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La ira se expresa mediante rasgos somáticos y psíquicos que podemos observar fácilmente en nosotros mismos y en los demás. Siempre tiene un sabor amargo, comporta sufrimiento en el alma y, si es recurrente, hasta en el cuerpo, porque desemboca en úlcera o hipertensión. Siempre a nivel físico, presenta múltiples síntomas: agitación motora, aceleración del ritmo cardíaco, tensión de músculos del cuello, dilatación de las pupilas, ojos desorbitados y relampagueantes, vista ofuscada, rostro cárdeno (o pálido, señal de la más peligrosa de las iras), lengua que se trabuca (o, como decía Gregorio Magno, "escupe maldiciones como flechas"), saliva ácida y salada, rechinar de dientes, voz alta, ronca y amenazadora.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
LA IRA
PASIÓN POR LA FURIA
Traducción deJuan Antonio Méndez
www.machadolibros.com
Colección dirigida por: Carlo Galli
VOLÚMENES:
La ira,Remo BodeiLa avaricia,Stefano ZamagniLa gula,Francesca RigottiLa lujuria,Giulio GiorelloLa envidia,Elena PulciniLa pereza,Sergio BenvenutoLa soberbia,Laura Bazzicalupo
Remo Bodei
La iraPasión por la furia
Título original:Ira. La passione furente© 2010 by Società editrice il Mulino, Bologna © de la traducción, Juan Antonio Méndez, 2013 © de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L. C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]
Introducción
Fenomenología de la ira
Lógicas de la ira
¿Una pasión triste?
En la encrucijada
Este es el catálogo
Mirando con perspectiva
I. Ira global
Ira y honor
El viaje hacia la interioridad
Ira y civilización
II. La ira de los héroes: el mundo homérico
Ira divina y humana
¿Quién controla la ira?
III. Teología de la ira: el mundo de la Biblia
Hacer las paces con divinidades irascibles
Fuego por la boca y humo por la nariz
El ocaso de los ídolos
El día de YHWH
Irritarse sin pecar
IV. El cristianismo entre ira y perdón
¿Dulce Jesús?
Padres de la Iglesia, obispos y monjes
V. Justa ira
Venganza y control de la ira
No cortar los nervios del alma
Aristóteles en el Medioevo: Tomás y Dante
«Las almas de aquellos a los que venció la ira»
Heroicos furores
El Rey Lear: «La ira goza de un privilegio»
VI. Rechazo de la ira
Terapias del alma
El teatro de la ira
El bien más preciado: la tranquilidad del alma
VII. La ira de las mujeres
La larga prohibición de la ira
No reprimir la ira
Medeas antiguas
Medeas modernas
VIII. Remedios
Terapias de la ira
Generosidad
Reconciliación
IX. Iras modernas
La dulzura de las pasiones
El árbol del veneno
Políticas de la ira
Las uvas de la ira
¿Se convierte hoy la ira en locura?
Actualidad de la ira
X. Conclusiones teóricas
Atajos prohibidos
Necesidad de reconocimiento
Bibliografía temática sobre la ira
A Luigi Ballerini, aristotélico, en la ira (siempre), y a Massimo Ciavolella, estoico (a veces), queridísimos amigos
Durante mucho tiempo, la ira ha sido la pasión más importante y la más estudiada. Desde la antigüedad se le achaca, efectivamente, la pérdida temporal de los más preciados bienes: la luz de la razón y la capacidad de autocontrol. En sus manifestaciones más evidentes es considerada como una especie de ceguera o de locura pasajera que mina la lucidez de la mente y la libertad de las decisiones. Quien sucumbe a la ira parece «fuera de sí», entregado a algún otro, a un tiránico dueño interior que le priva del entendimiento y de la voluntad.
La ira representa una amenaza no sólo para cuantos la experimentan, sino también, y sobre todo, para los demás. Como un muelle comprimido, de repente suelta de un solo golpe todas las energías acumuladas e induce a personas en particular o a multitudes a llevar a cabo acciones de las cuales, con la cabeza fría, reconocen la inconsistencia de sus motivaciones y sus indeseados efectos.
En general, la ira nace de una ofensa que uno considera haber recibido inmerecidamente, de un doloroso golpe culpablemente asestado por otros a nuestro amor propio o a nuestra –quizá exagerada– autoestima. Más exactamente, por la convicción de haber sido traicionados, insultados, engañados, manipulados, despreciados, humillados, maltratados, privados del respeto debido o, en cualquier caso, injustamente tratados o de manera inapropiada.
En caso de que se dirija contra nosotros mismos, tiene su origen en el choque contra obstáculos imprevistos, molestos yaparentemente insuperables o del renuente reconocimiento de nuestra responsabilidad en acciones y omisiones. Surge de la desconsolada o exasperante constatación de lo inadecuado de nuestro comportamiento en determinadas circunstancias, del agrio lamento por haber desperdiciado las ocasiones o, incluso, la vida. Depende sobre todo del rumiar una y otra vez y de la impotente recriminación por ser incapaces de invertir el curso del tiempo, para rectificar así, a posteriori, nuestra conducta y poner remedio a los errores cometidos.
La ira puede tener muchos grados. Estos grados aparecen como señales de desafío, de intimidación o de puesta en guardia: desde un cierto nerviosismo al carácter pendenciero, desde la aflicción a la agresividad, desde la amargura al rencor sordo, desde la indignación a la furia devastadora. Se distingue del resentimiento, que no es sino una ira que no ha encontrado salida y que, acumulándose y a veces mezclándose con la envidia, fermenta y gusta de esconderse. Diferente también del odio, bien porque éste es normalmente frío, de larga duración, calculado y nutrido (es decir, constantemente cuidado y alimentado), bien porque la ira no puede coexistir con el miedo. De hecho, la ira en el momento no conoce rémoras o respetos, mientras que el odio, frente a razones que aconsejan la renuncia a la agresividad como, por ejemplo, el temor a enemistarse con alguien poderoso, se mantiene sin dejarse ver y se transforma entonces en fermento de posterior hostilidad.
Con respecto al resentimiento y al odio, la ira es, por el contrario, evidente, de breve duración, difícilmente controlable, no premeditada. A no ser que nos encontremos frente a estrategias de dominación, encaminadas a intimidar a los subordinados, o también con habilísimos simuladores, como decían sus coetáneos del cardenal Richelieu, cuyo rostro,la colère ne pût jamais troubler. Incluso la simulación resiste raramente a la ira, como observó en su tratadoDella dissimulazione onestade 1641 alguien que sabía de lo que hablaba, Torquato Accetto:
El mayor fracaso de la simulación está en la ira que, entre los afectos es el más manifiesto, siendo como es un destello que, encendido en el corazón, lleva las llamas hasta el rostro y con horrible luz fulmina desde los ojos y, además, hace que se precipiten las palabras casi como en aborto de los conceptos que, parcialmente y de manera basta, manifiestan cuanto hay en el ánimo.
La ira se expresa mediante rasgos somáticos y psíquicos que podemos observar fácilmente en nosotros mismos y en los demás. Siempre tiene un sabor amargo, comporta sufrimiento en el alma y, si es recurrente, hasta en el cuerpo, porque desemboca en úlcera o hipertensión. Siempre a nivel físico, presenta múltiples síntomas: agitación motora, aceleración del ritmo cardíaco, tensión de músculos del cuello, dilatación de las pupilas, ojos desorbitados y relampagueantes, vista ofuscada, rostro cárdeno (o pálido, señal de la más peligrosa de las iras), lengua que se trabuca (o, como decía Gregorio Magno, «escupe maldiciones como flechas»), saliva ácida y salada, rechinar de dientes, voz alta, ronca y amenazadora (efectos que vienen actualmente explicados, desde el punto de vista médico, como productos de la secreción de adrenalina en combinación con el neurotransmisor noradrenalina).
A la ira se asocia normalmente el calor, hasta el punto de que, en hebreo antiguo, la ira se expresa con la frase «la nariz arde» y que durante siglos fue entendida como el efecto de la ebullición de la sangre en el corazón. Más en general, se consideraba que el cuerpo fuese un contenedor de fluidos en ebullición, los cuales, presionando sobre las paredes de la piel, podían explotar (de hecho, todavía hoy se sigue hablando de «explosiones de ira»). Al espíritu airado (thymosen griego, del verbothyo, elevarse o ahumar, que tiene la misma raíz latina quefumus) se le considera como humo que, alzándose desde las entrañas, ofusca la visión de las cosas. El mismo término inglésangerque deriva, a su vez, del noruegoangr(«aflicción», «sufrimiento») se asimiló en la primera mitad del sigloXIXa una inflamación o tumescencia del ánimo, es decir, una enfermedad que requiere ser curada, tanto desde el punto de vista individual como social, con el equivalente político de las sanguijuelas (para eliminar energías del cuerpo político y, en particular, a las «clases peligrosas» y evitar así la reproducción de los «funestos excesos» de la Revolución francesa, cfr.infra, capítulo IX, §El árbol del veneno).
Desde el punto de vista psicológico, la ira se manifiesta como excitación, abandono de todo freno inhibitorio, voluntad y regusto por la destrucción de las cosas y la agresión a las personas, discursos convulsos y confusos («Siento una ira terrible en vuestras palabras, aunque no llegue a entenderlas», dice Desdémona en elOtelode Shakespeare, dirigiéndose al marido que la acusa de infidelidad). Precisamente por eso, la ira se ha colocado con frecuencia junto a la locura. Es el caso, por ejemplo, del epicúreo Filodemo de Gadara, en un tratado sobre el tema. Es el caso también de Horacio en susEpístolas(I, 2, vv. 59-63) y desde el punto de vista estrictamente médico, el de Galeno: «podéis ver que la ira es locura por cuanto han hecho los hombres cuando son su presa» (Sulla diagnosi e la cura delle passioni dell’animo, 5, 2).
Por lo demás, la analogía entre locura y pasiones resulta confirmada por la experiencia común, que cree ver, sobre todo, en los excesos de la ira y del amor, los mismos síntomas de los trastornos psíquicos que presentan formas de delirio o alucinación. La locura misma será más tarde interpretada, especialmente por los psiquiatras del sigloXIX, Esquirol, por ejemplo, como efecto deldérèglement des passions, es decir, como resultado de emociones extremas, y estudiada en el contexto de la monomanía homicida. Un paréntesis: en el artículo 51 del Código penal Zanardelli, de 1889, a los delitos cometidos por efecto de la ira que tenía su origen en la provocación le era reconocida una disminución de la pena que iba desde un tercio a la mitad.
La ira es un indicador ambivalente del grado de vulnerabilidad del propio yo y, al mismo tiempo, de su deseo de asertividad. También representa a veces un exceso de legítima defensa del espacio psíquico y físico personal, así como del sistema de principios y creencias con el que el individuo o el grupo se identifica.
Parece asociada a la necesidad de salvaguardar reactivamente la propia imagen pública, real o presuntamente amenazada y de restaurar la autoestima que se cree herida. Tiene que ver, en sustancia, con la reafirmación del propio papel, de la propia dignidad y autoridad en las relaciones interpersonales o políticas.
En el plano moral, además del psicológico, se caracteriza por la falta de medida, por el exceso y por la frecuente asociación con la soberbia, en cuyo caso la hipertrofia del yo o del «nosotros» exige un desmedido, minucioso, ininterrumpido e incluso servil reconocimiento del propio valor (¿acaso en la base de esa actitud no hay, también, una alta tasa de inseguridad?). La soberbia incide sobre la ira convirtiéndola en inclinación habitual o deliberada –y, por tanto, menos espontánea– a ofender o menospreciar a los demás porque uno se siente superior a ellos, hasta el punto de que un investigador como Gabriele Taylor llega a pensar que la ira no es un vicio autónomo, sino una componente de la soberbia (lo cual no siempre es cierto, porque la ira, en cuanto desprecio en relación con la injusticia, puede darse también entre los modestos y los mansos).
Lo desmedido entre causa y efecto es, precisamente, el elemento típico de la ira (así como de otras pasiones impetuosas) y que justifica su fama de irracionalidad. Efectivamente, no se comprende que un exceso así pueda tener su propia lógica, una lógica que, aunque anómala, yo llamaría acumulativa. En los periódicos se lee: «Mata a su mujer (o a su marido) por motivos fútiles». Si miramos bien veremos que sólo en apariencia son fútiles. La lógica de las pasiones, de hecho, no se refiere exclusivamente al momento de la reacción desproporcionada, al instante de la ira. Lo que altera no es el episodio en particular en el que la ira encuentra origen de manera inmediata, sino todas las frustraciones, las expectativas traicionadas, las irrealizadas o malbaratadas esperanzas, las irritaciones acumuladas que se condensan, colapsan y explotan simultáneamente, porque, una vez alcanzada una masa crítica, se descargan sobre el objetivo más cercano. De modo que el elemento del exceso es innegable, pero, para que resulte comprensible, no se compara con un acontecimiento puntual, sino más bien con el conjunto de episodios similares o subjetivamente asimilables a él. Existe, por tanto, una lógica de la ira, pero se trata –como en otras pasiones– de una lógica aglutinante, sintética, en forma de embudo, en el que están implicados diferentes episodios que, de acuerdo con el dicho popular, se han ido metiendo todos en el mismo saco.
Es equivocado, por tanto, contraponer razón y pasiones en cuanto lógica y ausencia de lógica. Se trata de dos lógicas diferentes. La lógica de las pasiones es simbólica, en la medida en que une lo que está separado (synballeines en griego el acto de unir, y la palabrasymbolondesigna en origen la tarjeta de hospitalidad, es decir, un trozo de barro partido en dos partes coincidentes mediante las cuales los huéspedes se reconocían a través de diferentes generaciones). Por otro lado, la lógica de las pasiones, por el contrario, es analítica y separadora, «diabólica», porquediaballeines el acto de dividir, de calumniar, ydiaboloses precisamente aquel que separa al hombre de Dios. Estos tipos de lógica (sintética y analítica, por simplificar), por un lado colaboran y por otro se contraponen. Podría decirse de ellas, con Ovidio:nec sine te, nec tecum vivere possum. No podemos vivir ni sin racionalidad y con pasiones ni con racionalidad y con pasiones. Incluso en el conocimiento existe efectivamente una tonalidad afectiva, del mismo que en las pasiones existe una peculiar forma de conocimiento, paradójicamente, en sus propios excesos, en su propia ceguera.
La ira forma parte de esas pasiones tristes de las que habla Spinoza en suÉticay que –junto al odio, la envidia, o la avaricia– deprimen nuestras ganas de vivir o «potencia de existir»(vis existendi). Nos hacen sufrir, pero también contienen –y esto Spinoza no lo tiene en cuenta– una compensación intrínseca, una porción, no primordial si se quiere, de placer triste, de satisfacción añadida, con frecuencia disfrutada al nivel de la fantasía. En la ira, este resarcimiento está representado por la perspectiva de una venganza o de una represalia que la imaginación prefigura de manera más o menos violenta; en el odio, por el placer de la eventual aniquilación de los propios enemigos; en la envidia, por la alegría que nos proporciona el mal de los otros, o en la avaricia, por el disfrute de la contemplación del dinero ahorrado, que compensa con creces el sacrificio de no gastarlo.
Aunque escasamente tratada, la presencia complementaria del dolor y placer en las pasiones tristes fue captada hace mucho tiempo. Aristóteles ya había observado puntualmente en suRetóricaque
toda manifestación de ira va acompañada de un cierto placer, derivado de la experiencia de la esperanza de vengarse […] Por tanto, ya se dijo oportunamente a propósito de la cólera que «mucho más que la chorreante miel / crece en el pecho de los hombres» [Homero,Ilíada, XVIII, vv. 109-110]. Efectivamente, un cierto placer está siempre presente, bien por esta razón, bien por el hecho de que uno pasa el tiempo vengándose con el pensamiento, y la imagen así nacida genera placer, como sucede en los sueños (II, 2, 1378 b).
La ira atormenta sobre todo a quien la sufre, particularmente en el momento de la ofensa y antes de que se compense con la reacción (a la que difícilmente se renuncia, para impedir que la ofensa se estanque durante mucho tiempo infectándola). Ira y venganza –o, al menos, deseo y fantasía de venganza– están estrechamente vinculadas, y la idea de venganza, a veces incluso después de haber sido provisionalmente enterrada a causa de inmediatas molestias o de cálculos de conveniencia, con frecuencia vuelve a aflorar de sus meandros cársicos en busca de su anhelada desembocadura.
En cultura occidental, la imagen de la ira es bifronte. Por un lado, es considerada como una noble pasión de rebeldía contra las ofensas y las injusticias soportadas, deseo de castigar a la persona a la que se considera causante de los ultrajes; por otro, representa una temida pérdida de autonomía y de juicio. La tradición se divide, por tanto, en dos grandes ramas de duración más que bimilenaria: una que acepta la ira injusta, pero condena la iracundia; la otra rechaza cualquier tipo de ira y exige abstenerse completamente de ella.
De manera que nos encontramos así ante una larga serie de alternativas (o, si se prefiere, ante una única alternativa poliédrica). Enumero una lista de cinco. La primera nos impulsa a elegir entre oponernos salvajemente a los intentos (reales o presuntos) del otro para hacernos de menos o someternos impunemente a su voluntad o, por el contrario, defendernos del peligro de no estar presentes ante nosotros mismos y convertirnos en súcubos de la opinión de otro o de la parte peor de cada uno.
La segunda alternativa está relacionada con la elección entre el ceder a la ira o inhibirla, entre ser sensibles al modo en que los demás nos tratan, celosos de nuestra reputación y de nuestros «derechos» o, por el contrario, insensibilizarnos y permanecer impasibles a las ofensas del otro (actitud aconsejada al sabio y al monje budista o franciscano, es decir, a quien se cree por encima de la mezquindad humana o se mueve por motivaciones religiosas que lo comprometen, pero que con frecuencia es obligatoria para quien es demasiado débil para oponerse a los insultos y a las vejaciones de los poderosos).
La tercera consiste en decidir si uno quiere comportarse como el que –sin querer que se le corten «los nervios del alma»– no permite que por vileza se pisotee su honor y se insulte a sus familiares, a sus amigos, a su patria, a sus convicciones o, por el contrario, como el que, pensando en hacerse inmune a las ofensas del otro, se convence de que la ira entra en contradicción con la razón y la dignidad del ser pensante.
La cuarta está entre el considerar las pasiones, especialmente las pasiones generosas, como la indignación, un recurso o una fatalidad ineludible (porque, incluso queriendo, estamos naturalmente implicados en sus dinámicas y no podemos fingir que estamos al margen de ello) y el juzgarlas una desgracia a soportar o una culpa que expiar.
La quinta, finalmente, impone la elección entre rebatir las ofensas y el sentir la clara consciencia de ser objeto de un error al que no hay que dar mayor importancia, considerando la ira una especie de autoenvenenamiento del alma entre la indignación y la contención de cualquier clase de ira. En la indignación con respecto al mal llevado a cabo se puede, incluso, mirar a la ira con simpatía, como en el episodio contado por Elie Wiesel que, niño en un campo de concentración nazi, vio a un oficial americano de color, el cual, apenas llegado a aquel infierno, empezó a gritar, a imprecar y despotricar mostrando así que había vuelto la humanidad (Nussbaum). En la tradición ética en la que inconscientemente se inserta el militar estadounidense, la aristotélica, la ira, por lo demás, sólo se condena en sus excesos, precisamente porque se admite la existencia de una ira justa, mientras que esta cualidad nunca se atribuye a otros pecados. Nunca se habla, por ejemplo, de una justa lujuria o de una justa avaricia. El que, por el contrario, se abstiene en cualquier caso de la ira, lo hace porque rechaza reconducir a nivel personal cuestiones que son de carácter universal y se refieren tanto a criterios de racionalidad que el sabio encara con la cabeza fría, como a valores transcendentes y creídos por la fe, cuya plena comprensión el monje delega, en última instancia, en Dios.
En nuestra civilización occidental, además de la tradición del derecho romano (en relación con el castigo de las ofensas y la delegación en el Estado de la venganza privada), confluyen otras dos tradiciones fundamentales: la de la filosofía pagana, griegay latina y la de la religión judía. En los dos últimos milenios, el cristianismo y los desarrollos de la cultura en su conjunto se han ocupado de injertarlas y mezclarlas de diferentes maneras, dando lugar a nuevas ideas y formas de vida moral, intelectual y religiosa.
En la filosofía antigua, los vicios son costumbres enraizadas y casi somatizadas en automatismos para comportarse de un determinado modo. Representan la cristalización o el enraizamiento de actitudes equivocadas que la educación, cuando la hubo, no ha logrado corregir, modalidades de conducta que se manifiestan por defecto o por exceso respecto del ideal de equilibrio representado por la virtud (el valor, por ejemplo, es el término medio entre su déficit, la cobardía, o su exageración, la temeridad). Los vicios dependen de la debilidad de la voluntad o de la actuación intencionada o de la «loca bestialidad» en llevar a cabo el mal (Dante se vale de esta tipología en elInfiernoy en elPurgatorio).
