Divertirse trabajando - Sergio de la Calle - E-Book

Divertirse trabajando E-Book

Sergio de la Calle

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En su primer libro, Lidera con sentido del humor, el autor defendía el humor como la habilidad más infravalorada en el entorno profesional. Explicaba sus beneficios en distintos ámbitos (la comunicación, la creatividad, la gestión del estrés y la del conflicto) y enseñaba cómo usar el humor con eficacia en el trabajo. El objetivo de Divertirse trabajando es descubrir cómo las empresas más deseadas han ido más allá y han convertido la diversión en un valor corporativo y en un comportamiento distintivo de sus profesionales. Los líderes de estas organizaciones han combinado dos elementos que parecían excluyentes, diversión y trabajo, y los han convertido en atributo de marca diferencial a la hora de atraer y retener el recurso más escaso: el talento.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Divertirse trabajando

El ingrediente secreto de las mejores empresas

Sergio de la Calle

Primera edición en esta colección: abril de 2021

© Sergio de la Calle Asensio, 2021

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18582-36-3

Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Nota preliminar1. Introducción. ¿Divertirse trabajando… en mitad de la mayor crisis económica de la historia?2. Trabajo y Diversión: el 'Romeo y Julieta' del 'management'3. Por qué la diversión suma ahora más que nunca. «Tu empresa no mola»4. Claves del cambio cultural5. FASE I: Liderar desde el ejemplo. «Yo, el primero»La entronización de la seriedad y el líder torturadoLiderar desde el ejemploEjemplos de líderes que dan ejemplo6. FASE II: Cambiar la percepción. «La diversión es una cosa muy seria»7. FASE III. Empoderar al equipo. «Ahora vosotros, con nuestro apoyo»8. FASE IV. Corporativizarlo. «Que nos caracterice. Que sea parte de nuestra marca»El humor en los momentos de la verdad de Recursos HumanosLa diversión como valor corporativoOficinas que promuevan la diversiónCierre de Eduardo JáureguiAgradecimientos

A mis hijos, Nico y Valeria.

Elegid un trabajo en el que os divirtáis… y, si no lo encontráis, inventadlo.

Nota preliminar

En varias ocasiones, sobre todo en el capítulo de liderazgo y role modelling, mencionaré mi primer libro, Lidera con sentido del humor. Los equipos más eficaces se divierten trabajando.

La intención no es animarte a comprarlo, en el caso de que no lo tengas. De hecho, no es imprescindible su lectura para abordar este otro libro. El objetivo de las referencias es separar espacios y que aquellos lectores que sí lo han leído puedan conectar los puntos.

El objetivo de mi primer libro era compartir una herramienta de desarrollo personal para ser utilizada en el círculo de pertenencia o de influencia profesional. Aquí ya damos por superada esa fase y en Divertirse trabajando voy a hablar de organizaciones cuyos líderes ya están cien por cien convencidos de que el humor es un valor (aunque ellos no sean necesariamente personas divertidas, como vamos a ver). Y lo hacen escalable a otros niveles, se embebe en las formas de hacer, se explicita y hace evidente en el día a día, se convierte en un comportamiento «no negociable» en sus profesionales, lo hacen presente en los momentos de la verdad del ciclo de vida de un empleado… y todo ello revierte en una imagen de marca diferente y diferencial.

Entiendo que has sabido leer entre líneas y que la verdadera intención de las referencias a mi primer libro no es otra sino que lo compres. Nunca se me dio bien mentir, lo admito.

1.Introducción. ¿Divertirse trabajando… en mitad de la mayor crisis económica de la historia?

«El humor nace en el mismísimo momento que el dolor.»

HERNÁN CASCIARI

La crisis sanitaria de 2020 ha dejado un panorama sombrío en muchos aspectos. Personas han perdido seres queridos de forma cruel, sin despedida, sin poder reunirse para darse consuelo. Otros han perdido su trabajo o cerrado su negocio. Algunos, las dos cosas.

Sé de lo que hablo porque mi padre falleció en marzo de 2020, en lo más crudo de la crisis sanitaria de la COVID-19. Cuando ingresó en el hospital le dije que estaba escribiendo un segundo libro. No era verdad, pero estaba tan orgulloso de mi primera obra que esperaba que eso le diera una dosis extra de fuerza. Necesitaba mucho más que eso y, cuando falleció días más tarde, me sentí en la obligación de escribir. A él no le gustaban las mentiras, ni siquiera las que tuvieran la mejor intención.

Mi primer libro lo dediqué «A mi padre, que me enseñó a reírme de las debilidades. A mi madre, que me enseñó a reírme de los errores».

No fue solo una forma amable de expresarles mi cariño. Hacía honor a la verdad. A mi padre le faltaba el brazo, causa de un bizarro accidente a la tierna edad de dos años, tras arrollarle un tren en su pueblo natal en Extremadura. Ahora una discapacidad de ese tipo tiene una importancia relativa, pero en la década de 1930 no era un chiste. Incluso en la de 1970, durante mi infancia, recuerdo perfectamente a la gente volviéndose a mirarle cuando paseábamos por la orilla de la playa. Algunas viejecitas, con más buena voluntad que conciencia, miraban a mi madre y le decían: «Pobrecito» y «Qué buena es usted, cuidándolo». En mi caso, los compañeros de EGB, fascinados y asustados a partes iguales ante ese magnífico muñón a la altura del hombro, me preguntaban: «¿Por qué tu papá tiene el brazo partío»?». Yo les respondía de la misma forma que había escuchado a mi padre y a mi madre cuando les preguntaba algún adulto poco pudoroso. La opción 1 era: «Estábamos en un safari y se lo comió un león». Poco creíble, teniendo en cuenta que por aquel entonces nadie disfrutaba de ese tipo de vacaciones, pero, aun así, desarrollaron una versión 2: «Estábamos de safari, un león empezó a perseguirnos, así que se cortó el brazo, se lo lanzó para entretenerlo y que pudiéramos huir». Había una opción 3, solo para los más impertinentes, que era: «Un día empezó a mordisquearse un padrastro y le gustó tanto que no pudo parar». Las opciones 2 y 3, siendo del todo inverosímiles, dichas con semblante suficientemente serio, dejaban a la gente en shock durante unos segundos. Mis padres me enseñaron que el humor es la mejor forma de dominar los problemas. Una forma de tomar el control sobre las situaciones que nos son desfavorables. De luchar contra las vilezas de la vida.

Escribo este libro porque la risa es ahora más necesaria que nunca. Las crisis pueden quitarnos muchas cosas, pero no la sonrisa. Eso sí sería una derrota total. Además, si no lo teníamos claro, se ha revelado que nuestro estilo de vida puede cambiar radicalmente de un día para otro. Que puedes estar en la cresta de la ola hoy, y mañana aplastado contra la barrera de coral. Hay que buscar SIEMPRE el espacio para la risa. Incluso en los momentos más bajos nos recuerda nuestra humanidad y que, de una forma u otra, volveremos a recuperarnos. Lady Marjory Allen, una activista de los derechos de los niños que visitó Dinamarca en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, quedó impresionada por los improvisados parques infantiles hechos con chatarra, entre las ruinas de la ciudad. Tras verlos, lady Allen defendió la necesidad de divertirse incluso en las situaciones más desfavorecidas y aunque implicara riesgos: «Mejor un hueso roto que un espíritu roto», dijo. En esa línea, una de mis fotos favoritas es esta de la Biblioteca Holland House, tomada en septiembre de 1940 en Londres, tras un bombardeo de la Luftwaffe. Es tan terrorífica como esperanzadora. Tres personas, quizás usuarios habituales de la biblioteca de Kensington, buscan libros en medio de la destrucción. Ni el mayor de los horrores puede acabar con nuestra humanidad.

Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/

El atractivo retro de la foto no significa que esta situación solo se pueda dar en los «viejos buenos tiempos». Tras años de cruel guerra en Siria, en el distrito sitiado de Daraya, en Damasco y enterrada bajo un edificio bombardeado, se encuentra una biblioteca secreta que ofrece esperanza a muchos. Esta maravilla ha sido orquestada por Anas Ahmad, un exestudiante de Ingeniería Civil, junto con muchos otros exestudiantes cuyas carreras fueron interrumpidas por la guerra. Juntos han reunido más de catorce mil libros sobre casi cualquier tema imaginable; un oasis de placer en medio del terror.

En los próximos años, así es como veo yo a muchas empresas, como un campo de batalla salpicado de ruinas. Y aun así, es un lugar válido para el juego.

La clave es afrontar la vida en general y el trabajo en particular como un campo de juego.

Brian Sutton-Smith fue el teórico del juego más relevante que ha habido nunca, y estudió la importancia cultural del juego en la vida humana. Tras más de cincuenta años de investigación y cincuenta libros editados en dicho campo de estudio, resumió todo su saber en unas pocas frases: «La vida es una mierda, llena de dolor y sufrimiento, y lo único que hace posible levantarse por las mañanas y seguir viviendo es el juego. El juego se parece al sexo y a la religión, dos formas más de salvación humana en nuestra caja terrenal».

Su conclusión más nítida fue que la diversión es una necesidad existencial. Jugar supone un cierto riesgo, por qué no decirlo. En mis conferencias siempre uso una foto que muestra a un niño suspendido en el aire, saltando desde un columpio, en el punto más alto del balanceo. Otros niños lo miran expectantes. Todos hemos saltado de un columpio en marcha, tomando todo el impulso posible para alcanzar la máxima altura y siembre sabiendo que el aterrizaje puede salir mal. De hecho, es lo que le da un plus. Para ti y para los espectadores. Con el humor es lo mismo, puede salir mal, pero son menos las veces en que esto ocurre. Lo normal, saltando de un columpio y usando el humor, es que acabe bien. Con una risa. Con una relación más fuerte con la persona que tienes delante. Y ojo, no hay edad para el juego; no es una cosa de los jóvenes. Como dijo G. Bernard Shaw, «No dejamos de jugar porque nos hayamos hecho viejos. Nos hacemos viejos porque hemos dejado de jugar».

¿Qué es lo que ocurre cuando dejas de jugar? Brian Sutton-Smith dijo: «Lo opuesto al juego no es el trabajo, es la depresión». Según las estimaciones, en el mundo hay doscientos sesenta y cuatro millones de personas que padecen depresión. Y va a peor muy rápido: en una entrega de Stamboulian Talks, el médico psiquiatra y psicoterapeuta Miguel Ekizian alertó que para 2030 es posible que «la depresión sea padecida por más personas que las que sufren todas las enfermedades cardiovasculares juntas y se convierta en la primera causa de discapacidad mundial». Además del perjuicio de los individuos, supone un decrecimiento anual para la economía mundial de un billón de dólares estadounidenses en pérdida de productividad. En nuestra sociedad, la ansiedad se ha convertido en compañera de viaje porque nos sentimos obligados a parecer felices, por mera aprobación social. Ese fenómeno se ha visto amplificado por las nuevas tecnologías y redes sociales, pero viene de lejos, como demostró un estudio1 de S. Ginosar junto con otros científicos de la Universidad de California en Berkeley. Gracias a las tecnologías de big data evaluó y analizó la evolución de la sonrisa en Occidente a lo largo de treinta años en búsqueda de diversos patrones. A partir de fotografías de anuarios de institutos desde 1905, digitalizadas por las bibliotecas locales, descargaron más de ciento cincuenta mil imágenes e identificaron patrones en expresiones faciales y en la evolución de las sonrisas. Salvadas las distancias sociales (antes se posaba como si de una pintura se tratase, aguantando mucho tiempo en la misma posición) y culturales (la etiqueta y los estándares de belleza dictaban que la boca se mantuviera más cerrada), está claro: a medida que avanza el tiempo, la gente sonríe más y hoy en día la sonrisa es algo casi obligatorio cuando te hacen una foto. Íntimamente triste, públicamente contento. Esa inconsistencia es el caldo de cultivo para ciertos trastornos: algunos especialistas aseguran que la obsesión por tener la dentadura perfecta ha fomentado la dismorfia dental (obsesión con la apariencia de los dientes), que tiene su mejor representación en la blancorexia y en los cada vez más regulares blanqueamientos.

No sé por qué traumas me tocará pasar, pero juraría, cruzo los dedos, que yo no abultaré esa estadística.

La razón me devuelve de nuevo a mi padre. Él era un ávido lector y coleccionista. Junto con mis hermanos, heredo unos cuatro mil libros. Mis primeras lecturas no fueron «infantiles», estrictamente hablando, pues mi padre despreciaba esa categoría y consideraba que había clásicos accesibles para los niños. Mis autores favoritos fueron Jack London, con su Colmillo Blanco, La llamada de la selva o Antes de Adán, y Mark Twain, con Un yanqui en la corte del rey Arturo o Las aventuras de Tom Sawyer. Este último autor ha sido recurrente en mi vida por distintas razones, y dos frases suyas me sirven para cerrar esta introducción y dar paso al libro.

La primera fue:

«Cuanto más disfrutes de tu trabajo, más dinero ganarás».

Se adelantó a Edison, Buffet, Gates, King, Branson y Musk, que, como veremos más adelante, dijeron lo mismo con otras palabras…, pero cien años después.

La segunda fue:

«La mejor manera de animarse a uno mismo es tratar de animar a alguien más».

Tras la última crisis, hay gente pasándolo mal. Y, aun así, hay que reír. Se supone que los alquimistas convertían el plomo en oro. Todas las personas tenemos el poder de convertir el dolor en placer. La película La vida es bella recoge ese espíritu…, pero, claro, es una película. La cuestión es que, como siempre, la realidad supera la ficción: de vuelta en el infierno de Siria, encontramos a Abdullah, el padre de Salwa, una niña de cuatro años que sufrió una crisis nerviosa después de que unas bombas cayeran muy cerca de su casa. Para que no se asustara con las constantes detonaciones, se inventó el juego «¿Avión o bomba?», en el que la niña adivina a qué responde el zumbido por encima de su hogar. Ahora Salwa anticipa la detonación y se parte de risa cuando ocurre. Abdullah es un alquimista.

No hay problema laboral comparado con una guerra que, a fecha de hoy, les ha costado la vida a unos veinte mil menores de edad. Un mal trabajo, un despido o un paro de larga duración pueden quitarnos muchas cosas, pero no deben quitarnos la alegría mientras nos quede la más mínima energía. Porque, si somos capaces de reír juntos, es que, en algún sitio, hay una solución.

Mi padre y Twain me inculcaron esa filosofía. Ahora y siempre, como dijo el escritor John Updike: «El humor es mi modo por defecto».

2.Trabajo y Diversión: el Romeo y Julieta del management

«Todo el sistema económico depende del hecho de que la gente está dispuesta a hacer cosas desagradables a cambio de dinero».

DILBERT

Al 85 % de la gente no le gusta su trabajo.

Lo dice GALLUP, uno de los gigantes globales de análisis y asesoría, más conocida por sus encuestas de opinión pública.2 Realizó dos estudios durante cuatro años seguidos en Estados Unidos, entre 2008 y 2012, en los que preguntaron a mil personas al día, seleccionadas aleatoriamente, sobre sus emociones de una lista de siete que incluían la felicidad, el disfrute y la risa, así como la preocupación, la tristeza, la ira y el estrés. El total de entrevistados en los cuatro años llegó a 1,77 millones. Más tarde, pero todavía en paralelo, ampliaron el mismo estudio con una cantidad similar de encuestados de ciento sesenta y un países.

La conclusión fue clara: cada vez reímos menos.

Los niños de entre siete y diez años se ríen alrededor de trescientas veces al día, mientras que los adultos lo hacen menos de ochenta veces diarias. Ya en el mundo profesional, se confirma el weekend effect, es decir, las emociones positivas son más altas los fines de semana que los días laborales. Y viceversa aplicado a las emociones negativas. Así que resulta que el cliché «Por fin es viernes» tiene más fundamento que el mero chascarrillo de oficina. No puede ser que la risa sea lícita únicamente en la niñez y que sea un bien tan escaso en el mundo profesional.

¿Por qué tiene lugar esta perniciosa tendencia?

Si te preguntan el antónimo de «alto», dirás «bajo»; si es el de «guapo», dirás «feo». ¿Y qué pasa con lo opuesto a «diversión»? Sí, seguramente has pensado «trabajo». El trabajo se ha convertido en un inhibidor de la alegría. Es el bromuro de la risa. Entiendo que es por eso por lo que, cuando viajas a un país extranjero, en la aduana del aeropuerto te preguntan: «¿Viaja por negocios o por placer?». Y es que, si viajas por lo primero, parece que lo segundo queda excluido. «Disfrutar en el trabajo» es una suerte de oxímoron como «asquerosamente limpio» o «cerveza sin alcohol».

Incluso antes de incorporarse al mundo laboral, las personas ya han asociado «trabajo» a «dolor». Y esto es así desde mucho antes de que tú empezaras a cuestionarte por qué te cuesta levantarte por las mañanas: «negocio» es una palabra latina formada por nec y otium es decir, «sin ocio». Siguiendo con raíces etimológicas, el colmo es la de «trabajo», que viene del latín tripalium, que significaba literalmente «tres palos», en referencia a un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al reo. Con el tiempo, adquirió el sentido de «penalidad, molestia, tormento». Es decir, pasó de designar un instrumento de tortura a referirse a uno de sus efectos: el sufrimiento. Una nueva evolución metonímica lo asoció a la retribución, pues «el sufrimiento está presente en cualquiera de las actividades con las que nos ganamos el pan».

Alguien podría decir: «No es una posición madura esperar divertirse en el trabajo. Yo tampoco me divierto. Ni nadie que yo conozca». Ya lo dijo W. Chrysler:3 «Si fuese divertido, no lo llamarían «trabajo», ¿verdad?» (If it were fun it will not be called work, right?). El problema es que si haces tuya esa reflexión, pronto terminarás pensando que también son ciertas estas otras: «No te pagan para pensar», «No hagas preguntas. Simplemente hazlo», «Donde manda patrón no manda marinero» o «Solo somos números».

Que lo haga, lo piense o lo compre la mayoría no quiere decir que sea bueno.

Eso sería como darle la razón al dicho: «Mil millones de moscas no pueden equivocarse: coma mierda».

Dar por cierto algo basándonos en la cantidad de gente que lo aprueba o lo considera correcto no es más que una falacia lógica conocida como: argumentum ad populum. «Maluma debe ser un gran músico porque vende millones de discos», «Compra este móvil porque es la marca líder» o, en el caso que nos ocupa, «Todos mis compañeros están amargados porque el trabajo es un asco». Pero no debe ser así. Solo indica que, la fuerza de la repetición y la compañía de muchos otros en idéntica disposición nos llevan a un determinado estado mental. Por eso, hay que resistirse a comer mierda.

Si no lo hacemos, vamos a recorrer el mismo camino que las culturas que han encumbrado equivocadamente el heavy working al altar del compromiso profesional. En Japón, el Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar creó un término para categorizar las muertes por sobrecarga de trabajo: karoshi (para tener esta tristísima certificación, el trabajador debe haber hecho más de cien horas extra al mes o dos o más días consecutivos sin descanso alguno). El karoshi tiene otros nombres, como guolaosi para los chinos y gwarosa para los coreanos. Entiendo que se puede pensar que eso no va a ocurrir en Occidente, pero ¿estamos seguros de eso? Fernando Bartolomé y Paul A. Lee Evans ya analizaron en 1980 el alto coste personal para muchos profesionales en puestos directivos en el muy recomendable estudio ¿Merece la pena sacrificarlo todo en aras del éxito profesional?4 Después de estudiar durante cinco años el impacto de las dinámicas profesionales en la vida personal de dos mil directivos, concluye que muchos ejecutivos asumen que el éxito exige un precio, y que es ni más ni menos que el deterioro de la vida familiar. Se da por supuesto. El estudio demostró que este cliché no siempre refleja la realidad y algunos ejecutivos parecen estar exentos. De hecho, cuando se disfruta del trabajo, puede tener el mismo efecto que el ejercicio físico saludable: en lugar de provocar fatiga, es vigorizante. Pero lo que quedó claro es que un buen número sufre «desbordamiento emocional» negativo: el profesional que es infeliz en su trabajo tiene pocas posibilidades de ser feliz en casa, incluso si está bien pagado, su jornada es razonable y toma vacaciones con frecuencia. Mucho más reciente, de 2019, es el estudio encargado por Nominet para entender las tensiones de un perfil cada vez más demandado: el de los profesionales de la ciberseguridad. Los resultados son crudos: casi el 30 % trabaja más de sesenta horas semanales y uno de cada seis se medica o abusa del alcohol. Afortunadamente algunas organizaciones están viendo la falta de sostenibilidad de este modelo. The Muse, la empresa de búsqueda de trabajo y asesoramiento profesional, se guía por el principio life’s too short to hate your career («la vida es muy corta para odiar tu trabajo»).

Divertirse trabajando supone, para muchas organizaciones, un cambio cultural de magnitud. Y de eso va este libro. Todos los grandes cambios han empezado por individuos que un día comenzaron a hacer cosas diferentes a las comúnmente aceptadas y, consciente o inconscientemente, comenzaron un movimiento. En este caso, unos pocos «jefes» que se movieron del paradigma «Aquí se viene a trabajar y, por tanto, a sufrir» a «Aquí se viene a crear y, por tanto, a pasarlo bien». En la ciudad de Monstruópolis de la película de Pixar Monstruos S. A. existía la creencia generalizada de que el miedo era la fuente de energía más eficiente. Así había sido siempre y por eso tenían asustadores profesionales dedicados expresamente a infundir terror a los niños y recolectar sus gritos. Eso hasta que Sully y Mike descubrieron accidentalmente, gracias a la niña Boo, que la risa generaba diez veces más energía que el miedo. Para elevar la productividad, hay que convertir la fábrica de sustos en una fábrica de risas.

Si juegas, entonces compartirás la filosofía de vida de Thomas Edison, diametralmente opuesta a la de Chrysler (vista antes) y que se resumen en su frase: «No trabajé ni un solo día en mi vida: todo fue diversión».

3.Por qué la diversión suma ahora más que nunca... «Tu empresa no mola»

«No estoy construyendo el parque de atracciones por los niños.

¡No me interesan los niños, sino el dinero de sus papás!».

El señor Cangrejo en Bob Esponja.

«Tu empresa no mola.»

Eso le dijo un asistente, centenial5 de libro, al representante de un gigante empresarial que estaba hablando de las oportunidades de empleo en su empresa en una escuela de negocios.

Me removí incómodo en mi silla porque me pareció que lo mismo me hubiera podido decir a mí. Escuece, pero no es una sorpresa si, como es mi caso, has trabajado mínimamente el gap generacional en el ámbito empresarial. El ponente se picó y esgrimió que su empresa, al igual que muchas de las grandes, está en los primeros puestos de todos los rankings de empleadores más deseados. Error 1: hace ya tiempo que los jóvenes no prestan ninguna atención a los certificadores del tipo Great Place to Work, Top Employers o similar: esos han quedado para que las empresas acaparen ornamentos de metacrilato en despachos en los que no entra nadie de menos de cincuenta años. Lo que sí miran los jóvenes es Glassdoor y otras webs en las que se valoran las empresas única y estrictamente por la más temida de las fuentes: la opinión, anónima para más inri, de sus empleados. Solo allí Lululemon, un minorista de ropa deportiva desconocida para gran parte del planeta, puede estar diez puestos por encima de McKinsey, uno de los pilares sacrosantos del management.

El ponente puso otro argumento sobre la mesa, añadiendo que su empresa suponía estabilidad y que su paquete retributivo era de los mejores. Además, trabajar para una empresa como la suya supone un trampolín idóneo para pasar unos años y después tirarse con un perfecto tirabuzón a la piscina de otras grandes corporaciones ya ganando un pastón. Error 2: esas razones te las puede rebatir un representante de dos generaciones atrás, un baby boomer o incluso un traditionalist. El primer argumento del ponente, el de hacer currículum, podría haberlo rebatido Warren Buffet, el inversor de noventa años que mejor representa el capitalismo y que, hace ya mucho, dijo: «Elige un trabajo que te guste. Brincarás de la cama por la mañana. Estás loco si aceptas trabajos que no te gustan porque crees que lucirán bien en tu currículum. ¿No es eso como no practicar sexo en tu juventud y ahorrarlo para tu vejez?». Al segundo argumento, el de tener una buena nómina, le podría haber contestado Bill Gates, que no necesita presentación, que afirmó: «Paul [Allen, el otro fundador de Microsoft] y yo nunca pensamos que ganaríamos mucho dinero con esto. Simplemente nos encantaba tirar código [escribir software]». En un sector muy diferente al de las grandes corporaciones, Stephen King dijo en la misma línea: «He ganado una gran cantidad de dinero con mis novelas, pero nunca he escrito una sola palabra con la idea de que me pagaran por ello… He escrito porque me ha llenado. Paga la hipoteca de la casa y me permite llevar a los chicos a la universidad, pero esas cosas estaban al margen… Lo hice por la emoción. Lo hice por la pura alegría. Y, si puedes hacerlo por eso, puedes hacerlo para siempre».

Hecha su defensa, el ponente pasó al siguiente comentario. Era un hombre inteligente, así que, como yo, ya sabía que ese joven no le iba a enviar su currículum. Y es que el debate no estaba cerrado. Simplemente el estudiante no tenía ganas de desarrollar su «tu empresa no mola» y se dio por respondido, asintiendo con una sonrisa educada.

Los argumentos puestos sobre la mesa por el representante de la multinacional eran cien por cien racionales. Habló únicamente al cerebro y nada al corazón. Y la cuestión es que esos argumentos todavía funcionan en la atracción de candidatos. Pero tienen una vida muy limitada en su retención. Si esa es tu estrategia, el viaje de ese joven en tu organización se puede predecir a través de las emociones que protagonizan la película Del revés, de Pixar.

Fase 1 (6,9 primeros meses) – Alegría: «¡Qué gran empresa! Aprenderé y me lo pasaré bien… ¡y cambiaré aquello que tenga que cambiar!».Fase 2 (18 meses) – Miedo: «Ups, puede que no consiga mis metas. Aquí cambiar las cosas parece más complicado de lo que parecía».Fase 3 (24 meses) – Asco: «Okey, admitamos que hay cosas que no van a cambiar nada. ¡Qué pereza!».Fase 4 (3 años) – Ira: «¡Que os den! Me voy a buscar otra cosa a otro sitio».

Esta es la parte que más preocupa a muchos; que la persona se vaya, perdiendo sus skills y la inversión realizada en el onboarding y la formación… Personalmente, me preocupa más el siguiente colectivo: los que se quedan. Hay que preguntarse cuál es la emoción predominante con la que deciden quedarse.

Fase 5 – Tristeza: «No hay solución, qué pena…, pero las condiciones son muy buenas, así que me quedaré. Voy a tomarme otro café».

Empaticé con el representante de la otra empresa porque, no hacía mucho, yo había tenido una conversación similar con mi sobrino. Consciente de que nuestra web corporativa no es de las más atractivas del mercado ni nuestros titulares de prensa los más alegres, le expliqué los beneficios de trabajar en mi empresa desde otros ángulos. Lo extraordinario que es cumplir cien años de vida en un contexto en el que solo uno de cada cuatro proyectos empresariales sobrevive más de cuatro años y únicamente alcanzan los veinticinco años de vida el 27 % de las empresas. Nuestro rol clave en el uso y disfrute de las tecnologías que tanto le gustan, que alcanza su relevancia real en las situaciones más duras, como la pandemia de la COVID-19. La presencia en diferentes países y la diversidad cultural de nuestros profesionales. Nuestra brutal inversión en I+D+i. Nuestra contribución a las sociedades en las que operamos a través de múltiples proyectos educativos, culturales, de inserción al empleo y de protección a la infancia y colectivos vulnerables con niveles de inversión que permiten llegar donde el Gobierno no llega. Para el final, y por no parecer mercenario, dejé las excelentes condiciones laborales, retributivas y de beneficios sociales.

Después de mi speech, él me miró y me dijo: «Pues para ser tan bueno, tú no pareces divertirte mucho». Se ve que apreció cómo se me abultaba la vena que nace en mi entrecejo, me cruza la calva y acaba en la nuca y se apresuró a continuar: «Tío, mi filosofía es la de Paul Walker: “Si no puedes divertirte, no tiene sentido hacerlo”». La referencia me dejó como el título de la canción de su DJ favorito, Eric Schulst, Speechless, sin palabras. Y es que ¿quién puede rebatir a Mr. Walker, actor conocido mayormente por ser uno de los protagonistas de la saga Fast & Furious (A todo gas)? Y tampoco había necesidad alguna de rebatirlo, porque la paradoja es que, como ya hemos visto, eso mismo lo habían dicho Buffet, Gates y muchos otros líderes que vamos a ver a lo largo de este libro que nunca han visto, ni ganas, una película de dicha saga. Además, no es cuestión de convencer con palabras, sino con hechos.

La cuestión es ¿qué significa «molar» cuando hablamos de una empresa?

Básicamente una empresa mola porque sus productos molan. Y eso no incluye únicamente a los gigantes típicos y tópicos (Google, Facebook, Instagram…), que de hecho voy a evitar deliberadamente en el libro por ser una referencia demasiado alejada de la mayoría de las organizaciones. Me refiero a empresas pequeñas, como la mencionada Lululemon, una plataforma online originaria de Vancouver, dedicada a la ropa técnica para yoga, running, working out, cuyo motto es Sweat often, smile always