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Este libro, fruto de un prolongado trabajo de investigación, presenta distintos aspectos de la cultura, desde una perspectiva abierta que no determina a priori qué es cultura, quiénes son sus efectores ni cómo se hace. La obra aborda asociaciones y relaciones: la creación, los artistas y los realizadores; su legitimación en circuitos específicos y las diferentes tensiones que se expresan, a veces de manera explícita y otras soterrada, en los procesos los producción, circulación, recepción, apropiación y legitimación cultural. Aunque el espacio de referencia es Córdoba, los textos ofrecen pistas interpretativas y enfoques que pueden ayudar a la comprensión de procesos que se desarrollan en otros lugares. El libro se organiza en dos secciones. La primera, "Estabilizaciones", aborda la discusión entre un crítico literario y las lectoras de Florencia Bonelli; las experiencias de los escritores amateurs; la definición de profesionalismo y amateurismo; la edición independiente y autogestiva; la ilustración de libros infantiles y la configuración de una identidad "peñera" en la Peña Trashumante. La segunda, "Circulaciones", propone una teoría y una perspectiva para pensar la cultura; la inserción y circulación de las artes y las artistas plásticas a través de las redes; la experiencia de la participación en performances; la literatura underground y social, y los circuitos alternativos; los avatares del teatro independiente a lo largo del tiempo. Escrito en un estilo ameno, permite observar y reflexionar en torno a muchos procesos subterráneos de la cultura contemporánea.
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Seitenzahl: 396
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Devenir trama : ensamblajes culturales : Córdoba / Vanina Andrea Papalini...
[et al.]. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
304 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-754-3
1. Estudios Culturales. 2. Ciencias Sociales. I. Papalini, Vanina Andrea.
CDD 306.0982
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Devenir trama
Ensamblajes culturales / Córdoba
Vanina Papalini, Carmen Flores y María Paula Del Prato (eds.)
Introducción
Vanina Papalini y Carmen Flores
Un libro es fruto de encuentros, desencuentros, planes y contingencias. Este libro es, además, la expresión de una experiencia que conjugó lo que sabemos, lo que sentimos, lo que queremos, lo que recorrimos, aquello que fructificó y eso que se marchitó. Es manifestación de un tiempo transcurrido y una potencia que aún late, es el efecto de una estrategia para hacer un espacio en un cruce de caminos.
De alguna manera, la descripción del grupo coincide con lo que creemos que es esa cultura a la que asediamos con un desparpajo ayuno de voluntad de poder: no se trata de doblegarla y exhibirla exánime sino de jugar. Y puesto que no se trata de una competencia ni de un punto de llegada, hemos cambiado las reglas del juego tantas veces como fue preciso. Participaron de la tarea muchas manos, muchos pies y muchos ojos. Se ha dicho de tales seres que son “monstruos” o artefactos, pero sería subsumir a Uno lo que claramente es Muchos. Legión, entonces, como una bandada de pájaros que vuela en formación perfectamente alineada y sin necesidad de límites; o máquina cuyos engranajes se ensamblaron sin un diseño previo y funciona, sin embargo, sin chirriar.
Es cierto que la Norma reclama datos, períodos, metodologías, proyectos, sistematicidad y fondos. Todo lo hicimos, porque travestirse es a veces la condición de posibilidad de la sensibilidad, y lo hicimos bien, desde una posición no hipócrita sino empática. Desde esa consideración, también podemos volver a escribir estas palabras de diferente forma:
Este libro es el resultado de un proyecto de investigación desarrollado durante siete años en la Universidad Nacional de Córdoba, por un conjunto de investigadoras e investigadores interesados en las letras, las artes y la sociología de la cultura. El núcleo central del equipo se mantuvo desde inicios de 2014 a finales de 2020. Si bien a lo largo del tiempo algunos decidieron seguir otro camino, también acogimos a nuevos participantes. Durante el recorrido compartido aprendimos, crecimos y consolidamos afectos profundos. Muchas de nosotras seguimos trabajando colaborativamente en estos temas, profundizando líneas de investigación que se abrieron durante el transcurrir del proyecto. Nos propusimos estudiar la configuración viva de la cultura, en su dinamismo, inmersos en ella: por ello Córdoba, el lugar en el que vivimos. No nos planteamos estudiar lo ajeno sino lo propio, porque la participación es parte de la estrategia metodológica. Utilizamos pluralidad de técnicas y prestamos especial atención a la autorreflexividad de las investigadoras y los investigadores.
Muchos eran estudiantes cuando comenzamos a trabajar juntos, ahora son graduadas y graduados que ya no necesitan, aunque a veces busquen, guía u orientación. Compartimos esta investigación sin un propósito estricto ni un interés restringido, ni una perspectiva teórica rígida a la cual adscribir. Aprendimos tanto a hacer investigación como a formular una perspectiva con la que nos sintiéramos genuinamente participantes y no solo observadores.
Nos interesaron distintas tramas: los autores amateurs, el teatro independiente, la performance, la literatura de circulación masiva; la edición; los circuitos alternativos y comunitarios de narrativa y poesía; la ilustración; la literatura infantojuvenil, las artes plásticas, la danza folclórica, la crítica literaria. El criterio de selección utilizado supone un principio de heterogeneidad entre las prácticas culturales seleccionadas (tanto underground como mainstream, tanto artes “mayores” como “menores”, tanto las muy consolidadas y legitimadas como aquellas de desarrollo incipiente), que es propio de nuestra perspectiva: la distinción entre campos bien delimitados y esferas impermeables es simplemente analítica, pero resulta antagónica a la forma de la vida donde todo aparece mezclado. Admiramos y habitamos los ensamblajes inesperados y los pasajes: de lo amateur a la profesionalización; de los circuitos sumergidos a la visibilidad comercial. En los pasajes suele haber regulaciones que funcionan habilitando o deteniendo el movimiento, por eso también nos interrogamos sobre el qué o quiénes del valor; cómo se produce y qué es lo que significa en la configuración cultural.
Interrogamos asociaciones complejas —interpenetración de actores y actantes— que aparecían como cifradas: la creación y sus efectores; su legitimación en circuitos específicos y las tensiones entre autonomía y mercado, profesionalización y amateurismo, bohemia e intelectualidad, industria cultural y sistema de medios, autoafirmación disidente o negociación con los criterios editoriales y productivos; es decir, los procesos de producción, circulación y legitimación. La recepción y apropiación, por su parte, fueron examinadas en relación con agregaciones tales como las que producen las tecnologías digitales de comunicación, y la constitución de grupos de aficionados o públicos, verdaderas “comunidades interpretativas”.
La polifonía que resulta coincide con la forma de expresión prioritaria de la vida. Los puntos de vista fueron múltiples; intercambiamos lugares y experimentamos tonos y modulaciones diversas. Ello se refleja en estas páginas y hasta puede llevar a la confusión de pensar que los y las participantes no formaban parte de un mismo equipo. Permítasenos aclararlo: este libro no es una compilación; es una construcción colectiva que presenta la pluralidad como un gesto antiautoritario, y la diferencia como una victoria de la coordinación.
El libro se organiza en dos secciones. La primera, “Estabilizaciones”, agrupa los capítulos de quienes decidieron quedarse en un territorio y atravesarlo en tantas direcciones como resultara posible. La segunda, “Circulaciones”, es la sección en donde se reúnen los trabajos que se abrieron a múltiples caminos, ya sean pensamientos y escritos o acontecimientos de la cultura.
“Estabilizaciones”, entonces, abre la reflexión. En el primer capítulo, “Crítica literaria y lectoras de Florencia Bonelli”, Emanuel Niño aborda la labor del crítico literario. Como entrada al tema, propone el análisis de un caso en el que se plasma la tensión que se produce entre la crítica espontánea de las lectoras de la obra de Florencia Bonelli y el veredicto del crítico especializado. De un lado, el crítico tradicional que define su papel en función de un juicio estético sobre una obra, sin poner en cuestión su valoración y afectando, por añadidura, a quienes la disfrutan. Del otro, las lectoras concretas, una comunidad interpretativa consolidada al calor de los cambios tecnológicos y culturales que han generado nuevas formas de leer la crítica y de considerar su función. Así como las lectoras de novela rosa constituyen, para algunos críticos como el retratado, los suburbios de la fruición literaria, otro tanto puede decirse de la escritura amateur en relación con la profesional. Carmen Flores, en “Escritura amateur, vivencias de su práctica” centra su interés en el mundo de estos escritores que, hayan publicado o no, lo intentan, ocupándose de formarse, de mejorar su escritura, de participar en convocatorias. A partir de su publicación en espacios abiertos a este tipo de contribuciones como el de la revista Rumbos que Flores analiza, se empeñan en una visibilización que no siempre se logra. Su capítulo propone conocer un poco más a esos autores desclasificados, cómo configuran su identidad y cómo intentan el camino de su hacer. Se trata de delinear un perfil provisorio del escritor amateur, siempre haciéndose, y reflexionar sobre la dinámica de su práctica cultural. La reflexión teórica sobre estas distinciones aparece en “Profesionales y amateurs en la trama cultural”, donde Sylvia Nasif recorre las inflexiones de ambos términos e interroga sus condiciones, las diferencias que parecen establecer ambas categorías y sus desplazamientos. Nasif se ocupa especialmente de retener la gradación de matices que se presentan entre amateur y aficionado y las variaciones que los términos adquieren en distintas lenguas. Problematiza de forma singular la configuración del profesional en los cruces de haces de legitimación: el prestigio, el rédito económico, la premiación, la pertenencia institucional.
Desde otra de las tramas que configuran la literatura, en “La edición de libros en Córdoba. Trazado de un mapa en expansión”, Lucía Coppari se concentra en las artes y oficios de la edición autogestionaria e independiente. Coppari propone un acercamiento a la actividad editorial, señalando las características de los proyectos, los catálogos y algunas de las prácticas originales de intervención cultural que las editoriales realizan. La edición pasó por distintos momentos, desde la expansión de finales de los noventa y los primeros 2000, con la progresiva aparición de nuevos sellos, la proliferación de autores y estéticas, hasta un presente menos halagüeño. Tomando otro borde de la edición, Melisa Maina se concentra en el tema de la ilustración. Tradicionalmente concebida como un componente tributario del texto, en la era digital alcanza una nueva dimensión que reclama redefinir sus funciones: liberarla de la función ornamental y plantearse la cuestión autorial. Esta nueva centralidad de la ilustración en Córdoba da lugar a discusiones muy productivas, en la búsqueda de reflexionar en torno a su estatuto y su función.
Cierra esta sección Natalia Díaz, con “Los caminos en la peña: devenires identitarios en la Trashumante”. Díaz analiza el circuito folklórico alternativo de las peñas de la ciudad de Córdoba y se detiene a examinar minuciosamente la Peña Trashumante. Se propone dilucidar los elementos que intervienen en la conformación de un ambiente peñero, qué fuerzas heterogéneas se conjugan y potencian la alianza de los sujetos para conformar ese entorno y transformarse en grupo adepto y movilizador de estas fiestas populares.
La sección “Circulaciones” comienza con interrogantes: “¿Tramas de cultura? Discusión sobre el devenir cultural”. En este capítulo, Vanina Papalini explora perspectivas para investigar la cultura en movimiento. Nutriéndose de conceptos e imágenes de Gilles Deleuze, Bruno Latour y Tom Ingold, delinea abordajes dúctiles que permitan retener la vivacidad en la investigación de la configuración cultural. Se trata de una aportación teórica desarrollada específicamente para este proyecto.
Los capítulos siguientes ofrecen investigaciones móviles, efectos de desplazamientos territoriales a través del espacio físico y del espacio virtual. Loreta Magallanes revisa el área de las artes plásticas, con eje en la incidencia del arte en las transformaciones de las tramas culturales. En “Arte, cultura y tecnología. Experiencias de artistas plásticas en la trama cultural de Córdoba”, incluye opiniones de mujeres que tienen un recorrido en el sector, focalizando en las trayectorias profesionales de estas artistas, sus procesos de inserción y participación en el circuito cultural local, experiencias que le permiten profundizar en los procesos de circulación y transformaciones de la cultura, visibilizadas en las disputas por encontrar un lugar como artistas. En “Eventos. Una experiencia de la performance en Córdoba”, María del Carmen Cabezasreleva la producción de una práctica artística no siempre fácil de definir: la performance. La inestabilidad de su definición constituye uno de sus trazos característicos. En la performance el acto creativo es la obra misma, y las huellas que pueden encontrarse (fotos, películas) no son otra cosa que índices de que ha habido un momento de creación. Cabezas se ocupa de trasmitir sus experiencias en este campo de la actividad. En “Relatos y retratos urbanos: Córdoba narrada desde los recorridos alternativos de la palabra”, María Emilia Correa y Paula Franicevich abordan algunos circuitos de producción literaria contemporánea en Córdoba considerados alternativos, en los que descubren prácticas que se vuelcan de lleno a las problemáticas locales. El capítulo propone una concepción amplia de lo literario, entendido como práctica que excede al libro en tanto objeto para insertarse en campos vinculados con distintos aspectos de lo social, lo artístico y lo estético.
Finalmente, María Paula del Prato ofrece perspectivas e interrogantes en torno al teatro independiente. Desde una mirada personal, anudada con su propia experiencia, examina su denominación en tensión con el teatro comercial y el teatro oficial. También explora sus condiciones materiales de existencia en Córdoba, prestando atención a las salas, la asistencia de público y el financiamiento de esas actividades. Recuperando el sentido primigenio del teatro griego, regresa sobre el teatro como experiencia para atravesarlo con nuevas inquietudes.
Hasta aquí los papeles que hemos podido fijar en este libro. Ha habido otro: apuntes, bitácoras, borradores, registros, que no se dejaron atrapar en este volumen que es un libro, pero es también una carta de amor y una despedida. Agradecemos a las lectoras y los lectores que quieran recorrer sus páginas, que quieran jugar nuestro juego. Quizá encuentren palabras que resuenen y den pistas. No pretendemos saber; solo quisimos aprender. Que significa, básicamente, dejarnos atravesar por la experiencia compartida. En un mundo que acumula, dejamos que estos escritos en movimiento rueden más allá.
Estabilizaciones
Los capítulos incluidos en esta sección adhieren a las posiciones políticas expresadas a través de la utilización del lenguaje inclusivo. Sin embargo, para facilitar la comprensión de lectores no familiarizados con este uso, los términos se propondrán indistintamente en masculino o femenino, sin necesariamente remitir a cuestiones de género.
CAPÍTULO 1
Crítica literaria y lectoras de Florencia Bonelli
Emanuel Niño
Introducción
En la película El atlas de las nubes (Cloud Atlas) hay una escena memorable.1 Dermot Hoggins –protagonizado por Tom Hanks– es un escritor menor que ha sido invitado a la “Noche de los Premios Limón 2012” (The Night of Lemon Prizes 2012). En la escena discute con su editor y le pide explicaciones: por qué su libro no se está vendiendo como él esperaba. Este le advierte que Sándwich de nudillos (Knucle Sandwich) aún no ha encontrado a su público. Pero Dermot halla otras razones: el crítico Felix Finch, presente en la gala, ha realizado una pésima reseña sobre el libro en su revista literaria. Luego saca un recorte del bolsillo y lee: “El señor Hoggins debería pedir perdón por los árboles talados para esta, su pomposa auto-bio-novela. Cuatrocientas páginas repletas de vanagloria que expiran con un final insípido e inútil, hasta decir basta”. Su editor le dice que no haga caso a la arrogancia del crítico, que ellos leen con prisa y nunca prudentemente, pero a cambio recibe un contundente. “¡Qué se joda!” Dermot Hoggins termina arrojando a Felix Finch por el balcón del edificio. La película muestra, en su secuencia siguiente, cómo Sándwich de nudillos se transforma en un éxito de ventas: aparece la imagen de un periódico sensacionalista con el rostro de Dermot, y la leyenda Writer 1, Critic 0. La escena reproduce a la perfecciónel imaginario colectivo: el crítico es alguien que ejerce su oficio con conflictividad y dureza (Slavinsky, 1994:241).
Tal vez el concepto más adecuado para describir los fenómenos a los que aludiré sea el de periodismo cultural. Podríamos definir a este último como “la forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación” (Tubau en Ammann, 2000:43). Sin embargo, prefiero hablar fundamentalmente de crítica literaria, porque tiene un matiz de tensión (Slavinsky:1994) que no está en el primero. De lo que hablaremos es de la crítica literaria periodística y no la de naturaleza académica.
La crítica es una rama más del árbol de los estudios sobre la literatura. En el reparto de voces del fenómeno literario, la palabra del crítico es una institución de no poco peso. En cualquier diario prestigioso habrá seguramente un suplemento cultural en el que hallaremos reseñas y comentarios de libros. El público que consume esta sección del periódico suele tener una instrucción relativamente alta (Barei:1999). Beatriz Ammann se pregunta cuál es el concepto de cultura que tiene el periodismo cultural, y llega a la conclusión de que se refiere “a una concepción de cultura ilustrada, letrada y elitista restringida al campo de las bellas letras y las bellas artes”. Bajo esta premisa, géneros menores como la novela romántica solo podrían ingresar a sus páginas como objetos de estudio o de interés publicitario.
El crítico no solo informa, también interviene. Es un mediador entre el creador de la obra y el receptor, interpreta y propone, juega el papel de guía (Slavinsky, 1994:238). Es, de alguna manera, el que tiene la función de encontrar la “esencia” de lo literario y desde allí justifica su labor (Jauralde Pou, 1984:307). Por otra parte, también es un rol intrínsecamente comercial: su opinión tiene efectos de mercado y oficia como “propaganda” en ciertos circuitos (Irazábal, 2006:21).
El propósito de este capítulo es explorar el papel de la crítica literaria en la circulación de las obras, pero también en el juicio de los artistas y lectores. Para dicho fin, tomo como fundamento el análisis documental, la reflexión bibliográfica y el registro de algunas experiencias; una en particular, en donde fui testigo (y partícipe indirecto) del proceso de gestación de una nota cultural cuyos efectos sobre el público retratado intentaré describir.
El crítico, el investigador y las lectoras
Mayo de 2013. Enterado de mi actividad como investigador del boom de la novela romántica, el columnista de La Voz del Interior Flavio Lo Presti se comunicó conmigo por teléfono. El motivo era que Revista Ñ (perteneciente al diario Clarín) le había pedido un artículo sobre Florencia Bonelli, de cara al “Primer Encuentro de Novela Romántica” y, un poco desorientado sobre la obra de esta escritora, recurrió a mí para pedir otra mirada. Asentí. Como la nota de Lo Presti debía contemplar al menos algunos aspectos de las lectoras del fenómeno “bonellista”, me solicitó le facilitara un puñado de testimonios que recolecté del grupo de Facebook Mundos de papel, comunidad virtual de lectoras de este género. Dado que en mis anteriores trabajos de campo había trabado buena relación con varias de ellas, tenía la posibilidad de obtenerlos gracias a una relación fundada en la confianza.
No todas las lectoras ni todos los lectores constituyen comunidades virtuales, y esta es una característica significativa a explorar. La noción de comunidades virtuales retoma y adecua al entorno digital el concepto de comunidades interpretativas de Stanley Fish. Entendida como un grupo donde los sujetos forman parte de tramas relacionales en las que pueden construir identidades lectoras (Papalini & Rizo, 2012:10), el concepto sugiere la idea de que la literatura de circulación masiva puede generar experiencias colectivas de sociabilización y “puesta en común” (Papalini & Rizo, 2012:19) donde, entre otras cosas, existe la posibilidad de compartir presencialmente esa experiencia lectora.
Dos de las integrantes de Mundos de papel se habían entrevistado previamente con Lo Presti en un bar céntrico. No fui yo quien hizo el nexo entre ellos, pero conocía personalmente a ambas entrevistadas, ya que había compartido con estas personas una “Reunión bonellista” en diciembre de 2011. Una es Constanza,2 administradora de la página de Roger Blackraven en Facebook3. La otra entrevistada se llama Rocío. Tal vez todo esto haya sido una mera anécdota, pero el episodio en sí echaba algo de luz sobre una “situación cultural” (Slavinsky, 1994:235) de la que pocas veces tenemos información: el pacto de confidencialidad, el “detrás de escena” de cómo se gesta una crítica literaria.
Conocía al crítico, había podido ver algo de su proceso de escritura; conocía también a las lectoras: había frecuentado las redes que articulaban a esta comunidad y participado en algunos de sus eventos; por cierto, eran muy particulares, ya que (para bien o para mal) el periodismo cultural se había empezado a preguntar quiénes eran estas mujeres que “reventaban” auditorios enormes en la presentación de un libro, algo a todas luces inusual.4
Pero algo hizo reflotar aún más mi interés por este asunto. El domingo 10 de enero de 2016, un artículo escrito por el periodista Daniel Gigena para el diario La Nación llamó mi atención. Se titulaba “Novela sentimental: cuando la historia argentina se tiñe de color rosa”. En él advertí este fragmento: “( ) Flavio Lo Presti, narrador y crítico cordobés, relató en su nuevo libro (Yo escribo mucho peor) los ataques que tuvo que soportar5 de las fans de Florencia Bonelli cuando osó criticar las novelas de la autora, escritas según él en un estilo infantil” (Gigena: 2016).
Y para mi sorpresa, encontré otra nota en la que el propio Lo Presti recordaba el incidente:
En un tiempo sentía que se me iba la vida en defender esas ideas (vagas, confusas) en media página de un diario, y así ejercía la crítica. Después venía el después de apretar send, cuando me arrepentía de todo y no podía dormir pensando que las lectores de Bonelli iban a venir a prenderme fuego (Zamorano: 2013).
Algunos años después de aquel escrito periodístico, me pareció interesante darles voz a estos actores, para que cada uno lo rememorara a su manera. En un bar me encontré con Rocío, quien tiene actualmente 28 años. Se desempeña como oficinista de una empresa constructora y está cursando la carrera de Letras Modernas. Cuando le propuse hacer la entrevista accedió, sin mayores reparos. Algún tiempo después, me reuní con Flavio. En su casa charlamos cómodamente durante unos 45 minutos. El contrapunto de ambas entrevistas agrega riqueza al análisis que emprendo.
El interés de este capítulo es analizar y comprender mejor la cultura literaria pensada como un circuito en el que la relación cuenta, y mucho. Por ello la intención no es trabajar sobre la crítica literaria en sí como constructo fenomenológico y teórico, sino acercarse a sus aristas por medio del estudio de un episodio particular, sin pretender generalización alguna. No obstante, el análisis de la trama puede ayudar a entender algunos de sus nudos.
La secta de la novela romántica (polémica sobre las lectoras)
El sábado 16 de junio de 2013 salí temprano al kiosco de diarios y revistas para obtener mi ejemplar de Ñ. Cuando volví, abrí el suplemento. Allí estaba. Dos páginas. Justo en el centro. El nombre era maliciosamente sugerente: “La secta de la novela romántica”. Y el copete no era mejor: “Un implacable crítico literario se sumerge en el universo ficcional de Florencia Bonelli, una de las autoras que es referente del género, para desentrañar cuál es el secreto de su éxito”6 (Lo Presti, 2013:16). Con avidez empecé a leer:
( ) y la razón de la lectura de Bonelli era clara: cuando la leía, su matrimonio registraba un golpe térmico debajo de las sábanas. Así, el estereotipo que había barajado en un par de conversaciones tenía su confirmación: mujeres con la vida aflanada la usaban como combustible, en un movimiento erótico que podía asociarse con el boom del “porno para mamás” (Lo Presti, 2013:16).
Veraz o forzado, ese estereotipo de lectora de novela rosa aún se mantiene en el imaginario colectivo: suele ser una mujer solitaria (o a veces casada, pero insatisfecha emocional y sexualmente) que no encuentra correspondencia sentimental. La literatura aparece entonces como una suerte de “opio” o elemento imaginativo que le provee fantasías inalcanzables en la vida real. A ello se le atribuye su éxito comercial. Los libros les propinan una agradable ensoñación, un tranquilizante. Madame Bovary —obra de Gustave Flaubert— es el arquetipo de lectora que encuentra en estas novelas una forma de desatar sus propias fantasías. Tengamos en cuenta su final en la ficción, pues termina suicidándose no porque se haya encontrado irremediablemente en la soledad, sino porque los amores que encontraba en la realidad no estaban a la altura de los que hallaba en los libros (Litteau, 1998:119).
Para Rocío, las observaciones en la nota sobre la vida sexual de las lectoras de Bonelli excedieron lo que el crítico estaba “habilitado” a decir, y fueron una enorme transgresión ética que tergiversaba y ofendía a quienes colaboraron con él.
Lo Presti retrató a las entrevistadas:
A Rocío y a Constanza, Caballo de fuego les gusta menos que El cuarto arcano: les seduce menos su protagonista que el Roger Blackraven al que le ponen el cuerpo en Facebook. En cierto sentido, las chicas son lectoras bovaristas del mundo de Bonelli: creen que los hombres deben ser como sus protagonistas, y cuando les pregunto si tienen novio me dicen que no, pero después se miran y acuerdan; Roger es una especie de novio. “¡Con el tiempo que le dedicamos a la página!”. Las dos han reorientado sus vidas en base a Florencia Bonelli (Lo Presti, 2013:16).
En sus consideraciones, Lo Presti omite toda consideración sublime o romántica del amor como comunión de espíritus (Giddens, 1992:30) que muchas veces las lectoras adjudican a estas novelas. Rocío destaca otro aspecto: las obras de Florencia Bonelli son un buen dispositivo para pensar y expresar el deseo y la sexualidad femenina:
A ver, por ejemplo, el marqués de Sade. Hola, ¿qué tal? ¿Vida aflanada? ¿Porno para mamás? Daaaale, muy machista ( ) las novelas tienen peso y un trasfondo psicológico importante y erótico, y la gente lo usa para jugar con la imaginación. No hay órgano más importante para el sexo que el cerebro, ¿qué tiene de malo? ¿Por qué utilizarlo como un descalificativo? No he reorientado mi vida en base a Bonelli como dice él, no soy ninguna bovarista.
El “bovarismo” es una designación que opera como una forma de ofensa moral, y llegó a considerarse una patología. Karin Litteau habla de “los peligros de la lectura” como un dispositivo de saber, propio de los siglos XVIII y XIX, en el que la demasiada lectura podía poner en riesgo la salud. La “sobreidentificación” (que solían tener las mujeres) fomentaba el ensimismamiento, dejándolas al borde de la enfermedad mental (Litteau, 2008:45). Justamente, el ejemplo más fuerte que cita de lector pasional es Madame Bovary.
Frente al estereotipo, Rocío protesta vivamente. También reacciona frente a lo que considera una deslealtad: el quebrantamiento del compromiso implícito en la relación del periodista con su fuente:
Vos imagínate que yo le conté a toda mi familia que iba a salir en la Ñ; cuando leyeron el artículo dijeron: “Ahhh, pero te trató de tonta” ( ) resulta que este hecho se lo comenté a Florencia Bonelli, y ¿sabés qué? Me dijo que hace unos años a ella le hicieron exactamente lo mismo, que tergiversaron todo lo que había dicho. Por eso, a partir de ese momento, se negó a hacer una nueva entrevista con esa revista.7
Si la novela romántica está por fuera de la centralidad cultural en materia literaria, ¿por qué el fenómeno “bonellista” le había resultado llamativo a un medio como Ñ? El crítico contesta:
Esa nota la propuse yo. Me daba mucha curiosidad saber qué pasaba por la cabeza de las lectoras de una escritora como Florencia Bonelli. Yo había hojeado alguno de sus libros, su prosa me parecía horrorosa, como alguien que desconociera la historia de la literatura, digamos, pero al mismo tiempo me daba cuenta de que algo tenía que suceder como para que tuviera tantas lectoras. Quería exponerme8 a esos libros, entonces propuse la nota en Ñ ( ) y justo venía el festival de novela romántica.
Rocío remarcó que las dificultades de la nota de Lo Presti comenzaron desde la utilización de los medios de registro empleados: “( ) él tomaba apuntes, nunca nos grabó. Yo creí que nos iba a grabar. Nos citó para hablar del boom de Bonelli y nos terminó llamando una secta. Esa era la idea, lo trastocó todo. Me sentí ninguneada”. La descalificación, ejercida en el espacio público, es doble: tanto sobre el gusto de las lectoras (y las presunciones que convierten tanto al género como a sus fruidoras en un “tipo” sociológico particular) como sobre la obra de una autora específica.
Flavio admite que no grabó porque no lo consideró necesario, pero aclara que el título no fue de su autoría. El editor fue, según él, el que se arrogó el derecho de “bautizar” la nota:9
( ) no lo puse yo, es una prerrogativa de los editores que se permiten hacer cambios en los textos. Coincido en que me pareció un poco violento y no reflejó del todo el contenido del artículo, pero por otro lado creo que la reacción de las lectoras de Bonelli muestra una falta de sentido del humor culposa. Esas dos chicas pueden haberse sentido afectadas por la manera en las que yo presenté sus personas, y hubiera estado dispuesto a pedirles disculpas.
Lo Presti reconoce que la metáfora de “secta” para una comunidad virtual de lectoras resultó excesiva, y seguramente ameritaba un concepto más moderado. Tal vez en este término insertado por la “mano invisible” del editor se condensa el cúmulo de tensiones de este caso de estudio, ya que para el que está fuera de la secta ser miembro es una experiencia alienante y autodestructiva; mientras que, para el que está dentro, es algo cercano a la contención de una gran familia. En el medio, un sinfín de matices.
El espacio llamado “Carta de lectores” (que mucha prensa gráfica aún posee) históricamente funcionó como mecanismo de relación del público con el medio; pero también era (y aún es, aunque menos) un recurso que los lectores tienen para hacer observaciones, reclamos y valoraciones de diversa índole. En el formato impreso tradicional, había que esperar hasta el próximo número de la revista o el suplemento. Hoy, en cambio, la fragmentación y dispersión de la palabra en Internet ha dado la oportunidad a los lectores (como individuos pero también como grupo) de “levantar la voz” en un tiempo mucho más inmediato, en una lectura que puede tornarse defensiva y donde el pretendido poder de los medios de comunicación tradicionales se resiente.
Las lectoras de Bonelli no accedieron a la “Carta de lectores” de Ñ, pero tuvieron las redes para quejarse, para dar su mirada, para exponer su perspectiva. Dice Rocío: “Hubo un descargo en las redes sociales, en Mundos de papel. Se indignaron todas las chicas con él. Las mujeres somos de temer, la traición es tremenda. Si esto ocurrió fue por los términos que utilizó refiriéndose a nosotras”.
El crítico —en tanto profesional de la palabra escrita que redondea un sueldo para sobrevivir— subraya que lo que le resultó más indeseable de toda la situación fue que creyó podría afectarlo en lo laboral, cosa que finalmente no ocurrió:
En un momento estaba reparanoico porque las lectoras le querían escribir una carta documento al diario ( ) cualquier perturbación en tu trabajo es amenazante, como que el quilombo que iban a generar me iba a bloquear oportunidades de trabajo. Esa sensación no me gustó.
Para Arfuch (2005), no hay identidad por fuera de la representación. Contrastar la representación descalificadora del crítico permite asomarnos a lo que significa ser una “bonellista” desde el punto de vista de Rocío:
Somos “bonellistas” como ahora son todas “cristinistas” por Cristina Bajo, “riveristas” por Viviana Rivero. “Bonellista” porque somos un grupo que sigue desde hace años los libros de Flor, pero más bien es el pretexto para juntarse a tomar algo. No hacemos ritos satánicos. Lo armamos nosotras. Nos recomendamos libros, pero no solo de Flor, de dos millones de autores más.
Identidad de autoras y lectoras del género rosa
Ser “bonellista” implica una cercanía con la autora y no solo una afición particular. Cuando Lo Presti entrevistó a estas mujeres, lo hizo en su carácter de lectoras; pero actualmente, Rocío es también una escritora. La editorial cordobesa Tinta Libre publicó Medio Príncipe, su novela, así como también su continuidad: Medio Loba. El libro se comercializa en librerías de Córdoba y Buenos Aires, y a través de plataformas de venta en línea.
El vínculo entre las autoras y las lectoras del romántico se parece muy poco a la relación que hay en zonas menos periféricas del campo literario. Muchas lectoras conocen personalmente a las escritoras, tienen sus números de teléfono y pueden escribirle a su casilla de mail. Y reciben respuesta. Otra opción es juntarse a tomar el té en alguna confitería.10
En el Facebook oficial de Florencia Bonelli puede reproducirse el siguiente video: una entrevista “entre amigas” que se produjo el sábado 15 de noviembre de 2019. De un lado se encontraba Florencia Bonelli; del otro, Rocío. ¿Cómo se explica que una escritora que hace sus primeras armas pueda entrevistar a otra que lleva tres millones de libros vendidos? La respuesta es simple: se debe a la relación que se gestó entre ellas y que nutre como savia el fenómeno “bonellista”.
Al compartir la platea con las lectoras de Bonelli, Rocío encuentra algo facilitada una de las tareas más complejas del éxito literario: la constitución de un público (Sarlo y Altamirano, 1983:69). Es decir, si consideramos que hoy su página de FacebookNovelas con café, Rocío Bescós cuenta con más de un millar de seguidoras con las que guarda una estrecha relación de amistad real y/o virtual, ya tiene un número interesante de personas que pueden acceder a su novela vía web o ir a comprarla a la librería.
La relación cambia, el eje se desplaza. Rocío ya no es más una “bonellista” o en todo caso ya no es solo eso, sino que comienza a ser una escritora, una colega; por ende se ha “ganado” el derecho de ser la entrevistadora de su amiga famosa y admirada. Este apadrinamiento e intento de darle un impulso a la carrera de la joven novelista es más que un buen gesto, y muestra que los lazos de solidaridad que se plantean entre lectoras y escritoras del romántico son realmente fuertes.
Hay un ideal de autor o autora que se resume en un perfil modesto, familiar, amistoso, que sostiene la expectativa de un acercamiento imaginario o real con sus lectoras. Ese pacto se cumple a la perfección: la escritora es un espejo de su lectora y la escritora es un espejo de otra escritora; es su par, su amiga, conoce mucho de sus sentimientos y deseos.
La lectura del romántico ha sido vista como un rito, una máquina de formación femenina que dotaba a las mujeres de “identidad sentimental” y las preparaba para la maternidad y el matrimonio (Martínez Garrido, 2000:530). Muchas intelectuales feministas se pronunciaron, en general, argumentando que este estereotipo de amor romántico reproduce prácticas y costumbres de una sociedad patriarcal, invisibilizando otras formas de relación y reproduciendo maneras desiguales de sentimiento entre los géneros.
Los relatos catalogados como “rosa”, sin duda desvelarían a muchas autoras del paradigma feminista, ya que los relatos tienen final feliz, concluyen en matrimonio, la mujer cumple el rol de madre/esposa, su entrega al hombre es total, la heterosexualidad es obligatoria, la pareja es monógama.11 Esto mismo es lo que Flavio cuestiona:
Como en la serie anterior, encontramos los tropiezos formales e ideológicos de Bonelli: el símil “libre como el viento” nos ilustra acerca de sus insistencias estilísticas, y las escenas de sometimiento femenino remachan su convicción de que las mujeres están para ser dominadas y completadas por una mitad masculina y fuerte (Lo Presti, 2013:17).
Esta lectura es, desde luego, válida; y ha sido señalada como unos de los flancos ideológicos más conservadores de la novela romántica. Janice Radway (considerada la iniciadora de los trabajos etnográficos sobre esta literatura) señalaba en la década de los 80: “La novela rosa finalmente deja sin cuestionar el derecho masculino a dominar las esferas del trabajo público, la política y el poder ( ) evita cuestionar las bases institucionalizadas y el control patriarcal sobre las mujeres” (Radway 1984:148).
Pero también es cierto que los cambios culturales en materia de género han sido vertiginosos, por ende hoy empieza a existir una “lectura otra” de estos textos, en la cual su consumo no necesariamente implica un acto concesivo por parte de las mujeres, sino que y por el contrario, mediante ellas se exige igualdad y se reclama empoderamiento,12 empezando así a querer posicionarse en el plano de la arena política: “Seguramente la novela romántica no está en la vanguardia de la lucha feminista, pero tampoco está tan distanciada como puede parecer” dice Gabriella Margall (Marajofsky: 2015), autora de El secreto de Jane Austen, entre otras novelas exitosas.
Si pensamos que el romántico es un espacio comercial dentro de la industria editorial dominado casi exclusivamente por mujeres, si tenemos en cuenta que se intenta legitimar como dispositivo discursivo de la sexualidad femenina y si consideramos que muchas lectoras aseveran que ya no las van a leer a escondidas o forrándole las tapas (como tal vez lo hacían hasta no hace muchos años) hay razones para al menos considerar que esa lectura ha cambiado o ha empezado a tener algo de anacrónica.13
La propia Florencia Bonelli se pronuncia al respecto: las novelas ya no deben ser un placer culposo, hay que barrer con ese cliché erróneo y obsoleto. Parte de su legitimación pasa ahora por ser un dispositivo de exploración del deseo; dentro de ese marco, la lectura puede generar cambios en la intimidad.14
Stuart Hall dice que las audiencias pueden decodificar opuestamente al código cultural hegemónico creándose “malentendidos” (Hall: 1980). El proceso se lee así: la construcción de un orden cultural dominante —que existe en todas las sociedades— supone el establecimiento de “significados preferentes” que van construyendo el sentido común. Pero en la “decodificación” pueden generarse “malentendidos” cuando los receptores no interpretan el significado del mensaje tal cual intentó ser transmitido. No se trata de significados aberrantes, sino de apropiaciones que tienen que ver con matrices culturales de clase y que pueden ser pensadas en términos de resistencia. Las comunidades virtuales de lectoras en Internet se conforman como espacios de intercambio, y tienen la capacidad de generar ese tipo de significados propios de culturas menores o marginales.
Prejuicios y controversias
En anteriores trabajos de campo, pude comprobar que el capital cultural que tienen estas lectoras (al revés de lo que se cree) no es pobre. En su mayoría son mujeres que han accedido al menos a estudios secundarios, pero también hay muchas profesionales de distintos rubros. El grueso no proviene de sectores populares, como concluía, por ejemplo, Joëlle Bahloul refiriéndose a las lectoras francesas:
( ) es sobre todo en los niveles bajos de instrucción donde se identifica la lectura exclusiva o selectiva de novelas sentimentales: la novela sentimental es a las mujeres poco instruidas de clases populares lo que los textos sobre deportes a los hombres con diplomas menores de las mismas clases sociales (Bahloul, 2002:97).
Es queel imaginario dictamina que estas lectoras, que realizan identificaciones tan lacrimógenas y sentimentales con las obras literarias, provienen de estratos sociales bajos; pero, como dice Bernand Lahire, los estudios superiores no garantizan nada: los lectores diplomados hacen lo mismo que los de extracción popular: lloran y ríen a la par de sus héroes y heroínas de papel (Lahire, 2004:183).
El tipo de goce que plantean es otro: defienden una postura que podría enmarcarse dentro de una mirada antielitista en materia cultural y libresca (Cabello:2008). Para Rocío, el placer del libro y la lectura no son solamente una prerrogativa de los grandes escritores:
Creo que es tanta la masividad que por ahí es mucho pedir entender que no es pecado no tener el gusto literario “intelectual”, y que tal vez la gente solo quiere una novela rosa para divertirse o emocionarse, en vez de estar dos horas viendo tele. No valoran que las personas agarren un libro. Como tienen ese nivel superior, de nariz parada, te miran por arriba y te critican porque no lees a Galeano o a Sábato, que la novela rosa es para amas de casa ( ) es literatura, no deja de ser literatura.
También con anterioridad, había podido notar que algunas “bonellistas” se encontraban en dificultades cuando se topaban con obras del circuito literario culto. En mis entrevistas con ellas, había registrado que autores como Gabriel García Márquez resultaban algo problemáticos debido a las manera de narrar. También que géneros como la lírica, la dramaturgia o el ensayo eran escasamente cultivados. En general, las “bonellistas” son lectoras de novelas, pero dentro del género no necesariamente excluyen de sus obras preferidas a escritores del más estricto canon literario; por eso se mueven por zonas más variadas del espectro literario de lo que puede presuponerse.
Flavio, con buena intuición, da en el clavo cuando sospecha que el referente histórico de la trama de las novelas de Bonelli cobra una importancia central. La información y el clima histórico jerarquizan la narración, y las lectoras sienten que pueden extraer aportes a lo que podríamos llamar su cultura general. La gran mayoría de las autoras de estas novelas no son historiadoras (aunque muchas veces, en sus declaraciones, se construyen casi como tales). Más bien, son escritoras bien documentadas, que nos llevan de una página a otra con cierto ritmo, transitando los avatares históricos a lo largo de la trama.
Para el crítico, la apelación a estas fuentes —y la investigación que conlleva—no alcanza: la novela romántica es un producto chato, aunque tal vez puede rescatarse su componente imaginativo:
Capaz que la hiperhistoricidad es atractiva para un lector menos entrenado. En un punto hay una suerte de delirio imaginativo que si uno se sacara las anteojeras con las que clasifica todo, podría poner en la misma estantería a César Aira con Florencia Bonelli ( ) porque hay una imaginación, una forma de enganchar al lector; de todos modos son poco sofisticadas y un poco torpes: son lineales, reiterativas y fundamentalmente están mal escritas. Hay una prosa que desconoce la historia del castellano.
Durante las entrevistas realizadas, las posiciones de uno y otro entraban en colisión. Sin embargo, hubo un punto donde se acercaron mucho; podría resumirse así: los dolores y el esfuerzo que acarrea el escribir ficción, es decir, el forjarse como escritores.
Rocío afirma que en la escritura hay algo del orden de la intimidad y el pudor; someter esa dimensión al examen inquisidor de la crítica puede generar inseguridad, porque esta no siempre devuelve una mirada otra, sino lisa y llanamente una agresión (Alatorre, 1973:5):
Me encantaría ser la nueva revelación de Córdoba. Una sueña ( ) cuando escribís mostrás un pedazo de tu alma y te exponés, porque son cosas que te pasaron, son tus sueños y fantasías. De repente está todo plasmado ahí. Es algo muy mío y pienso: ¿estoy realmente dispuesta a que me lo critiquen?
Flavio pone el acento en las diferentes experiencias de escritura que conllevan la crítica y la ficción:
En mi caso funcionan casi como dos seres humanos separados. Cuando escribo ficción, tengo una posición. Cuando escribo crítica, soy casi otro tipo: mi prosa es más analítica. ¿Cuál de los dos soy realmente? No lo sé ( ) La ficción escrita por un crítico generalmente es mala, salvo que seas Piglia, pero yo no voy a juzgar mis libros. Que lo hagan otros.
Una lectora del género romántico consume en promedio cinco libros al mes, transformándose así en un género que hoy representa una quinta parte de la industria editorial en Argentina, para “horror del esnobismo literario” (Wajzczuk:2013). Miriam Molero hace referencia a lo poco que sabe el periodismo cultural sobre la literatura romántica (Molero: 2014) y llega a preguntarse si efectivamente alguna vez la crítica definió el gusto literario o si, por el contrario, van por carriles diferentes.
Rocío lo plantea de esta manera:
Hoy está la Biblia junto al calefón. Te lo ponen como figura de la cultura a Marcelo Tinelli y me venís a criticar un libro de Bonelli. No hay congruencia, no cierra por ningún lado. Una tipa que te hace toda una investigación histórica: Caballo de fuego te plantea todo lo que es el problema de los atentados, el problema de Congo con el conflicto del coltán, y el problema de la Franja de Gaza. Es una tipa que tiene mucha investigación.15 Te puede gustar o no, pero no por eso me va a venir a decir Flavio Lo Presti que no vale el libro. O sea ¿quién sos?
Flavio, por el contrario, defiende cierta pulsión de orden y jerarquía en lo cultural y literario (Barei, 1999). A un autor no puede juzgárselo por meros criterios de mercado e investigación. La calidad literaria es otra cosa:
Ellas suponen que la ignorancia del medio con respecto a Bonelli es una injusticia, lo cual es muy arrogante si pensás que hay gente que se pasa la vida estudiando literatura y ha leído a muchísimos críticos. ( ) Tienen un componente altanero. Por otra parte, la ignorancia mía fue no entender que a ellas les pasaba eso. Me pareció que hubo un malentendido de las dos partes, y también que ellas creen que lo que les produce Bonelli a título personal es suficiente para defender su valía como autora.
Para Rocío, las horas que un lector dedica a la lectura son por sí mismas beneficiosas, ya que sirven para alcanzar un nivel de lectura expectable y así no acarrear las consecuencias indeseables de la apatía lectora (Papalini, 2012). Y prosigue: lo que pueda decir un crítico de un medio grande y prestigioso no define ningún espacio de saber, ni es vivida su palabra como una institución de orden.16 “No leo reseñas. No me gusta no tener mi propio criterio.17 Lo que me gusta, me gusta a mí. Así como no te juzgo un libro por su portada, tampoco te juzgo un libro por una crítica que le haya hecho otra persona”.
Es cierto que muchas veces existe una relación amor-odio de los escritores con la crítica (Nitrihual Valdebenito, 2014), porque si bien a nadie le gusta ser juzgado con dureza, ciertamente que se hable de alguien como autor instala su presencia en los medios de circulación masiva.
También así lo siente Rocío:
El escritor le teme al crítico porque cuando escribe se expone, y exponerse a eso debe ser duro, pero cualquier lector es un crítico. Todos somos críticos. El vínculo lector-escritor implica una crítica siempre. Me gustó, no me gustó ( ) no creo que tenga más poder que el que una le concede, pero sí sé que puede intentar dejarte en la lona. Es impredecible, no sabés con qué te puede salir.
Flavio asevera que, en tanto crítico, se deshace por completo de cualquier elemento de simpatía o antipatía hacia el autor. Lo suyo no es apadrinar escritores regalándole una buena reseña (Tobena: 2014). Tampoco se trata de hacer un mero trabajo descriptivo de las obras literarias; fundamentalmente lo que justifica su escritura es una concepción “impresionista” de la lectura (Gómez Goyeneche, 1992:35):
Para hacer una crítica hay que encontrar en el libro que estás leyendo elementos que te permitan hacer pie. Pensar qué idea la va a vertebrar. Yo tiendo a tener un plan de forma. Deben ser los párrafos solidarios con una idea central que estructure todo. En general trato de evitar reproducir el argumento de los libros; intento hacer, a lo Barthes, una escritura. Las razones por las cuales me gustó o no un libro deben remitir a un pensamiento estético general.
Cuenta, además, cuáles habían sido sus fallidas expectativas, y deja en claro que su intención no fue ofender a nadie. Finalmente da su veredicto: “Yo pensé que se iban a reír y no pasó. Lo que ocurrió fue una cosa totalmente distinta, un enojo muy grande que para mí fue un índice del tipo de personas que son. Intolerantes y violentas”.
No habla de dureza, pero sí de arrepentimiento; y considera que el suyo es un trabajo que debe ejercerse no con malicia, sino fundamentalmente con intuición; además, desde su óptica, poco tiene para aportar la ciencia de la literatura, ya que la incorporación de elementos teóricos queda relegada a un segundo plano:
Hay alguna crítica dura de la que me puedo arrepentir, de todos modos siempre me divirtió mucho hacerlo ( ) ya no leo con indulgencia a nadie, si querés me envías tu libro y si querés no.( ) La crítica para mí es algo intuitivo y casuístico, cada texto tiene otro que le responde. Por ahí hay algún rudimento de la teoría que aparece y me ayuda, pero no es lo central. Creo que mi teoría literaria soy yo, pero no yo como yo mismo, sino en el sentido de las lecturas que me conforman, los intereses que han movido como lector, etc.
Para Rocío, la crítica es una salida poco ética para obtener dinero de la literatura, y expresa cierta naturaleza parasitaria (Jauralde Pou, 1984:306). En definitiva, el crítico es un escritor frustrado que siente recelo de aquellos que trabajan y triunfan con la pluma.18 Cuando le comento que Flavio Lo Presti editó su libro de ficción me dice: “Jaja, ni loca lo compro. ( ) Bueno, que siga haciendo plata gracias a nosotras y que hasta ‘Bailando por un sueño’ no pare”.
Consideraciones finales
En el proceso de búsqueda bibliográfica para este artículo, he encontrado escritos que cuestionan la forma en la que se constituye el campo literario. Por ejemplo, Verónica Tobena, en “¿Vale todo en la literatura? El juego del campo literario argentino”, analiza cómo se discute el canon nacional entre los años 2003 y 2010, y dentro de ese contexto, se interesa por el rol que cumplen los suplementos culturales como Ñ, Perfil, Radar y los blogs. Tobena deja entrever que hay implícitos, es decir, reglas no escritas del oficio literario a las que termina llamando “tráfico de favores entre escritores y críticos”. Los criterios —siempre a su juicio— con los que el campo literario sanciona lista negras y erige cuadros de honor son poco transparentes, lo que la lleva a preguntarse: ¿es realmente el libro la carta más valiosa de un escritor?
