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¿Cómo se ha producido la transición desde el esclavo que describe el Código de Hammurabi, que, además de estar marcado a fuego, debía llevar colgado del cuello su nombre y el de su amo, hasta el ciudadano de un Estado democrático contemporáneo? Remo Bodei explora esa relación de poder profundamente asimétrica a lo largo de la cual continúa ejerciéndose el dominio, aunque de un modo indirecto e impersonal. Comenzando con la aparición de la esclavitud y la concepción aristotélica de esta, pasando por los debates sobre la "servidumbre natural de los indios", en los que surgió la formulación originaria de la teoría de los derechos humanos, y el desarrollo de la mecánica y la aparición de la "esclavitud asalariada" en la primera revolución industrial, hasta la introducción del pensamiento humano en las máquinas y la cohabitación de la inteligencia artificial con la inteligencia humana, este apasionante ensayo sigue el hilo de esa constante siervo-amo que, con numerosas transformaciones, ha impulsado la historia de la humanidad.
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Seitenzahl: 754
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Remo Bodei
DOMINIO Y SOMETIMIENTO
ESCLAVOS, ANIMALES, MÁQUINAS, INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Traducción de Pepa Linares
Para Federico y Anna,promesa de futuro
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTEGUERRA Y ESCLAVITUD
1. MENOS QUE HUMANOS
La caza del hombre
Sometidos o rebeldes
El valor y la cobardía
¡Ay de los vencidos!
El dolor y la piedad
2. MANDAR Y SER MANDADO
Abandonar la animalidad
Perimetrar la esclavitud
Controlar el miedo
El pedestal de la civilización
Los que tienen derecho a ser felices
El médico que equivoca las dosis
Los que carecen de sabiduría
La vida más deseable
Cuerpos diferentes
3. EL DESTINO DE TRES CONTINENTES
La «servidumbre natural de los indios»
Crueldad del otro mundo
Gobernar mediante edictos
Una enfermedad del corazón
Entre Iglesia e Imperio
Ante lo nuevo y lo inesperado
Conquista militar y conquista espiritual
El honor del soldado cristiano
Niños por naturaleza
«Responsibility to protect»
Salvajes en la ciudad
El apóstol de las Indias
Aristóteles al infierno
Marfil negro
Dulces esclavitudes
SEGUNDA PARTELIBERTAD, ANIMALIDAD, DIGNIDAD
4. ¡LIBERTAD O MUERTE!
Para lo que sirven las espadas
En el estuario del Tigris
El primer Estado de esclavos
Igualdad y dignidad
¿La sombra de Haití?
5. HISTORICIDAD DE LA ESCLAVITUD
¿Existe una dialéctica «amo-siervo»?
De quién hablamos
«Timor domini»
Hacia el reconocimiento recíproco
El esclavo criptoproletario
La lucha cruenta y el trabajo duro
La reanimalización del hombre
La historia no ha terminado
6. ANIMALIDAD Y HUMANIDAD
«Logos» y «polemos»
¿Irremediable animalidad del hombre?
Heridas y cicatrices de la obediencia
Más allá del instinto de conservación
Un pez mejor que nosotros
¿Hacia una razón acogedora?
7. LAS VICISITUDES DE LA DIGNIDAD
¿Por qué ahora?
«El sentimiento de humanidad aún no me ha abandonado»
Frágil dignidad
TERCERA PARTELA CIVILIZACIÓN DE LAS MÁQUINAS
8. DE LA ASTUCIA DE LAS MÁQUINAS A LA MECÁNICA RACIONAL. GALILEO GALILEI Y LAS MÁQUINAS
La astucia de las máquinas
Maravillas contra natura
La comprensión de las órdenes
Otra astucia más poderosa
A la naturaleza no se la engaña
La mecánica se hace adulta y «racional»
9. EL LADO OSCURO DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y SUS REMEDIOS
Máquinas, división del trabajo, productividad
Las consecuencias del progreso
La solución del consumismo
10. ¡LLÁMAME AMO! LA ESCLAVITUD EN LAS PLANTACIONES DE LOS ESTADOS UNIDOS
Del alba al ocaso
«¿Por qué soy esclavo?»
Cría de ganado humano
La humilde docilidad de corazón
11. MÁQUINAS Y «ESCLAVITUD ASALARIADA»
La igualdad en la explotación
Tiempo libre y tiempo subordinado
Máquinas y energías naturales
Producción de máquinas por medio de máquinas
La astucia del trabajo
Las enfermedades del intercambio
Un amo sin rostro
Necesidad transitoria
Qué motiva en los hombres la búsqueda de la justicia
CUARTA PARTEY EL VERBO SE HIZO MÁQUINA
12. PENSAMIENTOS CIEGOS E INTELIGENCIA ARTIFICIAL
El pensamiento desencarnado
El «logos» se convierte en objeto físico
La Inteligencia Artificial y sus premisas
Los pensamientos ciegos
Máquinas que aprenden de la experiencia
13. LOGOS, VOLUNTAD, EDUCACIÓN
Máquinas que deciden
Una ética para las máquinas
«Long life learning»: nunca se deja de aprender
¿Qué educación?
Los nuevos poderes ocultos
«Big data» y algoritmos secretos
Sueños y proyectos de una humanidad futura
QUINTA PARTEEL ANCLA Y LA GÚMENA
14. TIEMPO DE TRABAJO
El cuerpo y la mente
Los hundidos y los salvados
15. TIEMPO DE LA VIDA
Tiempo liberado
Nunca es bastante
16. DESENROLLAR LA GÚMENA
El buen empleo del tiempo
La lección de los clásicos
Recomponernos
No hay vías de fuga
CRÉDITOS
1. Echando una rápida mirada a ciertos fenómenos inalterables se constata fácilmente que, si bien existen entre los animales unas jerarquías rígidas —por ejemplo, entre las abejas, las termitas o las hormigas—, en ningún caso se observan entre ellos prestaciones laborales distintas a las codificadas por la evolución. En un determinado momento de su historia, con el final del nomadismo y la aparición de la guerra como continuación de la caza y de los enfrentamientos esporádicos, solo los hombres, en vez de matarlos y comérselos, convirtieron a sus enemigos en esclavos para utilizarlos con fines económicos.
Más tarde, nuestra especie comenzó a construir instrumentos, máquinas y autómatas. A diferencia de las máquinas simples (palanca, cuña, plano inclinado, polea o tornillo) y de las complejas (cabrestante, grúa o catapulta), cuya finalidad era evidentemente práctica, los autómatas se utilizaron durante mucho tiempo con fines lúdicos, para causar asombro e inquietud. Mediante unos sistemas de aire caliente comprimido se construyeron palomas de madera capaces de volar, puertas de templos que se abrían solas o ingeniosas estatuas metálicas que tocaban instrumentos musicales. Hasta la invención del molino hidráulico de rueda vertical hacia el final de la república romana, los dispositivos automáticos no tuvieron un cometido directamente económico. Por primera vez, aliviaron el cansancio de las esclavas, que antes tenían que moler los cereales a mano.
A pesar de sus evidentes beneficios, la mecánica, mechane, palabra que en griego significaba «astucia», quedó excluida del grupo de las ciencias (en realidad, limitadas a la matemática y la astronomía), porque las máquinas se juzgaban artificios contra natura, trucos humanos para engañar a la naturaleza, y a los «mecánicos» que las fabricaban o las ponían en funcionamiento, individuos socialmente inferiores a los que practicaban las «artes liberales».
Tuvo que llegar Galileo para demostrar que la mecánica es «racional» y que la astucia no consiste en embaucar a la naturaleza, sino en ahorrar energías humanas y animales utilizando medios mucho menos costosos. Del impulso que imprimió a la mecánica el científico de Pisa surgió teóricamente nuestra civilización de las máquinas que ya no necesitan someterse a pruebas experimentales para asegurar su funcionamiento.
Pero ese tipo de máquinas, aunque ahorraba las fuerzas físicas humanas, aún no era «inteligente»; para que llegara a serlo, tendrían que madurar las premisas establecidas por Leibniz, que trasladan los «pensamientos ciegos» de los humanos, imágenes o símbolos carentes de conciencia, a las máquinas calculadoras, con el objetivo de dejar la mente libre de dedicarse a cometidos más nobles.
Hoy en día vivimos rodeados de dispositivos dotados de Inteligencia Artificial (IA) con capacidad para aprender. A más de dos siglos de la primera Revolución Industrial —que prácticamente eliminó la esclavitud, ya inservible desde el punto de vista económico—, se nos plantean unos problemas tan nuevos como formidables: el papel de las máquinas en el paro tecnológico; la transformación psíquica y social de la identidad humana por efecto de los cambios radicales que ya están en marcha; la convivencia de la inteligencia humana con los dispositivos provistos de IA; la disminución o la tendencia a la desaparición del puesto de trabajo fijo, que segmenta la vida de los individuos; el dilema de si estos ingenios (robot, ordenador y aparatos varios) acabarán por dominarnos, como temen algunos, y convertirnos de hecho en esclavos suyos; el empleo que sabremos darle, al menos en las zonas más afortunadas del planeta, a la enorme cantidad de tiempo libre que nos dejará la aplicación de las máquinas de última generación a los procesos productivos. ¿En vez de «matar el tiempo», sabremos reinventarnos mediante las técnicas oportunas para interrumpir su dirección espontánea, con efectos que no obstante solo concernirán a la dimensión privada de los individuos?
Con su ambigüedad intrínseca, las nuevas tecnologías revelan ahora el carácter clásico del pharmakon, remedio y veneno, y nos obligan a reformular ciertos cometidos de unas facultades que considerábamos únicamente nuestras —razón, voluntad, imaginación— y que ahora, emigradas al exterior de los cuerpos vivientes, modifican nuestra condición de seres que, llegados a este mundo sin saberlo o quererlo, deben orientarse a marchas forzadas y adueñarse de algunos frutos de la civilización (un orden artificial que hay que imponer al natural).
Partiendo de raíces profundas y de premisas lejanas, este libro pretende reflexionar con amplitud de miras sobre el futuro de algunas de las cuestiones que más nos apremian en la actualidad, así como dibujar los posibles escenarios en los que se verán insertas.
2. Comenzando por el problema de la esclavitud, existieron durante milenios muchos seres humanos que no recibían trato de personas, sino de objetos o de mercancías; eran seres fundamentalmente privados de libertad, sometidos a la dura disciplina del trabajo forzado, reducidos a la categoría de instrumentos que se venden, se compran, se explotan o se castigan a voluntad.
Al igual que a los perros y a los caballos, se los consideraba capaces de entender las órdenes, pero estaban destinados a servir porque se juzgaba que carecían de talento y voluntad suficientes para llevar una vida autónoma. Sin embargo, al no poder negarles por completo la humanidad, se los definía de un modo ambiguo, mediante categorías opuestas, como si, hablando en términos modernos, fueran eslabones de una cadena que unía al animal con el hombre, al cuerpo con el alma, al objeto con la persona. Por su parte, las esclavas estaban a disposición de los propietarios, tanto para satisfacer sus deseos sexuales inmediatos como para aumentar gratuitamente el número de los criados. A pesar del maltrato que padecían por regla general, la mayor parte de aquellos seres se mostraba resignada a su suerte o la aceptaba con un sordo e impotente deseo de resistencia. Los que osaban rebelarse abiertamente contra su condición, cosa que solo ocurría de un modo esporádico, eran relativamente pocos.
Sobre los esclavos se cernía la amenaza de la violencia y algunas veces la de una muerte perpetrada arbitrariamente. Según la etimología de servus, que viene de servare, y también de servire —heredada del derecho romano—, la conservación de la vida del enemigo vencido a cambio de la esclavitud procedía de un supuesto pacto tácito estipulado en guerras recientes o con posterioridad a una lucha primitiva que tuvo lugar en un pasado mítico. La supervivencia no estaba garantizada para siempre, duraba hasta que se pagaba con la obediencia o hasta que lo decidía la voluntad de los amos. La sombra del aniquilamiento moral, cuando no físico, se proyectaba siempre sobre el esclavo, en general extranjero, arrancado de su patria lejana y, en algunas ocasiones, de su nueva familia, cercano al amo en el espacio, pero muy alejado en el plano social y cultural e incluso considerado un enemigo doméstico en potencia.
3. El panorama que acabo de presentar describe la esclavitud de un modo indudablemente correcto, pero se basa en la imagen elaborada por las principales tradiciones que han plasmado nuestra cultura (una imagen que se mantiene intacta en lo fundamental, a pesar de las continuas y profundas transformaciones históricas y geográficas). Con todo, en el plano mundial la esclavitud comprende formas de dominio que no suponen necesariamente brutalidad o trabajo forzado, aunque sí la pérdida de identidad del esclavo, su inserción en ordenamientos jurídicos especiales y, sobre todo, el deber ineludible del sometimiento, que se traduce en la perentoria solicitud de servicios sin otra retribución que el mero sustento.
Por esa razón no recorreré las innumerables y heterogéneas vicisitudes históricas relacionadas con esta institución, una de las más antiguas y de las más comunes de nuestra especie, de la que se han salvado poquísimas sociedades (cito solo la de los aborígenes australianos, en la que no existió nunca por la sencilla razón de que mataban siempre a los enemigos capturados). Allí donde ha existido, la esclavitud ha representado la forma más rígida y absoluta de asimetría del poder y de exclusión del derecho a la igualdad. Aunque era para los esclavos la principal fuente de temor, sufrimiento y humillación, de un modo solo en apariencia paradójico fue también un terreno en el que fructificaron la fidelidad, la entrega, la abnegación y el afecto hacia sus amos.
Consciente de los límites de esta investigación, no trataré de abordar —salvo cuando sea necesario para la comprensión de los casos concretos— el inagotable debate sobre los distintos tipos de dependencia y servidumbre, de los que la esclavitud es una subespecie, por tratarse de una empresa imposible que se resolvería en una lista infinita de puntos de vista dispares.
Empleando el criterio de la larga duración, seleccionaré algunas situaciones ejemplares, voluntariamente discontinuas y expuestas con una técnica análoga a la del montaje cinematográfico. Todo ello con la finalidad de resaltar —a través de sucesivas comparaciones— algunos de los principales cambios que han experimentado las relaciones de poder, limitándome al ámbito de la llamada cultura «occidental», marcada durante milenios, tanto en la teoría como en la práctica, por la filosofía de Aristóteles, según la cual una minoría de hombres libres por naturaleza debe gobernar a una mayoría de esclavos por naturaleza.
En consecuencia, me detendré en las teorías filosóficas que más han influido en nuestra historia y que, incluidas durante siglos en el sentido común, han dado forma a nuestro modo de pensar, imaginar, sentir y actuar. Tales concepciones —asiduamente comentadas y discutidas desde la Antigüedad hasta hoy mismo— relegaron a ciertos hombres al espacio de la casi animalidad y los vincularon a una naturaleza inmutable, al tiempo que elevaban a otros —autodefinidos como enteramente humanos y capaces de gobernarse— a la esfera del cambio, de la historia, de la política y de la civilización. A estos se les concedió generosamente el derecho a sojuzgar a cuantos no hubieran alcanzado la perfección que ellos mismos se atribuían, a utilizar como pretexto para oprimirlos unos rasgos de crueldad verdaderos o presuntos (los sacrificios humanos, la antropofagia o la falta de Estado) y a ejercer un dominio directo, icásticamente expresado por las palabras que Robinson Crusoe dirige al caníbal que acaba de bautizar con el nombre de «Viernes»: Call me master, «Llámame amo».
En la Edad Moderna, para legitimar ese sometimiento, se recurrió a la justificación de salvar a miles de personas de ser inmoladas a los ídolos, devoradas por sus semejantes o sometidas a un poder sanguinario e inhumano. Se difundió la idea de que invadiendo los territorios de los salvajes y los bárbaros, socavando su cultura y apoderándose de sus bienes, se les proporcionaban a cambio los dones más preciados de la civilización, la libertad y la religión verdadera.
En este sentido, es paradigmático el amplio debate (al que he reservado un espacio apropiado) que se produjo en España durante el siglo XVI, en los tiempos de la conquista, sobre la necesidad de que las intervenciones armadas fueran capaces de conciliar la guerra, el cristianismo y la esclavitud con la finalidad proclamada de defender de sí mismos a los amerindios. De aquellas controversias surgió la primera teoría de los derechos humanos, que contenía en embrión tanto la doctrina del colonialismo como la doctrina de la guerra humanitaria (elaborada a finales del siglo XX) en nombre de la responsability to protect o de la exportación de la democracia.
No obstante, para entender estos fenómenos no debe creerse que las discusiones que tuvieron lugar en tiempos de Carlos V y de Felipe II constituyeran únicamente una cortina de humo para ocultar el brutal atropello y el exterminio de los nativos. Conviene no olvidar la extrema dificultad que suponía para las clases cultas españolas y, en general, europeas, la creación de instrumentos intelectuales, jurídicos y morales capaces de comprender a civilizaciones tan distintas a las encontradas hasta el momento. Ni las categorías ni las heterogéneas enseñanzas morales y religiosas heredadas del aristotelismo, del cristianismo o del derecho natural de la escolástica, en sus diversas formas, aun cuando se sometieran a hibridaciones y distorsiones interpretativas, bastaban para descifrar a las civilizaciones halladas en el Nuevo Mundo.
Como en el caso de los esclavos antiguos según Aristóteles, el debate sobre la «servidumbre natural de los indios» trató de su capacidad (o no) de alcanzar la plena humanidad con el tiempo. No obstante, cambian dos factores. Por un lado, la guerra y la esclavitud, la exclusión o la inclusión de decenas de millones de seres en la esfera de lo humano, se entrecruzan aquí con acontecimientos trágicamente caracterizados en el espacio de algunos decenios, no solo por crueldades y matanzas (motivadas sobre todo por el «hambre de oro», sinécdoque de la ganancia rápida a costa de la explotación y el sometimiento violento de los nativos), sino también por el choque entre conquista militar y «conquista espiritual» de las Américas (esta última, promovida sobre todo por dominicos, franciscanos y jesuitas). Por otro lado, el fenómeno de la esclavitud da un salto brusco y alcanza una dimensión planetaria, que compromete en la «trata atlántica» la vida y el destino de los habitantes de tres continentes: América, Europa y África.
Aquí la práctica de lo que Foucault ha llamado partage —que separa al amigo del enemigo, al hombre «completo» del Untermensch y, en definitiva, el «nosotros» del «ellos»— se entrecruza con el esfuerzo de los misioneros por educar a los indios cristianamente y protegerlos de la violencia y la discriminación de las autoridades, de los soldados y de los colonos.
4. En la primera parte del libro, la esclavitud es la clave de la exposición, capaz de sostener y mantener unidos conceptos (como guerra, trabajo, dominio, libertad) que, por sí mismos y en abstracto, individualmente abordados, tendrían una extensión y una complejidad inabarcables.
En los capítulos que siguen, el baricentro de la exposición se desplaza decididamente a la evolución de las máquinas y al correspondiente reemplazo de los procesos productivos vinculados a la esclavitud por técnicas que sustituyen al trabajo humano, primero, en los esfuerzos físicos más duros; más tarde, en los esfuerzos mentales más absorbentes. El paso de las máquinas auxiliadoras a otras capaces de sustituir la presencia, la inteligencia y la voluntad de las personas, introduce en nuestra época los problemas antropológicos, políticos y culturales que provocan los robots, las calculadoras y todos los aparatos con IA en sus distintas aplicaciones, entre ellas, las técnicas de recogida, clasificación y manejo de enormes cantidades de información (big data).
Estos temas están insertos en una parrilla de ideas-clave: logos, animalidad, dignidad, transferencia extracorporal de las facultades humanas y coexistencia del reducido tiempo dedicado al trabajo con el abundante tiempo de la vida, tanto en el caso de los individuos como en el de las comunidades. Para eludir los peligros de la vaguedad al abordar nociones semejantes, inmensas pero inevitables, recortaré solo algunos lados, con objeto de encajar la silueta en un juego de incrustaciones, que, mostrando sus contornos recíprocos, delimite en cada momento el área de la investigación.
Lo que cuenta en el desarrollo de cada uno de los capítulos es el recorrido completo, la concatenación de las argumentaciones y su entrelazamiento con los datos. Es lo mismo que sucede cuando escalamos una montaña: el panorama se ensancha y los detalles examinados en los niveles anteriores, sobre los que necesariamente nos hemos detenido, adquieren una nueva dimensión porque han quedado insertos en un contexto más amplio. En ese preciso instante, caemos en la cuenta de que el análisis de cerca, en alta definición o en grano fino, de las múltiples e intrincadas vicisitudes históricas y teóricas ha sido preliminarmente necesario y útil para obtener posteriores visiones de conjunto. Pero ese análisis ha de encontrar un umbral intraspasable, porque —como enseña Pascal en los Pensamientos— la progresión en el examen de los detalles, abandonada a sí misma, puede carecer de límites: «Una ciudad y una campiña, de lejos, son una ciudad y una campiña; pero a medida que nos acercamos son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormigas, hasta el infinito». Por otra parte, hay que preguntarse si vamos hacia una nueva rebelión de las masas, que aspire a sustituir a las elites, o estamos al comienzo de una historia distinta (sobre lo cual cfr. A. Panebianco y S. Belardinelli, All’alba di un nuovo mondo, Bolonia, Il Mulino, 2019).
Una vez avisados de semejantes limitaciones, será posible formular preguntas que toquen la metafísica, la ética y la política. Podremos preguntarnos, por ejemplo, de qué forma, en la mayor parte de las civilizaciones, la guerra inventó el sometimiento del enemigo vencido y el carácter viril de quien, desafiando el miedo natural a la muerte, era capaz, en cuanto poseedor de razón y voluntad, de ejercer el mando sobre aquellos que se quedaban a medio camino en el proceso de humanización, puesto que, privados de la plenitud del logos y de una voluntad autónoma, eran incapaces de gobernarse a sí mismos.
A partir de aquí, en perspectiva, una pregunta posterior: ¿es posible imaginar en la actualidad un relajamiento del vínculo entre logos y polemos, tácitamente considerado indisoluble durante tanto tiempo, para sustituirlo por una razón acogedora, inclusiva, que no esté basada en el vade retro! del miedo, es decir, en la hostilidad hacia quien no pertenece a nuestro grupo?
Y, volviendo de nuevo a la medida de la larga duración, ¿cómo hemos llegado de una relación absolutamente desequilibrada en el terreno del poder, la del amo y el esclavo, a una relación ideal de igualdad entre todos los hombres, hasta el punto de tratarlos, en lenguaje kantiano, no solo como medios sino también como fines? Sin olvidar que, según el Global Slavery Index de 2018, continúa habiendo en el mundo 40,3 millones de esclavos debido a las deudas o a la explotación sexual (de estos últimos, 300.000 solo en el sureste asiático), ¿cómo hemos pasado del homo hierarchicus al homo aequalis y de este al homo dignus? Vale decir, ¿cuál ha sido el sentido del largo recorrido que nos ha llevado desde las sociedades de castas y de órdenes hasta el ciudadano de las democracias modernas, desde los seres privados de libertad hasta el individuo moderno que, en ciertas partes del mundo, se sabe (o cree saberse) autónomo y dotado de derechos inalienables? En otros términos, ¿cómo hemos pasado de las personas con un precio de mercado a los individuos que en principio deberían ser titulares de una dignidad intrínseca e inviolable?
5. Aun teniendo en cuenta la distancia que nos separa, ¿cómo se ha producido la transición desde el esclavo que describe el Código de Hammurabi, que, además de estar marcado a fuego, debía llevar colgado del cuello su nombre y el de su amo, hasta el ciudadano de un Estado democrático contemporáneo? ¿Cómo ha podido producirse en la historia ese cambio absoluto que representa la democracia moderna, que, como ha sostenido Norberto Bobbio, «es subversiva en el sentido más radical de la palabra», dado que invierte el origen del poder, que antes siempre había ido «de arriba abajo»?
Jugarse valerosamente la vida fue durante muchas épocas de la historia la prueba de fuego tanto para separar a quien era digno de ser libre de quien merecía ser siervo como para establecer niveles y modelos de civilización. La guerra, sobre todo, sirvió de criba para seleccionar el destino de las personas, separando a quien era capaz de mandar y de obedecer de quien solo era capaz de lo último. Desde este punto de vista, la libertad era el premio de quienes preferían la muerte al sometimiento (de ahí el significado profundo del lema «¡Libertad o muerte!» que acompañó al ethos antiguo y que resurgió con fuerza a partir de la Revolución Francesa). En cambio, se vieron condenados a servir quienes, por ruindad o por debilidad de carácter, prefirieron la supervivencia a la libertad. Al contrario que aquellos que, gracias a su valor, supieron desarrollar políticamente su existencia y transformarla en vida autónoma (bios), estos se contentaron con la mera vida biológica, animal (zoe).
A pesar de los progresos, ¿conservarán su solidez la autonomía y la igualdad que han alcanzado los individuos en las democracias contemporáneas ahora que la creciente falta de confianza en el futuro empuja a muchos a la «descivilización» de nuestras sociedades y afecta incluso al anterior equilibrio psíquico de las personas? ¿Cómo valorar los síntomas del empobrecimiento de la capacidad de elegir racionalmente, del embotamiento de la facultad de juzgar, que observamos en los ciudadanos de muchos países, como si se confirmara el amenazador diagnóstico de Freud, según el cual, nuestro intelecto —una «lucecita» sobre la que, sin embargo, se cierne el anatema «¡maldito el que la apague!»— es «débil y dependiente, al mismo tiempo, pelele e instrumento de nuestros impulsos y nuestras emociones?».
6. Al igual que los afluentes, estas preguntas desembocan en el álveo de dos interrogantes de mayor alcance. En primer lugar, una vez desaparecida, al menos en principio, la exclusión del ámbito de lo humano de ciertas personas y de ciertos pueblos, ¿cómo ha cambiado a nivel macroscópico el concepto de libertad? Aunque desde el derecho romano y al menos hasta Locke haya significado fundamentalmente el esse sui iuris, es decir, no depender de ninguna voluntad ajena, no pertenecer a un amo, con el fin de la esclavitud, la libertad se ha convertido para nosotros en una idea vaga, muchas veces reducida en el sentir de las gentes a la mera ausencia de imposiciones externas o a una situación tan obvia y tan normal como el aire que respiramos.
Se ha perdido la conciencia de que el concepto de libertad nació y se desarrolló, con todo su énfasis, precisamente en sociedades esclavistas y que, por añadidura, lo elaboraron antes que nadie pensadores como Aristóteles, que poseía esclavos, o el propio Locke, que no solo legisló sobre la institución de la esclavitud en la colonia americana de la Carolina, sino que la consideraba justa especialmente en el caso de los negros («hay entre unos hombres y otros una distancia mayor que entre algunos hombres y los animales»). ¿Se cierne hoy una amenaza sobre el concepto de libertad que precisamente Locke, el noble padre del liberalismo, formuló políticamente, y que después elaboraron la Ilustración y el pensamiento filosófico entre los siglos XIX y XX?
Intentemos reflexionar a través de una hipótesis doble. En primer lugar, si, como creo, tenía razón Spinoza cuando decía que no somos libres porque no conocemos las causas que nos impulsan a querer y desear ciertas cosas. («Así, el niño cree que desea libremente la leche; el muchacho pendenciero, la venganza; y el tímido, la huida. El borracho cree que dice libre y espontáneamente las cosas que, luego, ya sobrio, habría preferido callar. Así, el delirante, el charlatán y otros muchos de la misma calaña creen que actúan por iniciativa propia y no porque se vean arrastrados por un impulso») y si, en segundo lugar, nuestras inclinaciones y nuestros deseos estuvieran sistemáticamente manipulados, generalizando el método de Cambridge Analytica, no solo en lo referente al consumo, sino también en lo que atañe a las orientaciones más íntimas de los individuos, ¿qué sería de nuestra libertad y de la democracia tal como las hemos conocido hasta ahora? ¿No estarían en peligro incluso antes de darnos cuenta de que las estamos perdiendo, puesto que nuestras inclinaciones, remodeladas en función de intereses ajenos, volverían a nosotros perfiladas y reforzadas, presentándose paradójicamente como el fruto espontáneo de unas decisiones nuestras? ¿No acabaremos, entonces, por convertirnos en unos seres «heterodirigidos»? ¿No necesitaremos aumentar la vigilancia de estos caballos de Troya mentales y seguir, por así decirlo, una especie de manual de autodefensa contra su intrusión en nuestros pensamientos, nuestras imágenes y nuestras pasiones?
La cuestión de la democracia se cruza aquí con la cuestión más general del dominio de unos hombres sobre otros, obligados a trabajar para ellos. En efecto, hay en la historia humana una constante, un eje a lo largo del cual, incluso después de la desaparición de la esclavitud, continúa ejerciéndose el dominio, aunque sea de un modo indirecto e impersonal. Esto ocurre a través de las máquinas (las que nos ayudan y luego las inteligentes, con capacidad de aprender), que nos «secuestran» primero la fuerza física y luego la intelectual, en provecho de quien tiene ya un poder que aumenta más cuanto más secreto es. En resumen, la tecnología evoluciona, pero las relaciones de dominio no pierden fuerza, porque no solo se hacen más complejas, sino también más invisibles.
¿No se ve amenazada con esto la democracia? ¿No existirá una tendencia a suprimir el impulso a la emancipación social y a la autonomía individual que, entre los siglos XIX y XX, animó la cultura europea tanto en sus etapas de continuidad como en las de ruptura? En este último caso, desde la revolución de 1848 (más que desde la de 1789) hasta la caída de la Unión Soviética en 1991, hemos asistido al intento de llevar a cabo un proyecto noble y grandioso en la intención y, en muchos aspectos, trágico en los resultados: extender la emancipación de los esclavos, incluidos los «asalariados», a todos los hombres «humillados y ofendidos» y, finalmente, a toda la «humanidad futura». Los «hombres nuevos» que nacerían de la realización de este ideal dejarían de ser «siervos y amos» y se mantendrían atentos a la escucha no solo de la voz tonante de la razón (según el íncipit de la Internacional Socialista: «Debout, les damnés de la terre/Debout, les forçats de la faim!/La raison tonne en son cratère/C’est l’eruption finale»), sino también a la más delicada del corazón, que mueve a «raccogliere le lacrime del vinti e sofferenti» (como dicen las palabras que escribió en 1896 Luigi Illica, con todo el sabor de una época, para el libreto de Andrea Chénier, la ópera de Umberto Giordano).
Durante casi un siglo y medio fueron muchos los hombres que siguieron el colectivo «sueño de una cosa», que, en los momentos en que la historia alcanzó «el calor blanco», los movilizó por la inminente y proclamada llegada del reino de la libertad, de la igualdad y de la justicia. Este programa, teñido de esperanza y de ideología, dispuesto a eliminar hasta las raíces las causas de la infelicidad humana y a retirar todos los obstáculos que impiden el pleno desarrollo de las facultades, se ha hecho pedazos, ha degenerado o, fuera de Europa, se ha transformado en una ideología dedicada a mantener en el poder a las viejas clases dirigentes.
7. Siguiendo la máxima que sostiene que la anatomía del hombre explica la del mono, en la última parte del libro mostraré que las máquinas, los robots y la IA arrojan, incluso retrospectivamente, una luz distinta sobre los temas ya tratados: la esclavitud (antigua y moderna), el logos, las máquinas, el trabajo o la gestión del tiempo de la vida; argumentos que, estudiados de una forma aislada, fuera de la dimensión histórica y teórica, pueden provocar un efecto de déjà vu. Sin embargo, desde esa perspectiva, será posible extraer algunos hilos de esta madeja enredada y permitir la aparición de algunos aspectos y algunos vínculos inesperados.
Los profundos cambios que han introducido las nuevas tecnologías están a la vista de todos y piden ser comprendidos, «salvando los fenómenos», precisamente en la variedad y la heterogeneidad de sus manifestaciones. En efecto, es indudable que, desde los albores de la primera revolución industrial, el trabajo de los esclavos se consideró menos conveniente que la utilización de las máquinas (que, al reemplazar a la fuerza física humana, permitió emplear en las fábricas a mujeres y niños, sobre todo en el siglo XIX), y que el trabajo humano en general ha comenzado a ser eficazmente sustituido en los campos más diversos por ordenadores, robots y, más en general, por todos los dispositivos de última generación, preparados para el aprendizaje automático (machine learning) y la conexión a la red. Esto permite a las máquinas con IA un «adiestramiento» ininterrumpido, más rápido y más eficaz no solo que el de los esclavos, sino también que el de los niños, los perros o los caballos (que entienden pocas órdenes y siempre que sean sencillas) y, en ciertos campos, cada vez con mayor frecuencia, que el de todos los humanos.
¿Cómo reformular en ese ámbito nuestras categorías de pensamiento y cómo comportarnos ahora que la profunda sacudida tecnológica hace temblar nuestras sociedades hasta los cimientos? Por ejemplo, ¿qué tipo de libertad tendremos y cuál será el destino de la igualdad (especificando, a la manera de Amartya Sen, «¿igualdad/desigualdad respecto a qué?»)? En este último caso, se trata del valor más amenazado en el mundo actual, donde aumentan las desigualdades y asistimos a lo que se ha llamado «secesión de los patricios», vale decir de la oligarquía de los propietarios de grandes fortunas, una exigua minoría poseedora de los recursos de la mitad del género humano, que se aleja de ella (secesión que se suma a la de la plebe moderna, la de los descartes humanos carentes de trabajo y de dignidad que pueblan el mundo, y no solo en su periferia).
En el terreno político, se diría que la principal línea divisoria entre los seres humanos separa hoy más que nunca a los que aceptan la lotería natural que establece dónde nace y crece cada cual, con sus correspondientes desigualdades y grados de pobreza, de los que defienden las ideas de libertad y de igualdad que aspiran a cambiar un orden que se considera arbitrario e injusto.
Reencontramos aquí, con otras palabras, la oposición entre el inmodificable predominio normativo concedido a la espontaneidad de la naturaleza y el derecho a cambiarlo atribuido a la civilización y a la historia; es decir, entre quien cree que individuos y pueblos deben resignarse a su destino, posiblemente infeliz pero inevitable, y quien piensa que la pertenencia a una humanidad común debe incluir —aunque solo sea por un egoísmo previsor— una cierta dosis de generosidad. No parece que los ríos de sangre que recorren la historia humana fluyendo por el cauce de la exclusión, la guerra y el dolor vayan a interrumpir su curso, debido a la incapacidad para superponer la Humanität, producto de la civilización, a la meramente biológica Menschheit.
8. En la progresiva conexión funcional de facultades humanas y de capacidades delegadas en las máquinas (y, paralelamente, en la convergencia, a medida que avanzan los capítulos, de los elementos narrativos y los teóricos con motus in fine velocior), hay riesgos y oportunidades que todavía no somos capaces de evaluar adecuadamente, por eso nos encontramos con hipótesis divergentes sobre lo que nos reserva el porvenir. Frente a unos problemas en continua evolución y a unos acontecimientos rodeados de una espesa nube de incertidumbre, parece muchas veces más sensato identificar las preguntas en las que detenerse que aventurar unas respuestas que, con un futuro tan incierto, podrían rayar en la profecía. No obstante, algo razonablemente seguro y sensato puede (y debe) decirse a propósito de la relación de los seres humanos con las nuevas máquinas, separándolo de las disputas que alimentan la abundante literatura, no solo de carácter popular, apologético o denigratorio, que normalmente oscila entre el miedo y la esperanza frente a la novedad.
Por otro lado, limitarse a formular preguntas, con tal de que sean pertinentes, no es una tarea inútil, debido a que nos encontramos ante la necesidad urgente de remodelar desde los cimientos nuestro aparato conceptual y de abandonar poco a poco las «ideas tampones» (las conjeturas provisionales, que no obstante son heurísticamente insustituibles al comienzo de toda investigación) para buscar otras que tengan una estructura sustentadora, por así decirlo, más antisísmica y menos vulnerable a las sacudidas que deben soportar a causa de unos cambios tan veloces como imprevistos.
En todo caso, conviene alejarse de la trampa de las retóricas victimistas o triunfalistas a propósito de la derrota del hombre por parte de la máquina o de la gloriosa victoria de aquel contra el intento de esta de desobedecer la soberanía de nuestra especie. La cuestión que debemos plantearnos no es un pretendido encontronazo épico entre la máquina y el hombre, sino la creciente incidencia económica, política o militar, para bien o para mal, de estos instrumentos extraordinarios que ahora mismo proporcionan ya un poder inmenso a quien los posee.
9. Si, parafraseando el Evangelio de San Juan, el logos (el Verbum o la Palabra) no se ha hecho carne, sino máquina, y si el espíritu sopla ahora también sobre los no vivientes, ¿qué transformaciones decisivas nos aguardarán? Puesto que el trabajo está cada vez más relacionado con el conocimiento, ¿qué desafíos nos planteará la cohabitación de la Inteligencia Artificial con la inteligencia humana? ¿Cómo coordinar la creciente rapidez de cálculo y ejecución de programas de los sistemas inteligentes con la mayor lentitud de los humanos (que, en ciertos aspectos, es una ventaja no solo para el pensamiento individual, sino también para la democracia, la cual requiere un tiempo adecuado para preparar las cuestiones que deben decidirse)?
Si la aceleración del tiempo humano para imitar la velocidad de las máquinas no solo no es una buena solución, sino que está contraindicada, ¿qué hacer para no mutar en apéndices idiotas de unas máquinas inteligentes? Sin embargo, las ventajas de trasladar el logos humano a las máquinas son cada día más evidentes y más tangibles. Baste pensar, entre otros muchos casos, en las órdenes de carácter lingüístico para las impresoras en 3D (algoritmos, secuencias de órdenes lógicas que pueden ascender a millones escritas en lenguajes artificiales; la analogía con los «pensamientos ciegos», carentes de conciencia, de Leibniz), capaces de producir directamente, sin otras mediaciones, el objeto físico, una estatua o una casa, lo que prácticamente acaba tanto con la separación entre el trabajo mental y el trabajo manual como con la diferencia entre las artes liberales y las artes mecánicas.
La educación para el cambio es sin lugar a dudas el mejor medio de acortar estos nuevos «dolores de parto», pero la tarea de revolucionar la propia comprensión del mundo, lejos de recaer únicamente en los individuos, en solitario, ha de ser un proyecto colectivo de gran alcance. Debe producir un long life learning de los ciudadanos —menos utópico gracias al progresivo aumento del tiempo libre—, capaz de tender un puente entre los saberes técnico-científicos y los saberes humanistas, entre los medios y los fines, con vistas a un crecimiento personal y colectivo.
Cuando dispongamos ampliamente de «esclavos» robóticos y de aparatos inteligentes y serviciales, ¿cómo se configurarán las posibles relaciones de dominio y sometimiento entre los humanos y los artilugios técnicos? ¿De verdad nos volveremos más obtusos por la costumbre de apoyarnos en conceptos ya elaborados, fácil y gratuitamente accesibles en la red gracias a unos algoritmos incomprensibles para la mayoría y muchas veces secretos?
En los experimentos de simbiosis que se encuentran ya en marcha entre el hombre y las máquinas con IA advertimos un doble peligro: por un lado, la disminución del logos humano —entendido como razón y como lenguaje— ante el predominio del logos artificial, representado por algoritmos capaces de sustituirlo en la ejecución de numerosos trabajos y prestaciones; por otro lado, que la voluntad humana quede empobrecida y arrinconada una vez que se transfiera a unas máquinas capaces de adoptar decisiones autónomas e instantáneas (aunque preestablecidas por humanos), como sucede ya con los automóviles sin conductor y, lo que es más preocupante, con los sistemas de los misiles, con los drones asesinos o con los algoritmos ultrarrápidos de los mercados financieros.
La educación para colaborar fructíferamente con tales dispositivos no es solo deseable, sino también posible, ya que, de momento, estos engloban nuestra propia inteligencia. Lo importante es que, al proyectarlos, sus fines estén «alineados» con los nuestros (cosa nada fácil si hubiera que desarrollar una «superinteligencia» —por ahora, improbable— capaz de programarse sola y de perseguir fines que podrían no concordar con los previstos por nosotros).
En cualquier caso, con la difusión de semejantes aparatos «inteligentes» y capaces de aprender en muy poco tiempo, se crearán nuevos tipos de trabajo, cada vez más relacionados con el conocimiento, en los que el «pensar» y el «hacer» no estarán separados por completo. Entonces, ¿se podrá suprimir de una gran parte de la producción la repetitividad carente de pensamiento que caracterizó a la revolución industrial, en especial a la cadena de montaje, al taylorismo-fordismo, y conseguir que el ocio, incluido el llamado «creativo», deje de ser exclusivamente una alternativa placentera al trabajo?
10. En este libro no he pretendido separar la dimensión teórica de la dimensión histórica, las ideas de los datos, los elementos universales de los particulares, la filosofía de la filología, la descripción detallada de los escenarios de su totalidad, la fluidez de la exposición del rigor argumentativo y, sobre todo, el estilo narrativo del analítico (por lo demás, el propio Platón afirma en el Protágoras que las cuestiones filosóficas pueden explicarse tanto a través del logos como a través del mythos, el relato, y que este último es además el método más «placentero»). Al invitar al lector a dejarse llevar en principio por la narración de los acontecimientos, para luego ir deteniéndose poco a poco en cuestiones que se entrelazan con las ideas, nunca he considerado la historia, que desempeña una función esencial en este libro, como un simple fondo de los hechos, ni la teoría como la expresión de una philosophia perennis.
Todo lo contrario, he concebido el vínculo entre historia y teoría bajo el signo de la metamorfosis, del sucederse de los acontecimientos en formas que los organizan, muestran su sentido y mutan, a saltos, su configuración. Así, me he situado en tres frentes polémicos: contra el historicismo «invertebrado», constituido por simples matices, por el «gris sobre gris» que considera que el pensamiento es un añadido inadmisible a los «hechos»; contra un tipo de hermenéutica que, utilizando una frase de Nietzsche, al margen del desarrollo de su pensamiento, cree que no existen los hechos, sino solo las interpretaciones; y finalmente, contra las teorías filosóficas que al referirse a situaciones históricas no se basan en sólidas investigaciones filológicas (sin por eso reducirse a ellas). Para servirme de una distinción del gusto de Bernard Williams, he tratado de mantener un vínculo de contigüidad y de compatibilidad entre el espesor y la densidad de la experiencia individual e histórica, necesariamente thick, y el aire cortante y enrarecido de las ideas y las teorías, thin por naturaleza.
Así, he extendido a los conceptos todo lo enseñado por la Gestaltpsychologie sobre las percepciones. Al igual que estas últimas, tampoco los primeros son la sumatoria de unos elementos atomistamente dispersos, sino, todo lo contrario, las estructuras que les proporcionan orden y sentido. Por tanto, he intentado fabricar, siempre que ha sido posible y sin declararlo, unos «cristales de historicidad», unas perspicuas formaciones de pensamiento debidas al depósito, a la disposición, a la estructuración y a la consolidación en el tiempo de acontecimientos e ideas conforme a determinadas combinaciones y específicas modalidades «simbólicas» (una actitud que, por lo demás, adoptamos todos intuitivamente).
Sé bien que la vida es más rica y más imprevisible que las formas, que supera con mucho los esquemas que se le quieren imponer y que, recordando Satura de Eugenio Montale, también «la storia gratta il fondo/come una rete a strascico/con qualche strappo e più di un pesce sfugge» («la historia araña el fondo/como una red lastrada/con algún tirón, y más de un pez se escapa»). Partiendo de la hipótesis de que la mayor parte de lo que ocurre no está solo delante de nuestros ojos, sino también a nuestras espaldas, el hecho de dar visibilidad a ciertos fragmentos requiere un esfuerzo que pasa a través de sucesivas aproximaciones, las cuales pueden conducir también a callejones sin salida y a duras derrotas. Para disminuir esos riesgos es necesario tanto «desfamiliarizar» el pasado, manteniendo una distancia vigilante y un sentimiento preventivo de alteridad, como recordar con John Dewey que «no aprendemos de la experiencia», sino que, para encuadrarla, empleamos abstracciones y suposiciones previamente elaboradas, modificadas y vueltas a calibrar durante el proceso.
Para evitar todo lo posible las generalizaciones excesivas e incautas, he intentado que los cristales de historicidad no alcanzaran un tamaño desproporcionado, englobando un número exorbitado de fenómenos, y que no pretendieran ser demasiado «puros», soslayando la intrincada naturaleza de los acontecimientos y las ideas. He querido tener en cuenta las impurezas de su interior, los planos de exfoliación y los efectos de difracción óptica, reflejo de las inquietudes, aspiraciones, sufrimientos o arrepentimientos a los que se ven sometidos los individuos al formular sus pensamientos y perseguir sus metas; lo cual, dicho sea de paso, explica el reexamen muchas veces minucioso de las fuentes (algunas de las cuales son bien conocidas por los estudiosos y objeto de comentarios estratificados, seculares e incluso milenarios) y el análisis puntual de los razonamientos, con el fin de comprobar su consistencia y de aclarar los pasajes más controvertidos.
Aunque en el ámbito de los saberes humanistas no es posible disponer de claves explicativas tan poderosas como, por ejemplo, el descubrimiento de la doble hélice del ADN —que, en su sencillez, explica la inmensa variedad de lo que vive, desde la brizna de hierba hasta el hombre—, una idea sugerida por Giambattista Vico puede ayudarnos a descubrir la presencia de un cierto orden en el desorden aparente de los fenómenos históricos. En efecto, en la Ciencia nueva, de 1730, Vico demuestra cómo dar sentido, cambiando la mirada, a figuras que a primera vista parecen despreciables o insignificantes; con un lenguaje arcaico para nosotros sostiene que, gracias a un instrumento anamórfico, las imágenes —contenidas en «esas caprichosas pinturas, las cuales exageradas hacen ver monstruos deformadísimos, pero desde el punto justo de su perspectiva, miradas de perfil, hacen ver figuras hermosamente formadas»— se descubren distintas a lo que parecía.
Para comprender lo que quería decir Vico, tomemos uno de los ejemplos más conocidos de anamorfismo en pintura, el de la figura elíptica situada transversalmente en la parte inferior del cuadro de Hans Holbein Los embajadores, donde aparecen retratados dos jóvenes ricos, poderosos y bien parecidos rodeados de instrumentos científicos y musicales: el uno, de aspecto lozano y satisfecho, con una llamativa cadena de oro en el pecho; el otro, un obispo-diplomático con el aspecto solemne y santurrón de quien es consciente de su doble cargo eclesiástico y político. Acercando al cuadro un espejo cilíndrico o cónico con el fin de «desencriptar» la imagen, la elipsis se transforma en una calavera, para indicar que en medio de la juventud, de la riqueza y del poder está siempre la muerte, presente pero indescifrable si no cambiamos la forma de mirar las cosas. Ahora bien, ¿qué se esconde tanto en la institución de la esclavitud como en la lucha por la libertad si no es (con una presencia más duradera y amenazadora que en la normal existencia de cada cual) la siniestra inminencia de ese huésped mudo y desconcertante, que requiere una mirada distinta para ser percibido?
11. En el origen de este libro hay un proyecto ambicioso pero consciente de sus limitaciones, tanto que durante mucho tiempo creí que no podría terminarlo debido a la némesis que se cierne sobre quien ha tenido la hybris de reunir una enorme cantidad de material sin encontrar luego el tiempo de elaborarlo cumplidamente, sobre quien ha excavado los cimientos de un edificio para luego aplazar el momento de edificarlo (es, en efecto, un proyecto acariciado desde hace decenios, abandonado y retomado periódicamente). No obstante, en los últimos lustros he conseguido reservarme largos periodos menos cargados de compromisos para emplearlos no solo en continuar la selección y la reelaboración de las investigaciones que había llevado a cabo, sino también, y sobre todo, para dar forma a lo nuevamente reunido, con el resultado de que la primitiva intención del trabajo se veía constantemente modificada a causa de los nuevos horizontes que se abrían en cada momento.
No he dado término a este libro con tranquilidad. Entre otras cosas, como ya he apuntado, he debido abrirme paso de un modo inevitable a través de temas y de conceptos con frecuencia largamente discutidos por estudiosos de distintas disciplinas, además de introducirme en algunas —como la mecánica y la inteligencia artificial— que han requerido un prolongado pero satisfactorio estudio especializado. Por esa razón, en la medida de lo posible, he filtrado, elaborado y criticado la inmensa mole de datos reunidos, además de cambiar por completo la estructura primitiva mediante una larga serie de borradores, tratando siempre de distinguir entre la simplificación extrema y la complejidad de las argumentaciones.
En efecto, desde principios de los años setenta, al abordar la lectura del famoso capítulo IV A de la Fenomenología del espíritu de Hegel sobre Señorío y servidumbre, concebí el proyecto de escribir un libro titulado Siervo-amo. Historia del concepto de subordinación entre los hombres. Ya entonces me había convencido de que todas las interpretaciones de aquel texto prescindían de la constatación de que Hegel no había inventado nada. Había recorrido por su cuenta todo el arco teórico —de Aristóteles a la Biblia, de los estoicos a Hobbes y de Rousseau a Fichte— de las distintas formas de dominio y sometimiento que han existido entre los seres humanos, en consideración al surgimiento de una conciencia autónoma de sí mismos, condición previa de la libertad. Según una dramaturgia conceptual específica de él, puso en escena la génesis teórica de las jerarquías sociales debidas a una violencia inicial, que desde el reflejo recíproco de uno mismo en el otro, del amo en el esclavo y viceversa, condujo supuestamente a la autoconciencia, al reflejo de uno mismo en uno mismo y al definitivo reconocimiento recíproco entre todos los hombres, en cuanto tales, en el plano de la «sociedad civil».
La presente obra se ha desarrollado desde esa célula temática inicial, cambiando de vez en cuando su arquitectura y su aspecto en función de los problemas que han ido surgiendo, de la fermentación espontánea de los contenidos incorporados con el tiempo, de la elaboración paciente, de la construcción, de la exposición de las ideas y del paralelo pulido del texto. De ahí su estructura actual, que comprende un abanico de cuestiones aparentemente aisladas, pero al final confluyentes (sobre todo las que se refieren al encuentro del trabajo humano y la máquina, con sus consecuencias sociales, políticas y psíquicas en la Edad Moderna y en la Edad Contemporánea).
Una vez más, para facilitar la comprensión del texto, he examinado algunos modelos y momentos ejemplares en el desarrollo de la historia y del pensamiento surgidos en Europa, que, más tarde, se impusieron a otros pueblos y civilizaciones, a veces con la fuerza. Para enumerarlos de un modo más estructurado, al modo de un vademécum, están representados: a) por la guerra en la antigua Grecia, como paradigma no solo de la aparición de la esclavitud, sino también del entrelazamiento del logos y el polemos para construir un yo masculino marcial; b) por la concepción aristotélica de la esclavitud por naturaleza, que influyó durante largo tiempo tanto en nuestra cultura como en la árabe; c) por la conquista española del Nuevo Mundo y los debates sobre la «servidumbre natural de los indios», para justificarla o para combatirla, una discusión de la que, como hemos dicho, surgió la formulación originaria de la teoría de los derechos humanos; d) por el nacimiento del primer Estado gobernado por esclavos en Haití; e) por la relación, en términos filosóficos, de señorío y servidumbre en Hegel y en Alexandre Kojève, y por la relación entre animalidad y humanidad, especialmente en Elias Canetti y en los filósofos y los etólogos contemporáneos; f ) por la difusión del concepto de dignidad como antídoto de la deshumanización; g) por el desarrollo de la mecánica como astucia contra natura hasta convertirse en ciencia, con el posterior surgimiento de la civilización de las máquinas; h) por la primera revolución industrial, la «esclavitud asalariada» y el papel de las máquinas en Marx; i) por la situación de los esclavos negros en el sur de los Estados Unidos en su relación con las innovaciones tecnológicas; k) por la introducción del pensamiento humano en las máquinas gracias a los «pensamientos ciegos» de Leibniz, irrepresentables, carentes de conciencia y, precisamente por eso, susceptibles de insertarse en las calculadoras para liberar a los seres humanos de unas tareas que los instrumentos inanimados pueden realizar; l ) por la influencia de la inteligencia artificial de los robots y de todos los dispositivos dotados de machine learning en las relaciones sociales de mandato y obediencia; m) por la necesidad complementaria de continuing education para fomentar la colaboración entre inteligencia humana e inteligencia artificial; n) por los cambios en el trabajo y la nueva gestión cualitativa del tiempo de la vida, posible por la enorme cantidad de tiempo libre que disfrutarán muchos a raíz de la aplicación de las nuevas tecnologías a los procesos productivos.
Teniendo en la cabeza, como muchos, el ideal baconiano de las abejas, que elaboran y dan sabor a todo lo que recogen pacientemente —a diferencia de las hormigas, que acumulan materiales ajenos de cualquier manera, y de las arañas, que segregan la tela de su propia boca, autárquicamente—, he tratado de conectar teoría e historia, claridad expresiva y precisión, narración y análisis, momento constructivo y momento genealógico y, en los pasajes más comprometidos, la lógica del filósofo y la «pericia de los orfebres de la palabra» del filólogo. No me corresponde a mí decir en qué medida me he aproximado a la meta, conociendo las dificultades objetivas y las limitaciones subjetivas que nos caracterizan a todos, las lagunas, las insuficiencias y los malentendidos que comporta toda investigación, inevitablemente destinada a quedar inconclusa, a ocultar líneas de fractura que al principio no se aprecian y a ser, en todo caso, siempre perfectibles.
Por haber podido acceder a esta cosecha de materiales tengo que dar las gracias a las bibliotecas de todos aquellos lugares en los que he enseñado o residido: la Young Research Library de la University of California, Los Ángeles; la Butler Library de la Columbia University de Nueva York; la Robarts Library de la Toronto University; la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de México; la Biblioteca del Archivo General de Indias, en Sevilla; la Biblioteca Nacional de Madrid; el Hegel-Archiv de Bochum; y, no en último lugar, las bibliotecas más importantes de Pisa (la de Filosofía e Historia de la universidad, la biblioteca de la Scuola Superiore Sant’Anna y la de la Scuola Normale Superiore).
Por la edición del texto de este libro doy las gracias a Biagio Forino, de la editorial Il Mulino, y a Lisa Neri, de Edimill.
Por la corrección de las pruebas, a Gabriella Bodei Giglione, Michelina Borsari e Ivonne Begotti.
El concepto de esclavitud no puede definirse fácilmente en sus diversas formas históricas y geográficas si no se considera una subespecie, por más que importante, del género servidumbre, en el sentido de dependencia de otros1.
El origen de la esclavitud no solo se debe a una «piedad»2 en absoluto desinteresada, sino también a la aparición de unas sociedades organizadas en clave económica, más propensas a conservar la vida de los enemigos derrotados para su propia utilidad3. Nos ofrecen un testimonio ejemplar, si bien tardío, las Institutiones del Corpus iuris civilis de Justiniano (De iure personarum), donde se establece lo siguiente:
La esclavitud es una institución del derecho de gentes en virtud del cual un hombre, contra natura, queda sometido al dominio de otro [Servitus autem est constitutio iuris gentium, qua quis dominio alieno contra naturam subicitur]. Los jefes militares acostumbran a vender a los prisioneros cuya vida han salvado, en vez de darles muerte4.
Según una antigua tesis sostenida en la Edad Moderna por Jean Bodin, Hugo Grocio y Samuel Pufendorf, y retomada por Auguste Comte y Friedrich Engels, las civilizaciones humanas progresaron al sustituir el canibalismo y el sacrificio de los vencidos en la guerra por la esclavitud5.
La obtención de una mano de obra a la que no se daba un salario, sino solo los medios necesarios de sustento para que continuara trabajando, fue una de las principales motivaciones de las guerras antiguas6 y una de las razones no técnicas que explican la falta de interés en construir máquinas que pudieran sustituirla7.
Según un mito fundacional no fechable, que se pierde en la noche de los tiempos y que justificó largamente a las jerarquías políticas y económicas, el hecho de que se le ahorrara la muerte al esclavo suponía un reconocimiento implícito del intercambio entre su existencia y el dominio ajeno. En principio, tal intercambio no tenía un valor absoluto y durable. Era solo una sustitución temporal de su no-asesinato: «La condición de esclavo no eliminaba la perspectiva de la muerte. La esclavitud no era un perdón, sino una peculiar y condicionada conmutación [de la pena]. La ejecución quedaba suspendida mientras el esclavo consintiera en mantener su estado de impotencia»8. Es decir, continuaba viviendo a condición de no rebelarse y, podemos añadir, de no preferir la muerte a su condición9.
Además de la esclavitud por deudas, que afectaba también a los ciudadanos de los estados propios, los medios que proporcionaban el mayor número de presas humanas eran la guerra y la piratería, que se llevaban a cabo en el extranjero.
Después de que Solón aboliera en Atenas la esclavitud por deudas, ya nadie pudo ser esclavo dentro de la polis. Esto tuvo dos consecuencias: «En primer lugar, la guerra o las razias fueron las únicas fuentes primarias del esclavismo; en segundo lugar, los esclavos de una ciudad eran todos extranjeros. Ambos rasgos caracterizaron toda forma de esclavismo en Occidente»10. Así, la separación entre ciudadanos y esclavos se hace aún más clara y el ser pobre e insolvente ya no es motivo de exclusión de la comunidad política de pertenencia.
En toda la tradición antigua, el derecho de guerra incluía una especie de apertura ritual de la estación de caza, cuyo botín legítimo eran los seres humanos (venatoria facultas). Por lo general, se abría la estación de la guerra —desde la primavera hasta el otoño, cuando las condiciones atmosféricas eran propicias para la navegación y las campañas terrestres y cuando los daños a las cosechas y a la actividad comercial del enemigo eran mayores— igual que se decretaba el inicio de la caza.
En la antigüedad clásica la guerra era endémica y constituía un normal estilo de vida. Mantenía a las poleis cohesionadas en la voluntad de conservar su independencia, de disputarse los recursos escasos y de aumentar su poder11. Representaba para los ciudadanos un compromiso que duraba casi toda la vida adulta en una época en la que llegar a la vejez era un hecho insólito. Por ejemplo, en Atenas se movilizaba al ciudadano desde el comienzo de su decimonoveno año hasta el final del sexagésimo.
En términos generales, la guerra determina directamente la forma de las instituciones políticas y jurídicas, las costumbres, la mentalidad, los miedos y las expectativas reales o imaginarias de todas las comunidades humanas. La guerra no procede en sus orígenes de la mera agresividad individual o de la violencia colectiva esporádica que se manifiesta mediante escaramuzas e incursiones improvisadas. Históricamente, no presupone la genérica ferocidad del hombre primitivo, sino la existencia de organizaciones sociales relativamente estables en zonas sometidas a su control práctico12. Requiere, mejor, la formación de un «nosotros» constituido por los pertenecientes a una comunidad que se consideran distintos de unos «otros», a los que sienten potencialmente hostiles.
En este sentido, el fenómeno de la guerra no existió siempre. Se fechan sus inicios en el Neolítico —como muy pronto, hacia la mitad del Paleolítico, hace más o menos diez mil años—, cuando a las mismas armas que se utilizaban para cazar (tal como aparecen representadas en las pinturas rupestres de España y Francia) se añadieron corazas y fortificaciones13.
Por tanto, las condiciones para la aparición de la guerra se presentan a una escala suficiente solo con el surgimiento de las civilizaciones sedentarias, dado que con el fin del nomadismo se experimenta la necesidad de defender permanentemente de las amenazas externas el territorio con sus fronteras, sus habitantes y sus bienes. Surge al mismo tiempo la necesidad de realizar expediciones fuera de los dominios propios para procurarse otros medios de supervivencia o para aumentar el bienestar y el poder14.
Aunque Jenofonte era consciente del peligro que representaban los esclavos en caso de que se unieran para rebelarse15, ¿cómo fue posible que en el mundo griego, salvando algún episodio de revuelta de los ilotas en Esparta, no se dieran ejemplos importantes de insurrecciones? (Huyeron veinte mil, eso sí, en el 413 a. C., el primer año de la ocupación espartana de Decelia; cfr. Tucídides, VII, 27, 5). No ocurrió lo mismo en la república romana entre los siglos II y i
