. Por lo pronto, esta rápida panorámica de su biografía y su desempeño público nos permitirán abordar con mayores elementos de análisis la comparación con Trump.

En el aspecto estrictamente biográfico, las coincidencias entre ambos personajes son casi nulas. Donald Trump nació en 1946, en la ciudad de Nueva York, en el seno de una familia muy privilegiada. Su padre se dedicaba a los bienes raíces, actividad en la que amasó una fortuna muy considerable. El joven Donald cursó administración de negocios en la Universidad de Pennsylvania y se inició en el negocio inmobiliario familiar antes de concluir sus estudios. Él mismo presume que, al salir de la universidad, ya era millonario. Se trata, en pocas palabras, de un hombre que contó con todas las facilidades para hacer fortuna, un multimillonario hijo de multimillonario.

También, a diferencia de Jackson, Trump nunca ocupó un cargo público antes de ser elegido presidente, y la única experiencia siquiera cercana a la vida militar fue su ingreso a la Academia Militar de Nueva York (institución privada ubicada en Cornwall, Nueva York), a donde su padre lo envió por problemas de disciplina. Aparte de esta experiencia, nunca formó parte del ejército, ni participó en ninguna guerra. De hecho, existe cierta controversia respecto a la exención médica que obtuvo para evitar el reclutamiento que lo habría enviado a Vietnam, la guerra en la que pelearon tantos hombres de su generación. Un diagnóstico de espuela ósea en los talones lo mantuvo fuera del ejército. Poco antes de morir, el senador John McCain, quien sí peleó en el país asiático y pasó más de cinco años como prisionero de guerra en Hanói, lamentó la facilidad con que los jóvenes de familias ricas habían obtenido diagnósticos falsos de espuela ósea durante aquel conflicto. La alusión a Trump no podía ser más clara. Y en efecto, la autenticidad del diagnóstico que sustentó la exención médica del presidente ha inspirado mucho escepticismo por parte de periodistas y analistas políticos, aunque no ha podido comprobarse que fuera falso.

Asimismo, en otros aspectos predomina el contraste, no la similitud. El nacionalismo económico de Trump no encuentra paralelo en la política económica jacksoniana. Como uno de los fundadores del Partido Demócrata, Jackson se oponía al proteccionismo y tenía una visión favorable al libre comercio, postura compartida por los productores agrícolas sureños que formaban una parte muy sustancial de su base electoral. Estos agricultores dependían de la exportación de sus cultivos, y temían que la adopción de medidas proteccionistas pudiera provocar represalias comerciales por parte de Gran Bretaña. En realidad, los proponentes de un arancel elevado para proteger la incipiente industria estadunidense eran los políticos del Partido Whig, opositores de Jackson, quienes estaban más interesados en el desarrollo manufacturero. Durante su mandato, Jackson apoyó el establecimiento de un arancel moderado, y terminó rechazando el antiproteccionismo radical enarbolado por algunos grupos de plantadores sureños, mayormente de Carolina del Sur, pero de ninguna manera puede considerársele como un nacionalista económico.

También, en claro contraste con Trump, el Partido Demócrata jacksoniano siempre mantuvo una posición abierta e incluyente hacia los inmigrantes. Aunque las grandes oleadas de irlandeses católicos llegaron a Estados Unidos algunos años después de que Jackson dejara la Casa Blanca (sobre todo en las décadas de 1840 y 1850), sus sucesores y el Partido Demócrata en su conjunto mantuvieron una postura favorable respecto a su incorporación a la ciudadanía. Otra vez, fueron los whigs quienes mostraron preocupación y rechazo ante la llegada de grandes cantidades de católicos y dieron aliento a las manifestaciones políticas nativistas. En su nacionalismo económico y retórica antiinmigrante, Trump se asemeja más a un opositor de Jackson.

Por otra parte, haber obtenido la fama que le abrió el camino a la presidencia en un ámbito ajeno a la política es algo que sí lo acerca a Jackson, pero en su caso se debió a un programa de televisión. Aunque aparecía frecuentemente en las páginas de sociales de algunas revistas y en los tabloides neoyorquinos desde los años 1980, su enorme popularidad se debió al programa de televisión El aprendiz, donde se representaba a sí mismo como un enérgico hombre de negocios abocado a reclutar jóvenes talentosos para trabajar en sus empresas mediante un estricto proceso de selección (los candidatos sin merecimientos eran eliminados al final de cada programa con la frase “¡estás despedido!”, acompañada de un ademán característico). La aparición en ese programa a lo largo de varios años le permitió crear a su personaje público, cuyo papel está protagonizando todo el tiempo, al grado de que es muy difícil saber quién es Donald Trump en realidad.

El aspecto en el que quizá existe mayor semejanza con Jackson es en la posición marginal (outsiders) que ambos ocupaban con respecto al primer círculo de la política antes de llegar a la Casa Blanca. El parangón no es por entero simétrico, pues Jackson había ocupado varios cargos, algunos de nombramiento y otros de elección popular. Pero no cabe duda de que la plataforma que le dio el impulso necesario para ser electo presidente fue su trayectoria militar y que, en el momento de la elección, quedaba muy clara su lejanía de la cúpula de la política federal. Por lo tanto, en este aspecto específico la equiparación con Trump resulta plausible. El magnate de los bienes raíces era del todo ajeno al establishment de la política antes de entrar en la liza por la candidatura del Partido Republicano. Es más, esta lejanía explica que fuera universalmente subestimado como contendiente, y fue también lo que hizo creíble su presentación como hombre ajeno a los tratos, componendas y disimulos que caracterizan la práctica profesional de la política. Así, en el atributo de estar al margen de la política quedaba implícita la voluntad y la capacidad de efectuar cambios significativos. Trump se presentó como un hombre decidido y con una visión clara, que no iba a ser frenado por los intereses y las negociaciones de la política normal en Washington; alguien que no tendría las manos atadas y podría romper con la atrofia gubernamental; alguien que podría “drenar el pantano”.

Como ya se señaló, Jackson también llegó con un ímpetu reformista encaminado a recuperar la “pureza republicana”. Su ataque al Banco de Estados Unidos y a las obras de infraestructura, financiadas por la federación, pretendía eliminar la influencia de los intereses económicos en el gobierno, evitar el gasto de recursos públicos en proyectos que sólo beneficiaban a algunas localidades o grupos, y mantener las atribuciones del gobierno, así como su intervención en la vida de los ciudadanos, en los límites marcados de forma estricta por la letra de la Constitución.

Estrechamente vinculado con este propósito, en el caso de ambos personajes, encontramos un supuesto afán de empoderar al pueblo. Trump se ha referido a los votantes que lo llevaron a la Casa Blanca como un “movimiento” popular, independiente del Partido Republicano (aunque coincidente hasta cierto punto). Asimismo, en su discurso de toma de posesión afirmó: “el día de hoy estamos transfiriendo el poder en Washington y devolviéndoselo a ustedes, el pueblo […] Lo que verdaderamente importa no es cuál de los partidos domina el gobierno, sino que el gobierno sea dominado por el pueblo. El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo se convirtió en el gobernante de esta nación otra vez.”1

Sobra decir que Trump se percibe como el representante de esa voluntad popular. Jackson también sentía encarnar con fidelidad los deseos del pueblo estadunidense. Fue el primer presidente que no provenía de la elite de los estados de la costa atlántica. Como ya se apuntó, estuvo en contra de los métodos tradicionales de selección de candidatos (elegidos con anterioridad a puerta cerrada por un grupo exclusivo de miembros prominentes de las facciones partidistas), siempre se refirió al pueblo con reverencia y, aunque en esa época los candidatos no hacían campaña (el decoro político hacía necesario mantener la ficción de que los candidatos no ambicionaban el cargo, sino que era el pueblo el que decidía confiarles esa responsabilidad), los múltiples actos públicos en apoyo de su candidatura prefiguraban formas plenamente modernas de participación popular en la política. Su toma de posesión fue un acto multitudinario, tanto así que una muchedumbre descontrolada irrumpió en la Casa Blanca para ver al nuevo mandatario, dañando muebles y rompiendo objetos decorativos, para espanto de todos los que estaban acostumbrados a que dichos actos mantuvieran un protocolo más reservado y elitista.

Tanto en el caso de Trump como en el de Jackson, es difícil determinar si la pretensión de dar más poder al pueblo se cumple en los hechos. Es muy pronto para aventurar un balance en este sentido sobre el desempeño del primero. Hasta el momento en que se escriben estas líneas, muchas de sus iniciativas se ven de resultado incierto, no sólo en cuanto a su viabilidad, sino en lo relativo a su posible potencial de beneficio para la clase trabajadora. ¿Será la adopción de políticas comerciales proteccionistas un bono o una pérdida para aquellos a quienes pretende favorecer? Es difícil saberlo y, en cualquier caso, ello dependerá de los alcances reales de dichas políticas. Por otra parte, la reforma fiscal aprobada en 2017 parece más dirigida a beneficiar a las grandes corporaciones y al sector más rico de la población que a los grupos de bajos ingresos.

En el caso de Jackson, pese al transcurso de cerca de 200 años, la evaluación tampoco resulta sencilla. En general, su periodo presidencial es considerado como promotor de la igualdad y la participación política de los hombres blancos. Sin embargo, es difícil saber hasta qué punto esto se debió a su gestión individual o si él fue sólo un representante de estas tendencias. La formación del segundo sistema de partidos con sus características modernas, el desarrollo de la prensa como un medio masivo para la difusión de mensajes políticos y la ampliación del electorado mediante reformas constitucionales en muchos estados (las cuales eliminaron requisitos de propiedad para que los hombres blancos votaran y fueran elegibles para cargos públicos) son desarrollos complementarios que obedecen a una constelación compleja de factores. Estos desarrollos forman parte de un proceso que estuvo en marcha antes de que Jackson entrara a la presidencia y superan la actuación de un individuo, por más poderoso o influyente que este hubiera sido. En otras palabras, la llamada “era del hombre común” no fue un producto de su voluntad como presidente o líder político.