Una nueva transición - Pablo Iglesias Turrión - E-Book

Una nueva transición E-Book

Pablo Iglesias Turrión

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Beschreibung

"La historia nunca está escrita y en los próximos meses va a dirimirse en España, siempre con un ojo mirando a Europa, la forma en la que se resolverá la nueva Transición en marcha. Las próximas elecciones, de hecho, no abren sólo una nueva legislatura sino, quizá, el inicio de un nuevo régimen político en el que muchas cosas habrán de cambiar." PABLO IGLESIAS

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Seitenzahl: 328

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Akal / Pensamiento crítico / 49

Pablo Iglesias

Una nueva Transición

Materiales del año del cambio

Prólogo: Enric Juliana

¿Qué esperamos congregados en el foro?

Es a los bárbaros que hoy llegan.

Constantino Cavafis, «Esperando a los bárbaros».

Esperaban parapetados en sus palacios el asalto de los bárbaros. Imaginaban a salvajes escoceses capitaneados por William Wallace cargando desordenadamente hacia ellos. Sin embargo, para cuando quisieron darse cuenta, los bárbaros ya habían entrado en los palacios. Y no tenían un aspecto tan aguerrido, eran apenas ciudadanos armados de escobas y fregonas (se trataba de limpiar, al fin y al cabo) que habían entrado por las puertas de las instituciones empujados por otros ciudadanos.

Mientras la vieja guardia afilaba sus lanzas para contener la carga, Manuela Carmena, Ada Colau, José María González Kichi, Pedro Santisteve, Xulio Ferreiro y otros levantaban el bastón de mando en las principales alcaldías del país. La vieja guardia seguía esperando el asalto y, mientras, cientos de ciudadanos sin experiencia parlamentaria demostraban en semanas que se puede ser diputado cobrando tres salarios mínimos, y hacerlo mucho mejor que los diputados de la vieja guardia y los grandes sueldos.

Cuando un país ha cambiado, los asaltos son un paseo de la gente. Este libro es una compilación de los materiales de reflexión producidos en este año de cambios en el que la ilusión ha tomado forma política. En el poema de Cavafis finalmente los bárbaros no llegan, pues los bárbaros no existen. Los cambios sí.

Pablo Iglesias Turrión es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, universidad en la que impartió clases desde 2008 hasta 2014, año en que irrumpió en la escena política española al frente de Podemos. Licenciado en Derecho y Ciencia Política (con premio extraordinario), es asimismo máster en Humanidades por la Universidad Carlos III y en Comunicación por la European Graduate School, donde fue alumno, entre otros, de Slavoj Žižek y de Giorgio Agamben. Es autor y coordinador de varios libros, entre los que destacan Maquiavelo frente a la gran pantalla. Cine y política (2013), Disputar la democracia (2014) y Ganar o morir. Lecciones políticas en «Juego de Tronos» (2014).

Diseño de portada

RAG

Motivo de cubierta

Dani Gago

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Pablo Iglesias Turrión, 2015

© Ediciones Akal, S. A., 2015

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4291-4

A Naxos y Zante

EL CIELO SE TOMA POR ASALTO (A MODO DE PREFACIO)

Esperaban parapetados en sus palacios el asalto de los bárbaros. Apretaban los dientes y soñaban que la máquina del fango diezmara las filas de la aguerrida horda de oro. Imaginaban a salvajes escoceses capitaneados por Wallace cargando desordenadamente hacia ellos.

Pero entonces levantaron la vista y miraron atrás, y comprobaron que los bárbaros ya habían entrado en los palacios. No tenían un aspecto tan aguerrido, eran apenas ciudadanos armados de escobas y fregonas (se trataba de limpiar al fin y al cabo) que habían entrado por las puertas de las instituciones.

Todo el mundo lo reconoce ya: España ha cambiado y sus instituciones han empezado a hacerlo también. Mientras la vieja guardia, que muere pero no retrocede, esperaba un asalto frontal, centenares de miles de ciudadanos marcharon pacíficamente en Madrid el 31 de enero señalando que 2015 sería el año del cambio (¿recuerdan a Esperanza Aguirre comparando aquella movilización con la marcha sobre Roma de Mussolini?).

Mientras la vieja guardia afilaba sus lanzas para contener la carga, Manuela Carmena, Ada Colau, José María González Kichi, Pedro Santisteve, Xulio Ferreiro y otros levantaban el bastón de mando en las principales alcaldías del país. Mientras la vieja guardia preparaba aceite hirviendo para arrojarlo desde las almenas de sus castillos, las tertulias se llenaban de treintañeros y nuevos políticos de viejos partidos se remangaban las camisas, se quitaban las corbatas y ensayaban frente al espejo frases como «subir los impuestos a los ricos», «renta mínima garantizada», o «mi patria son las escuelas y los hospitales públicos». Mientras la vieja guardia se colocaba las armaduras, los sonrientes vendedores de preferentes naranjas renegaban de su corazón azul y practicaban frente al espejo frases como «hay que seducir a Cataluña», o «yo también derogaré la ley mordaza, pero poco». La vieja guardia seguía esperando el asalto y, mientras, cientos de ciudadanos sin experiencia parlamentaria demostraban en semanas que se puede ser diputado cobrando tres salarios mínimos y hacerlo mucho mejor que los diputados de la vieja guardia y los grandes sueldos.

El asalto es ya imparable y algunos siguen esperando que la película termine en una gran batalla final como en El señor de anillos. Vamos a seguir asaltando el cielo, sí, pero llamando al timbre. Cuando un país entero ha cambiado no son necesarias batallas finales, basta caminar tranquilamente. Cuando un país entero ha cambiado, los asaltos no los protagonizan guerreros jóvenes y musculados como en las películas, sino ciudadanos de rostro múltiple, madres de familia con jornadas de 15 horas, abuelos que dan la cara por los suyos estirando la pensión para ayudar a sus hijos. Cuando un país ha cambiado, los asaltos los protagonizan nietas exiliadas que vuelven para votar, autónomos que sonríen al ver en televisión a un científico en silla de ruedas y piensan «ya llegan los míos», parados que ven a un rubio enclenque y brillante y sonríen como la sirvienta de la familia Tocqueville en 1848, huelguistas de Coca-Cola que comparten tabaco con un abogado al que los pantalones le quedan grandes y piensan que ya llegan los suyos, amas de casa que ven en un programa matinal a una joven de sonrisa luminosa defender con vehemencia sus ideas y sonríen, profesionales de las fuerzas armadas que no dan crédito («¿Julio? ¿Mi general?»), pequeños empresarios que ven a una mujer con una niña de la mano y un bebé en brazos hablando de encuestas y sonríen. Cuando un país cambia, los héroes son trabajadores andaluces que sonríen cuando ven a su Teresa dar la cara o a un ingeniero sevillano con tatuajes explicar nuestro programa. Cuando el país entero ha cambiado, policías y guardias civiles ven a quien se partía la cara defendiendo sus derechos haciendo campaña en Cádiz y piensan «ya vienen los míos».

Cuando un país ha cambiado, los asaltos son un paseo de la gente.

Este libro es una compilación de materiales producidos este año y concebidos para el asalto al cielo. Junto al análisis en profundidad sobre el origen de Podemos y nuestras concepciones estratégicas que preparé para la New Left Review, aparecen varios artículos publicados en diferentes periódicos españoles, dos prólogos a publicaciones de amigos, varias entrevistas que me parecieron especialmente valiosas por la enorme competencia de los entrevistadores, así como tres discursos que he considerado, por su contexto, de una relevancia especial para nuestra historia este año. Mediante notas a pie he hecho, desde el presente de la redacción de este prefacio en noviembre de 2015, algunos comentarios breves que he considerado de interés para el lector.

En estos tiempos de transición que nuestro país atraviesa, creo que estos materiales de 2015 pueden resultar útiles para comprender nuestro proyecto y ubicarlo en el momento histórico que vivimos.

Llega el momento de los reconocimientos. Quiero agradecer en primer lugar a Enric Juliana su disponibilidad para prologar esta compilación. Lo último que quería era un prólogo complaciente. Me parecía mucho más interesante y útil para los lectores que fuera un crítico de Podemos quien introdujera estos materiales. Desde que conocí a Enric, empujado por la fascinación que producía en Íñigo Errejón y Xavi Domènech (es como nosotros, gramsciano, pero de derechas, me dijo Errejón), me convertí en adicto a sus análisis políticos en La Vanguardia. En tanto que «polaco» en la corte del exrey Juan Carlos, con finura de consigliere florentino, Juliana ha sido el mejor observador de las estrategias de asalto de Podemos en un contexto de crisis de régimen, marcado por la superposición de la crisis económica y la cuestión catalana. En nuestros dosieres de estudio semanales, los textos de Juliana siempre ocupan un lugar destacado. Por ello es un honor contar con el más lúcido de nuestros críticos para presentar este libro a los lectores.

Vaya mi agradecimiento también a Tomás Rodríguez y a Ediciones Akal, ejemplo de coherencia en el difícil mundo editorial, siempre abiertos a cualquier propuesta, e incluso a cualquier locura, en las duras y en las maduras. Del mismo modo quiero agradecer a Fernando Vallespín, a Carles A. Foguet, a Jorge Galindo, a Mar de Marchis y a Jorge Lago permitirme publicar tres entrevistas muy difíciles y muy valiosas.

En lo que se refiere a los discursos quiero agradecer el trabajo, proporcionando datos e ideas, de Jorge Moruno, Ángela Vázquez, Ione Belarra, Adrián Bustos y Dina Bousselham. Nunca podré agradecer del todo su trabajo esmerado e invisible.

Aunque los textos aquí presentados son responsabilidad exclusivamente mía, si algún mérito tienen se debe al trabajo de mis camaradas de Podemos. A los debates con Irene Montero, encargada de la difícil e ingrata tarea de la coordinación política de mi equipo, le debo la concepción de buena parte de los textos que aquí aparecen. A Íñigo Errejón debo agradecerle haberme brindado los más valiosos diálogos sobre estrategia y táctica. Rafa Mayoral, mi primer maestro político, sigue teniendo ese brillo en los ojos y esa mente audaz que me cautivaron en mi adolescencia, cuando empezamos a militar juntos, y que tanto han condicionado mi forma de entender la política. Estos agradecimientos no terminarían nunca si tuviera que ser justo con todas mis deudas intelectuales y políticas, pero no quiero dejar de mencionar a mis padres, a Tania Sánchez (sin ella no existiría Podemos), a Juan Carlos Monedero (ejemplo intelectual y también de valor e integridad), a Marisa Matias, a Carolina Bescansa, a Luis Alegre, a Manuel Monereo, a Pablo Bustinduy, a todos los compañeros de la ejecutiva que no han aparecido aún (Sergio, Ángela, Tania, Auxi, Nacho, Gemma), a los compañeros de mi equipo (Juanma, Belén, Laura, Noe, Paz, Pablo, David, Carlos, Dani, Ricardo, Miguel, Nuria, Manolo, Fran, Denis, Pedro, Antonio…), a todos los compañeros de Podemos en todas partes, a los aliados, a los amigos y compañeros que, sin ser de Podemos, son igual de compañeros: Ernest Urtasun, Yolanda Díaz, Javi Couso, Joan Herrera. En fin, esta lista no terminaría nunca…

Escribió Constantino Cavafis: ¿Qué esperamos congregados en el foro? / Es a los bárbaros que hoy llegan. Como en su poema, los bárbaros no existen. Los cambios, sí.

Pablo Iglesias

Madrid, noviembre de 2015

PRÓLOGO

Entre la ira y la reforma; entre Peter Pan y el Estado

Tuve noticia directa de Podemos el día que abdicó el rey Juan Carlos. Evidentemente conocía a los de la «coleta» por el ruido que habían organizado durante las elecciones europeas y por su sorprendente resultado electoral. A través de un común amigo establecí contacto con Juan Carlos Monedero. Quedamos citados para almorzar el lunes 2 de junio del 2014. Un día señalado. Sobre las once de la mañana, Juan Carlos I anunciaba ante las cámaras de televisión su renuncia al trono, apenas una semana después de las primeras elecciones en las que los dos partidos principales de la restauración democrática no lograban sumar más de la mitad de los votos emitidos. Ambiente de final de época. Era el mejor momento para conocer a uno de los promotores del nuevo partido de la protesta.

El almuerzo transcurrió deprisa, sin que nadie tuviese prisa. Estaban pasando demasiadas cosas a la vez. Monedero es un hombre nervioso, vehemente y rápido de cabeza. Retengo una idea de aquella conversación. En un momento dado, el triunviro de Podemos expresó su fastidio por la insistencia con la que, desde Izquierda Unida, les estaban pidiendo su adhesión a un manifiesto en favor de la III República. «Este no es el tema. La gente en España no se despierta suspirando por la tercera República. La gente tiene ganas de decidir, de tener más peso en las decisiones importantes, y esta debe ser nuestra política.» Me pareció una reflexión interesante en boca de un dirigente político encasillado en el apartado «extrema izquierda».

Podemos, el primer Podemos, no pretendía anclarse en la vieja y eterna discusión española entre Monarquía y República, y no quería hacerlo el día más propicio para ello: el día en que el viejo rey, cansado y desgastado, se veía empujado por sus consejeros a la abdicación. Una inteligente abdicación, como los hechos posteriores han demostrado. Aún no han transcurrido dos años de aquel singular momento y seguramente nos parece una eternidad. La discusión política no está hoy centrada en la figura de Felipe VI. La cuestión de la jefatura del Estado, efectivamente, no es el «tema». La III República no figura en el debate, ni siquiera es hoy una de las divisas más visibles de Izquierda Unida, en su intento de permanecer como fuerza política parlamentaria. Existe hoy cierta esperanza de que, en España, se abra un ciclo reformista con el apoyo del nuevo rey. Lo escribo en condicional, puesto que no tengo la total certeza de que eso vaya a ocurrir en los tiempos venideros.

Me pareció interesante el comentario de Monedero y recuperé por unos instantes en el paladar el recuerdo del «eurocomunismo», un sabor político que creía perdido para siempre. No se lo comenté a mi interlocutor, puesto que le acababa de conocer y deseaba escucharle y tomarle las medidas, más que discutir con él. Seguramente al carbonario Monedero no le hubiese gustado nada verse etiquetado como un eurocomunista tardío. En su fase «novísima», Podemos no quería saber nada del eurocomunismo, ni de ninguna otra antigualla de la Transición. En su fase actual, menos adánica, más profesional, más asentada, aunque todavía provisional, seguramente tampoco desea que le endosen esa etiqueta pasada de moda.

No lo dije entonces, pero lo escribo ahora. En Podemos hay rastros genéticos del eurocomunismo de los años setenta. Eurocomunismo: postrer intento de los partidos comunistas occidentales, especialmente incisivos en el sur de Europa en los años setenta, para adaptarse a los valores de la democracia liberal, eludir la amenaza estratégica que supuso el golpe de Estado de 1973 contra el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile, y aproximarse a las nuevos valores de la juventud europea después de Mayo de 1968. Los más eurocomunistas fueron los italianos, hijos de una nación transformista por naturaleza. Los menos, los portugueses, rocosos como la balsa de piedra de José Saramago. La expresión «eurocomunismo» fue acuñada por Frane Barbieri, un periodista de origen yugoslavo que escribía para Il Giornale Nuovo de Indro Montanelli. Apareció citada por primera vez en un artículo de junio de 1975, titulado «La caducidad de Breznev». Otro periodista italiano, Arrigo Levi, le disputaba la paternidad del neologismo. La huella genética del eurocomunismo también es reconocible en Syriza, con cromosomas más bizantinos y orientales. Evidentemente, el rastro más potente se halla en el Partido Democrático italiano, organización política hoy difícil de definir –rotundamente a la derecha de Podemos y Syriza–, que ejerce las funciones de «partido nacional», después de la disolución del fenómeno berlusconiano. El encuentro con Monedero tuvo lugar en el restaurante del Hotel de Las Letras, en la Gran Vía de Madrid. Fue una conversación rápida sin que nadie tuviese prisa. El carbonario marchó en moto. Y el día era eléctrico.

Unas semanas más tarde conocí al segundo triunviro, Íñigo Errejón, con el que tomé café en la librería La Central de Callao, no muy lejos de Gran Vía. Errejón habla muy deprisa, sin tropezar con los muebles perfectamente instalados en su cabeza. La característica principal de este hombre político es bien conocida: vivo contraste entre su aspecto eternamente juvenil y la complejidad y madurez de su discurso. La personalidad de Errejón explica bien el éxito de Podemos entre muchos jóvenes españoles con estudios universitarios. La pauta social les mantiene en una prolongada juventud, pero han acumulado conocimientos más que suficientes para aspirar a funciones dirigentes. Podemos se ofrece a los jóvenes como marco de experiencia política. Escuela de posgrado, instrumento de presión y dispositivo de poder. Academia de cuadros, «sindicato» y partido parlamentario a partir de diciembre del 2015. Lo «nuevo» ante lo «viejo». Los de «enfrente» ante los de «dentro».

En la conversación con Errejón no encontré ningún rastro del viejo eurocomunismo. Errejón me habló poco del pasado y me llamó la atención el lenguaje con el que se refería al futuro. Un lenguaje intelectualizado, universitario, pero a la vez muy operativo. Habla del futuro en idioma 2.0. El único pasadizo que le comunica con los tiempos pretéritos me parece que es el pensamiento de Antonio Gramsci. Creo recordar que, en aquella primera conversación, Errejón no citó ninguna vez al sociólogo argentino Ernesto Laclau, ni los «significantes vacíos», ni los «significantes flotantes». Tuvo compasión de mí.

Al cabo de unos meses, recibí una invitación para ser entrevistado por Pablo Iglesias en el programa de televisión por internet La Tuerka. «Me ha dicho Errejón que eres un gramsciano de derechas…», recuerdo que fueron sus primeras palabras al comenzar la conversación en unos estudios de la Gran Vía de Madrid, no muy lejos del Hotel de las Letras y de la librería La Central. Fue divertido.

Me honra esa etiqueta. Leí a Gramsci de joven y conservo todos sus libros con verdadero cariño. En uno de ellos, a modo de punto de página, conservo un billete de tren de 1975, el año fundacional del eurocomunismo. Siempre me gustó más Gramsci, a veces espeso, a veces tupido como la capa de un príncipe renacentista, que la prosa eléctrica y agresiva de Lenin. Puesto que soy un «gramsciano de derechas», me suelto. Tengo para mí que, en el pensamiento de este pensador marxista italiano –sardo de origen–, está inscrita, de manera implícita, la imposibilidad de la Revolución en los países de capitalismo desarrollado. Gramsci invita al reformismo fuerte. Esa es mi opinión. Y el reformismo fuerte hoy se encuentra en graves dificultades, puesto que una de las características de nuestra época es la fragmentación de la sociedad y el alejamiento del poder. En los países sin fábricas y con mucho internet, cuesta fijar posiciones comunes, que después no pueden ser negociadas con un poder plenamente soberano. Sin revolución y sin reformismo, sólo queda espacio para el populismo, que puede llegar a ser una parodia de las fiebres revolucionarias y una imposibilidad añadida para los cambios graduales.

Iglesias no habla tan rápido como sus compañeros de triunvirato, pero creo que tiene prisa. El líder de Podemos se expresa más despacio que Monedero y Errejón, y transmite urgencia biográfica. Ha visto una oportunidad, quiere aprovecharla y no es seguro que esté dispuesto a una larga guerra de posiciones, por decirlo con una expresión recurrente en los textos gramscianos. Pablo Iglesias ha creado un personaje, y las acentuadas características de ese personaje –entre el activista, el periodista, el presentador de televisión, el analista político y el héroe pop– pueden determinar la duración de su trayectoria política, según cual sea el resultado de las próximas elecciones generales.

Iglesias tiene madera de líder, no hay duda de ello. Habla con convicción, transmite una gran seguridad en sí mismo –a veces excesiva–, es perspicaz, maneja bien la ironía y posee ese punto de soberbia intelectual que difícilmente pueden disimular quienes se han formado en las escuelas de los jesuitas o en las juventudes comunistas. No me consta que el líder de Podemos haya estudiado en colegios de la Compañía de Jesús, pero es de dominio público que militó durante un tiempo de la Unión de Juventudes Comunistas. A consecuencia de ello, tiene cierto apego al historicismo. No le disgusta hablar del pasado para referirse al presente. Maneja bien los resortes del realismo político, en combinación con el mundo virtual de Juego de Tronos. No me parece un temerario. Tiene perfecta conciencia de que se ha metido en un combate durísimo y repleto de peligros, también en el orden personal. Ha visto una oportunidad y tiene prisa. En este sentido es perfectamente leninista.

Aquella primera conversación con Iglesias creo que fue interesante. Me quedé con la impresión de que deseaba conocer mi opinión sobre la política catalana en un momento en el que ya se hablaba de avance electoral. Me reafirmo ahora en dos de las ideas que le expresé aquel día, 9 de noviembre del 2014. Primera: una nueva formación política de izquierdas ha de operar en Catalunya en el interior del marco catalanista. Segunda: el PSOE puede llegar a convertirse en el gran partido «regional» del sur de España.

La primera cuestión creo que ha quedado convalidada por los resultados electorales del 27 de septiembre del 2015 en Catalunya, en las que el grupo dirigente de Podemos quiso pilotar muy directamente la campaña electoral de una plataforma electoral creada con extrema rapidez, en alianza con una Iniciativa per Catalunya dispuesta a su autoliquidación. Una campaña electoral difícil, poco afortunada, acentuada por la significativa ausencia de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y en difícil competición con los hermanos franciscanos de la CUP. Los resultados no fueron buenos y nuestro héroe pop dio en el clavo cuando declaró a un periódico catalán que en aquella campaña había tenido la constante impresión de moverse en un país distinto. Efectivamente: estaba en la nación catalana.

Sobre la segunda cuestión, quedo a la espera de las elecciones generales de diciembre, pero me temo que las cosas no le van a ir muy bien a un Partido Socialista que ha perdido pie en las grandes ciudades. Un PSOE cada vez más anclado en el sur de España, donde el deseo mayoritario es que las cosas sigan como están, puesto que si cambian puede ser para peor en un entorno social que se siente frágil. El Sur español es hoy comunitarista y precavido. Profundamente nacional, en tanto que esa expresión connota continuidad, seguridad y protección. Los mayores deseos de cambio ondean en las grandes ciudades, especialmente entre los menores de 50 años, aunque en el interior de esa agitación urbana de ondulante recorrido no se sepa muy bien qué cambios se desean. España vive un momento muy complejo y se nos está yendo la luz de Europa.

Después del bache de septiembre, Podemos concurre a las elecciones generales en las cuatro provincias catalanas en coalición con un conjunto de fuerzas, entre las que destaca la corriente municipalista que rodea a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el movimiento de los Comunes. Colau hará campaña fuera de Catalunya, subrayando su personalidad y su autonomía política. Los Comunes se convierten así en el PSUC de Podemos. La historia siempre tiende a regresar. En Valencia la coalición es con Compromís, no sin fuertes tensiones entre el sector más menestral y centrista del valencianismo. Y en Galicia, el infatigable Xosé Manuel Beiras parece haber impuesto su estrategia de las «mareas». En Euskadi ha habido crisis. Podemos se va adaptando al terreno realmente existente.

El primer impulso jacobino del partido morado se ha tenido que acomodar a la orografía del país. Creo que se lo dije un día a Iglesias: «La España jacobina es imposible y la España girondina federalista es un dolor de cabeza que no se acaba nunca». El dueto de Pablo Iglesias con Ada Colau será interesante. Es posible que esa pareja encierre tensiones aún no desveladas. Iglesias no habla deprisa, pero tiene prisa. La alcaldesa de Barcelona habla con mayor velocidad y tiene la mirada puesta en el medio plazo. Se están reconfigurando los espacios políticos y habrá competición entre los nuevos actores, incluso entre aquellos que hoy aparecen en el mismo bando. Es lógico, es humano y es político. Y es antiguo. Tengo curiosidad por ver qué ocurrirá entre Pablo Iglesias y Ada Colau en un futuro no muy lejano.

Podemos ha hecho una cosa muy importante en menos de dos años. Ha puesto las bases de una nueva crítica social en España. Ha ofrecido a las nuevas generaciones la posibilidad de dotarse de un instrumento político verdaderamente representativo. Ha sacudido la escena. Ha socializado el impulso regenerador, con instrumentos conceptuales tan rudimentarios como eficaces: la célebre «casta». Ha provocado reacciones burdas y reacciones inteligentes. Ha propiciado la apuesta de un sector del sistema por una réplica de centroderecha (Ciudadanos) que podría acabar siendo la sorpresa del 20 de diciembre. Y ha propinado un fuerte golpe a los fabricantes de corbatas en España. Puesto que soy un gramsciano de derechas, algo chapado a la antigua, no me he quitado la corbata desde el día en que Pablo Iglesias fue elegido eurodiputado.

Es rotundamente cierto, Podemos ha cambiado la expresividad de la política española. Ahora veremos si es capaz de modificar sustantivamente la relación de fuerzas parlamentaria en un país dotado de una ley electoral que no favorece la innovación. Los cuarenta diputados que en estos momentos –segunda mitad de noviembre– pronostican algunas encuestas, me parecerían un gran éxito. Pero quizá no sea ese el éxito que espera Iglesias, el hombre que no habla muy rápido, pero tiene prisa.

Voy a concluir con una afirmación seguramente discutible. En la España desorientada por la crisis económica y los nuevos avatares del mundo, Podemos simboliza en la segunda década del siglo XXI algo parecido a lo que representó Comisiones Obreras en los años sesenta del siglo pasado: la afirmación de impulsos sociales nuevos por encima de las inercias y las formas del pasado.

Comisiones Obreras fue una de las creaciones más genuinas de la sociedad española bajo el franquismo. No vinieron de «arriba», surgieron de «abajo». El Partido Comunista de España y el PSUC, sus grandes valedores, se las encontraron en fase magmática y decidieron apoyarlas y promoverlas en un momento de dudas sobre la conveniencia de seguir manteniendo estructuras sindicales comunistas estrictamente clandestinas. (En una reunión en el Kremlin en 1948, Stalin había recomendado a los dirigentes comunistas españoles que tuviesen tarpenie, mucha tarpenie; paciencia, mucha paciencia. Los dados del tratado de Yalta ya estaban echados y España pertenecía a la esfera occidental. Les dijo que se olvidasen de las guerrillas y preparasen la infiltración en los sindicatos fascistas.)

Comisiones Obreras fue una emanación genuina de la España del Seiscientos. Fernando Claudín y Jorge Semprún tenían razón cuando, en 1963, advirtieron al PCE que la sociedad había entrado en una fase de profunda mutación socioeconómica, de manera que la política de oposición a Franco no podía concebirse sin tener en cuenta esa evolución de fondo. Ambos fueron expulsados, y eso ayuda a explicar que el eurocomunismo se implantase en España con severos defectos de fábrica. Y, como consecuencia de ello, pasó lo que pasó.

Comisiones Obreras fue un sindicato denuevo tipo. Luchó por un reparto más equitativo de los beneficios durante el despliegue desarrollista y dotó a muchos trabajadores de un nuevo sentido de la ciudadanía, sin una sobrecarga nostálgica de los tiempos de la República. En su etapa de propulsión, Comisiones Obreras era una dinámica, no era un mundo en sí mismo. Comisiones Obreras fue un producto social moderno. El primer impulso no «subalterno» de la clase obrera española después de la tragedia de 1936-1939.

Veo en Podemos algunos rasgos equivalentes. Sé que esa afirmación puede resultar polémica, puesto que aún no hemos comprobado cuál es la capacidad de resistencia del partido del círculo morado ante la adversidad. Ahora no te detiene la Guardia Civil; ahora deja de programarte la televisión privada. Podemos es una fabricación político-cultural de la sociedad española ante el desplome del sistema de ilusiones articulado y acumulado después del ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986. El des­tacamento social más irritado ante el súbito derrumbe de las expectativas es el que comenzó a multiplicar las expectativas electorales de Podemos después de su irrupción en el tablero, en mayo del 2014. Una multiplicación seguramente exagerada, puesto que en aquel momento Podemos disfrutaba del monopolio de la novedad, algo muy preciado en las democracias mediáticas.

Estabilizar esa fuerza, darle forma, sentido y continuidad no es fácil, puesto que tiene un fuerte contenido reactivo. Ese es el dilema. Podemos como «Partido de la Ira», o algo más que eso. Podemos podría convertirse en el partido de «nuevo tipo» de las clases populares españolas, ante una nueva fase histórica de desajustes y desigualdades, que me temo será larga y pedregosa. Un partido de nuevo cuño, pilotado por gente joven, algunos de ellos emparentados con afiliados y antiguos dirigentes de Comisiones Obreras. Si no estoy mal informado, este es el caso de Pablo Iglesias.

Aunque hacía todo lo que estaba en su mano para disimularlo, el eurocomunismo tenía detrás los cohetes SS-20 soviéticos. Había un débil hilo rojo que unía las posiciones reformistas de Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo con los potentes misiles con cabeza nuclear instalados por la URSS en la Europa central y oriental en los años setenta. Los comunistas de los países del sur de Europa eran respetados por su política reformista –en Portugal quisieron ensayar una revolución completa y se equivocaron–, pero también porque estaban emparentados con una «Fuerza». Destruida, desarticulada y desprestigiada esa potencia en tanto que vector político internacional, sus partidos entraron en crisis y se convirtieron en estructuras socialmente inservibles. Lo que queda de ellos, las nuevas generaciones no lo saben leer. Su tiempo se ha acabado, pero las contradicciones sociales prosiguen.

Reemerge la pregunta de Pier Paolo Pasolini en los últimos versos de Las cenizas de Gramsci, poemario escrito entre 1951 y 1956, año de la invasión soviética de Hungría.

¿Pero yo, con el corazón consciente

de quien solamente en la historia tiene vida,

podré alguna vez por pura pasión actuar

si sé que nuestra historia ha concluido?

Podemos no tiene detrás cohetes nucleares y, si en sus principios contó con el apoyo de Venezuela –compañía que en estos momentos sinceramente no les aconsejaría–, la comparación con la URSS no es posible. La ausencia de un fuerte apoyo fáctico exterior e interior, acentúa el carácter genuino de esta nueva experiencia política. Surge del interior de la sociedad. Surge del interior de la ira, de la perplejidad y de la decepción de buena parte de la sociedad española. Al carecer de fuertes apoyos fácticos, su despliegue, madurez y consolidación depende exclusivamente del talento de sus líderes y de la inteligencia colectiva de sus seguidores y electores. En este sentido, Podemos es una propuesta radicalmente democrática. Creo que hay que leerla como tal, aunque uno no se sienta totalmente identificado con sus postulados y algunos de sus puntos programáticos nos puedan parecer algo naifs. Ahí están, también, los pliegues reales de la sociedad española, demasiado tiempo desconectada de la cultura política.

En fin, eso es lo que Pablo Iglesias lleva entre manos. Estoy deseando ver la batalla que un día u otro se librará entre las prisas del personaje pop que él mismo ha creado y el hombre político que ha sabido contar con el apoyo de un general de la OTAN diez días antes de que en París se haya apagado la luz.

Enric Juliana

Madrid, 16 de noviembre de 2015

CAPÍTULO I

Entender Podemos[1]

En ciertos momentos de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales […]. En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido es el mismo: la crisis de hegemonía de la clase dirigente.

ANTONIO GRAMSCI

Todo cambio político en un sentido progresista pasa por constituir al pueblo como actor colectivo. Y esto requiere la agregación de demandas: demandas individuales que confluyen en imágenes comunes y una cierta dicotomización del espacio político.

ERNESTO LACLAU

El único punto de partida concebible hoy para una izquierda realista consiste en tomar conciencia de la derrota histórica.

PERRY ANDERSON

Con este artículo pretendo explicar a los lectores de la New Left Review, que es una de mis revistas de referencia, los análisis e hipótesis fundamentales que han informado nuestra estrategia política. Este artículo quizá represente la reflexión más trabajada que he podido llevar a cabo, desde que fui elegido secretario general de Podemos, para explicar qué somos, de dónde venimos y adónde queremos ir. La relevancia que pueda tener este texto no está tanto en el nivel teórico de mis reflexiones como en el hecho de que, por primera vez, se explica de primera mano el fenómeno Podemos a los lectores de una revista de referencia para la izquierda en todo el mundo. En el ámbito de habla española, y a fortiori fuera del mundo hispanohablante, todavía no hay muchos análisis sobre Podemos más allá de ciertos trabajos periodísticos. Algunos de ellos son excelentes, pero tienen lógicamente un carácter diferente al que tiene este texto. En este artículo hablo con mi propia voz, permitiéndome llegar algo más lejos de lo que me atrevo a hacer cuando concedo entrevistas a medios de comunicación convencionales, pues aquí busco la complicidad con los lectores de esta revista. Se percibirá en el texto que combino mi rol de secretario general con el de politólogo; al fin y al cabo, sin el segundo el primero no habría sido posible y esa es, sin duda, una de las principales características de nuestra fuerza política.

UNAIZQUIERDAREALISTA

La explosión de la crisis financiera de 2008 ha producido una serie de imprevistas consecuencias políticas, especialmente en Europa. ¿Cómo pueden las fuerzas de la izquierda radical responder del modo más adecuado a este desafío sin precedentes? Ante la inédita situación política creada por la crisis de la eurozona, nuestro punto de partida fue el reconocimiento de la derrota de la izquierda durante el siglo XX, ya registrado por Perry Anderson en el editorial de la New Left Review que abría la segunda serie de la revista en 2000[2], año en el que precisamente se lanzó esta edición en castellano. El único punto de partida concebible hoy para una izquierda realista consiste, pues, en tomar conciencia de la derrota histórica y esa conciencia del resultado del siglo XX, se lo aseguro, es una de nuestras hipótesis.

Eric Hobsbawm enmarcó el siglo XX entre la Revolución bolchevique y la caída del Muro de Berlín. Aquel siglo breve conoció los horrores del fascismo en sus diferentes modalidades nacionales, dos guerras mundiales, el holocausto nazi, las formas más violentas de colonialismo y neocolonialismo militar, político y económico y los espantos y mediocridades de los regímenes del llamado socialismo real, además de un largo etcétera de horrores del pasado reciente que podría ser interminable. Sin embargo, el corto siglo XX de Hobsbawm fue también el siglo de la esperanza y del progreso social. El avance de los movimientos socialistas y de las organizaciones sindicales y populares en los países centrales se tradujo en derechos sociales y políticos para sectores cada vez más amplios de la población y en una concepción de la democracia vinculada a unas mínimas bases materiales de bienestar. En las áreas centrales, en especial en Europa Occidental, pero también en Estados Unidos la economía de libre empresa se hizo compatible con formas de redistribución de la riqueza y con la mejora del nivel de vida de una parte considerable de los sectores subalternos, en particular de la clase obrera empleada en los sectores económicos que contaban con una fuerte presencia sindical. Las constituciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Europa Occidental fijaron un nuevo contrato social con el que una parte considerable de las mayorías sociales de estos países tuvieron mucho que ganar.

Las revoluciones rusa y china no fueron capaces de compatibilizar la redistribución económica con la democracia, pero tuvieron un efecto industrializador y modernizador innegable. El esfuerzo bélico soviético en la Segunda Guerra Mundial no sólo fue la condición de posibilidad de la derrota del fascismo, sino también una demostración del desarrollo económico soviético. Las reglas políticas de la Guerra Fría estuvieron condicionadas por el peso geopolítico, primero, de la Unión Soviética y después de China, y aunque de ningún modo constituían una realidad moralmente aceptable, permitieron, no obstante, imaginar posibilidades emancipadoras para muchos actores políticos en todo el mundo. La sola existencia de la URSS representaba un contrapeso geopolítico notable al intervencionismo de Estados Unidos, y si bien la lógica de la Guerra Fría generó en ambos bandos Estados satélites privados de soberanía, aquella situación fortaleció los Estados del bienestar y la extensión de los derechos sociales en Europa Occidental. En las áreas periféricas, los movimientos de liberación nacional se enfrentaron al colonialismo haciendo emerger nuevas naciones que, al menos en el terreno políticomilitar, desafiaron la hasta entonces indiscutible hegemonía euroestadounidense, como se ejemplificó en las guerras de Vietnam y Argelia.

El siglo XX fue también el siglo del avance social en los que el viejo marxismo llamaba torpemente «frentes secundarios». Los movimientos de mujeres, los de las minorías (étnicas, sexuales…), los movimientos de defensa del medioambiente y toda la gama de nuevos y novísimos movimientos sociales fueron la expresión de nuevos avances democráticos.

LÍNEASDEFRACTURA

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa Occidental y Japón, al menos hasta la crisis del petróleo, experimentaron una notable recuperación económica, que les hizo alcanzar altos niveles de desarrollo y de bienestar para importantes sectores de sus poblaciones que en muchos casos superaron los logros registrados en Estados Unidos, país que siguió aplicando con éxito recetas keynesianas, en un contexto de fordismo económico y político, hasta finales de la década de 1970. Las décadas de 1960 y 1970 fueron también años de emergencia en los países centrales, apareciendo en la escena política las reivindicaciones llamadas posmateriales, como consecuencia de la escolarización masiva y de las nuevas sociedades de consumo construidas durante el periodo de posguerra.

Sin embargo, a partir de la crisis del petróleo de esa última década, los sectores dominantes globales apostaron por nuevas estrategias políticas, que pasaban por empoderar a los sectores financieros y por acelerar los procesos de integración económica mundial. Aquella intensificación de la globalización económica, de signo político neoliberal, implicó cambios tales como la desregulación financiera, que acabó con el sistema monetario y financiero de Bretton Woods y vino acompañada por un extraordinario desarrollo de los transportes así como de las tecnologías de la información y la comunicación.

En los países centrales se produjeron privatizaciones y se redujo, tras durísimos conflictos, la capacidad de negociación de los sectores organizados de la clase trabajadora. Se empezaron a contener las subidas salariales y a limitar los instrumentos de protección social, al tiempo que se producían deslocalizaciones productivas hacia áreas donde la mano de obra era barata y carecía de poder social y político. En los países periféricos, el neoliberalismo se tradujo en la imposición de planes de ajuste estructural, a veces respetando, hasta cierto punto, la democracia procedimental (Corea del Sur, desde 1987) y a veces no (Chile, desde 1973).