Diario (1887-1910) - Jules Renard - E-Book

Diario (1887-1910) E-Book

Jules Renard

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Beschreibung

Jules Renard quiso ser escritor, quiso exorcizar su infancia, quiso ser creativo, honesto, laico, moralmente intachable, sin ser anodino. Pero, ay, los círculos parisinos del siglo XIX valoraban obras maratónicas, y Renard apenas lograba algunos cuentos y obras teatrales de indudable gracia pero distantes de semejantes parámetros bibliométricos. Solo tras su muerte, con la publicación de su Diario, se reveló la dimensión de su talento. Allí, desde los 23 años y hasta su muerte, Renard anotó pensamientos, aforismos y observaciones que hoy siguen sorprendiendo: "Entre mi mente y yo siempre hay una capa que no puedo penetrar". Entre el campo y París, entre la Comedia Francesa y su granja, Renard recrea su mundo con ironía y afecto quirúrgico: su esposa, su criada, sus vecinos, los grandes escritores de su tiempo e incluso su madre, con quien tuvo una relación como mínimo tirante. La selección que aquí presentamos, prologada por María Gainza, reúne esas oraciones que buscan la intensidad de lo breve, la frase justa que ilumina un instante y lo hace perdurable. En cada anotación Renard nos recuerda que la literatura puede ser íntima, portátil y profunda, y que un diario no solo registra la vida, sino que la transforma.

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Seitenzahl: 257

Veröffentlichungsjahr: 2025

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No se leen los clásicos por deber o respeto, sino por amor. Italo Calvin

Jules Renard quiso ser escritor, quiso exorcizar su infancia, quiso ser creativo, honesto, laico, moralmente intachable, sin ser anodino. Pero, ay, los círculos parisinos del siglo XIX valoraban obras maratónicas, y Renard apenas lograba algunos cuentos y obras teatrales de indudable gracia pero distantes de semejantes parámetros bibliométricos. Solo tras su muerte, con la publicación de su Diario, se reveló la dimensión de su talento. Allí, desde los 23 años y hasta su muerte, Renard anotó pensamientos, aforismos y observaciones que hoy siguen sorprendiendo: “Entre mi mente y yo siempre hay una capa que no puedo penetrar”. Entre el campo y París, entre la Comedia Francesa y su granja, Renard recrea su mundo con ironía y afecto quirúrgico: su esposa, su criada, sus vecinos, los grandes escritores de su tiempo e incluso su madre, con quien tuvo una relación como mínimo tirante.

La selección que aquí presentamos, prologada por María Gainza, reúne esas oraciones que buscan la intensidad de lo breve, la frase justa que ilumina un instante y lo hace perdurable. En cada anotación Renard nos recuerda que la literatura puede ser íntima, portátil y profunda, y que un diario no solo registra la vida, sino que la transforma.

Colección Por qué leer a los clásicos

Director: Edgardo Scott

Diario (1887-1910) / Jules Renard. Prólogo de María Gainza

1a edición - San Martín: UNSAM EDITA, 2025

Libro digital, EPUB - (Por qué leer a los clásicos / Edgardo Scott) Archivo Digital: descarga y online Traducción de: Emma Zappettini. ISBN 978-631-91434-9-2

1. Literatura Francesa. I. Scott, Edgardo, dir. II. Gainza, María, prolog. III. Zappettini, Emma, trad. IV. Título

CDD 843

© 2025 del prólogo, María Gainza

© 2025 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín

UNSAM EDITA

Edificio de Containers, Torre B, PB, Campus Miguelete

25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ), prov. de Buenos Aires

[email protected]

www.unsamedita.unsam.edu.ar

Diseño de tapa e interior María Laura Alori

Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado en Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.

Índice

Prólogo. El rey portátil (por María Gainza)

1887

1888

1889

1890

1891

1892

1893

1894

1895

1896

1897

1898

1899

1900

1901

1902

1903

1904

1905

1906

1907

1908

1909

1910

Nota sobre los autores

Nota sobre la colección

Prólogo El rey portátil

por María Gainza

En la tienda Harrods de Buenos Aires durante la década de 1980, si tu compra superaba los cincuenta pesos te regalaban un calendario. En la cocina de mi infancia cuelga uno en equilibrio inestable. Tiene una lámina para cada mes, con un paisaje en acuatinta y una frase calada sobre el cielo. Todas las mañanas tomo mi tazón de café con leche frente a ese calendario. Los dibujos son insulsos, pero las oraciones hacen cosas raras en mi cabeza, me enseñan mis primeros palotes literarios.

Enero me muestra que los sustantivos se bastan por sí mismos: “Estupidez humana: el adjetivo sobra”. Abril, cómo se talla un símil: “Tan triste como ver a alguien a quien amas perderse en la niebla”. Junio, el vigor de lo preciso: “La palabra más colmada de sentido y sonido es la palabra Nada”. Octubre, me enseña la inmensidad en lo pequeño: “Los ojos de un recién nacido contienen algo del abismo del cual vienen”. Diciembre, la importancia del lente a través del que se mira: “Un defecto sobre el vidrio y el gorrión es un águila sobre el techo”. En ese momento el autor de esas frases me tiene sin cuidado. Solo retengo su nombre de tanto mirarlo: Jules Renard.

Treinta años después en una librería de viejo descubrí que esos epigramas provenían del Diario íntimo de Jules Renard. Era una edición de Los libros del mirasol. Lo abrí al azar, odié al instante esa tipografía apretada que no dejaba circular el aire, pero escondidas dentro de la maraña de tinta encontré las oraciones breves y redondas de mi infancia, las anotaciones fulminantes. Renard las empezó a escribir en 1887, las abandonó en 1910. Tenía 23 años en su primera entrada, 46 en la última. En el medio anotó todo lo que se le venía al vuelo –pensamientos nihilistas, descripciones líricas, aforismos de filosa lucidez–, aunque sabía que esas notas no terminarían de dar el retrato del hombre que era: uno no es responsable de las extravagancias de su cerebro.

Para los dictámenes del siglo XIX, cuando el aliento natural de un escritor debía producir cuarenta tomos como mínimo, Renard fue un escritor de una producción magra que se ganó su prestigio en los círculos parisinos con un puñado de cuentos y obras teatrales llenas de gracia pero intrascendentes. Solo tras su muerte, con la publicación póstuma de su Diario en 1925, la dimensión total de su talento se revelaría al mundo. El Diario sigue la línea de los moralistas franceses que se inicia con Montaigne y pasa por La Bruyère y La Rochefoucauld, pero dos publicaciones más cercanas en el tiempo pueden haber impulsado al escritor a escribir algo tan íntimo: la aparición en 1883 del diario del suizo Frédéric Amiel (el diario como reflejo de uno mismo) y la publicación, en 1887, del Diario de los hermanos Goncourt (el diario como reflejo de los demás). Peleado con el mundo, esa será su marca de fábrica, Renard usa el Diario en varias direcciones, aunque todas terminan decepcionándolo. Cuando busca conocerse a sí mismo, ni él se lo cree: “En cuanto quieres mirarte al espejo, tu aliento lo empaña”. Cuando lo usa como ejercicio de estilo, eso termina por secarlo: “Este Diario me vacía. No es literatura, así como hacer el amor todos los días no es amor”. Creía que escribir el Diario era un lento suicidio sin querer asumir (es imposible que no lo supiera) que era además un viaje por las extensas comarcas del alma humana.

Cada época tiene un aforista encargado de dejar caer su verdad como una bomba en medio de nosotros. Lo noble del asunto es que Renard era tan lapidario con el mundo como consigo mismo: “Es imposible ver en el fondo de mi corazón; la vela se apaga por falta de aire puro”. A veces el Diario parece una radiografía de sus miserias: “No leo a otros autores por miedo a encontrar algo que esté bien”; otras, trabaja la ostranenie antes de que los formalistas rusos la patentaran: “El romántico mira un ropero con espejo y cree que es el mar”. Muchas veces lo que acumula es frustración: “No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada”. Porque Renard podía llenar las salas de la Comedia Francesa, ser socio fundador del Mercure de France y reconocido entre sus pares, pero aun así su autoexigencia lo comía por dentro: el Diario es el registro metódico de esa neurosis, la mente perpleja de un hombre que no entiende por qué no puede ser más escritor de lo que es: “Entre mi mente y yo siempre hay una capa que no puedo penetrar”. El perpetuo tironeo entre la ambición de gloria y la conciencia de sus limitaciones no lo abandonó jamás. Pero ese Diario, el rincón sombrío adonde fue a refugiarse por no ser el genio que creía ser, se convirtió con el tiempo en su obra más refulgente.

El Diario captura los chisporroteos de la mente de Renard con un tipo de oración seca y mordaz que hoy tendría miles de likes. Sus anotaciones nunca superan algunas pocas líneas pero la concisión en Renard no es consecuencia del apuro, sino de una inclinación natural hacia lo breve. Renard es un escritor de pocas palabras: “No escribo versos porque me gustan tanto las frases cortas que un verso me parece demasiado largo” y cualquier excusa es buena para abandonar: cuando una mosca se posaba sobre su hoja dejaba de escribir por miedo a molestarla. Decían que Renard no escribía libros sino páginas y más que páginas, líneas, y cuando juntaba suficientes las llevaba a encuadernar. Por eso cada una de las frases de Renard tiene vida propia (y por eso también desembocaron con facilidad en los calendarios hogareños del siglo XX). Son frases mínimas –sujeto, verbo, predicado– talladas hasta romper el lápiz, autónomas entre sí. Para que surtan su efecto total hay que leerlas como se toma un antibiótico: cada doce horas y en forma reglada. Así, entre las palabras y los silencios, el texto se dilata en nuestra mente. Si el buen escritor es el que más espacio en blanco deja al lector para pensar, Renard da más blancos que ninguno.

Su fatalidad lacónica era un resabio de la infancia. Renard había nacido en 1864 en la Francia profunda, rodeado de hombres parcos. Su padre construyó un puente que fue la maravilla de Chitry y, con la plata que le pagaron, se compró una casita apartada de las demás, allí donde el pueblo se internaba en el bosque. En ese bosque, sumidos en el silencio, el padre le enseñó al hijo el amor a la naturaleza y el amor por la caza, dos caras de la misma moneda. La madre no hablaba mucho más, lo suyo eran las onomatopeyas y los bufidos. Marido y mujer no se dirigían la palabra: se comunicaban mediante notas breves en una pequeña pizarra colgada en la cocina. El silencio duró treinta años. Sin hablar tuvieron tres hijos, Jules fue el menor y el menos querido.

A los 17 se fue a París con la esperanza de hacer plata. El plan A era tomar la literatura como profesión, ganarse el pan con su prosa (como Zola); el plan B era tomar la literatura como un estado de gracia y conseguir algún trabajo burocrático que le permitiera escribir en los ratos libres (como Huysmans). Ambos planes fallaron. Cuando llegó el invierno monsieur Morneau, un rico fabricante de muebles, lo contrató como escritor fantasma para redactar un tratado sobre la chaise longue. La paga no era gran cosa, pero ese invierno Renard no tenía ni para comprar una estampilla y además estaba la hija del dueño de casa. Un año después Renard le pidió matrimonio a Marinette Morneau. Se aseguró así una vida en la que el dinero dejó de ser un tema. Dedicado a la escritura por entero, sus obras fueron llevadas con éxito a la Comedia Francesa. Era el París por donde circulaban los grandes figurones de fin de siglo: la perversa Rachilde, que le vendía su pelo por kilo a un príncipe ruso, el patafísico Jarry que mataba arañas con su revólver pero conservaba las telas por amor al dibujo y el místico Léon Bloy, que lanzaba estrellas ninjas contra los burgueses mientras quemaba el mobiliario para calentar a su familia. Era un mundo demasiado enardecido para Renard, pero no le quedaba otra que coquetear con él durante los estrenos teatrales del invierno. Ni bien terminaban, huía aliviado a Chaumont, cerca de Chitry, adonde había comprado una granja. En el fondo nunca dejó de ser un campesino, un hombre que había ido “de la mano en el arado a la mano en la pluma”.

En la ciudad la competencia enfermiza sacaba su peor costado. En una sola noche podía anotar cuatro fustazos. Decir sobre Mallarmé: “Incluso en francés, intraducible”; sobre Verlaine: “Sobre ropas andrajosas que deben estar pegadas a la piel en muchos sitios su cabeza de piedra parece ofrecerse a la demolición”; sobre Wilde: “Te ofrece un cigarrillo pero él lo elige por ti”; sobre Maupassant: “Cuando uno cierra sus libros se pregunta angustiado: ¿es arte mayor, menor, mínimo?”. Adoraba a Sarah Bernhardt: “Cuando baja por la escalera caracol de su mansión parece como si estuviera inmóvil y la escalera girara a su alrededor”; era incondicional con su esposa: “Marinette aparece, y la tierra se vuelve más suave bajo mis pies”, y hubiera matado por su criada Ragotte, sobre la cual escribió un libro entero: “Solo conoce la letra P y la J porque son las que usó para marcar la ropa de sus hijos”. Una sola mujer atrajo toda su inquina, su madre. Tanto en su Diario como en sus novelas, la señora Renard, bajo el alias de Madame Lepic, es un personaje perturbador. La mujer que comparte la cama con su hijo pero al primer ronquido le clava las uñas hasta hacerlo sangrar, la que en el desayuno lo obliga a tomarse el pis que el chico se ha hecho durante la noche, le provoca la única herida que nunca pudo suturar: la sensación de inferioridad.

Solo una vez la señora Renard mostró satisfacción por su hijo y fue cuando este, siguiendo la tradición paterna, fue nombrado alcalde de Chitry. Tarde. Para entonces Renard la visitaba de compromiso y escribía: “Nada más triste que mirar a los ojos de una madre a quien uno no ama”. Su trabajo como alcalde lo mantenía entretenido: lo que más disfrutaba era dar premios en los actos escolares y celebrar los casamientos de campesinos. Por las tardes ponderaba sus obligaciones desde un amplio escritorio con vista a la plaza: “Como alcalde debo velar por el buen estado de los caminos rurales; como poeta los dejaría como están”. Por las noches, visitaba el establo con una linterna, conversaba con los animales y pergeñaba sus Historias naturales, fábulas modernas hechas para hacer sonreír a las vacas y a los chanchos. No era el primero ni sería el último en preferir a las bestias antes que a los hombres.

De Balzac a Zola, la novela del siglo XIX se había vuelto cada vez más larga y descriptiva. “La posteridad será de los escritores constipados”, escribió Renard. Empezó a insinuarlo en sus cuentos de animales construidos mediante la elipsis y los diálogos deshilvanados, pero encontró su forma más acabada en el Diario, donde se liberó de los andamiajes narrativos y las exigencias despóticas de la imaginación. ¿Qué necesidad tenía de inventar cuando su mejor material era él mismo? El secreto estaba en reducir la realidad hasta su destilado más puro. Comprimir, ese fue el hallazgo de Renard. Cuando, años después, Sartre llamó al Diario “una confesión de impotencia”, fue porque no quiso reconocer que los blancos en Renard son blancos activos. Con toda su fragmentación, sus huecos, su falta de unidad, la lectura del Diario traza un arco perfecto, uno solo tiene que dibujar la línea que une los puntos.

Con el Diario en mano es fácil reponer sus últimos años. Cuando su padre enfermó, en 1894, Renard le sugirió: “Si tu vista disminuye imagina que el mundo existe menos”. Como buen cazador que era, su forma de hacer desaparecer el mundo fue pegarse un tiro. Renard le dedicó cinco líneas conmovedoras. Tiempo después, en 1909, su madre, sentada al borde de un pozo de agua perdió el equilibrio, cayó de espaldas y se ahogó. Renard lo despachó en una línea ártica. En cambio, a la Legión de Honor que le otorgaron en 1900 le dedicó más espacio. Contó cómo él, que tan atento estaba a las trampas de la vanidad, fue a comprar cigarrillos y no pudo evitar desa­brocharse el abrigo para que el vendedor viera su cinta roja.

Jean Giraudoux era un joven escritor cuando hizo su visita al maestro. Se encontró con un hombre de 45 años, envejecido antes de tiempo y, creyéndolo ocupado, se ofreció a volver otro día. “No estoy ocupado”, dijo Renard. “Soy desdichado. En mi casa todo está bien. Mi mujer me ama. Mis hijos son agradables, mis amigos devotos. Mis obras teatrales tienen éxito. Mis libros se venden. Hasta el perro de la portera me adora. Pero soy desdichado. Tengo todo lo que se necesita para hacerle frente a la desgracia: he sido dotado de ironía, de malicia, de estilo. Pero no hay remedio. Soy desdichado. No me molesta que alguien considere que al verme ha visto a la infelicidad misma”. Ese mismo año le diagnosticaron arteriosclerosis y un año después murió. Era 1910. En una de las últimas anotaciones parece haber llegado a un acuerdo consigo mismo: “Este Diario es lo mejor y más útil que has hecho en tu vida”.

Su tumba en el cementerio de Chaumont tiene forma de libro abierto. Solo lleva el nombre del difunto y sus fechas de nacimiento y muerte. Qué ironía: el genio de Renard era la oración portátil, miles de sus frases nacieron para ser grabadas en piedra, por lo menos la mitad habrían sido epitafios perfectos para su tumba. Yo hubiera elegido: “¡Paciencia! El agua de mi arroyuelo llegará al mar”. Pero entonces escucho a la guardiana del cementerio de Chaumont diciéndoles a los peregrinos que se han juntado alrededor de la tumba que en realidad el escritor sí había dejado una inscripción posible para su lápida: “A Jules Renard. Sus compatriotas indiferentes”. Pero sus familiares la consideraron muy poco inspirada y desoyeron el pedido. Y así fue como el rey del epitafio murió sin epitafio.

NOTA DE LA EDICIÓN

Jules Renard comenzó a escribir su diario en 1887, a los 23 años, y lo continuó hasta muy poco antes de morir, en 1910. Si bien es sabido que su viuda destruyó una gran cantidad de material, la obra publicada, que abarca 24 años de apuntes, es muy extensa. La edición de la Bibliothèque de la Pléiade en 1960 alcanza las 1267 páginas.

La selección que presentamos aquí tiene como una de sus referencias la edición de Los libros del Mirasol que menciona María Gainza, pero retoma del original otras entradas haciendo un recorrido propio, que gira en torno a tres ejes: hitos personales (la muerte de los padres, la condecoración, la vida de familia); reflexiones sobre la literatura, el teatro y las obras o la personalidad de otros escritores; y escenas bucólicas, que atraviesan todo el libro. Inevitablemente hemos debido omitir ciertos temas, como los periodos de servicio militar, y otros aparecen apenas representados, como su defensa de la causa de Alfred Dreyfus –incluido el ferviente apoyo a Émile Zola–, así como su afecto por el líder socialista Jean Jaurès. Esperamos que esta primera aproximación entusiasme a las y los lectores, e inspire nuevas ediciones.

Diario (1887-1910)

1887

(Sin fecha) La frase de Baudelaire, densa y como cargada de fluidos eléctricos.

* * *

Detesto las historias que ocurren en alguna parte. Sin duda por esa razón me gustan tanto los libros de viajes, pues como soy muy poco versado en geografía, los lugares que me describen son para mí países vagos, países imaginarios y de ensueño que, por decirlo así, no cuentan.

* * *

El talento es cuestión de cantidad. El talento no se demuestra escribiendo una página, sino escribiendo trescientas. No hay novela que una inteligencia mediana no pueda concebir, ni frase tan hermosa que no la pueda construir un principiante. Pero hay que empuñar la pluma, preparar el papel, ir llenándolo pacientemente. Los fuertes no dudan. Se sientan a la mesa, dispuestos a sudar. Llegarán al final. Acabarán la tinta, gastarán el papel. Esta es la única diferencia entre los hombres de talento y los cobardes que nunca empezarán. En literatura, solo existen los bueyes. Los genios son los más gordos, los que penan dieciocho horas al día de forma infatigable. La gloria es un esfuerzo constante.

11 de febrero. No escribo versos porque me gustan tanto las frases cortas que un verso me parece demasiado largo.

20 de junio. La nostalgia que tenemos de países que no conocemos acaso no sea más que el recuerdo de regiones que hemos recorrido en viajes anteriores a esta vida.

20 de julio. El ingenio es a la verdadera inteligencia lo que el vinagre al vino fuerte y de buena tierra: un brebaje para cerebros estériles y estómagos enfermos.

22 de julio. Nunca me siento lo bastante maduro para una obra fuerte. Aparentemente, espero caer en ruinas.

17 de septiembre. Una inexactitud escrupulosa.

24 de octubre. Discutiríamos menos si de una discusión pudiera surgir la mínima verdad, pues nada hay tan fastidioso como ponerse de acuerdo: ya no tenemos nada que decirnos.

28 de octubre. ¡Qué mundo curioso el del sueño! Dentro de nosotros los pensamientos, las palabras interiores se apretujan, hormiguean. Todo ese pequeño mundo que se apresura a vivir antes del despertar, que es su muerte, su fin.

3 de noviembre. Permanecer al acecho, con la pluma en alto, pronta a clavar la menor idea que pueda salir de la inteligencia.

9 de noviembre. El arte ante todo. Permanecía un mes, dos meses entre sus libros, sin pedirles nada más que el tiempo para el descanso y el sueño; luego, de repente, palpaba su bolsa. Tenía que buscar cualquier empleo para revivir. Durante una larga serie de días, al lado de oficinistas de raza, pegaba estampillas, ponía direcciones, aceptaba cualquier tarea, ganaba unos centavos, daba las gracias al patrón y volvía a sus libros hasta que lo acuciara un nuevo apuro económico.

14 de noviembre. A veces, a mi alrededor, todo me parece tan difuso, tan tembloroso, tan inconsistente, que pienso que este mundo no es más que el espejismo de un mundo futuro, su proyección. Me parece que estamos muy lejos aún del bosque y que, aunque envueltos ya en la sombra de los grandes árboles, debemos andar mucho todavía antes de caminar bajo su follaje.

21 de noviembre. Cuando ya no podemos contar con nada, debemos contar con todo.

25 de noviembre. En plena ciudad es donde se escriben las más bellas páginas sobre la campiña.

4 de diciembre. La mente no acoge una idea más que dándole un cuerpo: de ahí las comparaciones.

27 de diciembre. El trabajo piensa, la pereza sueña.

1888

9 de octubre. He recibido una carta entristecedora de mi padre. Nada acerca de Crime de Village, ni una palabra. Otra vanidad que tendré que perder.

15 de octubre. La elocuencia. San Andrés, clavado en la cruz, predica durante dos días a veinte mil personas. Todos lo escuchan cautivados, pero ninguno piensa en liberarlo.

20 de octubre. He leído el primer volumen de Entr’actes de Dumas hijo; no hay nada que releer.

15 de noviembre. Las palabras son la moneda suelta del pensamiento. Hay charlatanes que nos pagan con monedas de diez céntimos y otros, por el contrario, con luises de oro.

Todo pensamiento escrito está muerto. Antes vivía, ya no vive más. Era flor; la escritura lo ha vuelto artificial, es decir, inmutable.

23 de noviembre. El poeta debe soñar y observar. Tengo la convicción de que por ahí se ha de renovar la poesía. Esta requiere una transformación análoga a la que se ha operado en la novela. ¡Es increíble que la vieja mitología nos oprima aún! ¿Para qué cantar que el árbol está habitado por el fauno? Está habitado por él mismo. El árbol vive: eso es lo que hay que creer. La planta tiene un alma. La hoja no es lo que la gente vana piensa. Se habla con frecuencia de las hojas muertas, pero nadie cree que mueran. ¿Para qué crear la vida junto a la vida? Faunos, han tenido su tiempo; ahora el poeta quiere conversar con el árbol.

29 de diciembre. ¡Cuánta gente ha querido suicidarse y se ha contentado con romper su retrato!

1889

23 de enero. Debería prohibirse a todo escritor moderno, bajo pena de multa e incluso de prisión, tomar comparaciones de la mitología o hablar de arpa, de lira, de musa y de cisnes. De cigüeñas, tal vez...

30 de enero. El ideal de la calma es un gato sentado.

2 de febrero. Es como para creer que los ojos de los recién nacidos, esos ojos que no ven y en los que apenas se ve, esos ojos carentes de blanco, profundos y vagos, están hechos con algo de ese abismo del que salen.

6 de abril. Todo lo que he leído, lo que he pensado, todas mis paradojas forzadas, mi odio por los convencionalismos, mi desprecio por lo trivial, no impiden que me enternezca con la llegada de la primavera, que busque violetas al pie de los setos entre la boñiga y los papeles podridos, que juegue a las bolitas con los chiquilines, que contemple a los lagartos y a las mariposas de alas amarillas y le traiga una fiorecilla azul a mi mujer. Eterno antagonismo, esfuerzo continuo para salir de la estupidez en la que felizmente volvemos a caer sin poderlo evitar.

21 de mayo.

—¿Qué hace Jules?

—Trabaja.

—Sí, trabaja. ¿Pero en qué?

—Ya se lo he dicho: en su libro.

—¿Se necesita tanto tiempo para copiar un libro?

—No lo copia; lo inventa.

—¿Lo inventa? ¿Entonces no es verdad lo que escribe en los libros?

17 de julio. La mujer habla siempre de su edad, pero jamás la dice.

31 de julio. Beber cada mañana una taza de sol y comer una espiga de trigo.

—¡Usted no trabaja! ¡Cochino! —decía Langibout a Anatole. Yo también me digo: “No trabajas. ¡Eres un cochino!”. Sí, está bien. Te bebes el sol, contemplas, observas, gozas de la vida, encuentras que todo cuanto hizo Dios está bien hecho. Te interesan los lagartos y las libélulas que, unidas por el cuello, vuelan de ramilla en ramilla y se posan, la una muy tiesa y la otra en línea quebrada, con su colita en el agua. Te dices: antes de escribir es preciso ver; vagar es trabajar. Hay que aprender a verlo todo: la brizna de hierba, los gansos que graznan en los establos, la puesta de sol, la cola del sol poniente que se extiende —rosada y púrpura— en el horizonte como un velo desplegado donde se posa el arco de la luna. Con las manos en los bolsillos, te llenas de imágenes. Levantas a paladas, a derecha e izquierda, tu ensueño que desborda al azar. Hasta tienes ideas tristes. Piensas con terror en la muerte cuando truena, y sin miedo cuando el día está claro, cuando la luz penetra en todas partes, mira por las rendijas de los postigos y hace inclinar las pesadas avenas; cuando quisieras estar tranquilo, a la sombra, en alguna parte lejos del mundo y te ves, sin emoción, con los pies juntos, estirado, abstraído, casi sonriente, a algunas pulgadas bajo tierra, muy cerca de las flores, de las hierbas, de la vida y del ruido. Está bien, te escucho. Ya ni vas de caza, te repugna matar un pájaro. ¿Acaso no tienen derecho a la vida? No pescas, los peces se te antojan seres animados que te cautivan como los demás animales, que tienen alas para volar en el agua, que luchan, se defienden, viven. Te vuelves elegíaco, lo comprendes todo como un panteísta, ves a Dios en todas partes y en ninguna. Matas el tiempo. ¡Qué bien te encuentras! Pero yo te lo repito: “¡Cochino, no trabajas!”.

12 de agosto. La gran facilidad que tenía para adueñarse de las ideas y los sentimientos de sus autores favoritos paralizaba su originalidad. No podía contenerse. Le parecía que cada libro atesoraba máximas excelentes o alguna teoría conveniente que él no tardaba en adoptar. De ahí lo difuso de sus pensamientos, la multiplicidad de gustos para los que siempre encontraba satisfacción, aunque al mismo tiempo ignoraba la meta que debía alcanzar; los equivocados, los inútiles viajes interiores, un eclecticismo obsesivo que lo sumía en la mediocridad e hizo de su alma un parásito de otras almas, incapaz de vivir por sí misma.

28 de agosto. Es desesperante leer, leer y no guardar nada. Porque no conservamos nada. A pesar de nuestros esfuerzos, todo huye y deja solo fragmentos frágiles.

6 de septiembre. Envidio a los pintores porque dominan al público. Esta mañana, observaba a Béraud. Estaba en el Palais des Machines. Se ponía en pose ante su tela, su sombrero gris coronaba el caballete. Tomaba un poco de color de su paleta y lo aplicaba con delicadeza. Y sonreía, me explicaba lo ingrato del tema y lo difícil de hacer algo nuevo. Además, sostenía un junco que hacía restallar, a veces de manera inquietante. Señalaba un punto luminoso, un fondo difícil de describir. ¿Qué puede hacer el público ante este espectáculo? Está vencido de antemano. Su vanidad y su tontería anulan el resto; no entiende nada, pero si lo hace lo pondrá en evidencia. Debe pasar por entendido: una palabra poco comprometedora, mientras se inclina a derecha o izquierda. En ese momento el pintor sonríe. El público, conquistado, hablará de la sonrisa y del lienzo, principalmente de la sonrisa. Su palabra había sido la exacta.

El pintor domina a los necios con su presencia y con su bastón de caña. Además, se lo ve trabajar. ¡Por lo menos trabaja! Un escritor ha pasado muchas noches para escribir un libro que el público compra a dos francos con setenta y cinco. El lector lo abrirá en su casa, solo, completamente solo —que se entienda bien—, sin miedo. Puede tirarlo al canasto si quiere: es un hombre libre que no teme ya ni al que está a su lado ni al latigazo de la caña del pintor. Puede ser estúpido a gusto, aplastar de un puñetazo el libro de dos francos con setenta y cinco, como la institutriz que cuando nadie la ve pellizca al pequeño que alborota demasiado y que la llama “monstruo malvado”. Envidio a los pintores.

18 de septiembre. Todavía no se ha escrito un libro modernista sobre el campo. El campo se presta a todas las divagaciones del ensueño. Interrogamos tranquilamente al arroyo, al árbol, a los potreros de alfalfa y no nos contestan. Lo que fastidia en los hombres es que quieren contestar siempre a todas las preguntas. Cada uno de ellos nos ofrece una certidumbre, una solución: es desolador.

* * *

Nunca saldré de este dilema: Aborrezco los disgustos, pero me estimulan, despiertan mi talento. En cambio, la tranquilidad y el bienestar me paralizan. En consecuencia, debo elegir entre no ser o vivir eternamente desazonado. Confieso que prefiero esto último, pero me fastidiaría que me tomaran al pie de la letra.

25 de septiembre. Leo novela tras novela, me atiborro, me harto de ellas con el objeto de sentir asco de sus trivialidades, de sus repeticiones, de sus convencionalismos, de sus procedimientos sistemáticos y poder hacer algo diferente.

30 de septiembre. En la sala de armas hay un montón de marqueses y condes. Esa gente vive de su nombre como otros de su trabajo. Me impresionan. A mí, que soy plebeyo, hijo de campesino, me parecen todos necios, pero los respeto, y cuando paso ante sus lastimosas figuras desnudas, les pido perdón tímidamente.

6 de octubre. Un día se pondrán fonógrafos en los relojes de pared. En vez de dar la hora dirán: “Son las cinco” o “Son las ocho”, y nosotros les contestaremos: “Atrasas” o “Adelantas”. Dialogaremos con el tiempo y él se detendrá para echar un párrafo, como cualquier portero o criada en la tienda.

21 de octubre. Cuando estrecho a una mujer entre mis brazos, me doy cuenta de que, aun en ese momento, cultivo la literatura; digo la palabra que debo decir porque es literaria. No puedo ser sincero. No hablo inglés, pero preferiría decir “Te amo” en inglés, a mostrarme natural.

* * *