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Las personas que atraviesan una situación que pone en grave riesgo su integridad, como puede ser el acercamiento al final de la propia vida, tienden a pensar más profundamente sobre su existencia y su significado, y sienten la necesidad de poner las cosas importantes en orden, arreglando asuntos pendientes. El proyecto "Último Deseo" surge de la vivencia profesional de que hay personas que afrontan el cierre de una vida con propósitos incompletos. Cuando acompañamos a una persona en el proceso de desconexión con la vida, salen a la luz los recuerdos más profundos, los anhelos más escondidos, y a veces también las cicatrices más dolorosas. Este libro nos sitúa ante un reto que nos obliga a romper con las convenciones actuales y con lo establecido previamente en el mundo de la atención y el cuidado, poniendo el foco en la necesidad personal y universal que todos tenemos de decidir el rumbo de nuestra vida hasta el momento final y cumplir nuestras metas. Afirma con voz rotunda que se pueden romper barreras, estereotipos y prejuicios. Reivindica que se vive hasta el final, que, incluso rozando los cien años con la punta de los dedos, tenemos una vida que merece ser vivida.
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Doce campanadas
Proyecto «Último Deseo»: una vida con sentido hasta el final
Celia Gómez, Rafael Carriegas, Leire Acha e Iván Llorente
Primera edición en esta colección: junio de 2021
© Celia Gómez, Rafael Carriegas, Leire Acha e Iván Llorente, 2021 © del prólogo, Jokin Perea González, 2021 © del preámbulo, Esther Albarrán, 2021
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona Tel.: (+34) 93 494 79 [email protected]
ISBN: 978-84-18582-34-9
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares delcopyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Al Patronato de la Fundación Miranda, auténtico motor ético de la defensa del valor de la persona. Ni joven ni vieja. La persona en toda su dimensión y en todo momento.
A todo el equipo de esta entidad, por hacerlo posible con su vocación y su compromiso infinito.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
MARIO DE ANDRADE
Índice
Preámbulo de Esther Albarrán
Prólogo de Jokin Perea González
Antes de empezar
LAS NECESIDADES DE SER
Los cuartos
El inicio del camino: las necesidades humanas
La primera
La importancia de trascender a uno mismo
La segunda
El reconocimiento propio y ajeno
La tercera
La superación personal
LA IDENTIDAD
La cuarta
Construcción y destrucción de la propia identidad
La quinta
Los recuerdos esenciales
La sexta
La identidad religiosa
La séptima
Experiencias que refuerzan la identidad
EL CIERRE DE UNA VIDA
La octava
Las renuncias
La novena
El esfuerzo de toda una vida
La décima
Las despedidas
La undécima
El profesional ante la muerte
UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
La duodécima
La solidaridad es contagiosa
Bibliografía
Preámbulo
Parece claro nuestro apego a la vida y nuestras ganas de querer hacer de esta el mejor camino posible. De ahí que se haya convertido el bienestar en un estandarte de nuestra sociedad y, lo que antes se quedaba en el reductoúnicamente de lo físico, ha ido poco a poco conquistando espacios, círculos concéntricos que beben juntos de la misma fuente, y así se han sumado querencias a ese bienestar, engordándolo con diferentes facetas de cada uno de nosotros y de nuestro mundo en común: bienestar social, espiritual, psicológico, laboral…
Pero poco se habla de ese bienestar integral preludio de despedir a la vida porque a menudo sigue quedando en un tema físico, en paliar la enfermedad y tratar de que esta suponga el menor obstáculo posible. Y nos olvidamos de que también en esa antesala de lo incierto, del mundo desconocido al que hemos llamado muerte, hay aún posibilidad de vida. La de verdad, que se extiende más allá de los límites que nos imponen nuestra piel y nuestros huesos.
En la Fundación Miranda saben bien cómo es el reto de asomarse a ese balcón de incertidumbre en el que se pierden las certezas y saben hacerlo desde la mirada global desde la que solo cabe acercarse a una persona. Saben que acompañar es el ejercicio clave y que hacerlo implica llegar a ese mundo interno que las personas guardamos, que a veces compartimos, pero que, en cualquier caso, habita en nosotros. Acompañar es saber tender un puente hacia ese mundo interno.
Doce campanadashabla de ese acompañamiento y lo hace desde la ilusión y la esperanza por ayudar a cumplir ese deseo pendiente de aquellos a quienes acompañan en el último tramo de su vida.
Las personas alimentamos anhelos a lo largo de nuestra vida y lo hacemos de forma natural, inherente a nuestra naturaleza. Necesitamos motores que nos muevan, que nos insuflen la energía que necesitamos para sentir que vivimos una vida plena o, al menos, que hacemos aquello que nos acerca a ese estado de felicidad que parece ser la meta.
A veces ese combustible tiene que ver con lo social, con nuestra faceta más rayana al calor de la especie. Así, poder conectarnos con las personas a las que queremos se convierte en ese algo nuestro primordial.
Otras veces se trata de encontrar ese sentido a la vida que se ha podido ir perdiendo, o quizá no se haya encontrado aún…, pero que aparece como un asunto necesario, pendiente. Y el sentido de la vida, de cada vida, tan particular, que ocupa un lugar tan grande en el imaginario e incluso en el peso de sus palabras, a veces consiste en sentirse valorado o mirado por los demás. Y se pierde la grandilocuencia antes incluso de haber sido pensada.
El deseo también toma forma de actividad o afición, porque supone el anhelo de poder volver a hacer aquello que nos define y por circunstancias hemos tenido que dejar de lado. Conectar con eso que nos apasiona es conectar con la esencia que duerme dentro de nosotros, en un espacio privado del que a veces no somos conscientes…, pero que late, invariablemente, en nuestras constantes. Y nos alimenta con ello.
Cada deseo tiene una forma, un color, una intensidad…, pero lo que todos tienen en común es que tienen que ver con nuestra esencia.
Doce campanadasnos conecta con esa esencia.
Nos conecta con la emoción.
Nos conecta con la vida.
ESTHER ALBARRÁN
psicóloga y escritora
Prólogo
Hace ciento diez años un baracaldés amante de su pueblo, Antonio Miranda, poco antes de morir, tomó una decisión generosa que transformó el rostro de la anteiglesia: dedicó todos sus bienes a crear una institución que asumiera la responsabilidad de atender a sus ancianos sin recursos. Quienes asumieron tal compromiso y los que continuaron su servicio durante tantos años tuvieron siempre presente la certera intuición del fundador, buscando en todo momento lo mejor para quienes constituían el estrato más débil de los ciudadanos de nuestra sociedad.
Ciento diez años después las condiciones laborales, económicas y sociopolíticas de la colectividad baracaldesa, como de otras muchas, han evolucionado de forma inimaginable y nos plantean cuestiones en todos los ámbitos; también, y, sobre todo, en el de la atención a las personas más vulnerables. La longevidad es un fenómeno sin precedentes en la historia de la humanidad: la ONU lo sitúa como el mayor cambio social de este siglo por encima de las nuevas tecnologías o incluso del cambio climático. Como un eco de tal fenómeno histórico, en la Fundación Miranda ya tomamos la decisión de dejar de lado la figura preferentemente residencial que había tenido hasta ahora, acercándonos a la realidad de una ancianidad con cada vez más problemas físicos, médicos, psicológicos y espirituales, que son agudos y causantes de mayores dependencias.
Junto con este dato, proveniente del crecimiento exponencial de los años de vida en todos los países del mundo, hay otra razón de carácter cultural que rompe prejuicios e impulsa igualmente hacia el cambio de imaginario social para con los mayores, imaginario cargado de ideas erróneas. Se trata de la convicción de que cada persona es única, que tiene un proyecto insustituible hasta el final de sus días y, por tanto, tiene derecho inalienable a tomar sus propias decisiones. Esto implica romper muchas convenciones y poner el foco en la necesidad de aceptar que es cada persona quien debe decidir el rumbo de su vida hasta el momento final. Para quienes aseguramos, como es nuestro caso, que el eje de la tarea que realizamos con los mayores es el cuidado centrado en cada persona, la afirmación implica poner el punto de mira en el derecho de cada uno a ser respetado y valorado con sus características particulares. Aquí se encuentra el germen de una renovación radical de nuestra mirada y nuestra actuación.
Lo hemos hecho persuadidos de que el reajuste de nuestros planteamientos no es el abandono del proyecto del fundador, sino precisamente su más adecuada actualización. Nuestra convicción se apoya en la idea de tantos pensadores de hoy para quienes la fidelidad creativa a un proyecto histórico consiste en saber descubrir las características nucleares de cada momento para revivir y rehacer en ellas los valores sustanciales que quiso impulsar el iniciador de aquel proyecto. Con otras palabras, la verdadera fidelidad a la tradición implica su recreación; es la única manera de posicionarnos ante el pasado reconstruyendo su sentido último y más profundo, enlazándolo con el futuro deseado. Reivindicamos, pues, que nuestra mirada al futuro comienza ya, gestándolo desde el presente.
El proyecto Último Deseo es una de las pruebas, no la única, de ese caminar con paso firme, del cambio de mirada del que hablamos. Sus «doce campanadas» lo manifiestan. Frente al monstruo de la soledad con el que muchos ancianos conviven, queremos ofrecer nuestro apoyo a quienes experimentan que ya no son importantes para nadie porque no suscitan ningún cariño. Pretendemos devolver a quienes nos han precedido lo que ellos han hecho por nosotros, como expresión nueva —propia de nuestra época— de la virtud de la solidaridad. Deseamos acompañar desde muy cerca a quienes viven pensando que no cuentan para nada en esta sociedad del descarte. Intentamos asociarnos al proceso inexorable de quienes presienten que están desconectando ya de la vida, para que salgan de ella serenamente y en paz. Ambicionamos sintonizar con quienes reflexionan profundamente sobre sus biografías, sacan a la luz sus recuerdos más queridos o sus anhelos más escondidos. Ansiamos ayudar a quienes hacen ya un repaso de todo lo experimentado, detectar e intervenir en lo que genera dolor, apoyar lo que fue proyecto de vida, para que todo el proceso final de la existencia culmine en la plenitud… Todo eso y más está en el trasfondo del proyecto Último Deseo. No tratamos de darles un capricho a las personas que se enfrentan a ese último deseo, sino que queremos construir una herramienta para que sean más felices, para que vivan con satisfacción, con calma y con paz la última etapa de sus vidas.
Si tratáramos de profundizar y explicitar la última afirmación, deberíamos apelar a los varios objetivos que pretendemos alcanzar. Ante todo, mantener la identidad de la persona, la que configura su imagen; reconocer y reforzar toda una historia de vida, generando experiencias vinculadas a ella, construyendo así un instrumento para afrontar mejor su final. También reforzar la convicción de su relevancia, de su capacidad de contribuir todavía a la humanidad, a los otros, siempre basada en las propias competencias, reconociendo en lo posible la labor solidaria de su entera existencia. En algunos casos se pretende generar espacios que faciliten el contacto íntimo de calidad, en especial cuando se trata de personas con deterioro cognitivo avanzado, buscando sobre todo reforzar su capacidad de comunicación. En otros, conservar en lo posible el sentido de pertenencia, tan deteriorado en los últimos años de cada biografía. Puede que en otros el objetivo esencial sea reforzar la identidad religiosa de quienes gocen de ella, dirigidos y sostenidos como han estado durante tantos años por valores cristianos como la solidaridad, el afecto, la amistad o el amor. Podríamos añadir, según los diversos casos, los objetivos de reforzar el sentimiento de trascendencia, mantener la curiosidad innata, encontrar motivos para superarse a sí mismos, ayudar a la salud emocional, etcétera.
Para concluir, vuelvo a la reflexión inicial. Una tradición no se mantiene viva más que si cumple la condición de volver sin cesar a su fuente originaria, no para reproducirla, sino para dejarse impulsar hacia delante por su soplo creador. Antonio Miranda no quiso imponer a su fundación una tradición que la obligara a morir de inanición, por falta de respuesta a los problemas que se fueran presentando. La historia de las instituciones que perviven es la de una evolución permanente y es una inagotable lección de creatividad.
Creatividad no quiere decir facilidad: siempre hay que trabajar sobre el modelo que nos ofrece la tradición. Sus orígenes nos ofrecen un arquetipo: hoy a nosotros se nos da la libertad para reactivarlo, como siempre ha sucedido a lo largo de los tiempos. Entonces se nos abrirá un campo enorme de posibilidades. La Fundación Miranda, ella misma, es la que constituye su propia tradición; en ese sentido, la tiene a su disposición. Esta relación de lo constituyente a lo constituido instituye el libre juego entre fidelidad y creatividad.
Obviamente, es necesario aprender a discernir ese proceso. El trabajo de discernimiento no es fácil: tenemos que estudiar, profundizar, dialogar, debatir acerca de las evoluciones profundas que se han producido y se están produciendo desde los orígenes y en las que estamos hoy inmersos. Hemos de tener la osadía y la audacia de repensar, a la luz de lo que está sucediendo, la tradición viva y sensible que nos llega desde la palabra original del fundador.
Fiel reflejo de nuestras voluntades y objetivos, en este libro de lectura sencilla, pero también con evidente carga pedagógica, pretendemos mostrar doce ejemplos reales, que son los primeros, pero no los últimos, de que cuanto aventuramos es posible; solo hace falta ponerse a ello con energía y convicción solidaria y humana.
A esta ingente pero atrayente tarea invitamos a todos los amigos de la Fundación Miranda.
JOKIN PEREA GONZÁLEZ
Presidente de la Fundación Miranda
Antes de empezar
Como escribió el rey Salomón: los vivos saben que morirán. Sin embargo, hoy en día, en nuestra sociedad individualista y capitalista, poco se habla de la muerte salvo para gráficos o estadísticas. Pero como en todos los momentos importantes de la vida, para la muerte también hay que prepararse. Y con el objetivo de prepararnos para el fin de nuestra vida, tenemos que pensar en ella, hablar de ella.
Pero ¿qué es la muerte? No en todas las sociedades ni en todos los tiempos la muerte ha significado lo mismo para el hombre. Las necesidades que tenemos como seres humanos y la forma en la que desarrollamos nuestro proyecto de vida tienen en sus cimientos nuestro concepto sobre la muerte. La investigación del historiador Philippe Ariès, desarrollada en su obraEl hombre ante la muerte, nos muestra cómo ha evolucionado el concepto de la muerte a lo largo de los siglos y, con ello, cómo se ha enfrentado el ser humano al final de su propia vida. Conocer el marco de la referencia de las personas nos llevará, como profesionales, a ofrecer apoyos significativos y valiosos a las personas que van a morir.
La muerte domada
Ariès toma como punto de partida para su investigación la Edad Media occidental, el sigloV. En aquella época no se esperaba mucho de la vida, esta era muy corta y los fallecimientos eran numerosos. Además, estos llegaban con previo aviso, sin sorpresas. Las enfermedades iban consumiendo la vida poco a poco e incluso las heridas, de accidentes o de batallas, concedían un tiempo para que el moribundo realizase los rituales elegidos: la confesión de los pecados, el perdón de los supervivientes, la encomendación de su alma a Dios o la elección de la sepultura.
El yaciente abandonaba la vida de una manera sencilla, sin grandes aspavientos. Y no lo hacía solo. La muerte, como la vida, era un acto público. El moribundo estaba en el centro de la reunión, no se le escondía. Apareció la figura de las veladoras, esas personas que rodeaban al yaciente y no abandonaban su lecho hasta que su vida hubiera llegado a su fin. Lo que asustaba no era morir, sino morir solo. Algunas cosas no cambian, y el sufrimiento generado por la soledad no deseada en un momento tan trascendental como el fin de la vida sigue estando presente en nuestros días.
En esas sociedades tan habituadas al fallecimiento, la muerte repentina se consideraba vergonzosa, aterradora y extraña. Algo de lo que no se debía hablar. Se pensaba que las personas que morían de esa manera lo hacían sin una causa manifiesta, por un castigo de Dios. En la actualidad, sin embargo, es habitual que se valore como «una buena muerte» que alguien fallezca casi sin enterarse, de repente, mientras duerme. Una muestra más de cómo afectan nuestros esquemas culturales al concepto que desarrollamos sobre la muerte.
En la Edad Media no se tenía de la muerte una idea absolutamente negativa, no era una ruptura total con esta vida. No se experimentaba ninguna angustia existencial ante ella. Las personas caían en un largo sueño indefinido. El cristianismo, por su parte, reforzó esa idea con sus discursos sobre la resurrección de la carne, en la que el sueño, como el de Cristo, era la espera antes de ese nuevo despertar. Esta idea, impulsada por la religión, llega hasta nuestros días, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, cuando elevamos nuestras plegarias por el reposo de las almas. Aunque nuestra concepción sobre la muerte y la vida después de ella haya cambiado, la idea del reposo y el sueño eterno permanece en nuestro imaginario colectivo.
Siempre resulta una experiencia interesante y clarificadora, con independencia de nuestras creencias religiosas, pasear por catedrales, iglesias y cementerios. La manera en la que una sociedad entierra a sus muertos revela cómo entiende ese paso entre los dos mundos. Antes del sigloV, se temía a los muertos, por eso se los enterraba lejos del pueblo. Sin embargo, en esta época, en la que la muerte era algo público, los cementerios también lo eran. En ellos había vida: mercados, comercios, etcétera. Mientras que la gran mayoría de los ciudadanos eran enterrados en grandes fosas comunes anexas a la iglesia, en tumbas anónimas, las sepulturas de las grandes figuras de la época reflejaban ese concepto de la muerte dormida, representando a los yacientes en reposo esperando pacientemente la llegada de la resurrección.
La muerte propia
El sigloXIfue un periodo de grandes cambios en Occidente. Estos cambios contribuyeron decisivamente a la formación de la sociedad europea. Este siglo inicia una fase de crecimiento económico que mejorará las condiciones de vida materiales de la población. Al mismo tiempo, en el terreno ideológico o político, los pueblos empezaron a identificarse a sí mismos como miembros de un grupo social diferente a los demás. Las ideas del hombre occidental del sigloXIempezaron a experimentar una evolución hacia el individualismo, hacia la prevalencia del sentido de la identidad frente a la sumisión al destino colectivo del hombre.
Estas trasformaciones sociales calaron en el concepto que las personas tenían sobre la muerte. Fue en este periodo cuando el hombre empezó a relacionar la muerte con la muerte propia. Mientras que en las representaciones artísticas del primer milenio los muertos reposaban a la espera del retorno de Cristo, comienzan a aparecer en la iconografía y en el ideario colectivo dos escenas diferentes: la antigua, el Cristo del Apocalipsis, y la nueva, el día del juicio, la separación entre los justos y los condenados. Entre los siglosXIyXVIIIaparecen en el arte majestuosas representaciones del juicio final, como el fresco de la cripta de la iglesia de Saint-Laurent et Notre-Dame o elCristo en gloria con santos, de Mattia Preti.
Se abandona entonces la idea del «pueblo de Dios ante la muerte» para centrarse en el «yo ante la muerte». El hombre toma conciencia de que la salvación personal no está asegurada: lo importante no es la salvación del pueblo, sino asegurarse para uno mismo el más allá. El arte recoge representaciones de Dios y el diablo velando al moribundo, haciendo balance de su vida para determinar su destino final. En este momento, y para intentar inclinar la balanza, aparecen los grandes legados a la Iglesia y los testamentos ideados para garantizarse un sitio agradable en el más allá.
Pero no es hasta el sigloXVIcuando la muerte empieza a ser realmente aterradora, como muestra, por ejemplo, el tríptico delJuicio finaldel Bosco, quien dispone un pequeño reducto para los bienaventurados mientras el infierno y sus tormentos invaden el resto de la obra. Entonces se puede observar, de manera simultánea, el inicio de una sutil transformación.
La muerte lejana y próxima
La sensibilidad hacia la muerte real tuvo un peso cada vez más fuerte y alcanzó un nivel tan extremo que se tradujo en representaciones, imágenes e ideas espantosas sobre la muerte y el morir. Estas se ven claramente reflejadas en el arte macabro de la época,y en la literatura aparecen grandes obras dedicadas a los sufrimientos y delirios de la agonía.
Con el Renacimiento, la tendencia se aplacó y pareció retroceder. No surgieron cambios drásticos visibles. Únicamente se vislumbra un pequeño cambio de actitud a partir del sigloXVI, sutil pero imparable. La muerte ya no es esa representación horrible heredada de la Edad Media. El momento mismo de la muerte, la agonía en el lecho, va a perder su importancia o su impacto. Las personas se preparan para la muerte durante toda su vida, no solo cuando se aproxima. La vida terrenal es la preparación para la vida eterna. El arte de morir se sustituye por el arte de vivir. Las reflexiones sobre la muerte están en el centro de la conducta ante la vida. En las obras literarias de esta época, no se reflexiona sobre los preparativos de los moribundos, sino sobre las enseñanzas a los vivos. No es en el momento justo de la muerte cuando se premiará o se castigará toda una vida, entonces ya será tarde; deja de parecer razonable que se puedan cometer pecados durante toda una vida y que, en un solo día, con el arrepentimiento, todo se olvide para decidir el destino en el más allá.
Ariès explica esta sutil e incipiente transformación con una pequeña anécdota. Estaba un día un joven santo jugando a la pelota y le preguntaron qué haría si supiera que su muerte estaba cercana. Si nos situásemos en la Edad Media, el santo habría dejado todas sus actividades mundanas para dedicarse enteramente a la oración esperando ganarse así su salvación. Sin embargo, ahora este mismo joven santo seguiría jugando a la pelota. Porque ahora, como recoge san Ignacio en susEjercicios espirituales, la muerte no es más que un medio para vivir mejor. Esta ya no equivale a un yacente sufriendo, en agonía, y sobre todo rezando. Ya nada relevante ocurre en el lecho del moribundo, lo importante ha ocurrido durante toda su vida, en cada día de esa vida. Se convierte en algo más sencillo, más emocional: en la separación de los seres queridos y en la despedida de los que se quedan atrás.
La sencillez de la muerte deja su rastro incluso en los cementerios. Aquí también ocurre algo nuevo en el sigloXVI: en las ciudades los cementerios se alejan y las tumbas y sepulturas se vuelven humildes. Personas que en los siglos anteriores habrían exigido ser enterrados en las iglesias, con sepulturas suntuosas y complicadas, ahora se hacen enterrar en cementerios al aire libre con lápidas a ras de suelo. Aunque las manifestaciones del dolor y la pena, del desgarramiento de la separación, mantienen aún su carácter social y ritual, se empieza a observar una clara voluntad de simplificar los ritos, reduciendo su importancia en el proceso de desconexión.
Pero el alejamiento de la muerte tuvo otra importante consecuencia: el papel de la muerte anunciada desaparece. La vejez ya no se entiende como una advertencia. Se atisba una nueva concepción sobre el significado de la vida, sobre el ciclo vital, reexaminando el peso de cada una de sus etapas. Los ancianos ya no dirigen grandes batallas ni presiden consejos de sabios. En el imaginario y en el arte, la última etapa de la vida se llena de seres enfermos, decrépitos y sin valor. Precisamente por eso, en contra de lo que había sucedido hasta la fecha, la muerte repentina o incluso violenta está mejor valorada que las muertes que llegan tras largas enfermedades que degradan y hacen sufrir. Esta creencia llega hasta nuestros días, haciendo que las personas de edad avanzada, o en el final de sus vidas, hayan perdido todo el valor y el reconocimiento en una sociedad que rehúye el sufrimiento.
Aunque en esta época estemos todavía cercanos a la muerte tradicional, a la muerte domada, se anuncia ya la llegada de la muerte bella, romántica, que dominará los próximos dos siglos.
La muerte ajena
Con el Romanticismo llega el tiempo de la bella muerte, el tiempo de concebirla como un remanso deseado y largo tiempo buscado. Se reprocha a la Iglesia haber ocultado bajo un velo de espanto la dulzura narcótica de la muerte, ya que, con la excepción de unas pocas enfermedades agudas que causan agitación y sufrimiento, la mayoría de las veces se muere dulcemente y sin dolor. Incluso durante la guerra, quienes han visto morir a miles de soldados manifiestan que la vida se apaga tranquilamente.
Pero, aunque la muerte llegue sin dolor, no implica que sea un momento feliz. Simplemente apuestan por liberar a la muerte de los prejuicios que la desfiguran. Surge la imagen de un más allá que no es necesariamente el paraíso, pero sí un punto de encuentro de todos los que se han amado en la tierra para que puedan proseguir profesándose amor eternamente. Muchos morían con la convicción de que iban a encontrarse en el cielo a aquellos que los habían amado, al estilo de la novela de Mitch Albom tituladaLas cinco personas que encontrarás en el cielo.
