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El objetivo inicial de este libro era dar a conocer las reflexiones políticas de un profesor universitario que se había hecho un hueco, como comentarista político, en algunas televisiones. Aquellas reflexiones quizá tuvieran algún interés en su momento, pero ahora son las reflexiones del portavoz de una fuerza política que todas las encuestas sitúan ya como la tercera (si no segunda) fuerza política en España. El libro tiene la frescura de quien escribía sin concesiones y servirá para dar a conocer mi manera de ver muchos asuntos sin los matices que impone la responsabilidad política, al tiempo que permitirá a los lectores conocer una parte de ese futuro anterior de PODEMOS.
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Seitenzahl: 282
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Akal / Pensamiento crítico / 29
Pablo Iglesias Turrión
Disputar la democracia
Política para tiempos de crisis
El objetivo inicial de este libro era dar a conocer las reflexiones políticas de un profesor universitario que se había hecho un hueco, como comentarista político, en algunas televisiones. Aquellas reflexiones quizá tuvieran algún interés en su momento, pero ahora son las reflexiones del portavoz de una fuerza política que todas las encuestas sitúan ya como la tercera (si no segunda) fuerza política en España. El libro tiene la frescura de quien escribía sin concesiones y servirá para dar a conocer mi manera de ver muchos asuntos sin los matices que impone la responsabilidad política, al tiempo que permitirá a los lectores conocer una parte de ese futuro anterior de PODEMOS. Por eso este libro es tan particular. Ni mis reflexiones en él ni el estilo con el que está escrito están condicionados por ninguna responsabilidad política equivalente a la que tengo ahora. He ahí su valor y su carácter excepcional.
Este libro sale ahora porque estaba escrito y porque me comprometí a que saliera. En ningún caso responde a necesidades políticas del presente. Sean bienvenidos a él todos los lectores pero, en especial, los que desde hace meses se afanan en buscarme las cosquillas. Pues aquí me tienen, dispuesto al duelo en el O.K. Corral con mi última sonrisa de enfant terrible. Aprovéchense, porque no podré darles muchas más oportunidades.
Pablo Iglesias
Pablo Iglesias Turrión es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense, en la que impartió clases desde 2008 hasta que tomó posesión como eurodiputado en 2014. Durante su etapa doctoral fue investigador en varias universidades europeas y americanas. Licenciado en Derecho y Ciencia Política (con premio extraordinario), amplió su formación obteniendo un máster en Humanidades por la Universidad Carlos III y otro en Comunicación por el European Graduate School, donde fue alumno de Slavoj Žižek y Giorgio Agamben entre otros. En 2010 comenzó a dirigir y presentar el programa de debate político La Tuerka y desde 2013 hizo lo mismo con el programa Fort Apache. Desde abril de aquel año empezó a colaborar como analista con algunos programas de televisión como Las Mañanas Cuatro y La Sexta Noche. En enero de 2014 contribuyó a la creación de PODEMOS, cuya candidatura a las elecciones europeas encabezó obteniendo 1,2 millones de votos y 5 escaños en mayo del mismo año. Es autor y coordinador de varios libros entre los que destacan Ganar o Morir. Lecciones políticas en «Juego de Tronos» (2014), Maquiavelo frente a la gran pantalla. Cine y política (2013) o Desobedientes. De Chiapas a Madrid (2011).
Diseño de portada
RAG
Fotografía de portada
Sarah Bienzobas
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Nota editorial:
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Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.
© Pablo Iglesias Turrión, 2014
© Ediciones Akal, S. A., 2014
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4022-4
A mi padre, por enseñarme –como decía Carlo Levi– que el futuro tiene un corazón antiguo
PRÓLOGO
HA LLEGADO EL MOMENTO DE CAMBIAR EL MUNDO
(Alexis Tsipras)
Cuando, a comienzos de los años noventa, los mercados se encontraron a todo el mundo postrado a sus pies, dispusieron una gran mesa e invitaron a todos al festín. De los millones de comensales, muy pocos comprendieron que el menú les incluía a ellos mismos. Sus trabajos, sus pensiones, su asistencia médica: su dignidad, su futuro.
Entonces llegó la gran crisis. Los mercados y los bancos lograron que los Estados pagaran la cuenta, y los Estados se la pasaron al pueblo. Hoy, el sistema de poder político y económico ya no pide que nos sacrifiquemos en aras de una prosperidad futura. Nos pide que nos sacrifiquemos para poder sobrevivir. Para que él sobreviva.
Sin embargo, los cambios traumáticos que se han sucedido desde 2008 han despertado a la gente de la apatía con la que contemplaban la política. Y en lugar de apatía ahora hay rabia, indignación, radicalismo y acción. Cada día que pasa hay más gente que se cuenta entre aquellos que sienten que ha llegado el momento decisivo, aquellos que buscan una alternativa y meditan qué hacer para realizarla. Escasean ya quienes se dejan seducir por los lemas y espantajos agitados por los gobiernos y los medios de comunicación dominantes. Hemos llegado a un punto de inflexión: cuando las masas se liberan del «control del pensamiento», la democracia se convierte en sus manos en un arma muy poderosa. Esto es, ciertamente, muy peligroso para el sistema.
La dominación económica y política se basa en estereotipos: nos dicen que «no hay alternativa», y con ello quieren decir: «Nosotros decidimos lo que cuenta como alternativa y lo que no». Nos dicen que «la estabilización de la economía requiere sacrificios por parte de todos», y lo que quieren decir es que «la estabilización de nuestras ganancias necesita de vuestro sacrificio». Nos dicen que «las promesas fáciles y engañosas son una amenaza para la estabilidad» y con ello nos están diciendo: «La democracia es una amenaza para nuestro poder».
Contra ellos nos alzamos todos nosotros, haciendo frente a aquellos que quieren subyugar a la sociedad mediante la inseguridad y el miedo. Nosotros, que formamos parte de las fuerzas que luchan por la justicia, la dignidad y la vida: el auténtico 99 por 100 de la población. Si algo puede cambiar en este mundo, depende de nosotros. Para eso necesitamos:
– Derrotar al miedo: el miedo es su arma más poderosa. La esperanza y la determinación son las nuestras.
– Promover los principios de justicia, sentido común y solidaridad, contra el muro de lo inconcebible.
– Ser conscientes de nuestra fortaleza: podemos encontrarla en la unidad, en la acción constante, en las luchas de masas. El sistema tiembla cuando la gente une sus voces, cuando la desesperación y la inseguridad se convierten en resolución y determinación.
– Afirmar y ejercer la hegemonía: establecer qué es la alternativa y qué no lo es depende del equilibrio de fuerzas y la estabilidad del poder. La austeridad, la recesión, la inmunidad fiscal de los ricos, la actividad sin cortapisas de especuladores y usureros bajo el nombre de «mercados», no son mandamientos grabados en piedra. Si hasta ahora se han considerado inviolables es porque habíamos aceptado la legitimidad de las fuerzas económicas por encima de nuestras vidas. Hoy en día toda lucha social debe desafiar la estabilidad del poder.
– Ser más fuertes que los mercados. Existe una alternativa. Debemos tener la fuerza para llevarla a cabo.
– Defender la democracia. Promover una participación mayor y más activa del pueblo en la toma de decisiones que le afectan, en todos los niveles. Tanto a través de las instituciones existentes como mediante la creación de nuevas instituciones. Utilizar cada oportunidad que la democracia nos ofrece para lograr el gran cambio que necesitamos: darle la vuelta a la economía y ponerla al servicio de la sociedad y las necesidades humanas.
La crisis y la catastrófica austeridad están llevando a Europa a un callejón sin salida. Los actores hasta ahora dominantes no dudarán en devolvernos a una nueva edad de piedra con tal de proteger sus intereses. Pero no les haremos el favor de quedarnos asustados, pasivos. La respuesta la darán las fuerzas que realmente están defendiendo a la sociedad: aportando a la lucha esperanza, un plan y una visión.
Somos muchos y cada día somos más. La historia está aquí y nos espera. No dejemos de mirarla a los ojos.
Atenas, septiembre de 2014
PODEMOS: FUTURO ANTERIOR
El grueso de este libro terminó de escribirse a finales del verano de 2013. Entonces PODEMOS era apenas una vaga hipótesis sin nombre que se me presentaba aún muy improbable en los términos en los que finalmente ha sacudido todo. El proyecto que está conmoviendo la vida política de nuestro país y que ha cambiado las vidas de los que nos embarcamos en él, no era hace un año más que un conjunto de conversaciones y reflexiones entre algunos compañeros. Queríamos pasar a la acción, pero no calculamos entonces la dimensión que iba a adquirir lo que estábamos empezando a armar.
Acabado el verano, ante las obligaciones del nuevo curso, planifiqué cerrar el libro aprovechando las vacaciones de Navidad. No hacía mucho que se habían publicado dos libros míos sobre cine y política, y acababa de salir Abajo el Régimen, una conversación política con Nega, vocalista de Los Chikos del Maíz. No tenía sentido darse demasiada prisa en acabarlo.
Pero cuando llegaron las Navidades ya había comenzado la vorágine que nos llevaría a esos días de enero que desencadenaron todo. A partir de ahí, se me hizo del todo imposible encontrar el tiempo para cerrar el libro; además de ocuparme de la campaña y de seguir apareciendo en los medios, tenía que atender mis clases en la facultad y dirigir La Tuerka y Fort Apache.
Mi compromiso con el editor me obliga ahora a revisitar, revisar y completar el manuscrito original.
Lo releo ahora y descubro que su significado ha cambiado por completo. Su objetivo inicial era dar a conocer las reflexiones políticas de un profesor universitario de izquierdas y director de dos programas de televisión de alcance muy limitado que se había hecho un hueco desde hacía pocos meses, como comentarista político, en algunas televisiones importantes. Aquellas reflexiones quizá tuvieran algún interés (limitado a ámbitos muy concretos) en su momento, pero ahora son las reflexiones del portavoz de una fuerza política que consiguió 1,2 millones de votos en las elecciones europeas de mayo y que todas las encuestas sitúan ya como la tercera fuerza política en España. Soy consciente de ello y les confieso que no lo llevo del todo bien cuando me tengo que poner a escribir.
PODEMOS ha estado marcado en sus primeros meses de vida por su vinculación con mi protagonismo mediático, hasta el punto de que el equipo de campaña optó por usar mi cara en las papeletas electorales, lo que nos granjeó muchas críticas (justas en muchos casos) pero que, a la vista de los resultados, se reveló como un acierto y un indicador claro de nuestro estilo político; un estilo que, provocadoramente, podría resumirse en el lema: «Si quieres acertar, no hagas lo que la izquierda haría».
Aunque mi exposición a los focos sigue siendo enorme, esa necesidad inicial de vincular nuestra fuerza política a una cara y a una voz se ha superado: cada vez son más los portavoces de PODEMOS que demuestran en los medios la solidez del proyecto. Por otro lado, nuestro crecimiento y consolidación organizativa aseguran un futuro de protagonismo colectivo mucho más deseable y razonable. A veces los periodistas me preguntan dónde me gustaría verme en unos años. Siempre respondo que dando clases, pero debería añadir que, de tener responsabilidades políticas, me gustaría verme en una posición de trabajo no tan expuesta a los focos, entre otras cosas para poder escribir libros como este. Y es que la alegría y la esperanza por el éxito político de PODEMOS y las perspectivas de cambio que ha abierto en nuestro país son, sin embargo, inversamente proporcionales a la sensación que me queda como «ensayista». Escribir ya no puede ser solo el fruto de mi modesto trabajo como politólogo, y mucho menos la expresión de una rebeldía que siempre he tratado de proyectar con un estilo que quería ser riguroso pero, a un tiempo, provocador e irreverente. Ahora cada cosa que escribo se mira con lupa. Incluso mis compañeros más cercanos, que me conocen bien, se ven obligados de vez en cuando a torcerme el gesto y recordarme, con una mezcla de ironía y gravedad, que ya no puedo ser más l’enfant terrible de antaño.
Por suerte la política internacional y su historia, por su propia naturaleza descarnada, permiten más licencias y creo que, aprovechando la ingente carga de trabajo que me espera en la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, dirigiré en el futuro inmediato mi trabajo de estudio hacia esas áreas.
Pero ahora toca hablar de este libro. Lo releo y descubro elementos que hoy me llaman la atención. Está muy lejos de ser una obra intelectualmente valiosa, pero tiene la frescura de quien escribía sin concesiones y servirá, sin duda, para dar a conocer mi manera de ver muchos asuntos sin los matices que impone la responsabilidad política, al tiempo que permitirá a los lectores conocer una parte de ese futuro anterior de PODEMOS.
Escribía Santos Juliá –en las páginas del diario El País a finales de julio de este mismo año–, con el encantador rencor de los conversos, a propósito de la conversación que mantuve con el periodista Jacobo Rivero y que fue publicada recientemente, que mis «respuestas [daban] la impresión de haber sido revisadas antes de darlas a la imprenta. Estamos, pues, ante el auténtico pensamiento del primer responsable del fenómeno político más resonante de los últimos años». Se cree el ladrón que todos son de su condición. No modifiqué ni un ápice la transcripción que me envió Jacobo de aquella conversación; si hubo modificaciones, fueron las del corrector técnico, que adaptó una conversación a un texto escrito. Los contenidos quedaron intactos. Sin embargo, en una cosa sí acierta el historiador; allí hablaba como responsable político de PODEMOS. Aquí no.
Por eso este libro es tan particular. Ni mis reflexiones en él, ni el estilo con el que está escrito, están condicionados por ninguna responsabilidad política equivalente a la que tengo ahora. He ahí su valor y su carácter excepcional. Este libro sale ahora porque estaba escrito y porque me comprometí a que saliera. En ningún caso responde a necesidades políticas del presente.
Sean bienvenidos a él todos los lectores pero, en especial, los que desde hace meses se afanan en buscarme las cosquillas. Pues aquí me tienen, dispuesto al duelo en el O.K. Corral con mi última sonrisa de enfant terrible. Aprovéchense, porque no podré darles muchas más oportunidades.
Valle del Tiétar, agosto de 2014
POR QUÉ DEBEMOS DISPUTAR LA DEMOCRACIA
En su discurso ante la Convención Nacional el 7 de febrero de 1794, Maximilien Robespierre dijo que «la democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, actúa por sí mismo siempre que le es posible, y por sus delegados cuando no puede obrar por sí mismo». Más de dos mil años antes los atenienses habían unido los términos demos (pueblo) y krátos (poder o gobierno), definiendo un régimen político diferente de la monarquía (el gobierno de uno) y de la aristocracia (el gobierno de unos pocos). Por eso podemos decir que la democracia es el movimiento dirigido a arrebatar el poder a quienes lo acaparan (el monarca o las élites) para repartirlo entre el pueblo que es el llamado a ejercerlo por sí mismo o por sus delegados.
Ese movimiento socializador del poder está en el espíritu de las revoluciones modernas y en las luchas por la extensión del sufragio. La Revolución francesa arrebató el poder a los nobles y al rey para entregárselo al Tercer Estado. De allí surgieron las nociones políticas derecha (los defensores de los privilegios) e izquierda (los que ponían la soberanía nacional por encima de cualquier otro poder). Los sans-culottes y Robespierre quisieron ir más allá y los cordeliers (el pueblo llano), con Marat y Danton a la cabeza, lucharon por la instauración del sufragio universal masculino contra los girondinos, defensores del sufragio censitario y los privilegios.
Aquel proceso revolucionario de socialización del poder instauraba una nueva época de la que tanto los liberales como los socialistas son hijos. La revolución, de hecho, inauguró las bases ideológicas de la política moderna; la igualdad, la libertad y la fraternidad.
El desarrollo de los acontecimientos terminó convirtiendo la igualdad en un derecho puramente formal, al tiempo que se constitucionalizaban las relaciones materiales derivadas de la propiedad privada. En Haití, los jacobinos negros demostraron ser los mejores representantes de la tradición democrática de la revolución, derrotando por un tiempo a las potencias esclavistas de la época y siendo condenados por ello a la represión y a la pobreza, el lugar que los defensores de los privilegios siempre reservan a los revolucionarios cuando consiguen vencerles.
Después llegaron el movimiento obrero y el socialismo (el más democrático de los movimientos), que lucharon y lograron la extensión del derecho al voto y de los derechos sociales. Llegaron también las revoluciones anticoloniales, que desafiaron el racismo europeo e impusieron la idea de nación como máxima expresión de la soberanía popular.
Hay que decirlo claramente: la lucha democrática ha sido siempre el proceso de socialización del poder. En ese proceso, los socialistas y sus diferentes tradiciones asumieron una noción de Estado como consejo de administración de la clase económicamente dominante (los menos), frente al poder de las clases subalternas (los más). Solo el ejercicio del poder de los más podía destruir la relación de asimetría entre las clases y remover así las bases materiales de la desigualdad. Pero es indudable que, en la mayor parte de los casos, la llamada dictadura del pueblo encarnado por el proletariado se convirtió en el gobierno de un partido y, finalmente, en el gobierno de las élites de ese partido, prestas a entregarse al mejor comprador como demostraron buena parte de las biografías de los burócratas del Este, reconvertidos en prósperos hombres de negocios y líderes de las transiciones a sistemas ultraliberales. Pero el fracaso y los horrores de las experiencias del socialismo real no difuminan los horrores de las experiencias defensoras de distintas formas de capitalismo, desde los crímenes pasados y presentes del colonialismo, pasando por los fascismos europeos, las bombas nucleares y el napalm contra civiles por parte de los EEUU, hasta el totalitarismo del libre mercado patrocinador de golpes de Estado y responsable de la situación de pobreza que padece la mayoría de la humanidad, y de la degradación del medio ambiente hasta límites insostenibles.
Los avances sociales se han abierto paso entre el horror que ha procedido de diferentes fuentes, pero a día de hoy sigue siendo innegable el significado de la tensión socialista como movimiento de avance social de la democracia y los derechos humanos.
Sin embargo, los que acaparan el poder, sus intelectuales y su casta política insisten en decir que la democracia es solamente un procedimiento de selección entre élites para ejercer el control de la administración. Para ellos, basta con que pueda elegirse entre el partido A y el partido B para que haya democracia. La noción de democracia limitada y tutelada de los poderosos no es nueva, y si aceptan incluso la palabra es porque no les quedó más remedio que hacerlo.
La presión democrática ejercida por los movimientos socialistas y los de liberación nacional hizo recular a los liberales partidarios del sufragio censitario y, finalmente, las constituciones demoliberales sancionaron que la democracia, en tanto que sistema político, es un conjunto de procedimientos que garantizan la elección por sufragio universal de élites cada cierto tiempo, la división de poderes, la primacía del derecho de propiedad sobre los derechos sociales y la garantía de ciertas libertades civiles que permiten la existencia de varias opciones electorales.
Sin embargo, los liberales siempre trataron de resistir el avance socializador de la democracia. Sieyès, en sus escritos sobre la revolución, decía que los no propietarios no eran más que una muchedumbre sin libertad ni moralidad. De hecho, todas las tradiciones ilustradas sobre las que se construyeron los edificios constitucionales liberales, se asentaron sobre la propiedad privada como eje jurídico vertebrador de las relaciones entre economía y política. Los padres fundadores en EEUU construyeron un régimen político que se basaba en la protección de los intereses de los propietarios de tierras y de esclavos. Ya lo decía John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos: «Desde el momento en el que se instala la idea de que la propiedad no es tan sagrada como las leyes de Dios, comienzan la anarquía y la tiranía». Los liberales identificaron siempre al hombre político con el hombre propietario. En el fondo lo siguen haciendo; para los liberales puros, la libertad es aquello que permite a los ricos ejercer su poder coactivo sobre el resto sin ningún tipo de control.
Limitar la democracia al derecho a votar a diferentes partidos, aunque en términos históricos represente un notable avance, es del todo inaceptable para los que somos demócratas y, por ello, debemos combatir toda noción mínima de democracia. Que se pueda votar es importante, pero no es suficiente. Para que haya democracia es necesario que los más tengan el poder, y que desaparezcan los privilegios de los menos. Cuando los privilegios se democratizan, se convierten en los derechos que son la base de la libertad. Por eso quien ataca los derechos civiles y los derechos sociales ataca la democracia. Por eso quien convierte el derecho a la asistencia sanitaria, a recibir educación, a percibir una pensión de jubilación o invalidez, o a trabajar en condiciones dignas, en privilegios a los que solo pueden acceder unos pocos, está atacando la democracia.
Tras la extensión del sufragio lograda por el movimiento obrero, la derrota de los fascismos y las victorias de los movimientos de liberación nacional, la democracia se convirtió en el concepto político más valorado. Cualquier régimen político independientemente de sus características, cualquier partido independientemente de su ideología, cualquier movimiento social independientemente de sus propósitos, reivindican la democracia como elemento propio. Pero la democracia no es, ni mucho menos, un significante vacío, un mínimo común denominador de la retórica de todo actor político, ni tampoco un conjunto de procedimientos para la selección de élites. La democracia, por el contrario, solo puede ser una característica de la organización y la distribución del poder.
En las últimas décadas se ha producido una contrarrevolución que ha convertido los sistemas demoliberales en una caricatura de sí mismos. La transferencia de poder soberano (militar, económico, jurídico…) desde los llamados Estados nacionales hacia las agencias supranacionales de ejercicio del poder (la Troika, el G8, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, las grandes corporaciones privadas, las agencias de calificación…) ha vaciado de poder a la institución política fundamental sobre la que se suponía que debía ejercerse el control democrático: el Estado.
La crisis, sobre la que nos detendremos después, no ha hecho sino acelerar esa contrarrevolución de los menos en su lucha contra los más.
Por eso es fundamental reivindicar la democracia como eje de la lucha política de los que aspiran a una sociedad más justa. Este libro quiere ser eso; una modesta caja de herramientas para la praxis política de los que luchan por una sociedad decente, un compendio de argumentos y de técnicas de combate para una pelea por explicar la realidad en la que no tiene ningún sentido buscar un discurso que nos sitúe siempre a la izquierda del resto, sino el que nos sirva para ser el referente y los defensores de la democracia.
MUNICIÓN POLÍTICA PARA TIEMPOS DE CRISIS
En una intervención telefónica en el programa número 100 de La Tuerka[1], Íñigo Errejón dijo que si algo habíamos conseguido con el programa era repartir munición política para los combates cotidianos de la gente por su libertad. Esa ha sido, sin duda, nuestra mejor aportación. Gracias a La Tuerka muchos argumentos e ideas calificados durante años como demasiado radicales por las élites mediáticas, políticas y académicas, empezaron a normalizarse en la discusión política. Por primera vez, a pesar de todas las dificultades y límites, la izquierda hablaba desde su propio programa de debate y, lo que es más importante, desde muy pronto intentaba no hablarse solamente a sí misma.
El contexto, sin duda, facilitó nuestro trabajo. La crisis estaba empezando a golpear buena parte de los consensos políticos dominantes y la irrupción de una gran marea de indignación pedía a gritos armas para combatir en el terreno de la ideología. Nuestro programa, poco a poco y con un estilo propio, fue poniendo en circulación argumentos que servían a la gente, indignada con la situación, para discutir en su trabajo, en el bar, en la facultad o en cualquier parte. Pero, sobre todo, nuestros argumentos ampliaban su campo de acción más allá de los sectores más ideologizados y comprometidos, llegando a cada vez más gente. Muchos, incluso sin identificarse del todo con nuestras ideas, fueron asumiendo nuestras razones y nuestro estilo como instrumentos para la crítica de la realidad y para el cambio.
Nuestra sensación, como creadores de un nuevo estilo de comunicación política, era de enorme satisfacción. Para los que además nos dedicábamos profesionalmente a pensar, en tanto que profesores e investigadores universitarios o independientes, el éxito de La Tuerka nos daba la íntima felicidad de que nuestro modesto trabajo no fuera solo un medio para cualificar un currículum académico sin ningún tipo de impacto fuera de la universidad, sino una devolución a la sociedad de lo que habíamos recibido de ella para poder formarnos. Como explica con sabia mala uva uno de los mejores historiadores españoles vivos, Josep Fontana, la mayor parte de los artículos académicos no son citados ni una sola vez y están concebidos para la supervivencia laboral en el mundo académico de sus autores, que, en muchos casos, ni siquiera esperan que alguien los lea. Nosotros queríamos que nuestro trabajo intelectual trascendiera los límites académicos y La Tuerka nos lo permitió.
Por otra parte, dedicarte a las ciencias sociales, si además cuentas con el privilegio de recibir un salario o una beca por ello, te permite en general tener una cierta ventaja para entender algunas claves de la situación económica y política, del mismo modo que un bombero sabe mejor que el resto de las personas cómo apagar un fuego (y también cómo encenderlo). El problema es que, mientras que nadie duda de la utilidad de los bomberos, no puede decirse lo mismo de la de los profesionales de pensar la política. La frustración que sentíamos era enorme; carentes de intelectual orgánico (eso que Gramsci llamaba el partido y que es mucho más que una estructura administrativa para presentarse a las elecciones), estábamos atrapados por unos muros académicos que nos separaban de la sociedad y por una izquierda, la nuestra, muy debilitada por enfermedades infantiles y seniles. Ello se veía agravado por nuestra plena consciencia de que en los medios de comunicación se jugaban las principales batallas político-ideológicas y que ahí nosotros, de momento, no pintábamos nada. La Tuerka nos sirvió para poder pelear también en ese terreno, con enormes dificultades y precariedades, pero con un alcance que desde los primeros momentos no paró de crecer.
Poco a poco fuimos creciendo y mejorando, y finalmente nuestro discurso se abrió un hueco incluso en los grandes medios privados que comprobaron que nuestras ideas, y la forma de plantearlas y defenderlas, elevaban sus audiencias. Que a través de la televisión y de Internet la gente pueda escuchar a Ada Colau, a Alberto Garzón, a Xosé Manuel Beiras, a David Fernández, a Diego Cañamero o a los analistas de La Tuerka tiene mucha importancia en la batalla de las ideas. Aunque el escenario mediático plantea contradicciones que hay que cabalgar asumiendo muchos riesgos, la de los medios es una guerra con reglas propias en la que es necesario disputar la hegemonía en el terreno de la ideas.
Aparecer regularmente en algunos de los programas de debate político más seguidos del país me hizo tomar conciencia de hasta qué punto la gente con más conciencia crítica (que cada vez son más) estaba necesitada de argumentos, de explicaciones, de ideas que le sirvieran para entender el mundo en el que vive, para reafirmarse en su indignación, para poder confrontar y para sentirse partícipe de una comunidad que aspira a cambiar las cosas. Cuando la gente me para en un bar, en el aparcamiento de un supermercado o en plena calle para agradecerme que me enfrente a los opinadores hasta hace poco dominantes en los medios, cuando me dicen que he puesto palabras a lo que ellos piensan o que he dicho lo que siempre quisieron decir, tengo la sensación de que estamos haciendo algo muy importante.
El término «casta», que señala a los ladrones que construyen dispositivos políticos para robar la democracia a la gente, se ha impuesto en el lenguaje político español y hoy celebramos la patética imagen de los artífices políticos de la crisis diciendo, con lágrimas de cocodrilo, «yo no soy casta».
Este libro, desde su modestia como conjunto de apuntes de intención divulgativa, quiere ser una continuación de ese trabajo de producción de munición política para la gente. En él recojo, ordeno y reformulo reflexiones que han ido apareciendo en La Tuerka y Fort Apache, en discusiones con compañeros y amigos, en debates en las trincheras enemigas y no tan enemigas, así como en artículos y monólogos introductorios a mis programas de los últimos años. Consta de cuatro partes en las que trato de reflexionar sobre algunas nociones políticas, sobre la historia de nuestro país y sobre la situación de crisis económica que ha provocado lo que juzgo una crisis de régimen.
Dice Slavoj Žižek que «hoy, la ideología dominante se esfuerza en hacernos aceptar la imposibilidad de un cambio radical, de una democracia no restringida a un juego parlamentario». Disputar la democracia quiere ser una aportación a combatir la ideología de los que niegan la posibilidad del cambio político.
[1] Programa de debate político y social emitido originalmente en el Canal 33 y emitido en la actualidad por Público TV.
I
POLÍTICA
El pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad
INTRODUCCIÓN
En este capítulo presento una serie de reflexiones sobre la política, entendida como disciplina que estudia el poder, su ejercicio y la forma de mantenerlo. Asumo aquí la noción de política inaugurada por Maquiavelo en El Príncipe como arte o técnica de Estado, y me alejo de la noción aristotélica y sus derivaciones que la asocian, como también hacía el propio Maquiavelo en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, al buen gobierno o a la vida civil. Ambas nociones no son necesariamente contradictorias; simplemente, describen cosas diferentes.
La noción maquiaveliana de política como técnica de Estado alude al Stato como se entendía en la Florencia de los Médicis, esto es, como muy bien apunta Joaquín Abellán, como poder de la política sobre las leyes y las instituciones en oposición a la idea de ciudad o república como gobierno de la ley. Paradójicamente, aunque la idea de política como disciplina del poder se impuso entre los estudiosos de la política, la noción aristotélica es predominante en los discursos de los operadores políticos. Quiere esto decir, básicamente, que jamás el príncipe reconocerá en una rueda de prensa que, puestos a elegir, es preferible ser temido a ser amado, ya que los gobernantes temidos son menos susceptibles de ser ofendidos respecto a los que solo son amados. De hecho, una de las principales características de los príncipes contemporáneos es que, asesorados por consiglieri que saben más de marketing y de publicidad que de política, mienten sistemáticamente cuando se dirigen a los gobernados. Que existan leyes de secretos oficiales y fondos reservados prueba hasta qué punto la mentira es consustancial a los sistemas políticos que se autodenominan democráticos.
Por eso, en este capítulo presento una serie de reflexiones que ilustro con ejemplos de actualidad política nacional e internacional, orientadas no tanto a plantear cuestiones propias de la teoría política sino, más modestamente, a desenmascarar ciertos discursos políticos dominantes y tratar de sentar honestamente las bases de un discurso que, en la tradición de Wilson y Lenin[1], no mienta a la gente. Con ese espíritu me ocuparé también de explicar nociones como la de hegemonía o el concepto «antisistema» que, para operar en el discurso, habrán de asentarse sobre la maquiavélica base del «pesimismo de la inteligencia» asumido por Antonio Gramsci.
ADVERTENCIA SOBRE ENFERMEDADES INFANTILES
Poco antes de que se celebrara el II Congreso de la Internacional Comunista en 1920, Lenin escribió una de las obras que pasarían a formar parte de las referencias más citadas por el movimiento comunista: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. El texto, a pesar del contexto tan específico en el que se producía (la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial, con una Rusia destruida tras la guerra civil ganada por los bolcheviques), pasó a la historia como una defensa de la flexibilidad táctica frente al sectarismo y el dogmatismo.
Si este Lenin azote de los izquierdistas ha sobrevivido tan bien al paso del tiempo es porque el izquierdismo, magníficamente definido como enfermedad infantil, nunca ha dejado de ser una de las más peligrosas aflicciones de la izquierda.
